Holi,
Sí. Lo sé. Estoy viva. He tardado en actualizar muchísimo más de lo que me hubiera gustado, pero he necesitado mi tiempo para escribir este capítulo y sobre todo el siguiente. Al principio, la historia de Asta iba a ser un único capítulo, pero hacia finales de julio, justo antes de marcharme de vacaciones, me di cuenta de que era imposible contarlo todo en un solo capítulo y al final he tenido que escribir dos capítulos bastante largos. Asta ha sido un personaje muy complicado de tratar, sobre todo por la complejidad de su carácter y las decisiones que toma. Estoy contenta de haber terminado de escribir su historia, pero ha sido una tarea muy complicada y admito que me ha dejado un poco derrotada emocionalmente después de haber estado trabajando casi dos meses con ella.
Sin embargo, aquí está la primera parte por fin.
Con la escritura de estos dos capítulos he sobrepasado ya el millón de palabras de Wicked Game. Jamás pensé que llegaría tan lejos y parece mentira que quede tan poco para terminar esta historia. Van a ser unos meses duros, pero voy hacer todo lo que esté en mi mano para acabar lo antes que me sea posible. No voy a publicar el capítulo 56 por el momento, puesto que necesito tener bien claro el tramo y clímax final de Wicked Game. Hasta entonces, por favor, considerad dejar una review como salario por este trabajo al que me dedico con tanto esmero a pesar de que no actualizo al ritmo que nos gustaría a todes. Es un aliciente para esta pobre autora que no tiene más ilusión que acabar con esta historia de una vez por todas.
Espero de corazón que disfrutéis de este capítulo y os mando un abrazo a todes.
Xx.
Aquella noche iba a llover.
Desde que había pasado por el ritual de purificación, la bruja se había vuelto mucho más sensible al clima de lo que había sido nunca. Podía adivinar enseguida el tiempo que iba hacer con tan solo sentir el viento rozar su cara, oler el aroma del aire o pisar la tierra con sus pies desnudos. Le resultaba tan extraño como natural. Comparada con las últimas noches, aquella en concreto estaba siendo más fría de lo habitual y Astrid se había tenido que envolver en una manta para no perder calor corporal tras haberse separado de los cálidos brazos de Hipo.
Era plena madrugada y la bruja esperaba sentada al pie de la escalera de la casa de los Haddock, donde el resto de los miembros de la familia, al igual que la mayor parte de la aldea, dormían profundamente. Sin embargo, Astrid sufría estragos para dormir desde que había hecho el ritual de purificación, quizás porque su cabeza no había dejado de maquinar planes y estrategias desde el instante que se había despertado de la visión de Freyja. No es que se sintiera especialmente cansada, quizás porque cada vez que había una batalla cerca ella estaba tan llena de energía que su cuerpo no le reclamaba el descanso que quizás debería tomar.
Sin embargo, en ese momento había asuntos más importantes que el dormir a pierna suelta.
Iana descendió del cielo con su gracia habitual y sonrió al verla. Llevaba su atuendo de reina y tenía unas ojeras marcadas bajo sus grandes ojos.
—¡Siempre tan puntual! —observó la bruja—. ¿Has podido dormir algo?
—Un par de horas —respondió Astrid levantándose de los escalones de la casa Haddock—. ¿Está todo listo?
Iana asintió con una expresión más seria.
—¿Estás segura de que quieres seguir con esto adelante? —cuestionó la reina—. Ella…
—Necesito hacerlo —le cortó Astrid—. Cuando antes lo haga, mejor será para todos.
—¿Tu dragón…?
—Voy ahora por ella, espérame en la salida de los establos.
Iana emprendió el vuelo y Astrid tomó la ruta que llevaba hacia los establos. Saludó con la cabeza a la guarda que estaba vigilando la entrada, aunque ésta sólo hizo un ligero aspaviento con su barbilla. Astrid bajó las sinuosas escaleras hasta el establo, donde podían escucharse las respiración profundas y ronquidos de los dragones. Tormenta dormitaba junto a Desdentao, quien entreabrió los ojos tan pronto la sintió entrar en el nicho.
—¿No es un poco tarde para que te pasees por aquí? —preguntó el Furia Nocturna, aunque parecía una pregunta movida por la curiosidad y no por el reproche.
—Solo vengo a por Tormenta —respondió la bruja en voz baja—. Vuélvete a dormir.
Desdentao miró a la Nadder, quien aún seguía dormida, y estrechó los ojos antes de apoyar su cabeza sobre sus patas.
—Echo de menos los vuelos nocturnos.
Astrid sintió el abatimiento en su voz e, inevitablemente, se sentó junto a él para rascar sus escamas. Desdentao movió su cabeza hasta su regazo para darle acceso a las escamas que se encontraban tras sus orejas. Ronroneó contento por el contacto y Astrid posó su mejilla contra su frente ancha y caliente.
—Pronto volverás a volar, Hipo está a punto de terminar tu nueva cola —le prometió la bruja en un susurro.
El dragón contuvo un gemido lastimero.
—Solo soy una carga para todos.
—¡No seas bobo! —le regañó Astrid con suavidad—. Jamás serás una carga para nadie. Sabes lo mucho a Hipo que le gustan los retos y él haría lo que fuera por ti.
El dragón ronroneó con tristeza en su regazo y Astrid abrazó su cuello y apoyó su mejilla contra su frente escamosa. Estuvieron así un rato y la bruja agradeció el calor que el cuerpo del dragón emanaba contra el suyo. Le recordaba tanto a un abrazo con Hipo que sentía hasta lástimas de tener que apartarse de él. Sin embargo, cuando escuchó la respiración acompasada del Furia Nocturna, supo que era momento de irse. Con cuidado de no despertarlo, movió su cabeza con delicadeza de su regazo y se levantó. Tormenta estaba despierta y los observaba con atención.
—Aún está muy deprimido —señaló la Nadder en un susurro triste.
—Cualquiera lo estaría en su lugar —susurró Astrid colocándole la montura sobre su lomo—. Hipo se ha quedado hasta tarde trabajando en su prototipo de cola. Creo que mañana podrán hacer la primera prueba.
—¿Realmente crees que podrá volver a volar? —preguntó Tormenta angustiada.
—Tengo la certeza de que Hipo sería capaz de cortar su otra pierna si eso haría que Desdentao volara de nuevo —respondió la bruja mientras terminaba de cerrar los cintos de la silla de montar—. Todo irá bien, Tormenta. Sé que es muy duro verle sufrir así, pero Desdentao es fuerte y tiene la suerte de que su mejor amigo es un cabezota empedernido —se subió sobre la Nadder de un salto y le dio unas palmaditas cariñosas en su cuello—. Hipo encontrará la solución, ya lo verás. De mientras, nosotras debemos resolver nuestros asuntos.
Tormenta alzó el vuelo tan pronto salió del nicho y casi tan veloz como un rayo, salió del establo. Iana las esperaba no muy lejos del acantilado y las acompañó por el cielo hasta el rincón de la isla donde las brujas habían levantado su campamento. Aterrizaron cerca de la playa y Tormenta se quedó cerca del campamento, consciente de que su presencia incomodaría a las brujas. Astrid se consoló ante la indiferencia de las brujas, cuyas miradas fulminantes y agresivas habían ido a menos con el paso de los días, y a nadie la extrañaba verla por allí a esas horas de la noche.
Astrid había trabajado mano a mano con las brujas desde el día que celebraron el Concilio. Esa había sido una de las exigencias que las reinas habían impuesto a los humanos y a la que éstos habían cedido gustosamente, aunque Astrid era la única que cuestionaba si la requerían a ella por su conocimiento sobre cómo funcionaba el aquelarre de Le Fey o porque querían mantenerla bien vigilada. Supuso que sería un poco de ambos. Sin embargo, el Concilio había ido mejor de lo que Astrid hubiera esperado en un principio. Sí, hubo muchas discusiones. Sí, no sobraron los insultos, sobre todo los dirigidos a ella, aunque Hipo terminó amenazando furioso que si alguien soltaba una sola ofensa más en su contra, él mismo iba a romperles la boca. Sonaba irónico, pero todo el mundo parecía tomarse muy en serio su amenaza, sobre todo porque nadie estaba acostumbrado a que Hipo perdiera los estribos tan rápido. Astrid tuvo que esforzarse por no sonreír de puro orgullo, más que nada porque a esas alturas todo los presentes sabían bien que poco se podía hacer contra la «asesina» de Thuggory Meathead, aunque la bruja no se creía la patraña de que estuviera muerto. Ella estaba segura de que continuaba con vida.
Ying Yue le había hablado de los rumores que le traía el viento sobre que Le Fey había creado una bestia con una magia antigua y prohibida. Astrid estaba convencida de que esa criatura no solo era la protagonista de las visiones de Hipo, sino que además podría tratarse de Thuggory. Desafortunadamente, la Isla Berserker, la cual se había convertido en el actual Cuartel General de la ofensiva de la Reina del Salvaje Oeste y de Drago, estaba demasiado vigilada tanto por brujas como por cazadores y soldados marionetas de la reina como para mandar espías. Astrid temía una ofensiva a ciegas, por lo que debían trabajar ante cualquier posible escenario que pudiera darse. Era como volver a los viejos tiempos, pero ninguna guerra que la bruja hubiera librado para Le Fey había sido como aquella.
Por suerte, las brujas estaban dispuestas a colaborar con la Resistencia en lo que hiciera falta y su ayuda había sido imprescindible para solucionar las mayores trabas que se le habían presentado a los humanos. Por un lado, la falta de flota de Isla Mema dejó de ser un problema tan pronto Iana se ofreció a emerger los barcos hundidos de los alrededores del antiguo nido de la Muerte Roja. La reina del Nakk argumentó que si se unían a ella un par de brujas de agua más, sería capaz de hacer flotar tantos barcos como fueran necesarios. Pese a contar con un ejército digno de mujeres y hombres humanos suficiente para defender Isla Mema, no contaban con suficientes personas para hacer frente a una armada como la de los Cabezas Cuadradas, por lo que Drina, aún con cierto recelo, se le ocurrió crear soldados de barro que pudieran llevar a cabo la primera ofensiva. Ello requeriría una cantidad ingente de magia, por lo que la reina del Sugaar debía mantenerse al margen del conflicto mientras llevaba a cabo el hechizo con un grupo de brujas. Ying Yue, por su parte, ofreció vientos a favor de los barcos y, por supuesto, su ejército de brujas, el cual indudablemente era el más numeroso de los aquelarres presentes después de las bajas sufridas en el aquelarre del Nakk.
El debate más pronunciado vino a continuación, cuando se cuestionó quién lideraría los ejércitos de tierra y aire. Hipo, indudablemente, debía liderar a los Jinetes de Dragones, pero hubo un rifirrafe importante sobre quién lideraría la flota y, para sorpresa de todos, no había un acuerdo entre las reinas sobre quién debía liderar a las brujas.
—Visto lo visto, lo más lógico sería que fuera Astrid quien liderara vuestros ejércitos, ¿no? —dijo Camicazi sin comprender a qué venía tanta discusión.
Aquella simple sugerencia escandalizó a las tres reinas. ¿Una bruja de Le Fey liderando sus ejércitos? ¡Antes muertas! Astrid no podía culparlas, hasta a ella le parecía un plan descabellado, aunque Astrid mejor que nadie sabía cómo luchaban las brujas de Le Fey. Al fin y al cabo, ella misma las había entrenado.
—A ver, pero es obvio, ¿no? —intervino entonces Brusca—. Vosotras sois reinas, pero Astrid es una general.
—Ex general —matizó la aludida.
—Y nosotras tenemos nuestras propias generales —remarcó Drina molesta—. Es una ofensa ponerla sobre nuestras manos derechas.
—Sin embargo, ella es la única que os podría unificar para ir juntas contra las brujas de Le Fey —apuntó Hipo convencido—. Astrid tiene capacidad de sobra para liderar…
—¡Que lidere el ejército de mierda que queráis! ¡Ella no tendrá autoridad alguna sobre mis brujas! —chilló la reina del Sugaar furiosa.
—Drina… —intervino Ying Yue en un tono más conciliador.
—¡Que no, joder! —rugió Drina rabiosa—. ¿Habéis olvidado todo lo que ha hecho? ¡Esa niñata decapitó a mi general! Ya me parece bastante fuerte que tengamos que ayudarla a controlar sus poderes como para que encima tengamos que darle poder sobre nuestros aquelarres, ¡me niego! —Drina la señaló con el dedo—. Podrás vestirte todo lo humana que quieras, pero jamás, ¿me oyes? Jamás dejarás de pertenecer a Le Fey.
Todas las cabezas presentes en aquel Concilio se voltearon hacia ella. Astrid leía en sus miradas el miedo y la desconfianza que la reina del Sugaar estaba inyectando en sus mentes, echando al traste la poca confianza que se había ganado durante las últimas semanas. La bruja apretó los puños, perfectamente consciente de que poco podía hacer para hacerles cambiar de parecer. Sin embargo, Astrid podía ser todo lo asesina, déspota y perra que ellas quisieran, pero tenía claro que no era propiedad de nadie, mucho menos de Moryen Le Fey.
—El argumento de que Astrid sirvió a Le Fey y que por eso no podemos confiar en ella empieza a ser tan repetitivo como aburrido —dijo Hipo en un tono que claramente no ocultaba su ira—. Animo a cualquiera que esté sentado en esta mesa a que levante la mano si nunca han delinquido, porque estoy seguro que ni vosotras tres os libráis de no haber llevado a cabo atrocidades con tal de proteger vuestros aquelarres.
Drina abrió la boca, pero Ying Yue se levantó con rapidez para susurrarle algo al oído. La reina del Sugaar hizo una mueca, pero no tardó en sentarse mientras murmuraba algún improperio para sí misma. El tema tuvo que dejarse a debatir para otro momento, conscientes de que en ese día poco se iba a resolver en lo que respectaba a la estrategia de las brujas.
—¿Por qué no te has defendido? —le preguntó Brusca enfadada.
—Porque tienen razón —concordó Astrid—. Ninguna de esas brujas quiere que yo las lidere. Yo en su lugar pensaría lo mismo.
—Pero… —intentó intervenir Camicazi.
—Ninguno de vosotros sabíais realmente cómo era yo cuando servía a Le Fey —le cortó la bruja—. Heather os lo puede decir si queréis: mi mala reputación viene por un largo listado de causas justificadas.
—Era una hija de puta sin escrúpulos —les aseguró Heather—. Nadie en un aquelarre llega a esa posición siendo benevolente con sus enemigos. Astrid se aseguró de labrarse una fama de despiadada incluso dentro del aquelarre.
—¡Vaya! ¡Gracias Heather! —dijo Astrid con sarcasmo.
La bruja morena enseñó su mano con el dedo cortado y la rubia puso los ojos en blanco, consciente de que había heridas que no cerrarían nunca. Astrid miró a Hipo, quien se encontraba en mitad de una discusión con Alvin, Estoico y Bocón, aunque no parecía estar participando activamente en la conversación, pues sus ojos estaban posados en los asientos donde hasta hace un momento estaban sentadas Iana, Ying Yue y Drina. La bruja sabía que estaba pensado en alguna solución diplomática, pero no había resolución posible en la que Astrid pudiera estar en medio. Es más, aún le sorprendía que los humanos quisieran tenerla cerca. Ella no tenía un rol específico en la Resistencia. No era ninguna Jefa o heredera o general de absolutamente nada. Para ojos de los humanos, ella era la bruja con la que Hipo Haddock se acostaba y que posiblemente había hechizado para que él se enamorara de ella.
Astrid no era nadie.
Y, por alguna razón, eso le causaba dolor en el pecho, hasta el punto que le impedía respirar.
—Pequeña.
Astrid se volteó al reconocer la voz de Finn Hofferson y se esforzó en contener una mueca de irritación. Sabía que Hofferson había estado custodiándola durante las dos semanas que había estado encerrada en su cuarto lidiando con su dolor. Había sido él quien se había encargado de los cuidados de Gothi y quien le dejaba la comida ante su puerta sin intención de molestarla o forzarla a enfrentarse a sus problemas. Le había dado su espacio, protegiendo y vigilando la casa hasta que ella había reunido las fuerzas para confrontar a Hipo, pero Astrid no había vuelto a hablar con su tío desde entonces. No le había dicho ni que Thror ni sus padres habían sido asesinados por Le Fey. En realidad, no había tenido el valor para decírselo, lo cual era muy distinto.
—¿Sí? —preguntó ella.
—¿Puedo hablar contigo un momento a solas?
Astrid miró a las chicas. Camicazi y Heather no parecían entender qué demonios quería aquel mercenario gruñón de ella, pero Brusca la miraba con una expresión que le preguntaba si necesitaba ayuda para salir de allí. Hipo también parecía haber reparado en la presencia de Finn y ahora hablaba con su padre sin apartar los ojos de ellos dos.
—Está bien —dijo Astrid.
Finn no sonrió, simplemente asintió con la cabeza. Astrid le hizo un gesto de prudencia a Hipo y éste negó reiteradamente con la cabeza, advirtiéndola que por favor no se fuera sola con él.
—Podemos hablar en esa esquina si a tu noviete le inquieta tanto que nos veamos a solas —sugirió Finn señalando el otro extremo de la sala—. No te quitaré mucho tiempo.
Astrid sacudió los hombros, pero siguió a Finn sin poner réplicas. Resultaba muy incómodo verse a solas con un hombre que era el vivo reflejo de su padre y, a su vez, tan distinto. La bruja apreció el azul de los ojos que ella misma contaba y las canas que brillaban entre los mechones rubios su pelo y barba, ahora más limpios de lo que había estado antes. Que se hubiera duchado recientemente era de agradecer, aunque Astrid no tuvo valor de lanzar semejante comentario.
—¿Cuándo vas a reclamarlo? —preguntó Finn sin muchos rodeos.
—¿Reclamar el qué?
—Tu apellido, pequeña —aclaró Finn muy serio—. Tú eres una Hofferson, no puedes dejar que nadie te infravalore.
Astrid hundió los hombros. No quería tener esa conversación ahora, no se sentía en absoluto preparada.
—No necesito un apellido para sentirme valorada —replicó la bruja molesta.
—No lo entiendes, ¿verdad?
—¿Qué tengo que entender?
—Esto es un juego de poderes, pequeña. ¿Esa gentuza que ves ahí? Nadie ostenta el poder que tú podrías tener si quisieras —argumentó Hofferson muy serio—. Si reclamas tu nombre y tu posición, ningún humano presente en esta sala podrá cuestionarte.
Astrid estrechó los ojos.
