Se estrecharon la mano de forma solemne, y no pude hacer otra cosa más que mirarles emocionada, hasta que vi que Itachi le dirigía a mi abuela una mirada curiosa.
—Esta maravillosa mujer es mi abuela Tsunade, a quien le debo todo lo que soy ahora —aclaré, continuando con las presentaciones—. Abuela, este es Itachi Uchiha, mi… —La voz se me apagó, todavía insegura de utilizar aquella palabra.
—Novio —aclaró Itachi, con una sonrisa ladeada, viniendo en mi ayuda—. Soy su novio. Es un placer conocerla, señora —declaró, cogiendo la mano de mi abuela y llevándosela a los labios en un gesto galante—. Ahora entiendo de dónde ha sacado Sin su hermosura.
Mi abuela aceptó el cumplido con un gesto, pero no dijo nada. La miré con curiosidad. Se mantenía rígida, mirando a Itachi con los ojos entrecerrados, como decidiendo si le gustaba o no. Aquello me dio mala espina, más aún cuando le escuché decir.
—Señor Sen, ¿sería tan amable de acompañar a Daisuke a la cafetería del hospital? Con los nervios no ha probado bocado y seguro que se está muriendo de hambre. Yo me reuniré enseguida con vosotros, en cuanto me asegure de que mi nieta no necesita nada.
En cuanto salieron mi abuela se acercó hasta la cama, me dio un beso tierno en la frente y me susurró:
—Cierra los ojos, cariño, y procura descansar un poco. Mientras, este chico tan guapo y yo vamos a ir conociéndonos un poco.
Itachi se acercó después, depositando un suave beso en mis labios.
—Hazle caso a tu abuela y duerme.
—Pero tenemos que hablar de…
—Y hablaremos —aseguró Itachi, cortando mi débil murmullo. No había sido consciente de lo cansada que estaba hasta que me lo habían hecho notar—, pero cuando estés más fuerte.
—Pero la abuela no parece muy contenta…
—Déjamela a mí —susurró bajito, para que mi abuela, que se estaba sentando en uno de los sillones que habían en la habitación, no lo oyera—. Ya sabes lo bien que se me dan las mujeres. Cuando despiertes nos habrá dado su bendición.
Me fui adormeciendo con el sonido de sus voces, envueltos en una conversación «para conocerse un poco», tal y como había dicho mi abuela, lo que en su idioma significaba aplicarle el tercer grado al pobre Itachi.
Comenzó con preguntas inofensivas, del tipo cuántos años tienes, dónde vives y en qué trabajas. Itachi contestaba a todas con la naturalidad y el encanto que le caracterizaban, con una humildad que para alguien de su posición era extraña y que era una de las cosas que más me gustaban de él.
Me encontraba justo en el punto en que la consciencia va dando paso al mundo de los sueños, convencida de que Itachi ya tenía conquistada a mi abuela, cuando de repente la escuché decir:
—Mira, hijo, no te engañes conmigo. Mi nieta no ha heredado de mí la belleza, lo que ha sacado de mí es el carácter, así que te lo voy a explicar clarito. Me da igual tu cara bonita, el dinero que puedas tener o lo importante que pueda ser tu familia allá en tu tierra, pero ten clara una cosa: como hagas daño a mi nieta te corto los huevos y te los pongo de corbata. —Aquella declaración me hizo abrir los ojos de golpe, pero mi abuela todavía no había terminado—. Si le rompes el corazón te juro que cojo la escopeta de caza de mi difunto marido y te coso a tiros, y no creas que me quitaría el sueño. Es más, a mi edad dudo que ni siquiera fuera a la cárcel, o sea que no pierdo nada por hacerlo. ¿Te ha quedado claro?
Mi abuela Tsunade no se andaba con chiquitas; cuando se trataba de defendernos a Daisuke o a mí, era temible. Si hubiese podido me hubiese levantado para abrazarla.
Por el rabillo del ojo vi cómo Itachi asentía en silencio, mirando a mi abuela con los ojos desorbitados, con una mezcla de asombro, horror y admiración.
—¿Y aun sabiendo eso quieres continuar siendo el novio de mi nieta?
—No ha dicho nada que me haga cambiar de idea —aseguró Itachi, con decisión.
