Capítulo 33
POV EDWARD
Y LUEGO ESTÁS TÚ.
El cuerpo me pide tregua, sin embargo, en cuanto empiezo a recuperar el aliento, le doy otro trago a la botella mientras siento que el escozor deja de hacer efecto.
Sencillamente he perdido el ir y venir de los días. En el departamento donde estoy, claramente solo, luego del sermón de mi hermano Riley, se me hace cada vez más grande. Pero sobre todo más vacío.
Solo, otro día. ¿Cuándo había sido la última vez que siquiera mis ojos habían visto la luz del sol? Incapaz de al menos de levantar la cabeza, tomo mi teléfono celular y veo más de diez llamadas perdidas de mi hermano, otras quince de Esme y unas menos de Carlisle.
Mensajes de que están preocupados, de que quieren saber si estoy bien, de que necesitan hablar conmigo.
En el más pequeño y recóndito lugar de mi sobria cabeza, se encontraba la pequeña posibilidad de ya no hacerles esto, pero necesitaba tiempo y más que tiempo, necesitaba sanar. Porque nunca, en mis 29 años me habían herido tanto como ahora. Ni siquiera Kate.
Estoy bien.
Mando a cuatro destinatarios cuando sé que la cuarta persona, el mensaje no fue enviado. Bella dio de baja su número telefónico. No me deja escuchar siquiera su voz en la contestadora y su hermana no me la pasa cuando la llamo.
Jodido por dentro y por fuera, veo como el sol cae una vez más y por fin me levanto. Odio el sol, me recuerda demasiado al reflejo de sus cabellos. Pero también detesto la noche, porque era cuando nos encantaba entregarnos. Extraño su suave y blanca piel, que enrojecida por la presión de mis dedos cuando la acercaba, se hacía rosa. Un tono delicioso que me recordaba que disfrutaba mucho mi cercanía.
Ya no tengo contacto siquiera con otras mujeres. He intentado por una y mil formas comenzar algo sexual, aunque sea de una noche, pero sencillamente no puedo. ¿Alguien más en el mundo ha tenido la sensación de hacer traición, cuando solamente conversa con alguien más? Es como creer que la estoy engañando, no pasa de un vulgar manoseo —que no me he atrevido a besarlas siquiera, y digo besarlas porque no ha sido solo una, sino muchas, muchas más — y no puedo avanzar.
Donde quiera que vaya, hay alguna otra que tiene algo de ella. Una mera copia de su sonrisa, un ápice del tono de su voz cuando está emocionada, el color de su cabello, pero nunca sus ojos. He recorrido las calles por noches enteras, sin encontrar unos iguales. Y eso me mata, porque estoy muerto, estancado y roto. Pero sobre todo, estoy enojado. Muy enojado.
Porque se supone que deberíamos estar juntos. La imagino yendo sola a cualquier clínica para poder estar segura que todo está bien —con lo exageradamente preocupada que es —, teniendo que llevar a cabo las compras de la semana, porque aunque su hermana no la deje ni a sol ni a sombra, en algún momento lo está.
¿Pensará siquiera en mí? ¿Qué pasará cuando nazcan nuestros hijos? Una sonrisa a media me atraviesa el rostro.
Sus hijos.
¿Buscará reemplazo de la figura paterna que seguramente van a necesitar? El pensamiento me molesta tanto que bebo otro trago. Oh no, maldita sea. Estoy tan borracho que llegué a mi limite. Simple y sencillamente, ya no puedo emborracharme más, pero no importa. Levanto de nuevo la botella y el vodka deja de caer en mi boca. Lo sacudo, ahora vacío y lo tiro a la nada.
—Mierda, necesito más.
A punta de trompicones, avanzo hacia la puerta y busco mi billetera.
Aún tengo efectivo. Sonrío como un ganador.
Bajo lentamente a sabiendas que el piso ni las paredes parecen estables y como puedo, piso el asfalto de la calle. Cerca de casa —o lo que se supone sea este sitio —, hay un bar que siempre cierra tarde.
Hace frío, el vaho de mi boca lastima un poco mis labios agrietados.
Camino lo que me parece una eternidad y entro —quién sabe de qué modo —me pongo erguido y camino con firmeza hacia la barra.
—¿Cuánto me puedes dar por esto? — golpeo mi palma con un motón de billetes en mano hacia quien atiende el bar.
—Esto es muchísimo — comenta.
—¿Puedes darme una botella?
Se lo piensa y hace una mueca.
—Hasta tres.
—Empecemos con una.
—¿Qué se le ofrece?
Yo lo sopeso.
—¿Brandy?
El hombre cuyas facciones no puedo distinguir, solo asiente y me pone la botella con una pequeña copa al lado.
—No la necesito — empujo el cristal tan fuerte que se estrella en el piso y llama la atención de todos. Yo abro la botella y la bebo como si no hubiera bebido siquiera agua en días.
—Amigo, con calma.
Pero no lo obedezco, beso la botella por al menos quince segundos y me limpio la comisura con la manga de mi camisa.
—Si hago esta seña —giro mi dedo índice lentamente —, me traes más.
El hombre parece arrepentido pero no responde nada. Yo sigo en lo mío, mientras alguien pone música escandalosa.
Realmente ni siquiera sé quién es, pero parece adecuada con el caos que tengo en la cabeza.
Una mano delgada me rodea el hombro, cosa que me hace sobresaltar y tambalearme en mi silla.
—Hola, guapo. No te asustes.
—¿Qué? — pregunto desorientado mientras apenas comienzo a enfocar su figura frente a mí.
Es una chica, de al menos unos veinticinco años. Tiene el cabello rojo y la piel blanca. Unos ojos claros —no sé si azules o grises, maldita sea, no puedo concentrarme —, y trae una pantalón de cuero tan ajustado que las curvas le favorecen. Bajo la vista desde sus pechos hasta su ombligo y trae un piercing de diamante que le luce el vientre plano.
Como idiota, estiro mi dedo y se lo toco, el acto me da risa. Creí que nadie usaba más esto.
Ella me acompaña sin habérselo siquiera pedido y se sienta a mi lado, recargando su codo en la barra mientras su cabeza descansa en su mano.
Yo intento dirigir la mirada a su cara y por fin me encuentro con un rostro muy sonriente y divertido.
—¿Te gusta?
Yo tomo la botella y bebo un poco más.
—Luce bien.
—Cuando se mueve luce mejor — y me quita la botella de las manos, le da un trago y me la devuelve. Juro por Dios que mi vista parecen una película en fotogramas lentos, no puedo anticipar ninguno de sus movimientos. Maldita sea, estoy tan borracho.
—¿Ah si? ¿Cuándo sucede eso? —bebo más.
—Cuando bailo — se remueve su pelo ondulado y rojo —, pero se ve mejor desde abajo — me guiñe un ojo.
