Disclaimer: Los personajes de Shingeki no Kyojin pertenecen a su respectivo dueño.
Advertencias: AU, posible Ooc, menores de edad en situaciones sexuales, violencia, muerte, temas oscuros, moral dudosa, crueldad animal y muchas cosas desagradables de la sociedad.
Aclaraciones: La historia está dividida en fragmentos pero sigue una sola línea temporal, espero que no quede demasiado confuso.
LXXI
Sus dos ojos adquirieron la transparencia más profunda, que no es la del aire o el cielo, sino la circunscrita y viva, sin topes de color.
—José María Arguedas, El zorro de arriba y el zorro de abajo.
Cuando Mikasa le contó a Levi sobre su pequeño altercado en el parque, el rostro de hombre mostró una leve punzada de culpa.
—Por eso no quería que siguas involucrada conmigo, mucha gente me odia, eso lo sabes bien.
Mikasa torció sus labios, precisamente por eso estaba renuente a contarle, no quería que él usara aquel suceso para poder alejarla. Sin embargo, era incapaz de mentirle, él hizo tanto por ella que lo mínimo que podía hacer era ser siempre honesta.
—Estoy bien —dijo en voz baja, incapaz de mirarlo a los ojos.
—No lo estás —rebatió Levi, con voz grave.
Ella agachó la cabeza, tenía la esperanza de que con esa acción Levi no fuera capaz de leerla tan fácilmente. Entonces, sintió como una mano tomaba su barbilla y la obligaba a levantar la cabeza.
Los ojos de Levi reflejaban un sentimiento que nunca había visto en él de forma tan notoria como en ese instante. Era preocupación en su estado más puro. Él realmente estaba preocupado por ella. Un adormecimiento agradable y eufórico se apoderó de su cuerpo.
—Si estás a mi lado, siempre estaré bien —susurró mientras sus labios formaban una pequeña pero sincera sonrisa.
Levi suspiró, exasperado.
—Joder, eres más terca que una mula, si continuas con esa actitud estarás diez metros bajo tierra.
—Pero moriría feliz porque nunca me aparté de tu lado —ella insistió, cada palabra pronunciada estaba cargada de ferviente pasión.
Él se veía incómodo, tal vez no estaba acostumbrado a esa clase de afecto tan descarado, pero la preocupación nunca abandonó sus ojos. Entonces, acercó su rostro al de ella y besó con delicadeza la cicatriz que se encontraba bajo su ojo derecho.
LXXII
Y la fúnebre noche del pecado,
con un manto de sombras enlutado,
cayó sobre los dos.
—Juan Arolas, Poesías religiosas, caballerescas, amatorias y orientales.
Mikasa envolvió los brazos alrededor del cuello de Levi, disfrutando del calor que se apoderaba de su cuerpo, literalmente sentía que sus entrañas se derretían. El mayor besó su mejilla suavemente.
—Estarás bien —él murmuró contra su piel.
Ella sólo asintió mientras apretaba su agarre, los labios de Levi eran ásperos y, paradójicamente, suaves al mismo tiempo, capaces de dar caricias bruscas contra su piel sensible. Todo contacto físico que él se dignaba a dar siempre era tosco pero ella nunca se quejó, de hecho, estaba particularmente encantada por esa manera de ser que ponía a prueba la resistencia de su cuerpo. Levi era ciertamente torpe pero nunca le hizo daño, por eso, se sentía segura con él.
Mikasa cerró los ojos, su cabeza le daba vueltas, no sabía si era por las atenciones de Levi o por todo el ron que bebió minutos atrás. En la oscuridad de sus párpados pudo vislumbrar la brillante luz de la absoluta desinhibición deslumbrándola por completo.
Electricidad pura azotó su columna vertebral cuando la mano derecha de Levi se arrastró lentamente por uno de sus muslos níveos. La sensación de esos dedos deslizándose por su piel la hacían estremecerse, casi parecía que estuvieran absorbiendo toda su fuerza, provocando que su cuerpo se adormeciera.
Mikasa abrió los ojos lentamente, en ese instante su mirada se enfrentó al rostro pétreo de Levi, quien se encontraba encima de ella. El cuerpo de la muchacha empezó a temblar, como si tuviera fiebre alta. No tenía miedo, en realidad, una emoción más primordial se revolvía en su bajo vientre.
¡Diablos! ¡No podía resistirse a ese hombre! Entonces, Mikasa lo besó bruscamente, perdiéndose en el sabor de esos labios. Mientras tanto, la mano de Levi se adentró aún más en su falda.
