¡Holi!
Creo que estoy actualizando demasiado pronto, pero bueno, teniendo el capítulo escrito y corregido es un poco absurdo tenerlo tanto tiempo en reserva, más teniendo en cuenta que ya tengo escrito y corregido el capítulo 54 también y que tengo el 55 empezado. Sin embargo, aunque estoy motivada para escribir, es cierto que me da como cierta pereza publicar. Supongo que desde que estoy escribiendo a este ritmo más tranquilo, disfruto más del proceso por mi cuenta, pero al compartirlo me entra más inquietud y ansiedad, sobre todo porque cada vez se lee menos y tengo menos respuesta al respecto. Comprendo que a estas alturas muches estéis cansades de leer un fic tan denso y largo, el cual no sé si se pasa ya de raro y no sé… Supongo que en parte hablan mis inseguridades, pero es cierto que recibo tan poca interacción que actualizo con cierta desgana. Es lo que hay. El fic lo voy a acabar y lo seguiré escribiendo y publicando a mi ritmo, aunque sí que tengo pensado acabarlo este año, puesto que ya no queda mucho para el final.
Haría mi speech de las review, pero… ¿de qué me va a servir si a estas alturas ya os lo sabéis de memoria? Algunes sois fieles y soléis dejarme reviews, a los cuales siempre respondo y estoy encantada de leer, porque me hacéis el día. Ya sabéis que son el único alijo que pido por publicar este fic, pero sé que estáis liades con vuestra vida y supongo que no tenéis tiempo para dar alguna señal de vida. Así que nada, si os sale de dentro, por favor, no dudéis en dejarme una review que bien acogida será siempre.
Este capítulo no es el más largo que he escrito, pero viene con una pequeña sorpresa que espero que disfrutéis.
Un abrazo a todes.
Xx.
La tormenta no tenía pinta de que fuera a despejar pronto.
Era media mañana y, aún así, parecía casi noche cerrada debido a las densas nubes negras que habían cubierto el cielo de Isla Mema y seguramente de gran parte del Archipiélago. Había dejado de llover hacía rato, pero el aire seguía muy cargado y las calles de la aldea estaban casi desiertas, probablemente ante el temor de que algún rayo pudiera caer encima de cualquiera. Es más, si no hubiera sido porque Hipo y Heather habían improvisado con viejos metales oxidados distintos unos estandartes para atraer a los rayos, lo más seguro es que la aldea ya hubiera quedado destruida por la tormenta. Y, aún así, era inevitable que algún otro rayo todavía impactara contra un árbol o el suelo, por lo que casi nadie quería arriesgarse a salir de sus casas pese a que no habían tenido que lamentar ningún herido por el momento.
Hipo dio un respingo cuando un rayo golpeó contra el estandarte metálico de la herrería. El edificio tembló por el impacto, hasta el punto que su mano bailó, saliéndose de la línea que estaba dibujando en sus planos. Escuchó a Bocón soltar una maldición al otro extremo de la forja y Heather dijo una palabrota en la lengua de las brujas, causando una carcajada de Camicazi. Se frotó los ojos cansado y miró hacia la ventana en una vaga esperanza de que la tormenta hubiera ido a menos, pero el cielo seguía tan oscuro como siempre, deslumbrándose de vez en cuando con algún que otro relámpago. Desdentao gruñó en sueños junto al fuego de la forja, aunque no parecía molesto por el ruido de la tormenta, sino más bien nostálgico. El Furia Nocturna disfrutaba de las tormentas, probablemente porque su fuerza de energía estaba formada de pura electricidad, por lo que era inevitable que se sintiera ansioso por salir a volar.
La única pega era que Desdentao no podía volar e Hipo aún estaba buscando la manera para que pudiera hacerlo de nuevo.
Cogió el papel que estaba dibujando y lo hizo bola en su mano para seguido quemarlo en su palma. El papel se calcinó en pocos segundos e Hipo se limpió la ceniza de su mano en sus pantalones. Resultaba muy difícil concentrarse con semejante tormenta y llevaba días con un molesto dolor de cabeza que no le dejaba concentrarse, eso por no mencionar la ansiedad que difícilmente le dejaba comer o dormir. Miró a Desdentao y se levantó con intención de arrodillarse a su lado y acariciar sus escamas para calmar su sueño alterado, pero cuando su brazo derecho rozó contra la mesa, se obligó a sentarse de nuevo a la vez tragaba un gemido de dolor. Observó que estaba sangrando ligeramente otra vez. Debía haberse cambiado el vendaje esa misma mañana, pero su mente había estado ocupada en otras cosas que le dolían más que la enorme herida que cubría actualmente su brazo y se le había pasado por completo.
Hipo fue a coger otro trozo de pergamino sobre el que dibujar un nuevo esbozo de cola cuando su padre entró en su área de trabajo. Sus ojos se fueron rápido a su brazo y enseguida frunció el ceño.
—¿Has cambiado…?
—No —se apresuró a responder. No tenía sentido mentir a su padre—. Se me ha olvidado.
Estoico puso los ojos en blanco y salió de nuevo fuera para seguramente coger el mejunje que Brusca había preparado para tratar su herida. Su amiga había preparado una dosis considerable antes de partir y había dejado la receta a Heather en caso de que hubiera que preparar más antes de que ella pudiera volver de su misión. Su padre regresó cargado con un bote lleno de una pasta color verde vejiga, vendas limpias y un cuchillo.
—Quítate la túnica —le ordenó Estoico con severidad.
Hipo obedeció con desgana. Aún le costaba mover el brazo derecho, por lo que su padre tuvo que ayudarle a desvestirse del todo. Estoico arrastró un taburete a su lado y procedió a retirar el vendaje que cubría la herida que se extendía desde el hombro hasta sus dedos. Su padre estaba muy familiarizado con sus heridas; después de todo, él mismo le había hecho las curas de las quemaduras de su espalda tras matar a la Muerte Roja. Por lo menos esta vez la herida que cubría su brazo no era tan grotesca como las quemaduras de su espalda y su padre, por suerte, no tenía pavor a la sangre, aunque le habían tenido que dar escalofríos la primera vez que tuvo que cambiarle el vendaje.
Hipo conocía muy bien la forma de la herida que se extendía por su brazo. Vistas en la espalda de Astrid, le habían recordado a las ramas de un árbol seco; pero, comparadas con las suyas, le habían parecido bellas y singulares, pues nunca antes había visto las cicatrices causadas por un rayo. Sin embargo, una cosa habían sido las cicatrices y otra bien distinta las heridas que había sufrido. A pesar de que ya habían pasado casi dos semanas desde el incidente, la carne seguía abierta e, irónicamente, su brazo olía a carne chamuscada pese a que él no podía quemarse. Hipo se veía obligado a tomar fuertes pócimas para aplacar el dolor que le daban más migrañas que otra cosa, pero cierto era que el dolor era difícil de aguantar si no tomaba algo que le ayudara a sobrellevarlo. Sin embargo, mientras su padre limpiaba su herida, Hipo pensó en la pequeña Astrid a la que se le había caído un rayo encima mientras practicaba con su magia. Si ya se le hacía difícil soportar sus dolores en el brazo, ¿cómo había tenido que ser para su novia el tener que soportar aquel dolor por todo su cuerpo? Ahora comprendía lo que había querido decir con que su límite del dolor era considerablemente más amplio que el de cualquiera y se le ponía la piel de gallina de solo pensarlo. Por otra parte, Hipo era consciente que llevaría esas marcas en el brazo de por vida, al igual que le había pasado Astrid. Serían un recordatorio de cuán peligroso podía llegar a ser el poder de la bruja si ésta perdía el control sobre sí misma.
En realidad, en defensa de Astrid, todo había sucedido demasiado rápido y el que hubiera acabado así había sido única y exclusivamente por culpa de Hipo. Las situaciones desesperadas requerían medidas desesperadas e Hipo había actuado por puro instinto.
Hipo se había esperado encontrar cualquier cosa cuando se adentraron en la visión del pasado de los padres de Astrid; pero no tenía que haberles sorprendido tanto que Le Fey hubiera sido la autora de un crimen tan horrible como aquel. Al principio, cuando salieron por fin de la visión, Astrid estaba tan pálida que Hipo pensó que tal vez fuera a desmayarse. Por supuesto, había sido un iluso por pensar que su novia, siendo como era, fuera a reaccionar tan estúpidamente y puede que tuviera que haberse alarmado cuando no respondió a su voz, sobre todo cuando el primer relámpago sacudió la casa de Gothi. Tal vez fuera un simple arrebato de ira, pensó entonces, pero tan pronto posó su mano contra su mejilla y le dio un chispazo supo que Astrid estaba fuera de sí. Su novia le había advertido una y mil veces que no era conveniente tocarla si perdía el control sobre su magia. Su cuerpo emanaba electricidad y la energía estática que salía violentamente de su piel ponía sus vellos en punta. La respiración de la bruja se había vuelto errática y sus ojos, iguales que los de su padre, refulgían una ira y un odio que le puso totalmente en alerta. Astrid saltó de la cama a una velocidad casi inhumana e Hipo corrió tras ella, consciente de que su novia estaba a punto de cometer una locura.
Quería venganza y no parecía que nada pudiera impedir que fuera a llevarlo cabo, aunque ello supusiera matarlos a los dos.
Cuando Hipo salió de casa de Gothi, Astrid gritaba rabiosa mientras golpeaba contra algo invisible a sus ojos. Al ver a Valka a pocos metros y con los brazos extendidos hacia su novia comprendió que había predicho lo que iba a suceder y había creado una barrera invisible para evitar que Astrid siguiera su camino hacia la aldea. A la vista de que sus puñetazos no servían de nada, Astrid empezó a soltar fuertes descargas eléctricas contra la barrera y puedo visualizar el enorme esfuerzo que su madre estaba empleando para no ceder ante sus ataques. Hipo intentó usar su magia para detener a Astrid, pero la bruja se volteó enseguida y le sorprendió usando el vínculo para bloquearlo, sintiendo aquello como un cruel golpe en su pecho que cortó su respiración. Hipo cayó sobre sus rodillas e intentó recuperar rápido el ritmo de su respiración, pero contempló horrorizado que su madre no iba a aguantar por mucho más tiempo y que el cielo estaba cubierto por un conjunto de densas nubes negras que pronto vomitarían una tormenta eléctrica que parecería convocada por el mismísimo Thor. Astrid estaba tan descontrolada de sí misma que había dejado que su propia magia la dominara por completo. No parecía humana, por parecer ni siquiera parecía una bruja, sino un ser de pura energía, letal y hermoso.
Hipo comprendió que su magia, por poderosa que fuera, no podría salvarlos ni a él ni a la aldea de la ira de Astrid.
Su madre gritó que no lo hiciera, como si supiera lo que estaba a punto de hacer, pero Hipo no se lo pensó dos veces. Si Astrid iba a utilizar el vínculo para bloquearle, él no iba a titubear en hacer lo mismo con tal de neutralizarla. La haría daño, bastante además, pero estaba seguro de que ella hubiera hecho exactamente lo mismo estando en su lugar. Porque la amaba tanto como para saber que Astrid preferiría acabar herida antes de verse transformada en lo que era ahora ante sus ojos: un ser de puro dolor y odio que estaba dispuesta a destruir todo lo que encontrara a su paso con tal de alcanzar su venganza.
La agarró del brazo con su mano derecha e, inevitablemente, el contacto con su piel fue como una explosión que sacudió todo su cuerpo. Hipo cayó al suelo sacudiéndose sin control a causa de la electricidad que le había golpeado y sintió un espantoso dolor extendiéndose peligrosamente desde los dedos de su mano hacia arriba. Olía la sangre que se derramaba por su brazo y la carne chamuscada a causa de la electricidad. Perdió el hilo de lo que pasaba a su alrededor, como si la electricidad hubiera alcanzado su cerebro y estuviera neutralizando todos sus sentidos para que sintiera aún más si cabía el dolor que se extendía por todo su cuerpo. Antes de caer en la inconsciencia observó que Astrid estaba a poco más de un metro de él, pálida como un cadáver y en el suelo, con los ojos abiertos de par en par y tan horrorizada por lo que acababa de hacer que era ajena a que su brazo estaba tan destrozado y tan cubierto de sangre como el suyo.
Hipo se medio despertó en su cuarto cubierto de sudor y febril. Pese a que apenas podía abrir los ojos, pudo sentir que su madre estaba a su lado, concentrada en curar su brazo con su magia, aunque estaba lejos de contar con la maestría de Astrid para curar. Alguien limpiaba el sudor de su cara con un paño frío y enseguida supo que era su padre.
—¿Cómo demonios hemos llegado a esto? ¿Cómo ha podido hacerle esto? —preguntó Estoico furioso.
—No ha sido culpa de Astrid, Estoico. Hipo la tocó perfectamente consciente de lo que iba a pasar —contestó Valka sin levantar la mirada de su herida.
—¿Y por qué coño iba a tocarla sabiendo que lo iba a electrocutar?
Su madre se tomó su tiempo para responder e Hipo gimió cuando sintió un fuerte escozor a la altura de su antebrazo.
—Hipo sabía que Astrid solo entraría en razón si lo hería —argumentó ella—. El poder de Astrid es colosal, Estoico, si Hipo no la hubiera detenido es probable que ya hubiera destruido la aldea.
—La tormenta no ha desaparecido —le advirtió Estoico de mala gana.
—Y no desaparecerá por un tiempo —insistió Valka con tristeza—. Me temo que Astrid tiene que pasar por un duelo muy doloroso y ahora mismo es demasiado inestable como para controlar su poder.
