Holi,

Aquí vengo con el último capítulo de la temporada antes de partir de vacaciones. Pensaba publicar la semana pasada, pero he sufrido estragos con el capítulo 55 que no tengo terminado todavía, por lo que ese capítulo lo publicaré a partir de septiembre. NO habrá capítulos nuevos en agosto. Necesito parar y descansar cara a la última carrera que he de dar para terminar este fanfic. Calculo que quedarán cinco capítulos más además de los epílogos y dos de ellos serán batalla final, por lo que necesito descansar y releer ciertos fragmentos del fic antes de ponerme con lo que me queda.

Este capítulo en particular ha sido especialmente complicado de escribir, pero tras reescribirlo en numerosas ocasiones y revisarlo dos veces creo que os va a gustar. Tanto Astrid como Hipo son personajes que se han vuelto especialmente difíciles de escribir por el cúmulo de emociones que viven, sobre todo Astrid, por lo que tengo que duplicar el esfuerzo cuando se trata de escribirla. Informaros también que ha categorizado Wicked Game como una de las historias más largas de la página, así que supongo que es un crédito que he de anunciaros con cierto orgullo, a pesar de que soy de la opinión de que este fanfic quizás es demasiado largo. Sin embargo, es un consuelo saber que estoy tan cerca del final e intentaré que esta historia acabe a la altura de las expectativas.

Recordaros que las reviews son el único salario que recibo por escribir este fanfiction, así que espero que os animéis a dejarme alguna ahora que entramos en periodo vacacional. Intentaré responderos si me es posible desde la playa, pero de igual manera si no se diera el caso os responderé en septiembre.

NO tengo fecha exacta de cuándo voy a actualizar el nuevo capítulo, sobre todo porque quiero adelantar todo lo que me sea posible para seguir escribiendo con una dinámica saludable y tranquila, pero si queréis estar al tanto seguidme por redes que siempre suelo estar por ahí.

Os mando un abrazo a todes y espero de corazón que disfrutéis el capítulo.

Pasad muy buenas vacaciones.

Xx.


A Astrid siempre le había gustado el agua.

Cuando era una niña las brujas más mayores del aquelarre acostumbraban durante los días más calurosos del verano a sacarlas a ella y las demás chicas de su quinta a una pequeña playa que había en su isla para que pudieran chapotear y refrescarse mientras ellas aprovechaban para tomar el sol y cotillear maliciosamente. Astrid era una nadadora nata, la mejor de su generación, y por entonces ya podía aguantar hasta casi tres minutos sin respirar debajo del agua. Ignoraba los reclamos de las brujas más mayores y buceaba hasta las cavernas subterráneas para coger conchas, moluscos y estrellas de mar. Sin embargo, esa preciosa costumbre se perdió tan pronto abandonaron el Egeo y las aguas del Archipiélago resultaban demasiado frías como para que Astrid quisiera sumergirse a explorar. Aún así, le encantaban los baños calientes y podía pasarse horas metida en el agua hasta que su piel se quedaba arrugada como la de una pasa. Le gustaba todavía más bañarse con Hipo y los dragones, ya fuera en las aguas termales o en cualquier parte, y si aquello acababa en sexo pasado por agua resultaba ser mucho más a su favor.

No obstante, un ritual de purificación en el agua resultaba mortificante y aburrido. Astrid no tenía permitido nadar, apenas podía moverse salvo para lavar por enésima vez su cuerpo y el sexo era una cuestión que estaba incluso fuera del debate. No sabía cómo había acabado en circunstancia como aquella: metida en una de las piscinas termales que se encontraban en el interior de Isla Mema, rodeada de brujas desnudas que peinaban su cabello ahora demasiado largo, frotaban su cuerpo a conciencia y le cantaban para, según Ying Yue, aliviar su alma y limpiar su magia.

Astrid nunca había oído hablar de los rituales de purificación de Freyja. Es más, cuando las reinas le exigieron someterse a uno ni siquiera sabía de qué demonios le estaban hablando, lo cual probaba una vez más su evidente ignorancia sobre las costumbres de su propia especie. Le Fey jamás les había hecho hacer ningún ritual de ese estilo y aquello pareció horrorizar aún más a las reinas. Sin embargo, no tardó en comprender por qué Le Fey nunca las había sometido a un ritual como ese y le pareció hasta piadoso por parte de la reina que no las hubiera sometido nunca a semejante tortura.

Astrid no podía negarse a realizar el ritual. Ying Yue la había amenazado con llevarla a rastras si se negaba y había remarcado la urgencia con la que debía llevar a cabo el ritual. Astrid había opuesto resistencia al principio, sobre todo porque no se fiaba de ninguna de las tres reinas, y solo se dejó convencer cuando Valka se ofreció a acompañarla durante el ritual. Antes de partir hacia las profundidades del bosque, Ying Yue curó con suma maestría la herida que Astrid le había hecho a Hipo, aunque fue incapaz de eliminar la gigantesca cicatriz que su magia había dejado. La reina del Mairu frunció el ceño descontenta, probablemente porque le fastidiaba no verse capaz de eliminar todo el resquicio de la magia de Astrid, pero eso era algo que solo Le Fey había sido capaz de lograr. La bruja contempló la cicatriz que también cubría ahora su brazo y se sintió tan avergonzada como furiosa consigo misma por haber llegado al extremo de haber herido a Hipo tan horriblemente. Su novio, siempre tan perspicaz y sensible ante sus ansiosos silencios, le aseguró que todo estaba bien.

—Has visto mi espalda, Astrid, esto no es nada en comparación a eso y, honestamente, me da un aspecto feroz y todo —bromeó él.

—Hipo, tú no tendrías un aspecto feroz ni aunque te entrenaras para ello —replicó ella con impaciencia.

Sus carcajadas aliviaron la tensión de su estómago, pero cuando fue a besarla, Ying Yue se interpuso entre ellos.

—¿Qué haces? —demandó saber Astrid molesta por su interrupción.

—El ritual ha comenzado ya, nadie que no sea una bruja debe tocarte hasta que finalicemos y mucho menos él —advirtió la reina con severidad.

—Pero…

Astrid se mordió la lengua, consciente de que no podía decir bajo ningún concepto que Hipo era tan bruja como las presentes en el pequeño comedor de Gothi. Su novio tampoco parecía en absoluto contento, sobre todo porque hacía semanas que no estaban juntos y, pese a que Astrid no se veía capaz de mantener relaciones sexuales de ninguna clase por el momento, sí que anhelaba refugiarse entre sus esbeltos brazos y sentir la calidez de su piel contra la suya.

Ying Yue no aclaró cuánto tiempo estarían fuera, pero sí que fue explícita en que los humanos debían intervenir bajo ningún concepto en el ritual. Que Valka fuera con ella tranquilizó mucho a la pareja, pero no les hacía la más mínima gracia aquel giro de los acontecimientos. Astrid había esperado tener un par de días más para recobrarse antes de afrontar la realidad y hacer frente a sus problemas, pero Ying Yue y las otras reinas no se lo permitieron. Sin dejar siquiera que se cambiara de ropa, la llevaron hasta el bosque y le obligaron a desnudarse delante de una decena de brujas pertenecientes a distintos aquelarres. Astrid, una vez más, no quiso obedecer a la primera.

—Como comprenderéis, no me apetece estar en bolas delante de todas vosotras.

—No tienes nada que no hayamos visto ya —espetó Drina de mala gana—. Quítate ese apestoso camisón por las buenas o lo haremos nosotras por las malas.

Consciente de que jugaba en desventaja aún estando acompañada por Valka, Astrid accedió a regañadientes. Se quitó el camisón, quedándose desnuda ante el grupo de brujas, quienes la observaban con ojos juiciosos y curiosos. Astrid rara vez se avergonzaba por su desnudez, pero por primera vez en mucho tiempo se sintió muy cohibida porque sus cicatrices se vieran expuestas ante un grupo de desconocidas. Además, en el último par de semanas había vuelto a perder peso, por lo que se sintió abochornada por la falta de musculatura en su cuerpo. Le pidieron que se soltara la larga trenza y su pelo cayó largo hasta sus rodillas. Ni aún en sus años más álgidos de brujería había tenido el pelo así de largo, por lo que se le hacía muy incómodo mantener la cabeza en alto cuando le pesaba tanto. Las brujas la escoltaron entonces por el bosque hasta que llegaron a una zona donde había pozos de denso lodo que olían tan fuerte que tuvo que arrugar la nariz para aplacar la peste. Drina, la reina del Sugaar, tendió a su bebé a una bruja de su aquelarre y se puso ante ella con expresión desafiante. Astrid procuró mantener los mismos aires pese a que ella estaba en una posición más vulnerable e inferior en todos los sentidos.

—El primer paso de este ritual consiste en descargar toda tu energía negativa a la tierra, para ello debes darte un baño de lodo.

Astrid contempló horrorizada que se estaba refiriendo a los pozos.

—No pienso meterme ahí.

—Mira, guapa, a mí esto me hace la misma gracia que a ti —escupió Drina con furia—. Ahora mismo preferiría estar en mi cama recuperándome del parto y disfrutando de mi hijo recién nacido en lugar de estar en esta de mierda de isla para purificarte cuando ni siquiera eres digna de ello, pero tengo la obligación moral de guiarte en esto, así que cierra la puta boca y métete.

—Drina...

La voz de Ying Yue pedía cautela para la reina del Sugaar, pero quedaba claro que Astrid no era plato de gusto para Drina y, honestamente, el sentimiento era recíproco.

—No eres mi reina —espetó Astrid colérica.

—Da gracias a la diosa de que no lo sea, eres una vergüenza para las de nuestra especie y una ignorante. No sé ni siquiera por qué te consideras bruja cuando ni siquiera conoces nuestros rituales más básicos.

—Drina, sabes que eso no es justo —le recriminó Iana con severidad—. Ella no tiene la culpa de eso.

—¿Y por eso tengo que tratarla de víctima? —escupió la reina del Sugaar—. Ella ha matado a muchas de las nuestras, asesinó a sangre fría a mi general y, por mucho que diga lo contrario, ayudó a mantener el sistema que Le Fey usaba para robar bebés.

Astrid no replicó. No tenía energía para hacerlo, más bien; pero una parte de ella era consciente de que no había justificación ante sus crímenes cometidos en el pasado. Astrid había mentido, manipulado, torturado y matado sin miramientos a quien le mandaran o a quien ella considerara, por lo que le resultaba lógico que otras brujas como Drina la aborrecieran tanto.

—Ella también fue una bebé robada —dijo Valka de repente muy seria—. Puede que Astrid hubiera hecho todo lo que dices que ha hecho, pero recordemos que antes de verdugo fue víctima. ¡Por el amor de Odín! ¿Pero la habéis visto? Astrid no presenta el comportamiento propio de una psicópata, sino el de alguien que arrastra demasiados traumas para la edad que tiene.

Drina estrechó los ojos en desacuerdo, pero el resto de las brujas parecían turbadas por las palabras de Valka.

—Sigo sin fiarme de ella.

—Tus razones tendrás, pero ya está bien de culpar a Astrid de todo lo malo que está pasando —insistió Valka con frialdad—. Sois reinas, deberíais dar ejemplo de ello.

—¿Pero tú quién te crees que eres para hablarnos así? —cuestionó Drina escandalizada—. ¡No eres más que una bruja mediocre sin aquelarre!

Valka frunció los labios. Aquel había sido un golpe bajo.

—Yo no soy nadie, eso es verdad. No cabe duda que vosotras me superáis en conocimiento y dones, pero no por ello voy a tolerar que se arremeta contra quien es más vulnerable —respondió Valka tajante—. Prefiero ser una mediocre a una abusona y no voy a tolerar que Astrid siga siendo maltratada por nadie en mi presencia.

La bruja se sintió conmovida por la actitud defensiva de Valka, aunque sentía que no merecía tal trato de favor. Puede que ella fuera una víctima, pero no sentía que eso pudiera justificar todo el mal que había hecho en el tiempo que sirvió a Le Fey y tampoco de sus malas obras cometidas después de que la expulsaran, sobre todo el corromper a un alma tan bondadosa como la Hipo. Si Valka supiera lo que ella e Hipo hicieron al cura de Fira estaba segura de que no la defendería con tanto convencimiento.

—Haya paz, señoras —intervino Ying Yue entre ambas—. Drina, ya hemos hablado de esto. Astrid es nuestra aliada y es innegable que si es capaz de convocar una tormenta que se extiende por todo el Archipiélago sin ni siquiera darse cuenta, significa que su magia podría rivalizar perfectamente con la de una reina.

Astrid frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

Ying Yue sonrió sibilinamente.

—Tiene todo el sentido del mundo, pero para eso hay que purificarte antes —insistió la reina.

Ante su presente desconfianza, Iana dio un paso al frente para coger su mano con suma delicadeza. Su piel oscura, aún siendo fría a su tacto, era suave como el terciopelo y su sonrisa reconfortó a Astrid.

—No te pasará nada, As. La parte del lodo es la más desagradable de todas, pero el resto del ritual resulta hasta relajante. Además, yo estaré contigo en todo momento. Te doy mi palabra de que esto es por tu bien.

Astrid soltó un largo suspiro, pero terminó cediendo, confiando en que Iana no le estaría mintiendo. Tal y como esperaba, la parte del lodo fue repugnante y el barro estaba demasiado caliente y apestaba. Drina se vio obligada a impedir que Astrid se hundiera más allá de cuello hacia abajo, aunque embadurnaron su cara con barro mientras las brujas de los tres aquelarres cantaban viejos cantos a Freyja que Astrid no había escuchado nunca. Tras terminar las oraciones, le explicaron que tenía que estar una hora metida en el lodo. Astrid tenía unas ganas intensas de matar a alguien, pero, por suerte, Valka se sentó junto al pozo y se puso a charlar con ella en nórdico, narrándole los acontecimientos sucedidos en las dos últimas semanas en las que ella había estado desconectada de todo para distraerla.

—No me extraña en absoluto que Hipo permitiera que Brusca viniera conmigo —señaló la mujer con diversión—. Me ha sorprendido su madurez. Si estos aquelarres están aquí hoy es gracias a que Brusca no estaba dispuesta a aceptar un no como respuesta.

—Es maravillosamente pesada —concordó Astrid sin evitar cierto orgullo por su amiga—. Se toma muy en serio eso de quien la sigue, la consigue.

—Te quiero mucho. Lo sabes, ¿verdad? —comentó Valka algo más seria—. Todos los de la aldea te quieren y se han mostrado muy preocupados por ti.

Astrid frunció los labios.

—Sé que Hipo me quiere y sé que Brusca me idealiza hacia unos extremos muy poco saludables —puntualizó la bruja—, pero no creo que Estoico me adore ahora mismo precisamente y casi no prefiero pensar en la opción que la gente de la aldea tiene realmente de mí.

Valka hundió los hombros.

—Estoico puede estar un poco molesto por lo que le hiciste a Hipo sin querer y lo de la tormenta, pero sabe quién eres y jamás trataría mal a la hija de Erland Hofferson. Te aprecia, Astrid, pero nunca se le ha dado bien mostrar sus verdaderos sentimientos, sobre todo en alguien que le despierta unas emociones tan contradictorias. Estoy segura de que piensa que eres la mujer más adecuada para Hipo.

La bruja alzó la mirada hacia Valka muy seria.

—Si Estoico hubiera tenido un mínimo de aprecio por mí y aprobara mi relación con Hipo, ya nos hubiera mencionado la existencia de nuestro contrato de matrimonio.

Valka alzó tanto las cejas que casi llegaron a la raíz de su cabello, claramente desconcertada por lo que le acababa de confesar.

—Así que a ti tampoco te lo ha dicho —anunció Astrid sin sorprenderse.

—No… no comprendo, si apenas erais unos bebés cuando…

—Eyra temía que la influencia de Asta apartara a Hipo de ella, por lo que a Erland se le ocurrió que comprometernos sería una opción para mantenerlo en el seno familiar de los Hofferson —argumentó Astrid—. El contrato clarificaba que si una de las partes se negaba a seguir con el matrimonio adelante, éste quedaría anulado de inmediato.

La mujer asintió, algo turbada todavía e incapaz de encontrar las palabras adecuadas para arreglar una circunstancia tan violenta como aquella. Por esa razón, Astrid cambió de tema y llevó la conversación a otras cuestiones relacionadas con los dragones y la gente de la aldea. La bruja percibió entonces un tono de tristeza en la voz de Valka y cayó en cuenta de que la próxima luna llena debía estar al caer, aunque había estado tan desconectada que no estaba segura de en qué fase lunar debían encontrarse ahora.

—¿Se lo has dicho a Hipo y Estoico? —preguntó la bruja preocupada.

