Capítulo 10

La velada transcurrió sin incidentes hasta que por una fuerza mayor tuve que separarme de Itachi. Llevábamos unos diez minutos escuchando la diatriba de un hombre corpulento de unos cincuenta años, al que al parecer nadie había informado de que en los cócteles las conversaciones debían de ser breves y superficiales, y yo no podía aguantar más.

—Tengo que ir al servicio —le murmuré al oído.

—¿Quieres que te acompañe?

Lo dijo de forma tan solícita y esperanzada que supe que estaba buscando cualquier excusa para poder alejarse de aquel hombre.

—Buen intento, vaquero. Solo espérame aquí.

Contuve una sonrisa por la mirada que me dirigió, prometiendo venganza.

Los aseos estaban en el fondo de la sala a mano derecha —qué original—, y eran tan elegantes como todo lo demás. Olían a una suave fragancia a flores silvestres y se notaba que habían sido reformados hacía poco y con muy buen gusto. Era un amplio espacio plagado de espejos con una larga encimera de mármol blanco en el que había tres lavabos encastrados. Los cinco inodoros estaban en cubículos independientes separados cada uno por una puerta. Me metí en uno de ellos presurosa, agradeciendo en el alma que estuviese impoluto.

Justo acababa de orinar cuando escuché las voces de dos mujeres que habían entrado en el servicio.

—En serio, el idiota que me ha tocado es inaguantable —decía una mujer con un suave acento francés—. No creo que pueda terminar la noche como él está deseando.

—Pues no lo hagas, nadie te obliga.

—Me obligan varios miles de razones —explicó la mujer con acento francés—. Está forrado y ya sabes el extra que podemos ganar cuando el cliente queda satisfecho.

—Contact One es una agencia de escorts, no de putas.

—¿Pero en serio crees que hay alguna diferencia? —preguntó la francesa con voz risueña—. Cuando un hombre contrata a una escort da por hecho que hay ciertos servicios abiertos a negociación.

Me quedé de piedra, encerrada en aquel cubículo, incapaz de moverme.

—Por cierto, ¿has visto al morenazo del traje oscuro? Ese sí que esta para hacerle un trabajo completo.

Supe al instante que hablaban de Itachi.

—Va con una chica, tal vez también sea una escort. Este sitio está plagado. En esto tipo de congresos y convenciones siempre acuden a nosotras en busca de compañía.

—¿Estás de broma? No creo que un tío como ese necesite recurrir a una agencia como Contact One para que le proporcione compañía profesional. Además, la chica es mona, pero ni de lejos es tan guapa como para…

Las voces se apagaron y supe que habían vuelto al salón.

Todavía sentada en el váter, abrí el pequeño bolso de mano que llevaba y cogí el móvil con las manos temblorosas por la furia que me embargaba.

—Ino Yamanaka al habla.

—Ino, querida, creo que se te ha olvidado contarme algo sobre tu trabajo — declaré con voz suave—. Algo así como, no sé… ¿que eres una jodida puta de lujo? Te lo pregunté y me aseguraste que no lo eras —añadí con tono acusador.

—Porque no lo soy —protestó Ino—. Soy una escort, no una puta. Hay una gran diferencia.

—Pues debes de ser la única que piense eso, porque yo no veo la diferencia, creo que tus compañeras de profesión tampoco, y estoy segura de que el hombre que me está esperando en el salón mucho menos.

Ahora entendí por qué aquellos hombres, en el salón, me habían pasado sus tarjetas; porque estaban interesados en contratar mis servicios. Y también comprendí por qué Itachi se había enfadado tanto conmigo en la suite del hotel. Él había contratado una escort para aquella noche, una que lo había puesto a cien y luego había cortado la situación sin razón aparente. Por eso le había hecho pensar que me tenía que pagar por terminar lo que habíamos empezado.

Maldita sea, se había llevado una impresión totalmente equivocada de mí, y aun así, se estaba comportado como un caballero conmigo durante esta velada.

—Escúchame bien, Sin, no te mentí sobre lo que se esperaba de ti. Bueno, tal vez no fue acertado que dijera que ibas a ser una asistente personal y que solo se te requería como traductora —añadió cuando escuchó mi bufido—. Pero si te hubiera dicho que era escort lo habrías relacionado con la prostitución, y no es así. Una escort es una acompañante profesional, no hay obligación alguna de sexo cuando se te contrata como tal a no ser que lo acuerdes con el cliente de antemano. Y en este caso no hay sexo acordado, ¿me oyes? He hecho un montón de trabajos sin acostarme con mis clientes —explicó Ino—. Lo único que tienes que hacer es lo que te dije desde un principio. Sé educada y guarda la distancia física, así no te podrá malinterpretar.