—¿Duelo? ¿A qué te refieres? —demandó saber Estoico.
—Me temo que tiene que ver con Erland y con Eyra.
Hipo volvió a perder la consciencia después de escuchar aquello. Sufrió numerosas pesadillas que involucraban barcos, brujas, dragones y gritos de guerra. Volvió a escuchar la suplicante voz de Astrid, débil y temblorosa, suplicándole:
—Prométemelo Hipo… Prométeme que…
Hipo quería alcanzarla, salvarla como fuera y descubrir qué era eso tan importante que debía prometerle, pero aquella visión seguía siendo borrosa, como cuando se derramaba agua sobre un texto de tinta. Escuchó de nuevo aquella chica desconocida sin rostro que tan molesta parecía con él y su voz sonaba más lejana que otras ocasiones.
—¿Cuándo te darás cuenta que el listón que has puesto es tan alto que es imposible alcanzarte?
Hipo volvió por fin en sí dos días más tarde. Desdentao estaba acurrucado al pie de su cama y su madre parecía concentrada en la lectura de un libro que reconoció enseguida como el grimorio de Asta. Valka miró por encima de las páginas y se levantó de un salto de su silla cuando le vio despierto, sobresaltando también a Desdentao. Se arrodilló a su lado y palpó su cara con delicadeza.
—¿Cómo estás?
—Fantástico, estoy listo para jugar a los Juegos del Deshielo —bromeó él sin muchas ganas.
Su brazo estaba vendado contra su pecho e Hipo pudo oler un fuerte y desagradable olor del mejunje que tenían que haberle puesto para curar la infección. Desdentao lamió su cara feliz de verle despierto e Hipo se alegró de ver a su amigo más animado que en los últimos días. Miró hacia los lados buscando a Astrid, pero le desconcertó no verla allí. Quizás estaría en la planta de abajo o…
—No está aquí —señaló Desdentao.
—¿Qué? —preguntó Hipo intentando incorporarse—. ¿Dónde está entonces?
Desdentao y Valka intercambiaron miradas preocupadas antes de que su madre se sentara en el borde de la cama y cogiera de su mano buena. Fuera estaba lloviendo, podía escuchar los goterones golpear con fuerza contra el tejado de la casa y el resonante sonido de un trueno hizo que su corazón casi se parara del susto.
—Astrid está ahora mismo aislada voluntariamente —explicó Valka.
—¿Qué? ¿Por qué?
Sonó otro trueno.
—Creo que es bastante consciente de su propia inestabilidad y ha considerado oportuno mantenerse alejada de la aldea hasta que consiga recuperar el control sobre sus poderes —explicó Valka con tristeza—. Está muy afectada, Hipo. Cuando caíste inconsciente, pensamos que le iba a dar un ataque de pánico. Intentó curarte, pero no fue capaz de hacerlo porque su magia no obedecía tampoco a su mandato. Ni siquiera parecía reaccionar a su propia herida causada por el vínculo, aunque probablemente esté entrenada para aguantar ese dolor y, seguramente, sea más inmune a la electricidad que ninguno de nosotros.
Hipo se quitó la sábana de encima con su mano buena e hizo un amago de levantarse cuando Desdentao se interpuso en su camino.
—¿A dónde te crees que vas?
—¿Dónde va a ser? ¡Voy a buscarla!
—Hipo, no es lo más conveniente ahora mismo —le advirtió Valka preocupada.
—Soy mayorcito para valorar qué es conveniente —replicó Hipo molesto.
Su prótesis no estaba a mano y se volteó furioso a su madre, quien no parecía especialmente afectada por su enfado. Es más, le sostuvo la mirada muy seria hasta que Hipo se hartó.
—¿Podríais darme mi prótesis, por favor?
—Tu padre la ha confiscado, no sé dónde está.
Mentía. Por supuesto que lo sabía, pero no iba a decírselo. Hipo sintió su magia despertar furiosa dentro de él y su madre se tensó, probablemente porque detectó la peligrosa intensidad de su ira encarnada en fuego. Sin embargo, en ninguna circunstancia mostró tener ningún ápice de miedo hacia él.
—¡¿Por qué demonios me hacéis esto?! —gritó Hipo furioso.
—Porque Astrid nos pidió tiempo —respondió ella manteniendo la calma—. Creo que todavía no te haces una idea del estado en el que se encuentra por lo que te ha hecho, Hipo. Ni siquiera Estoico ha sacado el valor de recriminarle nada de lo mal que está.
—Más razón a mi favor para ir y estar con ella —insistió Hipo desesperado.
—Hijo, estoy intentando que comprendas que Astrid no quiere verte ahora mismo —le recriminó su madre con dureza—. Ahora mismo quiere estar sola y tenemos que respetar su voluntad por muy poco que nos guste.
Hipo no se lo creía. No, más bien no quería creérselo. ¿Astrid no le quería a su lado? ¿Después de todo lo que habían visto quería estar sola? Astrid había visto con sus propios ojos como la mujer que la había maltratado desde niña, que había violado su cuerpo para dejarla infértil y que la había exiliado del aquelarre había sido la causa real de todos sus males. Había matado a Thror, a Erland y a Eyra Hofferson a sangre fría, a modo de venganza por algo que Asta le había hecho y si Astrid seguía a día de hoy viva se debía, principalmente, a que su madre había usado sus últimas fuerzas para protegerla de Le Fey. Y todo por un… ¿libro? No dudaba que el grimorio era un objeto tan valioso como poderoso y si caía en manos de la reina podría ser el inicio del fin. Tal vez Surt ni siquiera necesitaría usarlo para iniciar el Ragnarok si Le Fey contaba con el conocimiento que el grimorio podía darle.
No podía ni imaginar lo que Astrid estaba pasando en ese momento. Había visto cosas horribles a lo largo de su vida, pero aquella probablemente encabezaría la lista, más tras haber visto con sus propios ojos los momentos más importantes de la vida de sus padres.
—¿Está totalmente sola? —preguntó Hipo dolido.
—No, Tormenta se ha ido con ella —respondió Desdentao.
—Y Finn Hofferson se ha ofrecido a vigilarla.
—¡¿Qué?! ¿Por qué? ¡Astrid no puede ni verlo!
—Tampoco es que esté con ella exactamente, hasta donde sé, Astrid está encerrada en su cuarto y por tener, no tiene ni energías para si quiera replicar —argumentó Valka—. Además, nadie sabe que la tormenta es cosa de ella y, en principio, hemos dicho que tú sufriste un accidente con un dragón de Drago que hirió tu brazo y que Astrid ha caído enferma en consecuencia al cansancio acumulado por la batalla y su trabajo en el hospital. Finn, por supuesto, no se creyó la historia, sobre todo porque estaba convencido de que la tormenta tenía origen mágico. Por eso, tan pronto nos obligó a contarle la verdad, se ofreció a encargarse de ella y de Gothi.
—Osea, que Astrid está en casa de Gothi.
Su madre asintió.
—Y tú no debes ir bajo ninguna circunstancia a menos de que Astrid indique lo contrario. Además, no queremos tener problemas con Finn, ¿vale? Ahora que sabe de tu magia no queremos arriesgarnos a que te haga nada —advirtió Valka preocupada.
Hipo aceptó la situación a regañadientes y no le resultó fácil contenerse en ir a verla, aunque Desdentao se había tomado muy en serio la misión de tenerlo vigilado por si le daba por hacer lo que no debía. Hipo estaba acostumbrado a tener a Astrid siempre cerca, por lo que aquella repentina separación se le hacía dolorosa tanto a nivel emocional como físico, hasta el punto que la herida de su brazo estaba tardando en curar más de la cuenta. No obstante, por poquísimo que le gustara, era consciente de que si Astrid le estaba pidiendo espacio era porque realmente lo necesitaba. Ella le buscaría cuando estuviera preparada, se repetía a sí mismo una y otra vez. Hasta que llegara ese momento debía dejarla sola con su dolor. A sabiendas de que si se quedaba quieto iba a volverse loco, Hipo se negó a quedarse encamado hasta que su brazo se curara del todo. Por esa razón, a los tres días de recuperar la consciencia, decidió volver a su rutina de siempre con un ritmo más desacelerado. Su padre, por supuesto, puso el grito en el cielo, pero Hipo demostró que era digno hijo de Estoico Haddock por su cabezonería y su insistencia de que él tenía demasiadas cosas que hacer como para quedarse quieto sin hacer nada.
Coger una rutina de nuevo fue un alivio para él, aunque su lesión le incapacitaba para hacer la mayor parte de las cosas que acostumbraba a realizar a lo largo del día, por lo que se pasaba la mayor parte del tiempo entre planos para los nuevos edificios, diseños inútiles para una nueva cola para Desdentao y tediosas reuniones en las que debía esforzarse para no caer dormido. Todo el mundo le preguntaba sobre cómo había sucedido lo del dragón e Hipo repitió tantas veces la historia que hasta casi terminó por creérsela él mismo. No obstante, Brusca fue la única que no se tragó el relato y parecía perfectamente consciente de que algo no iba bien.
—He visto con mis propios ojos cómo has recibido zarpazos de dragones y lo prudente que eres con los más salvajes. Me cuesta creer que hayas sido tan estúpido como para dejarte hacer daño por un dragón —le recriminó—. Y eso de que Astrid está enferma no se lo cree ni ella, ¿por qué si no no estás tú a su lado? ¿Y por qué coño no me deja Finn Hofferson pasar a verla? —señaló entonces hacia el cielo cubierto de nubes—. Me ofende que penséis que algunos somos tan gilipollas como para no darnos cuenta que esto no es cosa de Astrid.
Hipo admiraba la perspicacia de la vikinga y agradecía que se hubiera vuelto lo bastante discreta como para delatar su mentira en la privacidad de la herrería. Brusca quería respuestas y no iba a dejarle marchar hasta que se lo soltara todo. Hipo le contó por encima sobre el poder que Astrid había heredado de su madre y lo que habían visto a través de los objetos que Gothi guardaba de Eyra. Brusca escuchó todo su relato atenta y sin interrumpirle, aunque su expresión resultaba ser como un libro abierto. Cuando Hipo terminó, la vikinga se cruzó de brazos y se dirigió a la ventana para contemplar las nubes de la tormenta.
—¿Hay alguna manera en la que podamos ayudarla? —terminó preguntando Brusca.
—Me temo que ahora mismo no —respondió Hipo con tristeza.
Brusca torció el gesto.
—Le Fey podría atacarnos cualquier día de estos —puntualizó la vikinga.
—¿Crees que no lo sé? Todos lo tenemos muy presente, Brusca.
—Astrid necesita recuperar el control sobre sí misma, Hipo —le advirtió Brusca—. Si ni tú ni yo podemos ayudarla, habrá que encontrar a alguien que pueda hacerlo.
—Está muy afectada emocionalmente, Brusca, no creo que…
—No estoy hablando de eso, sino de eso —le cortó la vikinga señalando de nuevo al cielo—. Necesitamos que Astrid controle su magia de nuevo.
Hipo no daba crédito a lo que estaba escuchando.
—Brusca, ¿no entiendes que está pasando por un duelo muy difícil? ¡Ha visto el asesinato de sus padres con sus propios ojos!
—Lo entiendo perfectamente, pero no es la única que ha perdido a alguien a manos de Le Fey, Hipo —explicó Brusca dolida—. Todos sabemos que Astrid es la única que puede hacerle frente y me temo que esta tormenta eterna delata nuestra vulnerabilidad. Necesitamos a la Astrid que clama venganza, no a la bruja que está rota por el dolor de la pérdida.
Hipo estrechó los ojos por la crueldad de sus palabras, aunque comprendía la desesperación de la vikinga. Era la misma que se respiraba en toda la aldea. La gente estaba harta de vivir con el miedo de sufrir un ataque en cualquier momento y el odio hacia Le Fey y Thuggory era más que palpable.
—Comprendes muy poco la esencia de la magia, Brusca.
La vikinga alzó las cejas.
—¿Y tú sí?
Quiso gritarle que sí, que él entendía mejor que nadie lo que era hacer magia a través de la ira y movida por una sed de venganza. No era agradable verse dominado por la magia, pero era muy fácil dejarse llevar por sus deseos más oscuros y peligrosos cuando ésta le susurraba al oído, tendiendole la mano como si fuera su única opción. Había visto a Astrid perder el control en más de una ocasión, pero jamás había sido testigo de que fuera dominada hasta ese punto por su magia y no cabía duda de que no tenía el menor deseo de volver a verla en ese estado.
—Astrid siempre me ha dicho que no hay magia más peligrosa que la que está movida por la ira y si estoy ahora así es porque he querido evitar un mal mayor del que Astrid se habría arrepentido enseguida.
—Pues tal vez deberíamos recurrir a alguien que pueda ayudarla —insistió Brusca—. ¿Tu madre no sabría cómo…?
—No —contestó Hipo tajante—. Mi madre no es una bruja del nivel de Astrid. Necesitaríamos a una experta, a alguien como…
—¿Iana? —sugirió Brusca.
Hipo parpadeó sorprendido por su sugerencia, sobre todo porque ante la mención del nombre de la reina del Nakk, le vino a la mente otro aún más interesante. Ying Yue, la reina del Mairu, era indudablemente una bruja sabia y experimentada que tal vez pudiera darles consejo sobre qué hacer. Sin embargo, Astrid no tenía buena relación con las reinas del Mairu y del Sugaar, y no estaba seguro de si Iana querría lidiar con Astrid a ese nivel.