—No —admitió Valka avergonzada—. No he encontrado el momento para hacerlo.

—Valka…

—Lo sé, lo sé, es solo que… no quiero estropearlo —replicó la mujer con tristeza—. Llevo años soñando con esto y no quiero enturbiarlo con la noticia de mi marcha.

—Valka, será mucho peor si les dices de un día para otro que te tienes que marchar. Dales tiempo para que lo procesen —miró hacia el grupo de brujas que estaban asando verduras y frutas en una hoguera que se encontraba no muy lejos del pozo—. Vete y habla con ellos, no quiero que pierdas el poco tiempo que te queda con tu familia para acompañarme.

—Pero…

—Estaré bien —insistió Astrid dibujando su mejor sonrisa—. Dudo mucho que les interese hacerme daño y cuatro malas palabras no van hacer que me venga abajo.

Valka no parecía especialmente convencida, sobre todo porque sabía que a Hipo no le haría la más mínima gracia de que la hubiera dejado sola con esas brujas, pero Astrid le importaba mucho más que Valka disfrutara de su familia que el sentirse acompañada entre un montón de desconocidas que la detestaban. Aún recelosa de tener que marcharse, Valka se despidió con discreción y Astrid aguantó como pudo su baño en el lodazal antes de que le dieran permiso para salir. Le resultó de lo más desagradable sentir el barro deslizarse por su cuerpo desnudo y, para su enorme fastidio, le advirtieron de que no podía bañarse por el momento. Al menos tuvieron la decencia de dejarla cubrirse con una sábana, aunque eso no aplacó el abrumante olor a tierra y lodo de su cuerpo. Le sentaron junto a una hoguera a pesar de que hacía un calor abochornante. Una de las brujas del Nakk se acercó con un plato con fruta y verdura asada cortada en trocitos y un cuenco lleno de un líquido verdoso que no invitaba a beberlo; sin embargo, Astrid se descubrió con hambre, por lo que tras limpiarse la mano contra la sábana, comió con avidez. El líquido sabía tan mal como parecía, dejándole un regusto amargo en su boca, pero fue lo único que le permitieron beber para saciar su sed. Después de comer, se sintió un tanto adormilada y, si no fuera porque no confiaba en lo que esas brujas pudieran hacerle mientras dormía, se habría echado al suelo y se habría dormido sin muchos miramientos. Iana se acercó al cabo de un rato con su afectuosa sonrisa dibujada en sus labios.

—¿Estás preparada para el siguiente paso del ritual? Te prometo que este será más agradable.

Astrid asintió con lentitud. Se sentía muy cansada y le costaba mover sus miembros, las palabras se le acumulaban en su lengua, incapaz de pronunciarlas. Los ojos le pesaban y sus sentidos estaban nublados, como si una nube de humo los espantara.

—Duerme, Astrid, déjate llevar por el sueño —le pareció escuchar decir a Iana.

La bruja quería negarse, pero no pudo. Dejó que sus ojos se cerraran y cayó al vacío de sus sueños. Soñó con la primera vez que recordaba haber visto a Hipo, en mitad de la noche del Samhaim, en el que él la contemplaba entre preocupado y fascinado. Sus ojos eran tan verdes y tan bonitos que Astrid tenía la sensación de que podía perderse en ellos. Soñó con que dormía con él después de haberse acostado por primera vez. Su cuerpo ardía contra el suyo y olía a sudor, sexo y humo. El vikingo entreabrió los ojos y sonrió perezosamente antes de besarla en los labios. Soñó con el sol del Egeo tostando su piel cubierta de pecas mientras nadaban juntos en la playa de su isla. Pese a la tristeza marcada en su mirada, Astrid no recordaba haberle visto nunca tan guapo como entonces. Soñó con un Hipo muy pequeño que le enseñaba un peluche de Nadder e imitaba los rugidos de los dragones mientras corría a su alrededor, acariciando su rostro de bebé con el peluche como si éste le estuviera dando besitos. Astrid era demasiado niña para comprender qué estaba haciendo, pero le gustaba la compañía de aquel niño tan amable y simpático que tanto le hacía reír.

Astrid se despertó escuchando los cantos de las brujas que ahora la bañaban en el mar. Alguien cogía de su cabeza y acariciaba sus sienes con delicadeza para relajar la tensión de su cuerpo. El oleaje la mecía de un lado a otro, dándole la sensación de que el agua la estaba acunando con mimo. Iana estaba a su lado, limpiando con el agua salada los restos de lodo de su cuerpo. Estaba tan desnuda con ella y entonaba la tonada en voz más baja que las demás, como si le diera vergüenza que la escucharan cantar. Sonrió cuando la vio despierta y llevó su mano a su rostro.

—Sigue durmiendo.

Aquel comentario sonaba más a una petición que a una orden, pero Astrid obedeció casi instantáneamente y volvió a dejarse llevar por el sueño. Tuvo la sensación de que esta vez el mar la engullía, empujándola hasta el fondo, lejos de la superficie y toda la vida que había conocido hasta entonces. Sin embargo, pronto se descubrió sobre unos brazos fuertes y cálidos que la sostenían como si fuera algo precioso y frágil. Entreabrió los ojos para encontrarse unos ojos tan azules como los suyos. Erland Hofferson le sonrió con tal ternura que Astrid tuvo la sensación de que podía derretirse entre sus brazos.

—Es perfecta —reclamó Erland con orgullo—. Tan preciosa como su madre.

—Estoy bastante segura de que a mí es a quien menos se parece —replicó una voz femenina a su lado.

Astrid movió la cabeza y contempló a Eyra Hofferson observándola con devoción.

—Es demasiado pequeña todavía, pero claramente tiene tu nariz —dijo Erland.

—Sí, aunque por suerte tiene tus ojos. Me alegra de que no haya heredado los míos, así nadie la señalará como un bicho raro como lo hicieron conmigo —argumentó Eyra cogiendo de la manita de Astrid—. ¿Te has fijado en cómo nos mira? Es cómo si nos entendiera.

—Porque es una niña muy lista, ¿a que sí, cariño? —reclamó Erland encantado—. No sólo serás la guerrera más feroz de toda Mema, sino también la más lista de todos nosotros.

Erland la besó en su moflete y ella se rió al sentir que su barba le pinchaba la piel. Sin embargo, de repente, sus padres desaparecieron ante sus ojos y Astrid tenía ahora cinco años. Le dolía la cara, seguramente de los moretones que los cubría, y la boca le sabía a sangre. Hilda estaba ante ella, limpiando con cuidado la herida abierta de su labio que seguramente no tendría buen aspecto.

—Mira que te tengo dicho que mantengas ese pico cerrado —le reprendió su tutora con severidad—. Ya sabes que la desquicias, ¿por qué entonces sigues haciendo preguntas estúpidas?

La niña no respondió.

—No eres más que una niña malcriada, Astrid —apuntó Hilda con severidad—. Espero que esta sea la primera y última vez que pasa. Lo único que ganas con tu terquedad es que te lleves una buena paliza y que la reina pierda su valioso tiempo dándotela.

—Algún día se la devolveré —dijo Astrid muy seria.

Hilda soltó un jadeo por su osadía y le dio una bofetada tan fuerte que casi la tiró de la mesa en la que estaba sentada. La pequeña bruja sintió su boca arder y la sangre volvió acumularse en su boca por haberse mordido la lengua por accidente.

—Escúchame bien, Astrid —dijo Hilda cogiendo de su barbilla con fuerza para que la mirara—. Esto lo digo por tu bien: si quieres vivir más te vale agachar la cabeza y no dar problemas. Sé invisible, no molestes y, ante todo, no te interpongas en el camino de la reina.

—¡No nací para ser invisible! —clamó la niña con fiereza—. ¡Algún día seré tan fuerte como ella y le daré su merecido!

Hilda puso los ojos en blanco, claramente exasperada por su cabezonería.

—Sigue soñando, niña, cuando despiertas te darás tal golpe con la realidad que quizás te vuelvas más tonta de lo que ya eres.

Hilda se diluyó entre los ojos y ahora se encontraba en el dormitorio de Le Fey en su escondite del Archipiélago. La reina estaba sentada ante ella, con gesto impaciente y estudiándola con fría atención. Astrid se encontraba en un sillón frente a ella, con las piernas cruzadas y leyendo el último informe de las espías que había mandado a vigilar los cazadores de brujas. Drago estaba recuperándose rápido del ataque del Arrecife de los Vientos y ahora estaba atacando islas de las periferias del Archipiélago para esclavizar más soldados para su ejército. Se rumoreaba que también buscaba alguna especie de dragón para encabezar a sus reptiles, pero no se había corroborado nada por el momento.

—¿Y bien? —volvió a preguntar Le Fey con impaciencia.

Astrid levantó la mirada del papel y contempló a la reina en un silencio grave antes de decir:

—Nada. Sin novedades que puedan interesarte.

Le Fey soltó un quejido molesto y se levantó de su sillón para pasear irritada por el cuarto. Astrid dejó el informe en el suelo y se redujo a mirar desde su sillón el paisaje que podía contemplarse por el agujero en la pared de piedra. Se había puesto a llover otra vez y la bruja podía sentir la electricidad acumularse en las nubes. Pronto caería una buena tormenta, por lo que se moría de ganas de que Le Fey la dejara marchar para poder salir a volar un rato por su cuenta.

—Hay que encontrar el escondite de las brujas del Mairu antes de que lo haga Drago, así que más vale que te espabiles, Astrid —dijo Le Fey furiosa.

Astrid se esforzó en no poner los ojos en blanco y giró la cabeza hacia la reina.

—Si el aquelarre del Mairu cuenta con su propia fuente de Freyja comprende que tiene poder de sobra para esconderse incluso de ti —puntualizó la bruja—. Bastante que he conseguido saber que se encuentran al sureste del Archipiélago.

—¡Pues no es suficiente! —rugió Le Fey tirando una vasija de vino contra la pared—. ¡Eres demasiado lenta!

La rubia fulminó a la reina con la mirada.

—Hago lo que puedo con los recursos y el tiempo que dispongo —puntualizó Astrid lo más calmada que pudo—. No puedes pretender que busque activamente al aquelarre del Mairu a la vez que me preocupo por vigilar los pasos de Drago y protejo a nuestro aquelarre.

—Eso se debe a que eres demasiado débil —escupió Le Fey.

Astrid se obligó a contar hasta diez para no perder los papeles.

—Si fuera débil no sería general —replicó la bruja con suavidad—, pero si me comparas contigo por supuesto que lo soy.

Le Fey sonrió satisfecha por su respuesta y se acercó para acariciar su rostro. Astrid contuvo el gesto de arrugar su nariz ante la pestilencia que salía del cuerpo de la reina y se quedó muy quieta, en guardia por si a Le Fey le daba por dar un paso en falso que pudiera pillarla desprevenida.

—Tendrías que darme las gracias —comentó la reina forzando a que alzara más su barbilla con su dedo largo y fino—. Si estás aquí hoy es por mí. Yo te he convertido en quién eres.

Astrid apretó sus puños con tanta fuerza que sus nudillos se quedaron blancos, aunque consiguió mantener una expresión de pura indiferencia. Se había vuelto hábil para ocultar sus emociones cara a los demás, sobre todo ante Le Fey, y conseguía esconder sus verdaderos sentimientos de la magia intrusiva de la reina cada vez que se adentraba en su mente. No quería que la reina estuviera al tanto de todo el odio y rabia que la sacudía cada vez que sus ojos se cruzaban con los suyos. Si quería seguir siendo general, más le valía tener cuidado.

—Por suerte, eres la general más competente que he tenido nunca, aunque no olvides que, a diferencia de mí, eres prescindible, Astrid; así que más te vale estar a la altura si quieres mantener tu posición.

—Sí, señora —respondió Astrid sin un ápice de emoción en su voz.

Le Fey sonrió satisfecha y se apartó de ella para mirar hacia el agujero de la pared. Astrid la observó con aire desquiciado, consciente de que todavía no podía marcharse sin el permiso de la reina.

—Organizaré una nueva partida y saldremos a finales de esta semana...

—Mañana —le cortó la reina—. Mi tiempo es muy valioso. Quiero a Ying Yue capturada para ayer.

Astrid respiró hondo. Llevar a cabo una misión de aquellas características requería mucho tiempo, por lo que tendría que olvidarse de salir esa noche. Sin embargo, Astrid decidió no marcharse con las manos vacías. Sabía que era arriesgarse, pero era una bruja necesitada de saciar su curiosidad.

—¿Qué pasa cuando una reina de un aquelarre muere?

Le Fey se volteó hacia tan sorprendida como furiosa por su pregunta.

—¿A qué demonios viene esa pregunta?

—A que no sé lo que pasa y me gustaría saberlo —se defendió Astrid.

—No quieras saber demasiado, la curiosidad mató al gato, ¿recuerdas? —dijo la reina indignada.

—No es simple curiosidad —mintió Astrid—, pero imagínate que mato a Ying Yue…

—¡Tú no puedes matar a Ying Yue! —le interrumpió Le Fey a voz de grito—. Bajo ninguna circunstancia debes matar a ninguna reina de aquelarre.

—¿Por qué? —insistió en saber Astrid.

El hedor de la reina se intensificó de repente y la bruja tuvo que luchar por contener una arcada.

—Esta conversación se ha acabado. ¡Largo de aquí! —gritó Le Fey antes de que ésta se diluyera ante sus ojos.

Astrid despertó sobre una superficie mullida. Estaba oscuro, por lo que tuvo que esperar a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad para situarse en su entorno. Estaba en mitad del bosque, rodeada de un montón de brujas que dormían en lechos de hojas y hierba como el suyo. Tenía puesto un vestido blanco de tirantes de una tela muy fina que apenas la abrigaba y dejaba poco para la imaginación, pero agradecía no estar desnuda. Se incorporó con dificultad, sentía sus miembros cansados y agarrotados por la falta de movimiento, pero se movió con agilidad entre las brujas para no despertarlas. Iana dormía acurrucada junto a dos brujas de su propio aquelarre y Drina reposaba junto a su bebé al que había envuelto con mantas para que no cogiera frío. No vio a Ying Yue por ningún sitio, aunque había tantas brujas y estaba tan oscuro que difícilmente podía localizarla. Se escuchaba el sonido de las olas romper contra las rocas, por lo que supuso que estarían todavía cerca de la costa. Sin embargo, Astrid tomó el camino hacia el interior del bosque, impulsada por algo familiar que ardía en su pecho.

Se encontró con Hipo en pocos minutos.

Sintió el enorme impulso de abrazarlo, pero él dio un paso hacia atrás tan pronto ella dio uno al frente.

—No puedo tocarte, ¿recuerdas? —advirtió él.

—Las brujas pueden tocarme —le recordó ella—. Eso te incluye a ti.

Hipo siguió sin moverse, poco convencido de su argumento.

—Solo quería verte, te echo de menos —dijo él con nostalgia.

—Lo sé, tengo la sensación de que no estoy contigo desde hace décadas —se lamentó ella.

Astrid caminó hacia él, pero Hipo volvió a echarse hacia atrás.

—Solo serán unos días más —insistió Hipo menos seguro que antes.

—No quiero esperar más —dijo Astrid desesperada—. Duele no sentir tu piel contra la mía.

—Lo sé —concordó él nervioso—. ¡Joder, ya lo sé!

Se le veía tan alterado y movido por el deseo como ella, pero Hipo siempre había presumido de contar con mayor fuerza de voluntad que Astrid.

—Eres una bruja como yo y ellas no paran de manosearme —reclamó Astrid molesta.

—Sí, lo sé, he vomitado unas cuantas veces hoy —confesó Hipo con una risa cansada.

—Lo siento —se disculpó la bruja.

—No es culpa tuya…

—Sí, sí que lo es, si no hubiera perdido el control…

—Bueno, hablas con uno que desgraciadamente se descontrola a menudo —le cortó Hipo con ternura—. Esto es necesario, As. Solo tenemos que ser pacientes y, además, se nota que el ritual funciona, tu magia no se siente como antes. Parece mucho más… calmada.

En verdad Astrid no se había ni percatado de que su magia se encontraba callada y sosegada dentro de ella. En los últimos meses habría querido salir a la primera de cambio, más si el vínculo suplicaba el contacto con Hipo; pero esta vez, pese a la inestabilidad física y emocional, reposaba tranquilamente dentro de ella.

—Mi madre nos ha dicho que tiene que marcharse.

Astrid le lanzó una mirada de tristeza.

—Sabes que ella hizo un trato con Odín —le advirtió la bruja—. No puede fallar a esa promesa.

—Lo sé, pero…

—Juegan con nosotros, Hipo, para los dioses no somos más que peones con los que jugar.

