Capítulo 24

Volvimos al hotel en un tenso silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Aunque les había asegurado que nadie tenía razones para querer verme muerta, incluso yo misma había notado cierta duda en mi voz. Sin no tenía enemigos, pero… ¿y Ino?

En cuanto llegamos a la suite me encerré en mi habitación, buscando un poco de intimidad para hacer una llamada.

—Ino, querida, ¿se te ha olvidado de contarme algo? No sé… ¿Que la mujer de alguno de tus clientes te haya amenazado de muerte? ¿Que la mafia rusa haya puesto precio a tu cabeza? Porque parece ser que alguien está intentando matarme. O mejor dicho, matarte a ti.

—Estás de broma, ¿no? —replicó Ino, riendo—. Dime que estás bromeando, Sin —urgió, cambiando el tono de voz cuando se dio cuenta de que yo no me reía.

—No bromeo —respondí con un suspiro cansado, dejándome caer en la cama—. Parece ser que alguien ha intentado arrollarme con el coche un par de veces. Itachi piensa que puede ser premeditado.

—Mierda, Sin. Vuelve ahora mismo, ¿me oyes? Regresa a Valencia en el primer tren que salga de Barcelona. No sé qué demonios está pasando ahí, pero te aseguro que no tiene nada que ver conmigo. Yo no tengo enemigos.

Durante el trayecto hasta el hotel, había estado pensando mucho en eso.

—¿Y qué me dices de Kiba? —pregunté, cautelosa.

—Kiba es un capullo, pero no es un asesino —contestó después de un largo silencio—. Además, no tiene ninguna razón para querer hacerme daño.

—¿Le dijiste que ibas a seguir a delante con el embarazo?

—Bueno, sí, pero…

—Tal vez quiera evitar una futura demanda de paternidad.

—Primero, que yo sepa Kiba no está en Barcelona, pero ahora mismo llamaré a una amiga de Contact One para que me lo confirme. Segundo, en el caso de que esté en Barcelona, Kiba me conoce. Si te hubiese visto sabría que no eres yo.

—Tal vez… O tal vez haya podido contratar a alguien para que haga el trabajo sucio y que me haya podido confundir contigo.

—Creo que has visto demasiadas películas, Sin.

—¿Se te ocurre alguna teoría mejor?

—¿Qué me dices de Itachi?

—¿Qué pasa con Itachi? —pregunté, y noté cómo mi cuerpo se tensaba.

—¿Te has parado a pensar que tal vez hayan intentado atentar contra él y que tú solo te hayas puesto en medio?

No lo había pensado. El primer intento de atropello realmente había sido contra mí, pero Itachi se había jugado el pellejo al salvarme. En el segundo intento el coche nos había intentado arrollar a los dos. Reflexionándolo un poco, no era una suposición descabellada. Los hombres poderosos siempre se granjeaban enemigos. Si él resultaba muerto en su intento por protegerme sería una forma de disimular que el objetivo real había sido él.

—Escúchame, Sin, y escúchame bien. Te juro que si no regresas en el primer tren, me voy ahora mismo a Barcelona y te traigo de los pelos.

—Un poco drástico, ¿no crees? —repliqué, y no pude evitar sonreír.

—En absoluto. Yo te he metido en ese lío y no me perdonaría nunca que te pudiera pasar algo por mi culpa —admitió, sincera—. Me pregunto cómo una cosa tan sencilla como hacer de traductora una noche ha podido complicarse tanto.

Yo tenía la respuesta a eso: Itachi Uchiha.

Lo más sensato sería coger la maleta e irme al instante, tal y como decía Ino.

Pero solo con pensar en dejarlo…

—Todavía no puedo irme, Ino—murmuré. Al menos quería pasar esa última noche con él.

—¿Es por dinero? Porque si es por dinero te juro que te pagaré lo que…

—No es por dinero —aseguré, cortando sus palabras.

—¿Entonces? ¿Por qué…? —Se quedó callada de repente—. ¿Te has enamorado de él?

Lo preguntó a voz en grito, tan fuerte que tuve que separar el teléfono de mi oreja por miedo a que me hubiese perforado el tímpano.

—Puede ser —musité, cautelosa.

—No puedes enamorarte de él, Sin —gritó de nuevo—. Ese hombre es un playboy, cada día va con una mujer diferente y la mayoría son profesionales.

—Es que realmente creo que siente algo por mí.

—Sí, claro. Igual que Kiba lo sentía por mí —bufó Ino—. Recuerda lo que me soltó Kiba, que las mujeres enamoradas follaban mejor. Y él e Itachi son de la misma especie. No caigas en su engaño como yo caí en el de Kiba.

—No es lo mismo, Kiba está casado.

—Y Itachi puede que tenga una novia, o una prometida. ¿Se lo has preguntado? Últimamente le han fotografiado mucho con una modelo australiana, una morenaza espectacular. No sabes si tiene algún tipo de compromiso con ella.

