Holi,

Quiero que conste que yo no iba actualizar, más teniendo en cuenta que lo he repetido por activa y por pasiva en los últimos días por Twitter, pero suelo considerarme como una persona que presume por contradecirse todo el tiempo, sino que se lo pregunten a mi terapeuta. Por esa razón, hoy subo este capítulo.

EL capítulo.

La batalla final.

No voy a decir mucho. Creo que este capítulo, pese a no ser super largo como otros, tiene mucho contenido y poco relleno. Tened en cuenta que mi especialidad es enrollarme, pero aquí me he decantado por ir directamente al grano. Es probable que este capítulo, que lleva al menos casi dos años metido en mi cabecita, despierte muchos sentimientos… encontrados, así que dejadme una review para remarcar dichas emociones a mi persona cuando lo terminéis.

Finalmente, Wicked Game tendrá 66 capítulos y no 65, dado que el capítulo 59, que me está dando una úlcera por su complejidad, he tenido que partirlo en dos (¡qué raro! ¿verdad?). No sé cuando los subiré porque siento que me estoy abrumando un poco demasiado con este fanfic. Estoy desesperada por acabarlo, las interacciones/reviews son cada vez más reducidas y… es una historia demasiado compleja para lo que debía haber sido en realidad. Quería acabar este fanfic para diciembre, pero creo que después de escribir el capítulo 60 me voy a dar unas semanas de descanso en diciembre para coger fuerzas antes de escribir el final. Así que me temo que Wicked Game pasará a terminar a principios del 2022. Qué horror.

Por último, remarcar lo de las reviews por 823987439847291873 vez. Que son mi único sustento por este fanfic. Que ya sé que da pereza o que pensáis que no tenéis nada que decir, pero hacéis muy feliz a esta humilde autora que no os pide más.

Sin enrollarme mucho más, os dejo que disfrutéis con EL capítulo.

Xx.


Hipo Haddock había luchado por Isla Mema en múltiples ocasiones.

La más destacada, por supuesto, fue la aniquilación de la Muerte Roja que había dejado su espalda marcada por sus llamas y se había llevado parte de su pierna. No mucho tiempo después, con solo dieciséis años había liderado un grupo reducido de Jinetes para enfrentarse a enemigos tan temibles como Alvin el Traidor o Dagur el Desquiciado. Habían salido victoriosos de aquellos conflictos, sin apenas bajas o consecuencias notables que arrastrar. Es más, todas las partes habían salido ganando gracias a los tratados que se firmaron para mantener la paz entre las tribus.

Hipo quería pensar que era un hombre de paz y no de guerra, de los que siempre habían preferido llegar a un acuerdo antes que ir la guerra.

Sin embargo, cuando la mensajera bruja de la Reina del Salvaje Oeste llegó con una oferta de paz en el que exigía la entrega de Astrid e Isla Mema y la rendición inmediata de la Resistencia, Hipo fue el que dio el paso enfrente y rasgó el pergamino del tratado de la reina en las narices de la bruja, conteniéndose en hacerlo arder con sus manos delante de todos.

—Dile a tu reina que hoy será el último día que vea la luz del sol —anunció Hipo con mucha calma y tiró los papeles a los pies de la bruja—. No hay paz posible. No vamos a entregar nuestra tierra y a nuestra general a un parásito que ni cuenta con cuerpo propio. Díselo tal cual lo he dicho.

La bruja, claramente una adolescente que había vivido muy pocas guerras, recogió los trozos de pergamino y miró primero a Hipo y seguido a Astrid. La expresión de Astrid era seria y calmada, pero su mirada era intensa y furiosa, lo bastante como para poner nerviosa a la bruja y que saliera huyendo despavorida de allí.

Quince minutos después de aquel encuentro, la Resistencia estaba lista para la batalla. Una treintena de barcos hundidos del antiguo nido de la Muerte Roja salieron del puerto impulsados por las magias de las brujas y comandados por vikingos veteranos en el arte de la guerra naval. Eran pocos barcos en comparación a los centenares de navíos que contaba el enemigo, por esa razón la intervención de los Jinetes de Dragones era clave para destruir el mayor número posible de barcos en el menor tiempo posible. Las brujas, lideradas por Astrid, alzaron el vuelo tras la Nadder cuando de los barcos salieron un grupo enorme de brujas vestidas de negro volando a mucha velocidad en su dirección.

Hipo hizo un gesto con su mano y Desdentao saltó por el precipicio seguido de casi un centenar de dragones para volar rumbo hacia los barcos. Las órdenes que Hipo había dado a los Jinetes eran muy específicas: neutralizar los cañones y destruir los barcos. La mayor parte de la flota de Drago estaba compuesta por esclavos, por lo que Hipo alentó a los Jinetes a evitar el mayor número de bajas posible a menos que sus vidas o la de los dragones corrieran peligro. Se esforzó también en disuadir a los Jinetes sedientos de venganza que estaban dispuestos a lanzarse directamente sobre Drago y Le Fey e insistió en la importancia de enfocarse, primero y ante todo, en neutralizar la flota y en liberar a los dragones de Drago.

La batalla no tardó en tornarse en una carnicería.

Los barcos de Drago parecían estar preparados para enfrentarse a una horda de dragones y no era fácil atacar a los navíos y evadir las redes que lanzaban los cañones al mismo tiempo. Los tramperos se esforzaban especialmente en atraparlos a él y a Desdentao, aunque su mejor amigo volaba más veloz que nunca y esquivaba las trampas a una velocidad vertiginosa. El cielo, que hasta hace un momento estaba claro y azul, no tardó en encapotarse e Hipo pudo sentir la magia de Astrid cernirse sobre sus cabezas. Observó a Tormenta volar a lo lejos a toda velocidad mientras era perseguida por un grupo numeroso de brujas. Hipo sintió su corazón acelerarse del pánico, pero tuvo que contenerse en ir a ayudar a Astrid, consciente de que su novia había sido muy clara la noche anterior respecto a salvarse el uno al otro:

—Enfocate en tu misión, Hipo —insistió su novia muy seria—. Van a ir a por mí seguro, así que no intervengas a menos que veas que van a capturarme.

—Pero Astrid…

—Prométemelo —le cortó la bruja tajante—. Hay demasiado en juego como para que andemos pendientes el uno del otro, Hipo. Muchísima gente dependerá de nosotros mañana, así que debemos focalizarnos en nuestras responsabilidades.

A Hipo no le hacía gracia tener que ver a Astrid en peligro y estar obligado a concentrarse en su verdadera misión. Sin embargo, el sonido de la tormenta cerniéndose sobre la flota de Drago y Le Fey resultó ser música para sus oídos y estaba seguro de que Astrid se arreglaría de momento sola con las brujas de los aquelarres. Hipo y Desdentao llegaron a destruir solos hasta una veintena de barcos y también acudieron al rescate de los jinetes y los dragones que habían sido atrapados y lanzados al agua.

Rescatar a los dragones resultó ser una tarea más complicada de lo que en un principio había pensado. Su madre ya le había advertido que Drago no acostumbraba a reparar en gastos en lo que jaulas se refería y se retrasaron más tiempo de lo que le hubiera gustado en quebrar los cerrojos de todas ellas. Algunas brujas, conscientes del retraso que se estaba dando, decidieron unirse a los jinetes para ir más rápido y fue en ese proceso cuando Hipo escuchó el cuerno desde los barcos de la Resistencia. La flota estaba sufriendo problemas. Esforzándose en no perder la calma, Hipo buscó en los cielos y silbó a Brusca cuando voló cerca de él montada sobre Colmillos.

—¡Id Eret, tu hermano y tú a dar apoyo a los barcos! —gritó Hipo desde la cubierta del barco.

—¡Hecho! —respondió la vikinga y salió disparada de allí.

Hipo iba a llamar a Desdentao cuando oyó un grito que le resultó muy familiar. Se volteó para encontrarse a unos doscientos metros de su ubicación a Drago peleando cuerpo a cuerpo con Ying Yue. La bruja parecía que había acudido al rescate de unas brujas del Mairu que habían sido capturadas por los tramperos de Drago y, para su mala suerte, el cazador había aparecido para raptar él mismo a la reina. Ying Yue estaba siendo golpeada con tal violencia que ni siquiera tenía margen para invocar su magia e Hipo gritó cuando los tramperos le lanzaron agua bendita encima.

—¡Vamos, campeón! —exclamó Hipo desesperado mientras saltaba sobre su Furia Nocturna.

Desdentao se precipitó por la cubierta del barco y voló a ras del agua para dificultar la puntería de los cañones hasta alcanzar el navío en el que se encontraban Drago y la reina bruja.

—¡Sal de aquí! —ordenó Hipo al dragón saltando de su lomo.

¡No pienso dejarte solo! —exclamó Desdentao.

—¡Desdentao, no me hagas repetírtelo! —gritó el vikingo furioso.

El grito de dolor de Ying Yue desvió enseguida su atención. Drago había clavado su lanza en el hombro de la bruja y ésta estaba en el suelo removiéndose del dolor que aún le causaba el agua bendita en su piel. Hipo no se lo pensó dos veces. Cogió Inferno del soporte de su pierna y se interpuso entre Ying Yue y Drago para detener un nuevo ataque del cazador. Drago sonrió al verle, casi como si hubiera estado esperándolo e Hipo, movido por la ira y la adrenalina del momento, consiguió hacerle retroceder cuando encendió la espada con su magia. El cazador de brujas no parecía en absoluto intimidado por su don y tuvo la sensación de que su sonrisa se ensanchó más y más.

—Vaya, vaya, vaya… Pronto nos brindas con tu compañia, Haddock.

—¿Decepcionado? —replicó Hipo en tono de burla—. Ordena la rendición ahora mismo, Bludvist.

Drago se carcajeó ante la simple sugerencia.

—¿Rendición? ¿Ahora? La magia te nubla la mente, chico. ¡Esto no ha hecho más que comenzar!

De repente, Drago se puso a agitar su lanza y a gritar como un descosido. La cubierta del barco empezó a temblar bajo sus pies e Hipo se asomó por la cubierta para ver que había algo que se movía bajo el agua. Hipo se giró hacia Ying Yue, quien le contemplaba en estado de shock e Hipo comprendió que debía haberse dado cuenta de que su espada estaba llameando a causa de su magia. Al vikingo se le puso la piel de gallina al leer el miedo en sus ojos turquesas. Le tendió su mano para ayudarla a levantarse, pero Ying Yue se arrastró hacia atrás, espantada y ajena al violento movimiento del barco.

—Ying Yue, por favor, puedo explicarlo…

—Tú… tú… —balbuceó ella aterrorizada.

Drago seguía agitando su lanza y gritando y el barco y los de alrededor se zarandeaban hasta el punto que Hipo no pudo evitar caerse al suelo. Controló que la llama de Inferno no se extendiera hacia la madera del barco y volvió a enfocarse en Ying Yue, pero ésta no podía quitar los ojos de la espada llameante. Hipo era consciente de que la situación era lo bastante delicada como para perder la alianza de Ying Yue y los aquelarres en ese mismo momento, por lo que se dirigió a las brujas que estaban tras ella, quienes lucían asustadas por lo que fuera que estaba oculto bajo el agua.

—Coged a vuestra reina y salid de aquí ya mismo.

Por suerte, Ying Yue reaccionó cuando las dos brujas cogieron de sus brazos y la ayudaron a levantarse. La reina pretendió decirle algo, pero el barco se sacudió con tal violencia que tuvieron que emprender el vuelo de nuevo. Hipo se apoyó contra la barandilla del barco y observó cómo de entre las aguas salía una criatura inmensa que ya había visto antes.

Más o menos, en verdad.

El Bestibestia que Drago había convocado era idéntico al Alfa del Nido, aunque era más grande, igual de intimidante y muchísimo más terrorífico. Sus escamas eran más oscuras que las del Alfa e Hipo avistó cicatrices y signos de evidente maltrato por todo su cuerpo. Sus cuernos llevaban unas argollas gigantescas que estaban unidas con una cadena llena de pinchos y los ojos de la bestia estaban inyectados en sangre. Hipo se quedó un instante paralizado por el terror, incapaz de comprender cómo una criatura tan magnífica e imponente había caído en las redes de Drago.

—Dicen que supiste domar un Furia Nocturna, pero estoy seguro de que nunca habría podido dominar a un Alfa como este con tus mediocres métodos —se burló Drago con crueldad.

La Bestibestia rugió furiosa mientras se abalanzaba contra los Jinetes e Hipo se dio cuenta de que la criatura no tenía voz propia. Estaba tan inyectada por el odio y la rabia que hasta eso le habían quitado.

—¿Tanta destrucción para qué? —preguntó Hipo conteniendo sus propias lágrimas de impotencia—. ¿Para ser imparable? ¿Para gobernar el mundo?

—¿Vas a decirme ahora que los dragones son buenos? —replicó el cazador con furia—. ¡Chico, todavía no te enteras! ¡Eres el Paladín de Surt! ¡Toda tu maestría con los dragones viene no porque hayas entablado amistad con ellos, sino porque esas bestias se someten a los que son superiores a ellas!

—¡Nunca he necesitado mi magia para establecer la paz con los dragones! —gritó Hipo ofendido—. ¿Y no decías tú que querías erradicar la magia del Midgar? La reina es…

—¿Una bruja? —le interrumpió Drago con una sonrisa de suficiencia—. ¿Crees que no iba a darme cuenta de lo evidente? Cuando conquiste a todos los dragones y me haya librado de la nacida de la tormenta, me encargaré personalmente de destruirla, pero no soy tan estúpido como para rechazar la fuerza del ejército de la reina para destruir a la Resistencia y a sus Jinetes de Dragones. Y, además, si no hubiera sido por ella jamás habría encontrado a mi Alfa.