Hipo bufó indignado.

—¿De qué nos sirve tener magia si no podemos ayudar a quienes más queremos? —reclamó él desesperado—. Renunciaría a mi poder sin dudarlo si con eso ella pudiera volver a casa.

Astrid abrió mucho los ojos, escandalizada por su confesión. Ella jamás se había planteado la opción de una vida sin magia. Es más, ella no conocía otra vida que no fuera con magia, por lo que se le hacía horroroso pensar lo que podría ser vivir sin ella. Quería abrazar a Hipo con todas sus fuerzas y quitarle esa tontería de la cabeza, pero no podía. Si lo tocaba, Astrid no estaba segura de que pudiera contenerse y no debían acostarse bajo ninguna circunstancia hasta que terminase el ritual.

—Mañana van a llevarme a las aguas termales de la montaña para terminar el ritual —explicó Astrid—. ¿Vendrás después a buscarme?

Hipo sonrió.

—Sabes que sí.

Astrid extendió su mano e Hipo replicó su gesto, quedando sus dedos a escasos milímetros de tocarse.

—¿Estarás bien? —preguntó Hipo con cautela.

—Sí, sobreviviré —le prometió ella.

Se separaron tan tristes como frustrados. No tenía sueño, por lo que optó por acercarse a la zona de la playa y poner sus pies en remojo. Para su sorpresa, se encontró con Ying Yue sentada en la orilla, hablando para sí. La bruja alzó la mirada sorprendida de verla allí y Astrid se sintió un tanto abochornada, como si la hubiera pillado donde no debía.

—Perdona, no quería molestar, me voy…

—No —dijo Ying Yue con suavidad—. Quédate, siéntate conmigo.

Su largo cabello negro caía suelto por su espalda hasta la arena. Astrid se había recogido el suyo en una trenza, aunque todavía la sentía golpear contra sus muslos. Se moría de ganas de cortarse el pelo, pero aún tenía que esperar a que terminase el ritual antes de hacerlo. Se sentó junto a la reina del Mairu salvando las distancias y ambas contemplaron el horizonte nocturno en silencio. Pese a la luz de la luna creciente, podía definirse el conjunto de estrellas que iluminaban el cielo con su fría luz.

—¿Cómo lo estás llevando?

—Bueno, supongo que bien, me he pasado la mayor parte del ritual dormida, aunque me siento más lenta de lo normal.

—Tu cuerpo se está regenerando de la energía negativa que lleva años azotándolo —argumentó Ying Yue—. Es un síntoma normal, además se nota que eres una chica fuerte. Si ahora estás despierta significa que lo estás llevando mejor de lo normal.

—¿Soléis hacer estos rituales con mucha frecuencia? —preguntó Astrid con curiosidad.

—Generalmente se suelen hacer dos o tres veces en la vida, aunque todo depende de la bruja —explicó Ying Yue—. Yo he hecho hasta siete rituales.

—¡Caray! —exclamó Astrid sorprendida—. ¿Las reinas también necesitan purificarse?

—Nosotras más que ninguna —defendió Ying Yue—. Además, el ritual es una forma de estar cerca de los dioses.

Astrid ladeó la cabeza confundida.

—Mañana lo comprenderás, no a todas les pasa, pero hay quienes se les presenta Freyja hacia el final del ritual —explicó la reina con seriedad.

Astrid tuvo que contener un gemido de horror. Esperaba que Freyja no se le apareciera, más después de lo mucho que la había maldito en voz alta. Los dioses no debían estar precisamente contentos con ella y estaba segura de que su rechazo era tan considerable como el que la propia Astrid sentía hacia ellos. ¿Por qué había que rendir culto a una diosa que había otorgado un don tan horrible a alguien como Le Fey? ¿Por qué debía rezar al Padre de Todos cuando estaba usando a Hipo como peón en una apuesta contra Surt, el Gigante de Fuego, para ver si se decidía a invocar el Ragnarok o no? Los dioses solo miraban para sus propios intereses y los seres que vivían en el Midgard no era más que un nimio entretenimiento para ellos.

—Valka nos contó que viste el pasado de tus padres y cómo estos habían muerto —comentó Ying Yue de repente.

—Asesinado más bien —matizó Astrid con amargura—. Le Fey los mató.

—Sí, disculpa, no quería expresarme con tanta franqueza —concordó Ying Yue apurada—. Lo lamento mucho.

Astrid abrazó sus piernas contra su pecho y se esforzó por no echarse a llorar. La herida era demasiado reciente todavía y aún le sangraba a borbotones si pensaba demasiado en ello.

—Yo también perdí a mi madre cuando era pequeña —dijo Ying Yue de repente—. Tengo recuerdos vagos de su cara, pero recuerdo que por las noches siempre me cantaba canciones sobre la diosa de la luna y su amante mortal. Era prostituta en mi país de origen, Catay, pero desconozco por qué terminó así. Me entregó a Masha cuando tenía dos años y, por lo que me contó la reina, murió no mucho tiempo después de mi marcha por tuberculosis.

—Lo siento —susurró Astrid.

Ying Yue dibujó una sonrisa melancólica.

—Hace mucho tiempo de todo eso —dijo la reina—. A diferencia de ti, rara vez me he sentido sola. Viví una infancia muy feliz en el aquelarre hasta que…

El repentino silencio desconcertó a Astrid.

—¿Qué?

—Durante mucho tiempo pensé que Masha había perdido la cabeza a raíz de la muerte de Moryen y la desaparición de Asta, pero nunca llegué a considerar que Moryen hubiera desarrollado un don tan horrible —declaró Ying Yue desconcertada.

—¿Qué pasó realmente? ¿Cómo acabaste aquí?

Ying Yue sostuvo su mirada unos segundos antes de sacudir la cabeza.

—Es una historia demasiado larga y me temo que mi versión no es la real. Quizás, cuando terminemos el ritual, seas capaz de usar tu don de völva para ver qué sucedió realmente —argumentó la reina.

—No creo que pueda hacer eso.

—Eres la nieta de Asta, su sangre corre por tus venas, de poder podrás ver la historia de todos tus antepasados —aclaró Ying Yue y se puso a dibujar formas abstractas sobre la arena húmeda con sus largos y blancos dedos—. Hay algo que llevo tiempo queriendo preguntarte.

—¿El qué?

—¿No te has planteado nunca retar a Le Fey en un duelo por el reinado?

Astrid no comprendía de qué le estaba hablando y su cara parecía delatarla porque Ying Yue soltó un suspiro muy largo.

—Olvido cuán ignorante eres respecto a asuntos de nuestra especie.

—No es culpa mía —se defendió Astrid con las mejillas encendidas.

—No digo que lo sea —matizó Ying Yue—, pero es frustrante sobre todo para ti. Eres una bruja poderosa e inteligente, si te hubieran enseñado como era debido podrías haber aspirado a ser reina de tu aquelarre.

Astrid sintió que la sangre abandonaba su cara. ¿Ella? ¿Reina del aquelarre? ¡Menuda locura!

—Me imagino que si Le Fey no os ha contado nada de eso es porque no quería que nadie se interpusiera en su camino, sobre todo una bruja con unas capacidades como las tuyas —observó Ying Yue.

—Yo no tengo nada que hacer contra Le Fey —le aseguró Astrid—. Es demasiado poderosa y cuenta con muchos dones. Además, puede bloquear mi magia cuando le venga en gana.

Ying Yue frunció los labios.

—Eso es porque te bautizó ella y todavía tiene poder sobre ti —matizó la reina irritada—. Hay que ser rastrera para hacerle eso a una subordinada.

—Además, aunque se diera la circunstancia de que pudiera vencerla, yo no valgo para ser reina —insistió Astrid angustiada—. Ni siquiera deseo volver al aquelarre.

—¿Y qué vas hacer entonces? ¿Realmente pretendes vivir entre los humanos? —preguntó Ying Yue muy seria.

Astrid evadió sus juiciosos ojos turquesas, consciente de que no tenía una respuesta clara a esa pregunta. Se encontraba en una situación en la que se obligaba a apegarse al presente, pues el pasado le resultaba muy doloroso y el futuro demasiado incierto como para transmitirle calma alguna. Si algún día acababa todo aquello y daba la casualidad de que ella sobrevivía… ¿qué iba hacer? Sí, era la heredera perdida de los Hofferson, pero aquel no era más que un nombre y ella claramente había demostrado que contaba con poco o nada del honor y la reputación de su familia. Ella no estaba a la altura de llevar ese apellido y todo el mundo sabía lo que era ella realmente: una bruja, una paria asesina y mentirosa que se había aprovechado de la amabilidad y del amor de Hipo Haddock para buscarse un rincón en una sociedad que jamás la aceptaría.

Astrid no era nadie.

Nunca lo sería.

Ni era digna para considerarse una Hofferson ni mucho menos de considerarse algo más que la amante de Hipo Haddock.

Resultaba horrible el haber buscado toda su vida una razón y un pasado que demostrara que no fuera así, pero aún habiendo descubierto que había tenido unos padres tan maravillosos como los que había visto en sus visiones, la desazón de Astrid no paraba de ir a más. No quería ni imaginarse lo que ellos pensarían de ella si la vieran en lo que se había convertido.

La mano fría de Ying Yue sujetó con fuerza la suya y la obligó a mirarla. Le regaló una sonrisa cálida y maternal poco propia de ella que la desconcertó más si cabía.

—Es hora de volver a dormir —dijo la reina antes de levantarse tirando de su mano—. Mañana es un día importante y es mejor tener la mente descansada.

—Pero…

—¡Vamos, vamos! —insistió la reina con tono exigente.

Cuando Astrid volvió a tumbarse en su lecho de hojas y hierbas aromáticas estaba casi segura de que no volvería a dormirse, pero Ying Yue había tenido que lanzarle alguna clase de hechizo porque se durmió en cuestión de pocos minutos. La despertaron a la mañana siguiente temprano, le dieron fruta cortada para desayunar y caminaron descalzas hasta las aguas termales que se encontraban hacia el interior de la isla. Astrid sintió su piel erizarse cuando bajaron por el túnel, sobre todo porque la última vez que había pisado aquel lugar había descubierto que el vínculo con Hipo no podía romperse porque él estaba enamorado de ella y Astrid, decidida a ignorar sus propios sentimientos, le había destrozado el corazón y lo había abandonado allí, tirando incluso su prótesis lejos de su alcance para que no la siguiera.

De verdad, no comprendía cómo Hipo era todavía capaz de quererla.

La desnudaron otra vez y soltaron su trenza antes de guiarla hasta una de las piscinas. El agua estaba caliente y contuvo un gemido de puro placer cuando entró en la piscina. Quiso nadar un poco, pero las brujas le explicaron que en esta fase del ritual debía mantenerse quieta para que ellas pudieran llevar a cabo su labor. Cepillaron su cabello una y otra y otra vez hasta que Astrid dejó de sentir su cuello cabelludo, aunque su piel terminó roja de las veces que frotaron y aclararon su cuerpo con jabones esenciales y agua ardiente. Las brujas cantaban sin parar, haciendo turnos para que los rezos no pararan bajo ninguna circunstancia. Ésta vez no la dejaron dormirse, aunque Astrid difícilmente podría hacerlo teniendo tantas manos encima. Tanto Iana como Ying Yue participaron en aquella parte del ritual, mientras que Drina las observaba desde fuera de la piscina, o bien bañándose con su hijo en otra charca o sentado a un lado charlando en voz baja con alguna de sus brujas.

—¿Qué pasará con el hijo de Drina? —preguntó Astrid por lo bajo al cabo de un rato.

Iana la reprendió con la mirada, advirtiéndola de que no debía de hablar, pero Astrid estaba demasiado aburrida como para contener su curiosidad.

—Es un niño, ¿no?

—Sí —respondió Iana con sequedad.

—¿Y qué pasará con él cuando se haga mayor?

—Tendrá que irse con su padre —respondió Ying Yue esta vez—. Ahora calla y déjanos trabajar, deberías concentrarte en tus rezos y no en asuntos que no te conciernen.

Astrid, sin embargo, no estaba conforme con esa respuesta.

—Es muy cruel que tengáis que separaros de los niños —insistió la bruja—. Asta…

—Asta dejó de pertenecer al aquelarre y escogió su propio camino —advirtió la reina del Mairu con severidad—. La diosa dictaminó que los niños varones no pueden pertenecer al mundo de la magia y así seguirá siendo hasta el Ragnarok.

—¿Nunca os habéis preguntado si el paladín de Surt decide no convocar el Ragnarok? ¿Que puede ser un chico normal y con magia que no quiere dar problemas? —cuestionó Astrid pensando inevitablemente en Hipo.

Las brujas la contemplaron escandalizadas y otras incluso se rieron como si hubiera soltado un comentario alimentado de la más pura ignorancia. Astrid puso los ojos en blanco y decidió no añadir nada más por temor a que pudiera delatar la identidad de Hipo por sus preguntas. Ying Yue salió de la piscina no mucho tiempo después para hablar con Drina e Iana, que estaba cepillando su cabello se inclinó para hablarle al oído.

—Procura no mencionar de nuevo lo de los niños delante de Ying Yue.

—¿Por qué? —preguntó Astrid extrañada.

—Ella tiene dos hijos varones y no los ve desde que se marcharon de su isla con trece años.

Astrid jadeó sorprendida.

—¿Te refieres a que son hijos de…?

¿Podrían las brujas o incluso las humanas concebir hijos con dioses? Sabía de las leyendas griegas que antaño era bastante habitual que los dioses violaran y embarazaran a las mujeres humanas, pero desconocía que los dioses nórdicos hicieran tal cosa con las humanas e incluso con las brujas.

—No lo sé —dijo Iana—. Lo único que sé es que no tiene contacto con sus hijos y nadie sabe donde están, así que procura cortar tu curiosidad sobre este asunto delante de ella. Ying Yue tiene fama de fría, pero también tiene sentimientos como cualquiera de nosotras.

Astrid observó cómo Ying Yue se inclinaba junto a Drina para hacerle carantoñas a la criatura de la reina del Sugaar. Sabía bien lo duro que era ocultar las emociones de una misma y se sintió culpable por no haber medido mejor sus palabras, aunque difícilmente podría hacerlo siendo tan ignorante como aparentemente era.

El ritual continuó por varias horas más hasta que por fin le dejaron salir de la piscina y la vistieron. Los ojos le pesaban del cansancio y del aburrimiento, pero al parecer aún quedaba una última parte antes de dar por finalizado el ritual. Drina entregó a su bebé a una de sus brujas y junto con las otras dos reinas la guiaron hasta una pequeña caverna en la que el aire estaba cargado por el incienso que se estaba quemando en una esquina. Había un par de llamas flotando en el techo que iluminaban levemente la estancia y en mitad de la misma había una esterilla de paja.

—Túmbate —le ordenó Ying Yue.

Astrid obedeció un tanto nerviosa. Ying Yue se arrodilló a la altura de su cabeza mientras que Drina e Iana hacían lo mismo a sus costados. Las tres brujas extendieron sus manos sobre ella sin tocarla y, al cabo de un rato, al ver que no sucedía nada, Astrid pensó que debía verse ridícula.

—Cierra los ojos —le pidió Iana con suavidad.

Astrid los cerró resignada.

—Cuando contemos hasta diez te verás sumida en un sueño profundo —continuó Drina—. Los dioses se te aparecerán ante tus ojos, por lo que más vale que vigiles tu lengua.

Las tres reinas se pusieron a contar y Astrid no pudo evitar un desagradable nudo en el estómago.

Diez.

No deseaba verse ante los dioses, prefería que todo aquello acabara lo antes posible para correr en brazos de Hipo y dormir en una cama como era debido.

Nueve.

¿Qué iba a decirles? ¿Que se fueran todos a la mierda? Porque Astrid no era lo bastante hipócrita como para venerar a los dioses en su cara cuando los había insultado repetidamente.

Ocho.

Tal vez, si eran benevolentes y no lo tomaban con ella, les daban alguna pista de qué debían hacer para ganar a Le Fey.

Siete.

Aunque Astrid no era optimista.

Cinco.

Los dioses iban a mandarla a la mierda, estaba segura de ello.

Cuatro.

Tenía hambre, esperaba que Hipo fuera lo bastante previsor para llevarle algo de comer que no fuera fruta.

Tres.

¿Qué iba hacer cuando volvieran a Isla Mema? Aún tenía que enfrentarse a Estoico y a los demás y dar explicaciones de lo que había pasado en los últimos días.

Dos.