—Sígueme —le pidió Hipo a su amiga.
Desconcertada, Brusca le siguió hasta los establos donde se encontraba su madre alimentando a un grupo de Terribles Terrores. Como no había forma de comunicarse con las brujas del Nakk ni con el resto de aquelarres, Hipo concluyó que la única forma que tenían para pedirles ayuda era presentándose en la isla de las brujas del Mairu. Sin embargo, debido al vínculo, Hipo no podía ir él mismo a buscarlas, por lo que se veía obligado a contar con la persona que más podía confiar en ese momento.
—¿Quieres que hable con esas mujeres en tu nombre? —preguntó su madre horrorizada—. Hipo, yo… no sé si es buena idea.
—Eres bruja, ya de primeras te acogerán mejor que a cualquier humano —insistió Hipo—. Además, Ying Yue sabía que yo era hijo de una bruja con solo verme.
Valka carraspeó incómoda y miró a Brusca nerviosa, consciente de que ella no estaba al tanto de su magia. Hipo suspiró con impaciencia y se volteó hacia la vikinga.
—¿Te importa darnos un minuto a solas?
—Me importa —dijo Brusca molesta—. Yo voy con Valka.
—¿Qué? ¡Ni hablar! Te necesitan en el hospital —le advirtió Hipo.
—Mi mejor amiga me necesita más y ya apenas hay pacientes de gravedad, se las arreglarán bien sin mí —insistió Brusca.
Hipo chasqueó la lengua irritado por la cabezonería de su amiga y cruzó las miradas con su madre antes de hacerle un gesto con la cabeza para que lo siguiera. Fueron a un nicho que se encontraba al fondo de los establos que servía más de almacén de herramientas que otra cosa. Tras asegurarse que nadie los seguía, Hipo se pegó a la pared e inspiró profundamente.
—¿Qué pasa? ¿A qué viene tanto secretismo? —preguntó Brusca con impaciencia.
—Hay algo que no sabes y que no puedes contárselo a nadie, sobre todo a las brujas.
Brusca alzó una ceja.
—¿Qué pasa?
Hipo miró a su madre, quien claramente lucía nerviosa. Ya había sido difícil para ella contar esa historia a su padre, por lo que decidió tomar la iniciativa y relatarla él mismo. Brusca dibujó una expresión de pura confusión cuando le habló del nido y de la fuente de Freyja que había escondido bajo el mismo. Decidió saltarse la parte en la que su madre se encontró con Odín, sobre todo porque estaba seguro que Brusca no le creería.
—Osea, tu madre te bañó en las aguas de Freyja y… ¿te curaste?
—Y fue bendecido por los dioses —añadió Valka por lo bajo.
Aunque al principio pareció que Brusca no la había escuchado, la vikinga abrió mucho los ojos, como si ahora estuviera entendiendo por dónde iba la cosa. Miró a Hipo y luego a Valka y otra vez a Hipo para seguido mirar en dirección a su entrepierna.
—¿Pero tú no eras…?
Hipo sintió su cara arder, sintiéndose demasiado expuesto ante la desvergüenza de su amiga.
—Sigo siendo un hombre, Brusca.
La vikinga estrechó los ojos.
—No sé yo, ¿eh? Astrid nunca me ha dado muchos detalles al respecto.
Hipo dio las gracias mentalmente a su novia porque al menos al menos hubiera mantenido cierta discreción en lo referente a los detalles de su miembro. Hipo miró a su madre desesperado y ésta no pudo hacer otra cosa que reírse, algo más relajada por la reacción de Brusca.
—Puedo asegurarte que es hombre —le prometió su madre.
—¿Y cómo es que tiene magia? —se volvió a Hipo desconcertada—. No tiene sentido. Por ejemplo, tu piel está muy caliente, como si tuvieras mucha fiebre, mientras que la de las brujas suele ser fría como el hielo.
Hipo carraspeó incómodo.
—Eso es porque mi magia está relacionada con el fuego.
Brusca abrió la boca, pero volvió a cerrarla extrañada, como si estuviera intentando cuadrar todo aquello en su cabeza.
—¿No se supone que las brujas no controlan el fuego?
Hipo no había tenido en consideración hasta dónde podía llegar la curiosidad de Brusca. No tenía dudas de que, tan pronto había descubierto la identidad mágica de Astrid, la habría atosigado a toda clase de preguntas, por lo que por supuesto que sabía que las brujas no podían manipular el fuego.
—Es complicado —respondió Hipo.
—Esa no es una respuesta —se quejó Brusca malhumorada.
—Vale, pues es muy complicado —insistió Hipo.
Brusca puso los ojos en blanco, claramente desquiciada por no querer darle más explicaciones.
—La verdad es que, si lo piensas fríamente, suena hasta lógico. Jamás creí que Astrid y Heather usaran tu energía vital para convocar el hechizo de transporte, ¿y esos ataques que te daban así de la nada? Muy normales tampoco eran.
Hipo carraspeó incómodo por su perspicacia. Valka, sin embargo, sonrió.
—No cabe duda que eres una chica observadora —alabó la bruja—. Deja que venga conmigo, Hipo, me vendrá bien su compañía y creo que estaría bien que tener una representación de los humanos. Además, Brusca conoce a las brujas del Nakk, por lo que estará bien que vaya con una cara amiga. Aún así, hay algo que debes entender, Brusca, y es que esas brujas no deben saber de la magia de Hipo bajo ninguna circunstancia.
—¿Por qué? Puede resultarnos útil para ganar la guerra.
—Porque si de por sí es antinatural que un hombre haga magia, lo es más aún que manipule el fuego —explicó Hipo—. Si llegaran a descubrirlo, es probable que quieran matarme.
—¿Y cómo es que no lo han descubierto ya? Iana es una bruja muy poderosa y ella y sus brujas estuvieron bastantes días conviviendo con nosotros.
Hipo sabía que su habilidad para ocultar su magia no había sido lo único que le había ayudado a que las reinas de los tres aquelarres no lo hubieran pillado todavía.
—Creo que, de alguna manera, el vínculo que comparto con Astrid es tan fuerte que distrae a otras brujas de percatarse de mi magia.
Brusca asintió con interés y, de momento, se dio por satisfecha. Su padre no recibió con gusto la noticia de la partida de Valka, pero Hipo insistió que su madre era la más adecuada para aquella misión. Al menos su presencia despertaría la curiosidad de Ying Yue y tenía la esperanza de que Brusca también sirviera de ayuda para convencer a Iana de que Astrid la necesitaba. Ambas mujeres partieron dos días más tarde, guiadas por un mapa que el propio Hipo había dibujado. Su madre besó a su padre y él la abrazó con tanta fuerza que le hizo daño en el brazo, aunque no se atrevió a quejarse. Quedaron que si en una semana no tenían noticias suyas, mandarían a alguien a buscarlas.
Y así habían estado esperando hasta aquel día, cuando justo hacía una semana que se habían marchado.
No habían recibido señales de ninguna clase. Ni una nota, ni un ápice de viento que les diera a entender que Ying Yue estaba en camino, ni una señal en el agua de que Iana fuera a aparecer… Nada. Sabía bien que si su padre estaba allí tan serio y tan callado se debía a que estaba decidido a encararlo tan pronto terminara de cambiarle el vendaje y, por supuesto, no se equivocaba.
—Voy a salir a buscar a tu madre esta noche. Convendría que vinieras conmigo.
—No puedo irme —le recordó Hipo con impaciencia—. Sabes perfectamente que no puedo.
—Entonces más vale que cojas a Astrid y la ates a su dragón, porque vamos a ir —le advirtió su padre.
—No pienso hacer eso —replicó Hipo.
—Lo haré yo mismo entonces, si estamos así es por ella.
Hipo se obligó a contar hasta diez para calmar su enfado por hablar así de Astrid, aunque a su padre no le pasó por alto que las brasas del horno se habían avivado ligeramente.
—No puedes seguir así, hijo, no puedes vivir sometido a su voluntad.
—No vivo bajo la voluntad de nadie —insistió Hipo—. Tú habrías hecho exactamente lo mismo por mamá.
—No creo que tu madre…
—¡Mamá no es perfecta por mucho que te empeñes, papá! —gritó Hipo frustrado—. Y yo soy muy consciente que Astrid tampoco lo es, pero ha visto con sus propios ojos cómo Le Fey mató a toda su familia y, creas o no, no todos llevamos el luto de la misma puta manera, ¿o quieres que te recuerde que cuando mamá desapareció me abandonaste con Eyra Hofferson y te fuiste a buscarla a durante cuatro meses sin ni siquiera pensar en quien dejabas atrás? ¿O prefieres que te cuente de cuando pensé que habías muerto y me alcoholicé hasta rozar la inconsciencia? ¿Sabes lo que Astrid tuvo que soportar entonces?
Su padre frunció los labios, incapaz de buscar algo que sirviera como contraargumento. Hipo también era muy consciente de sus propios errores, que él tampoco podía considerarse perfecto ni podía fingir serlo. Por supuesto que él quería estar con Astrid. ¡Por Odín, si el simple hecho de estar lejos de ella le resultaba doloroso física y mentalmente! Pero ella quería su espacio. Astrid odiaba verse frágil al mundo, incluso con él, y el hecho de haberlo herido a causa de su poder le había afectado más de lo que Hipo hubiera esperado, ¿pero qué otra cosa hubiera podido hacer si no? Acabar como había acabado había sido la única solución que se le había pasado por la cabeza para detenerla y, por suerte, había funcionado. Hipo no se arrepentía y rezaba porque Astrid pudiera perdonarlo.
—Hagamos una cosa —propuso el vikingo—. Esperemos a que pase el día de hoy. Si no recibimos ninguna noticia de mamá o de Brusca a lo largo de la jornada, te prometo que buscaré la forma de comunicarme con ellas.
—¿Te refieres a…?
—Sí, magia, papá —respondió Hipo poniendo los ojos en blanco—. No es una palabra prohibida. Lo sabes, ¿verdad?
—Por supuesto que lo sé —concordó su padre ofendido—, pero aún no proceso que sobrelleves esta cuestión tan a la ligera. A mí todavía me cuesta asimilarlo.
—Llevo más de un año haciendo magia —justificó Hipo—, para mí ya es algo natural, papá. Además, si a mamá y a Brusca les hubiera pasado algo, lo más probable es que ya lo hubiera visto.
Y era verdad. Aunque aún no tenía un gran manejo sobre sus premoniciones, Hipo estaba seguro de que su magia le hubiera advertido en caso de que su madre estuviera en peligro. Había aprendido a confiar en su intuición mágica y, de momento, no había tenido motivos para alarmarse salvo por la tardanza de su regreso. Quería pensar que se debía a que Ying Yue estaba poniendo bastantes trabas para venir a Isla Mema y, por esa razón, Valka y Brusca se estaban tomando su tiempo para persuadir a las brujas.
Quería pensar que esa era la razón de su ausencia.
Tenía que pensar así para no ser dominado por el pánico.
Un fuerte carraspeo le trajo de vuelta a la realidad e Hipo contempló desconcertado que Finn Hofferson estaba en la entrada de su área de trabajo, con una expresión de pocos amigos y tan sucio como siempre. Estoico arrugó el gesto tan pronto se percató de la presencia del mercenario.
—¿Qué demonios haces tú aquí? —demandó saber Estoico indignado.
—Vengo a por el chico —respondió Finn.
Hipo tragó saliva nervioso. No estaba seguro de querer ir con Finn Hofferson a ninguna parte.
—¿Y con qué razón tendría que irme contigo? —cuestionó Hipo con cautela.
—Porque ella quiere verte.
El joven vikingo contuvo la respiración. Tuvo que aguantar sus ganas de gritar de la emoción y procuró mantener una expresión serena y sosegada delante de Finn.
—¿Cómo está?
—No lo sé, es la primera vez en casi dos semanas que me dirige la palabra —dijo Finn malhumorado—. No la conozco mucho, pero no parece ella misma.
Hipo sintió un nudo en su estómago ante la visión de que Astrid pudiera estar demasiado deprimida como para resultar una desconocida, pero ambos se habían visto en sus peores momentos y le consolaba tanto que Astrid por fin se hubiera decidido a verle que no titubeó en salir disparado de la herrería, ignorando las llamadas de su padre, en dirección a casa de Gothi. Se puso a llover tan pronto alcanzó el alto de la colina y entró en la casa a todo correr para evitar mojarse el vendaje. Tormenta no estaba allí, seguramente porque habría ido a comer dada la hora que era. La casa estaba vacía, aunque había una esterilla junto al hogar que rezumaba humo de unas brasas que aún estaban calientes. Supuso que Hofferson dormía ahí.
—¿Astrid? —llamó Hipo cuando entró en la casa.
Dada la oscuridad del exterior, Hipo se vio obligado a encender un fuego ignífugo para iluminar el interior de la casa. El piso inferior estaba vacío salvo por la presencia de una Gothi aún profundamente dormida hacia el fondo. Hipo se acercó para comprobar su estado y no pudo evitar cierta decepción al verla como siempre: pálida, dormida y sin señales de que fuera a despertarse pronto. La mesa del comedor estaba llena de virutas de madera y figurines de animales tallados con una destreza admirable. Por lo visto, Finn había estado ocupando su tiempo trabajando con la madera, lo cual le pareció una afición poco corriente en el mercenario, aunque no le había pasado por alto su destreza como carpintero en las obras de reconstrucción de la isla.
