Pasé el resto de la noche sumergida en una burbuja de felicidad, con Itachi como único acompañante. Parecía como si estuviéramos solos en el mundo, hablando de todo y de nada, con una naturalidad que para mí era extraña y, muy a mi pesar, sin la sinceridad con la que estaba acostumbrada a tratar todo. Por mucho que me pesara, debía de mantener mi tapadera, y eso suponía no poder decirle la verdad en muchas cosas.
Durante toda la noche centró su poder de seducción y su encanto en mí, y por mucho que me costase admitirlo, no pude resistirme a él. Cuando la limusina llegó a su hotel me acarició con la mirada.
—Todavía no estoy preparado para separarme de ti —susurró con voz ronca—. Sube conmigo a la suite y pediremos una botella de champán.
Debería de haberle dicho que no y poner fin a la velada. Si fuera una chica lista lo hubiese hecho, porque era consciente de lo que pasaría si subía con él a la suite. La atracción que sentíamos el uno por el otro era demasiado intensa como para poder resistirla. Pero es que yo tampoco estaba preparada para separarme de él tan pronto, no cuando me sentía tan bien estando a su lado.
Itachi Uchiha me hacía sentir cosas que nunca había sentido. Y no lo decía solo por su físico, que ya de por sí era bastante. Era un hombre contradictorio, y eso me intrigaba. Siendo inalcanzable se mostraba muy cercano, siendo tan sofisticado parecía muy sencillo. Había seriedad en sus ojos cuando me miraba, pero me hacía reír constantemente. Era apasionado, romántico y cariñoso. Se pasó toda la noche acariciando o rozando de forma casual alguna parte de mi cuerpo, y eso que debería haber sido intocable, al menos para mí.
Fui a aquella velada con la intención de mostrarme educada, profesional y guardar las distancias, pero cuando al llegar a la suite me puso una mano en la nuca y me atrajo hacia él, toda intención que pudiera haber tenido quedó relegada al olvido. Me sentía tan conectada a él que no me pude resistir. Me entregué a Itachi en cuerpo y alma.
Me besó, y no fue un beso suave. Fue el beso de un hombre apasionado que ha llegado al límite de su control. Y me encantó. Me excitó la necesidad que aquel hombre tenía de mí.
—No puedo esperar —gruñó, tomándome de las nalgas y alzándome hacia él, hasta que pude sentir la urgencia de su deseo—. Déjame llevarte a la cama.
Y solo hubo una respuesta sincera a su demanda.
—Sí —musité, mientras mis piernas se enroscaban en su cintura como la otra vez—. Sí —volví a decir mientras mis dedos se hundían en la seda oscura de su cabello—. Sí, Itachi, sí —repetí, perdiéndome en él.
Un gemido casi animal salió de su garganta mientras me conducía por el largo pasillo hasta la habitación. Mientras su boca me devoraba, sus manos se afanaron en deshacer las barreras que le impedían acariciar mi piel desnuda. La falda del vestido quedó enroscada en mi cintura cuando me dejó caer sobre la cama, para luego observarme con mirada indescifrable desde los pies de la cama, mientras comenzaba a desnudarse.
—Preciosa, eres como un regalo caído del cielo. Estoy deseando desenvolverte para ver lo que escondes.
Era una de las cosas más ñoñas y trilladas que me habían dicho nunca, pero viniendo de él me puso a cien. Un atisbo de vergüenza me inundó cuando tomé conciencia de lo que él iba a descubrir. Un hombre como Itachi estaría acostumbrado a finas medias hasta medio muslo, ligueros sexys y ropa interior de encaje. Lo que yo le ofrecía eran unos prácticos pantis anticarreras y un sencillo tanga de algodón negro. Y gracias al cielo que estaba depilada, o mi bochorno hubiese sido total.
¿Regalo del cielo? Me costaba creerlo.
Pero cuando él se quitó la chaqueta y con movimientos lentos comenzó a desabotonarse la camisa, cualquier pensamiento racional se evaporó de mi cerebro. Sexy. Su forma de hacer las cosas, hasta las más sencillas, resultaba sensual en él. Uno a uno los botones fueron cediendo a las maniobras de sus dedos mientras la camisa se iba abriendo para mostrar un torso masculino que era una obra de arte.
