Capítulo 25

Nunca había tenido mejor aspecto y lo sabía.

Me habían exfoliado el cuerpo entero y luego masajeado con un aceite aromático que me había dejado la piel tan suave como la seda y con una ligera fragancia a magnolia que me parecía muy sensual. Mi cabello relucía en un recogido desenfadado pero elegante que me dejaba mechones rizados que me enmarcaban la cara de forma muy favorecedora. La maquilladora había utilizado una paleta de colores muy natural, ahumando ligeramente los ojos para crear una mirada intensa, y realzando lo que consideraba mi punto fuerte: la boca, utilizando un color burdeos intenso, similar al de mi vestido.

Y respecto al vestido, solo había una palabra para describirlo: ¡guau! Pese a que el terciopelo acariciaba mis curvas de una forma muy sexy, el escote barco y las mangas largas lo hacían parecer recatado por delante… Hasta que comenzaba a andar y la abertura que tenía la falda dejaba al descubierto la pierna derecha hasta medio muslo. Y en cuanto a la espalda, el escote en V llegaba hasta el coxis, enmarcando mi tatuaje de una manera que, cuanto menos, llamaría la atención.

Después de pasar una tarde entera siendo mimada de forma muy eficiente, y tras observar en el espejo de mi habitación el resultado final, debería de estar en la gloria, pero con la tensión que bullía en mi interior era difícil sentirme relajada.

Ino tampoco estaba ayudando demasiado para hacerme sentir mejor. En su intento de que dejase a Itachi y volviese a Valencia estaba acribillando mi móvil con fotos de Itachi. De Itachi y de sus últimas «acompañantes». Cada vez que escuchaba el pitido de aviso del WhatsApp sabía lo que me iba a encontrar al descargar la imagen: una foto de Itachi con una mujer despampanante. Y aun así, una curiosidad morbosa me instaba a descargarme foto tras foto. Es curioso cómo a veces somos incapaces de apartar la mirada de algo que sabemos que nos duele ver. Y yo no hacía más que mirar y mirar aquellas fotos. Hasta que por mi salud mental decidí apagar el móvil y meterlo en el bolso de mano.

Unos suaves golpes en la puerta de mi habitación me sacaron de mis pensamientos.

—¿Estás lista? —Se oyó la voz de Itachi, amortiguada.

Como única respuesta abrí la puerta… y casi me caigo redonda. Itachi Uchiha estaba impresionante en vaqueros; imponente con traje; pero vestido de esmoquin era inigualable.

Sus ojos negros parecieron escanear mi cuerpo de arriba abajo, y su mirada apreciativa me levantó el ánimo más de lo que lo podrían hacer mil piropos de otros hombres. Ese vaquero tenía el don de hacerme sentir la mujer más hermosa del mundo solo con una mirada.

—Preciosa, te llames o no te llames Sin, sin duda incitas al pecado —susurró con voz ronca.

Sonreí para mis adentros. Si eso lo decía viendo la parte frontal de mi vestido, que era la recatada, cuando viera la trasera se caería de culo. Pero esa era una sorpresa que me iba a reservar para más adelante. Así que me envolví con la capa y acepté el brazo que me tendió Itachi de forma caballerosa.

La limusina nos esperaba en la puerta del hotel. El señor Sen, con su habitual traje negro, nos saludó con una inclinación de cabeza, me guiñó un ojo disimuladamente con aprobación y abrió la puerta del vehículo para que pudiésemos entrar.

Como siempre, Itachi me ofreció su mano para subir, pero esta vez, cuando nuestros ojos se encontraron, me depositó un beso dulce en la muñeca mientras sus ojos me sonreían con calidez. ¿Por qué tenía que ser tan cariñoso y romántico? ¿Por qué me hacía sentir como si volara a tres metros sobre el cielo? Subí a la limusina todavía temblando por el mero roce de sus labios en mi piel, y justo cuando él iba a subir detrás de mí le sonó el móvil.

—Dame un minuto, preciosa —dijo con una sonrisa de disculpa, y cerró la puerta para que el aire frío de aquella noche invernal no se colara en el interior.

