CAPÍTULO 36

CITA DOBLE, TIME IS ALMOST OVER...

POV BELLA


Miro el bulto que está aún tirado en medio de nuestra habitación y la ira se hace más inestable dentro de mí, con cada segundo que pasa.

El dedo índice de Edward hace que relaje mis cejas casi completamente unidas, cuando toca mi frente.

—Ya te dije que yo puedo hacerlo.

—No — murmuro sin relajar mi rostro —. Yo lo haré, yo hice ése desastre y yo lo levantaré. No quiero que nadie me invalide, yo puedo hacerlo.

—Cariño — me besa la mejilla, distrayéndome por completo —. Ambos nos sentamos a ver las fotos, ambos vimos tus recuerdos personales, creo que fui parte del desastre. Yo puedo levantarlo en cajas, ¿Qué te parece?

Vuelvo a fruncir el ceño y me cruzo de brazos. Sé que lo hace de buena intención, pero me niego.

Todas las fotos de mi familia, junto con mi documentación, siguen en el piso. Como un bulto más que solo estorba y que me he negado a que alguien más ordene por mí. En la penúltima semana de mi embarazo, las cosas se han vuelto más difíciles de lo que logré imaginar que podían volverse.

Estoy técnicamente inmovilizada.

Y no porque me estén reteniendo, es que ya es bastante difícil moverme. Edward me ha explicado que al ser las últimas semanas de gestación, los bebés se han concentrado en ganar peso lo más que puedan y por ende, mi cuerpo se ha triplicado. He estado a punto de pedirle una carretilla para cargar la enorme panza que me impide siquiera ver mis pies.

Pero al menos me gustaría poder disfrutar el levantar algo del piso cuando me sea posible, será como un reto personal que he estado esperando lograr por lo que parece mucho tiempo.

—En cuanto pueda, lo haré yo —dictamino sin espacio a discusión.

Suspira.

—Lo pondré en cajas al menos, no me importa que te molestes — dice caminando hacia el desastre y cumpliendo su promesa —. No quiero que ocurra un accidente.

—¡Edward!

—Nada, nada. No los levantaré del piso, si eso te molesta — y pega las cajas hacia la pared —. Cuando puedas hacerlo, avientas las cosas por la habitación como si fuera tu birrete en la universidad. Ahora no me voy arriesgar que pase algo por no ver dónde vas.

Jadeo resignada.

—De acuerdo — espeto molesta.

Se sonríe y me acaricia el rostro.

—Lo hago porque te amo. Sé que estás incomoda, mi vida. Pero ya falta poco. Pronto estaremos todos juntos.

Lo miro y le sonrío a medias. Lo amo con toda mi alma. No he de negar que los últimos días mi estado de ánimo no ha sido el más amable. Sobre todo cuando ya no soporto la espalda ni los pechos. Siento un terrible dolor en las plantas de los pies. Y definitivamente, la sensación del acomodo de los trillizos, ha sido más que dolorosa. He sentido como cada uno se toma su tiempo en irse girando. No quiero que piensen que me molesta estar embarazada, al contrario, me siento sumamente feliz sabiendo que ya se están preparando para nacer.

Pero sentirme así, es inevitable, sobre todo cuando invalidan mi capacidad para realizar cosas y el terrible calor de septiembre no da tregua.

—La siguiente semana ya tendremos casa llena — palmeo mi barriga.

Mi prometido chasquea la lengua.

—Hablando de casa llena... Olvidé decirte algo... — se acaricia la nuca con pena.

—¿Qué ocurre?

—Rosalie me dijo que vendría en treinta minutos.

Yo abro los ojos impresionada.

—¿Qué?

¡Mierda, mierda, mierda! ¡Tendremos visitas y yo luzco como pordiosera! Toco por instinto mi cabello, el cual no he lavado en días.

Ante mi evidente pánico, Edward me sostiene por las manos.

—Bella, tranquila. Ella no viene a criticarte. Quiere verte antes de que ya no se pueda. Está consciente que los primeros días no puede visitarnos y me dijo que le gustaría conversar contigo.

—No me veo bien. Me veo espantosa, mira mis piernas, mi cabello... Como estoy — hago un puchero alzando los brazos para que dimensione de lo que hablo.

—Luces hermosa — contesta con mucha seguridad.

—Eso lo dices porque me amas.

—Y eso lo hace mejor, a mí no me importa cómo vistas y de la manera en que te veas. No me importa tu talla, Bella. Te amo por quién eres, por la hermosa mujer que vive en ti —toca mi estómago —. Porque eres la madre de mis hijos. Sí, es verdad. Luces cansada, cariño. Pero hemos avanzado tanto juntos. Cada paso que avanzas, sabrás que valdrá el esfuerzo cuando veas tres pares de ojitos mirándote con fascinación.

Yo levanto la vista conmovida.

—¿De veras crees que me verán así? Con amor.

—Como yo lo hago —me acomoda un mechón detrás de la oreja.

Sonrío como una adolescente.

—No comprendo cómo puedes amarme tanto.

—Yo tampoco entiendo cómo puedes hacerlo tú — argumenta.

—Amarte es fácil — pego su frente a la mía.

—Si era fácil, ¿Por qué nadie lo logró antes de ti?

Y con eso, me deja sin palabras.

—Nadie — dice sin más — ha visto lo que tú, en mí.

—Quizá no estabas preparado — enredo mis brazos alrededor de su cuello.

—Hasta que te conocí — me besa suavemente los labios y aquel tacto tierno, conforme pasan los segundos, se vuelve más fiero.

Yo respiro con dificultad, más bien jadeo.

Sus besos me marean.

—¿Estás bien?

—Si-i.

—¿Segura?

Asiento frenéticamente, peinando mis mechones hacia atrás.

—Lo estoy, es solo que tus besos me descolocan mucho.

Me besa la frente.

—A mí, toda tú —me tiende la mano —. Vamos, tomemos un baño rápido.

—¿Ahora? — pregunto apoyándome en él.

—Si, quiero que te relajes antes de que lleguen las visitas.

Yo pongo cara de decepción, sabiendo que no pasará algo más.

Hace días que no nos tocamos. Edward no ha insistido más allá de un beso, quizá porque es evidente que no estoy cómoda por el momento y que la mayor parte del tiempo estoy malhumorada. Sé que se está conteniendo, pero como todo un caballero, no presiona más con llevarlo más lejos.

Aunque a mí no me molestaría hacerlo. ¿Por qué Esme lo educó tan bien? Tendré que hablar seriamente con mi suegra sobre eso y espetarle que su delicioso hijo no me hace el amor como un loco, aunque los dos lo estemos deseando.

—Bien — camino hacia el baño y lo sigo —, pero tú ayúdame.

Me mira de soslayo cuando dejo caer la blusa y los pantalones holgados me quedan en las rodillas. Carraspea fuertemente cuando ve que no llevo sostén e intenta desviar la mirada. Yo me siento apenada por ello.

¡Oh, no! ¿Tan enorme me veo?

Bajo la cabeza y me recargo en la pared para maniobrar con los pies mis pantalones.

—Yo te ayudo, amor — dice dulcemente mientras se arrodilla frente a mí y tímidamente sube la mirada.

Con el pelo suelto y alborotado, lo veo hasta donde alcanza mi vista por encima del Everest que represente mi embarazo de trillizos.