Había que planificar un ataque, pero había muchos frentes abiertos. No podía luchar contra Le Fey sin un ejército de brujas y tampoco podía olvidarse de Drago y de Ingrid Gormdsen. Además, el riesgo de que las reinas descubrieran sobre los poderes de Hipo era demasiado alto y no estaba segura de que ella pudiera salvarlo si lo pillaban.

Uno.

Astrid cerró los ojos con más fuerza, convencida de que ahora caería a una especie de vacío como solía pasar cuando sufría sus visiones, pero no sucedió nada. Seguía tumbada en la esterilla de paja, escuchando los susurros de las tres reinas a su alrededor y sintiéndose mareada por el intenso olor a incienso.

Se obligó a esperar.

Quizás los dioses querían hacerse de rogar por su arrogancia.

Procuró no moverse para no alarmar a las reinas, aunque pasados unos minutos Astrid comprendió que ningún dios se le iba a aparecer. ¡Qué bien tener todo a su favor!, pensó la bruja con amargura. Ni siquiera podía dormirse de lo incómodo que era el lecho de paja y por el aire cargado dentro de la cueva. Una media hora después de empezar todo aquello, Astrid estaba que se subía por las paredes y, tan pronto dejaron las reinas de cantar, abrió los ojos.

—¡Uy! ¡Qué rápida! —exclamó Iana sorprendida.

Astrid sintió que la sangre subía a sus mejillas. Ying Yue posó una mano sobre su hombro.

—¿Estás bien? —preguntó la mujer.

—S-sí, algo… impresionada, supongo —mintió Astrid.

—¡Es normal! —exclamó Iana—. ¿Quién se te ha parecido? ¿Freyja? ¿Thor?

La bruja abrió la boca, pero volvió a cerrarla, no muy segura de a quién convenía mencionar mejor.

—¡Iana! —le reprendió Drina con severidad—. ¡Eso es privado! ¡Ya lo sabes!

—Sí, ya lo sé, pero es inevitable sentir curiosidad cuando ha estado tan poco tiempo sumida en el sueño —se defendió Iana.

—¿Cuánto suele durar esta fase del ritual? —cuestionó Astrid a Ying Yue.

—Entre tres y cinco horas, a veces es más y otras es menos —explicó la reina.

Astrid había metido la pata despertándose tan pronto, aunque era de agradecer que las reinas no la presionaran para que contara lo que supuestamente le habían dicho los dioses. Volvieron a la caverna más grande y las brujas cuchicheaban sorprendidas al ver que el ritual había finalizado tan pronto.

—Sé que te mueres de ganas por marcharte, pero me gustaría que comprobáramos en privado el estado de tus poderes —señaló Ying Yue con discreción.

La bruja asintió con recelo, pero la siguió fuera de las cuevas sin rechistar. La noche estaba cayendo de nuevo en Isla Mema, aunque Ying Yue tomó un camino opuesto a la dirección de la aldea. Caminaron unos minutos hasta que llegaron a un claro rocoso junto a la montaña. Una brisa fresca y agradable rozó contra su piel y jugó con su cabello a la vez que Astrid aspiraba el delicioso aroma del verano: salitre del mar, tierra mojada y flores frescas.

—¿Sabías que el poder de la tormenta es primo hermano del poder del viento? —dijo Ying Yue extendiendo su mano hacia arriba, causando que la brisa se tornara algo más intensa.

—¿A qué te refieres? —cuestionó Astrid sin comprender adónde quería llegar.

—Puedo convocar vientos tan intensos que podrían asolar cualquier civilización en cuestión de segundos, pero tú… tú convocas el viento para traer a tus tormentas —explicó Ying Yue.

—¿Viento? —repitió ella confundida.

—Toda tu vida has basado que tu magia se vale para destruir —argumentó la reina con cautela—, ¿pero nunca has pensado que también vale para crear? He aquí tu última prueba, Astrid, demuéstrame que puedes hacer algo más que convocar vistosos rayos y poderosas tormentas. Canaliza tu poder de tal forma que demuestre que no solo vales para hacer daño.

—¿De qué me sirve crear? —cuestionó Astrid consternada—. Yo nací para luchar, no para hacer filigranas vistosas con mi magia.

Ying Yue sonrió por su comentario.

—No lo dudo ni por un instante, pero eso para ti es fácil, Astrid. Si el ritual ha funcionado significa que eres capaz de controlar tu magia hasta un punto que no has llegado a hacerlo antes —argumentó la reina—. Eres pura energía, por lo que tú más que nadie estás conectada con todos los elementos que te rodean. Quiero que canalices tu energía en algo pequeño, algo que aporte y no destruya.

Astrid hundió los hombros resignada y respiró profundamente antes de concentrarse. Su magia ronroneó dentro de ella tan pronto atendió a su llamada y le resultó extraño que fluyera con tanta ligereza a través de su cuerpo, como si no pesara nada. Algo pequeño… ¿qué podía ser? Su poder resultaba grandilocuente y peligroso, por lo que le resultaba complicado pensar en algo que pudiera ser lo contrario. Contempló entonces la luna que empezaba a brillar a medida que el sol desaparecía en el horizonte y una extraña idea se le pasó por la cabeza. Astrid era capaz de emanar electricidad de sus manos a distintos niveles de intensidad, aunque siempre lo había hecho en un función de atacar más que en canalizar, puesto que resultaba muy difícil controlar algo que salía despedido de ella con tanta violencia. Aquel día, sin embargo, su magia parecía doblegarse con más facilidad de lo normal, por lo que cuando las pequeñas chispas salieron de la punta de sus dedos, Astrid pudo concentrar la energía en una especie de pelota que se iluminaba con una luz leve y tímida, aunque muy hermosa.

—Haz que brille más —le pidió Ying Yue.

Astrid así lo hizo. Centrando su poder en la esfera, ésta se agrandó ligeramente a medida que la luz iba a más, hasta el punto que Ying Yue tuvo que cubrirse por la intensidad de la misma. Astrid, sin embargo, no le resultaba molesto en absoluto y podía ver cada chispa que se juntaba con otra y así formaban aquella luz que, quizás no rivalizaba con el sol, pero no había llama que pudiera iluminar igual. Consciente de que la intensidad de luz podría cegar a Ying Yue, Astrid realizó un pequeño impulso con sus manos para lanzar la esfera hacia arriba y ésta explotó tan pronto alcanzó una distancia considerable, desprendiendo su luz en largos y sinuosos rayos insonoros que tiñeron el cielo de blanco antes de desaparecer por completo.

Astrid no podía creerse que hubiera ejecutado su poder de una forma tan precisa y perfecta. Había trabajado toda su vida para alcanzar la perfección en su don y por fin lo había conseguido. Ying Yue cogió de sus manos, las cuales se sentían inusualmente frías contra las suyas, y sonrió.

—Creo que podemos concluir que el ritual ha sido un éxito.

Astrid sintió sus mejillas arder y apartó la mirada azorada.

—Muchas gracias.

—Las brujas nos apoyamos entre nosotras —matizó Ying Yue—. Además, te necesitamos si queremos ganar esta guerra.

Astrid jadeó sorprendida.

—¿Eso quiere decir que os uniréis a nosotros en la lucha?

Ying Yue soltó un largo suspiro.

—Me temo que no nos queda otro remedio —apuntó la reina—, pero esta es una discusión que podemos dejar para mañana. Me imagino que te morirás de volver a los brazos de tu amante.

La bruja sintió el rubor cubrir su rostro, lo cual pareció divertir mucho a la reina.

—¡Vamos! ¿Crees que no me iba a dar cuenta que os visteis la otra noche? Me sorprende que hayáis podido resistir a la magia del vínculo, pero me alegra que no hayas cedido al final —concluyó la reina satisfecha—. Tienes mucha suerte de tener a gente que te quiera tanto a tu lado, Astrid.

—No los merezco, yo…

—Necesitas perdonarte —le cortó Ying Yue con tristeza—. Soy consciente del abuso físico y psicológico al que has sido sometida desde que tienes memoria y, además, es evidente que sientes que no mereces que te traten bien, pero tus acciones fueron marcadas por una necesidad de supervivencia. No creo que nadie esté en el lugar para juzgarte por eso, sobre todo porque probablemente cualquiera de nosotras hubiera hecho lo mismo.

—Drina y otras brujas no piensan lo mismo —señaló Astrid con amargura—. Y no la culpo, al igual que tampoco recrimino a los humanos que me odian por ser lo que soy. Nada de esto habría pasado si no hubiera cedido a las órdenes de Le Fey en su momento.

—Astrid, si lo vamos a ver de esa manera, nada de esto habría sucedido si Masha no hubiera adoptado a Le Fey en el aquelarre —replicó Ying Yue con impaciencia—. Tienes que asumir que tu realidad es esta y que nada puede cambiar nuestras acciones del pasado. Sin embargo, lo que importa es que no se trata de que seas buena o mala, sino que hoy estás intentando ser mejor persona de lo que fuiste ayer.

Astrid no supo qué decir. Ella no tenía esa sensación en absoluto. No era buena persona, jamás lo sería. Sus crímenes del pasado la perseguirían para siempre, por mucho que lo hubiera cometido para sobrevivir. Había encontrado incluso placer haciendo daños a otros, usando su superioridad física y mágica para imponerse a los demás y durante mucho tiempo no le había importado las consecuencias de sus propias acciones.

Ahora, en cambio, todo era diferente.

—Anda, ve y descansa —insistió Ying Yue—. Mañana Drina, Iana y yo iremos a la aldea para reunirnos con los líderes de la Resistencia y así ver cual es el siguiente paso que debemos dar. Espero verte allí también.

—Sí, allí estaré —aceptó Astrid con una sonrisa cansada—. Hasta mañana.

La aldea estaba a un par de horas andando desde allí, por lo que Astrid tenía que atravesar el bosque descalza y abrigada únicamente por una fina tela del vestido que le habían puesto. Sin embargo, cuando volvió a cruzar ante la entrada que llevaba las aguas termales, escuchó un rugido muy familiar sobre su cabeza. Tormenta aterrizó ante ella con la gracia que siempre la había caracterizado y, sobre ella, se encontraba Hipo. Astrid corrió para abrazar a su querida Nadder mientras Hipo bajaba de la montura de un salto para esperar su turno. Se contemplaron unos segundos un tanto nerviosos antes de que Astrid se abalanzara sobre él con tanta fuerza que casi se cayeron al suelo. Hipo rodeó su cintura y pegó su cuerpo contra el suyo. Astrid aspiró su delicioso aroma a humo y brasas de la herrería y suspiró ante el calor de su cuerpo contra el suyo que se había ido enfriando con rapidez. Hipo rompió el abrazo y la besó con suavidad en los labios antes de preguntarle:

—¿Estás lista para volver a casa?

A casa.

Aquella palabra tenía tantas connotaciones y, sin embargo, esta vez no se vio embargada por el temor. Su hogar estaba allá donde estuviera Hipo y ella permanecería a su lado pasara lo que pasara. Tormenta se inclinó para que ella pudiera subir y tendió su mano para ayudar a que Hipo se sentara tras ella. No volaba sobre su querida Nadder desde la batalla de Isla Mema, por lo que Astrid encontró reconfortante volver a sentir la maravillosa sensación de vértigo en su estómago y el viento soplar contra su cara. Hipo besó su nuca; seguido, su hombro, y sintió sus manos acariciar la zona de su vientre con delicadeza hacia la zona baja de sus pechos, justo donde estaba su marca de bruja.

Astrid contuvo un gemido. La zona de su marca era la más sensible de su cuerpo e Hipo lo sabía bien. Sintió sus labios, calientes y suaves, junto al lóbulo de su oreja, aunque no fue más allá hasta que llegaron a la aldea. Aterrizaron en los establos, donde Tormenta, tras desearle una buena noche y restregar su cabeza cariñosamente contra ella, se metió en su nicho. Desdentao dormía justo al lado, aunque estaba tan profundamente dormido que no pareció percatarse siquiera de su presencia. Astrid sintió la congoja en su pecho al contemplar su cola sin aletas. La herida estaba cerrada y cicatrizada, probablemente gracias a la intervención mágica de Valka y del propio Hipo, pero el dragón no tenía buen aspecto. Parecía más pequeño de lo que realmente era estando acurrucado en un rincón de su nicho y su sueño era intranquilo. Astrid luchó contra la tentación de tumbarse junto con el Furia Nocturna y rascarle las escamas, pero eso solo no le traería ningún consuelo.

Ella también sabía lo que era que le quitaran las alas y nada podía remediar semejante sensación de vacío. Aún teniendo a Tormenta a su disposición para hacerlo cuando le viniera en gana, todavía echaba en falta volar por su cuenta.

—Estoy cerca de terminar mis diseños para una nueva cola —dijo Hipo en voz baja—. Me ha costado, pero creo que así será capaz de volver a volar y esta vez sin mi ayuda.

Astrid se volteó sorprendida.

—¿No me dijiste una vez que Desdentao destruyó la prótesis que le permitía volar por su cuenta?

—Las cosas son diferentes ahora —respondió Hipo sin apartar los ojos de su amigo—. Si vamos a ir a la guerra, no podemos depender tanto el uno del otro. Necesito garantizar su seguridad por encima de todo y Le Fey sabe que Desdentao y tú sois mis puntos débiles. Si ella quiere usarme para conseguir tu cuerpo, voy asegurarme de que esta vez al menos no vuelvan a utilizar a Desdentao para romperme.

Parecía que Hipo había estado meditando mucho durante el tiempo que habían estado separados. Resultaba irónico que le hubieran llamado inútil durante tanto tiempo cuando, en realidad, Hipo tenía la mente más estratégica que había conocido en su vida. Hipo no pensaba como un vikingo, sino como un líder. Conocía perfectamente sus puntos flacos y no se avergonzaba en admitirlos cuando otros harían lo imposible por ocultarlos. Le habían pillado desprevenido una vez, pero iba a procurar que no sucediera una segunda vez.

Después de que Hipo acariciara las escamas del Furia Nocturna y asegurarse de que el nicho estuviera en la temperatura ideal, cogió de su mano y caminaron escaleras arriba hasta la aldea. Isla Mema estaba tan en calma que podía escucharse hasta a las cigarras cantar. Era una noche fresca, quizás porque el viento soplaba desde el norte, por lo que muchos aldeanos habían aprovechado para abrir las ventanas para sacar el calor asfixiante de sus casas que se había acumulado en los últimos días. Sin embargo, era lo bastante tarde como para que apenas hubiera nadie caminando por las calles de Mema salvo algún que otro centinela que medio dormitaba en los puestos de vigilancia. Apenas repararon en ellos cuando Hipo tiró de su brazo en dirección a su casa, quizás confundiéndolos con alguna pareja que había ido al bosque para revolcarse a espaldas de sus familias.

—¿No están tus padres en casa? —preguntó Astrid apurada.

—No, les he convencido para que se tomen un tiempo a solas lejos de la aldea —argumentó Hipo sin perder fuerza en su agarre, quizás preocupado de que ella fuera a soltarse y desaparecer—. Se marcharon ayer, pero seguramente vuelvan mañana.

Astrid se alegró de saber que Valka le había hecho caso y resultaba todo un detalle por parte de Hipo haber dado la privacidad que sus padres merecían después de tantos años separados. Tan pronto llegaron a casa de los Haddock y cerraron la puerta, Hipo atrapó sus labios con los suyos con tal efusividad que casi pilló a Astrid desprevenida. Sin embargo, la bruja no era de las que se quedaban atrás y estaba lejos de sentirse tímida estando con él. Resultaba difícil tomárselo con calma cuando habían estado tanto tiempo sin tocarse, pero ambos parecían decididos a disfrutar de cada segundo que tenían a su disposición. No sabían qué les iba a deparar al día siguiente o si tendrían la oportunidad de estar solos en esa intimidad en un corto plazo de tiempo.

Astrid acarició su miembro con una lentitud tortuosa sobre su pantalón, causando que Hipo gruñera contra su boca. Ella se rió y eso pareció convencer a Hipo para intentar quitarle el vestido, pero Astrid no se dejó.

—Vamos arriba —murmuró la bruja contra su boca.

Subieron al dormitorio de Hipo, donde su novio encendió un par de velas con su magia e intentó una vez más arrancarle el vestido. Astrid posó una mano contra su pecho para detenerlo.

—Tú primero —le pidió ella con voz autoritaria.

Astrid se lamió los labios cuando Hipo obedeció con cierto entusiasmo. La bruja adoraba su cuerpo repleto de cicatrices y quemaduras que, pese a todo, seguía cubierto de pecas y aún mantenía algo del bronceado que había cogido en el Egeo. Astrid paseó las yemas de sus dedos por sus bíceps marcados, su pecho y su abdomen. Acarició las marcas que tan bien conocía y se quedó más tiempo de lo normal recorriendo las que ella misma le habían dejado en el brazo, aún rojizas pese a estar del todo curadas. Sintió la mano de Hipo bajo su barbilla y ella alzó la mirada para perderse en sus hermosas orbes verdes. Le besó lento, explorando cada rincón de su boca ardiente con su lengua hasta que rompió el beso, dejando un hilo de saliva caer sobre su barbilla.