—Solo hay un pequeño problema.

—¿Cuál?

—Que lo he besado —confesé con un murmullo. Ino gruñó algo, sin duda algún taco.

—¿Qué clase de beso?

—De los que te dejan temblando y con ganas de sexo.

Volví a oír otro taco, esta vez más explícito.

—¿Y por qué demonios has hecho algo así? Desde que te conozco has actuado como una virgen vestal. Por eso te pedí que me sustituyeras precisamente tú, porque confiaba en que guardarías las distancias y…

Me aparté el teléfono del oído, sin ganas de escuchar la perorata de Ino.

¿Virgen vestal? ¿Esa es la impresión que daba? Vale que no había vuelto a tener sexo desde que nació Daisuke, pero de ahí a comportarme como una vestal… sencillamente, hasta ahora no había encontrado el hombre apropiado, un hombre con el que conectara.

Y en verdad seguía sin haberlo encontrado. Itachi Uchiha no era el mejor candidato a una relación estable. Nuestros mundos eran tan diferentes que cualquier aspiración sentimental quedaba descartada. Era un hombre inalcanzable. Un hombre que además pensaba que yo era una maldita puta de lujo.

Oí que se volvía a abrir la puerta del baño. Alguna mujer había entrado.

—Mira, Ino, ahora no puedo seguir hablando. Ya te llamaré —susurré, y colgué, dejándole con la palabra en la boca.

Salí del cubículo con desgana, sin ánimo de enfrentarme a la situación en la que me había metido. Pero debía hacerlo y afrontar lo que pudiera pasar con dignidad. Ante todo debía mostrarme educada, profesional y guardar las distancias. Me lavé las manos, me retoqué el pintalabios y salí del baño con ese pensamiento en mente.

Iba tan ensimismada que acabé tropezando con uno de los invitados. Un hombre de pelo cano que parecía estar cerca de los ochenta años.

—¿Quién demonios eres tú? —preguntó, mirándome con intensidad, como si me conociera de algo.

«Ups».

Como siempre decía mi padre, la mejor defensa es un buen ataque.

—¿Y quién demonios es usted? —espeté, haciendo eco de su belicosidad.

El hombre me miró con sorpresa. Era un hombre corpulento, pero no gordo. Solo… grande. Sus ojos eran de un verde tan vivo que, pese a la edad, por un momento me recordó a mi hijo. Daisuke tenía el mismo tono de ojos.

—No seas maleducada, niña. He preguntado yo primero.

—Me llamo Shion —contesté, rezando para que no conociera a la verdadera Shion.

—¿Shion? ¿Shion qué?

—Solo Shion —respondí, cortante, dejando claro que no iba a dar más información.

—Te pareces tanto… —musitó, estudiando mi rostro con extrañeza—. En fin, deben de ser cosas de la edad; el viejo Big Jiraiya parece que empieza a chochear.

—¿Me parezco a alguien que conoce? —pregunté, picada por la curiosidad.

—Me recuerdas mucho a mi esposa cuando era joven —declaró, y en sus ojos pude ver una gran pena.

El hombre me conmovió, se le veía tan fuera de lugar y descolocado como lo estaba yo, escondiéndose tras una cortina en un rincón. Como siempre decía mi abuela, hablar de las penas aligera el alma, así que decidí pararme un momento a hablar con él.

—¿Cómo era?

—Era preciosa, o al menos yo la veía así. No era una de esas mujeres de beldad escandalosa, ella poseía una belleza sutil, de esa que cuanto más la miras más hermosa la encuentras. —Mientras hablaba, sus ojos parecían haberse perdido en algún recuerdo del pasado—. Y además tenía un espíritu fuerte y un temperamento temible, no se dejaba amilanar por nadie. ¡Menudo carácter! Desde que murió, hace siete años, mi vida ha perdido la magia —confesó el hombre con cierta nostalgia en la voz.

Ese anciano me recordó muchísimo a mi abuela. Ella hablaba de la misma forma de mi abuelo. Aunque hacía muchos años de su fallecimiento, todavía lo echaba de menos. Debía de ser muy hermoso amar tan profundamente a alguien. No pude evitar preguntarme si yo alguna vez llegaría a amar así.

—No sabe la suerte que tiene de haber perdido un amor así —murmuré—. Eso significa que lo había encontrado —expliqué ante la mirada de incomprensión del hombre—. Hay mucha gente que se pasa la vida entera buscando el amor y muere sin saber lo que es amar de verdad. Mi abuela siempre me dice: «Es mejor haber amado, aunque brevemente, que no haber amado nunca». Después de todo, nada es eterno.