Apreció el fuerte olor a tierra mojada y madera chamuscada que provenía de la planta de arriba y aquello le impulsó subir escaleras arriba con lentitud, vigilando en no hacer demasiado ruido para no alarmar a la bruja. La encontró hecha un ovillo en la cama entre un revoltijo de sábanas. Llevaba puesto uno de sus viejos camisones y el pelo le había crecido tanto que la trenza con la que lo tenía recogido alcanzaba sus muslos. Pensó que estaría dormida, pero entreabrió los ojos tan pronto la luz de su llama flotante alcanzó su rostro. Astrid siempre había sido una chica pálida, pero su tez siempre había contado con un cariz rosado que le daba un aspecto muy saludable. Sin embargo, a la luz de su llama, Astrid se veía tan blanca que su piel había adquirido un tono azulón casi transparente. Parecía enferma, muy enferma, y las ojeras purpúreas que había bajo sus ojos no ayudaban a mejorar su aspecto. Tenía el brazo vendado con desgana y podía apreciarse entre las vendas manchadas de sangre la misma herida que él contaba en su brazo, que ya daba atisbos de estar cicatrizando. Sus ojos, los cuales siempre le habían recordado al color del cielo en verano, vibrantes como los de su padre y llenos de vida pese a sus tintes tristes y solitarios, parecían ahora dos pozos vacíos que ni siquiera reaccionaron al verle. Astrid volvió a cerrar los ojos y se pegó más sus piernas contra su pecho, como si quisiera hacerse más pequeña y desaparecer. El olor que había percibido en la planta baja se volvió más intenso y cayó que estaba oliendo la magia de la bruja que aún salía de ella, no tan amenazante como la última vez, aunque sí de forma tan intensa que hacía que la cabeza le diera vueltas
—Astrid —la llamó con suavidad.
La bruja no hizo un movimiento, como si no quisiera responder a su voz. Hipo extendió su mano izquierda hacia ella y aquello pareció ser más que suficiente para reanimarla, pues abrió bruscamente los ojos y se alejó de él hasta pegarse a la pared.
—No me toques —le advirtió ella con voz temblorosa.
Hipo resopló. Quería tocarla con todas sus fuerzas, era muy difícil no hacerlo cuando el vínculo le suplicaba desde el fondo de su cabeza y corazón que lo hiciera, pero se esforzó en mantenerse quieto.
—Perdona —se disculpó él.
Ella se llevó las manos a sus ojos y los frotó a la vez que respiraba hondo. Fuera sonó un relámpago que hizo que retumbara toda la casa. Hipo se sentó en el suelo junto a la cama, sin decir una sola palabra y a la espera de que Astrid reuniera fuerzas para hablar, aunque se tomó su tiempo para hacerlo.
—Lo siento —murmuró ella avergonzada.
—¿Por qué te disculpas? —preguntó él desconcertado—. No tienes razones para pedirme perdón.
—Tengo demasiados motivos para pedir perdón —dijo ella con voz rota—. La tormenta… no consigo disiparla. Lo he intentado una y mil veces y no… no soy capaz.
—Mira el lado bueno, no creo que suframos ningún ataque de nadie estando el tiempo como está —bromeó Hipo.
Astrid apartó sus manos de sus ojos y suspiró agotada, como si no tuviera ganas de hablar. Miró su brazo recién vendado y se mordió sus labios agrietados.
—Tu brazo…
—Estoy bien —le aseguró—. En serio, apenas me duele ya.
—Ni siquiera puedo curarte —susurró la bruja.
—Astrid, he tenido heridas mucho peores que ésta —le prometió él.
—Te puse en una situación imposible —insistió ella y abrazó sus piernas contra su pecho—. Me dejé llevar tanto por mi ira y por mi dolor que no era capaz de razonar. Mi magia tomó el control y… resultaba aterrador lo que quería hacer, Hipo. No me importaba quién resultara herido si así conseguía matar a Le Fey.
—Pero sí te importaba —dijo Hipo—. Te detuviste cuando me heriste.
—No debiste hacer eso —le recriminó ella.
—Prefiero que te mortifiques por hacerme daño a mí que el haber hecho daño a nadie más —le aseguró el vikingo—. No habrías soportado la culpa si hubieras llegado a matar a alguien, Astrid.
—Si tu madre no hubiera llegado a estar allí, te habría… no, nos habría matado —advirtió Astrid.
—Supongo que es una ventaja tener a una madre vidente —comentó Hipo forzando una sonrisa—. Si por un instante piensas que estoy molesto o enfadado por lo del brazo, olvídalo.
—Sé que no estás enfadado conmigo, por eso soy yo la que está furiosa por los dos —reclamó la bruja con impotencia.
Hipo no pudo soltar una pequeña risita, aunque enseguida recobró la compostura.
—Todo este tiempo he querido darte tu espacio, ¿quieres que hablemos ahora de lo que vimos aquel día?
Astrid se tensó y tragó saliva antes de evadir su mirada y mirar hacia la ventana abuhardillada. Los goterones golpeaban contra el cristal con fuerza y se escuchaba el temblor de los relámpagos, aunque no tan intenso como en otras ocasiones.
—Creo que hay poco que decir.
—Puedes decir lo que sientes.
Ella le lanzó una mirada de circunstancias.
—¿Para qué? Hablar de mis sentimientos no cambiará lo que pasó.
—No, pero puede que ayude a liberar un poco el peso que has puesto sobre tus hombros —replicó Hipo con suavidad.
Astrid puso los ojos en blanco e Hipo bufó.
—Astrid, sé que no estoy aquí por capricho. Te ha costado dos semanas darme el permiso para verte, aún sabiendo lo difícil que me es mantenerme lejos de ti cuando sé que estás sufriendo —le recordó mientras se levantaba del suelo con torpeza—. Quiero ayudarte y sé que estoy aquí porque quieres que lo haga, pero no puedo darte la mano si no me dejas cogerla.
Los ojos de Astrid se humedecieron y bajó la cabeza para limpiarse las lágrimas y frotarse la nariz. Hipo se atrevió a sentarse al pie de la cama y, a la vista de que la bruja no se movía, se atrevió a pegarse contra la pared, aunque manteniendo una distancia prudencial con ella.
—Te echaba de menos —admitió Astrid sin mirarle—, pero… temía que no me vieras igual después de todo lo que ha pasado. Yo… yo siempre he mantenido mis emociones bajo estricto control. Vivir bajo el yugo de Le Fey era un sinónimo de obligarte a aplacar cualquier sentimiento que te expusiera a su ira. La verdad es que siempre he pensado que se me daba bien hacerlo, pero… cuando te conocí me di cuenta de que contigo es imposible controlarlo.
Hipo frunció el ceño.
—No te entiendo.
—Tú me hiciste sentir, Hipo —argumentó la bruja con desesperación—. Eres la primera persona que me ha querido por ser quién soy y eso… eso hizo que la coraza que llevo años construyendo se fuera quebrando poco a poco hasta que ya era imposible llevarla por más tiempo.
—¿Y eso qué tiene de malo?
La pregunta pareció sorprender a Astrid y no supo qué responder. Hipo sonrió con tristeza.
—Me gusta mucho más la Astrid que muestra sus emociones que la bruja fría y déspota que conocí aquella noche de insomnio —explicó Hipo—. En realidad, yo me empecé a enamorar de ti cuando empezaste a mostrarme tu verdadera cara. Ser fuerte no es sinónimo de no sentir.
—Pero soy débil, ¿no lo ves? Jamás me he expuesto a mi magia como el otro día. Yo siempre me había entendido con ella y ahora…
—Astrid, fuiste bendecida por Thor —le recordó Hipo—. No creo que ese dios sea precisamente famoso por ser el más moderado de todos, eso por no decir que no creo que te haya escogido al azar. Si fueras débil, dudo mucho que el Dios del trueno te hubiera escogido.
La bruja ladeó la cabeza.
—Los dioses también pueden equivocarse.
Hipo sonrió.
—No me cabe la menor duda, pero tu padre no se equivocó cuando dijo que te convertirías en una gran guerrera.
Astrid soltó un respingo y le miró desconcertada.
—¿O me vas a decir que no a eso?
—Bueno, sí, pero…
—Y resulta que eres tan buena galena como tu madre…
La bruja se ruborizó.
—Eso es discutible, no creo que…
—No creo que estés en situación de cuestionarte cuando has demostrado en más de una ocasión que eres una mujer formidable, Astrid —le volvió a interrumpir Hipo—. Puede que no seas al cien por cien lo que tu familia esperaba que fueras, pero creo que ningún hijo es lo que sus padres quieren que sea, sino solo tienes que mirarme a mí. Mi padre quería que fuera un gran guerrero y el mejor vikingo cuando resultó ser más bien lo contrario —Astrid quiso replicar, pero Hipo alzó la mano para pedirle que le dejara continuar—. Has demostrado ser todo lo contrario a lo que Le Fey quería que te convirtieras y tu madre acertó con lo de que tú jamás serías propiedad de la reina. Eres dueña de tu propia persona, As, con tus defectos y tus debilidades, pero eso solo demuestra que eres humana.
—Yo no soy humana —le recordó ella.
—¡Venga ya! Naciste humana y esa esencia todavía la tienes —advirtió Hipo.
Astrid no replicó y volvió a bajar su mirada hacia sus pies. Hipo extendió su mano hacia ella con lentitud, aunque no quiso tocarla todavía.
—Estoy bastante seguro de que tus padres estarían orgullosos de quien te has convertido.
—Hipo…
—No, escúchame —le interrumpió él—. Nada de lo que pasó aquella noche fue tu culpa. Le Fey no mató a tu familia por nada que hicieras tú, es más, ella te habría matado si no hubieras estado protegida por el rezo de tu madre. Se quedó contigo por puro despecho y, pese a todo el calvario que sufriste en el aquelarre, sobreviviste. Eres la mujer más fuerte que conozco, Astrid.
Hipo sintió una agradable calidez en su pecho cuando apreció el rubor cubriendo las mejillas de Astrid. Alzó su mano buena para ofrecérsela y ella la observó en un sepulcral silencio.
—No sé si puedo hacerlo, no sé si soy lo bastante fuerte para enfrentarme a Le Fey —admitió ella con tristeza.
El vikingo sonrió.
—Lo bueno es que no estás sola, Astrid —la bruja abrió mucho los ojos y le contempló sorprendida—. Esta guerra nos pertenece a todos y si piensas que voy a dejarte que lidies con esto tú sola vas lista. Me temo que no te va a ser tan fácil librarte de mí.
—No podría aunque quisiera —admitió ella dibujando una sonrisa tímida—. No te merezco.
Hipo acercó su mano y Astrid estiró sus piernas sin apartar la mirada de su mano llena de callos.
—Creo que te equivocas en eso, As —comentó Hipo con ternura—. Tú y yo siempre hemos estado destinados a estar juntos, por lo que puedo considerarme muy afortunado de haberte encontrado de nuevo.
Astrid alzó su mano titubeante para coger la suya e Hipo podía sentir el cosquilleo del vínculo acariciando sus dedos cuando su piel estaba a pocos centímetros de la suya. La mano de Astrid estaba más fría de lo habitual, quizás por el vigor con la que su magia fluía dentro de ella, aunque ésta pareció reconocerle como un viejo amigo al que había echado mucho en falta y su propia magia reaccionó con simpatía y afecto, calentando el resto de su cuerpo como si estuviera dándole un abrazo. Astrid suspiró casi aliviada por volver a sentir el reconfortante calor del vínculo y de su magia recorrer su cuerpo, librándola del desagradable frío que le había tenido que invadir desde hacía días. La bruja dejó que las lágrimas salieran con libertad y terminó sacando el valor para abrazarse a él mientras sacaba por fin todo el dolor que llevaba tanto tiempo guardando.
No supo cuánto tiempo pasaron así, pero en algún punto llegaron a tumbarse abrazados y se quedaron dormidos. Sus sueños volvieron a envolverse en gritos de guerra y en sonidos de oleaje golpeando violentamente contra madera, aunque tuvo la suerte de no tener la horrible visión de Astrid pidiéndole que le hiciera esa promesa. Le despertó el silbido del viento que se escuchaba desde el exterior e Hipo se asomó a la ventana para apreciar, entre los densos nubarrones negros, pequeños halos de luz solar. La tormenta estaba amainando por fin. Hipo se volteó hacia Astrid, quien seguía profundamente dormida a la vez que murmuraba algo en sueños y volvió a tumbarse a su lado con intención de volver a dormirse. Su cuerpo estaba templado, aunque la bruja se pegó a él tan pronto lo sintió de nuevo a su lado. Contempló su bello rostro en silencio, estudiando sus rasgos con atención. No cabía duda que Astrid estaba relacionada con Asta Lund dado que su parecido físico era más que obvio, pero había heredado la nariz de su madre y los ojos y el color de su pelo venían claramente por parte de la sangre Hofferson que corría por sus venas. Recordó la calidez de Eyra, la dulzura con la que le había tratado desde el instante en que se había decidido hacerse cargo de él, aunque se sentía frustrado de que su recuerdo fuera producto del don de Astrid y no de su propia memoria. Apartó un mechón rubio que caía de la cara de su novia y ésta suspiró dormida, como si el tacto de sus dedos calientes hubiera alcanzado sus sueños.