A la camisa le siguió el cinturón, el pantalón y los calzoncillos, y en ese punto mi mente quedó en blanco mientras mis ojos devoraban cada centímetro de aquel cuerpo masculino expuesto con orgullo ante mí. Ese hombre era demasiado perfecto para ser verdad. Cada músculo definido con elegancia. Fuerte. Controlado. Potente. Muy potente.
Mi mirada lo recorrió con voracidad hasta que mis ojos se toparon con los suyos, que brillaban de diversión.
—Me miras como si no hubieras visto un hombre en tu vida.
—Ninguno como tú —musité con voz ronca.
Y no pude evitar hacer una mueca mental al oír mi propia voz. Sonaba tan fascinada, tan maravillada, que debía parecer una tonta babeante.
«Control, Sin. Control».
—¿Entonces te gusta lo que ves?
Aquella pregunta me sorprendió. ¿Cómo podía dudarlo?
—Me gusta. Y debo añadir que, después de verte desnudo, puedo ratificar que lo de pequeño Uchiha carece de fundamento —afirmé con una sonrisa ladeada, provocando en él una profunda carcajada.
La cosa se puso seria cuando se subió al colchón con movimientos felinos, como un depredador a punto de atacar a su presa. Yo le estaba esperando en el centro, apoyándome sobre los codos para no perder detalle del espectáculo y con las piernas ligeramente dobladas y abiertas.
—Veamos lo que escondes para mí —murmuró, deslizando sus manos lentamente por la parte exterior de mis piernas, desde los pies hasta la cadera. Sus manos recorrieron el camino de vuelta a mis tobillos con la misma lasitud, esta vez arrastrando consigo las medias, quitándomelas con una suavidad que me sedujo.
Me hizo abrir un poco más las piernas, situándose arrodillado entre ellas, y comenzó otra lenta caricia desde los tobillos, esta vez recorriendo un camino invisible que discurría por la cara interior de mis piernas hasta la unión donde convergían mis muslos. Acarició con suavidad por encima de la tela que cubría mi monte de venus, un roce tan suave como un suspiro pero que me provocó descargas de placer que me hicieron jadear, y sus manos se abrieron para abarcar el ancho de mis caderas.
Con un movimiento rápido, me puso boca abajo sobre la cama.
—Shhh, quieta, preciosa —musitó en mi oído cuando traté de incorporarme—. Déjame desnudarte a mi manera.
Sus dientes mordisquearon con dulzura el lóbulo de mi oreja, creando descargas de placer que se concentraron en el centro de mi ser, haciéndome gemir con suavidad. Sus labios recorrieron el costado de mi cuello y se posaron en mi nuca, donde un nuevo mordisco, esta vez remarcado con un gruñido gutural, me marcó con posesividad. Noté su respiración sobre la piel de mi espalda justo antes de que sus cálidos labios se deslizaran en un sendero de fuego, bajando despacio por mi columna vertebral. La cremallera trasera que cerraba mi vestido fue cediendo lentamente, abriendo camino a su boca, justo hasta la base de mi espalda. Y entonces se detuvo.
Lo oí maldecir y supe por qué. Acababa de descubrir el tatuaje que tenía en la espalda. Un ave Fénix de estilo tribal situado en la zona lumbar que evocaba con orgullo mi cambio de vida, un pequeño homenaje que me había autoregalado cuando conseguí entrar en la universidad, tras mucho esfuerzo.
A mí ese tatuaje me encantaba, pero era consciente de que habían muchos hombres a los que eso no les iba. Por la maldición que había soltado, posiblemente Itachi era uno de ellos.
—¿No te gustan los tatuajes?
—Me gustan.
—Es un ave Fénix, significa…
—Sé lo que significa —gruñó, con tono ronco.
Estando de espaldas a él no podía verle la cara, pero noté que algo había cambiado. Irradiaba tensión. Mis sospechas se hicieron evidentes cuando me hizo incorporarme casi con brusquedad, quedando de rodillas en la cama, con él a mi espalda. Con un movimiento rápido me quitó el vestido por la cabeza, y girándome solo la cara, me besó con desesperación.
