Capítulo 15

El repiqueteo de unos nudillos sobre la puerta me despertó de mi desapacible sueño. Había abandonado la habitación de Itachi en un estallido de furia e indignación que se había convertido en vergüenza cuando en el vestíbulo del hotel me alcanzó el señor Sen para anunciarme que me iba a acompañar hasta mi hotel. Su rostro no expresó nada pero, por mi pelo revuelto, las mejillas sonrosadas y sin medias, no había que ser un experto para deducir lo que habíamos estado haciendo en la habitación.

Al llegar a mi hotel me había sido imposible conciliar el sueño hasta bien entrada la madrugada. Maldito don Cretino y su insultante ofrecimiento. Cinco mil euros por día. ¡Cinco mil! ¿Pero qué se había creído al hacerme una proposición así? ¿En serio pensaba que podía aceptar?

«¿En serio puedes permitirte no hacerlo?», susurró la vocecita de mi interior, mientras me ponía una bata y me acercaba a la puerta.

—¿Quién es?

—Servicio de habitaciones —declaró una voz amortiguada.

Entreabrí la puerta con el ceño fruncido, porque yo no había llamado a nadie, y me encontré delante de la bandeja con el desayuno más apetitoso que había visto en mi vida: café con leche, zumo de naranja, un bol con fresas frescas, un plato con esponjosos pancakes y un surtido de salsas dulces para aderezarlos. Como guinda final había una rosa roja encima de la servilleta. El imperturbable rostro del señor Sen me miraba desde detrás de la bandeja.

—El señor Uchiha pensó que tal vez tuviera hambre —declaró con voz monocorde, mirando al frente.

—El señor Uchiha se cree muy listo —mascullé, abriendo la puerta y dejándolo pasar.

Después de todo, estaba hambrienta, y sería una pena desperdiciar aquel delicioso desayuno solo por orgullo. El señor Sen dejó la bandeja encima del pequeño escritorio que había a un lado de la habitación.

—El señor Uchiha también me ha pedido que le entregue esto. —Me tendió un sobre blanco, bastante abultado—. Es un contrato. Quiere que lo estudie con detenimiento y que le dé una respuesta antes de mediodía.

—Ya le di mi respuesta anoche —repliqué sin coger el sobre.

—Señorita Shion, no me puedo ir de aquí hasta que no le haya entregado en mano este sobre.

—¿El señor Uchiha hace esto a menudo?

—¿El qué?

—Ser un cretino avasallador.

—El señor Uchiha es un hombre con las ideas claras.

—¿Y eso qué significa? —pregunté, sin comprender.

—Que cuando quiere algo lo consigue.

Solté un taco a sotto voce, cogí el sobre y lo tiré a la papelera que había en la habitación.

—Puede decirle al señor Uchiha que ya ha cumplido su cometido —dije enfadada, abriendo la puerta e invitándole a salir con un gesto airado—. Y ahora, si me disculpa, voy a tomarme mi desayuno, a hacer las maletas y a volver a mi casa.

El señor Sen abandonó la habitación con paso tranquilo y ese rostro inconmovible que crispaba los nervios.

—Debe de ser difícil trabajar para un hombre que está como una maldita cabra.

—El señor Uchiha puede ser muchas cosas, pero no es un loco —declaró Sen—. Si cambia de idea la estaré esperando abajo —añadió, y con una regia inclinación de cabeza en señal de despedida, se marchó.

Di cuenta del desayuno sentada en la cama. Había encendido la pequeña televisión de pantalla plana que estaba colgada en la pared, intentando entretener mi mente con el canal de noticias, pero mis ojos insistían en volver, una y otra vez, a la pequeña papelera cilíndrica donde había tirado el sobre con el contrato.

Si aceptaba la proposición de Itachi podría dejar de trabajar en el supermercado y centrarme en acabar la carrera, para así conseguir mejores notas. Podría pasar más tiempo con Daisuke; podría comprarle la consola de videojuegos por la que suspiraba en secreto desde hace mucho tiempo; incluso podríamos irnos de vacaciones a algún sitio, tal vez a Galicia o a Asturias. Unas verdaderas vacaciones en familia como nunca antes las habíamos tenido, la abuela, Daisuke y yo.

Freddie Mercury me sorprendió con la boca llena de pancake bañado en caramelo. Fruncí el ceño al reconocer el número que me llamaba. Era Chiyo, la mejor amiga de mi abuela. Tragué el bocado y me apresuré en contestar.

—Querida, perdona que te moleste, pero hay algo que me preocupa y quería hablarlo contigo. —La voz era tan vivaz que nadie se pensaría que pertenecía a una mujer de setenta y cinco años—. No sé muy bien cómo abordar este tema sin que te puedas ofender o Tsuna se enfade conmigo, pero…

—Tranquila, señora Chiyo, puede hablar con sinceridad —afirmé.

