¡Holi!
Tal y como os prometí, os traigo un nuevo capítulo. Tengo varias cosas que comentar así que, por favor, leed esto antes de leer el capítulo porque es importante:
A continuación vais a leer la historia de Eyra Andersen y Erland Hofferson, los padres de Astrid. Ni Hipo ni Astrid salen en este capítulo, aunque sí salen otros personajes de CEATD como Estoico, Valka o Gothi. Remarco esto porque esta es la historia de dos OCs que son precisamente los padres de un personaje canónico de Cómo entrenar a tu dragón. Llevo mucho tiempo queriendo escribir su historia y yo estoy muy contenta con el resultado, pero quiero destacar que Eyra y Erland son OCs que, a su manera, se nota que son padres de Astrid, pero que poco tienen que ver con nada visto en el canon. Además, observaréis que el tono de este capítulo es MUY diferente al fic en general, precisamente porque esta es la cara bonita de la historia de Eyra y Erland de la que se conocen y se enamoran. La segunda parte ya tiene el tono más oscuro habitual de Wicked Game.
Lo otro que quería comentaros es que ya tengo escrita la segunda parte que es, indudablemente, el capítulo más largo que he escrito de Wicked Game, pues supera las 30k palabras. Y me preguntaréis, ¿cuándo vas a publicarlo? Pues he decidido que cuando a mí me dé la gana. Pensaba que el deciros cuándo iba a sacar los siguientes capítulos y el actualizar con mayor frecuencia y rapidez iba a ser positivo para todes, pero me he dado cuenta que, desde que estoy haciendo esto, la interacción con este fanfic ha bajado mucho y que ha sido totalmente contraproducente para mi. Por esa razón, pese a que tengo el capítulo escrito y prácticamente revisado al completo, he decidido que lo publicaré cuando a mí me parezca. Es decir, puede ser en dos semanas o igual en julio o puede que ya no actualice hasta después de agosto. Visto que el último capítulo apenas supe nada de nadie y que soy consciente de que todes tenéis vuestra vida y cosas que hacer, he decidido que yo también voy a darme esa misma licencia que es super legítima y respetable. Después de todo, yo ya sé cómo acaba esta historia y puedo seguir escribiéndola hasta terminarla sin necesidad de publicarla y cómo no cobro más que por reviews… pues supongo que es lo correcto, ¿no? Lo siento sobre todo por la gente que hace el esfuerzo en escribirme siempre, pero no me parece justo que me esté rompiendo la espalda por un fanfic que sé perfectamente que se lee porque lo veo en las estadísticas y no saber nada de nadie cuando no pido nada más que un simple comentario de vez en cuando que me notifique que hay alguien más allá de la pantalla. Otras autoras se dedican a pedir dinero por , pero yo no quiero nada de eso. Solo quiero compartir con el mundo este proyecto con el que llevo tres años trabajando y por el que me deslomo por terminar por vosotres y, por supuesto, por mi.
Así que, sin exigiros nada, porque no es mi lugar hacerlo, simplemente os invito a la reflexión.
Por último, comentaros que este mes (el 26 en concreto) Wicked Game cumple tres años. Seguramente publicaré alguna que otra cosilla en mi instagram "itsasumbrellasart" y estoy trabajando actualmente en crear una nueva portada para el fanfic, por lo que os invito a seguirme si os apetece. También me he abierto otra cuenta de Instagram que se llama "itsasumbrella" donde hablo de libros. Si queréis que prepare algo especial para el 3º aniversario estáis a tiempo para comentarme y, por cierto, he abierto un chat en Instagram para comentar Wicked Game, así que quién le interese entrar no tiene que hacer otra cosa más que escribirme por allí.
Sin enrollarme mucho más, os dejo con el capítulo.
Pasad un día bonito.
Eyra Andersen nació bajo circunstancias desafortunadas.
Era la pequeña de seis hermanos y la única que había sobrevivido al parto, a los ataques de los dragones y a dos epidemias. Dos de sus hermanos ya habían muerto cuando ella nació en un lluvioso veintitrés de abril, poco después de la hora del almuerzo. Su madre, Brita, murió a los pocos días de traerla al mundo y los cuatros hermanos mayores que le quedaban perecieron antes de cumplir ella los tres años. Eyra jamás recordaría sus caras ni sus risas e incluso tendría que esforzarse para recordar los nombres de los seis hermanos que apenas conoció. Por tanto, desde que Eyra tenía memoria habían sido ella y su padre, Galt Andersen, quien, deseoso de alejarse del dolor que había supuesto perder a prácticamente toda su familia, había decidido enfocarse únicamente en la guerra contra los dragones y las tribus enemigas de la aldea. Por esa misma razón, Eyra nunca había vivido con su padre, sino más bien la sorteaban entre los habitantes de la tribu para que pudieran hacerse cargo de ella mientras su padre se jugaba la vida cada día por el bienestar de su isla.
Puede que por esa razón Eyra terminase desarrollando un carácter atolondrado y difícil de domar; por no mencionar su tendencia a tener la cabeza siempre en las nubes y a su fuerte temperamento, claramente heredado del padre al que apenas conocía. Además, su peculiar personalidad causaba que sufriera dificultades para trabar amistad con otros niños, quienes la veían como un bicho raro y se metían con ella por sus ojos bicolores, una marca de nacimiento que la gente de la aldea había asociado en numerosas ocasiones como un mal augurio, más después de que la niña demostrara comportamientos que no eran precisamente normales. De alguna manera, Eyra podía ver cosas en su cabeza con solo tocar a la gente. Para ella era algo normal saber todo de todo el mundo; como, por ejemplo, el tórrido romance que existía entre el carnicero y la mujer del pescadero, o que el Jefe mentía sobre la cicatriz de su frente que, en realidad, no se lo había hecho durante su adolescencia en una pelea cuerpo a cuerpo con un Furia Nocturna, sino durante una noche en la que, estando borracho como un cuba, se cayó de bruces contra una piedra que le abrió la cabeza.
Sin embargo, pronto reparó que tanto conocimiento podía resultar peligroso, sobre todo si aireaba secretos ajenos. La gente se alteraba mucho cuando ella amenazaba con contar sus vergüenzas y se había ganado más de una paliza a la vez que la acusaban de mentirosa y de bruja. Eyra no sabía muy bien de donde provenía su poder y su padre nunca estaba allí para explicárselo, pero no le gustaba que le tacharan de «bruja», por lo que tuvo que aprender por las malas a ser discreta y a callar todos aquellos secretos para sí misma. Aún así, la existencia de su poder sumado al rechazo de los otros niños, su constante movimiento de casa en casa, la ausencia de una familia que la quisiera y el distanciamiento con su padre causó que Eyra Andersen se encerrara en su propio mundo a medida que iba creciendo, pasándose horas y horas sola hablando consigo misma mientras imaginaba que llevaba una vida distinta, lejos de aquella fría isla, viviendo aventuras y convirtiéndose en una guerrera tan feroz y reputada como su padre.
Sin embargo, su vida se truncó cuando cumplió doce años. Galt Andersen murió durante un ataque de dragones, asesinado por un Nadder que le había lanzado las espinas de su cola y había acertado de lleno en sus pulmones y otros órganos. Falleció pocas horas después, agonizando y febril, murmurando el nombre de su esposa y de sus seis hijos. Nunca llegó a mencionar a Eyra ni la mandó llamar para despedirse pese a las insistencias de su Jefe y de los otros guerreros. Nunca se llegó a saber si la razón por la que no quiso ver a su única hija en sus últimas horas fue por su falta de apego hacia la niña o porque no deseaba que Eyra cargara con el trauma de verlo morir.
Eyra lloró cuando le anunciaron la muerte de su padre. A pesar del abismo emocional que los había separado, no había dejado de ser su padre y ella había luchado con todas sus fuerzas para conseguir un mínimo de afecto por su parte. No lo había conseguido, por supuesto, y ella jamás olvidaría el dolor que supuso para ella el hecho de que su padre no la hubiera convocado a su lado en su lecho de muerte. La tristeza se tornó rápidamente en rencor y aquel enfado solo fue a más cuando el día previo al funeral el Jefe le anunció que no podría quedarse en la isla.
—Tu madre tenía una hermana en Isla Mema —explicó el hombre con voz afable—. Le escribí tan pronto falleció tu padre y está dispuesta a acogerte en su casa para convertirte en su aprendiz.
—¿Aprendiz de qué? —cuestionó la joven arrugando la nariz.
—Tu tía Gothi es una galena muy reputada en el Archipiélago, estoy seguro que aprenderás mucho a su lado —dijo el Jefe con una sonrisa forzada—. Ella está mayor para venir aquí, pero Carapota Haddock ha tenido el detalle de mandar a su hijo Estoico junto con su mejor emisario para que te recojan y te lleven a su isla.
Eyra miró a los ojos del Jefe muy callada y éste claramente parecía inquieto por su silencio.
—Qué prisas os dais todos para quitarme de en medio —comentó la niña con frialdad—. Mi padre jamás habría tolerado esto.
No, tu padre estaría encantado de haberte quitado de en medio mucho antes, se reprochó a sí misma con crueldad.
—Tu padre está muerto, Eyra —le recordó el Jefe—. Lo siento, pero no podemos hacernos cargo de ti por más tiempo. A la aldea le faltan recursos, los ataques de los dragones son cada vez más violentos y me temo que nadie quiere acogerte, más sabiendo que tienes familia ahí fuera.
Eyra quería gritar y golpear a cada uno de los ciudadanos de aquella maldita isla, sobre todo porque no habían dudado ni por un instante en arrancarla de su hogar para llevarla a una isla desconocida con una señora a la que no conocía de nada. Aquello le dolió casi más que la muerte de su padre, pero ni lloró ni pataleó. Ella era una Andersen y mantendría la compostura como digna hija de su padre. Se arregló para el funeral con una trenza y se puso por primera vez el kransen que había pertenecido a su madre.
El funeral fue correcto y digno para un guerrero como Galt Andersen, pero Eyra tuvo que soportar la humillación de que no le permitieran lanzar una flecha al barco de su padre porque, según los hombres, era demasiado pequeña y débil para hacerlo. Eyra se habría quedado allí, observando en silencio cómo el barco que se llevaba su padre ardía mientras se perdía en el horizonte. Los asistentes al funeral ya habían empezado a retirarse cuando Eyra por fin acompañó al Jefe hasta el grupo de emisarios que habían venido a buscarla.
La primera sensación que tuvo Eyra fue en lo diminuta que se veía en comparación con aquellos cuatro hombres. El más adulto de todos ellos era alto, rubio y fornido. Su expresión feroz se suavizó cuando la saludó educadamente. Junto a él se encontraba un joven pelirrojo, probablemente de unos veinte años, corpulento y de rasgos toscos, que se dirigió directamente al Jefe, sin apenas reparar en ella. Y, por último, estaban los gemelos que, a primera vista, eran como dos gotas de agua, pero Eyra enseguida se percató de que contaban con personalidades totalmente diferentes. Uno ni siquiera le prestó atención y tenía una expresión agria en su boca, como si le hubieran traído allí a la fuerza. El otro, sin embargo, mostró un carácter mucho más abierto y agradable. Sus vibrantes ojos azules y su sonrisa amable le resultaron un tanto desconcertantes, sobre todo porque ella no estaba acostumbrada a las buenas impresiones, y fue el único que la habló mientras el resto del grupo prestaba más atención al Jefe.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el chico.
Eyra no estaba de humor para conversaciones superficiales, pero no podía darse el lujo de parecer una maleducada desde el primer minuto. Más de uno ya se lo había advertido.
—Eyra —respondió con sequedad—. Eyra Andersen.
—¡Qué nombre tan bonito! —señaló el chico con buen humor, aunque Eyra estaba segura que lo decía más bien por educación—. Yo me llamo Erland Hofferson. Ese hombre rubio que ves ahí es mi padre, Thror Hofferson, quizás hayas oído hablar de él —Eyra nunca había oído antes ese nombre, pero tampoco quiso evidenciar su ignorancia—. El pelirrojo es Estoico Haddock, el heredero de nuestra tribu, y ese tipo con cara de acelga y mucho menos guapo que yo es mi hermano Finn.
Su gemelo se volvió malhumorado.
—¿No te cansas de ser un imbécil, Erland? —se quejó Finn.
El chico dibujó una sonrisa burlona que pareció fastidiar aún más a su gemelo. Erland, que era considerablemente más alto que ella, se acuclilló a su lado para ponerse más o menos a su altura:
—¿Tienes ganas de venir a nuestra isla?
Eyra sacudió los hombros con indiferencia y Erland alzó una ceja.
—No eres muy habladora, ¿no?
La muchacha quiso reírse por la más pura ironía. Siempre la habían achacado de ser una charlatana; pero, por una vez, no le apetecía hablar, más si era con un desconocido que iba a arrancarla de su hogar. En el barco encontró el viejo baúl de su madre con las pocas pertenencias que le quedaban: su muñeca de trapo, que era fea a rabiar; dos mudas de ropa desgastadas que había heredado de alguna de sus hermanas muertas y un cepillo de pelo que había pertenecido a su madre. No le dieron ni una pertenencia que hubiera sido de su padre, la aldea necesitaba las armas de su padre para la guerra, y su casa, más tarde o más temprano, acabaría destruída por el fuego de los dragones.
Pasó el viaje en un rincón del barco sin dirigir la palabra a ninguno de los cuatro tripulantes. El barco no contaba con camarote, por lo que tuvieron que pasar la noche al raso. Erland le acercó una manta y algo de comer, aunque Eyra no quiso probar bocado.
—Al menos abrígate, anda —insistió el vikingo preocupado—. La noche está despejada, por lo que va hacer bastante frío.
Eyra arrancó la manta de mala gana de sus manos y se la puso sobre sus hombros, esperanzada de que así fuera a dejarla en paz, pero Erland simplemente sonrió y se quedó sentado a su lado mientras miraba el cielo estrellado.
—¿Conoces las estrellas? —preguntó Erland.
Ella bufó irritada. El tipo aquel no iba a dejarla en paz, ¿verdad? Eyra no estaba acostumbrada a que un chico tan mayor fuera tan familiar y amable con ella, hasta el punto que le resultaba hasta incómodo. Sin embargo, Erland se rió por su reacción y le dio un codazo en su brazo.
—Venga, gruñona, así tenemos algo de lo que conversar —dijo el chico con buen humor—. Además, esto te va a gustar. El cielo está lleno de historias, ¿lo sabías? Mira, ¿ves esa estrella tan brillante de ahí arriba? Ese es Karlvagn, dicen que ese es el carro de Odín. Los marinos lo usan como guía durante sus viajes, aunque hay otros que dicen que, en realidad, es el carro de Thor tirado por cabras que están representadas por las siete estrellas que las rodea, ¿las ves? —Eyra estrechó los ojos para fijarse en las pequeñas estrellas tintineantes que cercaban la más brillante. Asintió cuando las localizó todas—. ¿Y ves todo ese conjunto de estrellas que parece que forman un camino? Eso es el Bifröst, el arco iris que conecta el Midgard con Asgard. Heimdallr es el que custodia el final del camino, principalmente para proteger Asgard de sus enemigos.
Eyra no quería que aquel relato le resultara interesante, pero Erland era un gran narrador y era de agradecer que él hiciera todo el discurso, sin forzarla a hablar o abrumarla con preguntas. En algún punto, en mitad de su narración, se quedó dormida. Se despertó con dolor de cuello por la mala postura en la que se había dormido y Erland ya no estaba a su lado, aunque sí que la habían cubierto con una capa que enseguida identificó como la del muchacho. En el horizonte se avistaba una isla y los cuatro hombres parecían estar preparándolo todo para el desembarco. Esta vez se acercó el hombre pelirrojo, Estoico, cargado con un cuenco de gachas humeante para ella.
—Cuando lleguemos, te llevaremos con tu tía. Creo que no os conocéis, ¿verdad? —Eyra lo corroboró con un movimiento seco de su cabeza—. Bueno, por eso no te preocupes, creo que os llevaréis bien —Estoico se apoyó contra la baranda de la cubierta y cruzó los brazos sobre su pecho—. Me imagino que necesitaréis un tiempo para adaptaros la una y la otra, Gothi está acostumbrada a vivir sola y esto no tiene que ser fácil para ninguna de las dos. Además, tengo entendido que vas a convertirte en su aprendiz, ¿verdad? —Eyra sacudió sus hombros con aire aburrido y Estoico carraspeó incómodo—. ¿Hay algo que necesites? ¿Algo con lo que podamos ayudarte para que te integres con mayor facilidad?
Eyra negó rápidamente con la cabeza y Estoico suspiró poco convencido.
—Bueno, si tú necesitas ayuda, solo tienes que pedirla.
Desembarcaron en Isla Mema poco antes de medio día. Se había puesto a llover a media mañana y Eyra estaba calada hasta los huesos y tiritando de frío pese a llevar la capa de Erland todavía puesta. No había lugar en el que resguardarse de la lluvia en todo el barco, así que Eyra había intentado taparse con una manta, sin éxito. Ninguno de los tripulantes pareció prestarle atención hasta que, de repente, se acercó el más mayor de ellos. Thror Hofferson resultaba intimidante por su tamaño; pero, pese a su feroz aspecto, resultó ser un hombre especialmente delicado en el trato. Le dio su capa de piel de lobo para que se resguardara del frío y le pasó la mano por su pelo con suma ternura.
—Ya queda poco, pequeña —le animó él con una sonrisa amable—. Piensa en el baño caliente y el rico plato de estofado que te esperan en casa.
