Holi,
Os traigo nuevo capítulo porque quiero avanzar con esto tan rápido me sea posible. Finalmente, el capítulo de la batalla final se compondrá por este capítulo y el siguiente, ya que pensaba que por la distribución que hice iba a ser más largo, pero no me ha dado para más y no creo que sea necesario rellenar por rellenar. Es más, creo que el capítulo 58 va a ser lo bastante intenso como para que os sintáis satisfeches.
También quiero anunciaros que Wicked Game tendrá un total de 65 capítulos incluyendo los epílogos, así que técnicamente quedan ocho capítulos para que esto acabe por fin.
Este capítulo no es el más largo, pero bueno, he llegado a un punto que me da igual la extensión de los capítulos. Simplemente quería notificar que, para las personas que leyeron el relato de las galletas de mi colección de oneshots navideños de "Tiempos de Navidad", la famosa escena eliminada está aquí metida. No me hago responsable del resultado de la misma.
Como siempre os pido de corazón que me dejéis alguna review para sentirme mejor conmigo misma y tener la sensación de que estoy yendo a alguna parte con este fanfic. Realmente agradezco el esfuerzo que realizáis las personas que me escribís habitualmente y aquellas que os habéis hecho cuenta especificamente para escribirme. Creo que realmente no soy capaz de expresaros en palabras cuánto significa para mí saber de vosotres, así que mil gracias, de verdad.
No voy a enrollarme mucho más.
Espero de corazón que disfrutéis del capítulo.
Xx.
Astrid había participado en demasiadas guerras para la edad que tenía y, sin embargo, aún no se acostumbraba al silencio perturbador que siempre reinaba antes de una batalla.
Aquella mañana, casi todavía de madrugada, Hipo la había desvelado cuando éste se había despertado de una de sus visiones hiperventilando y sudando sudor frío, algo inusual en él dada su habitual alta temperatura corporal. No tuvo que decirle nada, su claro gesto de terror daba claramente a entender lo que se les venía encima. A primera hora de la mañana, anunciaron a los líderes de la Resistencia que las tropas de Le Fey y Drago llegarían a sus costas al alba del día siguiente, una semana antes de lo previsto, mientras que ante las brujas se inventaron que un espía de los Jinetes de Dragones había avistado los barcos preparados para partir lo más seguro durante la noche hacia Isla Mema. Ying Yue estrechó los ojos como respuesta, puntualizando que no habían informado sobre que estaban mandando espías cuando había tanto riesgo de que los pillaran, pero Astrid le restó importancia, matizando que había sido una decisión tomada por los humanos y no por ella.
La bruja sabía que Le Fey y Drago estaban haciendo lo imposible por pillarlos desprevenidos, pero la reina había olvidado que Astrid siempre estaba preparada ante casi cualquier imprevisto que pudiera surgir. La nueva flota de Isla Mema, compuesta por navíos naufragados en el área del Nido, ya estaba a flote desde hacía casi una semana gracias a la increíble labor de Iana y otras brujas del agua. Drina tenía prácticamente terminado su hechizo de soldados de barro y sólo quedaba que llegara el momento del conflicto para ejecutarlo. Las brujas estaban preparadas para la batalla, con armas forjadas en la misma herrería de Isla Mema, donde habían trabajado mano a mano con Hipo, Heather y Bocón, y estaban lo bastante concienciadas de la gravedad de la situación como para que ninguna diera muestras de rebeldía contra ella.
Lo único que le preocupaba a Astrid era la situación por parte de la Resistencia humana.
La bruja achacaba que el problema se había dado por una cuestión más relacionada al exceso de testosterona y el ver quién la tenía más grande que a un asunto de organización. Astrid había estado tan ocupada con el ejército de las brujas que cuando por fin pudo incorporarse al Concilio dos días antes de la visión de Hipo se había llevado las manos a la cabeza al contemplar que internamente todo seguía igual de desastroso que cuando se había marchado. Solo Hipo había tenido éxito en instaurar un nuevo equipo de Jinetes de Dragones teniendo en cuenta las bajas tan importantes de Patapez y Mocoso. Le había llevado tiempo y mucha paciencia entrenar a los ex tramperos de Drago, pero el objetivo de destruir a Drago era tan jugoso que el empeño y disposición por aprender de los tramperos eran envidiables. No obstante, con sus responsabilidades como líder de los Jinetes y sus tareas en la herrería para crear armamento para brujas, jinetes y soldados, Hipo no podía cargar también con la responsabilidad de moderar a los líderes de la Resistencia. Es más, Astrid supo el mismo día que se presentó al Concilio que Camicazi y otras mujeres ya no se molestaban en asistir porque acababan desquiciadas por la misoginia que se respiraba en aquella sala. Astrid no estaba especialmente motivada en ir, pero Hipo le había pedido que al menos se pasara una vez para ver si ella podía poner orden, sobre todo porque todo lo que Astrid pudiera decir aportaba para bien y era evidente que ninguno de los líderes de la Resistencia estaba preparado para hacer frente a lo que les esperaba. Por esa razón, Astrid respiró muy hondo cuando entró en la sala del Concilio y recibió miradas furtivas y de desconfianza. Decidió sentarse junto a Estoico, quien apenas reaccionó a su presencia debido a que estaba sumido en sus pensamientos y se le veía bastante deprimido.
Hacía poco más de una semana de la marcha de Valka.
Al principio, la bruja había declarado que no regresaría al nido y que se quedaría a luchar con ellos, pero Hipo, Estoico e incluso la propia Astrid le insistieron que debía volver. Todos temían que si Valka no cumplía con su responsabilidad como guardián de la fuente del nido, Odín pudiera tomar represalias contra ella y toda la Resistencia. Además, si perdían la guerra, alguien debía cuidar de que ni Drago ni Le Fey pudieran encontrar el nido y la fuente de Freyja oculta bajo el mismo. Valka se había resistido chillando y hecha un mar de lágrimas, pero finalmente fue Estoico quien la convenció de que debía marcharse. Fue un suceso muy triste y Astrid sentía que la casa Haddock estaba vacía sin la presencia maternal y cariñosa de Valka. La madre de Hipo había sido un gran apoyo para todos y Astrid se sentía un poco menos optimista ante la inminente batalla sin Valka liderando un ejército de dragones. Hipo, en cambio, estaba aliviado de que su madre no participara en el conflicto y lo mismo podía decirse de Estoico, aunque eso no quitaba que el Jefe de Isla Mema sintiera la marcha de su amada esposa como si se la estuvieran arrebatando de nuevo.
Astrid no había hablado mucho con Estoico respecto al asunto, aunque por lo general no conversaba mucho con el Jefe a pesar de que vivían bajo el mismo techo. Seguía habiendo una extraña tensión sin resolver entre ellos dos y Astrid comprendía que no iba a ser fácil ganarse el perdón de Estoico. El que hubiera electrocutado a Hipo y le hubiera dejado marcado de por vida, sumado a una sucesión de eventos como el ser una bruja y haber sido la desencadenante del despertar de los poderes de Hipo, hacía que fuera muy complicado que Estoico pudiera librarse del fuerte rencor que sentía contra ella. Astrid no lo culpaba y procuraba marcar distancia dentro de los límites que suponían vivir en la misma casa y compartir cama con su único hijo. Estoico no había soltado ningún comentario respecto a la deshonrosa presencia de Astrid en su casa, ni siquiera a Hipo, pero era obvio que no estaba contento de que Astrid hubiera invadido un espacio que no le pertenecía.
Estoico no la quería en su familia.
Por mucha hija de Erland Hofferson que fuera, sus actos habían demostrado en más de una ocasión que ni siquiera era merecedora de llevar un apellido tan honorable como el suyo y, para el enorme disgusto de la bruja, ella no podía estar más de acuerdo. El apellido «Hofferson» pesaba tanto sobre sus hombros que a veces tenía la sensación de que cargaba con toda la honorabilidad y la reputación de todos sus antepasados mientras caminaba sobre una cuerda muy floja y Astrid estaba a un paso de caer y destruir todo lo que su familia había construído durante generaciones.
Saludó a Estoico con un «buenos días» tan pronto se sentó a su lado y éste simplemente respondió con un gesto con la cabeza sin apartar la mirada de sus notas. La bruja no estaba especialmente nerviosa, pero sí se puso en alerta ante las miradas envenenadas que los le lanzaban cuando pensaban que ella no estaba atenta. Astrid, sin embargo, rara vez se dejaba intimidar por nadie y cuando se dio por iniciada la reunión no dudó en ser la primera en intervenir. Sin querer entrar en detalle, especificó la estrategia marcada para la acometida de las brujas que había sido aprobada por las tres reinas y también argumentó el enorme respaldo que supondría la intervención de los Jinetes de Dragones en un ataque conjunto. Respondió a todas sus preguntas, algunas de ellas ofensivas dada su posición, y pasó a realizar ella misma su propio interrogatorio.
¿Cómo pensaban atacar e inutilizar los barcos de los tramperos desde la flota?
¿Qué estrategia habían ideado para capturar a Drago?
¿Cómo pensaban liberar a los dragones capturados?
¿Cómo habían distribuído el liderazgo de la flota?
Sus preguntas los dejaron sumamente desconcertados y no fueron capaces de responder a la mayor parte de ellas. Como solía suceder en circunstancias en las que un hombre se sentía expuesto por una mujer, aquellos humanos procedieron a atacarla verbalmente. La cuestionaron por el simple hecho de no haber liderado nunca un ejército de humanos y de no tener ni idea de lo que estaba hablando, pero la cosa se le fue de las manos cuando se pusieron a insultarla y a llamarla «la puta de Haddock». Astrid intentó moderar su ira para no perder los estribos, consciente de que amenazarles y usar su magia para intimidarlos jugaría más en su contra que a su favor. Sin embargo, aún pudiendo ignorar sus insultos y seguir adelante con la reunión, fue Estoico el que asustó a toda la sala —a ella incluída— cuando dio tal golpe en la mesa que volcó todos los vasos de vino que había sobre la tarima. Se levantó con tal agresividad que volcó su silla y la mayor parte de los presentes se encogieron en sus asientos asustados por la famosa ira de Estoico Haddock.
—¡Si vuelvo a escuchar un solo insulto contra mi futura nuera, juro por mi esposa y por mi hijo que os estampo la cara contra la pared y os dejo más tontos de lo que sois ya! —rugió el Jefe—. ¡Ella es la hija de Erland Hofferson y la nieta del legendario Thror Hofferson! ¡Ha peleado en más guerras que cualquiera de vosotros y creo que ha demostrado ser lo bastante inteligente como para demostrarnos que somos todos unos inútiles! ¡Así que cerrad la puta boca y escuchadla!
Incluso a la propia Astrid le costó formular palabra después de que el Jefe levantara su silla del suelo y volviera a sentarse. Jamás hubiera esperado que Estoico Haddock fuera a defenderla, pero sus palabras surtieron el efecto esperado. Los líderes de la Resistencia prestaron atención a sus ideas y, ahora que tenían más predisposición para escucharse entre ellos, sugirieron ideas que reforzaban aún más las suyas. Camicazi se unió a la reunión después de que Astrid exigiera su presencia y demostró tener más conocimiento naval que cualquiera de todos ellos gracias a que las Bog-Burglars habían sido desde siempre grandes navegantes. Fue una reunión larga que no terminó hasta bien entrada la noche, pero todos salieron con la sensación de que por fin habían avanzado algo.
—No sé cómo lo haces, pero hay que tener los ovarios para enfrentarse a esa manada de lobos sin apenas inmutarse —le comentó Camicazi mientras Astrid terminaba de apuntar sus últimas anotaciones.
—Aún así, he necesitado que Estoico interviniera por mi para que se me valide en esta sala y parece que tiene más peso ser hija de alguien que el contar con una amplia experiencia en el campo de batalla —argumentó la bruja irritada—. A veces odio a los hombres.
—Y por eso yo no como pollas —añadió Camicazi con una sonrisa maliciosa—. Aún así, no quites valor a lo que has hecho. Digan lo que digan de ti, eres una gran líder, Astrid.
