¡Holi!

Tres semanas después del drama dramón del capítulo anterior, vuelvo a vosotres con un nuevo capítulo. A ver, voy avisar desde ya: este capítulo es RARO. No quiero daros muchas pistas, pero lo digo más que nada porque os concienciéis que lo que vais a leer a continuación os va a desconcertar, pero que llegado a un punto tendrá sentido. Así que dadle una oportunidad antes de nada.

Tanto este capítulo como el siguiente me costaron muchísimo escribirlos por su complejidad argumental. Los he empezado varias veces y os juro que en más de una ocasión me he planteado abandonar porque ha sido muy complicado. Sin embargo, tras revisar este capítulo creo que estamos, a mí parecer, en uno de los capítulos más complejos y mejores que he escrito en este fic. Por esa razón, espero de corazón que podáis disfrutarlo. He escuchado mucho la banda sonora de «The Haunting of Bly Manor» mientras escribía este capítulo, así que os animo a que la escuchéis mientras lo leéis.

Respecto al capítulo anterior, hubo alguna que otra queja respecto a que si el capítulo era muy corto y la resolución demasiado abrupta. Acepto las críticas, pero también voy a expresar mi posición respecto a ellas: El fanfic no acaba en el capítulo 58, es más, incluyendo este capítulo quedan otros ocho capítulos para que termine. Por tanto, ¿que el capítulo era corto? Sí, pero si no sale más largo, no sale, y poco se me puede acusar de escribir capítulos cortos cuando ese capítulo en concreto tenía más de 18k palabras, una longitud considerablemente más larga que cualquier autor o autora que escriba fanfics de Cómo entrenar a tu dragón. Además, remarco y subrayo: no cobro por escribir Wicked Game, así que nadie está en posición de reclamarme nada. Mi especialidad no es escribir batallas ni combates, sino el desarrollo de los personajes y, perdonad que os diga, pero el capítulo 58 la batalla en sí era algo totalmente secundario y bastante que metí referencias de las dos últimas películas. Lo más importante del capítulo 58 fue el sacrificio imposible que hace Astrid y cómo con esa decisión, no solo trae consecuencias fatales, sino que además alcanza la cúspide de su evolución como personaje. También cabe mencionar que esta es la historia de Astrid y de Hipo y quizás de Brusca, pero que son muchos los personajes y poco el tiempo y las ganas para profundizar absolutamente todos. Aún así, pretendo cerrar todas las tramas, así que ruego paciencia y comprensión de que esto lo voy hacer a manera, no a la que se espera.

También quiero mencionar que de las profecías de la sirena se han cumplido las siguiente: descubrir lo que ocultaba el guardián (el secreto de cómo Valka había bautizado a Hipo en las aguas de Freyja ocultas bajo el nido), restaurar la línea de sangre perdida (con en el encuentro de Heather y Dagur), amansar al hombre tuerto (básicamente ayudar a que Finn encontrara la paz con lo sucedido con su familia) y dos de los tres sacrificios han sucedido (Astrid sacrifica su magia y Thuggory mata a Le Fey y con ello el cuerpo de Kateriina). Queda uno de los sacrificios imposibles y encontrar el perdón, para que lo tengáis en cuenta.

Por último, mencionar que pese a todo estoy muy agradecida por las reviews del capítulo anterior y por ello insisto que, si os veis con ánimos, sigáis haciéndolo porque de verdad motivan a una para seguir escribiendo. Y eso que estoy ahora tomándome unas vacaciones de ello que me están viniendo muy bien.

No me enrollo mucho más.

Espero de corazón que os guste este capítulo.

Xx.


El suelo estaba inusualmente frío bajo sus pies, tanto que quemaba sus plantas.

Estaba muy oscuro, tan oscuro que no era capaz de adivinar por dónde estaba caminando, por lo que sus pasos eran cortos y torpes. Le costaba andar y cayó que la sensación de ardor en sus pies era por la nieve. Miró hacia los lados, desorientada y perdida, ¿dónde estaba? ¿A dónde iba?

¿Qué estaba buscando?

¿O acaso estaba huyendo?

¿Quién era ella?

Tenía mucho frío y la nieve mojaba su camisón y su pelo, pero ella siguió caminando a ninguna parte hasta que alguien tocó su hombro con suma delicadeza.

—¿Astrid?

La mujer que estaba tras ella llevaba un farol que iluminaba su rostro. Estaba ligeramente entrada en carnes, mediana edad, pelo recogido en una trenza que caía por su hombre y era mayormente castaño, aunque ya se le apreciaban algunas canas, y unos ojos de lo más inusuales, uno verde y el otro castaño con fragmentos esmeraldas. La conocía, pero no recordaba de qué. El rostro de la mujer parecía nublado de preocupación a pesar de la ternura en su voz y cogió de su mano como si temiera que se fuera a romper.

—Vamos a casa, cariño. Vas a coger una pulmonía.

A casa.

¿Pero dónde estaba realmente su casa?

Alguien gritó a lo lejos y la joven se asustó, pero la mujer no soltó su mano e hizo un gesto cariñoso para calmarla. Una figura grande se acercó con otra más pequeña en la oscuridad, parecían un hombre y una muchacha, aunque el farol no les iluminaba lo suficiente para poder definir sus rasgos. La amable mujer que sostenía su mano se dirigió a las dos figuras y les habló en susurros antes de volverse a ella con una sonrisa.

—Papá te va a coger en brazos para que no se te hielen los pies, ¿vale? —la muchacha se encogió, pero la mujer apretó su mano—. Está bien, cielo, está bien. No tengas miedo. Yo estaré aquí.

El hombre se acercó y ella apreció su semblante a la luz. Rubio, ojos azules y amables, a pesar de la angustia que los nublaba y las pequeñas arrugas, y una barba bien cortada cubría su rostro. Se dejó caer en sus brazos y se abrazó a sí misma mientras se acurrucaba contra su pecho y cerraba los ojos. Aquel familiar desconocido la sujetaba con una sutileza impropia de un hombre tan grande como él, pero ella se sentía extrañamente protegida entre sus brazos. Sintió los copos de nieve caer sobre su cara y lo único que escuchaba eran unos débiles susurros, las pisadas en la nieve y su propia respiración. Entreabrió los ojos cuando sintió que entraban a un lugar donde hacía más calor, aunque volvió a cerrarlos cuando escuchó más voces. Le pareció escuchar a la mujer de antes murmurar:

—Jesper, diles a Hipo y a Kyli que la hemos encontrado y que vengan derechos a casa. Procurad no llamar mucho la atención. Seren, tú ve a por la abuela.

Oyó unas pisadas apuradas y una puerta abrirse y cerrarse. La subieron por unas escaleras. El crujido de la madera retumbaba contra sus oídos, resultándole extraño y familiar a la vez. La mujer hablaba en susurros con la muchacha, pero el hombre se mantenía en silencio. La joven se preguntó si podría quedarse dormida en sus brazos, aunque enseguida entraron en una habitación y la sentaron sobre una cama blanda y cómoda. La mujer de ojos bicolores se arrodilló de inmediato a su lado y cogió de su mano a la vez que dibujaba una sonrisa tierna y maternal.

—Cielo, ¿sabes qué día es hoy?

Ella la contempló extrañada por su pregunta, pero en verdad, no sabía qué día era, por lo que negó con la cabeza.

—¿Cuántos años tienes?

La joven sostuvo su mirada y la mujer se relamió los labios antes de lanzar una mirada fugaz al hombre y a la muchacha que se encontraban al pie de la cama.

—¿Sabes quién soy yo?

Titubeó antes de negar la cabeza avergonzada. La mujer acarició su mano y, sin dejar de sonreír, dijo:

—Está bien, no pasa nada —le aseguró ella y señaló al hombre y a la muchacha que se encontraban al pie de la cama—. ¿Y ellos? ¿Sabes quienes son?

Negó de nuevo con la cabeza. El hombre se alejó de la cama y le dio la espalda para mirar por la ventana. Escuchó sus respiraciones profundas, como si se estuviera forzando a calmarse como fuera. La muchacha, en cambio, se mordió el labio inferior y sus ojos azules estaban vidriosos. La joven quiso decirle que no había razón para llorar, aunque tampoco comprendía por qué esa chica se estaba esforzando en contener sus lágrimas. Alguien más entró por la puerta y observó a una mujer joven, de cabello platino y ojos castaños cuya respiración era acelerada, como si se acabara de dar una buena carrera.

—¿Eyra…?

—No nos reconoce a ninguno —dijo la mujer de ojos bicolores angustiada—. Tampoco ha formulado palabra. Está claramente confundida.

La mujer de pelo platino se arrodilló junto a la de ojos bicolores y posó su mano contra su pierna. La joven reaccionó ante el contacto de su piel inusualmente fría a pesar de la tela del camisón que lo cubría, pero la mujer de pelo platino sonrió maternalmente.

—Astrid, cariño, ¿recuerdas quien eres?

Ella parpadeó ante su absurda pregunta y entreabrió su boca para responder cuando se dio cuenta que, en verdad, no sabía la respuesta. Sintió un nudo en su pecho que entrecortó su respiración y los presentes se alarmaron ante sus jadeos.

—Astrid, tranquilízate, por favor —advirtió la mujer de pelo platino—. No pasa nada, de verdad. Te acordarás, siempre lo haces.

La joven negó con la cabeza y sintió sus lágrimas empapar sus mejillas. Soltó la mano de la mujer de ojos bicolores y dobló sus piernas para pegarlas contra su pecho.

—¿Por qué no la dormimos? —sugirió la muchacha—. Quizás cuando despierte ya haya recuperado la memoria.

—No es prudente dormirla en este estado, más sabiendo que puede volver a levantarse dormida —advirtió la mujer de cabello platino—. Necesitamos que recuerde al menos quien es. Tal vez podría…

—No —se apresuró a decir la mujer de ojos bicolores—. Sabes que odia cuando usas tu magia para forzarla recordar.

—Pero nunca ha tenido una pérdida de memoria tan severa —dijo entonces el hombre—. En otras ocasiones al menos recuerda su nombre, pero ahora…

—Aún tengo esperanza de que recuerde por sus propios medios —insistió la mujer de ojos bicolores—. Esperemos a que venga Hipo.

La mujer de pelo platino soltó un largo suspiro.

—Eyra, no puede quedarse así mucho tiempo, ya lo sabes.

—Lo sé, por eso quiero que venga Hipo. Si con él no consigue que Astrid recupere la memoria, entonces lo haremos a tu forma.

La joven no entendía nada. Quería que todas esas personas se marcharan y la dejaran en paz. O, mejor, tal vez debería irse ella. Intentó levantarse de la cama, pero la muchacha más joven se cernió enseguida sobre ella para cogerla del brazo y lo mismo hicieron las otras dos mujeres. Ella se asustó y las empujó para que la soltaran a la vez que se puso a patalear y a chillar con toda la fuerza que sus pulmones se lo permitieron. El hombre tuvo que cogerla de las piernas, aunque consiguió quitarse a la muchacha de encima cuando le dio tal empujón que la tiró al suelo.

—Astrid, por favor, te tienes que calmar —le suplicó la mujer de ojos bicolores resistiendo sus empujones con dificultad—. Somos tu familia, cariño, no vamos hacerte daño.

Ella siguió peleando, esforzándose en soltarse y salir huyendo de allí cuando la vio. Una mujer rubia de cabello corto, con la cara sin ojos ni boca y cubierta de sangre se encontraba en un rincón de la habitación. Llevaba una especie de armadura de escamas azules que estaba destrozada en su mayor parte y a la altura de su vientre las vísceras caían de una herida abierta cuya sangre caía a chorro al suelo. La joven se quedó helada y se encogió de terror. La mujer de ojos bicolores miró alarmada a la dirección donde tenía puesta su mirada y la de pelo platino hizo lo mismo.

—¿Qué está viendo? —preguntó la mujer de cabello platino angustiada.

—No… no lo sé, tiene que ser uno de ellos —la zarandeó del hombro, pero la joven no podía apartar los ojos de aquella chica. Sintió sus dedos en su cuello—. ¡Tiene las pulsaciones muy aceleradas!

—¡Hay que despertarla ya! —exclamó el hombre con suma impotencia.

De repente, se escucharon unos pasos muy acelerados y alguien entró en la habitación de forma precipitada. La joven chilló por el exceso de estímulos que la rodeaban y, sin dejar de llorar, se puso a luchar de nuevo para liberarse. Sin embargo, alguien subió a la cama de un soltó y unas manos calientes acunaron su rostro. Ella alzó la mirada y se encontró con unos bellos ojos verdes que conocía muy bien, pero aún no sabía de qué. Se quedó paralizada, contemplando el rostro de aquel joven que sabía que conocía de sobra. Tenía el cabello cobrizo y despeinado, unas cejas pobladas, una nariz ligeramente desproporcionada para su angulosa cara, la cara cubierta de pecas, unos labios finos y se apreciaba una cicatriz en su barbilla que estaba cubierta por una barba muy ligera de apenas un día.

—Está bien, Astrid, está todo bien —dijo él con una voz nasal afectuosa, pero temblorosa—. Estás a salvo. No te va a pasar nada. Solo es uno de tus malos sueños, ¿vale? Solo tienes que recordar.

Ella cerró los ojos con fuerza y se esforzó en hacer memoria, pero era incapaz de concentrarse. ¡Tenía tanto miedo! Abrió los ojos de nuevo y se fijó que había una nueva presencia justo al lado de la muchacha de antes. Sintió que su cuerpo se sacudía por el pánico ante aquel ser deforme y cadavérico que la sonreía mostrando unos dientes quebrados y podridos e intentó zafarse del joven para salir huyendo de aquella habitación.

—Es inútil, hay que forzarla a volver —dijo la mujer de cabello platino.

—Hazlo, madre —suplicó el hombre que sujetaba sus piernas.

—¡No! —gritó el más joven—. Puedo hacerla volver, sé que puedo.

—Hipo, está muy asustada —dijo la muchacha que sostenía ahora su muñeca, ignorante del ser monstruoso que tenía a su lado—. Sabemos que lo odia, pero si sigue así le puede dar algo peor. Sus pulsaciones están muy disparadas.