Eyra no estaba acostumbrada a que nadie le hablara de una forma tan paternal. Ni siquiera su padre le había hablado así nunca, pero tiempo después descubriría que tanto Thror Hofferson como su esposa habían anhelado durante mucho tiempo una hija y verla allí, tan solitaria y agazapada contra la esquina del barco, había despertado un sentimiento paternal que hacía mucho que no sentía, ni siquiera por sus propios hijos, a quienes quería con locura, pero que ya estaban mayores para gestos tiernos y paternales.
Isla Mema era… ¿grande y hosca? Puede que se debiera a la lluvia, pero le resultaba deprimente que aquella isla no se viera ni siquiera un poquito más colorida que su otra isla. Nadie les esperaba en el embarcadero de la isla, por lo que cogieron sus cosas y dejaron que los trabajadores del puerto se encargaran del barco. Las escaleras del desfiladero estaban resbaladizas por la lluvia y Eyra tuvo que apoyarse contra la pared de piedra, espantada por el vértigo y el terror de caerse. Sin embargo, Eyra terminó pisando una de las largas capas que llevaba encima y se cayó de rodillas sobre las escaleras, deslizándose un par de escalones hacia abajo. Por suerte, Finn Hofferson consiguió atraparla, aunque él estuvo a punto de caerse también.
—¡Mira que eres patosa! —le chilló el chico molesto—. ¡Casi me matas!
Eyra quería que le tragara la tierra y sintió las lágrimas acumularse en sus ojos. Intentó levantarse, pero le temblaba tanto el cuerpo que no se vio capaz. Finn le gritó algo otra vez cuando, de repente, sintió que alguien la cogía en brazos. Se encontró de bruces con la sonrisa simpática de Erland y sus ojos vibrantes.
—Menudo mamporro que te has dado, ¿eh? —comentó Erland a la vez que se ponía a subir las escaleras—. No hagas caso a Finn. Es un gafe y, además, tiene el récord de haberse caído más veces por estas escaleras.
—¡Cállate, Erland! —rugió su gemelo a su espalda.
—¿Ves? No soporta que le haya salido competencia. Tendrás que andarte con ojo, Andersen, los Hofferson somos competitivos hasta cuando se trata de hacer el ridículo.
Eyra no pudo evitar soltar una risita que sorprendió a Erland y éste dibujó una sonrisa radiante.
—¡Vaya! ¡Mira quién sabe reír! —exclamó encantado—. Deberías hacerlo más a menudo, te sienta muy bien.
La muchacha sintió sus mejillas arder y apartó la mirada, apurada de que él pudiera darse cuenta. Finn y Thror se despidieron a mitad de camino y el padre le indicó a su otro hijo que no tardara mucho, dado que su madre estaría ansiosa esperándolos en casa. Estoico siguió con ellos como hijo del Jefe que era y llevó bajo su brazo el baúl que contenía sus poquísimas pertenencias. Erland insistió en cargarla hasta la casa de su tía y, pese a las insistencias de Eyra de que podía andar perfectamente por su cuento, demostró ser un cabezón que no acostumbraba a dar su brazo a torcer. Se notaba que ambos estaban acostumbrados a caminar sobre terreno embarrado y Eyra terminó estando agradecida de que Erland hubiera insistido tanto en llevarla, porque ella se habría caído una y mil veces por aquella empinada pendiente antes de que pudiera alcanzar la cima de la colina.
Su tía les abrió aliviada de que hubieran llegado por fin. La lluvia se había ido transformando en tormenta en cuestión de minutos y había estado temiendo que aún estuvieran en el mar. Gothi era pequeña, menuda y era probable que aparentara más edad de la que tenía. Le habían dicho que ella había sido la mayor de las hermanas de su madre, la única que quedaba con vida, más bien. Tenía el pelo castaño, algo más oscuro que el suyo y estaba repleto de canas, era paliducha y sus ojos eran azules claros. Eyra se preguntó por un momento si no habría habido un error y se habían equivocado, puesto que habían pocas por no decir ninguna similitud física entre aquella señora y ella. Erland la dejó en el suelo con cuidado y Estoico dejó junto a la puerta su baúl, al cual ella quiso abrazarse con fervor. Hizo una intentona de entrar a la casa para dejar de calarse, pero Gothi le impidió el paso.
—En esta casa tenemos modales, niña —le advirtió—. Estoico y Erland te han traído hasta aquí, ¿qué es lo que tienes que decir?
La niña tragó saliva, un tanto avergonzada, y se volteó hacia los dos chicos, aunque rápidamente bajó la mirada a sus pies, queriendo morirse de la vergüenza.
—Gracias —murmuró.
Su tía no pareció aprobar ni su tono ni su actitud, pero decidida a dejarlo correr por ese día.
—Es un placer —respondió Estoico cortésmente.
—Ya nos iremos viendo por la aldea —replicó Erland más alegremente—. Ten cuidado, Andersen, dicen que Gothi es un poco bruja.
Eyra levantó la mirada aterrorizada y su tía le propinó un buen golpe con su bastón al brazo del chico.
—¡Mira que eres granuja, Hofferson! —le riñó Gothi—. ¡Te faltan un par de patadas en el culo!
Erland se rió risueñamente mientras Estoico procuraba contener sus risotadas. Se despidieron con la mano antes de bajar la pronunciada pendiente y Eyra los contempló desaparecer entre la densa lluvia. Sintió unos golpecitos en su cabeza y se giró hacia Gothi, quien la estudiaba con suma atención. Resultaba curioso como Eyra, sin ser especialmente alta, tenía que inclinar la cabeza hacia abajo para mirar a su tía.
—Venga, niña, pasa antes de que pilles un catarro. Descálzate antes de entrar, no quiero que me llenes el suelo de barro.
Eyra se quitó sus botas y pasó al interior de la casita con cierto temor. La mujer le ayudó a quitarse la capa y la tiró a un cesto lleno de ropa para lavar que había junto a una escalera. Hizo un amago de coger su mano, pero Eyra se apartó a tiempo. Gothi la miró extrañada, aunque por suerte interpretó su rechazo como un gesto de miedo y no de pánico porque pudiera exponer su poder por accidente.
—No te voy hacer ningún daño —le advirtió su tía—, pero es necesario que te bañes y que entres en calor. Te he preparado un baño caliente, luego comerás algo y dormirás, te hará bien.
La muchacha se mordió el labio tan fuerte que casi se hizo sangre, pero se decidió a seguir las indicaciones de Gothi solo porque se moría de ganas de meterse en la cama. Se desvistió ella sola, se quitó el kransen de su madre y se deshizo su trenza. Se abrazó inconscientemente, sin dejar de tiritar y Gothi la apuró a que se metiera en el barreño que había colocado en mitad del comedor. Pensaba que la anciana le daría cierta privacidad, pero al verla lavarse con tanta desgana y superficialmente le arrebató la pieza de jabón de sus manos.
—Aquí nos lavamos como es debido, niña —se remangó las mangas de su túnica antes de ponerse a frotar con esmero su brazo derecho. Eyra intentó apartarse, pero Gothi la sorprendió con una fuerza sorprendente para alguien de su tamaño—. No quiero que nadie piense que tengo a una puerca como sobrina, ¿vale? Los vikingos no suelen ser limpios, pero eso no significa que tú también tengas que apestar. Además, vas a estar en contacto con gente enferma, así que es imprescindible que mantengas una higiene significativa para no enfermarte tú también.
Eyra se mordió la lengua para no replicarla, aunque se moría de ganas de hacerlo.
—Respecto a tus modales… es importante que seas educada y, sobre todo, agradecida —le advirtió Gothi—. Si estás aquí es gracias a que los Haddock me han dado licencia para acogerte en esta casa. La única condición que me han impuesto es que aprendas el oficio para sustituirme cuando yo me muera, que hoy en día eso es muy fácil debido a la guerra, así que tendrás que hincar los codos. Te he dejado varios libros en tu habitación que pueden servirte de base.
—¿Li… libros? —preguntó ella en pánico.
Nadie había prestado nunca suficiente atención a Eyra como para enseñarla a leer. Tampoco es que ella hubiera mostrado especial interés en hacerlo, sobre todo porque los pocos libros que había visto habían servido para alimentar el fuego durante el invierno o había sido el libro de dragones que estaba repleto de dibujos.
—Sí, libros, niña —insistió Gothi ensimismada en lavarle ahora su pierna—. La práctica es imprescindible, pero el estudio de la teoría también. Pienso enseñarte todo lo que sé, así que no voy a tolerar que seas una holgazana, ¿entendido?
En ese instante que alzó su cabeza para mirarla a la cara, Gothi se quedó un momento helada, como si no hubiera reparado en algo hasta ese momento. Le apartó el pelo de su cara con repentina delicadeza y Eyra se dio cuenta que, hasta ahora, no la había mirado directamente a los ojos. El temor a que Gothi descubriera que no sabía leer quedaba en nada en comparación a su terror a que fuera a agredirla o, peor, a echarla de casa por sus ojos bicolores. No habría sido la primera vez que eso sucedía.
—Te pareces mucho a tu madre —dijo de repente, desconcertando a Eyra—. Ella siempre fue la más guapa de todas nosotras, quizás por eso se casó tan pronto.
—¿En… en serio? —balbuceó la muchacha.
—¿Acaso nunca te lo dijo tu padre? —preguntó Gothi sorprendida.
Eyra negó con la cabeza y la mujer soltó un largo suspiro.
—Quizás ese parecido fue la razón por la que te descuidó tanto, le recordabas demasiado a Brita —argumentó Gothi con tristeza—. Aún así, tienes una mirada más bonita que ella, podría decirse que tienes un pedazo de cada uno de tus padres.
Nadie le había dicho nunca algo tan bonito y lo más surrealista de todo era que Gothi parecía estar hablando muy en serio. Dejó escapar alguna que otra lágrima cuando la mujer le aclaró el pelo con un balde. Eyra salió del barreño con la piel enrojecida por los frotes de Gothi y se juró a sí misma que aquella sería la primera y última vez que dejaría que su tía cepillara su cabello, sobre todo porque parecía luchar por arrancarlo por cada cepillado que daba. Se vistió con un camisón que le quedaba algo grande y comió con desgana medio bol de sopa y un trozo de pan.
—Anda, vete a dormir, ya comerás algo más por la mañana —le advirtió Gothi.
Eyra tenía su propio cuarto en la planta de arriba. Cualquiera hubiera dicho que aquella habitación era pequeña, pero para Eyra, quien nunca antes había contado un dormitorio para ella sola y bien se había acostumbrado a dormir en el suelo o sobre duras esterillas, aquel lugar resultaba un paraíso terrenal. Sin embargo, no valoraría todo aquello hasta tiempo después, pues Eyra ni siquiera reparó en los muebles que Gothi había encargado a los Thorston o en el mullido colchón de heno que había preparado y cosido con la ayuda de una muchacha de la aldea llamada Sigrid. Se metió en la cama y se dejó llevar por fin por sus emociones. No había tenido tiempo de llorar a su padre como era debido ni a lamentarse por su recién estrenada orfandad, pues pese a contar con buena práctica por la constante ausencia de su padre, Eyra siempre había sido respaldada por su apellido y la figura de uno de los grandes guerreros de su antigua aldea. ¿Ahora? Eyra Andersen no era más que una huérfana con un nombre irrelevante y ya sin significado que había sido acogida por una tía de la que ni siquiera había oído hablar hasta hacía dos días. La muchacha se abrazó a su muñeca con todas sus fuerzas y, por fin, tras horas llorando en silencio, consiguió dormirse y no despertó hasta dos días después, cuando Gothi la sacó arrastras de la cama.
—Dormir en exceso es signo de depresión, niña, y solo tiene doce años —le advirtió su tía con severidad mientras la ayudaba a quitarse el camisón—. Estamos a punto de entrar en invierno, así que no sufriremos ataques de dragones por un tiempo. Esta es tu oportunidad para conocer gente y relacionarte con otros críos de tu edad.
—No gusto a la gente —murmuró Eyra malhumorada.
—Con esa cara tan agria que tienes tampoco me extraña —le reprochó Gothi sacando una de sus mudas del baúl. La mujer frunció el ceño—. Esta tarde iremos a ver a la costurera y a su hija, esta ropa está demasiado desgastada. Necesitarás un par de vestidos, un delantal para trabajar y alguna que otra túnica, me hará buen precio si le pido varias cosas.
Eyra la contempló extrañada. ¿Por qué actuaba como si le importara? No le pareció buena idea preguntárselo, sobre todo porque no quería romper aquel extraño halo de amabilidad de aquella desconocida quien, pese a su máscara de severidad, realmente parecía preocuparse por ella. Eyra se vistió con un vestido verde gastado de sus hermanas y se recogió el pelo en dos trenzas. Su tía tenía prisa porque llegaba tarde a su ronda, así que Eyra salió precipitadamente de casa con la tosta de pan con queso aún bajando por su exófago. Por suerte, ese día no estaba lloviendo, aunque todo el suelo de la aldea estaba lleno de barro y Eyra tuvo que cuidar de no caerse.
Sin embargo, casi hubiera preferido romperse la crisma a tener que pasar por el calvario de conocer a cada persona que formaba la tribu. La cuestión era que todo el mundo conocía a Gothi, por lo que Eyra se había vuelto el centro de atención por el simple hecho de ser su sobrina. Le pellizcaron tantas veces las mejillas que se tornaron casi a un tono bermellón que contrastaba demasiado con la palidez de su piel y no hubo nadie que pudiera contenerse a hacer un comentario impertinente sobre sus ojos. Gothi procuraba salvarla del aluvión de preguntas que la gente formulaba, pero hacia la duodécima visita, Eyra decidió escaquearse y esperarla fuera. Los finos rayos sol se asomaban entre las densas nubes llenas de agua y Eyra se estremeció por el viento frío y cortante que soplaba desde el mar Barbárico. Cogió un palo que encontró en el suelo y se puso a dibujar sobre el barro un gato como los que había visto saltar por los techos de la aldea.
—¿Eso es un cerdo? —preguntó una voz a su espalda.
Eyra dio un bote del susto y se volteó para encontrarse con Erland Hofferson, quien contemplaba su dibujo con el ceño fruncido.
—Es un gato —señaló Eyra de mala gana.
Erland alzó las cejas sorprendido.
—Te estás quedando conmigo, eso claramente es un cerdo, Andersen —insistió el vikingo con diversión.
La muchacha apretó el palo que todavía tenía sujeto en su mano y se contuvo de golpearlo con él.
—Se nota que no sabes nada de animales —repuso Eyra molesta.
—¿Ah, no? —replicó Erland sonriente y cogió su palo para ponerse a dibujar él también sobre el barro—. Mira, esto sí que es un gato.
Erland Hofferson tenía poco de dibujante, es más, su gato consistía en un círculo mal hecho y de rasgos muy deformados que podría protagonizar sus peores pesadillas. Escribió algo junto al dibujo y Eyra procuró no exponer sus nervios ante su incapacidad de leer lo que había escrito.
—Le he puesto hasta nombre y todo —comentó Erland con orgullo—. ¿Qué piensas, Andersen?
Eyra tragó saliva, sin apartar sus ojos del texto que no sabía leer.
—Es el gato más feo que he visto en mi vida —dijo la muchacha con indiferencia.
Erland alzó las cejas y Eyra pensó que tal vez le había ofendido, aunque le sorprendió con una carcajada que hizo que varios viandantes se voltearan hacia ellos extrañados.
—No tienes pelos en la lengua, ¿eh? —cuestionó Erland sin dejar de reírse—. Me gusta tu sinceridad, Andersen, no cabe duda que eres una niña lista.
—¡No soy una niña! —exclamó ella indignada.
Erland posó su mano en su cabeza y le revolvió el cabello.
—Claro que lo eres —insistió él con una sonrisa maliciosa—. Eres tan pequeñita que fácilmente te podría llevar el viento.
Eyra intentó apartar su mano, pero Erland era considerablemente más alto que ella —Eyra solo le llegaba a la altura de su pecho— e indudablemente mucho más fuerte. Sin embargo, Eyra Andersen era una chica de armas tomar y, como bien había señalado Erland, era lista, más de lo que nadie había osado apreciar jamás. Le brindó tal patada en la espinilla que Erland la soltó al instante y alzó su pierna para llevarse las manos a su dolorido tobillo. La muchacha se maldijo pensando que tal vez se iba a meter en un lío, pero Erland no hizo otra cosa más que reírse.
—Pequeña, pero matona —advirtió Hofferson sonriente—. Te he subestimado, Andersen, recuérdame que no vuelva hacerlo.
Eyra bufó, pero antes de que pudiera replicar, un grupo de chavales de la edad de Erland le llamaron a lo lejos y éste se despidió rápidamente para unirse a ellos. La muchacha le observó alejarse, con una muy leve cojera a causa del dolor en su espinilla, y saludaba a todo el mundo con el mismo buen humor con el que había estado hablando con ella. Eyra supuso que sería así de amable con todo el mundo y envidió su facilidad para caer bien a los demás. Gothi salió de la casa refunfuñando alguna queja y Eyra echó un último vistazo a la caligrafía de Erland antes de seguir a su tía.