—Quítate los pantalones y siéntate en la cama —le pidió ella.

—Veo cierta disparidad aquí, ¿eh? —dijo Hipo soltándose el cordón que sujetaba sus pantalones.

Ella dibujó una sonrisa traviesa, pero no replicó. Esperó a que se desnudara del todo y se sentó al pie de la cama, con su erección contra su estómago. Ella se lamió los labios, pero no se acercó a él, más bien se alejó hasta el escritorio sobre el que se sentó. Hipo frunció el ceño, aún sin comprender qué pretendía hacer, hasta que ella se quitó el vestido, quedándose totalmente desnuda al no contar con ropa interior. Pudo observar como los ojos de Hipo se le dilataban de la lujuria e hizo un amago de levantarse de la cama cuando ella le advirtió:

—Ni se te ocurra moverte de ahí.

—¡Tienes que estar de broma! —exclamó Hipo indignado.

Ella se rió mientras apretaba sus senos con picardía.

—Puedes consolarte mientras hago yo lo mismo —replicó la bruja con tono travieso.

Hipo jadeó cuando se sentó sobre su escritorio con las piernas abiertas, dándole una visión amplia de su intimidad. Contempló la tensión en el mentón de su novio y el cómo se estaba conteniendo para no abalanzarse sobre ella. Astrid decidió provocarlo aún más bajando su mano para tocar sus labios inferiores, los cuales estaban ya húmedos e hinchados. Gimió sonoramente ante la sensibilidad del tacto y se llevó su otra mano a su pecho para apretujarlo y pellizcar su pezón a la vez que le miraba fijamente con la boca entreabierta. Hipo subía y bajaba su mano a un ritmo lento, pero constante, sin apartar sus ojos de ella en ningún momento. Estaba concentrado completamente en ella, frustrado por no poder tocarla al estar expuesta a él después de tanto tiempo.

—Astrid, por favor —volvió a suplicarle él desesperado.

—¿Acaso no te gustan las vistas? —preguntó la bruja en un suspiro sin dejar de mover sus dedos.

—Ya sabes que no soy de los que se conforman con ver —respondió Hipo tras dar un fuerte gemido al concentrar el movimiento de su mano en su glande—. Por favor.

La bruja sonrió con malicia y metió dos dedos dentro de ella, soltando un largo y vulgar gemido.

—Tendrás que esforzarte un poquito más para convencerme.

Le escuchó quejarse por lo bajo, pero Astrid estaba demasiado concentrada en su propio placer como para pensar en consolar a nadie más que no fuera a sí misma. Ella sabía bien dónde tocarse y dónde encontrar el placer para llegar más rápido al orgasmo. Como cualquier mujer, no importaba si fuera humana o bruja, Astrid estaba hecha a explorar su propio cuerpo, por tanto encontraba excitante y especial que Hipo pudiera contemplar como ella se daba placer cuando él no lo hacía.

Entreabrió los ojos para mirar como Hipo hacía lo mismo cuando, de repente, sintió algo ardiente succionar su clítoris. Astrid se sacudió, pero las manos callosas y grandes de Hipo se posaron contra su vientre, impidiendo que se moviera.

—¡H-Hipo! —exclamó ella sin poder contener un chillido de placer cuando una fuerte ola de placer sacudió su cuerpo—. ¡Te dije que te estuvieras quieto!

Hipo alzó la mirada, causando una sensación de vertigo a la bruja al verle con la boca húmeda de su excitación y con los ojos negros de lujuria.

—Si quieres paro —le dijo él con falsa inocencia antes de darle un lametón que recorrió toda su intimidad.

Su cuerpo tembló de placer. ¡Maldito fuera! Nadie había sido capaz de someterla nunca, ¡nadie! E Hipo Haddock solo necesitaba acorralarla y mirarla de esa forma tan poco decorosa para hacer que ella se rindiera a sus pies. Lo odiaba. Detestaba que él pudiera conquistarla tan rápido. Y, al mismo tiempo, le amaba tanto que le dolía.

—Sigue —ordenó ella con el orgullo herido y acomodándose sobre sus codos para al menos disfrutar del espectáculo.

Hipo se rió por su tono antes de volver a su tarea. Se notaba que hacía tiempo que necesitaban aquello, porque Hipo no se anduvo con tonterías. No solo la devoró con la boca, sino que además no titubeó de apartar su mano para insertar él mismo sus dedos, metiéndolos y sacándolos con suma facilidad y curvándolos en el lugar idóneo para alcanzar su punto más sensible. Resultaba muy difícil moverse cuando Hipo tenía su cadera aprisionada con su brazo, por lo que cuando vio que estaba demasiado cerca intentó tirarle del pelo para apartarlo. Hipo, sin embargo, cabezón como era y competitivo como se había vuelto por su culpa, no desistió hasta que se corrió con tal fuerza que no pudo contener un grito de puro éxtasis. El vikingo sacó los dedos de ella y se los ofreció para que pudiera saborearse a sí misma, a lo cual ella accedió encantada. Resultaba muy erótico lamer sus dedos mientras él la contemplaba en silencio, conteniéndose para no tomarla allí mismo.

Astrid no se cortó en coger de su miembro mientras seguía sosteniendo su mirada. Hipo soltó un gemido cuando ella aceleró el ritmo y cogió de su cuello para gemir contra su boca. La bruja sabía muy bien cómo tocarle, acariciando sus testículos para después subir la mano por su miembro hasta acariciar su glande con su pulgar. Hipo bajo sus labios hasta su cuello y succionó con tal fuerza que la bruja estaba segura que le dejaría marca, aunque en ese momento estaba tan sumida en el placer de escucharle gemir que no le dio importancia. Le quedaba muy poco para correrse cuando Hipo cogió de su muñeca para detenerla y la empujó de nuevo contra la mesa, colocándose entre sus piernas y apoyando su miembro contra su intimidad. Astrid suspiró ante la sensibilidad en sus labios por la fricción y sintió su piel erizarse ante la intensidad en la mirada de Hipo. La bruja acunó su rostro, pasando sus pulgares por sus mejillas llenas de pecas que formaban hermosas constelaciones.

—Te he echado de menos —dijo Hipo con suavidad mientras contorneaba con cuidado sus caderas, causando que Astrid se tensara ante el roce de su miembro contra su clítoris.

—Lo siento, no volveré a apartarte de mi lado —le prometió ella siguiéndole el ritmo y posó su mano sobre su brazo derecho marcado por las cicatrices de su magia—. Soy demasiado egoísta para dejar que te marches.

—Nunca me iré —le aseguró él moviéndose con más rapidez—. Quiero estar a tu lado siempre… siempre. Te quiero, Astrid, te quiero tanto que...

Incapaz de soportarlo por más tiempo, Astrid cogió de su miembro para guiarlo hasta su cavidad e Hipo la penetró de una sola estocada. La bruja no pudo evitar correrse tan pronto le sintió dentro y los movimientos de Hipo eran tan rápidos y desesperados que podía sentir que inevitable sintió otro orgasmo acumulándose de nuevo en su bajo vientre, más cuando subió sus piernas hasta sus hombros y acarició sus senos con una mano mientras que la otra sujetaba la mesa con fuerza para soportar el ritmo. Ambos gemían sin poder contenerse, inconscientes de lo obscenos que podían sonar junto con el excitante sonido de sus cuerpos sudorosos y desnudos impactando entre ellos. El escritorio de Hipo golpeaba contra la pared con tanta fuerza que parecía que iba a quebrarse en cualquier momento y el ambiente olía a sexo, sudor, tierra mojada y a madera quemada, una mezcla intensa de sus magias que combinadas podrían resultar tan bellas como letales. Hipo clavó sus uñas en sus muslos cuando Astrid tiró del vínculo y ella estaba segura que podía tocar el cielo con sus manos tan pronto su novio replicó su acto.

Astrid se dejó caer sobre la mesa para recuperar el aire, aunque Hipo terminó cogiéndola en brazos para llevarla hasta la cama. No intercambiaron ni una palabra, no necesitaban hacerlo. El amor que el uno sentía por el otro era tal que no había palabras en ninguna lengua que pudiera describirlo en ese instante. Astrid paseó sus dedos sobre las cicatrices de su brazo derecho, dejándose arrastrar poco a poco por el sueño y el cansancio, y dejándose envolver por el calor y el aroma a sexo y a humo que salía del cuerpo de Hipo.

Su sueño, sin embargo, se deformó y tenía la sensación de que estaba sufriendo una pesadilla cuando se despertó abruptamente en un sitio que estaba lejos del confort de la cama y los brazos de Hipo. Se encontraba tumbada bajo un roble grande y frondoso, aunque era difícil ver la copa del mismo debido a la densa niebla en la que estaba sumergida. Astrid se incorporó y sintió que la hierba estaba fría y húmeda bajo sus pies, aunque por alguna razón estaba también vestida con sus ropajes oscuros del aquelarre de Le Fey.

Miró hacia los lados, preguntándose si estaría sufriendo alguna visión, y caminó con lentitud entre la densa niebla hasta que alcanzó una pequeña charca que no se encontraba demasiado lejos del roble. Astrid se asomó para contemplar su reflejo cuando, de repente, observó que no era ella la que se reflejaba en el agua, sino más bien una versión joven de Asta Hofferson, quien la contemplaba con suma curiosidad. La bruja se apartó espantada de la charca y dio un pequeño traspiés hacia atrás que hizo que se cayera de culo.

—Para haber sido general eres bastante torpe, ¿no?

Astrid se volteó alarmada para encontrarse con una de las mujeres más bellas que había visto nunca. Era alta, bastante más que ella, y llevaba un vestido blanco de seda con bordados en hilos de oro que contrastaba con una gran capa hecha de plumas negras de cuervo. Su cabello era de un rubio rojizo, el cual caía recogido en una larga trenza y lo tenía decorado con flores bañadas en oro, plata y diamantes. Sus ojos eran azules y fríos como las grandes placas de hielo de las aguas del Norte y su piel era tersa, fina y sin impurezas. El único encuentro que Astrid había tenido con los dioses había sido durante el ritual a Hela y solo había visto a la diosa en su forma monstruosa. Sin embargo, aquella era la primera que se veía cara a cara con una diosa encarnada en un cuerpo humanoide, pero no cabía duda que Freyja, la diosa de la magia y de las brujas —entre otros muchos títulos—, era fácilmente reconocible.

—¿Vas a estar ahí tirada todo el día? —preguntó la diosa con una ceja alzada.

Astrid se sintió un tanto estúpida y se levantó a toda prisa, sacudiendo la falda de su vestido, como si eso fuera a ayudar a verse más presentable ante la diosa.

—Veo que no has tardado en asomarte en el Lago de las Lágrimas —observó la diosa acercándose hacia el charco.

—¿En el lago de qué? —repitió Astrid sin comprender.

—Este lago muestra las caras de las brujas que han pasado y pasarán por aquí —respondió la diosa mirando su reflejo—. ¿Has visto a tu abuela?

—S-sí —balbuceó ella estúpidamente.

Freyja asintió.

—Ella te vio a ti en su día, aunque en ese momento no supo quien eras.

Astrid volvió a asomarse a la charca para ver el reflejo de Asta, pero esta vez el agua hizo ondas, como si una piedra hubiera caído en ella, y no pudo definir la imagen de la persona que ahora se veía reflejada en ella.

—¡Vaya! —exclamó la diosa.

—¿Qué?

—Cuando no hay un reflejo claro significa que hay algo que todavía está por escribir —apuntó la diosa.

Confundida, Astrid volvió a mirar al agua y concluyó que fuera quien fuera el reflejo que estaba viendo, no pertenecía ni al de ella ni al de Asta, puesto que la chica que se veía ahí reflejada parecía ser más alta que su abuela, pero más bajita que ella, aunque era difícil apreciar los rasgos y los detalles con la cantidad de ondas que deformaban la imagen. Se apartó, consciente de que ahora tenía preocupaciones más importantes, como que estaba ante la diosa de la magia y la guerra. Astrid no estaba acostumbrada a sentirse pequeña e intimidada por nadie, por lo que se esforzó en que su expresión no la delatara.

—No pongas esa cara de estirada —le reprendió Freyja con severidad.

—Esta es mi cara de siempre —se defendió Astrid azorada.

—Pues para algo tan bueno que tienes como la belleza, la desperdicias con esa cara tan mustia que pones —se burló la diosa casi con crueldad.

Astrid no pudo contener una mueca ante el comentario malicioso de la diosa, pero no replicó. No era la primera vez que la insultaban por su actitud y estaba claro que no podía darse las licencias de usar su lengua sibilina o la violencia con una diosa que fácilmente podía destruirla con un aspaviento de su mano.

—¿Qué quieres de mí? ¿Esto es un sueño o…?

—Es parte de tu ritual de purificación, evidentemente —dijo la diosa con impaciencia.

—¿Y por qué te apareces ahora y no antes? —cuestionó la bruja sin comprender.

La diosa puso los ojos en blanco, como si le resultara especialmente molesta su ignorancia.

—Los dioses solo nos aparecemos cuando estáis preparadas y relajadas para encontraros con nosotros. Tú, sin embargo, necesitabas que te follaran bien para que tu mente estuviera despejada para transportarse a esta dimensión.

Astrid sintió que el rubor cubría sus mejillas, causando una risotada de la diosa.

—¡Cielos, Astrid! Resulta increíble que tú entre todos los mortales seas pudorosa.

—¡No lo soy! —se defendió la bruja.

Freyja estrechó los ojos.

—Hablemos entonces de lo que eres, porque hay mucho que decir sobre eso.

Freyja hizo un giro de muñeca y de la tierra surgieron un montón de ramas y hojas que formaron un asiento amplio para la diosa. Ésta alzó una ceja al ver que la bruja no tenía la menor intención de sentarse en el suelo, por lo que terminó creando otro asiento mucho menos majestuoso y más incómodo para ella. Se quedaron mirándose en un tenso silencio durante demasiado tiempo hasta que Freyja, por fin, se dignó a hablar.

—No eres de rezar, ¿verdad?

Astrid sacudió los hombros.

—No mucho, la verdad.

—¡Parece mentira que seas nieta de tu abuela!

La bruja dio un respingo.

—¿Sabes si está viva?

—No estoy aquí para responder a preguntas irrelevantes, Astrid, sino para hablar de ti —remarcó la diosa furiosa—. ¿Por dónde empiezo? Porque esto ya no va de que tienes descuidadas tus oraciones, sino que además acumulas una serie de delitos considerables: asesinatos, torturas, conspiración… Y mejor no entro en lo de proteger al elegido de Surt.

—Protegeré a Hipo hasta que me muera, así que es inútil que me obligues a desistir —advirtió la bruja.

—¿Crees que estoy aquí para que te redimas? Tu sentencia está escrita desde hace tiempo, querida —le aseguró la diosa—. Los dioses no estamos contentos contigo, Astrid, en todo caso quizás pueda hablar Thor a tu favor, porque ese con tal de llevar la contraria y sacarme de mis casillas haría lo que fuera. Es evidente que si te escogió fue porque cumplías con su perfil.

—¿Perfil? —repitió Astrid sin comprender.

—Precipitada, alocada e ingrata —respondió Freyja con amargura—. No son defectos que me gusten para mis brujas.

—No creo que haya llegado a general precisamente precipitada y alocada —se defendió Astrid indignada.

—Astrid, Astrid… No niego que tienes un don para la guerra, ¿pero en todo lo demás? Eres tolerable porque eres guapa.

La bruja apretó los puños para contener su furia, aunque su magia parecía no atreverse a salir, intimidada por la presencia de la diosa.

—Ahí estás —dijo Freyja con malicia—. No eres más que una niña rabiosa y chillona que quiere hacerse notar, nada más.

La bruja se apoyó contra el respaldo de la silla de ramas y negó con la cabeza.

—Es increíble, toda mi vida preguntándome por qué tú ibas a otorgarle magia a Le Fey y ahora me doy cuenta que es porque estáis hechas de la misma pasta.

El aire se cargó intensamente de repente. Astrid reparó entonces que las ramas de su asiento habían empezado a removerse y se levantó de un salto al caer que se estaban pudriendo y expulsando un apestoso líquido que tenía pinta de tóxico. ¡Genial! ¡Había cabreado a la diosa de turno! ¡Era justo lo que le faltaba ahora! Se tapó la nariz con la mano para aplacar el desagradable olor a la vez que la diosa se incorporaba de su asiento, con los ojos ahora rojos de la ira. Astrid dio inevitablemente un paso hacia atrás, intentando convocar su magia para protegerse, pero ésta no acudió a su llamada.