—Tú eres el único heredero varón de Thror Hofferson. Es a ti a quien te pertenece…
—No —le cortó Finn tajante—. Esos derechos se me retiraron tan pronto fui exiliado de la tribu.
—¿Y yo sí puedo reclamarlos? —replicó Astrid casi con mofa—. ¡Por favor, Finn, no me hagas reír! Nadie se va a tragar que yo soy la heredera de los Hofferson.
—No, no lo harán —concordó Hofferson—. A menos que haya un miembro de la familia que certifique quién eres.
Astrid palideció. ¡No debía estar hablando en serio!
—No lo hagas, por favor, no soy digna de llevar el apellido —dijo la bruja sin poder ocultar su nerviosismo.
—Eres la hija de mi hermano —sentenció Finn con expresión abatida—. Tú eres la única de esta familia que ahora mismo merece llevar nuestro apellido. Puede que no pueda ayudarte en los asuntos de las brujas, pero sí puedo en esto. Es lo que ellos habrían querido.
Finn se giró sobre sus pies, dirigiéndose directo hacia Estoico, quien le esperaba con una expresión seria y desconfiada. La sala seguía abarrotada de gente y la bruja sintió un nudo en el estómago, consciente de que nada podría detenerlo si ella no hacía algo. Extendió su mano para darle una pequeña descarga cuando sintió una mano sujetar con fuerza su muñeca. Hipo se había movido por la sala sin que ella se hubiera percatado y había cogido también de su cintura para impedirle que siguiera a Finn.
—Hipo, no, por favor —le suplicó la bruja conteniendo las ganas de llorar—. No soy digna, no puedo llevar su nombre...
—Parece mentira que vaya a decir esto, pero Finn tiene razón, Astrid —dijo Hipo en la lengua de las brujas y besó la coronilla de su cabeza—. Llevas toda tu vida buscando tu verdadero nombre, no te quites ese derecho después de todo lo que has luchado para conseguirlo. Ellos jamás se habrían avergonzado de ti, Astrid.
—Es imposible saberlo —replicó ella con voz rota.
Hipo la abrazó a la vez que Finn se dirigía a Estoico y otro grupo de personas como Bocón, Alvin y otros miembros del Consejo de Isla Mema que habían sobrevivido a la guerra.
—Yo lo sé, Astrid —dijo Hipo contra su oído—. Ojalá llegue el día en el que puedas verlo.
La revelación de que Astrid era la hija perdida de Eyra y Erland Hofferson revolucionó a la aldea por completo. Por supuesto, había muchos que no creyeron a Finn, pero hubo otros, sobre todo de las generaciones más mayores, que aseguraban que Astrid sí que se parecía mucho a la esposa de Thror Hofferson. Estoico, quien ya llevaba tiempo al tanto de quién era ella, validó la identidad de Astrid el mismo día que Finn la certificó. Desde ese momento, Astrid no solo sería reconocida como la heredera legítima de los Hofferson, sino que ante el exilio de Finn, se había convertido en el único miembro de la familia con derecho a un puesto dentro del Consejo de Isla Mema. Para sorpresa de la bruja, casi nadie replicó a ese mandato y Astrid, ante los ojos expectantes de los pocos miembros del Consejo que seguían vivos y fuera del hechizo de Le Fey, se vio obligada a aceptar su nueva condición.
Su membresía en el Consejo y su apellido le otorgaban una posición de autoridad con la que no se sentía en absoluto cómoda. Muchos habían empezado incluso a llamarla Hofferson, algo de lo que no terminaba de acostumbrarse. Podía sentir los ojos juiciosos de algunas personas de Isla Mema posándose sobre ella, preguntándose cómo era posible que Erland y Eyra Hofferson hubieran concebido una hija tan fría y distante como ella. Las expectativas que percibía que habían puesto sobre ella le resultaban insoportables y, honestamente, Astrid no había tenido nunca tamaña sensación de responsabilidad, ni siquiera cuando Le Fey la nombró general del aquelarre.
Por suerte, la preparación ante el conflicto que estaba a punto de suceder y los Concilios con las brujas la mantuvieron lo bastante distraída como para evitar situaciones incómodas. Sin embargo, le pareció escuchar en más de una ocasión algún que otro rumor sobre si Hipo pensaba casarse con ella o no. La reputación de Astrid, que hasta entonces no se le había dado la meor importancia, parecía en jaque ante el escenario en el que Hipo y ella eran amantes sin ni siquiera estar unidos en matrimonio, hasta el punto en el que llegó a extenderse el estúpido rumor que decía que ella estaba embarazada, algo que por supuesto era más que improbable.
Sin embargo, lo que Astrid peor llevaba era la tensión con Estoico. El Jefe no le había perdonado lo que ella —accidentalmente— le había hecho a Hipo y la bruja estaba segura de que Estoico sabía que ellos dos estaban al tanto de la existencia del contrato de matrimonio que él y Erland habían firmado en el pasado. Por hablarlo ni siquiera lo había hablado con Hipo, pero Astrid no había sacado el valor para sacar el tema e Hipo, quizás impulsado por sus mismos miedos o por una simple cuestión de darle espacio, tampoco se lo había mencionado. Aún así, resultaba extraño que sus vidas hubieran estado conectadas desde su nacimiento. No cabía duda que su reencuentro, el vínculo y que ambos hubieran acabado enamorados había sido algo más que un simple capricho del destino.
No es que ella fuera a quejarse.
Le resultaba alentador saber que, pese haberlo perdido todo, estaba predestinada a encontrarse con Hipo. En aquellos días tan abrumadores y tan llenos de cotilleos y comentarios venenosos, Hipo se había volcado en Astri, asegurándola que daba igual lo que dijeran o pensaran de ella, él estaría a su lado pasara lo que pasara. A Astrid le dolía ponerle en aquella encrucijada, pero Hipo no parecía dudar de que si tenía que escoger entre estar con ella y la aldea, su opción siempre sería Astrid.
Las negociaciones con las brujas se fueron tornando cada vez más complicadas ante la incapacidad de llegar a un acuerdo unánime. Astrid intentaba ceder en todo lo que estaba en su mano, consciente de que sin las brujas, difícilmente podrían hacerle frente a Le Fey, pero éstas, sobre todo Drina, no quería hablar de ninguna clase de colaboración en la que Astrid estuviera de por medio, lo cual enfurecía a los líderes de la Resistencia, pues ella era la única bruja que estaba realmente de su lado. No obstante, la vida daba muchas vueltas y lo último que Astrid hubiera esperado era que sus conocimientos médicos pudieran dar un giro vertiginoso a las negociaciones.
Un día, Drina no apareció en una de las reuniones del Concilio. Al principio, Astrid pensó que tal vez la reina quería reivindicar su posición ante su ausencia, aunque Iana le explicó que, al parecer, su bebé había amanecido con fiebre y había decidido quedarse a cuidarlo ella misma. Al no parecer especialmente preocupada, Astrid tampoco le quiso dar más importancia al asunto, hasta que al día siguiente Ying Yue tampoco apareció y se presentó únicamente Iana con gesto de angustia.
—El niño tiene mucha fiebre y no puede casi respirar. No saben muy bien qué le pasa.
Astrid decidió ir ella misma a comprobar el estado del bebé. Cuando apareció en el campamento, las brujas que custodiaban el lugar le instaron a marcharse, pero Astrid insistió de que tal vez ella pudiera hacer algo para ayudarlo. Ying Yue acabó apareciendo ante la llamada de sus brujas y Astrid contuvo la respiración al verla algo más mayor de lo que solía verse y con su largo cabello normalmente azabache lleno de canas.
—Deberías marcharte —le advirtió la reina de mala gana—. El bebé está en estado crítico y no tengo tiempo para atender a tus demandas, Astrid.
—No es ninguna demanda, solo quiero ayudar —insistió la bruja preocupada—. Tengo cierta noción de magia curativa y aprendí mucho de Gothi cuando trabajé para ella. El niño es humano, por lo que puede que aún estemos a tiempo de salvarlo.
Ying Yue la observó en un analítico y tenso silencio hasta que hizo un gesto a sus brujas para que la dejaran pasar. Las subordinadas accedieron a la orden de su reina a regañadientes y Astrid atravesó el campamento ignorando las miradas fulminantes de las brujas. Drina se encontraba en una tienda de campaña amplia, con alfombras instaladas en el suelo donde estaba sentada mientras intentaba, por todos los medios, amamantar el bebé. El niño berreaba de forma errática y se apartaba del seno de su madre espantado. Astrid podía ver cómo su pecho subía y bajaba y su respiración sonaba con un fuerte y desagradable silbido.
—¿Qué hace ella aquí? —preguntó Drina con lágrimas de pura impotencia cayendo de sus ojos—. ¡Lárgate ahora mismo!
—Dice que puede ayudar a tu hijo —explicó Ying Yue—. Sabe de medicina.
—¡Me da igual! ¡Esa perra no pondrá las manos sobre mi hijo! ¡Que se pire! —rugió Drina.
El bebé dejó de llorar de repente y empezó a jadear, como si estuviera quedándose sin aire. Astrid actuó casi sin pensarlo, impulsada por su necesidad de salvar la vida a ese bebé. Arrancó al niño de los brazos de Drina e, ignorando sus gritos, posó sus labios sobre la nariz del bebé y sorbió. Resultaba un proceso desagradable, pero Astrid lo había hecho varias veces con niños que habían enfermado en la aldea. El truco lo había aprendido de Gothi, quien le había explicado que era un método asqueroso para la galena, pero efectivo porque liberaba con suma rapidez las vías respiratorias de los niños. Astrid escupió a un lado el líquido mucoso acumulado en su boca y repitió otra vez el proceso hasta que el niño pareció recuperar de nuevo el ritmo de su respiración. Las brujas presentes en aquella tienda de campaña la observaban como si le hubiera salido una segunda cabeza, pero Astrid decidió ignorarlas y procedecer a hacer lo que mejor se le daba: dar órdenes.
—Mandad que preparen cataplasmas de jengibre y hojas de sauco. Tú —señaló a una bruja vestida de azul celeste—, vete a la aldea y busca a Hipo. Dile que necesito las hojas de romero que tengo guardadas en mi alforja.
—¿Romero? —cuestionó Ying Yue—. ¿Qué es eso?
—Una hoja del Mediterráneo que ayuda a liberar las fosas nasales cuando se hierven en agua. El niño tiene que hacer vahos —explicó Astrid mientras se inclinaba junto a una desconcertada Drina—. También traed agua fresca y limpia para bajarle la fiebre.
Drina no parecía salir de su estado de shock cuando Astrid le devolvió la criatura a sus brazos.
—¿Cómo se llama? —preguntó Astrid.
La reina no pareció escuchar su pregunta, por lo que Ying Yue respondió por ella.
—Constantine.
Astrid sonrió complacida.
—Tiene nombre de rey —señaló la rubia acariciando delicadamente el cabello oscuro del niño.
—En realidad, siempre le llamamos Costica —replicó Drina.
Astrid sostuvo la mirada de la reina en silencio y pudo leer todo el conflicto de emociones en los ojos de aquella mujer. Se notaba que era el primero, pensó Astrid. Las madres primerizas siempre se mostraban más ansiosas que las demás.
—No voy a llevarme a tu bebé —le advirtió Astrid—. Le Fey me expulsó del aquelarre precisamente porque me negué a robar la bebé de una humana. Yo… podría decirse que soy una de esas niñas robadas también. Sé que no confías en mí y me parece perfectamente válido que te sientas así, pero yo solo quiero que estemos todos en buenos términos y que, ante todo, quiero que comprendas que solo busco lo mejor para todos.
Drina reflexionó unos instantes sus palabras antes de volver a bajar la mirada hacia su hijo.
—¿Qué garantías me das de que vaya a ser así? De que puedes construir un mundo en el mi hijo pueda vivir seguro y en paz una vez que tenga que apartarse de mi lado.
—Puedo conseguir protección para vosotras cara a los humanos, que no haya más caza de brujas para las nuestras y que, ante todo, Le Fey no viva para hacer más daño.
—¿Y cómo estás tan segura de que eso vaya a suceder? —preguntó Ying Yue a su espalda—. Los humanos no son de fiar y ni siquiera parecen capaces de llegar a ningún acuerdo entre ellos.
—Hipo es una figura importante entre los humanos y, al parecer, mi apellido también dice ser algo —argumentó Astrid—. Expondré estas condiciones a cambio de que nos ayudéis.
—¿Y quién liderará nuestros ejércitos? —cuestionó Ying Yue.
—Esa es una decisión que solo vosotras debéis tomar, pero soy de la opinión que ni yo ni mucho menos los humanos debemos tener voz y voto en ese asunto —argumentó Astrid.
Drina arrugó el gesto.
—Me resulta extraño que seas la única que no ha demandado el gobierno de nuestros ejércitos —dijo la reina extrañada.
—Tal vez me consideráis más ambiciosa de lo que realmente soy —replicó la bruja poniendo los ojos en blanco.
—¿No fue la ambición lo que te hizo llegar donde llegaste? —preguntó Ying Yue.
Astrid ladeó la cabeza.
—Y pagué un precio demasiado alto por ello —contestó la bruja con sinceridad—. Mi ambición estaba basada en mi deseo de saber quién soy realmente y en protegerme de Le Fey, pero hice cosas de las que no me siento para nada orgullosa. Aunque me dedique toda mi vida a redimirme, nada cambiará lo que hice, por eso prefiero mirar hacia delante y procurar ser hoy mejor de lo que fui ayer.
Las reinas la contemplaron desconcertadas por sus palabras, pero Astrid consideró que ya había dicho todo lo que tenía que decir. Las brujas del Sugaar y del Mairu le trajeron todo lo que les había pedido y se pasó el resto del día y parte de la noche junto a Drina y su hijo para asegurarse de que la criatura sobreviviera la noche. Ying Yue no abandonó la tienda de campaña en ningún momento e Iana aparecía de cuando en cuando para traerles comida y agua o lo que fuera que necesitaran.
A la mañana siguiente, el bebé se había dormido sin fiebre a pesar de su respiración aún errática. Drina no pudo evitar contener sus lágrimas de alivio al saber que su hijo iba a vivir y, para la enorme sorpresa de todos, abrazó a Astrid con tanta fuerza que casi le quebró las costillas. Poco hubiera esperado que aquel evento fuera a marcar un antes y un después en su relación con las brujas, menos aún que dos días después, las tres reinas anunciaran ante el Concilio su deseo de que fuera Astrid quien liderase un ejército unificado de brujas. Astrid no pudo negarse ante tamaña proposición, consciente del honor que ello conllevaba y del esfuerzo que suponía para todas ellas pedirle tal favor.
Volver a liderar un ejército de brujas se le hizo tan familiar como extraño. Las soldados de los tres aquelarres y sus generales no estaban en absoluto contentas con la decisión de sus reinas y, pese a que tenían orden de obedecer a todos sus mandatos, muchas de ellas lo hacían con malas caras o actitudes la mar de desagradables. No le resultó fácil imponerse ante las brujas e incluso llegó a echar en falta a sus propias subordinadas del aquelarre de Le Fey, pues al menos ellas mostraban un respeto que sabía que difícilmente se ganaría con las del resto de aquelarres.
Su nuevo puesto la obligaba a pasar más tiempo con las brujas que en la aldea, aunque Astrid siempre procuraba dormir en casa de los Haddock y estar al corriente de todo lo que sucedía en la Resistencia. Dormía muy poco, aunque la cercanía con Hipo al compartir cama le suponía un alivio mental tan placentero como relajante, y aunque el ambiente con las brujas no era el idóneo, al menos estaba contenta de ya no sentirse tan presionada por los humanos y su propio apellido.
Ante su nuevo puesto como lo que quisieran que fuera ahora —Astrid se veía incapaz de autoproclamarse general—, la bruja consiguió informarse como era debido de qué había pasado exactamente durante el ataque contra el aquelarre del Sabbat y su sorpresa fue mayúscula cuando descubrió el nombre de Hilda en el listado de rehenes. Solicitó a las reinas que le permitieran interrogarla personalmente, lo que hizo que Ying Yue sospechara de ella al instante.
—¿Por qué esta bruja y no otra?
—Hilda es una veterana en el aquelarre, tal vez pueda sonsacarle algún tipo de información…
—Ya lo hemos intentado por activa y por pasiva y no ha abierto la boca —le aseguró Ying Yue.
—Puede que yo sí consiga que hable —insistió Astrid—. La conozco bien, mejor que cualquiera de vosotras.
Las reinas accedieron a esa petición y una semana después, Astrid se encontraba en el campamento de las brujas en plena noche dispuesta a interrogarla. Hipo le había preguntado si necesitaba que fuera con ella, pero su evidente cara de cansancio hizo que ella se convenciera de que lo mejor era enfrentarse a Hilda ella sola. Iana la guió hasta la tienda donde habían trasladado a su antigua tutora desde la isla del Mairu y estaba custodiada por dos brujas altas y corpulentas que vestían de rojo. Ying Yue las esperaba dentro.
Hacía meses que no veía a Hilda y lo primero que Astrid observó fue que estaba mucho más delgada y envejecida que la última vez que la había visto. Aún llevaba puesto su vestido del aquelarre, manchado de polvo y sangre seca, y no tenía pinta de haberse bañado en un largo tiempo, seguramente porque se habría negado a interceder voluntariamente con las brujas de los otros aquelarres. Al principio, Hilda no pareció reconocerla, quizás por su cabello corto y sus ropajes de humana, pero tan pronto adivinó quién era chilló algo contra su mordaza e intentó arrastrar la silla a la que estaba atada hacia atrás, como si Astrid fuera la mismísima encarnación de Hela.
—¿Es necesario que esté así? —preguntó la bruja arrugando el gesto.
—Es de lengua rápida y viperina —advirtió Ying Yue—. Ha maldito a más de una de mis brujas.
Astrid se contuvo de poner los ojos en blanco. Muy propio de Hilda.
—¿Podríais dejarnos a solas?
Ying Yue estrechó los ojos y Astrid soltó un suspiro de impaciencia.
—Si me dice algo relevante serás la primera en saberlo, pero lo que está claro es que no hablará si estáis aquí.
—¿Y qué pasará si te maldice? —cuestionó Iana preocupada.
Astrid miró a Hilda fijamente y no pudo evitar saborear cierta satisfacción al leer el miedo en sus ojos.
—No lo hará.