Aquel primer mes fue muy duro para Eyra. Mema era una isla mucho más fría que su antiguo hogar y se había pasado la mayor parte del tiempo en casa debido a la lluvia. Por esa razón, Gothi se había puesto a enseñarle las bases de la medicina, aunque le resultaba muy difícil memorizar todo y Gothi le insistía que tomara notas para que no se olvidara de los detalles, por lo que Eyra se obligaba a fingir que escribía algo cuando, en realidad, no hacía más que garabatos en sus cuadernos. Además, su tía hacía muchas alusiones a los libros que seguían en su escritorio acumulando polvo y, aunque Eyra podía reconocer plantas en base a los dibujos, desconocía sus nombres y sus funciones. Gothi estaba empezando a perder la paciencia con ella y no había jornada en la que Eyra no acabara escondida entre sus sábanas, hecha un mar de lágrimas y mordiendo su almohada para que su tía no la oyera llorar.
Se sentía tonta y estúpida por no saber leer y escribir. Hasta ese momento nunca había tenido la necesidad de hacerlo, pero Isla Mema era indudablemente una sociedad más avanzada que su antigua tribu y ella no estaba a la altura. Iba a ser cuestión de tiempo hasta que su tía descubriera lo imbécil que era y la echara de casa.
Una tarde, Gothi le pidió que bajara al mercado para hacer unas compras. Le tendió una lista que Eyra insistió de no necesitar, pero Gothi no le dio opción a rechazarla.
—Necesito que me traigas las medidas exactas, Eyra, y no quiero arriesgarme a que me lo traigas mal. Anda, date prisa que si no se va hacer muy tarde —insistió la mujer empujándola hacia la puerta.
Eyra quería morirse. Intentó tragarse sus lágrimas mientras bajaba la pendiente, pero cada vez que miraba aquel trozo de papel lleno de letras indescifrables para ella, se veía embargada por un sentimiento de impotencia y amargura que superaba sus fuerzas. ¡Si ni siquiera sabía adónde tenía que ir!
Torció el camino hacia el bosque en lugar de hacia el mercado y Eyra rompió a llorar desconsolada. ¿Quién iba a ayudarla ahora? Tan pronto le pidiera a alguien que le leyera la lista, se darían cuenta de que ella no sabía leer. La tomarían por tonta e incluso se reirían de ella como en su antigua isla. Eyra, la estúpida. Eyra, la rara. Estaba destinada a llevar esos apelativos de por vida y todo porque nadie se había preocupado nunca de enseñarle a leer y a escribir. Se abrazó a sus piernas y escondió su cabeza entre ellas, incapaz de pensar en una solución a un problema imposible como el suyo.
Sintió una mano de repente en su cabeza y Eyra la alzó asustada. Erland Hofferson se encontraba arrodillado a su lado, con cara de preocupación y cubierto de barro hasta las orejas. Eyra intentó limpiarse las lágrimas con rapidez con la manga de su vestido, pero sabía que era un acto inútil, Erland la había descubierto.
—¿Qué te pasa? —preguntó el joven angustiado.
—Nada —respondió ella con sequedad intentando levantarse del suelo, pero Erland la cogió del brazo para que siguiera sentada.
—A ver, Andersen, no hay que ser tan orgullosa en esta vida —le advirtió Erland—. Dime que te pasa, ¿se ha metido alguien contigo?
—No —contestó ella evadiendo sus vibrantes ojos.
—¿Seguro? —insistió él con severidad.
—Que sí, pesado —dijo ella malhumorada.
Erland frunció el ceño por su tono, pero no parecía molesto, sino más bien intrigado.
—¿Me vas a contar qué te pasa entonces?
—¿Y tú me vas a decir por qué estás tan lleno de barro?
El joven le lanzó una mirada de suspicacia y señaló un hacha que al parecer había dejado contra un árbol.
—Estaba entrenando —respondió Erland—. Ahora que he entrado en la Guardia de Mema tengo que demostrar que estoy a la altura, pero el suelo estaba un poco resbaladizo y me he caído varias veces en el barro.
A Eyra le extrañó que admitiera tan a la ligera que se había caído mientras entrenaba y él sonrió como si estuviera leyéndole el pensamiento.
—Mi padre siempre dice que para aprender a levantarse, primero hay que saber caerse —argumentó el vikingo—. La verdad es que soy un poquito patoso, por eso procuro entrenar todo lo que puedo.
—No me creo que tú seas patoso —le achacó ella con el ceño fruncido—. Gothi me ha dicho que fuiste el mejor del entrenamiento de dragones y que mataste al Pesadilla Monstruosa en tiempo récord.
Para su enorme sorpresa, Erland se ruborizó por su comentario.
—No nací sabiendo pelear —dijo el joven azorado—. Al igual que nadie nace sabiendo leer.
Eyra se quedó helada por su último comentario, sobre todo porque Erland le lanzó una mirada de lástima que claramente advertía que sabía su secreto. Las lágrimas volvieron a acumularse en sus ojos y deseó desaparecer de la faz del Midgard por la humillación que la estaba azotando.
—¿Cómo… cómo lo has sabido? —balbuceó la muchacha desolada.
—Me di cuenta el otro día cuando dibujamos a los gatos en el barro —respondió Erland—. No hiciste ninguna alusión a lo que escribí y, por tu cara, me diste a entender que te estabas esforzando en entender lo que había escrito, pero claramente eras incapaz de leerlo.
—¿Y qué escribiste?
—Tu nombre, por supuesto —contestó él.
Eyra le dio un puñetazo en el brazo que hizo que el vikingo soltara una exclamación de dolor.
—¿Pero por qué me pegas ahora?
—¿Le pusiste mi nombre a ese deforme? —cuestionó la muchacha indignada.
Erland Hofferson soltó una carcajada que hizo eco por todo el bosque. Eyra quería molerlo a patadas por tener la osadía de reírse de ella, pero el vikingo pronto se calmó y preguntó:
—¿Quieres que te enseñe?
—¿A qué? ¿A dibujar gatos deformes? —preguntó con recelo.
Erland puso los ojos en blanco.
—No, tonta, te puedo enseñar a leer y a escribir si quieres.
La muchacha le contempló sumamente confundida.
—¿Por qué ibas a hacer eso?
—¿Y por qué no? —replicó Erland sacudiendo los hombros—. Si vas a ser nuestra próxima galena, es importante que sepas leer. ¿Se lo has contado a Gothi?
Ella negó efusivamente con la cabeza y Erland sonrió con cierta lástima.
—Venga, vamos a contárselo —propuso ofreciéndole su mano.
Ella no se movió y las lágrimas volvían a resbalar por su cara.
—¿Y si me echa de casa? —preguntó con voz temblorosa.
—¿Por no saber leer y escribir? —replicó él escandalizado—. Andersen, ni siquiera Gothi es tan mala como para echar a una niña tan adorable como tú a la calle. Anda, tonta, deja de llorar, verás que solo te va a regañar por no habérselo contado antes.
Eyra sacó el listado arrugado de su bolsillo y se lo tendió a Erland. El vikingo leyó el papel y sonrió.
—¿Quieres que te acompañe a comprar todo esto antes?
—¿Seguro que quieres ir así? —cuestionó ella dubitativa mirándolo de arriba abajo.
—¿Y perder la oportunidad de que todo el mundo se quede intrigadísimo por saber por qué estoy así? —dijo él con cierto dramatismo—. ¡Ni hablar!
Ella no pudo evitar soltar una risita y él le acarició la barbilla con ternura. Una rápido suceso de imágenes pasaron ante sus ojos, aunque Eyra se esforzó en aplacar su poder. No deseaba entrometerse en los secretos de Erland, no después de que hubiera sido tan amable con ella.
—Ahí estás —señaló Erland con una cálida sonrisa—. Deberías reírte más a menudo, Andersen, resulta muy agradable escucharte hacerlo.
Eyra se ruborizó hasta las orejas y se apartó de él para ocultar su vergonzoso rubor. Erland se rió, pero no hizo más alusiones al respecto y la acompañó hasta el mercado. Como era de esperar, Erland fue invadido por un montón de preguntas sobre por qué estaba tan lleno de barro, pero el vikingo se inventaba una respuesta distinta por cada una de ellas. Cargó él solo con todas las compras, aún teniendo su hacha cargada a su espalda. Gothi les abrió sorprendida de encontrarse con Erland allí, pero igualmente lo invitó a entrar a tomar un té y fue entonces cuando el vikingo le animó a contar la verdad.
La reacción de Gothi fue de puro alivio y la abrazó con ternura cuando Eyra volvió a romper a llorar al saber que no iba a echarla de casa. Erland se ofreció entonces a ser su maestro, aunque Gothi arrugó el gesto.
—Tendrás que hablar con tus padres antes, Erland —le advirtió la mujer—. Es probable que tengan reparos, sobre todo teniendo en cuenta que acabas de entrar en la Guardia de Mema. Todos esperan mucho de ti, ya lo sabes.
Por primera vez, Eyra observó una tensión en la sonrisa risueña de Erland, como si estuviera esforzando en mantener su buen humor.
—Hablaré con ellos —prometió Erland.
Dos días después, el joven Hofferso se presentó en casa de Gothi acompañado de una bellísima mujer que resultaba ser su madre. Asta Hofferson era tan rubia que su pelo casi parecía blanco. Tenía unos grandes y bellos ojos castaños que adquirían cierto tono a miel a luz de las velas y eran tan profundos que parecían penetrar en su alma. Le sorprendió lo joven que se veía para tener dos hijos de casi diecisiete años, pero demostró ser una mujer muy elegante y educada, más de lo que solían ser las mujeres vikingas en general. Gothi había preparado su mejor té para la ocasión y había comprado pan dulce, un manjar que Eyra no había probado nunca hasta ese mismo día. Su tía se sentó junto a ella después de servir mientras que Erland y su madre se sentaron al otro extremo de la mesa. La muchacha observó con cierta diversión que Erland lucía nervioso, aunque enseguida reparó que era porque su madre no le quitaba ojo de encima a Eyra.
—¿Cómo estás, Eyra? —preguntó Asta tras dar un primer sorbo a su té—. ¿Qué tal has pasado tu primer mes aquí?
Eyra no supo qué contestar, pero su tía le dio una patada bajo la mesa para que se apurara a responder.
—Bi… bien —balbuceó ella con torpeza.
—No ha tenido que ser nada fácil abandonar tu antiguo hogar, aunque me imagino que estarás contenta porque Gothi haya tenido el detalle de acogerte sin pedirte nada a cambio —señaló Asta con dulzura—. Sé lo duro que es tener que llegar a un sitio nuevo.
Eyra pareció apreciar un brillo de tristeza en sus orbes castañas, aunque la mujer procuró disimularlo con un delicado parpadeo.
—Has tenido mucha suerte de contar con una tía que te quiere y que mi hijo —posó su fina mano sobre la de Erland, quien sonrió a modo de respuesta—, esté tan dispuesto a ayudarte a aprender algo tan básico como leer y escribir. Tendrás que hincar los codos, jovencita, porque Erland tiene mucho que hacer por esta aldea. Después de todo, él heredará la posición de su padre cuando éste fallezca.
—Madre…
—Erland, admiramos profundamente tu benevolencia por querer ayudar a esta pobre huérfana, pero tenemos que ser conscientes que ya no eres un niño y que tienes responsabilidades que atender —le advirtió su madre con firmeza y Erland suspiró frustrado—. Erland te ha cogido cariño, Eyra, creo que se siente responsable de ti, como si fueras su hermana pequeña.
Eyra miró a Erland de reojo, conmovida porque alguien como él pudiera verla de esa manera, aunque se recordó a sí misma que Erland era amable con todo el mundo. Hoy era ella, mañana podría ser otra.
—Sin embargo, y Gothi estará de acuerdo conmigo, es imperativo que aprendas a leer y a escribir para que más adelante adquieras las responsabilidades que tu posición requiere. Lo entiendes, ¿verdad, cielo? —Eyra asintió dubitativa, sorprendida de cómo, a pesar de tener un evidente acento extranjero, hablaba de una forma tan culta y fina—. Esa es la razón por la que dejaré que Erland te enseñe, pero tendrás que espabilarte y trabajar bien en ello, ¿entendido?
—Sí, señora —respondió Eyra decidida.
Asta le regaló una sonrisa deslumbrante.
—Tienes unos ojos preciosos, por cierto, de lo más especiales —señaló la mujer con dulzura.
La sangre subió rápido a las mejillas de Eyra y balbuceó un «gracias», ajena a la tensión en Gothi y en el propio Erland. Asta le pidió a su hijo y a Eyra que se retiraran a la habitación de la muchacha mientras las mujeres «ultimaban» ciertos detalles sin importancia. Eyra agradeció que Gothi la hubiera metido caña para que limpiara su cuarto esa misma tarde, porque lo último que se hubiera esperado era que Erland Hofferson se hubiera reído de su desorden. No obstante, Erland parecía ausente, como si hubiera algo que nublara su mente y le preocupara.
—Si ya no quieres enseñarme, no pasa nada —dijo Eyra con tristeza.
Erland parpadeó sorprendido y la contempló como si no hubiera reparado hasta ahora en su presencia. Dibujó una sonrisa cansada.
—Claro que quiero enseñarte, boba —la empujó hasta su escritorio y cogió una hoja suelta de pergamino para escribir algo con un trozo de carboncillo—. Hoy no tenemos mucho tiempo, pero puedo enseñarte a escribir tu nombre.
Eyra abrió la boca atónita. Aún no sabía diferenciar una buena caligrafía de una mala, pero pensó que aquel conjunto de letras se veían preciosas.
—Ahora tienes que copiarlo, esta que ves aquí —Erland señaló el primer símbolo—, esa es la «e».
Eyra hizo una copia fea y vulgar de la elegante «e» de Erland. Después, copió la «y» y así continuó hasta escribir su nombre completo por primera vez en toda su vida. Contempló fascinada su nombre y tuvo que contenerse de no acariciar las letras por temor a hacer el ridículo. Nunca antes hubiera pensado que aquel conjunto de líneas pudiera significar tanto, que las letras pudieran albergar tantísimo poder.
—No está nada mal para ser la primera vez, ¿no crees? —preguntó él desconcertado por su silencio.
Eyra se volteó hacia él movida por un sentimiento de euforia y ansiedad.
—¿Puedes enseñarme más? —replicó ella ansiosa.
Erland alzó las cejas sorprendido, pero enseguida sonrió complacido.
—Claro.
Aquel día sólo pudo aprender a escribir dos palabras más: «Erland» y «casa». Tan pronto despidió al joven y a su madre, Eyra corrió de nuevo a su cuarto y volvió a escribir las tres palabras que había aprendido ese día. Enseguida cayó en la correlación de sonidos referentes a la letra «a» y le gustó que su nombre y el de Erland empezaran también por la misma letra.
A excepción del día de Freyja, Erland se presentaba en su casa todos los días a última hora de la tarde. No importaba que lloviera o nevara, el primogénito de los Hofferson siempre era puntual y se presentaba con su característico buen humor y su risueña sonrisa. Resultó ser un buen maestro, bastante más paciente que ella y mucho más listo de lo que siempre pretendía dar a entender. Nunca se enfadaba con ella, ni aún cuando se frustraba ella sola porque no le salían sus ejercicios y siempre la animaba a que siguiera adelante. En cuestión de semanas, Eyra se sabía el alfabeto de cabo a rabo. Aún leía muy lento y escribía fatal, pero Erland le insistía que siguiera a ese ritmo, que lo estaba haciendo muy bien.
—¿A ti quién te enseñó a leer y a escribir? —le preguntó Eyra con suma curiosidad.
—Mi madre nos enseñó cuando éramos pequeños —respondió Erland sin apartar los ojos de la hoja que había escrito Eyra.
—Tu madre es muy guapa —añadió la niña—, y también es muy lista.
Erland le lanzó una mirada que Eyra no supo interpretar y se preguntó si había dicho algo malo.
—Tienes toda la razón —concordó el joven con aire ausente—, pero no es oro todo lo que reluce.
Eyra quiso preguntarle a qué se estaba refiriendo, pero Erland se apresuró a señalar los errores de su ejercicio para que los corrigiera. Era en esas ocasiones cuando se acentuaba su diferencia de edad. Erland parecía cargar con muchas responsabilidades y era más maduro que cualquier chico de su edad. Eyra había notado que, a pesar de su popularidad y ese carácter tan simpático y malicioso tan propio de él, había un chico solitario y sensible. Erland no se portaba con ella de la misma manera que se comportaba con su grupo de amigos cuando lo veía en el Gran Salón y pronto se percató que una parte de todo aquello era pura fachada.
Debía ser agotador tener que esforzarse tanto por caer bien a todo el mundo, aunque no cabía duda que no había nadie en toda Isla Mema que dijera una sola mala palabra de Erland Hofferson.
Hacia el final del invierno, el tiempo empezó a mejorar y Eyra tuvo por fin oportunidad de explorar los bosques de la isla. Aprovechaba para hacer coronas con flores invernales para ponérselas en la cabeza, recogía alguna planta que consideraba que Gothi pudiera necesitar y subía hasta arriba de los árboles para disfrutar de las vistas. Fue así como conoció a Sigrid, la hija de la costurera, una niña regordeta de su edad un tanto nerviosa que casi le dio un infarto cuando la vio colgada de un árbol.
—¡Por Odín! ¡Te vas a matar! —chilló Sigrid horrorizada.
—No quisiera —replicó Eyra extrañada por su reacción y se balanceó para caer sobre otra rama. Sigrid soltó un chillido que casi la dejó sorda—. No hace falta que grites tanto.
—¿Pero…? ¿No ves que es peligroso? ¿Qué va a decir tu tía cuando sepa que vas saltando de un árbol a otro?
