Algo me despertó de mi profundo sueño. Abrí los ojos, desorientada. La habitación estaba en semipenumbra. Los tempranos rayos de sol que se filtraban a través de las rendijas de la persiana creaban tímidas estelas de luz que dibujaban pequeños círculos contra la pared contraria.
Cerré los ojos, inspiré, y a medida que mis fosas nasales captaban los diferentes aromas de la habitación, poco a poco los recuerdos fueron llegando.
El olor a Itachi, que durante la noche había impregnado mi piel, caricia tras caricia, roce tras roce, beso tras beso.
El sutil aroma a sexo. Apasionado, ardiente, adictivo. Una atracción que había hecho que fundiéramos nuestros cuerpos una y otra vez en un cálido abrazo, algunas veces con desesperación, hambrientos uno del otro. Otras de una forma lenta, pausada, casi perezosa.
Sentí un sutil movimiento detrás de mí y supe lo que me había despertado. La dureza de un cuerpo contra mi espalda, el cálido aliento de un hombre en mi cuello, un brazo musculoso que rodeaba mi cintura de una forma posesiva, unos dedos diestros que acariciaban con ternura mi pecho desnudo.
—¿Estás despierta? —musitó la voz ronca de Itachi en mi oído.
—Sí… —suspiré, gimiendo con suavidad mientras sentía cómo la mano de Itachi abandonaba mis pechos y se dirigía en una lenta caricia hacia el vértice entre mis muslos.
—Bien… porque no quería empezar a hacerte el amor estando dormida — murmuró, y acto seguido sentí cómo su miembro se deslizaba dentro de mí en una lánguida acometida.
—Qué… considerado —jadeé cuando lo sentí llegar hasta lo más hondo de mi interior—. ¿Todavía te quedan ganas de más? —pregunté, incrédula, después de lo insaciable que se había mostrado durante toda la noche.
Lo sentí deslizarse muy despacio fuera de mi interior, sin llegar a salir del todo, para volver a introducirse al instante con morosidad. Tuve que morderme el labio para acallar el gemido que pugnaba por salir de mí.
—Nunca tengo bastante de ti —musitó, clavándose otra vez hasta el fondo, despacio—. Me provocas con solo respirar. Y cada vez que me miras como si fuera un mosquito molesto… —Se volvió a deslizar hacia afuera—. Siento el deseo de meterme entre tus piernas. —Esta vez se adentró con fuerza—. De derrumbar tus barreras. —Salió despacio, para volver a penetrar con pereza—. Hasta que dejes de retarme… —Otra vez fuera—. Y reconozcas lo mucho que tú también me deseas — concluyó, con una acometida tan potente que me arrancó un gemido de rendición.
Itachi fue intercalando penetraciones suaves y lentas que hacían que me retorciera de anhelo, con briosas acometidas que me provocaban un placer casi doloroso, que se fue acumulando despacio en mi interior. Perdí la noción del tiempo, atrapada como estaba en su cálido abrazo, hasta que sentí como los dedos de él se deslizaban entre mis pliegues, en una suave caricia que me precipitó a un orgasmo abrasador que hizo estremecer mi cuerpo. Era la señal que Itachi estaba esperando para abandonarse conmigo al placer. Me penetró profundamente tres veces y después le oí susurrar mi nombre en tono reverente. De sus labios, Pecado sonaba a Paraíso.
Cuando volví a despertar, el Dios del sexo roncaba suavemente a mi lado. Me incorporé, mirándolo soñadora, absorbiendo cada detalle que estando despierto era incapaz de ver, por miedo a que me pillara observándolo embobada. Las facciones relajadas por el sueño le hacían parecer más joven, y tan hermoso que no podía dejar de estremecerme al mirarlo. Si solo me atrajera su físico, no tendría problemas para resistirme a él. Más aún después de la asombrosa noche que habíamos pasado juntos, en la cual había tenido oportunidades de sobra para saciarme a gusto con su cuerpo. El gran problema era que debajo de aquel físico de ensueño había un hombre del que estaba perdidamente enamorada.
