Capítulo 20

Cuando salimos del congreso ya había anochecido y los altos ejecutivos abandonaban la feria después de una larga jornada de demostraciones y ponencias. Taxis, autobuses, metro… la ciudad había puesto en marcha un servicio especial de transportes públicos para atender las necesidades de los asistentes, aunque otros, por comodidad o independencia, optaban por los coches alquilados y las limusinas. Me llamó la atención un hombre atractivo con un traje oscuro que iba repartiendo flyers entre la gente, pero pensé que estaría anunciando algún restaurante.

La limusina nos esperaba al otro lado de la calle, y pese a la oscuridad, pude ver que el semblante de Shikamaru estaba ensombrecido por la preocupación. Sin duda había recibido la llamada de Ino. Busqué mi móvil y vi que tenía una llamada perdida de ella de hacía tan solo unos minutos.

—Perdona, tengo que hacer una llamada antes de subir a la limusina —dije a Itachi, justo cuando íbamos a cruzar la calle—. A una amiga —aclaré, cuando percibí su mirada tormentosa—. Y en privado —añadí, cuando vi que se mantenía pegado a mí, mirándome con atención.

Itachi me miró levantado una ceja, entre divertido y exasperado.

—Vamos, Orochimaru, demos a la señorita Sin un poco de privacidad.

Los vi cruzar al otro lado de la calle, donde estaba la limusina, y entonces sí llamé a Ino.

—Sin, el niño es de Kiba —soltó Ino a bocajarro nada más contestar.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

—Porque he hablado con Shikamaru. Me ha dicho que de pequeño tuvo paperas muy fuertes y… los médicos… bueno, ellos parece que le dijeron que… en fin, que es estéril —balbució Ino, pesarosa—. No puede tener hijos.

Vaya, qué triste. Miré hacia el otro lado de la calle, donde Shikamaru miraba al vacío, con el rostro tenso, como si estuviese inmerso en algún dilema existencial.

—No me lo has contado todo, ¿verdad?

—Me he sincerado con él. —Suspiró Ino—. Le he dicho que le quiero, pero que estoy decidida a tener ese niño, y que si él me quiere y quiere estar conmigo, tendrá que aceptarlo como suyo.

—¿Y qué te ha contestado?

—Que necesitaba un tiempo para pensarlo —musitó—. Comprendo sus reparos y sus dudas, soy una egoísta por pedir lo que pido, pero quiero estar con un hombre que me quiera por encima de todo, aunque vaya a tener un hijo que no sea suyo.

Miré a Itachi, que charlaba con Orochimaru fuera de la limusina, esperándome.

¿Cómo reaccionaría él si supiera que yo tenía un hijo? Sin duda huiría despavorido…

¿O no?

—Dale tiempo, Ino. Si es el hombre adecuado estará a tu lado —afirmé, convencida—. Si al final no quiere saber nada de ti, es que en verdad no te quiere. Y como siempre dice mi abuela: más vale estar sola que mal acompañada. Además, sola no vas a estar. Me tienes a mí… y tu familia seguro que te apoyará —atiné a decir, momentáneamente distraída porque el hombre que repartía flyers me acababa de dejar uno en la mano mientras me decía con un guiño cómplice: «También tenemos gigolós». Miré el papelito que me había dado, primero intrigada y luego sorprendida—. No te lo vas a creer, pero un hombre está en la puerta de la feria repartiendo flyers de un puticlub y me acaba de dejar uno en la mano.

—Sin, a veces me asombra lo inocente que puedes llegar a ser en ciertos aspectos —afirmó Ino con una risilla—. El Mobile World Congress es todo un acontecimiento para el mundo de la prostitución. Los puticlubs de Barcelona amplían sus horarios de apertura y llegan prostitutas de todas partes porque en los cuatro días que dura el congreso, tanto la demanda como los precios se disparan. Ese tipo de congresos, con tanto ejecutivo extranjero, siempre arrastra un lado oscuro.

—Y los que tienen mucho dinero, se pagan una escort a tiempo completo por una pequeña fortuna —murmuré, mirando a Itachi.

Como si hubiese intuido mi mirada, sus ojos se clavaron en mí, como dos estrellas en medio de la oscuridad de la noche.

—Ino, te tengo que dejar ya. Itachi se está impacientando.

Me despedí de ella transmitiéndole todo mi apoyo y corté la llamada. Corrí a cruzar la calle por el paso de peatones, mientras metía el móvil en el bolso. Cuando estaba a punto de llegar a la limusina, levanté la mirada con la intención de dedicarle a Itachi una sonrisa de disculpa, pero él ya no me miraba. Su mirada se había desviado hacia un coche que venía directo hacia mí… a demasiada velocidad para frenar a tiempo.