—¿Acaso se lo vas a decir? —preguntó Eyra molesta.
Sigrid se ruborizó avergonzada.
—No soy una chivata.
Eyra saltó de la rama en la que estaba al suelo y le entregó el ramo de flores que cargaba en su mano.
—Yo nunca he dicho que lo fueras —le aseguró Eyra.
Jamás había tenido una mejor amiga, pero no cabía duda que Sigrid cumplía con sus expectativas de sobra, sobre todo porque no parecía espantada porque llevara coronas en el pelo o que se inventara historias sobre dragones que se escondían en el bosque o que sencillamente fuera ella misma. Sigrid estaba tan acostumbrada a su insulsa vida de costurera que, según ella, encontrarse a alguien con tanta imaginación y divertida como ella resultaba un soplo de aire fresco. Es más, gracias a su amistad con Sigrid, enseguida comenzó a integrarse con otras chicas de la aldea. Eyra empezó a sentirse más cómoda, a hablar más, a danzar más… De alguna manera, se sentía libre, más ella misma, más estable, con un hogar seguro al que volver cada día y con alguien esperándola en casa. Gothi se fue relajando y acostumbrando más y más a su presencia y Eyra fue cogiendo más y más soltura con su tía, hasta el punto de que Gothi tenía que regañarla por no saber callar ni debajo del agua.
Erland, en cambio, parecía encantado de verla más suelta y se tronchaba con las anécdotas que le contaba de su día a día. Todo parecía ir de maravilla hasta que, un día, todo se torció. Para entonces ya había cumplido los trece y, como ya había cogido soltura para leer y escribir, las clases de Erland habían pasado de seis a dos días por semana. Por su cara, supo que no estaba bien, que había algo que le atormentaba y ella, siendo una cría curiosa e impertinente como era, le presionó para que le contara qué le pasaba. Por primera vez desde que había llegado a Isla Mema, consiguió que Erland perdiera por fin los nervios.
—¿Es que no puedes callarte ni dos putos minutos? ¡A veces resultas insoportable! —gritó el joven furioso.
Quizás unos meses antes, Eyra se habría callado y habría llorado después, pero aquellas palabras tan crueles solo consiguieron enfurecerla. Reaccionó desde la más pura rabia, indignada porque Erland la hubiera hablado así cuando ella solo había querido ayudarle. Cogió el primer libro que pilló a mano y le arreó un golpe tan rápido y fuerte a Erland que éste apenas tuvo tiempo a reaccionar antes de quedarse semiinconsciente. Eyra no cayó en su estrepitoso error hasta que la sangre salió de su oído. La muchacha sacudió a Erland horrorizada porque tal vez fuera a morirse por su culpa y bajó a la planta de abajo echa un mar de lágrimas a buscar a su tía para que, por favor, le curase.
Se ganó varias buenas broncas. Gothi, por supuesto, le dio un bofetón bien merecido por haberse dejado llevar por un simple arrebato de ira; pero peor fue el reproche de Asta, quien exigió que Eyra trabajara en la casa Hofferson como criada para compensar los daños de sus actos. Erland había intentado interceder por Eyra, pero Asta no era una mujer muy dada a las negociaciones.
En su primer día, Gothi le advirtió que no diera problemas a la familia Hofferson, que moderase su mal carácter y que, ante todo, no molestara a Asta. Sin embargo, para una niña como Eyra, tan poco acostumbrada a estar en una casa tan bien cuidada y alrededor de una mujer tan elegante y enigmática como Asta Hofferson, era inevitable que quisiera caerle bien. Le encantaba su acento ligeramente marcado, su pelo tan rubio que parecía blanco cuando el sol brillaba sobre él y le enternecía la dulzura con la que hablaba siempre a su esposo. Eyra no pudo evitar preguntarle a Asta el cómo Thror y ella se enamoraron, pero ésta le respondió con evasivas y excusándose que no tenía tiempo para relatarle viejas historias. Repetía aquel tipo de respuestas cuando Eyra le formulaba alguna que otra pregunta movida por la curiosidad e incluso llegó a mandarla callar más de una vez. No tardó en darse cuenta de que Asta Hofferson, tan educada y amable que le había parecido durante su primer encuentro, no le tenía especial aprecio. Eso por no mencionar que tampoco era plato de gusto de Finn, el gemelo de Erland. El chico resultaba un tanto desagradable y siempre parecía enfadado, por no decir que no se llevaba muy bien con su hermano. Eyra evitaba cruzar palabra con él, pero era obvio que Finn la despreciaba casi tanto o más que su madre. Por desgracia, Eyra estaba acostumbrada a que se diera esa situación. Una vez que se abría con otras personas, que realizaba preguntas movida por su curiosidad y empezaba a ser ella misma, la gente tendía a rechazarla porque la consideraban pesada e incluso molestamente intensa. Resultaba decepcionante que la historia fuera a repetirse en Isla Mema y Eyra no pudo evitar cierta ansiedad por lo poco que había construido hasta ahora fuera a desaparecer.
No obstante, la presencia de Erland supuso un alivio durante el tiempo que estuvo allí trabajando. Erland se había disculpado con ella muy avergonzado por lo que le había dicho, asegurándola que lo había tomado con ella cuando jamás debía haberlo hecho y se sentía muy culpable por verla ahora en aquella situación. Eyra le había perdonado casi al instante, aunque aún le dolía recordar la imagen del joven gritándole que era «insoportable». Por lo demás, las pocas veces que se topaba con Erland en casa, el joven se detenía a charlar con ella e incluso se paraba a ayudarla aún cuando su madre le regañaba por ello. Thror Hofferson, a diferencia de su primogénito, era silencioso. Eyra no solía toparse con él muy a menudo, pero cada vez que lo hacía se sentía terriblemente intimidada. Sin embargo, no tardó en caer que tenía una impresión totalmente equivocada de él, dado que el patriarca de los Hofferson resultó ser un hombre sumamente agradable que acostumbraba a preguntar por su estancia en Isla Mema y si estaba contenta allí con su tía. Aquella actitud tan amable animó a Eyra a preguntar a Thror por cómo conoció a Asta y, a diferencia de su esposa, éste pareció encantado de relatarle su historia y otras tantas de sus hijos, sobre todo aquellas que les ridiculizaban.
Todo habría acabado bien con los Hofferson sino hubiera sido por lo que sucedió la tarde en la que ella discutió con Finn. No negaba que, a pesar de haber moderado su temperamento durante casi todo el mes que estuvo trabajando en esa casa, Finn Hofferson era un artista en lo que se refería a sacarla de quicio. Era un maleducado, un impresentable y estaba harta de sus desprecios y su falta de consideración, de ahí que cuando manchó el suelo con sus botas embarradas, tras haber estado una hora frotando con esmero, Eyra no pudo contener su ira. Puede que Finn tuviera la misma cara de Erland, pero aquel joven poco tenía que ver con el chico que le había enseñado a leer y a escribir con tanta dedicación. Finn habría estado a punto de brindarle un bofetón si no hubiera sido porque Erland había aparecido a tiempo para salvarla y ambos hermanos hubieran llegado a las manos si no hubiera sido por la intervención de su madre. Asta castigó a sus dos hijos con limpiar ellos mismos el suelo durante un mes, lo cual a Eyra le pareció sumamente injusto teniendo en cuenta que Erland solo había actuado en virtud de su defensa; sin embargo, la matriarca de los Hofferson también tenía algo que decir sobre su actitud.
—En esta casa mantenemos las formas incluso cuando estamos enfadados, Eyra —señaló Asta molesta—. ¿Tus padres nunca te enseñaron a tener ciertos modales?
—Mis padres están muertos —contestó Eyra con frialdad mirando a sus pies.
—No es excusa —insistió Asta con impaciencia—. Pronto serás una mujer y tienes que aprender cuál es tu sitio de una vez —Eyra no quiso responder y siguió evadiendo la mirada de la mujer, aunque solo consiguió enfadarla todavía más—. ¡Eyra, mírame cuando te hablo, por todos los dioses!
Quizás fuera porque estaba demasiado enfadada o porque la había pillado desprevenida, pero Eyra no se esperaba que el hecho de que la hubiera cogido de la barbilla fuera a someterla con tal violencia en una de sus visiones. La casa de los Hofferson al igual que los gemelos y la propia Asta desaparecieron ante sus ojos y Eyra se fundió en la oscuridad hasta que, de repente, cayó sobre una superficie blanda. La muchacha se incorporó con rapidez y reparó que estaba en un bosque nevado, aunque ella no sentía frío y la nieve no mojaba sus botas ni su vestido. Llamó a Erland varias veces e incluso llegó a gritar desesperada los nombres de Finn y Asta, aunque nadie acudió a su llamada. Decidida a no quedarse paralizada por el terror, Eyra se forzó a caminar para buscar ayuda. Encontró un lago congelado, tan grande que casi parecía el mar, y al pie del mismo visualizó a una mujer y a una chica un poco más mayor que ella vestidas de blanco. Eyra corrió a toda prisa, pero tropezó bajando la pendiente, dándose de bruces contra el suelo y rodó hasta una distancia no muy lejana de ellas. Ninguna se volteó a pesar del enorme estruendo que acababa de ocasionar ella sola.
—¿Hola? ¿Podéis ayudarme? —preguntó la muchacha angustiada.
Ninguna reaccionó y aquella la enfureció, ¿acaso la estaban ignorando? Ambas mujeres estaban ensimismadas en su conversación y la joven sintió su sangre hervir. Eyra fue a coger el brazo de la mujer más mayor cuando sus manos atravesaron su cuerpo como si de un fantasma se tratara. La muchacha dio dos pasos hacia atrás espantada, aunque la mujer mayor parecía ajena a lo que acababa de suceder y seguía hablando con la muchacha cuyo pelo era tan rubio que casi parecía blanco.
Eyra jadeó al reconocerla.
¡Era Asta!
Se preguntó si la otra mujer sería su madre, pero toda su curiosidad se disipó cuando Asta hizo un gesto extraño con sus manos en dirección al lago helado. Al principio no sucedió nada, pero Asta siguió haciendo filigranas con sus dedos cuando, de repente, el hielo se quebró y de entre sus ranuras salió el agua flotando en diferentes figuras el aire. La mujer más mayor asintió satisfecha con la cabeza. Asta, muy seria y concentrada, movió entonces los brazos y las formas del agua se juntaron en una sola esfera que empezó a humear vapor. Eyra contempló todo aquello entre fascinada y aterrada hasta que Asta lanzó la esfera de agua contra el hielo, generando una explosión cuya onda expansiva la empujó hacia atrás. Sin embargo, no cayó sobre la nieve, sino sobre un suelo duro de piedra. Frotándose el trasero para aliviar el dolor, Eyra se levantó para ver que ahora estaba en una especie de cueva que se hallaba en penumbra. Asta se encontraba de pie junto a una cama y, cuando Eyra se acercó a su lado, contempló que ahí dormía plácidamente la mujer castaña de antes. Sin embargo, Asta estaba muy inquieta, con los ojos clavados en aquella mujer, y en sus manos temblorosas sujetaban una almohada.
—¡No lo hagas! —chilló Eyra horrorizada al caer en lo que pretendía hacer.
Intentó sujetar sus manos para detenerla, pero su cuerpo volvió a atravesar el suyo. Asta pareció decidirse entonces a hacer lo que planeaba hacer y lo último que Eyra vio fue a aquella joven sosteniendo la almohada en alto con toda la intención de posarla sobre la cara de la mujer.
Eyra se despertó con la sensación de que acababa de salir del agua y tomó una fuerte bocanada de aire antes de encontrarse de bruces con los ojos castaños de Asta Hofferson. La muchacha se apartó espantada, temerosa de lo que aquella mujer pudiera hacerle después de lo que había visto. Finn y Asta —Erland ya no estaba allí— la contemplaron confundidos.
—Eres una bruja —murmuró Eyra casi sin quererlo.
A Eyra le habían tachado innumerables veces de bruja por la existencia de su poder. Eyra no conocía ni el origen ni el motivo por el que contaba con su don, pero siempre le había resultado ofensivo que se le catalogara de brujería cuando ella sentía que era algo mucho más complicado que eso. Sin embargo, sí había oído hablar de las brujas y de las comunas que formaban para practicar su magia y, según quién contaba la historia, se dedicaban a hacer cosas terribles o cosas maravillosas. Eyra había visto el poder de Asta con sus propios ojos y resultaba estremecedor cuán destructivo parecía ser. ¿Y lo peor de todo? Que la enorme expresión de sorpresa que madre e hijo dibujaron confirmaron que, primero, lo que había visto había sido real, no sabía ni cómo ni por qué había sido aquella visión distinta a las otras que había tenido durante toda su vida, pero había resultado sumamente terrorífica y Asta no era quien decía ser. Y segundo y más importante: debía salir por patas de aquella casa como alma que Hela se llevaba.
Oyó a Asta gritar algo cuando salió corriendo de la casa de los Hofferson. Eyra corrió como si no hubiera un mañana y sintió un impulso aún mayor cuando vio que Finn le seguía pisándole los talones. Temió que fuera a atraparla en la pendiente que subía hasta su casa; pero, por suerte, se topó con Erland y con su tía y, sin pensárselo dos veces, se ocultó tras el mayor de los Hofferson, inconsciente de lo mucho que estaba temblando a causa de la visión y del terror que la había invadido.
No prestó atención a la discusión de los hermanos. Su cabeza no paraba de reproducir la imagen de la versión joven de Asta haciendo magia y de sus intenciones de matar a aquella mujer. Erland se arrodilló y Eyra comprendió con solo ver su cara que él también sabía algo de su madre. ¿Sabría que era una bruja? ¿Una asesina? La muchacha se apartó de él espantada y se refugió entre los brazos de su tía, incapaz de contener las lágrimas por más tiempo. Gothi dijo algo a los gemelos mientras acariciaba su espalda para consolarla, pero Eyra no podía escuchar nada.
Tenía miedo.
Muchísimo miedo.
Hasta ese momento, su poder nunca había sido un impedimento, pero una cosa era ver imágenes aleatorias en su cabeza y otra muy distinta era revivir en sus propias carnes recuerdos que ni siquiera le pertenecían. Gothi la llevó hasta casa y la sentó en la mesa del comedor antes de servirle un té de hierbas con leche de cabra y endulzada con miel. Su tía esperó pacientemente a que se sollozos se calmaran y preguntó con suavidad:
—Eyra, ¿cómo has sabido que Asta era una bruja?
La muchacha parpadeó sorprendida.
—¿Lo sabías?
—Desde hace mucho tiempo —remarcó la mujer—, pero no has respondido a mi pregunta, Eyra. Asta es una bruja muy cuidadosa, ¿la has visto hacer magia?
Eyra se mordió el labio. ¿Debería contárselo a su tía? ¿Y si el hecho de que ella sufriera esas visiones fuera un motivo más que suficiente como para ponerla de patitas en la calle? Apretó los puños alrededor de la tela de su falda para detener el impulso de vomitar y respiró hondo.
—Deja de sujetarte la falda así, te la vas a llenar de arrugas —le regañó Gothi con suavidad—. ¿Por qué estás tan nerviosa, niña? ¿Por qué no me quieres contar lo que ha pasado?
—Es que si te lo cuento igual te enfadas y me echas de casa —murmuró Eyra bajando la mirada.
Gothi se quedó unos segundos en silencio antes de chasquear la lengua.
—No creo que sea tan malo como para que lleguemos a ese extremo —comentó la mujer.
—Eso lo dices ahora.
—¡Eyra! —exclamó Gothi con severidad—. ¡No estamos para tonterías! Te has quedado en estado catatónico en casa de los Hofferson y cuando te has despertado has adivinado que era una bruja. ¿Acaso ha sido Asta quien te ha hecho caer inconsciente? ¿Te ha lanzado algún hechizo?
—No —respondió Eyra apurada—. Yo… bueno, es que tuve… tuve una visión.
Gothi abrió mucho los ojos.
—¿Cómo que una visión? Explícate.
Eyra deseó que la tierra la tragara en ese momento.
—Es que… desde pequeña puedo ver… cosas.
—¿Qué cosas? —insistió la mujer con severidad.
La muchacha tragó saliva.
—Imágenes del… pasado —balbuceó ella—. Puedo visualizar ante mis ojos escenas del pasado de quien toque.
Gothi sostuvo su mirada en un grave silencio, con los ojos abiertos todavía de par en par.
—¿Y desde cuándo dices que puedes hacer eso? —preguntó su tía con cautela.
—Desde siempre —respondió Eyra—. De pequeña pensaba que era una cosa normal, pero… me metí en más de un lío por hablar de secretos que no me pertenecían.
—Es comprensible —concordó Gothi.
La anciana se quedó muy pensativa y callada y Eyra se preguntó por qué su tía lucía tan calmada. Ella era consciente que su poder no era normal, que era un auténtico bicho raro, ¿quizás era una bruja como Asta? Se le erizó la piel de solo pensarlo.
—Eyra, ¿tu padre te habló alguna vez de tu madre y de nuestra familia?
La muchacha frunció el ceño.
—Mi padre rara vez hablaba conmigo, ¿por qué?
Gothi hundió los hombros y cogió su mano con delicadeza.
—Descendemos de un linaje muy antiguo, Eyra. Nuestras antepasadas recibieron la bendición de Odín, en los tiempos en los que los dioses todavía gustaban merodear entre los humanos —relató su tía e hizo que su mano se extendiera para mostrar su palma—. Se decía que las mujeres bendecidas recibían dones proporcionados por el mismísimo Padre de Todos: la clarividencia, gran sabiduría, dotes de caza e incluso el poder de ver lo pasado, entre otros.
