Capítulo 16

Después de hacer las maletas fui en busca del señor Sen, que me esperaba, tal y como había dicho, en el vestíbulo del hotel. Que no mostrara ninguna sorpresa cuando le dije que me llevara ante Itachi, provocó una magulladura en mi orgullo. Y el daño fue considerable cuando al entrar en la suite me encontré, cara a cara, con la sonrisa de complacencia de don Cretino.

—Antes de que abras la bocaza y me entren ganas de cerrártela de una bofetada vamos a sentarnos en la mesa y a negociar —espeté, a modo de bienvenida.

Oí cómo el señor Sen tosía, y por la mirada furibunda que le dirigió Itachi sospeché que esa tos había sido el intento de disimular una carcajada. El hombre se recompuso al instante, recuperando su gesto estoico, y nos dejó a solas con una leve inclinación de la cabeza, no sin antes lanzarme una mirada de admiración que me devolvió un poco de orgullo.

—Está bien, negociemos —concedió Itachi, mirándome con el ceño fruncido.

Con un ademán de la mano me invitó a entrar en el comedor de la suite y, de forma caballerosa, me ayudó a acomodarme en una de las sillas que había en el comedor. Él tomó asiento en el sitio de enfrente, al otro lado de la mesa.

—Te voy a leer mis condiciones para poder aceptar el contrato. Si no las aceptas, cogeré las maletas y me iré —anuncié con frialdad.

—Soy todo oídos —dijo con voz suave y una mirada inescrutable.

—Punto uno. Acepto mudarme a la habitación de invitados siempre y cuando su acceso sea restringido, es decir, que no podrás entrar a no ser que tengas mi permiso.

—Me parece bien.

—Punto dos. Olvida lo de total disponibilidad de horario —espeté, mirándole ceñuda—. El horario de trabajo será de siete de la mañana a doce de la noche, ininterrumpidamente. El intervalo restante será mi tiempo de descanso.

Los ojos de Itachi se entrecerraron ligeramente, única señal visible de que ese punto no era de su agrado.

—Ese descanso solo te lo puedo conceder si lo utilizas para dormir —dijo finalmente Itachi—. Así que me parece bien, siempre y cuando durante tu tiempo libre te mantengas en la habitación de invitados. A no ser que quieras dormir en mi cama, claro —añadió con una sonrisa ladeada.

—Punto tres —seguí diciendo, ignorando su pulla—. Las relaciones sexuales quedarán limitadas a una por día dentro del horario de trabajo.

Itachi gruñó un taco.

—No es suficiente —declaró, tajante, con el ceño fruncido.

—¿Y qué consideras suficiente?

—¿Contigo? No sé, por lo menos cinco veces. Aunque con el humor que tengo ahora tal vez alguna más —añadió con una mirada incendiaria.

Esa declaración me descolocó.

—¿Qué eres, una máquina del sexo o algo así? ¿Eso es normal en ti?

—Creo que es evidente que lo normal queda descartado cuando se trata de nosotros —replicó con cierto tono de burla, aunque parecía dirigida hacia sí mismo—. Tómatelo como un cumplido, pero contigo no es aceptable menos de tres veces. Tenemos pocos días juntos y pienso aprovecharlos al máximo.

¿Eran imaginaciones mías o en esa habitación comenzaba a hacer mucho calor?

—Una vez. Este punto no es discutible —atiné a decir, intentando que mi voz sonara taxativa.

Pretendía quitarme la espinita que se me había clavado en el corazón, no que esa espinita enraizara dentro de mí. Para lo que tenía en mente, cuantos menos acercamientos físicos hubiera entre nosotros mucho mejor.

—¿Y si aumento tu paga? —inquirió Itachi con los ojos entrecerrados.

—No se trata dinero.

—¿Y de qué va si no todo esto?

—No puedo explicártelo —musité, porque no lo entendía ni yo.

¿Qué estaba haciendo? Debería irme a mi casa con los cinco mil euros en el bolsillo y no esperar… ¿qué? ¿Qué durante estos días él se diera cuenta de que estábamos hechos el uno para el otro? Porque eso era lo que yo sospechaba…

—No es negociable, o lo aceptas o me voy —afirmé, mirándolo fijamente, poniendo mi mejor cara de póker.

