Capítulo 18

Cuando llegamos al pabellón de la feria donde se celebraba el Mobile World Congress eran casi las nueve de la mañana pero ya había un hervidero de gente moviéndose de aquí para allá, con acreditaciones colgadas en el cuello y blandiendo dispositivos móviles de última generación.

—Hay mucha gente, así que es mejor que no te separes de mí —previno Itachi colgándome una acreditación al cuello igual que la suya, en la que se leía el elegante logo de G&G Corporation—. De todas formas, Orochimaru se mantendrá cerca.

Busqué a mi alrededor con la mirada de forma automática, hasta que di con el señor Sen, que permanecía en actitud alerta a unos tres metros de distancia. Parecía que además de asistente personal y cocinero, también hacía las funciones de guardaespaldas.

—¿Qué se supone que vamos a hacer hoy?

—Alpha Conection no va a presentar su nuevo dispositivo hasta pasado mañana, pero muchas marcas importantes presentan hoy sus novedades, así que daremos una vuelta para ver contra lo que estamos compitiendo, y además hoy hace su ponencia Mark.

—¿Mark?

—Mark Zuckerberg —aclaró Itachi—. Le prometí que asistiría.

—¿Mark Zuckerberg? ¿El creador de Facebook? —pregunté con los ojos desorbitados—. ¿Lo conoces?

—Claro —dijo, como si fuera lo más normal del mundo conocer a uno de los veinte hombres más ricos del planeta—. Tiene un proyecto entre manos en el que estoy interesado. Idealista, pero revolucionario.

Me quedé de piedra.

«Tan cerca y a la vez tan lejos», pensé, mirando al hombre que tenía justo a mi lado. Visto lo visto, no es que él se moviera en un mundo diferente al mío… estaba en un universo completamente distinto.

Pasamos la mañana yendo por los diferentes pabellones donde se desarrollaba el congreso, curioseando en las casetas de las marcas que exhibían sus últimas novedades. Algunas eran marcas muy conocidas, y otras intentaban hacerse un hueco en el mercado. Alpha Conection estaba entre estas últimas.

Al final de la mañana yo ya estaba más que saturada de móviles, tablets y demás artilugios electrónicos. No me interesaban las nuevas tecnologías. Tan solo las usaba porque las consideraba útiles, pero no era algo que me fascinara. Itachi, en cambio, parecía tan entusiasmado como un niño pequeño en una tienda de juguetes. Iba de aquí para allá, tocando, probando y haciendo preguntas. Y para mi fastidio, las azafatas y comerciales femeninas que había por allí se desvivían por atenderle con sonrisas de «pide lo que quieras que te lo voy a dar». Un punto a favor de Itachi es que no les seguía el juego. Se mantenía ajeno a las caiditas de pestañas y mohines seductores, conservando un aire serio que no daba pie a familiaridades. Pero parecía que esa postura inalcanzable atraía aún más a las mujeres. Él no tenía la culpa de ser don Perfecto, pero yo notaba cómo me iba sulfurando cada vez más.

¿Celosa? Sí, mucho. No lo podía evitar: sentía algo por ese hombre. Mi parte racional sabía que, dado el carácter de nuestra relación, no tenía ninguna potestad sobre él, pero aun así, después de lo que habíamos compartido, un trocito de mí lo consideraba mío.

Tras una comida ligera, Itachi se paró en una de las casetas. Una rubia espectacular le colocó unas gafas de realidad virtual y empezó a susurrarle al oído lo que supongo eran las instrucciones de uso, arrimándose a él más de lo necesario. Mi paciencia llegó a su límite. Que jugara lo que quisiera con aquella Barbie y sus accesorios, pero yo no tenía por qué quedarme allí plantada mirándolo.

Eché a andar en busca de una cafetería donde poder sentarme y relajarme un rato a solas, pero el señor Sen se interpuso en mi camino.

—Al señor Uchiha no le va a gustar que se aleje.

