Capítulo 34

Todo lo que desee.

POV BELLA

Nos acostamos en silencio, en la cama que parece haber sido especialmente creada para mis necesidades, puedo recostar la espalda sin ningún tipo de problema. Me deshago del espantoso nido de pájaros que yace en mi cabeza, mientras la mano suave de Edward acaricia mi cabellos de arriba abajo con vasta lentitud que me siento adormecer.

Pero no quiero cerrar los ojos, tengo miedo. No quiero que esto sea un sueño. Por primera vez en todo este tiempo, tan poco y apresurado que hemos tenido, me tomo el momento para observarlo detenidamente.

Una incipiente barba le nace, yo la acaricio siendo una novedad para mí, tiene grande ojeras debajo de sus hermosos ojos verdes y el cabello un poco más largo de lo normal. Parece un adolescente, uno problemático y muy guapo. Detengo su mano con la mía y llevo sus nudillos a mi labios, estos, todos deshechos por el arrebato que ha tenido. Me duele verlo así, pero ahora sé que nada en el mundo nos separará. Ahora que acepté ser su esposa.

—¿Estás cansada? —pregunta rompiendo el hilo de mis pensamientos.

Niego, aunque el sueño me está consumiendo.

—Estoy bien — susurro.

—Duerme — me pide con esa sonrisa que tanto extrañaba.

Pero frunzo el ceño. No quiero.

—No estás dormida, estoy aquí, contigo. Siénteme — me besa los labios castamente y yo suspiro aferrándome a su cuello.

—Te extrañé, no quiero dormir aún.

Me pega a su pecho y siento el respirar en el tope de mi cabeza.

—Es la primera vez en noches, que me siento tranquilo — dice apretándome un poco más, aunque mi vientre ahora nos separa un poco —. Si tú dices que me extrañas, de verdad que no encuentro palabras para decirte lo que yo sentí.

Hundo la cabeza en su pecho.

—¿Qué ocurrió?

—No lo sé — suspira hondamente —, nunca pensé que se me podría ir media vida sin ti.

—Lo mismo sentí yo — confieso —, más nunca dejé de amarte.

Busca mis ojos y me besa la nariz.

—Eres tan hermosa. ¿Cómo podría siquiera dejar de amarte como lo hago? Desde el primer día, no dejé de pensar en ti. Que la tierra se abra en dos, si miento.

Tras su mirada cansada, puedo sentir que dice la verdad. Deposito un besito en su pecho.

—¿Ahora qué pasará?

—Nos casaremos — ríe —, no me obligues a sacar el grillete.

Yo lo imito.

—Estaría más cómoda haciéndolo luego de conocerlos —palmeo mi barriga.

Edward se embelesa con ese movimiento. Mira detenidamente el montículo entre mis caderas. Sus ojos están tan fijos que, instintivamente sus manos comienzan a moverse de arriba abajo, a modo de caricia.

Los siento estirarse ante aquel tacto y él, retira las palmas de ahí.

—¿Qué fue eso?

Yo hago un gesto de dolor, ¡Uff! Se están moviendo.

—Creo que te recuerdan — digo a medio jadeo sentándome en la cama.

Me mira con gesto horrorizado, cuando sigo aguantando el leve dolor que me provocan sus patadas.

—¿Estás bien? ¿Te duele mucho? ¿Quieres ir al hospital? — se levanta de la cama y se toma por el cabello de modo nervioso.

Yo río.

—Estoy bien, solo que están muy inquietos.

—¿Los tres? — inquiere aún con el ceño desconcertado y claramente intranquilo.

Asiento. Le tomo la mano y se arrodilla frente a mis pies.

—¿Quieres sentir a los bebés?

Aún con la mirada asustada, pasa un enorme trago.

No dice más, mientras sus largos dedos se extienden por lo más que alcanzan sobre mi estómago.

Hey — murmura, pegándose tan despacio, como si temiese hacerles daño o a mí —. ¿Se acuerdan de mí?

Uno de los bebés lanza una patada cerca de mi costilla, provocando el movimiento de los otros dos.

Me sostiene de la mano y pega su oído a ellos. Busca mis ojos, asegurándose que estoy bien y yo asiento.

—No lastimen a mamá, por favor — les pide con tanta ternura que no me doy cuenta que estoy llorando —. Creo que están demasiado emocionados por oírme, ¿No es así?

Ahora puedo sentirlos moverse tan despacio que apenas puedo percibir el dolor.

—Que bebés tan obedientes — dice emocionado.

Yo soy un mar de llanto.

—Te aman.

La sonrisa más hermosa cruza por su rostro.

—¿Crees que es así? — pregunta como niño pequeño.

—¿Cómo no lo harían? Eres su papá — aseguro firmemente.

No puedo explicar lo que de su cara me dice, pero no hay nada más grande que su mezcla de emociones. Creo que está feliz aunque preocupado. También hay una pizca de emoción y un tanto de miedo.

Me toma por las manos, bajando la cabeza al tope de mi barriga y presiona la frente contra mi carne.

—No tienes la menor idea de cuan feliz estoy, que si he de morir, moriría feliz.

Yo niego frenéticamente.

—Eso no pasará, tendremos muchos nietos. Tus hijos se enojarán contigo porque aun siendo mayor, no querrás dejar de trabajar para hacerles una casita del árbol, como se las harás a ellos.

Edward levanta la vista y se ríe.

—¿Qué más pasará? — me mira con atención a la cara, mientras me limpia las lágrimas con los dedos.

—Bueno... A corto plazo.

—¿Sí?

—Pasaremos los primeros meses super desvelados, cuidando tres boquitas gorditas. A veces, tendremos mal humor, pero cuando comiencen a hacer sus primeras travesuras, será como un baño de agua helada a nuestros días pesados.

—Les enseñaré a andar en bicicleta — asegura con orgullo —, o quizás quieran aprender música. Esme estará encantada si alguno siquiera aprende piano por gusto.

Yo río liberadoramente.

—Tal vez gusten por los deportes.

Se lo piensa un poco.

—Sí, quizá las niñas gusten de practica alguna arte marcial.

Yo asiento, divertida.

—Y mi niño podría ser chef.

Mi adorado peli cobrizo afirma con mucho ánimo.

