¡Holi!

Sí, sigo viva y sí, por fin hay nuevo capítulo. En realidad, si estoy aquí actualizando hoy se debe, principalmente, a que es el tercer aniversario de Wicked. Hoy hace tres años publiqué el primer capítulo de este fanfic y ha sido un no parar desde entonces. Pensé que lo terminaría mucho antes, pero como veis no ha sido el caso, puesto que Wicked Game ha resultado ser una historia mucho más larga, compleja y extensa de lo que jamás hubiera soñado. Resulta extraño escribir un fanfic que creo que llegó demasiado tarde, puesto que el fandom lleva largo tiempo muerto, pero da igual manera me ha aportado muchas cosas buenas y, aunque está lejos de ser perfecto, este fanfic no deja de ser mi orgullo y mi bebé. Sí, es muy largo. Sí, es complicado. Sí, es un popurrí raro con alguna que otra incoherencia, pero es mío y es indudable que ha sido lo más ambicioso que he hecho nunca. Escribiendo este fanfic me demuestro que puedo realmente escribir, valga o no valga para ello.

A pesar de que mi posición respecto a las actualizaciones sigue igual, quería daros las gracias por el apoyo que me habéis dado todo este tiempo. Es inevitable sentirse sola cuando una escribe y más en un fandom que ya es tan poco activo, pero soy unas cuantas les que me escribís siempre y estáis al pie del cañón dándome ánimos y expresando vuestro amor por esta historia. Sé que si seguís aquí es porque queréis conocer el final de esta historia y, por ello, estoy infinitamente agradecida. Recibir vuestras reviews es un aliciente tan especial y maravilloso que iluminaba hasta el día más oscuro y no miento cuando os digo que son muchas las ocasiones a las que me abrazo al teléfono o al ordenador porque querría abrazaros a vosotres. Por eso suelo ser tan insistente con las reviews y lo seguiré siendo hasta el final: son mi sueldo, una motivación más para continuar y, de verdad, siempre aportan mucho más de lo que pensáis.

Por último, Wicked Game tiene nueva portada. La he pintado yo misma, así que tampoco esperéis nada extraordinario. Lo he colocado como imagen en , pero si queréis verlo en mejor calidad lo he publicado también en Instagram. Por otro lado, el capítulo 53 está terminado desde hace un par de semanas y tengo bastante avanzado el 54; sin embargo, publicaré más adelante, aunque aún no he decidido cuando, pero marcaré yo el ritmo de publicaciones por una simple cuestión de salud mental.

Este capítulo es uno de los más esperados del fanfic, pues aquí conocemos el destino de Eyra y Erland y descubrimos qué pasó aquella terrible noche. Este es el capítulo más largo de todo el fanfic (30.131 palabras, que se dice pronto), así que cogedlo en un momento que estéis tranquiles y con calma.

Os mando un abrazo a todes.

Disfrutad del capítulo.

Xx.


Eyra Andersen era una mujer de gustos muy sencillos.

Lo que más le gustaba era despertarse antes que su recién estrenado esposo y contemplar la serenidad y la belleza de su rostro mientras dormía plácidamente. Cierto era que apenas habían dormido esa noche, pero había sido su noche de bodas y Erland era un amante tan apasionado como incansable. Eyra se había despertado a las pocas horas de salir el sol con calambres en sus piernas y con la sensación de que una manada de Gronkles había pasado por encima de ella. Eso por no mencionar la horrorosa resaca que azotaba su cabeza sin piedad alguna.

Sin embargo, era feliz.

¿Qué demonios? ¡Era inmensamente feliz!

Hasta el día anterior había sido Eyra Andersen, pero tenía que acostumbrarse a ahora su nombre era Eyra Hofferson.

Aún se le hacía raro asociar su nombre a ese apellido, pero supuso que era algo a lo que no tardaría en acostumbrarse. O al menos eso esperaba.

Los últimos meses habían sido una verdadera locura. Desde que Erland le había confesado sus sentimientos durante la boda de Estoico y Valka, Eyra le había convencido para mantener su romance en secreto para asegurarse de que realmente estaban tomando la decisión correcta. Eyra temía la reacción de la familia de Erland, sobre todo la de su madre, Asta, con quien no mantenía una relación precisamente buena. Erland no estaba contento con que se escondieran del resto de la aldea, sobre todo cuando su romance cogió un cariz más sexual, dado que ella era la única de los dos que se exponía a echar a perder su reputación. Además, Erland seguía presionado para que tomara nupcias lo antes posible y los rumores respecto a un posible enlace entre los Hofferson y los Gormdsen estaban cada vez más presentes entre los chismorreos de la aldea.

Sin embargo, aunque sonara raro decirlo, Erland solo parecía tener ojos para ella.

Durante el día, le lanzaba miraditas cómplices, buscaba cualquier excusa para saludarla e incluso se inventaba alguna que otra dolencia para estar con ella a solas y besarla. Eyra estaba abrumada por el amor que Erland parecía sentir hacia ella, aún incapaz de creerse que todo aquello fuera real, pero ella no negaba ninguno de sus cariños ni mucho menos se quedaba atrás. Amaba a aquel hombre con todo su ser y estaba dispuesta a aprovechar todo el tiempo que tuvieran juntos hasta que Erland se diera cuenta de que lo suyo era un amor imposible.

Sus encuentros nocturnos sucedían todas las noches salvo las contadas ocasiones en las que Erland salía de viaje. El vikingo se colaba por la ventana abuhardillada de su cuarto y pasaban la noche juntos hasta que se marchaba cuando salían las primeras luces de la mañana. Tenían que hacer un montón de cábalas para que Gothi no se percatara de la presencia de Erland por las noches, aunque resultaba un poco difícil contenerse cuando se contaba con un amante tan apasionado y sobresaliente como él. Eyra se sentía como en un nube cada vez que estaba juntos y rezaba a Odín todos los días para que aquello no acabara nunca.

No obstante, los dioses no eran misericordiosos y mucho menos con ella. La noche que cumplió diecinueve, Erland le regaló un medallón de oro con un grabado del martillo de Thor. Eyra no comprendió muy bien a qué venía aquel regalo con pinta de ser muy caro y a Erland le pareció divertida su confusión.

—Es una promesa —comentó Erland sacudiendo los hombros.

—¿De qué? —preguntó ella extrañada.

—¿De qué va a ser? De nuestro compromiso.

Eyra palideció ante la mención de aquella palabra y Erland frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

—¿Pero de verdad quieres casarte conmigo? —cuestionó ella nerviosa—. Erland, que yo no valgo para su esposa, más si se trata de ser tu esposa.

Erland puso los ojos en blanco, mientras soltaba un largo suspiro.

—¿Ya estamos otra vez? ¿Qué tiene de malo ser mi esposa?

—¿Por dónde quieres que empiece? —reclamó ella molesta—. Para empezar, no tengo dote. Mi tía no se lo puede permitir y mi padre no me dejó nada cuando murió. Luego, se esperará que sea una mujer que esté a tu altura: educada, grácil, grandísima guerrera y elegante.

—¿Qué coño, Eyra? No…

—¿Y qué me dices de lo que te dirá tu familia cuando sepa que quieres casarte conmigo? —le cortó ella alterada—. Si tu madre no me lanza una maldición, estoy segura de que tu hermano no dudará en echar mierda contra los dos y tú tendrás que soportar la decepción de tu padre, cosa que sabemos muy bien que llevas fatal y sé que, eventualmente, yo será la responsable de todo.

Erland la contempló tan atónito por sus palabras que tardó unos segundos en reaccionar. Eyra le tendió el medallón para que se lo llevara, pero Erland no se movió, simplemente la miró en un grave silencio hasta que pareció encontrar de nuevo su voz.

—Voy a decir esto una única vez y quiero que se te grabe en esa cabecita tuya que tanto le cuesta asimilar las cosas: solo tengo interés en casarme con una persona y esa eres tú. No necesito una esposa que haga de florero, ni alguien que tenga que gustar a mi familia. Si te niegas a casarte conmigo, no lo voy hacer con nadie más. ¿Te queda claro, Andersen?

—Pero…

Erland alzó un dedo amenazante.

—Si oigo una sola pega más, te juro que bajo ahora mismo adonde tu tía y le contaré con toda clase de detalles lo que hacemos tú y yo todas las noches —ella negó con la cabeza espantada—. Eyra, no voy a obligarte a que te cases conmigo si no quieres, pero no voy a seguir jugando con tu reputación por más tiempo.

—¿Qué más te da? ¡Es mi reputación, no la tuya! —exclamó ella exasperada.

—¡Precisamente por eso! ¿No entiendes que eres lo que más quiero en el mundo, joder? —reclamó Erland desesperado—. No quiero que piensen que eres una cualquiera, no quiero que…

Erland se calló e hizo una mueca de tristeza que le causó un nudo en el pecho a Eyra.

—¿Qué? —preguntó ella en un hilo de voz.

—Puede que no me quieras lo suficiente para querer casarte conmigo —dijo Erland procurando mantener en raya el temblor de su voz. Eyra sintió que el alma se le caía a los pies, ¿de verdad que Erland pensaba que ella no le quería?—, pero… ¿y si quisieras hacerlo algún día con otra persona? Cedí a acostarme contigo porque estaba convencido de que eventualmente tú y yo nos casaríamos, pero ahora ya no sé ni qué pensar. No creo que…

—Erland, ¿de verdad crees que yo querría casarme con otra persona que no fueras tú? —le cortó Eyra dolida—. Nada en esta vida me haría más feliz que casarme contigo.

—¡Entonces hazlo, joder! —exclamó él frustrado.

Eyra se echó su flequillo hacia atrás mientras murmuraba una maldición para sí.

—¿Y qué pasará con tu familia? ¿Te crees que me van a aceptar con los brazos abiertos?

Erland dio un largo suspiro.

—Yo me encargo de eso.

—Erland...

—Eyra, ¿te quieres casar conmigo sí o no?

La muchacha terminó diciendo que sí, pues pese a las infinitas trabas e inconvenientes que aquel enlace supondría para Erland, Eyra anhelaba ser egoísta por una vez. Lo quería, deseaba fervientemente pasar el resto de su vida con él y, aunque disfrutaba con la intimidad tan especial que habían estado compartiendo hasta ese momento, no dudaba de que sería un alivio no tener que esconderse por más tiempo.

La primera en saberlo fue Gothi. Erland había insistido en seguir las viejas tradiciones y, como tu tía era su única familiar con vida, se había presentado la noche siguiente a la hora de la cena, cargado con un ramo de flores para Gothi y vistiendo una de sus mejores túnicas. La expresión de Gothi fue imperturbable durante todo el tiempo en el que Erland estaba enumerando las razones por las que aquel enlace era más que beneficioso para ella y, cuando por fin dejó de hablar, su tía se volteó hacia ella y preguntó:

—¿Esto significa que tendréis vuestra propia casa y me dejaréis por fin dormir en paz por las noches?

Eyra quiso morirse de la vergüenza y nunca había visto a Erland más rojo que en aquella ocasión. Su tía, sin embargo, sonrió satisfecha y se dirigió al vikingo:

—Mi sobrina es una chica muy especial. Me imagino que lo sabes desde hace tiempo, ¿no?

Erland carraspeó nervioso, pero le devolvió la sonrisa a su tía.

—Lo supe desde el primer instante que la vi.

—No tiene dote —le advirtió Gothi.

—No importa, no necesito más dinero.

—Y cocina fatal —siguió la mujer.

—¡Tía! —exclamó Eyra avergonzada.

Erland se rió.

—No necesito a alguien que me lleve la casa —insistió el vikingo—. Yo… la quiero, Gothi. Es más, si Eyra está de acuerdo, no me importa en absoluto que siga siendo tu aprendiz.

Eyra jadeó sorprendida y Erland sonrió como respuesta. La joven no se hubiera esperado que pudiera seguir con sus estudios y su profesión. Había dado por hecho que una vez que se casaran, su misión tendría que ser quedarse en casa haciendo lo que una esposa de su rango debería hacer.

—¿Te refieres únicamente a que se dedique a ser galena o…?

La expresión de Gothi se había vuelto muy seria, pero no había duda en la expresión de Erland.

—Eyra no necesita mi permiso para hacer lo que le venga en gana. Sé quién es y estoy al tanto de sus capacidades. No tengo prejuicios al respecto —señaló él con orgullo.

Eyra no pudo evitar dejarse llevar por la emoción. A diferencia de su madre, Erland sí había demostrado curiosidad por sus dones de völva y no había demostrado ninguna animadversión por ellos, más bien todo lo contrario. Acostumbrado a convivir con la magia de su madre, los dones de Eyra no dejaban de ser algo «corriente» para él. No había problema con que ella siguiera desarrollando y aprendiendo de sus poderes, más teniendo en cuenta que estos eran una parte esencial de sí misma.

Gothi dio su aprobación para el enlace y Erland le pidió un par de días para arreglar los asuntos con su familia. Eyra sabía que ni Asta ni Finn aprobarían aquel compromiso y estaba casi convencida de que Thror se opondría por simplemente ser una don nadie. Sin embargo, dos días después, Erland se presentó con su padre en su casa y, tras hablar largo y tendido con Gothi, pidió charlar a solas con ella. Eyra estaba muerta de miedo y, al parecer, Erland estaba igual o incluso más aterrado que ella. Habían estado esperando en silencio en la entrada de su casa, sentados en la hierba mirando hacia la aldea y separados a una distancia prudencial, cuando Gothi le pidió que entrara para hablar con Thror. Erland cogió de su mano y la besó, quizás para darle valor, aunque su boca estaba tensa y no era capaz de mirarla a los ojos.

Thror Hofferson seguía siendo un hombre imponente a pesar de estar cerca de cumplir los cincuenta. A pesar de su edad, seguía siendo un hombre vivaz y se le apreciaba una mirada muy amable bajo sus rasgos toscos y feroces. Eyra le había visto matar dragones con sus manos desnudas y, aún así, viéndole sentado en el comedor de su tía, le dio la impresión de que era un hombre que distaba mucho de ser ese guerrero tan implacable y fuerte del que era tan reconocido. Sonrió tan pronto la vio entrar y le hizo un gesto con su mano para que se sentara delante de él.

—¿Cómo estás? —preguntó Thror tan pronto se sentó.

—Nerviosa —admitió ella azorada.

—Es lógico, debe resultar aterrador estar ahora en tu lugar —observó él con un pequeño deje de diversión—, pero necesitaba hablar contigo antes de dar mi aprobación definitiva a este enlace.

—¿Y de…? —Eyra tragó saliva—. ¿Y de qué quiere hablar conmigo?

—Me gustaría saber por qué quieres casarte con mi hijo —respondió Thror muy serio—. El motivo real.

Eyra parpadeó desconcertada por su pregunta, pero no titubeó en responder.

—Le quiero y él… también me quiere, por alguna razón lo hace.

—¿A qué te refieres con eso? —cuestionó Thror con el ceño fruncido.

La joven se mordió el labio mientras se reprendía a sí misma por bocazas, pero sabía que lo mejor era concienciar a su quizás ya no tan posible futuro suegro de con qué se iba a encontrar.

—No soy un modelo a seguir como esposa. No… no cocino muy bien, eso se lo puede asegurar mi tía; me manejo mejor en el caos y soy un poco desordenada… Además, peco de curiosa, no soy la modelo de mujer sumisa que calla mientras su marido habla. Erland y yo nos entendemos bien, pero también discutimos un montón y… sabe que no me voy a callar si no estoy de acuerdo con él en algo. Soy cabezota, temperamental y sé que a veces, cuando estoy muy nerviosa, hablo demasiado. Eso por no mencionar que yo…

—Eyra —le cortó de repente Thror—. Ya veo que presumes de defectos, pero me gustaría que me dijeras qué gana mi hijo con casarse contigo. Dime algo bueno de ti.

La joven abrió la boca, pero volvió a cerrarla insegura. Solo se le venía una cosa buena de sí misma a la cabeza.

—Nadie querrá a su hijo más de lo que le quiero yo. Erland… es el hombre más amable, valiente y dulce que conozco y, por alguna razón, me ha escogido a mí —sorbió su nariz y parpadeó varias veces para contener sus lágrimas—. Puede que no le pueda dar nada material a su hijo, ni pueda ayudarle a subir de rango o brindarle una vida tranquila en el hogar, pero… lucharé todos los días para asegurarme de que sea el hombre más feliz que hay sobre la faz del Midgard, porque no busco nada más que eso: una vida feliz a su lado.

Thror la contempló en un silencio grave durante diez largos segundos. Eyra sentía su corazón cabalgar veloz contra su pecho y pensó que si aquel hombre no se apuraba en decirle algo, iba a darle un parraque allí mismo. Para su enorme sorpresa, Thror sonrió y asintió con la cabeza, como si se estuviera dándose a sí mismo la razón en algo y extendió su mano para coger la suya con suma delicadeza. Eyra contuvo la respiración.

—Creo que no puede haber mejor mujer para mi hijo —apuntó el hombre con dulzura—. Tenéis mi aprobación para celebrar este enlace.

Eyra chilló tan sobreexcitada y se vio tan invadida por la alegría y el alivio de que Thror les permitiera casarse, que le abrazó con entusiasmo. Su futuro suegro parecía sorprendido por su gesto y, tras titubear un par de segundos, le devolvió el abrazo. Ella terminó rompiéndolo emocionada y salió de casa emocionada para dar la buena nueva a Erland y a su tía. Su ahora prometido no pudo contener las lágrimas de felicidad y la besó eufórico antes de fundirse en un cálido abrazo con su padre.

La organización de la boda fue, en sí, una locura. Lo primero que Eyra hizo tras el anuncio oficial del compromiso fue acudir adonde Bocón para que le tallara un medallón de compromiso como el que Erland le había regalado. Por supuesto, no contaba con dinero suficiente como para pagar algo tallado en oro, pero Bocón se preocupó de buscarle un acero que, al parecer, se oxidaba con más dificultad que otros metales. Cuando el herrero le entregó el encargo, Eyra estaba encantada con el resultado, aunque Bocón se negó a aceptar su dinero.

—Sigue preparándome esos mejungues tan vomitivos que preparas y que tanto me ayudan a aplacar los dolores fantasmas. No pido más —le dijo el herrero sonriente.

El medallón, a primera vista, era muy simple y llamaba poco la atención, pero Eyra sabía que Erland era mucho más humilde y sencillo de lo que quería dar a entender. Además, aplicó un rezo al medallón que, literalmente, proporcionaba una fuerte protección ante males ajenos. Erland se puso como loco de contento cuando Eyra le regaló el medallón y, para la enorme vergüenza de la muchacha, solía llevarlo puesto con sumo orgullo, asegurando que su prometida demostraba tener un gusto exquisito para aquel tipo de cosas.

Eyra no recordaba haber estado más estresada en su vida, pues no solo tenía que organizar una boda que estaba casi a la altura de un Jefe de aldea, sino que además debía seguir atendiendo sus responsabilidades como aprendiz de galena, huir de las redadas de dragones y procurar que no le entrara un ataque de pánico cada vez que se veía sobrepasada por la situación. Además, Asta no se lo estaba poniendo fácil. A pesar de no haber dicho nada al respecto, resultaba muy evidente que su futura suegra no aprobaba el enlace. Gothi le había hecho jurar que bajo ninguna circunstancia debía confrontar con ella, que debía mostrarse amable y paciente con ella y que más le valía dejar sus diferencias atrás, ya no solo por su salud mental, sino por la de Erland y la del resto de los Hofferson también.

Sin embargo, Asta se lo ponía muy difícil. Jamás le levantaba la voz, ni tampoco se enfadaba o le montaba un numerito, pero era muy pasiva agresiva. Criticaba absolutamente todo, desde su aspecto hasta cada decisión relacionada con la boda, hasta el punto que cambiaba cosas sin consultárselas a ella antes. Eyra, quien nunca había sido reconocida precisamente por ser paciente, se esforzaba en no perder los estribos y se mostraba cortés en medida de lo posible, aunque no le estaba resultando nada fácil. Todos los días había un comentario con el que Asta la dejaba en evidencia y muchas veces los soltaba estando con otras personas presentes.

—¿De verdad piensas usar esos colores tan vulgares para tu vestido?

—Te pasas todo el día al sol, así te van a salir más pecas.

—Deberías comer algo menos o Sigrid tendrá que tomarte medidas de nuevo para tu vestido de novio.

—Sé que no estás acostumbrada a las buenas viandas, pero estos platos para el banquete resultan demasiado rurales.

—Sonríe sin enseñar los dientes, ¿quieres? Ya no eres una niña con necesidad de agradar a todo el mundo.

—Eyra, tienes que aprender a que el silencio es una virtud destacada en cualquier mujer y que no a todo el mundo le apetece escuchar tu verborrea.

Eyra se sentía dolida y humillada por cada uno de esos comentarios. Además, Asta procuraba lanzarlos cuando Erland, Thror o Gothi no estaban presentes, por lo que se sentía completamente desvalida cada vez que se encontraba a solas con ella. Sabía que la bruja no iba a recibirla con los brazos abiertos, pero había esperado que hubiera un poco más de predisposición por parte de su futura suegra para acogerla en el seno de la familia Hofferson, más teniendo en cuenta que, al igual que ella, Asta también había sido una huérfana extranjera sin dote alguna.

—Te acabará aceptando, Eyra —le animó Valka con dulzura—. Dale tiempo.

—No lo entiendes, Val, me odia —señaló la muchacha con amargura—. Creo que preferiría que su hijo se casara con un dragón antes que conmigo.

Valka cogió de su mano y la apretó con fuerza.

—¿Quieres que hable yo con ella?

Eyra negó con la cabeza.

—No quiero que entubies vuestra amistad por mi culpa. Sé por qué me odia y, ante eso, no puedo hacer nada —argumentó Eyra con tristeza—. El pasado no se puede cambiar por mucho que se quiera.

Valka la observó un tanto confundida, pero Eyra sencillamente sonrió para tranquilizarla. Su amiga no sabía que ella era una völva a pesar de que Eyra estaba al tanto de que ella era una bruja gracias a su poder. Desconocía los detalles de la naturaleza mágica de Valka, pero Eyra había contenido su propio poder para darle la intimidad que su amiga merecía. Prefería que ambas fingieran ser dos chicas normales y corrientes a sacar a relucir sus diferencias como bruja y völva. Además, Eyra se había vuelto un gran apoyo para Valka desde que habían empezado a sufrir los abortos desde su boda con Estoico. Tras mucho intentarlo, la pareja había decidido dejar de intentar tener más hijos. En consecuencia, su amiga había quedado muy tocada psicológicamente y Eyra le proporcionaba hierbas del té de luna para evitar que volviera a quedarse embarazada. Por lo general, las hierbas funcionaban siempre —la propia Eyra las tomaba para evitar sorpresas cara a la boda—; pero, contra todo pronóstico y como si de una burla del propio Loki se tratara, Valka volvió a quedarse embarazada.

