La melodía Para Elisa me hizo volver a la tierra después de tocar el cielo con la experiencia sexual más intensa y satisfactoria de mi vida.
—Estoy empezando a odiar a Beethoven —gruñó Itachi en mi oído.
Sonreí, todavía con los ojos cerrados, intentando recuperar al mismo tiempo la respiración y el sentido común. Pero esto último, con él todavía encima de mí y sintiéndolo todavía en mi interior, era un imposible.
—Dame un segundo y me aparto —musitó.
Pero no se apartó, abrazándome con fuerza, como si fuera reacio a romper aquella unión que nos había hecho alcanzar el paraíso al mismo tiempo. Su poderoso cuerpo todavía temblaba, no sabía si por el esfuerzo o por el placer.
Yo, por mi parte, lo abracé también, tan poco dispuesta a separarme de él como él de mí. Su suspiro de satisfacción cosquilleó en mi cuello, haciéndome sonreír de nuevo. Me sentía feliz. Agotada pero feliz. Con una plenitud y una sensación de bienestar que solo sentía cuando mi hijo me abrazaba. ¿Amor? ¿Realmente me había enamorado de ese hombre en un solo día? Era una locura.
—¿Crees en el amor a primera vista? —le oí susurrar en mi oído, y supe que la locura era compartida.
«Sí, contigo sí», dijo una vocecita en mi interior, pero la razón la acalló al instante.
Conocía parejas que se habían enamorado a primera vista, como en el caso de mis abuelos, pero su amor había sido alimentado con años de compromiso y dedicación. Sabía de parejas que habían sentido un flechazo al verse por primera vez, una atracción instantánea, pero que no habían superado el día a día de una relación, como en el caso de mis padres. Y había parejas, en cambio, que encontraban el amor poco a poco, tras una suma de momentos y pequeños detalles que terminaban enamorando.
Todo el peso de su mirada recayó en mí, observándome con seriedad, buscando en mis ojos la respuesta a una pregunta que iba más allá de las palabras.
—Como punto de partida sí… pero no asegura un final feliz —contesté, con la misma seriedad con la que él lo había preguntado—. En mi opinión, el amor a primera vista no es más que un comienzo, la atracción, la emoción y la pasión que calienta la sangre y te hace sentir que vuelas por el cielo. Pero lo importante es el día a día: la dedicación, el compromiso y la constancia que le ofreces a la otra persona, para mantener viva la llama del principio —expliqué sincera.
Algo pareció brillar en los ojos de él, algo que no conseguí identificar. ¿Sorpresa? ¿Respeto? Tal vez una mezcla de los dos.
Nos quedamos los dos en silencio, cada uno atrapado en la mirada del otro, intentando encontrar las palabras adecuadas para poder dar sentido a aquel sentimiento floreciente. Y lo primero era sincerarme con él y decirle quién era yo en realidad.
—Itachi, yo…
—Quería decirte que…
Los dos comenzamos a hablar a la vez, interrumpiéndonos mutuamente sin quererlo. Sonreímos con los ojos, con una familiaridad que solo se logra con años de relación, y en ese momento distendido, supe que quería pasar el resto de mi vida con aquel hombre.
Me tensé debajo de él cuando la melodía del móvil de Ino volvió a sonar. Demasiado insistente a horas demasiado intempestivas. Eso solo podía significar una cosa…
—Debe ser importante. Tengo que cogerlo.
Gruñó una maldición, dio un pequeño mordisco de castigo en la curva de mi cuello que me provocó una risilla tonta y rodó hasta liberarme de su peso.
—No tardes —rezongó.
Me puse lo primero que vi, la camisa azul de Itachi, y corrí en busca de mi bolso, que había quedado olvidado en algún punto del pasillo de la suite.
—Shion al habla.
—Joder, Sin, ¿dónde estabas metida?
La voz preocupada de Ino me hizo fruncir el ceño.
—¿Qué pasa? ¿Ha ocurrido algo?
—¿Que qué pasa? Que es el cuñado de Kiba.
—¿Quién? —pregunté, confusa.
—Itachi Uchiha —aclaró Ino—. Es el hermano de la mujer de Kiba.
—¿Kiba? ¿Tu ex? No entiendo que… —Mi voz se apagó cuando sentí una corazonada—. Mierda, Ino. Dime que no sigues saliendo con Kiba.
Su silencio fue respuesta suficiente.
Sentí que un nudo me atenazaba el estómago. Tuve un mal presentimiento aunque mi mente, todavía aletargada por el placer y el cansancio, no terminaba de asimilar el alcance de las palabras de mi amiga. Recorrí el pasillo hasta llegar al punto de la suite más alejado de la habitación: el comedor.
—Ino, ¿en qué demonios estás pensando? No puede salir nada bueno de tener una aventura con un hombre casado —afirmé, incrédula porque Ino se hubiera envuelto en algo así.
Una risa amarga se oyó desde el otro lado de la línea, seguida por un apagado sollozo.
—¿Crees que no lo sé? ¿Crees que no he intentado poner fin a esta historia? No era mi sueño estar con un hombre para el que solo soy una aventura.
—Entonces, ¿por qué…?
—Porque lo amo, lo amaba, maldita sea… no sé qué es lo que siento en este momento. Tengo el corazón dividido entre dos hombre, a cual peor elección —explicó Ino con voz rota—. Uno ha resultado ser un mentiroso y estar casado, y el otro no es más que… Es totalmente inconveniente.
