La presentación de Alpha Conection fue todo un éxito. El nuevo dispositivo móvil tuvo muy buenas críticas tanto por el elegante diseño como por las prestaciones que poseía, lo que garantizaba que el dinero invertido por G&G Corporation pronto recogería sus frutos. Después de felicitar al equipo de Alpha por el buen trabajo realizado en la presentación, en el que mis conocimientos de chino volvieron a ser de utilidad, salimos por fin del pabellón de la feria. Itachi, que había estado mirándome ofendido hasta entonces por mi pequeña venganza matinal, estaba pletórico.
—Ha ido mejor de lo que esperaba, parece que ha tenido muy buena acogida — dijo con satisfacción—. Esto hay que celebrarlo —añadió, dándome un beso rápido—. Vayamos a comer algo. Orochimaru se ha encargado de reservarnos mesa en un restaurante que le han recomendado.
Fuimos a un pequeño restaurante en la zona del puerto, donde nos deleitaron con una exquisita degustación de arroces. Itachi, en su faceta de guiri, disfrutó mucho probándolo todo, mientras yo me recreaba en su entusiasmo. Estaba todo muy bueno, aun así, siendo de Valencia, donde el arroz estaba al orden del día y las paellas valencianas eran internacionalmente conocidas, no pude decir que estuviera impresionada.
—Deberías de probar la paella que hace mi abuela Tsunade —comenté con una sonrisa—. Auténtica paella valenciana, de las que…
—Entonces, ¿eres de Valencia?
«Ups».
Había hablado sin pensar. Debería de haber tenido en cuenta que Itachi procesaría la mínima información que le diera en su base de datos mental.
—No, no soy de Valencia —contesté, y me cerré en banda.
—¿Te das cuenta de que conoces toda mi vida y yo no sé siquiera tu verdadero nombre? —preguntó él, frustrado.
—Ya te lo he dicho, me llamo Sin.
Itachi soltó un resoplido incrédulo. Nos quedamos en un tenso silencio mientras el camarero retiraba los platos y tomaba nota de los cafés.
—Cuéntame algo de ti. Cuéntame… —Se quedó pensativo, mirándome fijamente—. Cuéntame la historia de tu tatuaje.
—¿En serio quieres saberlo?
—Es lo justo, tú sabes la historia del mío.
—Está bien. Ya te hablé de mi padre, él murió cuando yo tenía quince años. — Itachi asintió—. Mi madre y yo nunca tuvimos una relación muy estrecha, pero mientras mi padre vivía, al menos aparentaba ser una madre. Tras morir él, ella se desentendió de mí por completo. Mi mundo se desmoronó. Era muy joven y me sentía muy sola. Hice cosas de las que no estoy orgullosa, hasta que un día… toqué fondo. —No entré en detalles, supuse que no hacía falta—. Pero mi abuela Tsunade vino en mi rescate. Me acogió en su casa, me ofreció su cariño y me apoyo durante… bueno, durante todo el tiempo. Me brindó una segunda oportunidad, me hizo comprender que aunque hubiese cometido errores era joven y tenía toda la vida por delante. Así que renací de mis cenizas.
—We are the champions —concluyó Itachi, y supe que me entendía a la perfección.
—We are the champions —convine—. Esa canción siempre me ha empujado a seguir adelante. Supongo que para ti significará lo mismo.
Itachi asintió en silencio.
—¿Te das cuenta de que si decides desaparecer no tendré forma de encontrarte? —murmuró, de pronto.
Esta vez la que resopló fui yo.
—¿Y para qué querrías localizarme? El jueves se acaba mi contrato y ten por seguro que no lo ampliaré.
—Sabes que puedo llegar a ser muy persuasivo —musitó él clavándome su intensa mirada, de un negro tan oscuro como la del cielo nocturno.
—No se trata de dinero.
—No estaba hablando de dinero.
Nos acababan de servir el café cuando Itachi depositó una cajita envuelta en papel de regalo encima de la mesa. La miré con fijeza. Demasiado grande para un anillo, pero aun así tuve que esconder las manos bajo la mesa para disimular el temblor.
—Feliz cumpleaños —dijo sin más.
—No es mi cumpleaños —musité, confusa.
—Entonces feliz no cumpleaños.
—No lo puedo aceptar.
—Pero si no lo has abierto —replicó él, con una mueca divertida—. No lo puedes rechazar si no sabes lo que es.
Lo abrí con manos temblorosas. Era un reloj de entrenamiento, parecido al que llevaba Itachi, pero en versión femenina. Tenía un diseño elegante y moderno, en color acero y con pequeñas piedras de Swarovski adornando la caja que enmarcaba la pantalla digital de color oscuro. Sencillamente precioso.
—¿Te gusta?
—Me encanta.
—¿Y?
—Y no lo puedo aceptar. ¿A qué viene este regalo?