La mujer del Jefe se enfadó muchísimo con ella y Eyra no podía culparla. Su amiga estaba rota por el dolor de haber perdido tantos hijos, de verse como un fracaso ante la aldea por no poder brindarles con un heredero y porque no soportaba la idea de perder un niño más cuando se había concienciado de que ya no tendría más. Por esa razón, Eyra tomó la decisión de que aquella criatura iba a vivir como que se llamaba Eyra Andersen. Con el apoyo de Gothi, ambas dictaminaron reposo absoluto para Valka y una dieta estricta que debía seguir a rajatabla. Por otra parte, decidió tragarse su orgullo e ignorar el desprecio de su futura suegra para suplicarle que les ayudara con las comidas y con los cuidados tanto de Valka como de Carapota Haddock. Para su enorme sorpresa, Asta accedió a su petición sin ponerle un solo pero. No discutió ni sus cuidados, ni la dieta impuesta por Gothi y Eyra y atendía a sus sugerencias sin rechistar. Es más, la propia Asta sugirió que, para mantener a Valka entretenida, se dedicara a bordar el vestido de novia de Eyra con Sigrid y con ella, algo que había conmovido sumamente a la joven. Durante aquellos meses, surgió una extraña compenetración entre Eyra y Asta gracias a que ambas deseaban lo mejor para Valka. No se adoraban, pero su relación se había vuelto mucho más cordial y ya no se daban con tanta frecuencia los comentarios hirientes de la bruja.

Erland también había notado aquel cambio y no podía estar más contento.

—Sabía yo que acabarías llevandoos mejor —comentó un par de días antes de la boda, cuando salieron a buscar flores para sus coronas.

—No te hagas tampoco tantas ilusiones —replicó Eyra mucho menos animada.

—Si habéis conseguido entenderos con ayudar a Valka con el embarazo, estoy seguro de que cuando nos toque a nosotros tener hijos lo llevaréis incluso mejor.

Eyra no replicó, sobre todo porque el nudo en su estómago se lo impidió. Había estado tan ilusionada ante la perspectiva de pasar el resto de su vida junto con Erland que no se había detenido a pensar fríamente que ello conllevaría tener hijos. Le daban escalofríos la perspectiva de ser madre. Por un lado, sentía que era demasiado joven para tener bebés y, por otro, no deseaba tener hijos para vivir con el pánico de perderlos como consecuencia de la sangrienta guerra que sufrían contra los dragones. Casi toda su familia había muerto por ello y no estaba segura de que ella pudiera tener la entereza de pasar por algo similar de nuevo. Erland, por supuesto, pareció darse cuenta de que algo no iba bien.

—¿No quieres que tengamos hijos? —le preguntó directamente esa misma noche en su cuarto.

—No es eso —respondió ella apurada—, pero me gustaría esperar un poco antes de planteárnoslo en serio.

Su prometido frunció el ceño preocupado.

—Sabes que yo quiero hijos.

—Sí y no me estoy negando a tenerlos —matizó ella angustiada y acarició su pectoral desnudo con las puntas de sus dedos—. Es solo que… me gustaría disfrutar de nosotros antes de vernos invadidos por un montón de críos en casa.

—Un montón de críos, ¿eh? —se burló él besando su hombro.

—Conociéndote, sé que no te conformarás solo con uno —replicó ella poniendo los ojos en blanco.

—La verdad es que tienes razón, me entusiasma la idea de tener muchos hijos contigo —llevó su mano a su vientre y acercó sus labios a su oído—. Me encanta la idea de ver cómo nuestros hijos irán creciendo dentro de ti a cada día que pasa.

—¿Te encanta la idea de ver que me voy a poner como una vaca de grande? —dijo Eyra con amargura.

Erland sonrió.

—Amor mío, serías la vaca más hermosa de todo el Archipiélago —puntualizó él antes de besarla suavemente en los labios y acariciar uno de sus senos con su mano—. Y todo el mundo me envidiará por ello.

Ella no pudo contener una carcajada suave al mismo tiempo que el rubor cubría sus mejillas.

—Eres un bobo.

—Pasado mañana seré oficialmente tu bobo —le garantizó él con una sonrisa que mostraba sus dientes.

—Al menos eres un bobo guapo, así que no me voy a quejar —bromeó ella arrugando la nariz.

—Bueno, me consuela saber que creas que soy guapo. La gente tiende a confundirme con Finn y no creas que eso me alimenta el ego.

Eyra se carcajeó por su broma, aunque le dio un suave pellizco en el brazo.

—¡No seas malo con tu hermano! —le regañó ella.

Erland puso los ojos en blanco y se tumbó de nuevo en la cama.

—Ha amenazado con no ir a la boda.

—Irá —le prometió ella.

—No es que me importe, casi me hace un favor si…

—Erland, es tu hermano gemelo —le interrumpió Eyra con suavidad—. Estoy segura de que irá.

—¿Por qué estás tan segura?

—Porque Finn es un capullo, pero en el fondo te quiere —respondió ella convencida—. Además, dudo que quiera dejar sola a tu madre ante tal trágico día.

—Eyra…

—¡No estoy diciendo nada! —exclamó alzando sus manos en señal de inocencia—. Solo expongo los hechos. Estoy segura de que tu madre habría preferido que te casaras con Ingrid Gormdsen.

—Mi madre quiere muchas cosas, pero ella es la primera en comprender que la cabezonería la heredé de ella —argumentó Erland—. Si no hemos tenido confrontación con los Gormdsen fue precisamente porque ella era la que más descontenta estaba por aquel posible enlace y fue ella misma quien la que se encargó de que las cosas no acabaran en mal puerto.

—Tu madre es toda una influencia —observó Eyra.

—No te creas que le fue fácil, para algunos sigue siendo una intrusa extranjera —comentó Erland preocupado—, y soy consciente de que no ha tenido una vida nada fácil, aunque nunca nos haya dado detalles de su pasado.

Eyra procuró no ponerse tensa ante aquel último comentario. Las imágenes que había visto del pasado de Asta volvieron a su cabeza como una bofetada y, pese a que todavía estaba intrigada de por qué había querido matar a aquella mujer, nunca había mencionada nada a nadie, ni siquiera a Erland cuando le preguntó al respecto. No deseaba que supiera que su madre era posiblemente una asesina y bastante se había enturbiado la relación entre madre e hijo a su causa como para tener que empeorar las cosas aún más.

Erland no durmió con ella la noche previa a su boda, probablemente porque estaba al tanto de que irían a buscarla de madrugada para efectuar los rituales pertinentes cara a la boda. Gothi, Sigrid, algunas de sus amigas e incluso la propia Asta la llevaron hasta los manantiales para bañarla y perfumarla. Sus amigas reían entusiasmadas por el enlace y bromeaban con ella sobre si estaba nerviosa por la noche de bodas, a lo cual Eyra tuvo que fingir cierta timidez, consciente de que acostarse con su futuro marido iba a ser la menor de sus preocupaciones para ese día. Gothi lavó su uñas, siempre manchadas de tierra, con mimo y delicadeza, mientras que Asta se preocupó de cepillar sus cabellos con esmero, cuidando de no tirar demasiado mientras le desenredaba los nudos de sus mechones. Dejaron su cabello suelto y, tras acabar con el ritual del baño, la llevaron hasta la casa del Jefe para vestirla allí por insistencia de Valka.

Eyra no pudo contener la emoción cuando vio el vestido rematado. Era una pieza sencilla, de un bellísimo azul que representaba a su nueva familia y estaba decorado con preciosos bordados que Valka, Sigrid y Asta habían bordado con suma dedicación. Valka las observó entusiasmada desde la cama mientras acariciaba su abultado vientre con mimo. Su tía le regaló unos colgantes con abalorios hechos de huesos de dragón que había pintado a mano y Asta le colocó la diadema de flores que el propio Erland había hecho a mano para ese día. Todas las mujeres le sonreían felices por ella, aunque Eyra se percató que Asta apenas había sonreído en lo que llevaban de mañana y, cuando vio su oportunidad, se acercó un segundo para hablar con ella en voz baja.

—Asta, yo… solo quería decirte que voy a esforzarme en ser una mujer digna para tu hijo. Sé que no soy plato de tu gusto, pero de verdad quiero que algún día me veas como una hija, intentaré por todos los medios ser una más en esta familia.

Asta la contempló en un silencio grave y Eyra sintió un escalofrío al percatarse que la frialdad de sus ojos solo había ido a más. Intentó decir algo que fuera a enmendar su aparente metedura de pata cuando Sigrid la cogió del brazo para arreglarle algo que había visto fuera de lugar en el vestido. Eyra sintió una fuerte náusea y cuando intentó volver a hablar con su suegra, ésta ya se había marchado.

No obstante, su ansiedad por Asta desapareció tan pronto partieron al Gran Salón. Thror Hofferson no había reparado en gastos a lo que se refería en la ceremonia y el banquete y no recordaba haber visto aquel lugar tan bonito desde la boda de Valka y Estoico. Fue complicado mantenerse entera durante toda la ceremonia. Erland estaba guapísimo, vestido con una capa corta de piel de lobo y una túnica de gala azul oscura que le quedaba como un guante. Tan pronto realizaron los sacrificios pertinentes para los dioses y les declararon marido y mujer, Erland se apoderó de su boca y, Eyra, tan o más competitiva que él, no titubeó en responder con el mismo entusiasmo, causando risas nerviosas por todo el Gran Salón. Seguido a ese momento, dio comienzo la fiesta.

Tanto Eyra como Erland bebieron demasiado, ¿para qué negarlo? Ella estaba pletórica y la hidromiel estaba tan deliciosa que entraba como el agua. Bailaron hasta que se vio obligada a descalzarse porque le estaban saliendo ampollas en los pies, aunque no se detuvieron. Erland la besó sin ningún tapujo, encantado de que por fin podía profesar su amor hacia ella sin temor a las consecuencias. Eyra consiguió bailar hasta con Finn, quien tras mucho insistirle le había convencido para que bailara al menos una pieza con ella y había logrado arrancarle una sonrisa cuando le dijo que era mejor bailarín que su hermano. Cuando llegó el momento de la marcha de Valka y Estoico, Erland y ella se despidieron un tanto apenados porque se marcharan tan pronto, aunque estaban contentos porque el embarazo estuviera avanzando tan bien. Fue en ese momento cuando Eyra vio a Asta a lo lejos hacerle una señal y se acercó un tanto mareada por el alcohol, hasta el punto que se vio obligada a sentarse.

—Menudo espectáculo que estás dando —le recriminó Asta sentándose a su lado—. Menuda vergüenza que me estás haciendo pasar con tu comportamiento.

Eyra sintió un nudo en su estómago, pero no se calló.

—Es el día de mi boda.

—¿Y por eso tienes que emborracharte y bailar con absolutamente todo el mundo? —cuestionó Asta con fastidio.

—Erland también ha hecho lo mismo…

—Erland es un hombre, tú debes mantener la compostura en todo momento —le advirtió su suegra furiosa—. ¿Crees que no me he dado cuenta que no estás limpia? Sé que llevas mucho tiempo acostándote con mi hijo y ni siquiera has tenido el recato suficiente para disimularlo.

Eyra palideció a la vez que sentía la bilis subir por su exófago.

—Si Erland se ha casado contigo es porque, por alguna razón, siempre se ha preocupado por ti, porque seguramente le daba miedo a que tu reputación quedara en jaque por tu descuido —siguió la bruja furiosa—. ¿Y encima tienes la osadía de decir que quieres ser como una hija para mí? Entérate bien, puede que Erland y Thror te acepten como una más en esta familia, pero no me he deslomado por sacar a esta familia adelante para que venga una völva niñata a destruir algo que me ha llevado tantísimos años construir, ¿lo entiendes? Así que más te vale sentar tu puta cabeza loca de una vez y ser un ejemplo de esposa. Lo único que puede compensar este desastre es que te quedes embarazada pronto. Esperemos de que al menos puedas darnos un heredero que...

Eyra no fue capaz de escuchar más. Ni siquiera pareció percatarse de que Asta se había marchado hasta que sintió la mano de Erland en su hombro. Su ceño estaba fruncido, sobre todo porque sus ojos debían verse vidriosos de la cantidad de lágrimas que estaba conteniendo, pero forzó su mejor sonrisa para darle entender que estaba bien. Erland le sugirió retirarse no mucho tiempo después y, entre las risas de los invitados que quedaban, se retiraron a su nueva casa. El propio Erland la había empezado a construir con la ayuda de su padre y otros constructores de la aldea al poco de anunciar su compromiso para tenerlo lista para esa noche.

La casa contaba con dos plantas, abajo se encontraba el hogar, un comedor y una amplia zona de estar, mientras que en la planta superior se hallaban dos cuartos, uno vacío y otro con una amplia cama que daba a entender que aquel era su dormitorio. Eyra se sintió un poco mareada a causa del exceso de alcohol, las crueles palabras de Asta que la azotaban desde el fondo de su cabeza y el cóctel de emociones que le embargaba por el hecho de que Erland había construido aquella casa pensando en formar una familia con ella. Se sentó en la cama y su marido se arrodilló ante ella para pedirle que le mirara.

—¿Qué te ha dicho mi madre? —preguntó él sin poder contener la ira en su voz.

—No… n… —balbuceó estúpidamente, sin poder contener más sus lágrimas—. Nada.

Erland la contempló impotente mientras ella se esforzaba por contener sus sollozos inútilmente. Se odiaba a sí misma por cargarse un día tan especial como aquel solo porque no era capaz de contener sus emociones. Su marido cogió de su barbilla y se miraron durante un largo rato hasta que Erland dijo:

—Eres tú la que marca las reglas en esta casa, Eyra, no ella. Lo entiendes, ¿verdad? Te quiero y tú me quieres, todo lo demás carece de importancia.

—Pero…

—Sé con quién me he casado —le interrumpió él con suavidad—. No te cambiaría por nadie. Jamás podrás hacer nada que haga que me arrepienta de casarme contigo, ¿vale?

Eyra sintió su pecho mucho más ligero cuando la besó. Después la hizo suya varias veces hasta que ambos cayeron rendidos, presos del cansancio, la resaca y el amor desatado que sentían el uno por la otra. Erland era mucho más grande que ella, por lo que se sintió protegida entre sus fornidos brazos y se dejó llevar por el sueño con la idea que era, indudablemente, la mujer más afortunada del mundo.

Su luna de miel fue… ¿cómo decirlo? ¿fantástica? ¿maravillosa? ¿espléndida? ¡Todos los sinónimos habidos y por haber! Resultaba un alivio poder expresar su amor y su pasión sin miedo a que les pillaran o les dijeran algo. Es más, jamás se cansaría de esas mañanas en las que se quedaban hasta tarde en la cama, envueltos entre pieles y abrazados desnudos mientras hablaban de sus planes de futuro.

Erland quería hijos. Cuantos más, mejor. Había vivido toda su vida con la idea de que el apellido de los Hofferson debía perdurar costase lo que costase y, a la vista de que su hermano no mostraba el menor interés por casarse, deseaba contentar a su familia teniendo muchos hijos. Además, a diferencia de ella, a Erland se le daban muy bien los niños, probablemente porque era infinitamente más paciente que ella y estaba acostumbrado a tratar con ellos debido a los entrenamientos de dragones. En el caso de Eyra, sin embargo, sólo trataba con ellos cuando estaban enfermos, por lo que veía lógico que la tuvieran más manía, sobre todo cuando tenía que obligarlos a tomar las medicinas que tan mal sabían. No obstante, Erland no la presionó mucho con aquel asunto, consciente de que ella aún no estaba preparada para tenerlos, aunque era inevitable apreciar cierta sombra en sus ojos cada vez que le veía tomar el té de luna por las mañanas.

La luna de miel acabó pasado un mes de su boda y la pareja volvió a su rutina de siempre, con la diferencia de que ahora podían finalizar oficialmente sus días juntos y contaban con un espacio solo para ellos. Al principio, cenaban tres veces por semana en casa de los Hofferson. Eyra mantenía una relación estrecha y agradable con Thror, quien mostraba un sincero interés por su trabajo y se reía con sus anécdotas más variopintas. Finn era el más silencioso, aunque resultaba un alivio que su trato no fuera tan desagradable como cuando era más joven y ambos procuraban ser siempre cordiales. Asta, sin embargo, mantenía una guerra abierta contra ella. Se horrorizó cuando descubrió que el que cocinaba en casa era Erland y no ella; desaprobaba que Eyra trabajara tantas horas con su tía en lugar de atender sus deberes como esposa y no paraba de cuestionar las razones por la que no terminaba de quedarse embarazada, sin saber que estaban tomando precauciones a propósito. Eyra se sentía terriblemente cohibida por la crudeza en el trato de Asta, sobre todo cuando le increpaba cosas delante del resto de los Hofferson, pero Erland no se contenía en achacar aquella actitud a su madre.

Eyra comprendió que la relación de Erland con sus padres no era tan bucólica como daban a entender al resto de la aldea. A pesar de que la relación con su padre era buena, Thror presionaba a su hijo mayor a ser mejor, a que tomara más responsabilidades si cabía y le repetía una y otra vez sobre la importancia de mantener el honor de los Hofferson intacto. Respecto a su madre, no dudaba de que se querían, pero había una extraña tensión entre madre e hijo que no acababa de resolverse, generando incómodos silencios o comentarios cortantes entre ellos que resultaban la mar de desagradables. Eyra temía que aquella situación se hubiera dado por ella, pero le daba demasiado miedo preguntar a Erland al respecto. Además, con el paso de las semanas, descubrió que Asta usaba su magia para simular su edad real cuando, en realidad, aparentaba tener la misma edad que sus hijos, lo cual resultaba sumamente chocante.

—¿No te resulta extraño que tu madre se vea como una chica de tu edad? —preguntó ella una noche.

Erland soltó un largo suspiro.

—Mi madre es lo que es, supongo que era una cosa a la que estaba hecho a la idea desde muy pequeño —argumentó su marido con amargura—. Me gustaría comprenderla mejor, pero supongo que no soy lo bastante sensible con su naturaleza para conseguirlo. Finn siempre se ha llevado mucho mejor con ella que yo.

—Supongo que Finn pensara lo mismo de tu relación con tu padre. Se le nota que está celoso.

Erland frunció los labios.

—Finn no es consciente de lo agobiante que resulta ser el primogénito. Se amarga por ser el segundón, pero yo estaría encantado de cederle a él todas las responsabilidades de ser el primero —se defendió—. Si mi padre se lleva mejor conmigo es porque yo no me porto como un gilipollas como suele hacer él.

A Eyra le entristecía que los gemelos Hofferson se llevaran tan mal. No había conocido nunca a una pareja de gemelos que se parecieran tanto físicamente y tuvieran una relación tan complicada. Es más, harto de que lo confundieran con su hermano, Finn se había preocupado de dejarse una barba más larga y descuidada que Erland y se había rapado el cabello a cero. Sus personalidades eran tan opuestas que era imposible que no chocaran y, por mucho que Thror y Asta habían intentado poner paz entre los gemelos, había resultado imposible crear un entendimiento entre ellos, sobre todo porque sufrían celos el uno del otro. Finn odiaba vivir a la sombra de su hermano y que su padre tuviera cierto favoritismo por Erland antes que por él; mientras que Erland, quizás más discreto en sus sentimientos, sufría por ver cómo Finn se entendía mejor con su madre y comprendía la magia mucho mejor que él. Eyra, por su parte, a pesar de encontrar a Finn insoportable y muy desagradable, procuraba poner paz entre ambos hermanos y se esforzaba por ganarse la simpatía de su cuñado, aunque éste ya le había advertido en más de una ocasión que ellos dos jamás serían amigos.

—¿Por qué tienes que ser tan capullo siempre? —le recriminó Eyra.

Finn hizo una mueca.

—No me gustas —respondió mordaz.

—Bueno, tú tampoco creas que eres mi persona favorita en el mundo, pero al menos me esfuerzo por llevarme bien contigo —se defendió ella indignada.

—¿Te gusta acaso ser una hipócrita? —se burló Finn.

Eyra estrechó los ojos, ofendida por sus palabras.

—Una cosa es ser hipócrita y otra muy distinta es ser cordial, Finn, pero me imagino que ni siquiera conoces la definición de esa palabra.

Su cuñado lanzó un gruñido como respuesta, aunque Eyra dejó pronto de preocuparse por Finn Hofferson dado que sucedió el evento que cambiaría su vida por siempre. La tarde del veintiocho de febrero, Erland tenía una reunión con el Consejo de Mema y Eyra había acabado su jornada más pronto de lo normal. Pensó en ir a casa de Valka para hacerla compañía, pero aquella tarde le correspondía el turno a la esposa de Patón Jorgenson, Gyda, y ella tenía mal cuerpo desde que se había levantado, por lo que decidió quedarse en casa. Hacía tiempo que se había animado a hacer un herbario para distraerse y para que sirviera a modo de consulta para futuras galenas de la aldea, pero fue incapaz de concentrarse. Había puesto el fuego y se había puesto dos pieles encima y, aún así, no había conseguido paliar los escalofríos que sacudían su cuerpo.

Algo malo iba a pasar.

Algo muy malo.

Fue cuestión de tiempo hasta que alguien llamó ansiosamente a su puerta. Cuando la abrió se encontró con una angustiadísima Gothi que reclamaba su ayuda para asistir al repentino parto de Valka. Eyra salió disparada de su casa con su tía y se encontró con Estoico y Erland a mitad de camino. La joven intentó detener a Estoico para que no entrara en la casa, pero el Jefe estaba demasiado preocupado por su mujer y su hijo como para atender a razones. Por suerte, Asta, quien había llegado allí antes que nadie, demostró tener la suficiente autoridad como para convencer a Estoico que sacara de allí a un atacadísimo Carapota, que no paraba de gritar y gemir como un niño. Gothi se puso a dar instrucciones y Eyra preparó todo lo necesario: hirvió agua, buscó sábanas limpias y preparó una infusión para aplacar los dolores de su amiga. Valka gritaba tanto que parecía que se estaba partiendo en dos y no paraba de repetir que era demasiado pronto para dar a luz. Sin embargo, si no conseguían sacar al niño, Valka acabaría muriendo con él.

Fue un parto lento, horrorosamente lento. Valka le apretó tanto la mano que Eyra terminó por no sentir sus dedos, pero hizo todo lo que estuvo en su poder con tal de que su amiga no perdiera la consciencia, sobre todo porque estaba perdiendo mucha sangre. Hipo Horrendous Haddock III nació en la madrugada de un veintinueve de febrero. No lloró cuando salió por fin de su madre, ya que respirar era de por sí una agonía para él. La pobre criatura era tan pequeñita que se perdía entre las mantas en las que le habían envuelto y su pecho subía y bajaba de forma irregular, sufriendo por cada bocanada de aire que tomaba.

El niño iba a morir, no cabía duda.