Pero muy fuera de lo que espero, no me deja de ver fijamente. Aquello me intimida.

—Sé que luzco algo...

—Tentadora — completa por mí.

Sus palabras lanzan brazas ardientes a mis mejillas.

—¿Qué?

—No tienes ni puta idea del antojo que me provoca verte desnuda — murmura apenas, mordiéndose los labios.

Ya dentro de la bañera a mitad de su capacidad, siento las piernas duras y el corazón latiéndome casi desbocado.

Aun a mis pies, sus dedos rozan por detrás de mis rodillas y el inocente movimiento lanza fuertes palpitaciones a mi centro. Cierro los ojos por instinto.

Su mano sube por la parte dentro de mis muslos y yo gimo, pero no me ha escuchado. O eso creo.

La pasión quema por dentro de mi ser, tan violenta y palpable que me dejo llevar. Me echo a sus brazos y comienzo a besarlo con fiereza. Imparable y avasalladora, todo aquel bloqueo en mi cabeza sobre ser ligera o no, se va a la mierda.

Me sostiene con firmeza, recibiendo mi boca con hambre pero sobre todo con gusto. Su lengua me penetra, cuando mis manos se hacen puños en su nuca, matando cualquier ridícula distancia entre los dos. La poca agua que había sido preparada para mí, lo bañan a él.

No recuerdo la última vez que vi una imagen erótica en mi juventud. Quizá no tan joven, tal vez a una edad en donde no había tenido una amplia experiencia con los chicos, pero si tengo un recuerdo muy marcado sobre la despedida de soltera de mi hermana.

Las amigas de Alice había contratado un stripper, cosa que se esperaba más de mí, que de sus amistades. Pero ni siquiera había pisado una sex shop en mi vida, menos imaginaba donde conseguir un hombre para un baile erótico. Pero, ¡Oh, vaya! Cuanto material le di a mi imaginación para remover aquella sensación de excitación a la hora de tocarme.

Un guapísimo hombre de tez canela, cabello oscuro y altura infinita, me puso ambas manos sobre su bien marcado cuerpo. Todos sus músculos se tensaron con las temblorosas caricias que le di cuando se colocó en mi regazo y me meneó la pelvis en la cara. Si esa noche dije que no me había parecido una experiencia fuera de otro mundo, mentí.

Llegue a casa luego de la fiesta, más caliente que adolescente que descubre una playboy.

La imagen que tengo frente a mí, es diez mil veces mejor que aquel soso recuerdo caliente que tuve. Su camisa blanca se transparente, definiendo puntualmente las marcas de sus gruesos brazos y su bien moldeado torso, la cintura estrecha y el pecho amplio. Su deliciosa espalda gruesa y ese vaivén de su respiración entrecortada cuando me mira a la cara.

Su gesto es duro, sexi, salvaje. Por la línea de su mandíbula, le escurren cristalinas gotas de agua, que se me antojan lamerle desde donde nacen, hasta su clavícula.

De repente me pierdo en sus ojos. Oscuras pestañas se direccionan hacia mis pechos, luego a mis piernas y luego al centro de ellas.

Yo no sé si estoy tan mojada, que puedo verlo todo en cámara lenta. Se peina el cabello con su gruesa mano y los mechones oscuros por el agua, le rebotan gruesos en la frente. Parece el comercial de un perfume de Dior.

¡Mierda santa! ¿Por qué no había notado que tenía a un integrante de Magic Mike como futuro marido?

Lo beso, como si quisiera beberme la humedad de su ser. Quiero tenerlo dentro, mi cuerpo urge por el suyo.

Acaricio su espalda con algo de fuerza, mientras siento reventar mi ropa interior bajo sus puños ansiosos. La tela rasgada es una sensación liberadora y me llena de adrenalina. Cuando juraba que no podía moverme rápidamente, de nuevo lo monto, quedando a horcadas sobre sus caderas. Masajea mi cara sin rumbo, mi cabello, mi nuca, para luego abandonar mi boca y lamer con su lengua el largo de mi cuello. Yo gimo, meciéndome hacia adelante y haciendo fricción entre mi sexo y la tela de su pantalón.

—Pensé que no podías moverte tanto — gruñe sobre mi piel mojada por el sudor.

—Me tienes loca por ti, cariño — gimo cuando mordisquea mi lóbulo —. Que si me dijeras que para hacerme el amor debo atravesar el Sahara, lo hago con tal de llegar a ti.

Sonríe con malicia, dejando un camino de besitos por mi dermis, la cual reconoce la sensación enseguida y se eriza.

—¿Quieres que me quite el pantalón? — pregunta, mientras sigue jugando conmigo.

Me muerdo los labios.

—Déjalo ya, por favor. Te necesito.

—¿Dónde? — mueve las caderas rítmicamente y yo comienzo a masturbarme con el roce. Pero no encuentro el alivio.

—Dentro... Por favor, muy dentro... Te necesito, cariño.

—Bien, amor — me sujeta con ambas manos por la cara, obligándome a mirarlo —. Soy tuyo, haz de mí tu voluntad.

Aquella entrega enciende por encima de lo que creo que soporta mi cuerpo, aún más mi temperatura, pero sobre todo mi deseo por él.

Tengo que admitir, que soy una cachonda salvaje. Sobre todo, una descoordinada. Este embarazo me ha hecho descubrir facetas mías que no sabía que tenía. Excitada como nunca antes lo estuve, mi deseo me hace sentir calor en lugares que no tenía idea de cuan erógenos son. Cegada por el caliente momento, le quito la camisa de un solo movimiento, trayéndome más que la prenda blanca.

¿Alguien te advierte que la adrenalina te da super fuerza? Sobre todo a una embarazada de trillizos.

El jalón hacia arriba hace que el torso de Edward se sacuda violentamente y se quede atorado en sus brazos, que con el meneo, impide que vea, que coordine su equilibrio y que su hermosa cabecita termine rebotando en la esquina de bañera.

Pues bien, la camisa salió. Y tras ella, una línea de sangre de la esquina de su frente.

—¡Edward! — grito asustada cuando veo que se toca cerca de la sien y la mano hace presión donde la escarlata brota —. ¡Lo siento, mi amor! ¡Perdóname, por favor!

Mi adorado y sensual hombre parpadea aturdido, mientras le coloco la bonita playera blanca, haciendo presión sobre la herida, manchándola con su sangre.

—¿Estás bien? — pregunto con desespero.

—Yo... ¡Wow! — ríe como un niño pequeño, sin poder contener una certera risa —. No sabía que te gustaba tanto...

—Deja las bromas, estás herido — contesto algo desesperada —. Mira lo que te hice, perdóname.

—Estoy bien — sigue sonriendo.

—Estás sangrando — lo regaño al ver que no se toma las cosas con seriedad.

Mientras me mira como un ciego lo haría, al ver el sol por vez primera, yo sigo limpiando donde el golpe se comienza a notar.

Sus ojos parecen enternecidos por lo que hago, no hay una pizca de enojo, ni de algo más. Solo fascinación y amor. Amor puro y ardiente por mí. Mucho amor.

—Eres hermosa — murmura sin dejar de verme, yo desvío la mirada de su frente, a las esmeraldas que brillan.