—Estás tan mojada —Levi comentó sardónicamente, sus dedos acariciaban la tela húmeda de la ropa interior de Mikasa. Ella volvió a cerrar los ojos y respiró profundamente, concentrándose en la suavidad del colchón contra su espalda. Sin embargo, de sus labios escapaban vergonzosos gimoteos, ¿cómo podía sentir tanto placer con unos simples toques?
En ese momento, el mundo le pareció irrelevante.
LXXIII
¿Se contaminó la arcilla el día de la creación?
—Hella Haasse, La ciudad escarlata: La novela de los Borgia.
El cuchillo de Levi estaba manchado de sangre, de nuevo. Mikasa bufó mientras lanzaba el arma descuidadamente al lavabo de su baño, lo limpiaría después. El sonido agudo del metal chocando contra la porcelana resonó por toda la habitación.
De inmediato se dirigió a la cama, realmente necesitaba descansar. Cuando su cabeza golpeó la almohada de plumas, su mente revivió los recuerdos manchados de sangre; Mikasa cubrió su rostro con las mantas en un intento por bloquear aquellas nefastas imágenes. Entonces, se dio cuenta de algo importante: mató tres veces, ¡tres! ¿Eso la hacía una mala persona?
—No es mi culpa —se recordó a sí misma. Ellos atacaron primero, ¡prácticamente la forzaron a hacerlo!
Con lentitud, apartó las mantas de su cara, sus ojos se enfrentaron a la oscuridad de su habitación.
—¿Por qué la gente quiere lastimarme? —susurró mientras sus manos apretaban con fuerza la tela de algodón de su cobertor.
Nunca dañó a nadie pero el mundo se empecinaba en atacarla, no lo entendía y eso era lo que la enfurecía. La sociedad humana era demasiado arbitraria.
Con un suspiro sonoro, decidió dejar pensar en esas cosas, la cabeza le estaba empezando a doler.
LXXIV
Muero de un pensamiento mudo como una herida…
—Delmira Agustini, Cantos de la mañana.
Para Mikasa, Levi estaba enteramente compuesto por misterios, cada vez que él hablaba sobre su vida, nuevos enigmas salían a flote, nunca podía encontrar una verdad completa, todo estaba fragmentado. Incluso con todo lo que sabía, ella estaba lejos de conocerlo de la manera que anhelaba. A veces, la mirada de Levi se volvía lejana como si estuviera viendo otra época, atrás en el tiempo, en esas ocasiones Mikasa prácticamente podía saborear la marcada distancia que los separaba.
Aquella tarde soleada, ella era especialmente consciente de la distancia que los separaba, a pesar de estar sentados juntos, debido a la mirada extraña que tenía Levi. Era inusual, casi se podía afirmar que parecía triste. Durante todo ese tiempo sus ojos nunca se encontraron, hecho que era intrigante pues últimamente Levi siempre tenía sus ojos clavados en ella, por razones que ella no comprendía ¿tal vez disfrutaba observándola?
Entonces, una voz ronca interrumpió sus pensamientos:
—¿Te gustó tu niñez?
Mikasa ladeó su cabeza, intrigada, era la primera vez que él quería saber algún detalle sobre su vida.
—No mucho —su mente se perdió en recuerdos agridulces. En realidad, tuvo una niñez relativamente buena, nunca le faltó nada pero siempre estaba sola en casa, incluso antes de mudarse, tal vez, por esa razón, se aferró tanto a sus viejos amigos Eren y Armin. Ese sentimiento parasitó su corazón por mucho tiempo hasta que conoció a Levi.
Él, al escuchar la respuesta, sonrió ligeramente pero esa sonrisa no reflejaba diversión alguna, era más una sonrisa amarga.
—Eso explica tu extraña personalidad, mocosa melancólica.
—Tú eres el único extraño aquí, enano —Mikasa rebatió rápidamente, sin pensar demasiado en sus palabras.
—No eres la primera persona que me dice una cosa así —Levi clavó su mirada aburrida en ella, quien se estremeció hasta los huesos pues en aquellos ojos azules brilló algo que no supo reconocer, aun así aquello no pudo evitar que un comentario mordaz escapara de sus labios:
—Te creo.
—Deja de vomitar mierda, chiquilla —la expresión de Levi se oscureció.
Mikasa quiso enmendar un poco la situación, así que decidió revelar un poco de su niñez.
—Los niños siempre me molestaban por mi apariencia, decían que era extraña o algo así —ella bajó la mirada.
Levi la miró de pies a cabeza.
