Itachi me guio hasta fuera del salón, me ayudó a ponerme la capa, préstamo también de Ino, que había utilizado para resguardarme del frío, y me condujo hasta la limusina, donde Shikamaru y el señor Sen nos esperaban con gesto estoico. Durante todo el trayecto, sentí su mano en la parte baja de mi espalda, como un hierro candente que me marcaba a fuego. Emanaba tensión, pero aun así se portó como un perfecto caballero durante todo el tiempo hasta que la puerta de la limusina se cerró, separándonos del resto del mundo. Entonces me besó con fiereza, saqueando mi boca con una destreza que me dejó totalmente indefensa.
Terminó el beso de forma abrupta cuando oímos la voz del señor Sen desde el asiento del copiloto.
—Señor Uchiha, ¿quiere que vayamos al hotel?
Enterré el rostro en el pecho de Itachi, muerta de vergüenza. Habíamos estado tan concentrados en nosotros que no nos habíamos percatado de que el cristal de separación estaba bajado. Tanto Shikamaru como el señor Sen estaban esperando instrucciones, con la vista fija en algún punto perdido en el horizonte.
—Decide tú, preciosa. Me muero de hambre —murmuró en mi oído con voz ronca—. O te devoro a ti o me llevas a un restaurante a comer algo.
«¡A mí! ¡A mí!», gritó mi cuerpo en silencio. Pero mi boca fue juiciosa y siguió los dictados de mi mente.
—Restaurante —atiné a decir.
En la mirada de Itachi brilló la sorpresa y la decepción, pero también percibí un atisbo de respeto.
—Está bien, soy un hombre paciente —musitó, dándome un beso rápido—. ¿Te parece bien ir a una hamburguesería o prefieres un restaurante más sofisticado?
Que un hombre como Itachi Uchiha me pidiera opinión, o mejor dicho, que le importara lo que yo pudiese opinar, me resultaba sorprendente.
—Una hamburguesa me parece bien.
Su cara se iluminó de regocijo. Por un momento me recordó a mi hijo Daisuke cuando le decía que íbamos a ir a comer al McDonald's. Era sorprendente que alguien de su posición, tan poderoso, se emocionara con la expectativa de ir a comer una hamburguesa; me pareció una reacción tan sencilla y humilde, tan cercana, que me resultó irresistible. Noté cómo el corazón me daba un vuelco y maldije interiormente.
—Esta es mi chica —gruñó, dándome un beso rápido—. Señor Nara, ¿conoce algún sitio donde hagan buenas hamburguesas?
—Precisamente tengo un amigo que trabaja en una hamburguesería gourmet muy buena, puedo llamar para que les reserve mesa.
—Perfecto, hágase cargo —ordenó, y apretó el botón para subir el cristal de separación—. ¿Por dónde íbamos? —preguntó cuándo volvimos a tener intimidad.
Volvía a ser don Perfecto, con la mirada seductora y esa voz ronca que me derretía por dentro. Cuando se comportaba así no podía resistirme a sus avances.
—Gracias —dije sin más.
—¿Por qué? —preguntó, confundido.
—Por el puñetazo que le diste al capullo ese. No estoy acostumbrada a que un hombre salga en mi defensa —añadí con una mueca—. Normalmente me defiendo yo solita.
—Preciosa, tu capacidad de defensa está más que demostrada —gruñó con una sonrisa ladeada—. ¿Dónde has aprendido artes marciales?
—Mi padre era un experto —expliqué, y no pude evitar que la nostalgia que sentía cuando lo recordaba tiñera mis palabras—. Como pasaba mucho tiempo fuera de casa, hizo mucho hincapié en que aprendiera defensa personal y artes marciales. Quería asegurarse de que pudiera defenderme físicamente ante cualquier ataque.
—¿Y has tenido que defenderte mucho?
—Te sorprendería la cantidad de capullos que hay en el mundo.
Recordé los dos años que había trabajado de gogó en una discoteca y la cantidad de borrachos babosos que pensaban que por bailar en un podio te podían manosear a placer. Durante ese tiempo había puesto de culo en el suelo a muchos de ellos.
Itachi tardó unos segundos en volver a hablar, como si estuviera asimilando mis palabras y sopesando lo que iba a decir a continuación.
—Supongo que trabajando como escort no será la primera vez que oigas ese tipo de comentarios —murmuró finalmente, con el rostro convertido en una máscara inexpresiva—, pero que me vaya al infierno si dejo que alguien te insulte delante de mí sin hacer algo al respecto.
El hecho de que sacara a relucir el tema de que yo era una escort me puso tensa, pero con su último comentario no pude evitar sonreír.