Lo miré a través de la ventanilla, pensando en lo difícil que iba a ser volver a la rutina de mi vida habitual después de aquellos días en Barcelona y, sobre todo, en lo que me iba a costar continuar mi vida sin él después de haberlo conocido.

—Te has enamorado de él.

Aquella declaración, dicha en tono seco, me hizo dar un respingo. No había caído en la cuenta de que no estaba sola en la limusina. Shikamaru estaba sentado tras el volante y el cristal de separación estaba bajado.

Bufé.

—No hace falta que lo niegues. Te brillan los ojos cada vez que lo ves. Ino también miraba así a ese capullo de Kiba Inuzuka —añadió en tono amargo—. A mí me repateaba el estómago cada vez que la veía ponerle ojitos, era como echar perlas a los cerdos. Siempre deseé que ella me mirase a mí de esa manera —confesó en un susurro tras una breve pausa.

No dije nada, intuí que simplemente necesitaba que alguien le escuchara, y él continuó hablando confirmando mis sospechas, como si estuviese reflexionando en voz alta.

—Y justo cuando lo había dejado de mirar así, justo cuando había conseguido que se fijara en mí, cuando parecía que nuestra historia por fin iba a arrancar, ella va y me llama para decirme… para decirme… —Se le quebró la voz.

—¿La quieres?

—Como un idiota —confesó, casi con pena—. Creo que la quise desde la primera vez que coincidimos en un trabajo. Su cliente era un rico empresario español, uno de esos playboys de mediana edad que acaban de divorciarse de su mujer de toda la vida y se ponen a tontear con cuanta veinteañera se le ponga por delante. Ella había sido contratada como acompañante y traductora en una cena de trabajo con unos empresarios americanos. Parece que la cena fue bien y llegó a un acuerdo con los americanos, porque después quiso celebrarlo con Shion de una forma más individual —explicó, con una mueca—. Llevo cuatro años en esta empresa y he visto a chiquillas recién cumplidos los dieciocho años, la mayoría universitarias bonitas y con educación, abrirse de piernas sin pudor para que vejestorios que les triplicaban la edad las cabalgasen sin contemplaciones, y esperaba algo así de ella cuando aquel hombre le ofreció una fortuna por acabar la velada en su cama.

—Ino no es una puta —aseguré con convicción.

—No, no lo es —convino él—. Por poco no abre la puerta y le tira de la limusina en marcha de una patada en el culo. En aquel mismo instante supe que era una chica especial.

—Shikamaru, aunque esté embarazada sigue siendo una chica especial.

—Supongo que sí —musitó con un suspiro.

—¿Tienes idea de lo que vas a hacer?

—Creo que sí. Yo…

Calló de repente cuando la puerta de la limusina se abrió.

—¿Me has echado de menos? —preguntó Itachi, sonriendo al entrar.

Tuve que morderme el labio para no gritarle que saliese fuera y me dejara unos minutos más de intimidad con Shikamaru. Orochimaru también entró, ocupando el asiento del copiloto, y Shikamaru y yo compartimos una última mirada a través del espejo retrovisor antes de que el cristal de separación se alzara, dando por finalizado el tiempo de confesiones. Solo esperaba que lo que hubiese decidido fuese luchar por Ino.

El lugar elegido para aquel acontecimiento eran las Atarazanas Reales de Barcelona. Un imponente conjunto arquitectónico gótico que se empezó a construir a finales del siglo XIII, durante el reinado de Pedro III de Aragón y que había sido restaurado hacía unos años.

Cuando bajé de la limusina y vi una alfombra roja a mis pies que conducía hasta la entrada del edificio, mientras una decena de flashes destellaban a mi alrededor, me sentí como una auténtica celebridad. Lo curioso era que nos hacían fotos, y yo creo que ni sabían a quién fotografiaban. Porque, que yo supiera, Itachi solo era famoso en su país, y yo… yo no era nadie. Aun así las luces de los flashes nos estuvieron acompañando durante todo el trayecto por la alfombra roja. Por la sonrisa tensa de Itachi, supe que él estaba tan consternado como yo por tanta atención. No habíamos vuelto a hablar sobre la posible amenaza contra mi persona, pero tanto él como Orochimaru se habían mostrado en estado de alerta desde que dejamos la suite, y no me quitaban el ojo de encima.