—Si bueno, coger desde ese ángulo te da una buena vista de tetas también — suelto tan confiadamente, pensando que con eso me dejará en paz y me mandará a la mierda. Pero muy en contra de todo lo racional, ella se muerde los labios y me mira más ávidamente.
Le gusto. Y mucho.
Me tiende la mano, como si hubiésemos tenido una primera impresión especial y excitante. Excitante al menos, la mujer es atrevida y nada fea.
—Me llamo Victoria — y me da un beso en la mejilla cuando jala de mi palma y se acerca a mí.
—Edward — respondo luego su ataque.
El beso me ha tomado por sorpresa, pero no fue desagradable.
—No te había visto por aquí.
Bebo una vez más, miro el frasco y ya solo me quedan tres cuartas partes del líquido.
—Soy nuevo en la ciudad.
—Lo puedo notar por tu acento, ¿Qué haces tan lejos de casa, americano?
Sin ningún permiso de mi parte, comparte la botella. Esta vez le toma más que la primera ocasión y un poco de brandy resbala por sus labios, hasta mojar la vuelta de su —ahora visible para mí —, camiseta ajustada y muy escotada.
Es una tela blanca y parece de algodón. Lo sé porque tan pronto se moja con una gotas, son absorbidas fácilmente que la humedad hace transparencia en su blanca piel.
Blanca y cremosa. El pensamiento me sorprende.
—Soy turista.
Casi a la par que deja de beber, acerca su silla más a mí y los pechos me los pega a mi antebrazo. La punta de sus pezones son protuberancias que me acarician tan descaradamente que yo instintivamente, giro mi vista en dirección hacia su pecho. Blusa blanca y sin brasier.
Intento de verdad por todos los medios, enfocarme en algo, una silla, una cara, cualquier objeto frente a mí y nada.
Al darse cuenta de esto, me sostiene por el rostro y su cara queda tan pegada a la mía, que abro de más los ojos y puedo verla con claridad.
Una pequeña franja de pecas cruza desde sus altos pómulos y atraviesa el tabique de su nariz.
Es la primera vez en todo este tiempo que por fin no encuentro un rastro de ella. Ni una sola cosa que me la recuerde.
Me hace sentir esperanzado.
—¿Turista? ¿Acabas de salir de la universidad o por qué quieres beberte el bar entero?
—Sólo quiero divertirme.
De pronto me encuentro siendo acariciado por el cabello detrás de mis orejas, y el arrumaco me relaja. Este es el primer contacto sin fines sexuales, que he tenido en tanto tiempo.
Yo sonrío para mis adentros, recordando aquella ocasión en que nos quedamos en casa y estábamos viendo una película. Tengo tan presente de estar acostado en sus piernas, con el cuerpo tan relajado que el simple contacto me dio sueño. Estaba a salvo, en mi lugar feliz. Solamente tenía que levantar la vista y encontraría dos profundos orbes viéndome fijamente, como un ciego mirando el sol por primera vez. Y era mutuo.
Ella por supuesto me preguntó con una risita nerviosa: ¿Qué ocurre? ¿Por qué me miras tanto?
Y me paré, tomé su perfecto rostro, pequeño y cálido entre mis manos. Por instinto, cerró los ojos y le pedí que los volviese a abrir, porque me encantaba verme en ellos. Porque es tan maravilloso que sean tan cristalinos y puros. Recargando mi frente en la suya, solamente le dije: te amo. Te amo y es tan cierto como que existimos.
Ella me miró tan fijamente a la cara que ahora yo me había sentido intimidado, ¿Cómo puede alguien ser tan puro y bueno y no notarlo? Tantos años escondida tras sus pestañas, con la mirada baja, con ese andar tan torpe pero lindo, que no supo ni una sola vez, que la que cayó no fue ella, sino yo, rendido a sus pies.
Es que, como Bronte alguna vez escribió: "Sea lo que sea de lo que estén hechas nuestras almas, la suya y la mía son iguales". Y quizá, yo menos merecedor de su amor, ahí estaba completa e irremediablemente enamorado de Isabella Swan.
Un flash, en mi vista me hizo volver a la realidad, seguido del tacto de un par de uñas largas arañando mi nuca. Su boca, ahora me rozaba el cuello y un gruñido de placer salió de entre mis labios.
Ni siquiera sus manos se parecen, ni siquiera en sus uñas. Ella solo las clavaba en mí cuando el placer le rebasaba, siempre en la espalda o en los brazos. O quizá cuando era tan dulce como aquella noche en que hicimos el amor en su sofá, se limitó a trazar pequeños círculos sin rumbo en mi espalda. Y se sentía tan bien, tan nuestro.
Esta caricia desconocida, reactivo mis pensamientos, como si no hubiese ingerido ni una gota de alcohol en los últimos tres días. Me despego tan rápido que el movimiento la asusta. Sus ojos grises, me miran de arriba abajo y yo me levanto, tomando la botella, caminando hacia la salida.
Rápidamente corre hacia mi encuentro y me persigue como un cachorro perdido.
—Pensé que solo querías divertirte, americano — ronronea con ese acento inglés que no había notado.
—No puedo — digo sin más y prosigo mi andar.
Pero me persigue, somos el centro de atención del bar.
—¿Qué necesitas? Te la puedo chupar — se relame los labios que ahora noto, exageradamente maquillados en un tono tan carmín que acentúa las pecas de su cara.
No es una chica tan a mi gusto, aunque ahora menos borracho no niego que esta guapa. Me toma la mano libre y la sube a uno de sus redondos y firmes pechos. Una leve excitación se despierta en mi entrepierna cuando el pezón me roza directamente la palma.
—O si necesitas chupar algo, te las puedo prestar — insiste.
Me siento un poco osado, acerco ligeramente la cara hacia la suya y cuando por fin estoy a punto de comerle la boca, una mano caliente y pesada me retrae violentamente.
—¡Aléjate de ella! — grita una voz tan fuerte en mi oído que me aturde. Había olvidado que estaba en un bar con las bocinas. El murmullo de la gente ahora es perceptible.
—¡Laurent! — grita la pelirroja empujándolo violentamente por el pecho —. ¡Déjalo en paz!
—¡Eres una puta, Vic! ¿No te puedes esperar al menos una hora de haber terminado y ya le estás bajando el pantalón a cualquier pendejo?
—¡Ese no es tu maldito problema! — insiste aun golpeándolo —. Ya no estamos juntos, si yo quiero coger, tú no me lo vas a impedir.
—¡Perra! — aúlla dándole una bofetada en la cara tan fuerte, que yo me levanto y me le voy a los golpes.
Laurent, es un hombre afroamericano, alto, con el cabello largo a rastas, lleva un saco negro y unos pantalones deslavados. Parece que posee mucho dinero por el Rolex tan costoso que lleva en su muñeca, pero no estoy seguro. Su espalda suena escandalosamente en el suelo mientras yo le reviento los pómulos y la nariz a golpes. Esto no es porque la haya golpeado —al menos no principalmente —, ni siquiera porque me haya empujado a mí, esto es enojo puro y vívido. Por todo lo que me he guardado, por lo que me parece demasiado tiempo, y es mi tiempo, mi momento, mi excusa.