—¿Te has golpeado tan fuerte ese cabeza dura que tienes?

Me acaricia la mejilla con suavidad.

—Me he lastimado peor.

—Eso no me hace sentir mejor y tampoco es consuelo —paro de limpiarlo, en cuanto deja de sangrar. Eso me tranquiliza un poco —. Quizá tendremos que llevarte al hospital, ojalá no necesites puntadas.

—Estoy bien — repite aún son su sonrisita tranquila.

—Venga, vamos a curarte fuera — me levanto desnuda y me enredo con una bata mullida.

Me da la mano y lo siento en la cama. Edward solo me sigue con la vista mientras me muevo hábilmente para buscar el botiquín del baño.

Uso el agua oxigenada con una gasa mientras hago cada movimiento con mucha lentitud y cuidado. Luego uso alcohol y no hace ningún gesto cuando la herida debería escocerle.

—Tienes un alto umbral de dolor.

—No me duele — me besa la mejilla.

—Un macho — me burlo y le coloco una vendita blanca para intentar cerrar su herida.

Niega.

—No aparento ni minimizo lo que siento, Bella. No estoy tratando de engañarte. Tuve heridas peores que esta — señala su sien derecha —. Ya nada me duele desde que volvimos a estar juntos.

Yo pego mi nariz a la suya.

—Te amo, lo siento por haberte dejado una posible cicatriz en esa hermosa y perfecta frente.

Suspira con un aire divertido.

—Cuando tengan la edad suficiente, les contaré a mis hijos que su madre me la hizo porque su calentura la dominó.

Yo niego avergonzada.

—Lamento más no haber terminado lo que comenzamos.

Me besa la nariz.

—Te diría que podríamos intentarlo ahora — mira de soslayo la puerta que da hacia la sala y suspira —, pero parece que ya tenemos compañía.

Yo jadeo resignada cuando escucho el perfecto sonido del timbre de la casa.

—Me encanta la idea de que los chicos vengan, los adoro pero hoy, son molestos — digo frustrada.

—Anda, tendremos tiempo después — se levanta y me acaricia por debajo de la barbilla —.Ve a cambiarte. Yo buscaré ropa seca para recibirlos.

Asiento sin mucho ánimo.

—De acuerdo.

Rápidamente, se cambia de playera y se deja el mismo pantalón, el cual increíblemente no está mojado, ni siquiera por mí. A veces me sorprende lo veloz que es. O quizá me volví muy lenta.

—¿Quieres que bajemos a la sala?

—No — respondo usando mi nueva muda de ropa interior y usando unos pantalones de maternidad a los tobillos —. Diles que suban. Cuando me excito puede que se me olvide que no soy una pluma, pero ahora mismo ni siquiera deseo bajar escalones.

Asiente sin más y me lanza un beso, sé que le ha divertido mi comentario, pero no dice nada al respecto, ni hace falta. Su cara lo dice todo.

Sale y yo me pongo la blusa.

De nuevo vuelvo a ser mamá gallina y no la estrella porno que sale cada vez que ve a Edward entrar por la habitación.

Me acomodo en la cama, poniendo mis tres almohadas reglamentarias tras la espalda. Poco a poco, escucho el murmullo de tres voces acercándose al segundo piso.

—¿Qué ocurrió? —pregunta la voz del quien reconozco es Emmet —. ¿Acaso estaban jugando a las luchas y Bella te ganó? —se carcajea fieramente para luego soltar un quejido.

—Em, compórtate — lo regaña su pequeña esposa, posiblemente luego de darle un codazo en las costillas.

Edward camina tras ellos con una enorme sonrisa en los labios, quizá aguantando la risa, mientras la rubia y su marido — quien trae las manos visiblemente ocupadas por un enorme estuche negro de líneas plateadas en la mano —, y entran con lentitud hacia donde me encuentro.

—Hola, chicos — levanto la mano y la meneo tímidamente.

—Preciosa, ¿Cómo estás? — se acerca ella y me besa ambas mejillas —. Pero qué preguntas hago, ¿Cierto?

Mi futuro marido rodea la cama y se sienta a mi lado, para luego entrelazar sus manos con las mías.

—¡Hola, Elastic girl! — me saluda el gigante, dejando la pesada caja al lado del pequeño desastre que aún no he recogido —. ¿Cómo van esos bollitos? ¿Listos para salir del horno?

—Pues la historia se cuenta sola —respondo mirando de reojo a Edward, quien niega por el tonto comentario.

Elastic Girl, ja. Buen chiste.

—Disculpa a mi marido, Bella — comenta Rosalie sentándose a mis pies —. A veces Henry lo cuida a él.

Emmet niega divertido.

—Soy el mejor compañero de juegos.

—Ya — jacta su esposa —, se divierten como enanos.

—Es que no me deja que le haga un compañero — se cruza de brazos y su mujer se sonroja.

Edward y yo no podemos evitar reír.

—Por cierto, ¿Dónde está el pequeño?

—Se ha quedado con mi madre, queríamos visitarte y sé que por el momento no debes tensionarte con nada — me acaricia la rodilla —. Comprendo perfectamente cómo te sientes.

¡Vaya! Que considerada, pero a mí su bebé no me molesta en lo absoluto.

—Lo hubieras traído. No tengo ningún problema con que nos haga compañía.

Ella niega.

—De hecho, hablé con Edward sobre que quería que pasáramos un poquito de tiempo de chicas, antes del gran día.

Miro directamente a mi peli cobrizo y él me guiña un ojo.

—Sé que has estado cansada y como tu hermana ha estado ocupada los últimos días no ha podido venir a verte, así que quería que pasaras el tiempo con Rose. Sé que tienen muchas cosas que platicar.

Parpadeo emocionada. No recuerdo la última vez que me puse atención a mi misma, respecto a mi imagen personal.

—¿Tiempo de chicas? Hace tanto que no tengo algo así.

—Ni yo — taja el pelinegro —, aunque tristemente no nos podemos quedar, sé que mi Rosie hará muy bien las cosas. Créeme, tiene unas manos espectaculares.

Tengo la vaga impresión de que no estamos pensando en lo mismo. ¡Oh, Emmet!

Su mujer no dice nada y aquel ligero rubor, se extiende por su pómulos altos.

—¿Qué cosas? — pregunto confundida.

—Querido, ¿Podrías acerca la caja, por favor? — carraspea la mujer.

Emmet obedece al instante, carga el enorme estuche que se asemeja a los que usan para guardar bocinas para un concierto. El hombre levanta aquello con la mayor facilidad del mundo, así que no sugiere ningún problema cuando lo coloca a la altura de su flamante esposa. Del estuche, le salen unos patas metálicas que lo hacen más alto, como un centro de maquillaje móvil. No sabía que siquiera existía algo así.

—¿Qué es todo esto?

Rose aplauda casi inaudible y me mira, como si fuese la preciosa edecán del mejor producto del siglo.

—Es un centro de spa móvil. Me lo regaló mi esposo cuando se acercaba la fecha del parto. Sé que te sientes algo cansada y abandonada — estoy a punto de comentar algo, pero ella alza su pintada y bien estilizada uña índice — y está por demás decirte que lo necesitamos.

Me dan ganas de preguntarle que si en su casa no hay espejo.

—Estoy emocionada — murmuro sinceramente.