Eyra jamás se había visto tan impotente. Ni su tía ni Asta, siendo grandes en sus poderes, podían salvar la vida de Hipo y ella, contando con un don que ahora estaba lejos de ser útil, solo podía reducirse a rezar para que el bebé muriera lo antes posible para no tener que sufrir más. Valka estaba tan enfadada y dolida por el sufrimiento de su hijo que apenas atendía a razones. La noche siguiente al nacimiento de Hipo, Eyra no pudo dormir. Erland se había quedado hasta tarde en una reunión del Consejo y ella hacía rato que había decidido que no tenía sentido dar más vueltas en la cama. Valka había querido estar sola durante las últimas horas de vida de su hijo, por lo que Eyra no podía hacer otra cosa más que esperar, cosa que no se le daba especialmente bien. Por esa razón, decidió vestirse y ocupar su tiempo buscando plantas que su tía le había pedido. Había algo mágico en caminar por el bosque de noche, el silencio era distinto, más pronunciado, más solemne e incluso agradable. A Eyra le gustaban aquellas salidas nocturnas pese a las reticencias de Erland a que saliera sola al bosque a altas horas de la madrugada, pero su marido era consciente de que aquella no era una batalla que pudiera ganar. Dejó que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad y se guió por sus otros sentidos. Conocía el tacto y el olor de todas las plantas y flores que crecían en el bosque y a veces le resultaba incluso más fácil diferenciarlos en la oscuridad que a plena luz del día. Eyra tenía talento para aquello y, por esa razón, Gothi siempre le encargaba aquellas tareas, porque no había flor o planta que pudiera esconderse de ella.

Estuvo un buen rato entretenida con su labor hasta que, de repente, le pareció escuchar a alguien en el camino que llevaba a las playas del norte. Eyra se asomó casi convencida de que Erland había acudido a buscarla cuando, para su enorme sorpresa, se encontró con Valka.

—¿Qué haces aquí? —preguntó la bruja a la defensiva.

Llevaba algo entre sus brazos y supo enseguida que se trataba de Hipo. Valka lucía muy alterada y, a pesar de la oscuridad, se podían apreciar las ojeras pronunciadas que había bajo sus ojos. No comprendía qué hacía Valka allí sola tan lejos de la aldea y en mitad de la noche, cargada con un bebé tan enfermo.

—Erland está reunido y no podía dormir —explicó ella sin poder ocultar la confusión en su voz—. He aprovechado para recoger unas plantas para mi tía, pero tú… ¿Qué haces a estas horas aquí con Hipo? ¿No…?

—Tengo que irme —musitó Valka abrazando a Hipo contra su pecho, decidida a retomar su camino.

—¡Val, espera! ¿Adónde vas? —preguntó Eyra preocupada, siguiendo sus mismos pasos—. Es muy tarde, el bosque puede esconder dragones hibernando y claramente no estás bien… ¡Valhallarama!

Había metido la pata llamándola por su nombre completo. Lo había sabido desde la primera vez que la había tocado, pero su poder le había advertido que a Valka no le gustaba ese nombre y que solo su padre la había llamado así. La bruja se volteó sorprendida cuando escuchó aquel nombre y Eyra no supo dónde meterse ante su metedura de pata.

—Yo… solo… dime si sabes lo que haces y si volverás.

Valka no era capaz de entrar en su propio asombro.

—Eyra…

—Solo prométemelo, Val —insistió la muchacha.

—Yo… prometo intentarlo, pero Eyra… ¿cómo…?

Eyra negó con la cabeza. No había tiempo para darle explicaciones sobre su poder y era consciente de que Valka tampoco contaba con el tiempo para contarle a dónde iba.

—Eso no importa ahora —insistió Eyra y titubeó un segundo—. Val, dame la mano.

—¿Qué…? Eyra, no tengo tiempo, tengo que…

Sin embargo, Eyra ignoró sus quejas. No pensaba dejar marchar a Valka sin saber antes adónde iba. Las imágenes aparecieron rápidas ante sus ojos, comprendiendo que algo llamaba a Valka y ésta, movida probablemente por su instinto mágico, estaba acudiendo a su llamada, probablemente convencida de que aquello salvaría la vida de su hijo. Movida por un impulso casi inhumano, Eyra cogió tierra del suelo y frotó la mano de Valka con ella mientras pronunciaba muy bajo un rezo a Odín. Cuando terminó, Valka se apartó con cierta violencia, pero enseguida contempló pasmada el símbolo del Vegvísir en su mano. Aquel era uno de los primeros rezos que había aprendido con Gothi, un hechizo de protección básico, pero eficiente, que protegería a Valka y a Hipo en el camino. Cuando la bruja alzó la mirada, Eyra sintió morirse de la vergüenza.

—Eyra, ¿acaso tú eres…?

—No soy muy buena —le interrumpió ella azorada—. Mi tía insiste en que practique, pero queda claro que no soy muy válida para llevar la vida de völva. Aún así, el Vegvísir te guiará por el camino correcto, Val —Valka abrió mucho los ojos—. Puede que seamos de razas que han estado enemistadas desde hace eones, pero no quiero que las antiguas tradiciones me digan lo que tengo que hacer. Yo también quiero que Hipo se salve, por lo que solo te pido que tengas mucho cuidado. El Vegvísir solo te protegerá durante el camino, pero cuando llegues a tu destino estarás sola. Lo único que espero es que, pase lo que pase, tomes la decisión correcta, Val.

Eyra se acercó para darle un suave beso en la cabeza a Hipo, quien dormía jadeante contra el pecho de su madre. Miró a Valka una última vez antes de coger su cesta y volver a la aldea. Su corazón latía muy rápido contra su pecho, insegura de si estaba tomando la decisión correcta por dejar a Valka marchar, pero sabía que era algo que la bruja debía hacer sola y que su intervención solo complicaría las cosas. Además, aquello tenía pinta de ser cosa de los dioses y Eyra, aún sin ser la más devota, era lo bastante prudente como para mantenerse alejada ante cualquier acción que ellos tomaran.

Eyra procuró lavarse bien, escondió su cesto con las plantas en un armario y dejó toda su ropa sucia en el fondo del cesto de la colada antes de meterse en la cama. Había decidido actuar como si no se hubiera encontrado con Valka y prefería que Erland no supiera nada al respecto, solo por si acaso. Su marido llegó con las primeras luces del amanecer y Eyra fingió estar dormida cuando él se metió en la cama y se abrazó a su cuerpo. Se quedó dormido en cuestión de minutos y Eyra intentó hacer lo mismo, aunque fue incapaz. Llevaba dos noches sin apenas dormir y estaba segura de que aquello iba a llevarla a su límite. Sin embargo, su marido poco pudo dormir, sobre todo porque alguien aporreó su puerta al cabo de media hora. Abrieron a Estoico, quien preguntó muy alterado si Valka o Hipo estaban allí. Ante su negativa, al Jefe le entró un ataque de pánico.

Resultaba doloroso ver cómo Estoico sufría tanto por la repentina desaparición de su esposa y su hijo recién nacido. Ya había sido duro que el niño hubiera nacido tan enfermo y al borde de la muerte, pero que ahora hubieran desaparecido de la nada. Aquel horrible suceso había despertado una enorme inquietud en la población de Isla Mema. Se habían lanzado muchas teorías de lo que podía haber pasado con Hipo y con Valka y Erland tuvo que emplear toda su paciencia y esfuerzo en convencer a Estoico que declarar la guerra a las tribus sin tener una sola prueba de que hubieran secuestrado a su esposa e hijo era una idea terrible y suicida. Curiosamente, no se barajó la opción de que Valka se hubiera marchado voluntariamente y eso, en parte, la tranquilizaba. No obstante, para su mala suerte, su marido había detectado su calma como una señal de que ella sabía perfectamente donde estaba. La había interrogado con su hermano y había vuelto a hacerlo durante la primera noche tras la desaparición de Valka e Hipo.

—Te juro que no sé dónde está —le prometió ella—, pero sé que volverá.

—Eyra, tengo que pelearme con Estoico cada segundo para que no lleve a la tribu a la guerra —le advirtió Erland con impaciencia—. Lo mínimo que tienes que hacer es decirnos donde está, ¿o acaso quieres que te señalen por traición?

—¿Por qué? ¿Por no saber dónde está Valka? —replicó ella con sarcasmo.

—¡Eyra! —rugió Erland furioso.

—¡Que no sé dónde está, joder! —chilló la joven con la misma rabia—. ¡Sólo sé que volverá, nada más!

—¡¿Cómo demonios sabes que va a volver si no sabes dónde está?! ¡Esto es serio, Eyra, no una de tus putas fantasías!

Se hizo un silencio grave entre ellos y era obvio que Erland se había arrepentido al instante de lo que acababa de decir, pero Eyra estaba demasiado enfadada con él como para atender a razones. Ese mismo día se fue a casa de su tía y estaba tan enfadada y agotada que durmió de tirón esa noche y parte del día siguiente. Gothi no la abordó a preguntas sobre qué había pasado con Erland, aunque sí le preguntó si sabía algo de Valka. Le contó su encuentro con ella y su tía frunció los labios.

—Tenías que haber ido con ella —le dijo sin evitar cierto reproche en su voz.

—La llamaban a ella, no a mí.

—No sabemos quién la llamó —insistió Gothi—. No todos los dioses son buenos, Eyra, lo sabes de sobra.

—Le he dado el Vegvísir —confesó ella y Gothi alzó las cejas sorprendida—. ¿Qué querías que hiciera? Valka iba a marcharse sí o sí, lo mínimo que pude hacer era protegerla.

—Da gracias que Valka sea una bruja atípica y que no esté al tanto de las idas y venidas entre nuestras especies, pero procura que Asta no se entere, porque ya sabes cómo es —le advirtió Gothi con cautela—. Por cierto, Erland ha venido esta mañana.

Eyra puso los ojos en blanco y su tía le lanzó una mirada de circunstancias.

—Procura no quedarte mucho tiempo aquí —le aconsejó Gothi—. No pienso acogerte siempre que discutais, porque ya es lo que me faltaba. Además, la gente habla y no querrás problemas con los Hofferson solo por una pequeña riña que habéis tenido.

—No ha sido una simple bronca, nosotros…

—¿Acaso te ha levantado la mano? —le cortó su tía.

Eyra se quedó pasmada por su pregunta.

—¿De qué coño estás hablando? ¡Por supuesto que no! ¿Se te ha ido la cabeza? ¡Ambas sabemos que Erland es la mejor persona de esta isla!

—A veces, las mejores personas no son lo que parecen, Eyra —le recordó Gothi.

—Tía, Erland jamás haría a propósito nada que pudiera hacerme daño —insistió Eyra con angustia.

—Entonces, si no te ha hecho daño queriendo quizás deberías plantearte si el torturarle como estás haciendo merece la pena o no, porque ambas estamos de acuerdo que Erland Hofferson no merece este vacío que le estás haciendo, más cuando claramente se arrepiente de lo que sea que te haya dicho.

Odiaba que su tía tuviera razón. Erland se presentó de nuevo en casa de Gothi aquella misma tardey ambos terminaron disculpándose de sus terribles actitudes. Su marido estaba muy agobiado con la desaparición de Valka y aquel estrés y las aparentes pocas ganas de Eyra por colaborar le había impulsado a tomarlo con ella, mientras que la joven völva había optado por escarmentarlo en el peor de los momentos. Por suerte, Valka apareció un par de días después y, para el asombro de todos, su hijo estaba sano como una manzana. Eyra se acercó a verles a última hora de la tarde del día de su aparición, cuando se convenció de que Valka debería estar mucho más tranquila tras un día repleto de visitas, aunque se la encontró muy alterada.

No le sorprendió cuando le contó su encontronazo con Asta, pero no quitaba que le horrorizara que su suegra hubiera intentado hacerle algo al bebé por una razón con la que su amiga no quiso entrar. Valka tampoco le dio detalles de adónde había ido o con quién había estado, pero fuera lo que fuera lo que había pasado, había sido razón suficiente para que Asta no quisiera mantener más contacto ni con Valka ni con el niño. Sin embargo, cuando cogió al bebé en brazos sabía que aquel no era más que un niño normal, más pequeño de lo habitual eso sí, pero su respiración era normal y su piel estaba tintada de un sanísimo tono rosado que daban ganas de comerle los mofletes de lo monísimo que era.

—¿No notas nada raro en él? —preguntó Valka dubitativa.

Eyra alzó la cabeza hacia su amiga con el ceño fruncido.

—¿Debería?

Valka se mordió el labio, pero negó con la cabeza. Eyra no quiso presionarla, sobre todo porque se veía muy cansada e inquieta. Se sintió tentada a extender su mano para tocar su brazo desnudo y así explorar en sus recuerdos para ver qué había pasado, pero decidió que aquel no era el momento ni el lugar de investigar algo que no era de su incumbencia, más teniendo en cuenta que Valka sabía ahora su secreto. Sin embargo, la bruja sí dijo algo antes de que ella se retirara.

—Los dioses han querido que mi hijo viva, te agradezco de corazón que no le dijeras a nadie que me viste aquella noche y también por esto.

Valka le mostró su mano con el símbolo del Vegvísir aún marcado en su palma. Eyra sonrió azorada.

—Creo en tu criterio, Val. No sé qué ha pasado pero… estoy segura de que cualquier madre habría hecho lo mismo estando en tu lugar —argumentó Eyra cogiéndole la manita a Hipo.

—Sí… supongo —respondió con aire ausente.

La confrontación de Asta y Valka no tardó en percibirse en casa de los Hofferson. Aquella misma semana, durante la cena que acostumbraban a hacer con sus suegros y con Finn en el día de Freyja, Asta se puso a espetar sobre lo horrible que era Valka Haddock y lo mal hijo que sería Hipo en el futuro. Ni Thror ni los gemelos dijeron palabra, probablemente porque no deseaban provocar la ira de la matriarca, pero Eyra no pudo contener su rabia.

—¡Por el amor de Thor, Asta! ¡No es más que un bebé! —gritó furiosa—. ¡Deja a los Haddock en paz!

—¡No entiendes una mierda! —rugió Asta—, ¡No sabes lo que esa mujer ha hecho!

—¡Sé perfectamente lo que ha hecho! —mintió Eyra— ¡Y, sabiendo que eso ha salvado la vida de Hipo, me parece estupendo!

No esperaba que Asta fuera a propinarle una bofetada, pero aquello fue más que suficiente para hacer reaccionar primero a Erland y, por supuesto, a Thror también. Finn no se movió de su sitio, aunque estaba muy tenso por la conversación. De igual manera, si Asta espera que Eyra fuera a sentirse intimidada por un simple bofetón estaba muy equivocada. No la conocía en absoluto. Erland quiso intervenir entre ellas, pero Eyra no le dejó.

—¡Todos vivimos sometidos a tu puto credo y a tus jodidas normas! —chilló ella—. ¡Estoy harta!

—¡Y tú estás loca si piensas que voy a permitirte que hagas lo que te venga en gana! ¡Entraste en esta familia sabiendo muy bien donde te metías!

Erland la empujó hacia atrás, diciéndole algo a su madre que ella no escuchó. Lo más seguro era que temiera que Asta la estuviera provocando para que intentara agredirla, quizás porque era eso lo que se esperaba de ella: que se enfadara y tuviera sus conocidos arrebatos de ira que acaban siempre en violencia. Aquella sería una buena excusa para regodearse de la mala elección de esposa de su hijo. Sin embargo, Eyra Hofferson tenía muy claro que no iba a dejar que aquella mujer controlara ni su vida ni la de su marido por más tiempo y simplemente dijo:

—Espera y verás.

Ni Eyra ni Erland volvieron a cenar en casa de los Hofferson hasta pasados unos meses. Eyra porque quería el mínimo contacto con su suegra y Erland, furioso porque su madre había sobrepasado un límite invisible al abofetear a su esposa, apenas se dirigía la palabra con su progenitora. Cuando estaban solos actuaban como si nada hubiera pasado, prefiriendo centrarse en su propio matrimonio y en sus amistades. Eyra y Erland visitaban mucho a los Haddock, cenando varias veces por semana en sus respectivas casas, e Hipo parecía haberle cogido un especial cariño a Eyra, quizás porque ella no paraba de hacerle carantoñas y darle besos, ganándoselo con suma facilidad. Para su disgusto, aquellas visitas alimentaban las ganas de Erland a ser padre y volvió a expresarle en más de una ocasión su deseo de tener un bebé juntos. Eyra, en una tentativa de no querer darle un no rotundo, intentó ganar tiempo prometiéndole que pasado el primer año de casados, dejaría de tomar el té de luna.

Por supuesto, Eyra siempre olvidaba que el destino siempre guardaba una sorpresa que le daba de bruces en la cara.

Tal vez debía haber hecho caso a su propio instinto cuando Valka le preguntó si se haría cargo de Hipo si a ella le pasaba algo. Eyra había ignorado sus malos presentimientos, convencida de que si los ignoraba tal vez no se cumplieran; pero, una vez más, su intuición no erraba. Valka desapareció con la llegada de la primavera y el retorno de los violentos ataques de los dragones. Eyra no fue testigo de lo que pasó aquella terrible noche, pero todas las versiones que escuchó iban de mal en peor. Estoico estaba desolado y desesperado en creer que su esposa debía seguir viva en el nido y, a la mañana siguiente de la tragedia, ya estaba organizando partidas para encontrar al Cortatormentas que había arrancado a Valka de su aldea y de su familia. Eyra lo meditó mucho antes de acudir a casa del Jefe en el día previo a su partida, en la cual Erland y Thror también partirían con él a buscar a Valka. Estoico la recibió con poco interés, más centrado en ultimar los detalles de su viaje que en otra cosa, y Eyra observó de reojo que Hipo no quitaba ojo a su padre a la vez que metía a su boca el peluche de un dragón que seguramente le había cosido su madre.

—¿Quién va a encargarse de Hipo mientras estás fuera? —preguntó ella con prudencia.

Estoico levantó la mirada un segundo hacia su hijo antes de centrar su atención de nuevo en los mapas que iba a llevarse con él.

—Le diré a la mujer de Patón que se encargue de él.

—Gyda Jorgenson está a un mes de dar a luz —le advirtió Eyra con prudencia—. No sé si podrá hacerse cargo de él.

—Bueno, pues le diré a Sigrid Throston, que sé que tiene experiencia con niños por sus hermanos.

Sigrid se había casado con Suffnut Thorston poco después de su enlace con Erland en una modesta ceremonia con pocos invitados por falta de presupuesto. Su amiga se había quedado embarazada durante la luna de miel e iban tener gemelos en agosto, por lo que estando ya de cinco meses se la veía enorme y tenía que mantener reposo constante debido a los dolores lumbares que sufría a causa del embarazo. Además, no paraba de quejarse de que sus hijos apenas la dejaban dormir debido a que se alteraban por la noche y acostumbraban a darle patadas tan pronto se tumbaba en la cama. Esto mismo se lo contó a Estoico y el Jefe se llevó las manos a la cara agotado y frustrado.

—Puedo encargarme yo de él —se ofreció Eyra procurando mostrar su mejor sonrisa.

Estoico la contempló confundido.

—¿Por qué querrías hacerte cargo de él?

—Es el heredero de la tribu y Valka era mi amiga —argumentó ella nerviosa—. Lo mínimo que puedo hacer por ella es ayudaros a los dos.

—Pero, que yo sepa, no tienes experiencia cuidando niños —replicó Estoico con recelo—. Y no te veo con mucho interés de tenerlos.

Aquel había sonado más un reproche de Erland que del propio Estoico, pero Eyra estaba decidida a seguir insistiendo.

—Sabes que si el niño enferma yo sabré mejor que nadie qué hacer y siempre tendré a mi tía para que me ayude —dijo Eyra procurando mantenerse calmada—. No me es molestia cuidarlo, nos haremos compañía mientras estáis fuera.

Estoico seguía sin parecer del todo convencido y la despachó asegurándole que se lo pensaría y le diría algo al día siguiente por la mañana antes de partir. Eyra se fue a casa frustrada y decepcionada consigo misma. Podía haberle dicho a Estoico que la última voluntad de Valka había sido precisamente que ella se hiciera cargo del niño cuando él no pudiera, pero sabía que ese comentario hubiera sido inoportuno y Estoico pensaría que lo estaba usando como chantaje emocional más que otra cosa. Debía de tener paciencia, aunque esa no fuera su mejor virtud.

A la mañana siguiente se levantó temprano para ayudar a Erland a terminar su equipaje y le ayudó a vestirse. Eyra conocía la historia de cada cicatriz que cubría su piel, principalmente porque la mayor parte las había curado y cosido ella misma. Acostumbraba a acariciar sus cicatrices cada vez que le ayudaba a vestirse o cuando hacían el amor y aquella mañana no fue distinta a las demás ocasiones. Las partidas a la búsqueda del nido siempre se le hacían duras, más desde que se habían casado. Eyra confiaba ciegamente en la fortaleza de Erland y sabía que era un guerrero hábil y tan diestro como su padre, pero cada vez que le veía partir con otros hombres y mujeres en aquellos barcos, tenía que soportar un peso terrible en su pecho que no terminaba de desaparecer hasta que regresaba. Fueron juntos al puerto agarrados de la mano y, cuando estaban a punto de bajar las sinuosas escaleras del acantilado, Estoico apareció cargado con una bolsa a su hombro y con un pequeño bultito envuelto en mantas en su brazo. El Jefe no tenía aspecto de haber dormido en toda la noche y Eyra se preguntó si realmente había dormido desde la desaparición de Valka. Se acercó a ella y carraspeó antes de preguntar con voz cansada:

—¿Sigue tu oferta en pie?

Erland frunció el ceño confuso y la miró buscando una respuesta, pero Eyra sencillamente extendió sus brazos y dejó que Estoico posara a Hipo sobre ellos.

—¿Te arreglarás sola con él? —le preguntó nervioso.

—Sin ningún problema —respondió ella.

—Esta tarde llevarán la cuna a tu casa, si necesitas que…

—Estoico —le interrumpió Eyra con suavidad—. Está todo bajo control, vete tranquilo.

El Jefe asintió y se inclinó para besar a su hijo en la cabeza antes de bajar las escaleras. Eyra sintió los vibrantes ojos de su marido puestos en ella y sintió su corazón latir fuerte contra su pecho, temerosa de que desaprobara lo que acaba de hacer.

—¿Por qué no me lo habías dicho? —preguntó él, Eyra no percibió enfado en su voz, pero una nunca sabía.

—No sabía que iba a decir que sí, ayer no parecía muy convencido —respondió azorada—. Solo quería ayudar.

Erland se acercó y contempló a Hipo dormir en silencio. Temió que Erland estuviera enfadado con ella por haber tomado la iniciativa de cuidar un bebé cuando ella no había mostrado la menor gana de tenerlos, eso por no mencionar del enfado que provocaría en Asta cuando se enterara de que ella estaba a cargo de Hipo, pero su marido simplemente la besó y le regaló una sonrisa radiante que le quitó la respiración.

