Fuimos directamente a la suite del hotel, y mientras el servicio de habitaciones traía la cena que habíamos encargado, cada uno nos retiramos a nuestra habitación para cambiarnos de ropa y ponernos cómodos. Yo me estaba empezando a preocupar porque Itachi parecía muy dolorido al moverse. Para llegar a la suite había tenido que andar apoyado en mí y, cuando empezamos a cenar y levantó el tenedor, puso tal cara de dolor que acabé dándole de comer yo.
—Creo que deberíamos ir a un hospital —declaré, preocupada, cuando acabamos de cenar—. Tal vez tengas alguna hemorragia interna o te hayas…
En ese momento Orochimaru, que había estado cenando con nosotros, se atragantó, cortando mis palabras.
—¿Estás bien, Orochimaru?
—Sí, señorita Sin.
—No es necesario un hospital —aseguró Itachi—. Solo que la espalda me duele horrores. Creo que me estoy empezando a marear —afirmó con voz débil—, necesito tumbarme en la cama y…
Orochimaru se volvió a atragantar.
—¿Me estoy perdiendo algo? —espeté, cuando vi que Itachi le dirigía una mirada de advertencia.
—Nada, preciosa. El señor Sen es muy poco considerado con los pobres heridos como yo —se quejó Itachi—. Y se está haciendo tarde, creo que es hora de que vayamos a dormir. —Me miró con un mohín—. Tal vez podrías ayudarme a llegar a la habitación. Con suerte podré maniobrar para ponerme el ungüento en la espalda sin hacerme demasiado daño.
—Yo te pondré ese potingue si eso te hace sentir mejor —aseguré, solícita—.Después de haberme salvado la vida, es lo menos que puedo hacer.
Itachi me miró con gratitud, pero también había un brillo extraño en su mirada que no conseguí descifrar. Pasó el brazo en torno a mis hombros para apoyarse en mí, yo lo tomé por la cintura, y juntos andamos hasta la habitación mientras oíamos cómo la puerta de la suite se cerraba después de que Orochimaru nos anunciase que se iba a retirar a su habitación.
—Tendrás que ayudarme a quitarme la camiseta —murmuró Itachi cuando le ayudé a sentarse en la cama—. Me ha costado horrores ponérmela.
—No hay problema —aseguré, con más confianza de la que sentía.
La cercanía del hombre estaba empezando a afectarme de forma no deseada y la adolescente hormonada que había en mí estaba empezando a despertar.
Me quedé de pie, entre las piernas abiertas de Itachi, que permanecía sentado en el borde la cama, mirándome expectante. Clavé mis ojos en él, sin decidirme a tocarle, con miedo a no poder quitarle las manos de encima si decidía tocarlo.
«Control, Sin. Control».
Debía pensar que estaba herido y que necesitaba mi ayuda, así que me decidí, conteniendo el aliento de forma involuntaria mientras mis manos buscaban el borde de la camiseta en su cintura y, muy despacio para no hacerle daño, comencé a quitársela. Intenté tocar solo la tela, pero mis nudillos rozaron sin querer el costado derecho y le escuché contener el aliento.
—¿Te he hecho daño? —pregunté, preocupada.
Él negó con la cabeza, sin decir nada, pero noté la tensión en su cuerpo. A medida que la tela ascendía por su abdomen surcado de músculos, mi respiración se aceleraba. Itachi levantó los brazos para facilitarme la tarea, mirándome con fijeza, mientras yo intentaba disimular mi estado de agitación. Cuando conseguí quitarle la camiseta, había tal silencio en la habitación que me parecía imposible que no se escuchara el alocado latido de mi corazón o cómo la sangre rugía por mis venas.
—Para poder ponerme el ungüento vas a tener que abrir los ojos. —Oí que decía Itachi, y había una sonrisa en su voz.
Los había cerrado en un intento inconsciente de controlar el deseo al ver su torso desnudo, pero cuando se trataba de Itachi, no tenía control alguno. Solo el aroma de su cuerpo ya me hacía temblar. Abrí los ojos despacio y me encontré con su mirada divertida.
—Hola —dijo, con una pícara sonrisa de medio lado que descubría un seductor hoyuelo en la mejilla derecha.
—Hola —contesté de forma automática, sonriendo como una boba.
Mis ojos se deslizaron hacia abajo en una caricia lenta por aquel cuerpo duro y musculoso, movidos por su propia iniciativa, y el intenso deseo que sentí de echarme sobre él me hizo reaccionar.
—Entonces, ¿te pongo?
—Me pones mucho.
—Quiero decir si te pongo el ungüento en la espalda —aclaré, entre divertida y exasperada.
Por muy dolorido que estuviese, ese hombre era un seductor nato.
—Por favor.
—Pues túmbate boca abajo —le indiqué—. Con cuidado —añadí, al ver cómo hacía una mueca al moverse.