La forma perfecta de decirle al mundo que he perdido lo que más amaba y que estoy malditamente muy encabronado. Que quisiera no haber sido juzgado antes sin haber dicho mi versión de los hechos, que debía ella haber sido lo suficientemente confiada como para creer que jamás le haría algo como eso y que la amo, la amo con locura, que la he extrañado en cada mujer que me intento coger y no pasa porque no es ella, no es su cuerpo, no es su piel, no son sus besos, que me hace falta, que si estoy medio vivo es porque tengo la esperanza de que la veré siquiera una vez más. Que los sueños, los planes, las cosas, los sentimientos, fuero tirados a la mierda por una estúpida razón que genuinamente no tuvo sentido ni lógica.
Y que sí, que estoy dolido, que quisiera jamás haberla conocido porque le confesé que era la única persona en el mundo con la capacidad de herirme y protegerme al mismo tiempo y simplemente lo olvidó, o no le importó.
Pero sobre todo, estoy destruido por dentro. Esto no es posible. No debía ni podía ser verdad tanto dolor.
Alguien del público, quizás ya harto del espectáculo, me toma de las solapas de la camisa y me echa a la calle. Yo intento volver a ingresar pero un enorme guardia de seguridad me lo impide.
—¡Victoria! — grito desde afuera, esperando a que me escuche. Escupo sangre, tengo las mejillas reventadas —¡Victoria! ¡Linda! ¡Ya podemos ir a casa! — vocifero como el idiota borracho que soy.
Sin embargo, poco de lo que puedo ver, es que ella está arrodillada frente al moreno y llora al ver que aún no responde a su llamado. Lo dejé inconsciente, me miro los puños y aquella sensación de mareo me revienta la cabeza. ¡Vaya! Me los hice mierda y no sentí dolor.
¡Qué descarga de adrenalina! ¡Me siento tan vivo!
—¡Hijo de puta! — me grita con los ojos en llanto —. ¡Vete!
Yo jadeo a media sonrisa, a sabiendas que solo me utilizó para darle celos a su estúpido novio. Mierda, perdí la botella.
Cuando comienzo a caminar hacia lo que parece el rumbo que es mi casa, una patrulla va rodando la cuadra pero yo no me detengo. No recuerdo haber caminado tan lejos, o tal vez di tantas vueltas que sin querer llegué a mi aún solitario y enorme departamento.
Maldita sea, no quería que mi noche terminase así. Tiro las llaves, a alguna parte que no ubico bien cuál es, y me tiro sin más al colchón.
Con una estúpida sonrisa en el rostro y los nudillos sangrantes manchando la cama, me quedo profundamente dormido.
Tres semanas después.
—Entiendo perfectamente que no quieras volver y que incluso estés empecinado en no llamarnos o siquiera permitir que tu hermano te vea, pero hijo, estoy sumamente preocupada — murmura Esme a través del auricular.
He decidido tomar la llamada porque sencillamente han pasado cosas de mayor riesgo y peso. Mi padre, quien nunca en mis 29 años de vida había formado parte de alguna de las tomas de mis decisiones porque genuinamente confiaba en mí, se tomó la tarea de hacerme una llamada alarmado que mi madre estaba desesperada porque ni siquiera Riley sabía algo de mí, en casi un mes.
El comentario que más me hizo entrar en razón, a pesar de haberles dicho que realmente quería estar solo fue: No quiero viajar a Londres a ningún hospital ni ninguna funeraria buscando tu cuerpo, hijo.
Porque a pesar de conocerme perfectamente, están conscientes de la clase de problemas en los que me había metido últimamente. No era de imaginarse con las pocas noticias que le había dado a mi hermano. Yo soy un desastre, con palabras mayúsculas.
—Lo siento, mamá. No quería preocuparte.
—Tienes que volver — me pide.
—¿Para qué? — pregunto secamente.
—Deberías intentar hablar con ella, aunque sea una vez.
Yo sin el menor atisbo de interés, mintiéndole a ella, pero más a mí mismo, hago un comentario cortante.
— No me importa ya.
—Mientes — asegura.
—¿Y qué más da si es así? No he tenido ni una sola noticia de ella. Más que lo que te pedí que hicieras por mí y me contaste, que ella aceptó la tarjeta para poder pagar las cosas de los niños. Pero es tan obstinada, no ha hecho uso de ella ¡Y eso que se la diste hace más de dos meses!
—Es tan independiente. Tienes que comprender que es desconfiada.
—No tendría que desconfiar de ti — digo con los dedos en el puente de mi nariz. Bastante frustrado por eso.
—He estado tan al pendiente como puedo, Edward. Está yendo con Leah Clearwater, ¿La recuerdas? Yo la referí con ella. Esperando estar muy pendiente de los pequeños.
Cuando hace ese comentario, mi corazón se estruja un poco.
—¿Y cómo está ella? ¿Ellos?
Puedo casi adivinar que del otro lado, está sonriendo ampliamente.
—Ella está perfectamente y los pequeños también. Deberías de verla, Edward. Está enorme con ellos creciendo tan rápidamente. Sé que esté tipo de cosas no es ética ni profesionalmente bien visto, pero Leah me ha dicho que muy aparte de su estado físico, el cual es perfecto, la nota triste. Por demás le he informado que su embarazo fue totalmente inseminado, pero que, siempre estuviste ahí y parece que te extraña. Creo que Leah le preocupa solamente que padezca depresión post parto.
Yo hago una mueca triste.
—Yo también la extraño. Muchísimo.
—Pienso que deberías venir, cariño. Las cosas han estado tranquilas por lo que su hermana me ha contado. Alice no la deja sola nunca, eso de más ya lo sabes.
—Ya lo sé — comento bebiendo de mi taza de café amargo, intentado matar la reseca —. Ni siquiera quiso que llamara a su casa para poder estar pendiente de ella. Creo que me odia.
Esme suspira.
—Está preocupada, luego de lo que pasó.
Quizá por acto inconsciente de la conversación, ha soltado esa información sin pensárselo dos veces.
—¿Qué ocurrió? ¡¿Bella está bien?! Mamás, por favor, habla de una vez —le exijo.
—Cálmate, Edward. No te alteres, está bien. Pero solo recuerda que están bien, que no hay peligro y que he cumplido mi palabra en cuidarla. Que solo y sencillamente porque no habías tomado mis llamadas, no he dicho nada, ¿de acuerdo?
—Si, lo sé. Es mi culpa.
Respondo algo resignado y la frente recargada en la pared.
Los siguientes veinte minutos, Esme me explica de pies a cabeza lo que sucedió el maldito día en que Tanya entró a mi departamento. Responde pacientemente todas mis preguntas con demasiado detalle a sabiendas que soy médico y que solamente lo hace por tranquilizarme antes de tirarme por la ventana por la desesperación.