Chiyo era una mujer bondadosa que quería de verdad a mi abuela y que adoraba a Daisuke. Sabía que lo que dijera lo haría por bien.

—Sabes que tu abuela y yo nos íbamos a ir a Canarias en mayo con nuestro grupo. Ya sabes lo ilusionada que estaba tu abuela con ese viaje.

Por supuesto que lo sabía. Las dos mujeres pasaban sus ratos libres con un grupo de jubilados muy activo. Hacían muchos viajes y ese era el primero al que mi abuela se había apuntado. En principio había sido reticente pero le aseguré que podía adelantar mis vacaciones en el supermercado para así poder encargarme yo de Daisuke durante esos días.

—Pues anoche me llamó y me dijo que no iba a poder venir, que le había surgido algo. Mira, querida, si es por dinero, quiero que sepas que yo se lo puedo pagar, porque en verdad me gustaría que tu abuela viniera a este viaje. A nuestra edad nunca sabes cuándo va a ser el último, y nos lo pasaríamos muy bien.

Se me hizo un nudo en el estómago. No podía ser por dinero, mi abuela había estado ahorrando para ese viaje durante todo un año. Debía de ser por otra razón.

—No sé por qué te ha podido decir eso, Chiyo. El dinero lo tenemos —le aseguré, intentando no morirme de vergüenza—. Déjame que hable con ella y averigüe qué ha podido pasar.

—Muy bien, querida. Lo dejo en tus manos.

En cuanto colgué a Chiyo marqué el número de mi casa.

—¡Mamá, buenos días! —No había nada mejor que empezar el día escuchando la voz de Daisuke.

—Buenos días, mi vida. ¿Qué tal has dormido?

—Sin dolores, la medicina me fue genial. Ahora estoy haciendo los deberes. ¿Qué tal ha ido el trabajo? ¿Tu jefe ha quedado contento contigo?

—Muy contento, cariño.

«Tanto que me quiere ampliar el contrato», pensé.

—Tengo a mi lado a la bisa, ¿quieres hablar con ella?

—Sí, claro. Te quiero, Daisuke.

—Adiós, mamá. Te quiero mucho.

Escuché en silencio cómo Daisuke le pasaba el teléfono a su bisabuela y la cariñosa voz de Tsunade llenó mi oído.

—Sakura, cariño. ¿Qué tal ha ido el trabajo?

—Muy bien, abuela. ¿Qué tal por ahí? Ayer por la noche, cuando me llamó Daisuke, le escuché un poco triste. Pero hoy parece más animado.

—Sí, bueno. Eso es algo que quería comentar contigo cuando llegaras a casa.

—¿Qué es lo que pasa?

—Ayer por la tarde, cuando fui a recogerlo a los scouts, escuché a los padres de Boru y Lee hablando sobre el viaje de fin de curso.

Boru y Lee eran los mejores amigos de Daisuke. Además de a los scouts, también iban a la misma clase.

—¿Qué viaje de fin de curso? —pregunté extrañada, porque Daisuke no me había hablado nada del tema.

—El que tu hijo nos ha estado ocultando. Como están en el último curso de primaria y muchos cambian de cole el curso que viene, los del AMPA han pensado organizar un viaje a los Pirineos, de esos con actividades multiaventura para que los chavales se lo pasen en grande. Por lo que me han dicho, han hecho un par de reuniones al respecto.

Y Daisuke no nos había dicho nada al respecto. Seguro que había escondido las notas informativas sobre el tema.

—Pero, ¿por qué? —pregunté, confusa. Un viaje así sería un sueño para mi hijo.

—Ya sabes cómo es —dijo Tsunade, chascando la lengua—. Yo creo que es porque no quiere causarte más gastos —explicó con voz suave—. Ya sabes lo que le preocupa que trabajes tanto y lo consciente que es de nuestra situación económica. Pero, cariño, tengo una solución para que Daisuke pueda ir a esa excursión y tú no tengas que hacer más horas en el supermercado —añadió mi abuela, y tuve que morderme el labio para ahogar un sollozo emocionado.

Sabía cuál era su solución. Renunciar a su viaje a Canarias. Por mí y por Daisuke.

Esa era mi familia. Pequeña, pero tan generosa y amorosa que no entendía qué era lo que había podido hacer para merecerlos. Las lágrimas comenzaron a correrme por las mejillas mientras pensaba en todos los sacrificios que mi familia hacía por mí, muchos que ni siquiera sabía, y yo no tenía forma alguna de pagarles. ¿O sí?

Mis ojos volaron a la papelera ovalada. Ese dinero sería como un regalo caído del cielo… que posiblemente me llevara derecha al infierno. Pero mi familia bien valía ese precio.

—… así que he decidido no ir al viaje —estaba diciendo mi abuela—. Después de todo, viajes como ese salen continuamente y…

—Abuela, no hace falta que renuncies al viaje —afirmé, rezando para que mi voz no saliera quebrada por las lágrimas—. Por eso llamaba. El hombre para el que estoy trabajando necesita que haga de traductora unos días más. Y me va a pagar muy bien. ¿Podrás encargarte de Daisuke hasta el jueves?