—¿Porque solo es un conductor de limusinas? —pregunté, intuyendo quién era su otro clavo.
—¿Has conocido a Shikamaru?
—Sí, y me ha parecido un encanto.
—Umm —gruñó Ino cómo único comentario—. Al principio lo utilicé para dar celos a Kiba, esperando que al fin se decidiera a dejar a su mujer, como me había prometido, pero acabé sintiendo algo por él —confesó en un murmullo—. Y para terminar de arreglarlo, luego utilicé a Kiba para dar celos a Shikamaru. Mierda, Sin, soy una idiota. No tengo un virus… Estoy embarazada, y no sé de cuál de los dos es. —Sollozó Ino—. Me acabo de hacer la prueba y ha dado positivo.
Me dejé caer sobre una silla, mientras el llanto apagado de Ino penetraba en mi oído y encogía mi corazón. No pude evitar empatizar con ella.
—¿Qué vas a hacer?
—Tengo veinticinco años, no tengo pareja estable y vivo con mis padres. ¿Qué crees que voy a hacer? —inquirió con una risa irónica.
—Vas a tenerlo —afirmé. La conocía bien. A Ino le encantaban los niños, no sería capaz de deshacerse de su bebé, aunque fuera un inconveniente.
—Sí, voy a tenerlo. Aunque si es de Kiba no lo voy a utilizar para que deje a su mujer —aseguró con determinación—. Mi relación con él ha acabado.
—Mira, Ino, habla con los dos, plantéales la situación, siempre se pueden hacer pruebas de paternidad o, no sé… Y si ninguno quiere hacerse cargo, pues mándalos al cuerno a los dos. Tus padres seguro que te apoyan, y sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites.
—Yo… gracias Sin. No sabes lo mucho que siento que te hayas visto envuelta en todo esto —murmuró Ino, sincera—. Ten cuidado, ¿vale? Ese hombre es un hijo de puta manipulador.
—¿Hablas de Kiba?
—No, de Itachi Uchiha —aclaró Ino—. Kiba le tiene un poco de miedo, dice que puede ser despiadado cuando se trata de proteger a su familia.
Bueno, en eso coincidíamos él y yo, así que no lo podía criticar. Yo me convertía en una leona enfurecida si alguien se metía con mi hijo o con mi abuela.
—Pero, ¿qué demonios está haciendo aquí?
—Nada bueno. Ese hombre está tramando algo. No puede haber sido coincidencia que Uchiha haya contratado a Shion como escort —musitó Ino—. Mira, lo mejor que puedes hacer es seguir manteniendo las distancias con él —advirtió—. Por lo que dice Kiba, ese hombre es capaz de cualquier cosa por lograr su objetivo.
«Incluso seducir a la amante de su cuñado», pensé, sintiendo cómo el estómago se me revolvía.
—Sin, de verdad, siento mucho que te hayas visto envuelta en este lío por mi culpa. Si hubiese sabido desde un principio quién era él, no te hubiese pedido que lo hicieras.
—Ya hablaremos, Ino—corté, sin ganas de escuchar más explicaciones, al menos de ella. Colgué el móvil y lo dejé encima de la mesa.
Me llevé las manos a las sienes y comencé a masajearlas en círculos, intentando paliar el agudo dolor que comenzaba a sentir, y que sin duda eran un reflejo de lo que sentía en mi interior.
«Tonta, tonta y mil veces tonta», pensé.
Por pensar por un momento que un hombre como él en verdad podía haber estado interesado en mí. Por creer que podía ser la protagonista de una de esas historias románticas de las que leía mi abuela, en las que un príncipe azul podía enamorarse de una chica normal como yo.
Las palabras que Itachi dijo en la terraza, antes de besarme por primera vez, cobraron significado.
«No eres como esperaba».
Claro que no, porque yo no era Ino. Pero eso él no lo sabía, y había sido implacable en su seducción hasta conseguir tenerme en su cama.
«A mí no. A la amante de Kiba», corregí mentalmente.
Pero, ¿con qué objetivo? ¿Dar una lección a Ino? ¿Vengarse de Kiba?
Mierda. Y yo había colaborado como una estúpida, creyéndome cada palabra que me decía, haciéndome sentir especial con cada mirada.
Una bienvenida furia comenzó a expandirse por mi interior, calentándome de nuevo el cuerpo, llenándolo de energía. Me levanté de la silla y recorrí el pasillo con movimientos airados. Cada paso que daba colocaba un ladrillo en una muralla imaginaria que iba levantando a mi alrededor. Una muralla que me sirviera de protección en la batalla que se iba a librar en aquella habitación. Porque estaba dispuesta a decirle del mal que se tenía que morir por ser tan taimado, por manipular así a las personas, jugando con sus sentimientos.
Pero cuando entré en la habitación y lo vi, la pequeña muralla que había construido cayó como un castillo de naipes. Itachi estaba tumbado boca abajo en la cama. Gloriosamente desnudo y pacíficamente dormido. Demasiado hermoso para ser real.
Pero lo que me hizo contener el aliento no fue la perfección de su cuerpo. Fue el espectacular tatuaje que llevaba en la espalda. Un ave Fénix renaciendo de sus cenizas, de diseño muy parecido al mío. Ahora entendí por qué se había impresionado él al ver mi tatuaje. Por lo mismo que yo me había impresionado al ver el suyo. Porque debajo de las diferencias sociales y de la distancia entre nuestros respectivos mundos, tuve la corazonada de que, en esencia, él y yo éramos almas gemelas.