Un hombre tierno y apasionado, romántico y encantador, inteligente y divertido.
Un hombre capaz de sacarme de mis casillas a la vez que me moría de las ganas por comérmelo a besos.
Un hombre… Un hombre del que me tendría que separar pronto.
Me vinieron a la mente las palabras de mi abuela Tsunade: «Más vale haber amado, aunque brevemente, que no haber amado nunca». Pues bien, le iba a hacer caso. Iba a disfrutar al máximo de la posibilidad que tenía de pasar unos días con Itachi, de amarle con intensidad, de atesorar cada momento que pasáramos juntos. Y aunque después nuestros caminos se separaran, al menos tendría los recuerdos.
Salí del cálido nido de mantas en el que estábamos envueltos, me puse una de las mullidas batas que ofrecía el hotel y me dirigí a la cocina a tomar mi café matutino. Orochimaru estaba allí, leyendo el periódico, mientras una taza de café humeante reposaba a su lado.
—Buenos días, señorita Sin.
—Buenos días —contesté cautelosa, temiendo alguna mirada de censura o algún comentario sarcástico por su parte.
Pero Orochimaru solo me miraba con amabilidad.
—¿Quiere que le prepare algo para desayunar? —preguntó, solícito.
—A decir verdad, me muero de hambre. —Lógico, después de la intensa noche que había pasado—. Pero no quiero ser una molestia, puedo prepararlo yo.
—No es molestia, puedo prepararle unas tostadas como las de ayer mientras usted se sienta y se toma una taza de café.
Se me hizo la boca agua al pensar en pan recién tostado untado con tomate natural como base de un par de finas lonchas de jamón serrano.
—Eso estaría muy bien —respondí, sonriéndole agradecida—. Tal vez podría hacer un par de tostadas más para Itachi. Me gustaría llevárselas a la cama —añadí, un poco avergonzada—. Después del golpe que se llevó ayer —«y del ejercicio que había hecho durante la noche», pensé para mí— debe de estar dolorido.
No esperaba la suave carcajada de Orochimaru. Mi mirada ceñuda pareció hacerle recobrar la compostura y recuperar la seriedad, pero con una insidiosa sonrisa bailándole en los labios.
—Sí, claro, debemos cuidarle —carraspeó—. El pobre se dio un buen golpe.
—Orochimaru, ¿detecto cierto tono de ironía en tu voz?
—No, señorita Sin.
—Orochimaru, ¿hay algo que debería saber?
—No sé de lo que habla, señorita Sin.
—Déjate de «señoritas», hombre. Puedes tutearme porque yo lo pienso hacer — espeté, perdiendo la paciencia—. Estamos entre amigos, y los amigos son sinceros. Anoche no paraste de lanzar pullas cada vez que Itachi se quejaba y te acabas de reír cuando te he dicho que puede estar dolorido. Así que, o bien eres un sádico que disfruta con el dolor ajeno… o hay algo que se me escapa.
Orochimaru se me quedó mirando con intensidad, y en sus ojos brilló el respeto.
—Está bien, te lo diré en consideración a nuestra «nueva amistad» Sakura —admitió, tuteándome—. Itachi ha sido estrella de rodeo.
—Sí, lo sé, me lo dijo anoche. Pero no entiendo qué tiene que ver eso con…
—Los participantes de un rodeo son deportistas de riesgo. Los accidentes son muy comunes y las caídas están en el orden del día. Lo primero que aprende un buen jinete es a caerse sin hacerse daño. Hay técnicas para ello, y Itachi se las sabe todas —explicó Orochimaru—. Ese hombre tiene una resistencia al dolor sobrehumana, incluso le pusieron de mote Ironman por esa razón. Le he visto dislocarse el hombro varias veces, se ha roto costillas, se ha hecho mil magulladuras, incluso sufrió un accidente grave… y nunca se ha quejado tanto como ayer.
—Pero entonces, ¿por qué…? —Las palabras murieron en mis labios a medida que mi cerebro asimilaba las palabras de Orochimaru.