Hipo apretó los puños para evitar que las chispas de fuego que salían de sus dedos rozaran con la madera del barco. La tormenta de Astrid se intensificó y el cielo vomitaba rayos que impactaban contra el agua. Los gritos aterrados de la armada de Drago reventaron contra sus tímpanos, aunque el alfa no parecía perturbarse por la electricidad que rozaba contra sus escamas.

—Nunca tendrás a Astrid —advirtió Hipo con voz grave—. Nunca ganarás.

Drago sonrió maquiavélicamente.

—No lo entiendes todavía, chico. Ya habéis perdido.

El cazador se puso a gritar y a sacudir su vara de nuevo. El alfa se volteó hacia ellos y clavó sus terroríficos ojos en ellos. Soltó un rugido demencial que obligó a Hipo a tener que taparse los oídos y los dragones que volaban a su alrededor se agitaron de forma errática y extraña. Hipo escuchó un golpe seco cerca de él y vio que Desdentao, quien había estado vigilante en la punta del mástil, se había caído y ahora estaba removiéndose de un lado a otro en el suelo mientras gruñía y luchaba contra una especie de ente invisible.

—¿Desdentao…? —preguntó Hipo aterrado mientras se acercaba a socorrer a su amigo.

De repente, Desdentao dejó de sacudirse y alzó la mirada hacia él. Hipo dio un paso hacia atrás cuando contempló que sus risueños y expresivos ojos verdes se habían tornado en la mirada de una criatura desconocida y muy peligrosa. Sus orejas vibraban e Hipo contempló que lo hacían al ritmo de la respiración del Bestibestia. El Furia Nocturna sacó sus dientes y su boca expulsaba mucha saliva que resbalaba por su cara hasta el suelo. Drago señaló a Desdentao con su lanza, pero tenía los ojos puestos en Hipo.

—Tú nunca debiste existir, chico. Eres una abominación y a los seres como tú hay que aniquilarlos.

Drago movió su lanza hacia él y Desdentao giró su cabeza en su dirección. Hipo sintió que el pánico le abordaba cuando en la boca del Furia Nocturna empezó a formarse uno de sus plasmas. Su amigo caminó hacia él, acumulando más y más energía en su boca e Hipo extendió la mano hacia él aterrorizado.

—Desdentao, por favor, vuelve —le suplicó Hipo horrorizado—. Soy yo, ¿no me reconoces?

Su magia reaccionó en coordinación a su miedo, pero Hipo intentó contenerla lo mejor que pudo. ¡No podía herir a Desdentao! ¡Ni siquiera cuando no estaba en sus cabales! El Furia Nocturna fue abriendo más y más la boca a medida que iba acumulando más energía para su plasma.

—¡Desdentao! ¡Por favor!

Hipo sintió que su corazón iba a salir de su pecho del terror. No había rastro de su mejor amigo en aquella criatura. Desdentao se había convertido en la mismísima esencia de lo que un Furia Nocturna debía ser: el hijo de la muerte y el rayo. La risa de Drago y los gritos de pánico de los Jinetes hacían eco contra sus oídos y sus fosas nasales se vieron invadidas por el fuerte olor del forro de su armadura quemándose ante el contacto de su piel.

Puedes detenerlo.

La voz de su magia sonaba como un susurro bajo y sibilino contra su oído. Sintió la oleada de magia recorrer por su columna vertebral y extenderse por sus hombros, brazos y manos. Por supuesto que podía detenerlo, concordó Hipo, pero estaba seguro que ello conllevaría matar a su mejor amigo y ese no era un precio que estuviera dispuesto a pagar. Hipo no podía matar a Desdentao porque el dragón era parte de él y aquel no era un peso que deseaba cargar sobre sus hombros. Hipo se detuvo cuando su cadera chocó contra la barandilla de la popa y podía sentir el aliento helado del Bestibestia contra su nuca.

—¡Mátalo! —rugió Drago.

Hipo gritó cuando Desdentao soltó el plasma y tuvo la humana reacción de cerrar los ojos y cubrir su cara con sus manos. Sin embargo, el plasma nunca le alcanzó ni pareció impactar contra nada. Escuchó a Drago jadear e Hipo se atrevió a abrir los ojos para encontrarse con la corta cabellera de Astrid semirecogida en una trenza. La bruja tenía las manos extendidas hacia Desdentao y el plasma estaba suspendido en el aire, expulsando la reluciente energía eléctrica de color morado. El cuerpo de Astrid temblaba, quizás por la cantidad de concentración que le requería detener tal cúmulo de energía cuando ni siquiera había salido de ella. Por un mísero instante, Hipo temió que la bruja fuera a lanzar el plasma contra Desdentao, pero cuando Astrid se vio capaz de manipular el plasma hizo un movimiento ágil y rápido. Rotó su cuerpo hacia atrás e hizo un gesto como si estuviera lanzando el plasma contra el Bestibestia. La bola de energía salió disparada contra el alfa y tal fue el impacto que el dragón cayó al agua.

¿Qué… qué ha pasado?

La voz confusa y temblorosa de Desdentao hizo que Hipo se volteara hacia su amigo con rapidez. El alivio de volver a ver sus pupilas dilatas y su expresión sarcástica y afectuosa hizo que las lágrimas se agolparan en sus ojos, aunque Astrid cogió de su brazo con rapidez y lo tiró hacia atrás con suma brusquedad para bloquear con su hacha el ataque de Drago. Desdentao también se movió y se colocó ante Hipo para protegerlo del cazador, aunque Drago se había focalizado en atacar a Astrid. Casi sin pensarlo, Hipo sacó a Inferno y prendió la espada para abalanzarse también contra Drago. Ante su intervención, Drago se echó hacia atrás, espantado por el fuego de su espada, pero enseguida se puso a lanzar estocadas como si no hubiera un mañana. Astrid las esquivaba como si pudiera predecir cada uno de los movimientos del cazador; pero Hipo, aún siendo rápido, le resultó más complicado y se vio obligado a retroceder. Finalmente, Astrid usó su magia para lanzar a Drago hacia la proa y convocó un rayo que impactó de lleno contra el mástil, causando que éste se quebrara y cayera sobre Drago y destrozara parte del barco. La pareja y el Furia Nocturna se quedaron muy quietos, como si estuvieran esperando a que Drago saliera del hueco del barco destrozado, pero no hubo ningún movimiento más allá del caos generado a su alrededor. Con la respiración aún contenida, Astrid miró hacia atrás e Hipo siguió su mirada hacia la Bestibestia que se removía en el agua.

—Hay que irse —dijo la bruja mirando hacia arriba, probablemente buscando a Tormenta—. Esa cosa no tardará en recobrar la consciencia.

—Astrid, si no tenemos control sobre los dragones, no podremos…

—Preocupémonos por partes, Hipo —le advirtió Astrid antes de lanzar un silbido. Suspiró un alivio cuando escucharon el graznido de la Nadder—. ¿No has pensado que quizás tú puedas controlarlos?

Hipo frunció el ceño.

—¿Controlar qué?

—A los dragones, Hipo —señaló la bruja con impaciencia—. Si Drago puede controlar a la Bestibestia, quizás tú que eres el paladín puedas hacer lo mismo.

Hipo la contempló consternado.

—Astrid, Drago controla a sus dragones mediante torturas, yo no…

El barco se sacudió bajo sus pies y la pareja contempló que uno de los barcos de los Cabezas Cuadradas pretendía abordar su navío para atacarlos. El graznido de Tormenta alertó a Astrid y corrió hacia la popa para saltar de la cubierta sobre la Nadder mientras que Hipo montó rápidamente sobre Desdentao antes de que el Furia Nocturna lanzara uno de sus plasmas contra el barco invasor.

Lo más inteligente hubiera sido volar hacia los barcos de la Resistencia, pero Hipo contempló que había Jinetes en el agua peleando por no ahogarse. Hipo miró hacia el Bestibestia, que aún parecía ligeramente confundido por el impacto del plasma de Astrid, por lo que no se lo pensó dos veces y le indicó con sus muslos a Desdentao para que bajara. Le pareció escuchar a Astrid gritar su nombre, pero no se detuvo. Esa gente estaba bajo su mando por lo que era su responsabilidad procurar que estuvieran a salvo. Desdentao sujetó a un hombre con sus patas e Hipo consiguió agarrar a una mujer que la subió tras él.

—¡Gracias, gracias! —lloraba la mujer que estaba empapada.

Sin embargo, había demasiada gente en el agua y la Bestibestia, aún moviéndose lenta, parecía recobrar la consciencia demasiado rápido. A Hipo no le iba a dar tiempo a rescatar a todos antes de que el Alfa pudiera controlar de nuevo a Desdentao y a los demás dragones. Además, aún sin estar en ese instante poseídos, los dragones volaban aterrados y demasiado cerca del Bestibestia como para contar con su ayuda. De repente, algo voló muy cerca de él que hizo que casi se cayera del Furia Nocturna del susto que le dio, pero contempló enseguida que varias figuras con vestiduras de colores descendían a toda velocidad del cielo hacia el agua.

Las brujas habían acudido al rescate de los humanos.

Hipo sintió que su pecho se contraía por la emoción al contemplar cómo aquellas mujeres ayudaban a los Jinetes a salir del agua y se elevaban en el aire para llevarlos a los barcos más cercanos. Astrid también se unió a sus subordinadas rescatando a todo aquel que entre ella y Tormenta pudieran cargar. La bruja a lo lejos le hizo un gesto furioso para que espabilara e Hipo no dudó en obedecer. Cuando el Bestibestia rugió de nuevo, tanto Hipo como Astrid tuvieron la suerte de caer sobre las cubiertas de los barcos de su bando cuando sus dragones empezaron a luchar contra el control del alfa.

—¡Quédate conmigo, campeón! —le suplicó Hipo mientras el Furia Nocturna sacudía la cabeza de un lado a otro y el vikingo intentó tapar sus oídos con sus manos—. ¡Enfoca tu atención en mí!

No… no… no puedo —balbuceó Desdentao con los ojos húmedos—. Es… es demasiado fuerte. Yo…

Sus pupilas se encogieron con demasiado rapidez y sus afilados dientes salieron en un amago de querer darle un mordisco que fácilmente le habría arrancado el brazo. Hipo se echó rápidamente hacia atrás y sintió el pánico sacudir su estómago cuando Desdentao empezó a formar un nuevo plasma en su boca. Hipo gritó a todo el mundo para que se apartara, pero antes de que Desdentao pudiera lanzar su plasma al barco y todos los de su alrededor se sacudieron ante un nuevo rugido que invadió el campo de batalla. El Bestibestia de Drago se volteó confundido, pero algo que salió de las aguas le golpeó con tal fuerza que lo tiró de nuevo al agua, causando un oleaje que sacudió los barcos de ambos bandos, hasta el punto que volcaron algunos de ellos.

Hipo no fue capaz de contener el equilibrio y se golpeó en la cabeza contra la cubierta del barco, haciendo que su visión se tornara borrosa por unos instantes. Quizás por esa razón, cuando vio que de las aguas salía un Bestibestia con escamas blancas que enseguida reconoció como el Alfa del Nido, Hipo pensó que quizás estaba sufriendo una alucinación, pero entonces oyó gritar:

—¡Valka está aquí! ¡La Jefa ha vuelto!

Hipo intentó levantarse, pero la cabeza le daba demasiadas vueltas. De repente sintió a alguien abalanzarse sobre él e Hipo intentó quitárselo de encima, pero estaba demasiado confundido y adolorido como para luchar. Hipo visualizó al hombre sobre él, de rasgos claramente sureños, y tenía su espada en alto para clavársela cuando oyó a alguien gritar:

—¡Quita las manos de él, hijo de puta!

El hombre que se había cernido sobre él salió expulsado por los aires cuando Dagur el Desquiciado lo cogió y lo tiró por la borda como si no pesara nada. El berserker se puso a gritar como un loco cuando más hombres y mujeres de la reina marcharon contra él, pero no pareció importarle. Como buen berserker sediento de venganza y cegado por la locura, no iba a haber nada que pudiera despertar el miedo a Dagur, aunque ello supusiera su propia muerte.

—¡Dagur! —gritó Hipo angustiado.

Sintió una mano helada contra su cabeza y seguido una suave corriente de magia cerró la herida abierta de su cabeza. Giró ligeramente la cabeza para encontrarse con los ojos verdes y concentrados de Heather.

—Heather…

—Procura que no te maten —espetó la bruja con furia antes de coger su lanza y unirse a su hermano en la lucha.

Hipo se incorporó mucho más lúcido. Desdentao sacudía su cabeza, confundido por la presencia de los dos alfas, aunque parecía libre de influencias externas. El olor de la sangre que caía por su sien le mareó y no pudo evitar caer sobre una rodilla cuando se acercó hacia su amigo. Las dos Bestibestias peleaban sin ningún pudor, golpeando sus enormes colmillos con fiereza y rugiendo con tal fuerza que Hipo estaba seguro que iba a perder parte de su audición. Desdentao lucía aterrado por la contienda y se alarmó al ver su cara llena de sangre.

Hipo, no sé si voy a poder…

—Escúchame —le cortó el vikingo con suavidad—. Coge a todos los dragones que puedas y vuela más arriba para unirte a las brujas. Cuanto más lejos estéis del Bestibestia, mejor.

Hipo vio a Asaltanubes volar cerca de los Bestibestias y apreció la figura de su madre montada de pie sobre él.

¿Y qué vas hacer tú? ¡No podrás moverte con libertad!