—Ahora comprendo un poco porqué motivo se alejó de mí. Yo la daño y mucho, claramente hice bien en irme. No está segura cerca de mí.
—No digas eso, la culpa no fue tuya. Kate no debió estar ahí, tú sabes bien que a las personas malas nunca les va bien. O al menos no siempre.
—¿A qué te refieres?
Cosa que nunca pasa en ella, mi madre se tiende largo y tendido a explicarme que ha pasado con el matrimonio del hombre que yo consideraba familia.
—Aro Volturi es un viejo vampiro, experimentado y nada tonto. ¿Crees que hizo su imperio a base de corazonadas? ¡Jamás alguien pudo engañarlo! Porque la gente sabía qué ocurría si alguien le mentía en la cara y luego él se enteraba, le tenían respeto, pero infundado con el miedo. No comprendo por qué le soportó tanto a su esposa, a sabiendas que había tenido una relación previa contigo.
—No comprendo.
—Edward, Aro desheredó a Kate apenas se enteró lo que sucedió ese día. En base al espectáculo, le quitó todo premio y regalo que alguna vez obtuvo de él y ya sin tener otra cosa a cambio que no fuese lo monetario que recibía de aquel hombre, ella le pidió el divorcio. Aro quizá dolido, aceptó sabiendo que su unión era interés puro, quizá siempre lo supo, no lo sé, pero accedió. Y tan tonta como para no recordarlo, no obtuvo ni un centavo de la separación. La última vez que tu padre y yo lo vimos, se veía más sereno más en paz.
—Mamá, sabes que no me gusta saber nada de las personas que no son importantes en mi vida, sin embargo, me alegro por mi viejo Aro. Quizá lo único que afectaba a su salud era ella.
Esme suspira de nuevo, parece querer decirme algo pero no se atreve.
—Pienso que sería una excelente idea venir a verlo, podrías aprovechar también para pasar a casa y quizás intentar...
—No.
—Edward, Alice me llamó. Me dijo que le está organizando una fiesta para la revelación de los sexos. No quiero presionarte pero sería fantástico que al menos...
—Bella fue muy firma al decirme que yo no era parte de su familia — recuerdo con dolor.
—Estaba dolida. Pero, bueno llamaré a Rose y Emmet para que vayan a visitarla ese día, ¿te parece buena idea?
Yo suspiro con tranquilidad, Rosalie adora a Bella sin conocerla, sé que si se trataran por más tiempo podrían ser las mejores amigas. Quizá darle un consejo sobre maternidad ahora que Henry estaba en sus vidas.
—Eso sería fantástico. ¿Dónde estarán y cuándo?
—Este fin de semana, hijo. Sé que es complicado, tomate el tiempo que necesites y piénsalo. Te aseguro que iré en nombre tuyo, al igual que los chicos que ahora intentan formar parte de su vida. Ahora con todo lo que pasó, Bella vive a las afueras del centro de la ciudad para evitar el bullicio, en una pequeña casita cerca de la costa. Ahí me dijo Alice que será la reunión. He buscado donde es, sé cómo llegar.
—¿Qué tan pequeña? — pregunto curioso a sabiendas que me importa su comodidad y tranquilidad.
Mi madre tarda un poco en responder.
—Es... Modesta.
—Mamá, dime la verdad — pido algo serio y molesto.
—Ok, si es bastante pequeña. Pero según su hermana es lo que se permite pagar Bella. No quiere que nadie la ayude, es tan testaruda — dice con algo de enojo, comprendiéndola completamente cuando se refiere a mí.
Oh, Bella. ¿Por qué haces esto?
—Ella debería estar viviendo en la casa que yo...
—Lo sé — dice sin más —. Lo sé, hijo.
Yo suspiro, sintiéndome derrotado.
—Tengo que colgar, ¿hablamos después?
—¿Lo prometes? — pide como una niña pequeña.
—Lo prometo, mamá. Te quiero e intentaré no hacerte pasar un mal rato de nuevo.
La llamada termina y la sola idea de que esté atravesando cualquier situación que la haga siquiera preocuparse, me hace sentirme incomodo. Hace bastante tiempo que yo no forma parte de su vida, ¿Qué diablos me importaba ahora?
Porque la amas, la extrañas y esa es toda la verdad, aunque te hagas el duro, esa es. La amas, más que a tu propia vida.
Y que cierto era eso, nada de lo que alguna vez pensé que había sido pensar que yo podía amar, se convirtió en mero eufemismos y vacíos recuerdos de una vida sin sentido y sin razones. Una meta, un comienzo.
Y luego estás tu.
Mi dulce y muy amada Bella.
Por mi pensamiento pasan un millón de ideas, quiero salir corriendo, presionar todo lo que sea necesario para siquiera cruzar palabra con ella y me decido. Ya ha pasado el suficiente para que me dé cuenta de que no podré vivir un día más sin verla al menos. Me estoy muriendo.
Tomo una pequeña cantidad de ropa, mis documentos y no dejo aviso a nadie.
Tengo que viajar. Tengo que verla, así su hermana llame a la policía y ponga una orden de restricción.
—Porque si no es contigo, no será con nadie más — digo sin más, tomando camino al aeropuerto.
XxX
A sabiendas que la zona horaria ha cambiado, he tomado el primer vuelo hacia la ciudad de Nueva York, haciendo algo en contra de todo mi instinto moral y dejando detrás toda consecuencia que pudiese traer en el futuro.
He contratado un investigador privado con la única e invariable razón de saber dónde exactamente vive. Ni siquiera he pensado que le diré o qué haré en cuanto la vea. Maldita sea, ha pasado tanto tiempo que mi estomago me pesa, me siento sumamente nervioso. Ni siquiera sé a dónde llegaré. Ir a casa de mis padres no es una buena idea. No quiero que mi madre sepa qué hago, porque me hará frenarme o querrá que haga las cosas a su manera y yo me siento más cauteloso haciendo todo por mi cuenta.
El aterrizaje es lento, muy lento. Cuando salgo del avión apenas y puedo pensar en mis pertenencias, pero debo darme prisa, porque no cuento con demasiado tiempo. O eso es lo que me digo, aunque genuinamente estoy muy desesperado. Quiero verla, maldita sea. En mi mente he repasado una y otra vez su rostro, añadiendo detalles difusos que el alcohol —bendito y maldito amigo — ha hecho mella en mi memoria.
Pero también temo su rechazo. No sé cómo se siente después de tanto tiempo. Me encantaría escuchar qué piensa, pero sé que será tan difícil. Para los dos, porque aún me siento lastimado, aunque la extrañe como un loco.