Hipo sabía que Astrid no estaba preparada para hablar al detalle de lo que habían visto, pero se moría por preguntarle sobre qué sentía respecto al hecho de que estuvieran prometidos. No había mencionado el asunto ni siquiera a su padre, pese a que estaba al tanto más que ninguna otra persona viva en la isla. ¿Por qué su padre no se lo había mencionado tan pronto había sabido que Astrid era hija de Eyra y Erland? Le habían sobrado oportunidades para contárselo y, por alguna razón, se había guardado el secreto para él. Tal vez quisiera protegerlo, sería típico de su padre, aunque puede que él siguiera sin aprobar su relación con Astrid pese a que ella fuera una Hofferson. Hipo cerró los ojos, deseoso de apartar todos aquellos pensamientos de su mente y dejarse arrastrar por el sueño cuando, de repente, oyó movimiento en la planta baja. Pensó que tal vez Finn había vuelto a la casa mientras ellos estaban dormidos, pero tan pronto le pareció escuchar los sollozos de un bebé se alarmó.
Con cuidado de no despertar a Astrid, Hipo se bajó de la cama y caminó descalzo y esforzándose en no hacer ruido con su prótesis. Cerró la puerta de la habitación con cuidado y bajó las escaleras con cuidado de no hacer chirriar la madera, aunque tuvo que poner su mano contra su boca para contener un grito del susto. Sentadas en torno a la mesa del comedor de Gothi se encontraban tres mujeres muy dispares entre ellas, cada una vestida de un color diferente. Ying Yue seguía siendo abrumadoramente hermosa, sus labios estaban pintados con un intenso carmín rojo, como su vestido, que contrastaba con la palidez de su piel. Llevaba el pelo recogido en un complejo recogido que había decorado con una corona de azaleas blancas que le daba un aire tan regio como sofisticado. Iana tenía el pelo suelto y rizado peinado hacia atrás por la diadema de lilas que llevaba puesta y vestía un sobrio vestido verde que dejaba sus hombros al descubierto. Drina llevaba una corona de intensas rosas rojas que contrastaban con el azul celeste de su vestido, cuyo escote había deslizado para liberar uno de sus senos para amamantar al bebé que cargaba en sus brazos. Las tres reinas giraron la cabeza tan pronto le escucharon bajar las escaleras e Hipo se sintió un tanto abrumado por la intensa magia que se respiraba en aquella sala que tuvo que sostenerse contra la pared para no marearse.
Ying Yue se levantó de su asiento con una expresión seria, casi podría decirse que enfadada. Fuera se escuchaba el viento silbar con todavía más violencia e Hipo tenía la sensación de que estaba metido en un buen lío, aunque no estaba seguro de por qué.
—¿Dónde está? —preguntó la reina muy seria.
Hipo tensó su mandíbula. No le gustaba nada el tono de aquella mujer y le preocupaba las ausencias de su madre y de Brusca.
—Duerme —respondió con sequedad, perfectamente consciente de que no estaba preguntando por Astrid.
Las aletas de la nariz de la bruja se abrieron de forma pronunciada.
—No puedo dejar un objeto tan valioso como el grimorio en manos de dos críos tan irresponsables —advirtió Ying Yue tan seria—. Esta guerra está tomando un giro demasiado rápido como para poder afrontarlo. Es imposible ganar.
—Ying Yue… —intentó intervenir Iana, pero la reina alzó la mano para silenciarla.
—Agradece que te dejara volver a mi isla, no quiero oír ni una palabra salida de tu boca ahora mismo, Iana —le recriminó la reina enfadada—. Tú tienes tanta culpa como ellos.
—¿Culpa de qué? —cuestionó Hipo molesto—. Hemos recuperado nuestra isla y Astrid mató a Thuggory, además…
—¿De verdad sois tan idiotas como para no daros cuenta de que a Le Fey no le importa siquiera su mascota? —le interrumpió Ying Yue hecha una furia—. El viento trae rumores de que ella cuenta ahora con un arma perfecta que supera a cualquier hombre, dragón o bruja.
—¿Qué? ¿A qué demonios te refieres? —cuestionó Hipo sin entender.
—A que Le Fey ha utilizado magia antiquísima y prohibida para crear una criatura tan fuerte que necesita alimentarse de carne humana, de dragón y de bruja —respondió Drina meciendo a su bebé.
—Habéis cometido un error fatal —le reprendió Ying Yue furiosa—. Y juro por mi aquelarre que si no hacéis algo para ganar esta guerra, yo misma os mandaré al Helheim.
Xx.
Le Fey odiaba comer.
Jamás había disfrutado con la comida y, no importaba el cuerpo que poseyera, toda le sabía a ceniza y sal. Si comía lo hacía porque sus cuerpos se lo reclamaban, pero nunca se excedía más de lo necesario para mantenerlos. Desafortunadamente, no existían hechizos que pudieran mantener un cuerpo sin comida o agua, algo que fastidiaba a Le Fey enormemente, sobre todo porque era un recordatorio de que aquellos cuerpos, por mucha magia que poseyeran, seguían siendo mortales. Odiaba recordar que, por muchos cuerpos que ella pudiera dominar, seguía siendo insoportablemente mortal.
Aquel día le habían preparado un codillo al horno que habían embadurnado con salsa hecha con mostaza y miel y había adquirido un tono dorado que le hacía la boca agua. Siempre tenía una vaga esperanza de poder saborear algo, pero una vez más tuvo que contenerse de lanzar su plato a la cabeza del primer sirviente que apareciera por su horrible sabor. Thuggory le habría dicho algo seguro de haber estado sentado allí con ella, porque el Cabeza Cuadrada siempre había tenido algo que decir respecto a cómo debía cuidar aquel cuerpo. Así de molesto había resultado ser, desde el minuto uno que había cruzado palabra con él.
Era cierto que Le Fey había perdido la costumbre de que alguien cuestionara sus decisiones. La última que había osado cuestionarla había sido Astrid y aquella pequeña zorra, por mucho que odiara admitirlo, lo había hecho siempre con mucha cautela y justificando sus réplicas con una frialdad envidiable. No tenía dudas de que Astrid había sido su mejor general con diferencia y aquello no hacía nada más que enfurecerla.
Thuggory, en cambio, era distinto.
Al principio no le hizo mucho caso. Es más, cuando descubrió que ella no era Kateriina Noldor y quiso exponerla ante los demás jefes, se planteó seriamente en matarlo, aunque sabía que sería imprudente matar al líder de un ejército tan potente como el de los Cabezas Cuadradas. Poco tiempo después cayó que él era el tipo con el que Kateriina supuestamente iba a casarse y había pedido a Bardo que anulara el compromiso como un mero trámite más de su plan.
Su primera impresión fue que Thuggory era indudablemente un caramelo infinitamente más atractivo que el escuálido de Hipo Haddock. A Le Fey le gustaban los hombres grandes, sobre todo porque se sentía más poderosa sometiéndolos a su voluntad cuando le doblaban el tamaño. Kateriina era uno de los cuerpos más pequeños que había poseído nunca, por lo que Thuggory le pareció satisfactoriamente grande y hermoso en muchos sentidos. Su rostro era anguloso, con alguna que otra cicatriz en su piel que le daba un aspecto más bárbaro y feroz. Su cabello oscuro tenía tantos bucles que le resultaba agradable estirar sus mechones para verlos rizarse de nuevo en tirabuzones cuando los soltaba. Sus enormes brazos podía rodear su cuello y quebrarlo de un solo movimiento, algo que la excitaba en sobremanera, pero había que alcanzar los límites de la paciencia y de la cordura del Cabeza Cuadrada para que éste le infringiera el menor daño. Era sumiso a sus deseos, aunque no voluntarioso, pero con el paso de los meses había conseguido despertar ese lado lujurioso de él del que tanto se avergonzaba después. Puede que Thuggory no fuera el hombre más listo del mundo, pero indudablemente era bueno aprendiendo en base a la práctica, hasta el punto que se convirtió en uno de los mejores amantes que había tenido nunca.
No obstante, descubrió que no solo disfrutaba del sexo; por alguna razón, también le gustaba su compañía. Thuggory era callado y taciturno, no muy dado a las conversaciones largas, quizás porque se aburría enseguida de las cosas que realmente no le interesaban. Sin embargo, siempre había sabido qué decir y había sido un siervo fiel y leal, a pesar de que una parte de él la odiaba con todo su ser.
No le culpaba.
Le Fey no era dada a buscar el afecto de nadie.
Nunca lo había necesitado, ¿para qué? El amor era cosa de humanos y ella no era de las que se tropezaban con la misma piedra dos veces. Había amado a una persona en toda su vida y ésta la había traicionado. Por esa razón, su inesperado afecto por Thuggory la había pillado desprevenida. Le habían sobrado ocasiones para matarlo: cuando la provocaba tomando decisiones claramente contraproducentes para ella; cuando cuestionaba sus decisiones delante de otros humanos; cuando la desafiaba con su estúpida compasión y, ante todo, cuando la despreciaba sin cortarse lo más mínimo… Y, pese a todo, Le Fey siempre se había resistido a asesinarlo, como si de alguna manera disfrutara con esa atención recibida por Thuggory.
—¿Se...señora?
Le Fey levantó la mirada de su plato y miró a la insignificante sirvienta humana que temblaba como una hoja.
—¿Qué coño quieres? —espetó Le Fey tirando su cubierto ruidosamente contra su plato.
—Un… un Cabeza Cuadrada demanda v...verla —balbuceó la criada estúpidamente—. Re...reclama ver a Lord Meathead.
Le Fey apretó los puños, pero inspiró hondo antes de responder.
—Dile a Acke que pase y llévate esta basura de comida ya de paso —espetó la reina cogiendo el plato de madera y tirándoselo a los pies de la humana.
La humana cogió el plato y cogió los restos de carne con sus manos antes de salir a toda prisa de la sala. Le Fey fue a levantarse de su asiento cuando sintió un espantoso pinchazo en su estómago que casi la hizo vomitar. Tuvo que quedarse sentada, sintiendo el desagradable sudor perlarse en su frente y en su nuca mientras ella se esforzaba por aplacar el dolor de la úlcera que se le había tenido que formar en las últimas horas en el estómago.
Odiaba aquel cuerpo.
De verdad que lo hacía.
Pero no le había quedado otro remedio. Ikerne le había advertido que si no poseía el cuerpo de Kateriina Noldor, Astrid terminaría arrebatándole su reinado. Había considerado que, ante su incapacidad de matarla, vincularla con un humano sería definitivamente su mejor baza para hacerlo más adelante. La völva había protegido a Astrid, pero no aquel molesto humano raquítico y amigo de los dragones. Por tanto, Astrid podía morir con suma facilidad si su alma estaba atada al del humano. Sin embargo, tras haber escuchado la visión de Ikerne sobre cómo Astrid iba a matarla impulsada por su sed de venganza, sentía que había vuelto infravalorarla.
Siempre lo hacía, no podía evitarlo.
Había querido con todas sus fuerzas que Astrid fuera mediocre, una inútil tanto en batalla como en el arte de la magia, pero descubrió con enorme frustración que Astrid era digna sucesora de Asta y que su sangre corría veloz y poderosa por sus venas. Había sido bendecida por Thor, un dios que rara vez otorgaba su poder a nadie y que escogía a las brujas que a su parecer eran lo bastante fuertes física y mentalmente como para soportar tal carga. Es más, si Astrid hubiera recibido la formación adecuada, tal vez hubiera llegado a ser hasta mejor que su abuela. Por eso se había pasado toda la vida de esa puta intentando destruirla, quebrarla mentalmente, humillarla, convertirla en una apestada entre las brujas y darle el impulso para que se viniera abajo y se quitara la vida por su cuenta. No obstante, aquello había tenido un resultado de lo más contraproducente, hasta el punto que su desprecio había conseguido alimentar la ira y la fuerza de Astrid. Nunca había visto a ninguna bruja pelear con la fiereza con la que peleaba esa mocosa. Era certera, letal y tan peligrosa que ni la propia Le Fey podría plantearse tener un combate cuerpo a cuerpo con ella sin acabar mal parada. Había que decir que esa destreza poca tenía que ver con Asta, quien no había cogido un arma en toda su vida.
Que Astrid hubiera recibido la bendición de Thor conllevaba a que ella tuviera toda la capacidad para ser reina del aquelarre cuando ella quisiera. Le Fey siempre se había preocupado de mantener bajo estricto control el conocimiento que sus brujas recibían, haciéndose ver como una Diosa para aquellas imbéciles y, por supuesto, procuró hacerles entender que nadie, ni siquiera aquella que nació de la tormenta, podía arrebatarle su poder pese a que sobraban formas para hacerlo. Por esa razón se había preocupado de aislarla y hacer que todas se pusieran en su contra. Nadie del aquelarre querría a Astrid como reina y, pese a que se vio obligada a nombrarla general por sus indiscutibles dotes de liderazgo y de estratega, jamás tendría poder suficiente para enfrentarse a ella.
O eso pensaba, al menos.
Cometió un error fatal al vincularla con Hipo Haddock y mayor fue su cagada cuando cayó que la había dejado en Isla Mema, el lugar que la vio nacer. Resultaba divertido y humillante que Astrid se enamorara de un humano, pero jamás hubiera esperado ni que aquel chico fuera el Paladín de Surt ni mucho menos que se aliaría con Astrid para acabar con ella. Ikerne había visto cómo la unión de ambos era lo bastante potente y poderosa como para poder destruirla, por esa razón Le Fey se vio obligada a hacer todo lo que hizo.