Por un momento me quedé paralizada, como un cervatillo sorprendido, deslumbrada por los faros del coche que estaba a punto de arrollarme. Me iba a matar, no tenía tiempo de reacción. Es cierto lo que dicen que cuando estás a punto de morir piensas en las cosas trascendentes que hay en tu vida de una forma mucho más clara. Yo, en una milésima de segundo, pensé en Daisuke, mi Daisuke, y en lo que le afectaría perderme, igual que me había cambiado a mí la vida al perder a mi padre tan joven. No quería eso para él. Pensé en mi abuela, en que la dejaba sola con la responsabilidad de cuidar a mi hijo, en lo que lloraría por mi muerte. Y para mi sorpresa, pensé en Itachi, en que necesitaba pasar más tiempo con él, en que necesitaba escuchar de sus labios que sentía algo por mí… igual que yo empezaba a sentir algo por él. Porque a eso se reducía toda esta locura de trabajar como escort, en un tonto intento de enamorarle.

En el último momento, sentí un cuerpo grande y duro que me golpeaba por el costado, arrastrándome bajo su peso fuera de la trayectoria del coche. El impacto contra el suelo me cortó la respiración, pese a estar amortiguado por el cuerpo que me envolvía en un abrazo protector. Itachi. Oí su gemido de dolor y el mundo giró a nuestro alrededor mientras rodábamos por el suelo.

Cuando nos detuvimos, el cuerpo de Itachi yacía bajo el mío, inmóvil, pero todavía estrechándome de forma protectora contra él.

—Itachi, ¿estás bien? —pregunté, preocupada, buscando sus ojos. Cerrados.

Mi cuerpo se revolvió contra el suyo, con cuidado, intentando separarme de él para poder comprobar si estaba herido, pero sus brazos se tensaron a mi alrededor, reteniéndome.

—¿Itachi?

Busqué en su rostro alguna señal de conciencia, pero no vi ninguna, hasta que una sonrisa lenta comenzó a estirar las comisuras de sus labios.

—Sigue moviéndote así sobre mí y dentro de nada estaré en la gloria —musitó, con voz ronca, y abrió los ojos.

Por un momento, nos quedamos mirándonos en silencio, mis ojos perdidos en las profundidades de los suyos, nuestros rostros separados por escasos centímetros de distancia, ajenos al alboroto que se había organizado a nuestro alrededor.

—¿Estás bien? —preguntó él con voz preocupada y con un brillo en la mirada que no pude identificar.

—Sí, creo que sí. Te has llevado tú todo el golpe —respondí con voz temblorosa—. Gracias. Si no hubiese sido por ti ahora me estaríais despegando con espátula del asfalt…

No pude terminar de hablar. Su boca cayó sobre la mía con desesperación, con una mezcla de pasión y ternura, como buscando la confirmación de que estaba viva.

Un fuerte carraspeo masculino irrumpió en nuestra burbuja de pasión, y sentí cómo los labios de Itachi se separaban de los míos con renuencia. Levanté la mirada, confusa, y me encontré con que estábamos en medio de un corrillo de personas que nos miraban, algunos con curiosidad, otros con preocupación, y en el caso de Orochimaru, que era el que había carraspeado, con una mezcla de preocupación y exasperación.

Sentí cómo me ruborizaba, más aún cuando al intentar quitarme de encima de él sentí la dura erección que se apretaba contra mi cuerpo.

—Despacio, preciosa, que estoy sensible —murmuró Itachi con una mueca. Bufé. Ese hombre era imposible.

Sentí las manos de Orochimaru que me ayudaban a levantarme con amabilidad, mientras Shikamaru, muy preocupado, me tendía un zapato que al parecer había perdido mientras rodaba.

—Orochimaru, ¿habéis podido ver al conductor? —preguntó Itachi.

—No, señor Uchiha, ha pasado todo muy deprisa y estaba oscuro. No tuvimos la oportunidad y tampoco se detuvo —musitó el señor Sen, contrariado.

Mientras me ponía el zapato ayudada por Shikamaru, vi cómo Itachi me dirigía una mirada especulativa. Levanté la ceja de forma interrogante, sin entender el porqué de aquella mirada, y estaba a punto de preguntarle al respecto cuando vi cómo su rostro se contraía en una mueca de dolor al levantarse.

—No estás bien, te has hecho daño —le acusé, señalándole con el dedo, como si lo hubiera pillado haciendo alguna fechoría.

—Chivata —gruñó Itachi, al ver que todo el mundo lo miraba con preocupación.

—Señor Uchiha, ¿quiere que vayamos a un hospital? —preguntó Orochimaru, servicial.

—No, estoy bien. No tengo nada que no pueda solucionar un poco de tu ungüento mágico… y unas manos amorosas —añadió, guiñándome un ojo.

Solté un resoplido ante su cara dura, pero al ver como se movía con rigidez, me ablandé. Si necesitaba manos amorosas, yo se las daría. Después de todo, aquel incidente me había hecho ver la realidad: estaba atrapada en las garras del huracán Uchiha.