Una parte de mi corazón siente que aún hay esperanza, ¿Y sino? Maldita sea, no creo que viva para contarlo. Durante los últimos cuatro meses que he estado lejos, me he hecho el ser humano más propenso a la muerte, si es algo que acaso se pudiese cuantificar. Yo me arriesgué cuanto pude a hacerme daño por mero gusto, en un acto masoquista por sentir más dolor físico que el emocional.
Y necesitaba una tregua, un respiro. No podía hacerle eso a mi familia, sobre todo a mi madre quien era la espina dorsal de ésta.
Al salir del aeropuerto, tomo un taxi. El clima es cálido aquí, aunque no hace suficientemente mucho calor. Imagino que cerca del mar, la brisa es agradable.
Quizá no esté tan mal que se haya marchado del bullicio, después de todo y por lo que Esme me dice, está bien. Tranquila al menos.
—¿A dónde lo llevo, señor? — pregunta el taxista mirándome por el retrovisor.
—Yo... — me callo —. ¿Puede llevarme a la Millbrook Country House?
El hombre a través del espejo me mira con mucho asombro.
—¿Es usted rentero de esa casa?
Yo niego un poco cabizbajo sabiendo lo que voy a decir.
—La compré para la mujer que iba a ser mi esposa.
El Millbrook Country House está situado en Millbrook, a 41 km de Fishkill, toda ella es un casa de dos plantas color blanca, con detalles de los años 50. Un espeso jardín verde adornado de moteadas flores de variados colores que había mandado a sembrar especialmente para ella, quien adoraba la sensación del pasto en la planta de sus pies y quien en su antigua departamento no tenía la oportunidad de disfrutar.
Muchas personas la conocían porque parte de ser de la zona rural, tenía acceso al bosque aunque no estaba para nada mal ubicada y tenía cerca colegios para pequeños, sabe Dios cuanto tuve que verificar que la zona fuese segura. Repasé un y mil veces esta idea con Carlisle antes, muchísimo antes de siquiera pensar en pedirle matrimonio a Bella, porque casados o no, yo quería criar nuestros hijos en una casa amplia y hermosa, como ella siempre había deseado. Esta casa, estaba siendo principalmente destinada a ser rentada, pero puse la oferta a los dueños, más allá de su valor, pagué lo que creía el comienzo de mi vida perfecta con Bella.
—¿Ella acaso no acep...? — titubea y se aclara la garganta —. La casa es muy hermosa, no sabía que estaba a la venta. Mucha gente pelea por rentarla y pasar sus navidades ahí.
Yo intento no prestarle tanta atención.
—Bien, ya no más. Ahora es mía, solo para mí.
—Demasiado grande — apunta.
—Es que... Somos cinco. Íbamos a ser cinco — comento con dolor y el hombre al ver mi expresión no dice más en lo que resta del camino.
XxX
Imponente y hermosa, la Millbrook se me antoja imposible. De verdad no está descuidada ni abandonada en lo absoluto. Carlisle ha hecho un excelente trabajo administrándola, incluso en la noche, es más llamativa y más bonita que las casas vecinas.
Aunque puedo notar mucho del estilo de Esme en ella, al abrir la puerta principal.
Hay muebles color ámbar que le dan calidez a la sala aunque esté completamente sola y fría pese al verano. Las paredes blancas están pulcras, adornadas de cuadros que hacen juego con los muebles, da paz mental estar aquí. La chimenea claramente no ha sido encendida y cuando subo las escaleras, entro a la habitación principal, donde una cama tamaño King con sábanas blancas y cabecera de madera oscura, está tan lisa y perfecta que se me hace una grosería el hecho de siquiera usarla.
Frente a mí, hay un tocador blanco, donde sé que a ella le gustaría sentarse a peinar su larga cabellera color chocolate. Un enorme armario para los dos, disponible con muchas cosas para su comodidad, pensando que viviríamos juntos su avanzado embarazo.
El pensamiento duele. Y mucho.
Y ni siquiera me siento seguro de entrar a visitar la habitación contigua, donde tres cunas estilo antiguo metálico con ropas de cama color pastel, elegidas cuidadosamente por mi madre, yacen junto con todas las cosas que fui a comprar en compañía de mi amigo Emmet.
Todo está intacto, para ellos. Listo para sus llegadas, para que su mamá y yo los cuidáramos juntos.
—Tranquilízate y respira. Puedes hacerlo — me digo para mí mismo.
Mi teléfono suena con un correo electrónico y me doy cuenta de que es mi investigador privado que he contratado. Ha sido verdaderamente más rápido de lo que imaginé y con tan poco anticipación, pues hace menos de 24 horas yo estaba en otro país.
Abro y leo la dirección. Sé dónde es, la verdad es que Esme no mintió con la palabra modesta, cuando se trataba de la dirección de Bella.
Oh, mi amor. No deberías estar tan lejos. Tu lugar es aquí, esta debería ser tu casa.
Me doy una ducha tan rápido como puedo y por mi inesperado viaje, me he traído la ropa menos informal e indicada que pude haber usado para ir a buscarla.
Veo mi reloj y pienso que ya es fin de semana, ya debe estar empezando su fiesta como lo comentó mi madre.
Cuando recién comencé a mover las cosas a esta casa, yo había traído conmigo una motocicleta que tenía pensado cambiar por una camioneta estilo Van, ya que el espacio en los autos deportivos o siquiera en una vehículo como ése, no eran adecuado para mis hijos, porque ni loco iba a exponerlos a ningún peligro.
Mis hijos, que real se sentía decirlo en voz alta.
—Mis hijos. Míos.
Voy hacia el garaje, en donde se encuentra la moto que me había comprado el año pasado. La Vmax. La Vmax es una motocicleta fabricada por Yamaha. Su primer modelo fue presentado en 1984, en Los Ángeles, y tuvo su producción iniciada en 1985 exclusivamente para los Estados Unidos. Estaba equipada con un motor V4, con 1198 cc 140 caballos de potencia. De verdad es preciosa, pero había sentido que con la nueva responsabilidad que debía traer mis niños, yo no tendría más tiempo para poder usar algo como eso.
Nunca tuve la oportunidad de llevar a Bella en ella, algo me dijo que no debía subirla porque era peligroso, y que bien hice.
Me pongo mi chamarra de cuero y emprendo el camino. Me siento nervioso, las manos me sudan. Como si fuese a presentar un examen importante en la universidad, pero estoy así porque después de cuatro meses por fin la veré. No sé si conversaremos, ¿Qué es lo que debo decirle?
Te amo, cómo un maldito demente. No puedes separarme tan fácilmente de ti. No quiero ni voy a permitir que vivas esto sola y que con el paso del tiempo consigas un reemplazo de mí, con la vida que ya tenía planeado juntos. Mírame, soy medio hombre sin tu presencia en mi vida.
O quizá, el momento me tomaría en descuido y terminaría por soltarlo todo como un desquiciado. Es que sí, lo estaba, estaba muy molesto con ella. Y tenía toda la razón del mundo en estarlo. ¿O no?