Mandó a Heather a recuperar el grimorio que Asta tenía que haber dejado escondido en algún lugar de la isla, mientras ella se preocupaba de localizar la manera más adecuada de filtrarse en Isla Mema sin que Astrid se percatara. Había escuchado que Haddock estaba buscando esposa, pero ninguna de las doncellas casaderas del Archipiélago mostraban tener marcas de Freyja. Fue entonces cuando supo de la existencia de Kateriina Noldor. Le Fey solo podía poseer cuerpos de brujas o de humanas marcadas por Freyja, por lo que tan pronto supo que Noldor había sido elegida por la diosa, no se lo pensó dos veces. Poseerla fue pan comido y controlar mentalmente a todos los ciudadanos de la isla de Beren lo fue aún más. Anular el compromiso entre Kateriina y el Jefe de los Cabezas Cuadradas resultó también sumamente sencillo y no le supuso un gran esfuerzo fingir ser la mosquita muerta de Kateriina a ojos de los demás. Gozó engañando y confundiendo a Astrid, aunque pensó que conquistar a Hipo Haddock sería infinitamente más fácil. No tardó en caer que el vikingo estaba perdidamente enamorado de la rubia. ¡Le Fey quería troncharse de risa! ¡Era perfecto! Casarse con Hipo supondría el fin de Astrid de una vez por todas, puesto que antes de matarlo, se aseguraría de camelarlo y acostarse con él tantas veces que haría que Astrid se ahogara en su propio vómito.
Era un plan perfecto.
Solo que se le había truncado de tal manera que ni ella misma había logrado comprender cómo había podido salir tan mal.
El boicot de la boda, la huída de Hipo y de Astrid y la aparición de Thuggory causó que todo diera un giro tan inesperado como molesto. Sin embargo, lo que pareció un fracaso estrepitoso resultó ser a su vez un éxito. Puede que no hubiera conseguido librarse de Astrid ni del incordio de su novio, pero sí consiguió una nueva corona para su colección. Convertirse en Reina del Salvaje Oeste había estado en sus planes desde hacía décadas, pero lo había descartado por pura pereza y por cuestiones logísticas. No obstante, teniendo a los humanos bajo su yugo interpretando el papel de la novia recién huérfana que acababa de ser plantada en el altar por una bruja le facilitó mucho el trabajo. Por supuesto, la influencia de Thuggory tuvo mucho que ver, sobre todo porque el Cabeza Cuadrada era capaz de hacer lo que fuera con tal de que ella liberara el cuerpo de la estúpida de Kateriina.
Le Fey le había repetido una y otra y otra vez que ella era ahora Kateriina, pero tampoco podía esperar que alguien como Thuggory pudiera comprender que ella se hacía una con las almas que devoraba. Le Fey contaba con todos los recuerdos de Kateriina, para ella era fácil interpretar el papel porque conocía cada secreto y pensamiento que había pasado por la cabeza de la muchacha. Quizás por eso también se había visto influenciada en su atracción hacia Thuggory. La mosquita muerta de Kateriina le amaba y ella, de alguna manera, no podía aplacar esos estúpidos y podridos sentimientos que los recuerdos de Kateriina despertaban en ella, viéndose necesitada de que Thuggory la mirara como lo hacía antes con Kateriina.
De igual manera, Kateriina pasaría pronto a la historia y Thuggory seguiría con ella una vez que hubiera conseguido el cuerpo de Astrid. Tan pronto su alma abandonara el cuerpo de aquella cría, éste se marchitaría y pudriría en cuestión de minutos, por lo que Thuggory no tendría a nada que agarrarse salvo el resquicio del alma de Kateriina que quedaría en ella. El Cabeza Cuadrada estaría atado a ella para siempre y, en su nueva forma, aprendería a amarla del todo. Solo debía de ser paciente, aunque aquella no era virtud de la que pudiera presumir.
Le Fey se acarició su vientre y respiró hondo antes de levantarse de nuevo. El dolor era insoportable, pero le resultaba tan familiar que tampoco se dejó dominar por él. No es que la putrefacción de sus órganos internos fuera algo a lo que pudiera acostumbrarse, pero los años experimentando aquel dolor había causado que pudiera mejorar su resistencia al respecto. Por esa razón, cuando Acke se presentó ante ella, Le Fey ya mostraba su mejor cara, aunque fuera una mueca de mala gana por tener que aguantar a aquel consejero insoportablemente juicioso.
—Majestad —saludó el hombre inclinando ligeramente la cabeza cuando el protocolo dictaminaba que debía hincar la rodilla.
—¿Qué quieres? —demandó saber Le Fey sin mucha cortesía.
Acke tensó sus duras facciones, pero no hubo titubeo en su voz.
—Quiero ver a Thuggory —reclamó el hombre—. Sé que acabó herido en la batalla de Isla Mema y estoy aquí para llevarlo a casa con su gente.
Le Fey sonrió.
—¿Ahora quieres llevártelo? Me temo que eso no será posible, Thuggory no está ahora mismo en condiciones como para abandonarme.
—Thuggory ha cumplido con creces cada una de tus exigencias —insistió Acke con furia—. Es hora de que le dejes marchar, bruja.
La reina estrechó los ojos.
—Cuidado con lo que sueltas por esa boquita, Acke. Me debes respeto y lealtad.
—Se lo debo a Kateriina Noldor, no a la usurpadora que ocupa su lugar —escupió el hombre furioso—. ¿Crees que no se nota? Muchos conocíamos a Kateriina Noldor antes del compromiso con Haddock. Era una chica dulce, amable y bondadosa que amaba a su pueblo incondicionalmente. Tú, en cambio, eres un ser viperino y cruel, una déspota que poco le importa el reino que gobierna y que le interesa mantener su poder por encima de todo. Debes de ser una bruja porque a pesar de que tengas su cara no veo nada de Kateriina Noldor en ti.
Le Fey se rió. Tenía que hacerlo porque si no, iba a matarlo allí mismo y tenía un plan mucho más interesante e instructivo para el exconsejero de Thuggory.
—Te ha salido un discurso de lo más locuaz, Acke —observó Le Fey con diversión—. Thuggory está bien, si es lo que te preocupa, aunque dudo mucho que quiera irse a ninguna parte sin mi.
—Irá —persistió el consejero fulminándola con la mirada—. Acabará entrando en razón.
—Se nota que le conoces muy poco —replicó Le Fey con maldad—. Thuggory jamás me abandonará, por mucho que queráis separarlo de mí.
Acke frunció los labios.
—Eso está por ver, ¿dónde está? —espetó el Cabeza Cuadrada furioso.
—Sígueme.
—Prefiero que me digas directamente dónde está —replicó el hombre.
Le Fey puso los ojos en blanco. Aquel hombre estaba empezando a tocarle mucho el coño.
—O me sigues o mando que te cuelguen, tú eliges.
—Soy el conse…
Acke dejó de hablar cuando sintió la mano invisible de Le Fey bloquear sus vías respiratorio y elevarlo ligeramente del suelo, causando que el hombre se zarandeara violentamente para que le soltara.
—Y yo la Reina del Salvaje Oeste —dijo Le Fey con orgullo—. Creeme, Acke, no conviene que me cuestiones —deshizo el hechizo y el hombre cayó de bruces al suelo mientras tosía sonoramente para recuperar el aire—. Sígueme.
Acke se levantó dificultosamente del suelo, pero al menos esta vez la siguió sin replicar. Había instalado momentáneamente su cuartel general en la Isla Berserker, la cual contaba con una red de cavernas de lo más conveniente y era lo bastante grande para albergar a los humanos y a sus brujas por separado. Los humanos vivían en las ruinas de la aldea, mientras que su aquelarre se había tenido que instalar en los bosques, lejos de ojos avizores de los cazadores de Drago. Detestaba tener a todos en un solo lugar, la hacía vulnerable cara a los humanos que no eran presos de su influencia como Drago, pero no le había quedado otro remedio tras el ataque sufrido por las brujas del Nakk.
Jamás hubiera esperado esa ofensiva, ni siquiera de Astrid.
Las brujas, aún siendo expulsadas del aquelarre, tenían una obligación moral de guardar el secreto de su procedencia. A Astrid le habían sobrado las ocasiones de revelar su escondite y, aún así, jamás lo hizo. Le Fey había estado convencida de que a Astrid le obsesionaría tanto el proteger a las demás brujas que, ni aún siendo torturada por Drago desvelaría el secreto. No cabía duda que Astrid ya no era leal ni a sus propias hermanas y la consideraba traidora de su propia especie por haber cometido un acto tan ruin y salvaje. Incluso la propia Le Fey, que tan poco apego y cariño sentía por la nacida de la tormenta, se había sentido humillada y traicionada por parte de su ex general.
Las brujas del Nakk habían atacado sin parangón. Cuando Le Fey llegó por fin a la isla, su hogar estaba destruido, las bajas habían sido considerables y se habían llevado como rehenes a otras tantas. Aquella estratagema no podía haber sido ideada por Iana, una reinucha del tres al cuarto que había sido coronada hacía poco porque no habían habido opciones mejores. Tanto la infiltración como el ataque estaban firmados de la mano de Astrid, como una especie de venganza personal contra ella y todo el aquelarre. Le Fey desató toda su ira contra las brujas del Nakk, matando a muchas de una simple ráfaga de oscuridad, pero cuando iba abalanzarse sobre Iana lo sintió.
Era un dolor distinto al que acostumbraba a sufrir.
Observó confundida que en su pecho se había abierto una herida y que algo le había desgarrado por dentro, haciéndola sangrar desmesuradamente.
Thuggory, pensó ella en pánico.
Llevó sus manos a su pecho y, no sin esfuerzo, intentó cerrar la herida, pero por alguna razón no fue capaz de hacerlo. El filo que había abierto esa herida debía seguir dentro de él, comprendió la bruja aterrada. Thuggory iba a morir y, si no hacía algo pronto, habría posibilidad de que ella saliera también muy mal parada. Maldijo el momento en el que creó su vínculo con Thuggory, pero no había tiempo para arrepentimientos. Soltó su magia más oscura y putrefacta para eliminar a las brujas de su alrededor, sin importarle que fueran del Nakk o de su propio aquelarre. Iana vomitó antes de salir de allí, probablemente espantada por el olor a muerte que debía emanar su cuerpo, pero Le Fey no se ofendió o reaccionó ante su huida. Su mente se enfocaba en recuperar a Thuggory como fuera. Todo lo demás carecía de importancia para ella. El cuerpo del Cabeza Cuadrada apareció entre la masa oscura que se había formado sobre su cabeza, Le Fey extendió su mano para coger la suya ensangrentada y sucia, pero enseguida reparó que alguien estaba empujando a Thuggory fuera del portal.
Astrid.
¡Esa zorra!
Le Fey no tenía fuerza física en ese momento como para empujar, por lo que extendió su portal hacia Astrid. Tal vez, con un poco de suerte, la violenta separación causada por el portal haría que el vínculo la matara tanto a ella como a Haddock en el acto. Sería matar a dos pájaros de un tiro, pensó con satisfacción. Sin embargo, Astrid no era lo bastante estúpida como para caer en su trampa y dejó marchar a Thuggory. Incapaz de contener el portal abierto por más tiempo, Le Fey lo cerró después de que Thuggory cayera suavemente a través de él.
Los recuerdos que le siguieron a aquel suceso le resultaban borrosos. Recordaba la desesperación; sus lastimeros gritos de dolor, aunque poco tenían que ver con la herida de su pecho o la putrefacción de sus órganos; o los lamentos de las brujas que la rodeaban, incapaces de soportar el olor a cadáver que debían estar emanando su cuerpo en ese momento. Se sentía débil, tan débil que estaba segura que la Diosa de la Muerte la estaba reclamando a sus dominios. Cayó inconsciente y no se despertó hasta unas horas después en su habitación con Ikerne observándola al pie de su cama. La anciana bruja no estaba contenta, pero seguramente habría avistado que Le Fey no estaba de humor para sus estúpidas reprimendas. La herida de Thuggory seguía abierta en canal en su pecho, aunque el dolor poco tenía que ver con las molestias que azotaban ahora en su hígado y en el útero. La infección de su magia parecían haberse extendido con demasiada rapidez hasta otros de sus órganos y podía ver que su piel estaba tan transparente que podía adivinarse el recorrido de las venas.
—Tienes tu sustento preparado en el pasillo, pero antes deberías ver esto —dijo la anciana lanzándole una bolsa.
Le Fey no fue capaz de atraparla al vuelo y cayó sobre sus piernas. La bolsa era grande y pesada y jadeó de sorpresa en cuando vio su contenido.
—Esto es…
—Tu humano ha conseguido lo imposible —advirtió Ikerne—. Ya tienes el ingrediente que te faltaba, ahora solo te queda el cuerpo.
—¿Dónde está Thuggory?
—Muerto —contestó Ikerne con frialdad—. Tengo un grupo de brujas manteniendo su cuerpo en activo, pero si su alma no ha sido reclamada es porque la tuya ha impedido que vinieran a buscarlo. Los dioses están descontentos, Moryen, no les gusta que juegues a ser uno de ellos.
—¡Cállate! —rugió Le Fey rabiosa—. Haz que me alimenten, tengo mucho que hacer.
La situación de Thuggory no era menos que delicada. Aunque su alma seguía en el Midgard, su cuerpo había dejado de responder y no podía sostenerse con vida sin una enorme cantidad de magia con la que sus brujas difícilmente podrían aguantar. Ni siquiera Le Fey, cuyo poder era descomunal en comparación a cualquier otra bruja, podía llevar a cabo un hechizo como aquel por largo tiempo. Tenía que salvar a Thuggory, pero no de la forma que a él le gustaría.
