CAPÍTULO 35
POV BELLA
Bailes, Fe y recuerdos.
—No es precisamente lo que quiero, pero servirá — comenta Alice armando un cuadro con sus delgados dedos mirando la pared de la habitación de los trillizos, mientras mi cansado cuñado vuelve a mover el mueble por quinta vez.
—Cariño, no deseo apresurarte —apunta el rubio —, pero ya le hemos dado la vuelta completa a la habitación y nada te parece.
—Debe haber armonía aquí — sugiere como toda una experta —, los primeros meses de los bebés deben ser estimulados con colores y formas. Quiero que sean super listos.
Yo como siempre, sin hacer algún esfuerzo, me mantengo sentada en una de las mecedoras mientras sostengo fruta picada en un plato y los pies me reposan en un banquito.
—Déjalo en paz — le pido a mi hermana —, bastante hace con ayudarnos. Deberías dejarme hacerlo a mí.
—Ni hablar — se cruza de brazos —, tú debes estar quietecita ahí. Comiendo sano y descansando.
Yo ruedo los ojos.
—Eres peor que Edward — picoteo un trozo de manzana con un tenedor.
—Y bien que hace — camina por la habitación —, hace poco me dijo que te estabas levantando sin encender la luz para ir al baño. ¿Tienes idea de lo que te puede ocurrir si no ves y te tropiezas?
Yo suspiro.
—La luz del baño estaba encendida y me hacen sentir como que no me cuido en lo absoluto. Además, tan pronto siente que no estoy acostada, se levanta conmigo. Le pedí que no hiciera eso, tiene que dormir ahora que tiene turnos en la clínica y releva a Esme, por no mencionar que aún sigue manejando el restaurante — doy otro mordisco, mal humorada.
—Vaya, mira nada más. Señorita caprichos — se burla —. ¿Qué te tiene tan molesta?
Yo no dejo de fruncir el ceño.
¿Qué diablos? ¡Ni siquiera lo sé! Todo por más insignificante que sea, me mantiene volátil, el estado de ánimo más aleatorio que pueda pensar, lo tengo de momento a otro.
Si hace calor, me pongo de malas. Si veo una cosa demasiado tierna, me pongo a llorar. Si algo mínimamente gracioso lo veo, me río como loca. Y de vez en vez, me pongo medio cachonda cuando mi hombre llega y no lo dejo en paz hasta que al menos lo manosee un poco.
Estoy tan agradecida de que mi futuro marido se lo tome de buena gana y con tanta paciencia. Es más, parece divertirle. Doy gracias al cielo porque me ame tanto.
—No lo sé, Al. Ya no quepo en ningún sitio. Estoy a mitad del último mes y me incomoda todo lo que hago, incluso batallo para bañarme. ¿Sabes lo frustrante que eso es?
—¿No te ayuda Edward?
—En todo momento — jadeo resignada —, pero no quiero ni me gusta la idea de acapararlo todo el tiempo. Menos ahora que trabaja tanto.
—Pensé que Riley lo ayudaba.
Uff, ya ni siquiera me gusta pensar en ello. Ahora con todo este cambio, mi pobre cuñado había tenido que volver a la ciudad para apoyar a su hermano. Yo le comenté a Edward lo apenada que me sentía, sabiendo que Riley debía ocuparse de asuntos nuestros teniendo él los suyos, todo porque yo necesito más atención. Aunque Edward me aseguró que éste lo hacía de buen modo y con todo gusto, no dejaba de sentirme mal al respecto.
Intentaba no tenerlo en la mente, pero a veces fallaba.
Y las únicas responsables de mi humor tan horrible eran mis hormonas. Incluso y sorprendentemente más locas con cada día que transcurría. Ya solo pensaba en la idea de tener a los bebés y descansar un poco mi cuerpo. Bueno, lo que se pudiese.
—Así es, lo ayuda. Pero sé que tiene sus cosas y... No quiero que...
—Bella — me interrumpe mi hermana —, relájate. Estás tensa — se pasa tras mi espalda y acaricia mis hombros en forma de masaje, yo echo la cabeza hacia atrás mientras cierro los ojos —. Disfruta el amor y los cuidados de tu prometido. Creo que se quiere asegurar que estés bien y dedicarte el mayor tiempo posible. Te aseguro que cuando nazcan, estará contigo lo más que pueda. Apuesto a que ni siquiera irá a trabajar, por eso adelanta el trabajo desde ahora.
Yo la miro expectante y sorprendida por la maravillosa relación que ahora Al, tiene con Edward.
Todo signo de pelea o rencor por alguna de las partes —más que nadie por mi hermana —, es inexistente ahora. Como se había planeado, habían tenido una conversación como los adultos que eran, incluso se le invitó a Jasper a participar y conversar en ello, ya que como mi hermana, es alguien fundamental en mi familia.
Ahora, ya todos siendo amigos, pasábamos los últimos sábados comiendo barbacoas en el patio y conversando hasta la anochecer. Habían sido nuestros primeros invitados en nuestra casa y los niños estaban fascinados con el jardín.
Nunca imaginé ni en un millón de años tener convivios con el marido de mi hermana, el mío y nosotras. Parecía un sueño hecho realidad.
—Parece que estás de su lado.
Ella se carcajea.
—No precisamente, pero tiene buenas ideas sobre tus cuidados. Al fin y al cabo es médico y si lo dice, es porque sabe lo que hace.
Jasper se ríe ante tal argumento.
—Si, bueno... Mi concuño y mi esposa están igual de chiflados.