Justo en ese momento pasó un camarero con una bandeja llena de copas de cava y, antes de pensarlo, cogí dos. Le tendí una al hombre.

—Por los afortunados que han vivido un gran amor —declaré alzando mi copa—. Su esposa seguro que estará brindando desde el cielo con nosotros —añadí con un guiño.

El hombre me devolvió el brindis con una sonrisa triste.

—En verdad me recuerdas mucho a ella —afirmó, mirándome con el entrecejo fruncido—. Y tus ojos… mi esposa tenía esa misma tonalidad, un color profundo e indefinido que te atrapa.

—Vaya, gracias —declaré, conmovida por sus palabras.

Y en un gesto espontáneo que me salió del corazón, le besé en la mejilla.

—Yo de ti no me acercaría mucho a ella, Big Jiraiya —dijo una voz justo a mi espalda—. Ha venido con Uchiha.

Me giré justo para ver a un hombre atractivo de unos cuarenta y cinco años, moreno y delgado, mirándome con gesto de censura.

—¿Eres amiga de Itachi Uchiha? —preguntó el hombre de pelo cano, cauteloso.

—Vamos, Big Jiraiya, ese hombre no tiene amigas. Esta debe de ser su putilla de turno —terció el moreno con una mueca despectiva.

Actué por impulso. Antes de darme cuenta de lo que hacía, le tiré el contenido de mi copa en la cara. Y al segundo siguiente, un puño demoledor se le estrellaba en la cara, tumbándolo de un solo golpe.

Itachi Uchiha había venido en mi rescate.

—Vaya, yo… lo siento —balbucí, sin saber muy bien a quién ni por qué lo decía, consciente de que nos habíamos convertido en el foco de atención de la gente que nos rodeaba.

—Sentirlo, ¿por qué? Si no lo hubiera golpeado Uchiha lo habría hecho yo —gruñó Big Jiraiya, mirando con renuente aprobación a Itachi, que tranquilizaba a los invitados que habían sido testigos del altercado—. Mi nieto político a veces se comporta como un bocazas. No está bien insultar a una señorita sin razón alguna, sobre todo a una tan encantadora como tú. —El hombre continuaba mirando a Itachi con curiosidad—. Vaya, vaya, conozco al chico desde que llevaba pañales y nunca lo había visto perder los estribos de esta forma. —Centró su mirada en mí—. ¿Sois muy amigos?

—No, que va. Nos hemos conocido hoy.

—Pues ándate con ojo —advirtió Big Jiraiya en un susurro—. Todas las mujeres acaban enamoradas de él pero él nunca se enamora de ninguna.

—Big Jiraiya, no me voy a disculpar contigo. —Oí la voz de Itachi a mis espaldas, justo antes de sentir el cálido abrazo de sus manos sobre mis hombros—. ¿Estás bien, preciosa? —Su aliento acarició mi oído y me hizo estremecer. Solo atiné a afirmar con la cabeza—. Pain necesita modales. Yo de ti lo ataría en corto si no quieres que le deje sin dientes.

—Después de lo que le pasó a Konan todavía te guarda rencor, algo bastante comprensible —dijo Big Jiraiya con cierto tono de acusación en la voz—. Pero eso no es excusa para que haya insultado a esta muchacha tan encantadora —gruñó, mirando a su nieto político con disgusto, mientras él continuaba en el suelo recuperándose del golpe.

Big Jiraiya tomó mi mano y besó el dorso con galantería mientras se disculpaba con palabras amables.

—Siento mucho el incidente, querida. Has resultado ser una muchacha encantadora. Asegúrate de que el pequeño Uchiha te trata bien.

Pequeño Uchiha. Tuve que morderme el labio para contener la risa. Mis ojos se desviaron furtivamente hacia Itachi y vi en su cara una mirada de advertencia. Tomé nota mental de reservarla para luego.

—Si nos disculpas, vamos a dar por terminada la velada —terció Itachi con voz tensa.

Enfilé hacia la salida, deseosa de salir de allí, dándoles las gracias a nuestros anfitriones y despidiéndome de Big Jiraiya con pesar, porque me había caído muy bien y probablemente no lo volvería a ver.

—Esta chica es especial. —Oí que le decía Big Jiraiya a Itachi en un susurro—. No le hagas daño.

—No pienso hacerlo.

No debería haberlo oído, pero lo hice. Y un escalofrío de inquietud me recorrió la espalda.