Cuando Ying Yue e Iana abandonaron la tienda de campaña, Astrid cogió de su alforja una cantimplora con agua y la vertió en el suelo de tierra. Hilda la observó extrañada mientras Astrid removía el agua con sus dedos hasta mancharlos con barro y dijo algo que, por fortuna, era incomprensible dada la tela que cubría su boca. La bruja la ignoró y dibujó diferentes runas en la tela de los cuatro extremos de la tienda. Tras comprobar que las había dibujado tal y como indicaba el grimorio de Asta, Astrid limpió su mano en su pantalón y cogió una silla para sentarse ante Hilda. Tan pronto le quitó la mordaza, Hilda pronunció una maldición decepcionantemente predecible y Astrid se apoyó contra el respaldo de la silla a esperar que su antigua tutora asumiera que sus hechizos no surgían efecto.
—¿Qué demonios está pasando? ¿Por qué no funciona mi magia?
Astrid señaló los dibujos de barro.
—Las runas bloquean la magia de toda bruja presente salvo la de la que las formula —explicó Astrid cruzando las piernas.
—Pero esa magia es muy avanzada… ¿cómo… cómo puedes saberla? —cuestionó Hilda desconcertada.
—Por suerte, no todo lo que sé se basa únicamente en lo poquísimo que me enseñaste, Hilda —argumentó la bruja y sacó el grimorio de su alforja para mostrárselo, causando que Hilda palideciera de repente—. Vaya, vaya, ¿reconoces este libro?
—¿De dónde demonios lo has sacado? —preguntó Hilda sin dar crédito.
—Te encantaría saberlo, ¿verdad? —comentó Astrid con diversión—. Desgraciadamente no estamos aquí para que yo responda a tus preguntas, sino para que tú contestes a las mías.
—Sabes que no voy a decirte nada —le advirtió Hilda indignada—. No voy a traicionar a mi reina por ti.
Astrid chasqueó la lengua.
—Esa reina que tanto veneras ni siquiera ha pedido rescate por ninguna de vosotras —le recordó la bruja—. Estás a merced de los aquelarres del Mairu, del Sugaar y del Nakk, Hilda, y la fidelidad hacia alguien a quien no le importas una mierda no te va a servir de nada.
—¿Y qué pretendes que te diga? Tú eras su general.
—Y evidentemente era la más ignorante de todas, como el resto de las brujas de mi generación —replicó Astrid—. ¿Sabías que necesitaba transferir su alma de un cuerpo a otro?
Hilda no respondió, pero su cara parecía decirlo todo. Aquello la molestó más de lo que en un principio se hubiera esperado, quizás porque Hilda había sabido mucho más que ella a pesar de que Astrid había sido general y su tutora una simple botánica del aquelarre.
—¿Cómo puede un cuerpo humano como el de Kateriina Noldor soportar un poder como el de Le Fey? —continuó Astrid.
—No pienso responder a eso —respondió Hilda alzando la barbilla.
—No hace falta —dijo Astrid con impaciencia antes de levantarse de un salto y coger del mentón de la bruja—. Puedo verlo yo misma.
Astrid rebuscó en los recuerdos de Hilda hasta encontrar la respuesta que necesitaba. Contempló horrorizada los rituales que Le Fey había llevado a cabo para mantener el cuerpo de Kateriina con vida. Rompió la visión tan pronto visualizó qué hacían con los bebés y Astrid se apartó violentamente de Hilda mientras se esforzaba en contener la bilis que subía por su exófago.
—¿Qué demonios ha pasado? ¿Qué has hecho? —preguntó su antigua tutora alterada.
Astrid, en cambio, no era capaz de responder. La visión de los recuerdos de Hilda penetraba en su mente como un veneno del que difícilmente podría encontrar cura y sabía que esas imágenes le perseguirían para siempre.
—¿Colaboraste voluntariamente en los asesinatos de esas mujeres y esos bebés? —preguntó Astrid en un hilo de voz.
—¿Qué…? No… ¡No sé de qué me hablas! —mintió la mujer apartando la mirada.
Astrid cogió de su vestido con tal fuerza que hizo que la silla y Hilda se elevaran ligeramente. La bruja chilló de terror.
—Responde a mi puta pregunta, Hilda.
—Yo… No… no…
—Dilo, Hilda, que te oiga bien claro —le sugirió Astrid sin poder controlar la ira en su voz. Su magia esperaba impaciente la orden para atacar, aunque no dio muestras de que fuera a salir sin su consentimiento—. ¿Colaboraste de forma voluntaria?
—Yo… ¿Qué… qué otra cosa iba hacer si no? —respondió Hilda con voz rota—. ¡Era cumplir con su voluntad o morir!
—¡¿De verdad quieres estar viva después de todo lo que has hecho?! —rugió Astrid—. ¿Cómo puedes vivir con esa carga?
—¿Y qué coño crees que eres tú, Astrid? —escupió Hilda furiosa—. Intenté protegerte, pero siempre fuiste una niña obstinada y cabezota.
—¡Por Freyja, Hilda! ¡Ambas sabemos muy bien que tú jamás has sentido el menor atisbo de cariño por mi, así que no me vengas con milongas ahora! —chilló Astrid rabiosa.
Hilda sostuvo en silencio su mirada, claramente dolida por sus palabras.
—Me importabas, Astrid —le aseguró la bruja—. Admito que… bueno, nunca te entendí. Me resultaba inconcebible que fueras por la vida desafiando a Le Fey, sobre todo por las consecuencias que sufrías después. Las palizas que te daba eran espantosas.
—Y jamás moviste un dedo para que parara —le recordó Astrid.
—¡Claro! ¡Porque es muy inteligente meterse en los asuntos de Le Fey! —advirtió Hilda molesta—. ¡Tú tampoco le parabas los pies!
—Jamás permití que Le Fey le diera una paliza a nadie siendo yo general —replicó la bruja con furia—. Puede que no pudiera controlar sus cambios de humor y parar todas sus locuras, pero ni se te ocurra recriminarme de que yo no hice una mierda cuando yo di mi puta vida por el aquelarre.
—Nos traicionaste vendiendo…
—¡Por todos los dioses, Hilda! ¡No me vengas con esa mierda otra vez! —gritó Astrid y se oyó un trueno a lo lejos—. Ambas sabemos que Le Fey me echó del aquelarre porque me opuse a robar un bebé y a matar a su madre.
Hilda frunció los labios.
—¿Y no pudiste hacer por una vez lo que se te decía?
Astrid no podía dar crédito a lo que estaba oyendo.
—¿En qué momento se pierde la moral en ese aquelarre? Porque, de verdad, no me entra en la cabeza que esto te parezca lo correcto.
—Cuando la supervivencia de una está en juego, hay poco espacio para los principios —respondió Hilda—. Si tengo que escoger entre la vida y la muerte, escojo vivir.
—Vivir como una cobarde —matizó Astrid con crueldad.
Las mejillas de Hilda se tiñeron de rojo de la más pura vergüenza.
—Siempre pensé que no estabas hecha para vivir en un aquelarre. La ambición nunca ha sido buena para las brujas, no se puede aspirar a ser más que una reina, no…
—Hilda —le cortó Astrid irritada—. Ni tú ni yo sabemos lo que es vivir en un aquelarre de verdad, así que no intentes venderme ese discurso.
—¿Y qué prefieres entonces? ¿Ser nadie? ¿Vivir entre los humanos? —se mofó la bruja—. Eres una necia si piensas que te van a aceptar, ¿o acaso crees que el chico te quiere de verdad? Está claro que su mente está turbada por el vínculo o puede que sencillamente haya perdido la cabeza. Después de todo, ¿qué loco se dedica a entrenar dragones?
Astrid apretó los puños para contener sus ganas de darle un puñetazo a Hilda. No era la primera vez que se sentía así con su tutora. Hilda siempre había sido juiciosa y crítica con ella, y nunca en el mejor de los sentidos. Para ella, Astrid había sido una niña tozuda e irresponsable, aún habiendo demostrado en numerosas ocasiones que había sido todo lo contrario. Recordaba gestos de cariño parcos siendo muy pequeña, pero Astrid nunca había encontrado en Hilda una figura materna o siquiera de autoridad. Hilda solo se había responsabilizado de ella porque no le había quedado otro remedio y cualquier posible acercamiento entre ambas se había quedado en nada ante la disparidad de sus caracteres. Si tal vez Hilda se hubiera esforzado un poco más en ser más madre que sierva de Le Fey, quizás la necesidad de Astrid en buscar a la figura materna no hubiera sido tan precisa.
—Si no vas a decirme nada útil te dejaré en manos de las brujas del Mairu, porque visto lo visto, no me estás aportando nada útil.
—¿Por qué les revelaste nuestra ubicación? Has cometido una traición innombrable contra las que eran tus hermanas, Astrid. Que sepas que la Diosa hará que pagues por tus crimenes.
Astrid sonrió sibilinamente.
—La cuenta que tenga yo pendiente con Freyja es entre ella y yo, pero lo que tengo bien claro es que no te debo nada a ti ni al aquelarre —escupió Astrid—. Aún así, voy a daros el mejor de los regalos: pienso matar a Le Fey cueste lo que me cueste. Voy a daros la libertad y hacer que abráis los putos ojos de una vez, porque tengo claro que yo no empecé a vivir hasta que ella me echó del aquelarre.
—¡Estás loca! —exclamó Hilda horrorizada—. No puedes matarla, es imposible.
—Claro que voy hacerlo —extendió su mano hasta coger de su muñeca maniatada contra la silla. Astrid acumuló la electricidad en sus dedos, la suficiente como para que Hilda pudiera sentirla en su piel sin hacerle daño todavía. Hilda se tensó al instante—. Ahora, ¿por qué no me hablas de la criatura que Le Fey pretende usar contra la Resistencia?
Hilda tragó saliva.
—La reina del Mairu ya me preguntó por ella, no sé nada. Si Le Fey ha creado algo ha sido después de que me capturaran y…
Hilda soltó un chillido ante el suave chispazo que Astrid lanzó contra su brazo.
—Repetiré la pregunta otra vez y ésta vez espero que me des la respuesta que necesitas darme para que no pare tu corazón: ¿qué es esa criatura y qué pretende hacer Le Fey con ella?
Hilda abrió la boca para negarse a responder, pero al sentir la corriente eléctrica extenderse peligrosamente por sus dedos pareció pensárselo mejor.
—¡Las otras brujas no me han torturado! —se quejó ella con voz llorosa.
—Y por eso no has abierto la puta boca —le recriminó Astrid con voz envenenada—. ¿De verdad pensabas que iba a titubear contigo? ¿Que esto iba a ser un nostálgico encuentro entre tutora y pupila? ¿Tan poco me conoces? ¿Crees que llegué a general de Le Fey por ser benevolente? Era una hija de perra, Hilda, y puedo asegurarte que sigo siéndolo, solo que ahora estoy mucho más enfadada de lo que he estado en toda mi vida —apretó la muñeca con tanta fuerza que estaba segura de que le saldrían moretones más tarde. Hilda soltó un gemido patético de dolor—. Ahora, responde a la pregunta.
—Solo sé que ella quería una criatura híbrida entre dragón y humano, supongo que para usarlo contra la Resistencia y los aquelarres —balbuceó Hilda—, pero no sé los detalles. Ni siquiera sé qué hechizo ha usado ni quién es el humano.
—Debió decir algún nombre —insistió Astrid.
—No, ella solo tenía ojos para su humano, solo le mencionaba a él y… y…
—¿Y qué?
—Había rumores de que ella pudiera estar enamorada de él.
Astrid contempló a Hilda atónita antes de romper a reír como una descosida.
—¿Qué te hace tanta gracia? —cuestionó Hilda alterada.
—¿De verdad piensas que Le Fey puede sentir amor? Es un parásito sin sentimientos.
—Yo… yo… no lo sé, cuando… cuando le hizo aparecer en mitad del ataque, Le Fey se puso como una histérica y…
Astrid estaba empezando a perder la paciencia con sus lloriqueos.
—¿Y qué, Hilda? ¿Qué?
—Estaba llorando —respondió sin más.
La bruja la contempló con el ceño fruncido.
—Ella nunca llora —puntualizó Astrid.
—Lo sé, por eso te digo que puede que ella esté enamorada, pero no lo sé… Con Le Fey nunca se sabe nada.
—Sé sincera, Hilda, ¿crees realmente que Thuggory puede ser la bestia?
Hilda tragó saliva antes de asentir titubeante.
—Si ella quería mezclar especies probablemente él sería de los pocos candidatos posibles que hubieran podido sobrevivir al hechizo, pero no sé más, te lo juro.
Astrid comprobó a través de su don si efectivamente era así y, para su disgusto, parecía que Hilda no poseía ninguna información que pudiera catalogarse de valor. Sin embargo, Astrid no pudo evitar la tentación de realizar la pregunta que llevaba tiempo deseando formular.
—¿Te suena el nombre Asta Lund?
Hilda arrugó el gesto confundida y negó con la cabeza.
—¿Y Asta Hofferson?
Hilda volvió a replicar el mismo gesto con su cabeza.
—Te juro que no he oído ese nombre en mi vida —insistió Hilda con voz cansada.
—Esa mujer era mi abuela y se marchó con Le Fey cuando ésta mató a mis padres —insistió Astrid con impaciencia—. Ambas se conocían de niñas.
Hilda hundió los hombros agotada.
—El día que Le Fey te trajo fue el mismo que te bendijo y, que yo recuerde, vino sola. No habló con nadie, simplemente te entregó a las brujas que se hacían cargo de los bebés y no dijo nada más. ¡Si ni siquiera te lanzó una segunda mirada! Es más, sabíamos cómo te llamabas porque la manta en la que estabas envuelta tenía tu nombre bordado, pero ninguna supimos de dónde habías salido, sencillamente dimos por hecho que Le Fey te había reclamado como suya.
Astrid se llevó las manos a los ojos y se los frotó de la más pura frustración. Había algo que se le escapaba de todo aquello. Hipo le había planteado la posibilidad de que Asta pudiera estar viva, pero Astrid se preguntaba si realmente sería así. No había recibido ninguna clase de señal o pista que le hubiera dado a entender de que siguiera con vida y lo más seguro era que Le Fey hubiera acabado matándola después de asesinar a Thror y a sus padres. La bruja acarició los detalles dorados del grimorio con la yema de sus dedos.
—¿Sabes algo de los orígenes de Le Fey? —preguntó Astrid casi sin pensar.
—Nadie sabe nada de ella —respondió Hilda exasperada—. Todas las brujas mayores sabíamos que ella cambiaba de cuerpo porque nos adoptó cuando tenía un rostro diferente. En realidad, ni siquiera era un secreto hasta el tiempo que te trajo al aquelarre y coincidió que trasladó su alma al cuerpo que tú has conocido siempre.
—¿Cómo selecciona Le Fey los cuerpos? —cuestionó Astrid arrugando el ceño.
—No lo sé —Astrid estrechó los ojos e Hilda se mordió el labio—. De verdad, Astrid, no lo sé. Mi función siempre ha sido mantener su cuerpo con vida hasta que encontraba uno nuevo. Desconozco el proceso de cómo escoge una nueva huésped, solo sé que era un tema que trataba sobre todo con Ikerne y su gente de mayor confianza, pero yo no contaba con el rango para saber los detalles del procedimiento.
Astrid contempló el grimorio que tenía sobre su regazo, acariciándolo una vez más casi de forma inconsciente. Le gustaba el tacto de la piel y el cosquilleo de magia en sus dedos. Alzó la mirada hacia Hilda, quien ahora sollozaba en silencio y, por raro que pareciera, no pudo evitar sentir lástima por ella. ¿Cuándo la habría secuestrado Le Fey? Si no había sido una bebé, habría sido muy pequeña, quizás incluso hubiera sido una de sus primeras brujas de su aquelarre. Fuera lo que fuera, no era la historia de Hilda la que quería conocer.
No.
Era hora de conocer toda la verdad.
Ya había visto lo peor, ¿qué más podía esperar? Astrid había retrasado demasiado tiempo lo inevitable y ahora necesitaba conocer la historia al completo.
La historia de Asta y Le Fey.
Abandonó el campamento con discreción. Por suerte, Ying Yue se había marchado a descansar y no vio a Iana por ninguna parte, por lo que Astrid indicó a una bruja que hacía guardia que les transmitiera el mensaje de que hablarían con mayor tranquilidad al día siguiente. Volar sobre Tormenta la ayudó a despejar su mente y el frescor del alba supuso una agradable forma de despertar sus sentidos adormecidos por la falta de sueño. Entraron a los establos donde, para su sorpresa, se encontró con Hipo esperándola en el nicho que Tormenta compartía con Desdentao. El vikingo le regaló una sonrisa cansada y Astrid comprendió que él ya conocía sus intenciones. Supuso que Hipo había tenido una visión y había decidido que lo más conveniente era acompañarla.
Finn dormía en las destartaladas chabolas improvisadas que se habían construido sobre la marcha para acoger a todos los refugiados. Las antiguas viviendas de los Hofferson llevaban años desaparecidas a causa de la guerra con los dragones, por lo que Finn no había tenido otro remedio más que dormir en habitaciones compartidas sobre camastros hechos principalmente de paja. Apenas estaba amaneciendo cuando llegaron al área de los refugiados y cuando Astrid preguntó por Finn una mujer que se dirigía al río le informó que el mercenario no había pasado allí la noche y que lo más probable es que estuviera en el embarcadero.
—¿Haciendo qué? —preguntó Astrid con sospecha.
—Quién sabe, es un tipo muy raro, siempre anda merodeando por ahí mientras habla consigo mismo —le explicó la mujer—. Lo más probable es que haya perdido la chaveta.
Hipo y Astrid intercambiaron las miradas alarmados antes de bajar al puerto. Le encontraron sentado en el embarcadero junto a una caña de pescar mientras tallaba un pequeño trozo de madera con un cuchillo. Alzó la mirada malhumorado cuando les oyó acercarse, aunque su expresión taciturna se tornó en pura sorpresa tan pronto la vio. Se levantó casi de un salto y abrió y cerró la boca varias veces, no muy seguro de qué debía decir. Astrid decidió tomar la iniciativa a la vista de que Finn no era capaz de formular una frase coherente.
—Cuando nos contaste cómo habían muerto los Hofferson, dijiste que encontraste un anillo de plata colgando del cuello del cadáver de Asta.
Finn frunció el ceño antes de asentir y sacó de bajo su túnica una cadena de la que colgaba una alianza deformada. Astrid tragó saliva y le lanzó una mirada rápida a Hipo, antes de volver a hablar.
—Finn, todo este tiempo has vivido pensando que murieron por un ataque de dragones, pero la realidad resulta ser muy diferente. El ataque fue una tapadera para cubrir su asesinato —argumentó la bruja.
Hofferson jadeó sorprendido por sus palabras y negó reiteradamente con la cabeza.
—¿Qué locura estás diciendo? Murieron por la maldición que él arrastraba —señaló a Hipo—. No puede ser que…
—Le Fey los mató, Finn —le interrumpió Astrid interponiéndose entre el mercenario y su novio.