La enana le saca la lengua y yo me echo a reír.
xXx
Pasada la tarde, casi al anochecer, escucho como un auto se estaciona en la entrada. Yo como la futura señora de Cullen que soy, reviso el horno a sabiendas que seré reprendida por haber preparado la cena sin supervisión alguna.
Con el gesto cansado, los ojos verdes más hermosos del universo me miran fijamente. Sonríe, apresurando el paso hacía mí y me besa un montón de veces por toda la cara.
—Hola — saluda sosteniéndome entre sus brazos.
—Te extrañé.
—Yo también, hermosa. ¿Qué hiciste hoy? —me toma de la mano y nos sentamos en el sofá de la sala.
—Alice y Jasper vinieron a dejarme las ultimas cosas que tenía en la otra casa. Las cositas de los bebés que yo compré por mi parte, también las acomodaron. Creo que mi cuñado merece una medalla.
Edward ríe.
—¿Por qué dices eso?
—No sé si es tolerancia o amor. Cumple los caprichos de Alice sin lugar a dudas. Lo ha puesto a mover cosas por toda la habitación, y cuando por fin hemos empezado donde estaba, le ha parecido por fin — me cubro la cara con ambas manos.
—Es que la ama, uno debe consentir a la mujer que uno adora— acaricia mi mejilla con sus dedos.
—Yo temo que un día te frustres y te canses de mí por mis espantosos cambios de humor.
Se sonríe de lado y niega.
—Deja de pensar en eso, Bella. No voy a dejarte porque estés sensible — me promete —, es normal que te sientas así. Estás cargando con mucho y tu cuerpo se cansa. Además son tres bebés. Estás haciendo trabajar tu organismo al trescientos por ciento. ¿Qué clase de persona y marido sería yo, si sabiendo lo que haces e intentado entender lo que sientes, no te apoyo y te comprendo?
Ahora comienzo a llorar.
—Ay, te amo mucho.
Me abraza y me aprieta contra su costado.
—Ya mi amor, tranquila. Mejor dime, ¿Quieres salir a cenar? Elige lo que quieras y vamos.
Yo hago una mueca graciosa.
—Ya hay de cenar.
—Bella... — me regaña.
—¿Qué? No puedes evitar que utilice mi propia cocina. ¿Cómo le puedes pedir eso a una chef?
—¿Quieres acaso que saqué el grillete?
Yo me sostengo el pecho, fingiendo falsa indignación.
—¿Harías eso?
—Necesito que estés tranquila, quieta y descansada. Un parto múltiple es delicado, mi amor. Y no me refiero al riesgo en sí, lo digo porque te tomará mucha energía. Además sigues empeñada en que quieres que sea natural.
—Y si las cosas van como lo planeado así será — digo nerviosa —, me aterra tener cirugía.
—Yo voy a estar contigo en todo momento. ¿Ok?
—¿Lo prometes?
Asiente.
—¿Te gustaría que yo asistiese el parto?
Niego frenéticamente.
—Quiero que estés a mi lado, no viendo cómo se abre mi vagina — murmuro horrorizada.
Se carcajea y me besa la cabeza.
—No dudes por ningún momento que yo seré lo que tú necesites.
—Gracias, cariño.
—¿Ya quieres cenar? — pregunta mientras me da la palma para levantarme del asiento. Acto reflejo, me pongo una mano en la cadera mientras me sostengo de lo que haya a mi paso para avanzar.
Maldita sea, he subido quince kilos. Los pies me pesan. Todo en mí, lo hace.
—Sino te apresuras, no quedará nada para ti. Bebés y yo, morimos de hambre.
De la nada, me da una nalgada y caminamos al comedor.
—No creo que te acabes todo el refractario — murmura.
Rápidamente, lo veo a la cara con un "¿Me estás retando?" y comprendiendo mi gesto, comienza a reír.
xXx
Tan temprano como puede, Edward parte al trabajo como todos los días. Hemos conversado sobre esto y a decisión más suya que mía, ha decidido en traer una parte de él en lo que resta del embarazo, con la posibilidad de traerlo lo más cerca de casa. Estando más al pendiente de nosotros cuatro, por cualquier cosa que necesitemos.
He intentado negociar sobre eso, pero por más que he dado argumentos, solo recibo negativas.
—No puedes mover el restaurante a esta parte de la ciudad. Cambiar de sucursal requiere que al menos esté dentro del perímetro del primer lugar, los clientes sabrán cómo llegar más fácil.
—Si la cocina es buena, la buscarán — me asegura plantándome un beso en la frente —. No discutas, linda. Lo haré de cualquier forma — camina hacia la puerta, y me guiñe un ojo antes de salir —. Nos vemos más tarde, te amo.
Ante ese carácter tan testarudo, yo estoy más que derrotada. Camino escaleras arriba para descansar un poco.
Resignada y ahora, casi desbordando la tina en agua, me encuentro dándome un baño de burbujas mientras pongo música de fondo y me acaricio el vientre que sobre sale por el nivel de la espuma.
Los bebés están menos inquietos cuando estoy bajo el agua, parece relajarles, sobre todo cuando está calientita. Aunque hay uno en específico que no está tranquilo ni siquiera por las noches.
Y como los días siguen pasando, el espacio se termina.
—Lo sé, mis niños. Yo también estoy incómoda. No imagino ustedes, pero en dos semanas más, ya podrán estirar bien sus piernitas y bracitos con toda libertad.
El bebé saltarín hace lo suyo cuando toco la parte derecha de mi estómago.