—Astrid —el chico la obligó a mirarlo y, pese a su resistencia, consiguió sostenerla con firmeza—. ¿Recuerdas nuestra promesa? Que cuando fuera preciso yo recordaría por los dos. Te llamas Astrid Hofferson, eres la hija mayor de Erland y Eyra Hofferson y tienes cuatro hermanos a los que quieres y a veces odias por igual —escuchó a la muchacha sollozar—. Montas una Nadder preciosa que llamaste Tormenta y eres la guerrera más fuerte de toda la aldea. Te encantan los dulces, los días soleados de invierno y quedarte dormida hasta tarde. Tienes muchos talentos y, a veces, ves cosas que los demás no podemos ver y sabes siempre más de lo que nos quieres contar, pero nunca hablas de más, porque eres discreta y tienes la mala costumbre de no decirnos nada para no preocuparnos —el joven acarició sus mejillas con sus pulgares—. Eres mi mejor amiga desde que tengo memoria, pero acabamos enamorándonos cuando éramos dos tontos adolescentes. Yo me colé por ti antes que tú, por supuesto, aunque siempre insistes que eso no es así. Eres mi prometida y vamos a casarnos este invierno porque siempre te quejas de que las celebraciones son en verano y nunca en invierno.

La joven llevó las manos hacia las del chico de ojos verdes y en un susurro casi inaudible dijo:

—¿Hipo?

El chico sonrió aliviado y asintió.

—Sí, soy yo.

Astrid parpadeó confundida y miró a su lado para ver a su madre y a su abuela con gestos de angustia y alivio marcados en sus caras.

—¿Qué… qué ha pasado?

Giró la cabeza hacia su izquierda, donde su hermana Kaysa soltaba lagrimones por sus mejillas. Su padre se encontraba al pie de la cama junto con su hermano Kyli que había entrado con Hipo. Astrid sintió que el nudo de su estómago se aflojaba al comprobar que ni la figura deforme y cadavérica ni la mujer ensangrentada ya no se encontraban allí.

—Te has vuelto a levantar mientras dormías —dijo su madre acariciando su cabello—, pero tranquila, ya estás a salvo en casa. Kaysa se quedará a dormir contigo.

Hipo se apartó ligeramente de ella, pero Astrid cogió de su túnica con desesperación.

—¿No puede quedarse Hipo conmigo?

Se hizo un tenso silencio en el dormitorio y todos la contemplaron desconcertados por su petición, como si fuera algo muy impropio de ella, pero la mente de Astrid seguía difusa y aún tenía un miedo irracional en el cuerpo, como si se hubiera despertado de una pesadilla horrible y sus protagonistas la hubieran seguido desde el mundo de los sueños.

—Sabes muy bien que no, Astrid —advirtió Asta Hofferson con severidad a la vista de que nadie se atrevía a replicar su petición—. Aún no estáis casados y esta es una casa respetable.

—Nadie tiene por qué saberlo —insistió ella ansiosa sin el menor deseo de separarse de él.

—Nosotros lo sabremos, Astrid —intervino su padre—. Ya conoces las normas.

Ella sintió que su cuerpo se ponía a temblar, pero Hipo cogió de sus muñecas y le hizo soltar su túnica con una sonrisa cansada.

—¿Te quedas más tranquila si me quedo a dormir aunque sea con tus hermanos? —se volteó hacia Eyra—. Puedo, ¿verdad?

Su madre se cruzó de brazos.

—Eso no tienes ni que preguntarlo —señaló Eyra.

—Eyra…

—Erland, él sigue siendo de la familia —le interrumpió la mujer con voz amenazante—. Y prefiero mil veces más que duerma aquí con nosotros que solo en esa casa.

Su padre hizo una mueca, pero asintió resignado.

—Tengo poción del sueño —dijo su abuela—. Convendría que bebieras un poco.

—¿Es necesario? —preguntó Astrid con desgana.

—Sí —respondieron todos al unísono.

Astrid hundió los hombros. Odiaba la poción del sueño de su abuela porque la sometía a un sueño demasiado profundo, pero después del numerito que había montado y haber trastocado la noche de toda su familia, parecía que no le quedaba otro remedio. Aceptó el frasco con desgana y se lo bebió de un solo trago para evitar el regusto amargo en su lengua. Su padre la besó en la coronilla antes de retirarse con su hermano y su abuela le acarició la barbilla con ternura. Hipo la besó en la frente y, a pesar de que Astrid le suplicó con la mirada que se quedara, no consiguió convencerlo. Su madre se quedó con ella y con su hermana hasta asegurarse de que estaban acostadas y se sentó junto a ella para acariciar su cabello enmarañado.

—Lo siento —murmuró Astrid sintiéndose culpable.

—No tienes razón para disculparte, cariño —insistió su madre con ternura—. Mañana por la mañana le diremos a la tía Gothi que venga a verte.

—Mañana tengo mucho que hacer y…

Su madre posó sus dedos contra sus labios y le lanzó esa mirada de madre de «ni se te ocurra llevarme la contraria, señorita». Astrid sintió que la poción de su abuela empezaba a hacerle efecto y se hizo un ovillo en la cama después de que su madre le diera un beso de buenas noches.

—¿Por qué le sigue pasando esto? —preguntó Kaysa en un susurro a su madre.

—Esta noche no, Kay —advirtió su madre en un murmullo casi inaudible y escuchó sus labios rozar contra la mejilla de su hermana—. No debería levantarse otra vez, así que duerme tranquila. Tendremos la puerta de nuestro cuarto abierta por si acaso.

Su madre apagó el farol que había colocado en su mesilla de noche y se retiró cerrando la puerta con cuidado. Astrid se volteó cuando sintió a su hermana moverse a su lado. Buscó su mano un tanto adormilada.

—Menudo susto que nos has dado —dijo Kay sin ningún reproche en su voz—. Esta vez has saltado por la ventana.

—¿En serio? —preguntó ella con voz pastosa—. Lo siento, no… no sé por qué me están dando tantos últimamente.

—No es culpa tuya —dijo Kay acurrucándose contra ella—. ¿Has visto algo?

A pesar del sueño que invadía sus ojos, Astrid no titubeó en responder:

—No.

Era casi seguro que Kaysa no la creería, pero había aprendido que no convenía presionarla cuando avistaba a los draugar. Curiosamente, a pesar de la poción del sueño que se había tomado, Kay se quedó dormida antes que ella. Astrid se volvió a voltear en la cama y observó que, por su ventana, entraba el resplandor de las luces del norte que iluminaba su cuarto ligeramente en tonos verdosos y azules. Dada la poción del sueño que nublaba su visión, la joven vikinga solamente apreció la figura de la chica rubia sin cara, cubierta de sangre y con armadura quebrada y oyó el goteo de la sangre de su herida abierta cayendo sobre el suelo de madera. Se preguntó qué se le había tenido que perder para estar en aquella esquina de su cuarto quieta e inmóvil cuando ni siquiera tenía boca para reclamar nada.

A la mañana siguiente, Astrid se despertó desorientada y mareada, efectos frecuentes que sufría siempre que tomaba la poción del sueño de su abuela. Se consoló de que al menos no hubiera sufrido pesadillas, aunque tampoco se sentía descansada. Miró de reojo a la esquina de la habitación y respiró aliviada al ver que la chica ensangrentada ya no se encontraba allí. Se incorporó con dificultad y se frotó el sueño de sus ojos antes de palpar el hueco que había dejado su hermana Kaysa. Las sábanas se sentían frías bajo su tacto, pero tampoco la extrañó. Aún habiendo dormido poco, su hermana pequeña había sido siempre tan madrugadora como su padre, pero Astrid adivinó que debía ser bastante tarde solo por la luz que entraba a través de su ventana.

Abrazó sus piernas contra su pecho, sintiéndose como un auténtica idiota. No era la primera vez que se quedaba en blanco, pero en los últimos meses le había dado más arrebatos que en toda la última década y ni Astrid ni nadie de su entorno conseguían entender por qué. Al principio, cuando aún era una niña, se pensó que era simplemente sonámbula. No era ni frecuente ni tampoco era una rareza, pero en una de las ocasiones en las que su madre acudió a buscarla para llevarla de nuevo a casa se dio cuenta de que estaba despierta y que no era capaz de reconocerla. Según la ocasión, el estado podía durar minutos, en otras coyunturas llegaba a ser horas. La propia Astrid no conseguía comprender qué era lo que realmente le estaba pasando cuando entraba en esos estados en los que se quedaba blanco. Era como si su yo más racional se quedara dormida en un rincón de su mente y solamente una parte muy reducida de su conciencia estuviera despierta. Se transformaba en un ser vacío de recuerdos que vagaba por la isla como si estuviera buscando algo, pero no conseguía nunca encontrarlo. Cuando Astrid volvía en sí podía sentir ese vacío en su pecho que le dolía tanto que a veces no la dejaba respirar.

Había perdido algo, pero nunca conseguía recordar qué era.

Astrid se apoyó contra el cabecero de su cama y respiró hondo antes de decidirse que debía levantarse. Se negaba en rotundo a quedarse en la cama todo el día y necesitaba descargar la tensión que tenía acumulada en su cuerpo. Se puso unas mallas de invierno, colocó las vendas para sujetar sus senos y se puso una camisola que metió bajo sus leggins y seguido una túnica de color azul de manga larga. Se calzó con sus botas de piel de conejo y cogió su capa corta con capucha además de su hacha. Salió de su cuarto procurando no hacer mucho ruido, aunque enseguida se percató que ningún miembro de su familia se encontraba durmiendo en el piso superior de la casa. Entró en la habitación que Kaysa compartía con Seren y buscó entre las cosas de sus hermanas un espejo que la propia Astrid regaló a Seren hacía dos cumpleaños. Sin embargo, tan pronto se contempló en el reflejo, Astrid giró la cabeza espantada y el espejo resbaló de sus dedos para fragmentarse en añicos por el suelo.

—Mierda —murmuró ella frustrada e intentó recoger una de las piezas cuando se cortó con el cristal—. ¡Mierda, joder!

La sangre salió a borbotones de la palma de su mano derecha y Astrid corrió a la cómoda de su hermana Kaysa para coger el botiquín que acostumbraba a guardar en el cajón inferior. Se vendó la mano con la maestría con la que su madre le había enseñado de pequeña y recogió los fragmentos del espejo con un paño y procurando no mirar en su reflejo. Su corazón aún latía fuerte contra su pecho debido al susto que le había causado ver a la mujer ensangrentada en su reflejo y, a pesar de encontrarse sola en la habitación, escuchaba la sangre que salía a borbotones de ella al suelo.

Astrid bajó las escaleras para encontrarse con casi toda su familia terminando el desayuno. Faltaban su padre e Hipo, pero se imaginó que ellos ya se habrían marchado hacía rato. Se hizo un silencio incómodo cuando ella entró en el comedor y Astrid formuló una sonrisa forzada.

—Buenos días —saludó ella intentando ocultar su vergüenza.

Kylian, Jesper y Seren respondieron a su saludo, pero tanto Kaysa como su madre se levantaron de inmediato como dos huracanes para echarle bronca.

—¿Se puede saber qué demonios haces levantada? —preguntó Eyra Hofferson con ese tono de madre que ponía a Astrid de los nervios—. ¡Vuelve ahora mismo a la cama!

—Estoy bien —insistió Astrid.

Kaysa tocó su frente y miró a su madre alarmada.

—¡Si tiene fiebre!

—¡Que estoy bien! —exclamó Astrid con impaciencia—. No tengo ganas de quedarme en la cama todo el día, tengo cosas que hacer.

—Astrid, si no descansas bien…

—¡Da igual lo mucho que descanse, esta mierda no va a desaparecer porque me quede metida en la cama! —gritó ella furiosa—. Lo siento mucho si os asusté, de veras que lo hago, pero no estoy de humor para aguantar estas chiquilladas. Ya no tengo diez años, así que hacedme el favor de dejarme en paz.

Astrid se acercó a la mesa para coger una manzana y un trozo de pan dulce. Dejó los fragmentos del espejo ante Seren y su hermana abrió la boca indignada.

—Lo sé, lo sé, ha sido un accidente. Te compraré otro cuando llegué el primer barco mercante, te lo prometo —dijo ella dirigiéndose a la puerta de atrás y se volvió a su madre que la contemplaba ahora dolida—. Lo siento, ¿vale? Sé que tus intenciones son buenas, pero… no le veo solución y sé que tú tampoco estás teniendo suerte con tus investigaciones, por lo que sencillamente tenemos que resignarnos a que estoy jodida.

—Yo no lo veo así —señaló su madre con tristeza—. Todas las völvas acabamos controlando nuestras bendiciones, tú no vas a ser diferente.

—Yo no soy una völva —dijo Astrid de mala gana.

Kay puso los ojos en blanco ante su comentario y Astrid le fulminó con la mirada.

—No lo soy —repitió la rubia.

—Por mucho que lo repitas no va hacer que dejes de serlo —le recriminó Kaysa—. Eres más poderosa que mamá, Gothi o yo, pero insistes tanto en fingir que eres algo que no eres que luego te pasa lo que te pasa.

—¿Y qué se supone que estoy fingiendo? —replicó Astrid molesta.

—En que eres una humana perfectamente normal y perfecta —intervino Kyli desde la mesa—. Todos sabemos que no lo eres. Tú siempre has sido «la especial», ¿recuerdas?

Astrid apretó con tanta fuerza el mango de su hacha que casi parecía que iba a partirlo en dos. Se sintió incluso tentada de lanzarla contra su hermano, pero decidió que no merecía la pena descargar su ira con nadie de su familia y se marchó de allí a pesar de que su madre la llamó varias veces. Hacía un frío de mil demonios y se maldijo no haber cogido los mitones antes de marcharse de casa, pero estaba tan enfadada con su familia y consigo misma que ni siquiera se planteó en volver. Se adentró en las profundidades del bosque de Mema, dispuesta a desquitarse con algún árbol que pudiera soportar sus hachazos y gritar hasta que sus cuerdas vocales no dieran para más.

No podía soportarlo.

Odiaba ser «la especial». Odiaba que la consideraran como tal.

La estúpida völva que contaba con unas bendiciones extra poderosas que ella no había pedido. La puñetera elegida de Freyja cuya marca refulgía una magia que, por suerte, no la habían obligado a reclamar. La jodida primogénita hermosa y perfecta de los Hofferson que no era más que una máscara que usaba para ocultar sus imperfecciones. La condenada hermana mayor volcada en el bienestar de sus cuatro hermanos y siempre preocupada en que no se metieran en ningún lío. La dichosa futura consorte del Jefe de Isla Mema que estaba abocada a traer el desastre y a desprestigiar la posición de su futuro esposo en el Archipiélago porque no estaba bien de la cabeza.