Se quedó extendido en la cama, inmóvil, desnudo de cintura para arriba, con el rostro vuelto hacia mí pero con los ojos cerrados. Completamente a mi merced. Tragué saliva, intentando controlar las ganas de deslizar, no solo las manos, si no también los labios, a lo largo de su columna vertebral.
—Estoy preparado —musitó, entreabriendo los ojos.
«¡Toma! Y yo», pensé. Preparadísima y dispuesta a lanzarme encima de él y comérmelo a besos.
«Control, Sin. Control». Necesita un masaje, no una sesión de sexo, me amonestó la vocecita de mi interior mientras cogía el bote que Orochimaru me había dado diciendo que era un remedio mágico para las contusiones.
Lo abrí con cautela, y al levantar la tapa un olor punzante inundó mis fosas nasales.
—¿En serio te quieres poner esto? Como este olor se te quede en la piel nadie va a querer estar cerca de ti a menos de cinco metros —añadí, haciendo una mueca de asco cuando mis dedos se introdujeron en aquella pasta viscosa y maloliente de color parduzco.
Me subí a la cama, poniéndome de rodillas a su lado, con los dedos untados de esa asquerosidad, y, contendiendo el aliento, posé las manos extendidas sobre su espalda. La descarga eléctrica fue instantánea.
—¿Te he hecho daño? —pregunté, dudosa, al escuchar su gemido ahogado.
—No, estoy bien —aseguró, con voz doliente—. Sigue, por favor.
—Está bien, pero si te hago daño, dímelo —musité, y comencé a extender el ungüento por los duros músculos que surcaban su espalda, apretando con cuidado, explorando con delicadeza cada colina y cada valle.
—¿Qué es lo que lleva este potingue? —pregunté, por curiosidad y por romper aquel silencio que nos envolvía y que me parecía demasiado íntimo.
—Es una mezcla de hierbas medicinales —explicó Itachi. Tenía la cara hundida en la almohada y su voz sonaba amortiguada—. Árnica, caléndula, verbena, corteza de sauce y vinagre —hablaba como si estuviera sufriendo una tortura—. La usaba mucho después de los rodeos, para tratar golpes y contusiones.
—¿Participabas en rodeos? —pregunté, sorprendida.
—Fui una estrella del rodeo en mi época salvaje. Oye, el masaje sería mucho más efectivo si te pusieras a horcajadas encima de mí —observó, levantando la cabeza por un instante.
Ya lo sabía. Era consciente de ello, pero pensar en subirme encima de él, en tenerlo entre mis piernas…
—Aunque si temes no poder controlarte…
Bufé, trepando encima de él y sentándome con las piernas abiertas encima de sus glúteos. Aspiré con fuerza, sintiendo mi cuerpo completamente excitado e intentando conservar la calma a toda costa. Tarea muy difícil cuando sentía a Itachi Uchiha debajo de mí.
—Háblame de tu época salvaje de estrella del rodeo —pedí, en un intento de que mi mente se abstrajera.
—Me he criado en un rancho de caballos —declaró Itachi, sacando el rostro de su escondite—. Siempre sentí una especial fascinación por conseguir domar animales salvajes. Llevarles a mi terreno, pero sin quebrar su espíritu. Y se me daba muy bien —admitió con naturalidad—. Era muy joven y aquella vida me daba todo lo que pudiera desear por aquel entonces: fama, dinero… y a las mujeres les resultaba atractivo —añadió, como excusándose por haber tenido, sin duda, un batallón de mujeres a su disposición—, así que disfruté del momento.
—O sea que en Texas eres toda una celebridad —deduje, con un nudo en el estómago, sintiéndolo todavía más inalcanzable.
—Ya no, hace diez años que me retiré —afirmó con voz apagada, su mirada se había perdido en un punto en el infinito—. Me di cuenta de que si no cambiaba de vida acabaría mal.
—¿Conociste a alguien que te hizo sentar la cabeza?
—Algo así —gruñó Itachi—. Conocí un enorme toro de más de media tonelada que se me cayó encima —aclaró—. Quedé bastante maltrecho, los médicos afirmaron que no volvería a caminar.
Aquella escueta declaración fue dicha en un tono de voz tan lúgubre que me encogió el corazón.
—Pero lo hiciste… renaciste de tus cenizas —afirmé, acariciando el tatuaje del ave Fénix que llevaba en la espalda.
Me percaté entonces de una cicatriz de unos veinte centímetros que discurría por el centro de la zona lumbar, y que el dibujo del tatuaje disimulaba de forma efectiva.
—Debió de ser duro para ti.
—Fue un infierno —admitió en un murmullo quedo—. Es en momentos así cuando te das cuenta de la verdadera naturaleza de las personas que te rodean — comentó, y en su voz había cierta amargura—. De los que te quieren de verdad o los que están contigo por la fama, el dinero… o por tu cuerpo.
