Capítulo 14

—Preciosa, vuelve a la cama. Te echo de menos —musitó Itachi sin abrir los ojos.

Su voz adormilada y enronquecida provocó escalofríos en mi espina dorsal. Era tonta, rematadamente tonta. Y una cobarde total. ¿Por qué? Porque en lugar de haberle despertado con un cubo de agua fría y haberle gritado en el oído que era un cretino sin escrúpulos, me había vestido en completo silencio, dispuesta a irme sin despertarle y con la idea de no volverlo a ver nunca más. Y para mi mayor vergüenza, justo cuando estaba saliendo de la habitación sentí la necesidad irrefrenable de tapar con la colcha aquel glorioso cuerpo desnudo para que no cogiera frío.

«Patético», me recriminó una vocecilla interior.

—Me voy.

Aquella declaración hizo que Itachi clavara en mí sus ojos, de un negro que en la semipenumbra de la habitación parecían brillar con luz propia. Su ceño se frunció con preocupación al verme la cara. Una cara que me estaba esforzando mucho para que fuera totalmente impávida e indescifrable.

—Estás pálida, pequeña. ¿Va todo bien? Parece como si acabases de ver un fantasma. ¿Eran malas noticias?

«Tal vez tendría que practicar un poco más mi impasibilidad», pensé, con una mueca mental.

—Estoy perfectamente bien, señor Uchiha —repliqué con frialdad, volviendo a los formalismos—. Pero como ya ha obtenido de mí lo que quería, doy por terminado mi trabajo de esta noche —añadí, como lo hubiese hecho cualquier escort profesional.

No esperé a verle reaccionar, salí de aquella habitación con paso airado, ansiosa de poner distancia entre ese hombre y yo para poder recomponer mis defensas, que se habían quedado desmoronadas en algún lugar entre las sábanas enredadas de aquella maldita cama.

Le oí maldecir, gruñir y soltar un taco. También le escuché gritar el nombre de Shion. Pero como no era el mío, de forma irracional decidí no darme por aludida, y continué avanzando por el pasillo. Justo cuando llegué a la puerta un ruido sordo hizo que mirase hacia atrás. Creo que mientras quede un aliento de vida en mi cuerpo recordaré la visión del impresionante cuerpo desnudo de Itachi Uchiha avanzando hacia mí a grandes zancadas por aquel pasillo largo y estrecho, mientras me clavaba su mirada furiosa. Mi instinto me impulsó a huir. Giré el pomo de la puerta y conseguí abrirla unos centímetros antes de que una mano enorme volviera a cerrarla con un portazo contundente.

—Esto no va a acabar hasta que yo lo diga —rugió, agarrándome del brazo y girándome con ímpetu.

Estaba furioso, pero aquel enfado se transformó en pasión en cuanto me tocó. Me empotró contra la pared y me besó con urgencia, con desesperación, con ansia, y yo me dejé besar en un primer momento, conmocionada por lo que había visto en sus ojos cuando me había girado: una vulnerabilidad y un dolor equiparable al que yo estaba sintiendo.

Aun así, no podía olvidar que ese hombre me había utilizado, todavía no sabía a ciencia cierta con qué propósito. Pero de lo que estaba segura era de que no me iba a dejar volver a utilizar. Debía actuar con rapidez, antes de que mi cuerpo tomara el control de mi mente y nublara mi determinación. Así que ataqué, como siempre hacía cuando me sentía en desventaja. Bajé la mano es una suave caricia por su cuerpo que hizo que Itachi se tensara de placer y cuando llegué a mi destino apreté sin compasión.

El resultado fue instantáneo.

—Hija de… —masculló, soltándome, levantando las dos manos con las palmas abiertas en señal de rendición. Me miró con una mezcla de enfado y admiración—. Está bien, tú ganas. Me tienes cogido por los huevos, y lo digo literalmente —aclaró con una mueca, mirando hacia abajo, donde mi mano apretaba con una efectiva advertencia sus testículos—, así que pon las condiciones y acabemos de una vez.

—¿Condiciones para qué? —pregunté, cautelosa, sin terminar de entender.