—Uff, esa ha sido una buena patada. ¿Acaso serás futbolista? O quizás una bailarina prodigio, de esas que hacen splits y todo. Yo creo que eres una de las niñas — le cuento casi con seguridad —, es que siempre dicen que son las más tranquilas, pero tú, podría apostar que eres una de las que no. Una en un millón, pero si eres mi niño — hablo por lo alto —, apenas camines te llevaré a gimnasia para ejercitar esos muslos, ya que tus hermanas parecen más calladitas. Aunque jamás los separaría, irán los tres. Seguramente papá los llevará al parque... — lo pienso un poco —. Sino es que les compre uno para ustedes — me río.
Al par, la barriga se me mueve y se estira tanto que puedo ver un pequeño bultito subir y bajar desde la boca de mi estomago hasta la mitad de éste.
Siseo un poco aguantando.
—Tranquila, mi niña. Sé que te emociona. Pero no me hagas llamar a tu papá y te regañe — sonrío —. Pero no, claro que no lo hará. Ninguno será regañado, más que mimados eso sí. Ya tendré yo problemas con sus abuelos, su padre y sus tíos.
De nuevo, el mismo bebé se mueve un poco más que los otros dos. Los hermanos se mueven por reacción de éste, pero es menos lo que siento.
—¿Ya quieres salir de ahí? ¿A que sí, mi bailarina?
Y entonces lo medito un poco, quizá estaría perfecto buscar un nombre que vaya de acuerdo a como yo los percibo. Esta bebé, por ejemplo, es la más inquieta. Por la madrugada, me da unos golpes tan certeros que estoy segura que es la que provoca que mi vejiga y yo vivamos literalmente en el baño.
Se mueve tanto que siempre le digo a Edward que parece que está bailando. Tomo mi teléfono y entro al navegador y mi sonrisa se ensancha cuando encuentro el nombre perfecto.
—Ya sé cómo te llamarás, mi bailarina.
xXx
Edward llega a casa con una hamburguesas con extra de queso y papas fritas claramente con el tamaño más grande.
Le doy un besito y tomo la bolsa sin más. Por Dios, muero de hambre. Me entretengo abriendo los paquetes y bebiendo de mi malteada de chocolate.
Cuando estoy manchada de cátsup hasta las mejillas, solo puedo observarlo de pie, mirándome con una enorme sonrisa en los labios y fascinado.
—¿Está rico?
—Por Dios, está delicioso —muerdo una papa mojada en chocolate —. Gracias, cariño.
—Lo que sea por mi reina — se sienta a mi lado y tan lindo, no me pide de la comida —. ¿Cómo estuviste hoy?
—Bien — hablo con la boca media llena —. Estuve armando las pañaleras y las mantitas para cuando salgamos del hospital. Estoy nerviosa y emocionada. Ya faltan solo dos semanas más.
—Ha pasado tan rápido todo — me acaricia la espalda.
—Lo sé, es increíble — doy otro mordisco.
—¿Y cómo se han portado? — se baja a la altura de mi estómago y les habla —. ¿Han tratado bien a mamá?
Uno de los bebés, quien yo pienso es la otra nena. Se sacude siempre al tono de la voz de su padre. Yo dejo de comer y lo tomo de las manos para que se posicione justo en el lugar donde sé que está acomodada. Es la otra pequeña, estoy segura. Tiene un salto distinto a mi bailarina, ella es dulce y sé que Edward será su favorito.
Los conozco y diferencio porque cada uno tiene un temperamento. Mi brinquitos siempre inquieta está a mi derecha, la otra está a mi izquierda y el niño en medio. Cuando le presto más atención, él parece más atento a mi voz que a la de su padre. Pasado mañana tendríamos otra ecografía en la clínica de Esme, por estricta petición de la abuela más entusiasta del mundo.
La doctora Clearwater no tuvo problema por ello, aunque yo me sentía más apenada que nunca. Recuerdo sus palabras: para el próximo embarazo, me gustaría asistirte yo.
¿Próximo embarazo? Se me iban y venían los colores. No he hablado con Edward sobre eso. ¿Querrá acaso más hijos? La idea de siquiera plantearle la palabra PROPIOS, me incomodaba un poco. Hemos dicho de una y mil maneras que estos, son de ambos. Suyos y míos. No había verdad más absoluta que esa, aunque no compartieran lazo de sangre, lo hacían de otro más fuerte: del corazón.
Y aquello me hacía sentir esperanza. Como en mucho tiempo no la sentía.
—Hola, mi amor — saluda mi prometido, al lado izquierdo —. Le traje a mamá comida deliciosa, tendrás que darme muchos besitos como pago, ¿eh?
Aquella bolita se sacude tan lento que la palma de Edward siente aquello como una caricia. Yo estoy llorando.
Me mira y me sonríe fascinado.
—Parece que le gusta mi voz — murmura dichoso y la bolita de nuevo responde.
—Tienes una voz hermosa — me limpio las mejillas.
—Te amo, mi vida — me besa los labios.
—Y yo a ti, mi amor —respondo y en medio, la tercera bolita salta.
¡Ops!
—Tranquilo, campeón. Es tuya también — murmura con algo de mortificación fingida —. No seas egoísta, ¿eh? Debemos compartir a mamá, ¿De acuerdo? Somos cuatro ahora, pero puedes prestármela de vez en cuando. También me gustan sus abrazos.
La punta de mi barriga se estira, como si aquello fuese una confirmación absoluta, aunque pienso que tendrá condicionantes.
—Dice que solo por el día, porque en la noche seré de ellos — afirmo con la cabeza.
—¿Qué? — pregunta sorprendido —. ¿Por qué tan poquito?
—Lo siento, bebé manda — me río.
