Disclaimer: Naruto pertenece a Masashi Kishimoto y asociados. La imagen de portada pertenece a Sakiri Hatake.


¡Hola de nuevo! Aquí con un nuevo sasuhina UA (Universo Alterno) que espero disfruten. También advierto que esta ficción es para gente con criterio formado, ya que la historia será densa, triste y abordaré un tema polémico. A priori calculo que tendrá unos cuatro o cinco capítulos.

Por cierto este es mi segundo regalo de cumpleaños para mi gran amiga Drizzleday, pero también es un obsequio para todas mis lectoras y lectores en general. Muchísimas gracias de todo corazón por su apoyo :D


Preñada


Pese a no estar corriendo, su respiración estaba casi tan alterada como si lo hiciera. Unos minutos atrás había abierto, dedos temblorosos mediante, el empaque del objeto que le confirmaría si su vida daría un vuelco total o se mantendría en calma como hasta ahora.

—Una raya por favor..., sólo una raya. —Sentada en el borde del inodoro e inundada de incertidumbre, suplicaba en voz baja y temblorosa que sus expectativas no fueran destrozadas de raíz.

Resultaba curioso: en la mañana de ese mismo día ni siquiera tenía idea de cómo funcionaba aquel dispositivo, pero, después de buscar información tanto en Google como en tutoriales de Youtube, había quedado muy instruida respecto a su uso, algo muy extraño tomando en cuenta que nunca imaginó que una disyuntiva así pudiera pasarle a ella. Siempre había sido muy responsable, permanentemente puso al matrimonio como estandarte antes de tener hijos, pero las redes de su sensatez colapsaron en cuanto conoció al hombre que la enamoró perdidamente...

Sasuke Uchiha.

El atraso en su menstruación habitualmente regular, le implantó la inquietante sospecha que la estremecía de raíz. No tuvo más remedio que acudir hacia la farmacia que le daba más confianza, ocultando sus ojos tras unas gafas de sol a fin de capear la enorme vergüenza que la corroía. Una vez hecha la compra de tres pruebas de embarazo, se preparó para descubrir la verdad que su orina le informaría.

—Por favor, que salga negativo —pidió incrementando sus rasgos compungidos, mientras su alma temblaba como una jalea.

«Es un test que mide una hormona en el cuerpo llamada gonadotropina coriónica humana, producida durante el embarazo. Esta hormona aparece en la sangre y en la orina de las mujeres embarazadas incluso ya a los diez días después de la concepción». Aquellas palabras llegaron a remecerla mientras esperaba el resultado. Éste no tardó más de dos minutos en llegar, causando total desesperación en sus ojos de tono lunar. Habían dos líneas. El test había dado positivo.

—No..., no puede ser. T-tiene que ser un error.

Agitada apretó sus labios, restregándolos el uno contra el otro con fuerza. También sintió que sus luceros se enaguaban a una velocidad sorprendente, pero era muy pronto para ponerse a llorar. El test no era cien por ciento efectivo, por ende había una pequeña esperanza de que el siguiente arrojara un desenlace diferente. Respiro y exhaló profundamente dos veces, llamándose a la calma. Convencida de que con la segunda prueba todo cambiaría, repitió el engorroso proceso aunando esperanzas de que en esta ocasión el destino sí le sonreiría.

Dejó al objeto en el lavamanos y cruzó sus manos sobre su regazo, rogando con todo el corazón que sólo apareciera una raya, ansiando que todo fuera un error; tenía que serlo. Animada por tal idea una curva esperanzada se plasmó en sus labios, pero en el fondo era una sonrisa mentirosa: la realidad era que algo en lo más profundo de su interior le decía que las cosas no saldrían como anhelaba. Precisamente por eso los nervios en su cara se crisparon, provocándole líneas de expresión que usualmente no tenía.

—Esta vez saldrá negativo, sé que saldrá negativo... —siguió mintiéndose.

Lastimosamente para ella, su súplica no fue escuchada. Las dos líneas aparecieron en el dispositivo nuevamente, como dándole una bofetada a todos sus proyectos de vida, a todo lo que muy pronto se derrumbaría como la puerta de un castillo azotada por un ariete.

Nerviosa, aunque preparándose para asimilar el tercer resultado, abrió el último paquete y realizó la prueba por última vez. Sus labios se apretaron más que antes, aunque en esta ocasión no rogó por un resultado diferente. Estaba preparándose para asimilar lo que pronto vería. Finalmente, tal como predijo su acongojado espíritu, nada cambió. Entonces sus ojos se volvieron de agua al sentir que el peso del mundo se depositaba sobre sus hombros.