En realidad, Thuggory había salvado su propia vida trayendo consigo la aleta de la cola del Furia Nocturna. Casi parecía que él mismo se hubiera ofrecido voluntario para que le lanzara el hechizo a él, para que ella pudiera transformarlo en su criatura perfecta... en su paladín. Le Fey no podía amarlo más y aquella sensación de puro amor la atormentaba hasta unos límites que se le hacían insoportables. Deseaba amar a Thuggory sin todo aquello que conllevaba amar: la ansiedad, el miedo y el sufrimiento. Esas sensaciones la había impulsado a crear el vínculo con él, para asegurarse de que Thuggory fuera invencible entre los humanos gracias a que su magia podía sanarlos a los dos. Le Fey estaba acostumbrada al dolor, por lo que era un precio nimio a pagar con tal de tenerlo a salvo y, además, para asegurarse de que lo tenía todo controlado. Que ella amara a Thuggory no conllevaba a que fuera tan estúpida como para fiarse de él. Ahora, con Thuggory transformado en su paladín, el temor a que pudiera pasarle algo o que pudiera apartarse de su lado se había disipado por fin.
Thuggory había salido de las aguas siendo tan monstruoso como bello. A Le Fey no le importaban sus afilados dientes, su descomunal tamaño, su enorme cola o su cuerpo inundado de escamas negras de Furia Nocturna. Aquella bestia seguía siendo su Thuggory, más perfecto, más sumiso y más salvaje, aunque a veces parecía tener momentos de lucidez humana en los que le entraba tal disforia que se arrancaba las escamas con sus garras sin ninguna piedad. Thuggory se había vuelto mucho más sensible a sus propias emociones y, por suerte, el odio que le inspiraba Astrid, su asesina, resultaba ser un gran impulsor a actuar sin cuestionarla. La pequeña pega de su paladín, según indicaban algunas de sus brujas a sus espaldas, era que Thuggory tenía ahora un apetito insaciable. La comida de humanos le repugnaba y no tardaron en descubrir que la bestia solo se alimentaba de carne humana, de dragón o de bruja. Además, él prefería matar por sí mismo a sus presas, puesto que Thuggory gozaba cuando la sangre todavía estaba caliente y los órganos palpitaban contra sus dientes. Le Fey nunca puso impedimentos para alimentar a su amado, lo que fuera con tal de que él estuviera satisfecho y listo para actuar cuando ella lo mandase.
Sin embargo, crear a una bestia como Thuggory tenía un precio muy alto. Llevar a cabo un hechizo tan poderoso como antiguo había causado que el cuerpo de Kateriina estuviera ahora al límite de sus fuerzas. Le Fey apenas podía usar magia sin sentir que sus órganos se marchitaban y mantenerse en aquel cuerpo conllevaba consumir una cantidad desmesurada de vitalidad humana que rozaba ya lo obsceno. Sus brujas hablaban, sobre todo porque Le Fey ya no era capaz de guardar un secreto como aquel. Sin embargo, nadie tenía la osadía de confrontarla y, conscientes de que Drago seguía a su servicio y de los nuevos hábitos alimenticios de Thuggory, nadie se atrevía a cuestionarla. Ella siempre había gobernado a través del miedo y, hasta la fecha, seguía siendo la forma más eficaz de someter a las brujas del aquelarre sin necesidad de usar magia.
Aún así, Le Fey necesitaba un nuevo cuerpo y con urgencia, lo cual era un problema puesto que el proceso de encontrar un nuevo recipiente para su alma podía llevar meses o incluso años. Por lo general, escogía cuerpos fuertes de brujas poderosas a las que podía robar sus poderes ya de paso. Un buen cuerpo le podía durar una media de entre quince y veinte años y para que le duraran tanto debía reunir una serie de condiciones que no eran fáciles de reunir. De inicio debía captarlos cuando aún eran jóvenes; seguido, asegurarse de que contaban con un cuerpo que pudiera soportar una cantidad ingente de magia que impidiera que pudiera deteriorarse con rapidez y, por supuesto, debía contar con un don lo suficientemente fuerte y atractivo para que ella pudiera absorberlo para así incrementar aún más su poder. Kateriina Noldor jamás había cumplido ninguna de esas condiciones, por lo que era comprensible que la durabilidad de ese cuerpo fuera tan ridículamente corta, pero Le Fey temía que pudiera llegar el día en que ningún cuerpo pudiera soportar su magia. Por esa razón, cuando Ikerne le sugirió que se hiciera con el cuerpo de Astrid le pareció una locura, ya no solo porque se le hacía repugnante quedarse con el cuerpo de alguien que la repugnaba tanto, sino también porque se parecía demasiado a Asta.
Hubo un tiempo que pensó que Asta era la mujer más bella del Midgard, pero esos pensamientos quedaban tan lejos de su mente que ni siquiera parecía que alguna vez hubieran pasado por su cabeza. Aún así, Ikerne tenía razón, por mucho que odiara admitirlo, Astrid era la bruja más poderosa de toda su generación y, contando con el poder de Thor, estaba segura de que su cuerpo podría resistir mucho más que cualquiera de los otros que hubiera tenido antes. Además, no iba a negarlo, Astrid cumplía los requisitos de belleza que Le Fey exigía en sus nuevos cuerpos y no cabía duda que le resultaría de lo más divertido usurparlo y pervertirlo para humillarla aún más si cabía.
La pega de requisar el cuerpo de Astrid, sin embargo, era que la bruja estaba bien protegida de ella. Siendo aún apenas un bebé, Le Fey había practicado numerosas formas de romper con el rezo que la puta völva de su madre había impuesto sobre ella y había acabado rindiéndose. No existía hechizo o forma que pudiera quebrar la oración de una völva, más si se trataba de una impuesta de una madre a su hija. Había intentado innumerables veces matar a Astrid y, aunque podía hacerle daño, jamás podía causarle una herida mortal. Tampoco habían servido las órdenes directas para asesinarla, consciente de que el rezo la había protegido desde prácticamente todos los frentes de ella. Por esa razón, sabía que no podía adueñarse del cuerpo de Astrid si ésta no se lo ofrecía de forma voluntaria y la única manera que tenía de conseguirlo era usando a Hipo Haddock y al Furia Nocturna en su beneficio. Pero, para lograr eso, había de esperar a que Thuggory estuviera del todo preparado para salir a la luz del día y todavía estaba pensando en cómo demonios podía contraatacar ahora que sabía que Astrid había formado alianzas con las brujas del Nakk y posiblemente con las del Sugaar y del Mairu también. Debía encontrar sus escondites tan pronto fuera posible, pero ni sus brujas ni los cazadores de Drago habían tenido éxito todavía.
—¿Adónde me llevas? —cuestionó Acke a su espalda, sacándola abruptamente de sus pensamientos.
La bruja y el Cabeza Cuadrada estaban atravesando la ruinosa aldea Berserker en un grave silencio. Hacía un bochorno de lo más desagradable y la fría luz de luna se colaba entre los densos nubarrones tormentosos que llevaban dos semanas cubriendo los cielos del Archipiélago. No cabía duda de que aquella tormenta interminable había sido cosa de Astrid. Pese a que se había disuelto hacía unas horas, el aire todavía seguía oliendo a su magia y a Le Fey le resultaba vomitivo tener el olor de esa rata incrustado en sus fosas nasales.
Cuando llegaron al linde del bosque, Le Fey hizo un gesto con sus dedos y, en cuestión de segundos, aparecieron dos hombres y una mujer con antorchas en mano y una de sus brujas.
—Dile a Ikerne que prepare mi sustento —le ordenó a la bruja en un susurro.
La bruja asintió obediente y se perdió entre los árboles. Le Fey se volteó hacia Acke y sonrió. Podía degustar su miedo en su paladar, aunque como buen vikingo que era, se esforzó en ocultarlo.
—¿Adónde vamos?
—Vamos a ver a Thuggory —respondió ella y retomó el camino—. Estoy segura de que le encantará verte.
—¿Por qué está aislado de la aldea? —cuestionó el anciano desconcertado.
—No quiero que nadie importune su descanso —explicó Le Fey sin girarse—. Thuggory necesita ahora mismo su espacio para adaptarse a sus nuevos sentidos.
—¿Nuevos sentidos? —repitió Acke sin comprender.
—Pronto lo comprenderás.
Los soldados los seguían obedientes y sin mediar palabra como buenas marionetas que eran. Alcanzaron la entrada a los túneles y la mujer se encargó de soltar la cadena que cerraba la verja metálica que estaba instalada sobre la boca de la cueva.
—¿Le tenéis encerrado en una cueva? —preguntó Acke horrorizado.
—¡Oh! Es solo cautelarmente, pronto podrá volver conmigo a compartir mi cama —le aseguró ella con malicia, deseando en parte que eso sucediera pronto.
Acke estrechó los ojos.
—Eres una zorra.
Ella sacudió los hombros.
—¿Para qué negarlo? —replicó ella.
Acke no respondió, probablemente porque se sentía perturbado ante la oscuridad del túnel. Le Fey caminó sin titubear y los soldados fueron tras él, pero al reparar que el vikingo se había quedado paralizado por el miedo, la bruja se vio obligada a usar su magia para forzarle a andar. Acke gritó asustado cuando sus pies se pusieron a andar solos, pero Le Fey no se detuvo a darle explicaciones. Después de todo, él ya sabía que era una bruja, por lo que no tenía sentido ocultarse por más tiempo. El aire de la cueva estaba viciado a medida que bajaban por una pendiente que bajaba a una galería más amplia.
—¿Quién eres? —preguntó Acke en un susurro, temeroso de levantar demasiado la voz.
—Soy tu reina —respondió ella sin mucho ánimo para hablar. Le dolía el cuerpo y estaba haciendo un enorme sobreesfuerzo para caminar.
—No me refiero a eso —reclamó Acke—. Me refiero a tu verdadera identidad.
Le Fey obligó a sus guardias a detenerse tan pronto alcanzaron la marca y se giró para encarar a Acke.
—Soy aquella que nubla tus sueños de terror —extendió su mano hacia la antorcha de la mujer y la sujetó en el extremo donde ardía el aceite. Acke jadeó al reparar que no se estaba quemando—. Soy un ser divino que ha venido a este mundo para reinar sobre todo ser viviente y cada uno de vosotros vivís por y para mí —chasqueó sus dedos y los tres soldados se tiraron al suelo para besar sus pies desnudos tan pronto se subió la falda—. Los humanos no sois más que la parte baja de la pirámide, nacidos para servir y amar a los que son superiores a vosotros.
Acke intentó dar un paso hacia atrás, pero el hechizo que Le Fey había lanzado sobre él se lo impidió. Disfrutó con el terror que se atisbaba en sus ya no tan duras facciones.
—¡Eres un monstruo! —espetó el vikingo.
—Un monstruo bello, perfecto e inmortal —concordó Le Fey con voz risueña.
—¿Y qué hay de Thuggory? ¿Le has tenido hechizado todo este tiempo? ¿Por eso te ha estado sirviendo sin titubear?
Le Fey dibujó una sonrisa tan amplia que enseñó sus dientes.
—Thuggory siempre ha sido voluntarioso en todas sus acciones, nunca le he obligado a hacer nada que no quisiera hacer.
—¡Mientes!
—¿Por qué no se lo preguntas tú mismo? —le animó Le Fey con malicia e hizo que una de sus marionetas se levantara del suelo para darle una antorcha—. Thuggory está hacia el final del túnel, seguro que le encantará verte.
El anciano titubeó.
—Pero…
—¿No decías que querías verle? Pues ahí lo tienes —le garantizó ella poniéndose tras él para darle un empujón—. Nosotros te esperaremos a la salida y no tengas miedo, Acke, Thuggory nunca ha sido más Thuggory de lo que es ahora.
Acke no pareció comprender a qué se estaba refiriendo y Le Fey se alegraba por ello. Lo mejor era que lo descubriera por sí mismo. A la vista de que el vikingo no parecía dispuesto a moverse, Le Fey chasqueó los dedos de nuevo para obligarle a caminar hacia delante. Acke no gritó y más le valía que no lo hiciera. Thuggory aún era sensible a ciertos sonidos ahora que tenía un oído superdesarrollado, por lo que cualquiera que le molestara acababa hecha trizas en cuestión de segundos solo por silenciarla. Cuando se aseguró de que Acke estaba lo bastante lejos, Le Fey se dejó caer sobre una de sus marionetas, quien la atrapó al vuelo y descansó su cabeza contra su brazo, agotada por el enorme sobreesfuerzo y la agonía que estaba sufriendo por dentro. Oyó el rugido de Thuggory cuando el aire abochornante de la tormenta rozó contra su rostro y los alaridos de Acke fueron tan terribles como breves. Sintió un cosquilleo excitante en su piel al escuchar los ecos de los dientes rasgar la carne y quebrar los frágiles huesos del humano mientras Thuggory devoraba los órganos de aquel pobre desgraciado.
Tan pronto alcanzaron la salida del túnel, sus marionetas cerraron la verja y la bruja que la esperaba en la salida, la silenciosa Rea, creó una ilusión que ocultaba la entrada a ojos de los humanos. Le Fey cogió de la barbilla de la bruja, aunque ésta no se atrevió a mirarla a los ojos.
—Lo estás haciendo muy bien —le felicitó la reina—. Tus ilusiones son maravillosas, querida.
Un leve rubor cubrió las mejillas de la bruja, pero su felicidad duró poco cuando sintió que Le Fey clavaba sus uñas en su piel.
