Capitulo 30

Decisiones apresuradas

POV EDWARD

Corro tras ella, intentando tomar su mano, pero desdeñosa camina y al más mínimo contacto, hace a un lado mi roce.

—No es lo que piensas, Bella. Por favor, déjame explicarte.

Pero no dice nada, y sé perfectamente que es porque está aguantando el llanto.

Voy desnudo de la cintura para arriba. La gente en la calle me mira con extrañeza. Aún descalzo no disminuyo el paso hasta que nos encontramos frente al auto de Bella. Intenta torpemente abrir la puerta y las llaves se le caen.

Quiero ayudarle a levantarlas, pero es más rápida.

—¡No me toques!— grita casi horrorizada.

Instintivamente me hago hacía atrás en un reflejo de su grito. Su cara está irreconocible, roja y una rabia latente que hace que se tome el vientre de manera desesperada, como si buscase algo de qué aferrarse.

—No me mires así, por favor. Yo jamás te dañaría.

Ella llora en silencio, apretando los dientes.

Veo la decepción en sus ojos. Quiero llorar también.

—Ya lo hiciste—dice casi inaudible.

Entra al auto, cerrando la puerta de golpe y dejándome perplejo en la acera.

Se fue y no me escuchó siquiera.

Esta escena, me ha dejado aturdido. Siento en mis oídos, un pitido que me marea, como si alguien me hubiese abofeteado fuertemente.

Debe ser la reseca, con la adrenalina del momento. Camino lento, derrotado, sin esperanza. Cuando llego a la entrada, una sonriente rubia sigue dentro apenas colocándose los zapatos. Me mira como si recientemente me hubiera hecho una broma inocente, una parte de mí, me advierte que debería alejarme.

Nunca he violentado a nadie, mucho menos a una mujer, pero esta vez no estoy seguro de lo que soy capaz.

—Vete, antes de que llame a tu marido.

Su sonrisa se borra.

—No me importa—responde y se sienta en el sillón de la sala, mientras se cruza de piernas y se mira los dedos de manera altanera—, si me ve aquí, tú también lo lamentarás.

Suspiro exasperado.

—Es la tercera vez que te lo pido— digo ya haciendo puños ambas manos—, vete.

Se cruza de brazos.

—No me puedes echar de tu casa, te haré un escándalo si lo haces.

Toda educación y modales en mi cuerpo, se esfuma.

La tomo fuertemente del brazo y empieza a chillar.

—Me importa una mierda si se entera toda la ciudad, ¡fuera de mi casa!— le gritó endemoniado.

Kate por vez primera, me desconoce totalmente. Esta asustada y no resiste.

Camina escalones abajo sin más y al dar el último paso, se gira con la mirada fría.

—Al menos, eres un desdichado y eso, me hace muy feliz. ¿Qué se siente perder lo que amas?— se burla descaradamente.

La ignoro completamente y cierro la puerta.

Tengo que olvidarme de ella y centrarme. Debo buscar a Bella, explicar que ha ocurrido, debo decirle que lo siento por no haberme quedado, que debí escucharla, que la amo, que no quiero perderla y la necesito.

No quiero alejarme de ella, lamento haberla hecho llorar, no quería lastimarla. Lo juro.

Busco rápidamente mi ropa, una playera cualquiera, y me pongo los zapatos.

Tomo las llaves del auto y casi arrancando la puerta, abro desesperadamente. Las manos me tiemblan, quiero introducir las llaves y en mi desesperación no lo logro.

—¡Mierda, mierda, mierda! — grito golpeando el volante, recargo mi cabeza en él y empiezo a respirar un poco más moderadamente.

Tengo que calmarme, así no podré siquiera llegar a la esquina. Introduzco la llave, enciendo el auto, hago el cambio de velocidad y avanzo.

Concentrado, espero no tener otro percance más. Sería algo incluso peor que agregar a lo que ya está pasando.

En menos de quince minutos ya estoy frente a la casa de Bella, ni siquiera me aseguro de haberme estacionado bien, salgo casi de un brinco y empiezo a tocar la puerta con desesperación.

—¡Bella! — grito con urgencia —. Sé que estás ahí, déjame hablar contigo, por favor — le ruego.

No hay respuesta.

Insisto de nuevo.

—Mi amor, me conoces bien. Sabes que nunca te haría algo como eso. Yo te amo, Bella. Perdóname, por favor. Debí haberme quedado, lo siento, lo siento — digo con desespero.