—Muy bien — Edward me besa la sien y se levanta para caminar a donde su amigo se encuentra —. Las dejamos solas.

—No te preocupes, lo traeré temprano y no se meterá en problemas. Más problemas— le aprieta los hombros, quien al lado de mi hermoso Adonis, le lleva por lo menos quince centímetros.

—Cuídate, por favor — le pido con el corazón.

—Tranquila, preciosa. Iremos por unas cervezas y cualquier cosa, tendré el celular a la mano —me recuerda.

Suspiro un poco más relajada. Sabe que estoy nerviosa, porque el parto podría darse en cualquier instante. Siempre ocurre con los embarazos múltiples, ya lo había leído antes.

—Diviértete, te lo mereces.

—Lo intentaré. Haz lo mismo tú también.

—¡Que grosería, Cullen! ¡Irás conmigo! ¿Cuándo fue la última vez que hicimos algo juntos que fuese arriesgado y que no te divirtieras?

Edward entrecierra los ojos y lo mira con cautela.

—Em, no vayamos a esa parte del pasado.

El aludido se ríe, como recordando una broma privada. Honestamente, no sé de qué hablan.

Veo a Rose, quien parece tan confundida como yo.

—Lindas, ya tendremos tiempo de contarles nuestras aventuras.

—¿Qué tal esta noche? — pregunto mirando alrededor —. Podemos cenar los cuatro.

—No queremos molestar — interfiere la mujer.

—En la absoluto. Me encantaría tenerlos un poco más.

Mi hombre se nota algo avergonzado. Yo me río, ¿Qué cosas tan descabelladas hiciste en la universidad que no me has contado, Edward Cullen?

—Si no hay problema, estamos encantados. Además recogeremos a Henry hasta mañana. Ya habíamos quedado en eso.

Su marido se cruza de brazos y alza una ceja a modo de coquetería, mientras me mira.

—Es que esta noche quiere que hagamos otro McCarthy.

Rose lo mira abochornada y le lanza un cojín por la cabeza.

—¡Fuera! Edward, llévate a tu amigo o saldrá de aquí con un pie a rastras.

Sin más, él la obedece no sin antes, dejar que los esposos se despidan con un romántico beso. Edward me besa los labios, luego la frente y me susurra al oído.

—Te amo. No me extrañes tanto...

—Ya lo hago. Disfrutaría más si terminásemos lo esta mañana —le acaricio la herida, mientras hace un pequeño gesto de dolor con gracia.

—No vayas a romperme, ¿eh?

—Lo intentaré — le guiño un ojo.

Se sonríe sin más y nos quedamos solas, la señora McCarthy y yo.

Suelto un largo suspiro cuando siento la habitación vaciarse de energía. Vaya que estos hombres tienen la testosterona al cien por ciento, pues me han hecho respirar con alivio ya no tenerlos aquí.

—Y dime — rompe el silencio la rubia de ojos azules —, ¿Cómo te fue con Esme? Tu hombre nos ha dicho que fueron a revisión.

—¿Segura que solo él te lo ha contado? — pregunto algo divertida, mientras me acomoda una diadema esponjosa para levantar mis cabellos de la frente.

Cierra sus ojos y ríe.

—Digamos que últimamente a tu suegra no hay poder humano que la contenga. Me llamó diciéndome que los bebés están perfectos y que ya están bien acomodados.

Asiento, sobándome la barriga.

—Están un poco inquietos. Aún se mueven demasiado, pero es normal. Ya no hay espacio.

—¿Para cuándo está programado el parto?

—Nueve de septiembre — murmuro.

—¡Vaya! Estamos a tres.

Exhalo ruidosamente.

—Una semana más.

—¿Se mudarán al departamento que está cerca de la clínica?

—No estoy segura, le dije a Edward que se me hace un gasto innecesario con eso de la mudanza exprés. Es decir, solo es cuestión de movernos por si me dan contracciones en la madrugada y no corramos riesgos, pero yo estoy segura que todo saldrá bien. Además, todo esto es más por Esme que por mí o incluso por su hijo.

—Está preocupada por ustedes — comenta mientras me limpia la cara con una toallita de algodón y un agua de rosas orgánica. Vaya, huele tan delicioso y es relajante. Instintivamente me echo hacia atrás y cierro los ojos mientras me dejo en sus manos expertas —. Además, debes comprenderla. Son sus nietos.

—No quiero que se preocupe de más.

—No creo — suspira —, el mundo entero de ella gira entorno a los bebés. ¿Has visto su tablero de fotos?

—¿La de los bebés y las familia que ayudó? Es como su tótem. Es muy hermoso.

—Solo imagina lo que siente pensando que ella ayudó a que sus nietos vinieran a este mundo.

Abro los ojos y la miro con ternura.

—Tienes razón. La tendré en más consideración, además, es la madre del hombre que más amo en el mundo.

—Lo sé, hacen una hermosa pareja. Nunca lo había visto tan feliz — comenta abriendo una especie de mascarilla turquesa que me unta por la cara con una brocha suave. Huele a mar.

—Él me dijo que te conoció desde la universidad.

Asiente concentrada y me sonríe.

—Él fue el que se acercó primero para decirme que su amigo quería salir conmigo.

Me río.

—¿Estás jugando cierto? — Rose niega divertida —. No puedo imaginar que Emmet haya sido tímido, como es y como lo he visto comportarse, parece que es el más extrovertido de todos. Tiene una energía tan potente y arrolladora.

—Así como lo oyes — me levanta los pies y comienza a masajearlos con una crema suave. La acción me toma por sorpresa, pero no opongo resistencia cuando sus delgados dedos comienzan a masajearme las plantas con firmeza con una buena mezcla de suavidad. Maldita sea, su esposo tenía razón —. Yo entré a la universidad un año después que ellos. La fraternidad a la que pertenecía — dice con algo de pena, dejando bien claro que era una niña consentida —, organizó una fiesta para la nueva generación. Ahí lo vi por vez primera, con su flamante chaqueta roja de futbol americano.

…Emmet era el capitán y obviamente él y tu marido, eran el centro de atención de mis amigas. Pero a mí me hechizó desde el primer momento mi enorme hombre, no podía dejar de mirarlo y era claro que él tampoco a mí. Dejamos de poner atención a lo que ocurría alrededor. Yo no supe si alguna amiga me contó un secreto de estado, el secreto de la vida eterna o una confesión de homicidio, porque sinceramente, no la escuche. Tuvo el mismo vaso de cerveza por toda la noche y yo podía notar cómo se debatía internamente entre acercarse o no. Yo moría de ganas por que lo hiciese. Edward y él mantuvieron una pequeña conversación, hasta que su amigo se me acercó y preguntó por mi nombre y si quería conversar con aquel chico de cabello oscuro. Realmente me decepcionó aquello — suspira y niega sonriente —. Yo quería ver al divertido capitán del equipo coquetear conmigo, que lo diera todo o nada. Pero no lo hizo, en su lugar mandó a su escudero a que charlara conmigo. A qué te baja los ánimos, ¿no crees?

—Supongo que un poco. Insisto que no es normal verlo tan serio, de verdad no me lo imagino.