—No prometo nada — besa mi frente —. Pasado mañana es la consulta para ir con Esme, ¿Lo recuerdas?
—Como si pudiera olvidarlo, estás tan al pendiente que es imposible — suspiro estirándome un poco —. Eres un mandón, Edward. Un obseso del control, pobres de tus hijos.
Hace un puchero tierno y me mira.
—Te dije que estaría aquí lo más que pueda al pendiente, Bella — comenta con seriedad.
—Lo sé, cariño — lo acaricio por los hombros —. Deberíamos disfrutar un poquito más esto, relajarnos, todo está bien. Solo iremos para verificar que ya se estén acomodando hacia abajo para nacer. Cada día que pasa te noto más tenso y nervioso.
—¿Tú no lo estás? — pregunta con gesto contrariado.
—Pues sí, estoy muerta de miedo. Hasta que recuerdo que te tengo a mi lado —le beso la mano —. Teniéndote aquí, nada puede pasar. Además tu mamá estará con nosotros también. Recuerda que está empeñada a que la última semana nos mudemos cerca de la clínica para estar cerca de ahí. Por si nacen de madrugada.
Mi peli cobrizo asiente un poco más relajado.
—Lo siento, cariño. Siento que quiero cuidarlos todo el tiempo. Intentaré controlarme — me sonríe dulcemente.
—Oh, ¿cómo si eso fuese posible? — le beso la mejilla y reímos juntos.
xXx
Por la madrugada, me siento inquieta.
Casi como una orden judicial, Edward me mantiene pegada a él tan cerca que el calor me es inevitable.
Madre mía, estamos a finales de agosto y entre que llueve y no, el clima no refresca.
Mi adorado hombre, está tendido con ambas piernas desparramadas por el ancho de la cama, mientras que con un brazo me sujeta firmemente.
Yo lo empujo un poco, pero no cede. Me siento en la cama y me hago un moño en la cabeza tan alto como puedo, porque el cuello me está sudando a mares. Hemos decidido no usar el aire acondicionado para evitar cambios bruscos en la temperatura de mi cuerpo y no provocarme un resfriado o alguna infección de la garganta, pero maldita sea, el ventilador no me da tregua.
En estos momentos envidio a Edward como no tiene una idea, ¿Será acaso viable que en el futuro, los hombres se puedan embarazar?
Recuerdo con algo de gracia la película de Danny DeVito y Arnold Schwarzenegger llamada "Junior", donde el segundo actor era completamente capaz de procrear un bebé, con unos óvulos congelados de la mujer de la cual él comienza a enamorarse, una laboratorista bastante peculiar que trabaja en un experimento, sin saber que sus óvulos congelados, serán fundamentales para lo que acontecerá.
La trama gira entorno al cambio físico y hormonal del hombre, quien resultado del experimento de Danny, culmina con el nacimiento de un sano y hermoso bebé.
Bastante fantasiosa, pero definitivamente algo en qué soñar.
Me levanto al baño, quizá por cuarta vez en la noche y ahí sentada, miro las paredes intentado encontrarles forma o algo interesante que ver en lo que termino.
Bueno, nada vi la segunda ni la tercera vez.
Bajo la palanca del agua y de repente, al subirme la ropa, siento un tirón por toda mi barriga. Sobre todo en la parte sur de mi vientre.
—¡Ugh! — siseo —. ¿Qué ha sido eso? — pregunto en voz baja, pero a los quinces segundos, desaparece.
Me acuesto, sin perturbar en lo absoluto a mi acompañante. Cierro los ojos, intentando conciliar el sueño.
De repente siento mi vientre endurecerse tremendamente, como si en lugar de bebés, tuviese cemento dentro de las entrañas. Es una especie de apretón, que ya de por sí, con el espacio reducido por los tres, es poco y muy notorio. Yo me destapo, corriendo la blusa de tirantes al borde de mis hinchados pechos e intento hundir mi dedo en el centro de mi panza, pero no puedo. La sensación es parecida a tener un calambre, pero sin dolor. Solo me siento incomoda.
Esto no es parecido a las ocasiones en que se mueven. Esto es totalmente distinto.
¿Y si despierto a Edward? Quizá debería avisarle. Miro el reloj, siendo la una con cinco de la mañana.
Tal vez solo sea un gas. Bebo un poco de agua y me acomodo lo más que puedo en la almohada que me he comprado para la espalda y tan pronto, me aclimato, me quedo dormida.
….
Despierto una vez más, agitada. La sensación extraña vuelve y como me ha despertado bruscamente, me siento asustada. Mi vientre es sólido. Me sujeto el estómago sin un ápice de dolor pero con la adrenalina corriendo como loca por mi cerebro. Sin freno, sin detenerse. Es miedo.
Agitada comienzo a respirar rápidamente por la sensación aberrante de encierro. Jadeo ruidosamente y aquella incomodidad vuelve a la parte baja de mi abultada barriga.
—¡EDWARD! — Grito respirando entrecortadamente, esperando el dolor de la contracción, pero no pasa. Solo la sensación preocupante de lo tenso de mi piel.
Asustado por mi grito, salta de la cama y cae al suelo.
—¿Qué sucede, amor? ¿Estás bien? —corre a gatas a mi lado, tallándose la cara con violencia y arrodillándose frente a mí.
—¡Los bebés! ¡Mira cómo se ven!
Quizá aún más dormido que despierto — porque lo había visto llegar apenas a las doce de la noche gracias al trabajo, se había dispensado de cenar, se subió a ducharse y se metió a dormir —, no coordina mucho entre lo que yo le digo, le muestro y en lo que su mente formula.