Vuelvo a golpear la puerta pero esta vez para mi sorpresa, es abierta.

La delgada figura de cabello corto, a pesar de su estatura, me encara. Alice se mira tan molesta que incluso su caminar hace que instintivamente me haga hacía atrás.

—¡Vete! — ordena.

—No.

—Eres un... — se detiene —. No te vuelvas acercar a mi hermana, te lo advierto — me amenaza con su delgado dedo.

Yo me tiro de los cabellos.

—Déjame hablar con ella, por favor. Tú no comprendes que esto es completamente un error, un maldito mal entendido.

Se cruza de brazos, haciendo caso omiso a mis explicaciones.

—No diré más, o te vas o llamaré a la policía. Y te estoy advirtiendo por las buenas, aléjate de Bella. Ella no te necesita.

Tras ella, su esposo se asoma tomándola del brazo. Jasper no dice nada, pero se ve molesto, juraría que está pensando en romperme la cara.

—Alice — murmura y ella gira la cabeza, sus ojos están repletos de lágrimas amenazando con salir, ella se sostiene de su brazo, en gesto derrotado, el esposo la tomo por los hombros y me da un último vistazo.

—Bella no quiere hablar, no nos dice nada, pero sea lo que sea, que haya visto, escuchado o dicho, la hirió.

En mi garganta se forma un nudo que duele.

—Jasper, yo quiero explicar que...

No dice más.

Ambos entran a la casa de Bella y cierran la puerta.

Me quedo en la calle, con media frase en los labios y el alma rota.

Jadeo sin entenderlo, me siento en la banqueta, derrotado y aturdido. Al sentarme, puedo ver el bulto en mi bolsillo que es el estuche del anillo. Lo saco para verlo, al abrirlo, ya ni siquiera vislumbro el futuro al lado de ella y eso me duele más que nada en el mundo. ¿Cómo pudo cambiar todo de un día para otro?

Nos íbamos a comprometer, ¿En qué momento se fue todo a la mierda?

Con Esme al teléfono, intento explicar todo lo acontecido. Yo nunca he sido de recurrir a mi madre, pero ella es la única persona que sé que podría acercarse a Bella.

Como era de esperarse, me ha reprendido fuertemente, no por el mal entendido, sino por no haber puesto los límites necesarios respecto a la esposa de Aro.

Es un tanto desagradable tener que estar recibiendo este tipo de sermones pero la verdad es que lo merezco, en parte es verdad, si tuve la culpa, más que nada porque una parte de mí, no supo manejar la situación y Bella nunca tuvo nada que ver entre mi pasado y lo que teníamos, solo esa mujer monstruosa que regresó solo para fastidiarme la vida. De solo recordarlo, me duele es estómago.

Me pides demasiado, querido — contesta mi madre — con todo gusto, voy a hablar con ella o intentar hablar con ella pero está fuera de mis manos el que quiera hablar contigo — suspira preocupada —. Me siento más preocupada por su reacción y por estado. Debió haberla pasado muy mal.

—Lo sé, mamá. Me está matando pensarlo siquiera.

Me moriría si le sucede algo a los bebés — dice casi en sollozo.

Eso me quiebra, yo caigo derrotado en la silla de mi oficina.

—Ni lo menciones, mamá. No viviría pensando en eso. No podría seguir viviendo si algo le ocurriese a ella o a los niños.

Estoy sobre pensando las cosas, perdón hijo. Sé que Bella es una chica muy fuerte y ella hará lo posible por estar bien, además, por lo que me cuentas, cuenta con personas en las cuales apoyarse. Eso es muy bueno, yo creo que su hermana la está apoyando en todo lo necesario. Eso es algo tranquilizador

—No para mí —confieso.

Esto no debería ser así, yo debería estar cuidándola, mimándola, estando cerca de ella. No su hermana, no su cuñado, vamos a formar una familia por el amor de Dios. No puede separarme de mis hijos, yo los quiero como míos, yo la amo a ella. No puede sacarme de su vida como si nada, tenemos algo.

Hijo, tampoco intentes imponerte. Eso hace que las personas menos quieran estar a tu lado. Si ella no quiere, no pasará.

Me quiebro por dentro.

—Pero la amo... Le iba a pedir que nos casáramos.

Tras las línea hay un silencio sepulcral.

Lo siento, Edward. Haré lo posible por que al menos conteste una llamada — murmura con su tono de voz típico que usa para consolarme, dulce y tranquilo —, pero debes estar listo.

—¿Para qué?

Esme hace un sonido triste.