—Lo mismo dije yo. Lo había notado bromeado con los demás chicos, incluso coqueteando con alguna de mis compañeras, pero luego de que percibió que estaba en la misma habitación que yo, solo podía ver a un niño tímido en medio de una multitud.

—¿Y qué ocurrió entonces? Seguro mandaste la contestación con Edward.

Asiente.

—Mis amigas pensaban que él venía por mí. Pero fue claro, él solo era el vocero de Emmet, no más. Además, todas sabíamos que en su momento, ya tenía novia.

Levanto una ceja, con sorpresa.

—¿La conociste?

—Y tú, según supe. Dio muchos problemas el último año, y se casó con el tío abuelo de tu prometido. Aro Vulturi — suelta suavemente.

Kate Denali. Entonces, ¿Desde ahí fueron novios? ¡Mierda! Con razón se sintió tan traicionado cuando supo lo del matrimonio con Aro. ¡Zorra! Ok, respira. Ve a tu lugar feliz, ve a tu lugar feliz. Es parte del pasado y no importa. No importa. Estamos juntos ahora y nada nos separará, menos una estúpida loca interesada.

—No sabía que eran tan antiguos — exhalo.

Ella me lee la mente, eso creo.

—No sabía que no estabas enterada. Lo siento — me toma la mano.

—No, no me molesta ni me afecta. Ella es parte del pasado de Edward, así que ahí se ha quedado. Él me ha elegido a mí.

—Si algo te ayuda en saberlo, nunca lo había visto tan feliz como ahora. Pero sobre todo tan enamorado.

Me conmueve su comentario.

—Esme me ha dicho lo mismo.

—Siempre ha sido cerrado con sus sentimientos, sobre todo luego de esa mujer. Pero cuando te conoció, Emmet me dijo que su amigo estaba extraño, más feliz y animado. Creíamos que era por el nuevo restaurante, pero luego Riley nos dijo que ya tenía su chef. Nunca imaginamos que estaba enamorado.

La miro con perplejidad.

—¿Enamorado? Es imposible.

—¿Por qué?

—No lo sé, no lo creo. ¿Cuándo lo notaron así?

—Desde enero, quizá — responde sin pensarlo.

Trago saliva.

—A mi recién me conoció.

Rose me mira fascinada.

—¿Alguna vez creíste en el amor a primera vista? Creo que a ellos les pasó.

Agacho la cabeza con un poco de pena y siento el rubor quemar mi cara. Enamorado desde el primer día, Dios bendito.

Estoy sin palabras.

—Me siento cautivada — confieso.

—Y yo feliz por ambos. No te imaginas la felicidad que me trae el saber que van a casarse, que van a tener bebés juntos — me toma de las manos —. Pero más hermoso me parece el destino que tú hayas llegado a la vida de Esme también.

Parpadeo sin entender.

—¿Llegado a la vida de mi suegra?

Suspira y pestañea, con un brillo en los ojos que perfectamente reconozco.

—Edward además de darme su amistad y ser el más animado compañero de fiestas, pero sobre todo animarme a salir con Emmet, me regaló la presencia de su madre y de su padre. Carlisle y Esme, estuvieron presentes en los momentos más importantes de nuestra vida. Yo sé que sabes que ella es prácticamente la madre de mi esposo. Cuando él y yo comenzamos a salir, me trajo a casa de los Cullen. Comimos juntos, como toda una familia. Por supuesto que sé que mi suegro aún vive, pero casi no tiene contacto con nosotros. Entonces, la familia que mi marido me presentó fue la de su hermano, Edward. Cuando les contamos que nos casaríamos, todos festejaron, incluso Riley, quien era el más apartado del grupo.

Asiento.

—Es cierto, no he tenido oportunidad de siquiera conversar con él.

Vaya, que tontería. No he visto ni siquiera a mi cuñado.

—Por eso te pido que la entiendas un poquito, porque estoy consciente que la madre biológica de mi marido, ya no vive, pero que Esme ha hecho como si lo fuese y un poco más. Nosotros también fuimos a la clínica para concebir a Henry — ríe divertida —, y vaya que las manos de la Doctora Platt son santas.

Yo sonrío ampliamente.

—¿Estás diciéndome la verdad?

—Completamente.

—¿Y cómo fue? — pregunto emocionada.

Ella de repente tiene una sonrisa triste en los labios.

—Cuando nos casamos, quizá al terminar la luna de miel, descubrí que estaba embarazada.

Oh, no. Tengo bien por enterado que el matrimonio McCarthy ya tienen cerca de cinco años juntos y su bebé no alcanza siquiera el primer año de edad.

Sostengo su mano con firmeza.

—Lo siento mucho, Rose. No imagino por lo que pasaste.

—Está bien— palmea mi agarre con ternura —. Estoy en paz con ello, me alegro de verdad haber tenido el apoyo de toda la familia. De la mía sobre todo. Pero Esme nunca se apartó de mí. Yo tenía miedo de no poder volver a embarazarme. Vivía frustrada todo el tiempo, comprando pruebas de embarazo por paquetes y tirándolas cada vez que salían negativas. Incluso pensé que Emmet me abandonaría porque no pasábamos un día sin pelear. Tenía las emociones a flor de piel. Siempre comenzaba todo con un comentario pequeño que terminaba en reclamos de cosas que a los dos nos herían. Estaba segura que me pediría el divorcio — me mira a la cara —, pero se quedó. A mi lado, en todo momento e incondicionalmente. Lo hablamos, recurrimos a terapia. Mi esposo le pidió a su madre que nos ayudara, que quería agotar toda posibilidad de esperanza. Ella accedió, nos pidió tranquilidad, paciencia y mucho respeto para el uno con el otro. Nos dijo que no sería un proceso fácil, que no nos culpáramos por nada. Estábamos dándolo todo.

—¿Y qué ocurrió?

—Pues llegó a nuestra vida nuestro precioso bebé arcoíris — sonríe con lágrimas en los ojos —. Fue una noche después de discutir. Más bien yo era la que usualmente iniciaba las peleas. Emmet se portó como el mejor de los seres humanos en esas situaciones. Cuando yo me hice la última prueba que salió negativa también, le grité que estaba harta, que debíamos separarnos y que debía buscarse una mujer que fuese capaz de darle lo que él anhelaba con todo el alma. Porque lo sabía, mi esposo ansiaba tener un hijo y yo no podía dárselo. ¿Sabes qué me dijo? Que me necesitaba más a mí, que no importaba sino podíamos, que siempre podíamos adoptar un bebé y darle un hogar. Mucho amor, porque a él le sobraba y a mí también.

Estoy llorando de emoción. Dios, que hombre tan bueno.

—Y sucedió — murmura —, esa noche hicimos el amor tan dulcemente que creía tocar el cielo un millón de veces. Me habló como si apenas estuviera conquistándome, me dijo que me amaba en todo momento. Me apretó y sostuvo fuerte entre sus brazos y sentí su amor destilando por todo su ser para entregármelo a mi sin condición — suspira.

—Que hermoso.

La rubia se remoja los labios y sonríe apenada.

—A los quince días, Emmet había organizado una barbacoa con algunos amigos de la oficina. Una de las cosas que tenemos en común, es que nos encanta comer una salsa especial que mamá me enseñó a hacer a base de aguacate. En medio de la cocina, mientras yo cortaba los ingredientes, me dio el olor y salí corriendo al baño a vaciarlo todo. ¡Qué cosa tan más extraña! Me daba asco algo que me había gustado toda la vida.