—¿Ya van a nacer?
—Eso parece — lloro asustada y luego corrijo —, la verdad no sé. ¡No sé cómo se siente tener bebés! — grito respirando por la agitación.
—Tranquila, preciosa — me dice con serenidad y dándome la más linda de sus sonrisas—. Necesito que respires y te controles. No quiero que se te suba la presión arterial. Eso es malo para los niños. Imítame, por favor. Vamos a hacer respiraciones por cuatro tiempos de tres, ¿Te acuerdas, linda? Sé que lo haces. — me pide sosteniéndome la mano y mirándome fijamente a la cara, yo asiento como loca —. Inhala por uno, dos, tres, cuatro — murmura por tiempos pausados y lo obedezco—. Hazlo, nena. Por favor. Sostén la respiración por uno, dos, tres, cuatro. Ahora, exhala en cuatro, tres, dos, uno. Eso es, cariño — me acaricia la espalda —, otra vez... Inhala.
Repetimos el ejercicio cuatro o cinco veces más, hasta que el corazón se me tranquiliza y ya me siento más calmada. Nunca dejo de apretar su mano, y honestamente, Edward se ve totalmente sereno, muy a pesar del susto de muerte que le he dado con mi grito.
La piel del estómago se me ha relajado completamente y solo me queda la incómoda sensación que compararía con la tensión de un útero en un cólico menstrual, pero nunca con dolor.
Cuando me ve más tranquila, se esmera en acomodarme con la espalda bien erguida por las almohadas y me da otro vaso con agua. Se sienta a mi lado, saca su maletín y me revisa con un estetoscopio y verifica mi presión. En silencio, miro el reloj de la mesita de noche y puedo ver que solo he dormido dos horas.
—Ya está — me quita el velcro del brazo y se destapa los oídos, colocándose el estetoscopio en el cuello —. No hay presión arterial alta y parece que no son contracciones de parto.
—¿Estás seguro? — pregunto inquieta aún.
—Confía en mí, hermosa. ¿Comiste algo pesado o fuera de lo normal?
—No, siempre como alguna ensalada saludable.
Se ríe por mi contestación.
—Ok, lleva aderezos y un poco de Lays molidas. Pero no nos gusta tanto la comida verde — me cruzo de brazos.
—No estoy peleando nada — dice juguetón —, pero sabes que mañana veremos a Esme y le hablaremos de esto. ¿Habías sentido algo así antes?
Me muerdo los labios.
—¿Bella?
—Me levanté al baño, hace como dos horas y sentí tensarme. Pero tomé un poco de agua y duró menos de veinte segundos y pasó, pensé que los bebés se estabas estirando. No sentí dolor, pero me asusté mucho — bajo la cabeza.
Me sostiene la barbilla.
—No hagas eso de nuevo, ¿De acuerdo? Yo estoy aquí para cualquier cosa que necesites. Si te duele algo o te incomoda, háblame. No me voy a molestar. Me sentiré más tranquilo sabiendo que confías en mí.
—Lo siento. Sé que trabajas demasiado. Llegaste tan tarde a casa y sin cenar, que no quise molestarte.
—No eres molestia, pero he de admitir que estaba muerto de miedo cuando te oí gritar. Pensé que algo malo ocurría.
—Perdón — comienzo a llorar.
—Ya, ya — me toma entre sus brazos —. No pasa nada. Y no te preocupes, los bebés están bien.
—¿Qué me pasó entonces? Jamás había sentido algo igual.
—Se llaman contracción de Braxton Hicks.
Yo lo veo algo desconcertada.
—¿Qué es eso? La palabra contracciones, llama mucho mi atención, si fuera eso, ¿por qué no sentí dolor?
Me besa la cara y se sienta en la cama, ahora más relajado.
— A lo largo de todo el embarazo, el útero realiza una serie de ensayos muy similares al día de dar a luz —yo lo miro muy atenta, prestándole la mayor atención que puedo — y las contracciones que se producirán ese día. Tu hormona encargada de provocar las contracciones es la oxitocina, y a medida que pasan los meses de gestación, el útero se hace más propenso a ella, lo que provoca que en ocasiones se contraiga, como te pasó la primera vez, cariño. Estas son las famosas contracciones de Braxton Hicks o contracciones falsas, que por lo general se presentan durante el último trimestre de embarazo, aunque a veces pueden aparecer algo antes. Cada cuerpo es distinto, a ti te apareció casi al final de tu embarazo.
—Contracciones falsas... — sopeso.
—Así es — me acaricia el mentón —. Y puedes diferenciarlas fácilmente de las otras.
—¿Cómo? Me ha dado el susto de mi vida.
—Lo sé, quizá lo que no ayudó en parte fue que estuviste a punto de tener un ataque de pánico. Por eso debes respirar...
—Lo sé, amor. Lo sé. Haz sido mi salvavidas, sin lugar a dudas.
—Estoy y estaré siempre para ti — me toma de la mano —, y lo que le voy a decir a usted, futura señora Cullen, es cómo debe estar tranquila en caso de que vuelva a sentir lo mismo. Primero que nada, si comienza a sentir dolor, y las contracciones son regulares y marcan un tiempo, es momento de ir al hospital. Pero si vuelves a sentir la misma incomodidad, la tensión y el apretamiento, con un espacio más prolongado y sin dolor, recuéstate, toma un poquito de agua y respira, más para calmarte, que por otra cosa. Es completamente normal, mi amor. Y así sean falsas o reales, háblame, ¿ok? No te quedes callada, voy a estar acompañándote en todo momento así llegue molido o tarde, no dudes en venir a mí.