La bruja no pudo evitar ruborizarse por su comentario; aunque, por suerte, Camicazi centró su atención rápidamente en Heather, quien había entrado a la sala del Concilio para buscarla. Estoico estaba todavía hablando con Alvin en voz baja cuando Astrid había terminado con sus notas. No estaba segura de si debía esperarlo para volver juntos a casa, aunque lo mínimo que debía hacer era darle las gracias por su intervención. La había llamado «nuera». Se le hacía muy raro que se hubiera referido a ella de esa manera, más teniendo en cuenta que ni Hipo ni mucho menos ella habían expresado el menor interés en casarse. Quizás solo lo hubiera dicho para fortalecer su imagen dentro del Concilio, pensó ella con amargura. Por mucho contrato de matrimonio que hubiera, dudaba que Estoico quisiera que ellos dos se casaran y, además, a Astrid seguía sin atraerle la idea de tomar nupcias con Hipo cuando su alma ya estaba unida a la suya. ¿Qué mayor atadura había que un vínculo mágico como el que compartían? Hipo era más que un marido para ella, eran almas gemelas unidas por un lazo inquebrantable. Ningún paripé llamado «matrimonio» podía superar eso.
—Así que ya has conseguido la aprobación del suegro.
Astrid dio un respingo cuando escuchó la voz de Dagur a su lado y se apartó de puro instinto. Dagur sonrió mostrando su dentadura incompleta y rota debido a una paliza que Thuggory le dio cuando Le Fey se adueñó de su isla. La bruja tuvo que contenerse en no hacer una mueca.
—¿Qué quieres, Dagur?
—Chica, solo vengo a señalar lo evidente, ¿no estás contenta de que los demás te hagan parches para que encajes entre los humanos? —cuestionó el berserker burlonamente.
—Dagur, es tarde y estoy agotada, si tienes que insultarme hazlo ya y déjame tranquila —replicó Astrid con impaciencia.
Dagur frunció el ceño.
—¿Por qué te dejas tratar así? —preguntó el berserker.
—¿Así cómo?
—Dejas que te insulten y te humillen.
—¿No has oído nunca que no hay mayor desprecio que no dar aprecio? —cuestionó Astrid irritada—. Todos vuestros insultos se focalizan en señalar mi identidad como bruja y mi relación con Hipo y no siento que sean cosas de las que deba avergonzarme. Soy una bruja y soy la amante de Hipo, Dagur, si eso me convierte en una zorra para una panda de imbéciles, pues que así sea.
El berserker la contempló con una mirada llena de desprecio.
—¿No has pensado que Hipo puede salir perjudicado de todo esto?
Astrid le fulminó con la mirada.
—Seamos serios de una puta vez, Dagur: ¿realmente crees que es más escandaloso que Hipo mantenga una relación conmigo que contigo? —la expresión de Dagur se deformó en una de terror y la bruja se esforzó en suavizar su tono—. Tienes todo el derecho del mundo a amar a quien te venga en gana, pero te pido por favor que, en lugar de enfocar todas tus energías en atacarme y desmoralizarme por mi relación con Hipo, te preocupes en superar de una puta vez que él me ha elegido a mí. Hazlo por lo menos por respeto a ti mismo, porque ya roza lo ridículo el resentimiento que me tienes solo porque no soportas verme con él. Lo siento mucho por ti, Dagur, de verás lo hago, pero si yo no puedo controlar mis sentimientos por Hipo, mucho menos puedo controlar los suyos.
Dagur no respondió a su réplica. Es más, se marchó sin formular palabra tan pronto se acercó Estoico para preguntarle si deseaba volver con él a casa. Astrid asintió nerviosa y recogió todas sus casas antes de seguir al Jefe al Gran Salón, el cual había pasado de ser un hospital a un simple refugio con camas. La sala estaba invadida por ronquidos y de susurros de las personas que todavía seguían despiertas a esas horas, por lo que tuvieron cuidado de salir al exterior haciendo el menor ruido posible. Cuando salieron rumbo a la casa de los Haddock, Estoico tenía la mirada puesta al frente y Astrid pensó que un combate cuerpo a cuerpo contra Thuggory era más sencillo que hablar con el padre de su amante. Sin embargo, tomó aire y sacó el valor para hablar por fin.
—Muchas gracias por… por lo de antes.
Estoico se detuvo en mitad de las escaleras y se volteó con una expresión de extrañeza marcada en su rostro.
—No hay razón para que me des las gracias, todo lo que dije era verdad.
Astrid sintió que el ritmo de su corazón se aceleraba por los nervios.
—Te has referido a mí como «futura nuera» —matizó preocupada.
—¿Es que acaso no lo eres? Hasta donde tengo entendido, Hipo no tiene la menor intención de estar con nadie más que contigo y, técnicamente, seguís comprometidos.
Se hizo un incómodo silencio y Astrid tragó saliva.
—Estoico…
—No.
La bruja alzó una ceja.
—Ni siquiera sabes lo que voy a decirte.
—Sé perfectamente lo que me vas a decir —dijo Estoico malhumorado—. Cuando todo esto acabe y si salimos todos vivos, hablaremos largo y tendido de las razones por la que vosotros dos os casaréis.
—¿Acaso ni Hipo ni yo tenemos voz y voto en todo esto? —cuestionó Astrid molesta—. Estoico, en mi cultura…
—Astrid —le interrumpió Estoico con una suavidad impropia de él—. Mira, sé que no te he tratado bien y que la lista de razones por las que yo tendría que oponerme a vuestro enlace es larga. Sé que lo que pasó fue un accidente, sobre todo porque no son pocas las veces que has demostrado que por Hipo estarías dispuesta a matar si fuera necesario. Sin embargo, no es solo el hecho de que mi hijo te quiera lo que me ha hecho darme cuenta de que no tiene sentido oponerse por más tiempo, hay una razón más.
—¿Cuál? —preguntó extrañada.
—Eres hija de tu padre, Astrid —la bruja abrió la boca para replicar, pero Estoico se apresuró a alzar la mano para que le dejara seguir hablando—. Erland era como un hermano para mí. Era, con diferencia, el hombre más amable, honesto y valiente que he conocido nunca. Cada vez que hablaba en el Consejo, se hacía notar porque hablaba con conciencia y sabiduría, la misma que tú has demostrado hoy en el Concilio. Hablas y presentas tus ideas como lo hacía tu padre, Astrid. ¡Joder! ¡Si tienes hasta sus gestos! El dibujaba la misma mueca en su cara cada vez que estaba en desacuerdo con alguien y se pasaba todas las reuniones tomando aire porque muchos consejeros le hacían perder los nervios con mucha facilidad.
Astrid no pudo evitar emocionarse por sus palabras, sobre todo por el afecto por el que Estoico describía a Erland Hofferson. Se esforzó en contener las lágrimas, aunque el nudo que se le hizo en la garganta dificultó que pudiera articular una sola palabra coherente. Estoico le regaló una sonrisa afectuosa.
—La mala hostia, eso sí, la has heredado de tu madre.
Astrid soltó una carcajada y procuró limpiarse rápido una lágrima traicionera que resbaló por su mejilla. Estoico también se rió.
—Me hubiera gustado conocerlos —admitió ella con tristeza—. Sé que es extraño, pero nunca perdí la esperanza de que mis padres estarían vivos y buscándome. Es difícil asimilar que nunca sucedió nada eso y más el tener que atravesar el duelo por unas personas que no recuerdo y, aún así, siento que las conozco desde siempre.
Estoico apoyó su mano contra su espalda y le dio unas palmaditas afectuosas.
—No podemos saber qué hubiera pasado si tus padres estuvieran vivos, pero ten seguro que, conociéndolos como lo hice, ni Erland ni Eyra habrían dejado nunca de buscarte.
Astrid sonrió sin muchas ganas y se limpió más lágrimas indiscretas de sus mejillas con la manga de su túnica.
—Aún así, lo de que Hipo y yo nos casemos me parece un poco…
—Hablaremos de las nupcias cuando todo esto acabe —le cortó Estoico y miró hacia el cielo, donde la luna menguante estaba en lo más alto—. Es tarde y, si te descuidas, igual por una vez Hipo llega a casa antes que nosotros. Volvamos antes de que empiece a ponerse nervioso.
Su alianza con Estoico supuso una descarga emocional inesperada para Astrid. A pesar de que el asunto del matrimonio era un tema delicado para todas las partes, el ambiente de casa se volvió mucho menos tenso e Hipo estaba aliviado de que su padre, por fin, aprobara a Astrid como su pareja a pesar de sus reticencias a que compartieran lecho. Hipo y Astrid eran amantes apasionados y, a pesar de esforzarse en ser discretos, a veces les resultaba difícil ser silenciosos, por lo que era habitual que se diera alguna que otra situación incómoda durante las horas del desayuno, sobre todo cuando Estoico evadía mirarlos a la cara. Sin embargo, a pesar de que Estoico diera el visto bueno a su relación, no significó que la aprobación fuera general, sobre todo por parte de Finn Hofferson, quien a la mínima que les veía cariñosos en público les abroncaba y les llamaba la atención.
Finn había sufrido un cambio radical desde que habían sido testigos de las visiones del pasado de Asta. Al principio, tan pronto salieron del extraño estado de duermevela que causaban las visiones, Astrid tuvo que dejar sus propios sentimientos contradictorios por Asta a parte para evitar que Finn cometiera una locura. Nunca había visto un hombre humano tan furioso y desesperado por matar como cuando Finn Hofferson había descubierto que su amada madre se había suicidado para evitar un mal mayor. Tanto Astrid como Hipo intentaron calmarlo por todos los medios y, a la vista de que no iban a poder detenerlo de coger el primer dragón que se le cruzara en su camino para ir tras Le Fey, Astrid tuvo que dormirlo con su magia. Finn se había convertido en un remolino de dolor y estaba sediento de venganza, tal y como le había pasado a ella cuando despertó de las visiones del pasado de sus padres. Hofferson deseaba atacar al enemigo cuanto antes y, para la enorme decepción de Astrid, le dio de nuevo al alcohol y se volvió en una persona muy difícil con la que lidiar. Llegó incluso a exigirle que le devolviera su derecho a la membresía del Consejo de Mema, hasta el punto que se pasó de impertinente y la tachó de ser «tan puta como lo había sido Eyra Hofferson» a grito pelado en pleno Gran Salón. Astrid le pegó tal puñetazo como respuesta que lo dejó inconsciente, armando un revuelo enorme en la aldea al ver que la reducida familia Hofferson estaba totalmente fragmentada.
Irónicamente, fue Hipo el único que supo reconciliar a tío y sobrina.
Su novio empleó toda su paciencia y carácter conciliador para hacer entrar en razón a Finn, enumerando las numerosas razones por las que era un suicidio atacar a Le Fey sin tener la certeza de cómo pensaba actuar. Sin embargo, lo único que pareció convencer a Finn de que debía parar y esperar el momento adecuado fue cuando Hipo, con todo el criterio del mundo, le advirtió que no solo acabaría muerto, sino que además Astrid no se lo perdonaría nunca si decidía abandonarla ahora.
—¿Y dices que tengo que perdonarlo por haber insultado la memoria de mi madre cómo lo hizo delante de toda la aldea? —escupió Astrid furiosa cuando Hipo intentó razonar con ella.
—Sabes de sobra que estaba borracho.
—¡Más a mi favor, entonces! —gritó ella indignada—. ¡Se supone que iba a dejar de beber!
—Astrid…
—¿Por qué demonios tengo que perdonarlo? —insistió ella furiosa.
—Porque es tu familia, As —contestó Hipo con tristeza—. Y ahora más que nunca necesita tu ayuda.
