El lunes por la mañana amanecí con el aroma a café recién hecho y una sensación de triunfo y satisfacción que enmascaraba un sentimiento de desazón y una gran frustración. La noche anterior había conseguido mi propósito: darle una lección a Itachi, demostrándole lo que realmente podía comprar con dinero, el sexo que podía tener cuando se trataba como una mera transacción económica, y era algo muy diferente a lo que habíamos compartido la noche del sábado.
Pero mi pequeña lección me había pasado factura. Mi sueño había sido intranquilo, y mi cuerpo todavía palpitaba por el deseo insatisfecho. Así que me levanté de la cama con el humor agrio y la mente embotada, raro en mí, porque solía tener muy buen despertar, y anduve como una zombie siguiendo el delicioso olor que había invadido mi olfato.
Era algo intrínseco en mí. Si no tomaba un café nada más despertarme, antes de la ducha, no me podía poner en marcha, y como eran las seis de la mañana no pensé que Itachi estuviera ya despierto. Pensé que tal vez fuera una cafetera programada o que el servicio de mayordomo que incluía la suite hubiese empezado ya a preparar el desayuno. Por eso me detuve justo en el vano de la puerta de la cocina, parpadeando sorprendida, cuando vi a los dos hombres que charlaban tranquilamente en el interior. El señor Sen, vestido con traje oscuro y un sencillo delantal blanco, se afanaba haciendo malabarismos con un par de sartenes repletas de beicon y huevos mientras Itachi, con una sudadera gris con capucha y unos pantalones de deporte negros, sorbía una humeante taza de café, apoyado en una postura informal en la bancada de la cocina.
Los dos hombres detuvieron su conversación y me miraron sorprendidos. Y no era para menos. No me había visto en el espejo, pero me imaginaba a la perfección: tenía el pelo alborotado como un león de la selva, los ojos hinchados por el sueño y vestía un simpático pijama de felpa gris con corazoncitos rosas en el que se podía leer «Los hombres piensan que el sueño de toda mujer en encontrar al hombre perfecto. Pues no… es comer sin engordar». Esa era yo recién levantada, y estaba fuera de mi horario de trabajo, así que no tenía por qué avergonzarme. Solo recé para que no tuviera un reguero de baba seca en la comisura de la boca.
Por eso me sorprendió el gruñido que salió de la garganta de Itachi y la mirada de crudo deseo que brilló en sus ojos por un momento. Su cuerpo se enderezó, separándose un poco de la encimera sobre la que había estado apoyado con indolencia, y se quedó en tensión, como un depredador hambriento a punto de lanzarse sobre un desayuno delicioso. ¿Yo?
—Buenos días, señorita Sin —saludó el señor Sen.
La intervención del hombre pareció desinflar las pretensiones de Itachi, porque su mirada se volvió indescifrable y se dejó caer otra vez sobre la encimera, retomando su postura relajada, pero continuando mirándome con fijeza.
Así que alcé la barbilla, elevé una ceja como retando a Itachi a que dijera algo y, con toda la dignidad de una reina, entré en la cocina.
—Buenos días, ¿podría tomar un poco de café? —pregunté al señor Sen con lo que esperaba fuera una sonrisa amable.
El hombre parpadeó un par de veces, y recompuso enseguida su rostro impávido.
—Por supuesto, señorita Sin. Si quiere puede sentarse en el comedor y se lo serviré enseguida. ¿Le apetece comer algo?
—No, muchas gracias, señor Sen. A esta hora solo me apetece un café. Y no tiene que molestarse, me lo puedo servir yo misma —aseguré, intentando demostrar que era autosuficiente y que no me sentía incómoda ante la presencia de ambos.
Busqué con la mirada la cafetera y gruñí para mis adentros cuando vi que estaba justo detrás de Itachi. Vacilé solo un segundo pero fue suficiente para que él, que no había dejado de mirarme desde que había entrado en la cocina, se diera cuenta. Lo supe al ver la sonrisilla de medio lado que apareció en sus labios, y que la taza de café que tenía delante no era capaz de ocultar. Maldije en silencio.
Alcé el mentón y fui hacia la cafetera, esperando que Itachi se moviera de su postura relajada y me dejara acercarme para poder servirme un café. Pero don Cretino no se movió. Me quedé parada frente a él, muy cerca, mientras nuestras miradas se retaban, y pude leer es sus ojos que no se iba a apartar con facilidad. En otra circunstancia le hubiese seguido el juego, pero después de la noche que había pasado no estaba para tiras y aflojas de poder. Quería mi café.
—¿Te vas a quedar ahí parado como un pasmarote, guarneciendo la cafetera como si fueras Golum con su tesoro, o vas a servirme una taza? —le espeté con los brazos en jarras.