—¿Cómo demonios es eso posible? ¿Cómo puedes saber eso? Sólo… ¡solo eras una bebé cuando eso pasó! —demandó Hofferson a voz de grito.
—Astrid, haz que se calme, por favor —le advirtió Hipo nervioso dando un paso hacia atrás.
La bruja podía sentir la magia de Hipo reaccionar muy alterada al estado cada vez más violento de Finn. Astrid inspiró profundamente y se volvió de nuevo hacia el mercenario.
—¿Recuerdas que Eyra era una völva y tenía el don de ver el pasado? —preguntó Astrid con cautela.
—¡Por supuesto que lo recuerdo! —escupió Hofferson—. ¿Pero qué tiene que ver eso con las barbaridades que dices?
La bruja tragó saliva.
—¿Y si te dijera que yo también poseo ese don?
Finn frunció el ceño desconcertado.
—Eso es imposible. Eres una bruja, no una völva.
Astrid puso los ojos en blanco.
—No me había dado cuenta de ese detalle.
Hofferson hizo una mueca ante su sarcasmo.
—Prueba que lo que dices es cierto —extendió su mano hacia ella—. Si es cierto que puedes ver el pasado como lo hacía tu madre con tocarme bastaría, ¿no? —Astrid asintió dubitativa—. Intenta descubrir entonces cómo perdí el ojo.
Astrid contempló su mano rugosa con desconfianza. Se volvió unos instantes hacia Hipo quien hizo un asentimiento con la cabeza para darle a entender que debía seguir adelante con ello. Resignada, Astrid cogió de la mano del mercenario y se adentró en sus recuerdos. La bruja había descubierto que, según qué recuerdos de qué persona exploraba, la exposición de los mismos podía variar. En el caso de Hilda le había resultado sencillo encontrar lo que estaba buscando, quizás por la simpleza de su carácter, pero Finn era un auténtico caos. Sus recuerdos se entremezclaban ante sus ojos, juntando recuerdos de la infancia con diferentes fases de su adolescencia y muchos de ellos se veían borrosos, quizás debido a su alcoholismo. Astrid, quien no quería mirar más de lo debido, rebuscó entre los recuerdos por encima hasta que por fin encontró lo que buscaba.
No sabía si debía estar agradecida de que el recuerdo estuviera borroso debido a lo alcoholizado que Finn debía haber estado durante aquel suceso, pero resultó ser un recuerdo de lo más desagradable. A esas alturas de la vida, Astrid debía estar acostumbrada a ver todo tipo de escenas violentas y grotescas, pero concluyó que ni siquiera alguien que tuviera estómago de hierro podía soportar ver con sus propios ojos como un borracho le arrancaba el ojo a otro con sus manos sucias y desnudas. Era un recuerdo tan espantoso como patético y le resultaba hasta milagroso que Finn hubiera sobrevivido a eso.
Soltó la mano de Finn con brusquedad y Astrid contuvo una arcada mientras contemplaba el parche sucio que cubría el hueco donde antes estaba su ojo. Hofferson la observaba ceñudo y extrañado por su actitud, mientras que Hipo posó su mano contra su espalda preocupado.
—¿Estás bien? —le preguntó su novio con cierta angustia en su voz.
—Sí —respondió ella secamente—, pero acabo de corroborar de que es un imbécil por haber provocado a un tipo tan borracho como él. Perdió el ojo por no moderar su lengua y ofender al hombre equivocado.
Hofferson soltó una carcajada que desconcertó a la pareja.
—¡Así que puedes ver el pasado también! ¡Es increíble!
A Astrid le molestó que lo que encontraba tan maravilloso en ella hubiera resultado tan molesto en Eyra cuando había abordado los recuerdos de Asta por accidente, pero retuvo su lengua.
—Finn, necesito el anillo.
El mercenario dejó de reírse y sostuvo su mirada en silencio.
—¿Para qué?
—Mi poder funciona cuando toco a alguien o un objetivo relacionado con ese alguien. El grimorio puede desvelarme la mayor parte de la vida de tu madre, pero el anillo… ella llevaba el anillo colgado del cuello cuando Le Fey mató a Thror y a mis padres y se la llevó con ella cuando Le Fey nos secuestró. Tal vez… tal vez podamos comprender qué es lo que sucedió realmente y qué impulsó a Le Fey para asesinarlos.
—¿Te refieres a que esa bruja a la que llamas Le Fey, la que decís que tiene ahora la cara de Kateriina Noldor y que tú has servido durante años, no mató a mi madre en un principio?
Astrid negó con la cabeza.
—Temo que ella asesinara a Thror, a Erland y a Eyra para vengarse de Asta, pero desconozco el motivo. Ellas se conocían de niñas y sé que fueron amigas, pero lo que pudo pasar entre ellas sigue siendo un misterio. El grimorio y el anillo pueden servirnos de ayuda para averiguarlo.
Finn contempló dubitativo el anillo que reposaba todavía en la palma de su mano. Dejó que la cadena se deslizara por su piel hasta que el anillo deformado se balanceó sobre su piel. Astrid extendió su mano para cogerlo, pero Finn echó su brazo hacia atrás.
—Quiero verlo yo también.
Astrid jadeó sorprendida.
—No puedo hacer eso —se apuró en mentir.
—No me engañes, pequeña. Es todo cuestión de atar cabos. Haddock acabó con el brazo destrozado porque tú habías perdido el control sobre tu magia al descubrir lo que había pasado, ¿verdad? Por tanto, él estuvo contigo cuando tuviste las visiones de tu madre.
La bruja frunció los labios e Hipo chasqueó la lengua claramente irritado por la perspicacia del mercenario.
—Te dejaré que lo veas, pero Hipo también estará presente —propuso entonces Astrid.
A Finn no le gustó esa oferta, pero parecía consciente de que la bruja no iba a ceder ante la opción de que Hipo no la estuviera respaldando de nuevo con las visiones. Hipo era su sostén emocional y no podía —ni quería— que él no estuviera con ella si volvía a visualizar algo tan terrible como el asesinato de sus padres.
Finn le entregó el anillo y a Astrid le sorprendió lo ligero que se sentía el metal en su mano. No cabía duda de que había sido un trabajo de un digno maestro herrero que había precedido a Bocón en la herrería muchos años atrás. Cerró su mano en un puño que acercó contra su pecho mientras caminaban hacia casa de Gothi para contar con espacio e intimidad para adentrarse en las visiones. Se sentía irremediablemente nerviosa, consciente de que fuera lo que fuera lo que iba a ver del pasado de Asta y Le Fey, no iba a ser agradable en absoluto.
Se preguntó cómo había gestionado Eyra toda aquella tensión cada vez que se adentraba en una visión, aunque su madre jamás había tenido que utilizar su poder como lo estaba usando ella. De haber estado viva, ¿le habría enseñado a usarlo? Porque quedaba claro que la posibilidad de que Astrid hubiera sido una völva aún siendo humana habría sido más que probable, aunque estaba segura de que ella habría seguido optando por ser una bruja.
Casi segura, más bien. Ya no sabía qué era lo que realmente quería o no.
Contempló el anillo una vez más, cuestionando si en algún momento ella habría dispuesto del libre albedrío que sus padres tanto habían deseado para ella.
Supuso que eso era algo que nunca llegaría a saber.
Xx.
Asta Lund nació en una noche oscura sin estrellas avistando en el firmamento.
Su madre biológica la trajo al mundo en un bosque recóndito en mitad de ninguna parte. Poco rato después, tras envolverla en una manta vieja y mohosa, la pobre mujer murió desangrada mientras amamantaba a su bebé por primera y última vez. Asta nunca conocería su nombre y tampoco sabría de las circunstancia que habían llevado a su madre biológica a darla a luz tan lejos de la civilización. Supuso que su madre se habría quedado embarazada en condiciones poco convenientes e incluso llegó a teorizar de que si le había dado a luz ella sola a la intemperie en pleno invierno se debería a que o bien la habían echado de casa o que se planteaba abandonarla en aquel bosque a su suerte. Fuera lo que fuera, cuando las brujas las encontraron, su madre llevaba varias horas muerta y ella estaba protegida en su regazo por la manta al borde de una hipotermia.
Por lo general, todas las brujas adquirían su nombre de nacimiento, pero había sido imposible adivinar cuál había escogido su madre para ella, si es que lo había pensado siquiera. La bruja que la sostuvo en brazos la contempló iluminada bajo la pálida luz de los fuegos ignífugos y, tras caer que aquella noche no había estrellas que apreciar en el cielo, decidió llamarla Asta.
«Brillante como una estrella», así la habían nombrado, pues las viejas tradiciones dictaminaban que aquellas niñas que nacían sin estrella acababan malditas.
La misma bruja que le regaló un nombre también le entregó su apellido y la adoptó como suya. Masha Lund era una bruja tan bella como sabia, aunque reconocida por su carácter serio y frío. Había sido coronada recientemente como reina del aquelarre Skaði, un reputado y poderoso aquelarre situado al norte del lago Baikal, y era famosa por su grandioso manejo sobre el hielo y la nieve. Sin embargo, tras dos partos complicados, Masha había tenido la desgracia no solo de perder a sus dos retoños, sino que además se había quedado incapacitada para tener más. La reina del Skaði estaba acostumbrada a rescatar a bebés abandonados en el bosque o acoger a niñas que no podían ser mantenidas por sus familias. Aún así, el caso de Asta le trajo una acérrima necesidad de protegerla, como si el hecho de que la hubiera encontrado recién nacida, marcada por Freyja, huérfana y sin la protección de ninguna estrella hubiera despertado en ella la maternidad que pensaba que había perdido tiempo atrás.
Asta Lund nunca buscó sus orígenes ni sintió la curiosidad de conocer la identidad de su padre. Para ella, su madre y su padre eran Masha Lund y su familia era el aquelarre de Skaði. No necesitaba más. La bautizaron más pronto de lo normal, quizás porque en una tierra tan vasta y fría como Siberia la mayoría de los bebés no sobrevivían a su primer invierno. La propia Masha la bautizó en un lago subterráneo bendecido por las aguas sagradas de la Diosa y, aún sin saber cuál sería el poder que Asta recibiría en un futura, la propia reina había decidido instruirla personalmente, decidida a que su hija pudiera llegar a ser un alto cargo en el aquelarre o incluso reina una vez que ella abandonara aquel mundo.
Sus primeros cinco años fueron sumamente felices. Masha adoraba a su hija y, pese a que se esforzaba en no favorecerla entre las demás niñas, no cabía duda de que Asta era el ojito derecho de la reina. Asta siempre estaba pegada a las faldas de su madre y, aunque ante las brujas adultas ella pareciera una niña tierna y adorable, la verdad era que tenía cierta fama de mimada e incluso de arrogante entre las brujas de su edad. Aún siendo tan pequeña, Asta comprendía que ella era especial, pues sólo ella llevaba el apellido de Masha y sólo Asta era considerada como hija legítima de la reina.
Sin embargo, esa sensación de singularidad se turbaría al poco de cumplir seis años.
Una noche, Masha la despertó en plena madrugada para indicarle que debían salir a cumplir con una misión «muy importante». Asta, a pesar del sueño que aún nublaba sus ojos, no titubeó en acompañarla. Su madre la vistió con las túnicas blancas del aquelarre y cepilló su cabello platino para decorarlo después con hermosas horquillas de hielo que creó con su magia. Pasó después sus manos heladas por sus pies para protegerlos del frío de la nieve y le besó sus mejillas para darles un toque de color. Asta se sentía como una princesa, aunque no cabía duda que su madre se veía aún más esplendorosa que cualquier mujer que hubiera conocido en su vida. Su vestido blanco contaba con un corte que favorecía cada curva de su cuerpo y además llevaba una capa hecha de hielo y nieve que resplandecía ante la palidez de la luz de luna. Había dejado su largo y sedoso cabello castaño suelto y lo había decorado con una corona de lirios violetas escarchados que la identificaba como reina del aquelarre Skaði. Caminaron agarradas de la mano y en silencio hasta los lindes de la aldea y, antes de alzarse al vuelo, Masha se arrodilló a su altura y cogió de sus manos con una expresión muy seria dibujada en su rostro.
—Lo que vamos hacer hoy es muy importante, pero necesito que estés callada y formal en todo momento, ¿vale? Tómalo como una lección.
Asta asintió con la cabeza intrigada.
—¿Adónde vamos? —preguntó la niña cuando se elevaron al cielo nocturno.
—A una aldea de los humanos —respondió Masha sin mirarla—. Vamos a buscar a una nueva integrante del aquelarre. Es una bebé recién nacida que ha sido marcada por la Diosa. Es probable que algún día te toque a ti hacer esto, por lo que estate atenta, porque verás que existen realidades muy distintas a las de nuestro aquelarre.
Asta se sintió un tanto decepcionada de que su misión consistiera en ser una mera espectadora, pero decidió no quejarse al respecto. No quería enfadar a Masha con sus quejas, más cuando era la primera vez que la sacaba de la aldea para llevarla con los humanos, por lo que se redujo a disfrutar del bello paraje helado del lago Baikal. Masha no soltó su mano en ninguna circunstancia, puesto que Asta, al igual que el resto de las niñas recién bautizadas, aún tenían mucho que aprender para controlar del todo sus poderes y volar no era una de las mayores virtudes de las que Asta pudiera presumir.
Cuando alcanzaron la desembocadura del río Angará, torcieron hacia el noroeste y estuvieron volando al menos una hora más hasta que Masha descendió hacia un bosque. Era difícil adivinar la hora que era cuando el sol nunca salía durante el invierno, pero debía ser por la mañana, puesto que desde su ubicación se escuchaban las voces de los humanos que debían vivir en la aldea, aunque Masha había tomado el camino opuesto al pueblo. Asta no quiso soltarse de la mano de su madre a pesar de que los nervios le hacían sudar sus palmas. Por suerte, Masha estaba demasiado concentrada en la misión como para siquiera notarlo. Tras caminar unos minutos, Asta apreció en la oscuridad una cabaña destartalada con pinta de que iba a venirse abajo en cualquier momento. Masha tiró de su mano cuando Asta titubeó en seguir adelante y sintió su corazón latir brioso contra su pecho. Se estaba arrepintiendo de haber aceptado acompañar a Masha a esa misión. Echaba de menos la seguridad de su cama, lejos de aquel lugar oscuro, frío y aterrador que no paraba de inyectarle miedo en el cuerpo.
Había algo malo en esa casa.
Algo muy muy malo.
Masha tocó a la puerta y escucharon unas voces susurrar dentro. Les abrió una anciana mugrienta y corta de estatura con una mueca desagradable marcada en su arrugado rostro.
—Llegas tarde —espetó la mujer en un ruso cerrado y difícil de entender.
—Nuestras tierras están localizadas mucho más al norte —señaló Masha en un ruso perfecto—. El viento no soplaba a nuestro favor esta noche.
La anciana gruñó, pero les dejó pasar dentro de la casa. La cabaña era más pequeña de lo que Asta había imaginado al principio y estaba tan sucia como sus integrantes. Además de la vieja, había una mujer de aspecto harapiento y enfermizo junto a la lumbre de la chimenea que sujetaba un bulto cubierto con unas mantas raídas; un hombre con vientre hinchado por el alcohol que roncaba a pierna suelta en la cama situada a una esquina y un niño flaco y decrépito con el cabello rapado al cero que estaba al otro extremo de la estancia y cuyos ojos grises y saltones las observaba con atención. Asta apartó la mirada enseguida, sintiéndose terriblemente vigilada por aquel niño que le ponía la piel de gallina. El suelo se sentía pegajoso bajo sus pies desnudos y, antes de que pudiera siquiera elevarse en el aire, Masha le lanzó una mirada de advertencia para que permaneciera quieta.
—Llegas tarde —murmuró la mujer de la chimenea.
Masha hizo una mueca, pero no replicó.
—¿Esa es la criatura? —preguntó la reina.
La mujer meció el bulto que tenía en sus brazos, como si se hubiera echado a llorar y necesitara consuelo, aunque el bebé estaba callado.
—Es perfecta —dijo la mujer en voz de hilo.
Masha soltó la mano de Asta y se acercó con cautela hacia la mujer para observar a la criatura de cerca. Asta sentía los ojos del niño de la esquina puestos todavía en ella y se esforzó en no mirarla de vuelta. De repente, sintió algo en su pelo y cuando se volteó se encontró con la anciana toqueteando su cabello.
—Qué rubio y qué bonito —murmuró la vieja—. ¿Cuánto dinero nos darían por él?
Asta se apartó bruscamente de la anciana con unas intensas ganas de chillar mientras sujetaba su pelo con sus manos. Una vasija de barro estalló entonces, alarmando a todos los presentes salvo el hombre que respondió con un ronquido. Escuchó a Masha suspirar a su espalda.
—Agradecería que no tocaras a mi hija —advirtió la reina—. No acostumbra a tratar con humanos y no es un producto con el que puedas comerciar.
—Una pieza tan bella daría muchos beneficios, más que esa escoria de ahí —la anciana sacudió la cabeza hacia el niño—. Hagamos un trato, el bebé por la niña.
Masha chasqueó los dedos y la estancia empezó a cubrirse de escarcha. Tanto la madre como el niño chillaron espantados, pero la anciana no se inmutó. Es más, sonrió enseñando sus dientes feos y podridos por la edad. Asta corrió hacia su madre y ésta posó la mano sobre su cabeza para calmarla.
—¡Caray, Masha! ¡Era solo una propuesta de negocio! No sabía que la niña significara tanto para ti.
—Es mi hija, Kostenka.
—¿Acaso no lo son todas? —se burló la vieja—. ¿Y bien? ¿Qué dices del bebé?
—El bebé está muerto —declaró Masha con frialdad.
—¡No, no lo está! —chilló la mujer, levantándose con tal fiereza que tiró la silla en la que estaba sentada y se puso ante ellas para mostrarles la bebé—. Es una niña preciosa y sana, ¿no lo ves?
Asta contempló horrorizada el rostro morado del bebé, cuyos ojos estaban abiertos de par en par, aunque no pudo estudiarlo más porque Masha le obligó a apartar la mirada.
—¿Qué demonios ha pasado? —demandó saber la reina.
—¡Oh! ¡Ya sabes! Cuando te avisé ayer por la tarde, yo había traído al mundo una bebé que estaba vivita y coleando, pero cuando he vuelto esta mañana la criatura ya estaba muerta —advirtió la anciana—. Probablemente lo haya matado uno de esos dos imbéciles. El padre es un borracho y la madre, si no está ciega de láudano, probablemente haya ingerido otra cosa que le haya hecho perder la cabeza más de lo habitual.