Astrid se decidió a hablar con Finn más por la profecía de Elea de amansar al hombre tuerto que por sus pocas ganas de reconciliarse con él. Sin embargo, Finn se mostró muy avergonzado por sus actos y la sorprendió rompiendo a llorar a lágrima viva sobre su regazo, como si fuera un niño pequeño necesitado del consuelo de su madre. Astrid sintió tanta lástima por él que no pudo ni siquiera contener su propia emoción al comprender que Finn, como ella, había estado totalmente desamparado todos esos años. Sin un hogar al que volver y sin una familia en la que sentirse protegidos, ambos habían estado solos y vagando como niños perdidos en un mundo que los había tratado como parias. Se hicieron la promesa de que si ganaban la guerra, empezarían de cero como tío y sobrina. Astrid intentaría mover los hilos que fueran necesarios para que Finn pudiera ser perdonado del exilio y pudiera instalarse de nuevo en Isla Mema, aunque todo quedaba en que Finn demostrara su valía durante la batalla.
—Lo único que pido es que, ante todo, sirvas con nobleza a los Haddock —le pidió Astrid—. Júrales lealtad del nuevo.
Finn no parecía del todo convencido por su petición y ella cogió de su mano.
—Nada ni nadie va hacer que yo me separe de Hipo Haddock, Finn —le aseguró la bruja—. Si hoy estamos aquí es gracias a Hipo, así que te pido que, por una vez, te muevas por tu propia opinión y no por la de tu madre.
—Pero mi madre…
—Estaba movida por los prejuicios de una cultura muy conservadora y actuaba impulsada por el miedo a enfadar a los dioses —argumentó Astrid con lástima—. No dejes que ese miedo te consuma a ti también, por favor.
Y así fue como Finn Hofferson terminó pidiendo no solo el perdón de Hipo, sino el de Estoico y el del resto de personas a las que había ofendido en el pasado. Astrid admiró su gran implicación en querer hacer las cosas bien y no negaba que se le hacía extraño contemplar una expresión afable en su rostro que se asemejaba tanto a la que había visto en su padre en las visiones del pasado. La incorporación de Finn en las filas de la Resistencia humana fue clave para cubrir los huecos que Astrid había señalado en numerosas ocasiones en los Concilios y su amplia experiencia como mercenario supuso un añadido interesante cara a idear las batidas contra la armada de Drago. Aún siendo tan huraño y gruñón como siempre, el cambio de actitud de Finn resultó muy bien acogido por parte de todos, sobre todo por parte de Astrid cuando observó que todo el odio inmerecido que había estado lanzando contra Hipo había desaparecido. Seguía sin encantarle, quizás por la perturbación de que Hipo fuera quien era, pero Finn había entendido por fin que si quería formar parte de la vida de Astrid ello implicaba aceptar que Hipo venía incluido en el paquete. Ello supuso, por tanto, que estuviera también demasiado pendiente de mantener intacto el «honor» de su sobrina. Astrid se armaba de paciencia para no golpear a Finn cada vez que le reprochaba su comportamiento y le instaba a que se buscara otro lugar en el que hospedarse. No obstante, Astrid tenía preocupaciones más importantes que aguantar las estupideces humanas que estuvieran relacionadas con el decoro y el honor de una supuesta dama de su clase, por lo que siguió durmiendo en casa de los Haddock pese a las habladurías que ello causaba.
Ni Astrid ni Hipo habían dormido mucho durante esos últimos días antes de la batalla. La inquietud y la incertidumbre les alteraba el sueño y cada vez que dormían se veían invadidos por visiones que se entremezclaban con pesadillas, hasta el punto que no sabían diferenciar qué era cada cual. Ni siquiera el vínculo y el acercamiento podían calmar el hastío en sus pechos, conscientes de que aquellos podían ser los últimos días, ya no solo de sus vidas, sino de toda Isla Mema también. Se abrazaban desnudos, se exploraban desesperados por sentir el contacto del otro y se hacían promesas de amor en varias lenguas, para que quedara constancia que no importaba lo que pasara, su amor había existido y si Hela o las valquirias reclamaban sus almas durante la batalla, al menos se irían juntos. Es más, sólo los dioses sabían que tanto Astrid Hofferson como Hipo Haddock removerían todo el Helheim y los siete reinos con tal de estar juntos de nuevo.
Astrid también pensaba mucho en Asta Hofferson. Se pasaba largas horas leyendo el grimorio de Asta, más de lo que su tiempo podía permitírselo, pero ahora paseaba sus dedos por las diferentes caligrafías que lo inundaban. Tenía la sensación de que recorría la historia de su vida y de sus antepasadas a través de esas páginas, pero había incógnitas que por desgracia nunca podría resolver. Astrid se había sincerado con Ying Yue respecto a Asta y le relató lo que había visto a través de sus visiones, sobre todo en lo sucedido con Masha y el motivo por el que Asta robó el grimorio. Ying Yue, claramente sorprendida por el detalle de su relato y la evolución de su poder de völva, mostró una profunda simpatía por sus dudas.
—Asta Lund siempre fue una chica extraña, Astrid. Era reservada, muy apegada a su madre y no tenía don de gentes —relató Ying Yue con nostalgia—. También recuerdo bien su arrogancia, pero también creo que tenía motivos para serlo. Tu abuela, siendo tan joven como era entonces, mostró tener unas facultades extraordinarias que la habrían convertido en la mejor de las reinas y todo le vino de nacimiento, algo que no suele ser lo habitual. Imagínate lo lejos que hubiera podido llegar si nada de esto hubiera pasado.
—¿Cómo conseguiste salir del aquelarre? —preguntó entonces Astrid sin evitar su curiosidad—. ¿Cómo lograste huir de Le Fey?
Ying Yue sonrió con tristeza.
—¿Tú por qué crees?
Astrid sostuvo su mirada y entonces lo comprendió.
—¿Invocaste a Njord? —preguntó la bruja sorprendida.
—La situación en el aquelarre era insostenible y yo no soportaba la dictadura a la que Masha… Bueno, en este caso Le Fey, nos estaba sometiendo —argumentó Ying Yue—. Por aquel entonces, Njord llevaba tiempo rondándome, así que no me fue difícil convencerlo de que me sacara de allí. Me convertí en su amante y le di mi corazón a cambio de la libertad y el poder que tengo ahora. Si no hubiera sido por él, jamás habría podido empezar de cero. Me trajo a estas tierras y me ayudó a crear mi aquelarre… si no fuera por él hoy seguiría siendo una esclava de Le Fey.
Astrid asintió y contuvo la pregunta que a punto estuvo de salir de su lengua. Ying Yue hablaba desde la tristeza y la bruja tenía constancia de que el precio que había pagado por su libertad seguía siendo alto. Le hubiera gustado saber qué había sido de los hijos que había tenido con Njord o lo difícil que debía ser para ella amar a alguien que jamás la amaría a la usanza de los habitantes del Midgard. Un dios era un dios después de todo, demasiado egoísta y egocéntrico como para reparar en los sentimientos de los demás. Astrid sentía una profunda admiración por la reina del aquelarre del Mairu y se sentía halagada por el respeto que la reina del Mairu había demostrado hacia ella desde que había tomado las riendas de los ejércitos. Ying Yue carraspeó, sacándola de sus pensamientos.
—¿En qué estabas pensando? —preguntó la reina con curiosidad.
—En nada, disculpa —se apresuró a responder Astrid con las mejillas ligeramente ruborizadas—. ¿Me estabas diciendo algo?
—Sí, te estaba comentando que hay una cosa que deberías tener en consideración antes de la batalla —señaló Ying Yue mirándola intensamente.
—¿El qué? —preguntó Astrid extrañada.
—Por derecho y sucesión, la corona es tuya.
—¿La corona? —cuestionó Astrid sin comprender.
—Tú eres la heredera legítima de Masha Lund —aclaró Ying Yue.
Astrid palideció.
—¡No digas tonterías!
—Masha iba a proclamar a Asta como su heredera en su siguiente cumpleaños —explicó la reina—. Era un secreto a voces, porque Masha ya se lo había anunciado a sus consejeras. Tenía pensado anunciarlo ante todo el aquelarre en su siguiente cumpleaños.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —cuestionó Astrid a la defensiva.
—Tiene que ver mucho porque con la muerte de Masha, Asta pasaba a ser reina y es evidente que tú ibas a ser su heredera.
—¡Que yo sea su descendiente no me convierte en heredera de una mierda! —insistió Astrid indignada—. ¡No quiero ser reina y no tengo intención de volver a meterme en ningún aquelarre!
Ying Yue se rió.
—Me temo que ese es un destino del que difícilmente podrás huir, Astrid —le advirtió la reina—. Una bruja nace y morirá siendo bruja, por mucho que quieras engañarte viviendo entre los humanos y haciéndote amante de uno. Me temo que no podrás escapar de tu sino.
Astrid no quería ni pensar en un escenario en el que ella pudiera ser reina del aquelarre del Sabbat, antes conocido como el Skaði. Su futuro era muy poco claro, pero si deseaba compartir una vida con Hipo por el resto de su existencia, liderar un aquelarre lo haría imposible, por lo que se negaba a sacrificar la posibilidad de ser feliz junto al hombre que amaba por un aquelarre que solo la había despreciado. Era cierto que las brujas que componían el aquelarre estaban sometidas y eran torturadas por Le Fey, pero seguía sin ser causa justificada para que ella tuviera que coger tamaña responsabilidad sin ni siquiera pedirlo.
No.
No iba a hacerlo.
A pesar de aquella incómoda circunstancia, todo el resentimiento que Astrid había sentido por Asta Hofferson, curiosamente, se había disipado. De alguna manera, aún siendo en parte responsable de la desgracia que había destruído a su familia, Astrid había comprendido que Asta había tenido una vida lo bastante complicada como para tomar decisiones que, a su parecer, eran las adecuadas para salvar a su familia. Es más, la propia Astrid habría dudado en entregar el grimorio a Le Fey de haber estado en su lugar. Asta se había equivocado en infravalorar la inteligencia de Le Fey, pero era evidente que la Moryen con la que se reencontró años después de abandonarla distaba mucho de ser aquella niñata molesta con la que había crecido. Le Fey había demostrado ser una psicópata desde bien pequeña, pero comprendía que si Asta había decidido responsabilizarse de ella y protegerla del acoso de otras brujas se hubiera decidido a pasar por alto ciertos dejes de psicopatía por ignorancia o, principalmente, por su propia salud mental. La Le Fey que se había aparecido en su vida años después no sólo se había asalvajado por la falta de control que Asta y Masha habían ejercido sobre ella durante sus primeros años, sino que además había absorbido la magia de las grandes brujas y había adquirido todo su conocimiento sobre cómo usarla. Le Fey había pasado de ser una niñata que jugaba a ser adulta a una mujer que se tomaba muy en serio su objetivo de arrasar con todo aquel que osara en meterse en su camino. No quería imaginarse lo que había tenido que ser para Asta tener que soportar toda aquella presión y comprendía que sus prejuicios contra las völvas la había perjudicado hasta tal punto que, en lugar de valerse con aliadas tan valiosas como Gothi o Eyra, había optado por lidiar con todo aquello sola.
Y ahora, después de haber exterminado a casi dos generaciones enteras de los Hofferson, había caído en Astrid la responsabilidad de acabar con Le Fey fuera como fuera. Freyja le había aconsejado cómo hacerlo, pero Astrid se negaba a seguir su sugerencia y estaba decidida a hacerlo a su forma. Iba a destrozarla como fuera, aunque tuviera que arrancarle el corazón con sus manos desnudas si hacía falta. Lo había hablado largo y tendido con Hipo y, tristemente, ambos sabían que dejar a Le Fey con vida no era una opción, aunque ello conllevara que los dos tuvieran que morir a causa del vínculo. Si ese era el precio que había que pagar para salvar al Archipiélago y a todos sus habitantes que así fuera.
El día que Hipo tuvo la premonición de la inminente guerra, Astrid tuvo una jornada tan atareada que, por desgracia, se le pasó demasiado rápido para todas las cosas que tenía que hacer. Se había pasado todo el día preparando a las brujas para la batalla y hacia el atardecer regresó con la sensación de que había hecho demasiado poco. Sin embargo, la Resistencia humana parecía más o menos organizada y trabajaban coordinados cargando los barcos con la ayuda de los dragones y las brujas. Por el cielo se observaban a los Jinetes de Dragones practicar los últimos movimientos que Hipo les había enseñado antes de parar a descansar. Astrid caminó a toda prisa hacia la herrería cuando, de repente, decidió torcer en dirección a casa de los gemelos.