Estaba embarazada.


A través de una definitiva prueba de sangre realizada en una clínica, ya contaba con la confirmación certera en un cien por ciento de que esperaba un hijo. Se preguntó cómo iba a ser capaz de traer a un niño al mundo si ella, a su vez, seguía sintiéndose tan sólo una niña recién llegada a la adultez. Cierto era que tenía veintidós años, no era una adolescente quinceañera, pero sin duda tener un bebé trastocaría toda su vida de cuajo. No sabía si podría superar el desgaste físico, el cansancio psíquico, los desvelos por levantarse a las tres de la mañana o cambiar pañales todos los días. ¿Podría postergarse a sí misma y a sus metas? ¿Podría salir airosa de la tremenda empresa que significaba ser madre, de recibir la ingente responsabilidad de cuidar otra vida e intentar darle lo mejor cada día?

Ella quería tener hijos más adelante, no recién salida de la universidad y sin tener una casa propia ni un trabajo estable. Evidentemente este no era el momento adecuado para tener un bebé, no estaba preparada para ello. De hecho, lo más cerca que había estado de la maternidad fue cuidar devotamente a una gatita cachorra que llegó repentinamente a su casa. Colocó mucho esmero en salvarle la vida, agotándose al cuidarla con todas sus fuerzas cada día, pero al final sus esfuerzos se vieron recompensados: el felino se había transformado en el ser que más alegría le traía a su vida. Sin embargo, cuidar a un bebé humano era una responsabilidad mucho más grande que no se sentía capaz de afrontar.

Dejó tales pensamientos atrás, enfocándose en el dilema actual. Quería contárselo a alguien, desahogarse, pero no sentía que tuviera ninguna amiga lo suficientemente cercana como para revelarle su gravidez. Siempre fue muy tímida, lo que le impidió profundizar amistades. Caía bien, por supuesto, no era una chica que fuera ignorada u odiada, pero su retraimiento le generó problemas para conectar yendo más allá. Hasta ahora su único amigo había sido su primo Neji, aunque no deseaba involucrarlo en esto. Además, también tenía mucho miedo de decepcionarlo.

Sumergida en la incertidumbre comenzó a pensar en la otra persona que tal vez podría apoyarla, pero tristeza nació en sus ojos al recordar al padre de su hijo.

¿Quién era Sasuke Uchiha realmente? En siete meses de «relación» nunca le había abierto su alma, nunca le contó sobre su pasado, sus aficiones, ni siquiera sonreía estando junto a ella, siempre cerrándose por culpa de su gran orgullo. A lo sumo le contó un par de cosas sin relevancia, pero nada que le permitiera conocer su vida a fondo. Lastimosamente para ella, Sasuke seguía siendo apenas un desconocido.

Todo empezó una tarde cuando unos tipos de mal aspecto, evidentemente borrachos, la seguían por una solitaria calle acosándola al mismo tiempo que le decían cosas que incluso a un simio indignarían. Lamentó haber tomado la decisión de dar un paseo antes de ir a su casa, aunque tampoco entendía por qué les llamó la atención a tales patanes si vestía un amplio abrigo que ocultaba sus pronunciadas curvas. Fue entonces, justo cuando los tipos se disponían a toquetearla, que apareció por la vereda de enfrente un hombre pelinegro que no dudó en cruzar la calle para defenderla. Tras una breve discusión en que salió a relucir la poca paciencia que tenía, Uchiha les dio una paliza a ambos pese a que ella le suplicó que no lo hiciera. Luego, en completa calma, sacó su celular y llamó un taxi que la esperaría unas calles más allá. La hizo abordar, pagó el viaje por anticipado, dejó una suculenta propina al chofer y entonces se fue por la calle sin siquiera despedirse de ella. Para la joven fue de las vivencias más extrañas que había experimentado y, aunque sintió mucha curiosidad respecto a ese hombre, pensó que nunca más volvería a verlo. En efecto no supo más de él hasta dos meses después, cuando se vieron en el gigantesco campus de la misma universidad. Fue entonces que empezaron a conocerse, pues Hinata, pese a su timidez, se acercó para agradecerle la caballerosidad que tuvo aquella tarde, cosa que él desdeñó como si fuera poca cosa.