—Niña estúpida, ¿de verdad crees que tu magia atacaría a su benefactora?

La voz de Freyja sonaba mucho más grave y profunda ahora, hasta el punto que Astrid sintió su voz reventar sus tímpanos. Tuvo que taparse inútilmente los oídos al sentir que la cabeza le iba a estallar. Sin embargo, el dolor desapareció como había aparecido y Astrid terminó cayendo sobre sus rodillas, sintiéndose mareada y dominada por las náuseas.

—Respira por la nariz y saca el aire lentamente, se te pasara el efecto enseguida —le indicó la diosa que ahora estaba de pie a su lado.

La bruja siguió las indicaciones de la diosa hasta que se encontró mucho mejor. Freyja terminó sentándose en el suelo con ella, con una mueca de disgusto marcado en su bello rostro.

—No voy a disculparme —le advirtió la diosa—. No me gusta que me comparen con nadie, menos con alguien como Moryen Le Fey.

—Tienes un ego un poco delicado, ¿no?

Freyja le lanzó una mirada de circunstancias.

—Y tú eres una imprudente por enfadar a una diosa —le aseguró la diosa.

—Ya, bueno, a estas alturas deberías saber que enfadar a los demás es una de mis especialidades —argumentó Astrid con desgana—. De igual manera, no sé qué quieres de mí. Yo no te gusto, está claro, pero no te creas que tú a mi también me encantas.

Freyja chasqueó la lengua molesta y Astrid puso los ojos en blanco.

—Llevas muy mal el que no te veneren, ¿eh?

—Los dioses no conocemos la humildad —se defendió Freyja irritada—. Lo normal en estas situaciones es que la bruja que se presenta ante mí besa el suelo que piso y me adora, pero tú… me miras con desprecio y te das unos aires que no me gustan nada.

—Perdona por no ser una lameculos.

Freyja soltó una carcajada.

—Al menos eres sincera.

—¿Qué quieres realmente de mí? —preguntó Astrid con impaciencia—. Si sabías que no venía a echarte flores, debes haberme traído aquí por alguna razón.

La diosa la contempló con un brillo extraño en sus ojos y se apartó un mechón rojizo de la cara.

—Ambas estamos de acuerdo en una cosa: Moryen Le Fey debe dejar de existir.

Astrid alzó las cejas, sorprendida porque fuera tan clara en sus motivos.

—¿Así que los dioses pensáis que ella también debe morir?

—Lo que los dioses anhelan no es de tu incumbencia, Astrid —dijo Freyja muy seria—. Ambas conocemos las intenciones de Le Fey y es innegable que resulta un fastidio que se piense que ella también puede ser un dios.

—Si tanto os molesta, ¿por qué no habéis intervenido todavía? —cuestionó la bruja molesta.

—Los dioses no nos metemos en asuntos del Midgard —respondió Freyja tajante.

—No, lo que los dioses no queréis es mancharos las manos, que es muy distinto —replicó Astrid furiosa—. ¿Sabes cuánta gente ha muerto por esto? ¿Lo peligrosa que es ella? ¿Cómo se te ocurre haber bendecido a esa mujer con un poder tan descomunal como ese?

—Yo jamás la bendije con esa magia, nació marcada, pero su poder era ínfimo y mediocre —se defendió Freyja indignada.

—¿Qué? ¿De qué coño estás hablando? ¡No hay bruja que tenga un poder comparable al de ella!

—¡Ya lo sé! —exclamó la diosa con rabia—. ¿Crees que no lo sé? ¡Por favor! ¡Si cuando la bendije estaba claro que no iba a llegar a adulta! La magia no hace milagros y su destino era morir sí o sí.

—Pero Hipo…

—Tu novio recibió la bendición de Surt, por lo que no tiene nada que ver con esto —ladró Freyja.

Astrid hizo una mueca.

—Le Fey puede traspasar su alma de un cuerpo a otro y probablemente absorba la magia de sus víctimas. Si tú no le diste ese poder, ¿quién coño se lo dio? —reclamó saber Astrid.

—No lo sé —admitió Freyja furiosa—, pero es evidente que ha hecho un pacto con un dios.

La bruja contempló a la diosa sin dar crédito a lo que estaba escuchando.

—¿Y no has hecho nada para remediarlo? —cuestionó Astrid indignada.

—Ya te he dicho que los dioses no nos metemos en asuntos del Midgard —espetó Freyja entre dientes.

—Y, sin embargo, aquí estás, pidiéndome que arregle esto por ti.

Freyja le lanzó una mirada asesina, pero no replicó.

—La situación es crítica, Astrid, Le Fey tiene ahora un paladín que difícilmente se puede vencer —argumentó la diosa—. El joven de nombre Thuggory jamás debió llegar al punto que llegó, pensamos que terminaría entrando en razón, pero nos equivocamos.

—¡Nada de esto habría pasado si hubierais hecho algo, lo que fuera, para detenerla! —chilló Astrid furiosa—. ¡Si hubierais actuado antes, muchas de nosotras no habríamos pasado por el calvario que hemos pasado por culpa suya y mis padres estarían ahora vivos!

Freyja evadió su mirada, dando a entender que se sentía avergonzada por cómo se habían dado las circunstancias.

—No se puede cambiar el pasado —le garantizó la bruja—. Pero el futuro, tu futuro… aún podemos cambiarlo.

—¿Mi futuro?

—Odín me dio el don de la premonición y, da igual lo mucho que mire tu futuro, aún sigue siendo borroso y poco claro, al igual que el de Hipo —argumentó Freyja—. Eso significa que todavía hay esperanza.

—¿Esperanza para qué?

—Para que Le Fey no robe tu cuerpo —respondió Freyja con impaciencia—. Escúchame bien, Astrid: si esa mujer consigue tu cuerpo y devora tu alma, será el fin.

—¿Por qué?

Freyja la contempló incrédula.

—De verdad, ¿tan inconsciente eres de tus propias capacidades? —cuestionó la reina—. Puede que Thor sea un imbécil, pero es el heredero de Odín y el futuro rey de Asgard. Cualquiera no puede soportar su poder. Él escoge a sus elegidas a conciencia y si te eligió fue porque naciste con potencial para ser reina.

Astrid recordó cómo Asta remarcó su potencial mágico ya desde que su madre estaba embarazada de ella, que podía sentir la esencia de su poder aún estando a medio formar en el útero de Eyra. Además, era cierto que, a diferencia de otras brujas como Heather, Astrid había perdido una parte de sus poderes cuando la habían expulsado del aquelarre, pero a día de hoy, más de año y medio después de aquello, había recuperado la mayor parte de su magia. Por tanto, Astrid no había empezado a tener noción de que era más poderosa que la media hasta que había empezado a tratar con los otros aquelarres. Sin embargo, toda esa idea de que ella pudiera ser una reina le parecía una terrible locura. Dudaba muchísimo que ella tuviera la validez y el poder para tener tal título.

—Madre mía, parece mentira, pero eres toda una bolita de inseguridades, ¿eh?

Astrid sintió que la sangre subía con rapidez a su rostro.

—¡No me leas la mente!

—Cariño, solo necesito ver tu cara para adivinar cómo te sientes —repuso Freyja—. La cuestión es que tu cuerpo sí que sería capaz de albergar todo el poder de Le Fey y si lo consiguiera tendría poder de sobra para dominar el Midgard.

—¿Y crees que podría también enfrentarse a un dios?

Freyja no respondió, pero su cara lo dijo todo. Astrid soltó un largo suspiro.

—¿Y qué solución me das? ¿Qué puedo hacer yo para evitarlo?

La diosa sostuvo su mirada durante unos largos segundos antes de lamerse los labios.

—¿Estarías dispuesta a hacer lo que fuera con tal de vencer a Le Fey?

—Llevo toda mi vida soñando con ello, ahora más que nunca, así que sí —le aseguró la bruja.

Freyja dibujó una sonrisa enigmática en sus labios.

—Pues escúchame bien, porque mi idea no te va a gustar en absoluto.

Xx.

Eret, hijo de Eret, olía a sal marina y sudor.

A Brusca le resultaba extraño que un olor tan humano no se le hiciera desagradable, pero no dudaba que cuando una tenía la suerte de dormir con un tipo como Eret, había pocas pegas que poner al respecto. Aunque era rara la vez que ella se quedaba a dormir con él, aquel día Brusca había accedido a quedarse en el camastro que él mismo había construido en el campamento que los cazadores exiliados de Drago habían levantado no muy lejos de la aldea. Al no verse bien acogidos por las tribus del Archipiélago, los ex cazadores habían decidido mantenerse apartados por pura protección. Hipo, a la vista de que no iba a cambiar los pareceres de la aldea, les buscó un espacio amplio en el que pudieran quedarse sin que nadie les molestara y les dio acceso a los suministros a cambio de que les ayudaran a reconstruir Mema. Por supuesto, también podían acudir al hospital si lo necesitaban.

Fue así cuando Eret reparó en ella.

Al principio, por pura confianza o porque tal vez porque era de las pocas personas que le dirigían la palabra, Eret pidió que le atendiera Astrid cuando apareció con una astilla clavada en la mano, pero la bruja tenía bastante mierda sobre sus hombros, por lo que le pidió el favor a Brusca para que se encargara del cazador. La vikinga no estaba contenta de tener que atender a aquel tipo, sobre todo después del calvario que tuvo que pasar a raíz de las inspecciones, pero Eret fue sumamente cortés y no soltó ni una sola queja de su poca delicadeza durante el tiempo que le estuvo curando la mano. No hablaron mucho, Brusca estaba demasiado enfadada y Eret no dejaba de mirar a Astrid de reojo, cosa que la desquició más todavía.

—Sabes que ella jamás se fijará en ti, ¿verdad? —dijo Brusca maliciosamente.

Eret giró la cabeza y la miró como si lo estuviera haciendo por primera vez.

—Lo sé, no es que me interese conquistar a quien está conquistado —contestó con sinceridad—, pero eso no quita que disfrute de las vistas.

—Pues bastante bien se está portando Hipo con vosotros como para que encima que te estés comiendo a su novia con la mirada.

Eret sonrió.

—Bueno, también me gusta comerme a Haddock con la mirada, pero no se lo digas a Astrid, porque no dudo por un instante que me haría picadillo solo por tener pensamientos pecaminosos de su novio.

Brusca le contempló pasmada por su sinceridad y él se rió por su expresión.

—Cuando uno vive tanto tiempo solo en un barco compuesto mayormente por hombres, no duda en probar cosas distintas para saciar sus necesidades carnales.

La vikinga asintió con la cabeza en señal de aprobación.

—Al menos no vais por ahí violando a nadie.

—Eso es más de la mierda de cazadores que trabajan voluntariamente para Drago —aclaró Eret indignado—. No encuentro nada placentero en acostarme con alguien en contra de su voluntad.

Brusca terminó de vendar de su mano y Eret le dio las gracias con una sonrisa traviesa que la hizo ruborizar como una imbécil, aunque pareció no darse cuenta puesto que parecía más preocupado en hacerse notar al despedirse de Astrid, quien no le hizo el menor caso al estar concentrada en recolocar el hueso de la pierna de una mujer. Aquello hubiera quedado como en algo anecdótico si no fuera porque Eret volvió a aparecer dos días después con el brazo ensangrentado a causa de una sierra que había escapado de su mano. Ésta vez, Eret fue directamente a buscarla a ella, quizás movido por el pánico de ver tanta sangre deslizarse por su brazos y temeroso de haberse hecho una avería serie. Por suerte, la herida no era tan profunda como en un primer momento había parecido y Brusca se aseguró de coserla bien tras limpiarla y curarla como era debido.

—Déjame que te invite a cenar con nosotros esta noche —dijo Eret cuando la vikinga terminó de vendarle la herida.

Brusca le lanzó una mirada extraña. No le entusiasmaba especialmente la idea de cenar con un montón de ex cazadores de brujas y dragones, por lo que estaba decidida a rechazar su propuesta.

—No creo que sea una bue…

—Piénsatelo al menos —le cortó el ex cazador—. Stiff, el cocinero de mi tripulación, hace un cordero asado que te pasas. Estamos rodeados de críos, pero si no te molestan, eres más que bienvenida.

Brusca no iba a ir, pero tan pronto salió del hospital tras finalizar su turno a última hora de la tarde se dejó llevar por el impulso de ir al campamento. Simple curiosidad, se excusó a sí misma, para asegurarse de que no estaban conspirando contra la Resistencia. No obstante, se encontró un escenario muy diferente a lo esperado. Los ex cazadores habían organizado un campamento que, si no fuera por su reducido tamaño, casi hubiera pasado por una aldea vecina de Mema. No debía llegar al medio centenar de personas, pero allí había tiendas y chabolas hechas con lonas, ramas y hojas, además de un montón de niños correteando de un sitio a otro, muchos de ellos mojados, seguramente porque habían pasado la tarde en la playa que no quedaba muy lejos de allí.

Al principio, cuando llegó al campamento, no supo muy bien adónde ir, pero enseguida le dieron directrices para encontrar a Eret en las hogueras donde el tal Stiff estaba preparando los famosos corderos. Eret la saludó con mucho encanto y la presentó a los demás como una chica de la aldea que trabajaba en el hospital de campaña. No mencionó en ninguna circunstancia que ella era una de los Jinetes de Mema, aunque supuso que a esas alturas, siendo la gente de Drago, sabrían perfectamente quién era ella. Los ex cazadores comían alrededor de varias hogueras en el suelo y charlaban sobre lo que harían después de que acabaran la guerra. Por sus acentos y sus tristes pasados, descubrió que muchos de ellos ni siquiera eran del Archipiélago y habían acabado forzados a trabajar para Drago después de que éste hubiera arrasado sus aldeas. Supo que Drago los marcaba como esclavos y que los usaba como carnaza de guerra, por tanto había sido un auténtico alivio poder huir por fin de la miseria de existencia que habían estado viviendo durante demasiados años. Reparó con suma tristeza que muchos de los niños que se encontraban allí eran huérfanos que Drago había descartado de su proyecto de niños soldados porque eran demasiado débiles, demasiado llorones o demasiado torpes como para servir para la batalla, por lo que los había tenido en reserva para otras necesidades más primarias. Brusca no había querido preguntar detalles sobre lo que significaba eso, pero podía imaginárselo.

Brusca encontró sumamente interesantes las historias de todos aquellos desgraciados. Es más, todo el desdén que había sentido hasta entonces se disipó entrada ya la noche. Cuando acabó de cenar quiso marcharse, pero le instaron a quedarse un rato más a beber con ellos. Brusca no solía darle últimamente mucho al alcohol, pero la noche era agradable y no le apetecía volver a su casa, puesto que se sentía inmensa ante la ausencia de sus padres. Tal vez su hermano estaría preocupado por ella, pero lo más seguro era que pensara que seguía trabajando todavía en el hospital y no codeándose con el antiguo enemigo.

Así que se quedó.

Eret no se separó de ella en ningún momento y no paraba de relatar anécdotas estúpidas de sus aventuras en barco, omitiendo las partes en las que mataban a dragones o a brujas. Los niños se fueron relativamente pronto a dormir y los ex cazadores fueron retirándose a medida que llegaban las primeras horas de la madrugada. Brusca estaba un poco contenta por el alcohol, hasta el punto que su lengua se soltó tanto como solía hacerlo antes, allá cuando su mayor preocupación era evadir a su madre cada vez que sacaba el tema de buscar pretendientes y asegurarse de que nadie supiera que estaba acostándose con Mocoso. Se puso a flirtear con Eret sin ninguna vergüenza, aunque no esperaba que el ex cazador fuera a devolver sus tonteos con el mismo descaro. Apenas había gente allí cuando le comió la boca, pero Brusca no podía soportar la tensión por más tiempo y estaba claro que Eret no iba a dar ningún paso sin que ella fuera a darlo antes. Eret le devolvió el beso de forma agresiva y sugerente, hasta el punto que estaba agradecida de estar sentados en el suelo y no de pie, porque lo más seguro es que sus piernas hubieran cedido a la excitación que se acumulaba en su bajo vientro. Sin embargo, cuando rompieron el beso para coger aire, las inseguridades le abordaron. ¿Por qué un tiarrón como Eret iba a fijarse en ella? Él era ese prototipo de hombre musculoso y dotado al que ella rara vez atraía.

—¿Qué pasa? —preguntó Eret cuando ella se apartó cuando fue a besarla de nuevo.

—Estamos borrachos.

