Epílogo

Huracán Uchiha

Si alguien hubiese entrado en mi mente, en mi corazón y en mi alma, y hubiese recopilado las características que yo consideraba deseables en una mujer, en mi mujer, y les hubiesen dado forma, el resultado sería ella.

Sentí su dulce cuerpo temblar de placer a mi alrededor y me moví despacio pero profundo dentro de ella, como sabía que le gustaba. Saku me recompensó con un gemido quedo que aumentó mi excitación. Estaba muy cerca. Enterré la cara en su cuello y me llené de su aroma, lamiendo la delicada piel que encontré allí para después morderla con suavidad. Era deliciosa. No había mejor forma de empezar el día que con aquel baile sensual, nuestros cuerpos sincronizados a la perfección en aquella lenta coreografía, mientras el placer se extendía por cada partícula de nuestro ser.

Atrapé sus manos contra las mías y las apreté contra el colchón, a cada lado de su cabeza, y me incorporé para mirarla a los ojos, no queriéndome perder lo que yo consideraba el espectáculo más maravilloso del mundo. Comencé los últimos pasos de nuestra danza, una serie de acometidas profundas que la llevaron a la culminación. Y el espectáculo comenzó… Su rostro se crispó de placer, su mirada se nubló y aquellos ojos fascinantes con el color del océano en medio de una tempestad traspasaron mi alma. «Te amo», susurró, y entonces el huracán estalló.

Me desperté poco tiempo después, todavía envuelto en su calor. Saku había cogido la costumbre de dormir acurrucada sobre mí, recostando su dulce cuerpo contra mi costado y utilizando mi pecho como almohada, y aunque a veces la posición me resultaba incómoda porque me gustaba dormir boca abajo, sufría en silencio con tal de sentirla así. Pero el deber me llamaba, y muy a mi pesar, tuve que apartarme de ella, con cuidado de no despertarla, y prepararme para empezar mi jornada laboral.

Me di una ducha rápida, me puse una camiseta y unos vaqueros y me dirigí al otro lado de la casa, a la luminosa habitación con vistas al Mediterráneo donde había instalado mi despacho. Encendí el ordenador y comencé a trabajar.

Que el director de G&G Corporation hubiera instalado su centro de operaciones a miles de kilómetros de distancia de la central de Dallas había supuesto reestructurar la operativa de la compañía, aunque solo se tratase de una situación temporal, pero el esfuerzo valía la pena.

Habíamos decidido empezar nuestra nueva vida juntos en Texas, pero mientras Saku terminaba su grado y Daisuke su año escolar habíamos acordado permanecer en Valencia, todos juntos, en un precioso ático con vistas al mar que pensaba regalar a Sin para que pudiese volver a Valencia siempre que quisiera, con la única condición de que me llevara siempre con ella. Eso sí, primero hicimos una visita a los Estados Unidos para que conociesen a mi familia. Mis padres adoraron al instante a Saku y a su pequeña familia. Incluso Hinata, mi hermana, a la que los trámites del divorcio parecían haberle mejorado la salud, parecía feliz de que por fin su hermano mayor asentase la cabeza.

En cuanto a mi nueva pequeña familia, estaban encantados con el que iba a ser nuestro nuevo hogar, un bonito rancho de caballos cuyos terrenos lindaban con el de mis padres y con el de Big Jiraiya. Daisuke, aunque triste por dejar a sus amigos, estaba entusiasmado por vivir en un rancho; y Tsunade… Para sorpresa de todos, parecía estar viviendo su segundo amor, nada más y nada menos que con Big Jiraiya, por lo que también estaba encantada de trasladarse a Dallas. Ver a los dos juntos era la prueba evidente de que el amor no sabía de edades.

—¿Sesenta y cinco mil euros?

El grito de Saku se coló en mi cabeza haciéndome dar un respingo.

La mujer de mi vida irrumpió en el despacho hecha una furia, con el pelo revuelto y uno de esos pijamitas simpáticos que utilizaba para dormir —y que yo encontraba tremendamente seductores—, en el que se podía leer: «Soy muy buena en la cama… Puedo estar horas y horas sin parar de dormir».