Me río sin poder contenerme.

—Vaya modo de anunciarse del pequeño Henry.

—Lo sé — hunde los hombros —, pensábamos que me había enfermado. Quizá una gripe estomacal, algo que había comido en mal estado. Tomé un antiácido y no pasaba. Intenté seguir con mi vida normal, hasta que al mes cumplido exacto, yo parecía vivir en un barco en lugar de mi casa — se ríe con fuerza —. Dios sabe que le arruiné a Esme más de tres macetas.

Su alegría contagiosa se me transmite sin lugar a dudas.

—¿Y cómo lo confirmaste?

—La madre de tu prometido me envió a hacerme exámenes de sangre de carácter urgente. Honestamente estaba asustada — se toca el pecho y cierra los ojos —. Pensaba que las cosas se irían por la borda con algún diagnóstico grave, ahora que por fin las cosas entre los dos fluían de maravilla. Le conté a mi marido, incapaz de guardar el secreto por tanto tiempo y ésa noche, nos desvelamos conversando, yo no paraba de sollozar. Él se mantenía sereno, yo pienso que se contenía para no preocuparme más de lo debido. Sabíamos que la veríamos al siguiente día para saber que pasaba. Si debía tener algún tipo de tratamiento con vitaminas para anemia o algo más agresivo.

—Que angustia — trago saliva. Dios, de pensar en ello, me da escalofríos.

—Y en efecto — continúa —. Al otro día, ni siquiera terminamos el desayuno. Fuimos a la clínica en silencio y nos sentamos frente a la doctora Esme quien ya tenía a la mano los resultados de la prueba de sangre. Que sí. Si necesitábamos vitaminas, eso nos dijo. La cara de Emmet se derrumbó pensando lo peor, pero la vida le volvió al cuerpo en cuanto sugirió que el tipo eran prenatales.

Rose se hace hacia atrás el cabello y mira el techo, mientras de nuevo las lágrimas salen sin control de mis ojos y de los suyos.

—Debiste verlo, Bella. Corrió por la clínica como un loco y cargó a todo a quien se encontraba a su paso para girarlo en el aire, gritando: ¡Tendremos un bebé! ¡Tendremos un bebé! Yo lloraba de alegría. No podía creerlo.

Me ve con mucha ternura.

—Dicen que amar a los hijos en incondicional y hermoso, pero cada vez que los veo cargando a Henry, es como tener lo más hermoso y perfecto a sus ojos.

—Lo buscamos por mucho tiempo — se limpia las mejillas con el dorso de su mano —. Y llegó cuando menos lo esperábamos.

Afirmo, completamente conmovida.

—Así llegaron mis hijos a mi vida — recuerdo tocándome el vientre—. Me hice una prueba de embarazo muy poco tiempo después de haberme inseminado y salió negativa. Ni siquiera le di un par de días. Yo había dado todo por acabado y perdido. Esa noche, salí a un bar a querer ponerme ebria hasta ser incapaz de recordar mi supuesto fracaso. La mejor noche de mi vida, porque me negaron el acceso y entré corriendo como una loca gritando que era la señorita libertad — me río con algo de vergüenza —, alguien abrió la puerta y me di un enorme porrazo en la cabeza que terminé desmayada en la cama del hombre que pronto será mi marido.

Rosalie me mira sorprendida y se ríe escandalosamente frente a mí.

—¡Estás jugando!

—En lo absoluto.

—¡Vaya cosa! — se carcajea.

Las siguientes dos horas, nos la pasamos entretenidas haciéndonos las uñas de pies y manos — más bien, ella a mí —, luego de pasar a la parte en donde yo fui entrevistada por Edward en mi propia casa, las primeras veces que fui al restaurante con las piernas temblorosas por verlo y todo aquel extraño coqueteo que hubo entre los dos.

Cuando menos me lo imaginé, Rose ya me había lavado y cortado el cabello de las puntas, me lo había peinado y me había puesto crema hidratante en todo el cuerpo. De verdad que el día de spa, iba en serio.

Me siento completamente nueva y relajada. Pero sobre todo, muy cómoda con ella. El tiempo ha transcurrido tan pronto, que hemos pasado de hablar de cosas tan delicadas y que pudiesen hacernos llorar, a terminar riendo como locas.

—¡Vaya que el día se ha ido volando! — miro el reloj de mi pared.

—Y estos chicos que no han llegado — me guiñe un ojo.

—Aún estamos a tiempo de preparar la cena — me levanto de la cama con mucha energía.

—¡Eh, Bella! Con cuidado. No seas brusca, mujer — se para rápidamente para darme la mano en caso que lo necesite.

Pero extrañamente, me siento tan llena de vitalidad que todo mal humor y frustración, se han ido.

—Estoy bien — le tomo la mano.

—Ya veo porque a tu marido casi le dan infartos.

Pongo los ojos en blanco.

—¿Tú también? — me río.

—¡Vale, vale! —levanta las manos como quien es arrestado —. Conozco la furia de una embarazada, y tú eres como tres en una, no molestaré al toro — me abraza por los hombros.

—¡Que lista! — camino escaleras abajo —. Pero tendrás que pagarla por eso que has dicho.

Lentamente ingresamos a la cocina, donde sé que podemos preparar entre las dos para cenar. Tengo unos cortes de carne que podríamos hacer en el horno, quedaría muy bien acompañado con un puré y una pasta.

Vuelve a mí, las ganas inmensas de preparar un festín que soy muy rápida por donde me muevo. Mi invitada apenas y termina de cortar los vegetales cuando yo ya estoy preparando el puré.

—Dios, eres muy ágil en lo tuyo.

Alzo las cejas y suspiro mirando mi bowl.

—Tristemente en la vida real, no soy más que un Bambi en tacones.

Se ríe conmigo y al par que el horno suena, la puerta principal se abre, para anunciar la entrada de nuestros hombres.

Edward me mira con recelo, pero no dice nada. Sé lo que piensa por verme en la cocina, pero todo se le pasa cuando se acerca y me besa.

—Te veo más guapa — juguetea con su nariz sobre la mía.

—Rose hace maravillas.

—Tú ya eres hermosa.

—Ni que lo digas — murmura la rubia entre los brazos de su marido —, yo solo la pulí un poquito y salió a flote su belleza.

—A que las manos de mi mujer son mágicas — la aprieta para acercarla más y me guiñe un ojo. La rubia le da un golpe tierno en el pecho y lo abraza.

—He de reconocer que me dejó como nuevos los pies — admito —, tanto que me dio por hacer de cenar juntas.

El matrimonio McCarthy se acercan a la mesa y se recargan.

—Yo prácticamente solo hice la ensalada — se disculpa Rose —, no hice mucho.

Alzo la ceja.

—No es verdad, hiciste demasiado.

—¿Qué? ¿Cortar lechuga?

Los hombres se ríen.

—Tal vez estaríamos a mano si preparas tu famosa salsa.

Emmet abre los ojos sorprendido.

—¡Oh, su salsa! ¿Te ha contado de ella? ¡Es deliciosa! No importa qué comas — abre los brazos —, queda con todo.