—Mira Orochimaru… ¿puedo llamarte Orochimaru? —El hombre asintió de forma solemne—. Orochimaru —comencé otra vez—, si tienes un ligero conocimiento sobre mujeres, yo de ti me quitaría de en medio —espeté, mirándolo con los ojos entrecerrados, intentando controlar mi carácter.

El hombre me miró, dudando, sin apartarse de delante de mí, hasta que llegó a mis oídos una carcajada profunda de Itachi unida a la risa cantarina de la Barbie Technology. Tuvo el mismo efecto en mí que una patada en el estómago. Sentí una furia irracional que me hizo encoger los dedos de los pies. Y algo se debió de notar en mi mirada, porque Orochimaru levantó las manos, en señal de paz, y se apartó de mi camino.

—Solo voy a buscar un café, ¿vale? Volveré enseguida. Y ni se te ocurra seguirme —advertí cuando vi que iba detrás de mí.

Necesitaba un poco de aire y unos minutos a solas para poner en orden mis sentimientos. Desde que había visto a Itachi Uchiha por primera vez actuaba como si una adolescente hormonada hubiese poseído mi cuerpo. Me sentía insegura, nerviosa y celosa. Yo no era celosa, o al menos nunca lo había sido. Pero tampoco era insegura, y así me sentía ahora. Iba de la euforia a la desazón en cuestión de segundos, todo dependiendo de una mirada o una sonrisa de Itachi. Era inadmisible.

Iba tan ensimismada en mis pensamientos que terminé dándome de bruces contra un hombre.

—Perdón, no quise…

—Vaya, vaya, ¿a quién tenemos aquí?

Fruncí el ceño cuando identifiqué al hombre contra el que había chocado, el moreno que me había llamado putilla en el coctel del sábado. No me había quedado con su nombre pero sí con su cara. Y pude ver, con cierta satisfacción, que tenía resquicios de un hematoma en la mejilla, sin duda recuerdo del puñetazo de Itachi.

—Mira, no estoy de humor para…

—Tranquila, guapa. Me alegra que hayas chocado conmigo. Así puedo disculparme por mi comportamiento de la otra noche.

Lo miré, desconfiada. Tenía un rostro atractivo y una sonrisa agradable, y sus disculpas parecían sinceras. Aun así, había cierta frialdad en su mirada que no me terminaba de gustar.

—Disculpas aceptadas —espeté, sin darle mayor importancia.

Después de todo, la opinión que ese hombre pudiera tener de mí me traía sin cuidado. Justo cuando pensaba continuar mi camino noté que me apoyaba la mano en el brazo.

—Lo digo en serio. Siento mucho haberte insultado. Si me permites invitarte a un café, me gustaría hablar contigo, creo que hay cosas que deberías saber de Itachi Uchiha, algo que creo te puede interesar.

No sabía muy bien lo que un hombre como ese pudiera querer hablar conmigo, pero accedí, movida por la curiosidad. Nos sentamos en una pequeña mesa de una de las cafeterías que había en el vestíbulo del pabellón, y esperé con paciencia a que ese hombre moviera su ficha.

—Lo de la otra noche fue un malentendido —empezó diciendo, adoptando un aire contrito—. Es conocido que Itachi Uchiha solo sale con escorts y pensé…

—Que yo sepa, también se puede contratar a una escort solo como acompañante.

—Créeme, las escorts con las que va Uchiha le ofrecen más que simple compañía —declaró, con una sonrisa irónica—. No se te puede culpar si tú también has caído rendida a sus encantos. No sé cómo lo hace, pero ese hombre tiene un don para encandilar a las mujeres.

Yo sí lo sabía: sexy, romántico, divertido, guapo… la lista era interminable.

Aquello me dolió. No era una sorpresa que un hombre como Itachi se hubiese acostado con un montón de mujeres, pero aun así sentí una opresión en el pecho. Sus palabras afianzaron mi inseguridad: que yo no era más que una de la larga lista de mujeres que habían quedado atrapadas bajo la influencia del huracán Uchiha.

Las palabras bonitas, las miradas tiernas que me habían hecho sentir especial…

¿no eran nada más que una parte de su carácter seductor o realmente significaban algo?