Nadie parecía entender lo horrible que era ser «la especial» cuando no era más que un timo. Ella no había pedido nunca los dones de völva que había heredado de su madre, tampoco que su supuesta marca de Freyja los ampliara de una forma que rozaba lo macabro. Astrid solo quería ser normal, una chica más de la aldea cuya mayor preocupación fuera vigilar que sus hermanas no le robaran la ropa o que estuviera sobreexcitada por su boda.

¡Dioses! ¡La boda!

Astrid luchó para que las lágrimas no salieran de sus ojos y siguió descargando toda su frustración contra aquel pobre árbol, sin importarle que las astillas rasparan la piel de su cara y que en sus manos le estuvieran saliendo sabañones sangrantes a causa del frío. Finalmente, alcanzó su límite cuando su hacha salió despedida de sus manos hacia otro árbol y Astrid cayó sobre sus rodillas jadeante e insegura de si estaba temblando por el frío o por la ansiedad que la estaba dominando de nuevo. Intentó recuperar el control sobre su propia respiración, pero parecía que su exófago se negaba a dejar pasar aire y no fue capaz de tomar respiraciones largas y profundas que la ayudaran a recuperar el oxígeno para sus pulmones.

Y, para el colmo de sus colmos, la chica ensangrentada volvió a aparecer ante ella y a plena luz del día.

Astrid apartó sus ojos al instante, aterrorizada por la grotesca de aquella mujer casi abierta en canal, pero el sonido de la sangre derramándose en el suelo cubierto de nieve y hojas escarchadas le puso la piel de gallina.

—Vete, por favor —suplicó ella, incapaz de retener sus lágrimas de miedo por más tiempo.

Entonces sintió una respiración entrecortada contra su oreja derecha y Astrid se volteó para encontrarse cara a cara con la mujer cadavérica que se le había aparecido también la noche anterior. Giró la cabeza espantada, intentando alejarse de aquella cosa, pero el cadáver se le echó encima. Astrid sintió cómo las manos frías y deformes de aquella cosa intentaban arrancarle la capa y con una voz de ultratumba murmuraba:

—Carrr...ne… co...ra…

Astrid chilló horrorizada y consiguió quitársela de encima con una violenta patada. El sonido de los huesos y la carne quebrarse le puso la piel de gallina, pero Astrid no se quedó para preocuparse de su estado. Corrió por el bosque tan rápido como sus temblorosas piernas le permitieron hacerlo, incapaz todavía de respirar como era debido y, cuando se giró la cabeza para comprobar que no la seguían, chocó contra algo.

Astrid cayó al suelo y se encogió ante el quejido de dolor de la persona contra la que había impactado. No podía respirar. No podía. Su corazón latía tan rápido que parecía que iba a explotar en su pecho. Iba a morirse, estaba segura de que le iba a dar un infarto.

—¿Astrid?

La vikinga abrió los ojos para encontrarse con las orbes verdes de Hipo. Su prometido acarició su mejilla un tanto titubeante, pero Astrid no dudó en incorporarse para abrazarlo con todas sus fuerzas mientras sollozaba contra su pecho. Hipo le devolvió el abrazo sin titubear y acarició su cabello mientras ella se esforzaba en tranquilizarse.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Hipo—. ¿Qué has visto?

—No… no lo sé, había dos mujeres y una… una…

Su voz se ahogó entre sus irregulares sollozos e Hipo la meció para calmarla.

—Estoy aquí contigo, no voy a dejar que te pase nada —le prometió él.

No era una promesa vacía. Hipo conocía muy bien las circunstancias en las que Astrid avistaba a los draugar. Él siempre había estado allí para ella. Sus padres lo habían criado como uno más de la familia, por lo que Hipo era, técnicamente, el hermano mayor de los Hofferson, aunque nunca había llevado tal apellido y su relación con Astrid distaba mucho de ser filial desde hacía años. No obstante, cuando aún eran pequeños y Astrid avistó a su primer draugr —una anciana carcomida por la enfermedad y cubierta de llagas que balbuceaba palabras inconexas en un idioma extraño— con tan solo seis años, Hipo fue el único que creyó que aquello no era una pesadilla o un producto de su imaginación. Listo como era, cogía a escondidas libros de Gothi y buscaba remedios y amuletos para evitar «los malos espíritus». Ninguna de esas soluciones funcionó, pero él nunca se rindió y Astrid encontró en Hipo su mejor refugio. Los draugar nunca la molestaban cuando él estaba cerca y era el único capaz de hacerla sentir a salvo cuando era acosada por ellos.

Nadie sabía por qué los draugar aparecían solamente ante Astrid. Según Gothi, aquellos seres debían ser fantasmas o espectros que se dedicaban a caminar por el Midgard después de su muerte. Seres que se habían para resolver cuentas pendientes, aunque Astrid nunca había llegado descubrir ni quienes eran ni qué buscaban de ella pues nunca le dirigían la palabra. Estaba familiarizada con todos ellos: el hombre decapitado que cargaba con su cabeza putrefacta en sus brazos, la prostituta con la cara desfigurada, la anciana consumida y cubierta de llagas, la mujer dando de mamar a su bebé muerto… Habían sido varios los draugar que se le habían aparecido y Astrid los temía por su aspecto y sus desconocidas intenciones.

Quizás aquella fuera la razón por la que Astrid, tras ver a los draugar desde muy pequeña como encarnaciones parecían enviadas por la mismísima Hela para atormentarla, hubiera cogido la fama de ser «la valiente Astrid Hofferson», porque no había nada que a ella le despertara el miedo después de haber sido acosada durante tantos años por aquellos seres tan monstruosos. Nadie más que su familia o Hipo sabían de la existencia de los draugar y Astrid agradecía que la discreción fuera una de las virtudes por las que su familia fuera reconocida. Quizás el hecho de ocultar durante tantísimo tiempo la identidad de bruja de su abuela Asta o los poderes de völva que poseían las mujeres de su familia había hecho que los Hofferson se hubieran acostumbrado a guardar secretos.

Hipo esperó pacientemente a que Astrid se calmara del todo. Sus largos dedos peinaban sus extensos mechones rubios que se había soltado de su trenza debido a la carrera que se acababa de pegar. Los cálidos brazos de Hipo la sostenían con firmeza y Astrid se sintió protegida a pesar de que era ella la que solía protegerlo cada vez que se exponía al peligro. Lo había hecho desde siempre y años de lucha y entrenamiento la habían convertido en la guerrera más fuerte y reconocida de toda su generación, como lo habían sido su padre y su abuelo en su momento, además de una de las mejores jinetes de dragón de toda Isla Mema.

—¿Cómo me has encontrado? —preguntó ella en un hilo de voz, posando su mejilla contra su hombro.

—Me he acercado a tu casa para ver cómo estabas y tu madre estaba hecha un manojo de nervios y echándoles la bronca a Kay y a Kyli cuando llegué —argumentó él—. Me dijo que habíais discutido y que te habías marchado muy alterada, por eso he venido a buscarte.

Astrid suspiró agotada.

—Mis hermanos me odian —apuntó Astrid con amargura.

—No lo hacen —se apresuró a replicar Hipo.

—Lo hacen, siempre están echándome en cara lo de que soy «la especial» y lo odio —insistió Astrid con un nudo de la garganta—. ¡Yo no he pedido nada de esto! ¿Crees que a mí me gusta despertarme en mitad de la noche sin recordar siquiera mi nombre y me ponga a caminar hacia los Dioses quieran saber dónde? ¿Que disfruto viendo a… a esos seres tan horribles que ni entiendo por qué se me aparecen? —cogió la mano enguantada de Hipo—. ¿Que con solo tocar la piel de alguien puedo descubrir si quiero el más íntimo de los secretos de su pasado? Yo… yo solo quiero ser normal y me esfuerzo por serlo, ¿qué tiene eso de malo?

Hipo reflexionó su respuesta un momento antes de responder con tono titubeante:

—Solo tú tienes derecho a decidir quién quieres ser, Astrid.

—Eso me hicieron pensar mis padres cuando me dijeron que podía escoger ser una bruja, una völva o una humana normal y corriente —alegó Astrid indignada—. Escogí ser humana precisamente porque yo quería tener una vida normal en Isla Mema, ¿por qué entonces me sucede todo lo contrario y ellos insisten en decirme que soy «especial»?

—Es que eres especial.

Astrid le empujó de mala gana y se incorporó enfadada.

—Astrid, por favor, déjame acabar —dijo Hipo ligeramente irritado mientras se levantaba también.

—¡No soy diferente a los demás, me niego a serlo! —gritó ella frustrada.

—Es que insistes en pensar que por el hecho de poseer los dones que tienes te hacen rara o diferente —argumentó Hipo sin levantar la voz—. Ellos forman parte de ti, Astrid. No puedes darles la espalda y hacer como que no existen. Negar su existencia es como si ahora te pones a decir que ahora eres morena y no rubia. Comprendo que tengas miedo, que no entiendas por qué te suceden estos eventos tan extraños, pero… —Hipo se quitó el guante y cogió de su mano. Su piel ardía contra la suya—. Aceptar la realidad es más fácil que negarla.

—No quiero aceptar que esas cosas, los draugar, son reales… menos cuando solo yo puedo verlas —insistió Astrid con lágrimas en los ojos—. ¿Y si realmente estoy loca? ¿Y si esto es en verdad un problema de mi cabeza y no un don?

—¡No digas eso! —exclamó él apretando con fuerza ahora sus dos manos—. Astrid Hofferson eres la persona con más cabeza y más cuerda que conozco. No estás loca, ¿vale? Jamás me has dado razón para pensar lo contrario.

Ella sorbió su nariz y soltó una de sus manos para limpiar sus lágrimas.

—No entiendo por qué quieres casarte conmigo —dijo ella con voz temblorosa—. Mi familia ha conseguido protegerme todos estos años de los rumores y de las habladurías, pero ahora pasaré a ser tu responsabilidad y…

—Para mí no hay mayor honor que pases a ser mi responsabilidad, Astrid —le interrumpió Hipo—. Te quiero con todas tus virtudes y defectos y siempre... —Hipo posó un dedo bajo su barbilla para que le mirara—. Siempre estaré aquí para ti. Te amo, Astrid Hofferson.

Hipo apoyó su frente contra la suya y Astrid pegó sus manos contra su pecho, agradecida de tenerlo con ella. ¿Qué había hecho para merecerlo? Había völvas que creían en que la existencia humana se basaba en reencarnarse una y otra vez en diferentes vidas y, según cómo se hubiera vivido la anterior vida, la nueva podía ser mejor o peor. Por esa razón, Astrid no podía creerse que hubiera podido hacer algo lo bastante bueno en otra vida como para tener a Hipo en aquella y, a su vez, ser torturada por la presencia de los draugar.

No tenía ningún sentido.

Sin embargo, Astrid Hofferson sabía que no podía quejarse. Tenía una buena vida. Era la primogénita de Eyra y Erland Hofferson, unos padres amorosos y volcados en dar todo por ella y por sus hermanos. Eyra, aún siendo tan distinta a ella como el día lo era de la noche, era una mujer maternal y cercana con sus hijos y se esforzaba en que todos se sintieran entendidos y queridos. Su madre siempre había sido una mujer inusual y distinta a las demás. Inteligente, curiosa, terriblemente despistada y descuidada en sus tareas del hogar, pero necesitada de conocimiento, Eyra Hofferson siempre estaba estudiando algo nuevo y su pasión por las plantas era tal, que había redactado su propio herbario en el que recolectaba información sobre las propiedades de todas las plantas que se encontraban en Isla Mema. Traumatizada por su analfabetismo durante toda su infancia, Eyra siempre se había volcado en que todos sus hijos recibieran una buena educación y ella misma les había enseñado a leer usando la misma metodología que su esposo había usado con ella en su momento. No había palabras para describir cuánto quería Astrid a su madre, pues ella siempre había sido la roca en la que se había sostenido ante cualquier tempestad y era raro que una madre se preocupara porque sus hijos fueron ellos mismos por encima de lo que la sociedad esperaba de ellos. Por esa razón, Eyra Hofferson era el corazón de la familia Hofferson a quien siempre le sobraba amor para dar a cada uno de sus miembros.

Su padre, Erland Hofferson, era un hombre ocupado dada su posición como cabeza de la familia, pero siempre se había preocupado por cada uno de ellos y en estar presente en sus vidas. Adoraba a todos sus hijos con todo su ser y era un padre cariñoso y abierto, prefiriendo velar por su felicidad por encima del deber. De ahí que jamás insinuó la idea de casar a ninguna de sus hijas y mucho menos se opuso a que todas ellas ejercieran profesiones que pudieran considerarse «masculinas» o poco adecuadas para las mujeres. Esto generaba fricciones con su abuela Asta, quien consideraba una tremenda lástima que teniendo las hijas más bellas de toda la aldea, se dedicaran a guerrear, a realizar cirugías o trabajar como herreras. No obstante, la relación con sus abuelos paternos era buena pese a que la abuela Asta fuera una mujer estricta en su educación y una bruja en el sentido literal y sin connotación negativa de la palabra. Su abuelo Thror, quien hacía tiempo que se había retirado de su cargo como representante de la familia en el Consejo y de General de Isla Mema, dedicaba su jubilación a la compañía de su esposa y a la talla de madera cuando la reuma no se la jugaba.

Astrid tenía cuatro hermanos a los que adoraba pese a ser, en numerosas ocasiones, un dolor de muelas que la llevaba por el camino de la amargura. Kaysa había venido al mundo antes de que Astrid cumpliera su primer año y, pese a ser terriblemente contrarias en físico y carácter, Kay y ella lo habían compartido todo desde siempre: desde la revelación de sus sentimientos por Hipo hasta que Kay confesó que solo se sentía atraída por mujeres y que deseaba convertirse en galena como la tía Gothi, por lo que había declarado sus intenciones de no casarse nunca. Como la anciana, su madre y el resto de sus hermanas, Kaysa era una völva que había heredado las cualidades de Gothi para curar y tratar pacientes. Era mejor galena que su madre, que ya era decir, y tenía una intuición y talentos en la medicina que resultaban envidiables. Kaysa era casi siempre la primera en saberlo todo y su mejor confidente además de Brusca Thorston, a quien Astrid consideraba su mejor amiga.