Aún sumido en mis pensamientos y con el ronroneo del motor, pude llegar a la casa de ella tan temprano como me permití. Es una casita sencilla de lo mucho que puedo imaginar tres habitaciones, contando la cocina, su recamara y quizá una sala improvisada, pero estaba cerca del agua y era tan callado que pude imaginarla saliendo al patio con tal de escuchar el mar. Fuerte e imponente. Quizá para diciembre haría frío.
Fuera, en una pequeña colina y casi como un cazador en el bosque, vi como su hermana adornaba pacientemente el patio de la casa y que sus pequeños hijos jugueteaban alrededor emocionados por los globos. Se veían más altos de lo que recordaba y la niña más despierta también. Las mesas llegaron, las sillas. Muchos arreglos de colores azules y rosas pero de su rastro, nada. Imaginaba que estaba dentro descansando, pues si mis cálculos no fallaban, ella ya tenía siete meses ahora.
Pasaron las horas, apenas y apoyado en el asiento con ambas piernas cruzadas por enfrente y los brazos cruzados frente al pecho, vi como los primeros hasta los últimos invitados llegaron con muchos pequeños y hasta enormes regalos. Podía sentir como Bella era tan celebrada.
Eso me hizo sentir feliz, sé que realmente nunca estará sola.
Pero toda mi concentración se fue a la mierda cuando la vi salir. Una bonita figura —aunque algo abultada, pero sin dejar de lado su belleza —, esta vestida en un color rosa pastel con un moño azul por la cintura y un adorno ridículamente enorme cerca del pecho. Una pequeña corona de flores adornaba su largo muy largo cabello, con ondas ligeras. Se nota tan apabullada por la cantidad de gente que está a su alrededor. Se ve contenta, sin embargo, tiene una particular sonrisa triste en el rostro.
Lo que daría yo por tomarla de la cara y pedirle razones por lo que esté así, ¡Vamos! ¡Es su día, de los cuatro! Quiero acercarme más, pero me porto lo más prudente que puedo y espero. Pasan los momentos, ella va de brazos en brazos recibiendo quizás halagos o felicitaciones. Su familia parece contenta de estar haciendo, incluso puedo notar que la madre de Bella está con su marido, también se ven contentos, aunque tengo que girar la vista de vez en cuando ahora que noto que no pueden quitarse las manos el uno del otro. Es un poco... No sé, incomodo.
Intento prestarle más atención a ella, ahora que un trio de paquetes blancos están puestos en el centro del pequeño patio. Oh, ya es hora. Me siento ansioso, doy cuatro pasos por instinto, quiero saltar la cerca y perderla entre mis brazos, pero esos mismos pasos, los devuelvo de inmediato cuando noto que una cara conocida llega al lugar, es mi madre, también con más regalos.
Comienzo a preguntarme dónde encontrará el suficiente espacio para meter tanto paquete en su reducida casa. Tan obstinada, que es, no permitirá que se le complazca con más cosas. Sé cómo es.
Se abrazan como si fueran las mejores amigas del mundo. Eso me hace sentir bien, al menos ella deja que mi madre esté cerca. Si alguna vez yo quisiera saber de Bella, indudablemente Esme me diría todo.
Y el hilo de mis pensamientos es brutalmente roto, cuando fuegos artificiales son disparados al cielo. Oh, si. Es de noche ya. Primera vez en mucho tiempo que disfruta la noche con la vivida consciencia de mis sentidos y se siente, bien.
Las luces centellean en el cielo.
Un rosa y un azul cortan el firmamento y repentinamente una lagrima gruesa sale de mis ojos. No puedo, estoy roto, niño y niña.
Pero cuando quiero adivinar el tercero, la bengala se rompe en un color blanco que me deja atónito mirando las estrellas sin entender qué pasa. Miro la reacción desconcertada de mi Bells, tanto como yo, se pregunta que está pasando.
Su hermana brinca de la emoción y la abraza, para que acto seguido, una horda de mujeres y hombres vestidos de blanco, con el uniforme de mi restaurante, entran con un pastel de tres pisos color lila.
Bella se ve aún más emocionada y confieso, un poco más sonriente, mi dulce amor.
Me sorprende ver a todos, nadie falta. Siempre supe que tuvo buenos tratos con sus compañeros de trabajo, sabiéndome dolido cuando renunció al restaurante para mantenerse alejada de mí. Ahora entiendo que esta mujer deja huella en todas las personas que toca en su vida, que por lo visto, son muchos.
Ahora ella carga a su pequeña sobrina en su regazo y la imagen me da tanta ternura, le besa la pequeña cabeza y la huele un poco cerrando los ojos. La imagino cargando a alguno de sus hijos —nuestros bebés — y sé por completo que será una perfecta madre, amorosa, cuidadosa, un poco terca pero al fin al cabo la mejor. Puedo notar que destila ternura, que por fin, ha alcanzado su sueño perfecto de ser mamá, que aunque no me haya conocido antes, yo era su hombre perfecto. Mr. Right, como dicen las chicas.
Que ella nació para esto, que cada una de las fibras de su cuerpo las usará para velar, cuidar, proteger y educar a sus niños y que ahora, que la veo, estoy perfectamente consciente que no me necesita, que ella puede por si sola. Que nunca ni siquiera necesitó un hombre para cumplir sus metas y sus sueños y que es capaz de salir en contra marea para estar bien.
Puedo notarlo, puedo verlo con mis propios ojos. Es feliz, solo falta que dejé de lado su sonrisa triste.
Las cosas ahora están a tu favor, cariño.
Solo necesitaba confirmar con mis propios ojos que estás perfecta, más hermosa que nunca, que tu familia te rodea y que aunque Esme me llene de noticias tuyas, oh Dios, necesitaba verte una vez e irme. Porque nada bueno trae mi presencia, porque muchas veces me dijiste que habías planeado esto antes de conocerme, quizás pensando que nunca me conocerías.
Y aquí estoy, formando parte de tu historia, esperando dejarte una buena lección de vida, o la más amarga de todas.
Me duele pensar que ya debo dejarte ir, aunque te he traído esposada con el pensamiento durante los últimos cuatro meses, más triste y agonizantes de mi vida. Te amo y siempre te amaré. No importa qué, no importa quién.
Desearía por todo lo bueno del mundo, poder retribuirte lo malo que haz pasado, pero la única cosa que puedo hacer es dejarte ir.
Niego fuertemente con la cabeza y arranco mi motor, para poder pasar lentamente por el frente de su casa. Me despido en silencio, queriendo poder entrar y decirle muchas cosas pero sencillamente, ya no debo interferir más.
Estoy tan concentrado en mis pensamientos, literalmente de pie con el motor encendido que su sola voz, es un golpe certero a mi realidad y a mi cuerpo.
—¿Edward?