—¡No voy a discutir contigo, Desdentao! ¡Haz lo que te digo! —exclamó Hipo mientras se levantaba—. No voy a arriesgarme a que caigas de nuevo bajo el influjo de esa cosa y si para eso debes estar lejos de aquí, que así sea.

¡Pues yo no estoy de acuerdo con esa gilipollez! —se quejó Desdentao con amargura—. ¡Me necesitas!

—¡Te necesito vivo! —exclamó Hipo frustrado y sus lágrimas se entremezclaron con la sangre aún caliente de su cara—. ¿No lo entiendes, Desdentao? No puedo soportar una existencia sin ti, si te pasara algo no sé… No sé qué podría hacer, ¿lo entiendes?

El Furia Nocturna le contempló con una mezcla de enfado e impotencia. Estaba furioso porque le obligara a apartarse de su lado, pero en el fondo sabía que Hipo tenía toda la razón.

Llámame si me necesitas.

—Desdentao, no…

Hipo —le cortó el dragón—. Llámame, porque como me entere de que montas a otro dragón, te juro que te arranco la otra pierna de un bocado.

Hipo asintió resignado y el Furia Nocturna desplegó sus alas para volar hacia el cielo. El vikingo cogió su espada y miró a su alrededor para buscar a Astrid. El Bestibestia había sido un imprevisto que no habían contemplado en ninguno de sus escenarios, pero gracias a la intervención del alfa y de su madre y con la muerte de Drago, era el momento de buscar a Le Fey. Hipo vio a su padre a lo lejos peleando mano a mano con Alvin y Brusca estaba a un par de barcos más allá luchando con los gólems de barro de Drina. Sin embargo, no conseguía encontrar a Astrid entre todo el caos que le rodeaba. Decidió seguir su propio instinto mágico y se abrió camino entre los soldados de Drago y de la reina.

Las cubiertas de los barcos estaban resbaladizas a causa de la sangre derramada en ellos e Hipo procuraba no fijarse en los cadáveres que se amontonaban a su alrededor por miedo a reconocer a alguien conocido. Sin embargo, enseguida fue abordado por un montón de Cabezas Cuadradas que parecían decididos en atraparlo. Hipo se armó de nuevo con Inferno, ignorando el amasijo de nervios que se acumulaban en su estómago, y se lanzó al ataque. Eran demasiados para él solo y, a pesar de ser un habilidoso espadachín, Hipo no iba a poder con ellos por su cuenta. Alguien le golpeó en su pierna mala y el vikingo se cayó de bruces al suelo. Consiguió evadir un hachazo que rozó su cara, pero cuando su atacante se dispuso a lanzarle otro, algo golpeó su cabeza que causó un desagradable sonido. El resto de Cabezas Cuadradas se voltearon a su ataque e Hipo contempló a Finn Hofferson acercándose amenazante y con hacha en mano.

—¿Por qué no os metéis con alguien de vuestro tamaño? —preguntó el hombre con furia—. Pensaba que los Cabezas Cuadradas eran hombres de honor y no unos matones cobardes que se enfrentan a un tullido entre cinco.

—¿A quién llamas cobarde, hijo de perra? —rugió uno de los hombres y se abalanzó rápidamente sobre él.

Finn bloqueó su ataque sin apenas despeinarse y lo desarmó con suma rapidez antes de darle una patada tan fuerte en el estómago que lo derribó al suelo. El resto del grupo, furiosos por ver a su compañero abatido con tanta rapidez, se cernió sobre el mercenario para acabar con él. Hipo se levantó con rapidez para unirse a Finn, pero tan pronto se colocó a su lado, éste le dio un empujón.

—¡Largo! —rugió Hofferson.

—Pero…

—¡Busca a Astrid y ayúdala!

Uno de los hombres consiguió arañar su brazo con su espada y Finn le brindó tal puñetazo en la cara que Hipo vio dientes caer de la boca del pobre desgraciado. Finn se volteó con rapidez hacia él.

—¡Largo, Haddock! ¡Me valgo perfectamente solo!

Ésta vez, Hipo fue mucho más rápido que Finn y cogió el cuchillo que escondía bajo su brazalete para lanzarlo contra una mujer que pretendía atacar al mercenario por la espalda. Hipo acertó de lleno en su muñeca y la mujer chilló de dolor. Finn miró primero a la mujer que no paraba de gritar y luego se volvió a él con las cejas alzadas y con gesto de demostrar que estaba gratamente sorprendido.

—Buena puntería —señaló Hofferson—. ¡Ahora vete!

Ésta vez, Hipo no titubeó y salió disparado a seguir con su búsqueda. Sintió a Astrid muy cerca cuando cruzó tres barcos y la encontró en una plataforma elevada de uno de los barcos peleando con un hombre que debía sacarle cabeza y media. La bruja, sin embargo, luchaba con una agilidad y una gracia envidiables y sus golpes resultaban ser más mortíferos que los del soldado. Hipo analizó un segundo el escenario y subió a la plataforma para cortar con Inferno una cuerda que sostenía una de las crucetas del barco. El golpe hizo que el hombre saliera disparado de la plataforma, pero antes de que Hipo pudiera decir nada, Astrid gritó:

—¡Cuidado!

La bruja había lanzado en su dirección el martillo que había sostenido su atacante e Hipo lo evadió con rapidez para escuchar cómo impactaba contra el cráneo de un soldado que pretendía atacarlo por detrás. La bruja retiró la visera de su casco e Hipo hizo lo mismo. La cara de su novia estaba cubierta de sangre reseca, probablemente del golpe que él había sufrido antes, pero la bruja le regaló una sonrisa tan pícara que ni siquiera encontró palabras para disculparse. Astrid cogió una de sus granadas de gas de Cremallerus de su cinturón y retiró el gancho de seguridad con sus dientes antes de tirarlo a la cubierta inferior que se encontraba invadida de tramperos y soldados de la reina que pretendía subir a la plataforma para atacarlos. Hipo le devolvió la sonrisa y con un simple chasquido encendió una mecha que hizo implosionar el gas.

—No está nada mal —apuntó la bruja con orgullo.

—Aprendí de la mejor.

Los rugidos de los Bestibestias les sacaron de su burbuja de elogios y la pareja contempló preocupada como el Alfa empezaba a perder fuerzas ante el salvajismo y la fuerza del Bestibestia de Drago. Valka sufría problemas para alentar al Alfa y, a su vez, para controlar a todos los dragones que la habían seguido desde el nido.

—Tu madre te necesita —señaló la bruja preocupada.

—Lo sé, ¿pero y si vuelve a controlar a Desdentao? —preguntó Hipo angustiado.

—Tendrás que buscar la forma para que no lo consiga —respondió Astrid y miró hacia arriba, en dirección a las brujas que peleaban contra las siervas de la reina—. Tengo que encontrar a Le Fey.

—¡Ey! ¡No pienso dejarte que vayas tú sola! —le dijo Hipo cogiendo de su brazo.

Astrid le lanzó una mirada de angustia.

—Esta es una batalla que nos concierne solo a ella y a mí, Hipo.

—También me involucra a mí, As —le recordó el vikingo—. Estamos juntos en esto, ¿recuerdas? Has estado toda tu vida luchando sola, pero ya no lo estás. Deja que vaya contigo, acabemos con esto de una vez por todas, pero hagámoslo juntos.

La expresión de Astrid entremezclaba ansiedad y frustración, pero para el enorme alivio de Hipo pareció convencerse de que él tenía razón.

—Primero ayudaremos a tu madre y luego iremos a por…

Un rugido inhumano cortó a Astrid. La pareja miró hacia los lados, claramente confundidos por aquel sonido que no parecía pertenecer a ningún dragón, pero tampoco a ningún humano. No obstante, Hipo lo localizó antes que Astrid. Durante aquel corto instante, fue como si el tiempo se detuviera. Hipo había sufrido tantas pesadillas con aquella criatura que jamás hubiera esperado que fuera a encontrarse con la criatura de sus visiones en plena luz del día. Sintió su corazón encogerse del terror que le invadió de repente. La bestia se encontraba posada sobre el mástil del barco vecino y era descomunal en tamaño. Tenía un cuerpo que entremezclaban la forma humanoide y de dragón y estaba cubierto de escamas negras como las de un Furia Nocturna, aunque era evidente de que había estado arrancándoselas por las calvas grises que se avistaban por sus enormes brazos, piernas y pecho. Hipo casi se desmayó al darse cuenta de que la cola de aquella bestia era precisamente igual que la de Desdentao, solo que él contaba con aletas propias. Sin embargo, aquella criatura no tenía alas y contaba con unos cuernos enormes que salían de su amplia frente. Su cara mostraba facciones humanas e Hipo reconoció horrorizado los rasgos de Thuggory a pesar de que sus ojos ahora eran de un deslumbrante color púrpura.

¿Qué has hecho?, le hubiera gustado preguntarle. ¿Cómo había permitido dejarse corromper hasta ese punto? ¿Abandonar toda su humanidad por Le Fey? Thuggory se había convertido en una criatura lista para servir y matar por la mismísima encarnación del mal y hasta el propio Hipo podía oler el pestilente olor de la magia de Le Fey salir del cuerpo de la bestia.

En aquellos reducidos segundos en los que Hipo pudo predecir que Thuggory iba a lanzarse sobre Astrid, a Hipo le hubiera gustado encarnarse como el Paladín de Surt. Si liberaba toda su magia, quizás podía matar a Thuggory e incluso destruir al Bestibestia con un simple movimiento de muñeca. Quizás moriría gente de ambos bandos en el proceso, ¿pero qué más le daba al Paladín las consecuencias de una victoria, más si conseguía acabar con esa carnicería de una vez por todas? No obstante, al contemplar los bellos ojos confundidos y ansiosos de Astrid, se prometió que no lo haría.

No iba a transformarse en lo mismo que se había convertido en Thuggory.

Él era Hipo Haddock. El hijo de Estoico Haddock el Inmenso y Valka Haddock. Heredero de Isla Mema. Líder de los Jinetes de los Dragones. Maestro de Dragones. El aprendiz de herrero de Bocón. El niño que domó a un Furia Nocturna. El amante de una bruja. El prometido de Astrid Hofferson. Él elegía ser todo eso, prefería ser un mediocre antes que ser el elegido por un dios desterrado para destruir el mundo. Él quería ser alguien digno para Astrid y, por esa razón, tenía que hacer lo que Hipo Haddock haría y no lo que el Paladín hubiera querido hacer.

Alzó su mano hacia la mejilla de Astrid y sintió su piel templada y suave contra sus dedos. La bruja frunció el ceño extrañada por aquel gesto antes de que Hipo murmurara:

—Lo siento.

Hipo la empujó con todas sus fuerzas y se puso en su lugar para que la bestia se abalanzara sobre él y le empujara al agua. El vikingo sintió que la fuerza arrolladora de Thuggory le empujaba hacia el fondo, pero enseguida sintió una fuerte presión en los oídos y cayó que la criatura le estaba arrastrando lejos de los barcos. Hipo intentó liberarse a pesar de que el agua entraba en sus pulmones y, aunque su magia se removía furiosa dentro de él, apenas podía ejecutarla cuando había tanta agua a su alrededor. Su piel debía estar ardiendo, porque sintió que la tela de su armadura ardía a pesar del agua, pero Thuggory le tenía sujeto del cuello y no parecía afectado por la alta temperatura de su piel. Hipo estaba convencido de que iba a ahogarse cuando la bestia le sacó a la superficie para que cogiera aire y así sumergirlo de nuevo. Estuvo a punto de perder la consciencia cuando llegaron hasta un navío que se encontraba relativamente alejado del caos de la batalla. Intentó zafarse del agarre de la criatura, pero Thuggory le zarandeó para que se estuviera quieto mientras clavaba sus garras en el casco del barco para escalar hasta la cubierta. Cuando alcanzó la barandilla le lanzó contra el suelo con tal bestialidad que Hipo sintió una terrible sacudida de dolor en su hombro. Thuggory subió al barco e Hipo se incorporó mareado y buscó su espada, aunque ésta no estaba en su sitio. Lo más seguro era que la hubiera perdido por el camino, por lo que se obligó a convocar el fuego en sus manos, dispuesto a pelear aunque tuviera todas las de perder. La bestia abrió la boca para mostrar sus numerosos dientes y soltó un rugido amenazante antes de ponerse en posición de ataque.

—¡Vamos, vamos, Thuggory! ¡Así no es como tratamos a nuestros invitados!

Hipo se volteó al reconocer la voz de Moryen Le Fey, aunque la mujer que contempló distaba mucho de contar con la belleza que Kateriina Noldor había presumido siempre. Su aspecto era casi cadavérico. Estaba tan delgada que se le marcaban los huesos bajo su piel cenicienta y sus ojeras estaban tan oscuras como el color de su vestido vaporoso de bruja. La corona de amapolas de su cabeza era lo único que le reflejaba un mínimo de atisbo de vida en aquella… ¿mujer? ¿criatura? Era difícil encontrar una palabra adecuada para describir lo que era Le Fey. Sin embargo, no era su aspecto lo que más echaba para atrás, sino el pestilente olor a putrefacción que desprendía su cuerpo. Hipo cayó sobre sus rodillas, incapaz de aguantar la bilis de su estómago y vomitó.

—Menudo descaro, Haddock —dijo Le Fey con furia—. Vomitar ante tu reina, ¿a quién se le ocurre?

Hipo la fulminó con la mirada y contuvo la respiración cuando Le Fey se acercó flotando hasta él para coger de su barbilla.

—Ya estamos todos —señaló la reina con satisfacción—. Ahora solo queda que llegue nuestra invitada de honor.

—Astrid no vendrá —dijo Hipo furioso, aunque sabía que era mentira. No dudaba por un instante de que su novia iba a venir a rescatarle y le iba a patear el culo por haber permitido que Thuggory se lo llevara a él en lugar de a ella.