—Dos chefs en la familia, eso ayudará mucho al restaurante.

—¿Me estás diciendo que quieres criar a tus propios empleados?

—Bueno, podrían trabajar ahí de medio tiempo. Antes de ir a la universidad, y si alguno elige la cocina, tendrán a la mejor en casa para aprender.

La idea me hace ilusión, me imagino tres bebitos en sus primeros meses, vestidos en filipinas blancas mientras hacen papilla un pastel para el álbum de recuerdos.

—O si son médicos... O abogados, como su abuelo y su tío... Como su padre.

—Mi padre posiblemente los querrá ingresar en algún club de beisbol apenas caminen — pinta el futuro tan hermoso que respiro tan profundo.

— Serán tan mimados, lo presiento.

—Como amados — espeta.

—Creo que yo seré la mamá mala mientras tú, serás el divertido. Serás su favorito —digo con cierto recelo juguetón.

—Bueno, me llevo muy bien con los niños. Los hijos de Alice me adoran — me guiñe un ojo.

—¿Qué haré entonces? ¡Cuatro contra una!

—Eso nunca, somos cinco ahora. Una familia — promete.

Me llena las manos de pequeños besos y de pronto, sus labios tocan los míos.

El comienzo es dulce, pero conforme avanza hacia mí, puedo sentir la necesidad en cada roce.

De pronto mi espalda descansa sobre el colchón y tengo encima a mi guapísimo prometido.

Oh, Dios. Mi prometido.

Esas sensaciones que no había experimentado más que los primeros meses que estuvimos juntos, vuelven tan pronto y tan arrasadoras, su lengua toca la mía. Yo jadeo por la intromisión.

—Te deseo tanto — susurra sobre mis labios.

Yo me cuelgo de su cuello con ansiedad, sintiendo lo mismo a la tercera potencia.

—Yo también.

—¿Quieres...? No quiero lastimarte...

Yo niego convencida.

—Te he necesitado por mucho, confío en ti.

Me mira a la cara con algo de duda. Pero, puedo ver el deseo asomándose tras sus ojos verdes.

—Te amo, bonita — suspira sobre mi cabello, luego baja hasta mi frente, mis mejillas y cuando pienso que me dará un beso casto, su boca ataca la mía con fiereza, al punto que interpongo las manos sobre su pecho para poder respirar un poco.

Es distinto, siempre lo es. Nunca había conocido otra sensación tan profunda y escalofriante, como hacer el amor enamorada. Le ponía más peso a la situación pero sobre todo al placer, y eso que a mi avanzado estado, ciertas partes de mí me avergonzaban.

Cuando me levanta el vestido, acaricia la piel de mi cintura y mis muslos, en modo de instinto, los cierro y jadeo cuando me acaricia un pecho y lo sostiene entre sus largos dedos con mucha suavidad.

Yo intento abrazarlo, atraer su espalda con ambas manos, decirle lo que siento, lo que me provoca, pero es en vano, estoy envuelta en un remolino de excitación.

Me despoja de mi vestido, y rápidamente me quita la ropa interior y el brasier. Estoy totalmente recostada, admirando ahora su torso desnudo y luego de su pelvis hacia abajo.

Estoy genuinamente convencida que no soy atractiva —y es que la inseguridad es tan característica en mí, y algo por lo cual de verdad debería empezar a trabajar —, pero puedo notar el deseo en su cuerpo al verme sin ropa.

Sus ojos evalúan mi cuerpo hasta que el rubor comienza a manchar mis mejillas. Se relame los labios y se cierne sobre mí, de nuevo atacando mi boca.

Me mira por un momento a los ojos y acaricia mi cabello.

—Eres tan hermosa.

—Te amo — respondo solamente, atrayendo su cara lo más que puedo a la mía.

Sin presionar el momento, su miembro roza con mi sexo y yo siseo de placer. Acaricia perezosamente y suspiro una vez más, creo que se está conteniendo.

—¿Así que quieres esperar hasta que nazcan para casarte conmigo?

Distraída como estoy — aunque más deseosa —, apenas puedo concentrarme. La frente me comienza a sudar, estoy desesperada por tenerlo dentro de mí.

—¿Qué no es mejor así? Me vería linda con un vestido no tan grande.

Aun jugueteando, pretendiendo que no está tan excitado como yo, pero sin convencerme demasiado, sonríe tontamente.

—Eres bellísima, en la talla que seas. No te acomplejes por ello.

—No lo hago — miento —, pero sería lindo una foto con tres bebés en ella.

Hace una mueca de convencimiento.

—Eso significa que en la luna de miel deberán quedarse en casa de Esme, porque te voy a hacer el amor todos los días, apenas se pueda — promete a medio gruñido cuando ingresa firme, pero suavemente en mí.

Cara a cara, alzo las rodillas a la alturas de sus costillas y echo la cabeza hacia atrás por el repentino contacto. Siento su calor, llenándome poco a poco, aumentando el placer con cada centímetro en mí.

Mi boca se abre, saliendo de ella pequeños sonidos de placer que se intensifican con la velocidad en ascenso.

Presiona su frente sobre la mía, tomando por ambas manos la cabecera, sin poner ni un solo peso en mí.

Yo quiero sentirlo más cerca, busco su boca incansablemente y apenas puede, me besa.

Su respiración se intensifica, cuando se pone de rodillas en la cama, me abre de piernas y comienza a meter una mano entre la unión de su sexo y el mío, tomando como rehén mi centro, provocando que haga puños la sabanas a mis costados. Es tan suave y constante que la dermis de mis brazos se eriza y me da escalofríos desde mi nuca hasta la planta de los pies.

Estoy siendo tan ruidosa, que no me da vergüenza que alguien me escuche, porque a la par, el hombre que amo, también lo es.

Me besa una vez, sin decir algo, solo contemplándome. Arrasada por el deseo, intento congelar el momento en mi mente, pero mi instinto puede más cuando un orgasmo nace desde mi centro y me recorre el cuerpo entero.

A media respiración, coloca ambas manos entorno a mi cara y me besa demasiado, mezclando su saliva y la mía y dejándome tan sedienta.

—No tienes ni la menor idea de cuánto te extrañé — reza sobre mi boca y me vuelve a besar. Siento su erección latente aún entre mis muslos, reposando pero no ha decaído ni un poco.