Oí una tos ahogada proveniente del señor Sen pero no me giré para comprobar si se había reído. Imaginé que sí por la mirada indignada que le dirigió Itachi…, y luego me miró a mí. En un segundo, todo el calor de su fuego me abrasó, pero un pestañeo después, su mirada se volvió hermética.
—Estoy para servirte, preciosa —declaró, llevándose dos dedos a la frente en una parodia de un saludo militar—. ¿Cómo lo tomas? —preguntó, dándome la espalda para coger una taza.
—Me gusta con un toque de leche y sin azúcar. Vi que se quedaba inmóvil durante un segundo.
—Como a mí —musitó en voz muy baja, y me sirvió una taza. Me la ofreció con una sonrisa ladeada—. ¿En serio no quieres nada para comer?
—Ahora no, pero cuando vuelva del gimnasio tomaré algo.
Era una de esas personas a las que les gustaba levantarse pronto y hacer ejercicio a primera hora de la mañana, aunque fuera solo una carrera de veinte minutos o unos cuantos ejercicios sobre la alfombra de mi casa. Si no lo hiciera así, con el ritmo de vida que llevaba y mis horarios, me sería imposible hacer deporte. Como el hotel tenía gimnasio, había pensado en sudar un poco en la cinta de correr antes de darme una ducha.
—¿Vas a ir ahora al gimnasio? —preguntó, echándome otra mirada penetrante.
—Era mi intención —respondí cautelosa—, ¿por?
—Porque yo también iba a ir ahora —confesó con una sonrisa ladeada—. Cámbiate y vamos juntos.
La misma melodía del móvil, el mismo tatuaje, el mismo gusto por el café y la misma afición por el deporte…
—A este paso vamos a parecer Pin y Pon —bufé, tomándome el café de un trago y saliendo de la cocina con paso airado.
«O tal vez seamos almas gemelas», dijo una vocecita en mi interior, eco del murmullo que creí escuchar de Itachi.
A aquella hora de la mañana el gimnasio estaba vacío. Los dos nos dirigimos a las cintas de correr y empezamos una carrera en un silencio cordial. Era curioso que, a pesar de la tensión sexual que era palpable entre nosotros, pudiera sentirme tan cómoda en su compañía. Pero así era. Como si nos conociéramos de toda la vida.
Yo me programé treinta minutos a una marcha más rápida de lo que estaba acostumbrada, con la tonta intención de impresionarle, y comencé a correr. Itachi programó solo veinte minutos pero a un ritmo incluso más intenso. Cuando él acabó, con la respiración casi inalterada a pesar del esfuerzo, yo estaba rezando para que acabase mi suplicio. Notaba que el corazón se me salía por la boca, pero mi orgullo me impidió apretar el botoncito que haría que aquella máquina infernal ralentizara el paso. Seguí corriendo, mientras veía cómo él se sentaba en una máquina de musculación. Se había quitado la sudadera y llevaba una sencilla camiseta blanca… que tuve el impulso de arrancarle a mordiscos.
Dios, ese cuerpo debía ser considerado un atentado contra la cordura femenina. Cada flexión de brazos que hacía para levantar las pesas ponía en relieve unos bíceps y tríceps de infarto. Cuando terminó una de las series, hizo un par de estiramientos que me hicieron recordar a los movimientos de una pantera desperezándose al sol, todo músculos poderosos pero elegantes, controlados. Tan embobada estaba que perdí pie y casi acabo rodando por el suelo.
—¿Estás bien? —preguntó, en apariencia preocupado, pero la sonrisa socarrona que bailaba en sus labios le delató.
Se estaba luciendo adrede. Era consciente de su atractivo y de lo que provocaba en las mujeres. De cómo me afectaba a mí.
«Pues te vas a enterar», pensé, desenterrando el hacha de guerra. Decidí jugar a su juego y sacar la artillería pesada.
—Claro, estoy perfectamente, he parado porque tenía mucho calor —aseguré con inocencia, abanicándome… y lancé mi represalia a su ataque.
Yo no tenía tanta confianza en mis encantos femeninos pero, en cuestión de hombres, había algo que nunca fallaba. Me quité la camiseta holgada que llevaba puesta y me quedé solo con un top minúsculo que podía considerarse un sujetador deportivo y continué mi carrera, trotando con energías renovadas. Al instante la sonrisa de Itachi desapareció y sus ojos volaron a la zona de mi pecho, siguiendo hipnotizados el movimiento bamboleante de mi delantera.
Desde donde estaba pude escuchar cómo tragaba saliva y esta vez fui yo la que sonrió.