Masha arrugó el gesto y Asta observó de reojo como la humana se mecía hacia delante y detrás abrazando el bebé con fuerza contra sus pechos apenas inflamados de leche. Los ronquidos del borracho y los murmullos llorosos de la mujer retumbaban en los oídos de la pequeña bruja y quiso tapárselos para aplacarlos, pero sabía que sería inútil. El niño de la esquina, en cambio, no dijo nada, observaba la escena en un sepulcral y frío silencio.
—Vámonos, Asta —dijo su madre para su enorme alivio.
—Un momento —clamó la anciana interponiéndose en su camino—. No tienes que irte con las manos vacías.
Masha frunció el ceño.
—¿De qué demonios hablas?
La anciana estiró su bastón hacia el niño.
—Está marcada por Freyja.
Masha abrió mucho los ojos.
—¿Me estás pidiendo que me lleve a un niño? ¿Estás loca?
La vieja puso su ojo en blanco.
—Es una niña —la anciana se acercó arrastrando los pies hasta la niña y cogió de su raquítico brazo para obligarla a levantarse del suelo. La niña intentó soltarse de su agarre y se puso a chillar como una loca—. Se llama Moryen Blatvasky. Es la mayor de estos dos imbéciles. No es que sea una gran pieza, pero mira…
La anciana Kostenka levantó el sucio camisón que la niña llevaba puesto. Asta contuvo un grito contra la falda de su madre cuando observó que, además de la evidencia de que aquel niño realmente era una niña, su cuerpo estaba cubierto de terribles hematomas. Aquella niña debía ser como mucho un año o dos menor que ella, ¿cómo demonios la habían podido tratar así? Observó que a la altura de su ombligo había una pequeñita mancha marrón. Masha, casi tan horrorizada como ella, se acercó a palpar la marca y Moryen intentó oponer resistencia inútilmente.
—Es muy débil —señaló Masha irritada.
—Mejor eso que nada, ¿no? —replicó la anciana soltando el camisón.
—Y está enferma —insistió Masha—. Aún recibiendo la bendición de Freyja no llegará a adulta.
—Si no recibe la bendición de Freyja morirá antes del verano —le advirtió la vieja—. Eso si el padre no la mata a golpes antes.
Masha parecía estar en una encrucijada y Asta contempló aterrorizada los fríos y furtivos ojos grises de Moryen. Había muchas emociones que una niña de su edad no debía haber vivido todavía y la propia Asta se veía incapaz de comprender todo lo que esa cría debía haber sufrido.
—Está bien —aceptó Masha.
La anciana sonrió con picardía y zarandeó a la niña para obligarla a calmarla.
—¿Lo ves? Te he hecho hasta un favor —advirtió la vieja—. Es un poco asalvajada, pero con mano dura todo se aprende. No será una gran bruja, pero al menos te servirá para limpiar o algo por el estilo.
Masha chasqueó la lengua irritada antes de coger a la niña del brazo. La reina se dirigió entonces a la madre que aún seguía meciéndose con el bebé muerto.
—¿Estás de acuerdo con que me lleve a tu hija conmigo?
La humana tardó en reaccionar y alzó la mirada confundida por su pregunta, posando sus ojos primero en Masha y luego en Moryen. Su silencio pareció decirlo todo, más cuando volvió a centrar su atención en el bebé muerto. Masha, probablemente incapaz de contener su ira por más tiempo, tiró del brazo de Moryen mientras ésta llamaba a su madre mediante súplicas para que la dejara quedarse.
—A veces pienso que no estás hecha para este trabajo, Masha —se burló la vieja cuando salió tras ellas—. Vives en tu mundo perfecto con las tuyas y, cada vez que recibes una dosis del mundo real, te desmoronas.
La reina fulminó a la anciana con la mirada.
—No quiero volver a verte.
—¡Oh, querida! Ésta será la última vez que me verás, aunque no será la última que yo te vea.
Asta no comprendió qué quería decir la anciana con eso y al parecer Masha tampoco, pero su madre no se detuvo a averiguarlo y cogió bruscamente de su brazo para obligarla a alzar al vuelo con ella. Moryen se puso a chillar como una histérica y Masha se vio obligada a dormirla para cargar con ella en brazos durante todo el viaje. No dijo una sola palabra en todo el tiempo que duró el vuelo y, tan pronto llegaron a la aldea al anochecer, ordenó a una bruja que la llevaran a lavarse, que le dieran la cena y seguido que se fuera dormir. Asta quería marchar con su madre, pero las leyes dictaminaban que solo la reina podía estar presente ante el bautismo de una nueva bruja, por lo que la niña contempló impotente cómo Masha se marchaba a la fuente con aquella cría todavía durmiendo en sus brazos.
Aquella noche, Asta tuvo pesadillas. Corría, corría y corría a través del bosque, incapaz de emprender el vuelo, huyendo de aquella horrorosa casa y de sus habitantes. Entonces se tropezó con algo que hizo que se diera de bruces contra el suelo e intentó levantarse cuando contempló que aquello con lo que se había tropezado era el bebé de cara morada y ojos saltones. Asta se despertó gritando, aunque Masha apareció enseguida a su lado, esta vez con su ropa de dormir y sin la corona de flores escarchadas decorando su cabello. La abrazó y la meció con ternura mientras le susurraba palabras suaves de consuelo.
—¿Puedo dormir contigo? —le suplicó la niña.
—Asta…
—Por favor —insistió la pequeña sin poder contener las lágrimas.
Masha suspiró, pero acarició su cabello con ternura antes de cogerla en brazos y llevarla hasta su dormitorio. Con una pequeña llama ignífuga encendida para no que la niña no se asustara aún más, se metieron en la enorme cama de Masha y se abrazaron bajo las pieles de oso polar y lobo siberiano para así entrar más rápido en calor. La reina le cantó una nana en ruso, consiguiendo así calmar su ansiedad y haciéndola sentirse fuera de todo peligro. Siempre tenía la sensación de que la cama de Masha era un santuario impenetrable y no había lugar en el que se sintiera más segura que allí, escondida entre pieles y los protectores brazos de su madre.
—¿Ma? —susurró Asta en bajita.
Su madre, que estaba a punto de caer dormida, hizo un ruido con la boca que le dio a entender que la escuchaba.
—¿Dónde está la otra niña?
Masha entreabrió los ojos. Asta percibió algo extraño en su expresión, aunque no fue capaz de interpretar el qué.
—Está durmiendo con las huérfanas.
—¿Ya es una bruja? —preguntó la pequeña bruja.
Masha asintió, volviendo a cerrar los ojos, como si quisiera darle a entender que aquel era el fin de la conversación. Asta, sin embargo, se veía incapaz de parar.
—¿Por qué su mamá no la quería? ¿Por qué quería al bebé muerto antes que a ella?
Aquella pregunta hizo que su madre volviera a abrir los ojos, esta vez mucho más despierta y alarmada que antes. Posó su mano fría contra su mejilla con el ceño fruncido y se tomó su tiempo para responder a su cuestión.
—Hay personas que no nacen para amar y prefieren enfocarse en lo que han perdido, más que en lo que tienen realmente. Supongo que el trauma de haber perdido el bebé hizo que la madre de Moryen se atara irremediablemente a ella.
—Pero también ha perdido a Moryen… Y ni siquiera parecía triste.
Los ojos de Masha se nublaron.
—Hay cosas que ni de adulta se pueden entender, cariño.
Asta se acurrucó contra el cuerpo de su madre y ésta la abrazó.
—No dejemos que vuelva a sentirse así, ¿vale? Ahora eres su hermana mayor —Asta alzó la cabeza confundida—. Creo que ella merece tener una familia, ¿no crees?
—¿Vas a ser también su mamá? —cuestionó Asta confundida.
—Tú siempre serás mi hija, pero está claro que Moryen necesita una figura materna y una hermana para sentir que encaja en este lugar —explicó Masha apartando un mechón de su cara—. Prométeme que la cuidarás siempre, que la llevarás por el buen camino y la ayudarás a seguir los designios de la diosa.
Asta observó a su madre en silencio, poco consciente de la dimensión que alcanzaría esa promesa algún día.
—Lo prometo, Ma.
Sin embargo, Moryen no se lo puso nada fácil, al menos al principio. La niña estaba completamente asalvajada y agredía a las otras huérfanas cada vez que soltaban un solo comentario que la molestara. A pesar de haber recibido la bendición de la diosa, Moryen era frágil en salud y no contaba con la misma resistencia que las demás brujas. Además, la magia, claro estaba, no era su punto fuerte. Su energía mágica era tan reducida que enseguida se le agotaba o se cansaba al intentar realizar cualquier tipo de hechizo. Aquello parecía enfadarla todavía más y se dedicaba a tirar del pelo o arañar a cualquiera que se atrevía a soltar cualquier tipo de comentario al respecto.
Asta tenía miedo de esa niña tan salvaje y maleducada, pero también era lo bastante comprometida como para ser perfectamente consciente de que no podía fallar a la promesa que le hizo a su madre. Mientras que las otras niñas se apartaban espantadas cada vez que Moryen enseñaba los dientes, Asta le hacía frente, con sus manos sobre sus caderas y con una expresión que imitaba la fiereza de su madre. Moryen rara vez se dejaba intimidar por ella, pero no cabía duda que el hecho de que Asta le parara los pies verbalmente y sin agredirla le resultaba tan raro como incómodo.
—¿Por qué no me pegas? —le preguntó una vez Moryen.
—Yo no pego a la gente —se justificó Asta desconcertada—. Y tú tampoco deberías hacerlo, probablemente si dejaras de portarte así más de una hablaría contigo.
—No les gusto y se ríen de mí todo el tiempo.
Esa era una cuestión a la que Asta no podía poner réplica. Aunque Moryen era una bruja, aún tenía aspecto raquítico y enfermizo. Su cabello crecía más lento de lo normal y aún seguía pareciendo un niño debido a la fina capa de pelo negro que cubría su cabeza. Moryen tendría unos cuatro o cinco años, aunque difícilmente podía saberse su edad exacta cuándo ni siquiera sabía cuándo era su cumpleaños. Asta, aún siendo tan pequeña, comprendía que aquella niña no sabía lo que era el amor o tener amigas, por lo que impulsada por un profundo sentimiento de lástima decidió hacer todo lo que estuvo en su mano para integrarla en el aquelarre.
Eso es lo que una buena futura reina debía hacer, pensó para consolarse.
No fue nada sencillo. Moryen era una niña difícil de tratar que ponía a prueba toda la paciencia de Asta. Sin embargo, su predisposición y su personalidad sosegada parecieron doblegar el carácter violento de Moryen con el paso del tiempo. Asta le decoraba su cabello con flores, pañuelos y horquillas para que luciera más femenina y Moryen resultó ser mucho más coqueta que cualquier otra bruja que ella hubiera conocido. Es más, cuando su pelo consiguió ser lo bastante largo, cogieron la costumbre de cepillarse sus cabellos como un acto de amistad. El pelo de Asta era largo, fuerte y tan rubio que parecía blanco, algo que despertaba la envidia y admiración de Moryen a partes iguales, mientras que el de la morena era encrespado y tan fino que se caía con suma facilidad, formándose calvas por diferentes zonas de su cráneo. Pasado el primer año juntas, Moryen se convirtió en una especie de lapa que siempre estaba pegada a ella, pero Asta al menos consiguió que las burlas contra ella se redujeran considerablemente y no negaba que disfrutaba siendo una especie de modelo a seguir para su amiga. De alguna manera, Moryen alimentaba su vanidad y era un sentimiento al que Asta se había acostumbrado demasiado rápido.
Poco antes de cumplir los ocho años, el don de Asta se manifestó por fin, aunque pudo presumir de que fue algo más temprano de lo habitual.
La niña llevaba tiempo intuyendo que su don estaría relacionado con el agua y no cabía duda de que estaba encantada de que así fuera. La bendición de manipular el agua era poco común y su madre estaba muy orgullosa de que ella tuviera una magia especial que pudiera convertirla en una gran reina algún día, por esa razón empezó a tomarse más en serio su educación, hasta el punto que usaban su grimorio para enseñarle hechizos complejos que no se mostraban a las demás brujas. Durante esas clases privadas, Moryen tenía prohibido estar con ellas, puesto que su don no había despertado todavía y, al parecer, no tenía pinta de que fuera hacerlo pronto.
Su incapacidad para ejercer magia como era debido suponía un problema dentro del aquelarre. Demostraba que Moryen no era del todo digna para ejercer la brujería y su magia no era capaz de protegerla de problemas de salud que solían ser inexistentes para las de su especie. Cada vez que Moryen enfermaba, Masha se volcaba en sus cuidados, hasta el punto que a veces desatendía las lecciones de Asta. Asta procuraba no enfadarse por todo aquello, pero no cabía duda de que le suponía un verdadero fastidio que Moryen causara tantos trastornos cada vez que se ponía enferma, sobre todo porque era tan quejica que en ocasiones dudaba si realmente estaba tan mal como decía estar. Al fin y al cabo, Moryen había demostrado en más de una ocasión que era una mentirosa patológica.
Asta había tenido la esperanza de que Moryen fuera moldeando su carácter a las costumbres del aquelarre y que, finalmente, pudiera convertirse en una bruja decente. Sin embargo, aunque los episodios de violencia habían ido a menos, Moryen seguía sin cambiar ni un ápice, quizás porque ella no terminaba de encajar, pero a medida que iba creciendo peor carácter iba desarrollando. No sólo mentía descaradamente, también robaba a otras brujas, sobre todo dulces y joyas; era tan vaga que desatendía sus tareas constantemente; la poca magia con la que contaba la usaba para fastidiar a los demás, aunque por suerte era lo bastante débil para no llegar a hacer un daño real a nadie y estaba quejándose todo el puñetero tiempo. Asta tenía que esforzarse por no mandarle a la mierda, aunque comprendía que lo que Moryen necesitaba era atención, pues no había otra forma en la que pudiera destacar.
Pasaron los años, Asta se transformó en una bruja hermosa y poderosa que tenía una habilidad envidiable sobre su don y ya corría el rumor de que era cuestión de tiempo para que Masha la nombrara oficialmente como su heredera. En su decimoquinto cumpleaños Masha y otras brujas del aquelarre le hicieron un ritual de purificación en las aguas del lago Baikal. Hacia el final del rito, Asta se encontró cara a cara con Freyja, a quien tuvo el honor de recibir su gracia e incluso llegó a ofrecerle la posibilidad de asomarse al Lago de las Lágrimas. La muchacha se asomó para encontrarse con otra muchacha mayor que ella y que presentaba un parecido significativo a ella.
—¿Quién es? —preguntó Asta con inevitable curiosidad.
Era una muchacha muy bella y atractiva, probablemente rondaba la veintena, y tenía una expresión dura y cansada, como si hubiera pasado por mucho. Sus ojos eran de un azul vivo y precioso, de los más expresivos que Asta había visto nunca.
—El Lago de las Lágrimas muestra las caras de las brujas que han pasado y pasarán por aquí —explicó la diosa.
—¿Significa que ella es mi… hija?
Freyja no respondió a su cuestión, pero Asta quiso pensar que así era. No pudo evitar cierto cúmulo de emociones encontradas que entremezclaban el miedo con la euforia de que algún día sería la madre de otra bruja tan bella como la que se veía en el reflejo del agua.
—Una cosa más, Asta Lund —dijo Freyja—. Permíteme un consejo.
Asta contempló a la diosa con devoción.
—Todo acto tiene sus consecuencias —advirtió la diosa—. Deja de ser tan vanidosa. Abre tu mente y escucha al que no quieres escuchar. No podrás evitar lo inevitable, pero sí puedes hacer que el mal sea mucho menor de lo que va a ser.
La joven no comprendía bien lo que Freyja le estaba diciendo, pero procuró tomar nota de sus consejos. La diosa desapareció entonces ante sus ojos y Asta volvió al mundo real, donde Masha la esperaba con una enorme sonrisa dibujada en sus labios de lo orgullosa que estaba de ella por haber finalizado el ritual con éxito. A partir de ese momento, Asta fue considerada una bruja adulta y consiguió integrarse en el equipo de investigación de magia avanzada gracias a su gran habilidad en los hechizos más complicados. A parte de eso y para no perder contacto con el aquelarre, Masha también la mandó a trabajar varios días a la semana con las matronas para que aprendiera el oficio.
Todo parecía irle bien a Asta y no cabía duda de que, en cualquier momento, Masha la nombraría su heredera para liderar el aquelarre. Moryen, en cambio, había sido la única bruja de su generación cuya don todavía no había despertado. Su magia era terriblemente básica y mediocre y no cabía duda de que era considerada el hazmerreír del aquelarre. Asta intentaba protegerla de las burlas, pero también era de la opinión de que Moryen no valía para ser bruja. Es más, su salud estaba cada vez más deteriorada y Masha le había advertido de que debía concienciarse de que Moryen no alcanzaría la edad adulta, dado que las curanderas habían detectado que su corazón se estaba debilitando y su hígado no funcionaba bien. Asta procuraba ser cariñosa y afectuosa con Moryen, a quien consideraba su hermana pese a sus numerosos defectos. De alguna manera, sentía que debía protegerla y había creado un vínculo especial con ella, sobre todo porque Moryen era muy dependiente a ella y la adoraba.
—Cuando seas reina, ¿me darás una asignación chula? —le preguntó Moryen una vez.
Asta se rió ante su pregunta.
—¿Qué te gustaría ser? —cuestionó ella.
—Podría ser alguien importante en el ejército —explicó Moryen.
Asta frunció el ceño.
—Moryen, ni tú ni yo valemos para soldados, lo sabes bien. No has cogido un arma en tu vida —le advirtió la bruja.
—No necesito armas para derrocar ejércitos —insistió Moryen—. Puedo hacer que la gente me diga todos sus secretos.
—¿Ah sí? ¿Cómo? —cuestionó Asta un tanto irritada por su soberbia.
Moryen miró entonces hacia arriba y señaló un pájaro que estaba posado sobre una rama mientras daba de comer a sus crías. La morena sonrió de una forma que hizo que a Asta se le pusiera la piel de gallina y tuvo que contener un grito cuando el pájaro empezó a sacudirse violentamente sobre la rama hasta que cayó al suelo.
—¡Moryen, para! —le pidió Asta horrorizada al ver que el pájaro seguía vivo y que su amiga parecía dispuesta a seguir con aquel horroroso espectáculo.
—No, espera, he estado practicando —dijo la chica sin apartar los ojos del animal.