Mi abuela lo observó fijamente durante unos segundos, con los ojos entrecerrados, y de repente sonrió.
—¡Estupendo! —exclamó, palmeándole la rodilla con cariño—. Entonces solo me queda darte la bienvenida a la familia. Y ahora, si me disculpas, voy con Daisuke y el señor Sen a comer algo, que estoy que me rugen las tripas del hambre. Vigila a mi niña mientras tanto.
Se levantó y salió de la habitación tarareando una canción, dejando a Itachi paralizado y mudo de asombro. Tenía una expresión tan cómica que se me escapó una risa, y al segundo lancé un gemido por el ramalazo de dolor que me recorrió las costillas.
—Sin, ¿estás bien? —preguntó Itachi, preocupado, corriendo hasta mi lado.
—Sí, pero al reírme me duele horrores —confesé, dolorida.
—¿Así que has escuchado lo que me ha dicho tu abuela?
—Sí —admití, y tuve que hacer un esfuerzo por no volver a reír.
—¿Pensarías que soy poco hombre si te confieso que tu abuela me ha dado miedo?
—Has demostrado ser muy hombre al no mearte en los pantalones ni salir corriendo —le tranquilicé en un susurro. Estaba cansada, me costaba mantener los ojos abiertos, pero había tanto por decir—. Itachi, tenemos que hablar. Tengo que…
—Shhh. —Itachi me puso el dedo índice en el labio, acallando mis palabras con una suave caricia, mirándome con ternura—. Ahora descansa, ya tendremos tiempo de hablar después.
Me dormí casi al instante, cayendo en un profundo sueño, sin duda inducido por los calmantes, y cuando por fin desperté, estaba sola en la habitación, a oscuras.
—¿Itachi? —pregunté, asustada.
Me sentía tan vulnerable como una niña pequeña, hasta que una puerta se abrió, inundando de luz la habitación, rompiendo las sombras que me acechaban. Y con la luz apareció la figura de un hombre. Itachi. Entonces respiré de nuevo. Salía de lo que sin duda era el baño, peinándose con las manos el pelo húmedo, y pude ver cómo se le iluminaba la cara al verme despierta.
—¿Ya te has despertado, preciosa?
—¿He dormido mucho?
—Llevas durmiendo toda la tarde —dijo, depositando un beso en mi sien y sentándose al lado de mi cama—. Después de comer Orochimaru se llevó a tu abuela y a tu… hijo al hotel a que descansaran un poco, deben de estar al caer.
Noté el titubeo en su voz cuando dijo la palabra «hijo», y lo miré cautelosa.
—Siento mucho haberte mentido todo este tiempo, Itachi. Intenté explicarte varias veces quién era Daisuke en realidad, pero tú…
—No te quería escuchar —admitió con un suspiro—. Pensaba que Daisuke era tu novio y no soportaba oír hablar de él. Cada vez que te escuchaba decirle por teléfono que le querías… —se le quebró la voz—. Cuando me dijiste que era tu hijo, primero me enfadé por habérmelo ocultado, pero luego sentí tal alivio que…
—Se escuchó tu carcajada desde aquí.
—Es que era de chiste. He pasado un infierno pensando que realmente podías querer a otro hombre, y todo este tiempo he estado celoso de un crío.
—Lo de crío no irá por mí, ¿verdad? —espetó Daisuke con tono belicoso, entrando en la habitación.
—¡Qué suerte! Y encima con el carácter irascible de su madre —musitó Itachi con una mueca viendo cómo Daisuke lo fulminaba con la mirada.
—Sí, es clavadito a mí en carácter —declaré con orgullo—. Por eso estoy convencida de que no tardará en quererte tanto como yo —añadí, mirando a Itachi con todo mi amor.
Los ojos de Itachi se oscurecieron y depositó un beso cálido en mis labios. Un beso intenso en sentimientos y promesas, contenido en una tierna caricia para no hacerme daño.
Mi abuela entró en ese momento y se nos quedó mirando con el ceño fruncido.
—No habrás mancillado a mi nieta, ¿verdad, jovencito? —espetó a Itachi con seriedad.
—¡Abuela! —protesté, conteniendo una sonrisa, pues sabía que mi abuela solo estaba tomándole el pelo.