—Creo que tenemos reservados algunos aguacates, ¿Podrías buscarlos, amor? — le pido a mi peli cobrizo que se apresura a hacerme caso.

En la cara de la chica, puedo notar algo de preocupación, pero no se niega en lo absoluto. Yo le acomodo un cuchillo y una tabla para picar, mientras todos como bobos la observamos.

—No puedo creer que Bella te haya convencido de hacerla — comenta su esposo mientras la mira fijamente y luego a nosotros —. He intentado que la prepare durante días y solo me dice que no — se carcajea.

Yo miro con extrañeza a su esposa, quizá porque pienso que la he presionado de más para hacer algo que no quiere.

—Si quieres, puedo preparar otra cosa — le comento.

—No, está bien — me sonríe —. La haré.

Con mucha calma, comienza a partir los aguacates, tan lentamente que la cocina se queda en silencio. Al quitarles la cáscara, noto como el rubor natural de sus mejillas se esfuma y la mujer adquiere una tonalidad verde y pálida.

Nuestra cara, al ver que sale corriendo al baño de invitados, es de póker.

Edward me mira a mí y ambos, luego vemos a Emmet.

—¿Está bien? — pregunta Edward preocupado —. Puedo revisarla sin problema alguno.

—Ve, amor — lo animo.

Emmet ha desaparecido de nuestra vista, casi dejando un rastro de humo en el aire por la velocidad, mientras toca la puerta con premura.

—Muñeca — toca la puerta —, abre por favor. ¿Estás bien?

Nosotros nos acercamos, estamos preocupados por su reacción.

Me acerco al oído de mi amor y le susurro.

—No lo preocupes, pero insiste. Podría haberle ocurrido algo dentro.

Se separa de mi lado, pero no hace falta, porque la rubia abre tímidamente luego del sonar de la cadena del baño y se seca la cara con una toalla de papel.

—¡Rosie! ¿Estás bien? — inquiere su marido con un tono de alarma en la voz.

Ella asiente.

—Mejor que nunca — sonríe.

—Me diste un susto de muerte — murmura abrazándola fuertemente.

Ya se podía notar el amor que le profesaba y que era tan cierto como que ambos se pertenecían.

—Lo siento, oso — enreda sus brazos a su cuello.

—Dime, ¿Qué pasó?

Ella se muerde el labio y parece que tanto como Edward, como yo, dejamos de existir en su pequeña burbuja.

—Me dio nauseas el aguacate — contesta con un susurro apenas inaudible.

Emmet se ríe por lo alto, aliviado sabiendo la razón. Puedo notar como su enorme cuerpo se relajada y la aprieta con más dulzura.

—Linda, uff... Creí que ocurría algo peor... ¡Vaya que cosas! — dice mirándonos a la cara —. El mismo susto me dio cuando nos enteramos que estaba embarazada de Henry. También le daba asco el...

Creo que soy completamente capaz de escuchar el clic, en su cabeza. Mira a su esposa, luego a nosotros y de nuevo a ella, sin respirar siquiera.

—¡Oh, por Dios! ¡Felicidades, chicos! — les celebro.

—Papá por segunda ocasión, Em — le celebra su amigo mientras recarga su quijada en mi hombro y me abraza por los hombros.

Pero el gigante de Nueva York, no reacciona. Rose lo toma por el rostro y lo acaricia.

—Oso, ¿estás bien? — pregunta con preocupación.

Y sin pensarlo más, le da un beso. No uno pequeño, no uno fugaz. Sino uno meloso, que pronto se vuelve apasionado, pero no sexual. Uno de esos que ves en las películas cuando por fin la chica y el chico quedan juntos y prometen días llenos de felicidad infinita. Pronto como me doy cuenta, Emmet está llorando.

Y con él, yo. Me siento genuinamente muy feliz.

Edward al verme, me besa la mejilla mientras yo hago una súplica con las manos y me cubro la cara. Sin lugar a dudas, estos dos seres maravillosos merecen lo mejor del mundo.

—Haberte conocido fue lo mejor que me ha pasado en la vida — la sostiene por la cara y la llena de besos — y cada día que despierto a tu lado, me confirmo a mí mismo que eres la mujer, el amor y mi razón de vida, junto con Henry y éste bebé. Te amo, Rosalie. Como nunca imaginé amar a nadie.

Su esposa llora también y se le recarga en el pecho.

—Te lo iba a decir esta noche en casa, pero no pensé que bebé tendría tantas ganas de ser anunciado— ríe entre lágrimas.

—¡Es característica de mis hijos!— se carcajea con genuina emoción cuando la besa en el tope de la cabeza—. ¡Somos el centro de atención!

Yo miro al hombre que tengo a mi lado y me sonríe, se ve completamente feliz por su amigo, su hermano de años.

Si creíamos que la felicidad no se contagiaba, ahora mismo lo comprobábamos.

….

La cena se volvió más animada de lo que esperábamos. Pusimos un poco de música y brindamos con naranjada, ahora que había dos embarazadas en la casa.

—Ya pronto nacerán los bebés, ¿cómo se sienten? — pregunta la futura y recién anunciada madre.

Yo miro a Edward y puedo ver su serenidad intacta. Palabras como: emoción, alegría, ternura y sobre todo, impaciencia, se leen perfectamente en su rostro. Apuesto que en el mío solo hay: miedo, nervios, impaciencia, pero sobre todo amor.

—Ansiosos — respondemos en unísono, sin planearlo antes. Edward me acaricia los hombros.

—Bien — carraspeo —, estoy nerviosa.

—Sabemos que está todo perfecto — aclara el padre de mis hijos —, pero no sabemos si podrían llegar antes. Creemos que la fecha exacta es el nueve de este mes, pero siendo tres, podría ser antes. A mí me hubiese encantado que nacieran el mismo día que el cumpleaños de Bella.

Rosalie parpadea.

—¿Cuándo es eso?

—Trece de agosto — contesta él, por mí.

Emmet se ríe.

—Cuatro cumpleaños en un día — toma de su vaso —, eso sí que es presión para un fiesta sorpresa.

—No creo que lleguen a tardar tanto — comento —, no sería muy probable. Pero al menos nacerían en mí mismo mes, sería un buen regalo.

—Para mí también — me besa el cobrizo —, y eso que no es mi cumpleaños.

Rose me sonríe con vasta alegría.

—Tal vez lleguen antes — casi apuesta —. ¿Se moverán como planearon?

—Le había comentado a Bella pero no quería considerarlo tanto — explica mi prometido.

Yo niego un poco mientras termino mi último bocado.

—Decidí que sí lo haremos. Quiero que hagamos lo que tu mamá nos recomendó, después de todo, ella sabe por qué lo dice.

La cara de Edward es un poema, sin poderse creer lo que he dicho.

—¿Quién eres tú y que has hecho con mi mujer?

—¿Qué? — me río.

Él mira a Rose y le toma las manos, fingiendo una reverencia.

—No sé qué le dijiste o cómo la convenciste, pero no pude hacerla cambiar de opinión en mucho tiempo y tú lo lograste en menos de cinco horas. Ya entiendo por qué Emmet se casó contigo.

Rose inhala con suficiencia.

—Yo sé domar bestias.

Emmet y yo, la miramos rápidamente.

—¡Oye! — decimos a la par y comienzan a reír Edward y ella.

….