La casa de Brusca y Chusco estaba abarrotada de gente y no había suelo visible entre tanta escama y tela. La idea de elaborar las armaduras había sido de Hipo, pero Brusca había decidido liderar el proyecto junto con su hermano gracias a su amplia experiencia en la costura. Varios voluntarios, entre ellos Faye y Einar Haugsen, se volcaron en proporcionarles toda la ayuda que necesitaban para elaborar más de un centenar de armaduras para todos los Jinetes de dragones y todas las posibles para la gente que fuera en los barcos. Era materialmente imposible elaborar armaduras para todos, pero los vikingos que iban en los barcos aseguraban que si habían luchado toda una vida contra los dragones sin armaduras de escamas, podían hacer lo mismo en una batalla naval.
Astrid dudaba que los gemelos o cualquiera de los voluntarios allí presentes hubieran dedicado mucho de su tiempo a dormir. La cara de Brusca estaba marcada con unas ojeras que habían adquirido un tono morado casi insano, pero su amiga no parecía dar muestras de que tuviera intención de parar de trabajar esa noche tampoco. Alzó la cabeza cuando la escuchó entrar, pero enseguida volvió su atención a la armadura que estaba cosiendo con escamas de Pesadilla Monstruosa y dijo:
—¿Qué necesitas, Astrid?
—En realidad, eso tendría que preguntarlo yo —se apresuró a preguntar la bruja mientras intentaba caminar por la estancia sin pisar lo que no debía—. ¿Queréis que pida que os traigan algo de comer?
—Ya se ha encargado Faye, pero gracias —dijo Brusca y se detuvo un momento para frotar sus ojos agotados de coser con tan poco luz. Alzó la mirada y sonrió con desgana—. Alguien necesita dormir, ¿eh?
Astrid alzó una ceja.
—¡Mira quién fue a hablar!
Brusca se rió entre dientes, aunque enseguida frunció el ceño cuando escuchó a su hermano roncar al haberse quedado dormido sobre su labor. Le dio una patada bajo la mesa y éste dio un bote asustado.
—¡Solo estaba descansando la vista! —exclamó enfadado.
—Descansarás cuando acabes esa armadura —le advirtió Brusca y se volvió a Astrid de nuevo—. Estas son las últimas que hacemos, ya no tenemos más escamas y ya no hay tela sobre la que pueda coser.
—Habéis hecho más que suficiente —le aseguró Astrid agradecida—. Procurad dormir esta noche.
—¡Ja! ¿Es que acaso alguien va a poder dormir esta noche? —cuestionó Brusca alzando las cejas.
Astrid sacudió los hombros, consciente de que tenía toda la razón. ¿Quién podía dormir cuando al día siguiente podía ser el fin de todo? El cansancio era una cosa secundaria cuando quedaba tan poco tiempo. Astrid nunca había podido dormir antes de una batalla y aquella noche no iba a ser distinta. Decidió que era hora de marcharse cuando Brusca cogió de su muñeca y dijo:
—Tengo algo que enseñarte.
Astrid la siguió hasta su cuarto que estaba repleto de armaduras acabadas a la espera de ser recogidas a lo largo de la noche, pero Brusca pasó de largo hasta alcanzar su cama y sacó de debajo de la misma una caja que colocó sobre el colchón.
—Es un encargo para ti de parte de Hipo —dijo Brusca sin poder ocultar el orgullo en su voz—. No cabe duda de que es la mejor de todas las que he hecho.
Astrid parpadeó sorprendida.
—¿Te refieres a que…?
Brusca la contempló desconcertada.
—¿Pensabas que no ibas a tener tu propia armadura? —cuestionó la vikinga escandalizada.
—No quise pedírtela porque sabía que estabas hasta arriba de trabajo y pensaba valerme de una cota de malla —argumentó Astrid azorada.
—Menos mal que Hipo tomó la iniciativa en esto —advirtió Brusca y retiró la tapa de la caja de madera—. Además, jamás había trabajado con la tela del vestido de una bruja. Es una pasada lo bien que se amolda.
Astrid abrió los ojos consternada y Brusca se rió de su sorpresa.
—Por lo poco que me contó Hipo, las brujas te obligaron a ponerte un vestido de tu aquelarre en el primer encuentro que tuvisteis con las brujas y pensó que sería buena idea valerse de él para que funcionara como forro de tu armadura —explicó la vikinga mientras Astrid palpaba la tela que se encontraba bajo las escamas—. Creo que no les dio mucha pena librarse de ella.
La armadura estaba hecha con escamas de la propia Tormenta y era sorprendentemente ligera, quizás por la tela de las vestiduras de bruja que hacía de base. La armadura se componía de unas hombreras con espinas, unos protectores para los brazos, una pechera y una especie de pantalón hecho enteramente de escamas que tenía sus botas a juego. Con el casco, la armadura buscaba imitar el aspecto de una Nadder y se contuvo de poner los ojos en blanco ante la fantasía de su novio de adquirir más aspecto de dragón que de humano.
—El abdomen no está cubierto de escamas —señaló Astrid extrañada.
—Estará protegido por la tela de bruja —argumentó Brusca ruborizada—. No me ha dado tiempo a hacerlo más elaborada, pero Heather me ha comentado que las vestiduras de bruja son inquebrantables.
—La mayor parte de las veces —replicó Astrid con aire distraído.
—Pruébatelo —le pidió Brusca—. Quiero comprobar que lo tienes bien entallado.
Astrid obedeció. Se descalzó y se desvistió para quedarse únicamente con la ropa interior. Brusca ajustó las vendas que sujetaban sus senos hasta el punto que casi cortó su respiración y la ayudó a vestirse. Astrid nunca había tenido ojo para los tallajes, pero le resultó impresionante cómo Brusca había conseguido elaborar una armadura sin ni siquiera haberle tomado las medidas. La vikinga se rió ante su comentario y negó con la cabeza mientras ajustaba los cintos del pantalón.
—Fue Hipo el que me las dio—dijo la vikinga—. Aunque mi ojo es lo bastante bueno como para certificar que eran correctas.
Astrid frunció el ceño.
—¿Debería preocuparme porque vosotros las sepáis y yo no?
Brusca soltó una carcajada y Astrid enseguida se unió a ella. Se sentía un poco menos tensa hablando de nimiedades con Brusca y todo aquello le resultaba hasta agradable a pesar de que la estuviera vistiendo para la guerra. La vikinga recogió su corto cabello en una trenza hacia atrás y la contempló de arriba abajo con las manos puestas en sus caderas.
—Sí, definitivamente es mi mejor obra —confirmó Brusca.
No había espejo que pudiera corroborar que fuera así, pero Astrid no dudó de la palabra de su amiga. Aquella armadura era una obra de artesanía magnífica. Ligera, resistente y cosida con una maestría casi imposible de replicar, el traje le daba un movimiento perfecto, casi más grácil que el que su vestidura de bruja le había dado nunca. Astrid se había acostumbrado a los vastos ropajes humanos y había vestido con las cotas de malla para acostumbrar su cuerpo a su peso, por lo que llevar aquella armadura era un cambio positivo que jugaba a su favor. Si podía pelear con la misma ligereza y rapidez con las que las brujas de Le Fey lucharían, podía darse un canto en los dientes. La bruja palpó con sus manos todo el traje para asegurarse de que todo estaba en su sitio cuando observó una extraña tira de cuero en la zona inferior de los pantalones, justo antes de alcanzar sus botas.
—¿Esto es…?
—Hipo insistió en que todos los jinetes las tuviéramos por si acaso.
Astrid tiró con suavidad y salió una tela que se extendió considerablemente hasta casi alcanzar su hombro. Brusca cogió de la tira y se la metió en su muñeca para después estirar su brazo para así tensar la tela. Astrid frunció el ceño y Brusca sacudió los hombros como respuesta.
—Fue su idea, no mía —se defendió la vikinga.
—No tienes que jurarlo, él ya sabe cuánto odio su estúpido traje de vuelo —argumentó la bruja irritada.
—Al menos los demás no tenemos sus mismas tendencias suicidas —bromeó Brusca antes arrodillarse para soltar los cintos de su pantalón, aunque Astrid se apartó con suavidad y evadió su mirada desconcertada—. ¿Qué pasa?
—¿Te importa… te importa si me lo llevo puesto?
Brusca se incorporó y dibujó una sonrisa maliciosa.
—Procura que te lo arranque con cuidado porque ya no voy a tener tiempo de arreglarlo.
La bruja intentó golpearla el brazo, pero Brusca la esquivó sin dejar de reírse.
—No voy a ser yo quien juzgue vuestros juegos sexuales, As.
—Te odio —declaró Astrid con las mejillas encendidas.
—Yo también te quiero —replicó Brusca de forma burlona.
Quizás en otra circunstancia, Astrid habría seguido con el juego de hacerse la ofendida y se hubiera marchado, pero esa noche la bruja no contuvo su impulso de abrazar a Brusca con todas sus fuerzas. La vikinga jadeó sorprendida, pero enseguida le devolvió el abrazo, conteniendo un sollozo contra su hombro. Era muy posible que una de las dos o ambas muriera al día siguiente, por lo que Astrid se negaba a ir a la batalla sin que Brusca supiera al menos que ella la quería de corazón. El destino había hecho que Astrid hubiera vuelto a casa y se hubiera enamorado del hombre con el que se supone que iba a crecer y enamorarse poco a poco, pero Brusca también formaba parte de ese juego. Su infancia habría sido muy distinta habiendo crecido con alguien como Brusca y no tenía dudas de que, a pesar de ser más diferentes que el día y la noche, ella habría seguido siendo su más querida y fiel amiga. Cuando rompieron el abrazo, ambas mujeres se enjuagaron las lágrimas y se rieron azoradas, poco acostumbradas a mostrarse vulnerables, pero la ocasión lo requería y su afecto mutuo sobrepasaba cualquier orgullo.
Abandonó la casa de los Thorston con un nudo en el pecho, pero caminó con paso decidido hacia la herrería. Esas horas previas a la cena solían ser las más bulliciosas del día, dado que toda la aldea y los refugiados hablaban animados y se dirigían en grupos numerosos a los puestos de comida que se montaban en la plaza de la aldea. Sin embargo, el silencio que reinaba aquella noche en la aldea le puso la piel de gallina. El ambiente era muy tenso y la gente caminaba seria y callada, como si no quisieran que nada perturbara su concentración para lo que les esperaba al alba. Aquella era una virtud más que admirable de los vikingos: sabían atenerse a una batalla y, a la mayor parte de ellos, no les daba miedo que mañana pudiera ser su último día en el Midgard. Morir en el campo de batalla conllevaba acabar en el Valhalla y no había mayor honor para un vikingo que ser condecorado como un héroe caído en combate. Astrid nunca había sido de la filosofía de que morir en la batalla fuera una cuestión de honor y reputación, pues ella prefería sobrevivir para contemplar un nuevo amanecer; sin embargo, respetaba la cultura vikinga y comprendía que esa forma de encabezar la batalla era lo que había hecho que los vikingos tuvieran la fama de ser los guerreros —humanos— más fuertes y fieros de todo el continente.
Bocón y Heather estaban trabajando junto al horno cuando Astrid entró en la forja. El herrero observaba fascinado cómo Heather moldeaba el metal de una espada al ritmo del movimiento de sus dedos hasta quedar un filo tan fino que podía cortar el aire. Bocón asintió aprobando su trabajo y Heather sonrió un poco azorada. Ninguno de ellos reparó en su presencia hasta que Astrid carraspeó para hacerse notar.
—¡Caray! ¡Sí que te queda bien! —exclamó Bocón al verla con la armadura puesta.
—Pues yo creo que te hace un poco gorda —se burló Heather entre dientes.
