Es curioso cómo no eres consciente de lo que te rodea hasta que no te paras un segundo a mirarlo o cambias la perspectiva con que lo miras. No fue hasta mucho después, cuando me quedé unos minutos a solas mientras Itachi se despedía de mi crecida familia, cuando me di cuenta de dónde estaba.
Me acababan de hacer unas pruebas con resultados satisfactorios y el médico me había dado permiso para levantarme y caminar. Y yo estaba impaciente por empezar a hacerlo. Mi primer impulso fue levantarme a fuerza de abdominales. Craso error, pude ver las estrellas por el dolor en las costillas. En el segundo intento decidí usar la mente en lugar de la fuerza y cogí el mando a distancia que tenía la cama y pulsé el botón para que la cabecera de la cama articulada donde estaba se elevara, y en ese momento me fijé en la habitación.
—¿Se puede saber a qué hospital me has traído? —pregunté a Itachi, que en ese momento entraba por la puerta.
—Al mejor que se puede pagar en Barcelona —declaró Itachi, con un encogimiento de hombros, como si fuera evidente—. ¿Por qué lo preguntas?
—Por el tamaño de la habitación. Parece una suite.
—Porque es una suite —aclaró—. En los hospitales también las hay. Hay un pequeño saloncito y una habitación ahí detrás —dijo, señalando unas puertas dobles de madera de nogal.
—Te debe de estar costando una fortuna —rezongué, incómoda porque se estuviera gastando tanto dinero en mí—. No sé cómo te lo voy a pagar.
Itachi estalló en una sonora carcajada.
—¿Qué te hace tanta gracia?
—Tú, preciosa. Eres la nieta de Jiraiya Sinclair. Tú y tu hijo os habéis convertido en sus únicos familiares vivos —explicó Itachi—. Cuando os reconozca legalmente, que visto lo visto lo hará de inmediato, os convertiréis en sus únicos herederos.
—¿Y tiene dinero? —pregunté con curiosidad.
—Es una de las fortunas más grandes de Texas.
Un pensamiento lúgubre me vino a la cabeza.
—Entonces, ¿crees que por eso Pain…?
—Estoy convencido. De algún modo se enteró de quién eras y…
—Le dije mi nombre en el congreso —recordé, con los ojos dilatados—. Pensé que como no me conocía de nada no tenía sentido mentirle.
—Aunque no se lo hubieras dicho lo hubiera descubierto. Que conociese la existencia de tu hijo significaba que ya os tenía vigilados de antes. Tal vez hubiese tardado algo más, pero tarde o temprano os hubiera atacado. Encontrarte aquí, por pura casualidad, fue lo que le impulsó a actuar a la desesperada.
Itachi se acercó a mi lado y me tomó la mano con cuidado.
—Tendrías que haber ido tú también a comer algo y a dormir un poco —dije, al ver su rostro cansado y ojeroso.
—Me he tomado un par de sándwiches mientras te estaban haciendo las radiografías. Y descansaré en cuanto tú te duermas.
—¿Quieres que te haga un sitio en la cama?
—No quiero hacerte daño —musitó Itachi, dudando.
—Descansaré mejor si te tumbas a mi lado.
Mis palabras lo convencieron. Se tendió junto a mí con sumo cuidado y tomó mi mano con ternura.
—Itachi, no me gustan las relaciones a distancia —susurré, rompiendo el apacible silencio que nos había envuelto, compartiendo uno de los temores que rondaban mi cabeza.
—A mí tampoco, y menos para nosotros. La distancia entre tú y yo no es admisible.
—Pero, ¿cómo lo haremos? Yo estoy terminando mi grado, Daisuke va al colegio y tú diriges una empresa en la otra punta del mundo.
—No te preocupes ahora por eso, ya encontraremos una solución. Lo importante ahora es que cojas fuerzas para poder salir de aquí. El médico dice que el periodo de observación termina hoy, así que si no hay ningún contratiempo mañana podrás ir a casa. Dentro de nada volverás a hacer vida normal.
¿Casa? ¿Vida normal? ¿Y dónde encajaba Itachi en mi día a día?
—¿Sabes? Hay algo que me llamó la atención cuando la policía te tomó declaración —continuó diciendo Itachi, pensativo—. Que Pain te ofreciera cien mil euros por desaparecer y te negaras. Era mucho dinero.
—Itachi, nunca ha sido cuestión de dinero —confesé, con una tímida sonrisa—. Ha sido…
—Amor a primera vista —concluyó él, en un susurro ronco, depositando un suave beso sobre mis labios resecos.
—Sí, amor a primera vista —convine yo, con voz cansada—. Pero ya te lo dije. El amor a primera vista no es suficiente para garantizar la felicidad en una pareja. Hace falta dedicación, constancia y compromiso.
—Soy el hombre más dedicado, más constante y más comprometido que puedas encontrar —declaró Itachi mirándome con seriedad—. Y te lo voy a demostrar a cada hora, de cada día, de cada año que pasemos juntos —prometió, con voz ronca—. Haremos de cada momento nuestro «para siempre».
—Y no te olvides de la llama de la pasión.
—¿Qué pasa con la llama de la pasión?
—Que hay que mantenerla siempre encendida.
—Preciosa, en nuestro caso eso no va a suponer ningún esfuerzo. En cuanto te recuperes te mostraré lo viva que se mantiene —murmuró con voz ronca.
—Tenemos mucho de lo que hablar, muchas cosas que aclarar —musité, sintiendo cómo el cansancio y el susurro amoroso de Itachi empezaban a adormecerme.
—Y lo haremos, no hay prisa. Tenemos el resto de nuestra vida para hacerlo.