Eyra jadeó atónita.
—¿Quieres decir que soy una… bruja?
Gothi sacudió la cabeza indignada.
—¡Por supuesto que no, ya les gustaría a ellas tenerte como bruja! —advirtió Gothi—. No, Eyra, tú eres una völva, tal y como lo fue tu madre, tus otras tías, tu abuela y también como yo.
—¿Una volqué?
—Völva —repitió Gothi armada de paciencia—. Somos sacerdotisas de Odín, Eyra, y has heredado el poder de tu madre, aunque evidentemente eres mucho más poderosa de lo que ha sido ella nunca. Brita nunca dedicó atención a sus dones y, por lo que sé, su don dejó de manifestarse al poco de casarse. Por lo que me contaba en sus cartas, sus hijas eran perfectamente normales, pero claro, al morir dándote luz y no recibir noticias ni de ti ni de tu padre, di por hecho que tampoco habrías heredado el don. De haberlo sabido, indudablemente te habría acogido mucho antes.
—Tú… ¿también eres como yo? —preguntó Eyra confundida.
—Por supuesto, ¿por qué crees que soy galena? Tengo el don de curar —respondió la mujer con orgullo—, y pienso entrenarte para que seas casi tan buena como yo y también te enseñaré a cómo controlar tu poder.
Eyra no pudo contener las lágrimas de emoción por mucho más tiempo. Gothi se apresuró a sacar un pañuelo para limpiarlas.
—No llores, tonta, es normal que estés abrumada, pero no sabes lo feliz que me hace que Odín haya persistido en que mantengas el don que te concedió —persistió Gothi y apretó su brazo con ternura—. Tendrás que trabajar duro, ¿vale? Ahora que sabes leer y escribir ya no tendrás excusa para no estudiar.
—Pero… ¿y qué pasa con Asta y los Hofferson? —preguntó Eyra con hilo de voz—. Gothi, lo que vi…
La anciana posó sus dedos contra sus labios.
—Nunca reveles lo que veas, Eyra, mucho más si ese secreto no te pertenece. No queremos problemas con Asta Hofferson, ¿vale?
—Ella no es un völva, ¿no?
—Asta es una hija de Freyja, bendecida en las aguas de la diosa con dones extraordinarios y más vistosos que los nuestros —explicó su tía—. Son muy peligrosas, forman aquelarres, que son comunas de brujas y generalmente siempre se mueven en grupo. No son de fiar, son seres puramente sexuales y mentirosas por naturaleza. Todo lo contrario a nosotras.
—Pero Asta…
—No sé por qué Asta vive aquí o por qué se casó con un humano. Mantenemos una relación cordial y pretendo que siga siendo así, por eso quiero hablar con ella más tarde. Ella ha de saber lo que eres y, sabiendo eso, te dejará tranquila. Tú, sin embargo, tendrás que mantenerte todo lo alejada que puedas de los Hofferson, Eyra —la niña quiso replicar al instante, pero Gothi alzó su mano para callarla—. Sé que te llevas muy bien con Erland, pero él tiene una posición muy distinta a la nuestra y pronto tendrá que casarse. Tú eres una niña a sus ojos, así que no le molestes más.
Eyra quiso protestar, pero Gothi no accedió a ninguna discusión. La obligó a cenar pronto y la mandó a la cama tan pronto lavó los platos. Asta Hofferson tocó a la puerta media hora más tarde y Eyra pudo oler el delicioso aroma a té que Gothi guardaba para las visitas. La muchacha, incapaz de contener su curiosidad, se tumbó en el suelo para escuchar la conversación entre ambas mujeres, pero hablaban tan bajito que fue incapaz de escuchar nada. Frustrada, Eyra se deslizó con cuidado hasta la puerta y la entreabrió para poner la oreja en los ecos que llegaban desde la escalera.
—No pido tanto, Gothi, me parece perfectamente razonable bautizar a la niña.
—Eyra es una völva, Asta, no voy a anular una bendición de Odín para que reciba otra mediocre de Freyja —señaló su tía enfadada.
—¿Disculpa? —repuso la bruja ofendida—. Esa niña tiene que…
—Pronto dejará de ser una niña —le cortó Gothi—. Escúchame Asta, sé qué pretendes con todo esto. Sé que temes el poder de Eyra, que diga algo de lo que ha visto, pero puedo asegurarte de que ella no contará nada a nadie.
—¿Cómo estás tan segura? —cuestionó la bruja.
—Porque es una chica lista, más de lo que ella misma piensa —respondió su tía con orgullo—. Será discreta, por eso no te preocupes y ya está avisada de que no debe molestaros ni a ti ni a tu familia bajo ningún concepto.
Eyra pensó que Asta le reprocharía algo más, pero la mujer sencillamente suspiró agotada.
—Siempre me he esforzado en mantener una relación cordial contigo, Gothi, pero realmente me preocupa que Eyra destruya el equilibrio que tanto tiempo me ha llevado construir —advirtió la bruja con severidad—. No digo que sea una mala chica, todo lo contrario, pero tiene un temperamento muy fuerte, ¿y si por accidente revela su poder? Nos expondría a todas.
—Subestimas a la muchacha, Asta —replicó Gothi molesta—. Puede que haya heredado el carácter fuerte de su padre y la mente soñadora de su madre, pero Eyra no es ninguna estúpida. Aprenderá a controlarlo y pasará como una chica más de esta aldea.
—Siempre has sido más optimista que yo —le achacó Asta con impaciencia—. Bajo tu responsabilidad queda, entonces. Si no la deseas bautizar, yo me lavo las manos de todo esto.
Desde aquella noche, Eyra nunca volvió a intercambiar palabra con Asta Hofferson y, casi sin quererlo, hubo un distanciamiento importante con Erland durante los años siguientes hasta que Eyra cumplió los quince. Como cualquier chico o chica de esa edad, Eyra tuvo que dejar parte de sus estudios de galena y völva para entrar en el entrenamiento de dragones. A Eyra no le interesaba especialmente aprender a matar dragones y prefería enfocar su atención en otros asuntos mucho más interesantes como la medicina, la lectura o incluso la escritura. Desde que había aprendido a escribir había descubierto cuán útil resultaba apuntar todas las recetas de las pócimas de Gothi, sobre todo porque le ayudaba a estudiar y a memorizar mejor las cosas. Además, se había vuelto una lectora acérrima y, gracias a la buena relación de su tía con los Haddock, había conseguido acceso al Archivo, decidida a devorar los cientos de libros que se guardaban allí bajo llave.
Erland Hofferson reapareció en su vida una tarde de otoño en la que estaba chispeando. Eyra caminaba junto con Sigrid y otros tres chicos para iniciar el entrenamiento de dragones. Todo el grupo parecía especialmente emocionado por ser lo bastante mayores como para empezar a matar dragones, pero Eyra se vio incapaz de contagiarse por aquel entusiasmo. Gothi le había obligado a ir a pesar de que ella le hubiera suplicado una y mil veces que la dejara quedarse en casa y estaba muy malhumorada. Sigrid cogió de su brazo cuando salieron de la aldea en dirección a la arena, donde Bocón debería estar esperándolos, y dijo:
—Alegra esa cara, mujer, que parece que vas a un funeral.
—No entiendo porque hacen esto obligatorio —se lamentó Eyra—. ¡Yo no valgo para matar dragones!
—Pero a tu padre lo mató uno —señaló uno de los chicos a su espalda, un imbécil llamado Oleg Larson que le caía fatal—. De todas formas, eres una chica, es normal que...
Eyra se volteó tan rápido que a Oleg no le dio tiempo a defenderse del puñetazo que le dio en la mandíbula, hasta el punto que le tiró al suelo. El grupo se quedó atónito, antes de romper a reír, aunque Eyra no cambió su expresión de furia.
—¡Hay que ver Andersen! ¡Sigues teniendo una mala hostia que cualquiera te dice nada! —gimió Oleg en el suelo.
—Si vuelvo a oír cualquier otra gilipollez saliendo de tu boca, la próxima vez te daré una patada en los huevos.
El grupo siguió riéndose mientras retomaban el camino a la arena sin esperar a Oleg. Por lo general, Eyra tenía muy buena relación con la gente de Mema. Se sentía muy a gusto en aquella isla y, a pesar de los constantes ataques de los dragones, Eyra era feliz allí. Tenía amigas con las que se sentía a gusto, una tía que la quería y una perspectiva de futuro más clara de lo que había podido soñar nunca. Sin embargo, tal y como había predicho Asta Hofferson, el fuerte temperamento de Eyra era su perdición, sobre todo porque se había visto envuelta en alguna que otra pelea. Eyra no soportaba a los abusones y era un hecho sin precedentes de que todo aquel que había tenido la osadía de ofenderla a ella o alguna de sus amigas hubiera terminado con una hostia bien dada y merecida. Se había ganado más de una reprimenda a consecuencia de todo, incluso del propio Jefe, pero Eyra tenía un fuerte sentido de la justicia y no tenía intención de dejarse pisotear por nadie.
Tan pronto llegaron a la arena, los chicos bajaron disparados por la rampa. Suffnut Thorston resbaló a causa del barro y cayó de culo, causando que los demás se rieran y que Sigrid soltara su brazo para correr a socorrerlo. Eyra se esforzó en no poner los ojos en blanco. Sigrid llevaba coladísima de Thorston desde hacía meses y estaba intentando captar su atención por todos los medios sin mucho éxito. La motivación de Sigrid por unirse al entrenamiento de dragones siempre había sido Suffnut y Eyra había aguantado con suma paciencia los nervios y las inseguridades de su amiga ante el inminente acercamiento que podría darse con él.
Eyra contempló la rampa embarrada con desconfianza y decidió bajarla apoyada contra la pared para no acabar también llena de barro. Sin embargo, a mitad de la rampa, Eyra pisó mal y estuvo a punto de caerse cuando, de repente, alguien la sujetó del brazo con firmeza. La muchacha se volteó para dar las gracias a su salvador cuando se encontró de bruces con los ojos vibrantes de Erland Hofferson.
—Cuidado, Andersen, no queremos que te lesiones ya de antes de iniciar el entrenamiento —advirtió Erland con una sonrisa simpática.
—¿Qué…? ¿Qué haces tú aquí? —preguntó Eyra desconcertada.
—¿Qué crees que voy hacer? —replicó el vikingo—. Alguien tendrá que instruiros para matar dragones.
—¿No va a venir Bocón? —preguntó Oleg Larson excitado—. ¿Vas a entrenarnos tú?
Erland rió un tanto nervioso.
—Eso parece —respondió el vikingo—. Me temo que Bocón tiene sobrecarga de trabajo en la herrería y este año no va a poder encargarse de la instrucción, así que me ha pedido el favor de que le sustituya.
La excitación era patente entre el grupo. ¡Como para no estarlo! Erland Hofferson había ganado el entrenamiento pocos años antes y se había convertido en un guerrero muy destacado dentro de la Guardia de Isla Mema. Además de seguir siendo igual de simpático que siempre, Erland se había transformado en un hombre guapo, alto y atractivo que hacía suspirar a todas las mujeres —y algunos hombres, ¿a quien había que engañar?— de Isla Mema, sobre todo a las solteras.
Eyra, en cambio, veía muy problemático que fuera Erland y no Bocón el que realizara el entrenamiento. Con Bocón, aún tenía posibilidades de escaquearse de la arena, pero Erland era demasiado agudo y le prestaba demasiada atención como para pasar su ausencia por alto.
Estaba jodida.
El primer día fue una pesadilla. A pesar de que Erland fue muy específico con sus explicaciones, el grupo de idiotas con el que llevaba a cabo el entrenamiento parecía desesperado por lucirse ante el mayor de los Hofferson. Eyra se aseguró de permanecer callada y mantenerse bien lejos de la jaula de los dragones mientras escuchaba las instrucciones de Erland y, aún así, dos Terribles Terrores estuvieron a punto de morderle las piernas.
—¡Mirad qué quemadura tengo! —exclamó Oleg Larson al final de la clase, enseñando una leve rojez en el dorso de haber tocado al Terrible Terror donde no debía.
—¿Y has visto mi cicatriz? —presumió Suffnut Thorston enseñando una marca superficial de dientes en su antebrazo a Sigrid.
—Dolor, ¡me encanta! —murmuró Eyra con sarcasmo mientras recogía las armas que sus compañeros habían dejado desperdigados por el suelo. Erland había dicho que cada jornada alguien recogería las armas y ese día le había tocado a ella.
—¿Qué murmuras, Andersen?
Eyra se sobresaltó al escuchar la voz de Erland a su espalda, hasta el punto que casi hubiera tirado las armas que llevaba en sus brazos si no fuera porque el vikingo las atrapó a tiempo.
—¡Cuidado! —exclamó Erland preocupado—. ¿Estás bien?
—Sí, sí —respondió ella apurada—. Perdón.
—Tienes que andarte con ojo, Andersen, estas armas no son juguetes —le regañó el vikingo.
—Ya lo sé —replicó ella molesta por aquella reprimenda innecesaria.
Erland la observó colocar cuidadosamente las armas en su sitio a la vez que el grupo se marchaba sin ella de vuelta a la aldea. Eyra buscó a Sigrid con la mirada, aterrada de que fuera a dejarla sola con Erland, pero ésta estaba inmersa en una conversación con Suffnut y ni siquiera se volteó. La muchacha gimió frustrada.
—¿Qué pasa que estás con tan mala cara, Andersen? —preguntó Erland frunciendo el ceño.
—Nada —respondió Eyra apurándose para acabar con su labor con mayor rapidez—. Será que estoy cansada.
—Bueno, tampoco me extraña, si estás todo el día que no paras —comentó Erland y, ante la expresión confusa de Eyra, sonrió—. ¿Crees que no veo que estás todo el día de un lado a otro con tu tía? Por no mencionar que tienes esa mala costumbre de ir tú sola al bosque que…
—Mi tía me deja ir sola al bosque —le cortó Eyra de mal humor—. No soy una cría y las plantas que ella necesita están allí.
La mirada de Erland se ensombreció a la vez que su sonrisa desaparecía.
—Tienes quince años, por supuesto que eres una cría.
—¡Que no lo soy! —exclamó Eyra indignada.
Erland puso los ojos en blanco y Eyra se sintió tentada a tirarle a la cabeza la pesada maza que cargaba en sus manos. De ser un poco más alta y fuerte tal vez lo hubiera hecho, pero Erland era grande en complexión y estatura y ella todavía estaba en plena edad de crecimiento, bastante contenta tendría que estar de que había comenzado a sangrar poco antes de cumplir los quince y había empezado a desarrollarse un poco más desde entonces.
—¿No entiendes que hay dragones ocultándose en los bosques? Es muy peligroso, Eyra —insistió Erland.
—¿No vengo a esta estupidez de entrenamientos precisamente para aprender a paliar a los dragones? —preguntó la muchacha con furia.
—¡¿Estupidez?! —rugió Erland—. ¿Tú estás tonta o qué te pasa? ¿De verdad no eres consciente de que estamos en guerra?
Eyra tiró de mala manera el martillo que le quedaba por colocar y se volteó hacia Erland.
—Mi padre murió porque un Nadder le atravesó con siete espinas de su cola, al igual que mi hermana Ida se desnucó al caerse por unas escaleras cuando un Cremallerus se interpuso en su camino —el rostro de Erland se deformó en una mueca de horror—. Mi hermano mayor, Raner, lo destripó una Garra Mortal con solo siete años ¿Y mi hermana Bruni? Una Pesadilla Monstruosa se la llevó durante una redada y su cadáver desfigurado apareció dos meses después en la costa de una isla a cincuenta kilómetros de la nuestra. ¿Y me dices que no soy consciente de lo que es esta guerra? He vivido toda mi vida sola por culpa de esta guerra, así que no necesito lecciones paternalistas de nadie solo porque a mi no me dé la gana luchar, ¿vale?
Erland entreabrió la boca, pero no fue capaz de formular palabra, por lo que Eyra se marchó furiosa de allí, procurando contener sus lágrimas de rabia para cuando estuviera lo bastante lejos de la arena. Al día siguiente, Eyra intentó simular que estaba enferma, pero desafortunadamente su tía no se tragó su trola y tuvo que volver a la arena. Estaba demasiado enfadada como para prestar siquiera atención a las lecciones de Erland y, por suerte, no hubo dragones a los que enfrentarse aquel día. Al final de la instrucción, escuchó a Erland llamarla, pero Eyra hizo como si no le hubiera oído y se marchó corriendo de allí.
A la mañana siguiente, volvió a suceder lo mismo.
Y así sucesivamente hasta que volvió a ser su turno de recoger las armas. Cuando acabó el entrenamiento, Eyra se puso a recoger a toda prisa, pero enseguida notó una mano sobre su hombro que la detuvo.
—Tú y yo tenemos que hablar, Andersen —advirtió Erland con suavidad.
Eyra respiró profundamente antes de levantar la mirada hacia el vikingo, quien parecía esforzarse en mantenerse calmado. Esperó a que el resto del grupo se marchara antes de hablar.
—Te debo una disculpa —Eyra alzó las cejas y Erland hizo un mohín—. No te hagas la sorprendida, soy consciente de que me pasé el otro día y llevo intentando pedirte perdón desde entonces. Lo siento mucho, Eyra.
