Cuando traspasamos las puertas de acceso a la Sala Marqués de Comillas, donde se celebraba la cena, no pude evitar contener el aliento. Se trataba de una sala hipóstila de unos mil setecientos metros cuadrados en la que innumerables columnas se alzaban hacia el techo abovedado creando el efecto de un bosque arquitectónico. Había sido engalanada para la ocasión con flores y con una iluminación impactante que realzaba la maestría de los arcos.
En uno de los lados del salón, las mesas redondas se disponían entre las columnas en un estudiado desorden mientras que en el otro lado se había construido un pequeño escenario donde un grupo de música amenizaba la velada, dejando espacio suficiente entre las mesas y el escenario para que la gente que se animara pudiera bailar después de la cena.
¿Itachi sería de los hombres a los que les gustaba bailar o de los de barra fija? Esperaba que no fuera de estos últimos, porque me resultaban tediosos los hombres que no se separaban de la barra y siempre llevaban un cubata en la mano. Fuera del tipo que fuera, ponía la mano en el fuego a que sería imposible aburrirme con él, pero aun así recé para que fuese de los que le gustan bailar, porque a mí me encantaba.
Y mi plegaria fue escuchada.
Después de una cena espectacular en la que compartimos mesa con unos comensales variopintos, desde un cantante de éxito hasta un escritor famoso, que amenizaron la conversación con divertidas anécdotas, Itachi me sacó a bailar.
La música hasta entonces había sido movida, pero justo en el momento en que pisamos la pista de baile, las luces se apagaron y comenzaron los acordes de Who wants to live forever de Queen. Quise escapar en aquel momento, pero los brazos de Itachi me rodearon y me apretaron contra su cuerpo. Sus ojos atraparon los míos en una mirada intensa mientras mi cuerpo se dejó llevar por la cadencia lenta de sus movimientos.
A medida que la impresionante voz de Freddie Mercury flotaba a nuestro alrededor, la letra de la canción se me fue clavando en el corazón, y no supe que una lágrima se estaba deslizando por mi mejilla hasta que Itachi me lo hizo notar.
—¿Por qué lloras, Sin? —preguntó, acariciando mi rostro con ternura y atrapando mi lágrima con su pulgar.
—Esta canción siempre me ha parecido muy triste. Pero es cierto, ¿no? El amor debe morir —musité, con pesar, evocando una parte de la canción y pensando en el poco tiempo que me quedaba a su lado, sin poder evitar que otra lágrima siguiera el rastro húmedo de la primera.
Y para mi sorpresa, él comenzó a cantar en mi oído la siguiente estrofa, en una traducción simultánea de la voz de Freddie Mercury:
Pero, toca mis lágrimas con tus labios. Toca mi mundo con las puntas de tus dedos. Y podemos tenerlo para siempre. Y podemos amar siempre. Para siempre es nuestro presente.
Lo miré con el corazón encogido y un nudo en la garganta. Estaba completa e irremediablemente enamorada de ese hombre.
Era demasiado pronto. Era una locura.
Era un suicidio emocional confesarle mis sentimientos.
—Te quiero —musité, sin poder contenerme.
Lo escuché contener el aliento, sentí cómo su cuerpo se tensaba contra el mío, sus brazos me apretaron con más fuerza, como queriendo fundirme contra él. Observé hipnotizada cómo sus pupilas se dilataban, cómo entreabría los labios en un pequeño suspiro y, justo cuando parecía que iba a hablar, una pareja que bailaba a nuestro lado chocó de forma violenta contra nosotros, haciendo que nos tambaleásemos y nos separásemos.
—Un poquito de cuidado, por favor —espeté a los dos tortolitos que se estaban comiendo a besos en la pista de baile, frustrada porque hubiesen roto el hechizo que nos envolvía.
El hombre, que había estado devorando la boca de una despampanante rubia, me miró como si fuese un mosquito molesto.