Llevaba el brazo izquierdo extendido de forma teatral, como si en lugar de un reloj llevara atado a la muñeca un cartucho de dinamita.

—Itachi Uchiha, ¿te gastaste sesenta y cinco mil euros en este reloj?

—No te mentí, te dije que no valía mil euros —contesté, divertido.

—No puedo llevar un reloj que cuesta sesenta y cinco mil euros —declaró ella, escandalizada—. Ino me acaba de llamar, lo ha visto en una de esas revistas que lee. Dice que es una edición limitada de platino y diamantes —añadió en un susurro bajo, como si estuviese confesando algún crimen.

—Preciosa, lo has estado llevando durante casi seis meses sin ningún problema —dije, intentando mostrarme razonable.

—Pero es que antes no sabía lo que costaba.

«Y sigues sin saberlo», pensé, recordando la noche que todavía me perseguía en pesadillas.

—Cuesta más de lo que supones. Ese reloj no tiene precio, Saku —confesé, mirándola con seriedad—. Te salvó la vida una vez y tal vez lo vuelva a hacer en un futuro. No es discutible.

—Así que fue así como me encontraste en el bosque —susurró ella tras meditar mis palabras unos segundos.

—Me tenías desesperado, preciosa —dije a la defensiva—. Estaba enamorado de una mujer de la que no sabía nada y no podía arriesgarme a que desaparecieras de mi vida sin más.

—¿Así que me pusiste un maldito GPS para tenerme localizada?

—Un maldito GPS que te salvó la vida —le recordé, alzando la ceja—. No es por tenerte vigilada, preciosa. Es por tu seguridad.

—¿Y tu reloj también lo lleva?

Solté una carcajada. Mi chica tenía un ingenio rápido que me volvía loco y me seducía a partes iguales.

—Ven, te enseñaré a utilizarlo.

Se sentó en mis rodillas con una sonrisa feliz y no pude evitar la ocasión para devorarle la boca en un beso lento y sensual.

—Itachi… no tenemos tiempo para esto —protestó con voz débil, mientras mi boca mordisqueaba su cuello—. Daisuke se despertará en cualquier momento.

Daisuke. Eso me paralizó durante un segundo. Saku había tenido razón, ese chico no había tardado mucho en adorarme. Me había convertido en la figura paterna que siempre había faltado en su vida y continuamente me buscaba. Al principio me había sentido un poco sobrepasado por su devoción y por la responsabilidad que suponía tenerlo en mi vida, pero qué demonios, era un chico estupendo y había terminado por quererlo con locura, como si fuera mi propio hijo.

Inspiré y el delicioso aroma de Sakura inundó mis fosas nasales.

—Con diez minutos tengo suficiente —gruñí, con voz ronca, poniéndome de pie y sentándola sobre el escritorio.

—Nunca son diez minutos y lo sabes —replicó ella con un mohín sexy. Me empujó para que volviera a sentarme en mi sillón, y con un movimiento seductor se volvió a acomodar en mi regazo, haciéndome rechinar los dientes de deseo—. Además, me interesa que me enseñes lo del GPS, así tú tampoco podrás escapar de mí.

—Sabes que estoy atado a ti de por vida, preciosa. Solo nos falta hacerlo legal.

El fin de semana pasado la había sorprendido con una escapada a París. Y en lo alto de la escalinata del Sacré Coeur, viendo cómo el sol se despedía de nosotros sumergiéndose en el horizonte parisino, me había arrodillado ante ella y le había propuesto matrimonio. Saku había aceptado mi propuesta entre lágrimas, tan conmocionada que le temblaba la mano cuando le puse el anillo en el dedo.

«Si se había escandalizado por el precio del reloj se iba a horrorizar cuando descubriese lo que costaba el anillo que llevaba tan despreocupadamente en el dedo», pensé con una sonrisa.

Estaba deseando convertirla en mi esposa y atarla a mí de por vida. Habíamos acordado celebrar la boda a finales de octubre, cuando estuviéramos acomodados en nuestro nuevo hogar. También habíamos decidido dejar de usar protección. A mí me hubiese gustado esperar un poco más por puro egoísmo, por tenerla más tiempo para mí. Pero entendía la necesidad que tenía de ampliar la familia cuanto antes: quería darle hermanos a Daisuke. Y yo haría cualquier cosa por hacerla feliz.