—Lo acepto. Uso y disfrute de tu cuerpo durante una vez al día —gruñó finalmente, y por su mirada vi que no le había gustado nada transigir en ese punto—. Aunque tengo carta blanca para intentar seducirte fuera del horario laboral —añadió, con una voz tan afilada como sus ojos—. Y te advierto que puedo llegar a ser muy persuasivo…

¿Persuasivo? Ese hombre seducía solo con respirar. Le sostuve la mirada acopiando toda mi fuerza de voluntad, y terminé por asentir en señal de consentimiento.

—Punto cuatro —continué diciendo—. Dentro de las relaciones sexuales no aceptaré ningún tipo de cosa rara que me pueda hacer sentir incómoda. Ni tampoco ningún tipo de acción denigrante o agresión —advertí con seriedad.

—¿No eres fan de Christian Grey? —preguntó Itachi, mirándome divertido.

—Vaquero, como me zurres el culo te dejo sin dientes.

—Tranquila, a mí tampoco me van las sumisas. Me gustan las mujeres que pueden patearme el culo cuando lo merezco. Aunque hasta ahora no había conocido ninguna que fuera capaz —admitió, haciendo una mueca.

—Punto cinco. Este contrato se puede romper en cualquier momento, sin previo aviso ni recriminaciones, por cualquiera de las dos partes.

Ese punto hizo que los ojos de Itachi destellasen con una emoción que no pude discernir, haciendo que su semblante se oscureciese. Por mi parte, intenté ocultar la desazón que encogió mi corazón. Era irónico que estuviese negociando las condiciones de una relación que debería ser solo sexual, con el único hombre que de verdad me hacía sentir algo más.

—Acepto tus términos —dijo Itachi al final—. Pero quiero añadir dos condiciones más.

—¿Cuáles? —pregunté, cautelosa.

—No volverás acercarte a Kiba Inuzuka. Nunca más —advirtió Itachi con mirada acerada.

Teniendo en cuenta que no lo había visto en mi vida, no era una condición difícil de cumplir.

—Esa decisión no me corresponde a mí tomarla, pero te aseguro que en lo que a mí respecta, no volveré a acercarme a él.

—Para sentir algo por Kiba, tal y como afirmas, no te ha costado mucho renunciar a él —masculló Itachi, mirándome con suspicacia.

Me encogí de hombros, de forma evasiva.

—¿Cuál es la segunda condición?

—Dime tu nombre, tu verdadero nombre. No el apodo que usas para trabajar.

La única ventaja que tenía con ese hombre era mi anonimato. Si las cosas no salían como esperaba siempre podía desaparecer y él nunca me podría encontrar. Así que ni loca le iba a decir mi nombre, al menos no mi nombre completo. Sonreí de antemano, porque sabía cómo iba a reaccionar cuando se lo dijera.

—Mi nombre es Sin.

Me miró con incredulidad.

—¿Sin? ¿En serio crees que me voy a creer que tu nombre es «pecado»? — preguntó él con un bufido escéptico.

—Puedes creer lo que quieras, pero es el único nombre que te voy a dar — declaré, cruzándome de brazos y recostándome hacia atrás en la silla.

—Está bien… Sin —dijo mi nombre con voz tan enronquecida y sexy que sentí cómo me derretía por dentro—. Pecado o no, vas a ser mía durante cinco días — añadió, con una sonrisa satisfecha.

Asentí, pero mirándole con los ojos entrecerrados, pensando cómo un hombre tan inteligente podía llegar a ser tan tonto. Si en verdad creía que se lo iba a poner fácil se iba a llevar una gran sorpresa.

Después de firmar el contrato, una tregua no pactada tranquilizó nuestros ánimos, manteniendo una relación bastante natural pese a las condiciones a las que estábamos sujetos. Fuimos a comer por ahí y a hacer un poco de turismo por Barcelona, visitando el museo Picasso, el conjunto monumental de la plaza del Rey y callejeando por el barrio gótico, como una pareja de turistas que disfruta de unas vacaciones. Pero a mí no se me iba de la cabeza que mi acompañante me estaba pagando por ese tiempo compartido. Era absurdo. Pagarme, ¿por qué? ¿Por dejarme invitar a comer?

¿Por pasar una tarde increíble con un hombre irresistible? Itachi Uchiha no paraba de sorprenderme. Era divertido, atento, detallista y tenía un lado romántico que me descolocaba constantemente. Se suponía que yo no era más que un instrumento en su juego de manipulación, ¿o no? Porque de vez en cuando le sorprendía mirándome de una forma intensa que me hacía estremecer, con un deseo y un anhelo que hacían que mis rodillas temblasen.