Moryen hizo un movimiento con los dedos que hizo que el pájaro se retorciera con tal brusquedad que Asta tuvo que apartar la mirada cuando escuchó cómo sus alas se quebraban mientras graznaba de dolor. Sintió las lágrimas bajar por sus mejillas y, de repente, una mano fría cogió de la suya. Moryen la observaba confundida, como si no comprendiera qué había hecho mal.
—No vuelvas a hacer eso —le ordenó Asta con frialdad.
—Pero…
—Nunca, Moryen, ¿entendido? Promételo. Este no es el camino que debes seguir.
Moryen no estaba contenta de verse forzada a hacer tal promesa, pero al verla tan disgustada tuvo que hacerlo a regañadientes. Asta, a cambio, le prometió que no le diría nada a nadie, ni siquiera a Masha, aunque Moryen no parecía comprender la gravedad de sus actos y sencillamente sacudió los hombros de pura indiferencia. Masha también parecía haberse vuelto más estricta con Moryen y la regañaba constantemente por ser tan vaga y quejica. Aquello solo conseguía enfurecer a la muchacha, quien parecía estar harta de tener que seguir tantas reglas y normas que, según su punto de vista, eran estúpidas. Por no mencionar de que estaba cansada de que la consideraran de menos por el simple hecho de no tener un poder especial como las demás brujas. Asta procuraba no entrar en sus discusiones con otras brujas que la provocaban, aunque no cabía duda de que Moryen estaba tomando una actitud muy peligrosa.
—¿No hay ninguna manera en qué podamos ayudarla a despertar sus poderes? —preguntó Asta una noche a su madre mientras ponía la mesa para cenar las dos solas en casa.
Masha soltó un largo suspiro mientras revolvía el cocido en el fuego.
—Hay que dejar que las cosas sigan su curso. Si la diosa no quiere que sus poderes despierten todavía, hemos de cumplir su voluntad —argumentó Masha—. Quizás ni siquiera existan, Asta.
—Puede que su actitud tan violenta y desagradable vaya a menos si le damos un empujoncito —insistió Asta—. Nadie merece una situación como la suya, Ma. Seguro que el grimorio…
—Asta —le interrumpió su madre con brusquedad—. Cuando seas reina comprenderás que hay decisiones que no han de tomarse precisamente para no ofender a los dioses. Si Freyja no quiere que los poderes de Moryen despierten, nosotras no podemos obrar contra sus intereses.
—¿Aún siendo injusto? —cuestionó ella con fastidio.
—Aún siendo injusto —corroboró la reina con dureza.
Asta, por primera vez en toda su vida, estaba en total desacuerdo con su madre. Por esa razón tal vez hiciera lo que hizo. Solía ser costumbre que Asta cogiera el grimorio para estudiarlo, por lo que era imposible que Masha sospechara que estaba buscando una forma para liberar los poderes de Moryen a sus espaldas. Le llevó tiempo encontrar la respuesta que necesitaba, pero concluyó que la solución más sencilla era que Moryen convocara a la mismísima Freyja y le pidiera personalmente que despertara sus poderes. El plan tenía todo el sentido del mundo dentro de su cabeza y, cuando Moryen la recibió con entusiasmo, se convenció de que era una idea brillante. La única traba de todo aquello era que Moryen no tenía el poder suficiente para llevar a cabo por ella misma un hechizo de esas magnitudes, por lo que Asta le sugirió ejecutarlo durante siguiente luna llena en la fuente de Freyja que se encontraba a pocos kilómetros de allí, así aprovecharía las energías de la luz lunar y el poder de las aguas de la diosa para invocar a la diosa. Asta, por su parte, se encargaría de distraer a las centinelas mientras Moryen realizaba el hechizo.
Por aquel entonces, Moryen ya había empezado a usar el nombre de «Le Fey», justificando que dado que ella sería grande algún día, prefería presumir de un nombre a su elección que del apellido de una familia que no significaba nada para ella. Masha arrugó el gesto ante su nuevo nombre, más cuando le ofreció llevar el suyo propio si lo veía preciso, pero Moryen aseguró que «Le Fey» era el nombre que ella merecía llevar. Masha le explicaría que aquel nombre era desafortunado sobre todo porque «Fey» era un nombre peligroso de los tiempos oscuros de la brujería y estaba marcado por la muerte y la calamidad.
—Quizás deberías alejarte un tiempo de Moryen —le advirtió Masha preocupada.
Asta frunció el ceño.
—¿Por qué iba hacer algo como eso? Moryen es como mi hermana pequeña, cuido de que no se meta en líos. Fue una promesa que te hice, ¿recuerdas? —cuestionó la bruja casi con diversión.
Masha no estaba convencida y Asta tuvo que contenerse de no poner los ojos en blanco cuando le recordó que ella había nacido sin una estrella que la protegiera. A veces pensaba que su madre era una supersticiosa exagerada y, honestamente, por aquel entonces ella se consideraba una bruja lo bastante poderosa como para prevenir cualquier mal que le acechara. Además, una vez que Moryen tuviera sus poderes, todo sería infinitamente más fácil, y estaba convencida de, aún contando con su don, seguiría sin ser una amenaza dado su mediocre nivel de magia.
El plan se ejecutó a la perfección. Asta consiguió distraer sin grandes problemas a las guardias de la fuente y cuando Moryen salió por fin de la caverna, la bruja le preguntó por cómo había sido el encuentro con la diosa y cuál era el poder con el que había sido bendecida. Moryen, con una sonrisa enigmática, respondió:
—Es un secreto.
Asta alzó las cejas.
—¿Por qué tendría que serlo?
—Porque te quiero sorprender cuando llegué el momento —respondió Moryen sonriente—. Ya lo verás, te va a encantar.
Quizás en ese momento, Asta debía haberse percatado de que algo no iba bien, sobre todo cuando olió el hediondo aroma que desprendía el cuerpo de Moryen según alzaron el vuelo. Cuando regresaron a la aldea, quiso decirle que fuera a bañarse para quitarse aquel nauseabundo olor de encima, pero Moryen simplemente se marchó a todo correr, sin ni siquiera despedirse de ella. Molesta por la actitud de su amiga, Asta regresó a su casa y se metió a la cama refunfuñando por lo desagradecida que podía llegar a ser Moryen a veces. Sin embargo, su sueño fue intranquilo y fue abordada por viejas pesadillas con nieve ensangrentada y bebés morados.
Asta se despertó muy alterada y, por alguna razón, empapada. Se quitó las pieles mojadas para secarse cuando reparó que su cuarto estaba inundado de agua hasta sus tobillos y que el agua caía desde su colchón como una cascada. Se llevó las manos a la boca escandalizada, ¿cómo había perdido el control de esa manera? Fue entonces cuando lo oyó.
Asta.
Era una voz fluida y suave, como el sonido del agua cuando resbalaba entre las rocas.
Asta.
La bruja enseguida se dio cuenta de que era precisamente el agua quien le estaba hablando. Su madre le había explicado que algunas brujas con el don de manipular el agua podían llegar a escuchar su voz, privilegio que, por lo general, sólo recibían las sirenas. Asta nunca pensó que podría tener la suerte de escuchar al agua, pero su breve momento de euforia duró demasiado poco.
Enmienda tu error.
Asta no comprendió qué quería decir con eso.
Enmienda tu error.
Con la sangre palpitando contra sus oídos y muerta de miedo, Asta corrió pedir ayuda a su madre. El agua se desperdigó por toda la casa tan pronto abrió la puerta de su habitación y sintió que el corazón le daba un vuelco al no encontrar a su madre en su cuarto.
Enmienda tu error.
El agua no paraba de repetir esas palabras contra su oído. ¿Qué error debía enmendar? Asta se vistió rápidamente y salió de casa para buscar a Masha. La aldea estaba inusualmente callada y se había puesto a nevar copiosamente. Buscó a Masha en el Gran Comedor y en la zona de entrenamiento, también miró en la fragua y en el Archivo, pero su madre no estaba por ninguna parte.
Enmienda tu error.
Asta se tapó los oídos mientras se esforzaba en no romper a llorar de lo asustada que estaba. Tocó a varias puertas para pedir ayuda a las consejeras de su madre, pero nadie atendió a su llamada y todas las puertas estaban cerradas a cal y canto. Movida por el pánico y consciente de que era mala idea adentrarse en el bosque en plena nevada, Asta se dirigió al lago esperanzada de poder encontrar alguna pista del paradero de Masha. A pesar de llevar sus vestimentas de bruja y haberse calzado con unas botas de piel, hacía mucho frío. Sin embargo, parecía que la temperatura iba bajando a medida que iba acercándose al lago.
Enmienda tu error.
La nevada se transformó en tormenta en cuestión de minutos y, por un momento, Asta pensó que iba a ser engullida por la nieve. Intentó transformar el hielo en agua, pero su estado de ansiedad le impedía concentrarse para ejecutar el hechizo como era debido. Le pareció escuchar unas voces a lo lejos traídas por el viento, pero era difícil saberlo cuando la corriente era tan fuerte y la empujaba hacia atrás por cada paso que daba hacia delante.
Enmienda tu error, Asta Lund.
—¡¿Qué error?! —chilló Asta desesperada.
No recibió respuesta. Sin embargo, la tormenta se disipó de repente y Asta pudo ver entre los árboles una tenue luz cálida. Con suma cautela y manteniéndose oculta entre los árboles, se acercó para ver más de cerca y contuvo un grito al ver a lo lejos a Moryen tirada en el suelo aparentemente inconsciente y a Masha contemplando sus manos como si fuera la primera vez que las miraba. Tenía una sonrisa de oreja a oreja dibujada en su cara y se giraba sobre sí misma con una coquetería muy impropia de ella. Asta no comprendía lo que estaba viendo, ¿por qué Masha parecía tan enfocada en sí misma cuando Moryen estaba tirada en el suelo sin conocimiento?
Masha se giró entonces hacia el lago y chasqueó los dedos. El hielo que cubría la orilla se quebró con violencia y se transformó en polvo de nieve a la vez que el agua negra del Baikal se revolvía agitada. Le extrañó que Masha utilizara su magia tan a la ligera, sobre todo porque jamás le había gustado quebrar el orden marcado por la naturaleza. Controlaba las tormentas de nieve en torno a la aldea, pero jamás aceleraba el proceso de congelación y el deshielo de la zona. De repente, Masha rompió a reír como una histérica y Asta sintió que su ansiedad al caer que su madre seguía ignorando a Moryen y que su amiga no parecía estar respirando. Debía acercarse, pensó, aunque tenía demasiado miedo para hacerlo. Su instinto le advertía del peligro que se iba a cernir sobre ella si Masha la descubría, pero necesitaba encontrar sentido a lo que estaba pasando y tenía que ayudar a Moryen.
Se movió para tener mejor visión cuando, sin querer, quebró una rama con sus pies. Asta contuvo la respiración y se quedó muy quieta, deseando volverse invisible como fuera.
—Sal de tu escondite, puedo sentirte desde aquí —escuchó decir a Masha—. No te haré ningún daño.
Asta tragó saliva aterrada antes de salir de entre los árboles en dirección a la orilla. Notaba su cuerpo temblar del miedo y del frío debido a que sus botas se habían humedecido por la tormenta y se le estaban congelando los pies. Asta se detuvo a una distancia prudencial de Masha y fue entonces cuando reparó algo diferente en la cara de su madre.
Sus ojos ya no eran azules, sino grises.
Asta se quedó paralizada, incapaz de procesar lo que le estaba preguntando esa mujer, y posó sus ojos en el cuerpo de Moryen. La muchacha que estaba ahí tendida estaba muerta, de eso no cabía duda, sin embargo, reconoció su misma mueca de arrogancia en la cara de su madre.
—¿Qué le ha pasado? —preguntó esforzándose en no mostrar su miedo.
—Está muerta —respondió la usurpadora—. Sabes bien que siempre fue una chica enfermiza, no iba a superar este invierno.
—Sí —afirmó Asta con firmeza—, pero no es por ella por quién estoy preguntando.
La falsa Masha alzó sus cejas sorprendida por ser descubierta tan pronto y Asta levantó la barbilla con aire desafiante. La bruja sonrió de oreja a oreja y Asta sintió un escalofrío al reconocer a Moryen en esa escalofriante sonrisa.
—Siempre fuiste muy lista, hermana. Sabía que tú te darías cuenta enseguida.
Asta negó con la cabeza horrorizada. ¿Qué demonios estaba pasando? ¿Cómo había conseguido Moryen parecerse a Masha? ¿Y quién era entonces la que estaba tendida en el suelo?
—¿Qué has hecho, Moryen? —cuestionó Asta horrorizada—. ¿Dónde está Masha?
—Sigue aquí —respondió Moryen alegremente—. Sólo que ahora forma parte de mí.
—¡No! —chilló la muchacha asustada—. ¡Cuando te dije que tenías que buscar tu camino, jamás te dije que tuviera que ser así! ¡Los Dioses jamás te lo perdonaran!
El bello rostro de Masha se fue deformando en una mueca fea y colérica y el aire se cargó con un pestilente olor que le dio ganas de vomitar. Se cubrió la nariz con una mano, aunque era imposible aplacar semejante peste, y dio un paso hacia atrás impulsada por el miedo que Moryen le estaba dando.
—Los Dioses me dieron este poder —dijo la bruja con frialdad—. Y esta es su voluntad.
—Moryen, por favor, escúchame, estamos a tiempo de remediarlo —insistió Asta con tono más conciliador.
Sin embargo, Moryen no parecía dispuesta a remediar nada. Una capa de hielo cubrió de nuevo la orilla del lago y también atrapó el cadáver de Moryen. Asta voló con rapidez hacia arriba, aterrorizada de que el hielo pudiera alcanzarla también. Observó como la escarcha se esparcía hasta el bosque, pero respiró tranquila al ver que no se extendía hasta la aldea.
—No quiero arreglarlo —dijo Moryen desde abajo—. La reina Masha ha muerto, es hora de que una nueva, más joven y más poderosa, ocupe su lugar.
—Moryen, te lo suplico, escucha… —empezó a decir la joven con voz rota.
—¡No! —chilló la bruja—. O te unes a mí o mueres, Asta. No me obligues a hacer algo que no quiero hacer.
Asta contempló a Moryen sin saber muy bien qué hacer. Seguía viendo a su madre aún estando claramente poseída por su amiga, pero necesitaba saber si ella seguía ahí en alguna parte. Descendió con cautela, aunque no posó sus pies en el suelo, y mantuvo una distancia cautelar de la bruja.
—¿Dónde está Masha, Moryen?
Moryen puso los ojos en blanco.
—Ya te he dicho que sigue aquí, pesada, ¿pero qué más da eso ahora? ¡Ahora podemos marcar nuestras propias reglas!
La euforia con la que había exclamado la última frase desconcertó a Asta. ¿Todo esto lo había hecho para no tener que seguir las normas del aquelarre?
—¿Tú poder es este? ¿El poseer cuerpos ajenos? —cuestionó la joven bruja desconcertada.
—¡Qué básica eres, Asta! ¡Por supuesto que no se trata solo de eso! —replicó Moryen con voz chillona—. Lo que hago, en realidad, es devorar el alma del cuerpo y con ello absorbo toda su magia, conocimientos y recuerdos. Por esa razón, ahora mismo sé cada secreto del aquelarre, cada momento compartido entre Masha y tú y, lo mejor de todo, puedo usar el poder de Masha a mi antojo.
Asta no fue lo bastante rápida para predecir el movimiento de Moryen, pero tan pronto rotó su muñeca una placa de hielo atrapó sus pies hasta su cintura. La joven bruja gritó horrorizada, más cuando dejó de sentir los dedos de sus pies. Moryen se rió con diversión.
—¡Parece mentira que con todo el poder que tenía a su alcance, Masha nunca lo usará en beneficio propio! Además, siendo reina es como si sus poderes y los míos propios se hubieran amplificado. ¿No es increíble?
Moryen siguió hablando, pero Asta le había dejado de escuchar. Estaba asumiendo que aquella mujer ante sus ojos no era su madre y le asustaba la sola posibilidad de no volver a verla.
—Joder, ¿en serio estás llorando? —dijo Moryen irritada—. ¿Por qué no te alegras por mí, Asta? ¡Todo esto es gracias a ti!
Asta abrió mucho los ojos. Era verdad, todo aquello había sido por su culpa. Por su cabezonería de retar a los dioses y proporcionarle a Moryen la posibilidad de despertar su don. ¡Qué tonta había sido! ¡Tenía que haber escuchado a Masha cuando se lo advirtió! Y ahora Masha… Su querida madre…
—Devuélvema —suplicó Asta en un murmullo.
Moryen frunció el ceño.
—Ella no era tu verdadera madre. Es más, al parecer, tu madre biológica era…
—¡Masha era mi única madre! —gritó Asta con tal fuerza que las aguas del Baikal se agitaron como un furioso océano.
Moryen la contempló en un frío silencio. Asta intentó buscar un resquicio de su madre en sus ojos grises como la nieve sucia, alguna señal que le diera a entender que ella seguía ahí, pero no encontró nada. Sintió que sus lágrimas seguían desprendiéndose de sus ojos sin ningún control, congelándose en sus mejillas por las bajas temperaturas, aunque contuvo sus intensas ganas de sollozar. No quería montar ningún número, eso no habría sido lo que su madre hubiera querido, más teniendo en cuenta de que no podía confíar en lo que Moryen podía hacer aprovechando su estado tan vulnerable.
—Puedo comprender por qué estás afligida, pero entiende que si no hubiera actuado, yo habría muerto, Asta. Mi otro cuerpo no podía soportarlo por más tiempo. Si he estado enferma todo este tiempo ha sido porque mi magia era tan extraordinaria y única que no podía soportarla un cuerpo tan débil, por eso nunca despertó mi poder —argumentó Moryen—. Solo habían dos personas en todo el aquelarre que podían contener mi magia.
Asta alzó la mirada desconcertada.
—¿Y por qué escogiste a Masha? —cuestionó la muchacha afligida.
—Asta, jamás haría nada que pudiera hacerte ningún daño —contestó Moryen incrédula—. Para mí eres la persona que más quiero en el mundo, no estaría bien que me adueñara tu cuerpo. Lo entiendes, ¿verdad? Si tengo que escoger entre Masha, quien no paraba de imponer normas y en recordarme cuán decepcionante era, y tú, indudablemente te prefiero a ti a mí lado.
—Pero…
—¡De verdad, Asta! ¡Para ya! ¡Ahora podremos hacer lo que queramos! ¡Gobernaré el aquelarre a mí manera y nadie nos llevará la contraria! —exclamó Moryen eufórica—. Eso sí, deberemos fingir que sigo siendo Masha para que no se monte ningún motín contra mí, así que tú actúa como si nada, ¿vale?
—Yo no puedo hacer eso —dijo Asta en un hilo de voz.
