Capítulo 27

Un dolor punzante en el costado derecho de la cabeza me despertó. Entreabrí los ojos, desorienta, sin saber dónde estaba. Me encontraba dentro de un coche. El suave ronroneo del motor era la única banda sonora en aquel momento. El coche ascendía por lo que parecía una carretera de montaña, a juzgar por los árboles y la oscuridad que nos envolvían.

La cabeza me dolía horrores. Intenté palparme lo que sin duda sería un enorme chichón y me di cuenta de que tenía las manos atadas por las muñecas con varias vueltas de cinta adhesiva. Las miré confusa, forcejeando para poder separarlas.

—Así que ya te has despertado.

La voz a mi lado me hizo girar la cabeza con brusquedad, provocando que un ramalazo de dolor me atravesara el cerebro, haciéndome gemir.

—Pain… no entiendo… ¿por qué? —balbucí, aturdida.

—Por la cara que tenías cuando has subido al coche, supongo que te ha llegado el falso rumor que he hecho correr en los medios de comunicación sobre el compromiso de Itachi.

Mi cerebro tardó unos segundos en procesar aquella información.

—¿Por qué lo has hecho? —pregunté, aturdida.

—Después de que Itachi frustrara mis dos intentos de atropellarte y en vista de tu evidente enamoramiento, decidí hacer algo que te separase de él. Ya que el dinero no había funcionado, pensé en algo más sentimental. Estaba vigilándote, esperando mi oportunidad y, de repente, apareces sola y desamparada ante mí —explicó con tono informal, como si estuviese hablando del tiempo y no de repetidos intentos de asesinato—. Así que no he podido desaprovechar la oportunidad.

—Pero, ¿por qué quieres matarme? —pregunté, sin entender—. ¿Es para vengarte de Itachi? Él nunca tuvo ninguna aventura con tu mujer, me lo dijo. Si ella se suicidó no fue por…

Pain soltó una carcajada burlona.

—Por supuesto que él nunca tuvo que ver con su muerte. Yo acabé con esa estúpida —confesó, y pude detectar cierto orgullo en su voz—. Pensaba abandonarme porque me pilló follando con mi secretaria. Fingí el suicidio para evitar sospechas y Itachi fue la perfecta cabeza de turco para justificarlo, con esa fama de rompecorazones que se había granjeado con los años.

—Entonces… no entiendo…

Pain estalló en otra carcajada.

—Eso es lo más gracioso, que en verdad no tienes ni puta idea. Ha sido una maldita casualidad, sí señor —musitó, y parecía que ahora hablaba consigo mismo—. Pero eso solo demuestra una cosa: que es mejor eliminar los cabos sueltos. Tenía que haberme encargado de vosotros hace tiempo, cuando supe de vuestra existencia. Pero, ¿quién se podía imaginar que podías cruzarte en su camino de esa forma?

Lo escuchaba rumiar sin comprender sus palabras y lo único que me venía a la mente era que ese hombre estaba completamente loco. De forma disimulada, mis ojos buscaron algún arma, alguna forma de escapar de aquel enfermo.

—Los cabos sueltos no traen más que problemas —seguía murmurando mi acompañante—. Por eso tú y tu hijo debéis desaparecer.

Aquello me paralizó. El estómago se me cerró en un puño y lo miré con los ojos dilatados.

—¿Qué has dicho?

—Que en cuanto acabe contigo voy a ir a por tu hijo.

—¿Cómo… cómo sabes que tengo un hijo? —pregunté, turbada. Pero él siguió hablando como si no me hubiera oído.

—No voy a permitir que unos muertos de hambre como vosotros estropeen algo que llevo años esperando.

Cuando mi cerebro asimiló lo que ese loco estaba diciendo sentí terror. No comprendía el porqué de su locura, tan solo entendí que quería hacer daño a mi hijo. El temor que sentía comenzó a ceder paso a la furia, como un reguero de lava que inundó mis venas poco a poco hasta que una niebla roja cegó todo pensamiento coherente.

—Tú… maldito loco cabrón… no voy a permitir que te acerques a mi hijo — espeté, llena de rabia.

Me lancé contra él como un ángel vengador. No me importaba lo que pudiera pasarme, lo primordial era acabar con ese hombre para que no pudiera llegar hasta Daisuke.

—Hija de puta —gruñó él cuando comencé a golpearle de forma rápida y contundente, pero al tener las muñecas atadas, mis golpes perdían efectividad—. Estúpida, para o harás que nos estrellemos.

Pain se desabrochó el cinturón de seguridad para tener más movilidad y consiguió golpearme dos veces con el puño, dejándome atontada por unos segundos, pero tan solo de pensar que si ese hombre acababa conmigo, mi hijo moriría, me dio fuerzas para lanzarme a un nuevo ataque. Me lancé contra sus ojos, dispuesta a arrancárselos con las uñas si era necesario, y en su intento por defenderse, dio un volantazo que nos sacó de la carretera.

Cuando el coche comenzó a caer por un terraplén de unos cuarenta y cinco grados de inclinación a toda velocidad supe que si conseguía salir viva sería un milagro. Pero una cosa tenía clara. Si yo moría, ese maldito cabrón se iría al infierno conmigo. Así que seguí atacándole, mientras los árboles eran testigos mudos de nuestro descenso, esperando el momento en que uno de ellos frenara nuestra caída de forma contundente.