—Te amo, cariño. Te quiero de nuevo en mí — le pido.

Sonríe ladino, a sabiendas que soy un cuerpo constituido más por hormonas y deseo, que de razón. De buena gana, me estimula de nuevo — como si fuese realmente necesario luego de lo que acaba de pasar —, pero él es así, dulce, caliente pero sobre todo muy considerado. Una parte de mí, adivina que se está conteniendo por no hacerme a su modo, cosa que también yo deseo. Pero se toma el tiempo, considera rápidamente todo antes de mover o tocar algo y siempre busca mi aprobación con los ojos cuando lo intenta.

Estoy tan enloquecida, deseosa y satisfecha, pero quiero más. Mucho más.

Parece que mi único rol aquí, es el de disfrutar y disfrutar.

Me hace el amor de nuevo, tanto me vengo que creo que estoy deshidratada. Edward se recuesta a mi lado, compartiendo mi éxtasis, al gritar casi unos segundos más tarde luego de mi última culminación.

El pecho le salta tan violentamente, hemos mojado la cama por el calor del verano y él está tan húmedo del cabello, casi como si acabase de salir de la ducha.

Media soñolienta, me giro y le doy un beso tan provocador y sexi, que ahora es su turno de separarme de él.

—No sabía que tenías muchas ganas — comenta a modo burlón.

—Es que me encantas y estar embarazada parece que me eleva el libido a un trescientos por ciento — aseguro, ahora mirando el techo de la habitación.

Edward me sostiene de la mano y luego la levanta para poder besar mi palma. Admira el anillo y sonríe ampliamente.

—Se te ve precioso — asegura.

Lo admiro junto con él.

—Es precioso. Gracias, mi amor.

No dice nada y se gira para mirarme.

—Tenía tanto tiempo deseando hacer esto —peina mis cabellos y yo atrapo su palma.

—¿Tocarme? —inquiero algo graciosa.

Niega.

—Pedirte que te casara conmigo.

Oh. Me siento intimidada de buen modo, es que extrañaba tanto lo romántico que es conmigo.

—¿Cuándo?

—¿Qué cosa?

—¿Cuándo lo supiste?

Hace un puchero, quizá regresando a sus recuerdos.

—Pienso que particularmente, algo hubo en el momento en el que entré a tu casa para degustar lo que me ibas a presentar para que yo te contratara.

—¡Mentira! — lo acuso.

Se ríe de mí.

—¿Por qué dices eso?

Me coloco las manos sobre la cara.

—¿Cómo te ibas a casar con la chica que apenas descubrías, era la misma que te robó tu ropa?

—Recuerdo la recuperé.

—Me gustaban — murmuro.

Besa mi frente y aún desnudos, nos abrazamos.

—Quizá si exageré un poco, pero llamaste mi atención desde el primer momento. Nunca me hubiera imaginado que tal situación nos llevara aquí. ¿Qué tan a menudo sucede que le pidas matrimonio a la chica, cuyo nombre no sabes, durmió contigo y además de eso, hurtó tus calzones favoritos? — se burla de mí y me abochorno, pero su tono de voz cambia —. Digo, me gustaste. Mucho — y yo lo miro como niña pequeña —. Si no te hubiese conocido por el trabajo, hubiera hecho lo posible por encontrarte de nuevo.

Parpadeo, sorprendida por su confesión.

—Eso solo me dice que eres un acosador — digo con falsa indignación —, pero aún no respondes mi pregunta.

—Ah, sí. Lo siento, lo olvidaba — comenta divertido golpeándose la frente con la palma.

—¿Entonces?

Jadea sacando todo el aire de sus pulmones.

—Me hice esa misma pregunta hace tiempo — dice sin soltarme de un brazo y colocando el otro debajo de su nuca, mirando hacia arriba —. Y ante tal regresión, creo que me enamoré de ti la primera vez que te besé — y sus ojos verdes me miran de nuevo —, y supe que quería casarme contigo, cuando todo lo que sentía cuando estaba contigo, era paz. De verdad, paz. No había nada que me provocara ese sentimiento que estar a tu lado y cuando no te tuve cerca, recordé todo lo malo que alguna vez tuve, que — se ríe —, era un chico descarriado y rebelde. Tontamente a mi edad y parecía un adolescente encaprichado que solo quería a su nena —toma mi labio con su mano libre.

Cierro los ojos ante ese contacto.

—Me pareces muy guapo, con tu nuevo look — le guiño el ojo —. ¿Podrías llevar esa chaqueta y esos jeans a la luna de miel? Creo que le tengo alta estima a que me haga el amor el chico rudo de la escuela.

Su risa contagiosa suena fuertemente.

—Vaya, no sabía que te gustaba tanto. Más bien que eso te excitara.

Me muerdo el labio inferior con ganas.

—Ni yo sabía que te gustaba tanto yo.

—Eso no es novedad — dice son firmeza —, siempre me has vuelto loco. A eso añade que te he extrañado como a nada en el mundo. Y que estoy que no quepo de la felicidad por haber aceptado ser mía.

—Siempre he sido tuya — lo tomo por la nuca para besarlo fieramente.

Sobre mis labios, siento su aire caliente salir de golpe. Su erección acaricia mi piel y de nuevo me vuelvo a encender en deseo.

—Mira lo que provocas, bonita — toma mi mano y la coloca encima de su miembro, ahora despierto y húmedo, yo jadeo por la sorpresa —. Solo harás que esos niños nazcan antes de tiempo por tanto que te lo voy hacer.

Me gira completamente sobre el colchón. Y yo sonrío sobre su beso.

—Hazme el amor, señor Cullen.

Gruñe perversamente.

—Sus deseos son ordenes, señora Cullen.

Y volvemos a entregarnos, hasta que ya no podemos más.

xXx

—¿Qué le voy a decir a tu madre cuando me pregunte qué pasó? — coloco una torre de hotcakes sobre el plato, mientras mi flamante y sexi hombre se pasea en jeans sin camisa y se sienta en la barra de la cocina para desayunar.