Kylian tenía diecinueve años y era el heredero de los Hofferson. Pese a sufrir unos celos que rozaban lo patológico, era un chico divertido, alegre y extrovertido. Un básico, había señalado Kay en más de una ocasión, pero terminaba dejándose querer cuando sus celos hacia Astrid no lo volvían gilipollas. Kyli era, con diferencia, el hermano con el que más acostumbraba a discutir, sobre todo porque Kylian no llevaba bien que Astrid estuviera por encima de él en casi todo. Astrid peleaba mejor que él y nunca había sido capaz de ganarla, volaba sobre los dragones mejor que cualquier miembro de la familia y mantenía una relación muy estrecha con su padre, quien solía pedirle consejo a ella sobre asuntos del Consejo antes que a él. Su compromiso con Hipo, al que consideraba como su auténtico hermano mayor, había enfriado la relación entre ambos hermanos ante la perspectiva de que Kylian tendría que responder a las órdenes de Astrid cuando se casara con Hipo, sobre todo porque no consideraba que una consorte debía dirigir la aldea y aún menos llevar el título de General. Aún así, por suerte, Kyli jamás la había cuestionado en público y nunca había contado nada sobre su sonambulismo, sus estados en blanco o las apariciones de los draugar, pues él era de los primeros que siempre acudía a su rescate cuando ella desaparecía durante la noche.

Seren y Jesper, los mellizos, vinieron de forma muy inesperada. Eyra y Erland no habían intentado tener más hijos una vez que nació Kylian. Además, su madre, al haber tenido a sus hijos muy seguidos, había estado prácticamente embarazada durante varios años continuos, por lo que no quería ni oír hablar de otro embarazo, más teniendo a cuatro niños a su cargo, así que tomaron medidas cautelares para evitar sorpresas. Aún así, probablemente por algún descuido o porque su madre era de por sí muy despistada, se volvió a quedar embarazada tres años después de dar a luz a Kylian. A diferencia de sus otros embarazos, aquel fue, con diferencia, el más complicado de todos los que tuvo. Ya no solo porque esperaba dos criaturas, sino porque además la guerra con los dragones había alcanzado su culmen y era tal estrés de mantener a salvo a todos sus hijos que acabó rompiendo aguas a los siete meses de embarazo. Por suerte, Frigga bendijo aquel alumbramiento, pues los mellizos, aún pequeños en tamaño, nacieron en circunstancias propicias y gracias a la atención de su abuela paterna, quién usó su magia para tratar a los pequeños, Seren y Jesper crecieron sin sufrir ninguna secuela del parto. Los mellizos demostraron tener caracteres completamente opuestos. Seren, quien había heredado el cabello platino de su abuela, era extrovertida, ruidosa y descarada. Trabajaba en la herrería como aprendiz y se le daba tan bien que Bocón no había aceptado a ningún otro aprendiz después de que Hipo se retirara para enfocarse en sus labores como Jefe. Como Astrid y como Kaysa, Seren también contaba con un don de völva que consistía en «ver» los colores de la gente. Gothi había argumentado que su madre había poseído tal don y era así como diferenciaba a las buenas personas de las malas. Seren no prestaba especial atención en aplicar su don para un bien común como el caso de Kaysa, pero al ser tan abierta con sus desprecios y su afecto hacia los demás, que se llegaba a entender que ella usaba su don en beneficio de su círculo social. Según su hermana, Astrid poseía un aura azul que aportaba equilibrio a la familia, pero también estaba acompañada por la melancolía.

Jesper, en cambio, era introvertido, silencioso y cauto. Le gustaba trabajar con animales y, sobre todo, con los dragones, ganando un puesto bien merecido de encargado de los establos de Mema. La mayor parte del tiempo parecía vivir en su mundo interior y siempre tenía la cabeza en las nubes, pero creció para convertirse en un muchacho agradable y educado aunque sin un amplio don de gentes. Astrid siempre había sido especialmente protectora con Jesper, más cuando descubrió que otros niños se metían con él por su sensibilidad y su naturaleza calmada. Jesper no podía ver a los draugar, pero era el único de toda la familia que acostumbraba a no interrogarla cada vez que sufría un episodio de sus estados en blanco y sencillamente se dedicaba a distraerla contándole anécdotas tontas sobre los dragones del establo o incluso se las inventaba sobre la marcha con tal de hacerla sentir mejor.

Y, por supuesto, también estaba Hipo. Debido a la desaparición de su madre cuando apenas era un bebé lactante, Eyra Hofferson se convirtió en su segunda madre mientras Estoico, su padre y Jefe de la aldea, se dedicaba en cuerpo y alma a combatir en la guerra contra los dragones. Hasta que Hipo conoció a Desdentao y dio fin a la guerra con la destrucción de la Muerte Roja, el joven heredero de Isla Mema pasó la mayor parte de su infancia e inicio de la adolescencia con los Hofferson. Astrid tenía recuerdo de tener a Hipo en casa desde que era capaz de hacer memoria y, desde que ella tenía uso de razón, Hipo había sido su mejor amigo. Durante la mayor parte de su infancia actuaron como si fueran hermanos de sangre y eran compañeros de juegos y aventuras imaginarias a las que Kay y Kyli acabaron uniéndose a medida que fueron haciéndose mayores. Era costumbre que siempre que Astrid sufría una pesadilla o le aparecía un draugr, corriera a la cama de Hipo para sentirse protegida. Al principio, cuando aún eran niños, aquel gesto se tomó como un acto de ternura y de una perspectiva puramente filial, pero a la vista que Astrid seguía haciendo lo mismo después de su primer sangrado, sus padres se vieron obligados a retener esas visitas tildadas de «indiscretas» que poco a poco fueron adquiriendo un cariz que poco tenía que ver con lo filial.

Astrid se dio cuenta de que estaba enamorada de él mucho antes de que Hipo encontrase a Desdentao. Sin embargo, en ese momento no quiso aceptar sus propios sentimientos, quizás movida por un fuerte rechazo del solo pensar de que estaba enamorándose del que debería considerar su hermano. Aún así, a medida que fueron entrando en la adolescencia, Hipo pasaba menos tiempo con los Hofferson y más en la herrería trabajando como aprendiz de Bocón o incluso solo, planeando alguna de sus estúpidas ideas para matar dragones. Aquel distanciamiento fue muy doloroso para Astrid, sobre todo porque no comprendía la razón por la que Hipo ya no quería pasar el tiempo con ella cuando siempre habían estado juntos. Años más tarde, una vez que ya se convirtieron en pareja, Hipo le confesó que fueron sus propios sentimientos los que le obligaron a distanciarse, sobre todo porque no veía adecuado enamorarse de alguien que pudiera considerarle como un hermano cuando sus sentimientos poco tenían que ver con lo fraterno. No obstante, las circunstancias dadas por la aparición de Desdentao y la integración de los dragones en la aldea después de los sucesos acontecidos en el Nido, hizo que todo diera un giro de ciento ochenta grados. Hipo había acabado muy malherido después de enfrentarse a la Muerte Roja y fue la propia Astrid quién estuvo cuidando de él después de que apareciera con la pierna destrozada y la espalda cubierta de quemaduras de primer grado. Fue en aquellos momentos en los que Hipo deliraba por la fiebre y de agonía por el dolor en los que Astrid por fin aceptó sus sentimientos por él. Ella se lo decía en voz bajita, contra su oído, mientras rezaba a todos los dioses que se le pasaban por la cabeza de que por favor no se lo llevaran.

Por suerte, Hipo sobrevivió. Ahora, con una pierna menos y con la espalda marcada por unas cicatrices de quemaduras que simbolizaban su triunfo y su trauma a la vez, Hipo se convirtió oficialmente en el heredero de Isla Mema. Durante los siguientes años, Astrid mantuvo sus sentimientos para sí y, aunque volvieron a ser los mejores amigos y a contarse casi todo, la joven vikinga temía que llegara el día en el que Hipo anunciara que estaba enamorado de otra persona, pues nunca parecía que él la apreciera más que como su mejor amiga. Por fortuna, Hipo tampoco mostró interés por nada que no fueran los dragones y, al poco tiempo de cumplir los dieciséis, a Astrid empezaron a llegarle las primeras pedidas de mano. No fue hasta que Thuggory Meathead puso su interés en ella cuando Hipo pareció reaccionar por fin. En verdad, Astrid no quería casarse con Thuggory, pero no negaba que se sentía atraída por el líder de los Cabezas Cuadradas. Se conocían desde hacía años por su amistad con Hipo y, aunque nunca habían sido muy cercanos, siempre habían mantenido un gran respeto mutuo por sus habilidades en el combate. Thuggory era un hombre guapo, atractivo, algo tímido y tosco en el trato y no especialmente inteligente; pero, tal vez resignada en que Hipo jamás le correspondería, se mentalizó de que tal vez podía amar a Thuggory algún día. No obstante, Thuggory, al igual que ella, también estaba enamorado de una amiga de la infancia que le correspondía en sus sentimientos. Cuando Astrid le preguntó por qué entonces le había pedido a ella la mano en lugar de a su amiga, él respondió con tristeza:

—Eres Astrid Hofferson. Tu reputación como guerrera y tu apellido te convierte en la candidata más interesante para convertirte en la consorte de cualquier Jefe. El Consejo me insistió que me comprometiera contigo antes que con Kateriina, sobre todo porque me aseguraron que eras una de las mujeres más bellas de todo el Archipiélago.

Astrid no se ruborizó por su comentario, ya que estaba un poco harta de que la valoraran exclusivamente por su físico y le resultaba demasiado superficial que sus pretendientes acostumbrara a valorarla de inicio ya solo por su físico.

—La verdad es que el Consejo no se equivocaba en eso último —matizó Thuggory azorado—. No cabe duda de que eres una excelente candidata.

Astrid contuvo un mohín.

—Pero tú quieres a otra mujer —advirtió ella.

—Y tú a otro hombre —replicó él con simpatía.

Sus mejillas se tiñeron de rojo.

—Yo…

—Por favor, Astrid, no soy el más listo, pero es evidente que llevas tiempo poniéndole ojitos a Hipo —manifestó Thuggory con diversión y Astrid sintió su cara arder—. No sé si es adecuado decir que tal vez deberías confesarle tus sentimientos.

Astrid negó con la cabeza escandalizada.

—Me ve como su hermana, nos han criado a los dos como tales —le aseguró ella.

Thuggory soltó una carcajada.

—No cabe duda que sois tal para cual.

El compromiso con Thuggory no salió adelante por mutuo acuerdo, pero cuando Astrid acudió a despedir al Jefe de los Cabezas Cuadradas al puerto, Hipo la abordó en pleno camino y la llevó tras el almacén de los pescadores. El vikingo tenía cara como si hubiera visto a uno de los draugar.

—No te cases con Thuggory —le suplicó él.

Astrid frunció el ceño. Habían circulado rumores sobre un posible compromiso entre Thuggory y ella, pero los Hofferson no habían hecho ningún anuncio a pesar de que Thuggory había venido exclusivamente a visitarla.

—¿Qué…? ¿Por qué demonios te tendría que importar si me caso o no con nadie?

—Thuggory y tú no pegáis ni con saliva de dragón —le aseguró Hipo malhumorado.

Astrid alzó una ceja y, furiosa por su actitud paternalista, dijo sin pensar:

—Pues no besa nada mal.

Hipo palideció y parecía que una bofetada le hubiera dolido menos que aquellas palabras.

—¿Hipo…?

—¿Os habéis besado? —cuestionó él sin ocultar la rabia en su voz.

—¿Qué más te da? —replicó ella a la defensiva.

Hipo estaba inusualmente cerca de ella. Podía sentir el calor que su cuerpo irradiaba contra el suyo. Sus ojos se habían oscurecido por la furia y estaban clavados en sus labios. El corazón de Astrid latía tan rápido contra su pecho que tenía la sensación de que iba a salir disparado de ella.

—Me da igual —dijo él con simulada indiferencia—. Haz lo que te dé la gana.

Astrid no se tragó sus palabras e impulsada por una rabia incontrolada, cogió del cuello de su túnica y le obligó a inclinarse para besarla. Fue un beso raro, de esos que al principio una no sabe por dónde tirar, pero que una vez cogido el ritmo era imposible parar hasta que la respiración no daba para más. Cuando ambos se vieron obligados a cortar el beso se contemplaron consternados.

—¿Pero tú…? —preguntó Hipo en un hilo de voz.

—¿Sería posible que…? —dijo Astrid con voz temblorosa.

Era una situación confusa. Ambos estaban colados el uno del otro y no se habían dado cuenta hasta ahora. Se sintieron un poco tontos, pero no dudaron de que al menos debían intentarlo. Los primeros meses, mantuvieron su noviazgo en secreto y nadie pareció sospechar nada puesto que Hipo y ella ya habían vuelto a tener un acercamiento cuando los dragones se integraron en la isla e Hipo seguía siendo un miembro más de la familia de los Hofferson. Sin embargo, Eyra Hofferson sí notó que había algo diferente en su relación y no titubeó en preguntárselo una noche cuando le llevó a su cuarto una infusión para aplacar su sonambulismo. Astrid quiso que se le tragara la tierra, pero Eyra parecía encantada por la noticia.

—Siempre supe que estabais hecho el uno para el otro. Hipo está enamorado de ti desde el instante que te vio por primera vez —señaló su madre risueña.

—¿De verdad no se te hace raro que estemos juntos? Nos habéis criado como hermanos, casi podía decirse que esto es incestuoso —comentó Astrid preocupada.

—No es incesto si no hay relación de sangre —puntualizó Eyra—. Pero estate tranquila, no se lo diré a nadie.

—Ni siquiera a papá —puntualizó Astrid amenazante.

Eyra hizo un puchero.

—¡Si a tu padre también le va hacer ilusión!

—Mamá, que nos conocemos —le advirtió Astrid—. Aún no he superado la vergüenza que me hizo pasar cuando sangré por primera vez y decidió unilateralmente que había que celebrarlo.

—Pero hija, otros padres se habrían horrorizado y él te regaló esa daga tan bonita que…

—Mamá, papá y tú no sois padres normales —le recordó Astrid—. Tan pronto se entere papá que estoy saliendo con Hipo es capaz de ir a ver a Estoico para trazar un contrato de matrimonio y concertar una fecha para nuestra boda.

La sonrisa de Eyra se tensó de repente y Astrid detectó que le estaba ocultando algo.

—¿Qué?

—Nada —se apresuró a decir su madre.

—Mamá…

—Bueno, puede que la parte de redactar el contrato no sea necesaria.

Astrid estrechó los ojos.

—¿Cómo que no será necesario?

Su madre carraspeó incómoda.

—Puede, solo puede, que ya esté redactado.

La joven no dijo nada. Es más, parecía esperar a que su madre se extendiera un poquito más y le explicara de qué demonios estaba hablando. Eyra soltó un largo suspiro.