De repente, Moryen cogió de su brazo con tal rapidez y brusquedad que Asta chilló asustada. La mano de Moryen estaba helada y la joven bruja podía sentir su magia penetrar a través de su piel hasta casi congelar su sangre.
—No quiero obligarte a nada, Asta, pero todo será infinitamente más fácil si haces lo que te digo —argumentó Moryen con una dulzura falsa—. Si me das problemas, tendré que obrar al respecto, y ninguna queremos que use mi poderosa magia sobre ti, ¿verdad? —Asta negó con la cabeza aterrorizada—. Bien, verás como todo irá a mejor. Te lo prometo.
Por supuesto, aquella promesa era una mentira más.
Asta ni siquiera tuvo tiempo a asimilar que su madre no iba a volver. Moryen no se lo permitió porque desde el primer instante empezó a causar problemas que puso patas arribas la vida de todo el aquelarre. No se esforzó en exceso en interpretar su papel de Masha, aunque para disgusto de Asta nadie se atrevió a replicar sus órdenes cuando Moryen empezó a usar su magia contra sus súbditas. Masha había sido indudablemente una bruja muy poderosa y, para desgracia de todas, Moryen era extraordinaria usándola en su propio beneficio. Castigaba a toda aquella que la molestaba, descuidaba sus responsabilidades como reina y prefería dedicar su tiempo a holgazanear y a dar órdenes incoherentes y satisfacer sus caprichos que en ejercer como señora del aquelarre. El malestar entre las brujas era más que palpable y Asta no sabía donde meterse cuando la interrogaban sobre qué mosca le había picado a su madre.
—Masha parece haber perdido la cabeza, Asta, deberías hacer algo —le sugirió una vez Ying Yue, una poderosa bruja del viento de su quinta que la había acompañado a hacer la colada aquella tarde.
Asta tuvo que esforzarse en no poner los ojos en blanco. Si le desquiciaba cada vez que le había dicho eso cuando Moryen causaba quebraderos de cabeza, ahora le resultaba todavía más molesto cuando supuestamente el problema era Masha. Asta quería chillar de que su madre poco tenía que ver con aquel comportamiento infantil y errático, pero Moryen, desconfiada como era, se había asegurado de lanzarle un hechizo que impedía que pudiera revelar su verdadera identidad a nadie. Por esa razón, Asta se veía obligada a usar la misma excusa de siempre:
—Lo de Moryen le ha afectado mucho, no supera su pérdida.
—¡Por el amor de Freyja! —exclamó Ying Yue exasperada—. Comprendo que esté disgustada, todas hemos sentido la muerte de Moryen, pero llega a un punto que se hace insoportable, Asta.
—Lo sé —concordó la bruja en un hilo de voz.
Moryen se había encargado de montar una parafernalia en torno a su «funeral». Al principio, el anuncio de la «repentina» muerte de Moryen había sido un shock para todo el aquelarre, aunque no pareció inspirar especial pena entre sus integrantes. Moryen no había sido una bruja que se hubiera dejado querer con facilidad, por lo que pareció despertar más lástima por su deplorable estado de salud que por su pérdida en sí. Aquello no pareció sorprender a Moryen y, aunque le había repetido una y otra vez que no sentía ningún rencor contra las brujas del aquelarre, resultaba evidente que le molestaba la indiferencia ante su supuesta muerte. Excusar el comportamiento de Masha por el dolor de la pérdida del miembro más débil y mediocre del aquelarre era una justificación vaga y superficial que pronto dejaría de tener validez y Asta no sabía ya cómo decirle a Moryen que debía dejar de comportarse como una cría y empezar a ejercer como reina.
—Lo que te pasa es que tienes envidia —le escupió Moryen una noche en casa, después de que Asta le hubiera echado la bronca por milésima vez por su comportamiento.
—¿Envidia de qué? —cuestionó Asta indignada.
—Porque ya no vas a ser reina.
Aquella confesión le sentó como una bofetada. Asta ni siquiera se había planteado de que Moryen había destrozado su futuro por completo. Masha había trabajado para que Asta fuera una digna sucesora cuando ella falleciera, pero si Moryen podía traspasar su alma de un cuerpo a otro difícilmente querría cederle el poder con el contaba ahora. Asta había pasado de ser una heredera de un poderoso y reputado aquelarre a ser nadie. Seguía siendo la hija de Masha a ojos del mundo, pero la realidad era muy distinta. Ya no tenía madre, solo un apellido que ya no valía nada.
La convivencia con Moryen fue yendo cada vez a peor. Las brujas del aquelarre la temían cada vez más y había habido más de una expulsión a causa de sus terribles cambios de humor. Las consejeras de su madre estaban desconcertadas e indignadas por la horrible actitud de Masha, pero en lugar de actuar le habían cogido pavor a llevarla la contraria. La que un día había sido una líder sabia y atenta se había convertido en un monstruo egoísta y peligroso que nunca se podía predecir cómo iba a actuar. Además, Moryen se había adueñado del grimorio de Masha, libro que había estado a disposición de la propia Asta y de las brujas más poderosas y veteranas del aquelarre. El grimorio no solo era una fuente constante de conocimiento mágico, sino que además había sido un símbolo de poder que Masha había repartido con gusto entre sus brujas de mayor confianza. Que Moryen hubiera decidido tenerlo para su uso exclusivo significaba que la reina ya no confiaba en nadie y que ahora el poder absoluto del aquelarre recaía únicamente en ella, aunque Asta sabía que se había aburrido lo bastante rápido del libro como para tenerlo guardado en su habitación para acumular polvo.
Asta tampoco podía soportar cómo Moryen aprovechaba el cuerpo de su madre para su propio placer. Ninguna integrante del aquelarre, incluída ella misma, había vivido ignorante de lo que el sexo significaba. La propia Masha le había animado a vivir esa experiencia cuando había cumplido los dieciséis, pero Asta jamás se había sentido especialmente atraída por nadie, ya fuera hombre o mujer. Moryen, sin embargo, aprovechó la belleza de Masha para satisfacer su deseo carnal, trayendo sin ninguna vergüenza hombres y mujeres a la casa que compartían para experimentar a su gusto. Masha —y ninguna bruja que ella supiera— no había traído nunca a sus amantes a la aldea y mucho menos a su casa, pero Moryen no tenía ningún descaro o discrección, por lo que Asta se obligaba a taparse los oídos por las noches para no tener que escuchar los gemidos y los movimientos obscenos que podía escucharse a través de las paredes. A veces traía uno, otras muchas había por lo menos tres. Fueran quienes fueran, Asta sabía que nunca repetía a sus amantes y para la mañana siguiente no había ni rastro de los humanos que habían compartido el lecho con ella.
Sin embargo, lo que causó que Asta decidiera huir del aquelarre no fueron ni los amantes, ni la convivencia con Moryen. Ni siquiera el tener que soportar ver la figura de su madre corrompida por la que un día fue su amiga era motivo suficiente. Lo que impulsó a que Asta se convenciera de que no podía estar allí por más tiempo fue cuando Moryen decidió llevarla de excursión durante una noche primaveral. Su actitud fue extraña desde el instante que la despertó. Estaba inusualmente callada y muy seria y la mandó callar de muy malas formas cuando le preguntó adónde iban. Volaron casi toda la noche, atravesando el lago Baikal hasta que alcanzaron la desembocadura del río Angará. Asta se alarmó cuando torcieron hacia el noroeste, recordando perfectamente la última vez que habían estado allí. Cuando Moryen aterrizó en los lindes del bosque donde se ubicaba la casa de sus padres, se puso a nevar y Asta sintió un horrible escalofrío recorrer su columna. Aún seguía teniendo pesadillas de aquel lugar.
—Moryen, ¿qué… qué hacemos aquí? —preguntó Asta horrorizada.
—Resolver un asunto pendiente —respondió Moryen sin mirarla.
—Pero… aquí… tus padres…
El lloro de un niño la interrumpió. El sonido provenía del interior del bosque y Moryen caminó con paso ligero hacia su origen. Asta la siguió titubeante y nerviosa, aún sin comprender por qué Moryen habría querido volver a aquel lugar cuando solo había tenido palabras de desprecio para sus progenitores. La casa donde habitaba la familia de Moryen era aún más vieja y destartalada de lo que recordaba. Para su sorpresa, Moryen tocó a la puerta y esperó pacientemente a que les abrieran a la vez que escuchaban los gritos de un hombre y los lloros de un niño o dos.
En su día, Asta no había caído en lo mucho que Moryen se había parecido a su madre, aunque la Moryen enfermiza hubiera lucido sana como una manzana en comparación a aquella mujer que parecía más cadáver que humana. Los años le habían hecho envejecer severamente y su cabello oscuro estaba encrespado y cubierto de canas. La piel la tenía cenicienta y tenía los dientes podridos por la falta de higiene. Sus vidriosos ojos eran grises, iguales que los de su hija, y las contemplaba ausentes y sin vida.
—¿Qué queréis? —espetó la mujer en voz baja.
—¿No me recuerdas? —preguntó Moryen con suavidad.
La madre frunció el ceño y estrechó los ojos para estudiarla de arriba abajo, después puso los ojos en Asta.
—No hacemos negocios con brujas.
—¿Ah no? —cuestionó Moryen con falsa inocencia—. Éste seguro que os interesa.
—No tengo niñas que dar —advirtió la mujer nerviosa.
—No vengo a por ninguna cría, estate tranquila —le aseguró Moryen con dulzura.
La mujer titubeó antes de dejarlas pasar por fin. Asta no quería entrar en aquel lugar otra vez, pero Moryen se volteó con furia al ver que no se movía de la puerta, advirtiéndole con sus fríos ojos que más valía que entrara en la casa con ella. Asta agradeció haberse puesto las botas, ya que las suelas se pegaban en el suelo de lo asqueroso que estaba y no pudo evitar llevarse la mano a la nariz para paliar la peste a orines y suciedad que se respiraba en aquella casa. Aquel lugar no había conocido nunca el término «limpieza» y si la primera vez ya le había parecido vomitivo, la segunda resultaba ser aún peor. Asta contempló a un hombre sentado en la cama, con la mirada perdida en el fuego de un hogar que expulsaba más humo que calor y tenía una petaca de piel de cordero sujeta entre sus gordos y sudorosos dedos. La memoria de Asta no conseguía reproducir si aquel hombre era el mismo que estaba durmiendo la noche que Masha se llevó a Moryen, pero su expresión era sombría y su aspecto era el de un hombre que hacía años se había abandonado al alcohol y otras sustancias. A diferencia de la mujer, el hombre contaba con una barriga fofa que se le sobresalía de la túnica, aunque Asta comprendió que seguramente sería por el alcohol más que por el exceso de comida. Al otro extremo de la estancia había un niño sucio —o quizás una niña, puesto que tenía el pelo rapado al cero como lo había tenido Moryen en su día— con un bebé aún más sucio en sus brazos y no apartaba sus ojos de ellas, probablemente movido por la curiosidad de saber quiénes eran ellas, dos mujeres claramente bellas y vestidas con etéreos y preciosos ropajes.
Asta no comprendía qué hacían allí.
Moryen nunca había mostrado el menor interés en volver a casa. Jamás había perdonado a su madre por acceder a que Masha la arrancara del único hogar que había conocido y Asta era consciente de que, a pesar de que sus condiciones de vida habían mejorado en el aquelarre, el odio de Moryen hacia su familia solo había ido acrecentando con los años. Ni siquiera se planteó de que tal vez estuviera buscando la paz consigo misma, sobre todo porque Moryen Le Fey era la persona más rencorosa y vengativa que jamás había pisado el Midgard y, fuera lo que fuera la razón por la que estaban allí, la cosa no iba a acabar bien.
—¿Qué hacen estas furcias aquí? —cuestionó el hombre con desprecio.
—No… no lo sé, dicen que tienen un negocio…
—¡Calla! —gritó el hombre levantándose de la cama con torpeza. Asta contempló que la madre de Moryen se encogía ante la voz del hombre, claramente aterrada. El hombre se acercó arrastrando los pies y se situó a poca distancia de Moryen para encararla—. ¡No quiero brujas en esta casa! ¡Podéis largaros por donde habéis venido!
Asta no podía ver la expresión de Moryen, pero sí que contempló algo en la cara de aquel despreciable. Su ira se disipó para pasar al desconcierto y después al terror. Asta ni siquiera tuvo tiempo a reaccionar cuando, de un movimiento de su mano brusco y seco, Moryen rompió el cuello gordo y fofo de aquel hombre. Los gritos aterrados de la madre de Moryen impidieron que Asta pudiera escuchar el golpe del cadáver impactando contra el suelo, aunque los ojos saltones y vacíos de aquel hombre se quedaron posados en ella, como si estuvieran juzgándola a ella también.
—Vamos, vamos —dijo Moryen a su madre con cierta impaciencia—. Te he hecho hasta un favor, así que deja de chillar, ¿quieres?
La mujer se movió hasta donde se encontraban sus dos hijos, en un vago amago de protegerlos.
—Por favor, no nos hagáis daño, nosotros…
—¿Qué? —le interrumpió Moryen irritada—. ¿Me vas a venir con la trola de que no quieres que haga daño a tus hijos? Nunca has valido para ser madre.
La madre de Moryen negó con la cabeza.
—No, yo…
—¿Te acuerdas de Petya?
Se hizo un silencio grave en la casa. Asta sintió que sus tripas se revolvían, consciente de la tensión que se respiraba en aquel ambiente estaba empezando a rozar lo insoportable.
—Me acuerdo perfectamente de ella —dijo la mujer con voz temblorosa.
—Ibas a entregarla a las brujas, ¿verdad?
—Yo no… No quería —advirtió la mujer—. Era demasiado bonita para regalarla, pero… la vieja Kotenska me dijo que era lo mejor, que así la niña estaría a salvo de…
La mujer miró el cadáver del hombre y contuvo un sollozo.
—No me puedo creer que aún sigas queriéndolo —escupió Moryen—. Después de todo lo que nos hizo…
—¿Nos? ¿Qué… qué estás diciendo? Tú… si ni siquiera te conozco, no…
—¡¿Tan jodida estás por el opio que ni siquiera recuerdas la cara de la mujer que te quitó a tu hija?! —rugió Moryen.
De repente, la escarcha salió bajo los pies de Moryen y empezó a extenderse peligrosamente por toda la casa. La madre de Moryen se agazapó sobre sus hijos y estos lloraron aterrados.
—Mi hija… ¿Hablas… hablas de Moryen? —cuestionó la mujer dubitativa.
—¿De quién demonios iba a hablar si no, imbécil?
La madre de Moryen la contempló temblorosa.
—Era una niña difícil… pero… supongo que fue lo mejor para todos.
Un olor pestilente llegó a las fosas nasales de Asta. Era tan fuerte y desagradable que no pudo contener una arcada y se llevó las dos manos para taparse tanto la nariz como la boca. Pronto recayó en que el olor provenía del cuerpo de Moryen, muy similar a cuando sus poderes despertaron por fin. Sin embargo, parecía que solo Asta podía olerla, porque la madre de Moryen y los niños la contemplaron confundidos por su reacción. Moryen ni siquiera se volteó para atenderla y agitó su mano para elevar a su madre en el aire, cogiéndola del cuello con una mano invisible.
—Nunca me quisiste, ¿verdad, madre? —cuestionó Moryen con una voz tan fría que helaba el alma. Los ojos de la mujer se abrieron de par en par mientras luchaba por respirar y el hediondo olor de su cuerpo se intensificó. El niño mayor cogía desesperado del pie de su madre para bajarla mientras difícilmente intentaba sostener al bebé con un solo brazo—. Has seguido con tu vida sin dedicarme un solo pensamiento, viviendo con esa escoria que jamás nos trató bien a ninguna de las dos. Deberías haberme dado las gracias cuando maté a Petya —Asta y la mujer jadearon y ésta última abrió tanto ojos que parecían que se le iban a salir de la cara—. Eso sí que fue lo mejor para todos. Estabas obsesionada con ella, de lo guapa y perfecta que era, aún siendo bien fea después del parto. No me dedicaste ni una sola mirada durante el último mes del embarazo, preferías quedarte inmersa en tu barriga, acariciándola como si ya tuvieras al bebé entre tus brazos. No había quien te soportara cuando esa puta mocosa nació y parecía que ya no te quedaba suficiente cariño para las dos, por lo que la maté. Fue tan fácil como ponerle una almohada en la cara y asfixiarla hasta que se quedó morada.
La madre de Moryen se había puesto a llorar de la rabia e intentaba zarandearse del agarre invisible para lanzarse sobre la bruja. Asta, por su parte, no cabía en su horror. Moryen no había podido tener más de cinco años cuando todo aquello sucedió. Sabía que siempre había contado con un punto de psicopatía que había esperado que con los años hubiera ido a menos, pero jamás se hubiera planteado que siendo apenas una niña hubiera tenido la frialdad de matar a un bebé recién nacido sólo por celos. Había mirado a otro lado cuando las señales eran cada vez más evidentes y ahora era demasiado tarde.
No había redención posible para Moryen Le Fey.
Asta no se quedó para ver cómo Moryen asesinaba a su madre y a sus dos hermanos. No tenía estómago para ser testigo de tal masacre y, si hacía algo para detenerla, temía que Moryen la matara a ella también. Era una cobarde. No había tenido valor para encararse con Moryen cuando arrebató a Masha su cuerpo y tampoco era capaz de detenerla ahora para que al menos dejara marchar a los niños. Moryen salió de aquella casa manchada de sangre de la cabeza a los pies y Asta sintió que la perversión que la bruja había llevado a cabo sobre el cuerpo de su madre llegaba a un nuevo nivel al ver como sus impolutos y blancos ropajes de reina estaba tintados de un oscuro escarlata. Sonrió sádicamente cuando la vio abrazada a sí misma, temblando del terror que le inspiraba todo aquello.
—Estás muy pálida —señaló Moryen con ternura y cogió de sus mejillas para mancharlas con la sangre que las empapaba—. Un poco de color no te vendría mal, hermana.
Asta no fue capaz de articular palabra.
—He estado pensando que el blanco no nos favorece en absoluto. Quizás deberíamos plantearnos en cambiar las vestiduras del aquelarre al negro, ¿tú qué piensas? —preguntó Le Fey con aire risueño.
Que Le Fey hablara con tanta ligereza de ropa cuando aún estaba cubierta de la sangre caliente de su propia familia hizo que se mareara. No podía soportar todo aquello.
Tenía que irse de allí.
Tan pronto le fuera posible.
—Creo que es una idea fantástica —señaló Asta con suavidad.
Le Fey la sorprendió con un abrazo.
—Sé que tú nunca me fallarás, hermana mía, si no hubiera sido por ti jamás habría llegado hasta aquí.