—No, no lo sé —admití finalmente.

Itachi me había dicho que solía utilizar escorts como acompañantes y yo había supuesto que era porque no tenía novia. Era lo lógico. Pero hoy en día, con la moda que había de tener relaciones abiertas, tener novia no excluía el poder salir con otras mujeres. Tal vez si su novia no podía acompañarle a ciertos eventos, él buscase compañía profesional, tal y como lo había hecho para venir a Barcelona.

Se me hizo un nudo en el estómago solo de pensarlo y terminé la conversación con Ino con el ánimo alicaído.

Mi corazón lo tenía claro: sentía algo por él, eso era indiscutible. ¿Un amor profundo? No. En mi opinión, eso se conseguía con la convivencia y el tiempo. Pero, ¿un sentimiento especial por esa persona? ¿Algo que iba más allá de la atracción?

¿Una conexión especial? Sí.

Mi mente era otra cuestión. Era un cúmulo de dudas e inseguridades. ¿Sentía algo por mí o simplemente me estaba utilizando? ¿Podía alguien como él enamorarse de alguien como yo, o solo era un mero pasatiempo?

Odiaba sentirme así. De forma automática, llamé a la única persona que conocía que podía poner un poco de cordura en mi mente y encender una luz que guiara mi corazón.

—Sakura, cariño, ¿qué tal va el trabajo?

Solo escuchando la voz de mi abuela las lágrimas acudieron a mis ojos y tuve el deseo irrefrenable de ir a Valencia solo para abrazarla y encontrar la fuerza que siempre encontraba entre sus brazos.

—Bien… Mal… No sé, abuela —titubeé—. Esto se está complicando —reconocí finalmente. Cogí aire y confesé con un susurro, como si estuviese revelando algún pecado—: He conocido a un hombre.

—Ayyy, hija —exclamó mi abuela con un gritito entusiasmado—. ¡Por fin!

Me descolocó la alegría en su voz, sobre todo cuando yo me sentía tan mal.

—¿Te alegras?

—Claro que sí. Tienes casi treinta años; ya iba siendo hora de que dejaras que un hombre entrara en tu vida.

¿Entrar en mi vida? Itachi había irrumpido en ella con la fuerza de un huracán y no había podido detenerlo. El huracán Uchiha estaba haciendo estragos en mi persona.

—Entonces, ¿te has enamorado?

—Sí… No… No lo sé, abuela —contesté, enfadada conmigo misma por vacilar de aquella manera—. ¿Realmente me puedo haber enamorado de una persona en tan solo tres días?

—¿Qué te dice tu corazón?

—Que lo quiero.

—¿Qué te dice tu mente?

—Que no debo quererlo. Que quererlo es un gran riesgo. A veces pienso que es muy posible que para él solo sea una más de un montón, otras veces, cuando me mira, siento que para él soy la única mujer de la Tierra.

—Pues en el término medio entre tu corazón y tu mente está la respuesta.

—¿Y eso qué significa? —pregunté, sin entender.

—Significa que el amor es ciego y la razón muchas veces debe de hacer de perro lazarillo —declaró mi abuela, con una de sus frases que parecían sacadas de uno de los típicos sobres de azúcar con una frase célebre escrita en el dorso.

—Pensé que siempre había que hacer caso del corazón.

—Hay que hacer caso del corazón, pero con conocimiento —explicó mi abuela—. Amando a ciegas corres el riesgo de desengañarte, de anularte como persona o de perder el orgullo. Hay que amar pero sin perder la perspectiva de uno mismo. Eso son los amores que perduran en el tiempo.

—¿Tiempo? —resoplé—. Eso es precisamente lo que no me queda con él.

—Cariño, ya sabes mi opinión al respecto. Cualquier amor tiene fecha de caducidad, nada es eterno. Pero es mejor haber amado, aunque por poco tiempo, que no haber amado nunca. Si te sientes enamorada de ese hombre, disfruta cada instante que pases a su lado. Y date una alegría al cuerpo, que falta te hace —añadió, con tono pícaro.

—¡Abuela! —exclamé, sorprendida.

—Pero nunca te olvides de quién eres —continuo diciendo ella, ignorándome—, de que eres una persona especial, y que como tal, te tiene que valorar. No desperdicies tu amor con alguien que no sabe apreciarlo.

—Lo tendré en cuenta, abuela —contesté, en un murmullo—. Te quiero mucho.

—Y yo a ti, mi niña.

Colgué y me tumbé en la cama, sobre el suave edredón, mirando el techo pero sin verlo, tratando de conciliar mi corazón y mi mente, y después de unos minutos llegué a una conclusión: aquella noche sería mi última noche con Itachi. Disfrutaría de la velada al máximo, y después, de regreso al hotel, le confesaría toda la verdad, quién era yo y lo que sentía por él.

Y mañana… Mañana regresaría a casa.