—Es una historia muy larga, pero digamos que hubo un tiempo que alguien… —su madre tragó saliva—. Había quienes no querían que yo me hiciera cargo de Hipo.

Astrid frunció el ceño.

—¿Quién no quería eso?

—Eso es lo de menos —respondió su madre sacudiendo su mano—. Tú apenas habías nacido y yo ya había estado criando a Hipo desde que desapareció su madre, por lo que comprenderás que no estaba dispuesta a permitir que me quitaran a Hipo de mi tutela.

—¡¿Y se te ocurrió la brillante idea de comprometernos?! —cuestionó Astrid escandalizada.

—En realidad, la idea fue de tu padre —apuntó Eyra con una sonrisa nerviosa—, pero era un contrato que, de alguna manera, os protegía de… —su madre se detuvo y reflexionó sus palabras—. Era una forma de garantizar vuestra seguridad cara a terceros.

—No entiendo nada. Hipo y yo llevamos años siendo mayores de edad, ¿por qué no nos lo habíais dicho antes? —dijo Astrid confundida.

—Porque hasta ahora no nos disteis indicios de que hubiera algo más que amistad entre vosotros —argumentó Eyra—. El contrato era una especie de salvoconducto, nada más.

Astrid se llevó las manos a sus ojos. Le dolía la cabeza y se moría de ganas de zarandear a su madre por haberle ocultado un secreto de estas magnitudes durante tanto tiempo.

—¿Puedo saber al menos de qué queríais protegernos?

Eyra frunció los labios y Astrid puso los ojos en blanco.

—Creía que no había secretos entre nosotros, que teníamos bastante con los que teníamos que guardar de los demás —le recriminó Astrid molesta.

—Hay cosas que es mejor dejarlas en el pasado, sobre todo cuando ya están resueltas —dijo su madre con calma.

Su madre cogió de su mano y, pese a que sintió el impulso de apartarlo, Astrid se dejó. Se veía incapaz de hacerle gestos feos a su madre. Eyra Hofferson no era perfecta, pero sus actos siempre se movilizaban por un impulso puro de amor y ella siempre la había creído cuando le contó lo de los draugar. Además, si no hubiera sido por su madre, Astrid jamás hubiera podido controlar los poderes que había heredado de ella. El poder de ver el pasado y los secretos más oscuros de aquellos a quienes tocaban. En realidad, Astrid podía adentrarse en ese instante en los recuerdos de su madre y contemplar de quién había querido protegerla, pero ambas se prometieron hacía muchos años de que nunca usarían sus poderes entre ellas y mucho menos con los demás miembros de la familia. El derecho a la intimidad era una cuestión fundamental en la familia y todos los hijos Hofferson admiraban que su madre tuviera tanta facilidad en dejarles tener sus propios secretos aún cuando para ella era facilísimo descubrirlos.

Hipo y Astrid mantuvieron su relación en secreto durante un tiempo hasta que, por simples circunstancias de la vida, dejaron de hacerlo. Era imposible ocultar algo cuando resultaba tan evidente y hubiera sido de tontos negar por más tiempo que estaban juntos. Astrid descubrió que cuando estaba con Hipo, los draugar rara vez aparecían ante sus ojos y, además, nunca se levantaba por la noche cuando dormía con él. Era como si la sola presencia Hipo la protegiera de los males que la azotaban, por lo que el noviazgo no tardó en convertirse en compromiso matrimonial. La noticia fue acogida con gran entusiasmo por parte de toda su familia y la aldea salvo por su abuela Asta, quien le preguntó si realmente quería estar con él.

—Le quiero y él me quiere, ¿por qué tendría que dudarlo? —preguntó Astrid confundida.

—Solo digo que hay más peces en el mar y él es la única pareja que has tenido —comentó su abuela forzando un tono ligero—. ¿No te apetecería estar con alguien más…?

—¿Más qué? —preguntó Astrid a la defensiva—. Nunca te ha gustado Hipo y jamás he comprendido por qué.

Asta evadió su mirada, claramente molesta por su acusación.

—Siempre has hecho lo que te ha dado la gana, Astrid —dijo su abuela irritada.

Astrid hizo una mueca.

—¿Otra vez con eso? —cuestionó la joven molesta—. De verdad, abuela, ya han pasado años desde que te dije que no quería bautizarme y convertirme en una bruja. ¿Por qué sigues tan molesta por eso?

—Yo no estoy molesta —le aseguró su abuela—. Tomaste una decisión quizás de forma precipitada e impulsada por tu miedo de que los problemas con los draugar irían a más, pero nunca te has planteado la posibilidad de que la bendición podría hacerlos desaparecer.

—Tú misma lo estás diciendo —señaló Astrid enfadada—. Posibilidad no es lo mismo que garantía.

—Astrid…

—No quiero, abuela. No quiero… me gusta ser humana, ¿vale? Si me convierto en bruja tendría que ocultar mi verdadero yo de los demás, tal y como lo estás haciendo tú. Todos envejecerían y yo… seguiría viéndome joven durante décadas como en tu caso, ¿no? —su abuela titubeó, pero tampoco negó la evidencia—. No quiero sobrevivir a mi familia y a mi futuro marido. Prefiero vivir una vida corta e intensa que una larga y llena de sufrimiento. Quiero ser normal, abuela, no creo que tenga nada de malo pedir eso.

—Pero es que tú no eres normal, Astrid. Eres especial.

Astrid no quería ni plantearse lo que hubiera sido de su vida si hubiera escogido ser una bruja. Ella era la única de su familia que había nacido marcada. Ni Kay ni Seren habían sido marcadas por la diosa, por lo que toda la presión sobre bautizarse había recaído única y exclusivamente en ella. ¡Como si el hecho de ser la primogénita de la familia no hubiera sido suficiente! En verdad, sus padres siempre le habían argumentado que ella era libre de decidir lo que quisiera ser, pero para ello debía tener bases de lo que conllevaba ser una völva, una bruja o una guerrera. Los dones de völva no eran una cosa que Astrid pudiera evadir, pero no tenía interés en seguir los pasos de Gothi y, cuando su hermana Kay mostró haber heredado las cualidades de su tía abuela, Astrid pudo quitarse el marrón de encima y conformarse con simplemente controlar sus poderes y tener una noción básica de primeros auxilios. Sin embargo, Astrid sí se planteó seriamente en convertirse en una bruja. Su abuela le insistió muchísimo que ella tenía las cualidades para ser una bruja muy poderosa y, durante mucho tiempo, sobre todo cuando aún era una niña, quiso ser bautizada. Sus padres le advirtieron que hasta que no cumpliera los dieciséis no podría tomar una decisión definitiva y Astrid agradeció que sus padres fueran tan tajantes en eso, puesto que cuando alcanzó dicha edad, a la joven vikinga le aterraba la sola idea de que la bendición de Freyja empeorara la situación con sus estados en blanco y se ampliara su percepción respecto a la presencia de los draugar. Además, ella ya sentía plena formando parte de la Guardia de Mema como su padre y su abuelo antes que ella y volando sobre los dragones. Su abuela respetó su decisión, pero resultaba demasiado obvio que estaba muy decepcionada con ella.

Astrid se transformó en la guerrera más reputada de la aldea gracias a los entrenamientos de su padre y de su abuelo y estaba feliz con la decisión de mantenerse como una más de la aldea. De esa manera, a pesar de sus poderes de völva, podía vivir una vida normal sin expectativas que no fueran más allá de luchar por la aldea y formar una familia junto al hombre que amaba sin el miedo de que el día que decidiera tener hijos pudiera sobrevivirlos.

Astrid Hofferson no podía quejarse.

Tenía una buena vida y era la que ella había escogido.

Y no había día en el que Astrid no agradeciera a los dioses porque, a pesar de estar maldita, le hubieran dado al menos una familia amorosa en la que acogerse y un hombre como Hipo del que enamorarse.

Tras tranquilizarse del todo después de lo sucedido en el bosque, Hipo la llevó a casa. Astrid intentó disculparse con su madre por la trifulca de aquella mañana, pero ésta sencillamente la abrazó, dándole a entender que no había nada que perdonar. Hipo tuvo que marcharse al cabo de un rato y, pese a las reticencias de su madre, Astrid consiguió convencerla para que se marchara a trabajar mientras se quedaba en la cama descansando. No le hacía especial gracia quedarse sola en casa, pero a Astrid ya había generado suficientes trastornos por un día y, por suerte, no todos los draugar que se le aparecían eran tan terroríficos.

La prostituta pelirroja con la cara desfigurada tenía una expresión ausente y paseaba a su alrededor sin realmente reparar en ella. Tenía los labios pintados de rojo carmesí que se había corrido por su rostro y Astrid sabía que era prostituta porque llevaba ropajes que dejaban poco a la imaginación. También había una mujer de piel cenicienta que vagaba por su casa mientras daba de mamar a un bebé que siempre lucía inmóvil en sus brazos. Su voz demacrada cantaba un arrullo horrendo, como si le hubieran arrancado violentamente las cuerdas vocales, y erizaba la piel de Astrid por el espanto. Sin embargo, aquellas mujeres le inspiraban más tristeza que miedo.

Astrid estaba tumbada en la cama, esforzándose en ignorar a los draugar que caminaban por su cuarto, cuando alguien tocó a la puerta de su casa. Con cierta desgana, Astrid bajó las escaleras y se encontró, para su agradable sorpresa, con Brusca Thorston, su mejor amiga.

—Me habían dicho que estabas enferma, pero chica, yo te veo como siempre —señaló Brusca mirándola de arriba abajo antes de autoinvitarse a pasar y dejando la cesta que cargaba sobre la mesa del comedor—. Traigo sopa de pollo que ha preparado mi madre y trabajos para bordar para pasar el tiempo.

—Sabes que odio bordar —replicó Astrid sentándose en una silla—. ¿Eso que huelo es pastel de manzana?

Brusca sonrió y sacó del fondo de la cesta el delicioso manjar. La madre de Brusca era una grandísima cocinera y Astrid se pirraba por sus dulces.

—Sabes que no puedo comer esas cosas —se lamentó Astrid.

—¡Oh, vamos! ¡Siempre estás con lo mismo! —le recriminó Brusca mientras dejaba el pastel delante de sus narices—. No vas a engordar por comer un poquito.

—Tengo que mantenerme en forma y atosigarme a dulces no ayuda —le recordó Astrid.

Brusca buscó un par de platos y unos cubiertos como si aquella fuera su casa. Brusca y ella habían sido las grandes amigas desde pequeñas. Nadie lo hubiera dicho, puesto que no habían personas más diferentes en toda la aldea que Astrid Hofferson y Brusca Thorston, pero eran sus diferencias lo que las hacían precisamente perfectas la una para la otra. Brusca la hacía reír como nadie y, además, era muy comprensiva. A su lado, la vida se veía menos complicada de lo que era y, pese a que Brusca no estaba al tanto de sus poderes, ni de sus estados en blanco y ni de los draugar, ella siempre olía cuando algo no iba bien. El hecho de que aquel día se hubiera presentado en su casa decía mucho de su amiga y, en verdad, Astrid necesitaba algo como el pastel de manzana de Sigrid Throston para sentirse mejor. Kaysa entró de forma precipitada en su casa cuando Brusca le sirvió su ración.

—Tengo diez minutos, pero yo no me quedo sin pastel —advirtió su hermana tirando sus cosas a un rincón y sentándose al lado de Astrid.

—¡Para ti no hay! —se burló Brusca.

Kaysa le sacó la lengua y Brusca le dio su ración. Poco después, Kyli también apareció seguido de Seren y Jesper.

—¿Pero qué coño? ¡Sois peores que los Terribles Terrores! —les recriminó Brusca—. ¡No puede ser que toda la puñetera familia Hofferson sea golosa!

Astrid se rió mientras sus hermanos se sentaban en torno a la mesa a la espera de recibir su ración. Hipo entró al cabo de un rato con aire curioso y sonrió al ver la escena. Astrid le hizo un gesto para que se sentara con ella y, al no haber más trozos de pastel, le dio parte del suyo. Hipo lo rechazó al principio, pero Astrid insistió, consciente de que ni siquiera Hipo podía negarse a un trozo del delicioso pastel de manzana de Sigrid Thorston.

La mayor de los Hofferson consiguió relajarse por fin gracias a aquel improvisado encuentro familiar. Brusca se reía con Kay de algún cotilleo que compartieron por lo bajo, Seren hablaba con Kyli sobre qué metal era el más adecuado para el hacha que quería que le preparase para su próximo cumpleaños y Jesper compartía impresiones con Hipo sobre cómo debían funcionar los bailes de apareamiento de los Furias Nocturnas. Astrid se apoyó contra el respaldo de su silla mientras se esforzaba en escuchar la conversación entre Hipo y Jesper cuando, de repente, vio a la mujer ensangrentada justo detrás de Brusca. La sangre se derramaba de su herida abierta hasta el suelo y Astrid contempló horrorizada que, aún sin tener cara, se apreciaba una sombra a la altura de la boca.

Algo chasqueó detrás de su mente y, de repente, Astrid ya no estaba en su casa con sus hermanos, Hipo y Brusca. Todo estaba oscuro y hacía frío. Muchísimo frío. Estaba sola en plena oscuridad, rodeada de sombras susurrantes que caminaban a su alrededor como si estuvieran arrastrando los pies. Aquellas voces susurraban su nombre como un cántico mortuorio.

Astrid.

Astrid.

Astrid.

—¿Astrid?

Astrid abrió los ojos un tanto desorientada y se dio cuenta de que estaba tendida en el suelo. Kay estaba a su lado, haciendo aspavientos al resto de sus hermanos para que se apartaran y le dejaran algo de aire. Hipo sostenía su mano con fuerza y Brusca estaba junto a la mesa contemplando la escena muy asustada.

—¿Qué… qué ha pasado? —balbuceó ella no sin esfuerzo.

—Te has desmayado —dijo Kay midiendo sus pulsaciones a través de su muñeca—. El corazón te late muy rápido, As.

¿Cómo no iba hacerlo? ¡La visión que acababa de sufrir la había asustado tanto! Observó que el espectro de la prostituta había vuelto y ahora paseaba por el comedor con su típico aire ausente, pero no había ni rastro de la mujer ensangrentada sin rostro. Kay le ordenó a Jesper que trajera unas hierbas de su alforja y cuando Astrid intentó incorporarse, su hermana le hizo un gesto para que se mantuviera quieta.

—A ver si vas a conseguir ponerte peor.