Las caricias suaves y tentadoras de antes fueron sustituidas por otras más urgentes y posesivas. Como si hubiera traspasado el límite de su control. Mientras devoraba mi boca sus manos se deshicieron de mi sujetador y descubrieron mis pechos. Gemí indefensa. Me tenía completamente inmovilizada, con su pecho calentando mi espalda, sus brazos rodeándome desde atrás y su boca poseyendo la mía.
Una de sus manos bajó por mi estómago y se adentró debajo del fino algodón de mi tanga, en una diestra caricia que fue directa al centro de mi placer. Los roces suaves acompañados de las profundas embestidas de sus dedos hicieron que arquease el cuerpo en una entrega completa que le arrancó otro gruñido.
—Eso es, entrégate a mí —musitó abandonando mi boca, para mordisquear la curva de mi cuello.
Tuve que morderme los labios para no gritar. El placer que me estaba haciendo sentir era demasiado intenso, demasiado profundo. Notaba cómo el fuego iba creciendo en mi interior de forma rápida, acumulándose dentro de mí, y justo cuando pensé que iba a estallar, sus manos me abandonaron.
No pude evitar el lloriqueo de frustración que salió de mi garganta.
—No tan rápido, preciosa —murmuró él dándome la vuelta y dejándome tendida boca arriba en la cama—. Cuando llegues quiero estar bien metido dentro de ti.
Se deshizo de mi tanga con una velocidad asombrosa y me miró casi con devoción, recorriendo mi cuerpo desnudo de la cabeza a los pies con una mirada tan posesiva y anhelante que me hizo estremecer.
—Eres la mujer más sexy que he visto en mi vida.
—Pues debes de haber visto muy pocas —repliqué con un bufido. Como única respuesta vi el sesgo de su sonrisa ladeada.
Itachi cogió un preservativo de un cajón de la mesilla y se lo puso con movimientos expertos. Tragué saliva. Hacía tanto tiempo que no me acostaba con alguien que dudaba de que aquello fuera a entrar con facilidad.
Estaba dudando si decírselo o no cuando su cuerpo cubrió el mío, haciéndome jadear de la impresión al sentir nuestras pieles sin la barrera de la ropa de por medio. Nuestros cuerpos se acoplaron en una unión perfecta, cada curva, cada valle, complementándose de forma absoluta.
Su boca poseyó la mía robándome toda razón mientras sus manos recorrían mi piel con caricias abrasadoras. Sentí cómo entraba en mi cuerpo y contuve el aliento.
—Dios, eres muy estrecha —murmuró contra mis labios, mientras salía despacio—. Esto va a ser una delicia —gimió, volviendo a entrar despacio, poco a poco.
Comenzó así un lento vaivén de embestidas lentas y superficiales, abriéndose camino despacio hasta lo más hondo de mí. Fuera y dentro, fuera y dentro, hasta que consiguió enterrarse por completo en mi interior y se detuvo jadeando.
—Mírame, preciosa —urgió con voz ronca—. ¿Estás bien?
¿Qué si estaba bien? No tenía ni idea. Hacía demasiado tiempo que no practicaba sexo, y el que había tenido con anterioridad era el sexo rápido que comparten los adolescentes sin ningún tipo de compromiso, nada que ver con aquella intensidad, con aquella conexión que sentía con él.
Lo miré a los ojos y me sentí tan vulnerable que no pude hablar, tan solo atiné a asentir.
—¿Te gusta suave o fuerte? —preguntó.
Suave… fuerte… él me gustaba de cualquier forma. Lo sentía tan profundo dentro de mí y era tan grande que la sensación resultaba casi incómoda. Moví la cadera tratando de acomodarle mejor y escuché un gruñido casi inhumano que salía de su garganta.
—Espero que te guste fuerte, porque esta primera vez no va a poder ser de otro modo —musitó Itachi con un jadeo.
Y comenzó a moverse… penetraciones profundas que hicieron que mi cuerpo se arqueara y mis uñas se clavaran en su espalda, envites intensos que me arrancaron gemidos de placer, uno tras otro, sin descanso.
Poseyó mi cuerpo con una fiera dulzura que hizo que me entregara por completo a su demanda, derribando mis defensas, hasta que un placer agudo arrasó cualquier vestigio de resistencia.