—¡Por favor, Hipo! ¡No me tomes por tonta! Astrid sería capaz de hacer lo que sea con tal de salvarte —dijo Le Fey con impaciencia—. Jamás te abandonaría, lo sabes muy bien.

Hipo estrechó los ojos rabioso, consciente de que no podía engañar a la reina.

—Sin duda nos espera una fiesta muy divertida. ¡Qué ganas tengo de ver tu cara cuando posea por fin el cuerpo de tu novia, querido! —acarició su rostro con una delicadeza que repugnó a Hipo y la reina bajó la voz para que solo él pudiera escucharla—. Sucumbirás tú también, Hipo, tal y como lo hizo Thuggory.

Hipo ni siquiera pudo invocar a su magia para atacarla porque la enorme mano de Thuggory le empujó violentamente contra el suelo para inmovilizarlo.

—Thuggory tiene un olfato exquisito, ¿no crees? Es el único que no se siente asqueado por mi presencia —Le Fey se elevó para ponerse a la altura del rostro de la criatura y ésta ronroneó cuando le besó en la comisura de su boca—. Si he conseguido que un humano tan simple como Thuggory se transforme en una criatura tan bella y perfecta, me pregunto qué podré hacer contigo con todo el potencial que tienes.

—Habré muerto antes de que se dé esa circunstancia —espetó Hipo intentando soltarse del agarre de Thuggory.

—¡Ay, Hipo! —se lamentó Le Fey e hizo un gesto a Thuggory para que lo soltara. Hipo sintió que se elevaba también en el aire, aunque su cuerpo estaba completamente paralizado. Le Fey acercó su cadavérico rostro a pocos centímetros de su cara y sonrió mostrando sus dientes—. Jamás le dirás que no a Astrid. Ella y yo seremos una y tú seguirás vinculado a mí cuando devore su alma. Seréis míos por y para siempre y entonces, cuando te resignes, acabarás cediendo.

Hipo sostuvo su mirada en silencio e, inevitablemente, sonrió, cosa que pareció desconcertar a la reina.

—Entérate bien, Moryen. Si se diera la difícil circunstancia en la que consiguieras poseer el cuerpo de Astrid, yo mismo te mataré. Prefiero verla morir a que corrompas su memoria con tu alma podrida. Vosotras no sois inmunes a mi fuego y lo sabes muy bien.

Le Fey hizo una mueca e Hipo sintió que una fuerza invisible oprimía sus pulmones.

—Eso está por ver —concluyó la reina con frialdad.

Xx.

Si alguien le hubiera dicho hace más de un año a Brusca Thorston que estaría peleando con unas figuras de barro contra la armada más mortífera jamás conocida en el Archipiélago, ésta se habría partido el culo.

Sin embargo, aquel escenario tenía poco de divertido.

El atronador sonido de los cañones de Drago, los rugidos de los dragones y los gritos de guerra y de miedo de los humanos y las brujas ensordecían son pobres oídos. La sangre corría allá por donde fuera y, a pesar de tener un reconocido estómago de hierro, la imagen de los cadáveres en los barcos y flotando en el agua resultaba dantesca. Aquel día más que nunca, echó en falta a Patapez y a Mocoso. Aunque hacía años que los Jinetes de Mema no habían necesitado actuar como los defensores de Mema, la pandilla siempre había trabajado unidos y con una coordinación perfecta. Se conocían de toda la vida y, pese a sus diferencias, la sintonía entre el grupo había sido siempre magnífica. Sin embargo, ahora Brusca apenas conocía a la mitad de los nuevos integrantes de los Jinetes y la organización brillaba por su ausencia a la mínima que Hipo salía de la ecuación. Por esa razón, cuando apareció el dragón-come-sesos-gigante y Colmillos prácticamente la tiró de su lomo a un barco, Brusca sabía que la estrategia de los Jinetes se había ido al garete. Hipo estaba desaparecido, Astrid tampoco se encontraba volando sobre Tormenta con las brujas y el resto de Jinetes o bien se habían caído al agua o se habían incorporado a la lucha en los barcos de la Resistencia como lo había hecho ella.

Patapez habría sabido qué era esa cosa, pensó Brusca frustrada mientras le mangaba una espada de un cadáver. Mocoso se habría lanzado a la batalla sin dudarlo e incluso la habría cubierto las espaldas si fuera necesario. Pero ni Patapez ni Mocoso estaban allí, ambos estaban custodiados y encerrados junto con sus padres y otros muchos abducidos por la magia de Le Fey en los túneles de Mema. Ni siquiera las reinas de los aquelarres habían sido capaces de romper el hechizo de Le Fey y, ante el temor de que el acercamiento de la reina a la isla pudiera despertar una actitud violenta contra la Resistencia, se había tomado la polémica decisión de encadenar y encerrar a todos los hechizados. La propia Brusca se había opuesto a esa decisión, horrorizada de ver a sus padres y a sus amigos encadenados como perros, pero en tiempos de guerra no había cabida para la misericordia. Bastante que los dejaban vivir, señaló alguien con crueldad, porque no había garantías de que toda esa gente pudiera volver a ser quienes habían sido antes de ser hechizados.

Brusca también echaba en falta a su hermano, pero se había decidido que ella montaría Colmillos mientras que Chusco se las arreglaría con Vómito y Eructo por su cuenta. Brusca se había hecho a volar sola y no había contado con tiempo suficiente para reaprender a volar coordinada con su hermano. Es más, la decisión la había tomado Hipo por ella desde el instante que Colmillos había atacado a Vómito y Eructo en un arrebato de celos cuando ella había intentado montar sobre el Cremallerus. Aún así, si hubiera insistido y hubiera montado sobre Vómito en lugar de Colmillos, ahora estaría con su hermano y ambos estarían pensando en una buena forma para liarla como solo ellos sabían hacerlo, pero no había visto a Chusco desde el inicio de la batalla y Brusca temía que se hubiera caído al agua como otros muchos jinetes.

Por tanto, Brusca estaba sola.

Otra vez para variar, pensó la vikinga con amargura, porque Brusca se negaba a sentirse acompañada del ejército de gólems de barro que Drina había creado para compensar la escasez de armada en la Resistencia. Brusca no había tenido mucha fe de que esas figuras de barro sin rostro pudieran aportar algo real a la batalla, pero cuando Brusca contempló cómo uno de esos gólems atravesaba con su brazo el cuerpo de un soldado como a un cerdo tuvo que tragarse sus palabras.

Cuando consiguió armarse, Brusca miró hacia los lados para ubicarse y buscar a algún aliado conocido con el que unirse. Le pareció definir la figura de Estoico muy a lo lejos, aunque Brusca pensó que sería muy complicado alcanzarle si tenía que atravesar tantos barcos por su cuenta. Oyó una voz de grito a menor distancia que enseguida reconoció como la de Eret y Brusca decidió ponerse en camino cuando escuchó una fuerte explosión a su espalda cuya onda expansiva hizo que se cayera al suelo. Giró la cabeza para ver que algo había implosionado contra el dragón-come-sesos y eso había causado que la criatura cayera al agua y creara un fuerte oleaje que parecía que iba a volcar todos los barcos.

Sin embargo, para Brusca el colmo de los colmos fue que, cuando el dragón-come-sesos recobró la consciencia, apareció de entre las aguas otra igualito solo que en blanco. La vikinga se hubiera llevado las manos a la cabeza del horror si no fuera porque enseguida identificó que el dragón estaba de su parte y venía con Valka. Los dragones parecieron retomar la cordura, pero cuando Brusca ni localizó a Colmillos en el cielo ni consiguió que escuchara su llamada, ¿aunque cómo hacerlo? Había que tener un oído extraordinariamente fino para oírla entre tanto grito, rugido y choque de acero.

La vikinga decidió retomar su idea original de encontrar a Eret. Ella no era la mejor espadachina, aunque su madre había sido lo bastante cauta como para enseñarle nociones básicas de defensa y Astrid le había ayudado mucho en el combate cuerpo a cuerpo y en encontrar los puntos débiles de sus enemigos. Es más, las pocas nociones de medicina que había adquirido con la práctica le orientaban a identificar con rapidez dónde podía golpear para reducir a sus enemigos con mayor rapidez. Brusca no era ni la más fuerte, ni la más rápida, pero era ágil y, por suerte, lo bastante espabilada como para evitar a los tipos más grandotes que podían noquearla de un solo puñetazo.

Encontró a Hipo y a Astrid antes que a Eret. Se encontraban peleando juntos sobre una plataforma y Brusca iba a saltar a su barco y unirse a ellos cuando lo oyó. La criatura estaba sobre la cruceta que estaba sobre su cabeza y, al parecer, Hipo también lo vio, porque cuando aquella cosa se abalanzó sobre Astrid, éste la empujó para que lo arrastrará a él y no a la bruja. Para cuando Brusca consiguió alcanzar el barco, Astrid había bajado de la plataforma y gritaba el nombre de Hipo desesperada a la vez que luchaba contra las brujas que querían impedir que saltara por la borda para ir tras él.

—¡Soltadme, hostia! —rugió la bruja y la tormenta se acrecentó con tal fuerza que un rayo golpeó uno de los mástiles de los barcos de la Resistencia.

No obstante, cuando Astrid llamó a Tormenta para ir tras Hipo, un rugido lastimero y atronador silenció su silbido. Todos, ya fueran rebeldes, soldados de la reina, tramperos de Drago, brujas o dragones, se voltearon hacia los dos dragones gigantescos para contemplar cómo el dragón de escamas blancas, quien tan decidido había acudido a su rescate, moría empalado por el dragón-come-sesos. El dragón de escamas grises soltó entonces un rugido y todos los dragones acudieron a su llamada.

—No… —gimió Astrid horrorizada—. No, no, no…

Brusca intentó abrirse paso entre las brujas para alcanzar a su amiga, pero entonces, en un movimiento tan veloz como impredecible, Astrid se tiró por la cubierta de cabeza y se puso a nadar como si no hubiera un mañana.

—¿Nos abandona? —preguntó una bruja escandalizada—. ¡Menuda cobarde!

—¡Sabía que no podíamos fiarnos de una bruja de Le Fey!

—¡Deberíamos irnos! ¡Está todo perdido!

Brusca sintió su sangre hervir y zarandeó a la bruja vestida de rojo que había dicho eso.

—¿Pero estáis imbéciles o qué coño os pasa? —cuestionó la vikinga rabiosa—. ¿No os dais cuenta? ¡Va en busca de Le Fey!

—¡Va en busca de su novio, todas lo sabemos! —ladró otra bruja.

—¡Ella os ha dado las directrices para estar por vuestra cuenta! —exclamó Brusca con furia—. ¡Tenéis que dar vuestro apoyo a la Resistencia!

—¿Para qué? ¡Sin Astrid y los dragones está todo perdido!

Las brujas empezaron a discutir entre ellas a voces de grito. Los rugidos del dragón-come-sesos retumbaban contra sus oídos y se dirigía ahora hacia ellos y contempló que más barcos de Drago y de la reina abordaban a los de la Resistencia. ¿De verdad iban a perder así? ¿De una forma tan aplastante? Brusca se negaba a creer que la batalla pudiera estar perdida, no después de haber luchado tanto para llegar hasta allí. Tenía la certeza de que Le Fey había secuestrado a Hipo precisamente para que Astrid fuera a su encuentro. La reina sólo había precipitado lo inevitable, ya que la principal misión de Astrid, más allá de liderar a las brujas de los tres aquelarres, había sido encontrar y vencer a la reina y para ello, la Resistencia tenía que emplear todos sus recursos para ganar tiempo y resistir cuanto fuera necesario.

—¡¿Queréis callaros de una puta vez?! —gritó Brusca empleando toda la fuerza de sus pulmones.

Las brujas se voltearon hacia ella anonadadas por su agresividad, como si estuvieran sorprendidas de que una simple humana se atreviera a mandarlas callar, pero Brusca Throston estaba tan harta y tan cansada de que la hicieran de menos que, pese a que esas brujas podrían herirla con suma facilidad, estaba dispuesta a hacer lo que hiciera falta con tal de hacerlas espabilar de una puñetera vez.

—Sin vosotras no vamos a poder ganar esta guerra —anunció Brusca—. Si nos abandonáis ahora, la Resistencia caerá y entonces ya nada podrá parar a Le Fey. Esta guerra ha hecho que todas vosotras actuéis como un solo aquelarre, ¿de verdad vais a echar por tierra todo vuestro esfuerzo solo porque no tenéis a Astrid para que os marque unas directrices que ya sabéis?

Todas las brujas se miraron entre ellas desconcertadas y molestas por sus palabras. Brusca habría puesto los ojos en blanco si no fuera porque alguien habló de repente por encima de su cabeza:

—Brusca tiene razón. Hay que seguir atacando y resistiendo ahora que Astrid ha ido a por la reina.

Iana descendió del aire con un encanto único y posó sus pies sobre la barandilla. Su vestido estaba rasgado y manchado de sangre, pero se veía tan espectacular como siempre, aunque su expresión risueña y alegre estaba sustituida por una mirada seria y fiera.

—Drago y Le Fey han invadido y destruído nuestros hogares, han matado a nuestras madres, hermanas e hijas… ¿y de verdad queréis abandonar ahora? —reclamó la reina indignada y miró a Brusca—. Esta es también nuestra guerra y si tenemos que morir para que las próximas generaciones puedan vivir libres de la tiranía y la esclavitud que así sea.

Brusca asintió con la misma motivación y las brujas soltaron alaridos de guerra antes de emprender el vuelo. Iana saltó de la barandilla y le sorprendió extendiendo la mano hacia ella.