En el vestíbulo habían dispuesto el servicio de guardarropa, donde los invitados se iban despojando de sus prendas de abrigo. De forma caballerosa, Itachi me ayudó a quitarme la capa.

—Joder —le oí susurrar.

Sonreí para mis adentros, mientras él, que estaba a mi espalda, caía en un tenso silencio. No me tuve que girar para ver lo que estaba pasando: acababa de descubrir la sorpresa que escondía la parte trasera de mi vestido. Ahora caería rendido a mis pies y me diría lo maravillosa que era.

—Pero, ¿qué haces? —pregunté, confundida, cuando sentí que me volvía a poner la capa con un gesto brusco.

—A tu vestido le falta un trozo de tela —gruñó Itachi con la mirada encendida.

—Mi vestido es perfecto tal y como está —protesté quitándome la capa.

—De eso nada, llevas toda la espalda al aire y se te ve hasta… —calló de repente y sus ojos volaron hacia mis pechos. Pude ver, fascinada, cómo sus pupilas se dilataban—. Con esa espalda es imposible que… —musitó, como reflexionando en voz alta algo que se le acababa de ocurrir—. No llevas sujetador —concluyó finalmente, en tono acusatorio, y lo dijo con la voz lo suficientemente alta como para que un par de personas que estaban cerca de nosotros se giraran a mirarme.

—Itachi Uchiha, si no quieres que te dé una patada en el culo será mejor que bajes la voz —espeté, avergonzada—. Con esa actitud lo único que estás consiguiendo es que todos los presentes me miren las tetas —murmuré con enfado—. Parece mentira, he visto fotos tuyas en Internet en la que ibas acompañado por mujeres que llevaban un escote hasta el ombligo —declaré enfadada, recordando las fotos que me había mandado Ino por WhatsApp de las amiguitas con las que había salido Itachi—, y me estás montando un escándalo porque mi vestido enseña un poco la espalda. Déjame decirte que ahora mismo te estás comportando como un neandertal.

—Eso es porque las demás no me afectan tanto como tú —gruñó Itachi, mesándose el cabello, frustrado—. Y lo correcto sería decir que me estoy portando como un homo erectus —añadió, con una mirada significativa.

No pude evitar que mis ojos volaran hacia la zona de la ingle para comprobar si realmente estaba excitado pero, si lo estaba, el esmoquin lo disimulaba de forma efectiva.

—Créeme, está ahí. Y mucho me temo que va a estarlo durante toda la noche hasta que lleguemos a la suite. A no ser que nos escapemos un par de minutos a la limusina —sugirió, con voz ronca y una mirada seductora.

—¿Un par de minutos? —El diablillo que había en mí hizo que me acercara a él, hasta que nuestros cuerpos se rozaron, y le susurré al oído—: Cariño, cuando te tenga entre mis piernas espero que aguantes un poco más.

Sonreí para mis adentros cuando escuché su gemido ahogado y sentí cómo su cuerpo se tensaba contra el mío. Justo cuando me iba a separar sus brazos me apresaron.

—Pagarás por esto, descarada —prometió, acariciando con su aliento mi oreja.

Sus dientes me apresaron el lóbulo en un mordisco seductor que me provocó una descarga eléctrica por la columna vertebral. Y para que no tuviera duda de qué forma iba a pagarlo, sentí que me apretaba contra su cuerpo brevemente, para que sintiera todo el peso de su excitación.

Agradecí en silencio que el vestido llevase un pequeño relleno en la zona delantera para moldear el pecho, porque si no mis pezones hubiesen despuntado como misiles Tomahawk sobre la tela, haciéndome morir de vergüenza.

¿Pagar? Estaba deseándolo.