Por si no te quiere volver a ver.

Cierro los ojos y suspiro.

Eso me mataría.

El lunes por la mañana, ya he llamado más de diez veces al celular de Bella. Cuando lo intento una onceava ocasión, el número es desconectado y entra directamente a buzón. Llamo a su casa, y nadie más que la contestadora responde:

—Bella, necesitamos hablar. Ya me cansé de que este aparato responda y tú no. Ya o quiero hablar con Alice ni con Jasper, por favor. Quiero saber cómo estás al menos — digo en la grabación —, sabes que las cosas no son como parecen, tú me conoces, teníamos planes, sueños, te dije que te amo, que quiero estar contigo pero yo...

Y entonces, escucho la bocina del teléfono levantarse.

—¡Bella!

Te lo voy a pedir de manera amable, por última vez — contesta una desesperada Alice —. Si de verdad la amas como tanto dices, déjala tranquila. Ella está manejando cosas muy sensibles con todo esto y pese a sus sentimientos, no te ha elegido a ti. Prefiere cuidarse y evitarte a toda costa que sus hijos no corran peligro por ti, ni por tu ex loca...

—Yo no quiero lastimarla.

Es que ése es el punto, es una cadena de desastres. Mientras tú piensas que no importa, un dominó golpeando cada ficha contra otra. Bella ha recibido la llamada de tu madre, con toda la pena del mundo, prefiere cambiarse de médico para ser atendida.

—¡Eso es demasiado!

Te estoy dando explicaciones de más — ahora responde groseramente —, tú no tienes derecho sobre las decisiones de hijos que no son tuyos. No la busques, no la llames, no involucres a tu familia, es bastante penoso, porque se ve que tu madre, la doctora Esme, tiene las mejores intenciones para con mi hermana. Y de ser posible, es mejor llevármela lejos y que tenga sus niños en un sitio tranquilo.

—¿Irse? No puede irse...

No se trata de mí o de ti, es ella y los bebés.

—Es que está tomando decisiones apresuradas, no puede dejarlo todo y huir.

Es un embarazo de alto riesgo y si tengo que meter a mi hermanita en una burbuja para que no la dañes, eso haré. Sé que no sobreviviría si algo le pasara a sus bebés.

Y con argumento, me quedo piedra. Ella cuelga y yo no puedo evitar sentirme destruido.

Hay un silencio sepulcral en mi casa, solo puedo escuchar el segundero de mi reloj de pared mientras estoy al teléfono.

Nada, ni una noticia de Bella y ya ha pasado tres meses.

—Gracias por todo y disculpe las molestias.

Ha renunciado al restaurante, aunque con todo lo demás antes de esto, yo ni siquiera hubiera permitido que siguiese trabajando, yo debía ocuparme de todo, era mi responsabilidad, me correspondían los gastos, ¿Cómo estará haciendo ahora?

Una Esme angustiada me llama todos los días esperando noticias, mi padre me ha dicho que de ser necesario puede mandar a investigar donde se ha quedado, que ha sido de ella, contratar un investigar privado me parece violar más allá de su privacidad, claramente no quiere ser encontrada, claramente no quiere saber nada mí. Pero la idea ya no me parece una locura.

Yo, mientras tanto, estoy muerto en vida. No como, apenas trabajo, ni siquiera duermo. Una parte de mí, me dice que me olvide, que de la vuelta y continue, pero mi corazón me pide que no me rinda, que la busque, que espere, que sea paciente.

Pero otra también, está enojado.

No debió comportarse así, se supone que nos amábamos. Que éramos el uno para el otro, que debíamos permanecer unido por siempre, porque así lo habíamos planeado, porque era el destino.

Miro la agenda un poco ausente, con los dedos revotando en la madera del escritorio. Hoy hace cena con los McCarthy.

Rose me ha invitado, ya que su bebé cumple otro mes de vida y parece que para ellos es un enorme logro, los entiendo, la vida les cambió para bien desde su llegada.

Mi mejor amigo, es un padre ahora y ahora con las responsabilidades que trajo el nacimiento, está más que hogareño.

Lo hubieras visto, Edward. Rose casi me fractura los dedos — explicaba mientras se acariciaba el vendaje de las mano derecha, mientras yo lo visitaba en la sala de espera de cuneros, hace tres meses—, vaya que es una chica que aprovecha muy bien los aeróbicos. Apenas comenzaron las contracciones fuertes, ella ya tenía diez razones por las cuales me odiaba. ¡Hermano! Yo estaba entre nervioso y feliz, no me importaba que me quedara sin dedos.