Bueno, desayunar, no creo. A menos que se le considere la primera comida del día a las dos de la tarde. Hemos dormido un montón, pero estamos muy relajados y bien amados. Temprano volvimos a hacerlo. Luego dormimos, hasta que desperté por tener muchísima hambre y ganas de ir al baño. A estas alturas del partido, mi vejiga no es mi mejor amiga.

—La verdad — rodea la barra y se coloca detrás de mí, besando mi mejilla.

No quería volver a ponerme de nuevo el vestido, así que a modo improvisado, me he puesto la camisa de Edward y solo visto mi ropa interior por debajo, me siento tan cómoda, aunque lamento estirar tanto la tela de su camisa. A Edward parece encantarle y yo no hago reparos por ello.

—Anoche solamente quería entrar y hablar contigo, pero le dije que estaría bien. En caso de que me quisiera recoger, yo la llamaría.

—Me alegra que te haya traído — dice ahora sentado y devorando un gran trozo con miel —. Cocinas increíble, amor — dice satisfecho por el sabor.

Yo sonrío como tonta, me encanta cocinar. Pero más para él.

—Cuando guste, le puedo preparar una cena. Recuerda que tienes a tu propio chef personal— presumo batiendo mis pestañas.

—Pero no por ahora — toma de su café —, esta vez fue porque te levantaste antes que yo. Sin embargo, aunque no sea posible, me gustaría recuperar aunque sea un poco del tiempo. Así que me vas enseñando cómo debo ayudarte con la respiración en el parto, con lo de cambiar pañales y eso de ser papá —taja terminantemente.

Lo miro cerrando un ojo.

—Eso ya lo sabes, eres médico.

—He cuidado niños, pero nunca míos. Siempre he tenido alto cuidado cuando se trata de menores, pero no soy pediatra. No he tratado casi bebés.

Yo suspiro complacida, enamorada y fascinada.

—Será instintivo, supongo.

—Bien — dice colocando la mano bajo su mentón —, aun así, quiero que me expliques como ayudarte en el parto. Quiero estar ahí, ciento diez por ciento del tiempo.

—¿A qué te refieres? —pregunto con confusión.

—No te voy a dejar sola nunca más — promete besando mi mano y sin pensarlo, tontamente, comienzo a llorar por la emoción.

XXxX

Luego de nuestras tarde de desayuno, lavamos los platos juntos.

Edward se pierde un momento escaleras arriba y cuando estoy colocando los últimos platos, me mira de brazos cruzados.

—¿Y bien?

—¿Qué ocurre? — lo miro a modo nerviosa al ver que me ve fijamente.

—Nada, señorita — se acerca y besa mi frente —. Pero, ¿qué tal te caería un baño?

—Eso estaría estupendo, solo me falta secar — y sin aviso oportuno, sus fuertes brazos me levantan y me llevan como un bebé, un gigante bebé —. ¡Edward! ¿Qué haces? ¡Te vas a lastimar la espalda! ¡Bájame, por favor!

Divertido y sin el atisbo de esfuerzo en su cara, no cede.

—No dejaré que hagas el mínimo esfuerzo mientras estés a mi lado — camina escaleras arriba, como si de una pluma se tratase —. Deja de pelear y permíteme cuidarte, por el tiempo que no pude — me mira fijamente a los ojos y haciendo un puchero, me aferro a su cuello y no digo más.

Aun feliz, entramos a la habitación principal, donde con el pie, abre la puerta de una sola y me coloca gentilmente en el piso. No sé si ha sido porque cuando recién desperté, no noté que tan grande era todo — porque honestamente no me había dado la tarea de husmear en la casa —, pero el baño era del tamaño de mi antigua sala. Quizá un poco más grande.

Era blanco con puertas de cristales y una bañera enorme preparada y aromatizada, estaba lista para usarse.

—¡Vaya!

—Bien. Alce los brazos, por favor — me pide y lo obedezco sin más. Me quita la camisa y sin ningún rastro de seducción, me baja la ropa interior.

Avanzamos frente a la bañera blanca, la cual en los costados, tienen un detalle dorado tan elegante que me hace sentir que estamos en un hotel de lujo. Me da la mano con firmeza y no me suelta hasta que estoy completamente sentada y fuera del peligro de resbalarme.

El agua esta calientita, cierro los ojos disfrutando el aroma floral que despiden las sales.

Cuando los abro, lo veo de rodillas frente a mí, haciendo espuma con una esponja suave y comienza a tallar mi espalda.

—No.

—¿No?

—Ven, conmigo — lo halo de la mano y lo invito a entrar.

—Se desbordará el agua —me avisa.

—No importa, quiero estar aquí contigo — hago un puchero, con el afán de chantajearlo.

Sin más, se baja los pantalones, dándome la mejor de las vistas porque no trae ropa interior.

El deseo nace de la nada. ¿Cuándo dejará de gustarme este hombre? Me muerdo los labios y saboreo. Edward noto el gesto.

—Le advierto, señorita. Que no voy a responder por mí, si acaso vaciamos el agua de la bañera con el fuerte maremoto que va hacer que haga por usted, en esta frágil bañera. Porque su piel se siente tan suave y apetecible bajo el agua.

Me sonrojo.

—Entonces no tarde más, señor. Lo quiero detrás de mí, ya —ordeno.

Hay una especie de chispa que cruza en sus ojos verdes.

—No digas eso, mi amor. Me calienta mucho. Tarde que temprano, voy a estar detrás de ti, va a ser duro, quizá necesites sostenerte bien del colchón, de la cama, de la mesa o del sofá, pero te va a encantar — concluye metiéndose conmigo. Siento sus piernas a cada lado de las mías, instintivamente me recargo en su pecho —. Pero por el momento, hay que lavar bien tu espalda. Ya será tiempo de que hagamos más cosas, pero no aquí. Al menos no embarazada, me moriría si te resbalas y te sucede algo.

Yo acaricio su rostro, dejando un rastro de espuma en el trayecto.

—Que aguafiestas eres, Cullen..

Sonríe por mi respuesta y comienza a masajear mis pechos y luego mis hombros con la esponja suave. Estoy al límite de ganas porque me haga el amor, imitando sus movimientos rítmicamente con mi trasero, haciendo que su erección me toque.

Deja de tallarme y al notar su silencio, me atrevo a mirarlo. En sus ojos hay una vivida mirada de excitación y lujuria.