—Eres increíble, Andersen.

Parecía mentira que a aquellas alturas de su relación, Eyra todavía se ruborizara cuando le decía cosas como esa, pero se sentía aliviada de que Erland apoyara su decisión. Se despidieron en el puerto que estaba abarrotado de gente y Eyra tenía intención de quedarse hasta que el barco desapareciera en el horizonte, como siempre acostumbraba a hacer cuando Erland marchaba a una misión, cuando Hipo se puso a gimotear en sus brazos. Ella le acunó para calmarlo, pero eso la animó a echarse a llorar a lágrima viva. Nerviosa e insegura de qué hacer, Eyra volvió a su casa, ignorando las miradas inquisitivas de sus conciudadanos y estrujándose el cerebro para saber la razón por la que Hipo estaba llorando de aquella manera.

Una hora después, Eyra no había conseguido consolarlo y ella también se encontraba al borde de las lágrimas. Había intentado darle de comer, le había cambiado el pañal dos veces y se había paseado por toda la casa para acunarlo y calmarlo, pero no había forma de que parara de llorar. Pensó que ya nada podía ir a peor cuando llamaron a la puerta y se encontró de bruces con Asta. La bruja abrió los ojos de par en par cuando la vio sostener al inconsolable bebé en sus brazos y entró con brusquedad en su casa para cerrar la puerta de un portazo tras ella.

—No quería creérmelo cuando me lo han dicho, ¿se puede saber qué coño haces cuidando a ese niño? —espetó su suegra furiosa.

Eyra se había estado preparando mentalmente para aquella confrontación, pero los nervios que le habían generado los lamentos del bebé le estaban jugando una mala pasada y no se vio capaz de responder con la entereza que le hubiera gustado.

—Valka me pidió que lo cuidara si le pasara algo —se defendió ella, reprochándose a sí misma el temblor en su voz—. Estoico no podía cuidarlo solo y…

—¿De verdad eres tan tonta como pareces, Eyra? —le cortó Asta rabiosa—. ¡Mira esta casa, por Freyja! ¡Es un auténtico desorden y caos! ¡Casi no se puede andar sin que pise un papel suelto del suelo!

—Es que mi herbario…

—¿Y de verdad te crees que puedes cuidar de un bebé? ¿Tú? —escupió Asta—. No sabes cuidar ni de ti misma, ¿realmente crees que sabrás hacerlo de esta abominación?

Hipo se puso a llorar más fuerte si cabía y Eyra sentía que le estaba costando respirar. Deseó con todas sus fuerzas apagar los gritos de Asta y los lloros de Hipo. Dejarlo todo y esconderse bajo las pieles de su cama para aislarse de todo aquello. Le gustaría ponerse a llorar como Hipo, que Asta… que Asta no la mirara como la estaba mirando, con tanto desprecio y rencor.

—¿Por qué me odias tanto? —preguntó Eyra en un hilo de voz, sin poder contener las lágrimas por más tiempo—. ¿Por qué no puedes ser amable conmigo por una vez?

Aquella pregunta y su propia reacción pillaron a Asta desprevenida, hasta el punto que su expresión cambió. Eyra cedió al temblor de sus piernas y se dejó caer suavemente sobre sus rodillas mientras lloraba con Hipo en silencio. Sintió los ojos de la bruja puestos en ella y Eyra deseó con todas sus fuerzas que se marchara.

—Eyra, no… yo… —balbuceó Asta extrañamente alterada—. Iré a buscar a tu tía para que te ayude con el niño.

La muchacha no dijo nada cuando su suegra salió de la casa, pero se alegró de quedarse sola a pesar de que Hipo seguía berreando como si no hubiera un mañana. Gothi apareció no mucho tiempo después y, por suerte, tenía más idea que ella de qué se debía hacer. Al cabo de dos horas, habían conseguido que Hipo comiera y se había dormido tan pronto les habían traído su cuna de la casa de Estoico. Eyra y Gothi se tiraron rendidas en la cama, aliviadas de que el niño se hubiera dormido por fin, aunque la muchacha seguía con el desagradable nudo en su garganta y no pudo evitar echarse a llorar en bajito.

—¡Ay, Eyra! Si es que te metes en unos fregados tú sola…

—¿Qué querías que hiciera? —se lamentó ella—. Valka quería que me encargara de él si le pasaba algo ¡No podía ignorar su petición ahora que ella no está!

—Pero si es que tú no tienes ni idea de bebés, Eyra…

—Bueno, pues algún día me tenía que tocar, ¿no? —replicó ella molesta—. ¿Acaso vas a reprenderme como Asta? Porque ella bien que se ha preocupado de llamarme de todo.

Gothi la observó preocupada.

—Vino muy alterada a buscarme, creo que ella misma se ha dado cuenta que se ha excedido contigo —argumentó su tía—. Lo único que quiero que te des cuenta es que un bebé no es fácil de cuidar y vas a necesitar mucha paciencia, ¿vale? Yo te puedo ayudar con lo básico, pero también tenemos que seguir con nuestros trabajos. Lo entiendes, ¿verdad?

—Sí, por supuesto —dijo ella—. Lo tengo claro desde el instante que decidí cuidarlo, así que no te preocupes, lo tendré todo bajo control.

No fue fácil tener todo bajo control. La primera semana que tuvo a Hipo a su cargo, apenas pudo dormir. Hipo la despertaba en mitad de la noche llorando a lágrima viva y Eyra intentaba consolarlo de todas las maneras posibles. A veces, ella lloraba con él de la más pura impotencia, convenciéndose cada vez más de que si llegaba el horrible día en el que ella le tocara hacer lo mismo con sus propios hijos, se acabaría tirando por un precipicio o algo peor. Sin embargo, la segunda semana fue algo mejor, sobre todo porque Hipo ya se había familiarizado más con ella y Eyra, inevitablemente, fue cogiéndole más y más cariño, sobre todo cuando el niño, tal vez de manera inconsciente por lo pequeño que era todavía, sonreía mucho. Descubrió que Hipo se relajaba cuando le hablaba, por lo que le contaba cuentos e incluso hablaba con él de sus cosas. Se lo llevaba consigo a todas partes cargado en una manta que se ataba a la espalda y enseguida se quedaba dormido gracias al calor corporal de su cuerpo.

Era un niño encantador y, a medida que pasaban las semanas, se apreciaban rasgos característicos de su personalidad. Resultaba ser bastante tímido con los desconocidos, hasta el punto que pegaba su cara contra su pecho para no tener que mirar a los extraños que querían hacerle mimos. No obstante, cuando estaba solo con ella, sonreía todo el tiempo y no tardó en aprender a reírse por las carantoñas que le hacía todo el tiempo. Era muy listo, más de lo que un bebé debería serlo, y parecía siempre muy atento a todo lo que pasaba a su alrededor. Además, una vez que se hizo a ella, casi no lloraba, y cuando se molestaba hacía pucheros a la vez que arrugaba su naricita. En realidad, las pocas veces que lloraba desconsoladamente se daban cuando sucedían los ataques de dragones, lo cual venía siendo lógico por lo aterradores que eran, pero tan pronto se refugiaban en el Gran Salón, Hipo se calmaba y se quedaba dormido enseguida, cosa que no pasaba con el resto de los bebés que se encontraban allí.

Eyra era muy consciente de la polémica que se había dado por el hecho de que Estoico le hubiera dado a ella la responsabilidad de hacerse cargo del heredero de la tribu. Ella tenía una fama inmerecida de irresponsable y cabra loca solo por el hecho de tener un fuerte temperamento y que le gustaba deambular sola por el bosque, y estaba segura de que Estoico había recibido más de una advertencia de que ella era la última persona que debía encargarse de Hipo. Sin embargo, Eyra les había demostrado a todos que estaba sobradamente capacitada para cuidar de un bebé y la llenaba de satisfacción que algunas madres primerizas —entre ellas Gyda Jorgenson, la tía de Hipo que había dado a luz recientemente a un niño rollizo al que habían llamado Mocoso— se acercaran a pedirle consejo sobre los cuidados del bebé.

Las únicas que cuestionaron públicamente su rol fueron, por supuesto, Ingrid Gormdsen y su madre, Kaira. Nunca se había llevado bien con ninguno de los Gormdsen, pero Ingrid no había perdonado que Erland se hubiera casado con Eyra en lugar de con ella, por lo que estaba decidida a tomarlo con ella. Eyra intentaba ignorarlas, sobre todo porque era muy consciente del poder que tenían los Gormdsen y, a pesar de estar respaldada por un poderoso apellido como el de los Hofferson, no dejaba de sentirse terriblemente expuesta a las crueldades de aquellas mujeres. Hubo una vez, durante un ataque de dragones en el que coincidió con Ingrid y su madre en el Gran Salón, Eyra había dejado a Hipo dormido en un moisés mientras ella preparaba los ungüentos y vendajes que tendría que usar después con los heridos, cuando se acercó Ingrid para contemplar al niño en silencio.

—¿Te puedo ayudar en algo? —le preguntó Eyra sin poder evitar estar a la defensiva.

—Este niño está flaco, ¿ya le das de comer?

Era una pregunta maliciosa y peligrosa, sobre todo porque levantó un intenso bisbiseo a su alrededor y muchos ojos se posaron enseguida tanto en ella como en Hipo.

—Come perfectamente, es un niño sano que le gusta mucho comer, ¿querías algo más?

—No me lo creo —replicó Ingrid de mala gana—. No creo que un niño tan pequeño y flaco pueda estar bien. Ningún hijo de Estoico Haddock debería verse así, ¿no lo crees, madre?

Kaira, que estaba sentada junto a su marido ido por una enfermedad de la mente, levantó su mirada de sus trabajo de punto.

—Estoico era un niño grande y regordete. Éste parece un adefesio al lado de lo que fue su padre, estoy casi segura de que ni siquiera es hijo del Jefe.

Eyra abrió la boca, sin dar crédito a lo que estaba oyendo. ¡No solo querían cuestionar su figura, también pretendían hacer lo mismo con Hipo y con la propia Valka! Sintió la tentación de golpear a Ingrid para borrar su sonrisa de satisfacción por los cuchicheos que sonaban cada vez más alto en el Gran Salón.

—¿De verdad estamos para cuestionar la paternidad de este niño? ¿Es que nadie recuerda a su madre?

Eyra se volteó tan pronto reconoció la voz de Asta. Su suegra, siempre tan elegante y solemne, se estaba dirigiendo a Ingrid y a Kaira muy seria. Pese a la poción de envejecimiento, seguía viéndose muy bella y su pelo rubio casi blanco brillaba ante la luz de las antorchas del Gran Salón.

—No puedes negar que la paternidad del niño es más que cuestionable, querida —advirtió Kaira.

—Amiga mía, te recuerdo que yo asistí el parto de Estoico y sí, nació sano y puedo jurar que es uno de los niños más grandes que he ayudado a nacer nunca, pero ninguna parecéis recordar que este niño es hijo de Valka y que su padre, al igual que ella, era alto y flaco, por lo que no ha de extrañarnos que el niño haya salido a la familia de la madre y no a la del padre. Además, Hipo nació antes de tiempo y estuvo a punto de morir, por lo que no es de extrañar que aún tenga que crecer —Asta la miró de reojo antes de lanzarle una mirada fugaz a Hipo—.Y si todavía tenéis dudas de que Hipo no es hijo de su padre, solo tenéis que mirarle a los ojos. El verde de los Haddock es inconfundible.

La gente pareció asentir conforme a las palabras de Asta y Eyra sintió que los latidos furiosos de su corazón se iban calmando poco a poco. ¡En buena hora había decidido intervenir su suegra!

—De igual manera, el niño no tiene buen aspecto, tu nuera no lo alimenta como es debido —insistió Ingrid de mala gana.

Asta frunció los labios y esta vez se obligó a girarse hacia Hipo, aunque no se acercó más de lo necesario.

—Quizás deberías visitar a Gothi para que te revise la vista, Ingrid. El niño tiene la piel rosada y la cara regordeta. ¿Cada cuánto lo alimentas?

Eyra tardó más de lo debido en darse por aludida por su pregunta.

—Cada tres o cuatro horas, le gusta mucho comer —puntualizó Eyra.

—¿Y qué clase de leche le das?

Eyra se sintió muy incómoda por el inoportuno interrogatorio.

—Le doy leche de burra.

—¿De burra? —se mofó Ingrid—. ¡Un buen niño vikingo debería ser alimentado con leche de oveja o de vaca!

Asta frunció el ceño y clavó sus enormes ojos castaños en ella, como si esperaba que diera explicaciones respecto a su forma de alimentar al bebé.

—Realmente, la mejor alimentación es la leche materna, pero no siempre dispongo de una matrona que pueda alimentarlo. Gyda a veces lo amamanta, cuando tengo un poco de suerte de que su hijo no se lo traga todo, pero la leche de vaca o de oveja no son buenas para niños tan pequeños. Gothi y yo hemos atendido casos de bebés que hacen muy mal la digestión por el consumo de esas leches, por eso le doy la de burra, porque es más suave que las otras.

Se hizo un incómodo silencio en la sala y Eyra tuvo que contener un gesto de sorpresa cuando Asta sonrió.

—¿Te vale con eso, querida? —preguntó su suegra con un tono que denotaba una falsa cordialidad.

—Supongo —refunfuñó Ingrid molesta antes de volver a sentarse junto a su madre.

El resto de la sala volvió a centrarse en sus asuntos y Eyra respiró aliviada de haber superado aquel horroroso interrogatorio. Asta, sin embargo, tenía los ojos puestos en Hipo, quien al parecer se había despertado y estudió a la bruja con suma curiosidad hasta que decidió extender sus manitas hacia ella, como si le estuviera invitando a que le cogiera en brazos. Asta parecía estar conteniéndose en dar un paso hacia atrás y su cara era un conflicto de emociones.

—¿Quieres cogerlo? —preguntó Eyra cortésmente.

—Por supuesto que no —respondió ella por lo bajo—. Cógelo tú, se está poniendo nervioso.

Extrañada por la actitud de su suegra, Eyra le cogió en brazos, aunque Hipo parecía insistente en que Asta le sujetara. Le resultaba raro que el niño se comportara así teniendo en cuenta lo reticente que era con los desconocidos.

—Se siente atraído por mi magia —le susurró Asta ante su confusión—. A todos los niños les pasa.

Hipo se echó a llorar ante la parsimonia de Asta y Eyra intentó consolarlo como mejor pudo meciéndolo en sus brazos, aunque el niño no tenía pinta de que fuera a parar de llorar. Eyra miró a su suegra suplicante y ésta abrió mucho los ojos al comprender lo que quería.

—No, ni hablar.

—Por favor —le suplicó Eyra—. Solo un minuto hasta que deje de llorar.

—No voy a coger esa cosa.

Ambas hablaban en susurros, pero parecía que el resto de presentes notaban la desagrdable tensión que había entre ellas. Puede que, por una vez, las incesantes ganas de Asta de mantener su imagen perfecta intacta le hubieran beneficiado a Eyra, puesto que Asta terminó por arrebatarle a Hipo de sus brazos y lo acunó entre los suyos, haciéndole callar prácticamente al instante. El bebé lucía encantado, pero Asta estaba tensa y claramente incómoda de sostenerlo.

—Es un niño buenísimo —intentó animarle Eyra—. ¿Por qué no vienes un día a verlo? Podríamos preparar…

—No —le cortó Asta colocándolo de nuevo en el moisés para disgusto de Hipo—. No me interesa crear lazos con esta cosa.

—Deja de llamarlo así —le reprochó Eyra con dureza—. No es más que un bebé.

—Es una abominación —insistió Asta en un furioso susurro—. Su madre cometió la mayor atrocidad que una bruja puede cometer para salvarlo. No pretendas que yo vaya a actuar como si nada cuando sé que debería estar muerto. Tú deberías preocuparte por tener tus propios hijos en lugar de estar jugando a las mamás con niños de los que no deberías encargarte.

Eyra observó a su suegra desaparecer entre el gentío del Gran Salón y se volteó para mirar a Hipo. ¿Qué podía haber hecho Valka para que Asta le tuviera tanto miedo y odio a un niño como aquel? Valka jamás se lo había contado y tampoco había podido usar su poder en ella para verlo por sí misma. De manera casi inconsciente, guiada por su propio instinto, Eyra dejó que Hipo cogiera su dedo con su manito y dejó que los vagos recuerdos del bebé nublaran su mente y jadeó sorprendida cuando vio con sus propios ojos lo que Valka había hecho y lo que Asta le hizo después. No pudo evitar un ligero paso hacia atrás sin apartar los ojos del niño, quien se había puesto a hacer pucheros debido a que ella había soltado su mano con brusquedad.

¿Aquel niño era una bruja? ¿Podría ser posible? Tenía entendido que los hombres no podían hacer magia, al igual que los dones de völva solían pasarse entre mujeres, nunca entre los hijos varones.

No, tampoco podía considerarse una bruja si Asta había bloqueado sus poderes. ¿Pero quizás era eso lo que temía? ¿Que Hipo le fuera su igual algún día? No comprendía los temores de Asta, pero entendía que había sido voluntad del Padre de Todos que Hipo viviera y, ahora que no estaba Valka, era su responsabilidad asegurarse de que aquel niño siguiera adelante como fuera.

Erland regresó con Estoico casi cuatro meses después de su partida. El grupo era muy reducido en comparación al que había marchado a inicios de la primavera, pero al menos su marido y su suegro habían vuelto sanos y salvos. De no haber sido porque cargaba con Hipo en sus brazos, le habría dado tal abrazo que le habría tirado al suelo, por lo que simplemente le besó antes de preguntarle si habían encontrado Valka. La negativa de Erland y la expresión rota de Estoico partió el corazón de Eyra, aunque el Jefe se esforzó en sonreír tan pronto la vio cargando con su hijo en brazos.

—¡Pero qué grande estás! —exclamó Estoico—. ¡Ven a saludar a tu padre, hijo!

Hipo, sin embargo, abrazó a Eyra con más fuerza si cabía, tirando nervioso de sus trenzas, e hizo un puchero. Era lógico que el bebé no reconociera a su padre después de tanto tiempo sin verlo, por lo que no tuvieron otro remedio más que marchar juntos hasta la casa del Jefe para adaptar a Hipo a su nuevo hogar. Fue doloroso para Eyra marcharse sin el niño de nuevo a casa, más cuándo éste berreaba sin parar, peleándose para soltarse del agarre de su padre y extendiendo sus bracitos en su dirección para que se lo llevara con ella. Se imaginó que el que le arrancaran el corazón sería menos doloroso que aquello. Para Estoico tampoco resultaba nada fácil. Su mujer había desaparecido para siempre y, ahora, ni siquiera su hijo sabía quién era.

Eyra procuró no mostrarse afectada por la ausencia de Hipo, reprochándose a sí misma por haber cogido demasiado cariño a un niño que claramente no le pertenecía, pero Erland la conocía demasiado bien como para calar al instante su mentira. Eyra se sentía fatal por él y, pese a que Erland no le había recriminado nada, sabía que estaba dolido por su hipocresía. Eyra le había repetido una y otra vez que era demasiado joven para tener hijos, que la situación actual con los dragones complicaba mucho que pudieran formar una familia sin vivir con el pánico de perder a sus hijos y que estaba muy lejos de estar preparada para ser madre; pero, con la entrada de Hipo en su vida, Eyra no podía excusarse por más tiempo. Pese a todo, Erland no le confrontó ni sacó el tema en ningún momento, quizás porque ella estaba inevitablemente apesadumbrada por la ausencia del niño. Sin embargo, Estoico se presentó a primera hora de la mañana siguiente de su llegada con Hipo dormido en sus brazos. El niño dormía inquieto y, por las ojeras de Estoico, resultaba evidente que se había pasado la noche entera llorando. Erland le invitó a entrar, preocupado por el estado emocional de su amigo y, antes de que pudieran cerrar del todo la puerta de su casa, el Jefe rompió a llorar. Eyra y Erland dejaron que se desahogara tranquilo y Eyra cogió a Hipo entre sus brazos para que el Jefe pudiera limpiarse las lágrimas de sus ojos.

—Lo… lo siento —se disculpó el Jefe azorado—. Es… es demasiado, Valka no… no está e Hipo me… me odia.

—No te odia, Estoico —se apresuró a decir Eyra—. Es un bebé, es normal que reaccione así.

—Tenías que haberlo visto anoche —insistió Estoico dolido—. Odia que lo coja en brazos, cada vez que me ve se echa a llorar y si ahora está dormido es porque está agotado de tanto llorar.

—El niño necesita tiempo para readaptarse —intentó animarlo Erland—. Daos tiempo.

—¿Cómo voy a darnos tiempo? ¡Si ni siquiera lo tengo! —se lamentó Estoico—. Desde que vine ayer no paran de entrarme problemas y quejas de la gente de la aldea y… me veo superado por todo esto.

Eyra y Erland intercambiaron miradas preocupadas cuando Estoico volvió a echarse a llorar. El Jefe les daba muchísimas lástima y no cabía duda que su situación era crítica. Erland carraspeó un tanto incómodo y dijo:

—Yo puedo ayudarte con algunas de tus responsabilidades y estoy seguro de que Bocón también puede encargarse de otras tantas.

—Pero…

—Piénsalo bien, Estoico, así tendrías más tiempo para estar con Hipo —añadió Eyra con un entusiasmo forzado—. Os podréis conocer mejor y seguro que te coge cariño enseguida.

—¿Y qué pasará cuando yo no pueda estar con él? —cuestionó Estoico agotado—. Dioses, veo que voy a tener que volver a casarme y no…

—Yo me haré cargo de él cuando no puedas cuidarlo —se ofreció ella sin pensarlo.

Erland giró la cabeza con brusquedad y frunció el ceño desaprobatoriamente. No le gustaba que hubiera tomado esa decisión sin consultárselo antes, pero era lo bastante prudente como para no regañarla de un asunto tan delicado delante del Jefe. Estoico parecía un tanto reticente ante la propuesta de ambos, pero Erland insistió que a él no le suponía un esfuerzo en asumir más responsabilidades y, tan pronto se despertó Hipo y vio a la muchacha, se puso tan contento que quedaba claro que Eyra era la que debía hacerse cargo del niño.

No fue difícil coordinarse. Bocón y Erland se volcaron en ayudar a Estoico para que éste tuviera más tiempo con su hijo. Eyra les ayudaba a adaptarse el uno al otro y, con el paso de los días, Hipo fue haciéndose más y más a su padre hasta que por fin consiguieron que el pequeño no se echara a llorar cada vez que Eyra se marchaba a su casa. El verano pasó relativamente rápido. Sigrid tuvo gemelos a los que llamó Brusca y Chusco —honestamente, Eyra seguía sin comprender la estúpida tradición de poner nombres feos en Mema para espantar a los trolls cuando éstos sólo robaban los calcetines—, la señora Ingerman anunció que su tercer hijo, Patapez, nacería en noviembre e Hipo, aún siendo el mayor de su generación, sufría odiosas comparaciones con su primo Mocoso por su pequeño tamaño. Hacia finales del verano y cerca de cumplir su primer año de casados, Erland expuso por fin su malestar ante su negativa de tener hijos juntos.