—Si hoy debemos morir, quiero que sepas que ha sido un honor luchar a tu lado, Brusca Thorston.

Brusca no fue capaz de controlar el temblor de su mano cuando hizo contacto con la piel fría y oscura de Iana, pero la reina le regaló una sonrisa que hizo que todos sus nervios desaparecieran en ese mismo instante. La reina le guiñó el ojo antes de correr y alzarse al vuelo y Brusca la observó con una mezcla de envidia y fascinación.

¡Lo que daría por ser como ellas!

Una violenta sacudida del barco hizo que Brusca saliera de su ensoñación y reparó que uno de los barcos de la Resistencia había impactado contra el suyo por el violento movimiento del agua que el Bestibestia estaba causando. Brusca decidió ponerse en marcha y unirse a sus amigos para repeler la invasión enemiga. Casi como si le hubiera dado un chute de adrenalina, Brusca saltó de barco en barco lanzando estocadas y golpeando a todo aquel que se le pusiera delante. Descargó toda la ira y la frustración que había ido cargando en los últimos meses y gritó hasta que se quedó sin voz. Sin embargo, cuando Brusca avistó a su hermano acorralado por varios soldados e intentó acudir en su ayuda, Colmillos se interpuso en su camino.

Brusca supo desde el primer instante que Colmillos no era Colmillos. La Pesadilla Monstruosa la contemplaba con una fiereza y un salvajismo impropios en el dragón, le mostró sus dientes y tenía el cuerpo envuelto en llamas, cosa que rara vez hacía cuando ella estaba cerca. Brusca extendió sus manos a modo de pánico, intentando hacerle entrar en razón al dragón, pero éste la atacó sin dudarlo. Brusca evadió la lava que salió de la boca del dragón de puro milagro, aunque golpeó a una mujer que estalló en llamas en cuestión de segundos. En otra evasiva de esquivar el ataque del dragón, Brusca se enredó con unas cuerdas que había en la cubierta y cayó de bruces al suelo.

—¡Brusca!

El gritó de Estoico se escuchaba cerca, pero cuando Brusca avistó al Jefe supo que no iba a llegar a tiempo. La vikinga miró entonces al dragón y cerró los ojos, aceptando resignada de que aquel era el fin, cuando oyó un silbido muy familiar.

—¡Furia Nocturna!

—¡Agachaos!

Brusca abrió los ojos a la vez que Desdentao se lanzaba sobre Colmillos. El Pesadilla Monstruosa intentó resistir al ataque, pero Desdentao le lanzó un par de mordiscos y un plasma ante sus patas para intimidarlo. Colmillos salió volando espantado en dirección al dragón-come-sesos y el Furia Nocturna se giró en su dirección. Brusca casi lloró de alivio al ver que Desdentao no lucía dominado bajo el influjo del otro dragón y pudo leer en sus ansiosos ojos la pregunta que rondaba en su mente:

¿Dónde estaba Hipo?

—¡Brusca! ¿Estás bien? —preguntó Estoico apareciendo de repente a su lado y ayudándola a deshacer los nudos de la cuerda, aunque su atención pasó enseguida a Desdentao—. ¿Tú no estás bajo su control? —el Jefe miró angustiado hacia los lados—. ¿Dónde está Hipo?

Desdentao seguía mirando a Brusca, como si estuviera seguro de que ella conocía la respuesta.

—Hipo fue arrastrado por una extraña criatura al agua, pero Astrid ha ido tras ellos.

—¡¿Qué?! ¿Pero cómo…?

—No creo que esté muerto —apuntó Brusca con rapidez—. Dudo que a Le Fey le interese matar a Hipo mientras exista el vínculo con Astrid. Estoy segura de que si lo han atrapado no ha sido por otra razón más para que Astrid los siga —la vikinga tragó saliva, la boca le sabía a sangre por haberse mordido la lengua cuando cayó al suelo—. Tenemos que ganar tiempo de alguna manera.

—Ni siquiera Valka ha podido detener a esa cosa —argumentó Estoico angustiado mientras la ayudaba a levantarse—. Sin los dragones no hay posibilidad de victoria.

La expresión de Desdentao se ensombreció y miró hacia la bestia que seguía controlando a los dragones. Alguien llamó a Estoico a modo de ayuda y éste tuvo que acudir con rapidez al rescate, dejando a Brusca sola con Desdentao. La vikinga observó al Furia Nocturna confundida cuando éste sacó los dientes.

—¿Desdentao? ¿Qué vas a…?

Antes de que pudiera acercarse, Desdentao alzó el vuelo a toda velocidad en dirección al dragón gigante y Brusca contempló en shock cómo el Furia Nocturna empezó a atacar y a lanzar plasmas a tutiplén, encarando al dragón como si estuvieran en posiciones similares. Brusca no tuvo posibilidad de observar el conflicto entre los dragones porque sintió que, de repente, algo rodeaba su cuello con tal fuerza que la inmovilizó y la dejó sin aire.

—Vaya, vaya, mira quién tenemos aquí. A la puta sirvienta que se escapó delante de mis narices.

Brusca reconoció la voz viperina de Ingrid Gormdsen. De repente, Ingrid soltó lo que fuera que había sujetado su cuello y la golpeó con todas sus fuerzas en la cabeza. De no haber sido por el casco, Brusca estaba segura de que Ingrid le habría roto el cráneo con su martillo. El casco se quebró en pedazos y, a pesar de que todo le daba vueltas, Brusca fue lo bastante espabilada como para rodar sobre sí misma y evitar un nuevo martillazo.

—¡No podrás escapar, Thorston! ¡Eres mía!

Brusca parpadeó varias veces para intentar aclarar su visión, aunque el dolor en su cabeza era tan agudo que parecía que un velo había cubierto sus ojos. Sintió que la bilis subía por su exófago por las náuseas y saboreó el vómito en su lengua cuando el martillo voló cerca de su cara. La vikinga intentó atacar, pero Ingrid consiguió aprovecharse de su vulnerabilidad para desarmarla cogiendo de su muñeca y dándole un golpe tan violento que le rompió el brazo. Brusca no recordaba haber sentido tanto dolor desde que la propia Le Fey le había torturado con su magia y cayó al suelo retorciéndose de dolor y contemplando como un fragmento de uno de los huesos de su brazo había atravesado la piel. Estaba tan ciega por el dolor que estaba convencida de que no podría escapar del remate final de Ingrid. Sin embargo, el golpe jamás llegó porque alguien se abalanzó de repente sobre Ingrid.

Chusco, como ella, no destacaba por ser el guerrero más bravo y fuerte de Isla Mema. Ambos eran expertos en generar caos y destrucción, pero en lo que venía siendo luchar a la antigua eran torpes y poco experimentados. Sin embargo, desde que tenía recuerdo y a pesar de no soportarse mutuamente, Brusca y Chusco sentían el arrebato de defenderse el uno al otro de terceros, aunque eso pudiera peligrar sus vidas. Por esa razón, cuando vio que Chusco pretendía enfrentarse a Ingrid él solo, Brusca sintió que la necesidad de proteger a su hermano le daba fuerzas para levantarse y unirse a él, pero entonces sintió que alguien la cogía en brazos.

Eret.

El extrampero parecía tener toda la intención de sacarla de allí, pero Bruca le gritó que si la obligaba a abandonar a su hermano le iba a hacer pedazos con sus manos desnudas. Además, se vieron repentinamente abordados por más soldados de la reina y se dieran cuenta de que estaban rodeados. Sin dragones que atendieran a su llamada, supieron que no tenían escapatoria y que habían caído de lleno en la trampa del enemigo. Con lágrimas en los ojos, Brusca giró la cabeza con rapidez al escuchar a su hermano gemir a espaldas de Eret y contuvo un grito de espanto al ver que Ingrid le había cogido de sus rastas y ahora tenía una daga puesta contra su cuello.

Chusco tenía sus ojos puestos en ella y sonrió con esa picardía tan propia de él cuando se le ocurría una travesura brillante. Brusca negó efusivamente con la cabeza al entender qué pretendía hacer, pero Chusco ya había quitado la anilla a la granada de gas. Eret fue más rápido que ninguno y encontró la escotilla que llevaba a la planta inferior de la cubierta. Brusca gritó el nombre de su nombre y luchó para liberarse del fuerte agarre de Eret, sin importarle si le estaba haciendo daño o el dolor de su propia brazo. Todos se alarmaron y tosieron ante la presencia del gas y lo último que vio Brusca en el segundo antes de entrar en la escotilla fue a su hermano reírse de triunfo y cerrar los ojos.

Brusca no escuchó la explosión.

El dolor que le había embargado le hizo perder la noción de la realidad y de todo lo que la rodeaba. Su brazo ya no le dolía, al igual que tampoco sintió la calidez del cuerpo de Eret protegerla de la onda expansiva o los fragmentos de madera rasgando su piel y cayendo sobre ellos.

En ese mismo instante, todo había dejado de tener sentido.

Sintió su alma romperse en añicos y que una parte de ella había muerto para siempre.

Brusca cerró los ojos y se dejó arrastrar por la oscuridad.

Xx.

Astrid no sentía los brazos.

A pesar de ser una gran nadadora y contar con una resistencia envidiable, la distancia que había nadado resultaba ambiciosa incluso para alguien que estaba tan en forma como ella. Eso por no mencionar lo difícil que era nadar sintiendo las dificultades que Hipo debía estar sufriendo por respirar y también el dolor azotó su hombro de repente, dado seguramente también por el vínculo. Le Fey había sido lo bastante lista como para hacerla nadar a tanta distancia y en esas terrible condiciones para asegurarse de que una vez que alcanzara su barco tuviera las energías en el subsuelo.

Y había acertado de lleno.

El barco donde aquella cosa había arrastrado a Hipo se encontraba bastante alejado de la batalla. Cuando por fin lo alcanzó, Astrid se sujetó a la red que cubría parte del casco para coger aire y calmar los calambres que azotaban a su cuerpo. Estaba tan agotada que casi podía quedarse allí dormida, temblando por la frialdad del agua que empapaba la tela de su armadura y por sus miembros cansados. Aún así, se forzó a sí misma a escalar por la red, consciente de que estaba dirigiéndose a una muerte segura y demostró no equivocarse cuando la bestia se asomó por la cubierta para cogerla del cuello y subirla como si no pesara nada.

—¡Astrid!

La bruja intentó mover la cabeza en dirección a la voz de Hipo, pero la bestia la zarandeó con violencia antes de empujarla de cara contra el suelo de madera. La bruja sintió un fuerte dolor azotar su columna y decidió soltar una fuerte descarga de electricidad para que la bestia la soltara, sin embargo ésta no se inmutó.

—¿De verdad creías que no iba a crear un guerrero que no fuera inmune a tu magia, Astrid?

La bruja seguía sin poder mover la cabeza, pero reconoció la voz de Le Fey a su espalda. Apretó los puños y cogió aire para calmarse. No debía perder el control de la situación bajo ninguna circunstancia, Le Fey esperaba que ella empezara a lanzar rayos por doquier, por lo que Astrid debía andar con pies de plomo si no quería que su temperamento echara todo su plan a perder. La bestia volvió a moverla para sostenerla a tal altura que sus pies no tocaban el suelo y apretaba su cuello lo bastante para que ella pudiera coger la cantidad justa de aire. Lo bueno de todo aquello era que al menos ya tenía una visión del escenario al que debía enfrentarse.

Hipo estaba encadenado y custodiado por un grupo de brujas, entre las que reconoció a Rea, y había otro par de brujas dibujando un círculo mágico en el centro de la cubierta bajo la atenta supervisión de Ikerne. Le Fey estaba a pocos pasos de ella, con una sonrisa maquiavélica dibujada en su demacrado y consumido rostro. Astrid arrugó la nariz por el pestilente olor que emitía el cuerpo de la bruja y se fijó entonces en la criatura.

Hipo no había sido capaz de dar grandes detalles de cómo era la criatura de sus visiones, pero odiaba que ella hubiera tenido razón desde el principio. Costaba reconocer a Thuggory bajo aquella monstruosa apariencia, pero aún se apreciaban rasgos en su cara y, a pesar de que sus ojos irradiaban la magia púrpura de Le Fey, reconoció la fiereza y el odio que ya había topado antes en su mirada. Astrid desconocía que descabellado ritual había realizado Le Fey sobre él y, aunque le inspiraba un enorme y profundo terror, no pudo evitar lástima por Thuggory, pues él no dejaba de ser un reflejo de lo que ella hubiera podido convertirse si hubiera continuado junto a Le Fey.

Astrid dejó de resistirse, consciente de que luchar en ese momento solo agotaría aún más sus fuerzas, más cuando Thuggory había sido transformado en una bestia que era inmune a su magia. La bruja sintió un aliento frío y pestilente contra su mejilla y observó de reojo que Le Fey se había vuelto a elevar en el aire para mirarla de cerca.

—Te ves tan hermosa sometida, querida —apuntó la reina con diversión.

Astrid soltó una palabrota como respuesta y Le Fey puso los ojos en blanco antes de chasquear los dedos. Thuggory se movió hacia su derecha hasta alcanzar el centro del círculo mágico y la soltó por fin. Astrid dio una bocanada rápida de aire antes de levantarse y correr en dirección a Hipo, pero se dio de bruces contra una barrera invisible que parecía rodear el círculo entero y la tiró de nuevo al suelo. Le Fey, quien seguía flotando en el aire, soltó una carcajada.

—¿De verdad pensabas que te lo iba a poner tan fácil, Astrid? —cuestionó la bruja con diversión.

Astrid le fulminó con la mirada.

—Esto es entre tú y yo, déjalo marchar —advirtió la joven con furia.