Yo lo abrazo.
—Gracias, mi vida. Te amo.
—Yo también te amo, Bella — besa mi cabello —. ¿Quieres volver a la cama?
Levanto una ceja y lo pienso un poco. Arrugo mi nariz y niego.
—¿Qué tal un vasito de nieve? ¡Hace mucho calor!
Niega divertido.
—Parece que te sientes mejor.
—¿Bromeas? ¡Tengo hambre!
Me toma de la mano y caminamos escaleras abajo.
—Te llevo abajo, camina un poco y vamos por la nieve — me consciente demasiado.
—¡Yeih!— celebro victoriosa, andando tras mi sexi hombre, quien viste solamente su bóxer favorito, ese que también es el mío y que alguna vez usé, para salir corriendo de aquella habitación de hotel.
XXxXx
Al despertar, Edward no va al trabajo y se levanta religiosamente temprano para hacer el desayuno y traérmelo a la cama.
Yo por mi parte, con el sueño tan pesado, no me doy cuenta que se ha despertado, hasta que el olor a tocino me despierta y hace que me ruja la tripa con desvergonzada altanería.
—Buen día, mi amor — me saluda cuando yo me siento, estirando los brazos y bostezando.
—¿Qué pasa? — pregunto sonriente cuando me pone la charola enfrente —. ¿Está cumpliendo la reina Isabel?
—No cumple hoy, pero me dijo que la otra reina merecía el suyo. Hice el desayuno para los dos.
Aplaudo un poquito por su comentario.
—Luce increíble. Dile a la reina Isabel, que le agradezco.
—Cuando juguemos bingo más tarde, se lo comentaré — me guiñe un ojo — . Hice uno de tus antojos favoritos — presume y me pone el plato enfrente.
—¡Hotcakes rellenos de nutella y tocino! — aplaudo.
Aunque es la cosa más extraña del mundo, asiente con orgullo.
—¿Sabes qué le pasó al tarro de nutella? Lo busqué por todos lados pero no lo encontré — inquiere algo confundido.
—¿El que me compraste hace cuatro días? — pregunto mordiendo un bocado enorme.
—El mismo. ¿Lo dejé en el auto? No recuerdo.
—Me lo comí — bebo de mi jugo de naranja.
Abre los ojos con sorpresa.
—¿Los dos?
Pero yo no le contesto, porque comienzo a devorar los huevos fritos con jamón que me ha cocinado. ¿Desde cuándo cocina tan rico?
…
Pasada bien la tarde, con el estómago lleno y con la energía por los cielos, me entretengo sentada en el piso, revisando las últimas cajas —verificadas por el personal de seguridad que es mi futuro esposo — no pesadas y que contienen mis objetos personales. Ya había dado por sentado, sin oportunidad de negociación, que yo debía acomodar siquiera algo, aunque fuese lo más pequeño.
Entre estas cosas, estaban mis álbumes de fotos, los documentos importantes, algunos neceseres que he acomodado en el tocador de la recámara y los documentos de la clínica de fertilidad, donde me inseminaron.
Entretenida y algo curiosa, como si fuese una mañana de navidad de hace veinte años, reviso cada álbum con especial detenimiento.
Las primeras fotos, son de Alice y mías. Alguna de ellas nos retratan vestidas de gitanas y mal maquilladas, mientras una Renee muy emocionada nos aplaudía al compás de alguna música del mediterráneo, que quizá no hubiese quedado acorde a la vestimenta, pero que según nosotras tenían sentido. Luego los cumpleaños. Tengo un especial sentimiento de nostalgia con estos primeros años. Sin lugar a dudas los más felices de mi vida, además de estos.
Algunas más de Alice incluso más pequeña, intentando cargarme sin tener mucho éxito y otras mías, llorando por algún berrinche.
Leo las fechas con detenimiento y conforme avanzo, el corazón se me encoje. Hay fotos de papá también aquí. La mayoría, tengo por sabido, las tomaba él. Hasta que mi madre lo obligaba a formar parte del grupo y de buena gana sonreía. A pesar de que siempre dijera que no era fotogénico.
De repente me encuentro llorando, mientras él, vestido con su bien planchado y pulcro uniforme de policía, me lleva sobre los hombros y a mi hermana la toma de la mano. Alice lo mira hacia arriba y yo me estoy sosteniendo poniendo mis manos sobre su frente y viendo hacia abajo. Papá ve directo a la cámara y tiene un gesto tan relajado, que la sola imagen, me da paz.
Recuerdo ese día, yo tenía seis años. Mi hermana tenía ocho. Esa foto fue tomada el día de su cumpleaños. Tengo memorias en donde mamá comenzó a buscar recetas de pasteles de tres leches con algún pan de vainilla, con mucha anticipación. Renee siempre había estado enamorada de papá desde joven y siempre era costumbre que intentase sorprenderlo y enamorarlo, como si aún fuesen novios. No era la mejor repostera, pero con los años, mejoró.
Y ése día, yo vestida de un overol color hueso, una blusa purpura y unos tenis de luces que se encendían al caminar, obedecí a todo por solo ser el día de mi papi. Mamá me había hecho dos coletas altas, pero yo las odiaba. Ella me había recordado que esa tarde lo veríamos en el trabajo y que debíamos vernos lindas. Alice cedió de mala gana, pero lo adorábamos tanto, que por él, hubiésemos hecho lo que fuese.
Comimos pastel, sorprendentemente rico. Mi padre había estado tan sorprendido, pues aunque no lo comentase, era el primer pastel casero que de verdad disfrutó. Claro que era el mejor, había de por medio mucha práctica, así como muchos desastres en la cocina antes de éste. Solo que por orden de nuestra querida y loca repostera, debíamos guardar el secreto.