—Me duele que te vuelques tanto en Hipo pero que nos sigas negando la opción de tener nuestros propios hijos.

—Pero a ti también te gusta Hipo…

Erland no podía negar ese argumento. En realidad, a su marido le encantaban los niños y éstos le adoraban porque era divertido, gracioso y juguetón con ellos. Llevaba la paternidad en sus venas y anhelaba ser padre desde muy joven. Hipo adoraba a Erland y resultaba muy tierno ver cómo el niño rompía a reír cada vez que su marido le cogía en brazos y fingía que volaba como un dragón.

—Eyra, aprecio mucho a ese niño, no lo voy a negar, pero compréndeme. Quiero un hijo a tiempo completo, no uno que se nos asigne por turnos y que no es nuestro —señaló él dolido—. No… no quiero forzarte, pero de verdad que me duele que ejerzas de madre con tanta facilidad con ese niño y que no quieras saber nada de querer tener uno conmigo.

No mencionó las presiones que debía estar recibiendo por parte de sus padres, pero Eyra estaba al tanto de las mismas porque Finn se lo había echado en cara en alguna que otra ocasión. Es más, se lo volvió a mencionar el día antes de su partida, hacia finales de septiembre, cuando Eyra se acercó a la casa de sus suegros a darle ungüentos por si los necesitaba para su viaje que duraría alrededor de seis meses. Por suerte, Finn estaba solo en casa.

—Haber si te quedas preñada de una vez, que aquí no hay quien aguante a nadie.

Eyra frunció el ceño y apretó los puños para no perder los nervios.

—Métete en tus asuntos, ¿quieres?

—Me temo que tu cuestionable fertilidad es asunto de toda la familia —advirtió Finn de mala gana—. Estás perdiendo puntos, Eyra, mi padre está muy descontento contigo y ya empieza a arrepentirse de haber consentido vuestro enlace. Y ya sabes qué opinión tiene nuestra madre de ti.

—¡Cómo no! —replicó Eyra con amargura.

—Escucha, si te estoy diciendo esto es por ti, ¿vale? —Eyra alzó una ceja—. Sé que no eres mala chavala y que quieres a mi hermano, pero comprende que no es fácil ni para Erland y mucho menos para nuestro padre que te hagas cargo de un niño que no es tuyo con tanta facilidad y que no termines de quedarte embarazada. La gente habla, ¿sabes? Si no te quedas embarazada pronto puede que mi padre termine pidiendo la nulidad del matrimonio.

—¡Me estás tomando el pelo! —exclamó ella horrorizada.

—Eyra, te estoy diciendo esto porque sé que Erland no te está diciendo nada —le advirtió Finn muy serio—. Quiere protegerte a toda costa de toda esta mierda, pero creeme cuando te digo que si ya era malo que mi madre no te aprobara, imagínate lo que tiene que ser que la única persona que apoyó vuestro enlace cambie de parecer.

Eyra se obligó a reflexionar mucho sobre el asunto. Lo consultó con su tía y todo, y esta también fue clara con su postura:

—Un matrimonio sin hijos es un mal asunto, Eyra. Thror Hofferson perdió a toda su familia por la guerra, por lo que es perfectamente comprensible que anhele que su hijo mayor tenga descendencia lo antes posible.

—Yo también he perdido a toda mi familia por esta guerra y nadie se detiene a pensar el pánico que me da tener la posibilidad de ver morir a mis hijos. Por favor, si lo paso fatal cuando Erland se marcha a buscar al nido o cuando se enfrenta a los dragones durante los ataques, ¿qué pasará cuando le llegue el turno a mis hijos?

Gothi cogió de su mano y le dio unas palmaditas sobre el dorso.

—No puedes vivir con ese miedo toda tu vida, Eyra. Esta guerra no está cerca de acabar, pero tampoco puedes dejar que esto condicione tu vida y tu matrimonio por más tiempo.

Eyra se sentía horriblemente culpable por todo aquello. Su ansiedad y su inseguridad respecto a la maternidad habían sido tales que no se había planteado por un instante que Erland pudiera tener problemas —más si cabía— con su familia a causa de ello. Es más, Eyra lo notaba muy agobiado, aunque se esforzaba en fingir que todo estaba bien y que seguía tan feliz como siempre. Era una pena que Erland fuera tan mal mentiroso como ella, pero tampoco conseguía sacar el valor ni para hablar del tema de su familia con él ni para dejar de tomar el té de luna.

Sin embargo, la vida daba muchas vueltas y parecía que los dioses habían dispuesto que Eyra cumpliera sí o sí con la voluntad de su familia política.

Había confiado tan ciegamente en la eficacia del té de luna y había estado tan ocupada con su trabajo y con los cuidados de Hipo que no se dio cuenta de que llevaba mucho retraso con su sangrado. Ni siquiera Erland, que durante mucho tiempo había tenido muy controlados sus periodos —sobretodo durante su tórrido romance antes del compromiso—, pareció reparar que hacía tiempo que Eyra no sangraba. Ellos eran constantes en el sexo, sobre todo en los meses de otoño e invierno en el que no había preocupaciones por los ataques de dragones y Erland permanecía a su lado todo el tiempo. Sin embargo, hacia finales del mes de octubre, Eyra empezó a enfermar por las mañanas. Le entraban nauseas cuando se levantaba, vomitaba casi siempre su desayuno y se volvió terriblemente sensible a los olores. También se mareaba con frecuencia, como si tuviera intensos bajones de tensión que la obligaban a sentarse, y siempre se encontraba agotada. Por alguna razón, se notaba hinchada hasta el punto que el propio Erland reparó que sus pechos parecían más grandes y a ella le dolían cada vez que se los tocaba. Por supuesto, a ninguno de los dos se le pasó por la cabeza que ella pudiera estar embarazada hasta que la propia Gothi lo corroboró cerca de Snoggletog.

—Debes estar de al menos de doce semanas —comentó su tía pletórica.

—Te estás quedando conmigo, ¿llevo ya un trimestre embarazada? —cuestionó Eyra horrorizada.

—Si tuvieras la cabeza donde la tienes que tener ya te habrías dado cuenta —le reprochó su tía con ternura—. No bebas más té de luna, no es que sea malo para el bebé, pero no conviene asumir riesgos.

—Pero… pero…

—Y díselo a Erland cuanto antes —le cortó su tía—. Este bebé es algo bueno, Eyra.

¿Lo era?, se preguntó inevitablemente. No estaba segura de que estuviera preparada para ser madre y asumir todo lo que ello conllevaría. A Hipo lo quería como si fuera suyo, pero llegaría el momento en el que crecería y no la necesitaría más, ¿por lo que estaba realmente preparada para ser madre para el resto de sus días? ¿Estaba dispuesta a sufrir cada día de su vida la ansiedad de perder a su bebé a manos de la guerra? ¿De dejarle marchar con las futuras expediciones que se organizarían para encontrar el condenado nido? No estaba segura de estar preparada para asumir todo aquello.

Erland volvió tarde aquella noche junto con Estoico, quien pasaba a recoger a su hijo. Hipo se había quedado dormido en sus brazos y, por suerte, no se despertó cuando Estoico cargó con él. Erland la besó en la frente cuando padre e hija se marcharon y le preguntó si su tía se había pasado a verla. Ella simplemente asintió y se acercó al hogar para calentar agua.

—¿No será el té de luna lo que te hace sentir así de mal? —tanteó su marido en preguntar.

Eyra no respondió a su cuestión. Es más, no se vio capaz de apartar sus ojos de la tetera.

—¿Eyra? —la voz de Erland sonó angustiada de repente y sintió sus manos sobre sus hombros—. ¿Qué te pasa? ¿Qué te ha dicho, Gothi? ¡Por Odín! ¿Por qué lloras, mi amor? ¿Qué te pasa?

Se sentía tonta por haberse echado a llorar como una imbécil, pero no podía evitarlo. Sentía un cúmulo de emociones que ni ella misma era capaz de entender. Estaba triste, estaba enfadada, estaba aterrada y estaba... pletórica.

—Estoy embarazada —murmuró entre sollozos.

—¿Qué? No te entiendo —dijo su marido preocupado.

—¡Que estoy embarazada! —exclamó ella.

La expresión de angustia de Erland desapareció y abrió los ojos de par en par, como si no estuviera seguro de que todavía la hubiera escuchado bien. Eyra tragó saliva nerviosa, sintiendo sus mejillas húmedas y calientes, y se sorbió sonoramente antes de encontrar su voz.

—Estoy de doce semanas —argumentó Eyra—. Al parecer, el té de luna no es siempre tan eficaz. Pasó con Valka en su día y ha pasado esta vez conmigo...

—Pero… pero… ¿embarazada? ¿Lo dices en serio? —preguntó él sin dar crédito.

—Mi tía está convencida, también explicarían las náuseas, los vómitos, las bajadas de tensión, que esté tan hinchada como un Gronkle…

Erland se llevó la mano a la boca y Eyra sintió un nudo en su estómago al apreciar que sus ojos estaban vidriosos.

—Erland, supongo… supongo que esto es un alivio para todos teniendo en cuenta que tu padre… ya sabes.

—¿Que mi padre qué?

—¿No quería la nulidad de nuestro matrimonio porque no estábamos teniendo hijos? —preguntó ella desconcertada.

—¿Qué? ¿Quién demonios te ha dicho eso? —cuestionó él furioso—. ¡No me lo digas! Ha sido el capullo de Finn, ¿no?

Ella se mordió el labio y asintió.

—Mi padre no me ha hablado nunca de anular ningún matrimonio —insistió Erland—. Por favor, Eyra, ¡si él te adora! ¿Sabes lo orgulloso que está de que te estés encargando de Hipo tú sola? Dice que es todo un honor que una Hofferson se encargue de la crianza del heredero de la tribu y sí, es cierto que me ha mencionado lo de los hijos en más de una ocasión, pero jamás me ha presionado al respecto y entendía tus reticencias cuando se las expliqué.

—Entonces, ¿por qué Finn…?

—Porque es gilipollas y quería presionarte a ti para que nuestro padre no lo agobiara a él para casarse —argumentó Erland furioso.

Eyra se esforzó en no pensar en Asta, aunque sospechaba que los comentarios de Finn no serían solo cosa de su cuñado. Decidida a que ellos no estropearan aquel momento que se suponía que debía ser tan único y especial, la joven cogió de su mano y le obligó a que la mirara.

—Erland, creo que todavía no has procesado lo que te he dicho —ella sonrió sin poder contener de nuevo las lágrimas—. Estoy embarazada.

Esta vez, él no pudo retener una sonrisa de pura dicha.

—¡Vamos a ser padres!

Y la abrazó con fuerza antes de coger su cintura y elevarla en el aire pletórico. Eyra decidió contener sus miedos por el momento, decidida a disfrutar de aquel momento perfecto aunque fuera por unos días y poco consciente de que la cosa se iba a complicar mucho más de lo que en un principio se hubiera esperado. Al día siguiente, se acercaron a casa de sus suegros para anunciarles la buena nueva. Thror la abrazó con tanta fuerza que Eyra pensó que iba a quebrarle la espalda y Asta, para su enorme sorpresa, también le dio un abrazo.

—Nos enorgullece que nuestra familia siga extendiéndose —le aseguró la bruja—. Ojalá Freyja nos bendiga con un niño sano.

—Tampoco pasaría nada si fuera una niña —apuntó Erland con orgullo.

La sonrisa de Asta se tensó, pero asintió de acuerdo a su hijo. A Eyra, en cambio, le extrañó la postura de su esposo.

—¿No crees que es mejor que tengamos un niño? —preguntó Eyra cuando volvieron a su casa dados de la mano.

—Bueno, tener un niño nos garantizaría que el linaje de los Hofferson se mantuviera —concordó Erland—, pero me entusiasma mucho la idea de tener una niña.

—¿Por qué?

—¿Y por qué no? —Erland soltó su mano y rodeó sus hombros con su brazo, tal y como lo hacían cuando eran adolescentes—. Piénsalo, Andersen, nuestra hija, por narices, sería la más guapa de la aldea y, si algo he aprendido de ti, es que no hay que limitar a nadie a lo que se espere de ella. Será más que una esposa, será una guerrera como su padre y su abuelo.

Eyra se detuvo en seco.

—Mi bebé no cogerá ningún arma hasta que tenga edad de empuñar una —le advirtió ella con tono amenazante.

—¡Oh, vamos, Andersen! ¿Y un hacha pequeñita por su primer cumpleaños?

—Entérate Hofferson, si veo a mi hija o hijo empuñando un hacha, yo misma te cortaré la cabeza con ella.

Erland se carcajeó y ella no pudo evitar contagiarse por su melódica risa. Todas las preocupaciones de su marido parecían haber pasado de repente a un segundo plano ante su embarazo. Tras hacerlo oficial ante el resto de la aldea, las felicitaciones caían sobre ellos por doquier y Erland no podía estar más contento. Por suerte, las náuseas desaparecieron al poco tiempo después, aunque su vientre no tardó en empezar a hincharse. Hipo, tan listo como era, supo que había algo raro en ella y enseguida palpaba su tripa con sus manitas, como si se hubiera percatado que había alguien más ahí dentro.

—¿Dragó? —preguntó un día curioso.

Eyra casi se tronchó de risa por su pregunta, cosa que a Hipo no le hizo la más mínima gracia y arrugó su naricita ofendido. Había empezado a decir palabras sueltas no mucho antes de descubrir que estaba embarazada y, ahora que estaba cerca de cumplir un año, había descubierto que era un niño muy hablador si se sentía cómodo.

—No hay un dragón aquí dentro —le explicó Eyra con ternura—. Hay otro nene como tú que está creciendo dentro.

—¿Nene? —repitió él sin comprender y se señaló a sí mismo—. Nene.

Ella asintió y señaló su vientre.

—Nene también.

Hipo se quedó mirando su tripa y volvió a posar su mano sobre ella, esta vez quedándose muy quieto. Aquel comportamiento extrañó a Eyra, pero el niño enseguida se volvió a ella y le dijo sonriente:

—Nena.

Eyra sonrió desconcertada por su convencimiento, pero decidió que todo aquello era una simple confusión de palabras en el reducido vocabulario del niño. O eso quiso pensar hasta que Asta y Thror vinieron a visitarles esa misma noche. Erland estaba acabando de preparar la cena y Eyra estaba haciéndole gorgoritos a Hipo mientras esperaban que Estoico acabara de hacer una visita, cuando sus suegros entraron en su casa cargados con un estofado de venado. El fuerte estruendo de la cerámica quebrándose contra la madera la sobresaltó e Hipo rompió a llorar asustado, pero antes de que Eyra pudiera ver qué había pasado, Asta ya se le había echado encima y había posado sus fríos dedos sobre su vientre. Thror y Erland la siguieron muy alterados por el errático comportamiento de la bruja y Erland tuvo que coger a Hipo al ver que Eyra no era capaz de calmarlo teniendo a Asta con la cabeza apoyada contra su tripa.

—Es imposible —murmuró Asta sin entrar en su asombro cuando por fin levantó la cabeza. Su bellísima melena rubia platino caía por su cara con un manto de nieve.

—¿El… el qué? —balbuceó ella conteniendo el impulso de empujarla lejos de ella.

—Estás esperando una niña. Una criatura marcada por la Diosa.

Erland y Thror jadearon sorprendidos, pero Eyra no consiguió procesar qué estaba pasando realmente.

—No suele ser habitual que se detecte el potencial mágico desde el vientre de su madre, pero… esperas a una niña que será algún día una poderosa bruja, Eyra. ¡Alabada sea, Freyja! ¡Esa niña tiene mi sangre!

Los brillantes ojos castaños de Asta le pusieron la piel de gallina. No había atisbo de locura en su mirada, pero sí que había otras muchas cosas. ¿Cómo había podido ser tan imbécil? Todo aquel tiempo había temido que los dragones pudieran acabar con su familia cuando, en realidad, había tenido el peligro ante sus propias narices. Asta quería a su bebé, a su niña. Quería arrebatarsela, bautizarla en las aguas de Freyja y tomarla como suya.

Antes muerta, pensó rabiosa.

—También tiene mi sangre —le advirtió Eyra muy seria, consciente de que aquello enfurecería a la bruja.

Asta detectó el desafío en su voz y apartó sus manos con brusquedad de Eyra.

—Por suerte, eso tiene fácil solución.

—¡Madre! —le abroncó Erland furioso.

La bruja miró a su hijo molesta por su tono, por lo que Thror se vio obligado a intervenir.

—Asta, no es justo que hagas esto, sabes que...

—¡¿Qué?! —gritó Asta rabiosa—. Tú mejor que nadie sabes cuánto tiempo llevo anhelando una niña. Te di dos niños preciosos y perfectos, Thror, por lo que no te atrevas a quitarme esto.

Thror no sabía donde meterse. Su esposa estaba muy alterada e incluso la propia Eyra, sensible que era a lo sobrenatural, detectaba la extraña energía que salía de ella. No estaba muy familiarizada con la magia, pero no cabía duda que le resultaba aterradora. Recordó la visión en la que Asta podía crear bombas de agua la mar de destructivas y sintió un escalofrío desagradable sacudir su columna.

—No pueden quitarte algo que no es tuyo —le advirtió Eyra de igual manera, inconsciente que sus manos no paraban de temblar.

Aquellas palabras le sentaron a Asta como una bofetada, hasta el punto que se marchó abruptamente de la casa. Thror se fue tras ella y Erland, aún furioso con su madre, se vio obligado a devolverle a Hipo para ir con él. Fuera se había puesto a nevar y Eyra se dedicó a acunar a Hipo para que se calmara del todo y cayera dormido y recogió los trozos de cerámica y del estofado de Asta del suelo hasta que llegó Estoico para recoger a su hijo. La ausencia del niño la hizo sentir terriblemente sola y deseó con todas sus fuerzas que Erland se hubiera quedado con ella. Se sentía muy intranquila, al borde de un ataque de pánico ante la sola idea de que aquella mujer pudiera quedarse con su bebé para… para… ¿para qué exactamente? ¿Por qué le obsesionaba tanto que hubiera una bruja en la familia?

Gothi la encontró no mucho tiempo después acurrucada en su cama hecha un mar de lágrimas y, a la vista de que Erland no iba a poder venir debido a que debía intermediar con su madre por los dos, se quedó a dormir con ella. A Eyra le resultaba muy fácil hablar con su tía y le resultaba un consuelo que Gothi comprendiera tan bien sus miedos y sus inseguridades. Es más, incluso le ayudó a entender la posición de Asta en aquella historia.

—No creo que sea una mala mujer, pero tiene un mundo interior y una forma de ver las cosas que resulta muy complicado de entender a veces —explicó su tía—. Siempre pensé que hubo algún suceso trágico en su pasado que la marcó por siempre. No soporta tener las cosas fuera de su control y es muy protectora con sus hijos y su esposo.

—¿Protectora? —cuestionó Eyra dolida—. Es terriblemente cruel con Erland, no te haces una idea de hasta qué punto.

—Asta no diferencia lo que es mejor para alguien de lo que es verdaderamente correcto —argumentó su tía—. Para que me entiendas mejor, ¿sabes por qué no quería que Erland se casara contigo?

—¿Porque soy una völva pobre y sin dote?

—Porque representas los peores miedos de Asta, Eyra —replicó Gothi—. No solo perteneces a una especie que ha sido enemiga de la suya desde hace eones, sino que además le resultas impredecible y has arrancado a su hijo de sus brazos, hasta el punto que él protege tus intereses por encima de los suyos. Eso debe haber sido muy duro para ella, lo quieras o no.

—Pero no comprendo porque no se esfuerza un poquito en conocerme...

—Porque te teme, Eyra, fuera lo que fuera lo que hubieras visto aquel día cuando eras niña, le aterra que puedas usarlo en su contra.

—No soy ninguna chivata —se defendió Eyra indignada.

—Sé que no lo eres, pero eso no quita de que Asta viva con ese miedo.

Eyra no se había parado nunca a reflexionar que probablemente toda la animadversión que Asta sentía por ella pudiera provenir precisamente de lo que vio aquel día, hacía ya casi nueve años, pero se planteó seriamente hablar con ella. No obstante, cuando Erland regresó al día siguiente, le desaconsejó hablar con su madre, asegurándole que estaba muy alterada y que lo mejor era darle su espacio.

—Erland, ¿tú quieres que nuestra hija sea una bruja? —preguntó Eyra preocupada.

Erland la miró sorprendido, como si no se hubiera esperado tener voz y voto en aquella cuestión, pero reflexionó su respuesta.

—Temo que si se convierte en una bruja termine alejándose de nosotros —confesó él—. Pese a que mi madre sea una bruja y que yo estoy familiarizado con la magia, no sé hasta qué punto podría trastocar esa naturaleza en la relación con nuestra hija. No sé… ¿qué piensas tú? Después de todo lo que ha pasado, quizás ni siquiera quieras saber nada del tema.

Eyra ladeó la cabeza pensativa. En realidad, salvo la excepción de Valka, Asta era la única bruja con la que había tratado, por lo que no sería justo extrapolar una mala experiencia con una persona a toda su especie. Además, si Asta había sido capaz de percibir el potencial mágico de su hija apenas estando en desarrollo dentro de su vientre, tampoco podía ignorar que la magia formaba también parte de su bebé.

—¿Y si dejamos que ella elija?

Erland frunció el ceño.

—Explícate.

—Me refiero a que la criemos como una niña más de la aldea y, cuando sea lo bastante mayor, digamos cuando tenga unos quince o dieciséis años, le podemos dar la opción de que elija si quiere o no quiere recibir el don de la magia.

—¿Y si resulta que también hereda tu poder? —cuestionó Erland preocupado—. ¿No estaríamos confundiendola?

—Nuestra hija podrá elegir lo que quiera ser —insistió Eyra—. Si la niña hereda mi don y desea ser una völva, yo y mi tía nos encargaremos de ayudarla; si elige ser una guerrera como su padre y su abuelo, tú mismo te encargarás de entrenarla para asegurarte de que no se mate y, si opta por ser una bruja, tu madre podrá coger la responsabilidad de entrenarla si así lo ve conveniente.

—Ello conlleva que la niña deberá ser muy consciente y consecuente de todas las opciones que dispone —advirtió Erland—. Mi madre pasará mucho tiempo con ella.

—No tengo problema que nuestra hija se relacione con su abuela siempre y cuando se comporte y no inyecte veneno en su mente —le aseguró Eyra muy seria—. Estoy tendiéndole la mano, Erland. Espero que lo tome como tal.