—¡Ah! Sí, quizás un poco —concordó Eret azorado—. ¿Entiendo que no quieres…?

Brusca abrió mucho los ojos.

—¿Tú quieres?

Eret miró hacia abajo y Brusca siguió su mirada. Jadeó al ver su erección.

—Creo que resulta obvio —confesó él con una sonrisa traviesa.

Brusca le contempló desconcertada.

—¿Por qué?

Eret frunció el ceño.

—¿Por qué qué?

—No soy guapa y son tan flaca como un palo de escoba, ¿por qué quieres follar conmigo?

—¿Quién coño dice que no me parezcas guapa? Eres descarada, graciosa y no tienes pelos en la lengua, por no mencionar que tienes unas caderas que me vuelven loco.

Brusca sintió el rubor acumularse violentamente en su cara. Astrid, Heather y Camicazi se habían volcado en que Brusca recuperaba su antiguo peso como fuera. La obligaban a comer de todo y la arrastraban a hacer ejercicio para que ganara la musculatura perdida por la desnutrición. A esas alturas, estaba casi en su peso de siempre, aunque aún se le notaban mucho las costillas y no había recuperado carne suficiente como para presumir de curvas.

—Solo creo que habiendo puesto tus ojos en Astrid…

—¿En serio te estás comparando con Astrid? A ver, Brusca, mujeres como Astrid solo hay una entre un millón. Es un bellezón que desafortunadamente está cogida por otro que también es jodidamente atractivo, por eso yo abro mis frentes a todo el mundo sin discriminar a nadie por su aspecto.

Aquel no era precisamente un gran consuelo, pero agradeció que fuera sincero. Volvió a besarle, aunque esta vez Eret lo cortó antes para llevarla a su chabola, donde ambos se desnudaron con rapidez. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que Brusca se había acostado con nadie, por lo que se sintió torpe y poco experimentada, más teniendo en cuenta que toda su vida sexual la había pasado con Mocoso, un amante que no destacaba precisamente por su destreza al haber perdido la virginidad con ella.

Eret, sin embargo, contaba con experiencia de sobra.

La guiaba sin juzgarla, la besaba con adoración y follaba con ganas y buscando sus puntos más sensibles. Jamás se había corrido durante el sexo, Eret se aseguró de que tuviera al menos tres orgasmos antes de correrse sobre su estómago. No pegaban ni con saliva de dragón, pero le resultó fascinante ver cómo un hombre como Eret se corría debido a ella.

Lo mejor de todo fue que todo aquello no quedó como una simple anécdota de borrachos.

Eret fue a buscarla al día siguiente, preguntándole si seguía interesada en verse y acostarse. Brusca no titubeó en aceptar, buscando poco después en el bosque hojas de té de luna mientras sufría todavía las dolorosas agujetas y de los moretones con la forma de las manos de Eret en sus caderas. Tenía claro que lo que sentía por Eret no era amor, sino un profundo afecto por alguien que por fin la había visto entre la multitud. Se hicieron amigos, follaban casi todos los días con suma discreción y eludían juntos la miseria y los problemas de sus vidas.

No se lo contó a nadie, ni siquiera a Astrid.

La bruja había estado tan sumergida en los problemas del hospital que apenas se veía siquiera con Hipo, por lo que decidió esperarse para más adelante, cuando la cosa con los heridos de la batalla de Isla Mema se calmara. Sin embargo, nadie esperaba que la tormenta fuera a torcer las cosas tanto. Brusca sabía que era cosa de Astrid, lo supo desde el mismo instante que no la vio al día siguiente en el hospital. Fue a buscar a Hipo, pero tampoco lo encontró ni en la herrería ni en ninguna parte. Alguien le dijo que había sufrido un accidente con un dragón, aunque Brusca no se lo creyó.

Finalmente, cuando alcanzó la casa de los Haddock, Estoico no la dejó entrar. Sabía que iba a poner la excusa de que Hipo estaba herido o enfermo y toda esa mierda, pero cuando un rayo cayó sobre una de las casas, Estoico salió corriendo a apagar el incendio, dejándola con la palabra en la boca. Intentó entrar en el hogar de los Haddock para descubrir que la puerta estaba bloqueada, seguramente por la magia de Valka o de la propia Astrid. Furiosa, Brusca corrió a casa de Gothi, consciente de que aquel era el último lugar donde la bruja había estado la noche anterior. Sin embargo, cuando entró en la casa se encontró de bruces con Finn Hofferson, quién la echó sin muchas contemplaciones, rumiando que nadie debía molestar a Astrid.

Cosa mala si Hipo y Astrid estaban separados, pensó.

Tres días después de aquello, Brusca por fin vio a Hipo y entonces supo que todo había sido una patraña para ocultar la verdad, desde la estupidez de que Astrid había enfermado de agotamiento hasta que Hipo había sido herido por uno de los dragones de Drago y que había sido envenenado por sus garras. Solo Brusca parecía haberse querido dar cuenta que ni Hipo era tan estúpido como para dejarse herir por un dragón con zarpas venenosas y que Astrid, como bruja que era, difícilmente podía enfermar. Por esa razón, tan pronto tuvo la oportunidad, abordó a Hipo para tener sus respuestas y, por suerte, el vikingo estaba dispuesto a contestar a sus putas preguntas por fin.

El relato pasó de raro a surrealista. Por supuesto, Astrid se había tenido que venir abajo en el peor momento posible y, por alguna razón, eso la enfureció. ¡Claro que lamentaba todo lo que había visto! Pero ahora que se había confirmado que Le Fey había asesinado a sus padres, había esperado de que Astrid tomara de una vez las riendas de la situación y les liderara para clamar su venganza. El hecho de que ahora estuviera encerrada en casa de Gothi, metida en la cama y causando aquella tormenta de rayos… resultaba decepcionante viniendo de la bruja. Hipo, por supuesto, le reprendió su actitud y quedaba claro que si él había acabado con el brazo destrozado no era por otra cosa que por detener un mal mayor. Nadie quería ver a una Astrid fuera de control y era obvio que Hipo había sufrido las peores consecuencias precisamente para detenerla.

No cabía duda de que Astrid necesitaba ayuda.

Profesional, a ser posible.

La idea de buscar a las brujas de los tres aquelarres resultó ser tan precipitada como demasiado improvisada para ser de Hipo, más cuando él no podía abandonar la isla debido al vínculo con Astrid, pero Brusca se apuntó al plan sin pensárselo dos veces. Ya que no podía consolar personalmente a su mejor amiga, lo menos que podía hacer era buscar a quién sí podían hacerlo. Si las reinas de los tres aquelarres podían ayudar a Astrid de alguna manera, Brusca estaba dispuesta a traerlas a rastras y tirándolas de los pelos si hacía falta.

Entonces Hipo le contó lo de su magia.

Y ahí casi le explotó la cabeza.

¿Por qué todo el puto mundo tenía algo especial? Hipo no podía conformarse con ser un don perfecto que había domado a un Furia Nocturna. ¡No! ¡También tenía que ser el único tío sobre la faz del Midgar que podía ejercer magia! No obstante, tanto Hipo como Valka le hicieron jurar que no le diría nada a nadie y mucho menos a las brujas, pues si descubrían que él poseía magia podía darse por muerto por alguna razón en la que no habían querido extenderse.

Si no hubiera sido por Valka, tal vez Brusca no habría sido capaz de organizar un viaje de esas características en tan poco tiempo. Su contacto con las brujas había sido poco y ella no tenía ni pajorera idea de qué se iban a encontrar una vez que llegaran a la isla del Mairu. No le contó nada a Eret sobre dónde se iba, pero había que reconocer que su amante tampoco era ningún estúpido.

—Vais a buscar a alguien que pueda ayudar a Astrid, ¿no?

—¿Qué te hace pensar eso?

Eret torció el gesto.

—Drago nos entrenó para oler la magia en el aire y puedo asegurarte que esta tormenta es de todo menos natural. A Astrid no la conocen como la nacida de la tormenta por hacer precisamente chispitas con las manos —argumentó el ex cazador muy serio—. Solo… Ten cuidado, ¿vale?

Brusca frunció el ceño. Ambos se llevaban bien, pero se le hacía extraño que se mostrara tan preocupado.

—Estaré bien —dijo ella con sequedad.

—Eso no lo dudo.

Chusco se mostró más despreocupado por su marcha, podía decirse que hasta algo indiferente, pero tal vez fuera porque se marchaba acompañada de alguien tan aparentemente responsable como Valka. Brusca desconocía si su hermano sabía o no de su lío con Eret, pero sabía que Chusco era de la filosofía de «ojos que no ven, corazón que no siente», por lo que dudaba de que su gemelo fuera a indagar demasiado en lo que ella hacía con su vida privada. Sin embargo, la sorprendió con una pregunta.

—Estás bien, ¿verdad?

Brusca no entendía a qué se estaba refiriendo exactamente.

—Me… me refiero a que no… —Chusco se lamió los labios—. Si tuvieras algún problema, no tienes por qué decírmelo si no te apetece, ya sabes que esa mierda de escuchar no se me da bien, pero… lo intentaría por ti.

Brusca no estaba acostumbrada a ver su hermano ruborizado y evadiendo su mirada inquisitiva, pero era plenamente consciente de que si le estaba diciendo eso era porque realmente estaba preocupado. Quería abrazarlo, pero sabía que eso solo conseguiría incomodarlo, por lo que le golpeó en el brazo con todas sus fuerzas para después regalarle su mejor sonrisa maliciosa. Chusco parecía mucho más aliviado después de eso.

Partieron una mañana en la que apenas se apreciaban las luces del amanecer por la densa cantidad de nubarrones tormentosos que cubrían el firmamento. Mientras Estoico compartía unas íntimas palabras de despedida con su esposa, Hipo la ayudó a preparar la montura de Colmillos. Resultaba curioso que, aún estando impedido de un brazo, Hipo seguía siendo hábil para esas cosas.

—No te dejes intimidar por las reinas, ¿vale? Ying Yue y Drina son mucho más frías y ariscas que Iana, así que ándate con ojo con lo que dices.

—No voy a decirles nada de tu magia —insistió Brusca con impaciencia.

—No me refiero a eso —se apresuró Hipo en aclarar—. Drina odia a Astrid por sus acciones cuando estaba en el aquelarre de Le Fey y Ying Yue prefiere mantenerse fuera del conflicto. Tendrán que comprender que la situación es tan grave que ellas acabarán envueltas tarde o temprano y para cuando quieran intervenir por voluntad propia será demasiado tarde.

—¿Crees que las brujas podrán ayudar a Astrid? —preguntó Brusca inquieta.

Hipo se tomó su tiempo para responder.

—Más nos vale —acabó contestando.

El viaje fue más complicado de lo que en un principio esperaron. Aunque la tormenta de Astrid parecía espantar a las brujas de Le Fey y a los centinelas y dragones de las otras tribus, el mar Barbárico estaba lleno de barcos que se dirigían hacia la misma dirección a la que volaban ellas, aunque pronto descubrieron que Le Fey había montado su nuevo cuartel general en la Isla Berserker. Se vieron obligadas a moverse entre los nubarrones que no paraban de vomitar rayos por doquier y Brusca podía sentir sus cabellos tensarse por la cantidad de electricidad que había acumulada en el aire. No cabía duda que el poder de Astrid podía alcanzar unos límites impresionantes y muy peligrosos.

Casi lloraron de alivio cuando llegaron sanas y salvas al entorno de la isla del Mairu y Valka consiguió encontrar una grieta en la barrera mágica que rodeaba la isla para entrar. Sin embargo, tan pronto pisaron tierra, fueron abordadas por un grupo de brujas vestidas de rojo que iban armadas hasta los dientes. Por supuesto, ambas habían esperado el comité de bienvenida y, al no oponer resistencia y explicarles que venían de parte de Hipo Haddock, las llevaron ante las reinas de los aquelarres. Reconoció a Ying Yue tan pronto la vio. Siempre pensó que las descripciones que Hipo, Astrid e Iana le habían dado había sido la mar de exageradas, pero no cabía duda de que la propia Brusca las había subestimado. La reina del Mairu era una belleza muy impropia del Archipiélago: sus ojos eran rasgados y de un color turquesa muy poco común, su piel era tan blanca como la nieve; su cabello, decorado con una corona de azaleas blancas, era muy liso, largo y tan negro como la noche y su finos labios estaban pintados de un carmín tan rojo como su vestido. La reina del Sugaar, Drina, también era muy hermosa, pero sus rasgos eran muy diferentes al resto de las presentes. Tenía unas tupidas cejas oscuras que acentuaban sus facciones y su nariz era algo grande para su cara, aunque no la afeaba en absoluto, más bien lo contrario. Era voluptuosa y tenía parte de su vestido color celeste bajado porque estaba dando de mamar a un bebé, exponiendo unos senos grandes y llenos de leche. Iana, quien estaba sentada junto a Drina, era la única que no llevaba vestimenta de bruja y vestía un sencillo vestido azul. Tenía la mano vendada, aunque no parecía molestarle especialmente. Levantó la vista, frunciendo el ceño cuando primero vio a Valka, pero su cara enseguida cambió cuando reparó en ella.

—¿Brusca? ¿Qué demonios haces tú aquí? —cuestionó la reina del Nakk atónita.

Ying Yue se volteó hacia Iana.

—¿Las conoces?

—A la mujer más mayor no, pero esa chica es amiga de Astrid y de Hipo.

Drina hizo una mueca ante la mención de esos nombres y las fulminó a las dos con la mirada.

—Venimos de parte de Hipo Haddock para pediros ayuda —dijo Valka muy seria.

Ying Yue alzó una ceja.

—¿Eres su madre?

—Sí —contestó Valka sin extenderse.

—Tienes un hijo muy especial —observó Ying Yue—. Un tanto imprudente, eso sí, pero no cabe duda de que lo criaron bien.

Valka no respondió, aunque Brusca supo que aquellas palabras se habían sentido como un cuchillo para la bruja. Ying Yue y las otras reinas, en cambio, se mostraron indiferentes ante la expresión abatida de Valka.

—¿Por qué estáis vosotras aquí? —preguntó Iana—. Ya advertí a Astrid que recibiría noticias mías cuando fuera preciso, aún estamos recuperándonos del ataque que…

—Suicidio más bien —le interrumpió Drina con furia—. Le Fey no te mató de puto milagro, Iana.

La reina del Nakk puso los ojos en blanco, pero no replicó. Brusca decidió intervenir.

—Astrid no está bien, por eso estamos aquí.

Cuando les explicaron que la tormenta que también estaba azotando la isla del Mairu era cosa de Astrid, ninguna de ellas la creyó. Argumentaban que era imposible que una bruja pudiera convocar una tormenta que abordara tantísimos kilómetros sin ser reina y mucho menos sin un aquelarre que pudiera brindarle tal energía. Valka, en cambio, insistió en la urgencia de la situación.

—Su poder escapa totalmente a su control debido a su estado emocional, necesita hacer un ritual de purificación para limpiar su magia —argumentó la madre de Hipo muy seria.

Valka procedió entonces a contar toda la historia de lo sucedido en los últimos días, desde la visión de Astrid hasta el incidente en el que Hipo había acabado electrocutado y con el brazo destrozado en un intento de impedir que Astrid perdiera por completo el control. Las tres reinas escucharon el relato consternadas, aunque ninguna dijo una sola palabra hasta que Valka terminó de relatar toda la historia.

—¿Y por qué no ejerces tú el ritual? —cuestionó Ying Yue.

—Yo he crecido entre humanos, el único ritual que he hecho lo llevó a cabo una bruja llamada Asta Hofferson, pero desconozco el proceso como para replicarlo en Astrid —explicó Valka azorada.

Ying Yue frunció el ceño.

—¿Conoces a Asta?

—Conocía —matizó Valka nerviosa—. Tengo entendido que ha muerto.

Ying Yue hizo una mueca y miró a las otras dos reinas. Drina negó con la cabeza de forma tajante, pero Iana tenía los ojos puestos en Brusca.

—¿Tú qué piensas? —le preguntó la reina del Nakk.

—¿Qué pienso de qué? —cuestionó Brusca con recelo.

Iana alzó una ceja y la vikinga puso los ojos en blanco.

—No ganaremos esta guerra sin Astrid, por lo que en lugar de haceros las remilgadas y esconderos inútilmente en esta isla, quizás es hora de que brujas y humanos nos unamos de una puta vez para patearle el culo a Le Fey.

Ying Yue alzó las cejas sorprendida por su lengua, Drina hizo un gesto de indignación e Iana dibujó una sonrisa de pura complacencia, aunque ésta desapareció enseguida de sus labios.