La muchacha estudió sus bellos rasgos deformados por la preocupación. Lucía unas pronunciadas ojeras, como si llevara tiempo sin dormir bien, y tenía los hombros tensos. Se imaginó que todavía sufría presiones por parte de su familia y Eyra le había visto discutir en numerosas ocasiones con su hermano. Se sintió tentada a extender su mano para coger la suya y ver con sus propios ojos qué era lo que le turbaba tanto, pero estaba segura de que Erland estaría al tanto de cómo funcionaba su poder y no le haría la más mínima gracia que ella invadiera su privacidad.
—Yo también me he pasado tres pueblos —admitió ella avergonzada—. Sé que me dijiste aquello porque estabas preocupado por mí.
—Y lo sigo estando —remarcó Erland poniendo los brazos en jarras—, pero eso no quita que tenga que tratarte como a una niña. Si Gothi te deja ir sola al bosque será por algo.
—Puedo cuidarme bien sola, mi tía lo sabe —señaló Eyra convencida.
—Eso no quita que tengas que bajar la guardia, ¿eh? Tienes que espabilar con la instrucción, vas un poco atrasada en comparación al resto —advirtió Erland sin ningún reproche en su voz—. ¿No quieres acaso matar a la Pesadilla?
—No hay nada que desee más en este mundo —puntualizó ella con sarcasmo.
Erland posó su mano en la cabeza y revolvió su pelo. Eyra chilló indignada, intentando apartarse de él mientras el vikingo se reía por su reacción.
—¡Mira que eres pesado! —le achacó la joven molesta cuando por fin le soltó y se deshacía las trenzas para hacérselas de nuevo.
—Seré pesado, pero sigue siendo muy divertido hacerte rabiar, Andersen —dijo Erland entre risas—. No cambies nunca, por favor.
Aquel último comentario hizo que su corazón se acelerara por alguna razón y la sangre subió rápido a su cara. No comprendió su propia reacción y Erland pareció identificar su rubor de su enfado más que por otra cosa. Sin embargo, esa misma noche, Eyra se descubrió a sí misma insomne porque no era capaz de borrar a Erland Hofferson de su cabeza. A diferencia de Sigrid y las otras chicas de la aldea, Eyra jamás había puesto ningún interés en nadie. Todos los chicos de su generación le parecían inmaduros y superficiales y sabía que su fuerte carácter a veces los espantaba. Se suponía que una mujer debía ser correcta, callada y cauta, virtudes con las que Eyra no contaba. Por norma general, las madres se encargaban de moldear los modales de sus hijas cara a resultar atractivas para un futuro marido; pero Gothi estaba enfocada en que estudiara y en que aprendiera a ser una völva más que en prepararla en ser una esposa modelo, de ahí que jamás le hubiera dado importancia a que Eyra apareciera al final del día hasta arriba de tierra y cargada, además de con las plantas que su tía necesitaba, con un montón de flores para hacer coronas y dar color a la casa o que ella le diera más prioridad a leer y a escribir historias y cuentos que se inventaba en lugar de aprender a bordar o a coser. Incluso cuando Eyra había aparecido alguna vez con el labio partido o con un moretón en el ojo por haberse metido en una pelea, su tía le había preguntado si la otra parte se había merecido la tunda que le había tenido que dar.
Eyra Andersen no tenía material para ser esposa.
Era un alma libre y rebelde que probablemente acabaría sus días en aquella misma casa, vieja y solterona como su tía. No era una perspectiva tan mala, pensaba siempre para sí misma. Si se casaba, su marido la tendría atada de pies y manos y la obligaría a tener un montón de críos para que persistiera el nombre de su familia. La sola idea de que el resto de su vida se redujera exclusivamente a procrear hijos la asqueaba profundamente. ¡Si ni siquiera le gustaban los niños!
Se esforzó en quitarse a Erland Hofferson de la cabeza, decidida a ignorar los extraños sentimientos que él despertaba en ella. Sin embargo, Erland no desapareció ni de su mente ni de su vida como la otra vez. Es más, tras terminar la instrucción en la que ella quedó última, pensó de que tal vez todo volvería a ser como antes, pero ahora se encontraba con Hofferson hasta en la puñetera sopa. Si se lo topaba en la calle, se paraba a hablar con ella. Si la veía cargada en el mercado, la ayudaba a cargar con las compras hasta su casa. Incluso habían empezado a intercambiarse libros del Archivo. Sin embargo, ambos compartían círculos sociales distintos. Erland era un Hofferson y uno de los hombres más populares de la aldea, por lo que era rara la ocasión en la que se veían solos y, cada vez que Erland se acercaba a saludarla o tomarle el pelo, sus amigos los contemplaban extrañados e incluso parecían reírse de la peculiar amistad que ambos compartían, sobre todo porque Erland era ya visto como un adulto y ella no era más que una adolescente con fama de peculiar y problemática. No obstante, lo que peor llevaba no era cuando los amigos de Erland se mofaban de ella, sino el soportar el cúmulo de sentimientos ponzoñosos cada vez que le veía con otra mujer. Al ser un hombre amable con absolutamente todo el mundo, no era rara la ocasión en la que se le veía hablar animosamente con una mujer de su quinta e incluso se notaba cierta picardía e insinuación en sus gestos.
—A eso se le llaman celos, ¿sabes? —le dijo un día Sigrid con una sonrisita maliciosa.
—¿Yo? ¿Celosa? ¡No sabes lo que dices! —exclamó Eyra indignada—. Me enfado porque sé que quieren aprovecharse de su amabilidad. Erland es tan buena persona y tiene tal necesidad de complacer a los demás que fácilmente se le podría tachar de tonto.
—¡Por favor, Eyra! Puede que engañes a los demás y a ti misma, pero a mí no —insistió su amiga con diversión—. Es obvio que sientes algo por Erland Hofferson.
Aquello le sentó como una bofetada y negó categóricamente que ella pudiera sentir nada por Erland. A pesar de solo llevarse cuatro años, la diferencia de edad entre ellos seguía siendo significativa y, por muy guapo y simpático que fuera, ella dudaba mucho que pudiera resultarle atractiva. Además, al vikingo le encantaba hacerla rabiar y estaba convencida de que la veía más como una hermana pequeña que otra cosa.
Tras finalizar el entrenamiento de los dragones, Eyra se volcó de lleno en el estudio de la magia de las völvas y en su formación como galena durante los dos años siguientes. Gothi no era la mejor maestra, pero era paciente y la obligaba a practicar día sí y día también. Consiguió mantener su poder de las visiones a raya y practicaba con los pacientes que pasaban por su casa, aunque nunca revelaba a nadie qué veía o los secretos que descubría, ni siquiera a Gothi. También descubrió que las völvas podían entender el melódico idiomas de las brujas, aunque no era capaz de leerlo o escribirlo y su tía no tenía la misma paciencia que Erland para enseñarle el idioma por escrito. Por otra parte, a raíz de los imparables ataques de los dragones durante los meses de primavera, verano y parte del otoño, Eyra tuvo numerosas ocasiones para mejorar en el área de la medicina y, no mucho tiempo después de empezar con el trabajo de campo, ya se desenvolvía con soltura y no tenía la necesidad de recibir las instrucciones de su tía para actuar. El contacto con la realidad de la que iba a ser su trabajo y su entrada a los últimos años de su adolescencia, transformó a Eyra en una mujer mucho más madura, con una belleza que se había realzado tras terminar de desarrollarse y desaparecer los últimos rasgos infantiles. Además, pese a su fuerte temperamento, Eyra siempre se esforzaba en mantenerse alegre y con buen ánimo para contagiar a los enfermos de la aldea. Sus historias entretenían a los niños pequeños y despertaban la curiosidad de los adultos, cogiendo una repentina reputación de contadora de historias que le dio gran popularidad, cosa que le daba suma vergüenza. Inesperadamente, cuando estaba a punto de cumplir los diecisiete, los chicos empezaron a perseguirla pidiéndole citas u ofreciéndole flores con promesas vacías. Eyra, que siempre había estado acostumbrada a ser invisible, no llevaba bien aquella repentina atención. Ni siquiera cuando rompió la nariz a Oleg Larson por haberle tocado el culo y acusarla de difícil fue aliciente suficiente para espantar al resto de sus molestos seguidores.
En lo que respectaba a Erland Hofferson, Eyra y él se habían vuelto los mejores amigos. Sus personalidades abiertas causaba que nunca les diera vergüenza en saludarse por la calle, incluso Erland le rodeaba los hombros con su fornido brazo, como solía hacer con sus amigos, para revolverle el cabello o susurrarle algo al oído. Salvo para las misiones en las que partía a buscar el nido con Estoico, cada vez que Erland salía de viaje por cuestiones diplomáticas o mercantiles, acostumbraban a escribirse todos los días. En sus cartas, Eyra le hablaba sobre la rutina de la aldea, compartía sus opiniones de los libros que se habían intercambiado y, alguna vez, le transcribía algún fragmento que le había gustado especialmente. Erland, por su parte, nunca le hablaba de sus misiones, pero sí le describía minuciosamente las costumbres de las tribus y las aldeas que visitaba y, en alguna que otra ocasión, le mandaba poemas que encontraba para que le diera su opinión. Cada vez que el mensajero aparecía por el puerto con correspondencia para ella, su corazón brincaba de la más pura felicidad. A esas alturas, Eyra había asumido sus propios sentimientos hacia Erland, pero se los guardaba dentro de sí misma bajo llave y siempre que estaba con él se ponía una máscara de falsa seguridad que le ayudaba a ocultar sus nervios cada vez que él la tocaba o cogía un mechón rebelde para colocárselo tras la oreja.
Fue en esa época tan complicada cuando Eyra conoció a Valka.
La primera vez que la vio fue de lejos y estaba tan agobiada con sus quehaceres que no le prestó especial atención. Estoico llevaba años en la Jefatura debido a la enfermedad de su padre y era harto conocido que, al igual que Erland sufría presiones de sus padres para casarse, el Consejo exigía que su Jefe se casara lo antes posible para garantizar un heredero. Lo que nadie hubiera esperado era que Estoico decidiera casarse con alguien como Valka, quien ni siquiera contaba con un apellido o tierras que heredar. El matrimonio, políticamente hablando, era poco beneficioso, pero no había que ser muy listo para adivinar que Estoico estaba muy enamorado de aquella mujer. No podía decirse lo mismo de Valka, quien lucía de todo menos contenta por estar allí, más cuando su padre se echó de nuevo a la mar. Fue entonces cuando la vio frecuentar por la aldea con Asta Hofferson y ambas parecían compartir una estrecha amistad, quizás porque ambas estaban unidas a los hombres más poderosos de la aldea. Eyra estaba decidida a ignorar todo aquello y seguir enfocada en su trabajo cuando una mañana se topó con Erland camino hacia al bosque a buscar plantas para su tía.
—¡Oh! ¡Justo iba a verte! —exclamó él alegremente.
—¿Tan pronto por la mañana? —replicó ella con una sonrisa siguiendo con su camino—. No puedo perder mucho tiempo, tengo que ir hasta el Pico del Cuervo para recoger athelas y volver antes de la hora de comer.
—Te acompaño entonces —consideró él.
Eyra se detuvo con el ceño fruncido.
—¿No tienes cosas mejores que hacer? —cuestionó ella extrañada.
—Puedo permitirme una mañana libre —le garantizó Erland guiñandole el ojo.
Eyra apartó la mirada para ocultar su rubor y carraspeó.
—Más te vale que no me retrases —le advirtió ella bajando por la ruta que llevaba al bosque.
—Sabes que yo nunca haría eso, Andersen —replicó él con una sonrisita maliciosa—. Yo no soy el paticorto aquí.
Eyra casi acertó en darle en la cabeza con la cesta y Erland solo respondió con una carcajada que hizo eco por la ladera de la colina de Gothi. Caminaron hacia el Pico del Cuervo sin prisa, pero sin pausa. Eyra había hecho aquella ruta cientos de veces y Erland la había acompañado con la mala excusa de querer protegerla ante un posible ataque de algún dragón, pero la joven sabía que si se iba con ella se debía principalmente a que quería desconectar de sus responsabilidades de la aldea y escaquearse del ojo avizor de su padre por unas horas. Es más, eran en aquellas salidas cuando Erland menos hablaba, disfrutando con ella del agradable silencio del bosque y se relajaba al no sentirse presionado a hablar con ella si no le apetecía. Eyra era habladora por naturaleza, pero le gustaba aquella sintonía que habían creado, en la que no necesitaban charlar para gozar de la compañía del otro. Sin embargo, en aquella ocasión, Erland sí que estaba decidido a conversar. Le preguntó sobre qué opinaba del compromiso de Estoico y qué pensaba de Valka.
—No puedo darte una opinión de una persona que no conozco —respondió Eyra extrañada.
—¿Pero te animarías a conocerla? —preguntó Erland.
Eyra se mordió el labio.
—Yo no tengo problema, pero quizás deberías preguntárselo antes a tu madre —puntualizó la joven con cautela y Erland alzó una ceja—. Valka solo se relaciona con ella, quizás ya le ha dicho barbaridades sobre mí.
Erland se detuvo en seco y su mirada se endureció.
—Creo que tienes una perspectiva un poco deformada de mi madre, Eyra. No eres para nada justa con ella.
—Ella tampoco lo ha sido conmigo —replicó Eyra procurando no mostrar la ira en su voz y respiró hondo—, pero eso da igual. Ya sabemos que no le gusto a tu madre, así que no creo que le encante la idea de que tengamos una amistad común.
—Mi madre tiene casi cuarenta años —puntualizó Erland—. Estoico cree que Valka debería relacionarse con chicas de su edad para sentirse que encaja aquí.
Eyra alzó las cejas sorprendida.
—¿Y por qué me dices esto a mí?
Erland no pudo reprimir una carcajada.
—Eyra, eres muy popular y caes bien a todo el mundo —la joven le lanzó una mirada de circunstancias—. Bueno, vale, a casi todo el mundo. Creo que le puedes hacer mucho bien a Valka, presentarla a tus amigas, hacer cosas con ella… Valka es muy introvertida y Estoico teme que si no se encuentra a gusto, ella decida no…
El vikingo se calló al instante, pero Eyra no le permitió que la dejara con la intriga.
—¿Decidir el qué?
—No puedo decirte eso.
Eyra cruzó los brazos sobre su pecho.
—Sabes que puedo descubrirlo con suma facilidad.
Erland estrechó los ojos.
—No es un asunto que nos incumba, Eyra, a ninguno de los dos —le achacó con severidad.
—Pero Estoico y tú estáis decididos a usarme para convencer a Valka de que se tiene que quedar aquí, ¿no? —le recriminó ella con frialdad—. Osea que, o una de dos, o el compromiso no está tan cerrado como queréis hacernos pensar o Valka está aquí en contra de su voluntad.
El silencio de Erland fue todo lo que necesitó para corroborar que no se andaba lejos con sus suposiciones. Eyra bufó indignada.
—Está bien, la ayudaré, pero si veo que Valka no está a gusto o se quiere marchar, yo no voy a convencerla de que haga lo contrario —previno la joven—. Es más, la ayudaré a irse si es preciso.
Cualquiera hubiera considerado aquella última declaración como una traición a la Jefatura; pero, por alguna razón, aquello solo causó una sonrisa cansada y muy sincera en Erland Hofferson que casi la dejó sin respiración, sobre todo cuando posó su mano en su mejilla con suma delicadeza.
—Ojalá algunos fuéramos tan valientes como tú, Andersen.
Por unos leves segundos, Eyra pensó que Erland estaba mirando su boca, pero se apartó de ella tan rápido que se convenció a sí misma que había sido cosa de su imaginación. Se tocó inconscientemente su mejilla, caliente debido al tacto de la mano callosa de Erland contra su piel. Durante los días venideros, Eyra fantasearía en la privacidad de su cama con un final muy diferente a aquel, en el que Erland devoraba su boca con fervor y la desnudaba ferozmente para hacerla suya en mitad del bosque. No había sido la única ocasión que había tenido fantasías de carácter sexual con él, pero era la primera vez que era tan consciente de que el deseo y el amor que sentía por aquel hombre era mucho más intenso de lo que ella hubiera pensado en un principio.
Era un problema.
Era un maldito y jodido problema.
Estaba enamorada de un hombre que la veía como una hermana pequeña, como una buena amiga a la que le había hecho un enorme favor al enseñarla a leer y a escribir, pero era sólo eso. Una buena amiga, nada más. Y si se diera la circunstancia imposible de que Erland Hofferson pudiera corresponderle, su familia jamás de los jamases aprobarían su relación, sobre todo Asta.
Por esa razón, se volcó con todas sus fuerzas en Valka, esforzándose en aplacar sus sentimientos por Erland Hofferson como fuera. La prometida de Estoico era solo dos años mayor que ella y se notaba que no estaba acostumbrada a socializar con otras personas. Era un poco torpe, callada y balbuceaba ligeramente cada vez que hablaba, pero a medida que pasaban los días juntas, descubrió a una mujer muy inteligente, empática y sabia que conocía todo sobre el mar y la navegación. Escucharla era como abrir un libro repleto de aventuras marinas. Descubrió que era una bruja por puro accidente cuando, sin poder contener su curiosidad, tocó su mano para ver su pasado. No obstante, Valka estaba lejos de ser como Asta y su tía ratificó que la prometida del Jefe no debía ser una bruja al uso, dado que no era habitual que una bruja se criara fuera de un aquelarre y mucho menos entre los humanos. Aún así, Eyra encontró una verdadera amiga en Valka. Se complementaban a la perfección y fue cuestión de tiempo hasta que ambas se hicieron íntimas.