Y ese momento no tardó en llegar. El golpe fue tremendo. Mi cuerpo salió impulsado hacia delante con tanta brusquedad que, por un momento, sentí cómo cada hueso de mi esqueleto se desencajaba del sitio, para luego detenerse con violencia cuando el cinturón de seguridad frenó el movimiento.

Por el rabillo del ojo vi cómo el cuerpo de Pain acompasaba mis movimientos como en un baile bien coreografiado, pero al no llevar cinturón de seguridad su cuerpo no tuvo impedimentos para acabar atravesando el cristal del parabrisas con un crujido sordo de huesos y cristales.

Y en ese momento perdí el conocimiento.

Lo siguiente que recuerdo fue el silencio. Un silencio ensordecedor que me despertó a gritos. Abrí los ojos y me encontré con la mirada vacía de Pain. Unos ojos carentes de vida que me miraban desde el capó del coche, donde el cuerpo inerte del hombre yacía tendido en un amasijo ensangrentado. Al cruzar el parabrisas debía haberse estrellado contra el árbol y caído contra el capó.

El coche se había empotrado con lo que parecía un pino centenario. Observando el terreno escarpado deduje que estaríamos dentro de una de las zonas montañosas cerca de Barcelona. Debía salir del coche, intentar pedir ayuda antes de que el frío que empezaba a calar en mis huesos me hiciera caer en una somnolencia que podía ser mortal, pero estaba tan dolorida que era incapaz de moverme.

Escuché un fogonazo y vi el resplandor de una llama bailando en la oscuridad que me envolvía, justo delante de mí. La miré durante unos segundos, hipnotizada por la danza luminosa que parecía cobrar intensidad por momentos, hasta que la vocecita que había dentro de mí me hizo notar lo evidente: «Guapa, lo que ves es fuego. Si el coche se incendia, cuanto más lejos estés de él, mejor».

Aquello me impulsó a entrar en acción.

Algo tan sencillo como pulsar el botón que abría el cinturón de seguridad me supuso todo un desafío. En mi estado de aturdimiento, con las manos atadas y temblorosas, tardé lo que me pareció una eternidad en conseguir presionar el interruptor que me liberó. Las llamas se extendían con rapidez. Debía salir corriendo de allí o el coche se convertiría en una bola de fuego conmigo dentro. Fui a abrir la puerta y no pude, mi mano accionó la palanca de apertura una y otra vez, en un desesperado intento de que en una de las veces consiguiera su objetivo, pero nada. La puerta estaba cerrada. Tal vez se hubiera bloqueado del golpe. Un gemido de dolor brotó de mis labios cuando me moví hasta el asiento del piloto para intentar abrir aquella puerta. Contuve el aliento cuando tiré de la palanca de apertura y… ¡Bingo! Se abrió.

Un sollozo nervioso escapó de mis labios por aquel pequeño triunfo. Me dispuse a salir disparada de allí y al primer paso caí de bruces contra el suelo. Tenía las piernas demasiado temblorosas y débiles para aguantar mi peso. Pero mi instinto de supervivencia tomó el control de la situación. Me arrastré, gateé por la tierra, trastabillé contra las rocas en un intento desesperado por escapar de la amenaza del fuego. No sabía cuánto había recorrido, tal vez solo unos pocos metros, cuando una fuerte explosión a mi espalda me tomó por sorpresa, estrellándome contra el suelo con violencia. Y otra vez la inconsciencia me apresó.

—¡Sin! ¡Sin! ¡Sin!

Unos gritos me trajeron de vuelta. Alguien me llamaba. Una voz de hombre, desesperada, que repetía mi nombre una y otra vez. Intenté hablar, decir algo que le hiciera saber dónde estaba, pero fui incapaz.

—¡Sin! ¡Sin! ¡Sin!

La voz se oía cada vez más cerca, gritando mi nombre de forma desgarradora. Quise moverme, pero mi cuerpo no respondió. Un nuevo sonido entró en escena: unas sirenas. Un lamento repetitivo en la distancia. Era la caballería, que venía a mi rescate. Lo que no sabía es si llegaría a tiempo. Sentía tanto frío. Demasiado frío…

—¡Aquí! ¡Un médico! ¡Traigan un médico!

Aquella voz otra vez, desencajada de dolor. Ese hombre debía de estar pasando por un infierno, a juzgar por el tono con el que hablaba.

—Sin, preciosa, ya estoy aquí. Estás a salvo. —Oí que susurraba en mi oído. Y entonces lo reconocí… Itachi.

—Sin, mi amor, permanece conmigo, no me dejes.

Al oírlo lo entendí. Al entreabrir los ojos y ver su rostro pálido, su mirada agónica, lo supe.

—Tú me quieres —musité.

Él me miró con inmensa ternura.

—Más que a mi vida —susurró, mientras gruesas lágrimas caían de sus ojos.

Aquellas palabras calentaron mi corazón, haciendo que el frío que sentía me entibiara el cuerpo de forma más efectiva que el abrigo que se había quitado y había tendido sobre mí.

—¿Quién te ha hecho esto, cariño? —gruñó, con un brillo mortífero en la mirada, rompiendo con infinito cuidado la cinta que apresaba mis manos.

—Pain—contesté con voz débil, sintiendo que me iba adormeciendo.

Pain. El miedo volvió a apoderarse de mí.

—Itachi, tráeme a Daisuke. Necesito estar con Daisuke. Por favor…

Y la oscuridad cayó sobre mí.