—¿Se puede saber por qué coño iba hacer eso? —replicó Le Fey incrédula—. ¿Crees que no sé lo peligroso que es? Tu novio es un imbécil como tú, Astrid, pero ni siquiera yo soy tan idiota como para dejar suelto al Paladín de Surt.

Le Fey chasqueó los dedos y Astrid contempló horrorizada como una bruja le echaba un líquido encima. La bruja sintió su piel quemarse tan pronto el agua bendita hizo contacto con la cara de Hipo y su novio se desplomó en el suelo gritando y retorciéndose de dolor.

—Así lo mantendremos controlado mientras llevamos a cabo el ritual —comentó Le Fey con satisfacción—. No puedo arriesgarme a que todo se eche a perder solo porque a tu novio le dé por ser un héroe.

La joven bruja se medio incorporó y apretó los puños para contener la energía mágica que salía violentamente de su cuerpo. Le Fey se rió de su reacción, aunque Astrid consiguió mantener su magia bajo estricto control, consciente de que aún no era el momento.

—¿Qué pasa, Astrid? ¿Acaso te sientes tan intimidada que ni siquiera eres capaz de ejercer tu magia contra mi?

Astrid inspiró profundamente y se levantó del suelo con la barbilla en alto y aire desafiante, a lo que Le Fey respondió alzando una ceja.

—¿Qué pasa? ¿Aún te quedan fuerzas para desafiarme? Verás Astrid, hoy estás aquí para…

—Ahórrate el discursito de mierda —le cortó la bruja—. Sé perfectamente que pretendes poseer mi cuerpo.

Le Fey dibujó una sonrisa traviesa y se acercó flotando hasta el límite del círculo que todavía estaba siendo terminado por sus brujas.

—Supongo que el tener un novio vidente tiene sus ventajas, ¿no?

—O que tal vez eres demasiado predecible —contrapuso Astrid conteniendo la respiración para no tener que olerla y miró hacia sus pies ocultos por el frufrú de su falda—. ¿Ya se te han podrido las piernas? ¿O te pesa tanto el culo que ya no puedes ni andar por tu propia cuenta?

Le Fey le dio tal bofetada que Astrid saboreó la sangre en su boca cuando accidentalmente se mordió la lengua. Escuchó a Hipo jadear de dolor, pero aún seguía tirado en el suelo con una mirada furiosa y de impotencia marcada en su bello rostro cubierto de sangre reseca.

—Siempre fuiste una niñata descarada e imprudente, Astrid —señaló Le Fey molesta—, pero no cabe duda de que eres perspicaz.

—Por favor, Moryen, deja de ponerte en ridículo, ¿quieres? —escupió Astrid con impaciencia.

La reina la contempló desconcertada por su reacción.

—¿Cómo te atre...?

—No conseguirás mi cuerpo, al igual que tampoco conseguiste el de mi abuela.

Le Fey sonrió con maldad.

—¿Tu abuela? Astrid, no creo que…

La bruja cogió rápidamente del cuello de la reina, sorprendiéndola a ella y al resto de los presentes. Le Fey intentó zafarse de ella, pero Astrid era físicamente superior a ella y sus ojos tintados de terror delataban su incapacidad de soltarse por sus propios medios.

—Sé que los mataste, hija de la gran puta —dijo Astrid con una voz tan terrible que ni siquiera se reconoció—. Los mataste a sangre fría y puedo asegurarte que pienso hacer lo mismo contigo cuando…

Astrid sintió que algo la cogía por el pelo con tal violencia que fácilmente podían haberle arrancado el cuero cabelludo si no hubiera soltado a Le Fey. Astrid sintió heridas abiertas en su cabeza debido al fino filo de las garras de Thuggory y contempló horrorizada a la bestia cuando ésta volvió a tirarla al suelo y le soltó un temible rugido en la cara, enseñándole todos los dientes. Thuggory parecía que iba a darle un mordisco en la cara cuando una fuerza invisible le tiró hacia atrás. Astrid, aún con el corazón en la boca, se elevó en el aire hasta que se quedó cara a cara con Le Fey, cuyo cuello ahora contaba con un feo y grande hematoma que tenía la forma de su mano.

—Tienes suerte de que necesito tu cuerpo —advirtió la reina con voz envenenada—. Si no ya habría dejado que Thuggory os hubiera desmenuzado a ti y a tu novio —se dirigió a Ikerne con furia—. ¿Os queda mucho?

—Ya sabes que este hechizo se basa en los detalles —espetó Ikerne de mala gana—. Un mínimo error y el resultado puede ser fatal.

Le Fey soltó una maldición por lo bajo. Astrid no estaba acostumbrada a verla tan alterada, por lo que decidió ponerla más contra las cuerdas.

—¿Realmente crees que vengo solamente para rescatar a mi novio, Moryen? —cuestionó Astrid—. En realidad, vengo a reclamar lo que es mío.

Le Fey alzó una ceja e hizo un mohín.

—¿Qué crees que es tuyo para que vengas con esos aires?

—Lo sabes perfectamente —respondió Astrid con aire desafiante—. La corona es mía, me corresponde por derecho.

Se hizo un silencio sepulcral en el barco que solo fue interrumpido por los gruñidos de Thuggory. Las brujas, las que estaban dibujando el círculo mágico alzaron la mirada hacia ella, como si lo que acababa de decir fuera un agravio tan nuevo como desconcertante. Ikerne no estaba sorprendida por su declaración, es más, fulminó a la reina con la mirada, como si ya le hubiera advertido al respecto y Le Fey temblaba de la ira. La reina intentó coger de su cabello, pero sus movimientos eran tan lentos que Astrid consiguió evadirla sin problema, ganándose una mirada envenenada por parte de la reina.

—¡A ti no te corresponde nada, mocosa de mierda!

—¿Ah no? —se burló Astrid—. Masha Lund dejó constancia de que su heredera legítima era Asta Lund y, al ser su única descendiente que está bendecida por Freyja, eso me convierte automáticamente en la única bruja del aquelarre con derecho a gobernarlo.

—¡Mientes! —rugió Le Fey.

—Ambas sabemos muy bien que no, Moryen —le advirtió Astrid y se dirigió a las brujas que tenían a Hipo preso—. ¿Sabéis por qué Le Fey os tortura y os trata tan mal? Porque sabe que a la mínima de cambio puede perder el control sobre vosotras. Os empequeñece y os hace entender que no valéis nada, que dependéis únicamente de ella cuando, en realidad, sois dueñas de vuestra vida y de vuestro destino. Una reina protege a las suyas por delante de todo, incluso de ella misma.

Las brujas se mostraron perplejas por sus palabras y tampoco era de extrañar. Nadie que hubiera pertenecido al aquelarre había despreciado nunca a la reina como lo estaba haciendo Astrid, por no mencionar que a ninguna se le había pasado jamás por la cabeza que existía la posibilidad de arrebatar la corona a Le Fey. Los ojos de la reina parecieron inyectarse en sangre y Astrid sintió una ligera, pero amenazante presión contra su garganta.

—¡Ella está mintiendo, imbéciles! —gritó la reina rabiosa—. Dice que no os protejo, pero es gracias a mí por la que estáis todas vivas hoy. ¡Yo os rescaté del abandono y el desprecio de las familias que no os querían y os di el don de la magia!

—¡Las robaste, Moryen! ¡Tal y como me arrebataste a mí de los brazos de mi madre antes de asesinarla junto a mi padre! —rugió Astrid furiosa y sintió su magia eléctrica fluir por su piel—. Tú nos maldeciste a todas a vivir el mismo destino que tú, porque no podías soportar que nosotras tuviéramos padres que nos quisieran mientras que a ti jamás te mostraron el menor ápice de amor y al menor cariño que tu hermana recibió de tu madre, la asesinaste por celos. Nos has dado todo lo que tu familia de mierda te dio: maltrato, miseria y odio, de eso nos has alimentado toda nuestra vida.

Le Fey abrió los ojos de par en par, desconcertada porque ella supiera tanto.

—¿Cómo puedes…?

—Lo sé todo sobre ti, Moryen —dijo Astrid con voz envenenada—. No eres más que una niñata psicópata y celosa que juega a ser una diosa.

Astrid sintió la presión contra su garganta con más fuerza, lo bastante como para dejarla respirar lo justo. Los ojos de Le Fey echaban chispas y su cuerpo temblaba por la ira.

—¡Tú eres mía! —rugió la reina.

Astrid sonrió.

—Jamás lo he sido, ni lo seré nunca.

La joven bruja extendió sus brazos hacia los lados, rompiendo el hechizo que la tenía presa y acumuló electricidad en sus manos. Le Fey voló con rapidez hacia atrás, ojiplática porque Astrid se hubiera liberado del hechizo como si nada, aunque enseguida le señaló con el dedo con aire amenazante.

—Ambos sabemos perfectamente que no puedes usar tu magia contra mi.

El cielo se cubrió con nubes negras y tormentosas y se levantó un aire caliente amenazante que asustó a Le Fey y a todas las brujas del barco. Astrid, sin embargo, no se inmutó y dio un paso al frente, causando a su vez que Le Fey volara de nuevo hacia atrás.

—Tú ya no tienes ningún control sobre mí —declaró la bruja con frialdad—. Ahora soy dueña de mi magia y de mi misma y, entiéndelo de una puta vez, Moryen: jamás volverás a controlarme ni a mí ni a nadie más.

Le Fey alzó su brazo, probablemente convocando la presencia de Thuggory para que la atacase, pero Astrid fue mucho más rápida que ella. Descargó toda la energía que había acumulado en sus manos contra la reina y ésta salió despedida por los aires hasta el agua. Todas las brujas del barco jadearon y gritaron asustadas, pero Astrid solo pudo escuchar a Hipo.

—¡Astrid, cuidado!

Evadió el golpe de Thuggory de pura chiripa. Las brujas se apartaron de la bestia, pero Thuggory solo parecía estar focalizado en ella. Furioso por haber lanzado a su amada señora por la borda, Thuggory parecía más que dispuesto a destrozarla a modo de venganza, sin importarle que Le Fey necesitara su cuerpo para sobrevivir.

—¡Thuggory! —gritó Astrid desesperada y esquivando sus zarpazos con la mayor rapidez posible—. ¡Escúchame, Thuggory! ¡No eres tú! ¡No dejes que te siga controlando!

Sin embargo, Thuggory no parecía atender a razones. El Cabeza Cuadrada se había transformado en la mismísima encarnación de la ira y el odio y parecía más que dispuesto en desahogar todo sus males sobre ella. Tampoco podía culparlo, dado que técnicamente Thuggory había terminado así porque la bruja lo había matado antes. Astrid no iba a aguantar mucho tiempo evadiendo los golpes de la bestia y daba igual cuántos rayos le echara encima, las escamas de Furia Nocturna que cubrían su cuerpo absorbían la electricidad como si nada y Thuggory parecía incansable. Cuando sus fuerzas empezaron a fallar y su energía mágica parecía alcanzar el límite, Astrid temió quedar a merced de la bestia, pero de repente alguien se cernió sobre la criatura. La bruja se quedó sin aire cuando reconoció a Rea, quien había volado sobre su cabeza para rodear el cuello de la bestia con sus piernas para así no caerse y había colocado sus manos contra sus sienes.

—Rea, ¿qué…?

Los ojos de Rea se quedaron en blanco y Thuggory dejó de moverse, quedándose en estado catatónico. La bruja sintió una mano caliente coger de su brazo y Astrid se incorporó de un salto para abrazar a Hipo que ahora estaba a su lado.

—¿Cómo…? —preguntó Astrid confundida al darse cuenta de que debían haberle liberado.

—Fue Rea —respondió Hipo mirando a la bruja que seguía concentrada en calmar a la bestia—. No sé por qué lo ha hecho.

—Está cansada, como el resto de nosotras —argumentó alguien a su espalda.

Tras ellos se encontraba un grupo numeroso de brujas que lucían agotadas y aterradas. Sin embargo, una de ellas, una joven de ojos rasgados y labios finos y agrietados cuyo nombre Astrid no recordaba, dio un paso al frente.

—¿Es verdad que tú puedes ser nuestra reina?

Astrid parpadeó sorprendida por su pregunta y miró a Hipo nerviosa. Su novio sonrió para calmarla e hizo un gesto con la cabeza para que se dirigiera al grupo.

—Yo… Técnicamente podría reclamarlo, pero no creo que...

—Yo lucharé por ti —declaró la muchacha desesperada y se acercó a coger de su mano antes de ponerse de rodillas—. Si prometes matar a Le Fey, te seguiré hasta el Ragnarok si es necesario.

Astrid intentó soltar su mano, pero la muchacha la sujetaba con fuerza, y sintió un nudo en el estómago cuando otras brujas se arrodillaron ante ella. Astrid no sabía muy bien qué hacer, sobre todo porque no consideraba que aquel fuera el momento de reclamar realmente nada cuando había sacado el tema solo para molestar a Le Fey, más tras observar que un grupo de brujas había salido volando al rescate de la reina y que Rea estaba sufriendo estragos para mantener a Thuggory bajo control. La bruja apretó la mano de la muchacha y le ayudó a levantarse, cosa que desconcertó a la joven.

—¿Cómo te llamas?

—Min —respondió la bruja nerviosa.

—Necesito que ayudéis a las otras brujas que están luchando en el campo de batalla —comentó Astrid haciendo un gesto al resto de brujas para que se levantaran—. Tenéis que convencer a las que luchan por Le Fey para que dejen de hacerlo.

—¿Y cómo sabes que no nos matarán? —cuestionó otra bruja más mayor.