—¿Erland y tú sois pareja? —preguntó una vez Valka que la acompañó al bosque a recoger flores.
Eyra, que en ese momento estaba bebiendo agua de una charca casi se atragantó y expulsó el agua por la nariz. Valka golpeó su espalda con una sonrisa traviesa dibujada en sus labios.
—¡Qué vamos a ser pareja! ¡Qué tonterías dices! —exclamó Eyra abochornada.
—¿Y por qué estás tan roja? —replicó Valka y rompió a reír cuando Eyra subió sus manos para palpar el calor de sus mejillas—. No hay que ser muy lista para saber que te gusta y es obvio que él está loco por ti.
—¡No es verdad! —dijo Eyra avergonzada—. Para él soy como su hermana pequeña, por eso se toma esas confianzas conmigo. Después de todo, fue el primer amigo que hice cuando me trajeron aquí.
Valka la contempló desconcertada.
—¿De verdad no te has dado cuenta de cómo te mira?
—¿Mirarme cómo?
—Eyra, en una sala abarrotada de gente, él siempre tiene los ojos puestos en ti —advirtió Valka.
—Eso… eso es una tontería —insistió Eyra nerviosa y se quitó la diadema de flores que Valka le había hecho—. No le puedo gustar, yo… somos de clases distintas, su familia quiere que se case con alguna familia pudiente como los Gormdsen. Yo… yo no soy nadie, solo una niña boba que le gusta llevar flores en el pelo.
Valka quiso replicar, pero Eyra se apresuró a levantarse del suelo, dispuesta a regresar lo antes posible a la aldea. Valka no la volvió a presionar sobre el tema y, al poco de aquello, empezaron a extenderse los rumores de que Thror Hofferson estaba negociando con Lars Gormdsen un posible contrato de matrimonio entre su hijo mayor y la única hermana Gormdsen, Ingrid. A Eyra no le gustaba nada los Gormdsen y evitaba cruzarse con ellos en medida de lo posible, sobre todo porque siempre hacían comentarios respecto a lo inquietantes que resultaban sus ojos y sabía bien que no toleraban el hecho de que ella no fuera natural de Isla Mema y encima huérfana. A Erland se le vio alguna vez hablando con una Ingrid Gormdsen muy insinuante que reía de forma forzada e hipócrita, aunque el vikingo no parecía darse cuenta de ello.
La organización de la boda de Estoico y Valka supuso un estrés enorme para toda la aldea. No todos los días se casaba el Jefe y todo el mundo quería verse espectacular ante tal magnífico evento. Gothi la había sorprendido regalándole un hermoso rollo de terciopelo rojo que tenía aspecto de ser muy caro. Cuando Eyra le preguntó el motivo de por qué se había gastado tantísimo dinero en ella, Gothi sacudió los hombros.
—Si no gasto dinero en ti, ¿en quién esperas que lo haga? Mereces ir guapa a esa boda.
Eyra llevó la tela a Sigrid Thorston, quien chilló de la excitación ante la posibilidad de coser con una tela tan buena y diseñar un vestido tan bonito para su mejor amiga. Es más, se emperró con la idea de que con ese vestido ella captaría la atención de Erland, lo cual le pareció una soberana estupidez. Quedaba solo una semana para la boda de Estoico y Valka cuando la futura novia le preguntó si le haría el favor de buscarle las flores que sirvieran para hacer sus coronas para la ceremonia. Eyra, desesperada por huir de las pruebas del vestido de Sigrid y del estrés que la rodeaba, accedió con entusiasmo.
Partió una mañana temprano hacia el norte de la isla, consciente de que no sería fácil encontrar flores en aquella época del año, pero Eyra tenía un don especial para encontrar flores y plantas. Gothi le había explicado que aquello era una talento innato de sus poderes de völva, quienes siempre estaban en sintonía con la naturaleza. Por tanto, Eyra caminaba dejándose llevar por sus pies.
Sin embargo, pasó lo que nunca pensó que iba a pasarle.
Estaba tan abstraída en sus propios pensamientos que no reparó en el Retumbador que se encontraba a una distancia cercana al camino. Solo se percató de su presencia cuando el dragón ya corría en su dirección dispuesta a embestirla. Eyra ni siquiera tuvo tiempo para gritar, sobre todo porque algo más grande y fuerte que ella la empujó hacia otro lado para evitar el placaje del Retumbador. Eyra se golpeó la cabeza contra el suelo, pero enseguida vio que alguien estaba encima de ella.
Erland.
—Sube a un árbol ahora mismo —le ordenó el vikingo mientras cogía el hacha que cargaba a su espalda.
—Pero…
—¡Que subas, joder! —rugió Erland antes de levantarse para confrontar al dragón.
Eyra obedeció sin esperar a que se lo dijera por tercera vez. Con una habilidad que había labrado con los años, subió a un pino cercano para contemplar horrorizada la batalla entre Erland y el Retumbador. El dragón rugió amenazante y Erland caminó despacio, sin apartar sus ojos de la criatura que ahora le enseñaba sus dientes pequeños, pero numerosos y afilados. El Retumbador volvió a cargar, aunque Erland fue lo bastante rápido para esquivarlo y herirlo ligeramente con el filo de su hacha. El dragón gimió y movió su cola herida con tal rapidez que Erland no pudo esquivar sus afiladas escamas salientes, hiriéndole en el brazo en consecuencia.
—¡Erland! —chilló Eyra angustiada.
—¡No te muevas de donde estás! —gritó él incorporándose con dificultad.
Eyra tenía que hacer algo. Miró a su alrededor desesperada por encontrar una solución cuando sus ojos se posaron en una piña que se encontraba a escasos centímetros por encima de ella. Una idea brillante y descabellada se le cruzó por la cabeza y, sin pensárselo dos veces, agarró la piña antes de apretarla contra su mano. Erland había vuelto a atacar el dragón y este parecía estar preparándose para lanzar sus misiles fuego por la boca, por lo que Eyra debía actuar rápido.
La magia de las völvas no funcionaba como la de las brujas. Las brujas contaban con hechizos y conjuros además de sus dones, pero las völvas recitaban plegarias a los dioses y a la naturaleza para que les concediera sus deseos. Eyra tenía muy claro qué quería hacer con aquella piña y rezó para que la plegaria funcionara. Lanzó la piña con todas sus fuerzas contra el Retumbador y ésta explotó como una pequeña bomba. El dragón gimió de dolor y Eyra tiró otra piña, esta vez cerca de sus patas para meterle más miedo. El Retumbador se dio al vuelo y la joven hizo un chillido de victoria cuando el dragón se dio contra la copa de su pino y lo agitó violentamente. Eyra perdió el equilibrio y no consiguió volver a sujetarse a las ramas, por lo que cayó al vacío en una distancia que si no la mataba, fácilmente se rompería algo. Sin embargo, cayó sobre algo blando y escuchó un gemido de dolor que la alarmó.
Erland la había cogido al vuelo y había terminado cayendo al suelo.
—¡Por Odín! ¿Estás bien? —preguntó Eyra angustiada palpando su cara.
—Sí, sí —gimió él, aunque siseó de dolor cuando ella palpó la herida de su brazo.
—No te muevas —le pidió ella mientras buscaba el botecito con la mezcla de hierbas para las infecciones que siempre llevaba encima—. Tengo que limpiarte la herida y vendarla con esto. Hay un río aquí cerca, vamos.
—Estoy bien, Andersen —le aseguró Erland con una mueca de dolor—. No es más que un rasguño.
—Deja de hacerte el machito conmigo y hazme caso —le regañó Eyra con impaciencia—. Esto si se te infecta será un problema, así que vamos al río.
—¿Machito? —preguntó ofendido.
—¡Vamos!
Le ayudó a levantarse y, a la vista que tenía la espalda dolorida por haberla atrapado en el aire, le obligó a apoyarse en ella. La proximidad de su cuerpo la mareó en primera instancia, pero agradeció que no se desmayara allí mismo de la impresión. No tardaron mucho en llegar hasta el río y, por suerte, la herida era menos profunda de lo que en un principio consideró. Se la limpió con cuidado y embadurnó los cortes con el mejunje.
—Te has vuelto muy habilidosa en esto —observó Erland mientras le vendaba la herida.
—Cualquiera puede limpiar y vendar una herida —replicó Eyra con las mejillas ligeramente ruborizadas.
—Eres mucho más delicada que tu tía, eso te lo puedo garantizar.
Ella sonrió, aunque enseguida tuvo que sacar la pregunta que la llevaba un rato carcomiendo por dentro.
—¿Qué estabas haciendo aquí en el bosque?
Para su enorme desconcierto, Erland se ruborizó y apartó la mirada con rapidez.
—Estaba entrenando por aquí cerca cuando te vi —respondió evadiendo sus ojos—. Solo quería saludarte cuando vi al Retumbador.
—Te has arriesgado demasiado —le achacó Eyra con severidad.
Erland alzó la cabeza atónito.
—¿Disculpa? ¿Pretendías que dejara que esa cosa te atacara? ¡Si no hubieras ido con la cabeza en las nubes tal vez no estaríamos aquí ahora! —gritó el vikingo furioso.
—¡Y si no hubiera sido por mis piñas, ese dragón te hubiera matado! —replicó Eyra rabiosa.
—¡Claro! ¡Piñas! ¡Cómo no! ¿Piensas que tus trucos de völva te van a salvar siempre? ¡Por estas cosas tenías que haber puesto más atención en el puñetero entrenamiento de dragones! ¡A veces eres tan tonta y descuidada que ni eres consciente de los problemas que nos causas a los demás!
En otras circunstancias y en un contexto distinto, Eyra habría golpeado a cualquiera que la hubiera insultado de esa manera, pero aquellas palabras salidas de la boca de Erland se sentían como puñaladas. La expresión furiosa de Erland desapareció tras ver el disgusto marcado en su cara, pero Eyra no dejó caer ni una sola lágrima. No iba a darle ese placer.
—Eyra, perdona, no hablaba en serio, yo…
—Procuraré no darte más problemas —le interrumpió ella con voz cortante—. Ahora, si me disculpas, tengo cosas que hacer.
Se levantó del suelo y se adentró de nuevo en el bosque, ignorando sus gritos. Dejó que las lágrimas cayeran mientras corría sin seguir un camino fijo. Solo quería desaparecer, olvidar la dureza de sus ojos y la crueldad de sus palabras, pero no dejaba de reproducirlas dentro de su cabeza una y otra y otra vez.
Para Erland, ella era un problema.
Nada más.
Para el colmo de los colmos, se puso a llover, pero Eyra siguió corriendo hasta que, de repente, algo la sujetó del brazo y la empujó contra un árbol. Erland jadeaba tanto o más que ella y estaba empapado de pies a cabeza. Sus vibrantes ojos azules la observaban con tal intensidad que ella sentía que sus piernas iban a ceder ante el peso de su propio cuerpo en cualquier momento. La tenía agarrada de sus brazos con tanta fuerza que le hacía daño, pero no se resistió ni luchó por liberarse, sobre todo porque la cara de Erland estaba tan cerca de la suya que era incapaz de moverse.
Sus ojos bajaron a sus labios y, esta vez, Eyra estaba segura de que su mente no se la estaba jugando, sobre todo cuando su boca devoró la suya.
Eyra estaba tan impactada por lo que estaba sucediendo que no fue capaz de seguir su beso. Es más, ella nunca se había besado con nadie. ¡Por Odín! ¿Qué se suponía tenía que hacer? ¿Cómo se besaba? ¡¿Por qué demonios no escuchó a Sigrid cuando le hablaba de sus besos con Suffnut?! ¡Un momento! ¿Erland Hofferson, el hombre del que llevaba años perdidamente enamorada, la estaba besando y ella estaba pensando en Sigrid y en Suffnut Thorston? ¡¿Pero estaba tonta o qué le pasaba?!
Erland se apartó antes de que ella pudiera realmente reaccionar y lucía tan desconcertado como ella. Abrió mucho los ojos, como si hubiera caído en lo que acababa de hacer, y se llevó la mano a la boca.
—Yo… ¡Dioses, Eyra! No tenía que haber hecho eso, yo…
A Eyra no le salieron las palabras. Aún estaba invadida por la impresión del beso y estaba segura de que si hacía el mínimo movimiento iba a desmayarse allí mismo. O tal vez ya estaba inconsciente y todo era una fantasía causada por el golpe que se había tenido que dar en la cabeza. ¡Ojalá fuera así! Se le hacía insoportable el ridículo que acababa de hacer. Aún así, había algo que no comprendía. ¿Qué hacía Erland Hofferson besándola? ¿A ella de entre todos los mortales? ¡No tenía sentido! Él la veía como su hermana pequeña, como una buena amiga a la que chinchar de vez en cuando. No era posible que él pudiera… ¿sentir algo por ella? No. ¡Era sencillamente imposible!
Erland Hofferson jamás podría amarla.
—¿No… no dices nada? —balbuceó Erland preocupado—. Eyra, de verdad, yo… lo siento, no era mi intención besarte. Verás…
El vikingo siguió hablando, pero Eyra no era capaz de prestarle atención ni a él ni a la estrepitosa tormenta que estaba cayendo sobre ellos. En realidad, casi prefería que volviera a besarla en lugar de que se disculpara tanto con ella. El primer beso había sido un desastre, ¿pero quién decía que el segundo debía ser igual? Solo había una forma de averiguarlo, se advirtió a sí misma. Erland se quedó tan sorprendido como se había quedado ella antes cuando Eyra cogió de su túnico y le obligó a inclinarse para silenciarlo con sus labios. Su beso era torpe, poco experimentado y no estaba del todo segura de lo que debía hacer, pero Erland enseguida atrapó su cuerpo entre sus fornidos brazos y la apretó contra él antes de tomar el mando. Su beso era apasionado, húmedo y abrumador, y Eyra no podía hacer más que seguir su ritmo, aprender sus movimientos y replicarlos lo mejor que pudiera. Frustrado por la diferencia de altura, Erland la cogió de sus piernas y ella rodeó su cintura con ellas. Cuando ambos se quedaron sin aire, Eyra se atrevió a abrir los ojos y casi se quedó sin aire al contemplar las bellas orbes azules de Erland contemplándola de una forma que no fue capaz de comprender. Se sentía de repente muy mareada y se apartó cuando Erland fue a besarla de nuevo.
—¿Ocurre algo? —preguntó él confundido.
—¿Podrías bajarme? —preguntó ella en un hilo de voz.
Desconcertado, Erland la dejó en el suelo con cuidado y Eyra tuvo que apoyarse contra el árbol para no caerse de bruces al suelo. Podía sentir los ojos de Erland puestos en ella, anhelantes por saber qué demonios se le estaba pasando por la cabeza en ese momento, pero la mente de Eyra iba a toda velocidad, mucho más de su capacidad del habla o de reacción. Tenía mil y un preguntas apelotonadas en la punta de su lengua sin ningún orden o lógica y, aún así, todas parecían llevarle a la misma respuesta.
Erland no podía quererla.
A ella no.
Nunca. Jamás de los jamases.
Él era demasiado bueno para ella y Eyra Andersen no tenía material para ser su esposa.
—¿Eyra? ¿Estás…? ¿Estás bien? —preguntó Erland temeroso.
—Creo… —Eyra carraspeó al notar su voz demasiado débil—. Creo que debería irme.
—¿Qué? ¡No! —exclamó él nervioso.
—Ha sido…. ha sido un error —balbuceó ella alterada—. Lo… lo siento.
—¿De qué demonios hablas? —reclamó Erland incrédulo—. Pensaba que… tú…yo...
—¡No digas tonterías! —le interrumpió ella tragando saliva—. Para mí, tú eres… eres…
El hombre que más amaba sobre la faz del Midgard.
Eso lo tenía más que claro, pero él no debía saberlo. Jamás. No soportaría su rechazo, no tenerle más a su alrededor por no ser capaz de corresponderla. No. Erland Hofferson jamás sabría que ella estaba enamorada de él.
Antes muerta.
—Me voy —dijo ella con sequedad—. Tengo mucho que hacer.
Sin embargo, Erland interpuso su brazo en su camino y la fulminó con la mirada
—No huyas, Andersen. Por favor. Si yo pudiera…
—Hagamos como si esto no hubiera pasado nunca —volvió a cortarle, esta vez con un tono más frío—. Probablemente te cases muy pronto y yo… seguiré aquí, siendo lo que he sido siempre.
—¿El qué? —preguntó él dolido.
—Tu amiga, ya lo sabes —respondió ella desconcertada.
Erland abrió la boca, pero volvió a cerrarla. Se quedó muy quieto y callado por un rato, sin apartar los ojos de ella, y Eyra se preguntó en qué estaría pensado. Ella estaba temblando por la ansiedad y el frío de la lluvia y no deseaba otra cosa más que alejarse de aquel lugar. Alejarse de él. Su mente quería huir, pero su corazón quería volver a fundirse entre sus brazos y permitir que volviera a besarla.
—Volvamos —dijo Erland con una frialdad que se sintió como una bofetada.
Ella asintió. Tendría que dejar lo de las flores de Valka para otra ocasión. En ese momento estaba demasiado cansada y embargada por un sentimiento de puro abatimiento que le había dejado fuera de juego. Erland se marchó sin despedirse cuando alcanzaron los lindes de la aldea y Eyra se sintió incluso aliviada de no tener que sufrir su cortante silencio por más tiempo. Desconocía qué le había impulsado a besarla, quizás le había movido un sentimiento de estrés que había hecho que se desahogara con ella, sabía que algunos hombre buscaban el placer sexual precisamente para eso. Incluso parecía arrepentido después de haberla besado, pero Eyra la había cagado aún más cuando le besó de vuelto. Ella podía perdonarlo, ¿pero podía perdonarle él a ella? No creía que Erland fuera de naturaleza rencorosa, pero temía que en su amistad se hubiera abierto una grieta imposible de reparar.