Lo único que quería es que me dejara salir de allí antes de que volviera a hacer el ridículo y me dejara seducir por segunda vez. Aparté la mano de él con rapidez, como si me hubiera quemado, al sentir como, pese a la situación, su excitación iba en aumento, y la mía con la de él.

—Para que pueda llevarte otra vez a la cama —gruñó, con la voz enronquecida pero la mirada inexpresiva.

Eso me dejó fría al instante. No había mejor control de la libido que intentar poner cláusulas al deseo. ¿Es que no se daba cuenta de que si me hubiese seguido besando posiblemente habríamos acabado en mucho más? Cuando me tocaba me derretía por completo en sus brazos, ¿es que no lo veía?

«Al parecer no», pensé con cierta desilusión. Así que me tocaba jugar a su juego.

—¿Qué es lo que esperas de mí, exactamente?

—Preciosa, cualquier cosa que pudiera esperar de ti se ha ido al traste después de conocerte —suspiró, mesándose el cabello—. Esperaba que fueras una zorra fría y calculadora —reconoció con sinceridad—. Y en lugar de eso me encuentro con que eres, eres… diferente.

Tomé lo de diferente como un cumplido.

—Estoy acostumbrado a tratar con escorts —declaró, mirándome con cierta frialdad—, sé que vosotras negociáis este tipo de cosas.

Y posiblemente fuese cierto, pero el problema es que yo no era una escort. Decidí no contarle la verdad hasta que no averiguara cuáles eran sus intenciones. Después de todo, Ino era mi amiga, y ahora mismo se encontraba en una situación vulnerable. Quería protegerla y, por qué no, si además conseguía vengarme en cierta forma de ese cretino por haberme utilizado…

No sabía qué decir sin dejar en evidencia que yo no era Shion, pero lo que estaba claro es que no podía negociar algo que para mí era innegociable, así que decidí atacar en un punto que necesitaba entender.

—¿Y por qué, entre todas las escorts que hay en el mundo, has decidido contratar a la escort con la que se acuesta tu cuñado?

Su cara se quedó inexpresiva por un momento, y luego la calidez volvió a sus ojos acompañando a una sonrisa ladeada que empezaba a conocer muy bien y me resultaba irresistible.

—Sigues haciéndolo.

—¿El qué? —pregunté confusa.

—Desconcertarme —dijo, mirándome con cierto brillo de admiración que me hizo sentir halagada—. Cada vez que creo que te tengo acorralada te las apañas para descolocarme y ponerme a mí contra la lona. ¿Sabes lo frustrante que es eso para un hombre como yo? —inquirió exasperado—. Me gano la vida negociando, cerrando tratos con expertos hombres de negocios que no dudarían en vender a su madre por un buen acuerdo, y siempre consigo de ellos lo que quiero, siempre me los llevo a mi terreno —explicó con sinceridad—. Pero contigo no he conseguido dar un paso sin que me encuentre con el culo en el suelo, algunas veces incluso de forma literal — añadió con una mueca de burla hacia sí mismo.

No supe qué decir a eso. Solo lo atacaba cuando se comportaba como don Cretino. Cuando era don Perfecto me era imposible negarle nada. Pero eso no se lo podía decir a él.

—¿Lo sabes desde el principio? —preguntó, con el ceño fruncido.

—No.

—¿La llamada de ahora?

—Sí.

—¿Te llamó Kiba?

—No.

—¿Y quién?

—Una amiga muy bien informada.

—Y muy inoportuna.

—Eso depende de quién lo mire.

Las preguntas se habían sucedido como latigazos, y yo había contestado a ellas de forma impersonal y escueta. Ahora era mi turno. Pero yo solo tenía una pregunta.

—¿Por qué?

Su mirada se oscureció, como si un velo nocturno hubiese cubierto el cielo de sus ojos.

—Mi hermana es una persona frágil. Siempre ha estado muy consentida y muy protegida, supongo que yo he colaborado en ello. Pero es mi hermana pequeña y nunca le he podido negar nada. Ella ama a Kiba, tal vez demasiado, y la está matando la aventura que estás teniendo con él. Su estado de depresión ha empezado a afectarle la salud.