—¿Verdad que es mucho más agradable el silencio, Rea? Así no te distraes ni con tu propia voz. Aún recuerdo lo molesta que era, se metía en la cabeza y retumbaba dentro del cerebro como si te golpearan con una barra de hierro.
Rea intentaba no dejarse llevar por el veneno de sus palabras, pero Le Fey disfrutaba viéndola esforzarse por no llorar. Si lo conseguían, suponía un triunfo para ellas, pero si rompían a llorar sabían que les esperaría una paliza por parte de las brujas del ejército. Durante los años que Astrid estuvo de general, ésta se esforzaba por convencerla para que dejara de maltratar a las brujas más vulnerables, pero Le Fey le advertía que si Astrid se había convertido en quién era había sido precisamente por todas las palizas que le habían dado desde pequeña. Era en aquellas reducidas ocasiones en las que Astrid la confrontaba cuando apreciaba en sus ojos ese mismo atisbo de rebeldía que había visto en los de su madre. Le Fey sentía escalofríos cada vez que se acordaba de aquella völva, consciente de que matarla no había sido la mejor de sus ideas. No era bueno matar a völvas y Le Fey no se sentía cómoda ante la expectativa de que el Padre de Todos pudiera tomar cartas en el asunto, aunque los dioses ya rara vez caminaban por el Midgard, más preocupados en sus guerras para conquistar otros mundos que en los asuntos que concernían al suyo.
Rea no lloró en esa ocasión y Le Fey le pellizcó su mejilla a modo de compensación. Después, Le Fey mandó a sus marionetas de nuevo a la aldea, dando instrucciones de que nadie debía buscarla y que, si se daba el caso, les anunciaran que ella ya se había retirado a descansar y que nadie debía importunarla. Cuando los soldados se marcharon, Le Fey se alzó al vuelo dificultosamente y voló junto a Rea hasta el otro extremo de la isla, donde Ikerne y otras dos brujas la esperaban en el campamento.
Le Fey apenas podía sostenerse en pie cuando sus pies se posaron en el suelo. El dolor era insoportable y su cuerpo apenas respondía a las órdenes de su cerebro. La llevaron a volandas hasta la tienda más grande que habían instalado sus súbditas y, tras desnudarla, la tumbaron sobre una cama de plumas a la vez que Le Fey empezaba a quedarse sin aire.
—Deprisa, traed a la más joven —ordenó Ikerne con frialdad.
Dos brujas se acercaron a una chiquilla que no tendría más de catorce años. La niña se zarandeaba desesperada y tenía la boca abierta, como si estuviera gritando, aunque le habían hecho el favor de silenciarla dado que Le Fey odiaba cuando ponían resistencia. Con las pocas fuerzas que le quedaban, la reina cogió a la chiquilla con tanta violencia que sus uñas le hicieron sangre en su delicado rostro lleno de pecas. Recitó el hechizo que conocía tan bien como su nombre y la cría dejó de moverse prácticamente al momento. Sus rasgos infantiles comenzaron a apagarse hasta que fueron sustituidos por numerosas arrugas que le recordaron a las uvas deshidratadas del Mediterráneo. Sus ojos marrones se apagaron tan pronto su alma joven y vivaz se vio absorbida por la suya y aquel ser arrugado y enjuto que había sido una adolescente hacía unos segundos se transformó en ceniza en sus manos.
Le Fey tomó aire.
Necesitaba más.
Mucho más.
Una por una, le trajeron hasta siete adolescentes y mujeres jóvenes para saciar el hambre de su magia y apagar el dolor que la estaba envolviendo. Cuando acabó con la séptima, Le Fey se sentía mucho mejor, más ella misma, pero aún le faltaba algo. Ikerne dio las instrucciones a las brujas y Le Fey se tumbó en la cama para dejar que sus siervas la embadurnaran con sangre y sebo de bebés. Por lo general, Le Fey rara vez había necesitado recurrir a rituales como aquel, pero era el único remedio que tenía para alargar la vida del cuerpo de Kateriina hasta que lograra el de Astrid. Mientras sus brujas hacia el trabajo, Le Fey se dirigió a Ikerne con voz firme:
—Los corazones también.
La anciana tardó en responder.
—No los necesitas.
—No te estoy diciendo que los necesite, te estoy diciendo que los quiero también —escupió la reina con furia.
—Te estás pasando —le advirtió Ikerne—. Nos interesa mantenerte viva, no alimentar tu vanidad también.
—Quiero que Thuggory me vea en mi máximo esplendor. Dame los corazones de los bebés ahora mismo.
Ikerne puso los ojos en blanco, pero hizo un gesto para que una de las brujas acercaran hasta la cama un cuenco de madera con cinco pequeños corazones dentro. Le Fey los devoró con gula, dejando que la sangre se deslizara por sus labios mientras saboreaba la deliciosa y tierna carne. Enseguida notó cómo su cuerpo reaccionaba a la ingesta de los corazones: su pelo se volvió lacio, azabache como la noche profunda y recobró su hermoso brillo; su cuerpo, hasta en ese momento raquítico y enfermo, recuperó la voluptuosidad que Le Fey le había otorgado antes, dándole las pronunciadas curvas que tan vulgares y lujuriosas le habían parecido a Thuggory en el pasado; sus ojos, grises como la nieve sucia, brillaban ahora púrpuras por el colofón de magia que recorría su cuerpo con suma intensidad.
Se sentía viva otra vez. Hermosa y poderosa como siempre había estado destinada a ser.
Tan pronto acabó el ritual, Le Fey se levantó de la cama. Su cuerpo seguía empapado de sangre y sebo desde los pies a la cabeza y su boca estaba manchada de los restos de los corazones que acababa de ingerir. Caminó fuera de la tienda ante las miradas atónitas y aterrorizadas de las brujas, desnuda para que todas pudieran deleitarse de su esplendor. Andó en dirección al bosque, de vuelta hacia los túneles, seguida de cerca por Rea. En mitad del camino, una de sus marionetas humanas la encontró, aunque no reaccionó a su terrorífico aspecto ni a su desnudez.
—Drago Bludvist está aquí —dijo la mujer con voz neutra y apagada como sus ojos.
—Dile que le recibiré por la mañana.
—Ingrid Gormdsen está con él.
Le Fey se detuvo en seco. Había tenido esperanzas de que esa zorra tan lista hubiera muerto en la batalla de Isla Mema, pero estaba claro que la había subestimado. No le gustaba el combo Bludvist y Gormdsen, más si Ingrid estaba al tanto de que ella era una bruja. Aún necesitaba a Drago para el contraataque contra la Resistencia y le iba a ser muy complicado mantener ocultos su aquelarre y a Thuggory por mucho tiempo.
—Agasaja a nuestros invitados —le ordenó Le Fey—. Que les den las mejores viandas y que preparen las habitaciones más lujosas que esta mierda de isla pueda proporcionarnos. Explícales que les recibiré mañana para desayunar en el Gran Salón Berserker, dado que ahora mismo mi prometido me necesita a su lado. Si ponen pegas, dadles la mejor hidromiel de la bodega personal del jefe Berserker.
La marioneta asintió antes de inclinarse pronunciadamente y se retiró de vuelta a la aldea. Le Fey continuó su camino de regreso a los túneles y una vez allí, esperó a que Rea disipara su ilusión y abriera la verja para que ella pudiera entrar. La reina cogió del brazo de la muchacha con tal fuerza que está soltó un quejido de dolor que salió del fondo de su garganta.
—Vigila que nadie aparezca por aquí y, si intentan entrar, los matas, ¿entendido? —la chica asintió nerviosa—. Como alguien consiga entrar te juro que serás la siguiente en alimentar a Thuggory.
Rea abrió mucho los ojos, aterrorizada ante la idea de que ella pudiera convertirse en el próximo almuerzo de la bestia y volvió a asentir, esta vez con más asertividad. Le Fey la soltó y encendió dos pequeñas llamas antes de entrar en la cueva sin mirar atrás. El frescor de la oscuridad le resultó agradable en comparación al abochornante y tormentoso calor del exterior, eso sin mencionar que el aroma de la magia de Astrid no alcanzaba las profundidades de la caverna y casi era hasta mejor, puesto que Thuggory se había vuelto tan sensible al olor de la magia que si se hubiera percatado de que el exterior apestaba a Astrid se habría puesto como un loco.
Le Fey se adentró hacia las profundidades del túnel ignorando los huesos y los restos de carne putrefacta que había en ellos. El aire olía a sangre fresca cuando apreció la enorme figura de Thuggory en la oscuridad y podía escuchar sus gruñidos mientras relamía los huesos de Acke. La bestia reparó enseguida en su presencia, probablemente más por su aroma que por la leve luz de sus fuegos, y tiró el cadáver del anciano a un lado para acercarse hacia ella. Aún le costaba adaptarse a la luz, probablemente porque los Furia Nocturna son criaturas de la noche y sus ojos estaban más hechos a ver en la oscuridad que a la luz, pero Le Fey le forzaba a acostumbrarse por mucho daño que eso le hiciera a sus ojos. Incrementó la intensidad de sus fuegos para iluminar algo más la cueva y Thuggory se echó ligeramente hacia atrás cuando la luz le alcanzó.
—No te escondas, mi amor, déjame verte —dijo la reina con voz melosa.
Thuggory gruñó, pero no se movió. Impaciente, Le Fey subió la intensidad de sus llamas hasta que iluminó la caverna del todo. La bestia llevó sus enormes manos hasta su cara para protegerse de la luz, pero la reina sabía que era cuestión de minutos hasta que se acostumbrara. Frunció el ceño al contemplar que Thuggory había vuelto a arrancarse las escamas, esta vez a la altura de sus gigantescos y musculosos muslos y también a la altura de sus antebrazos. Su piel, aún más dura que la carne humana, era de un tono gris piedra oscuro que contrastaba con el azabache de sus escamas.
—¿Ya estamos otra vez? —gritó ella furiosa—. ¿Cuántas veces tengo que decirte que dejes de rascarte? Tus garras no están para que te arranques las escamas, Thuggory.
El Cabeza Cuadrada apartó sus manos de su cara y Le Fey vio la fiereza en sus relucientes ojos que tornaban del púrpura al azul grisáceo que había tenido como humano. Allí estaba él, aún sumiso, furioso y lujurioso por ella. Aún podían apreciarse sus rasgos humanos pese a que su mentón se había agrandado para dar hueco a los dientes que sobresalían de su boca, una nariz más ancha y grande, similar a la de un dragón y sus hermosos y sedosos rizos que había sido sustituidos por unos cuernos grandes y afilados que coronaban su cabeza cubierta de escamas y protuberancias a causa de la transformación. Los Furias Nocturnas no tenían cuernos, pero al parecer su hechizo había sido tan potente que Thuggory había adquirido rasgos más primitivos de esa especie, probablemente de dragones que habían antecedido a esas bestias. Thuggory debía medir fácilmente dos metros y medio, aunque estaba segura de que todavía seguía creciendo y anchándose en tamaño. Su cuerpo se asimilaba al de la estructura humana, pero más musculoso e imponente, hasta el punto que sus brazos fácilmente podrían quebrar el cuello de un hombre fornido como Estoico Haddock o Alvin el traidor. Seguía teniendo sus manos semejantes a los humanos, solo que en lugar de dedos tenía unas garras largas y afiladas que podrían rasgar hasta un diamante si quisiera. Su cola era lo que más se asemejaba a los Furia Nocturna junto a sus escamas, habiendo desarrollado hasta las dos aletas que ahora el dragón de Haddock carecía. Su espalda, tan ancha como un armario, tenía dos bultos gigantescos, probablemente de sus alas que no habían conseguido desarrollarse del todo.
Le Fey sonrió complacida.
No cabía duda que, pese a tener muy poco de humano, Thuggory era el ser más bello que Le Fey había tenido el placer de contemplar.
La bestia bajó su mirada hacia su cuerpo desnudo y cubierta de sangre y grasa de bebé y Le Fey extendió sus manos hacia los lados para que pudiera apreciar mejor su cuerpo, ahora tan hermoso y atractivo como a ella le gustaba. Thuggory inclinó su cabeza cautelosamente para olerla más de cerca y ronroneó ante el delicioso aroma de la sangre fresca y tan joven. Abrió su enorme boca y sacó su lengua rugosa y larga para lamer de su mano. Soltó un gruñido de placer ante el sabor de su piel y Le Fey casi se carcajeó al apreciar el placer y el asco en sus ojos. La reina llevó sus ojos hacia abajo y gimió satisfecha.
—Vamos, mi amor, tenemos toda la noche para pasárnoslo bien. No puedo esperar a que me devores entera.
Y con un simple chasquido, Le Fey extinguió sus llamas y dejó que Thuggory se echara sobre ella, dispuesto a saciar su hambre de placer y carne. Desde la entrada de la caverna, la joven Rea escuchaba temblorosa los gemidos de la reina y los rugidos de la bestia. Miró hacia el cielo que parecía cargarse de nuevo de nubes tormentosas y luchó con todas sus fuerzas para no rezarle al dios del trueno para que todo aquello acabara pronto. Debía controlar sus pensamientos, ya que Le Fey podía adentrarse hasta lo más profundo de la mente de quien quisiera para descubrir hasta el último de sus secretos y no deseaba bajo ninguna circunstancia que Le Fey supiera que Rea deseaba con todo su ser que alguien, fuera Astrid o quien sea, acabara con todo aquello pronto.
No quería más humillaciones.
No quería tener más miedo.
No quería sufrir más.
Solo deseaba que si Le Fey ganaba esa guerra, ella no viviera para verlo.
Xx.