—Cuando era niño la gente solía meterse conmigo por ser judío y también por ser hijo de una prostituta.
—¿Y qué hacías? —Mikasa levantó la cabeza.
—Los golpeaba hasta dejarlos medio muertos —respondió con simpleza.
Ella rió suavemente, también hacía exactamente lo mismo, en su imaginación vio a un pequeño Levi masacrando a un grupo de personas con sus puños.
—Me gustaba romperles los dientes a patadas, de esa manera sus asquerosas bocas dejarían de hablar estupideces —él continuó, un rastro de satisfacción se arrastraba por su voz.
Mikasa asintió con la cabeza, estaba muy familiarizada con esa sensación de poder que uno tenía cuando empujaba al rival hasta el fondo de un abismo de dolor, era algo que sintió cada vez que vio a sus atacantes caer al suelo, desangrados. Entonces, ella decidió mirarlo a los ojos, en cuanto lo hizo, algo en su interior revoloteó, pues había oscuridad en los ojos azules de Levi, un brillo depredador, seguramente estaba recordando las palizas que repartió en el pasado, y de lo mucho que disfrutó darlas.
El deseo en su estado más puro se aglomeró entre los muslos de Mikasa.
LXXV
Ya murió la época en que a una mujer se la comparaba metafóricamente a una sirena… una estrella… o una flor…
—Hilda Mundy, Pirotecnia, ensayo miedoso de literatura ultraísta.
Mikasa abrió la puerta de su habitación de un solo golpe y rápidamente se dirigió a su tocador. Arrugó la nariz en cuanto vio su reflejo, su piel estaba cubierta por una fina capa de sudor. Eso era lo malo de trotar en las mañanas, sentirse sucia tan temprano.
Con un movimiento rápido, se quitó la camiseta sudada, dejando al descubierto su torso ligeramente musculoso. Por varios segundos, observó sus firmes abdominales, de inmediato, sintió un pinchazo de orgullo. Aquello era una muestra visible de su propia fortaleza. Sonrió ligeramente.
Su sonrisa se convirtió en una mueca de disgusto en cuanto vio el estado de su cabellera negra. Gruesos mechones negros, mojados y grasientos, se pegaban desagradablemente a su rostro. No tenía el cabello tan largo pero, sin duda alguna, le parecía muy desagradable aquella situación.
Sin ninguna vacilación, tomó las tijeras que se encontraban sobre la superficie de madera de su cómoda y procedió a recortar cada mechón de cabello que considerase un estorbo. El piso se llenó de hilos negros.
Frente a Mikasa se encontraba el reflejo de una adolescente con un corte de cabello demasiado corto para los estándares de su madre. Sonrió, estaba satisfecha con el resultado.
LXXVI
La gracia pura de sus movimientos de niña
hacían del espectáculo vulgar una obra divina.
—John Barlas, Phantasmagoria.
Mikasa, con lentitud calculada, desabrochó su camisa blanca. Frente a ella, Levi mantenía su rostro ilegible pero un extraño fuego ardía en sus ojos azules. Ella trataba de parecer tranquila pero el temblor en sus manos delataba lo nerviosa que se sentía. A medida que su piel quedaba expuesta, el ambiente frío la acariciaba, haciéndola estremecer. En cuanto la camisa cayó al brillante suelo de madera, su torso desnudo quedó expuesto a la mirada penetrante de Levi. Mikasa detestaba usar sostenes pues sentía que la limitaban, sólo los usaba cuando hacía deportes. Sus pechos eran de un color cremoso y algo pequeños, compuestos de curvas gráciles, un detalle refrescante que contrastaba con la ligera musculatura de sus brazos.
Con un suspiro, Mikasa dirigió sus manos al cierre de su larga falda y lo bajó lentamente, esta vez, su intención no era darle un aire sensual a esa acción, en realidad, la ansiedad carcomía sus nervios, tener los pechos expuestos todavía la cohibía, incluso si no era la primera vez que se encontraba desnuda frente a Levi. El suelo quedó cubierto de oscuridad bajó la forma de una delicada tela. Entonces, se develó una suave y blanca braga. La única barrera que la separaba de la desnudez total. Inspiró y espiró, en un intento de calmar el ligero temblor de sus piernas.
Mikasa caminó hacia Levi, quien estaba totalmente vestido y sentado en la cama. El rostro inexpresivo la ponía ligeramente iracunda, como si su casi desnudez no lo afectara en lo absoluto. Se sobresaltó cuando sintió que unos dedos fríos y callosos acariciaban sus muslos.