Astrid le fulminó con la mirada, pero decidió no replicar. Heather había decidido elaborar su propia armadura de acero con su magia y tampoco había asistido a ninguno de los entrenamientos de Astrid con las brujas porque le había anunciado que iba a luchar junto con su hermano. Astrid no había replicado, aunque le parecía un desperdicio que Heather malgastara su potencial en la flota cuando podía haber sido mucho más útil con los Jinetes de los Dragones. No obstante, ni Astrid era su general ni ninguna de las dos tenían intenciones de forzar un acercamiento que no iba a darse por mucho que lo intentaran. Astrid la trataba con cordialidad y Heather, al margen de sus comentarios maliciosos, la respetaba. Menos era nada, se consolaba Astrid.
—¿Está Hipo ocupado? —preguntó la bruja.
—Está con Desdentao haciendo ajustes en su cola —respondió Bocón—. A ver si a ti te escucho porque lleva una hora con eso y ya ha quedado más que demostrado que la cola funciona a la perfección.
Astrid asintió y se dirigió al espacio de trabajo Hipo. Su novio estaba sentado ante la mesa donde la enorme prótesis de Desdentao ocupaba la mayor parte del espacio. Tenía varios fuegos flotantes volando a su alrededor para tener mucha más luz de lo que cualquier vela podía proporcionarle y se había puesto una especie de lentes de aumento para trabajar con las piezas más pequeñas. Desdentao tenía la cabeza apoyada a un extremo de la mesa y observaba a su amigo trabajar con cierto aburrimiento. El dragón movió los ojos a su dirección tan pronto cerró la cortina tras ella y se acercó a ella para que Astrid le rascara las escamas.
—Me han dicho que ya vuelas como un fuera de serie —le felicitó la bruja con ternura.
—Lo sé, pero éste insiste en que todavía flagelo en algunos giros —se quejó Desdentao.
—No son los giros que deberías hacer —señaló Hipo sin levantar la vista de la prótesis.
—Eres un tiquismiquis —le acusó Desdentao poniendo los ojos en blanco.
Hipo chasqueó con la lengua como respuesta, aún concentrado en su trabajo. Astrid se acercó a su espalda para contemplar de cerca la magnífica obra de ingeniería que Hipo había trabajado con maestría. La bruja tenía nociones de aerodinámica, pero aquello era una mezcla de física, matemáticas avanzadas e ingeniería que apenas podía interpretar. No cabía duda que había sido el mejor invento de Hipo hasta la fecha y le había devuelto a Desdentao lo que le había robado por accidente años atrás: la independencia y la libertad de volar cuando le viniera en gana sin tener que depender de él. Desdentao había puesto objeciones respecto a volar de nuevo él solo, sobre todo porque el Furia Nocturna disfrutaba volar coordinado con Hipo, pero el vikingo había argumentado de que su dependencia a volar con él lo exponía de nuevo al peligro y la complejidad que supondría crear un sistema de pedal dual para que Hipo pudiera controlar la cola dificultaba mucho más el proyecto. Desdentao accedió a regañadientes y se mostró especialmente molesto con Hipo por tomar esa decisión unilateralmente. No obstante, tras muchas jornadas sin apenas dormir, Hipo consiguió elaborar el primer prototipo y tras varios intentos fallidos que requerían mejoras sustanciales, Desdentao había conseguido volar por primera vez solo hacía una semana.
La emoción de volver a ver al Furia Nocturna sobrevolar los cielos de Isla Mema despertó una enorme euforia en la aldea, aunque resultaba muy extraño verlo volar sin Hipo encima. El vikingo quería que Desdentao se acostumbrara a volar sin él e Hipo solo lo montaba para comprobar que la cola funcionaba correctamente y para hacer las pruebas con su propio traje de vuelo. Apenas tenía tiempo para volar por puro ocio y Astrid había estado también tan ocupada que al final Desdentao salía a volar solo con Tormenta. El Furia Nocturna estaba eufórico y ahora pasaba casi más tiempo en el cielo que en el suelo, pero al menos Hipo parecía mucho más relajado ahora que había llevado a cabo un proyecto que había parecido imposible pocas semanas atrás en tiempo récord. No obstante, la bruja apreciaba la melancolía en los ojos de Hipo cada vez que contemplaba a su mejor amigo volar. Sonreía, pero Astrid sabía que por dentro le apenaba que ya no fuera a volar como lo hacían antes nunca más. Quitarle esa cola a Desdentao para darle una que le obligara de nuevo a ser dependiente a él sería una crueldad e Hipo lo sabía.
—Vale, esto ya está —dijo el vikingo arrastrando su silla hacia atrás y cogió la prótesis—. Ahora sí que harás los giros como tienes que hacerlos.
Se quitó los anteojos y se arrodilló junto a la cola amputada para colocarle la prótesis. En cuestión de poco minutos, Desdentao abría los extremos protésicos de su cola como si fueran una parte más de su cuerpo y movió sus patas excitado antes de que Hipo le hiciera un gesto que le daba a entender que podía marcharse a volar.
—Es como un niño en Snoggletog —comentó Astrid apoyándose contra la mesa.
—Al menos ya vuelve a ser él mismo —expresó Hipo aliviado—. Me rompía el corazón verle…
Hipo se calló tan pronto se volteó hacia ella y se quedó boquiabierto mientras sus preciosos ojos verdes la miraban de arriba abajo. Astrid sonrió cuando palpó las zonas escamosas para comprobar que estaba todo correcto, aunque ella no podía apartar su mirada de su rostro concentrado, con un ceño ligeramente fruncido.
—¿Tiene su aprobación? —preguntó ella sin evitar cierto tono de burla.
—No cabe duda que Brusca ha hecho un trabajo excelente, aunque tenía que haberte hecho el cuerpo entero —señaló él ligeramente molesto.
—Mi traje está hecho con tela de brujas —le recordó Astrid—. Ninguna bruja puede ser atravesada con ella puesta —Hipo seguía sin verse muy convencido y ella cogió de su barbilla para que sus ojos se posaran sobre los suyos—. No has señalado lo guapa que estoy y me voy a enfadar si no me besas en los próximos cinco segundos.
Hipo no pudo contener la carcajada y se inclinó para besarla suavemente en los labios. Astrid se atrevió a intensificar el beso e Hipo gimió contra su boca antes de apartarse.
—Bocón y Heather están ahí fuera, Astrid, y todavía tengo que…
Astrid cogió de su túnica para obligarle a inclinarse de nuevo contra sus labios. Ésta vez cortaron el beso cuando se quedaron sin aire.
—Hoy podría ser nuestra última noche en el Midgard —dijo Astrid con una desesperación triste e impropia en ella—. Regálamela, por favor.
Hipo posó su cálida mano contra su mejilla y pasó el dedo pulgar por su labio inferior. Sus ojos se habían oscurecido y Astrid se sintió como una adolescente al haberse quedado sin aire ante la intensidad de tu mirada.
—Aunque mañana muramos, sabes que yo te seguiré hasta donde sea necesario —le advirtió Hipo.
Astrid sonrió con picardía.
—¿Enfadarías a los dioses para seguirme al Helheim? —cuestionó ella.
—Una vida sin ti en el Valhalla sería peor que una vida contigo en el Helheim —respondió Hipo muy serio—. Además, si cayéramos en batalla...
—Creeme, los dioses me darían una patada en el culo antes de dejarme entrar en el Valhalla —se rió Astrid e Hipo arrugó la nariz en desacuerdo. La bruja rodeó su cuello con sus brazos—. Mañana es mañana y tú y yo solo tenemos esta noche. Quiero hacerte el amor de todas las formas posibles, Haddock, y difícilmente podré hacerlo si no me sacas de aquí y me quitas esta armadura de encima.
Hipo se rió y apartó con suma delicadeza los mechones sueltos que caían de su cara. Astrid sintió un cosquilleo que subía desde la punta de los dedos de sus pies hasta la coronilla de su cabeza ante el amor que se leía en sus ojos.
¡Dioses! ¡Cómo amaba a aquel hombre! ¡Iba a ser su perdición!
La bruja se quitó los guantes para acunar su rostro entre sus manos e Hipo suspiró gustoso ante el contraste de temperatura de su piel.
—Marchémonos de aquí.
—¿Y adónde quieres ir? —preguntó Hipo ansioso—. Mi padre estará en casa y hay gente en casa de Gothi…
Astrid posó sus dedos contra su boca.
—Vámonos —dijo ella sin más.
Salieron por la puerta de atrás aprovechando que Bocón y Heather estaban hablando con alguien en el exterior y corrieron en dirección al bosque. A esas alturas, Astrid ya conocía aquella arboleda como si hubiera corrido por ella toda su vida. Alcanzaron la entrada del Archivo en pocos minutos e Hipo la contempló sin comprender. Ella le guiñó el ojo antes de tirar de su mano y usar su magia para abrir el portón que estaba cerrado con candado.
—¿Pretendes que lo hagamos aquí? —preguntó Hipo desconcertado cuando bajaron la escalinata hasta la amplia biblioteca.
—Es el único sitio cercano a la aldea donde podemos follar sin que nadie nos oiga —defendió Astrid y sonrió con picardía—. Es más, aún me acuerdo de aquella vez que tú y yo estuvimos aquí juntos. Si no hubiera aparecido tu padre tal vez nuestra primera vez hubiera sido aquí… —Astrid llevó sus manos hasta los cintos de su pechera—. Además, siendo tan amante de los libros que eres, ¿nunca has fantaseado con hacerlo aquí?
Hipo no respondió, aunque el fuerte rubor que cubrió sus mejillas delató su respuesta. Astrid se acercó peligrosamente a él, sin borrar su sonrisa, y llevó su mano hasta su entrepierna, donde su erección ya había comenzado a despertar. Hipo cogió de su nuca con brusquedad y devoró su boca con tanto fervor que sus dientes golpearon contra los suyos. Astrid le correspondió con la misma pasión y metió su mano en sus pantalones para acariciar su pene y sus testículos sin muchos miramientos. Hipo cortó el beso para suspirar por su tacto y estrechó los ojos antes de coger de su muñeca y apartar su mano de su erección.
—No seas tramposa.
Hipo acercó su cuerpo contra el suyo y sus largos dedos desataron la parte superior de la armadura. La pechera junto con los protectores de sus brazos y sus hombreras cayeron a sus pies en un golpe que hizo eco por todo el Archivo y la suave tela del forro se deslizó por su piel hasta su cintura, quedándose únicamente con las vendas que aprisionaban sus senos. La bruja desató el lazo, pero fue Hipo quien retiró las vendas a la vez que Astrid sentía que sus pulmones cogían todo el aire que necesitaban por fin. Cuando sus pechos se vieron liberados por fin, Hipo bajó la cabeza para besar su clavícula y seguido descendió su boca hasta su busto. Mientras una de sus manos apretaba un seno, Hipo succionó el pezón del otro con su boca a la vez que la empujaba suavemente contra una mesa que se encontraba allí. Astrid enredó sus dedos en sus mechones y gimió gustosamente mientras Hipo devoraba sus pechos con gula, dejando marcas rojas que pronto se transformarían en moretones por la pasión con la que los besaba y mordían.
La bruja terminó obligándole a quitarse la túnica y, sin que Hipo abandonara su tarea, paseó sus manos por su espalda cubierta de cicatrices. Hipo intentó meter su mano por debajo de la tela, pero el cinturón de la armadura estaba tan ajustado que tuvo que detener su tarea de besar sus pechos para quitársela. Astrid se carcajeó mientras él soltaba con evidente enfado cada cinto y lazo y chilló sorprendida cuando Hipo cogió de su trasero desnudo para sentarla sobre la mesa.
—Estamos ansiosos hoy, ¿no? —bromeó ella cuando Hipo mordisqueó su cuello y soltó la trenza para que sus cabellos cayeran hasta un poco por encima de sus hombros.
—Estoy cumpliendo una de mis fantasías, ¿puedes culparme? —murmuró él contra su piel.
La bruja gimió cuando volvió a apretar sus senos con fuerza con sus grandes manos y Astrid deshizo el cordel de su pantalón que se deslizó por sus piernas hasta los tobillos. La bruja le miró arriba abajo y sonrió complacida.