Paso un enorme trago de saliva, al ver que arroja la esponja al fondo de la bañera y sale en silencio, dejándome sola.

Oh, no. ¿Se ha molestado? Desnudo, erecto e imponente, me mira. Avanza y sin ningún problema, me carga en brazos haciendo un charco en el piso por el agua que traigo conmigo.

—¿Te gusta volverme loco, eh? — pregunta perversamente mirándome a los ojos, mi pecho sube y baja por la adrenalina, sintiendo humedad derramarse por mi sexo y no a causa del baño—. Voy a castigarte, bonita. Pero no aquí. Te llevaré a la cama y pagarás caro por haber hecho eso con el culo.

Sorprendida y jadeante por el voraz beso que me ha dado, lo tomo por el cuello, sabiendo que cumplirá su promesa.

XXxXX

Pasada la tarde, Edward toma una siesta mientras yo me bajo de nuevo a la cocina. Me he tenido que escabullir de entre sus brazos porque no me deja de abrazar ni un segundo. Ni siquiera dormido.

Al notar mi ausencia entre sueños, gruñe un poco y toma una almohada para acomodarse mejor. Sabe que no soy yo, pero está tan exhausto después de tanto sexo maratónico que no lo culpo, en cambio yo, me siento revitalizada y hambrienta.

Bajo las escaleras con cuidado y por primera vez le doy un vistazo a la casa. En primer lugar, es enorme y muy bonita. Afuera hay una leve llovizna de verano que presumo, terminará en arcoíris antes de que se oculte el sol. El amplio jardín se llena de rocío, hay muchas plantas y un césped delicioso que se me antoja tocar con los pies desnudos. La sala y su chimenea, tienen colores cálidos, como sacados de una playa. La sola planta uno, es quizá tres veces más grande que mi casa actual.

¿De quién será esta casa? Imagino que de Edward, es muy hermosa y espaciosa.

Mi estomago gruñe, y me apresuro a revisar el refrigerador. Cuando termine de comer, me tomaré la libertad de revisar un poco más. Pero en mi camino a la cocina, veo mi maleta que armé anoche para el viaje no realizado a Londres. ¡Oh, mi ropa!

Hay una pequeña nota en una bonita caligrafía cursiva, producto de las manos de Esme.

Temprano pasé a dejarte esto que dejaste en mi auto, linda. No quería molestarlos. También he traído ropa a Edward. Así que, como no me llamaste, asumo que quieren estar solos y disfrutarse. Me alegra mucho que no hayas llamado.

Un beso.

Sonrío un poco avergonzada pero agradecida, ya no tengo ropa limpia y la idea de salir de este perfecto paraíso personal y romper la burbuja de la felicidad, me apenaba a sobre manera. Extendería esto cuanto más pudiese.

Sin más preámbulo, me visto con un pantalón de algodón y una blusa de cuello "V" regalo de mi hermana, que en el frente dice la frase: Big mamma. Aquello no me hacia la menor gracia, pero a Alice le divertía sobre manera.

Bueno, si estaba enorme, pero era muy cómoda.

Asalto el refrigerador y me pongo manos a la obra en hacer, lo que parecía en términos de horario, la cena.

Casi una hora más tarde, ya está dentro del horno una buena porción de lasaña, que seguramente me terminaré sola y convidaré solo un poco a mi amor.

En unos treinta minutos, estará lista. Así que el tiempo restante, me dedico a revisar qué más hay en mi maleta de mano.

Encuentro mis documentos y mi celular. Lo reviso y veo muchas llamadas perdidas de Alice y de mi madre. Oh, mierda. Lo había olvidado.

Suspiro sabiendo lo enojada que estará mi enana. Porque siendo honesta, ella me da más miedo que Renee. ¿Qué no es eso lo que provocan las hermanos mayores?

Busco el contacto y el timbre suena. A menos de dos segundos, puedo escuchar su voz.

Dios santo, ¿Estás bien? — pregunta alarmada.

Yo acaricio mi frente y suspiro aliviada.

—Lo estoy. Vaya — comento con un tono de voz sorprendida —, esperaba una buena zurra o algo que me sentenciara a que estoy próxima a morir a causa tuya — bromeo tontamente.

Primero me quería asegurar que estuvieras bien — suspira con alivio —, ahora, ¿me puedes decir dónde diablos estás?

Me siento en la sala y acaricio mi barriga de arriba abajo. Hoy los pequeños han estado en movimiento, pero nada que me incomode, de hecho, los siento felices, casi cumpliendo la orden de su padre al no lastimarme.

—Si tu pregunta va a que si estoy aún en el país, así es.

¿No fuiste a buscarlo a Londres? — inquiere algo curiosa.

—Edward estaba en la ciudad —le explico pausadamente—, me fue a ver a casa cuando se supone que yo iría al aeropuerto. Más bien, creo que no esperaba verme afuera. Se veía sorprendido. Hablamos un poco, pero se marchó sin dejarme darle una explicación o algo. Cuando su madre salió, le conté lo que había ocurrido. Entonces me dijo que fuéramos a su casa, quizá ahí y con calma, podríamos empezar a buscarlo. Pero tan pronto anduvimos, el padre de Edward llamó a la doctora Esme, para decirle que sabía dónde se encontraba, que habían conversado rápidamente y que estaba bien, en el más firme sentido de la palabra, porque realmente no era así. De verdad creíamos que pasaría algo fatal —recuerdo con espanto ante tal pensamiento, de haberle ocurrido algo, no me imagino siquiera despertando al siguiente día —, ya que según a palabras de Carlisle, se escuchaba algo alterado y triste. Tan pronto supo dónde ir, Esme condujo y me dejó aquí. Entré con bastante temor de su rechazo, al fin y al cabo, me lo merecía — admito con algo de pena —. Pero para mí felicidad, hermana, te anuncio que nos reconciliamos y prometimos estar juntos de ahora en más — confieso con mucha alegría —, pues me ha pedido que sea su esposa y he aceptado.

Finalizo aquella frase y tras la línea el silencio reina.

—¿Alice? — Escucho un sollozo amortiguado y me asusto.— ¿Alice, estás bien? ¡Por favor, respóndeme! — le imploro asustada.