Asta tuvo que esforzarse por devolverle el abrazo porque su primer impulso era empujarla y salir huyendo despavorida de allí. Cuando Le Fey se apartó con una actitud propia de una niñata a la que le habían regalado zapatos nuevos, Asta contempló que había manchado con sangre sus impolutos ropajes blancos, haciendo que luciera cómplice de aquella horrible masacre. Aunque, técnicamente, lo era. Como bien había señalado Le Fey, si no hubiera sido por su terquedad y sus ansias de demostrar a su madre que se equivocaba respecto a Moryen, nada de esto hubiera sucedido. Sus manos estaban tan manchadas como las de Le Fey.
—Así que habéis vuelto.
Ninguna de las dos brujas había reparado en la presencia de la anciana hasta ese instante. Ambas reconocieron a la vieja Kostenka, la mujer que había sugerido a Masha para que Moryen se fuera con ellas. Le Fey creó una espada de hielo y se acercó volando a la velocidad del rayo hasta la anciana, aunque se detuvo al ver que la vieja no se sentía en absoluto amenazada por ella.
—Debería matarte aquí mismo —escupió Moryen rabiosa, empujando la espada contra el cuello de la vieja.
—¿Y por qué ibas a hacer eso? Si eres lo que eres hoy es gracias a mí, mi reina.
Le Fey gruñó.
—¡Hiciste que me llevaran!
—Y con eso dejaste de recibir palizas y de ser una niña mediocre, ¿no? Mírate ahora, ahora eres una reina con un poder inconmensurable —advirtió Kostenka con orgullo—. Llevo años esperando tu retorno.
—¿Quién eres? —preguntó Asta inquieta.
—Solo una vieja humana que busca elegidas por la diosa y que anhela recibir lo que se ha merecido siempre.
—¿Y qué es?
—Recibir la misma bendición que recibisteis vosotras siendo niñas —respondió la anciana—. Llevo años esperando a que aparezca una reina digna a la que pueda servir. Puedo ver el futuro y si me bañáis en las aguas de la diosa podré ayudarte a convertirte en la reina más grande que jamás se ha conocido. Podrás rivalizar con los dioses de lo poderosa que llegarás a ser.
Todo aquel discurso puso a Le Fey como loca de contenta. Sin embargo, Asta no se fiaba de la anciana, sobre todo por la forma en la que la miraba. Parecía que supiera cada uno de sus pensamientos y eso le ponía la piel de gallina.
—Moryen, no deberías confíar en esa mujer —le advirtió Asta cuando regresaron a la aldea esa misma noche, justo antes de dirigirse hacia la fuente de Freyja.
—¿Por qué no debería hacerlo? No hay videntes en este aquelarre, así que no me viene de más tener a una que esté dispuesta a ayudarme —apuntó Moryen irritada.
—Pero Moryen…
—La envidia no te sienta nada bien, Asta —le achacó Le Fey molesta—. No eres la única consejera que necesito a mi lado. Así que cierra la boca y no te atrevas a volver a cuestionar mis decisiones.
Asta las contempló marcharse hacia la fuente de Freyja y supo que ya no había vuelta atrás. Trazar el plan de su marcha no le resultó nada fácil. Odiaba tener que abandonar al aquelarre a su suerte, pero ella poco podía hacer para protegerlo. Moryen le había arrebatado su oportunidad de ser reina y su poder estaba lejos de rivalizar contra el suyo. La anciana Kostenka se integró en el aquelarre con un nuevo nombre, Ikerne, y nadie comprendía la razón por la que la reina había bautizado a alguien de tan avanzada edad. No obstante, para el enorme desconcierto de Asta, la arrogante anciana ahora se mostraba silenciosa y discreta, y tenía la sensación de que no le quitaba ojo de encima, como si la estuviera vigilando. Sus poderes aún se estaban desarrollando, por lo que Asta era consciente de que le quedaba muy poco tiempo para escaparse antes de que Ikerne lo predijera.
La noche que planteó su huída, Le Fey se había acostado tarde. Asta se había quedado despierta, a la espera de que regresara de donde fuera que hubiera estado y esperó a escuchar su fuerte respiración para salir de la cama. Se vistió con ropa propia de los humanos, se recogió el cabello en una trenza y dejó tirado su camisón junto con sus ropajes ahora negros de bruja en un rincón. Sacó de debajo de la cama una alforja que había preparado con provisiones para el viaje y si se había quedado esperando a que Le Fey regresara no había sido por otra razón más que para llevarse lo más esencial de todo: el grimorio de su madre. Ya que no iba a ser reina y no había podido proteger a Masha, al menos iba a dedicar el resto de su vida a proteger el único legado que había quedado de ella. Sería otra forma también de joder a Le Fey, ya que sin el grimorio ella tampoco podría legitimarse como reina del Skaði y se armaría un gran escándalo ante su incapacidad de proteger la reliquia más valiosa del aquelarre.
La habitación que antes fuera de su madre estaba levemente iluminada por una vela y Asta contempló el enorme desorden y descuido de Le Fey con sumo rencor. Las joyas y los vestidos de su madre estaban desperdigados por el suelo e incluso encontró algunos de los ropajes rasgados o manchados. Le Fey dormía en la cama semidesnuda, con la boca entreabierta y el pelo revuelto. Ni siquiera dormida podía parecerse a Masha, pensó, hasta en su sueño profundo, Moryen había pervertido la imagen de su adorada madre. El grimorio estaba tirado en el suelo cerca de la cama, junto a la ropa que Le Fey había llevado ese día, aunque sus ojos se fueron hacia una de las almohadas que Moryen había tenido que tirar al suelo cuando se metió en la cama.
Una idea macabra se le pasó por la cabeza.
Cogió la almohada y palpó su suave tela entre sus manos antes de alzarla sobre la cara de Moryen. Debía ser fácil, pensó. Solo había que colocarla sobre su cara y asegurarse de que no pudiera moverse hasta que se hubiera quedado sin aire. Moryen lo había hecho antes que su propia hermana, ¿qué esfuerzo supondría para ella matar a la persona que había matado a su madre y había destrozado su vida? Lo intentó, de veras que lo hizo, pero Asta fue incapaz de hacerlo. Aquel cuerpo, por muy diferente que se viera bajo el dominio de Moryen, seguía siendo el de su madre y una parte de su conciencia debía seguir viviendo en la mente de la bruja.
Asta no podía matarla.
No podía ponerse a la misma altura que Moryen.
No podía soportar eliminar el último resquicio que quedaba vivo de su madre.
Con lágrimas en los ojos, Asta dejó caer la almohada al suelo y recogió el grimorio antes de salir de aquella habitación sin mirar atrás. Asta corrió hasta las profundidades del bosque, esquivando a las centinelas que vigilaban las fronteras de la aldea y cuando alcanzó las orillas del lago Baikal se sintió sumamente aliviada de haber llegado allí sin que la hubieran descubierto. Dejó caer su alforja al suelo y abrió el grimorio para buscar el hechizo de transporte que fuera a llevarla lo más lejos posible de aquel lugar.
—Estás cometiendo un error.
La voz de Ikerne la asustó tanto que el grimorio se le resbaló de las manos y cayó boca abajo al suelo. La anciana estaba allí, vestida con los ropajes negros del aquelarre, sostenida contra su bastón y con una expresión seria y fría. Asta agitó su mano y para crear varias burbujas de agua hirviendo. La vieja sonrió.
—¡Ay niña! ¡Pero qué tonta eres!
—¡Cállate! —chilló Asta—. Tú sabías lo que era, ¿por qué demonios dejaste que Masha se la llevara ese día?
—¿Y por qué no? —replicó la vieja con diversión—. Moryen está destinada a ser una gran reina. Solo necesitaba un pequeño empujoncito para convencer a Masha de que se la llevara y, por supuesto, tú facilitaste mucho el trabajo. Podrías ser una gran bruja, Asta Lund, pero para eso debes volver al lado de tu reina.
—No es mi reina —sentenció Asta con frialdad—. Mi reina era Masha Lund.
—Ahora Masha forma parte de Moryen, por tanto, ¿qué más da?
—¿Que qué más da? —rugió Asta rabiosa—. ¡Ella era mi madre! Me dio un hogar y me quiso como si hubiera salido de sus entrañas. ¿De verdad pensáis que puedo actuar como si nada? ¿Tan fría y psicótica me consideráis que realmente creeis que no me iba a importar? ¡Ella era la persona que más quería en el mundo y me la robasteis!
—¡Ay, Asta! ¡Tanta sensiblería me dan arcadas! —advirtió Ikerne molesta—. Jamás habrías valido para reina. ¡Te dejas llevar demasiado por tus sentimientos!
Aquellas palabras se sintieron como una bofetada, pero Asta no dejó mostrar un ápice de debilidad en su rostro.
—Jamás tendréis el grimorio —advirtió Asta con frialdad—. Lo protegeré con mi vida.
—Eso no te quepa la menor duda —replicó Ikerne—. Pagarás un precio tan alto que no lo podrás soportar. Ella te encontrará, Asta. Acabas de firmar tu sentencia de muerte.
Asta la ignoró. Cogió el libro y la alforja del suelo y recitó el hechizo de transporte. Soltó una exclamación cuando las aguas del Baikal se alzaron y la arrastraron hasta el fondo, contemplando la sonrisa fría y maliciosa de Ikerne por última vez. Asta cerró los ojos con fuerza ante la fuerte presión de la corriente que la empujaba hacia el fondo del lago y abrazó el grimorio contra su pecho, decidida a no soltarlo bajo ninguna circunstancia. La joven bruja pensó que en algún momento tocaría el fondo del lago, pero de repente el agua la impulsó hacia arriba hasta el exterior. Asta tomó una gran bocanada de aire tan pronto salió del agua. Estaba en un lago, pero uno infinitamente más pequeño que el lago Baikal, pues allí fácilmente podrían apreciarse los límites de la charca. Asta salió del agua y usó su magia para secarse mientras intentaba adivinar donde estaba. Sus nociones de geografía no eran precisamente amplias, por lo que en lo único que pensó cuando había ejecutado el hechizo de transporte había sido un lugar lo más lejano posible del lago Baikal y estaba sorprendida al descubrir que en aquel sitio estaba todavía atardeciendo, por lo que debía encontrarse bastante al oeste, más de lo que había pretendido en un principio.
Le costó tres días alcanzar la aldea más próxima. Para entonces, Asta había gastado la mayor parte de sus provisiones y estaba demasiado débil como para invocar otro hechizo de transporte. Tenía miedo de encontrarse con otros aquelarres que pudieran delatar su presencia a Le Fey, por lo que se había visto obligada a pasar desapercibida entre los humanos, aunque le resultó una tarea más complicada de lo que en un principio hubiera esperado.
Asta no tenía ni idea de cómo una humana debía comportarse. Es más, la primera traba que se encontró fue la barrera del idioma. Debía estar en otro reino, puesto que en aquel lugar se hablaba una lengua poco o nada parecida al ruso. Intentó pedir ayuda, buscar alojamiento o conseguir comida, pero pronto descubrió que sin dinero no podía ir a ninguna parte o hacer nada. Intentó buscar trabajo, pero nadie quería contratar a una extranjera y mucho menos alguien que tenía tan pocas aptitudes para realizar tareas que, para las brujas, podían llevarse a cabo con un simple chasquido de dedos.
Para Asta, aquellos primeros meses fuera del aquelarre fueron una pesadilla.
Sin hogar y una familia en la que sentirse protegida, Asta descubrió el verdadero significado de la soledad y la miseria. Dormía a la intemperie, abrazada al grimorio y siempre con un ojo abierto ante el temor de que la robaran o la atacaran. Cuando se le acabaron las provisiones, se veía obligada a robar, por lo que tenía que moverse de un pueblo a otro por miedo a que los humanos pudieran atraparla. Asta acabó transformándose en una especie de mendiga, por lo que si no era invisible a ojos de los humanos, se convertía en una presa fácil de vejaciones, acoso o desprecio. Hubo una noche, unos dos meses después de haber abandonado el aquelarre, que unos hombres borrachos la encontraron durmiendo en el bosque. Asta no había pasado tanto miedo como cuando aquellos hombres se cernieron sobre ella para arrancarle la ropa, tocar su piel desnuda y tirar de su pelo. El miedo era un sentimiento muy peligroso entre las brujas, la mayor parte del tiempo servía para mantener a una en guardia, pero en casos como aquel, podía hacer que perdiera el control de sus poderes por completo. Ella no había matado nunca a nadie, pero le sorprendió lo fácil que fue hacerlo. Pocos sabían que el cuerpo humano está compuesto mayormente por agua, por lo que Asta solo tuvo que cerrar sus puños para deshidratar a esos humanos hasta tal punto que se convirtieron en polvo en cuestión de segundos. Asta se pasó el resto de la noche bañándose en un lago y frotando su cuerpo hasta que su piel se quedó en carne viva, ansiosa por borrar el rastro de aquellos hombres que, por suerte, nunca llegaron a violarla, pero aquel horrible suceso fue suficiente como para convencer a Asta que no podía fiarse de nadie y que no podía seguir expuesta a los peligros de la mendicidad por más tiempo.
Se pasó meses viajando hacia al noroeste hasta que alcanzó las costas del que llamaban el mar Barbárico. Durante todo ese tiempo, Asta se esforzó por todos los medios en aprender las lenguas que se hablaban en esos reinos y, al estar en zonas portuarias, tuvo la oportunidad de aprender más idiomas provenientes del sur del continente. Decidió enfocarse en los oficios de curandera y matrona, pero para ello necesitaba ropa nueva y utensilios básicos con los que ejercer su oficio como una mujer seria y profesional. La decisión fue drástica, pero eficaz. Asta Lund jamás hubiera pensado que acabaría lejos de su hogar, en una tierra extraña y agresiva, y obligada a cortar su preciosa y larga melena, símbolo de su orgullo como bruja, para tener que empezar una nueva vida. Lloró cuando el barbero se lo cortó casi al cero y se aferró a las monedas que le dieron como si fueran el único bálsamo que la mantenía con vida.
En aquel período, Asta rezó a Freyja más que nunca. No podía solventar los errores del pasado, pero le juraba día sí y día también que dedicaría el resto de su vida a seguir sus designios. Fue vagando de un pueblo a otro, ayudando a mujeres a dar a luz, cuidando de enfermos y tratando enfermedades complejas para las galenas locales y procuraba ser siempre discreta, evitando usar su magia todo cuanto le fuera posible. Al poco de cumplir los dieciocho, Asta encontró una casita abandonada y vieja en un bosque que quedaba a medio kilómetro de una aldea costera. Para entonces, su pelo había vuelto a crecer casi tanto como cuando se lo había cortado, por lo que la impresión que le dio al Jefe de la aldea fue más que acertada. Le solicitó la posibilidad de habitar la casa y, aunque ya contaban con una galena en la aldea, terminó cediendo a su petición tras ofrecerse también como matrona, algo que pareció convencerle más. Asta estaba contenta de poder afincarse en un lugar y, por primera vez en mucho tiempo, pudo preocuparse de construirse un hogar por su propia cuenta. Al no ser especialmente manitas y temerosa que el abusar de su magia para arreglar la casa pudiera delatarla, las condiciones del lugar no eran las más idóneas. Hacía siempre un frío del demonio, en parte por el techo derruido que había tenido que cubrir con una sábana; la chimenea se atascaba cada dos por tres y las ventanas estaban rotas. Sin embargo, Asta supo hacer de esa casa un modesto hogar. Contaba con espacio para trabajar, ya no solo con los mejunjes para los humanos, sino también para estudiar a fondo el grimorio de su madre.
Desafortunadamente, Asta no cayó en gracia a la gente de la aldea. Parecía que llevaba un cartel en la cara que revelaba que ella era una bruja, aunque nunca había hecho nada que probara serlo. Sin embargo, pronto descubrió que la antipatía se debía principalmente a que era extranjera y, aunque comprendía el nórdico, aún tenía un acento demasiado marcado que a veces dificultaba que la entendieran. Además, resultaba inusual que una mujer de su edad estuviera soltera y dedicándose a ese oficio, por lo que eso despertaba sospechas entre los vikingos. Eso por no mencionar que Asta no tardó en tener problemas con una especie que no había conocido hasta entonces.
Las völvas eran mujeres bendecidas por Odín. Asta había oído hablar de ellas en sus tiempos del aquelarre y no precisamente bien. El día que una vieja völva se le apareció en su puerta para reclamarle que debía abandonar esas tierras en las que no era bienvenida, Asta no supo cómo abordar el problema. Intentó defenderse, asegurarle que ella no deseaba obrar ningún mal contra nadie y ni siquiera contaba con un aquelarre que la respaldara. Pese a sus esfuerzos, eso no pareció convencer a la völva y Asta, de repente, empezó a sufrir el acoso de las völvas y varios humanos que se relacionaban con ellas. Le tiraban piedras en la casa, le hacían pintadas y levantaban malos rumores sobre ella en las aldeas en las que solía trabajar. Asta empezó a perder clientela con mucha rapidez y, a pesar de que intentó encerrar el hacha de guerra con las völvas prometiéndoles que no ejercería la magia contra nadie, éstas sólo le respondieron con insultos y desprecios. No comprendía por qué la odiaban tanto, pero tal fue el acoso que la joven vivió durante aquel tiempo que en ella despertó una aversión casi irracional contra las völvas. No obstante, ella sola no podía hacer frente a todas ellas, por lo que se planteó si no sería mejor marcharse de allí y rehacer su vida en otra parte, quizás en el sur donde las tierras eran más cálidas y la gente más afable y abierta que los vikingos.
Dedicó parte de la primavera y el verano a ahorrar todo lo que fuera posible para comprar un pasaje que la llevara lo más lejos posible de aquellas tierras hostiles. Con la entrada del otoño, el tiempo se enfrió y empezaron a salir los últimos barcos antes de la llegada del invierno. Fue en esa época otoñal cuando Asta, cargada por fin con todos sus ahorros, se fue decidida al puerto a comprar su billete hacia la libertad cuando escuchó las risitas maliciosas que, por una vez, no iban dirigidas a ella. No supo qué fue lo que le impulsó a ayudar al hombre del que todo el mundo se reía por la aldea, quizás su impotencia ante que alguien pudiera pasar por lo que ella había estado pasando todo ese tiempo. No obstante, Asta Lund no se encontró a un hombre desvalido o perdido, sino al hombre más guapo y feroz que había visto nunca.
Thror Hofferson apareció en su vida como un huracán.
Y Asta Lund jamás esperó que toda su existencia fuera a dar tal vuelco cuando se enamoró perdidamente de él.
Xx.