—Perfecto.
Hipo arqueó una ceja como respuesta.
—¡Oh, vamos! ¡Sabes de sobra que eres el vikingo más cañón de esta isla!
El rubor de Hipo cubrió su cara y sus hombros y Astrid no pudo evitar reírse con ternura cuando ocultó su rostro en el hueco de su cuello. Hipo seguía sin asimilar bien los elogios, por lo que la bruja terminó por coger de su rostro para obligarlo a mirarla a los ojos.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué? —preguntó nervioso.
—Creo que también me habría enamorado de ti si hubiera vivido aquí en Isla Mema.
Hipo se rió nervioso.
—No lo creo, no has conocido a mi yo adolescente —señaló Hipo—. Era un crío bastante insoportable.
Astrid estrechó los ojos y le pellizcó su pezón, causando que Hipo diera un brinco de impresión.
—¡Ey!
—Cuando digo que lo creo es porque realmente lo creo, Hipo —remarcó Astrid muy seria—. El destino siempre ha querido que fueras mío.
Hipo inclinó su rostro a su altura y Astrid sintió que su ritmo cardíaco aceleraba ante la belleza de sus ojos y la intensidad de los sentimientos que se reflejaban en ellos. Hipo cogió de su mano y la posó contra su pecho ardiente, a la altura de su corazón.
—Es tuyo, solo tuyo.
Astrid replicó su gesto y colocó su mano sobre su pecho izquierdo.
—El mío solo puede pertenecerte a ti, porque fuiste tú el que le dio una verdadera razón para seguir latiendo —remarcó la bruja.
Astrid se adelantó a besar sus labios salados por las lágrimas de emoción y le animó a tumbarse en la mesa. Con una sonrisa traviesa, se colocó sobre la cabeza de Hipo y se inclinó hacia su erección, exponiendo su propia intimidad sobre su rostro. Ninguno de los dos se andó con remilgos para saciar la necesidad de otorgar placer al otro. Había practicado esa posición en numerosas ocasiones y a Astrid le volvía loca sentir la lengua de Hipo adentrarse dentro de su vagina a la vez que ella metía su miembro hasta el fondo de la garganta. El vikingo apretó su trasero con tanta fuerza que estaba segura que quedarían las marcas de sus dedos y sus uñas. Astrid gimió, causando que su pene vibrara dentro de su boca e Hipo soltó un alarido, esforzándose en contener su orgasmo como fuera. La competitividad entre ellos era terrible y acostumbraban a explorar sus límites para forzar que el otro llegara al orgasmo antes. Hipo llevó su boca hacia su clítoris a la vez que metía dos dedos dentro de ella y Astrid gritó aún con el miembro aún en su boca, sintiendo como sus propios fluidos se resbalaban por sus muslos. Consciente de que tan pronto Hipo se aventurara a meter un tercer dedo se correría, la bruja llevó una mano hacia su escroto y el otro bajó un poco más hasta su recto. Con cuidado y presionando con suavidad, Astrid se atrevió a insertar un dedo dentro de él hasta que localizó aquella zona en particular que le volvía loco. El cuerpo de Hipo se tensionó bajo el de ella y gritó:
—¡Joder Astrid! ¡Eso es trampa!
Satisfecha de haber tomado ventaja masajeó el área con más esmero a la vez que Hipo, quien temblaba bajo ella, procuró acelerar el movimiento de su mano a la vez que succionaba y gemía contra su clítoris.
—¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! ¡No puedo más! —gritó el vikingo en un gemido y se corrió en su garganta.
Astrid acabó corriéndose por la excitación de verle tan a su merced y tragó hasta la última gota de semén que salió de él. Tomó una fuerte bocanada cuando sacó el miembro de su boca y se volteó para encararse con él. El pecho de Hipo subía y bajaba a un ritmo acelerado y su cara estaba húmeda por su excitación y la saliva. Hizo un intento de fulminarla con la mirada cuando ella dibujó una sonrisita de triunfo, pero estaba todavía demasiado abrumado por el orgasmo.
—Eres cruel... y tramposa —le achacó Hipo aún hiperventilando cuando Astrid se sentó sobre su estómago para apoyarse contra su pecho—. No es justo.
—¡Qué mal perder tienes! —se burló ella.
Hipo estrechó los ojos y Astrid sabía que iba a hacer lo que estuviera en su mano para vengarse. Sintió su erección contra su trasero cuando Hipo se incorporó para morder uno de sus pezones y, a pesar de que Astrid intentó apartarlo al sentir el placentero y agudo dolor en su pecho, Hipo la besó con rudeza, entremezclando los sabores de sus fluidos que aún quedaban en sus bocas y mojando también su cara. Entonces, Hipo cogió de sus muñecas con fuerza y rompió el bes para lanzarle una mirada peligrosa con sus ojos negros de lujuria.
—¿Que yo tengo mal perder? —repitió Hipo con voz grave—. Eso está por ver, milady.
Hipo la empujó fuera de la mesa y se levantó de un salto para empujarla contra una de las estanterías sin mucha delicadeza. Astrid sonrió, excitada ante la perspectiva de que Hipo se mostrara mucho más dominante de lo habitual. Volvió a besarla con agresividad a la vez que frotaba su erección contra su estómago y Astrid mordió su labio inferior para provocarlo. Hipo gruñó y, sin muchos miramientos, cogió de sus piernas y la apoyó contra las estanterías para penetrarla de una ruda estocada. Astrid arqueó su espalda cuando el miembro de Hipo dio contra una zona muy sensible de su cavidad debido a la postura e intentó sostenerse contra los estantes que impactaban contra la pared debido al rítmico movimiento de sus cuerpos. Ignoraron los volúmenes que caían de las estanterías e Hipo apoyó una de sus piernas en su hombro, accediendo aún más dentro de su vagina, y llevó su mano hacia su perla hinchada. Astrid puso los ojos en blanco, incapaz de silenciar los desvergonzados gemidos que salían de su boca cuando Hipo se puso a lamer su cuello.
—Hipo, no puedo… —gimió Astrid desesperada—. ¡Es demasiado!
—Pues ya sabes lo que hacer, mi amor —bajó su mano hasta su trasero y se lo apretó con fuerza—. Córrete.
—¡No! —dijo ella moviendo sus caderas buscando más fricción él.
—Hazlo —insistió él contra su oído antes de morder el lóbulo de su oreja y tiró inesperadamente del vínculo.
Astrid se corrió con tal violencia y que si no fuera porque Hipo la tenía presionada contra los estantes ya habría perdido el equilibrio. Fue un orgasmo largo que hizo que su cuerpo no paraba de sufrir espasmo y sintió un chorro de fluidos resbalar de ella desvergonzadamente. Los olores mágicos de madera quemada y humo invadieron sus fosas nasales y su magia parecía reaccionar a la embriaguez que ocasionaba la de Hipo. Pensaba que su amante iba a darle tregua cuando, de repente, salió de ella para empujarla ésta vez contra la mesa para penetrarla una vez más, ésta vez por detrás. Sus estocadas eran rápidas y rudas y Astrid podía sentir otro orgasmo preparándose para explotar en su bajo vientre debido al estado tan sensible en el que se encontraba. De repente, Hipo la empujó contra su pecho y cogió de sus senos mientras gemía contra su oído.
—Te quiero tanto, Astrid —murmuró en un suspiro desesperada.
Hipo estaba tan perdido en la pasión que no paraba de repetirle «te quiero» en varias lenguas. Con la visión nublada por la pasión, Astrid llevó su mano hacia arriba hasta alcanzar su cabello y lo presionó con tanta fuerza que sintió la tirantez en su propio cuero cabelludo.
—Soy tuya, solo tuya —jadeó ella sin poder contener las lágrimas.
Astrid tiró del vínculo con tal fuerza que Hipo se vio obligado a sostenerse contra su cuerpo mientras se corría dentro de ella, causando que Astrid alcanzara su tercer orgasmo. Se desplomaron contra la mesa mientras luchaba por recuperar el aire e Hipo salió de ella con suavidad. Acarició con suavidad su espalda y preguntó preocupado:
—¿Estás bien? ¿Te he hecho mucho daño?
Astrid sonrió agotada e intentó incorporarse como mejor pudo.
—Creo que no puedo andar —se lamentó ella con una carcajada—. No siento las piernas.
Hipo se rió y la cogió en brazos para llevarla hasta el fondo del Archivo, donde la dejó sentada sobre una mesa y sacó de un baúl que estaba metido en un estante una esterilla y una manta. Astrid alzó una ceja e Hipo se rió azorado.
—Te sorprendería la cantidad de veces que me he quedado durmiendo aquí —explicó el vikingo extendiendo la esterilla en el suelo y colocando un cojín junto a la pared—. Como siempre acababa con dolor de cuello, traje esto por aquí para dormir más cómodo.
—¿Por qué no me sorprende nada de esto? —cuestionó ella con diversión.
Hipo se rió azorado y la ayudó a tumbarse en la esterilla. El vikingo se acomodó a su lado y Astrid le cubrió con la manta a pesar de no necesitarlo. Hipo pegó su cuerpo contra el suyo y la bruja suspiró feliz cuando su piel calentó la suya en cuestión de segundos. Se acurrucó contra su pecho y se quedó ligeramente adormilada escuchando sus calmados latidos y su respiración acompasada. Mientras Hipo acariciaba su cabello con mimo y ella paseó sus dedos por los vellos de su pecho. Sin embargo, de repente, Hipo se detuvo y Astrid alzó la cabeza extrañada. Los ojos de su novio la contemplaban ausentes y la bruja se incorporó preocupada, aunque Hipo no daba muestras de estar alterado. La bruja acarició su cara con delicadeza y apartó el pelo de sus ojos cuando Hipo pareció volver en sí y éste parpadeó agotado, luciendo de repente muy cansado.
—¿Estás bien? —preguntó ella en un susurro.
—Son las visiones, últimamente aparecen de repente ante mis ojos y luego se disuelven —argumentó Hipo preocupado.
—¿Has podido ver algo?
—Nada claro —respondió él acomodando su rostro en el hueco que había entre su cuello y su hombro—. Ojalá parasen.
—Estás bajo mucho estrés ahora mismo, amor. Es normal que se descontrole —le animó Astrid con ternura.
Hipo suspiró, pero no replicó. La bruja tragó saliva y le abrazó contra su pecho mientras Hipo respiraba profundamente para calmarse. Su magia se removía nerviosa dentro de él, inquieta por su estado de cansancio e incertidumbre, aunque la presencia de Astrid parecía ser una especie de consuelo que la mantenía a raya. Hipo había estado evitando a las brujas en los últimos días ante sus dificultades para mantener a su magia bajo el estricto control con el que estaba acostumbrado a tener. El despertar del paladín dentro de él le había dejado muy trastocado y temía que, de suceder algún evento traumático en la batalla, éste pudiera aparecer de nuevo encarnado en su cuerpo. Astrid tenía la percepción de que al haber despertado la verdadera esencia de su magia, el poder de Hipo iba a más, lo cual causaba que aumentaran las visiones y se estuviera convirtiendo en un ser más mágico que humano.
Por esa razón, Hipo estaba aterrado ante la idea de perder su humanidad.
Le aterrorizaba el poder que podía alcanzar y el mal que podía ocasionar si dejaba que la magia fluyera libremente de él.
No es que no pudiera controlarlo. Es más, resultaba admirable como Hipo manejaba su magia cuando no hacía ni dos años que su poder había despertado. Una bruja de a pie jamás podría usar la magia con tan poco tiempo de entrenamiento e Hipo ya contaba con un nivel propio de una bruja experimentada. Ella no había querido decírselo en voz alta para no inquietarlo más, pero Hipo había nacido para poseer magia y, de alguna manera, estaba convencida de que si no se dejaba dominar por Surt, Hipo podía llegar a ser un gran… ¿era correcto decir «bruja»? Quizás era demasiado complicado reducirlo a una sola palabra, más teniendo en cuenta que Hipo era único en su especie, al igual que ella.