Lo siento — responde después de un momento —. Me alegra que haya sucedido, Bella. Nada me hará más feliz, que tú lo seas. Te amo, incondicionalmente. Te lo dije muchas veces, siempre estaré para ti, cuando me necesites. Y espero que esta decisión te traiga mucha felicidad, la mereces. Más que nadie. Y tomate el tiempo necesario, yo hablaré con mamá, está preocupada por ti.

—Lo siento — digo con pena —, es que no hemos hecho nada más que conversar y retomar nuestra relación — me muerdo los labios algo abochornada —, pero te agradezco lo que haz hecho y haces por mí. Te amo, Al.

Yo también. Solo no te pierdas tanto, aquí hay ciertos niños latosos que no dejan por preguntar por la fugitiva tía Belly.

Yo me río.

¿Tía? — pregunta uno, al cual no diferencio porque son idénticas las voces.

—Dime, cariño.

Nos comimos tu pastel — confiesa con algo de temor —, ¿Los bebés se enojarán con nosotros?

—No, para nada. Solo guárdame un poco, ¿Quieres? Puedes darle a tus hermanos.

Su risa chillona me contagia.

James se comió tres rebanadas — acusa Jasper a su hermano, mientras al fondo un enfurruñado "¡A QUE NO!", se escucha.

—No importa, pueden comer las que gusten.

¡YEIH! — Gritan sin más y escucho como mi hermana jadea —. Bella, acabas de autorizar que los niños Energizer, se pongan más activos de lo que ya son. No dormirán en tres días —dice a modo de lamento y yo me cubro la boca para no reír.

—Solo pon un poco de su amado dinosaurio morado y ya está — aconsejo con tranquilidad.

Creo que hará falta un par de cuerdas y quizá sacos de arena para contenerlos.

Estoy tranquila ahora.

—Hablamos luego, ¿te parece?

Claro, linda. Cuídate mucho y dile a Edward que después quiero hablar seriamente con él.

—No lo regañes, Al — frunzo el ceño con paciencia.

No prometo nada. ¡Cuida a mi sobrinos! ¡Chao!

—Adiós, duende — me despido y cuelgo.

Que bueno saber que tengo a la mejor hermana que pude haber tenido en la vida. Mis hijos serán tan afortunados también de tenerla.

Miro el reloj en mi celular y veo la hora.

Como todavía falta más de diez minutos para que la comida esté hecha, subo las escaleras y me pongo a caminar por la segunda planta de la casa. Está tan callado todo, a pesar de ser más allá de las cinco de la tarde o quizás seis. No importa, aquí no me importa nada. El tiempo se me ha pasado como un abrir y cerrar de ojos, que honestamente, ya no lo cuento. Cada minuto al lado suyo, lo he disfrutado al máximo. Decido aún no despertar a Edward, sabiendo que debe estar dormido todavía y que sigue cansado.

Me sonrojo pensando en el por qué.

Camino a la habitación contigua a la que hemos estado ocupando. Lentamente y sin causar ruido alguno entro. Me deslumbro viendo todo lo que en ella contiene. Hay tres cunas de metal con finas ropas blancas al fondo. Dos mecedoras amplias de madera que bien podría dormir un adulto muy a gusto. Sin dolor de espalda siquiera y apostaría que así es.

Al fondo, hay un closet de puertas claras semi abierto, que está repleto de pañales, ropa diminuta, y algunas cobijas en tonos pasteles. Las paredes decoradas con un trazo suaves de animales graciosos y encima de cada cuna, una telaraña musical con muchas formas y colores llamativos.

Es muy espacioso, quizás más grande que la habitación anterior.

Me sobresalto suavemente cuando un par de manos me toman por la cintura, y coloca su barbilla en mi hombro.

—¿Te gusta? — pregunta con su suave voz. Cierro los ojos y me planta un beso en la mejilla.

—Es hermoso. ¿Cuándo compraste todo esto?

Ríe.

—Olvidé la fecha, pero te aseguro que fue un esfuerzo titánico el haber comprado esto.

Me avergüenza del solo pensarlo.

—Debió costarte una fortuna.

—No — corrige —, el dinero es lo de menos. Lo que digo es que, yo no sé tanto de esto. Pero gracias a Emmet, ha sido más llevadero. Ese día conseguí todo lo que necesitaba, y... Aparentemente un marido.

Yo me cubro los labios al oírlo.

—¿Qué?

—La chica que nos atendía pensó que éramos pareja y tanto como es mi mejor amigo, no ayudó a desmentirlo — hace un puchero y luego niega.

Yo me giro y enredo mis manos entorno a su cuello. Luce mejor, debajo de sus ojos ya no se nota el cansancio, tiene el semblante tranquilo y se ve feliz, muy feliz.

—Parece que tienes un excelente amigo.

Edward me besa los labios, el tacto me acalora. Se separa y sonríe.

—Hemos sido amigos desde antes de la universidad, la madre de él era amiga de cercana de Esme. Cuando falleció, creo que el gigante tenía quizás unos doce años. Frecuentaba nuestra casa y mi madre lo adoptó como un hijo más.

Hago una mueca triste.

—Debió ser duro para él.

—Siempre ha tenido buen humor y buena cara para todo, de cualquier modo, no estaba solo. Siempre estuvo su padre con él, pero siempre hará falta su madre, ¿no es así?

—Para prácticos términos, así es. Y tu madre es una excelente madre y persona.

—Lo es, así como tú lo serás.

Lo sopeso.

—Daré mi mejor esfuerzo.

—Te amarán — asegura y me acaricia el rostro —. Pero mejor dime, ¿Qué te parece?

—Te he dicho que es hermoso todo— le contesto dulcemente, elevándome un poco sobre la punta de mis pies.

—Pues es tuyo — asegura.

—¿Todo esto? — pregunto algo confundida.

—La casa — suelta de golpe.

Yo parpadeo confundida, intentando asimilar lo que me ha dicho.

—¿La casa? Pero, ¿Cómo?