—Hablas como mi padre —declaré, y mi sonrisa se amplió ante su mirada ofendida—. Él también era de Texas —aclaré—. Siempre trataba a las mujeres como verdaderas damas, a la antigua usanza, ya sabes, abriéndoles la puerta, ayudándolas a sentarse u ofreciéndoles la mano al subir al coche —añadí con un guiño, puesto que era lo que él hacía conmigo—. Yo siempre lo consideré un poco machista, aunque él insistía en que era todo lo contrario. Su educación sureña le instaba a demostrar respeto por la mujer y a valorarla como el mayor de los tesoros. Y sobre todo pensaba que, por muy bien que pudiera defenderse una mujer, era deber de un hombre protegerla.
—Hablas de él en pasado…
—Murió cuando yo tenía quince años.
—¿Y tu madre?
Pensar en mi madre me agrió el humor.
—Mi madre y yo nunca hemos estado muy unidas —declaré de forma escueta, sin querer entrar en detalles—. ¿Qué hay de los tuyos? —pregunté en un intento por cambiar de tema—. Me has dicho que tu padre se acaba de jubilar…
—Sí, ahora va a disfrutar de un merecido descanso en el rancho familiar, ocupándose de sus caballos y volviendo loca a mi madre.
Itachi me contó que sus padres estaban muy enamorados aun después de llevar casi cuarenta años de matrimonio. Me habló del rancho que tenían en Texas y del negocio familiar que ahora dirigía, mientras yo lo escuchaba con una mezcla de fascinación y tristeza.
Fascinación porque descubrí en él un hombre con una naturaleza sencilla y franca y con unos valores familiares muy arraigados, algo que pensé que era incongruente en un hombre de su estatus.
Tristeza porque cuando empezó a hablar del pequeño imperio que poseía, sus palabras fueron como ladrillos que construyeron una muralla entre los dos que me pareció infranqueable. Nuestros mundos eran tan diferentes que por mucho que nos atrajéramos mutuamente, cualquier acercamiento más allá de lo físico me parecía inviable.
Cuando llegamos a la hamburguesería, todas las miradas femeninas del local se centraron en mi acompañante, y no era para menos. En la limusina se había quitado la corbata para tener un aspecto más informal, y con el traje oscuro y los primeros botones de la camisa desabrochada era el sueño de cualquier mujer hecho realidad. El mío al menos. Lo curioso era que él parecía ajeno a toda la admiración femenina que despertaba. Estaba centrado en mí, con su mano puesta en la base de mi espalda guiándome hasta la pequeña mesa que nos habían reservado en un agradable rincón.
Un joven camarero nos tomó nota, y a los pocos minutos teníamos un par de cervezas bien frías en la mesa. Las hamburguesas no tardaron en llegar.
—¿Qué se siente? —pregunté, con franca curiosidad, al ver que la camarera que nos había servido las hamburguesas lo miraba completamente deslumbrada.
—No entiendo.
—¿Qué se siente siendo tan guapo?
—El físico es solo fachada —dijo, con una sombra en la mirada—. La mayoría de las veces los ojos solo se quedan ahí y no ven más allá. Puede que ayude en ocasiones, pero puede llegar a convertirse en un gran inconveniente.
—¿Es un inconveniente que mujeres despampanantes se derritan a tus pies? La camarera parecía una modelo de pasarela y con solo un guiño se habría desnudado para ti.
—La clase de belleza que posees tú me resulta mucho más atrayente —declaró, encogiéndose de hombros.
—¿Yo?
—Sí, posees una belleza natural y sutil. Hay algo en ti que atrae mi mirada constantemente y cuanto más te miro, más hermosa me pareces —declaró, descolocándome—. No hay nada que me parezca más sensual e irresistible que una mujer fuerte.
—¿De las que hacen culturismo?
—No —contestó Itachi sonriendo—, de las que son capaces de resistirse a mí, plantarme cara y patearme el culo cuando lo merezco. Y créeme, no son muchas las que pueden hacerlo.
—¿El qué? ¿Resistirse a ti, plantarte cara o patearte el culo?
—Cualquiera de las tres cosas —dijo, sin alardear, tan solo señalando una realidad—. Lo extraordinario es que no eres consciente del atractivo que tienes, en ti es completamente natural.
—Puede que resulte bonita a algunos hombres, pero de ahí a ser una belleza…
—La belleza está en los ojos del que la mira, ¿no crees? Y yo encuentro seductor cada centímetro de tu cuerpo. —Su voz enronqueció y sus ojos se oscurecieron—. Desde la melena leonada que flota en torno de tu rostro hasta las uñas pintadas de rojo que asoman de las sandalias que llevas. Tienes los labios más eróticos que he visto en mi vida y uno ojos que… Dios, sería feliz pasando el resto de la eternidad observando tus ojos y decidiendo de qué color son.