—Tranquila, guapa, que… —Al ver a Itachi, calló de repente y empalideció—. No… Itachi —balbució—. Me dijeron que no ibas a venir.
—Cambié de opinión —replicó Itachi con una voz sedosa que resultaba de lo más amenazante y el cuerpo tenso—. Lo curioso es que tú estés aquí divirtiéndote con esta señorita mientras mi hermana está esperándote en casa.
Entonces lo supe.
—¿Tú eres Kiba? —pregunté, encarándome con él.
Esperé a que asintiera para cruzarle la cara con todas mis fuerzas en una sonora bofetada.
—Esto es por mi amiga Shion, capullo. Primero le ocultas que estás casado, y ahora que la has dejado embarazaba vas y la abandonas. ¿Pero qué clase de…?
—Sin, déjame a mí. Con las manos no se llega a ningún sitio —murmuró Itachi, cogiéndome de la cintura y apartándome de en medio—. Para estos casos es mejor usar los puños —añadió, y para sorpresa de todos estampó un puñetazo directo en la cara de Kiba que lo lanzó dos metros hacia atrás—. No quiero que vuelvas a acercarte a Hinata —gruñó con desprecio—. En breve te llegará la demanda de divorcio…
—Vamos, hombre, no seas hipócrita —protestó Kiba desde el suelo—. Acabo de leer la noticia de que te vas a casar con la morena esa con la que sales últimamente.
Las palabras de aquel cretino cayeron sobre mí como un cubo de agua fría.
—¿Es cierto que estás prometido? —pregunté, herida y enfadada a partes iguales—. ¿Solo has estado jugando conmigo durante estos días?
—¿Me estás pidiendo explicaciones cuando es evidente que me has estado engañando todo este tiempo sobre quién eres en realidad? —replicó Itachi, con el rostro inexpresivo y una mirada glacial, alzando la ceja con desdén.
—Solo era falsa mi identidad —admití, manteniéndome firme ante él—. Shion es mi amiga y vine a Barcelona por hacerle un favor. Quise contarte la verdad la primera noche, después de… —La garganta se me cerró y tuve que apelar a mi fortaleza interior para seguir hablando—. Cuando me dijo quién eras decidí continuar con el papel para protegerla, pero todo lo demás, todo lo que hemos compartido, los sentimientos, han sido reales. ¿Puedes decir tú lo mismo? —inquirí con frialdad, parodiando su elevación de ceja.
Algo destelló en sus ojos. Hizo ademán de hablar, pero antes de poder hacerlo la voz de Kiba lo interrumpió.
—Mira, Itachi. Adoro a tu hermana —declaró Kiba, levantándose con cuidado del suelo—, pero de vez en cuando un hombre necesita un poco de variedad. Seguro que lo entiendes, los hombres somos así. Ella no tiene por qué enterarse de nada igual que tu prometida tampoco tiene que saber que estás echando una última canita al aire con esta puta.
«Este tío es tonto», pensé, dispuesta a partirle la cara por insultarme, pero antes de poder hacerlo vi cómo Itachi se abalanzaba sobre él.
No esperé a ver nada más, ya estaba todo dicho. Giré sobre mis tacones y me fui del salón con toda la dignidad posible mientras los invitados corrían hacia el altercado.
Orochimaru estaba esperando en el vestíbulo. Cuando me vio frunció el ceño.
—Itachi se ha encontrado con su cuñado Kiba y se han enzarzado en una pelea —expliqué con voz monocorde—. Yo de ti iría a separarlos antes de que Itachi lo mate.
Orochimaru me miró con el ceño fruncido.
—¿Estás bien?
—Claro —afirmé, con una sonrisa tan fría que se me quedó congelada en los labios.
Parecía que el hombre fuera a decir algo más, pero un agudo chillido proveniente del salón, seguido de cristales rotos, le distrajo.
—No te muevas de aquí, enseguida vuelvo.