Mi abuela me guiñó el ojo de forma disimulada, confirmando que estaba bromeando, pero en vista de cómo Itachi palideció, supuse que él se había tomado la pregunta muy en serio. Vi maravillada cómo ese hombre poderoso boqueaba como un pez, no sabiendo cómo contestar a mi abuela sin mentirle descaradamente y sin reconocer que me había mancillado repetidamente. Lo vi tan apurado que no tuve más remedio que salir en su rescate.
—Siempre se ha comportado como un caballero conmigo, abuela.
Mis palabras hicieron que Itachi me mirase con total adoración.
—Sinclair Saku, cariño, ¿te encuentras mejor? —preguntó mi abuela al acercarse.
Aquello llamó la atención de Itachi, que me miró extrañado.
—¿Te llamas Sinclair?
—No te mentí en eso. Mi nombre es Sinclair, pero casi todo el mundo me llama Sin o Saku.
—Se llama Sakura Sinclair Haruno —aclaró mi hijo, sentándose al otro lado de la cama, y tomando mi mano tal y como hacía Itachi con la otra—. ¿Dices que eres su novio y no sabes su nombre? —preguntó con un bufido, mirándolo con el ceño fruncido—. Vas a tener que demostrarme que la mereces para que te dé mi aprobación.
Miré a mi hijo con total adoración. Itachi puso los ojos en blanco, suspirando, y pude leerle la mente con claridad: «¿Qué he hecho yo para merecer esto?».
Los miré con orgullo, mis hombres. Iban a tener que aprender a llevarse bien y para los dos iba a ser difícil. Daisuke estaba acostumbrado a ser mi centro de atención, y sin duda se sentiría amenazado por la presencia de Itachi. Y respecto a Itachi, todavía nos quedaba mucho que hablar, pero tendríamos que sentar las bases para poder sacar adelante nuestra relación, y eso iba a ser bastante difícil con un océano de por medio.
Una voz temblorosa me llamó desde la puerta, sacándome de mis pensamientos.
—¡Oh, Dios mío! —gimió Ino, tambaleándose sobre las muletas al verme.
Shikamaru, a su lado, la sostuvo con aire protector y la ayudó a sentarse en uno de los sillones que había al lado de la cama. Al verlos juntos me di cuenta de que hacían una pareja estupenda, y por la actitud de Shikamaru hacia ella supe que todavía era posible un final feliz para ellos.
—Todo es culpa mía, lo siento tanto —se lamentaba Ino con lágrimas en los ojos—. Si no te hubiese pedido que me sustituyeras…
—Nunca hubiese conocido al hombre de mis sueños —afirmé, y sentí cómo la mano de Itachi me apretaba suavemente la mano—. En serio, Ino, no te culpes — insistí, al verla tan afligida.
—Eso no lo dirías si te vieras la cara —murmuró Ino con una mueca—. ¿Has hablado ya con la policía?
—Pues la verdad es que no.
—Han venido esta tarde pero estabas durmiendo —explicó Itachi con cierta rigidez—. Volverán mañana a tomarte declaración.
Lo miré con curiosidad y él desvió la mirada, lo que me indicó que había algo que no me había contado. Pude ver también que mi abuela lo miraba con orgullo y mi hijo, con una reticente admiración.
—¿Me he perdido algo?
Mi hijo se mordió el labio, como intentando contenerse, pero al segundo después explotó en una parrafada entusiasmada.
—Tenías que haberlo visto, mamá. Los dos polis que han venido querían despertarte para hablar contigo, pero Itachi no les ha dejado ni entrar en la habitación. Se ha plantado ante la puerta y les ha dicho que antes de molestarte tendrían que pasar por encima de él, y que si lo hacían, se tendrían que enfrentar a una demanda de cojon… muy grande —se corrigió al instante al ver mi mirada de advertencia.
Miré a Itachi con la ceja levantada y vi cómo sus mejillas bronceadas se teñían de un ligero rubor.
—Te lo advertí, no soy un dechado de virtudes —me recordó con una mirada intensa—. Soy extremadamente protector con las personas a las que quiero. Y a ti te quiero con locura.
Con esa pequeña declaración, se terminó de ganar a mi abuela.