Y con el entendimiento llegó la furia. Cada quejido, cada mueca de dolor, cada mirada de sufrimiento había sido orquestada para despertar mis simpatías, para hacerme sentir culpable y para que él se pudiera aprovechar de mí y de mi buena voluntad. Le había servido de apoyo; le había dado la cena, trozo a trozo, incluso le había llevado el vaso hasta los labios; le había ayudado a desvestirse; le había hecho un masaje, un masaje que terminó en mucho más, sin duda como él había esperado. Si tenía alguna duda de que pudiera haber estado realmente dolorido la descarté al instante al pensar en la maratoniana noche de sexo que habíamos tenido.
—Maldito hijo de… ¡Ahhh! —chillé, tan enfadada que las palabras se me atragantaban en la boca—. ¿Y por qué me estás contando esto? Se supone que es tu jefe, ¿no le debes lealtad?
—Es mi jefe, pero ante todo es mi amigo. Llevo trabajando para Itachi desde hace quince años, mi lealtad es absoluta e incuestionable —aseguró con seriedad—. Ahora bien, un hombre como él, que lo tiene todo, necesita de vez en cuando que alguien le dé un toque de humildad que le ponga los pies en la tierra. Hasta ahora me encargaba yo de hacerlo —explicó con una mueca—. Pero desde que has entrado en su vida tú lo estás haciendo a la perfección —añadió, sonriendo—. Nunca ha estado con nadie que le plante cara como tú, y eso es bueno para él. Tú eres buena para él —concluyó, mirándome con intensidad—, porque le quieres pero aun así eres capaz de pararle los pies cuando es necesario.
«Mierda, ¿tan evidente era que estaba enamorada de él?».
—Puede que le quiera, pero no consiento que nadie se burle de mí —afirmé, enfadada—. Cuando pienso en cómo me engañó anoche, en cómo me manipuló para…
—No digo que no se diera un buen golpe, en eso no hubo engaño. Tan solo puede que haya exagerado un poco… —Las excusas murieron en sus labios ante la mirada incendiaria que le lancé—. Entiéndelo, un hombre es capaz de aprovechar cualquier excusa para ser mimado por…
—Oh, pero si lo entiendo perfectamente —espeté, mientras abría la nevera y cogía una botella de agua de su interior—. Si me disculpas, voy a ir a darle un toque de humildad a ese cretino.
Entré en la habitación con paso sigiloso, intentando no despertarle para cogerle desprevenido. Pero nada más poner un pie en el interior escuché la voz de Itachi, llamándome.
—¿Sin?
—Estoy aquí, he ido a la cocina a por un poco de agua —expliqué, acercándome lentamente a la cama. Itachi permanecía tumbado boca abajo, con los ojos cerrados—. He pensado que antes de ponernos en marcha, podría darte otro masaje con el potingue ese. Aún debes de estar dolorido por la caída de ayer.
—¿Qué? Oh, sí, muy dolorido —musitó Itachi, todavía con los ojos cerrados y con una enorme sonrisa de satisfacción en los labios—. Un masaje sería estupendo.
—Tú relájate, mantén los ojos cerrados, y déjame cuidar de ti —susurré, haciendo a un lado la manta que le cubría y sacando a la luz su esplendoroso cuerpo desnudo.
Abrí la botella de agua con un movimiento decidido y, con una sonrisa vengativa, dejé que el líquido helado se derramara por la espalda del hombre.
—¡Joder, joder, joder! —El musculoso cuerpo de Itachi se arqueó en un inútil intento de escapar del agua fría. Se levantó de un salto, tiritando, y se encaró hacia mí.
—¿Estás loca? ¿Se puede saber por qué demonios has hecho eso?
—Eso ha sido una pequeña venganza por manipularme… Ironman —afirmé con una sonrisa rencorosa. Pensaba dejarlo así, pero la vocecita maléfica que había en mi interior me empujó a rematar la jugada con algo que hería cualquier orgullo masculino—. Y, por cierto, después de la ducha helada lo de pequeño Uchiha te describe a la perfección —espeté, echando una mirada significativa a su entrepierna, y salí de allí como una reina.