—¿Y qué hiciste? ¿Aún conservas las bolas?

Emmet río tan típicamente como siempre, escandaloso.

Es para mi fortuna decirte que aún soy capaz de procrear.

La vida de los McCarthy, cambió radicalmente. Yo apenas podía creer que Emmet fuese capaz de llevar un estilo de vida tan hogareño, la fase uno comenzó cuando conoció a su esposa, la fase dos, aunque debo admitir que no lo creía, fue cuando se comprometió, siempre creí que aun pasada la boda, debía seguir con su antigua vida, pero no, el amor nos cambia y parece que son cambios permanentes, Emmet estaría enamorado por siempre de su esposa, de su vida, de su familia.

Ahora, en su nuevo hogar en la ciudad, me siento verdaderamente incomodo. Yo soy el amargado en este sitio, todo es risa y amor en la casa de mi ex compañero de universidad.

Apenas llego, Rosalie me recibe con un enorme abrazo, está radiante aunque claramente muy desvelada. Pero eso no le quita la felicidad del rostro.

—Pasa, Edward. Te estábamos esperando.

Yo medio sonrió. Sé que está siendo de más amable, es que mi aspecto ahora es un poco descuidado y delgado.

—Hola, Rose. Gracias — le correspondo con un beso en la mejilla —. ¿Y Em?

—¡Aquí! — Grita el gigante.

Rose parece molesta.

—¡No grites, se acaba de dormir! — y camina presurosa hacia el llanto incontrolable del bebé.

Emmet es golpeado en el hombro, aunque claramente no le ha causado ningún daño. Sin un apice de vergüenza, se encamina y me abraza.

—Pasa, amigo. Ven a conocer a la familia.

Acepto de buena gana. Acto seguido, su esposa trae entre sus brazos un enorme bebé con la misma cara de Emmet. Es demasiado larguirucho para tener tan solo tres meses de edad y ya veo de donde ha heredado la altura.

—Edward, te presento a Henry McCarthy, nuestro más amado tesoro —dice orgullosa la rubia y puedo ver la convicción en sus palabras.

El niño, además de alto, es rubio, tiene pequeños hoyuelos en cada lado de las mejillas y unos rulos rubios herencia de la madre, los ojos azules de Rose, pero toda la estructura del padre. Apenas me ve, se sonríe, los padres embelesados por la acción, le aplauden cualquier gesto. Yo estoy sorprendido, gratamente.

—Parece que quiere conocerte — comenta la madre y me lo da en brazos.

Torpemente y cómo puedo, lo sostengo, es pesado, pero ella no parece notarlo. Henry me mira curioso tras sus largas pestañas y se cuelga de mi camisa en un acto gracioso por querer levantarse.

—Vaya, ya quieres correr — comento.

Emmet cruzado de brazos se carcajea de nuevo.

—Cuando pueda aprender a sostener la cabeza, le compraré una moto.

Rose lo mira con gesto asesino y él sonriente como siempre se limita a besarla.

Luego de ponernos al día, la parte que menos quería, llega. Me preguntan por Bella y yo como siempre, contesto lo necesario.

No sé, de verdad no sé.

—¿No haz intentado investigar dónde está?

—Lo mismo me dijo mi padre, pero creo es demasiado.

—Yo creo que no deberías darte por vencido, Edward — me sostiene por la mano Rose —, tú no deberías pagar por pecados ajenos. No es muy justo tampoco que ella se haya ido sin más.

—Aunque tampoco puedes hacer demasiado — comenta mi amigo —, legalmente no eres nada de ella y no hay lazo biológico que te permita levantar un acta ante las autoridades.

Su esposa le da un codazo.

—Emmet...

—Eso es demasiado — respondo —, aunque los bebés no sean míos, es cierto lo que dices, no puedo imponer mi voluntad a querer tenerlos en mi vida. Simplemente esto de manos atadas. Quizá es tiempo de avanzar.

Rose hace un puchero triste.

—No puedes rendirte así — mira a su marido —. Cariño, por favor. Dile algo.

Em sabe que estoy decidido y solo niega, le toma la mano y se la besa dulcemente.

—Linda, si él cree que es lo mejor, ¿Qué puedo hacer al respecto?

Ella solo niega y suspira apesadumbrada.

Yo evito cualquier mirada y continuo la cena.

—¿Hay algo que pueda hacer para que cambies de opinión? ¿Qué pasará con el restaurante? — pregunta mi padre mientras yo saco las maletas del auto.