—La compré hace bastante tiempo, no tanto, pero sí lo consulté con Carlisle. Al igual que Alice, también creí que debías estar en un mejor lugar que tu antiguo departamento y que con tres criaturas, el espacio sería primordial — me mira con detenimiento avanzando por la habitación, estudiando cada uno de mis gestos. A juzgar por su cara, creo que yo estoy boquiabierta —. Pero no quiero que pienses que quiero obligarte a nada. Una de las razones por lo que pasó el mayor de los problemas fue que yo quise imponer mi voluntad y que no te pregunté sobre lo que tú querías, pero ya accediste a casarte conmigo — me recuerda ahora caminando con un andar felino e hipnotizante, sus provocadores ojos verdes me miran directamente a la cara y yo me siento nerviosa. Joder, ¿Cómo puede gustarme tanto? —. Así que lo mío es tuyo. Y como he de pensar que somos partes iguales, ellos son míos también.

No sé si regañarlo por haber gastado tanto o comérmelo a besos.

—No niego que me siento apabullada, pero te agradezco tanto mi amor por todo lo que haces por mi —me mira con recelo y tomo su mano suavemente — y por nuestros bebés— culmino ahora viéndolo relajado —. Te amo y caigo en cuenta que el tiempo que hemos perdido ha sido mi mayor error, pues siempre estuviste comprometido conmigo, y nunca dudaste de lo nuestro.

—Ni por un segundo — se acerca tocando mi frente con la suya.

—Te amo, te amo, te amo.

—Y yo a ti, como no tienes idea alguna — toma mi cara entre sus manos — y quiero que estemos aquí viviendo, lo más pronto posible, sino te molesta.

—Bueno — cierro los ojos a media sonrisa —, la idea no me parece mala. Pero antes tendremos que hacer algo más mortificante y peligroso...

Luce preocupado.

—¿Qué es?

—Tienes que hablar con mi hermana — suelto a media risita.

—¿Le tengo que pedir tu mano a ella? — pregunta divertido.

—Más o menos, es... Es que siempre estuvo al pendiente de mí, es mi hermana mayor.

Jadea y asiente.

—Hablaré hasta con los gemelos si hace falta para que me den su permiso — coloca una mano bajo su barbilla, como pensando —. ¿Tu hermana no tiene pistolas en casa, cierto?

Yo niego empujándolo por el hombro juguetonamente.

—¿No eras acaso a prueba de balas?

-xxx-

Tras cinco días de amor ininterrumpido y muy a nuestro pesar, decidimos salir de nuestra perfecta burbuja y volver al mundo real.

Esme había estado llamando casi diario para preguntar cómo estaban las cosas y en mi pecho ni cabeza, habían palabras para expresar lo perfecto que era todo.

Así que, muy en contra de mis deseos y de mi futuro marido, organizamos una comida en el jardincito bien cuidado que tenía la casa. Yo no había perdido el tiempo en sentir el césped descalza, puesto que mi parte favorita de la casa era ahí, donde una mesita blanca y varias sillas nos servían para pasar las tardes y beber el té.

Bueno, solo yo. Edward no era fanático. Su parte favorita del día, era cuando cansada de mis posaderas y mi espalda, tendíamos una sábana bien acolchonada, me recargaba en las raíces de un árbol, mientras él se acostaba sobre mis piernas y yo le acariciaba el cabello con la mano, mientras que con la libre, me entretenía mirando cientos de nombres de bebés en uno de sus libros que compras en los puestos de revistas. Cosa que no había rendido frutos, porque ninguno me parecía.

—Deja de estresarte — me pide tocando mi frente con su índice —. Todavía tenemos tiempo.

Yo suelto el libro con frustración.

—Ya, pero es raro. Ya deberían tener nombre.

—Apenas supiste del sexo hace unos días. Date un respiro.

Hago una mueca.

—No puedo — suelto frustrada —, deberíamos pensar seriamente en esto.

—¿Lo haz consultado con tu hermana?

—No.

—Quizás Esme tenga ideas, siempre quiso una niña — se carcajea —, tal vez las idean le sobren. ¿No tenías ya un nombre antes de saber que estabas esperándolos?

Lo miro a la cara, quitando de su frente sus hermosos cabellos broncíneos.

—Si, pero... Eso fue antes de conocerte.

—¿Y qué hay de malo en ello?

—Que si somos sus papás, deberíamos elegirlos juntos.

Se sonríe maravillado. Edward adora que lo haga parte de todas las decisiones.

—Gracias, bonita —me bajo un poco para intentar besarlo pero la barriga me estorba. Él se levanta y se sienta a mi lado, me da un beso, de esos que me marean y me quieren hacer amarrarlo a la cama, pero me contengo. Lo nota y me besa la mejilla.

Dios, estoy mareada. Y muy embarazada.

Toma el libro entre sus manos y lo hojea sin enfocarse en algo en específico.

—Son nombre extraños.

—Si, pero tiene el significado a un lado — comento mirando sobre su hombro.

—Deberíamos pensarlo un poco, ¿Por qué no vamos a un paseo? Podemos tomar unas vacaciones antes de que llegue el parto — propone —. Quizá despejar esa cabecita hermosa — acaricia con su nariz mi sien —, salir ayuda mucho a que fluyan las ideas.

—No creo que haya paraíso más grande que aquí.

—Lo digo porque no hemos hablado sobre la boda, no sé qué tipo de ceremonia quieres, quizá un vestido pomposo o el menú...

Yo detengo su boca con mi índice y me mira fijamente.

—Una cosa a la vez, por favor — pido un poco mareada, procesando toda la información —. Deberíamos enfocarnos en que ellos salgan y después en todo lo demás. Además, pienso que tu madre, la mía y mi hermana, podrán ocuparse de todo eso, sin que yo tenga que participar demasiado, porque tendré que ocuparme de tres boquitas chillonas para cuando ése día llegue.

—No estarás sola, claro que yo volveré al trabajo porque he estado de holgazán los últimos meses. Pero si necesitamos ayuda, no dudes en que contrataré personal para eso.

Yo niego.

—Así como creo que estarán para la boda, manos sobrarán para cuidar estos niños — me palmeo la barriga —. Quizás tendremos que arreglar una habitación para invitados, sospecho que tendremos a la tía y a las abuelas durmiendo aquí toda la semana.

Edward abre los ojos por la impresión y asiente resignando.

—No sé si la casa sea lo suficientemente grande.

—Bueno, intentaremos no volvernos locos.