—¿Molesto?

La voz de Daisuke nos interrumpió justo cuando estábamos sumergidos en otro beso abrasador.

—No, cariño, pasa —contestó Saku, abandonando mi regazo como un resorte y sentándose sobre el reposabrazos del sillón—. Solo estábamos… hablando —añadió, sonrojada.

Daisuke y yo intercambiamos una mirada y pusimos los ojos en blanco. Él porque sin duda había sido testigo de ese último beso y sabía que su madre solo intentaba disimular. Yo porque Sakura tuviera la necesidad de disimular, como si su hijo pudiera pensar mal de ella por vernos besándonos. Nada más lejos de la verdad. Daisuke y yo habíamos mantenido una de nuestras conversaciones de hombre a hombre, que cada vez se daban con más frecuencia, y me había contado que se sentía encantado de ver tan feliz a su madre conmigo.

—Bueno, hay algo que quería hablar con vosotros. Algo importante —señaló Daisuke, serio.

Entró en la habitación y se quedó de pie delante del escritorio, con una mezcla de nerviosismo, determinación y vulnerabilidad que me hizo contener el aliento. Saku y yo intercambiamos una mirada y nos cogimos de la mano con fuerza, intuyendo que esa conversación iba a ser importante.

—La cosa es que ahora que os vais a casar y vamos a formar una familia… y en vista de que siempre estáis besuqueándoos —dijo con una mueca un tanto cómica—, he pensado que no tardareis en tener un hijo. Ese niño será mi hermano, y bueno, vosotros seréis sus padres. Tú serás su padre —aclaró, mirándome, y sentí un nudo en el estómago—. Te llamará papá.

La garganta se me cerró al intuir lo que Daisuke trataba de decir y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no ponerme a llorar. Comencé a temblar.

—Así que he pensado que tal vez yo también te podría llamar papá, ya sabes, para no confundirlo —terminó de decir el chico, con voz insegura—. Estaría bien, ¿no? — preguntó, mirándonos alternativamente, con el corazón en los ojos.

Mis temblores se hicieron más intensos. Era incapaz de hablar o de moverme. Noté que Sakura me apretaba la mano, un gesto que trataba de reconfortarme porque se había dado cuenta de lo conmocionado que estaba, y la miré, suplicando ayuda.

—Ven aquí, Daisuke, que tu padre te quiere abrazar —dijo ella, con esa entereza que la caracterizaba, aunque sus ojos brillaban por las lágrimas contenidas.

El chico se me acercó esperanzado. Me puse de pie con piernas temblorosas y le abracé con fuerza, mientras Daisuke enterraba la cabeza en mi camiseta. Su arranque de valentía había dado paso a unos suaves sollozos de alivio al saberse aceptado.

Sakura se había levantado y nos miraba emocionada, con las lágrimas ya derramándose por sus mejillas. Cruzamos nuestras miradas por encima de la cabeza del niño y pude leer un silencioso «gracias» en sus labios.

Con un gruñido quedo abrí el brazo y la incluí en el abrazo, suspirando de felicidad cuando se apretó contra mí, notando la calidez de las lágrimas en mi rostro.

Saku bromeaba llamándome Huracán Uchiha, porque decía que había entrado en su vida y en su corazón con la fuerza imparable de un huracán, sin posibilidad alguna de resistirse a mí. Lo que ella no entendía es que todo huracán tiene su centro, el ojo del huracán, un remanso de paz en torno al cual el huracán giraba y se movía. En eso se había convertido ella para mí, en el eje de mi vida.

Puede que su nombre fuese Pecado, pero con ella había encontrado el paraíso.

¿Qué les pareció la historia?

Gracias por terminar de leerla, quiero aclararles que esta historia le pertenece a Adriana Rubens, la adaptación la hice sin fines de lucro y con el único objetivo de compartir la magnífica historia que leí como ustedes. Para quien guste seguirme, seguiré subiendo otras adaptaciones.