Orochimaru salió disparado hacia el alboroto mientras yo tomaba la capa del guardarropa y abandonaba el edificio con paso lento. Me quedé en la entrada, desierta ahora de periodistas, parada sobre la alfombra roja que antes había recorrido con tanta emoción, sin saber qué hacer. La limusina de Shikamaru no se veía por ninguna parte, y no llevaba dinero encima para coger un taxi. Y en cuanto a volver adentro… No me sentía con fuerzas de ver a Itachi sin caer en un mar de lágrimas.
Saqué el móvil del bolso y lo encendí. En cuanto estuvo en marcha me llegaron varios avisos de llamada y WhatsApp de Ino.
«Itachi Uchiha está comprometido. Lo acabo de ver en Internet. Lo siento, Sin».
«A buenas horas», gruñí para mis adentros.
Así que era verdad. Itachi me había mentido. Bueno, para ser justos, eso no era del todo cierto. Por cómo se comportaba, por las palabras que me decía, yo había dado por hecho que no tenía novia y él en ningún momento había actuado como si la tuviera, así que la conclusión había sido lógica.
Pain y Big Jiraiya me habían advertido y no les había hecho ningún caso. Tal y como Kiba acababa de decir, yo no había sido más que una última canita al aire antes de su boda. Una compañía agradable durante los días que había estado en el congreso. Cada mirada, cada palabra… Me lo había tragado todo, menuda idiota estaba hecha. Idiota porque a pesar de todo, a una parte de mí le costaba creerlo, todavía conservando la esperanza de que fuera todo un malentendido. ¿Habían sido todo mentiras? ¿Realmente Itachi podía ser tan buen actor?
Observé cómo un Mercedes oscuro se detenía ante mí y bajaba la ventanilla del copiloto. Pain, con cara de preocupación, estaba al volante.
—¿Sin? ¿Qué sucede? ¿Te encuentras bien?
—Pain, ¿qué haces aquí?
—Iba a acudir a la velada, pero he salido tarde de un compromiso —explicó, con un suspiro—. Así que había pensado en hacer acto de presencia y disculparme con los anfitriones. En serio, ¿estás bien? Tienes mala cara.
—La verdad es que no. He tenido una pelea con Itachi —confesé, en un murmullo roto. Dudé un segundo antes de añadir—: ¿Podrías llevarme a mi hotel?
—Claro, sube —respondió, mirándome con compasión.
Subí con movimientos rígidos, sintiendo el cuerpo entumecido por el frío, un frío agudo que se había instalado muy dentro de mí. Me puse el cinturón de forma mecánica y me quedé con la mirada clavada hacia adelante, perdida en el mismo vacío que sentía en mi interior.
Necesitaba un poco de tiempo. Tiempo para recomponerme, para poder enfrentarme a Itachi de forma razonable y que me contara su versión de la historia, porque una parte de mí se negaba a creer que todo lo que habíamos compartido hubiese sido un engaño.
Lo mejor sería esperarlo en el hotel y, cuando él llegara, poner las cartas sobre la mesa y sincerarme del todo. Hablarle de mí, contarle sobre mi hijo y, si después no me quería volver a ver…
Un giro brusco del coche me trajo de vuelta a la realidad. Pain se removía nervioso en su asiento mientras miraba con el ceño fruncido por el espejo retrovisor.
—Vas un poco rápido, ¿no? —observé, viendo cómo íbamos devorando la carretera a toda velocidad.
Por las señales indicadoras que dejamos atrás de forma vertiginosa, habíamos tomado la Ronda del Litoral, entonces caí en la cuenta de que no le había dicho en qué hotel me alojaba.
—Pain, por aquí no se va a…
Su agresión me tomó por sorpresa. En un instante sentí que me cogía del pelo y empujaba mi cabeza contra el cristal de forma brutal; un agudo dolor me estalló en el cráneo y al segundo siguiente caí en los brazos de la inconsciencia.