—Riley me recogerá en el aeropuerto de Londres en cuanto llegue y respecto a eso, he dejado todo en buenas manos, no te preocupes. No me entusiasma quedarme con él, pero lo voy a dejar administrado por alguien experto hasta que pueda recuperar un poco de la capital invertida.

—¿Es el final?

Asiento.

—Deberías conservarlo — insiste Carlisle.

Yo niego.

—Tiene recuerdos que duelen.

Él asiente sin más y me da un abrazo.

Siempre he dicho que es de cobardes huir y no encarar las cosas, pero tras tres meses de silencio, no puedo hacer más. Gasté todas las posibilidades de encontrarla, de hablarle, de verla, de aclarar las cosas. Mi decisión final fue cuando la última vez, pasé por su departamento y ya estaba siendo alquilado por otra persona, todo recuerdo amargo y dulce me llegó cuando el letrero de SE RENTA estaba tachado y siendo ocupado con la mudanza de alguien más. No había más que correspondencia vieja y mojada en sus entrada y supe perfectamente que había sido el fin. Sin Bella en esta ciudad o en mi vida, ya no me quedaba más a mí.

Mi madre me abraza dulcemente y acomoda el cuello de mi camisa.

—No deberías irte aún, ¿Qué va a pasar si vuelve?

Se me antoja imposible.

— Ella no quiere verme. De haberlo hecho, me hubiera llamado. Al menos te hubiera llamado a ti, mamá.

Esme hace un puchero triste, sabiendo que tengo razón.

—Llámame en cuanto puedas —me pide.

Asiento sin prometer mucho.

Camino hacia al andén que da a mi avión y aunque quizá no alcancen a verme, me despido.

—Es impresionante la vista desde el departamento, cerca hay muchos parques y algunos gimnasios — camina a mi lado en paso presuroso mientras arrastro la maleta hacia el estacionamiento del aeropuerto —. También hay clubs nocturnos, ¿Aún vas a clubs? ¿O acaso eres muy viejo y te duele la rodilla? — Riley enciende el auto, yo medio sonrío.

—¿Qué tienes pensado hacer?

Mi hermano hace un gesto socarrón y me mira.

—Hermano, estás soltero y de vacaciones, echa a volar tu imaginación.

….

El mes consecutivo de mi llegado, he ido a más fiestas que cuando iba a la universidad. Esme está preocupada, he vuelto a ser el rebelde que muchas veces reprendió. Más que una deconstrucción en otro país, solo he venido a pasar el rato beber y olvidar todo, porque... ¡Maldita sea, lo merezco!

Uno de los planes a futuro es volver a Estados unidos, vender el restaurante y emprender otro viaje en alguna parte de américa latina, o quizá en oriente.

Riley, no pudo seguirme el paso, es joven pero se ha convertido en el hermano amargado mayor.

—Edward, deberías ir despacio. No haz parado desde que llegaste — comenta de brazos cruzados.

Yo enciendo un cigarrillo.

—Tú me dijiste que debía aprovechar la ciudad y mi soledad. ¿Qué hay de malo con seguir tu propio consejo?

—¡Si! Pero ya ha pasado un mes, las chicas, las fiestas son divertidas, pero estás en exceso despilfarrando.

—Tengo un restaurante muy bien administrado.

—Ni siquiera sabes quién entra o quién sale de tus empleados.

Yo lo miro de reojo.

—No ha quebrado.

—¿Y has revisado siquiera tus cuentas bancarias?

—Me sigue sin importar, ¿Acaso ha faltado el dinero?

Riley se exaspera.

—¿Aún estás dolido, cierto-

Yo apago el cigarro en el piso, tomo mi chaqueta y camino a la salida sin responderle.

Camino a paso apresurado a la salida del edificio, hace tanto que no lo pienso, es más, lo evito.

Como un gesto reflejo, traigo conmigo la pesada cajita de terciopelo. La abro, intacto, ni siquiera me atrevo a tocarlo.

¿Cómo se verá con su enorme barriga a siete meses de gestación?

¡No! ¡Deja de pensar en eso.

No debes de pensar en ella, haz como si no hubiera pasado nunca.

—Haré como tú hiciste, Isabella. Como si nunca había existido.


Buenas noches a todas, gracias por la angustiante espera, de veras, mil gracias.

El chico rudo ha vuelto y yo también.

Nos leemos el sábado o a más tardar el domingo, las adoro un montón.