—Tómatelo como un gesto de disculpa por mi pequeña manipulación de anoche —admitió Itachi con una mueca—. O simplemente acéptalo porque deseo que luzcas en tu cuerpo algo que te he regalado yo; porque cada vez que lo mires, pensarás en mí.
—Itachi, sé lo que valen este tipo de relojes, y este, con este diseño tan especial, seguro que cuesta por lo menos mil euros. No puedo llevar un reloj de mil euros. Estaría todo el día preocupada de no perderlo.
—Tonterías, te aseguro que no vale eso —afirmó Itachi con un brillo divertido en la mirada, mientras lo sacaba de la caja—. A ver, dame la mano.
Le ofrecí la mano con cierta reticencia y en cuanto su mano tocó mi piel un inevitable escalofrío ascendió por mi brazo. Itachi me lo abrochó en la muñeca con movimientos certeros. Se adaptaba a la perfección, como si hubiese sido hecho a medida para mí.
—En serio, no puedo… ¿eso que marca la pantalla son las pulsaciones? — pregunté con curiosidad, fascinada a mi pesar por el regalo.
—¿A ver? —preguntó, tomándome de la mano para poder verlo. Supe que sí antes de que me lo confirmara porque, nada más tocarme, la cifra comenzó a ascender—. Vaya, vaya, señorita Sin, ¿la pongo nerviosa?
Le quité la mano al instante.
—Termina tu café y vayamos a hacer un poco de turismo —espeté, bebiendo lo que quedaba de mi café de un trago.
Mientras bebía, Itachi me miró por encima del borde de su taza, estudiándome.
—Dejemos el turismo para mañana. ¿Tienes un vestido de noche?
Me vino a la mente el impresionante vestido color burdeos que me había prestado Ino.
—Sí, ¿por? —pregunté, cautelosa.
—Hay una cena de gala esta noche a la que estoy invitado. Es para recaudar fondos para una organización humanitaria. Habrá empresarios y algunas personalidades españolas, tanto del deporte como de la vida pública. Había rechazado acudir, pero he pensado que tal vez te haga ilusión ir. Lo que no sé es si tendrás tiempo suficiente para arreglarte.
—Pero, ¿no has dicho que es una cena? —pregunté confusa, porque apenas eran las cuatro de la tarde.
—Sí, pero sé lo que os cuesta a las chicas poneros guapas. Cuando mi madre y mi hermana acuden a un evento así se pasan todo el día entre el spa, la esteticista, la peluquería y la maquilladora. Tú solo contarás con tres horas, aunque me ha asegurado el director del hotel que pueden hacerte un servicio rápido para que estés a tiempo, y…
—Espera, espera, espera. ¿Me estás diciendo que me has concertado una sesión de belleza de tres horas para acudir a una cena de gala?
—¿Te molesta?
«¿A qué chica le molestaría que la mimasen durante tres horas, que la dejasen maravillosa y poder lucir un vestido de ensueño delante del hombre del que estaba enamorada?».
—¿Estás de broma? Pide la cuenta y vayámonos ya.
Salimos del restaurante, y cuando fuimos a cruzar por el paso de cebra hasta la limusina que nos esperaba al otro lado, un coche casi nos arrolla. Si no hubiese sido por los reflejos de Itachi, se me habría llevado por delante. Y el muy cretino o cretina que conducía —no lo pudimos ver bien porque el sol se había reflejado en el parabrisas— ni siquiera se detuvo. Itachi me había empujado contra la limusina en su esfuerzo por salvarme la vida, y su cuerpo cubría el mío con gesto protector. Nos quedamos los dos mirándonos fijamente, jadeando por el golpe de adrenalina, mientras sentía cómo el duro cuerpo de Itachi comenzaba a reaccionar contra el mío.
—¿Estás bien? —preguntó él con voz ronca.
—Sí… sí, estoy bien —balbucí, no por el susto sino por el hecho de tenerlo tan cerca—. Esto se está empezando a convertir en una costumbre. Aquí en España hay muy pocos que respeten los pasos de peatones si no hay semáforos —declaré, nerviosa, viendo cómo los ojos de él se detenían por un segundo en mi boca.
Por un momento pensé que me besaría, pero con un gruñido sordo se apartó de mí, actuando como si no hubiese abrasado mis labios con su mirada.
—¡Orochimaru! —rugió Itachi.
—Creo que era el mismo coche de ayer —explicó el hombre con prontitud, sabiendo de antemano lo que esperaba Itachi—, pero no llevaba matrícula y con el reflejo del sol no he podido ver quién lo conducía.
—Yo tampoco —musitó, intercambiando una mirada con el señor Sen que no supe descifrar. Debieron de llegar a algún tipo de entendimiento telepático, porque al cabo de un segundo los dos se giraron a la vez para observarme con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa? ¿Por qué me miráis así?
—¿Has cabreado a alguien últimamente, preciosa?