Paulatinamente fue dándose cuenta de que Sasuke era un hombre diferente a lo común: arisco, silencioso, más rudo de la cuenta y muy reservado. En un principio intentó verlo solamente como un amigo, pero lamentablemente el pelinegro era un hombre muy inteligente, culto, versado en distintos temas y tan seguro de sí mismo que se le hizo irresistible. Esas cualidades, sumadas a su belleza física, lo hacían muy atractivo para muchas mujeres pese a ser el tipo más insociable que pudiera conocerse. Aunque trató de evitarlo, le fue inevitable querer conocerlo más profundamente.

Tras unos cuantos meses él la invitó a salir a la fiesta de fin de año en donde se lanzaría la casa por la ventana. Sin saber cómo o por qué, al día siguiente despertó en una cama desconocida, cosa que la asustó de enorme manera. Mientras su cabeza se sentía más pesada, también padeció una intensa sed que oprimía su garganta tal como lo harían tres días sin tomar agua. Fue sólo entonces que recordó que se emborrachó la noche anterior por primera vez en su vida, lo cual pintó sus mejillas de carmín a una velocidad sorprendente.

En cuanto dirigió su vista al frente buscando orientarse, se percató de que Uchiha la miraba desde una silla. Trató de leer su semblante, pero le fue imposible. Lo único que sí sabía era que el calor que sentía en su cara se incrementó a niveles que superaban la fiebre. Pese a la confusión que la atacaba entendió que estaba en su lecho.

—¿A-acaso nosotros...? —miró su propio cuerpo esperando verse desnuda, pero la verdad era que su ropa de anoche seguía con ella.

—Aprovecharme de una mujer borracha no entra en mi lista de canalladas.

—P-perdón... perdón de verdad, yo no quería ofenderte —dijo bajando su cabeza, realmente abrumada por la vergüenza de haber pensado mal. Sus dedos se agarrotaron en torno a las sábanas.

—Anoche estabas muy ebria —ignoró lo anterior —, así que me vi obligado a traerte a mi casa porque no sé dónde vives —explicó con su voz hosca de siempre.

—Gracias... muchas gracias de verdad —guardó silencio varios segundos mientras sus índices empezaron a entrechocar —. Q-qué vergüenza, nunca me había pasado algo así. Sólo me tomé un par de vasos y perdí noción de todo.

—Tu resistencia al alcohol debe ser igual que la de una pulga. Dudo que otra persona pueda embriagarse con tan poco —a lo dicho, ella sintió un nuevo latigazo de calor sobre sus pómulos.

Después de tal tesitura, ambos comenzaron a acercarse mucho más que antes hasta que Hinata no pudo evitar caer enamorada. El tiempo pasó e iniciaron una relación complicada en que el romance era un ingrediente ausente. Más que por sentimientos, a Sasuke le gustó ella por el deseo sexual que le provocaba y la virginidad que aún portaba, cosa que en los tiempos actuales era difícil de hallar en una chica de veintidós años. La joven lo sabía pues él se lo había dicho directamente, sin trampas de por medio. Como si fuera un cazador de doncellas finalmente la había hecho suya, para después perder contacto con ella por un tiempo. Para Hinata fue un duro golpe ese prolongado alejamiento, arrepintiéndose por haberle entregado su castidad a quien no la merecía. Sufrió por ello prolongadamente, pero, dieciocho días después, Sasuke le propuso una relación formal, lo cual la hizo muy feliz en un principio. Sin embargo, no sería miel sobre hojuelas ya que Uchiha era un hombre muy complicado. Por mucho que intentaba tener un noviazgo más romántico y cariñoso, lo cierto era que su relación seguía basándose en lo puramente sexual. A veces pasaba muchos días sin llamarla, sin dejarle un mensaje o siquiera mostrarle algo de interés. Tenía que ser ella la que mantenía viva la relación y eso comenzaba a desgastarla por la falta de reciprocidad que veía. Incluso repetidas veces llegó a pensar que sólo la veía como un pedazo de carne y nada más, pero algo en su corazón insistía en decirle que Sasuke sí sentía algo más profundo por ella.

Así, a pesar de los meses que habían compartido juntos, Sasuke no se abrió con ella más que en un plano netamente sexual. Ella no sabía su historia, no sabía su sentir, no sabía quién era su novio realmente. Ilusa e ingenua como solía serlo, pensó que a medida que el tiempo fuera avanzando él iría cambiando esa actitud berroqueña, pero se había equivocado rotundamente. Sabía que Uchiha no era una mala persona, aunque tampoco podía considerarlo como alguien bondadoso. A veces podía ser muy cruel de hecho, mas seguía confiando en que tenía un alma benévola que las duras circunstancias de su vida habían ocultado.