—Estoy bien —dijo ella con impaciencia.

—Astrid, no lo estás —dijo Brusca de repente—. Un minuto estabas tan normal como siempre y, al siguiente, me estabas mirando como si hubieras visto un fantasma y te has desmayado.

Astrid podía sentir la tensión de sus hermanos y de Hipo. Brusca era muy observadora, a veces demasiado. La vikinga apartó la mirada azorada, temerosa de que su expresión pudiera desvelar más de lo debido. Hipo apretó su mano y Astrid le contempló ansiosa. Hipo comprendió qué debía hacer.

—Voy a llevarla a la cama.

—¿Qué? —espetó Kay—. No lo veo…

—Creo que es buena idea —concordó Astrid.

—Ya la llevo yo, tú no puedes… —empezó a decir Kyli.

—Puedo perfectamente —insistió Hipo un tanto molesto ante la simple sugerencia de que no podía cargar con ella—. No será ni la primera ni la última vez que hago esto con mi futura esposa.

Si Astrid tuviera energías para reírse, lo habría hecho. Hipo no era dado a ofenderse, pero no le gustaba que le tacharan de débil cuando él podía cargar con martillos y armas muy pesadas con mayor facilidad que el más fornido de los guerreros. Sus años trabajando en la herrería y el entrenamiento de dragones había fortalecido su cuerpo y, pese a que aún seguía viéndose larguirucho en comparación con vikingos como Kyli o su propio padre, Hipo tenía una espada amplia, unos brazos fuertes y unas piernas tonificadas que cortaban la respiración. Astrid no era precisamente un peso ligero y, aunque no era la primera vez que la cogía en brazos, le seguía sorprendiendo la facilidad con la que la cargó en brazos. La llevó escaleras arriba y en la planta superior se encontraron con otro espectro. Astrid apretó su cuerpo contra el de Hipo cuando vio a la mujer vestida de blanco, de cabellos oscuros y largos que tampoco tenía cara.

—¿Quién es? —preguntó Hipo en un susurro.

—La mujer morena sin cara —murmuró ella.

Hipo se tensó. Cada vez que aparecía ese espectro, significaba que había otro esperándola más adelante. El gigante de ojos púrpuras.

—Si te quedas no sucederá nada —comentó Astrid contra su cuello.

—Estaré contigo hasta que te duermas —le prometió él.

Como cabía de esperar, el gigante estaba en un rincón de su cuarto. Era una masa oscura y negra, cuyo cuerpo no estaba más definido que sus deslumbrantes ojos púrpuras que brillaban hasta en la oscuridad. Era aterrador, pero nunca había hecho nada más que observar fijamente sus movimientos hasta que aparecía la mujer morena sin cara y desviaba toda su atención en ella. Cuando entraron en su habitación, Astrid procuró concentrarse solamente en Hipo mientras la acostaba en su cama, ignorando la figura gigante negra que estaba en un rincón. Astrid acarició el mentón de su prometido cuando se tumbó con ella y sintió el cosquilleo de su barba incipiente contra sus dedos.

—Tendrás cosas que hacer —señaló ella sintiéndose culpable.

—Pueden esperar —le aseguró él—. Hay cosas más importantes ahora.

Astrid jugó con el cordel del cuello de su túnica.

—Deberías decirle a tu padre que te dé un respiro, tienes demasiadas responsabilidades últimamente —observó ella con aire distraído—. Entiendo que esté eufórico porque ahora tu madre esté de vuelta, pero…

La expresión confusa de Hipo la obligó a parar y rodeó su muñeca con sus dedos con suma delicadeza.

—¿Qué pasa? —preguntó ella preocupada.

—Astrid, mi padre está muerto.

Ella abrió la boca, pero volvió a cerrarla.

—¿No lo recuerdas? —insistió él muy alterado—. Fue hace dos años. ¿No te acuerdas cuando Drago...?

Astrid parpadeó extrañada mientras Hipo intentaba hacerla recordar. ¿Cuando Drago qué? ¿Drago Bludvist? La cabeza empezó a dolerle y todo le daba vueltas. La mujer morena sin cara entró en la habitación y escuchó al gigante púrpura moverse al pie de su cama. Astrid volvió a Hipo movida por el pánico para suplicarle que la sacara de allí, pero sobre ella ya no se encontraba Hipo, sino la mujer ensangrentada. Astrid se quedó paralizada al sentir que la sangre caliente caía sobre ella. Ahora tenía boca, unos labios carnosos, pero pálidos y agrietados, y se apreciaba el contorno de donde deberían estar sus ojos bajo la piel tersa y manchada de sangre. El espectro entreabrió su boca y murmuró con voz rasposa de mujer:

—Recuerda.

—¿Q… qué? —balbuceó ella tontamente.

—Recuerda —repitió el espectro.

Astrid sintió entonces una respiración errática contra su mejilla y cuando volteó la cabeza se encontró cara a cara con la mujer cadáver sonriendo y mostrando su dentadura compuesta por dientes podridos. Astrid chilló aterrorizada, pero cuando intentó apartarse sintió las manos del gigante sujetar sus piernas, a la mujer morena sin rostro coger de uno de sus brazos y la mujer ensangrentada subió su mano hasta su cuello para presionarlo con fuerza para dejarla sin aire. Astrid intentó zafarse de ellos, llamar inútilmente a sus hermanos y a Hipo para que la ayudaran, pero fue inútil. Estaba atrapada a manos de esos seres e iban a matarla.

—No se puede morir dos veces —oyó a una mujer decir.

Astrid abrió violentamente los ojos al oír aquella voz tan desconocida como familiar y se encontró que ya no estaba ni en su habitación ni estaba siendo abordada por los draugar. Ahora se encontraba en el Gran Salón que estaba repleto de muchísima gente. Parecía que estaban celebrando algo, porque todos bebían, reían e incluso bailaban.

—¿Astrid? ¿Me estás escuchando?

Astrid se volteó para encontrarse de bruces con Kateriina Noldor. La consorte de Thuggory Meathead era reconocida por todo el Archipiélago por su belleza y sus exquisitos modales. Su hermoso cabello azabache brillaba a la luz de las antorchas y sus bellos ojos grises azulados mostraban cierta picardía. Llevaba puesto un sobrio vestido verde oscuro de terciopelo que se ajustaba a la perfección a su vientre ligeramente hinchado por el embarazo y tenía su pelo recogido en una bella trenza recogida con horquillas de oro.

—Dis...disculpa —balbuceó ella forzando una sonrisa—. Tenía la cabeza en otra parte.

Kateriina sonrió con calidez.

—Serán los nervios —puntualizó la dama—. ¡No todos los días se celebra una fiesta de compromiso! ¡Yo en la mía también estuve tan nerviosa porque todo saliera bien que apenas pude probar bocado en toda la noche!

Ahora estaba ubicada. ¡Por supuesto! ¡Hoy hacían oficial su compromiso a todo el Archipiélago! Como Jefe de la aldea, Hipo se había visto obligado a celebrar una fiesta e invitar a todos los Jefes de las tribus para presentar a su futura novia ante los líderes del Archipiélago. Era un trámite incómodo y costoso, pero Isla Mema se lo podía permitir y el Consejo había visto oportuno celebrar tal evento para lucir a su espléndida y bella futura consorte de Isla al resto del Archipiélago. En verdad, todo el Archipiélago conocía a Astrid Hofferson, pero la habían conocido como guerrera y Jinete de Mema, no como la futura mujer de Hipo Haddock. Su madre y sus hermanas se habían esmerado en peinar su pelo en una trenza que pecaba de complicada, su abuela había pulido sus uñas y se las había limpiado con esmero y Brusca le había cosido un precioso vestido a medida del color azul de los Hofferson que le quedaba increíble. Astrid era el epicentro de todas las miradas, algo que siempre le había incomodado, más cuando la catalogaban como «una buena pieza» para el afortunado de Hipo Haddock. Astrid se había pasado gran parte de la noche presentándose ante los líderes del Archipiélago que acudían a la fiesta con sus esposas, esposos, hijos e hijas. Alguno incluso se presentó con una amante, algo que había escandalizado a sus abuelos, pero generado las discretas risas de sus padres y a la joven pareja.

Además de Hipo, sus padres y sus abuelos los habían acompañado en todas las presentaciones y quizás para compensar las ausencias Estoico y Valka Haddock y reducir el dramatismo de la orfandad de Hipo. Cuando por fin terminaron con las presentaciones, había dado comienzo a la fiesta, pero Astrid apenas había podido probar boca del suculento banquete que su abuela Asta había organizado personalmente porque había sido abordada por las consortes de los Jefes. Kateriina Noldor había sido la última de todas ellas en interponerse en su camino para alcanzar la comida, pero Astrid no quería parecer maleducada y tuvo que ignorar los rugidos de su estómago hambriento.

—Thuggory me dijo que si no te casaste con él fue porque estabas enamorada de Hipo —comentó Kateriina.

Astrid alzó las cejas por su falta de indiscreción y por no andarse con tantos rodeos respecto a su casi compromiso con el Jefe de los Cabezas Cuadradas.

—Él también me confesó que estaba enamorado de ti —argumentó Astrid.

Kateriina sonrió complacida.

—Supongo que tengo que darte las gracias por rechazarlo.

Astrid se rió un tanto incómoda.

—Creeme, nos hicimos un favor mutuo. Él es guapísimo, no te voy a mentir, pero no me entusiasma la idea de estar con alguien mientras piensa en otra persona.

—No es una perspectiva favorable para ningún matrimonio, está claro —concordó la dama con diversión y cogió de su mano en un gesto afectuoso—. Espero que podamos ser buenas amigas, Lady Hofferson.

Astrid se inclinó ligeramente, tal y como le había enseñado su abuela.

—Lo mismo digo, Lady Noldor.

—Ya sabes lo que dices, detrás de un gran gobernante hay una gran mujer —Kateriina le guiñó el ojo y acarició su vientre con ternura—. Tan pronto os caséis, iréis a por el niño, ¿no?

La mayor de los Hofferson evitó dibujar una expresión de pánico, pero no consiguió formular una respuesta coherente. Por suerte, Kaysa apareció a tiempo para evitar un ridículo espantoso.

—Disculpe Lady Noldor, pero requiero la presencia de mi hermana para un asunto de vida o muerte.

Kateriina alzó las cejas, pero sonrió con diversión por la repentina intromisión de Kay.

—Por supuesto, no te robo más tiempo, Astrid. Nos escribimos pronto.

Astrid ni siquiera pudo responder porque su hermana ya tiraba de su brazo hacia la marabunta de gente. La joven intentó detener a Kay cuando avistó a Hipo hablando animadamente con Thuggory y Dagur el Desquiciado, pero Kaysa le dio un tirón en el brazo para que no se detuviera. Alcanzaron una zona menos concurrida del Gran Salón, donde Seren y Jesper probaban el vino con cara de no gustarles precisamente. Astrid enseguida quitó las copas de sus manos.

—Vosotros dos sois muy jóvenes para beber esto —les recriminó ella con severidad.

Seren puso los ojos en blanco mientras que Jesper bajó la cabeza avergonzado y murmuró una disculpa por lo bajo. Kay, en cambio, se rió.

—¡Venga ya, Astrid! Hablas como si con dieciséis años no bebieras a escondidas —señaló su hermana con diversión mientras le pasaba una empanada de carne.

—Y el tío Finn nos ha dicho que podemos beber siempre y cuando no nos vean Pa, Ma y los abuelos —añadió Seren cruzándose de brazos.

Astrid se anotó mentalmente decirle cuatro palabras a su tío tan pronto le viera a solas. En verdad, la joven quería muchísimo a su tío Finn. Era un hombre taciturno, pero cariñoso con todos ellos. Su tío había sido mercante, pero estuvo preso un par de años por trabajar en el mercado negro transportando alcohol, armas y otras mercancías de gran valor, pero cuestionable moral. La pena fue mínima dadas las influencias de su abuelo en el Archipiélago, pero aún siendo muy pequeña cuando todo aquello sucedió, Astrid recordaba el disgusto de sus abuelos y sobre todo de su padre, quien se había sentido muy culpable de lo sucedido dada su complicada relación. Cuando su tío volvió de prisión, Estoico le asignó un trabajo en el puerto para revisar las mercancías que llegaban a la aldea y cobrar los impuestos requeridos a los barcos mercantes. No era el trabajo de su vida, le comentó una vez su tío con resignación, pero le daba lo suficiente como para poder construirse su propia casa y vivir independiente de la economía de su familia. Finn y Erland Hofferson, quienes nunca se habían llevado bien, se reconciliaron gracias a la cabezonería de Eyra Hofferson, reiniciando su relación desde cero y, a día de hoy, a pesar de no ser íntimos, tenían una relación lo bastante buena como para estar en la misma estancia sin echarse los trastos en la cabeza y, por esa razón, Finn pudo relacionarse con sus sobrinos. Su tío Finn tenía mucha devoción por ellos, especialmente con Astrid, y era el único de la familia, además de su abuela, que consideraba que Hipo Haddock no era lo bastante bueno para ella, de ahí que la relación entre Astrid y su tío fuera un tanto tensa desde el anuncio de su compromiso. Descubrir que Finn ahora se dedicaba a mal influenciar a sus hermanos fue el colmo para ella.

—Astrid, cambia esa cara, por favor —dijo Kay con exasperación—. El tío Finn es el tío Finn, ya lo sabes.

—Una cosa no quita la otra —remarcó la joven y señaló a sus dos hermanos más pequeños—. Como os vuelva a ver bebiendo alcohol os voy a dar semejante patada en el culo que vais a llegar al continente en un suspiro, ¿entendido?

Seren hizo una mueca, pero Jesper asintió con vehemencia. Dada su reprimenda, Astrid fue a dar un bocado a la empanada que le había dado Kay cuando fue abordada por su madre.

—¡Aquí estás! —exclamó su madre y cogió de su mano—. Ven, los Haugsen quieren saludarte.

—Mamá, Astrid lleva toda la noche saludando —dijo Kaysa frustrada—. Tiene pinta de que se va a desfallecer de hambre, ¿no le podemos dar un pequeño descanso?

Eyra sonrió comprensiva, pero Astrid comprendió las intenciones de su madre. La familia Haugsen era una familia pobre con muchos hijos con la que Eyra estaba totalmente involucrada en ayudar a que salieran adelante. La razón por la que deseaba que Astrid se acercara a saludar ahora que oficialmente iba a ser la futura consorte del Jefe se debía más bien a que, para la familia Haugsen, era el mayor de los honores que le dedicara su tiempo en tamaña festividad cuando había tantos nobles y Jefes presentes en la sala. Astrid le tendió la empanada a Kay.