Ying Yue le había explicado que el caso de Astrid era uno de entre un millón. Era habitual que las niñas que contaban con sangre de völvas fueran bautizadas en las aguas de Freyja; pero, por lo general, su don o bien eran dones de völva como la clarividencia que se intensificaban gracias a la magia o directamente esos poderes se anulaban por una bendición proveniente de otro dios. Que Astrid contara con el poder de Thror y, a su vez, hubiera despertado en ella el don de völva que había heredado de su madre era muy inusual. Ying Yue casi la había acusado de codiciosa de poder, aunque ni la propia Astrid había sabido explicar por qué su poder había despertado ahora y no antes. Astrid tenía muchas preguntas y lamentaba profundamente que Gothi siguiera dormida a causa de la maldición de Le Fey, pues tenía demasiadas preguntas para tan pocas respuestas.
La mano caliente de Hipo contra su pecho desnudo la sacó de sus pensamientos y Astrid bajó la mirada para encontrarse con sus bellos ojos preocupados, preguntándole en silencio si ella se encontraba bien. Astrid se movió para besarlo con suavidad en los labios y reposó su frente contra la suya. Aspiró su aroma que entremezclaba el humo de la herrería, el sexo y su magia y sintió la congoja en su pecho al pensar de que tal vez aquella fuera la última vez que pudiera sentirlo así de cerca. No pudo contener las lágrimas traicioneras que se le habían acumulado en sus ojos. Se pegó a su cuerpo y escondió su cabeza contra la clavícula de Hipo, esforzándose en mantener sus sollozos a raya.
—Astrid…
Su voz temblaba también por el dolor y la desazón. Aún con el don de la clarividencia, ni siquiera Hipo era capaz de adivinar qué destino les deparaba. Compartieron un beso húmedo y salado antes de que su novio se colocara sobre ella y la penetrara una vez más, ésta vez con mucho más cuidado, aunque la desesperación por sentir toda la cercanía posible era la misma que antes. En el silencio del Archivo, cuando ya se acercaban las primeras horas de la mañana, Astrid Hofferson e Hipo Haddock formularon sus votos en suaves susurros y se hicieron promesas de amor, conscientes de que tal vez ya no habría más ocasiones para pronunciarlas en voz alta.
Cuando el cuerno de guerra de Isla Mema resonó por toda la aldea, Astrid e Hipo ya estaban preparados con sus armaduras y montados cada uno sobre sus dragones para encabezar sus respectivas tropas. No había ni una sola nube en el cielo cuando los barcos de Drago y la Reina del Salvaje Oeste se avistaron en el horizonte, aunque la paz de aquel precioso amanecer duraría muy poco. Muy pronto, los cielos del Archipiélago estarían cubiertos por nubes de tormenta y humo de los barcos incendiados, sus aguas estarían teñidas de rojo y el silencio de la mañana se apagaría por los gritos de guerra, el rugido de los dragones y el choque del acero.
La bruja nacida de la tormenta contemplaba el horizonte más tranquila que todos los que la rodeaban. Llevaba demasiados años esperando el día en el que por fin acabaría con Moryen Le Fey de una vez por todas y, a pesar del miedo que la embargaba, nunca había estado más segura de algo en su vida.
Aquel día, su vida y la de todos los que rodeaban cambiaría para siempre, inconscientes de que aquel sería el fin de una era.
Xx.
Su pierna había dejado de responder.
Le Fey ya estaba acostumbrada a perder partes de su cuerpo cuando llevaba sus cuerpos al límite, pero su estómago seguía revolviéndose cada vez que sus miembros daban muestras de putrefacción severa. Había rastros de deterioro por todo el cuerpo de Kateriina Noldor, pero la pierna… era propia de un cadáver en avanzado estado de descomposición. Iba a tener que estar flotando durante la batalla porque estaba convencida de que tan pronto apoyara el peso de su cuerpo sobre esa pierna, ésta se quebraría por la mitad.
Tenía que cambiar de cuerpo al día siguiente como muy tarde o ella perecería con aquel cuerpo.
Ikerne entró en su habitación sin llamar y se quedó mirándola fijamente. Odiaba que la vieja supiera todo antes que ella, pero a esas alturas Le Fey estaba acostumbrada a que Ikerne estuviera casi siempre al tanto de todo. La anciana arrugó el gesto cuando levantó la sábana que cubría sus piernas, aunque a diferencia del resto de brujas no se espantó o hizo una arcada. Sencillamente volvió a colocar la sábana y se sentó en la silla que estaba junto a la cama.
—Vas a tener que volar.
—Ya lo sé —espetó Le Fey con impaciencia.
—Eso requerirá más energía mágica —le advirtió Ikerne—. Ese cuerpo apenas va a aguantar hasta mañana, así que vas a tener que hacer el ritual durante la batalla.
Le Fey lo sabía. ¿Cuántos rituales llevaba ya? Había perdido ya la cuenta y había tenido tantas caras que ya no se acordaba de todas ellas y, por suerte, muchos recuerdos de sus almas poseídas se habían ido disipando con el paso de los años. A Le Fey siempre se le había dado muy bien aislar los recuerdos de los cuerpos que poseía a un rincón de su mente para que no la molestaran, pero últimamente los recuerdos de Kateriina no la dejaban descansar como era debido, quizás porque nunca había alcanzado un límite como el que había llevado ese cuerpo en particular y Moryen conocía a Kateriina mejor que al resto de las almas que había devorado dado que había tenido que hacerse pasar por ella durante demasiado tiempo.
Odiaba aquel cuerpo.
Odiaba a Kateriina Noldor.
Tan dulce, tan amable y tan perfecta.
Tan jodidamente humana.
Hela ya le advirtió que no debía poseer cuerpos humanos. Eran débiles y frágiles, casi como si fueran de cristal, aunque no cabía duda de que si Kateriina Noldor hubiera sido bruja habría sido una poderosa, sobre todo porque ningún cuerpo humano habría soportado tanto tiempo aquella agonía. ¡Si al final iba a tener que darle las gracias y todo a esa estúpida!
—Capturar a Astrid no será fácil —le advirtió Ikerne.
—Te equivocas, Astrid vendrá de cabeza si capturamos a Haddock.
—El paladín de Surt —le corrigió Ikerne—. Sería interesante adueñarnos del chico.
Le Fey chasqueó la lengua.
—Hipo Haddock no se someterá —advirtió la reina molesta.
—Cuando poseas el cuerpo de Astrid probablemente lo haga —advirtió Ikerne—. Es un hombre enamorado, le pasará como le pasó a Thuggory. Los hombres se vuelven tontos cuando se trata del amor.
La reina no replicó. No le interesaba hablar de Hipo Haddock ahora mismo. Tenía otras preocupaciones más importantes que atender en sus propias filas. Ante la ausencia de Thuggory como líder de sus tropas humanas, Le Fey tenía la sensación que todo se le escapa de su control. No había líderes humanos competentes que impusieran tanto respeto como lo había hecho Thuggory y se negaba a darle más poder a Drago del que ya contaba.
¡Puto Drago!
Todo se había complicado en las últimas dos semanas. Cada vez resultaba más complicado contener a Thuggory en las cuevas y la falta de prisioneros había hecho que sus brujas hubieran tenido que secuestrar a los tramperos de Drago para alimentar a la bestia. Drago no era ningún estúpido, había sido cuestión de tiempo hasta que había reunido las evidencias que la delatarían, más teniendo a Ingrid Gormdsen pululando a su alrededor, como si de alguna manera pensara que Drago iba a acabar quitándosela del medio y ella podría ocupar su lugar. Sin embargo, Le Fey les dejaba creer que eran ellos los que tenían el control para así ir por delante de ellos. Es más, cuando Drago reunió las evidencias suficientes para acusarla de brujería, la reina no negó las acusaciones.
—Antes de que decidas matarme, cazador, permíteme que te proponga un trato —le propuso Le Fey.
—Yo no negocio con brujas —dijo Drago amenazándola con su lanza.
—¿Ni siquiera cuando puedo ofrecerte lo que más anhelas?
—Tú no puedes darme lo que busco —escupió el cazador furioso.
Le Fey le miró a los ojos con una expresión imperturbable.
—¿Crees que no sé dónde se esconde? —cuestionó Le Fey.
La cara de Drago se descompuso por la sorpresa y Le Fey tuvo que contener una carcajada burlona por haberle pillado desprevenido.
—No sé de qué me hablas —dijo Drago rabioso.
—¡Por favor! ¿Crees que no te iba a investigar a fondo antes de contratarte como cazador? —cuestionó Le Fey sin perder la calma—. Yo te puedo decir dónde puedes encontrarla a cambio de que luches para mi.
—No voy a luchar por una bruja —escupió Drago furioso y se acercó amenazante hacia ella, aunque Le Fey no se movió de su asiento—. Jamás me arrodillaré ante ti.
—No pido que lo hagas —dijo la bruja elevándose en el aire para estar a la altura del cazador de brujas—. Ambos tenemos enemigos en común, Drago. Jura que me ayudarás a destruir Isla Mema, que les arrancarás sus dragones y que destruirás a esas brujas y a toda la Resistencia y, a cambio, yo te diré dónde está lo que llevas años buscando.
—Quiero a todos los dragones en mi poder —añadió Drago—. Y quiero a la bruja de la tormenta y al paladín de Surt para mí.
—Serán tuyos si así lo deseas —mintió Le Fey con una sonrisa.
—Y quiero a Meathead —dijo Drago.
La expresión risueña de Le Fey se deformó en una mueca de ira.
—No.
—Sé que lo has embrujado, bruja, ¿crees que no iba a darme cuenta de que me faltan tramperos? —cuestionó Drago furioso—. Sé que lo has transformado en una bestia. Quiero verlo con mis propios ojos.
—¡Te he dicho que no! —gritó Le Fey con tanta furia que reventó los platos de barro que habían puestos sobre la mesa—. Él es mío y créeme cuando te digo que Thuggory hará todo lo que yo le diga, así que si me tocas demasiado el coño puedo asegurarte de que te convertirás en su próxima cena.
A Drago no le gustó la amenaza, pero fue suficiente como para que dejara de insistir en ver a Thuggory, más cuando salía ganando del trato que acababan de hacer. A Le Fey le preocupaban bien poco las intenciones del cazador cuando tenían tan claro que iba a matarlo, aunque siguió manteniendo la vigilancia sobre él. Que le hubiera dado la ubicación de lo que él llevaba tanto tiempo buscando no significaba que Drago fuera a cumplir con su palabra, tal y como ella no pensaba entregar a Astrid y a Hipo. Haddock era demasiado valioso como para dárselo a un asesino de brujas y temía que si el paladín de Surt acababa bajo el control de Drago, aún contando con el cuerpo y el poder de Astrid, difícilmente podría vencer a alguien con el poder de convocar el Ragnarok.
Le hubiera gustado tener unos días de calma tras la marcha de Drago, pero Ingrid Gormdsen no tardó en tocarle la maldita moral. Ante la ausencia de Thuggory, Le Fey se había visto obligada a nombrar un nuevo general para sus ejércitos humanos e Ingrid había conseguido imponerse por delante de otros candidatos. La mujer no contaba con ningún tipo de experiencia liderando ningún ejército, pero tenía la autoridad y crueldad suficiente como para ganarse el respeto de sus subordinados a base de palizas y torturas.
La arrogancia de Ingrid la desquiciaba. Se daba unos aires de grandeza que se le hacían insoportables y Le Fey sospechaba de que Ingrid estuviera ideando una especie de complot para quitársela de en medio para así coronarse como Reina del Salvaje Oeste. Se planteó seriamente en matarla, pero fue Ikerne la que le advirtió que no lo hiciera.
—¿No has aprendido nunca que es más conveniente tener a los enemigos cerca? Liderando tu ejército la tendrás más controlada que dejándola suelta.