Finalmente, unos meses después de titularse ambos, Sasuke le pidió dejar el uso de condones para reemplazarlos por píldoras anticonceptivas. Era el paso natural, pero fue justo entonces que sobrevino el gran problema. No sabía si ella entró en el bajo porcentaje de fallas de la píldora, o si un día en que vomitó una hora después le impidió absorberla, o si, por falta de costumbre en los primeros días, tomarla unos minutos más tarde o más temprano del horario fijado pudo causar el accidente. Sinceramente no tenía idea, lo único cierto era que ahora esperaba un bebé de un hombre que le había dicho muchas veces que no le interesaba ser padre.

Acurrucada de manera fetal en su cama, tuvo miedo, preocupación e incertidumbre hacia el futuro, pues su conservador padre la mataría, la trataría de puta y demás epítetos, reclamándole que por qué no esperó al matrimonio, que una madre soltera sería una deshonra para la prestigiosa familia Hyuga. Los tiempos habían cambiado, pero su progenitor no. Bajó su cabeza entristecida. Desde su pubertad que nunca había vuelto a pensar en el suicidio, mas sintió que hoy hubiese sido un buen día para morir. Sin embargo, todo lo que ella podía sufrir palidecía ante lo que realmente le importaba: su futuro hijo. Esta vez no se trataba solamente de ella y de su integridad emocional. No. Ahora había algo mucho más importante involucrado por lo cual luchar: una nueva vida.

Dejó de lado sus lamentos, yendo sus pensamientos hacia lo peor de todo... ¿Cómo se lo contaría a Sasuke? ¿Cómo reaccionaría? No era necesario ser una clarividente para saber que a él no le gustaría nada lo que pronto escucharían sus oídos. No la apoyaría diciéndole que era la mujer que amaba, con la cual quería pasar el resto de su vida; mucho menos le propondría matrimonio. No. La discusión sería inevitable y seguramente terminaría siendo una pelea de grandes proporciones.

Tenía miedo. Mil ideas pasaron como una ráfaga por su cabeza, pero la peor de todas era que le exigiera hacerse un aborto, algo que iba totalmente en contra de sus principios. Sin embargo, siempre fiel a su gran empatía, no juzgaba a las chicas que sí elegían interrumpir sus embarazos. Comprendía los motivos de quienes optaban por ese camino, respetándolas en vez de criticarlas.

Lloró en silencio, sin recibir apoyo ni consuelo.

—Estoy sola en esto... ¿o querrás ayudarme a criar a nuestro hijo, Sasuke?


Sombras oscuras se deslizaban a través de su departamento, atormentando su alma ante el peso del incierto futuro. Recostada en su cama, dio un suspiro mientras dejaba su libro a un lado. En realidad ni siquiera ponía atención a la lectura, pues, aunque las letras avanzaban a través de sus ojos, su nivel de distracción era muy alto como para tomarlas en cuenta. Lo único que podía ocupar su mente era la reunión que tendría con Sasuke en media hora.

«No me interesa tener hijos ni ahora ni nunca». Las palabras de Sasuke, mismas que le dijo cuando hablaron sobre el tema una vez, llegaron a su mente de forma tan vívida que por un momento llegó a pensar que lo tenía al lado de la oreja. Suspiró tristemente. Si ya se rehusaba a conocer lo que era el amor de pareja, también se rehusaría a conocer el amor de padre...

Poco después su natural empatía se puso en los zapatos del hombre que amaba, intentando comprender su visión distinta de la vida. Volvió a suspirar al atisbar que le echaría la culpa de todo y la abandonaría a su suerte, yéndose lejos por una década o incluso por una vida entera. Su hijo tendría que crecer sin su progenitor al lado. Esa era la amarga verdad que presentía y que la aterraba al mismo tiempo.

Por supuesto, podía hacerse cargo de un niño sola como tantas madres solteras lo habían hecho, pero no era su ideal de vida. Quería darle una figura paterna a su bebé, alguien que se preocupara por él, que lo cuidara, que lo guiara, que lo amara, que estuviera a su lado para apoyarlo tanto en los momentos difíciles como en los alegres. No deseaba que su hijo sintiera la ausencia de su padre, pues, por más buena que sea una madre, siempre se sentirá un vacío en el corazón a la ausencia de éste.

De todos modos, fuera como fuera, el altanero joven tendría que saber lo que pasaba y era mejor que se enterara lo antes posible, para así saber de una vez por todas lo que sucedería. De lo contrario la incertidumbre prolongada, aunque fuera sólo por un par de meses, le causaría un daño tanto psíquico como fisiológico a ella. Y llevando un bebé en sus entrañas le resultaba una obligación cuidarse mucho más. Por ello, esta era la noche que había elegido para confesar la verdad.