—Luego habrá tiempo para comer —dijo la joven.

—Pero…

—Estoy bien —insistió Astrid guiñándole el ojo—. Vigílame a esos dos.

Astrid se dejó guiar por su madre hasta el otro extremo del Gran Salón, donde la numerosa familia Haugsen estaba comiendo con discreción. Astrid conocía bien a Faye y a Jora Haugsen. Kaysa y Seren habían ejercido de niñeras de sus hijos en numerosas ocasiones y Astrid las había acompañado en más de una ocasión. Einar Haugsen, el mayor de los hermanos, era una delicia de niño que le encantaba jugar en guerras ficticias y soñaba con convertirse en jinete de dragones algún día, aunque aún le quedaba unos años para entrar en la Academia. Aún así, parecía mayor de lo que realmente era y siempre estaba pendiente de que sus hermanos estuvieran bien atendidos. Fue el primero que corrió a saludarle tan pronto las avistaron y Astrid correspondió su abrazo con ternura cuando rodeó su cintura con sus delgados brazos.

—Pareces una princesa —dijo Einar cuando rompió el abrazo.

Astrid se rió.

—¿Y tú cómo sabes cómo se ve una princesa? —preguntó ella con ternura—. En el Archipiélago no hay reyes ni princesas.

—El Jefe me dejó un libro del Archivo con dibujos —respondió él con ojos brillantes—. Me dijo que me ayudaría a mejorar mi comprensión lectora y además tiene muchos dibujos.

Desde muy pequeño, Hipo había recibido una educación excelente. Al parecer, una de las últimas voluntades de su difunta madre había sido precisamente que Hipo fuera educado con rigor para convertirse en un gran Jefe algún día. Aunque no era de presumir de sus conocimientos, Astrid tenía constancia de que su prometido era un genio. Hablaba varias lenguas fluidamente, sabía mucho de todo y, además, era un prodigio de las matemáticas. Esos talentos jamás fueron valorados ni por su padre ni por la aldea, pero no cabía duda de que Hipo siempre había sido un hombre avanzado a su época y la educación recibida había sido básica para ello. Por esa razón, al poco de que le nombraran Jefe, Hipo quiso fomentar la alfabetización para toda la aldea, independientemente de la edad y el sexo, y que los niños fueran educados en conocimientos básicos en lectura, escritura, historia y matemáticas desde pequeños. Eyra, quien había sido analfabeta hasta casi entrar en la adolescencia, había apoyado esa iniciativa con entusiasmo y, cuando no estaba trabajando de galena, se implicaba en enseñar a leer y a escribir a las personas mayores, tal y como le había enseñado su esposo años atrás.

—¿Y acaso me parezco a uno de esos dibujos? —preguntó Astrid con interés.

—Te pareces a una princesa que era una bruja y lucha contra una reina bruja malvada que había usurpado su trono.

Astrid contempló al niño confundida. Aquella historia se le hacía extrañamente familiar, pero no recordaba haberla leído nunca.

—¿Y cómo dices que se llama ese libro? —preguntó la joven extrañada.

Einar iba a contestar, pero Faye Haugsen intervino de repente.

—Disculpa a Einar, Astrid, espero que no te esté molestando.

—No, Einar me estaba contando sobre el libro que…

Einar, sin embargo, había corrido en dirección a unos niños que le habían llamado para jugar y Astrid se quedó con la palabra en la boca. Aquel cuento que le había descrito… ¿de qué le sonaba?

—¿Astrid? ¿Estás bien?

Astrid forzó una sonrisa y le aseguró que sí. Conversó con los Haugsen durante un rato con su madre cuando una niña que había estado comiendo un trozo de pan en una esquina tiró de su falda. La joven se arrodilló a su altura, expectante de que le dijera lo que le tenía que decir, pero la niña se redujo a contemplarla.

—Brenna, cariño, no está bien que te dirijas a alguien para luego no decirle nada —le regañó su padre con suavidad.

Astrid sintió que su corazón le daba un vuelco al escuchar el nombre de la criatura.

—¿Cómo? —preguntó Astrid casi pensarlo.

Jora arqueó una ceja.

—¿Cómo qué?

—¿Cómo dices que se llama?

Su madre intervino muy desconcertada.

—Astrid, conoces a Brenna desde siempre, te hiciste cargo de ella cuando nació Halimenda, ¿recuerdas?

¿Lo recordaba? Hubo un parto. Eso sí lo recordaba, pero esa niña no estaba. Es más, ella tenía la certeza de que había asistido el parto con Brusca. Era el primero al que ella asistió y no tenía ni pajorera idea de lo que estaba haciendo. Es más, una de ellas nació muerta, pero Astrid…

¿Qué hizo Astrid ese día?

En los brazos de Faye Haugsen solo había un bebé, pero tenía la certeza de que habían nacido dos.

—¿Dónde está Assa? —preguntó Astrid confundida.

—¿Quién? —replicó Faye sin comprender.

—La gemela de Hali, ¿dónde está? —insistió Astrid ahora más alterado.

Su madre posó su mano en su hombro y lo presionó a modo de advertencia.

—Astrid, ¿qué demonios te pasa? —susurró Eyra furiosa—. Dijimos que no íbamos a mencionar a la otra niña, bastante mal lo pasó la pobre mujer entonces.

Astrid contempló a su madre sin entenderla.

—¿Pero dónde está la niña?

—Muerta, Astrid, la niña nació muerta y si Faye está viva es porque tu abuela usó su magia para salvarla.

Astrid no entendía nada. Había tenido lagunas últimamente, pero su memoria no podía fallar tanto. Se volvió a Brenna y tocó su rostro movida por un impulso extraño. Su piel estaba caliente y suave, como la de cualquier niña de su edad, pero Astrid recordaba sostener a esa criatura entre sus brazos, cuya respiración era errática y agonizaba ante la enfermedad. Esa niña debía estar muerta.

Brenna Haugsen había muerto durante la plaga.

Un hombre se acercó hacia ella y cuando Astrid alzó la mirada observó horrorizada que era otro espectro. Era un anciano cuya cara estaba deformada por una expresión de dolor y miedo y su pecho estaba al descubierto, mostrando una enorme cicatriz que salía de la altura de su corazón y se extendía con formas de ramas de un árbol muerto. Astrid caminó hacia atrás asustada y confundida, ignorando a su madre y a todos quienes rodeaba. Quería huir de allí, necesitaba salir de allí. Corrió hacia el portón del Gran Salón cuando, a medio camino, se encontró de bruces con la mujer ensangrentada. Ahora su boca estaba perfectamente definida, al igual que sus cejas y el contorno de sus ojos, aunque éstos estaban blancos y sin irises.

Astrid conocía a esa mujer.

De repente, sintió una mano en su cuello que la apretaba y la impulsaba hacia atrás. La joven intentó aplacar a su agresor cuando éste la empujó contra la pared de piedra de un extremo del Gran Salón, pero se quedó sin aire cuando se contempló a sí misma. Aquella mujer era su vivo reflejo, pero a su vez era muy diferente. Su cabello rubio caía largo y en hermosos bucles hasta su cintura, llevaba un extraño vestido de tul negro que ensalzaba sus curvas de una manera que Astrid jamás hubiera osado en vestir y contaba con una belleza impropia en ella. Sus ojos azules refulgían poder y brillaban en sintonía a la energía que parecía salir de su cuerpo.

Aquella versión de sí misma no parecía un draugr.

Era alguien diferente.

Algo diferente.

Mucho más peligroso que cualquiera de los draugar.

—Me has abandonado —sentenció aquella Astrid con la voz cargada de rencor.

—¿Q...qué?

Sus chispeantes ojos azules se tildaron de pura tristeza.

—Siempre estuve contigo, ¿porque decidiste abandonarme, Astrid? —repitió ella dolida.

Astrid no comprendía qué estaba pasando, pero entonces la otra Astrid la impulsó para golpearla de nuevo contra la pared. La joven cerró los ojos expectante de recibir el golpe, pero éste nunca llegó. Volvió a abrir los ojos cuando escuchó el sonido de la lluvia y olió a tierra húmeda. Ya no estaba en el Gran Salón y tampoco llevaba puesto el precioso vestido del baile del compromiso. Parecía estar en la herrería de Bocón, aunque estaba vacía. Notaba su cabello húmedo, al igual que sus ropas, como si hubiera estado bajo la lluvia hacía un instante. Miró hacia los lados buscando a la otra Astrid, pero no parecía haber nadie más allí a parte de ella.

—¿Astrid? ¿Eres tú?

La joven dio un respingo al reconocer la voz de Hipo al fondo de la herrería, tras la cortina que separaba su área de trabajo con la del resto de la forja. Con paso titubeante, Astrid caminó hasta allí y descorrió la cortina con cuidado. Hipo estaba sentado en su mesa de trabajo, con unas ojeras marcadas bajo sus ojos y con cara de estar agotado, aunque ello no impidió que dibujara una sonrisa cálida tan pronto la vio.

—No esperaba que vinieras tan temprano —comentó él recogiendo sus papeles—. No me des un rapapolvo por favor, ya sé que estoy descuidando mis horas de sueño y que te prometí no volver hacerlo, pero esto era urgente y…

Hipo dejó de hablar cuando percibió que algo no estaba bien en ella. Tiró sus papeles a la mesa y acunó su rostro entre sus manos calientes para limpiarle las lágrimas que descendían de sus mejillas.

—¿Qué te pasa? —preguntó él angustiado—. ¿Ha sucedido algo?

—Hipo, no... no entiendo nada —balbuceó ella—. Hace un minuto… hace un minuto estábamos en el Gran Salón celebrando la fiesta de nuestro compromiso y… y los draugar aparecieron y me atacó esta chica que era mi vivo reflejo, solo que era más bella, y…

—Ey, ey, más despacio —le cortó él cuando ella empezó a hiperventilar—. ¿No habrá sido un mal sueño?

—¡No! ¡No era ninguna pesadilla! —chilló Astrid desesperada—. Estaba justo ahora en el Gran Salón, de verdad…

Hipo la contempló muy angustiado.

—Astrid, la fiesta de nuestro compromiso fue hace tres días. Todo fue muy bien y fuiste de las últimas en marcharte. Es más, luego… Luego te escaqueaste y viniste a mi casa, ¿no lo recuerdas?

Astrid frunció el ceño.

—Pero si tú siempre venías a mi casa.

—¿Qué? —preguntó él confundido—. Me temo que te equivocas, jamás hemos hecho nada en tu casa, a menos cuando tus padres están en ella.

—No, me refiero a la casa de Gothi —insistió ella titubeante—. Venías todas las noches porque no podías dormir.

Hipo se mordió el labio e inspiró hondo. Lucía muy preocupado, como si no supiera realmente cómo abordar la situación sin meter la pata.

—Jamás has vivido en casa de Gothi, Astrid.

Astrid palideció y soltó sus manos para dar un paso hacia atrás, aunque tuvo que sostenerse contra la mesa porque sentía que se estaba mareando.

—¿No? —preguntó la joven vacilante.

—No, Astrid —respondió Hipo nervioso—. Creo que deberíamos ir a hablar con tu abuela, esas lagunas que te dan últimamente me están empezando a preocupar de verdad. Es como si confundieras la realidad con tu imaginación.

—No estoy loca —espetó Astrid ofendida.

—No estoy diciendo que lo estés —replicó Hipo angustiado e intentó coger de nuevo de su mano, pero Astrid la apartó en un movimiento brusco—. Astrid, por favor…

—Si tú crees que he perdido la cabeza, ¿qué pensarán todos los demás? —se lamentó Astrid con voz temblorosa—. Yo no he elegido esto, yo… yo…

La joven cubrió sus ojos llorosos con sus manos y un sollozo se le escapó del fondo de su garganta. No opuso resistencia cuando Hipo la rodeó con sus cálidos brazos y aspiró su suave aroma a humo y jabón mientras ella, por fin, cedía a sus propias lágrimas y se dejaba consolar por el amor de su vida.

Aquello sí se le hacía familiar.

Los largos dedos de Hipo acariciaban su cabello con delicadeza. Sus brazos, delgados pero aún así fuertes, la sostenían con suma ternura y dedicación y su pecho era lo bastante ancho para que ella pudiera apoyarse contra él. Sus finos labios besaban su coronilla. Su cuerpo estaba caliente, más de lo normal, pero era una de las cosas que siempre le habían gustado de Hipo. Por las noches, cuando ella se colaba en su habitación, adoraba abrazarse a su cuerpo mientras le hacía el amor o dormía con él, consciente de que con Hipo nunca más pasaría frío. Astrid, que hasta ese momento se había ocultado en el hueco de su cuello, alzó la mirada para buscar sus bellas orbes, tan verdes como las de un bosque en pleno invierno. Aunque ella era considerablemente alta, tuvo que ponerse de puntillas para que sus labios encontraran los suyos. Hipo titubeó al principio, consciente de que aquel beso era una forma de huir del problema, de que Astrid quisiera evadirse de la cruda realidad, pero terminó cediendo.

Siempre cedía cuando se trataba de ella.

Siempre.

La llevó hasta el pequeño cuarto que había en la trastienda de la herrería. La desnudó con lentitud, rozando su piel con pequeños y suaves besos y tiernas caricias que se fueron perdiendo su delicadeza a medida que tenían menos ropa. Aquello sí le era familiar, pensó Astrid casi llorando de alivio cuando Hipo la penetró de una estocada. El movimiento de su cuerpo ardiente contra el suyo, sus respiraciones entrecortadas, la rugosidad de las cicatrices de su espalda contra sus dedos, sus vanos esfuerzos en contener sus gemidos por miedo a que alguien les oyera, sus palabras de amor, su bello rostro deformado en una expresión de puro placer…

—Mírame —le suplicó ella con las mejillas húmedas—. Mírame.

Hipo la contempló con esa mirada tan llena de amor y devoción entremezclada por el deseo con la que ella solía derretirse. Siempre la había mirado así, aún cuando ninguno de los dos había sido consciente de que estaban perdidamente enamorados. ¡Por los dioses, lo amaba tanto! Era un sentimiento que la paralizaba a veces y la dejaba tan vulnerable que Astrid podía pasarse horas llorando ante la sola idea de perderlo.

—Astrid… voy a… voy… —gimió Hipo desesperado.

—Córrete dentro —murmuró ella contra su oído.

Hipo abrió mucho los ojos ante la sugerencia.