Pero Asta no se lo tomó como un ofrecimiento de paz. Insistía en la importancia de que la niña fuera bautizada tan pronto naciera y que Eyra debía seguir unas pautas para cuidar de su embarazo, hasta un punto que desquiciaba al propio Erland. Eyra apenas se veía con su suegra desde el desagradable encuentro en su casa, pero su presencia era constante en su vida por todo el listado de exigencias que obligaba a Erland a transmitirle cada vez que volvía a casa. Por supuesto, la primera de todas ellas era que debía dejar de cuidar a Hipo Haddock, a lo cual Eyra se negó en rotundo. Sin embargo, Asta era lo bastante lista para saber que Eyra no accedería tan fácilmente, por lo que ella misma fue adonde el Jefe para explicarle que su nuera estaba en estado demasiado delicado como para hacerse cargo de otro niño, por lo que el propio Estoico, visto entre la espada y la pared, le explicó a Eyra que no debía sentirse obligada a cuidar a un niño que no era suyo y que ya buscaría a otra persona que se hiciera cargo de él. Eyra, furiosa por la encerrona, se negó en rotundo a dejar de cuidar al niño y amenazó a Estoico de golpearle con la sartén si se le ocurría volver a sugerirle tamaña estupidez.

Por otra parte, Eyra seguía haciendo vida relativamente normal. Al margen de los dolores y las molestias típicas de su estado, Eyra seguía con su trabajo de ayudante de galena, jugaba con Hipo e iba al bosque a recoger plantas. Erland, por supuesto, le amenazó con atarla a la cama si volvía a salir sola al bosque, y las presiones de su madre hacían que se volviera mucho más paranoico en todo lo relacionado con el embarazo. Temía que cualquier paso que la joven pudiera dar hiciera que perdieran a la niña y Eyra estaba harta de decirle que ni ella ni su hija estaban hechas de cristal. Tal fue su desesperación que llegó incluso a pedirle a Finn que intercediera por ella con su madre para que dejara a Erland tranquilo, pero no se fiaba de su cuñado, sobre todo porque sería capaz de hacer lo que fuera con tal de contentar a su queridísima madre.

Y entonces llegó la primavera y, con ella, regresaron los ataques de dragones.

Toda la calma que Eyra había ido acumulando a lo largo de sus primeros seis meses de su embarazo se disipó en cuestión de semanas. Su trabajo de galena le resultaba incómodo de realizar debido al hinchazón de sus pies y los dolores en sus lumbares y pechos. Además, le era complicado moverse entre la multitud debido a su abultado vientre y, para su mala suerte, Hipo había aprendido a caminar antes de lo normal y resultaba ser un niño escurridizo que le encantaba explorar cada rincón ahora que tenía la capacidad de hacerlo. Hubo una vez incluso que llegó a perderlo en el mercado y Eyra entró en pánico absoluto porque no lo encontraba por ningún lado. Casi rompió a llorar cuando se lo encontró sujeto a las faldas de una mujer que no reconoció de Isla Mema. Era muy bella y tenía un cuerpo entrado en carnes y voluptuoso que la hizo ruborizar de lo atractiva que le resultó. Su cabello castaño caía en grandes y cuidadas ondas por su espalda y llevaba un vestido negro que tenía pinta de ser muy caro. La mujer tenía los ojos puestos en Hipo con una mueca de descontento porque el niño estaba tirando de su falda. Eyra le cogió sin pensárselo dos veces y, aún nerviosa por el susto, balbuceó una disculpa a la mujer. Ésta levantó la mirada hacia ella y Eyra sintió un desagradable escalofrío sacudir su espalda mientras la mujer la estudiaba de arriba a abajo. Sus ojos eran grises y fríos como el hielo y la sonrisa que había dibujado en sus labios era forzada. Había algo extraño en aquella mujer, algo que era antinatural.

—¿Ese niñito es tuyo? —preguntó la mujer.

—N… no —tartamudeó Eyra—. Es el hijo del Jefe.

Hipo tenía la nariz arrugada, clara señal de que a él tampoco le gustaba esa mujer.

—Qué ricura —dijo la mujer con poco entusiasmo y miró a su vientre abultado con interés—. ¿Puedo?

Eyra quiso decir que no, pero la desconocida se le echó encima tan rápido que no pudo siquiera apartarse cuando clavó sus dedos en la tela de su vestido. Hipo se abrazó a su cuello nervioso y susurró muy bajito en su oído.

—Mala.

El niño no tenía que jurarlo. Había un brillo extraño en los ojos de aquella mujer y maldijo que la tela de su vestido impidiera el contacto de piel con piel para poder investigar quién era. Notó que la bebé se removía dentro de ella nerviosa, como si ella también sintiera que esa mujer era una extraña muy peligrosa.

—Asta tenía razón cuando dijo que esta bebé tiene mucho potencial mágico —observó la mujer.

Eyra palideció ante sus palabras y la mujer alzó la mirada con una sonrisa enigmática en sus labios. La joven se apartó de aquella desconocida horrorizada.

—Pensaba que las völvas podían detectar a las brujas, supongo que Asta no se equivocaba cuando dijo que eras bastante mediocre.

La joven miró hacia los lados aterrorizada, esperanzada de que alguien les estuviera prestando atención, pero todo el mundo parecía ajeno a su presencia y a su conversación. Abrazó a Hipo con más fuerza contra ella, aunque éste permanecía en silencio, demasiado aterrado como para echarse a llorar.

—¿Quién eres? —preguntó Eyra aterrada—. ¿De qué conoces a Asta?

La bruja dio un paso hacia adelante.

—Soy una vieja amiga suya —respondió la desconocida—. ¿Tú eres Enya… Eina… Elra? Bueno, es igual, el nombre es lo de menos, pero sé que eres la esposa del mayor de sus hijos. ¡La famosa völva de los cojones! —la bruja se rió sonoramente—. Eres muy poquita cosa para lo mucho que has fastidiado a mi amiga, ¿no?

—Yo no he hecho nada —se defendió Eyra molesta—. ¿Qué quieres de mí?

—Nada que puedas darme, me temo —contestó la bruja—, pero igual me puedes ayudar.

Eyra quería gritarle que ella no pensaba hacerlo, pero le aterraba lo que aquella bruja pudiera hacerle a ella, a Hipo o su bebé, por lo que tragó saliva y preguntó:

—¿Ayudarte con qué?

—Asta me robó una cosa que necesito recuperar a toda costa —explicó la mujer—. ¿Sabes lo que es un grimorio?

Eyra frunció el ceño.

—Es un libro mágico que alberga hechizos, ¿no?

—¡Pero qué lista eres! —exclamó la bruja con voz chillona—. Bien, pues Asta me robó el libro que me pertenece a mí por derecho. ¿Sabes dónde está?

Eyra se estrujó el cerebro para intentar recordar si había visto a Asta con un libro de esas características o si lo había visto en casa de sus suegros, pero no le sonaba en absoluto. Si hubiera un libro como tal, ella ya se habría dado cuenta. Eyra tenía su sensibilidad de völva lo suficientemente desarrollada como para percatarse de la presencia de objetos como ese.

—Me temo que no —respondió Eyra.

La mujer dibujó una expresión feroz en su bello rostro.

—¡Mientes! —exclamó la bruja.

—¡No soy ninguna mentirosa! —replicó Eyra ofendida—. Apenas tengo relación con mi suegra, por lo que no puedo decirte más.

—¡Niñata estúpida! ¡No me extraña que Asta piense que seas una inútil!

Eyra fulminó a aquella mujer con la mirada. Estaba tan enfadada que el miedo estaba pasando a un segundo plano y estaba agradecida de tener a Hipo en brazos, porque si no ya se habría lanzado contra ella para darla de hostias.

—No sé quién eres, pero déjanos en paz —le advirtió Eyra.

—¿Con quién te crees que estás hablando, niñata? Yo…

—¡Me la suda quién eres! —rugió la muchacha rabiosa señalándole con el dedo—. Estoy harta de que vosotras las brujas os creáis superiores a las demás. Vosotras nacéis marcadas y recibís vuestra magia solo si sois bautizadas, pero nosotras las völvas somos hijas de Odín, por lo que te lo advierto: si no quieres que te pase nada, más te vale que te andes con ojo.

—¿Me estás amenazando? —cuestionó la mujer sin dar crédito.

—Por supuesto que lo estoy haciendo —contestó Eyra con fiereza.

—No sabes con quién te metes.

Eyra soltó una carcajada.

—Tú tampoco —replicó la joven.

La bruja estrechó los ojos rabiosa y Eyra sintió su corazón latir con más fuerza contra su pecho. Se le daba muy bien fingir que no tenía miedo y su amenaza había sido suficiente como para desconcertar a la bruja y debilitar el aparente hechizo que las invisibilizada cara a la aldea, porque enseguida alguien la llamó a lo lejos. Eyra se alejó a toda prisa y no tardó en toparse con Sigrid. Volvió a voltearse para ver a la bruja, pero ésta ya había desaparecido.

Eyra decidió esperar unos días para ver si aquella bruja regresaba y para calmar su ansiedad antes de sacar el valor para encararse con su suegra. Había decidido no contarle nada a Erland para no preocuparlo más de lo que ya estaba y temía que, además, su confrontación con la bruja quebrara del todo la relación con su madre. Eyra quería demasiado a Erland como para dejarle tomar tal decisión, sobre todo porque ella comprendía lo mucho que Erland quería a su madre y lo difícil que se le hacía que Asta no aceptara a su esposa.

Se acercó a casa de sus suegros una mañana en la que Erland estaba ocupado con el entrenamiento de dragones y Thror se encontraba arreglando unos asuntos en la herrería con Bocón y Estoico. Había decidido ir sin Hipo, quien lo había dejado con Sigrid, e inspiró profundamente antes de tocar a la puerta. Asta la abrió y se quedó muy sorprendida de verla allí, pero aún así la invitó rápidamente a pasar y le pidió que se sentara en la butaca de Thror para que estuviera más cómoda. Su suegra le preguntó si quería té y Eyra lo aceptó con nerviosismo. Mientras se calentaba el agua, su suegra la sorprendió acercándole un taburete para poner los pies en alto, gesto que Eyra agradeció enormemente.

—A mí también se me hinchaban los pies durante los embarazos.

Eyra tenía constancia de que Asta había perdido a todos sus hijos después de tener a los gemelos. Erland le había explicado que para su madre resultó muy traumático, sobre todo porque casi siempre los perdía cuando el embarazo estaba a punto de llegar a término o cuando daba a luz. Eyra intentó quitarse aquel espantoso pensamiento de su cabeza, sobre todo porque su hija pareció percibir su inquietud y le dio una fuerte patada contra sus costillas. Asta replicó su mueca de dolor.

—Parece que tenemos un pequeño terremoto, ¿no?

—No exactamente —replicó Eyra frotándose en la zona donde la niña le había golpeado—. Suele ser bastante tranquila, pero es bastante sensible a mis cambios de humor.

Asta se rió, aunque enseguida recuperó la compostura, consciente de que estaba siendo una maleducada.

—Disculpa —murmuró apartando la vista.

—Puedes reírte, tranquila, Erland no para de reírse de mí. Nos ha salido una niña con carácter, me temo —Eyra acarició su vientre y esta vez la bebé le dio una patada más suave—. ¿Quieres tocar?

Asta se volteó desconcertada por su oferta.

—¿Estás segura?

—¿Lo estás tú?

Se hizo un silencio un tanto incómodo entre las dos hasta que Asta, un tanto dubitativa, se decidió a sentarse a su lado y posar su mano con delicadeza en su vientre. La bebé reaccionó a la nueva presencia dándole una patada contra su mano. Asta dio un pequeño brinco, pero sonrió, entendiendo aquello como un gesto afectivo por parte de su nieta. Se quedaron un rato así, estudiando los movimiento de la niña y en una paz que Eyra jamás había experimentado con su suegra. Se sintió tentada a no contarle su encontronazo con la bruja, pero no podía dejarse engañar por aquel pequeño atisbo de afinidad entre las dos. La seguridad de su familia iba por delante de todo.

—El otro día me topé con una bruja en el mercado.

Asta se puso tensa, pero no apartó los ojos de su vientre.

—¿Ah, sí? Bueno, no debería extrañarte, a veces hay brujas que se mezclan con los humanos. Seguramente sería de algún aquelarre que…

—Dice que te conocía —le cortó Eyra con sequedad—. Que le robaste un grimorio.

La bruja apartó sus manos de su vientre y se enderezó en su asiento con expresión muy seria.

—No deberías creerte todo lo que te dice una desconocida, Eyra.

—Esa desconocida me ha amenazado a mí y a nuestra familia —le advirtió la joven intentando moderar la ira en su voz—. ¿Es cierto que tienes un grimorio?

—Por supuesto que no.

Mentía. A pesar de su serenidad y la firmeza en su voz, sabía que estaba mintiendo. Eyra sostuvo su mirada unos segundos.

—Esa bruja no parecía estar dentro de sus cabales —advirtió la muchacha—. Me ha dado a entender que habéis estado hablando, que… le has hablado de mí y de mi hija.

El rostro de Asta seguía siendo un perfecto lienzo en blanco que no pareció mancharse por la preocupación y el desconcierto. Tal vez podía extender cuidadosamente la mano y agarrar la muñeca desnuda de su suegra para revelar sus numerosos secretos, pero se contuvo. Deseaba con todas sus fuerzas que Asta fuera sincera con ella por una vez en su vida. Quería pensar que aquella mujer, que tanto parecía detestarla, pudiera tragarse su orgullo por una vez para que pudieran entenderse.

—¿Le has hablado a Erland de esto? —preguntó la bruja con cautela.

—No —respondió Eyra y Asta alzó las cejas—. No me gusta tener secretos con él, pero no he visto prudente advertir de que hay una bruja pirada deambulando por la isla que parece saber mucho de nuestra familia.

—Eyra…

—¿Quién es? —insistió la muchacha empezando a perder la paciencia.

Asta suspiró agotada.

—Se llama Moryen Blatvasky, bueno miento, ahora es Moryen Le Fey —respondió su suegra—. La conozco desde que somos niñas porque nos criamos juntas en el mismo aquelarre.

—¿Estuviste en un aquelarre? —preguntó Eyra con curiosidad.

—Rara es la bruja que no ha pertenecido a alguno —contestó Asta con impaciencia.

—¿Y por qué no te quedaste?

Los ojos de Asta se ensombrecieron.

—Tuve que marcharme.

Eyra recordó la visión de la versión más joven de Asta en aquella cueva con toda la intención de sofocar a aquella mujer con una almohada. ¿Tal vez escapó después de matarla? ¿Pero por qué lo hizo? La otra visión había demostrado que había habido una especie de relación especial entre la mujer de pelo castaño y Asta, por tanto seguía habiendo una pieza que seguía sin encajar en aquella historia. Reparó que Asta estaba estudiando su cara con atención, quizás ansiosa por saber qué estaba pensando.

—Esa bruja está segura de que tienes el libro y parece dispuesta a todo por conseguirlo.

—No lo tengo —insistió Asta—. Me lo robaron hace años, se lo he dicho por activa y por pasiva.

—Pues no se lo cree.

—Ya, Moryen siempre ha pecado de desconfiada —musitó Asta casi más para sí—, pero no te preocupes, todo se va a arreglar. Esa mujer desaparecerá pronto de nuestras vidas, te lo prometo.

—¿Cómo? —quiso saber Eyra.

—No puedo decírtelo y agradecería que no mencionaras nada a Erland ni a nadie de este asunto.

—Pero…

—Necesito que confíes en mí, Eyra —insistió Asta con firmeza—. Hay que llevar esto con la mayor discreción posible.

Eyra quería confiar en ella con todas sus fuerzas, pero había algo que seguía sin cuadrar del todo. ¿Qué pretendía hacer Asta? ¿Cómo iba a calmar la ira de una bruja que claramente no estaba bien de la cabeza? La tal Moryen-como-se-llame parecía dispuesta a todo con tal de recuperar el dichoso grimorio, pero Asta no parecía dispuesta a dárselo. Tal vez debería buscarlo por sí misma y entregárselo a la bruja, pensó. Aunque estaba claro que si ella no se había percatado de la existencia de aquel libro, difícilmente podría encontrarlo. Además, Eyra rara vez frecuentaba en aquella casa y Asta sospecharía enseguida de ella.

¿De verdad debía confiar en su suegra?

Estaba casi del todo convencida de que la estaba mintiendo respecto al grimorio, pero también era cierto que Asta podía tener reparos con ella también. Resultaba muy desagradable que ambas mujeres tuvieran tal desconfianza entre ellas, pero Eyra tampoco sabía cómo arreglar las cosas con su suegra cuando la había despreciado casi desde el mismo instante que se habían conocido.

Eyra pasó los últimos meses de su embarazo inquieta y nerviosa. No había vuelto a ver a la bruja, pero vivía constantemente emparanoiada de que volviera a aparecer. Tampoco sabía mucho de Asta, con quien apenas trataba pese a que el parto estaba cada vez más cerca. De igual manera, Eyra ya había expresado su preferencia por que el parto lo asistiera su tía Gothi en lugar de Asta, pese a la amplia experiencia de ésta como matrona. Aquello había levantado cierta polémica dentro del núcleo familiar e incluso Erland, quien había esperado que el parto calmara las diferencias con su madre, la había reprendido, pero sorpresivamente Asta no se sintió ofendida por la petición de Eyra.

—Gothi es como su madre, es normal que se sienta más cómoda pariendo con ella que conmigo, pero yo estaré a su disposición en caso de que me necesiten.

Eyra esperaba que no tuvieran que llegar a ese punto; pero, como era de esperar, nada salía nunca como ella deseaba. Hacía muchos años que Isla Mema había dejado de celebrar el solsticio de verano. Las festividades de primavera y verano resultaban un lujo cuando los dragones no paraban de robar suministros y ganado, por lo que rara vez se hacía ningún tipo de fiesta salvo el Festival del Deshielo que se hacía poco antes de iniciar la primavera. Sin embargo, Gothi y ella, como buenas völvas que eran, acostumbraban a construir un pequeño altar en el bosque para dar gracias a Odín por un verano más y rezaban porque la cosecha fuera buena y que los dragones no se excedieran con su tribu más de lo acostumbrado. Después, celebraron una comida con los Hofferson, quienes oraban a Thor por protección para su familia y fortaleza para enfrentarse a un verano repleto de ataques de dragones, y Asta rezó a Freyja y a Frigga porque su futura nieta naciera fuerte y sana. Aquel día, Erland y ella se retiraron temprano, aunque antes se pasaron por casa del Jefe para recoger a Hipo dado que el Consejo se reunía de urgencia esa misma tarde para abordar alguna nueva estrategia contra los dragones. Eyra se sentía especialmente cansada e incómoda por su pronunciada tripa, por lo que se fue a echar una siesta con Hipo mientras que Erland marchó a la reunión del Consejo con su padre y su hermano. Eyra se quedó adormilada mientras Hipo se acurrucaba junto a su vientre, con las manitas puestas sobre él, como si tuviera el instinto de protegerlo de todo mal.

Le despertó un trueno que hizo que temblara toda la casa. Hipo se puso a llorar por el susto y Eyra intentó consolarlo cuando reparó que se había dormido más de la cuenta, dado que ya estaba anocheciendo. La lluvia empezó a caer enseguida en grandes goterones que impactaron con fuerza contra la casa y el cielo vomitaba terroríficos relámpagos a destajo. Sintió un pinchazo en su bajo vientre mientras daba a Hipo de cenar una papilla de verduras que Erland había preparado esa mañana y acarició su tripa para calmar la molestia. La niña apenas se había movido en los últimos días, aunque Gothi ya le había advertido que seguramente se debía a que ya estaba posicionada para el parto, por tanto podía dar a luz en cualquier momento. A la vista que no paraba de tronar, Eyra intentó entretener a un asustadizo Hipo leyéndole un cuento e incluso cantándole alguna que otra nana, pero el niño parecía muy nervioso porque no dejaba de tocarle la tripa y miraba todo el tiempo hacia la ventana sollozando.

—No va a pasar nada, aquí estamos a salvo —le dijo ella en un intento de calmarlo.

Hipo alzó la mirada y clavó sus expresivos ojos verdes en los suyos.

—Dragós.

—¿Dragones? No, cielo, eso es una tormenta. Hoy no han venido los dragones, solo es…

Entonces sonó la campana de alarma y, seguido, oyó un fuerte rugido sobre su tejado que reconoció de una Pesadilla Monstruosa. Puede que fuera del movimiento brusco que hizo cuando cogió instintivamente a Hipo en brazos para salir a toda leche de la casa o el terror repentino que la había invadido ante tal repentino ataque, pero Eyra sintió algo caliente y húmedo descender por sus muslos. Se levantó su camisón y la muchacha entró en pánico cuando vio que había roto aguas.

—¡No me jodas! ¿Ahora te decides salir? —exclamó ella a su vientre al borde del llanto.

Tenía que actuar deprisa. El parto podía durar horas, por lo que tenía tiempo suficiente para coger a Hipo e ir hasta el Gran Salón. Sin embargo, tan pronto agarró una manta para resguardar a Hipo de la lluvia, sintió un intenso dolor que la sacudió con fuerza y no se vio capaz de contener un grito. Respiró profundamente, intentando ignorar los rugidos cada vez más intensos de los dragones y la fuerte tormenta que estaba sacudiendo su casa. Hipo sollozó nervioso y Eyra vio como andaba torpemente hacia ella, como si quisiera acudir en su ayuda.

—Ya está, mi amor, no pasa nada —intentó calmarlo forzando una sonrisa mientras le envolvía con una manta.

—Tú pupa —se lamentó el niño.

Ella le besó en la cabeza y, sin pensárselo dos veces, salió al exterior. La lluvia entorpecía el encendido de las columnas de fuego para distraer a los dragones y el cielo estaba cubierto de relámpagos, dragones y fuego. Eyra tuvo otra contracción y contuvo el dolor como mejor pudo mientras aceleraba el paso hacia el Gran Salón. Hipo se abrazaba contra ella con fuerza, metiendo una de sus trenzas en su boca para calmarse. Otra contracción la sacudió cuando escucharon unos silbidos fácilmente reconocibles.

—¡Furias Nocturnas! —gritó alguien.

—¡Agachaos! —dijo otro.

Eyra se protegió en una callejuela formada entre dos casas y, tan pronto escuchó la explosión del plasma impactar contra una casa ubicada no muy lejos de donde estaban, salió disparada. Resultaba muy difícil caminar cargada con un niño de más de un año y con otra que parecía ansiosa por salir de ella. Las contracciones estaban sucediendo con una inusual rapidez y a Eyra le preocupaba que el parto estuviera yendo demasiado deprisa. No podía parir a su hija en mitad de un ataque de dragones y encima sola. No, por Odín, ¡que no fuera así! Miró en todas las direcciones suplicando ayuda mientras gritaba de dolor e Hipo se había echado a llorar otra vez, asustado ante la escena tan confusa y aterradora. Entonces, entre el caos, le pareció oír a Erland.