—El ataque contra el aquelarre del Sabbat ha debilitado mis filas. Si estoy aquí hoy ha sido por un golpe de suerte —reclamó Iana muy seria—. Algunas de mis brujas se están todavía recuperando y eso por no mencionar que hay rehenes todavía por interrogar que…

—¿Por qué tantas excusas? —le cortó Brusca muy seria.

Iana frunció el ceño.

—No son excusas, nosotras…

—No sois las únicas que han sufrido bajas o que han sufrido estragos entre su gente, Astrid y yo apenas hemos dormido en las últimas semanas porque hemos tenido que atender a centenares de heridos —gritó Brusca indignada—. ¿Por cuánto tiempo queréis seguir así? Ella os encontrará más pronto que tarde, lo sabéis muy bien. Le Fey está reuniendo sus filas en la Isla Berserker para un contraataque contra nosotros, ¿quién dice que no esté planeando hacer lo mismo con vosotras?

Las tres brujas callaron, contemplando a ambas mujeres en un tenso, aunque reflexivo silencio. Se pusieron a hablar entre ellas por lo bajo en una lengua que Brusca no podía comprender y, cuando la conversación pareció intensificarse, dieron órdenes para retirarlas porque necesitaban tiempo para discutir el asunto.

Por suerte, no las mandaron a ningún tipo de prisión, sino más bien las dejaron en la aldea que había cerca de la carpa donde al parecer se reunían las reinas con sus generales. Las brujas del Mairu compartían sus casas con las del Nakk y las del Sugaar y habían creado una comunidad grande compuesta por una gran diversidad de mujeres. Brusca se quedó pegada a Valka, un tanto intimidada por el escenario tan utópico en el que se encontraba. Su poca percepción de los aquelarres ya había cambiado mucho tras tratar personalmente con las brujas del Nakk, pero una cosa era su breve convivencia en la isla del Vindr y otra muy diferente era ser testigo de una sociedad formada exclusivamente de mujeres que podían ejercer magia.

Valka estaba claramente nerviosa; pero, pese a ser una mujer de naturaleza amable y de buen trato, era tan o más introvertida que su hijo, por lo que no llegó a decirle qué era lo que le inquietaba tanto. Pensó de que tal vez pudiera temer que aquellas brujas descubrieran el secreto de Hipo, aunque Brusca temió que sacar el tema, aún estando a solas, no fuera lo más conveniente. Si algo había aprendido en los últimos meses es que una nunca sabía quién podía estar escuchando o espiándola y si confiaba en Valka era únicamente porque sin ella no habrían ganado la batalla de Isla Mema y sus intenciones para con la Resistencia parecían sinceras. Las brujas del Nakk enseguida las abordaron tan pronto la reconocieron, contentas de verla y nostálgicas por los días que habían podido disfrutar de su libertad en la isla del Vindr con los humanos. Al parecer, en aquella isla había demasiadas normas que acatar y les resultaba especialmente molesto no poder volar e irse cuando les apetecía. Por esa razón, las inundaron a preguntas, algunas relacionadas con la batalla vivida hacía unas semanas y otras sobre cómo iban las cosas en el exterior. Valka también despertó la curiosidad de las brujas, sobre todo porque no era usual conocer a una que no pertenecía a ningún aquelarre, pero enseguida perdieron el interés al ver que se mostraba reticente a responder a sus indiscretas preguntas. Muchas de las brujas que se encontraban en esa isla también preguntaron por Hipo y le resultó rarísimo verlas suspirar de tristeza al saber que no tenía intenciones de venir.

—¡Y yo que esperaba verle trabajar otra vez en la herrería! —se lamentó una de ellas.

Valka y Brusca tuvieron que esperar dos días hasta que las reinas parecieron llegar a un acuerdo. A pesar de las reticencias de Drina, las reinas habían aceptado ayudar a Astrid, aunque no dejaron claro si estarían dispuestas a colaborar con la Resistencia humana, dado que esa era una cuestión que había de negociar en mayor profundidad. Sin embargo, consideraron prioritario realizar un ritual de purificación para ayudar a Astrid, sobre todo porque las tres concordaban que si había de haber un conflicto contra Le Fey, la figura de la exgeneral del aquelarre del Sabbat resultaba imprescindible para ganarlo.

Tardaron más tiempo de lo que a Valka y Brusca les hubiera gustado para organizarse, pero era comprensible que la ausencia de las tres reinas dejaría la isla del Mairu y a sus habitantes demasiado vulnerables cara a un posible ataque, por lo que tardaron casi cuatro días en estar listas para partir. El retorno a Isla Mema resultó más sencillo que la partida, sobre todo porque a pesar de ser un grupo considerablemente grande, las tres reinas eran lo bastante poderosas para ejecutar un hechizo de invisibilidad que pudiera ocultarlas de los ojos enemigos y no estaban obligadas a viajar entre los nubarrones de la tormenta. El grupo se separó una vez que alcanzaron los lindes de la isla: las reinas se fueron a casa de Gothi a buscar a Astrid, el resto de brujas se fueron hacia el bosque mientras que Valka y Brusca volaron directamente a la aldea.

—Yo me encargo de informar a Hipo y a Estoico, tú descansa —dijo Valka con dulzura—. Debes estar agotada.

—Vale, gracias.

Valka sonrió antes de despedirse y caminar con los dragones rumbo al establo. Brusca miró hacia la colina donde se ubicaba la casa de Gothi, reparó que el cielo había empezado a despejarse y entre ellas se asomaban unos tímidos rayos de sol. Quizás Astrid había empezado ya a recuperarse sin la intromisión de las reinas, aunque supuso que no lo sabría hasta verla una vez que terminara el ritual. Pensó en ir a su casa, pero no le alentaba contar su aventura a su hermano y verse tan localizable de repente, sobre todo porque no deseaba ir ahora al hospital, por lo que caminó hasta el campamento de los ex cazadores, donde apenas habían empezado a amanecer. No vio a Eret, aunque tampoco le buscó, y cuando llegó a su chabola se encontró con su cama vacía. Brusca se desvistió, quedándose únicamente en ropa interior, y se metió entre las pieles, cayendo dormida en cuestión de segundos.

Se despertó en mitad de la noche. Eret roncaba suavemente a su lado, con el pecho descubierto y sus brazos extendidos hacia arriba. La luz plateada de la luna se colaba entre las rendijas de las ramas que hacían de techo de la chabola, por lo que Brusca pudo observar al ex cazador dormir plácidamente. Sus ojos fueron desde la serenidad de su rostro dormido hasta su ancho pecho, donde la marca de Drago destacaba sobre su pectoral derecho. Brusca contuvo sus ganas de pasear sus dedos por la cicatriz y prefirió pasar su atención a estudiar cuán grandes eran los músculos de sus bíceps. Aún le resultaba increíble que un hombre como él hubiera puesto sus ojos en ella, pero no dudaba que aquello no iba a ninguna parte. Tampoco le importaba especialmente que fuera así. Le gustaba Eret, disfrutaba del sexo con él y, a esas alturas de su vida, Brusca tenía claro de que no se iba a casar nunca. Lo más probable era que ni siquiera sobreviviría a la última batalla contra Le Fey y Drago, por lo que debía aprovechar cada segundo que tenía a su disposición para vivir como no había vivido hasta ahora. Metió su mano bajo las pieles para buscar el dobladillo de su pantalón y colarse para coger su miembro. Eret gruñó en sueños, pero su erección respondió enseguida a su contacto. Para cuando su amante se despertó del todo, Brusca ya había metido su erección dentro de ella, cabalgándole a un ritmo muy impropio de una mujer que pudiera considerarse decente, aunque ella nunca se hubiera visto como tal. A Eret, por suerte, tampoco parecía importarle que ella no fuera una dama.

Durante los tres días siguientes, Brusca se vio sumergida en una rutina un tanto agobiante. La noticia de que el enemigo se estaba rearmando no fue bien acogida y se disputó grandes conflictos en la Resistencia ante la falta de recursos armamentísticos y estratégicos. Estoico estaba muy agobiado, sobre todo porque todas las responsabilidades se las lanzaban a él, tal vez porque era el único Jefe legítimo allí presente. Valka, quien en un principio había marchado con Astrid a hacer el ritual, regresó hacia el final del primer día y, al amanecer del siguiente, Estoico y ella desaparecieron, dejando a Hipo a cargo de todo. A Brusca no le sorprendió que Hipo cogiera la situación por los cuernos y le diera a todo un vuelco de ciento ochenta grados. Con la colaboración de Bocón, seleccionó a más gente para trabajar en la herrería y elaborar más armas ante un ataque inminente; duplicó las guardias para vigilar las costas y los cielos de Isla Mema; pidió colaboración a Alvin y a Camicazi para entrenar a todo aquel que no supiera empuñar un arma; diseñó catapultas y nuevos diseños armamentísticos, y él mismo se encargó de entrenar a todo el mundo que estuviera dispuesto a montar sobre un dragón, hasta el punto que consiguió convencer a Eret y al resto de ex cazadores para unirse a ellos.

Cualquiera que hubiera cuestionado que Hipo Haddock no podría ser Jefe algún día debía tragarse sus palabras, pues en apenas tres días había conseguido lo que nadie jamás pensó que se podía conseguir: un ejército medianamente digno para poder defender la isla.

Sin embargo, no era suficiente para enfrentarse a Le Fey y derrocar un ejército que tenía toda la potencia de todas las tribus del Archipiélago juntas. Necesitaban más recursos y ni siquiera la cabezota brillante de Hipo podía proporcionar una solución para todo. Isla Mema no contaba con flota y el ejército de Drago estaba preparado para enfrentarse a un cuantioso número de dragones, por lo que necesitaban algo más. Brusca no tenía dudas de que la solución estaba en las brujas y, de alguna manera, sabía que Hipo estaba esperando el retorno de Astrid para abordar esa cuestión tan delicada.

Brusca se quedó dormida al cuarto día de su regreso. Eret ya se había levantado hacía rato cuando ella se despertó. El sol estaba demasiado alto y sabía que la había jodido bien por llegar tarde a su turno en el hospital. Se vistió a toda prisa y corrió hacia la puerta, peinándose las trenzas a toda prisa, cuando al salir se dio de bruces con alguien. Brusca dio un traspiés que la hubiera hecho caer de culo de no ser porque alguien la cogió con fuerza de su muñeca. La vikinga miró a quien se había interpuesto en su camino para encontrarse con su mejor amiga con el ceño fruncido. Astrid tenía su preciosa melena rubia cortada hasta las altura de sus clavículas, aunque se había peinado parte de él hacia atrás en una media coleta. Vestía con una túnica de color azul de manga corta que tenía ajustada al cuerpo con un cinto ancho, unos leggins rojos y unas botas ligeras de piel. Para haber estado dos semanas metida en la cama, sin ver la luz del sol, se veía radiante y tan asquerosamente guapa como siempre. Tal vez el famoso ritual habría contribuido mucho para que se viera así. Eso y que había pasado la noche con Hipo, porque eso siempre se le notaba a su amiga. Aún así, los ojos de Brusca no pudieron evitar dirigirse directamente a su brazo derecho, donde la enorme cicatriz se extendía desde sus dedos hasta seguramente su hombro. Brusca sintió un cosquilleo en la mano donde tenía sus marcas que se extendían por su dorso con un patrón muy similar.

—¡Mira que eres tan despistada que ni siquiera ves por dónde caminas! —le regañó Astrid sin poder contener una sonrisa de diversión.

—¡Astrid! —chilló Brusca emocionada echándose a sus brazos.

Astrid se rió cuando Brusca rodeó su firme cuerpo con sus delgados brazos. La bruja solía tener el cuerpo más frío que ella, por lo que le sorprendió la calidez de su abrazo. Astrid olía bien, cosa que no podían presumir la mayoría de los vikingos, y tener de nuevo a su amiga con ella era como volver a los viejos tiempos, cuando ni siquiera sabía que Astrid era una bruja y le chinchaba para que le contara todos los detalles de su amorío con Hipo.

Brusca rompió su abrazo y arrugó el gesto.

—¿Cómo sabías que estaba aquí?

Astrid no pudo contener una carcajada y puso sus manos sobre sus caderas.

—¿De verdad creías que nadie iba a saber que tú estabas aquí? Hasta donde me han dicho, no has sido precisamente discreta, Brusca.

La vikinga se sintió estúpida por sentir el rubor en su cara.

—¿Y te parece mal?

Astrid alzó una ceja.

—¿Que pases tu tiempo libre follando con un pibonazo como Eret? —cuestionó la bruja—. Por favor, Brusca, ¿por quién me tomas? ¿Por una de esos humanos hipócritas que creen que hay que llegar puras al matrimonio?

—Visto que tú tampoco eres precisamente un rol a seguir para esas novias vírgenes y puritanas… creo que no.

La bruja se rió con ganas y rodeó su brazo con el suyo.

—Mientras tú estés bien, yo estaré contenta por ti —le prometió Astrid con aire risueño—. Eso sí, puede que le haya amenazado a Eret con dejarlo eunuco si me entero de que te hace daño.

—¡No lo dirás en serio! —exclamó Brusca avergonzada.

La bruja le dio un suave codazo en las costillas.

—Te recuerdo que tú también amenazaste a Hipo cuando se prometió con Kateriina.

—Es diferente, tú estabas enamorada de él por aquel entonces —le recordó Brusca—. Los dos erais dos imbéciles enamorados que no aceptaban sus sentimientos mutuos, lo mío con Eret es distinto.

Astrid estrechó los ojos.

—Que sea tu amigo y folles con él no quita que no pueda hacerte daño o que tú puedas hacerle daño a él —le advirtió la bruja—. No eres del tipo de personas que folla con nadie sin sentir nada, Brusca.

—¡Claro que lo soy! —se defendió ella indignada.

—No, no lo eres —insistió Astrid sin perder la calma—. Yo era así antes y, créeme, es mejor sentir algo cuando te acuestas con alguien, aún cuando es simplemente tu amigo.

—Pero Eret…

—Es tu amigo y es fácil de querer cuando no se propone a extinguir a mi especie o a los dragones —admitió Astrid—. Pero si te hace algo te juro que le corto las pelotas.

Resultaba muy agradable tener a su mejor amiga de vuelta. Astrid estaba relajada y de buen humor. Brusca le preguntó por el ritual, pero la bruja no entró en muchos detalles.

—Solo se basa en darte baños en barro, agua salada y dulce mientras escuchas a un montón de brujas desafinar canciones más antiguas que el Midgard —explicó simplemente mientras regresaban a la aldea.

—¿Y viste a Freyja o a algún dios? —preguntó Brusca con curiosidad—. Valka me dijo que a veces aparecen los dioses hacia el final del ritual.

Astrid respondió con demasiada rapidez.

—No, no se me apareció nadie —respondió ella evadiendo su mirada—. Además, hay otros asuntos más importantes de los que preocuparnos, como las condiciones que hemos de acordar en el Concilio con las reinas.

—¿El Concilio?

—Claro, Hipo la ha convocado esta misma mañana, tras el regreso de sus padres —explicó Astrid—. Si Le Fey está reagrupando su ejército, es hora de que nosotros también nos preparemos para la batalla final.

Brusca no esperaba que Astrid estuviera tan dispuesta a luchar después de los acontecimientos de los últimos días.

—¿Estás segura?

Astrid frunció el ceño por su pregunta.

—Claro que lo estoy, aún hay muchísimo que hacer y tenemos que acordar las condiciones con las brujas, pero no voy a dejar que desaprovechemos la poca ventaja con la que contamos. Esto tiene que acabar ya, Brusca.

—Lo sé, ¿pero estamos realmente preparados para enfrentarnos a Le Fey, Astrid?

—Vosotros no lo sé, pero yo tengo claro de que sí que lo estoy —contestó la bruja con frialdad.

Había algo extraño en su expresión. Astrid era una mujer muy segura de sí misma, sobre todo en lo que respectaba a una buena batalla, pero siempre había sido realista de que ella no era una bruja al nivel de Le Fey, por lo que le sorprendía lo entera que se veía en su convencimiento de que ésta vez sí podría.

—¿Seguro que ha ido todo bien en el ritual?

Astrid parpadeó extrañada.

—Por supuesto que sí.

Mentía.

Astrid era la mejor mentirosa que había conocido nunca, pero a esas alturas sabía muy bien cuándo le estaba mintiendo. Sin embargo, la bruja cambió rápidamente de tema y Brusca tuvo que acelerar su paso para alcanzarla, consciente de que fuera lo que fuera lo que Astrid pretendía hacer para ganar a Le Fey era un secreto que mantendría para ella hasta llegado el momento.

Y algo le decía a Brusca que el precio a pagar iba a ser demasiado alto.

Xx.