—No lo sé —admitió Astrid—, pero la única forma que tenemos de vencerla es debilitándola desde todos los frentes. Si nos unimos todas contra ella, tal vez tengamos alguna posibilidad, pero debéis marchar ahora mismo, antes de que ella vuelva.

—¡No podrás tú sola con ella! —exclamó Min preocupada.

Astrid sostuvo la mirada aterrada de la muchacha antes de sentir la mano caliente de Hipo coger la suya. La bruja no pudo contener una sonrisa.

—Yo ya no estoy sola —declaró la bruja lanzando una mirada confidente a su novio—. Ahora marchad, buscad a Ying Yue o Iana, las reinas del aquelarre del Mairu y del Nakk, decidles que vais de mi parte.

—Pero…

Un grupo de brujas aterrizó en el barco cargando con un cuerpo que parecía un amasijo de tela, huesos y cabello. Astrid apretó inconscientemente la mano de Hipo y se dirigió a las brujas esforzándose en ocultar su ansiedad:

—¡Largaos ahora mismo! ¡Venga!

Ante la presencia de Le Fey, ninguna de ellas titubeó en obedecer a su orden. La salida masiva de brujas captó la atención de algunas que estaban socorriendo a la reina y gritaron furiosas «traidoras», «vendidas» y otros tantos insultos. Sin embargo, todas se apartaron espantadas cuando Le Fey cogió a una de ellas y le arrancó el corazón con las manos desnudas para devorarlo. Astrid contuvo una arcada antes de tirar del brazo de Hipo para que se focalizara en ella.

—Tienes que irte.

—¿Qué? ¡Ni hablar! ¡No pienso dejarte sola con ella! —exclamó Hipo horrorizado—. No voy a permitir que se quede con tu cuerpo, Astrid.

—No lo hará —le garantizó la bruja.

—Astrid…

—Hipo, no lo hará —insistió ella sin poder contener las lágrimas—, pero no puedo arriesgarme a que te haga nada.

—Astrid, nuestras vidas están vinculadas, si ella te hace daño también me lo hará a mí —le aseguró el vikingo y cogió de su otra mano antes de posar su frente contra la suya—. Si tenemos que morir hoy, lo haremos juntos.

Astrid siempre había pensado que moriría en el campo de batalla, pero jamás se le ocurrió que tendría que hacerlo con la persona que más amaba. Hipo no merecía morir, mucho menos por ella. Habían sido idiotas por no haber roto el vínculo cuando habían tenido la oportunidad y se maldijo por haber permitido que el hechizo hubiera influído hasta tal punto que no le había hecho contemplar que este escenario iba a darse algún día.

Mi idea no te va a gustar en absoluto.

La voz de Freyja retumbó en su mente como un eco, aunque Astrid sacudió la cabeza, decidida a ignorar la propuesta de la diosa por el momento. Debía estar muy desesperada para tomar tamaña decisión y el plan de Freyja tampoco le garantizaba que pudiera salvarle la vida a Hipo.

—¡Thuggory! —gritó de repente Le Fey como una voz rasposa casi inhumana.

Hipo y Astrid se volvieron rápidamente hacia la bestia quien pareció salir de su trance tan pronto oyó la voz de su ama. La expresión de Rea era de puro pánico y parecía haber agotado tanta magia que no era capaz de salir volando, por lo que cuando Thuggory agarró la muchacha no tenía capacidad de defenderse. Astrid actuó casi sin pensar y usó su magia para empujar a la bestia y obligarle a soltar a Rea. Hipo consiguió coger a la bruja en brazos y ésta se abrazó a él tan asustada y con tanta fuerza que Astrid sintió la bilis subir por el exófago debido al vínculo. Decidió ignorar sus propias náuseas y le hizo una seña a Hipo para que pusiera a Rea a salvo antes de volverse a la bestia.

—Escúchame, por favor —le suplicó Astrid extendiendo la mano amistosamente hacia él—. Sé que sigues ahí, Thuggory, y también estoy segura de que te sobran razones para no querer oír lo que tengo que decirte, pero sé que todo esto lo has hecho por amor —la bestia le enseñó los dientes y se acercó peligrosamente hacia ella—. Hemos hecho todas esas cosas horribles precisamente por el amor que sentimos hacia las personas que queremos y jamás te voy a juzgar por lo que hiciste, pero tienes que darte cuenta de que ella te ha estado mintiendo: Kateriina está muerta, Thuggory.

La bestia rugió con tal fuerza que Astrid dio un traspiés hacia atrás y podía sentir el miedo revolverse dentro de ella.

—¡Su cuerpo está al límite, Thuggory! —gritó ella evadiendo un zarpazo y señaló hacia Le Fey que había destripado a otra bruja para comer sus vísceras—. ¡Mírala, por Odín! ¡Ese parásito ha consumido toda su energía vital y ahora necesita mi cuerpo porque el cuerpo de Kateriina no puede soportar su magia por más tiempo! ¡Aunque Kateriina pudiera volver, moriría a causa de la infección que le ha generado la magia a su cuerpo! ¡No hay salvación para ella! ¡Luchas por una causa que no exite!

Para su enorme sorpresa, Thuggory se detuvo y la contempló como si realmente la estuviera escuchando, haciendo que Astrid sintiera un pequeño rayo de esperanza dentro de ella. Si al menos conseguían que Thuggory entrara en razón, quizás los vientos soplarían por fin a su favor. Astrid dio un paso al frente, con las manos hacia arriba para darle a entender que no pretendía hacerle ningún daño.

—Astrid, ¿qué coño haces? —preguntó Hipo espantado.

—Thuggory —le llamó ella ignorando a su novio y la criatura se inclinó ligeramente en un gesto que poco tenía de agresivo—. Yo también he vivido engañada toda mi vida por Le Fey. Me creí sus mentiras, me hizo pensar que me habían abandonado cuando realmente exterminó a toda mi familia por venganza. No hay esperanza para salvar a Kateriina, pero aún puedes preservar su memoria y su honor de una forma digna y como se merece. Que la recuerden como la mujer bondadosa y gentil de la que te enamoraste y no en el monstruo que Le Fey la ha convertido. Podemos liberar su alma de ella para siempre —el resplandor púrpura de sus ojos desapareció y Astrid reconoció maravillada los ojos azules de Thuggory—. Aún podemos ayudarte, Thuggory. Tiene… tiene que haber una forma en la que podamos hacer que vuelvas a ser el de antes y…

—¡Thuggory! —rugió Le Fey tras ella—. ¿En serio vas a ponerte a escuchar a tu asesina? ¡No dice nada más que mentiras!

La bestia titubeó un instante y Astrid intentó que volviera a focalizarse en ella cuando el resplandor de la magia de Le Fey volvió a nublar sus ojos. Astrid se puso en guardia para hacer frente a la bestia, pero Thuggory la sorprendió abalanzándose sobre Hipo. El vikingo empujó a Rea a un lado y Astrid sintió un dolor espantoso en su hombro a causa del impacto. Astrid chilló, ya no solo por el dolor que había inmovilizado todo su brazo derecho, sino que además temió que Hipo se quedara a merced de la bestia. Hipo gritó su nombre, pero antes de que Astrid pudiera acudir en su ayuda, alguien tiró de su pelo hacia atrás, llevándola de nuevo al círculo mágico que parecía estar completo por fin.

Le Fey ya no era ni capaz de volar por sus propios medios. Estaba empapada, su olor era insoportable y Astrid contuvo una arcada al contemplar que parte de su cara, además de la sangre de los corazones y vísceras que acababa de devorar, daba muestras de putrefacción y tenía cicatrices sangrantes de su magia eléctrica. La bruja intentó usar su magia para liberarse de la bruja que aún tiraba de su cabello, pero entonces Ikerne echó un bote entero de agua bendita que quemó su piel. Tanto Astrid como Hipo gritaron de dolor y Astrid sintió cómo sus poderes se replegaban y bloqueaban dentro de ella.

—¡Por fin! —exclamó la reina en una voz que sonaba casi como cristales rotos—. Tras tanto tiempo, por fin eres mía.

Dos brujas la agarraron para que se pusiera de rodillas en el centro del círculo y Astrid, aún aturdida por los efectos del agua bendita, suspiró de alivio cuando soltaron su cabello. Oyó a Hipo luchando por liberarse de Thuggory y Astrid sintió la presión que la bestia ejercía contra él en sus propios huesos. Le Fey se rió ante la escena y Astrid hizo una mueca de asco cuando escupió dos dientes podridos de su boca.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto, Astrid? La satisfacción de verte impotente porque no podrás salvar a tu novio —comentó Le Fey con satisfacción—. Es más, será maravilloso cuando devora tu alma y no sólo absorba tus poderes, sino que además es probable que pueda quedarme con los de Hipo también gracias al vínculo que le unirá a mí.

—Hipo es el Paladín de Surt, te matará tan pronto entres en mi cuerpo —advirtió la bruja con furia.

—¡Por Hela, Astrid! —exclamó Le Fey con impaciencia—. Ambas sabemos que Hipo jamás haría nada que pudiera hacerte daño. Tú y yo seremos una cuando acabemos el ritual, una pequeña parte de tu conciencia formará parte de mí para siempre y no podrás hacer nada para impedir que destruya todo a mí paso —Le Fey posó su mano contra su mejilla y Astrid sintió un escalofrío cuando la piel de reina comenzó a deshacerse al contacto—. ¿Sabías que tu abuela te ofreció como pago para que la dejara en paz? Fui tonta por ignorar la oferta, pero jamás pensé que llegarías a ser tan poderosa. He tenido la solución a mis problemas delante de mis narices todo este tiempo y creo que tendré que darle las gracias a la zorra de tu madre por haberte protegido de mi odio todos estos años. Ni siquiera una völva puede impedir que suceda esto, Astrid, porque técnicamente no te voy a matar, sino que voy hacerte de mí para toda la posteridad.

La bruja intentó zafarse del agarre de las brujas mientras Le Fey seguía con su estúpida verborrea de victoria, pero aún seguía demasiado débil a causa del agua bendita. Si solo pudiera alcanzar la daga que ocultaba bajo su pechera y clavársela en el corazón… pero era inútil.

No le quedaba otro remedio de hacer lo que había estado evitando todo ese tiempo.

Tenía que hacerlo. Sacar el plan de Freyja adelante.

Tenía que llevar a cabo su sacrificio imposible.

—¿Quieres que renuncie a la magia?

La sola pregunta le puso la piel de gallina cuando la formuló en voz alta ante la diosa. Freyja había sacudido los hombros, como si aquello no fuera para tanto.

—Le Fey no tendría el menor interés en meterse en un cuerpo sin magia. Es más, lo ideal sería aguantar hasta que llegara a su límite y, cuando piense que estás a su merced, renunciar a la magia. Cuando se dé cuenta de que ya no tienes magia, Le Fey no tendrá otro cuerpo al que trasladarse y será finalmente consumida por su propia magia.

—¡Eso si no encuentra otro cuerpo antes! —señaló Astrid indignada—. Lo que dices es una puta locura, ¡no puedo renunciar a mi magia! ¡Ninguna bruja ha hecho eso nunca antes!

—Tampoco han habido brujas que dieran muestras de tener poderes de völva y aquí estás, Astrid —comentó Freyja—. ¿No has pensado nunca que quizás tu destino no era transformarte en bruja? Quizás simplemente estabas destinada a vivir una vida humana o como mucho como una völva.

—¿Y por eso me fuerzas a vivir el resto de mi existencia como una humana? —replicó Astrid abatida.

Le Fey puso los ojos en blanco.

—No niego que serías la primera bruja en renunciar a la magia, por lo que no sé ni qué consecuencias habrá para ti o si serás humana o un unicornio —argumentó Freyja con impaciencia—. Sin embargo, tener la incertidumbre de lo que sería de ti después de la renuncia de tu magia sería infinitamente mejor a la opción de que Le Fey se adueñara de ti y de tu don. Si no consigues derrotarla por tus propios medios y acabas en sus redes, estarás abocada a hacer frente a esta decisión, Astrid. Yo no voy a obligarte a hacer nada, pero tenlo en mente si las cosas se complican.

Astrid había descartado esa idea desde el principio. Es más, había ideado toda su estrategia para evitar precisamente verse en ese escenario, pero nada había salido como lo había planeado. Hipo había sido su punto débil desde el minuto uno y Astrid no había sido capaz de protegerlo. Si además no hubiera aparecido el Alfa de Drago… todo habría sido muy diferente. Parecía que el destino había conspirado contra ella para llevarla hasta ese momento. Astrid ni siquiera podía contener sus lágrimas, era un precio demasiado alto a pagar, ¿pero acaso tenía otro remedio? Era eso o condenar al resto del mundo. Y, honestamente, si una parte de su conciencia viviría dentro de Le Fey, Astrid prefería vivir el calvario de una vida como humana que el mantenerse aislada en un rincón de la mente de aquel ser.

—¡Madre mía! ¿Lo habéis visto? ¡La pobrecita y niñata de Astrid llorando! —se mofó Le Fey—. Ojalá retratar tu cara en este instante, Astrid, estás como para que te hagan un mural y…

Astrid cerró los ojos, ignorando las burlas y las risas de Le Fey y las otras brujas. Inspiró profundamente y recitó la corta oración que Freyja le había enseñado en un susurro tan bajito que nadie pareció darse cuenta. La sensación fue tan horrible como corta. Astrid sintió cómo su magia acariciaba cada poro de su cuerpo como un último adiós antes de abandonarla para siempre. Fue como si le hubieran arrancado un miembro de su cuerpo o, peor, parecía que había cortado su alma en dos y una de ellas salía de ella como un ente invisible que había estado siempre con ella.

Cuando la magia se disolvió por completo, Astrid se sintió terriblemente vacía.

Sola.