Tras una cena ligera en el restaurante del hotel, nos retiramos a la suite. Justo cuando entramos en el ascensor la voz de Freddie Mercury hizo que los dos buscáramos nuestros respectivo móviles, con una sonrisa cómplice. La melodía procedía del mío y lo cogí sin dilación.

—Hola, mami. ¿Qué tal el día?

La voz de mi hijo me hizo sonreír de forma involuntaria.

—Hola, cariño —contesté, siendo consciente de que mi voz se endulzaba cuando hablaba con Daisuke, algo que al parecer no gustó nada a Itachi porque se puso rígido de repente, mirándome con ojos fríos—. Ha sido un día tranquilo —susurré, intentando el imposible de hablar con privacidad en un ascensor—. ¿Qué tal el tuyo?

—Tranquilo también. He pasado el día haciendo deberes y estudiando para el examen de mañana. ¿Susurras porque tu jefe está delante?

—Sí.

Miré de forma involuntaria a Itachi y mis ojos quedaron atrapados en el brillo de los suyos.

—Pues no te molesto más. Solo quería darte las buenas noches. Te quiero, mamá.

—Yo también te quiero, Daisuke—contesté, sin poder apartar la mirada de la del hombre que tenía delante de mí y me observaba furioso.

Justo cuando colgué las puertas del ascensor se abrieron, pero nos quedamos los dos parados dentro, sin salir, mirándonos. Me miraba de una forma tan profunda que sentí que le debía una explicación sincera.

—Mira, Itachi. No es lo que piensas. Daisuke realmente es…

—No quiero que me hables de Daisuke. Nunca —gruñó Itachi, tajante—. Quiero que vayas directa a mi habitación y que te desnudes. Es hora que me entregues el cuerpo por el que estoy pagando —añadió con voz ronca.

Sentí que el estómago me daba un vuelco. Alcé el mentón y me dirigí a la suite, donde Itachi confiaba poder disponer del cuerpo por el que había pagado.

Y yo estaba dispuesta a dárselo, pero de una manera que él no esperaba. Quería demostrarle lo diferente que podía ser el sexo pagado de lo que para mí había sido hacer el amor con él.

Comenzó así un duelo de voluntades, enfrentadas en una batalla sin tregua entre las sábanas de la cama king size de la habitación principal. Me esforcé por no reaccionar, porque mi cuerpo y mi mente no respondieran a sus demandas. Mis labios rehuyeron los suyos, negándome a besarle tal y como él pretendía. Mis brazos quedaron inmóviles a ambos lados de mi cuerpo, con las manos inertes, mientras el cuerpo de él se deslizaba sobre el mío buscando una reacción que no llegó. Mis ojos se mostraban vacíos, como los de una muñeca, mientras mi mente se afanaba en entretenerse repasando los alfabetos de todos los idiomas que conocía, desde el griego hasta el chino, pasando por el francés, el alemán y el italiano.

—¿Qué pretendes demostrar? —gruñó Itachi frustrado, después de dos minutos infructuosos—. Si hubiese querido una muñeca hinchable no te habría contratado.

—Te estoy dando justo lo que has pagado —repliqué yo, con una estudiada indiferencia—. El uso y disfrute de mi cuerpo. Aquí lo tienes, es todo tuyo —añadí, abriendo los brazos y las piernas mientras yacía, desnuda, en medio de la cama, como una ofrenda carnal a algún dios pagano.

Me miró con los ojos entrecerrados, clavándome en el colchón con una mirada que mezclaba furia, deseo y frustración a partes iguales. Y aunque me mantuve allí, inmóvil, en apariencia impasible mientras notaba cómo el fuego de sus ojos recorría cada centímetro de mi cuerpo, por dentro temblaba como la gelatina.

—Así no —musitó, finalmente, mesándose el cabello—. Puedes irte a tu habitación. Te doy una tregua… pero solo por esta noche —añadió con tono de advertencia. Esperó a que mis ojos encontrasen los suyos para continuar hablando—. Mañana no seré tan benevolente.

Bajé de la cama con toda la dignidad que pude, teniendo en cuenta que estaba desnuda, y no pude evitar tambalearme un poco cuando mis pies tocaron el suelo. Después de todo, era humana. Pero por suerte Itachi no lo vio, se había encerrado en el baño con un portazo airado.