—Pero…

Astrid usó sus muslos para colocarse sobre él y movió sus caderas a un ritmo más rápido y vertiginoso que el que Hipo había estado llevando.

—Quiero sentirlo todo —anunció ella suplicante—. Por favor, por favor…

Hipo cogió de su cadera y la ayudó a mantener el ritmo mientras ella saltaba sobre él como si no hubiera un mañana. Se deleitó con los gemidos incontrolados de Hipo que eran como música para sus oídos y ella apretó uno de sus senos mientras que su otra mano acariciaba su clítoris con rapidez, ansiosa porque el fuego que se estaba acumulando en su bajo vientre explotara de una vez por todas. Hipo se corrió primero, arqueando su espalda hasta tal punto que su miembro la golpeó con fuerza mientras descargaba su semén en esa zona tan sensible. Astrid contuvo un chillido en su garganta cuando el orgasmo la azotó como un huracán y se desplomó sobre el cuerpo sudoroso de Hipo.

Se acomodó junto al cuerpo de su prometido y posó su cabeza sobre el pecho. El corazón de Hipo latía con la rapidez de un dragón y su pecho subía y bajaba por sus pulmones anhelantes de aire. Su prometido la abrazó contra él y enredó sus largos dedos en su largo cabello. Astrid suspiró feliz por la embriaguez del sexo y la maravillosa sensación del contacto de piel con piel. Aquello sí se le antojaba familiar y, por alguna razón, Astrid se sentía a salvo en los brazos de Hipo. Su novio no era el más fiero de los guerreros, pero siempre le daba seguridad y estabilidad dentro del caos que era su vida.

Casarse con él había sido la mejor decisión que había tomado nunca.

No tenía dudas al respecto.

Probablemente rendido ante el cansancio acumulado de los días y la repentina sesión de sexo, causó que Hipo se quedara dormido enseguida. Astrid contempló en silencio su rostro relajado y libre de preocupaciones, algo raro de ver en los últimos tiempos. Aunque cara al mundo, Hipo parecía tener todo siempre bajo control, Astrid conocía lo que había detrás de esa fachada de tranquilidad y perfección que Hipo acostumbraba a mostrar. El repentino fallecimiento de su padre había causado que Hipo tuviera que ascender a Jefe demasiado joven y se esforzaba para ocupar el hueco que su padre había dejado. Un listón demasiado alto que era imposible de alcanzar, se lamentaba Hipo con amargura. Estoico Haddock no había sido conocido como «El Inmenso» solo por su fornido tamaño, sino también por su grandeza como líder de la tribu.

Astrid acarició su mandíbula con cuidado de no despertarlo y sintió una extraña desazón en su pecho, como si faltara algo fundamental, pero no consiguió adivinar el qué.

Astrid se levantó de la cama con cuidado de no despertar a Hipo y se vistió. Dio un último vistazo a Hipo, quien había arrugado ligeramente el ceño en su sueño, probablemente por la falta de Astrid a su lado. La joven sonrió antes de descorrer la cortina del cuartito para salir de nuevo a la herrería. No obstante, la joven vikinga sintió un aire helado contra su cara cuando dio un paso al frente y se encontró de bruces con un horizonte marino y nocturno. Astrid soltó un jadeo al sentir que perdía el equilibrio y reparó que estaba al borde de un acantilado. Horrorizada, dio un traspiés hacia atrás, pero se dio contra algo. La joven se volteó y se encontró de bruces con la mujer ensangrentada. Astrid se apartó con rapidez de ella, pero ésta vez no la impulsó el miedo, sino el desconcierto al contemplar por fin su rostro al completo.

—No puede ser —murmuró ella horrorizada.

Salvo por la cicatriz que tenía sobre su ceja derecha y que su pelo estaba muy corto, aquella mujer era un fiel reflejo de sí misma. Diferente a su versión con vestiduras negras, por supuesto, pero cabía decir que esta versión de sí misma era más idéntica a ella.

—¿Quién eres? —preguntó Astrid desconcertada.

—Sabes perfectamente quién soy —respondió el draugr dando un paso hacia delante.

Astrid, por su parte, dio un paso hacia atrás.

—Recuerda.

Ella negó con la cabeza.

—No…

El draugr dio un paso hacia delante y Astrid contempló que la sangre salía a borbotones de la herida de su vientre y las vísceras se balanceaban de un lado a otro.

—Tienes que despertar —le suplicó ella agonizante—. Tienes que luchar.

Astrid estaba paralizada de la impresión y el draugr extendió su mano hacia ella.

—Pero… pero…

—Recuerda —repitió el espectro.

—¡No sé que tengo que recordar! —chilló ella desesperada.

El draugr se detuvo a un solo paso de ella y su mano quedaba a pocos milímetros de su cara. El reflejo de Astrid tosió hasta tal punto que soltó sangre por su boca. La joven la contempló angustiada, consciente de la agonía que debía estar sufriendo. El draugr la miró con intensidad, casi como si estuviera suplicándole que acabara con todo aquello.

—¿Qué… qué quieres de mí? —murmuró Astrid desesperada—. ¿Qué necesitas que recuerde?

—La verdad —respondió enigmáticamente—. Tú. Yo. Nosotras.

—¿No… nosotras? —repitió ella desconcertada.

El draugr extendió su mano y Astrid comprendió que le estaba dando el poder de elegir. Vivir esa existencia tortuosa y confusa o recordar lo que el draugr quisiera que ella recordara. Quizás esa era la incertidumbre que la azotaba, lo que explicaba la existencia de los draugar, lo que le faltaba para rellenar el extraño vacío que había dentro de ella. Titubeante, Astrid alzó su mano y, tan pronto sus dedos rozaron con los suyos, todos sus recuerdos la golpearon como una onda expansiva.

Lo recordó todo.

Todo.

Su vida en el aquelarre del Sabbat. Lo sola que se había sentido desde que había tenido memoria, preguntándose si había alguien la estuviera esperando o buscando más allá de los muros invisibles del aquelarre. Las palizas que Le Fey le propinaba desde muy pequeña, explorando los límites que disponía para hacerla daño, marcándola y traumatizándola para el resto de su existencia. El aislamiento en el aquelarre, el ser una paria dentro de lo que parecía ser su única familia en el mundo. El despertar de su poder otorgado por el Dios del Trueno y vivir marcada para siempre por las heridas causadas por su magia. El tener que ocultar que no era más que una niña solitaria y abandonada que solo anhelaba un poco de cariño por una imagen fría e indiferente que ambicionaba poder por encima de todo. Su primer asesinato que resultó ser más un accidente con un hombre que probablemente no mereciera morir. Todas las víctimas que vinieron después y su horrible pérdida de la virginidad. Su ascensión en el ejército y su nombramiento como General del ejército de Le Fey. Su incesante búsqueda de sus orígenes y guerras, guerras y más guerras. Su desobediencia por no querer robar ningún bebé de los brazos de su madre. El juicio. Su sentencia a morir.

Hipo.

El vínculo.

Su vida en Isla Mema. El vivir oculta de los humanos, fingiendo ser algo que en un principio despreciaba, pero que terminaría acostumbrándose a parecer humana y comportándose como tal. El desprecio mutuo que Hipo y ella compartían. La epidemia. Brenna Haugsen muriendo en sus brazos. El viejo Gormdsen asesinado por ella. El funeral y el exceso de hidromiel que nubló sus sentidos. Su primer beso con Hipo. Los primeros estragos del vínculo. El festival del Deshielo. El asesinato del cazador a manos de Hipo. La invocación de Hela. La primera ocasión en la que Astrid contempló la espalda cubierta de cicatrices de Hipo. La primera noche durmiendo juntos. Todas las que le continuaron y la frustración que esos encuentros nocturnos generó en ellos. El nacimiento de las gemelas Haugsen. Su segundo beso. Su primera vez con Hipo. Sus otras muchas noches acostándose con Hipo. La aparición de Rosethorn y su fallido intento de secuestro que trajo la caza de brujas a Isla Mema. El compromiso de Hipo con Kateriina Noldor. La promesa de que Hipo la ayudaría a encontrar a su familia costase lo que costase. El hallazgo del grimorio. Su incapacidad para romper el vínculo. Su odio desmesurado contra Hipo por enamorarse de ella cuando la propia Astrid ya estaba colada por él hasta los huesos. La aparición de Anya y su casi exitoso intento de asesinato. El despertar de los poderes de Hipo y la confesión de los sentimientos de Astrid por él. La promesa de que Hipo permanecería con ella sin importarle las consecuencias que la anulación de su boda pudieran traerle.

La boda.

El regreso de Le Fey.

La huída de Isla Mema y del Archipiélago. El alcoholismo de Hipo y su casi ruptura. La reconciliación y el duelo por aquellos a quienes consideraban muertos por su culpa. La huída al Mediterráneo. Grecia. Fira. Su vida como falsos casados, bronceados por el sol, enamorados, pero eternamente tristes por la vida que habían dejado atrás. El descontrol de los poderes de Astrid y la creciente e inexplicable magia de Hipo. El regreso a su antiguo hogar oculto entre la niebla y custodiado por un dragón casi tan viejo como el tiempo. El desengaño de no encontrar las respuestas que buscaban. Elea, la sirena y las cinco profecías del agua, quien siempre lo sabe todo. La plaga de Fira. El linchamiento de la población contra ellos. El asesinato del cura pedófilo. La quema de la iglesia. El largo regreso a casa. El norte de Hispania. Londinium. El secuestro de Hipo. El primer encuentro con Finn Hofferson y la pérdida del grimorio. La vuelta al Archipiélago. Su secuestro a manos de Eret hijo de Eret. El hallazgo del Nido y de Valka. El desprecio de un hijo a una madre a la que siente que le ha abandonado. Los muchos secretos de la guardiana del Nido. La batalla de la Isla de los Marginados. El reencuentro con aquellos a quienes consideraban muertos. Su primer enfrentamiento contra Thuggory. El descubrimiento de que Le Fey no podía matarla. La maldición de Gothi y su sueño eterno. La huída por los pelos de la Isla de los Marginados. La búsqueda de Finn Hofferson para recuperar el grimorio y hallar las respuestas que ella buscaba. La masacre de la tribu Berserker.

El descubrimiento de que sus padres estaban muertos y que Asta Hofferson, antes Lund, era una de las autoras del grimorio y su abuela.

El intento de huída de las garras de Hofferson y su secuestro a manos del aquelarre del Mairu. La revelación de que toda su vida como bruja había sido construída a base de mentiras y que su infertilidad había sido causada por la propia Le Fey. La profecía del Paladín de Surt, la cual acabaría cayendo sobre Hipo tras escuchar la verdad oculta de Valka. La identidad mágica de la madre de Hipo. El perdón de un hijo que por fin comprendió los actos de su madre. Su contacto con la fuente de Freyja escondido bajo el nido. La revelación de que Asta Hofferson había querido venderla a Le Fey a cambio de su libertad. La alianza con el aquelarre del Nakk.

La batalla por Isla Mema.

La mutilación de Desdentao a manos de Thuggory. El despertar del Paladín que Astrid consiguió aplacar a tiempo. Su enfrentamiento cuerpo a cuerpo contra Thuggory. Su casi exitoso asesinato. El reencuentro de un hombre que, durante años, pensó que había perdido el amor de su vida. La restauración de una línea de sangre que parecía extinta con la reunión de dos hermanos. El hospital improvisado del Gran Salón. Su falta de horas sin dormir para atender a los heridos. El hallazgo de los medallones de compromiso de sus padres. La historia de Eyra y Erland Hofferson y su horrible y desconsolador final. El dolor encarnado en tormenta de una huérfana quien, por puro accidente, descargó toda su ira y frustración en el hombre que más amaba. La culpa, la rabia y un proceso de duelo que debía acabar en venganza. La alianza con los tres grandes aquelarres que quedaban en el Archipiélago. El ritual de purificación. Su encuentro con Freyja y su imposible solución para resolver el conflicto. La Resistencia unida para una última batalla. La cesión de poderes de Finn a ella como la única heredera de la familia Hofferson. La decisión de las reinas para que ella liderase el ejército de las brujas. La revelación del pasado que unió a Moryen Blatvasky y Asta Lund y cómo su abuela había huído de su destino durante años para construir una vida entre los humanos. El dolor de un hijo ante la cruda verdad. Promesas de amor antes de una batalla prácticamente imposible de ganar.

La batalla por el Archipiélago.

La aparición del Alfa que prácticamente destruye toda la estrategia de la Resistencia. El regreso de Valka con el Bestibestia del Nido. Su lucha mano a mano con la Resistencia. El secuestro de Hipo a manos de Thuggory. Su última lucha contra Le Fey. Su sacrificio imposible y la pérdida definitiva de su magia para evitar que la bruja habite su cuerpo. La muerte de la reina a manos de aquel que ella creía amar y el sacrificio imposible de una bestia que antes fue hombre que aceptó por fin que su amada no iba a regresar.

La ruptura del vínculo.

Un profundo vacío y un dolor casi imposible de describir en palabras. Las almas liberadas de la prisión de Le Fey. La suave lluvia cayendo sobre su rostro. La confirmación de que sus sentimientos por Hipo no eran producto del vínculo. Una casi confesión de amor.

Una espada atravesándola por completo.

Ni siquiera tuvo tiempo para sentir dolor.

Solo tuvo frío.

Mucho frío.

Hipo la sostuvo en sus brazos, inconsolable ante la visión de que ella fuera a morir. Fueron tantas las palabras que ella quiso decir y tan pocas las que fue capaz de formular. Lo amaba. Lo amaba con todo su ser y era injusto que después de todo lo que habían pasado juntos, ella fuera a morir así.

Una última promesa.

Un último «te quiero».

Y, después, todo fue oscuridad hasta que despertó de nuevo aún estando dormida.

O más bien muerta.

Ahora lo recordaba todo.

Todo.

Ella era Astrid, la Nacida de la Tormenta.

Una bruja de la tormenta.

O al menos lo fue una vez.

Pero nació con otro nombre.

Astrid. Astrid Hofferson.

Y estaba muerta y, sin embargo, el frío viento de los acantilados la hacía temblar. La nieve quemaba la planta de sus pies, mojaba su camisón y las lágrimas calientes empapaban su cara.

Todo se sentía como cuando estaba viva.

Sin embargo, estaba muerta.

Tenía que estarlo.

Pero también estaba despierta y había recuperado por fin todos sus recuerdos.

Por tanto, solo quedaba una pregunta por responder:

¿Dónde demonios estaba?

Xx.