Mis manos se deslizaron con ternura por su espalda, en un intento inconsciente de aliviar el dolor que traslucían sus palabras. Me pude imaginar el sufrimiento de un hombre como él, tan enérgico y vital, por la amenaza de verse condenado a una silla de ruedas. De las muchas tipejas que le habrían perseguido ansiando echarle un polvo, y que seguro le habrían vuelto la espalda tras el accidente. Sus siguientes palabras confirmaron mis sospechas.
—Fueron unos años bastante duros, tanto física como psicológicamente. Estuve un par de años atado a una silla de ruedas, la rehabilitación me supuso todo un reto, fue una de las cosas más duras que he hecho en mi vida. Pero lo peor fue el sufrimiento sicológico. La mayor parte de la gente que me rodeaba pasó de mirarme con admiración a esquivarme con miradas de compasión, me desahuciaron por completo. Me di cuenta de que tenía muchas «amigas» con las que podía follar —dijo con crudeza—, pero solo una en la que apoyarme para llorar, además de mi familia.
—Konan.
—Konan, sí —confirmó, y en su voz había dolor—. Nos conocíamos desde que íbamos en pañales y la quería como a una hermana. Siempre fue una cría muy tímida. Su madre era una mujer de salud muy frágil, tan enferma que no la podía atender como era debido, y su padre casi siempre estaba fuera de casa, así que pasaba la mayor parte del tiempo en el rancho de Big Jiraiya, al lado del nuestro. Después, cuando sus padres murieron en un accidente de tráfico, Big Jiraiya se hizo cargo de ella. Mi hermana y Konan estaban muy unidas, incluso fueron juntas a la universidad. Cuando volvieron, las dos estaban prometidas. Mi hermana con Kiba y Konan con Pain.
—Pero Konan en el fondo estaba enamorada de ti.
—¡No! —protestó Itachi con vehemencia, para luego susurrar—. Puede… Dios, no lo sé. Si lo estaba no me di cuenta, y además, parecía feliz con Pain. Se casaron al cabo de unos meses y Pain comenzó a trabajar en la empresa familiar. Para Konan supuso un gran alivio. Siendo la única heredera de Big Jiraiya, le tocaba a ella llevar las riendas de la compañía cuando su abuelo lo dejara. Estaba contentísima de ceder a Pain esa responsabilidad, decía que así tendría tiempo para dedicarse a su familia. Quería tener muchos hijos. Por eso, su suicidio nos cogió a todos por sorpresa… nadie se lo esperaba, no había ningún tipo de señal que pudiera hacernos sospechar…
—Entonces, ¿no teníais ninguna aventura?
—Por supuesto que no —bufó Itachi, ofendido—. Ya te lo he dicho, la quería como a una hermana. Y además, estaba casada.
—Pero en la nota de suicidio…
Itachi se incorporó de golpe, desequilibrándome, y acabé rodando por la cama. Un segundo después tenía a un hombre enfurecido encima de mí, sujetándome las muñecas contra el colchón.
—¿Cómo sabes lo de la nota de suicidio?
—Pain me habló de ella.
—¿Cuándo? —ladró Itachi.
—En el congreso, mientras jugabas con la Barbie —expliqué, todavía celosa—. Me encontré con él y me invitó a un café.
—Mierda, Sin. Ya te he dicho que no jugaba con ella; no me interesa ninguna otra mujer —gruñó, sorprendiéndome. Había pensado que me preguntaría por los detalles de la conversación con Pain, no que daría más importancia a mi tonta inseguridad—. Con la única Barbie con la que me interesa jugar eres tú.
—Yo estoy muy lejos de ser una Barbie, vaquero —bufé, indignada.
—Puede que patees el culo como un Madelman, pero sin duda tienes las curvas de una Barbie.
—Nada de eso, las curvas de la Barbie son irreales —protesté—. Mis curvas son naturales, puede que no sean tan espectaculares como las de esa mujer pero son…
—Mías —concluyó Itachi, apoderándose de mis labios.
Su lengua se introdujo en mi boca en un asedio lento y efectivo, capaz de derribar cualquier barrera que estuviera en su camino… Si la hubiese habido. No era el caso. Estaba cansada de luchar contra mi deseo, y agotada de resistirme a su seducción.
Pero antes…
Con un rápido movimiento maniobré hasta tumbarlo de espaldas en la cama y me coloqué a horcajadas sobre él, sujetándole las manos contra el colchón.
—Primero vamos a aclarar algo —murmuré mirándole con intensidad, nuestros rostros separados solo por escasos centímetros—. Lo que va a pasar ahora no tiene nada que ver con dinero. Te deseo y punto. Así que ya puedes descontar estas horas de…
No me dejó terminar de hablar. Con un gruñido ronco se desasió y poniendo su mano en mi nuca, me atrajo hacia sus labios.
Tomó mi boca con voracidad, con urgencia, y ya no pude pensar en nada más. Simplemente me entregué a su demanda y me dejé atrapar de nuevo por el huracán Uchiha.