Las palabras más románticas que me habían dicho en mi vida y yo justo acababa de pegarle un enorme bocado a mi hamburguesa, tan grande que notaba cómo me desbordaba por las comisuras de la boca. Sentí que me ruborizaba por primera vez en un montón de años, intentando masticar la comida con dignidad mientras Itachi no me quitaba los ojos de encima. Para más humillación, con un brillo divertido en la mirada, me limpió con su servilleta la barbilla, en donde seguro había llegado un reguero de deliciosa salsa.
—Yo… no… nunca… —balbucí cuando finalmente pude hablar. Inspiré, tratando de serenarme—. Siempre me ha frustrado no tener claro de qué color son mis ojos — atiné a decir—. Cada persona que los ve opina de una manera.
—Yo me inclinaría a decir que son del color del océano en medio de una tempestad —musitó Itachi con voz ronca—. Profundos e insondables.
«Control, Sin. Control».
Era una mujer adulta, no me podía derretir por unas cuantas palabras bonitas y románticas que seguro estaban dichas con la única finalidad de llevarme a la cama. Debía de recuperar el rumbo de la conversación y llevarla a un terreno menos perturbador.
—Y dime, pequeño Uchiha, ¿hace mucho que conoces a Big Jiraiya?
—Ya sabía yo que no ibas a desaprovechar la oportunidad —murmuró con una mueca—. Su rancho limita con el nuestro. El viejo Big Jiraiya es amigo de mi padre desde siempre —explicó él, dando cuenta de su hamburguesa.
—Pues su actitud no era demasiado amigable, sobre todo la del marido de su nieta. Parecía que te odiaba a muerte.
Lo miré mientras comía. Era injusto. Ese hombre era sexy hasta comiendo una hamburguesa chorreosa.
—Eso es por un malentendido que hubo entre la nieta de Big Jiraiya y yo.
—¿Konan? Él asintió.
—¿Qué clase de malentendido?
—Éramos amigos —dijo sin más. Se notaba incómodo con el tema, y sus ojos se habían llenado de sombras.
—Déjame adivinar, tú la veías solo como una amiga pero ella, aun estando casada, estaba loquita por ti, así que acabó cortándose las venas cuando vio que nunca podría haber nada entre vosotros —dije bromeando.
—Cortándose las venas no, se suicidó tomando un frasco de pastillas —musitó él, dejando de comer, como si hubiera perdido el apetito de repente.
—¿Lo dices en serio? —pregunté, tras un tenso silencio. Él asintió, incómodo.
—Yo… lo siento —dije, sincera—. Debió de ser horrible.
—Lo curioso es que nunca sospeché nada. Pain viajaba mucho y Konan y yo nos utilizábamos mutuamente como acompañantes en los actos sociales a los que teníamos que acudir. Solo éramos amigos, nunca hubo nada más, al menos por mi parte.
—Y a raíz de eso empezaste a contratar a escorts para que te acompañaran en tus salidas.
—Una acompañante profesional no se crea ningún tipo de expectativas románticas. De esta forma no hay decepciones ni dramas.
Lo tomé como una advertencia.
—Incluso las escorts son humanas —declaré con una sonrisa un tanto rígida.
—¿Por qué lo dices?
—Porque no creo que pueda existir una mujer que pase unas horas contigo y no acabe enamorada.
—Al contrario de lo que crees, me tiro pedos como cualquier hombre normal — declaró con sequedad. Sonrió cuando vio mi cara de fingido escándalo—. Lo que te quiero decir es que estoy muy lejos de ser perfecto. Tengo muy mal despertar, puedo llegar a ser un ogro por las mañanas. También soy dominante, sobreprotector, posesivo y celoso. Y bastante testarudo. No me gusta que me lleven la contraria porque pienso que siempre tengo la razón, cosa que es cierta la mayoría de las veces. Y también…
—Alto, alto, vaquero. Me has convencido —afirmé con una sonrisa—. Habías empezado a gustarme pero ya veo que…
—A ti precisamente quiero gustarte, así que olvida lo que he dicho —dijo contrariado.
Ese comentario me descolocó.
—Ese es tu problema —apunté, consternada—. No puedes estar con una chica y decirle cosas como las que dices sin evitar que se cree expectativas hacia ti.
—Ese no es mi problema —replicó él, mirándome con intensidad—, porque no le digo cosas como estas a una chica si no quiero que se cree expectativas. Y eso no había sucedido nunca hasta ahora.
Y para mi frustración, al oír aquello me volví a sonrojar.
Era una locura, lo sabía, pero no lo podía evitar. Itachi Uchiha me estaba enamorando.