Se levantó de la cama; caminó hacia el ventanal de su cuarto y giró el pestillo para abrirlo, sintiendo el aire fresco acariciando la piel desnuda de sus brazos. El crepúsculo se manifestaba con toda su hermosura, maravillando a quien se detuviera a verlo, pero su desfavorable situación causó que el fuego del ocaso le encendiera la melancolía en vez de la admiración. Después, el último suspiro del sol fue reemplazado por la belleza de la luna.

Sumergiéndose un tiempo prolongado en sus pensamientos, un nuevo y profundo suspiro hizo acto de aparición. Ayudada por la luz de los faroles callejeros miró su reloj de pared, mismo que le había pertenecido a su difunta madre. ¿Cómo se habría sentido ella durante sus dos embarazos? ¿Habría sido feliz durante ese tiempo? ¿Su padre Hiashi se habría comportado a la altura de las circunstancias?

Tras las curiosas preguntas que nunca obtendrían respuesta, sus ojos se contrajeron al notar a los punteros anunciando que el momento de revelar la verdad se aproximaba. Lo inexorable se desencadenaría como una tormenta pelinegra que vertiría su ira sobre un solo objetivo: Hinata Hyuga.

Salió nerviosamente hacia la sala de estar sin intención de encender la iluminación, dejando el lugar en penumbras. Sólo el alumbrado público se encargaba de iluminar un poco el ambiente a través de las límpidas ventanas. Se acomodó en el sillón de la sala de estar y no dudó en afirmar su espalda contra el respaldo, arrellanándose lo más posible. Necesitaba la comodidad que su alma no tenía, aunque fuera sólo por escasos momentos. No tuvo que esperar mucho, pues apenas pasaron un par de minutos antes de sentir el timbre de la puerta. El hombre que se adueñó de su corazón tanto como de su cuerpo, ya estaba aquí. De manera temerosa se levantó a abrirle la puerta, invitándolo a pasar.

El de negros ojos echó un rápido vistazo alrededor, notando que era la primera vez que lo recibía en oscuridad. Su rutina de tener siempre las luces encendidas se había quebrantado por alguna razón. Las luces callejeras que apenas se filtraban por la ventana, le permitieron analizar el semblante taciturno que ella portaba. Enseguida supo que algo muy serio sucedía. Imaginó que seguramente hoy se terminaría la relación, puesto que Hinata debía haberse cansado de su poco compromiso. Entonces que así fuera, a él no le importaría. Como para comprobarlo acentuó su mirada desafiante a la vez que cruzaba los brazos.

—Sasuke... —suavizó Hinata su tono de voz, intentando volverlo lo más conciliador posible—, lo que debo decirte es importante. De hecho, es algo que cambiará nuestro futuro y probablemente sea algo grave para ti —terminó advirtiendo para que se fuera preparando.

El hombre, apenas cinco meses mayor que ella, arrugó tanto la frente que sus cejas casi se tocaron la una con la otra. Ese cariz tan amargado le resultaba muy extraño de por sí, pero que además su tono de voz sonara tan peculiar terminó de rematar todo en un síntoma que llevaba ineludiblemente hacia la preocupación.

—Entonces habla de una vez. Sabes que me molesta perder mi preciado tiempo con rodeos.

Hinata apretó un labio contra el otro a causa del incipiente nerviosismo. Se levantó del sillón y le dio la espalda al pelinegro de la misma forma en que él solía hacerlo con ella. Alzó su mirada hacia el techo, anhelando ver el cielo estrellado. Cerró sus ojos para poder visualizarlo en su mente, aunque, de súbito, imágenes de la última noche de pasión que habían tenido vinieron a remecerla. Fue allí donde el destino de ambos cambió para siempre, en donde, de una manera o de otra, quedarían enlazados para siempre o todo lo contrario.

—¿Y bien? —presionó él, mostrando una vez más que tener paciencia no era lo suyo.

Ante las palabras que exigían una pronta respuesta, la chica reaccionó dándose vuelta con toda la parsimonia que era capaz de dar, para finalmente declarar lo que sucedía:

—Sasuke..., estoy embarazada.

Uchiha guardó silencio un larguísimo rato mientras su cuerpo permanecía tan quieto como una roca; sus pies no dieron ningún paso y sus brazos no se descruzaron. Tampoco hubo negaciones, reclamos, ni furia. Su rostro permaneció frío e impasible, hasta que finalmente soltó unas palabras que congelaron el alma de Hinata.

—Tienes que abortar.


Continuará.