Durante aquella semana tan agobiante y larga, Erland la evitaba y actuaba como si ella no existiera. Aquella actitud fue dolorosa, pero peor fue cuando a Erland se le vio pasear por la aldea con Ingrid Gormdsen. Eyra solo quería llorar del disgusto y de los celos que la invadía en sus entrañas, ¿pero qué otra cosa podía hacer? Erland no la quería y, aun sucediendo ese hecho tan imposible, jamás podrían estar juntos.
Sigrid le trajo el vestido el mismo día de la boda y el resultado no era menos que espectacular. El traje se ajustaba a la perfección a su cuerpo, dejando expuestos sus hombros y clavículas, y su amiga había desplumado un faisán para decorar el escote del vestido. Gothi cepilló su cabello, de forma mucho más delicada que la primera vez que lo hizo, y le animó a llevarlo suelto, cosa que rara vez solía hacer, pero su tía insistió que la ocasión lo merecía. Sin embargo, Eyra no estaba con mucho ánimo para ir a la boda. Si no hubiera sido porque era el enlace de una de sus mejores amigas, habría sido capaz de fingir que estaba enferma para no ir.
La ceremonia fue preciosa. Estoico no pudo contener las lágrimas de la emoción y Valka sonreía de oreja a oreja, profundamente feliz y enamorada de su ahora flamante esposo. El banquete fue una auténtica locura. Estoico no había reparado en gastos en decoración, comida y bebida y el baile que lo siguió a continuación fue de los más animados que Eyra recordó haber asistido nunca. Por una vez, no parecía que la aldea estuviera sufriendo una guerra cruenta y eterna contra los dragones y la gente estaba feliz y pletórica de que su Jefe se hubiera casado por fin. Incluso se estaban haciendo apuestas de cuando anunciarían la llegada del futuro heredero.
Eyra no se vio capaz de sentirse contagiada por la alegría que se palpaba en aquella fiesta. Varios hombres la invitaron a salir a bailar, pero Eyra rechazó a todos ellos con suma educación. Se acercó al puesto de bebidas para tener algo entre sus manos cuando, a su espalda, escuchó la voz de Kaira Gormdsen.
—Ingrid, ¿te ha sacado Erland Hofferson a bailar ya?
—No, madre, pero será cuestión de tiempo —respondió Ingrid con aire aburrido.
—Debes conquistarlo, hija, es un buen partido —insistió su madre con severidad—. Si tu padre no estuviera como está ya habría concertado el contrato con él.
Ingrid bufó.
—Ya sabes que Lars mira más para su bolsillo que para mí —advirtió Ingrid enfadada—. Además, últimamente Erland está muy raro.
—¿A qué te refieres, hija?
—Está como deprimido y apenas me escucha cuando le hablo —argumentó Ingrid con despecho—. Me temo que tendré que usar otras formas para captar su atención.
Su madre chistó con la boca y bajó la voz.
—Recuerda que ante todo has de mantener tu reputación intacta, Ingrid.
—¿Quieres que me case con Hofferson o no? Entonces deja que use mis encantos para camelarlo, madre —advirtió Ingrid—. Ni siquiera Erland Hofferson puede resistirse a la carne de una mujer. No deja de ser un hombre.
Eyra se vio obligada a salir de la cola de las bebidas, asqueada por haber escuchado semejante conversación y decidida a contener sus ganas de darle un puñetazo a Ingrid. Eyra se fue al otro extremo del Gran Salón, lejos de las mujeres Gormdsen, donde podía observar el baile sin que nadie la molestara. Se apoyó contra una columna para descansar sus pies cansados de estar de pie, pues habían retirado todas las mesas y bancos para dar espacio para bailar a todo aquel que quisiera. Vio a Finn Hofferson a lo lejos con un grupo de amigos que reían sin parar, aunque él estaba muy serio, más concentrado en su pinta de hidromiel que en la conversación. Thror Hofferson y su esposa bailaban con una gracia envidiable. Thror parecía mucho más joven de lo que realmente era de lo contento que se veía y Asta se veía bellísima vestida con aquel vestido de azul que resaltaba su figura. No buscó a Erland, aunque le había visto durante la ceremonia acompañando a Estoico hasta el altar donde Gothi había oficiado el enlace. Valka, al no contar con la presencia de ningún miembro de su familia, había sido acompañada por Patón Jorgenson.
—¡Ey, Andersen! ¡No me digas que no te ha sacado nadie a bailar todavía!
Eyra se giró al instante de reconocer la voz de Erland. Estaba guapísimo, con su cabello peinado con un moño semirecogido y vestía con una túnica azul cielo combinada con una capa de terciopelo color añil preciosa. El vikingo le regaló una sonrisa con la que tuvo la sensación de que volaban mariposas dentro de su estómago. Eyra recordó entonces la conversación de Ingrid con su madre y se volteó hacia la pista de baile.
—No necesito bailar con nadie —argumento ella— Me valgo con solo mirar.
Sintió que el calor en sus mejillas iba a más cuando Erland se acercó y extendió su mano hacia ella. Eyra la contempló unos segundos extrañada antes de alzar la mirada y encontrarse con sus vibrantes ojos azules.
—¿Pretendes que…?
—¿Bailes conmigo? Esa era la idea, sí.
Eyra quiso morirse de la vergüenza y apartó rápidamente la mirada, deseosa de desaparecer de allí en ese mismo instante.
—No quiero, gracias.
Erland se quedó un segundo en silencio y apartó su mano. Eyra no se atrevía a mirarlo, pero tras unos segundos, Erland la sorprendió apoyándose junto a ella en la columna. Eyra fingió su propio jadeo de sorpresa con una pequeña tos.
—¿No tienes nada mejor que hacer? —preguntó fingiendo fastidio.
—No —respondió Erland sonriente.
—Seguro que hay un montón de chicas que quieren bailar contigo hoy —le aseguró Eyra—. He oído que Ingrid Gormdsen quería que la sacaras a bailar hoy.
—¿Ah sí? Qué pena, porque me apetece mucho más observar a la gente bailar aquí contigo —dijo él sin perder la sonrisa, mientras que Eyra no entraba en su asombro por su comportamiento. Su corazón dio un vuelco cuando bajó la mirada hacia su vestido—. Estás muy guapa hoy, por cierto.
Eyra frunció el ceño.
—¿Estás bien? —le preguntó ella preocupada.
Erland alzó una ceja sin comprender.
—Sí, ¿por qué lo preguntas?
—No lo sé, estás más atento de lo normal —comentó Eyra simulando indiferencia.
Erland parecía desconcertado por su comentario y se hizo un incómodo silencio entre ellos hasta que el vikingo no pareció soportarlo por más tiempo.
—¿Seguro que no quieres bailar? —insistió Erland ansioso—. Tú siempre te apuntas a todos los bailes, me resulta rarísimo que hoy precisamente no salgas.
Eyra tragó saliva.
—Es que no me apetece.
—No te creo —replicó Erland irritado.
La joven se apartó de la columna y le fulminó con la mirada.
—Pues ese es tu problema.
El vikingo puso los ojos en blanco y Eyra sintió un nudo en su pecho que empezaba a dificultar su respiración. Necesitaba salir de aquel lugar cuanto antes.
—Eyra, espera… —le pareció escuchar a Erland—. ¡Eyra!
La joven galena empujaba a todo aquel que se cruzaba en su camino, desesperada por alcanzar el portón del Gran Salón y tomar una profunda bocanada de aire puro que le ayudara a aligerar el desagradable peso en su pecho. Sentía su cara húmeda, ¿pero por qué? ¿Qué hacía llorando? ¿Por qué sentía que se estaba desgarrando por dentro? A esas alturas, Eyra tenía que tener asumido que lo que fuera que Erland Hofferson pudiera sentir por ella estaba muy lejos de ser amor.
Cuando por fin consiguió salir del caos del banquete, Eyra caminó a un extremo para que la oscuridad de la noche la refugiara y pudiera descargar la tensión de su cuerpo sin ser vista por nadie. Sin embargo, sus planes se fueron al garete cuando Erland la encontró llorando a lágrima viva en un rincón.
Eyra deseó morirse.
Odiaba llorar delante de los demás. Había luchado toda su vida para no verse vulnerable, por ser una mujer fuerte que no tenía miedo a nada, pero Eyra Andersen, como humana que era, no podía soportar el solo pensamiento de que pudiera perder la amistad del hombre que más quería en el mundo. Erland Hofferson pertenecía a una familia adinerada e importante, era capitán de la Guardia de Isla Mema, cuando su padre se retirara se convertiría en uno de los miembros con más poder dentro del Consejo de Isla Mema y era amado y respetado por toda la aldea. Necesitaba una esposa a su altura, alguien que supiera cómo hablar, comportarse y llevar una casa, que no perdiera su tiempo en tonterías como lo hacía ella con sus libros y sus plantas. La luna llena brillaba aquella noche en todo su esplendor y Erland se arrodilló ante ella para limpiar las lágrimas de sus ojos.
—Mira que eres boba —dijo él con ternura mientras acunaba su rostro entre sus grandes manos.
—No soy boba —replicó ella con voz rota.
—Eres mi boba —insistió él con suavidad pasando sus pulgares por sus mejillas.
Eyra sintió que su corazón se aceleraba a un ritmo que no debía ser sano.
—¿Por qué… por qué estás aquí? —balbuceó ella tontamente.
—Porque no quiero estar en un sitio donde tú no estés.
La joven sintió que el aire abandonaba sus pobres pulmones.
—No me hables así —dijo ella en un hilo de voz.
—¿Así cómo? —preguntó él desconcertado.
—Como si te importara, como si realmente quisieras estar conmigo —apuntó ella molesta.
Erland la contempló unos segundos en un silencio grave antes de soltar su rostro y coger de sus manos.
—Andersen, creo que es más que evidente que solo me interesa estar contigo —dijo Erland con voz de queda.
—Pues no deberías, tú tienes que…
Erland posó su mano contra su boca y le lanzó una mirada severa.
—Calla un segundo y escúchame —dijo Erland con suavidad—. ¡No hay forma de hacerte ver mis sentimientos!
Eyra abrió mucho los ojos y dijo algo contra su mano, pero Erland no la entendió. Retiró su mano expectante.
—¿Tus… sentimientos? —repitió confundida.
Erland soltó un largo suspiro y hundió los hombros.
—Sí, Andersen, mis sentimientos por ti —insistió él con impaciencia—. Al principio pensaba que lo que sentía por ti no era más que un afecto puramente filial, pero entonces Finn me advirtió que se me notaba demasiado que me gustabas y caí de que, tal vez, sí estaba un poco obsesionado contigo —Eyra entreabrió la boca, pero no pudo formular palabra. Estaba demasiado pasmada por todo lo que le estaba contando—. Siempre busco una excusa para buscarte, Andersen, sino es para ayudarte con los recados, es para intercambiar una opinión de algún libro contigo, o para que me des una solución a una afección que ni siquiera sufro. Al principio lo hacía porque disfrutaba de tu amistad, porque eras una niña peculiar con un carácter que sencillamente me encantaba de lo natural y distinta que eras. No negaré que para mí eras como mi hermana, pero supongo que el paso del tiempo, el que nuestra diferencia de edad se volvió menos notoria… empecé a verte de otra manera y a sentirme distinto cuando estaba a tu alrededor. Por ejemplo, si antes me enfadaba porque te ibas sola al bosque, ahora me veía embargado por una horrible ansiedad ante la sola idea de que pudiera pasarte algo. Por eso te seguí la otra vez y menos mal que lo hice, porque si te hubiera sucedido algo con ese dragón no sé qué habría hecho… yo…
Eyra se había puesto a llorar otra vez, incapaz de procesar todo lo que le estaba confesando. Erland tomó aire e intentó corregir el temblor en su voz.
—Te he visto demasiado tiempo como una niña, pero es que ahora no puedo dejar de verte como una mujer, Eyra. Una mujer bella, lista y con carácter con la que quiero pasar el resto de mi vida —declaró Erland nervioso—. Y si te digo esto ahora es porque, tras mucho pensarlo y analizarlo, consideré que no me besaste por besar. Cuando te besé lo hice movido desde la más pura rabia y frustración conmigo mismo, de que no era lo bastante bueno para ti, por eso entré en pánico cuando no me correspondiste y perdí la poquísima esperanza que me quedaba de que tú me vieras de la misma manera que yo te veo a ti, pero entonces me besaste y...
Eyra se obligó a sí misma a respirar. ¿Estaba pasando aquello realmente?
—Andersen, necesito saberlo, ¿realmente… sientes algo por mí?
Ella parpadeó confundida por la inseguridad en su voz, como si realmente no pudiera creerse que ella pudiera estar enamorada de él. ¿En qué mundo vivía? ¿Realmente era tan tonto que ni con aquel beso se había dado cuenta de que ella estaba loca por él? ¿Cómo podía dudarlo? ¡Resultaba hasta ofensivo que lo hiciera! ¡Ella lo amaba con todo su ser! Lo había querido desde el instante que se puso a hablarle de las estrellas en el barco que la llevaría a su nuevo hogar y su corazón había sido suyo desde el momento que se ofreció a enseñarla a leer y a escribir. Eyra era en parte quien era hoy porque Erland Hofferson le había tendido su mano sin importarle que ella no hubiera pertenecido a una familia importante o que fuera una völva o que fuera más rara que un perro verde.
Ella le amaba.
Y, porque tal vez los dioses hubieran sido benevolentes con ella por una vez, él la amaba también.
Eyra acarició su rostro que tantas veces había fantaseado con tocar. Su piel le resultó sorpresivamente suave y caliente a pesar del frío que hacía, aunque enseguida reparó que un leve rubor cubría las mejillas de Erland. Él acunó sus manos con las suyas e inclinó su cabeza un tanto titubeante, inseguro de si estaba dando el paso correcto, por lo que fue Eyra la que terminó por besarlo.
A diferencia de su primer beso, aquel resultó ser lento, delicado y muy salado, principalmente por ella que no dejaba de llorar. Ella intentaba parar por todos los medios, pero se veía incapaz de contener la emoción que la albergaba. Erland limpió una vez más sus lágrimas sin evitar una risa melódica que hizo que su corazón brincara.
—No te había tomado como una llorona.
—¡Tú también llorarías en mi lugar! —exclamó ella antes de soltar un hipido—. ¡Llevo casi tres años soñando con esto! ¡Nunca pensé que pudieras verme de esa forma!
Erland apoyó su frente contra la suya, contemplándola con ojos intensos y llenos de amor.
—Te veo ahora —le prometió él—. No puedo esperar a pasar el resto de mi vida contigo, Andersen.
Ella no pudo evitar una mueca nerviosa a la vez que acariciaba su mentón con suavidad.
—¿Podríamos mantenerlo en secreto por un tiempo?
Erland alzó las cejas sorprendido por su sugerencia.
—¿Acaso no quieres…? —empezó a preguntar temeroso.
—¡No! —se apresuró a decir ella—. No es eso, es que… ¿Me gustaría disfrutar de esto por un tiempo solo entre nosotros? Además, tu familia…
—Olvídate de ellos ahora —insistió Erland molesto—. Eyra, me quiero casar contigo. Lo sabes, ¿verdad? Quiero hacer las cosas bien.
Eyra tragó saliva.
—Démonos un tiempo de prueba —propuso ella y Erland frunció el ceño—. Por favor, solo para asegurarnos de que esto es lo que realmente queremos.
—Eyra…
—Solo te voy a pedir eso —le prometió ella—. Si de aquí a unos meses sigues convencido de que quieres casarte conmigo, aceptaré tu propuesta.
Erland alzó una ceja.
—¿Haces esto porque crees que voy a cambiar de parecer?
Eyra se mordió el labio.
—Sabes que no soy una mujer al uso, que no soy como, no sé, Ingrid Gormdsen por ejemplo.
El vikingo soltó una carcajada que la desconcertó.
—Andersen, tendrás todos los defectos que tú quieras, pero creeme, a la última persona a la que quisiera que te parecieras sería a Ingrid Gormdsen —le prometió Erland.
—¡Pero yo no sé cómo ser una esposa! —exclamó ella con las mejillas encendidas.
—¿Y qué más da? —replicó él poniendo los ojos en blanco—. No me quiero casar contigo porque necesite a una esposa, sino porque te amo y quiero que construyamos una familia juntos.
Volvió a inclinarse para besarla y Eyra sintió que sus nervios se ponían a flor de piel.
—No se me dan bien los niños…
Erland posó sus dedos contra sus labios.
—Andersen, basta de excusas por hoy, solo quiero besarte por el resto de la noche.
Ella asintió con recelo, pero se dejó besar esa noche. Y la mañana siguiente. Y la tarde siguiente. Hasta que a ella se le ocurrió invitarle a pasar la noche en su casa. Y, tras eso, no hubo noche en la que Erland Hofferson no se preocupara en recordarle lo mucho que la amaba hasta que, por fin, la convenció de que debía casarse con él.
Decisión de cuyas consecuencias no sería del todo consciente hasta tiempo después, cuando ya era demasiado tarde para echarse atrás.
Xx.