La voz que meces atrás diciendo mi nombre, clava ambos pies sobre el suelo de aquel lugar, yo ni siquiera deseo alzar la vista, pero es inevitable, es una droga verla, no puedo más y al encontrarme con su figura hermosa, me deslumbro, luce maravillosa aún de cerca. Me quita el aliento.
—Luces hermosa — suelto sin más, queriendo gritarle un montón de cosas, pararme de dónde estoy pero mi cuerpo y mi cabeza se debaten entre hacer lo correcto y hacer lo que quiero.
Avanza dos pasos a mi dirección y por instinto acelero, pero no suelto el freno. Quiero irme de aquí, no, necesito irme de aquí. Esto es demasiado.
—Estaba a punto de buscarte, tu madre me dijo que estabas en Londres y — dice ahora y yo aún no puedo procesar que esto es lo más cerca que he estado de ella en mucho tiempo y comienza a llorar —, lo lamento. En serio.
Con la cara firme, intentado no mostrar emoción alguna, estoy muerto por dentro viendo su dulce rostro de bebé mojado en llanto.
No llores mi amor, no llores por favor. No quise venir solo para hacerte llorar. Lucías tan feliz hace unos minutos, siempre te hago llorar lo siento.
Carraspeo un poco para recomponerme, intentado cerrar los ojos para volver a mi faceta de cara de póker, porque el deseo de consolarla me mueve por dentro.
Abrázala, maldita sea. Mírala, tan frágil, tan dulce.
—Fue una linda fiesta — comento en tono casual, intento enterrar mis emociones en el nivel más bajo de mi subconsciente.
—¿La viste? ¿Cuánto tiempo haz estado aquí? — pregunta con algo de esperanza en la voz.
Niego a media sonrisa.
—Dos niñas y un niño — celebro un poco emocionado.
—¡Si! — llora avanzando un poco más —. ¿Por qué no entraste? Me hubiera encantado tenerte aquí.
La posibilidad me hace sonreír si las circunstancias fuesen diferentes. Pero ahora que sé que mi presencia incluso la hace llorar, no puedo quedarme a su lado. No si la daño tanto.
—No cambia lo que pasó — vuelvo a acelerar, pero una parte de mi cuerpo está resistiendo a dejarla aquí —, además Esme ya hizo acto de presencia por mí. Además de Emmet y su esposa.
Y ahora si está llorando a mares.
¡MALDITA SEA, CULLEN! ¡ESFUMATE DE AQUÍ! ¡MIRA LO QUE HACES!
—Pero siempre me harás falta tú.
Y aquellas palabras me atraviesas el cuerpo como miles de agujas al mismo tiempo, ese tipo de dolor que comparas como una cortada de hoja de papel y te duele mucho más, es más incómodo, es más latente.
No quiero siquiera pensar en lo que ella está diciendo, en la manera en que mi cuerpo está reaccionado, porque los músculos de mis brazos y piernas, se inclinan hacia enfrente para poder estar cerca, para tomarla entre mis brazos y consolarla. Para decirle que la amo, que todo estará bien, que por favor por lo que más quiera, deje de llorar.
Piensa, algo. Rápido. Ella solo está así porque te ama. Tu amor no le hace bien.
—No me querías aquí y yo no soy tu familia— le digo, rompiendo mi corazón el mil pedazos con el suyo.
Sabiendo que es la más negra de las blasfemias y me voy. Acelero, tan rápido como puedo y escucho perfectamente como intenta correr tras de mí, pero no le permito siquiera tocarme. Estoy demasiado lejos ahora, hay mucho entre nosotros. Quizá sea el acto de amor más grande que he hecho en la vida, o tal vez el más estúpido.
Te amo, Bella. Ya no quiero que llores por mi causa.
—¡Edward, Edward! — grita y soy capaz de escucharla y para ni siquiera girar la cabeza. Decido rebasar el límite hasta que estoy lo suficientemente lejos.
La he dejado y con ella mi corazón por completo.
Cuando menos lo pienso y a causa de la velocidad que he decidido usar, estoy de nuevo en la Millbrook.
Una hermosa casa que en este momento quisiera quemar conmigo dentro.
Me estaciono afuera, ni siquiera me importa acomodar la motocicleta dentro. Entro golpeando la puerta de una patada, estoy furioso.
—¿¡POR QUÉ!? ¡MALDITA SEA! ¿POR QUÉ?
Camino escaleras arriba, entrando a la habitación y de un golpe tiro la lámpara del buró más cercana a la cama.
Miles de cosas entran en mi mente, como un remolino ruidoso que me aturde.
Oh, mierda. Es mi teléfono celular. Tan pronto se pierde la primera llamada, entrada otra y luego una segunda, así hasta que contesto.
—Hijo — la voz tranquila de Carlisle me trae de nuevo a la realidad.
Miro mis nudillos, ahora recargados en el marco blanco de la habitación que tiene vista al bosque, manchan de rojo el pulcro color blanco con un borgoña espantoso.
—No ahora, por favor...
—¿Estás bien? Tu madre me ha llamado, te vio en casa de Bella.
Yo cierro los ojos.
—¿Está ella bien?
Que para colmo de males, no me hacía falta saber que la he dañado una vez más.
—Te quiere, hijo. Tu madre y ella están preocupadas. Quería que voláramos a Londres con nosotros para poder buscarte, luce arrepentida.
—Ella no hizo nada malo — digo con la voz rota.
—Por apartarte. Dime que estás bien, ¿dónde estás? — pregunta en un dejo de voz algo lastimero.
Yo me limpio la cara de un solo movimiento por el llanto que trato de ocultar.
—Por favor, quiero estar solo.
—Ya estuviste solo por mucho tiempo. Te extrañamos, vuelve a casa. Por favor.
—Ya estoy en casa — respondo.
Hay un silencio tras la línea.
—Estás en Millbrook — confirma con algo de alivio en la voz.
Me siento extraño pensando que él opina que haré algo estúpido. Aunque no voy a subestimar su preocupación, me siento como un león enjaulado, quiero salir de aquí. No volver más, poner en venta este sitio y no volver siquiera pisar la ciudad en años.
—¿Dónde más estaría sino aquí?
—Ten fe, Edward. Las cosas van a mejorar.
—Gracias, papá — digo por último colgando la llamada.
Como niño pequeño, me deslizo desde la pared hasta el piso, colocando la frente sobre mis rodillas y abrazando mis piernas, como si eso evitase que las piezas de mi cuerpo y de todo lo que soy, pudieran evitar no quedar rotos. O al menos dejar de formar uno solo.
Estoy por lo que parece mucho tiempo en esa posición, con los ojos cerrados, tan centrado en mi respiración que puedo escuchar el ruido del ambiente.
Bajo mi cuerpo, en la primera planta, puedo escuchar lentos y ligeros pasos acercarse. Oh no, no quiero ver a Esme, no quiero ver a nadie. Estoy seguro de que Carlisle le ha dicho dónde estoy. No puedo tolerar que alguien me vea así, esto es mucho más de lo que puede permitir mi cuerpo.