Nuestra conversación es interrumpida cuando el coche del padre de Edward se estaciona en la entrada. Antes de que siquiera el motor haya sido apagado, una entusiasmada Esme baja y nos encuentra en el jardín, mientras su marido atrás se estaciona y abre el asiento trasero para sacar unos paquetes de comida.

Aquello me apenaba a sobre manera, pues son nuestros invitados y Edward no me ha dejado hacer el mínimo esfuerzo. Yo quise cocinar, pero estoy terminantemente limitada a siquiera lavar un plato. Recomendaciones de mi flamante y sexi doctor.

Ya le había dicho que eso no era problema para mí, accediendo a dejarme entrar a mi propia cocina y preparar algo de vez en cuando. Aunque a palabras suyas, como esta ocasión era en mi honor, yo no debía mover ni un músculo, al menos que no fuese de la cara y solo para sonreír.

Cuando nos encontramos y ya estando de pie, Esme me abraza y me besa con mucha euforia, luego a Edward, quien parece nada sorprendido por ser yo ahora su favorita.

—Haz olvidado a papá en la entrada — se burla Edward.

—Es que me moría por verlos — dice con sentimiento contenido —. Oh, cariño — abraza a su hijo — me encanta verlos juntos.

—Y comprometidos —alza mi mano y presume el anillo.

La mujer frente a nosotros salta y chilla con demasiada alegría.

Yo sonrío a más viéndola tan feliz. Él me coloca un brazo entorno la cintura y me besa la sien.

—¡Oh Dios mío! ¡Tenemos que empezar a organizar todo!

—¿Qué pasa? — pregunta Carlisle saludando a su primogénito y luego a mí —. ¿Qué le han dicho? Esta vez ha roto su propio récord — dice socarrón —. Ha saltado más que esta mañana luego de que le dieron luz verde para venir.

Su esposa le da un golpe juguetón en el brazo y todos reímos.

—¡Se van a casar! — grita mi suegra sin reparar en tono.

Su esposo nos abraza.

—Vaya, ya era hora — mira fijamente a su hijo —. Hace tiempo que te lo quería preguntar pero no sabía cómo— dice ahora viéndome a mí.

—Papá — murmura un Edward avergonzado.

El patriarca la palmea el hombro con camaradería.

—No sientas vergüenza hijo, desde que nos contaste sobre la nueva chef para el restaurante, sabíamos que algo importante había pasado en ti. Pensé: Tal vez no sea solo una nueva empleada, tal vez por fin tendré una nuera.

Nos miramos como adolescentes apenados, pero Edward de pronto me mira como si aquello fuese la más grande verdad del mundo.

xXxXx

Carlisle, se ha tenido que llevar casi a rastras a su esposa de nuestra casa. Esme no paraba de conversar sobre todo lo referente a los niños. Me preguntó un y mil cosas, incluso si necesitábamos algo más. Apenada dije que no, la casa estaba más que completa. Solo faltaban mis pertenencias personales y las de Edward. Fuera de eso, podríamos empezar la mudanza cuanto antes.

Se despidió con la firme promesa de volver tan pronto como estuviéramos acomodados y con muchas recomendaciones, puesto que esta semana entraba yo en mi octavo mes de gestación.

—Está por demás decirte, hijo — dijo en la entrada de la puerta —. Que si Bella necesita sexo, se lo des — comenta sin el menor atisbo de vergüenza, provocando que la cara me ardiera.

Su hijo, aún menos abochornado que yo, se tocaba la nuca y asiente en silencio.

—Estaremos bien — le aseguro queriendo que la tierra se abriese y me tragara con ella.

—Muy bien — sonríe despreocupada y nos besa a ambos —. Llamen si necesitan algo, no importa la hora que sea.

—No te preocupes, mamá. Bella está en buenas manos — asegura palmeándome el trasero y yo me muerdo instintivamente los labios.

Y vaya que manos. Edward se ríe de mi gesto, pero lo pasa de lado.

—Confío en eso, mis niños. Hasta luego.

Ella camina hasta el auto, donde su esposo la besa en la mejilla y aún antes de perderse por la calle, se sigue despidiendo a la distancia. Cuando entramos a la casa, ambos soltamos el aire de nuestros contenidos pulmones.

—Vaya que tiene energía — comento tocándome la frente con alivio.

—Está emocionada — dice avanzando hasta mí —. Todas lo están, ¿Qué te dijo tu madre?

Yo suspiro, echándome al sofá.

—Se ha ido con Phil a recorren otros estados, me felicitó y prometió firmemente que estaría conmigo en la fecha del parto.

Edward se sienta a mi lado y yo me acomodo entre sus brazos.

—¿Cómo sabrá que es la hora?

Yo levanto los hombros con flojera.

—Alguna vez me dijo que por medio de las cartas, ella había visto que estaba en buenas fechas para embarazarme y que conocería el amor — lo miro dulcemente —. Te conocí y me embaracé en la misma semana — sonrío.

Sus brazos se aprietan más entorno a mí.

—Entonces no voy a dudar más de mi suegra.

—Ni yo, al menos está cumpliendo con lo que promete. Me dijo que estaría en la fiesta y lo estuvo.

—Me alegra que esté intentando ser más unida a ti y a sus nietos— acaricia mi vientre.

—A mí también — suspiro cabizbaja.

Él lo nota y me sostiene de la barbilla.

—No quiero ver más ese semblante triste — me ordena —. Sonríe, preciosa — me pide —. Mi madre me matará si sabe que no te he hecho feliz y no he satisfecho todas tus necesidades.

Alzo una ceja sin entender.

—Pero no he pedido nada.

—Ah, ya veo... ¿Puede entonces el señor Cullen, pedirle a la futura señora Cullen que ella satisfaga las suyas?

Yo sonrío por su pregunta con doble intención.

—¿Y qué desea el señor que le quite de ganas?

—Hummm. La mente se me llena de muchas ideas, las cuales podrían hacer que la futura señora termine muy mojada.

—¿Será un baño en la tina? — pestañeo coqueta.

Se levanta y me toma en brazos, mis manos descansan en su cuello.

—Eso será después —murmura sobre mis labios y me besa apasionadamente, mientras me lleva a nuestra habitación, donde seguramente quedarán muy satisfechas nuestras necesidades del uno por el otro.