Ingrid, sin embargo, se lo estaba poniendo muy difícil. La humana le había perdido el miedo y ya no se comportaba como si fuera su reina. Le Fey odiaba que supiera que estaba demasiado débil y sus amenazas vacías no le servían de nada. Ingrid se portaba como si fuera ella y no Le Fey la que gobernaba por allí y, a pesar de que no había dicho —que ella supiera— ni una sola palabra sobre su identidad mágica, sí que usaba argumentos ofensivos como que era demasiado joven para ser reina o que la misteriosa desaparición de Lord Meathead había dejado a la «pobre reina Noldor» con el corazón roto.
—Moryen —la voz de Ikerne la trajo de nuevo al presente y observó que su semblante daba muestras de irritación—. No me estás escuchando.
—A veces hablas demasiado y me aburres —dijo Le Fey de mala gana.
—Aún sigues siendo una cría —le achacó la anciana molesta.
—Una cría que es tu reina, Ikerne, no lo olvides —le advirtió la bruja con furia.
—Una reina cadáver a este paso —Le Fey la fulminó con la mirada, pero Ikerne la ignoró—. Tal vez deberíamos tener un cuerpo en reserva por si el plan falla. Quizás podamos secuestrar a Ying Yue durante la batalla y…
—No, tú misma me dijiste que debía ser Astrid. Además, si actuamos como es debido y no sospecha de mis intenciones...
—Astrid conoce de sobra tus intenciones, Moryen, ella no es tan ingenua como lo fue Asta y te recuerdo que el chico es vidente —dijo Ikerne enfadada—. Acostumbras a infravalorar a la muchacha por el resentimiento que tienes hacia ella. Astrid tendrá un plan bajo la manga, tenlo por seguro.
—¿Y acaso no tienes el don para descubrir qué mierda plantea contra mi? —ladró Le Fey rabiosa.
—No —contestó Ikerne ofendida—. No puedo predecir qué va a suceder en una batalla en la que nada está decidido. Las premoniciones son ambiguas y confusas.
—O tal vez tú seas una inútil —escupió Le Fey—. Siempre te excusas en lo de que el futuro puede variar, pero ni siquiera supiste ver que Asta pretendía suicidarse.
Ikerne apretó los puños.
—¡Porque no lo decidió hasta el último segundo! —argumentó la vidente con furia—. Es imposible ver nada cuando la decisión se toma de una forma tan impulsiva y te recuerdo que Astrid se mueve en base a sus instintos. Es una bruja demasiado impredecible, Moryen, en eso se parece a ti, solo que ella cuenta con mucho más sentido común.
—¡Astrid no es más que una niñata! —escupió Le Fey ofendida—. ¡Yo hice que sea lo que es ahora! ¡Y su cuerpo será mío cueste lo que me cueste!
Ikerne frunció los labios, pero no hizo ninguna réplica. Le Fey se quitó la sábana de encima y se elevó en el aire antes de dirigirse al espejo que había en un rincón del cuarto. Tenía un aspecto horrible, casi cadavérico y, a pesar de que su pierna estaba cubierta por el camisón, podía ver su pie negro a causa de la putrefacción. Tenía el pelo encrespado, unas ojeras púrpuras marcadas bajo sus ojos y sus labios estaban tan pálidos que estaban adquiriendo un cariz azulado.
Tenía muy poco tiempo.
Se lo estaba jugando todo a una sola mano y temía que tuviera todas las de perder si no usaba bien sus cartas.
Sus brujas entraron en el dormitorio por indicación de Ikerne para que la vistieran y le dieran alimento. Absorber las vidas y esencia de adolescentes y mujeres humanas ya no ayudaban a restaurar y cualquier alimento humano que entraba por su cuerpo la hacía enfermar. Le Fey se alimentaba a base de carne cruda y órganos humanos, algo que despertaba la repulsión de quienes la rodeaban, pero la única comida que su cuerpo parecía tolerar a esas alturas. Sus brujas la vistieron con su atuendo de reina del aquelarre del Sabbat y la maquillaron y la peinaron para que luciera mucho menos decrépita. Le colocaron su corona de amapolas y, a pesar de que sus brujas le lanzaron elogios vacíos, Le Fey supo que estaba lejos de verse intimidante y hermosa. Se elevó en el aire y salió por la puerta de atrás de la casa, hacia el bosque. Sus brujas la siguieron, nerviosas ante el movimiento de las tropas humanas que subían a los barcos.
Rea se encontraba junto a la entrada de la caverna de Thuggory, con expresión ausente y unas ojeras casi tan marcadas como las suyas. Le Fey la había embrujado para que no pudiera dormir para que pudiera mantener a raya la barrera ilusoria que protegía la caverna de Thuggory. Debía de haber estado al menos tres días sin dormir y apenas reaccionó a su presencia cuando se colocó ante ella. Le Fey le dio un bofetón para que reaccionara, pero solo consiguió que la muchacha cayera al suelo. La ilusión flaqueó y Le Fey chasqueó la lengua.
—Deshaz el hechizo, Rea —le ordenó Le Fey con frialdad y se dirigió a una de sus brujas—. Llevadla a mi barco y que duerma. La necesito fresca para mañana.
Tan pronto Rea rompió el conjuro ilusorio y Le Fey le quitó la maldición de insomnio, se desplomó en el suelo como un peso muerto. La reina no se detuvo a comprobar el estado de la muchacha y mandó buscar a soldados que estuvieran bajo su dominio para que acudieran a encadenar a Thuggory una vez que saliera de la cueva. Confiaba que su amado fuera lo bastante obediente como para no dar problemas, sobre todo después de haberlo acostumbrado a la luz del sol aún prefiriendo con creces la oscuridad, pero Le Fey sabía que no convenía retar a la suerte y si iba a encerrarlo en el barco durante la travesía hasta Isla Mema convenía tenerlo quietecito. El aire de la cueva estaba viciado y olía a carne podrida y a hedor de dragón. Los ojos de Thuggory brillaban en la oscuridad y soltó un gruñido al verla, descontento de que fuera ella y no alguien que comer. Le Fey tuvo que contener una mueca y se elevó hasta estar a la altura del rostro de la bestia. Los ojos de la criatura era púrpuras ahora debido a que su esencia mágica formaba parte de él ahora, pero Le Fey reconocía a Thuggory en esos ojos y la miraba con una mezcla entre devoción y odio, como si pudiera ver a Kateriina y a ella al mismo tiempo. Le Fey acarició su piel escamosa y la criatura ronroneó.
—Es la hora, mi amor —dijo la reina con dulzura—. Vamos a acabar con ellos de una vez por todas.
Thuggory entreabrió su boca y mostró sus afilados dientes.
—Recuerda lo que hemos hablado, Thuggory, puedes matar y comerte a quien te venga en gana, pero Hipo y Astrid... —la bestia gruñó furiosa ante sus nombres y Le Fey le lanzó una mirada de advertencia—. No puedes matarlos, ¿vale? Si quieres que seamos felices para siempre, necesito que me los traigas vivos y de una sola pieza, al menos Astrid, el chico me da un poco más igual si le arrancas un brazo.
La boca de Thuggory se le hizo agua y Le Fey besó su frente con una ternura impropia en ella.
—Pronto gobernaré sobre el Midgard, mi amor, y nadie nos podrá separar nunca —le prometió Le Fey en un susurro—. Tú no me abandonarás como los demás. Te quedarás conmigo para siempre, ¿a que sí?
La bestia rugió y cogió de su cintura con fuerza. La reina contuvo un quejido de dolor cuando las garras de Thuggory rozaron su pierna cadavérica y colocó sus manos contra sus hombros para empujarlo hacia atrás.
—Ahora no es el momento, Thuggory —dijo la reina con severidad—. Es hora de luchar.
Thuggory la soltó a regañadientes, pero la siguió hacia el exterior con una actitud obediente y sumisa. Ya estaba cayendo la noche cuando salieron al exterior y, a pesar de los temerarios bramidos de la bestia y haber destrozado el cráneo de un hombre que había intentado ponerle uno de los grilletes, Thuggory terminó dejándose encadenar para dirigirse a los barcos. Ikerne les esperaba en el puerto, aunque no le dirigió una sola mirada a la bestia.
—¿Qué pasa? —le preguntó Le Fey de mala gana.
—Drago lo ha encontrado —dijo Ikerne muy seria—. No lo he visto, pero a él se le veía muy contento y ya ha partido rumbo a Isla Mema.
—Perfecto, no esperaba menos —declaró Le Fey encantada dirigiéndose hacia su barco.
—Moryen.
Le Fey se volteó irritada. Ikerne la observaba en un silencio grave.
—¿Qué?
—Ella va a reclamar tu corona.
La reina palideció.
—Eso es imposible.
—Astrid lo sabe, Moryen —le advirtió Ikerne—. Debes ser cauta, Moryen. Astrid es la heredera legítima del aquelarre y, si no cuidas de lo que suceda mañana, puede que salgamos perdiendo.
—Ikerne, Astrid no estará en posición de reclamarme nada cuando vea a Haddock a merced de Thuggory —replicó Le Fey con impaciencia—. Astrid podrá reclamar lo que quiera, pero acabará siendo mía. Además, no podrá usar su magia teniendo en cuenta que…
—Ha hecho un ritual de purificación —le cortó Ikerne con brusquedad.
Le Fey palideció.
—¿Qué?
—Lo que oyes, las visiones no se equivocan —señaló Ikerne—. Si Astrid está purificada significa que toda influencia que haya podido recibir de ti para controlar su magia ya no estará y, teniendo en cuenta que es candidata legítima para el trono del aquelarre, nos enfrentamos a un problema muy serio, Moryen.
—Te preocupas demasiado —insistió Le Fey molesta—. Ella no podrá hacer nada por mucho que lo intente.
—¡Te insisto que no puedes darte el lujo de infravalorarla, Moryen! —exclamó Ikerne.
Harta de su actitud negativa, Le Fey cogió del cuello de la anciana con su magia y apretó sin titubear. La anciana luchó por liberarse, pero Le Fey la elevó en el aire sosteniéndola únicamente de su cuello.
—Todos estos años has pensado que eras tú la que tenía el control, Ikerne. ¿Pensabas realmente que tienes algún poder sobre mí? Eres lo que eres gracias a mí —cuestionó Le Fey furiosa—. Has sido una fiel sirvienta, pero nadie es imprescindible en este aquelarre. Me sería muy fácil encontrar a una nueva vidente y quitarte de en medio, así que te lo advierto por última vez: deja de tocarme el coño y sube a ese barco con la boca cerradita. Tú y yo hablaremos cuando todo esto acabe.
A Ikerne no le hacía la menor gracia el desprecio de sus palabras, pero no era la primera vez que Moryen había tenido que agredirla físicamente para que no se pasara de lista con ella. La anciana le había sido útil, pero había ocasiones en las que su arrogancia le resultaba insoportable. No negaba que la intervención de Ikerne había sido esencial para que ella hubiera llegado tan lejos y jamás le había dado ni un solo indicio de que actuara en su contra. Si había alguien que era fiel a ella, esa siempre había sido Ikerne y estaba convencida de que la vieja jamás se separaría de ella, sobre todo porque la recompensa por una vida sirviéndola consistía, precisamente, en vivir segura y rodeada de lujos.
Le Fey subió al barco y escuchó a Thuggory rugir en la bodega del barco. El sol se estaba poniendo en el horizonte y el viento soplaba a su favor. Al alba, llegarían a Isla Mema. Sonaron los cuernos de guerra de la Reina del Salvaje Oeste y Le Fey sonrió contenta de que sus males por fin llegaban a su fin. Una vez que poseyera a Astrid, ya no habría nada que fuera a pararla. Pronto se convertiría en gobernante de todo el Midgard, mandaría las almas prometidas a Hela y puede que, por fin, fuera libre de vivir en un cuerpo sin preocuparse de pudrirse en el proceso. Había sido fiel a la Diosa de la Muerte y, quien sabe, quizás Le Fey contara pronto con suficiente poder como para convertirse ella en la nueva Diosa de la Muerte. Gobernaría junto a Thuggory y nadie podría pararla, ni siquiera los dioses.
Solo debía hacer un último esfuerzo.
Pronto sería libre.
Y su reinado del terror daría comienzo de verdad.
Xx.