Charlie era muy querido en su trabajo, recibió obsequios — que nos dejó abrir por él, porque nos emocionaba tanto el papel de regalo —, incluso nos dejó tomar la primera rebanada y soplar las velas juntos.
Adorábamos y amábamos a Charlie. Sin lugar a dudas, el mejor padre que la vida nos pudo dar.
Cambio las páginas, y él ya no aparece. Los cumpleaños ya no volvieron a ser los mismos. Renee no volvió a preparar su pastel favorito, y comenzamos a vagar de un lado a otro para poder conocer las ciudades que a mi madre se le placían. Quizá en un intento de sobrellevar su luto. Al principio, era divertido. Pero llegó un momento en que dejé de tener amigos, porque en cuanto los hacía, nos movíamos. Luego Alice se marchó a la universidad, donde por supuesto, aún iba yo a la preparatoria y a veces la estudiaba por correo, siguiendo con la vida nómada de mi madre.
Me alegré tanto cuando yo me mudé con Alice a Nueva York, posteriormente, conoció a Jasper. Siempre pensé que era un noviazgo más, hasta que vi a mi pobre cuñado tropezando en las banquetas por solo admirar de lejos a mi hermana. Y luego se comprometieron, se casaron y el resto es historia. Ahora con tres maravillosos bebés, a quienes amo profundamente, la vida y el cambio que tuvo mi hermana, me afectó de buen modo a mí. Terminé mi carrera, renté mi antiguo departamento y comencé el intento de mi primer servicio de banquetes, el cual no duró más de tres años, porque me impuse a trabajar en un restaurante.
Y en este álbum había de todo. La primera mudanza, el compromiso, la boda de mi hermana, fotos de ella en su embarazo de gemelos. Las fotos del nacimiento de ellos, alguna que otra foto donde había pillado a mi pobre cuñado quedándose dormido en el sofá mientras le daba biberón a algún bebé.
Maravillosos recuerdos que se seguían acumulando.
Yo quiero algo así, pero ahora con mi propia familia. La idea me resulta deliciosa y por suerte, tengo algunas fotos con Edward tomadas desde mi celular, las ecografías de mis bebés, fotos del primer departamento, solo me faltaban algunas de mi octavo mes de embarazo con él.
Sus brazos me toman por el cuello y me besa la mejilla, viendo el desastre que tengo en el piso.
—Creí que te habías dormido — murmura y se sienta a mi lado —, estabas muy callada. Quise ver qué hacías.
Frunzo el ceño.
—El cuidado lo debes tener cuando estos tres —señalo mi panza —, estén callados y en casa. Seguramente estarán tramando algo, o haciendo ya una travesura.
Edward ríe.
—Si son algo enérgicos, intentaré seguirles el paso.
Suspiro.
—Suerte con eso, una de tus hijas hace fiesta aquí adentro. Madre santa, no sé si los bebés duerman, pero parece que ella no lo hace.
—Me encanta cómo hablas de ellos, pareciese que los conoces completamente. Hasta en su forma de ser — me toca la cima de la barriga y la acaricia.
—Digamos que los conozco de toda la vida — le guiño un ojo y Edward sonríe, dándome un beso ahí donde tenía su mano.
—Mañana iremos a ver a la abuela —les habla cerquita y la magia comienza otra vez, bebé derecha reacciona a su voz como siempre y por ende, los demás se mueven.
Yo me río y ellos saltan conmigo.
—Abuela — repito —. ¿Te imaginaste que serías tú quien le diese el título?
—La verdad, no — se cubre los labios —. Pero tengo alguna que otra anécdota de un Riley muy asustado que me llamó de madrugada, pensando que él sería el primero que la haría.
—¡Oh! — me río fuertemente.
—Aventuras de un universitario...
Me muerdo los labios y lo miro a los ojos.
—¿Amor?
—Dime.
—Ya elegí los nombres y quiero que me digas si te parecen lindos.
—¿En serio? — pregunta con emoción —. Lo siento por no estar más tiempo en casa, te dejé sola en eso.
—Aún no los registramos, así que si alguno no te parece podemos ver más opciones.
Niega.
—Lo dudo, sabes elegir bien. Siempre. Me elegiste a mí — dice altanero.
Yo lo empujo juguetonamente.
—Gracioso.
—Soy todo tuyo y mi atención está aquí, contigo — me besa la cara.
—Bien, me dijiste que era buena idea lo de las personalidades. Es decir, conocerlos — le comento mientras asiente —. Entonces, primero te diré el de bebé niña izquierda — señalo con mi pulgar, ése lado de mi vientre —, ésta niña saltarina creo que jugará futbol o será bailarina. Tiene un espíritu tan alegre y presiento que será tu dolor de cabeza cuando salga de fiestas — me río al verlo tan serio —. Entonces creo que por su alma tan festiva y alegre, su nombre será Ella.
—¿Ella? — repite con cuidado.
—Sí, me gusta su significado. Mira — le enseño mi celular y lo lee.
Ella (Pronunciación 'Ela') : Divertida y amante de la fiesta.
Edward ríe por lo acertado que es y lo sabe.
—Dices que es la más inquieta, creo que le queda muy bien. Me gusta.
Yo lo imito ante su respuesta.
—¿Tienes algún nombre para bebé dos? — pregunta curioso.
—Sí — contesto con mucho ánimo —. Mi segunda niña es cálida, tímida y siente mucho amor por ti — le revelo. Ante mis palabras, abre mucho los ojos.