LXXVII
Como la voz de un muerto que canta
desde el fondo de su sepulcro,
amante, escucha subir hasta tu retiro
mi voz agria y falsa.
—Paul Verlaine, Poemas saturnianos.
Gotas de agua golpeaban violentamente la ventana, la melodía que nació del contacto entre el agua y el vidrio era adormecedora. Mikasa bostezó mientras frotaba sus ojos con los puños, tenía mucho sueño, no durmió bien la anterior noche pues discutió con su madre, quien todavía estaba empeñada en descubrir la identidad de su "novio", al final, terminaron diciéndose muchas cosas crueles. Cuando se metió en la cama, se encontraba en un estado emocional tan inestable que literalmente ahuyentaba el sueño, se quedó la mayor parte de la noche mirando el techo. Al amanecer, Mikasa se encontraba de un humor terrible, por ello faltó a clases, estaba segura que terminaría explotando en la escuela, en cuanto salió de su "hogar" se fue directo al departamento de Levi, era el único lugar en la ciudad en el que se sentía segura y feliz.
Levi le dio las llaves de su departamento, cuando se las entregó, no hizo ningún comentario al respecto, Mikasa supuso que era su manera particular de decirle que confiaba en ella. Luego de entrar con facilidad no le sorprendió encontrar el lugar vacío, con rapidez, se recostó en un sillón de la sala y se puso a dormitar.
No supo en qué momento se quedó dormida pero el sonido de una puerta abriéndose hizo que su cuerpo se sacudiera, confundida, se levantó del sillón y vio a Levi parado frente a ella, su rostro no mostraba ningún signo de molestia o sorpresa, permanecía con su habitual expresión de aburrimiento.
—¿Qué haces aquí?
Mikasa bostezó mientras estiraba los brazos, sin molestarse en responder.
—Haz lo que quieras —Levi se encogió de hombros y entró a su habitación.
Indiferente a la actitud del mayor, Mikasa caminó hacia la ventana. No se podía ver mucho pues la lluvia, con su capa de agua, cubría por completo la superficie de vidrio. Sin embargo, aquella limitación no la molestó, era más entretenido ver a las gotas de agua bailar frente a ella, de todas maneras, los edificios eran aburridos.
Una melodía extraña atravesó sus oídos, obligándola a darse la vuelta. Era algo que nunca había escuchado antes, cerró los ojos, tratándose de concentrar en ese sonido, se trataba de una canción. Tenía una nota tosca pero al mismo tiempo desprendía suavidad, era una contradicción agradable. Las palabras que se articulaban con la melodía no las comprendía pero, extrañamente, le parecían hermosas. La novedad despertaba fascinación en ella. Con un suspiro emocionado, se dirigió a la fuente del sonido.
En cuanto la puerta de la habitación se abrió, la canción se detuvo. Levi la miró molesto, su prístina camisa blanca se encontraba a medio desabrochar. El rostro de Mikasa no mostraba emoción pero por dentro se moría de nervios.
—Mocosa de mierda —Levi ladró mientras terminaba de quitarse la camisa.
—No sabía que cantabas —ella murmuró mientras tímidamente jugueteaba con una hilacha de su blazer.
—Hay muchas cosas que no sabes sobre mí, mocosa.
Mikasa quiso rebatir, aquello no era verdad. Después de tanto tiempo conociéndose, ella, poco a poco, iba reconociendo cada característica que componía la complicada personalidad del hombre.
—Era una hermosa canción.
—No te acostumbres, no suelo cantar pero esa canción es especial, me la enseñó mi madre.
Ah, eso aclaraba muchas cosas.
—¿Era una canción en hebreo?
Levi asintió.
El corazón de Mikasa se estremeció tanto que tuvo que sentarse en la cama, por alguna razón, le emocionaba mucho descubrir algo nuevo sobre Levi. Saber que él hablaba hebreo era motivo de gran alegría, por más trivial que sonase.
—Eres asombroso —ella murmuró, fuera de sí.
Levi la miró levemente sorprendido, después se arrodilló frente a ella.
—Cantar no es mi único don — él comentó con un tono casi jocoso mientras acariciaba los cremosos muslos de la muchacha.
Mikasa lo miró, atontada. La voz de Levi siempre la hacía sentir como si estuviera dentro de un sueño. Por un instante, el sonido monótono de la lluvia era lo único que se escuchaba.
—Quiero follarte con mi boca —la boca de Levi besó suavemente la sensible piel de la entrepierna. Ella agradeció haberse puesto falda ese día, de verdad, tenía tanta suerte.