—¡Eyra!

La muchacha se echó a llorar de alivio tan pronto su marido apareció de entre el caos para cogerla en brazos y llevarla a ella y a Hipo al Gran Salón.

—¡Llama a mi tía! —le suplicó cuando entraron—. ¡He roto aguas y la niña no espera! ¡Viene ya!

En una circunstancia menos estresante, quizás Erland hubiera entrado en pánico, pero su marido era un hombre de acción que trabajaba mejor que nadie bajo presión. Ladró órdenes para buscar a Gothi a la vez que la acercaba a un fuego y pedía que trajeron algo para secarla y cambiarla de ropa. Sigrid se llevó a Hipo con los demás niños, aunque costó separarlo de ella de lo mucho que se resistió. Eyra lloraba del intenso dolor que sacudía todo su cuerpo y no dejaba de temblar a causa del frío. En cierto punto, alguien reclamó a Erland con urgencia y su marido parecía verse en una encrucijada.

—Vete —le ordenó ella.

—No voy a dejarte.

—Mi tía tiene que estar al caer, haz lo que tienes que hacer —cogió de su mano con fuerza—. Las dos estaremos bien.

—Júrame que será así —le suplicó él.

Ella sonrió abatida.

—Solo si tú me juras que volverás para conocer a tu hija.

—Nuestra hija —le corrigió él antes de besarla en los labios—. Resiste como puedas, ¿vale?

Ella asintió a la vez que contenía un gemido de dolor por otra contracción. Erland se fue y a Eyra la movieron hasta una de las habitaciones contiguas del Gran Salón que se utilizaban de almacén para que tuviera algo más intimidad. Sentada en un camastro, Eyra se palpó en sus genitales y, horrorizada, se dio cuenta que ya estaba muy dilatada.

—¡Necesito que mi tía venga ya! —suplicó Eyra a Gyda Jorgenson que se encontraba allí para ayudarla con el parto.

Sin embargo, quien apareció en ese instante por la puerta fue Asta. Su suegra debía haber tomado poca poción de envejecimiento porque se veía más joven de lo habitual; pero, por suerte, nadie pareció reparar en ello.

—Me han dicho que Gothi ha tenido que tomar un camino más largo porque la colina está llena de dragones —argumentó Asta preocupada.

—¡No! —chilló Eyra desesperada mientras sufría otra contracción—. ¡No puedo esperar más! ¡Ya viene!

Asta se inclinó para mirar la dilatación y sus ojos se abrieron de par en par al ver que, efectivamente, Eyra no podría aguantar mucho más.

—Eyra, tengo que asistirte el parto —le suplicó Asta.

—Pero…

—¡No voy a dejar que os pase nada a ninguna de las dos! —le prometió su suegra desesperada—. Por favor, por una vez, confía en mí.

Eyra no tuvo otro remedio más que aceptar. Por suerte, el parto fue muy rápido. Asistida por Gyda Jorgenson y la señora Ingerman, Asta daba instrucciones como una general a un ejército. Sigrid se unió no mucho tiempo después para cogerla de la mano y darla ánimos y, entre todas, la alentaban para que empujara.

—¡Venga, Eyra! —gritó en cierto punto Asta—. ¡Ya le veo la cabeza!

Eyra, agotada y sudorosa, empujó con las pocas fuerzas que le quedaban a la vez que gritaba ya sin voz, pero entonces lo oyó. El fuerte llanto de una bebé fuerte y sana, el de su niña. Asta la había cogido en brazos y Eyra extendió los suyos para cogerla, aunque su suegra no pareció reparar en otra cosa que no fuera su nieta.

—Dame a mi hija, por favor —le pidió Eyra quizás con demasiada brusquedad.

Asta dio un pequeño respingo y, por suerte, se la tendió enseguida. La niña dejó de llorar tan pronto sintió el calor de su pecho contra su piel fina y, para Eyra, aquel momento lo cambió todo para siempre. A pesar de estar cubierta de líquido y sangre, su hija era preciosa. Rubia, como su padre, con una nariz que parecía asemejarse a la suya y contaba con sus diez deditos en las manos y en los pies. En la zona izquierda del pecho, rojito como el resto de su cuerpo a causa del esfuerzo del parto, observó que tenía tres lunares que formaban un triángulo.

—¡Qué preciosa es! —exclamó Sigrid a su lado.

—¡Y qué rubia! ¡Tiene pinta que se va a parecer a su abuela!

Si no fuera porque tenía entre sus brazos a la criatura más perfecta del Midgard, Eyra habría golpeado a Gyda Jorgenson sin pensárselo dos veces. Asta, en cambio, parecía más atenta en cortar el cordón umbilical y en limpiarla que en la conversación de las otra mujeres. Inconscientemente, su suegra posó un momento su mano desnuda contra su pierna y Eyra, quizás por el agotamiento y el cúmulo de emociones que la estaban embargando en ese momento, no pudo bloquear las visiones que azotaron su mente como una bofetada. Las imágenes eran confusas, pero enseguida se detuvo cuando vio a la bruja, a la tal Moryen, hablando con Asta junto a los acantilados de Isla Mema. Escuchó horrorizada la conversación que ambas brujas mantuvieron hasta que oyó a su suegra claramente decir:

—No hay nada que desee más que quitarme a esa niña del medio, ¿aceptas el trato o no, Moryen?

Eyra volvió en sí soltando un fuerte alarido de pánico. Su bebé no estaba en sus brazos y ella miró hacia los lados, ignorando las súplicas de sus amigas para que se calmara. Su hija estaba ahora en los brazos de Asta, quien la contemplaba horrorizada, y Eyra, movida por un ira que la hacía inconsciente de su propio dolor físico por el parto, se levantó para arrancar a la niña de sus brazos. La criatura lloró por el movimiento brusco, pero Eyra solo se preocupó de abrazarla contra su pecho mientras fulminaba a aquella bruja con la mirada.

—Eyra, por favor…

—¡Vete de aquí! —escupió la muchacha.

—Estás muy alterada y necesitas que te curen, por favor —dijo Asta alterada—. Yo puedo cuidarte a la niña…

—¡No! —chilló Eyra furiosa—. ¡No voy a dejar que esa mujer se lleve a mi bebé y mucho menos que tú pongas tus manos en ella! ¡Te quiero lejos de mí y de mi familia!

Asta palideció ante sus palabras, consciente de que Eyra había vuelto a usar su poder y había descubierto su secreto. La niña lloraba debido a la horrorosa tensión que se respiraba en aquel lugar y Eyra temía no poder sostenerse mucho tiempo más en pie, pero agradeció poder aguantar la compostura hasta que su suegra, ahora con una expresión de furia que deformaba su hermoso rostro, decidió retirarse por fin no sin antes decir:

—Has perdido completamente la cabeza, niña. No voy a permitir que mi nieta pierda todo el potencial que tiene por tu estupidez.

—Si tocas a mi hija, juro por la memoria de mi familia muerta que te despellejaré viva sin titubear por un segundo —le amenazó Eyra con una frialdad que helaba hasta su propia sangre.

Su encontronazo con su suegra, por supuesto, tuvo consecuencias; pero por primera vez desde que se había casado con Erland, no sintió el menor remordimiento. No iba a dejar que nada le pasara a su hija y, por suerte, Eyra no tuvo que contar nada a su esposo para que éste saliera en su defensa, sobre todo porque su madre lanzó un discurso tan lleno de odio y desprecio que directamente le explotó en la cara. Erland dejó muy claro a su familia que si tenía que escoger, él siempre iba a escoger a su mujer y a su hija antes. Eyra los escuchaba discutir en el comedor mientras ella, mucho menos dolorida gracias a la poción contra el dolor que su tía le había preparado, contemplaba a su hija sin prestarles la más mínima atención. La niña era perfecta. Aún era pronto para sacar parecidos, pero sin duda era digna hija de su padre.

Se habían planteado llamarla Brita, por su madre, pero Eyra supo que aquel nombre no era adecuado para su hija tan pronto la tuvo en sus brazos por primera vez. Optó por su segunda opción casi sin dudarlo. Resultaba irónico que, tras conocer las intenciones de su suegra, Eyra hubiera escogido un nombre similar para honrarla; pero, a diferencia de Asta, Astrid era un nombre menos extranjero y más propio para una niña nacida en el Archipiélago.

¿Y qué se podía decir de Astrid? Solo cosas buenas, por supuesto.

Era una niña extraordinariamente tranquila. A diferencia de Hipo, quien había sido un bebé que había desajustado su rutina del sueño durante meses, Astrid dormía plácidamente por las noches. Quizás era un poco menos risueña que Hipo, pero tan pronto abrió sus ojitos y se definieron el azul que había heredado de su padre, demostró ser una niña atenta y muy curiosa. A Eyra le hacía muchísima gracia cómo Astrid se quedaba mirando fijamente a la gente mientras hablaba, como si estuviera esforzándose en comprender lo que para ella todavía era un idioma incomprensible. Erland estaba perdidamente enamorado de su hija y Eyra se sentía afortunada de que su marido, a diferencia de los hombres de la aldea, también tomara responsabilidades cuando estaba en casa. Por ejemplo, las pocas veces que Astrid se despertaba por la noche, Erland se levantaba al instante a atenderla. Es más, era incluso capaz de entender qué era lo que la niña necesitaba con solo oírla llorar, por lo que era habitual que Erland metiera a la niña con ellos en la cama para que Eyra pudiera darle de comer.

Si Erland estaba así con su hija, ¿qué podía decirse de Eyra que estaba todo el tiempo con ella? Lo que ella sentía por Astrid difícilmente podía describirse en palabras. Su hija era un producto de su amor con Erland; por lo que, para ella, Astrid Hofferson era la perfección encarnada en humana. El amor y el sentimiento protector que sentía por aquella criatura se le hacía sobrenatural, sobre todo porque estaba dispuesta a hacer lo que fuera por ella. Cierto era que aún era muy pequeña para definir rasgos de su personalidad, pero Astrid era una niña muy amorosa y fácil de querer, sobre todo porque Erland y ella eran los privilegiados que más disfrutaban de su sonrisa. Además, resultaba una niña difícil de asustar, pues durante los ataques de dragones, Astrid raramente lloraba. Es más, se mantenía serena y calmada en brazos de su madre y solo hacía pucheros cuando alguien que no fuera sus padres o su abuelo pretendía cargar con ella.

Los caracteres ruidosos y extrovertidos de Erland y Eyra estaban en perfecta sintonía con la personalidad introvertida de Thror, quien aparecía todos los días por su casa, hacia última hora de la tarde, para pasar un rato con su nieta. Astrid gozaba con la presencia de su abuelo y, cuando ambos no se miraban con fascinación, la niña se dormía en sus brazos, casi como si fuera influida por el carácter calmado de Thror, quien la mecía delicadamente, como si se tratara un tesoro fácil de quebrar.

Gothi demostró ser una tía modelo volcándose en prepararles las comidas cuando Erland estaba demasiado ocupado para hacerlo, aunque se ganó la antipatía de Astrid cuando le daba infusiones de hierbas para evitarle los resfriados y otras afecciones típicas de los bebés. Su tía no parecía afectada por ello, es más, le hacía mucha gracia lo expresiva que podía llegar a ser Astrid cuando se enfadaba, argumentando que eso era algo que había sacado de su madre.

Sin embargo, si había alguien que disfrutaba de Astrid ese era Hipo Haddock. A pesar de que Eyra había insistido de que podía seguir haciéndose cargo del niño, Estoico había preferido darle unas semanas para que se hiciera a su hija. Tres semanas después del parto, Eyra había amenazado con patear el culo a Estoico y a Erland si no traían a Hipo para que conociera a su hija y los dos hombres no dudaron que estaba hablando más que en serio. El niño se puso loco de contento tan pronto la vio y, tan listo y prudente como era, pareció comprender que no podía echarse a sus brazos teniendo a la bebé en sus brazos. Erland tuvo el detalle de cargar con él para que el niño pudiera ver a Astrid con sus propios ojos, ¿y qué podía decirse?

Fue amor a primera vista.

Hipo siempre quería estar con Astrid. Nunca hacía nada que pudiera alterarla, pero nunca le quitaba ojo de encima, como si tuviera el sentido de responsabilidad de cuidar que estuviera bien en todo momento. Cuando la niña estaba despierta, le hablaba a su manera, en un discurso típico de un niño que apenas iba a cumplir el año y medio, pero Astrid siempre le prestaba atención, observando al niño con sus grandes ojos azules y con una sonrisa en su boquita. Era evidente que su hija quedara conquistada por el niño y ambos, a la manera que debían hacerlo los bebés, se hicieron inseparables. Se volvió típico que durmieran la siesta juntos y Eyra procuraba grabar en sus retinas la bellísima imagen de ellos dos abrazados y dormidos, ajenos a los problemas del resto del mundo.

Apenas vieron a Asta durante todo el verano. Su suegra actuaba como una hipócrita haciéndose la ofendida por lo que Eyra había visto tras el parto, pero la joven völva no estaba dispuesta a mover un dedo para arreglar las cosas y mucho menos pensaba disculparse. ¿Esperaban realmente que ella pudiera controlar su poder habiendo parido en ese momento? Ni de puta coña. Además, Asta había ofrecido a su hija como mercancía a aquella horrible bruja a cambio de que la dejara en paz y eso era algo que Eyra no podía perdonar. Por supuesto, había tenido que contenerse de no contarle nada a Erland sobre lo que había visto, a pesar de que su marido se lo había pedido en más de una ocasión, pero Eyra era fiel a sus principios y, pese a que todo el mundo merecía saber que Asta Hofferson era una mentirosa y la peor de las personas, no iba a usar su poder para demostrarlo. Eso sí, si llegaba el día en el que Asta deseara retomar el contacto o arreglar las cosas —cosa que veía muy improbable—, más le valía arrastrarse a sus pies hasta el fin de los días.

Respecto a su cuñado, sus visitas sucedían probablemente porque su padre le obligaba a hacerlo, pero no cabía duda de que si había alguien capaz de ablandar el corazón de piedra de Finn Hofferson, esa era Astrid. Sin embargo, jamás la cogía en brazos por miedo a hacerle daño y evitaba pasar a ver a la niña cuando sabía que Erland estaba en casa. La tensión entre los gemelos había llegado a tal extremo a causa del enfrentamiento entre Eyra y Asta que habían dejado definitivamente de dirigirse la palabra. Aquella había apenado a la joven, quien deseaba que ambos hermanos pudieran entenderse algún día, pero parecía una misión imposible. Erland y Finn podían ser iguales físicamente —y eso que Finn había procurado parecerse lo menos posible a su hermano dejándose barba y rapándose la cabeza—, pero no había dos personas que pudieran despreciarse tanto como lo hacían ellos dos.

Hacia finales de septiembre, después de haber cumplido Astrid los tres meses y que Finn hubiera partido a un nuevo viaje, Asta se presentó en su casa una mañana temprano. Para la mala suerte de Eyra, la pilló sola en casa con su hija. Su suegra se la veía claramente tensa y Eyra era consciente de que tenía que dejarla pasar quisiera o no. Bastantes rumores se habían levantado en torno a su mala relación como para que encima se dijera ahora que Eyra Hofferson tenía poca predisposición en arreglar las cosas con su suegra. Con Astrid cargada en un brazo, Eyra puso agua a calentar para preparar té para ambas y observó como Asta miraba el desorden de su casa con ojos juiciosos, aunque agradeció que se ahorrara de soltar ningún comentario al respecto. Asta clavó la mirada en Astrid tan pronto Eyra se sentó frente a ella y la bebé la observó con suma curiosidad, probablemente preguntándose quién era aquella desconocida que venía a perturbar la paz de su mañana.

—Tiene los ojos de los Hofferson —señaló Asta.

—Sí —respondió Eyra con sequedad.

—Y tiene tu nariz —añadió la mujer antes de dar un sorbo a su té.

Eyra odió ruborizarse por ese comentario, pero fue inevitable no hacerlo. Asta extendió su mano hacia Astrid, en un amago de cogérsela a la niña, pero Eyra se echó hacia atrás casi de manera inconsciente. Asta se sintió dolida por su gesto y la niña miró a su madre con gesto confundido.

—No voy a hacerle nada —se defendió Asta.

—Disculpa que no te crea —le advirtió Eyra molesta—. Agradece que te deje verla.

Asta soltó un suspiro largo y cansada.

—Eyra, de verdad que no quiero estar en guerra contigo por más tiempo. Quiero arreglar esto y explicarte que…

—¿Qué? ¿Que ibas a dar a mi hija a una bruja porque no soportas que ella tenga mi sangre? —le interrumpió ella—. Espera, ¿cómo era? ¿Que la bruja en cuestión necesita un cuerpo nuevo y querías darle el de Astrid?

Asta se mordió el labio.

—No esperaba que hubieras visto tanto.

—Infravaloras mi don, tampoco sería la primera vez —le recriminó Eyra con facilidad.

La bruja agachó la cabeza, claramente avergonzada.

—Lo que dije no era del todo verdad —argumentó Asta mirando de nuevo a la niña—. Jamás daría a nadie con mi sangre a esa mujer.

—Mientes —le acusó Eyra con frialdad.

La bruja alzó sus ojos hacia ella.

—No miento —se defendió Asta—. Necesitaba ganar tiempo para saber qué podía hacer con Moryen para quitármela del medio. Ella quería el grimorio, pero… no podía dárselo. Me era imposible hacerlo y se me ocurrió lo de la niña sobre la marcha. Estaba tan enfadada contigo que no me detuve en pensar en las consecuencias de aquella propuesta hasta que tuve a Astrid por primera vez en mis brazos. Fue entonces cuando caí que había cometido un error abismal. Por suerte, Moryen nunca ha estado interesada en la niña, solo quería el libro, así que… se lo di. Le hice jurar que no volvería a molestarnos y sé que cumplirá su palabra. Sé que lo que hice estuvo fatal y… me sentó tan mal que volvieras a rebuscar por mis recuerdos, aún siendo un accidente, que he dejado llevarme una vez más por mi arrogancia.

Eyra estrechó los ojos.

—Lo que más gracia me hace de todo esto es que estabas dispuesta a sacrificar a tu propia nieta solo por el desprecio que me tienes. Jamás te he hecho nada y, aún así, siempre te has preocupado de recordarme que yo no valgo una mierda para ti.

Asta sostuvo su mirada avergonzada.

—Deseaba con todas mis fuerzas que fueras una bruja como yo —explicó Asta y Eyra jadeó sorprendida—. Es raro ver una marca de bruja tan evidente como es en tu caso. ¿Ojos bicolores? De esas hay una entre un millón, Eyra. Era… o, más bien, es innegable que tienes potencial para ser una gran bruja —Eyra volvió a ruborizarse, poco acostumbrada a recibir un halago de su suegra—. Llevaba muchos años anhelando una hija y te habría adoptado si Gothi me hubiera dejado, pero comprendo que ella quisiera que tú siguieras sus pasos. Supongo que tu temperamento demostraba ser tan distinto al mío y al de mis hijos que pronto me di cuenta que, si ya era difícil controlarte como una humana, ¿qué podría pasar si hubieras recibido la bendición de Freyja? Por eso no quise insistir, más cuando supe que tenías esa habilidad tan… especial. Si tu don ya se había manifestado significaba que Odín ya te había reclamado como su sierva, por lo que sería un insulto hacia el Padre de Todos que te bendijera en las aguas de Freyja.

—¿Y por eso me odiabas tanto? —reclamó Eyra confundida.

Asta hundió los hombros ante su pregunta.

—Mentiría si te dijera que no he sentido un fuerte sentimiento de desdén hacia ti, nunca llegué a saber qué viste aquel día en mi casa y me aterraba lo que tú pudieras decir algo a mi familia o a quien fuera —argumentó Asta.

—Jamás he dicho nada —se defendió Eyra con las mejillas encendidas—. No soy una chivata.

—Lo sé, pero supongo que me dabas… o más bien sigues dándome miedo —admitió la bruja con tristeza—. Eres una völva con un gran poder, Eyra, y nuestras especies… jamás se han entendido. Por eso no quería que te casaras con Erland, no… no quería tener una amenaza en mi familia y… no deseaba que mis nietas fueran völvas. Además, Erland siempre te elegía a ti antes que a nadie, supongo que eso despertó unos celos muy impropios en mí.

—¿Celos? —repitió Eyra sin comprender.

—Amo a mis hijos más que a mi propia vida —explicó la bruja—. Creo que ahora que tienes una hija comprendes lo que una madre puede llegar a sentir por sus hijos. Para mí no eras más que una intrusa que estaba ahí para robarme el cariño de mi hija, para ponerlo en mi contra…

—Hasta el parto jamás he dicho una sola mala palabra de ti a Erland —le advirtió Eyra ofendida—. Y si no le dije lo que vi aquel día fue porque no quería darle una buena razón para cortar definitivamente el fino lazo que le une ahora mismo contigo.

—¿Y por qué…?

—Porque le quiero, Asta, y Erland merece tener una madre en su vida pese a que ésta no le merezca.

Asta se quedó en silencio, incapaz de contraargumentar su último comentario. Astrid chilló y se movió contra su pecho, dando a entender que tenía hambre. Eyra deslizó la tela de su camisón para liberar uno de sus senos llenos de leche y la bebé atrapó su pezón para mamar con entusiasmo. Asta sonrió con ternura.

—Erland era igual, siempre le gustaba comer y no había forma de que te soltara hasta que se saciara —señaló ella con nostalgia—. Finn se hacía más el remolón.

Eyra no pudo ocultar una sonrisa, aunque no se vio capaz de añadir nada más. Tenía muchos sentimientos encontrados y no estaba del todo segura de si podía creer a Asta. De repente, la bruja extendió su mano hacia ella y Eyra alzó la mirada confundida.

—Quiero que veas por ti misma que no te miento. Quiero que entiendas que realmente estoy dispuesta a enmendar mi error y me gustaría que empezáramos de nuevo —miró a Astrid y sonrió con tristeza—. Me gustaría formar parte de la vida de mi nieta.

Eyra respiró hondo, cada vez más consciente de que tal vez sí había una predisposición al cambio por parte de Asta, por lo que cogió su mano sin titubear y rebuscó en sus recuerdos. En otras circunstancias, quizás mucho más enfadada y movida por el rencor, Eyra hubiera buscado hasta el último de sus secretos, pero si había aprendido algo con los años era que no debía usar su don para fines egoístas y de venganza. Buscó los recuerdos pertinentes que probaban la verdad de Asta y soltó su mano tras ver la imagen de la bruja entregando aquel libro a la tal Moryen y despidiéndose de ella para siempre. Asta sonrió agradecida de que hubiera respetado su intimidad y Eyra dejó que la mujer sostuviera por fin a Astrid.