—Sabes que sí, cariño —contestó la abuela—. Pero, ¿y tus clases? ¿Y el supermercado?

—Respecto a las clases, Ino me debe un favor muy, muy gordo, le encargaré que me pase todos los apuntes de estos días. Y en cuanto al supermercado, hablaré con mi encargado. Me deben varios días por todas las horas que trabajé el año pasado, así que le diré que los necesito coger. Lo importante es que tú puedas encargarte de Daisuke, yo… —se me cortó la voz—. Abuela, todo lo que has hecho por mí y por Daisuke estos años. Nunca podré decirte lo mucho que te lo agradezco. No puedo dejar de pensar que si no estuviéramos tu vida sería mucho más tranquila y cómoda.

—Cariño, sois mi familia. Ya estaré tranquila y cómoda cuando esté muerta — declaró con humor negro—. Ahora quiero vivir, y la vida es así, llena de alegrías y de penas, de sacrificios, preocupaciones y sueños, y disfruto cada minuto que paso a vuestro lado.

«¿Qué decir a eso?».

—Gracias, abuela. No se te ocurra renunciar a tu viaje y dile a Daisuke que él también tendrá el suyo, y que cuando vuelva tendremos una pequeña conversación acerca de ocultar cosas —añadí poniendo mi voz severa de madre—. Os quiero.

Después de colgar, fui hasta la papelera y cogí el sobre. Me senté en la cama y lo abrí. Casi me caigo redonda al ver en su interior un fajo de billetes de quinientos euros. ¡Y lo había tirado a la basura! Me puse a contar los billetes con manos temblorosas. Había diez en total. Cinco mil euros, el pago de un día. Sin duda por el día anterior. Mierda. Esto iba muy en serio. Si cogía ese dinero, ¿podría volver a mirarme en el espejo con dignidad? Me vino a la mente el rostro sonriente de mi hijo Daisuke, de todo lo que me gustaría darle y no podía por falta de dinero. Con los cinco mil euros que tenía en la mano podría pagar su viaje de fin de curso, unas buenas vacaciones familiares y hacer alguna mejora en casa de mi abuela, que falta le hacía. Podía coger ese dinero y desaparecer, con el orgullo de poder decir que no había aceptado la proposición de Itachi… y no volver a verlo nunca más.

Un dolor en el pecho me sobrevino a ese pensamiento. ¡Dios!, la situación era peor de lo que esperaba porque, muy a mi pesar, sentía algo por ese cretino, y si desaparecía sin más sabía que su recuerdo me perseguiría para siempre, como una espinita que tienes clavada y de la que no te puedes deshacer. Algo totalmente indeseado.

Así pues me planteé tres opciones:

Primera. Dejar los cinco mil euros en la basura y volver a casa a continuar mi vida, con mi orgullo y mi dignidad intactos… y con la espinita clavada de por vida.

«¿Estás loca? Ni de coña vas a dejar cinco mil euros en la basura», protestó la vocecita de mi interior.

Segunda. Coger los cinco mil euros —pese a que mi orgullo y dignidad sufrieran un traspié por haber aceptado ese dinero— y volver a casa.

«Y que el rostro de Itachi te persiga en sueños cada noche», sentenció la puñetera vocecita de dentro de mi cabeza.

Tercera. Aceptar el contrato de Itachi, aunque supusiera tragarme mi orgullo y mi dignidad, darle una alegría a mi familia con todo el dinero que iba a conseguir y de paso, darle a ese hombre una lección que nunca pudiese olvidar.

«Me apunto a lo de darle una lección», convino la vocecita con entusiasmo.

Tras discutirlo mucho con mi vocecita, me decidí por la tercera opción; así que cogí el contrato y comencé a leer. Era un contrato privado, por el cual Itachi Uchiha contrataba los servicios de la escort Shion por cinco mil euros al día, pagaderos a día vencido.

Párrafo tras párrafo, se detallaban las disposiciones de obligado cumplimiento que se esperaba que realizase, comenzando por mudarme a la habitación de invitados que había en la suite, lo que me dejaba muy a mano. Hablaba de acompañar al señor Uchiha como traductora y asistente personal durante todos los días que estuviera en Barcelona, con total disponibilidad personal y de horario. No se detallaba lo que se consideraba «disponibilidad personal», pero Itachi ya lo había dejado bien claro.

Me detuve en el último párrafo, titulado «Cláusulas Adicionales» y que se encontraba vacío. Supuse que si tenía algo que añadir a todo lo detallado en el contrato, bien podía hacerlo en aquel párrafo. Y vaya si tenía que decir. Así que cogí un boli y comencé a escribir.

Puede que tuviera que hacer un pacto con el diablo, pero el maldito demonio iba a tener que tragar con mis condiciones al respecto si quería verme arder en su fuego.