En cuestión de segundos, Mikasa tenía los muslos apretados alrededor de la cabeza de Levi mientras sus caderas se sacudían a un ritmo frenético.
LXXVIII
Por vez primera comprendió que nunca había conocido el miedo porque frente a cualquier desastre había esgrimido siempre el recurso omnipotente de la acción.
—Ayn Rand, La rebelión de Atlas.
Mikasa observó el cielo nocturno que la ventana de su habitación le mostraba, frente a la inmensidad del espacio, todo lo vivido le parecía casi un sueño, o más bien una pesadilla. Desde que llegó a esta ciudad, se vio obligada a luchar, en todos los sentidos posibles y, aun así, logró imponerse… o algo así. No estaba segura si realmente ganó cada pelea en la que se vio involucrada, después de todo, le costaron mucho, mucho, sufrimiento.
Se mordió los labios, al menos se defendió con todo lo que tenía, no se dejó llevar por la desesperación ni permitió que el miedo la sometiera por completo. Ella era una luchadora. Pelear, eso era lo único que sabía hacer, era una segunda naturaleza.
Miró sus manos, ya no eran suaves y estaban llenas de pequeñas cicatrices, ellas fueron las que la salvaron en innumerables situaciones. Sin sus acciones, no estaría viva.
Levi tenía razón, en este mundo sólo hay lugar para luchadores, los débiles están destinados a cosas peores.
LXXIX
yo te repaso
con mis pechos
que imitan la cavidad de tus manos
—Ingrid Jonker, Humo y ocre.
Mientras se abotonaba su camisa escolar, Mikasa observó, por el rabillo del ojo, la espalda desnuda de Levi, quien se encontraba sentado en el borde de la cama, con la cabeza agachada, como si estuviera absorto en algún tipo de pensamiento. Fue un vistazo rápido pero era lo suficientemente fascinante como para que ella detuviera sus manos. Entonces, Levi se dio la vuelta por completo y el espectáculo que Mikasa vio la golpeó en el estómago. La espalda de Levi parecía un mural de cicatrices. Su piel pálida estaba completamente manchada de crueles experiencias. Mikasa las podía ver con dolorosa claridad, casi sin darse cuenta, se arrastró por el colchón hasta que su frente chocó contra la espalda, maldiciéndose en silencio por ser tan distraída, a pesar de todo lo que habían pasado juntos, ella nunca pudo ver con claridad el cuerpo del hombre junto a ella. Levi no hizo ningún movimiento ni se quejó, permaneció allí, inmóvil.
Sus ojos estudiaron las marcas de aquella piel con detalle, algunas zonas estaban ligeramente hundidas, parecían pequeños hoyuelos. Otras zonas de piel se veían un poco abultadas, tenían formas alargadas e irregulares como si fueran huellas de garras. A sus ojos, era un espectáculo demasiado cruel. Sin pensarlo, lo abrazó por detrás con la cabeza todavía apoyada en su espalda. Cada cicatriz fue cubierta por un beso cargado de amor y tristeza, como si tratara de borrarlos por completo con sus labios.
Con esfuerzo sobrehumano, Mikasa rompió el abrazo, se levantó de la cama y se fue en busca de su bolso. Segundos después, se paró frente a Levi, con su famoso cuchillo entre las manos. Levi la miró sin expresión alguna.
—Esto es por ti —ella dijo mientras presionaba el filo del cuchillo contra su palma, un hilo de sangre emergió de su piel herida.
En un movimiento rápido y preciso, Levi le arrebató el cuchillo de sus manos.
—¡¿Qué carajos crees que haces?!
—Quiero tener tantas cicatrices como tú para que no sufras solo —ella respondió con franqueza.
LXXX
La vida es la farsa que todos debemos representar.
—Arthur Rimbaud, Una temporada en el infierno.
La cicatriz en la palma de su mano era antiestética, incluso en sus propios parámetros, que no eran muy elevados, por lo que Mikasa decidió cubrirlo con un guante negro hecho de piel. Pero había razones más profundas para querer cubrirla, una de ellas era para evitar sospechas. Levi una vez le mencionó que la discreción es un don imprescindible si se quiere sobrevivir en este mundo. También recalcó que el mundo prácticamente quiere ser engañado. Mikasa resguardó esas palabras en su corazón para siempre.
Cuando salió a la calle, nadie le prestó atención, todos seguían inmersos en los ritmos ajetreados de sus vidas. Sonrió, así es como debía ser.
Notas finales: Siento mucho la tardanza…