La relación entre ambas mujeres mejoró considerablemente. No era que se hubieran vuelto uña y carne, pero se entendían mucho mejor de lo que en un principio cualquiera de las dos hubiera pensado. Aquella inesperada conciliación dejó a Erland tan contento como sorprendido y Asta hizo un esfuerzo por reconstruir la relación con su hijo, a quien claramente adoraba pese a no contar con las virtudes que su gemelo pudiera tener. Solo habían dos cuestiones por la que ambas mujeres acaban siempre discutiendo: la primera estaba relacionada con la insistencia de Asta en bautizar a Astrid para que recibiera la bendición de Freyja tan pronto fuera posible, evento al que Erland y Eyra se veían obligados a decir que no día sí y día también. Ambos consideraban que una decisión como aquella pertenecía únicamente a Astrid y, hasta entonces, crecería como una niña humana normal. A Asta le frustraba que no evaluaran detenidamente el potencial mágico con el que aparentemente contaba su hija e insistía en que Astrid estaba destinada a ser grande entre las brujas, pero aquel era un peso que Eyra no estaba dispuesta a poner sobre los hombros de su hija, más siendo ahora una bebé.

El segundo motivo de discusión era el que más dolía a Eyra y se trataba de la constante presencia de Hipo. Asta rechazaba totalmente al niño, hasta el punto que lo despreciaba y se negaba en rotundo a tocarlo pese a que Hipo reclamaba siempre su cariño cada vez que se topaba en casa con ella. Hipo estaba cerca de cumplir los dos años y a Eyra le partía el corazón que conociera el rechazo desde ya tan pequeño, pero Asta insistía que Hipo era una mala influencia y muy peligroso para una niña tan «única» y «especial» como Astrid. Cuando supo que Asta se había vuelto a movilizar a sus espaldas para buscar a otra mujer que se hiciera cargo de Hipo, Eyra se vino abajo. Hipo era como un hijo para ella y, a pesar de que le había enseñado a comprender que ella no era su madre, el niño la veía como tal. Además, los dos niños se adoraban, ¿qué motivo había entonces para sacar a Hipo de sus vidas? No le parecía justo que los prejuicios de Asta hacia Hipo, fuera lo que fuera lo que hubiera hecho Valka para salvarle la vida, fueran razón de peso para que Eyra dejara de hacerse cargo de él durante las ausencias de su padre. Erland, quien indudablemente también había cogido mucho cariño al niño y consciente de que Eyra estaba en el límite de sus nervios, fue a quien se le ocurrió la idea de prometerlos.

—¿Pero qué dices? ¡Si son solo niños! —exclamó Eyra horrorizada cuando escuchó la propuesta de su marido.

—Podrán romper el compromiso si finalmente deciden no casarse —le aseguró Erland—, pero Estoico no podrá rechazar esta oferta. Astrid es la primogénita y, si llegara a casarse con Hipo, algún día será la consorte del Jefe, la mujer con más poder de toda la aldea. El sueño de nuestros padres siempre fue unir nuestras familias en un matrimonio, ¿qué mejor que ellos dos que se conocen desde pequeños?

—No lo sé, Erland, Astrid es solo un bebé…

—Pondremos una cláusula que especifique que si alguna de las partes no quiere casarse cuando cumplan los dieciséis, el contrato queda anulado —Eyra seguía sin estar convencida—. Eyra, si quieres impedir que mi madre convezca a Estoico de quitar a Hipo de tu lado, esta es la única manera. Además, protegeríamos a Astrid de ser bautizada antes de tiempo.

—Porque la estaríamos exponiendo ante toda la aldea —concordó Eyra ahora más segura—. Está bien, pero quiero que la edad para casarse sea a los dieciocho, mi bebé tendrá que ser una adulta cuando decida casarse.

—Será como tú desees, mi amor —le prometió su marido antes de besarla en los labios.

La semana siguiente, Estoico y Erland firmaron el contrato en secreto. El Jefe estaba muy sorprendido por su propuesta y, al igual que Eyra al principio, se mostró muy reticente ante la idea de comprometer a su hijo cuando no era más que un bebé, pero el joven matrimonio Hofferson supieron persuadirlo. Después de todo, Astrid era un gran partido y era indudablemente la niña más bonita que se había visto en la aldea en mucho tiempo. Eyra se preocuparía de que su hija fuera mucho más que un florero y sabía que Erland tenía toda la intención de entrenarla en el arte de la guerra como había hecho su padre con él.

Todo parecía marchar sobre ruedas en su vida.

Hasta que llegó ese día.

Los dragones nunca atacaban en invierno. Acostumbraban a robar muchos suministros durante la primavera y el verano precisamente para aguantar el otoño y el invierno en sus cálidas cavernas, sin verse obligados a salir al gélido frío que tan mal les hacía a sus escamas y a sus pulmones de fuego. De ahí que el ataque de aquel frío cinco de diciembre les hubiera pillado tan desprevenidos a todos. Al estar el mar Barvárico congelado y las ventiscas golpeaban sin parangón contra la aldea, las torres vigías no contaban con centinelas que vigilaran el horizonte. ¿Qué sentido había? Sin dragones que atacaran y barcos enemigos que pudieran navegar en sus costas, la única misión de la gente de Mema era sobrevivir al invierno, que bastante trabajo era ya.

Eyra se despertó en mitad de la noche a causa de una fuerte explosión que escuchó tres casas más allá de donde se encontraba la suya. Por un momento pensó que estaba sufriendo algún tipo de pesadilla, sobre todo cuando escuchó el aleteo y los rugidos de los dragones en el exterior, pero los lloros asustados de Astrid le dieron conciencia de que toda aquello estaba pasando de verdad. Erland ya se había levantado a coger a Astrid para calmarla y cubrirla con una manta mientras que Eyra sacaba las pieles y las botas para salir al exterior y correr hacia la seguridad del Gran Salón.

Todo resultaba muy confuso.

La ventisca era tan fuerte que apenas podían caminar sin tener la sensación de que le estaban clavando cuchillas en la piel. No veían nada a causa de la nieve, pero los dragones volaban a su alrededor y la gente gritaba desesperada y confundida por la intensidad de la tormenta y la inexplicable presencia de los dragones. Eyra, que iba cubierta con dos capas de pieles, abrazaba a Astrid contra su pecho e intentaba por todos los medios caminar, pero se veía incapaz de hacerlo. Finalmente, Erland las cogió en brazos y empleando un esfuerzo titánico por andar en la nieve, alcanzaron la casa de Thror y Asta. Eyra tuvo un intenso escalofrío que sacudió su cuerpo entero cuando Erland empujó la puerta, una especie de corazonada que le advertía que no debía entrar ahí bajo ningún concepto, pero si no se resguardaban, morirían o bien por la ventisca o por los dragones.

Por un segundo pensaron que Thror y Asta se habían marchado, pero la casa estaba inusualmente fría y escucharon voces hacia el fondo de la casa, donde se encontraba la habitación principal. Erland estaba tenso, como si él también se hubiera dado cuenta que algo no andaba bien. Caminaron con paso lento y titubeante y, mientras caminaban por el pasillo que llevaba al dormitorio de Asta y Thror, Eyra reparó que la puerta de la habitación de Finn estaba entreabierta. No supo por qué le dio por mirar dentro, quizás porque las völvas eran más sensibles a la muerte de lo que eran los humanos y puede que, de alguna manera, hubiera sentido el alma de Thror abandonar su cuerpo, pero no lo supo identificar cuando empujó la puerta hacia dentro y vio el cadáver de su suegro flotando sin vida, como si estuviera sujeto del cuello con una cuerda invisible.

Erland tapó su boca con una mano cuando ella fue a gritar. Eyra abrazó a su hija contra su pecho, deseando con todas sus fuerzas que no hubiera visto nada y estaba agradecida de que la niña, de alguna manera, no se hubiera echado a llorar. Se volteó hacia Erland y observó su bello rostro cubierto de lágrimas y deformado por el miedo y la ira. Fuera lo que fuera lo que hubiera pasado allí, el asesino de Thror Hofferson debía seguir en aquella casa y estaba claro que, si estaba flotando en el aire con una cuerda invisible, aquello había sido algo relacionado con la brujería. Erland cogió el hacha que guardaba bajo su capa y se giró sobre sus pies para correr hacia el dormitorio principal para buscar a su madre cuando se toparon con la asesina justo en la puerta, sonriendo de oreja a oreja.

—¿Ya estáis aquí? ¡Qué bien! ¡Ya pensábamos que habíais sido devorados por un dragón!

Eyra contuvo un jadeo cuando reconoció a Moryen Le Fey. La bruja vestía con una prenda vaporosa negra que se ajustaba a su voluptuoso cuerpo como un guante y mostraba un escote que dejaba poco a la imaginación. Erland alzó su hacha rabioso, pero la bruja hizo un gesto con su mano que causó que el hacha se desintegrara en mil pedazos. Eyra protegió a Astrid con su cuerpo cuando los trozos de acero impactaron contra ella y sintió cortes en su mejilla izquierda y en su pelo, aunque la mayor parte impactó contra su capa. Erland no tuvo tanta suerte. Tenía un número considerable de cortes en su cara y tenía la mano destrozada y llena de astillas. Aún así, pese a tener que estar sufriendo un dolor espantoso, no gritó. Estaba demasiado colérico para hacerlo. La bruja no perdió la sonrisa de sus labios en ningún momento e hizo otra filigrana con sus dedos que hizo que sus pies se movieran contra su voluntad tras ella.

Asta estaba sentada en el suelo del dormitorio que había compartido con Thror. Se veía tan joven como la propia Eyra y llevaba unas vestiduras blancas que parecían del mismo material del de Moryen. Su pelo largo y platino caía suelto por su cara bañada de lágrimas y se llevó las manos a la boca cuando los vio entrar.

—Moryen, por favor, déjalos marchar, te lo suplico.

—¡Ay Asta! ¿Y dejarlos morir del frío o por los dragones? ¡Qué poco aprecio les tienes!

—Por favor, por favor… Ya has cobrado tu venganza con Thror, por favor…

Asta soltó un fuerte sollozo, incapaz de soportar el dolor que debía estar sintiendo por el asesinato de su marido. Eyra intentó acercarse a Erland, pero sus pies estaban pegados al suelo.

—Mírate Asta, ¡qué patética eres! ¡Llorando por un humano! —exclamó la bruja exasperada y se volvió hacia ellos—. Aún así, tengo que decir que te ha salido un hijo guapísimo, querida.

Erland intentó apartarse cuando la bruja posó su mano contra su cara, pero estaba totalmente sometido al hechizo paralizante de Moryen. Sin embargo, la bruja sencillamente curó las heridas de su cara, dejándole como estaba al entrar en la casa. Aquel gesto les confundió a ambos, pero ella simplemente les regaló una sonrisa macabra antes de decir:

—Debes verte guapo, querido, una madre no ve a su hijo morir todos los días.

Aunque hubiera podido moverse, Erland no habría tenido tiempo de evadir la daga de afilado hielo que la bruja creó en su mano y clavó primero en su tórax y seguido en su estómago. Eyra no escuchó el grito de Asta porque el suyo propio la ensordeció. Erland cayó al suelo, libre ahora del hechizo de la bruja, y Eyra oyó sus jadeos irregulares luchando por respirar mientras intentaba inútilmente parar las hemorragias con sus manos. Astrid se echó a llorar contra su pecho, probablemente asustada por los gritos que ensordecían sus delicados oídos de bebé y Eyra contempló horrorizada que la sonrisa de la bruja se ensanchaba todavía más.

—Vaya, vaya, vaya, me había olvidado por completo de la pequeñita —la bruja se acercó peligrosamente a Eyra—. Déjame verla, querida, déjame ver esa criatura con tanto potencial mágico que dicen que tiene.

Eyra utilizó toda su voluntad para no dejarse mover por el hechizo de Moryen, pero era demasiado poderosa y no pudo detener sus propios brazos para apartar a Astrid de su pecho y mostrársela a la bruja. Astrid lloraba desconsolada y confundida, pero tan pronto sus ojos se posaron sobre la bruja dejó de sollozar. Moryen sonrió maléficamente, pero la niña arrugó el gesto desconfiada y se apartó cuando la bruja intentó tocarla.

—¿No la has bautizado? —cuestionó la bruja volviéndose a Asta.

Asta sostuvo la mirada de la bruja en silencio y seguido miró a Eyra.

—Comprendo —Le Fey se volvió hacia Eyra—. Supongo que la völva tenía mucho que decir al respecto.

Eyra sintió que su cuerpo se liberaba del hechizo y volvió a abrazar a la niña contra su pecho a la vez que cedía al temblor de sus piernas. Se dirigió desesperada a Erland, queriendo curar sus heridas como fuera, pero una fuerza invisible la empujó contra la pared, alejándola de su marido que intentaba inútilmente alcanzarla. Astrid volvió a echarse a llorar, aunque por suerte ella no había sufrido ningún daño gracias a que Eyra había sufrido todo el impacto. Le dolía mucho el hombro, probablemente porque se lo habría dislocado a causa del golpe y estaba segura que se había roto alguna costilla, porque sentía que tenía algo clavado en los pulmones. Sin embargo, sus ojos solo podían centrarse en Erland, quien apenas podía moverse del charco de sangre que no paraba de extenderse bajo su cuerpo y Eyra temió que fuera demasiado tarde para salvarlo.

—Tranquila, querida, pronto esa mocosa y tú os uniréis a él —le advirtió Moryen con tono de mofa—. Ya no eres tan valiente, ¿eh? ¡Tener la osadía de amenazarme! ¡Habrase visto!

—Moryen, por favor…

Asta había cogido de las faldas y su bello rostro estaba deformado por el dolor. Le Fey se agachó para ponerse a su altura y se puso a hablarle por lo bajo. Eyra miró a Astrid, quien ahora gemía bajito, como si fuera consciente que aquel no era momento para llorar. Eyra envidiaba que su hija, siendo apenas una bebé de poco más de cinco meses tuviera más entereza que ella. Sin duda, era una Hofferson. Siento una fuerte presión en su pecho que poco tenía que ver con la bruja ni con Asta. Acababa de darse cuenta de que no iba a ver a su hija crecer. No la vería convertirse en una niña radiante y preciosa, ni tampoco estaría ahí para contemplar sus primeros pasos, escuchar sus primeras palabras o tener su primera discusión. Tampoco la entrenaría su padre, ni ella le enseñaría el lenguaje de las flores, ni se uniría a la instrucción de dragones como el resto de niños de la aldea. No la vería enamorarse por primera vez, tampoco sabría si su relación con Hipo acabaría siendo más de hermanos o su intuición habría estado acertada con que esos dos estaban predestinados a estar juntos.

¡Pobre Hipo!, pensó Eyra desconsolada, abrazando a su hija de nuevo contra su pecho. Iba a quedarse solo otra vez. Eyra le habría entendido mejor que nadie en aquella aldea, porque ella sabía muy bien que ese niño sería muy distinto a los demás e iba a ser un incomprendido. Solo esperaba que Estoico pudiera entenderse con él en el futuro y que encontrara la manera de ser feliz y aceptado por todos.

Eyra Hofferson sabía que iba a morir esa noche.

Pero no iba a permitir que esa mujer matara a su hija.

Por encima de su cadáver.

Eyra no era una völva modélica. Sus conocimientos sobre sus poderes eran limitados, pero conocía el rezo que debía pronunciar. Era antiguo, casi tanto como los dioses. Se decía que fue el mismo canto que Frigg formuló cuando su hijo Baldr murió en sus brazos, en un intento de protegerlo de su asesino Loki, aunque no lo consiguió a tiempo. No pasaría lo mismo con su hija, juró. Astrid jamás moriría en manos de Moryen Le Fey. Frigga la protegería y ni siquiera esa bruja sería capaz de romper aquella barrera de invisible que Eyra estaba creando en torno a su hija gracias a su oración.

Besó a su hija en la cabeza antes de que Le Fey se la arrancara de sus brazos y Astrid se puso a chillar y a llorar al verse desprotegida de los brazos de su madre. No importaba que su hija estuviera ahora a salvo de la muerte, no dejaba de estar expuesta a esa horrible mujer y su destino era ahora mismo incierto. Aún así, Eyra no se quedó quieta. A duras penas se levantó del suelo para recuperar a su hija, pero Moryen Le Fey fue lo bastante rápida como para paralizarla de nuevo y clavar su daga de hielo en su hígado y también en su pecho, cerca de su corazón. Asta gritó, pero fueron los lloros de Astrid los que reventaron sus tímpanos. Su cuerpo cayó cerca del de Erland, quien apenas se movía ya por la pérdida de sangre. Desde donde estaba observó con impotencia cómo con la misma daga que había usado contra ella iba a utilizarla contra su hija. Astrid lloraba, Asta gritaba y Eyra sólo rezó que, si la oración no funcionaba, la bruja tuviera al menos la decencia de matarla rápido. No obstante, la daga nunca llegó a tocar a Astrid y, tras varias intentonas, Moryen Le Fey cayó de lo que estaba pasando.

—¡Maldito zorra! —chilló histérica.

Eyra, pese al dolor, no pudo contener una sonrisa de triunfo en sus labios. Puede que no pudiera matar a esa mujer, pero estaba encantada de haberla hecho fastidiar y se aliviaba de que esa bruja no pudiera hacer nada a su hija. Movida por la ira, Le Fey se arrodilló junto a ella y le clavó la daga una vez más, esta vez en su tórax.

—Si no puedo matarla, me aseguraré de que esta mocosa sea aquello que más odias. Será una bruja y la convertiré en un reflejo de mi persona. Será cruel, despiadada y odiará a los humanos con todo su ser. La haré mía.

Eyra escupió la sangre que se había acumulado en su boca contra su cara.

—Jamás será tuya —le advirtió la völva.

Le Fey sacó la daga de su cuerpo y Eyra sintió la sangre salir caliente y pegajosa de su cuerpo. Asta lloraba desconsolada, con sus manos cubriendo sus cara, incapaz de poder ver más. A pesar de la ira que sentía en ese instante contra ella, no pudo evitar sentir lástima por la bruja. Habían matado a su marido y a su hijo ante sus ojos y puede que incluso le doliera su propia muerte y el destino que aparentemente le esperaba a su nieta. Fuera lo que fuera lo que hubiera hecho, Asta ya estaba recibiendo un escarmiento del que, probablemente, no sobreviviría.

Eyra miró a su hija por última vez antes de que una extraña oscuridad la absorbiera junto con Asta y Moryen Le Fey. Se quedaron completamente solos, tumbados sobre el charco de sus sangres que ahora estaban entremezcladas. Fuera de la casa se escuchaban los ecos del caos de la aldea causado por la ventisca y los dragones y Eyra le pareció oír movimiento sobre el tejado, seguramente de algún dragón que se había puesto encima. Sin embargo, no tenía miedo y se arrastró para estar cerca del cuerpo de Erland, quien apenas conseguía mantenerse consciente. Eyra cogió su mano helada y se acomodó junto al cuerpo de su esposo mientras se esforzaba en ignorar el dolor y el intenso olor a sangre que embriaga sus fosas nasales. Erland apenas entreabrió los ojos y ella, casi sin fuerzas, posó su mano sobre su mejilla.

—Te… quie…

El silbido que salió de su pecho le impidió acabar la frase.

—Yo también te quiero —susurró ella sin poder contener las lágrimas por más tiempo.

Erland apenas estaba respirando ya, pero sus ojos casi idos buscaron los suyos.

—A...strid —le pareció oír.

—Vivirá —consiguió decir no sin esfuerzo.

Aquello pareció suficiente para que Erland pudiera soltar su último suspiro. Había estado agarrándose a la poca vida que le quedaba por la pura desesperación de no saber cuál iba a ser el destino de su hija. Eyra observó su bello rostro mientras poco a poco iba perdiendo el conocimiento. Estaba agradecida de que aquel maravilloso hombre hubiera formado parte de su vida, aunque hubiera sido por tan poco tiempo, que la hubiera amado como nadie habría podido hacerlo pese a sus numerosos defectos y que le hubiera dado la hija más preciosa que ella jamás hubiera soñado tener.

Eyra Hofferson, antes Andersen, se consideraba afortunada a pesar de todo. Su última oración fue para Thor, el dios predilecto de los Hofferson, suplicándole fortaleza para su hija ante las adversidades que la esperaban y que, ante todo, pese a las amenazas de Le Fey, su hija se convirtiera en quien estaba predestinada a ser.

Eyra Hofferson murió antes de que los dragones destruyeran la casa de los Hofferson. Su cuerpo, junto con el de su esposo y el de su suegro, quedaron calcinados a causa de las llamas, aunque a la mañana siguiente encontrarían también un cuarto cadáver. La tragedia de la muerte de toda la familia Hofferson supondría un impacto para toda Isla Mema, especialmente para el pequeño Hipo, quien no comprendía por qué ya no podía ver a su nana y a Astrid. El tiempo y el dolor harían que su memoria infante replegara su recuerdo hacia el fondo de su mente, pero los sentimientos de soledad y aislamiento jamás le abandonarían, pues sin una Eyra que le diera ese cariño maternal que tanto apreciaba, un padre ausente que siempre parecía decepcionado con él y un Bocón cuyo tacto era mucho más tosco y burdo que el de su nana, se acostumbraría a no ser querido por quien era.

Pocos vieron los cadáveres de los Hofferson. A Estoico Haddock le rompió el corazón encontrar los cuerpos de Erland y Eyra abrazados, preguntándose por qué no habían huído cuando Erland Hofferson había sido el hombre más fuerte y valiente de toda la aldea. Junto al cadáver de Thror, el más legendario y reputado de todos los guerreros de Mema, encontraron uno más pequeño que imaginaron que sería el de su mujer, aunque difícilmente se podía reconocer a cualquiera de aquellos cuerpos. No encontraron a la pequeña Astrid, probablemente su cuerpecito de bebé habría quedado del todo calcinado y ya no quedarían más que cenizas de él.

Nadie hubiera esperado que aquella niña hubiera sobrevivido a tal tragedia, pero pocos parecían reconocer que Astrid Hofferson había nacido para ser una superviviente, como lo había sido su madre y su abuela; y, tal y como había predicho Eyra, ella jamás sería de nadie. Puede que se volviera cruel y despiadada, pero Le Fey reconocería en ella desde bien pequeña, la misma fiereza que apreció en su madre el día que la conoció, consciente de que tal vez hubiera cometido un error llevándose a la niña con ella, más cuando supo que Astrid había sido bendecida por el poder de Thor, un poder tan peligroso como inusual entre las brujas, pues el dios del trueno rara vez sentía simpatía por las de su especie.

Eyra Andersen había nacido circunstancias desafortunadas, pero Eyra Hofferson murió concienciada de que, pese a la tragedia de su muerte y la de su marido, su hija viviría para ver un nuevo amanecer y no había perdido la esperanza de que, algún día, tarde o temprano, Astrid sabría encontrar el camino de vuelta a casa.

Xx