—Supongo que sí. —Sonreí con fingida indiferencia, no queriendo demostrarle lo que me había afectado su comentario, y sin querer seguirle el juego.

—Mi suegro me dijo que tú parecías una chica especial —continuó tanteando él—. Le causaste muy buena impresión.

«Señorita Sin, acuda al punto de información del pabellón 2», escuché que decía una voz femenina por megafonía.

—Mira… —dudé, sin recordar su nombre.

—Pain.

—Mira, Pain, no sé a dónde quieres llegar, pero me están llamando por megafonía, me tengo que ir.

—Pero, ¿no te llamabas Shion?

—No, mi verdadero nombre es Sin.

—¿Sin? —preguntó, extrañado.

—Sin de Sinclair. Me llamo Sinclair —aclaré. Como ese hombre no me conocía de nada y posiblemente no lo volvería a ver, no tenía sentido mentirle.

Me miró con un brillo extraño en la mirada.

—Muy bien, hablemos claro. No sé cuánto te está pagando Uchiha pero lo duplico.

—¿Por hacer qué? —pregunté con suspicacia.

—Porque desaparezcas del Mobile World Congress y de Barcelona. Ahora mismo.

—¿Y por qué me ibas a dar dinero por irme? —inquirí, sin entender.

—Porque en verdad pareces una buena chica y estando con Itachi Uchiha seguro que acabarás con el corazón roto —afirmó Pain mirándome con seriedad—. No eres la primera a la que le pasa y no vas a ser la última. Él… mi mujer se suicidó por su culpa, ¿sabes? Tenían una relación muy cercana, aunque siempre pensé que era solo amistad, por eso no puse impedimentos en que salieran juntos —explicó con una sombra en la mirada—. Se conocían desde pequeños, se movían en los mismos círculos de amistades y por eso veía normal que quedasen juntos para ir a fiestas y demás. Pero fui demasiado confiado.

—Ellos… ¿tuvieron una aventura?

—Konan dejó una nota de suicidio. Dijo que no soportaba que Itachi viera a otras mujeres después de todo lo que habían compartido, que no podía seguir viviendo al saber que su amor ya no era correspondido. Al parecer, Uchiha se había cansado de ella y se estaba viendo con otra —añadió con tono despectivo.

Era curioso como una misma historia podía verse desde dos puntos de vista tan diferentes. Los hechos, tal y como los había contado Pain, tenían poco que ver con la historia que me había contado Itachi.

No estaba segura de lo que creer, pero sí que había una cosa que no me encajaba en todo esto.

—No me conoces de nada. ¿Qué más te puede dar si acabo o no con el corazón roto?

Él me observó por un momento, y de nuevo pude ver el hielo en su mirada.

—Digamos que todo lo que le pueda perjudicar a Uchiha me satisface — admitió, sonriendo—. Parece que se ha encaprichado de ti, así que para mí sería un placer privarle de tu compañía. Así que pon el precio y cerremos el trato.

Dinero, dinero, dinero. Siempre dinero.

Lo medité durante unos segundos, pero no había mucho que pensar. No se trataba una decisión de la mente, era cosa del corazón.

—No me interesa.

—¿Qué tal cien mil euros?

Casi escupo encima de la mesa el sorbo de café que acababa de tomar.

—¿Estás loco?

—No, soy rico. Te doy cien mil euros si desapareces ahora mismo.

—He dicho que no me interesa ese trato —repetí, empezando a enfadarme, cansada de que todo el mundo se pensase que podía comprarme con dinero.

Pain me miró consternado.

—No lo has entendido —murmuró el hombre, frunciendo el ceño—. Te estoy ofreciendo una pequeña fortuna por no hacer nada. Simplemente vete.

—Lo he entendido a la perfección —repliqué, levantándome—, pero si estoy con Itachi no es por dinero.

«Señorita Sin, acuda al punto de información del pabellón 2», repitieron de nuevo por megafonía.

—Si me disculpas, me tengo que ir. Gracias por el café. Y dale recuerdos a Big Jiraiya de mi parte —añadí, a modo de despedida.