Abandonada.

Entreabrió los ojos y sintió su cara muy húmeda, quizás porque aún era incapaz de dejar de llorar o porque el líquido del agua bendita ya no quemaba contra su piel. Le Fey seguía hablando, inconsciente como el resto de lo que acababa de suceder, y Astrid se dio cuenta de que ya no podía oler la magia de la reina, lo cual suponía cierto alivio porque ello conllevaba a recobrar todos sus sentidos. Le Fey estaba muy cerca, lo bastante como para que Astrid pudiera clavar la daga de su pechera en dos movimientos rápido, sólo tenía que liberarse de…

—Moryen.

Astrid sintió que su corazón se paraba al escuchar la voz anciana y gangosa de Ikerne, quien la contemplaba ahora muy pálida y con los ojos tan abiertos que parecían salir de sus orbes.

—¿Qué coño quieres, Ikerne? ¿No ves que estoy hablando? —dijo Le Fey con impaciencia.

—No está —señaló la anciana.

Astrid apretó los puños. Era ahora o nunca.

—¿Qué no está? —preguntó la reina irritada.

La joven dio un empujón tan violento y repentino a las brujas que la tenían sujeta que no le supuso difícil liberarse de ellas y antes de que Le Fey pudiera echarse hacia atrás, Astrid ya había cogido la daga y se la había clavado en el corazón. La reina se había quedado tan impactada por lo que acababa de suceder que se quedó muy quieta, más impresionada por el hecho de que Astrid hubiera conseguido liberarse a pesar del agua bendita que el hecho de que le hubiera acuchillado de lleno en el corazón. Rabiosa, Astrid sacó la daga para volver a clavársela en los pulmones, pero ésta vez Le Fey consiguió cogerla de la muñeca. Su piel estaba tan fría que parecía quemar contra la suya y la reina pareció reparar exactamente en lo mismo.

—¿Por qué…? —preguntó confundida y entonces pareció darse cuenta de qué estaba pasando—. No puede ser… ¡No puede ser!

Astrid consiguió liberarse de la prisión de la mano, quebrando la muñeca de la reina como si fuera una simple rama de árbol. Le Fey aulló, pero no de dolor. No, aquel era un grito de pura ira y rabia. Varias brujas se pusieron a vomitar o cayeron desmayadas al suelo y Astrid cayó que su olor debía ser demasiado insoportable. De repente, la bruja sintió una fuerza invisible sujetarla del cuello con tal fuerza que no tuvo forma de reaccionar. La daga resbaló de sus dedos y Astrid intentó retirar la mano invisible inútilmente con sus manos. Le Fey la contemplaba sin dar crédito.

—¿Pero… pero qué has hecho? ¿Dónde está? ¡¿Dónde está tu magia, estúpida?! —gritó con voz de ultratumba.

—Ya no hay magia que puedas robar —anunció Astrid con satisfacción y sonrió de oreja a oreja—. Ahora solo soy una simple y mediocre humana.

—¡No!

Le Fey se abalanzó sobre ella como un dragón salvaje. Astrid intentó quitársela de encima como pudo, pero resultaba muy complicado, sobre todo porque la piel se le caía a pedazos y sus dedos se transformaron en una garras largas y finas que destrozaron su pechera con demasiada facilidad. En un impulso inconsciente, Astrid intentó convocar su magia, pero nada acudió a su llamada. Estaba vacía, rota y cuando Le Fey consiguió rasgar la tela y las vendas a la altura de su pecho izquierdo, Astrid sabía que estaba acabada. Cerró los ojos esperando que Le Fey diera su golpe final cuando, de repente, escuchó un rugido que reventó sus tímpanos y la bruja salió despedida de ella.

—¡Astrid! —Hipo apareció rápidamente a su lado y parecía tan asustado y desconcertado cómo ella—. ¿Qué ha pasado? He sentido algo muy extraño y…

La piel de Hipo se sentía caliente, casi febril, contra su cara, pero resultaba tener una temperatura distinta cuando su piel ya no estaba fría como la de una bruja y tampoco podía sentir el cosquilleo de su magia con el roce de sus dedos. Hipo enseguida reparó qué iba mal.

—¿Pero qué has hecho? —preguntó su novio perplejo.

Astrid apartó su mano de su cara y negó con la cabeza.

—Ahora no, Hipo.

Miró hacia Thugory, quien cargaba a Le Fey de un brazo mientras que con el otro daba zarpazos a toda bruja que se atreviera a acercarse. La reina pataleaba y chillaba que la soltara, pero Thuggory no parecía obedecer a la voluntad de Le Fey.

Ya no.

Astrid reconoció el azul de sus ojos que en su día fueron humanos y comprendió que Thuggory había conseguido liberarse por fin de la influencia de la reina, hasta el punto que pareció comprender que debía sacrificar lo que para él había sido imposible desde aquella fatídica boda. Hipo intentó ir tras ellos, pero Astrid cogió de su brazo para detenerlo.

—Solo hay una forma de asegurarse de que muera definitivamente —argumentó Astrid sin apartar los ojos de Thuggory—. Él ya ha tomado su decisión.

Thuggory abrazó a Le Fey contra su pecho a la vez que ésta gritaba desesperada porque la soltara. Astrid oyó el miedo en su voz y resultaba evidente que la reina se sentía traicionada por el hombre que ella creía amar más. Thuggory volteó su monstruosa cabeza hacia ellos una última vez y ambos inclinaron la cabeza en señal de respeto antes de que la criatura se lanzara por la borda al agua. Hipo y Astrid corrieron hasta la barandilla y observaron las ondas del agua dispersarse hasta no dejar rastro. Se voltearon cuando escucharon a las brujas que quedaban allí gritar y salir volando en pánico, conscientes de que aquel era el fin.

La pareja se intercambiaron las miradas consternados, incrédulos de que la historia hubiera dado un giro semejante en el último segundo.

Atónitos porque habían ganado.

Y entonces sucedió.

Tanto Hipo como Astrid sintieron una fuerte presión en sus pechos que les cortó la respiración y, de repente, algo se quebró dentro de ellos. Una intensa brisa golpeó sus caras y Astrid no fue capaz de sostenerse en pie. Hipo consiguió cogerla entre sus brazos, pero ello no evitó que él también perdiera el equilibrio. Astrid se sentía vacía, muy vacía, casi tanto como cuando había perdido su magia y acunó desesperada el rostro de Hipo, buscando la conexión que tanto tiempo les había unido.

Pero no había nada.

El vínculo se había roto.

Hipo rompió a llorar, acariciando su cara, desesperado por encontrar un resquicio de su alma unida a la suya, pero en ella no había ni vínculo ni magia que pudiera atarlos como habían estado hasta ahora.

No había nada más que dolor y tristeza, pero Astrid se sentía aliviada de que la vida de Hipo ya no estuviera unida a la suya y porque él estuviera vivo y de una pieza.

Vivo y con magia.

Algo de lo que ella no podía presumir. Estaba viva, pero aún no era consciente del precio que había pagado, aún sintiendo el vacío ahogándola desde lo más hondo de su ser.

Un resplandor cegador les sacó de su burbuja de dolor y ambos contemplaron consternados como del agua salían halos de luz de diferentes colores. Aquellas debían haber sido las almas que Le Fey había estado devorando todos esos años y que por fin habían sido liberadas del parásito para siempre. Las nubes de la tormenta que Astrid había convocado antes se disiparon para dar paso a unas tintadas por las luces del crepúsculo y se puso a llover. La joven cerró los ojos al sentir el frescor y la pureza del agua de lluvia caer sobre su rostro manchado de sangre seca. Tenía la sensación de que, a pesar del vacío que ocupaba su pecho por la pérdida de su magia y la ruptura del vínculo con Hipo, la lluvia que se entremezclaba con sus lágrimas de pena y alegría aligeraba un peso que parecía haber estado cargando durante años.

Le Fey estaba muerta.

Astrid era por fin libre.

Libre de ser quien quisiera, de estar donde quisiera y con quisiera.

Abrió de nuevo los ojos y contempló a Hipo disfrutando también de la lluvia cayendo sobre su bello y calmado rostro. Ni siquiera su armadura, ahora destrozada en su mayor parte como la suya, era capaz de retener el vapor que salía de su cuerpo por el contraste de temperatura. Astrid sintió las mariposas bailar en su estómago. Puede que el vínculo ya no existiera, pero resultaba un auténtico alivio de que sus sentimientos por Hipo fueran reales y no un producto creado por la magia de Le Fey.

Astrid entreabrió sus labios para pronunciar su nombre.

Y entonces sintió un dolor agudo atravesar su espalda hasta debajo de su pecho. Astrid miró hacia abajo y contempló extrañada la punta de la espada empapada con su sangre que la habían ensartado por detrás. Sus ojos buscaron a Hipo, quien tenía una mueca de horror y consternación deformando su cara y Astrid sintió un aliento caliente en su oído a la vez que alguien tiraba de su hombro con tal fuerza que escuchó el hueso salirse de su sitio. La joven no era capaz de procesar todo el dolor físico que estaba sufriendo en ese instante, pero sintió el pánico dominarla cuando reconoció la voz contra su oído.

—Te dije que un día serías mía, bruja —dijo Drago Bludvist con diversión y soltó su hombro para coger de su pelo con violencia—. Tu cabellera formara ahora parte de mi colección y…

Astrid no escuchó más porque el grito de Drago la dejó sorda y su visión se emborronó cuando, de la fuerza del impulso que el cazador había dado hacia atrás, la espada salió de ella. Astrid no pudo sostenerse sobre sus pies y cayó de bruces al suelo, notando que la sangre caliente salía a borbotones de su cuerpo. Unas manos frías se posaron sobre ella y Astrid sintió una enorme decepción al ver que era Rea y no Hipo. La joven bruja tenía una expresión de terror marcado en su rostro y Astrid no pudo culparla, estaba segura de que la visión debía ser dantesca si Drago la había atravesado como lo había hecho. Rea la miró preguntando qué debía hacer, pero Astrid tenía la noción de que era inútil explicarle nada. La herida requería magia medicinal muy avanzada y ni Rea ni Hipo tenían capacidad para aplicarla sobre ella.

Iba a morir en cuestión de pocos minutos.

Astrid escuchó a Hipo gritar colérico no muy lejos de donde se encontraba, pero la joven no podía moverse.

—Hipo…

Su voz apenas contaba con fuerza y Rea le hizo un gesto suplicándole que no malgastara energía. La visión de Astrid empezaba a ser borrosa, tenía muchísimo frío e iba a perder la consciencia pronto debido a la enorme cantidad de sangre que estaba perdiendo, por lo que cogió a Rea de la muñeca para que la prestara atención y dijo:

—Tráemelo.

Sin embargo, Rea no tuvo que acudir a la búsqueda de Hipo. Su novio apareció en ese instante para cogerla entre sus brazos y Astrid suspiró aliviada por el calor que irradiaba su cuerpo repleto de magia.

—No te preocupes, mi amor, te curaré. Puedo hacerlo… Dime solo qué tengo que hacer y te curaré —dijo Hipo con los ojos inundados de lágrimas mientras estudiaba su herida.

Astrid cogió de su mano que estaba justo sobre su pecho y se esforzó en formular una sonrisa.

—Hipo, mírame —le suplicó ella, aunque sólo captó su atención cuando ella se puso a toser. Tenía la boca tan llena de sangre que tuvo que dejarla salir de sus labios. Hipo se apresuró a limpiarla de su comisuras y Astrid sintió que sus dedos quemaban su piel—. Tienes que vivir… vivir tu vida, ¿vale?

¡Dioses! Le estaba costando horrores hablar, pero realmente necesitaba decirle todo lo que sentía antes de que Hela fuera a buscarla.

—Astrid, no me digas esto, por favor. Tiene que haber una forma —Hipo miró a Rea—. ¡Ve a buscar a las reinas de los aquelarres! Seguro que ellas…

—No —se apresuró a decir Astrid—. Ya es demasiado tarde. Tienes… tienes que escucharme. Estos dos últimos años han sido los más… más… —Astrid volvió a toser sangre, pero se apresuró en volver a inspirar aire—. Han sido los más felices de mi vida. Eres el hombre más bueno, dulce y… y… el mejor de todos nosotros —sintió algo caliente contra su cara, lo más seguro sus lágrimas—. Me habría encantado vivir una vida contigo y doy gracias porque el destino haya querido reunirnos de nuevo —llevó su mano libre hasta la cara inundada de lágrimas—. Te quiero, Hipo Haddock, gracias por haber roto esa coraza que me impedía amar. Sólo tú podías hacerlo.

—Astrid, por favor, no me dejes —suplicó Hipo roto—. Yo sin ti no soy nada. No… no me puedes pedir que viva una vida sin ti cuando tú lo eres todo todo para mí. No… no… no puedo.

Hipo soltó un fuerte sollozo y a Astrid le pareció oler carne quemada.

—Hipo, no convoques el Ragnarok, ¿vale? Júrame que no lo harás —dijo ella con voz más firme.

—Astrid, no…

—Júramelo —insistió ella suplicante—. No seas lo que ellos creen que eres. No naciste para hacer ningún mal, sino todo lo contrario, así que por favor… —Astrid dejó su mano caer de su cara y cerró los ojos, incapaz de tenerlos abiertos por más tiempo. ¡Tenía tanto sueño!—. Júramelo…

—Te lo juro, pero Astrid no… no puedes…

—Te quiero —dijo ella en un susurro.

Astrid no oyó lo que Hipo dijo, pero se lo pudo imaginar cuando cayó en la dulce inconsciencia entre los cálidos brazos de su amado, siendo un grito desolador lo último que escuchó antes de abandonar el Midgard.

Xx.