—¿Ella lo sabe? —pregunté, sintiendo lástima por la mujer.

—Lo sospecha, y a veces la incertidumbre es lo peor. Por eso me pidió que averiguara si en verdad Kiba estaba poniéndole los cuernos —admitió Itachi—. No fue difícil dar contigo después de saber las veces que Kiba había contratado tu compañía a través de Contact One. Yo tenía que viajar a Barcelona para este congreso, así que…

—Contactaste con Contact One para que Shion fuese tu escort este fin de semana —terminé diciendo yo—. Pero, ¿qué pretendías? ¿Amenazarla? ¿No se te ha ocurrido que ella también haya podido ser utilizada por Kiba? ¿Que no sabía que estaba casado y que pueda sentir algo por él? —Vi que él fruncía el ceño y me di cuenta de que había estado hablando en tercera persona. Me apresuré a corregirlo—. ¿Y si estoy enamorada de Kiba?

Una llamarada de ira cruzó la mirada de Itachi.

—Pero tú no quieres a Kiba, quieres a Daisuke, ¿recuerdas? —apuntó con cierto retintín en la voz—. «Más que a mi vida» —añadió poniendo voz de falsete, en una burlona imitación de lo que yo le había dicho—. Así que, ¿a quién quieres de verdad?

¿Eran imaginaciones mías o su voz estaba teñida de celos?

—Bueno, eso es algo que a ti no te debería importar, ¿no crees?

—Pero me importa —señaló con los ojos entrecerrados y un brillo decidido en la mirada—. Me importa cuando me besas como si la vida te fuera en ello y te derrites en mis brazos —gruñó, acorralándome contra la puerta con su cuerpo pero sin llegar a tocarme—. Me importa cada vez que tiemblas cuando te toco —susurró, tomando mi rostro entre sus grandes manos—. Me importa cuando, con un mero roce, tus ojos se nublan de deseo —musitó, con su boca a escasos centímetros de mi boca, mirándome fijamente a los ojos—. Y sobre todo me importa porque, cuando me miras, parece que yo también te importe.

Me besó con un cuidado exquisito, saboreando mi boca con lentitud y delicadeza, seduciendo a mi lengua para que bailase a su son, tentándola hasta que se enredó con la suya. Y luego me soltó.

—Por cómo reaccionas cuando te toco, no creo que estar conmigo te resulte un trabajo indeseado, así que negociemos —declaró, volviendo a tomar la fría actitud de hombre de negocios—. Voy a estar en Barcelona hasta el jueves. ¿Te parecen bien mil euros por día?

—¿Y por qué no cinco mil? —repliqué con un bufido, pensando que lo decía en broma.

—No esperaba menos de ti. —Una sonrisa ladeada bailaba en sus labios pero sus ojos brillaban con la determinación de un tiburón—. Me parece bien.

—¿Estás loco? —susurré cuando me di cuenta de que hablaba en serio—. Eso es una fortuna.

—Me lo puedo permitir —afirmó, con un encogimiento de hombros, como si ese dinero fuera una nimiedad para él.

Me esforcé por poder anular cualquier expresión de mi rostro, por controlar cualquier emoción que pudiera brillar en mis ojos, cosa muy difícil cuando aquellos inquisitivos ojos azules me miraban como si quisieran diseccionar cada partícula de mi ser.

—¿Hablas en serio?

—Completamente.

—¿Y qué se supone que debo hacer? —pregunté cautelosa.

—Estar a mi completa disposición durante todo el tiempo —afirmó, mirándome con intensidad—. Tanto fuera como dentro de la cama.

—¿Haces esta clase de tratos de forma habitual?

—Es la primera vez.

—No pensaba que fueras un hombre tan desesperado por echar un polvo que tuviera que recurrir al dinero —dije con tono despectivo.

—Yo tampoco lo pensaba… hasta que te conocí.

—Pues tendrás que buscarte a otra, porque yo no estoy a la venta —espeté, indignada.

Salí de allí hecha una furia, no sin antes escuchar el murmullo de Itachi a mi espalda.

—Todo el mundo tiene un precio.