—¿Cómo sabes eso?
—Esta bebé — ahora señalo mi lado derecho —, siempre que le hablas cerca se mueve mucho. Creo que te conoce demasiado. Es decir, los tres reaccionan a tu voz y a la mía, pero en especial ella — lo tomo de la mano —, cuando te conocí creí que la felicidad estaba completa, que no necesitaba más que lo que tenía en ese momento y vaya sorpresa que me llevé — lo veo a los ojos y los verdes cristalinos, no me pierden de vista —. Entonces, cuando pensaba que no se podía amar más, me diste motivos para creer. Porque comencé a ser realmente feliz con tu llegada, aún más de lo que era, con tu aceptación, con todo el amor que me diste desde el primer día. Y esta niña, que tengo la seguridad de que te ama tanto, es el vivo recuerdo de lo que tú eres y serás siempre para mí. Por eso, quiero que la llamemos Faith.
—Faith — murmura.
—Fe, en español — traduzco con emoción.
Yo me limpio las mejillas y noto como las suyas también se mojan.
Edward está visiblemente muy emocionado y feliz. Nunca lo había visto tan radiante como hoy. Y sé perfectamente, que está conmovido.
—Ella y Faith — confirma luego de un momento de silencio —. Mis niñas — me besa con ternura la boca —. Son los nombres más hermosos que nunca pude haber imaginado. Me gusta Faith — aprueba de buena gana por segunda ocasión —, estoy totalmente de acuerdo con ese nombre. Es lo mismo que tú me hiciste sentir cuando te conocí — me toma entre sus brazos y me aprieta suavemente —. Te amo, Bella. Que hermosos significados.
—Me sentía insegura que te gustaran — confieso.
—No, ¿Por qué? Me fascinan, de verdad. Son hermosos. Sabía que me encantarían, pero no creí que tuvieran un significado tan profundo y me preocupaba que te estresaras de más en ello. Debía ser entretenido, no preocupante.
—¿Entonces no lamentas no haberlos elegido primero?
Niega con una sonrisa.
—Serán mis hijas, fruto del amor tuyo y mío. Lamentaría más, el no vivirlo contigo. No supe que quería compartir o aprobar nombres de bebés hasta que me enamoré de ti.
Le abrazo por el cuello.
—Te amo, me haces inmensamente feliz.
—Yo también te amo. Nunca lo olvides, bonita — me acaricia el cabello.
Yo me separo y lo lleno de besitos.
—Ahora falta el nombre de mi niño —suspiro.
—¿Y eso también ya lo pensaste?
—No, no mucho. Es más fácil lo de niñas — tomo el famoso librito y lo hojeo sin orden alguno.
Se ríe.
—¿Fácil? El saldo fue: que me regañaste porque te daba calor, mal humor y mucha golosina — mira el reloj —. Oficialmente, te tomó más de un mes.
Me enfurruño ante su comentario tonto.
—No era mal humor, eran las hormonas — me cruzo de brazos.
Niega divertido.
—¿Puedo aportar algo yo?
Parpadeo.
—Por supuesto — le doy el libro.
Él lo toma y se muerde el labio de abajo, mirando de nuevo el desorden que tengo en el piso.
—¿Por qué no lo llamamos como tu padre, amor?
Me remuevo de mi lugar.
—¿Eso te gustaría?
Se relaja por los hombros.
—No quiero que lo tomes a mal — se disculpa algo apenado —, pero te vi desde hace un rato ver tus fotos. Entré mejor cuando vi que los recuerdos te ponían triste. Sé que extrañas a tu papá, sé lo importante que fue para ti y cuánto te gustaría que te viese ahora. No tuve el gusto de conocerlo, pero no dudo de su nobleza y buen corazón, porque hizo un excelente trabajo contigo y Alice. Dejó los mejores cimientos para que ustedes fuesen las maravillosas mujeres que son ahora, aún años después de su partida. Entonces, creo que podríamos llamar Charlie a nuestro bebé — me besa la frente —, sé que se emocionará mucho cuando nos pregunte por qué le llámanos así. Aún más cuando sepa que fue policía — murmura.
Yo me río y lloro a la vez.
—Me gusta.
—A mí también — responde.
—Pero creí que querrías que se llamara como tú.
Frunce el ceño dulcemente y niega.
—Llevará mi apellido, no quiero imponer mi nombre. Aunque si de eso se trata, podríamos cambiar de idea si no te gusta el primero.
—No, me gusta Charlie. Charles Cullen — repito para mí —, tiene presencia.
Me acaricia de nuevo la barriga.
—Ella, Faith y Charles Cullen Swan. Me gustan también, mucho—dice con firmeza.
Jadeo emocionada.
—Los hace más reales cuando incluso les pones apellidos —lo miro a la cara —. ¿De veras no te molesta que ése sea el nombre?
—¿Qué se llame como mi suegro? No, amor. No me molesta. Me parece maravilloso, pero si tu idea es que mi nombre perdure, podemos dejarlo para el siguiente bebé — dice sin un ápice de preocupación —. Siempre podremos tener más.
Me abraza dulcemente sin hacer ningún remate de broma
Cuando ve mi gesto y mi cara, probablemente pálida, me besa.
—Sabía que te daría gracia — se carcajea divertido y yo lo imito de manera nerviosa.
— Cariño, primero déjame tener estos bebés y luego hablamos — le respondo y ahora él se pone serio.
Y al ver que no puedo aguantar la risa, se da cuenta y nos abrazamos tan dulcemente, que por primera vez un recuerdo, ya no me parece triste.