Cuando la presencia entra a la misma habitación que yo, siento escalofríos.
—No, no quiero auto compasión de nadie. Por favor.
Unas tibias manos me toman el cabello y me acarician al par de poner mi cabello detrás de mi oreja, como signo de paz, como signo de amor. Reconozco esa caricia y mi cuerpo tiembla, podrían tocarme muchas manos más, pero ninguna como las suyas.
—No vine a darte eso, quiero pedirte algo yo a ti. Que me perdones, Edward. Que quiero que sepas que deseo estar contigo, que fui una estúpida y me cegaron los celos y que jamás debí desconfiar de tu amor. Pero mi vida — me toma de la quijada y me obliga a verme a los ojos, esos ojos que tanto he extrañado y ahora mojados en grandes charcos. Yo me aferro a sus manos como si estuviera a punto de caer a un precipicio—, te amo. Siempre te he amado y siempre te amaré. Pensé que hacía un bien en alejarme de ti, pero fue todo lo contrario. Nunca, en mi vida, había mentido tanto como para alejarte y creer que estaba mejor.
Parpadeo atónito, limpio sus lágrimas gruesas con ambos pulgares.
—Me has hecho tantísima falta — le digo en la más sincera de las confesiones.
Ella asiente y más llanto sale.
—Yo a ti, no sabes cuánto.
Pero el dolor que he guardado durante meses, sale a floto.
—Es que fue tan fácil dejarme, Bella. No tienes la más mínima idea de lo mucho que fue dejarte ir, de intentar vivir, si es que se le llama vida a lo que pasé en los últimos meses.
—Ha sido el peor de los infiernos, no fue fácil dejar de intentar acercarme, pero siempre había algo o alguien que me lo impedía, aunque mi hermana no tuvo la culpa, ella solo intentaba protegerme — se excusa intentando protegerla, pero yo no estoy molesto con ella ni con Alice, mi enojo es conmigo. Solo conmigo.
Yo sostengo más su rostro cerca del mío.
—Lo sé, me lo dejó bien claro. Y una parte de mí se convenció que tenía razón, pero eso nio impidió que dejara de amarte.
Niega frenéticamente.
—¿Podrás perdonarme algún día? — me pregunta con el dolor asomando en sus ojos —. Porque honestamente, no sé cómo sabría vivir sin ti.
—¿Podrás perdonarme tú?
Bella me mira con la confusión en la cara.
—Tú no hiciste nada —me acaricia la cara y yo beso dulcemente sus manos suaves.
Niego.
—Yo empecé a molestarme porque no aceptabas el compromiso que traía estar conmigo, como los regalos y las insistencias, no sabía que te abrumaba, yo quería darte el mundo entero, Bella. Te quise obligar a tenerme por completo en tu nueva vida, con los bebés y todos los cambios que ello traía cuando estaba seguro que ya estaba ocurriendo y no debía presionar para que pasase algo más. Si esa noche hubiese sido más paciente y más comprensible contigo, yo no me hubiera sentido traicionado por tu amor, sabiendo que me amabas, que era cuestión de tiempo para que las piezas se encajaran. Dudé de que me quisieras en tu vida, y como un adolescente caprichoso tomé tanto esa noche y pasó Tanya y yo...
Pero sin dejarme terminar mis palabras, su boca hambrienta toca la mía y me besa necesitadamente.
Aquel gesto me toma por desprevenido y todo mi cuerpo se aferra al suyo, su cara se pierde entre mis manos y la acerco aún más por la nuca. Gimo ante su contacto dulce, me levanto sobre mis rodillas y con ella siguiendo mis acciones, hasta que los dos de pie, nos encontramos frente a la cama y la recuesto bajo mi cuerpo, sin poner ningún tipo de peso sobre ella. Acaricio sus piernas abriéndome paso por su bonito vestido color pastel, aunque su vientre abultado, ahora sugiere un nuevo reto para no lastimarla.
Bella busca desesperadamente quitarme la chaqueta, pero en mi premura me la quito yo primero. Maravillada, aún debajo de mí, tomando un poco de aire, me acaricia el rostro con los índices y suspira.
—Nunca me dejes. Te lo imploro, si algún día vuelvo actuar como una tonta, átame con un grillete a tu mano.
Yo sonrío por vez primera por su broma tan tonta. Acariciando su cabello cerca de su sien.
—Los grilletes son horribles y no le quedan en lo absoluto a tu hermosa mano. Pero ahora que has hecho un juramente solemne, ya no puedo fiarme de solo tus palabras.
Me mira extrañada al ver que me levanto. Y empiezo a buscar en mi bolsillo la famosa cajita que he estado llevando conmigo por lo que me parece demasiado tiempo. Se sienta sin entender qué es lo que ocurre.
—¿Qué pasa? — inquiere algo temerosa.
—Durante lo que parece mucho tiempo, he intentado sentirme completo y vivo. Cuando te conocí en ese pub, en aquella ocasión — río —, que gritaste que eras señorita libertad, que despertaste en mi cama y hurtaste mi ropa interior — ella se pone roja ante tal recuerdo y se cubre la cara, para luego centrar de nuevo su vista en mí —, supe que en mis 29 años no había vivido nada en lo absoluto extraordinario. Dios sabe y de testigo está que pensé estar enamorado alguna vez, a lo largo de mi vida y luego estás tú... Con esa maravillosa sonrisa, con esos ojos que me invitan a tanto y que me sigue deslumbrando con cada ocasión que los miro, ahora te pido que estemos juntos para siempre.
—Es lo que quiero — asegura con ferviente alegría.
Una promesa que no quiero que sea lanzada al aire.
—Cásate conmigo, Isabella Swan. Quiero que seas mi esposa, quiero que estés conmigo no como una promesa, quiero que sea una realidad, quiero tenerte todos los días a todas horas, quiero crecer, aprender y envejecer contigo. Hazme el hombre indicado para ti, a tu medida si es que algo me falta, porque te juro mi vida, que tú tienes más de lo que alguna vez soñé. Hazme el extraordinario honor de casarte conmigo, por favor.
Me arrodillo y le muestro el anillo.
En su semblante, no hay dudas y otra lagrima se asoma.
—Claro que sí.
Yo jadeo emocionado, porque he aguantado la respiración por tanto tiempo que me siento aliviado. Como salir a respirar después de mucho tiempo bajo el agua. Se le coloco suavemente en su dedo anular derecho y besos sus manos, luego su vientre.
Ella sostiene mi cabeza con dulzura y entonces le beso los labios castamente para luego subir a su frente y reposar mis labios ahí.
—Ahora sí, no podrá deshacerte de mí tan fácil — la amenazo con una sonrisa que ella me corresponde.
—Ni tú de mí — recarga sus brazos en mis hombros rodeando mi cuello y nos volvemos a besar con tanta necesidad y amor, que parece la vez primera. La vez primera, pero mucho mejor.