—Entonces, planeas que nos movamos el ocho de septiembre — reafirma mi hermoso prometido, haciendo un camino de caricias mientras yo estoy recostada de lado, tan cómoda que me niego a moverme un centímetro de mi lugar.

Hacía tanto que añoraba dormir así. De verdad que Rosalie me ha dejado completamente relajada.

Mmju — respondo con los ojos cerrados.

Edward me besa la mejilla y luego el cuello. Eso, me pone en alerta.

—¿Estás con sueño?

—Estaba — me giro para tomarlo por el cuello y obligarlo a verme a los ojos.

—Lo siento — me peina los cabellos detrás —. Hueles increíble. Se me hace agua la boca — pega su nariz a mi garganta —. ¿Qué loción usas?

Yo me muerdo los labios.

—No estoy usando loción.

Se levanta de su lugar y alza una ceja.

—Pues algo pasó, hay algo distinto.

Hago un puchero, genuinamente sin saber qué es.

—Debe ser que estoy feliz.

—¿Por qué será, futura señora Cullen?

Suspiro y me acomodo perfectamente sobre su pecho, dejándome a la vista su hermosa cara. La marca que le he dejado esta mañana, aún parece sensible. Pero no me deja de parecer en lo absoluto, muy guapo.

—Porque lo tengo todo. Amigos maravillosos, unos suegros increíbles, unos bebés sanos, un hombre increíble que me ama incondicionalmente. A mi hermana, mi cuñado, mis sobrinos... No hay nada que pueda perturbar mi paz.

Parece embelesado mientras le hablo.

—Me encanta verte tan tranquila, después de todo qué bueno que los chicos vinieron.

Yo entrecierro los ojos.

—Ahora que lo recuerdo, no me dijiste lo que ocurrió en la universidad cuando estabas junto con Emmet.

Edward suspira y mira al techo.

—Es vergonzoso.

—No puedes asustarme ahora, ni siquiera sorprenderme — jadeo —, ¿Es que acaso hiciste algo ilegal?

Ríe y me mira.

—¿Me imaginas con antecedentes penales?

—Ya te dije que la faceta de chico malo, me parece jodidamente caliente.

De nuevo ríe y me acaricia la cara.

—¿Qué voy a hacer contigo, Bella? Voy a extrañar esa faceta cachonda tuya.

—¿Crees que se irá tan fácil? — inquiero coquetamente.

Lo piensa.

—Creo que siempre estuvo ahí, solo que las hormonas te han hecho más atrevida — se burla —. ¿Recuerdas esa vez que me saltaste encima cuando veíamos una película en tu sala? Antes de saber de los bebés.

Pongo los ojos en blanco.

—Como sino lo hubieras deseado también.

—Lo estaba deseando desde que entré la primera vez en tu casa — ronronea, con esos hermosos verdes viéndome fijamente —, quizá antes...

—Oh, deja de distraerme. Por favor — lo aparto suavemente con la mano —. Quiero que me digas qué hiciste.

Exhala, dándose por rendido.

—No lo vas a dejar, ¿Cierto?

—¿Es que acaso no me conoces? — me burlo.

Hace una mueca graciosa.

—Bueno, tú ganas... — dice como si no tuviese más remedio y yo me acomodo para escucharlo con atención —. Recién ingresados al equipo de futbol americano, Emmet y yo entramos a lo que comúnmente conoces como novatada, éramos junior, como se podía comprender, debíamos pasar por una serie de pruebas. El quarterback de ése entonces, nos encargó algunas tareas que debíamos realizar para él, como también para el equipo. A mí no me salían tan bien las cosas como a mi mejor amigo, además le aventajaba bastante que es más alto que yo. La última tarea de Emmet fue hacer una estupidez que podía costarle todo. Recuerdo que reventó los hidrantes de la universidad y organizó una pool party en la cancha olímpica con temática neón. Había shots que brillaban en la oscuridad, concursos de camisetas mojadas — saca el aire, mientras se toca la nuca —, metió un cerdo a la biblioteca mientras usaba el escudo de la escuela. No comprendo cómo no lo atraparon, pero fue la mejor fiesta de inicio de curso que puedan recordar de ésa generación — me mira a la cara —, después de que la gran noche comenzara, nos fuimos a la fiesta de una fraternidad de las chicas, donde el señor McCarthy, conoció a su futura esposa — ríe.

Yo lo imito.

—Rose me lo contó — recuerdo asintiendo.

—Y básicamente, eso sucedió.

Yo frunzo el ceño.

—Pero no me has dicho qué hiciste tú.

Ignorando completamente mis palabras, el hombre que tengo debajo de mí, me toma por la cara y me besa apasionadamente, ingresando sigilosamente sus dedos en mi ropa interior.

Todo pensamiento de lucha contra eso, se va a la mierda cuando comienza a masajear mi centro. Estoy tan mojada, que las paredes internas de mis muslos, se escurren.

—Amor, ¿qué...?

—¿Creías que me olvidaría de lo que no concluimos esta mañana? — dice lamiendo descaradamente mis pechos, a quienes ha descubierto de un solo movimiento mientras que con la mano, me sigue estimulando.

Estoy tan ida, que mi cuerpo actúa por sí solo y no noto cómo ni cuándo, se baja los pantalones y se cierne entre mis piernas.

Ingresa en mí, con tanta facilidad que instintivamente doblo las rodillas mientras el meneo de su cadera me hace envolver en un torrente de placer y locura. Gimo escandalosamente, mientras los gruñidos de su boca son igual de presentes como los míos.

—Oh, cariño — reza sobre mis labios —. No sabes cuan duro me pones. Me encantas, eres la mujer más apetecible que jamás haya visto.

Me aferro a su voz, antes de pensar que voy a desmayarme de placer.

—Te amo, te amo — soy solo capaz de decir.

—Y yo a ti, Bella. Siempre te he amado y siempre será.

Culmino con una última estocada, tan fuerte que la cara la siento caliente y el corazón saliéndome por entre las costillas, mientras él levanta el torso hacia atrás para dejarme la perfecta vista de su cuello tensionado, su pecho moviéndose casi como una convulsión y bañado en una fina capa de sudor. Está sonriendo, como si hubiese ganado el premio mayor.

Me mira a los ojos y me da un beso, dejando salir un largo y tendido suspiro. No sé da cuenta que el premio es él.

—Soy feliz — me dice aferrándose a mi cuerpo, cuando yo le acomodo el cabello detrás del oído — y de nuevo me observa —, haces que vaya al cielo sin morir.

Hago una pequeña mueca.

—Deberías dejar de hacer eso — lo regaño.

—¿Qué? ¿Dejar de amarte?

—¡No! ¡Eso jamás!

—¿Entonces?

—Dejar de decir esas cosas, aún siento que estoy en un sueño. Uno hermoso, no quiero despertar.

Niega.

—Estás despierta. No me digas que no crees que mereces ser feliz, que piensas que alucinas.

Me avergüenzo.

—Estas cosas no pasan en mi mundo.

—Pasan en el mío — me toma de la barbilla y me obliga a verlo —, bienvenida. Aquí solo existes tú — sostiene mi mano, encima de donde está su corazón —. Y cuando pensé que no se podía, se hizo más grande para que ellos entraran — besa mi vientre.

—Te amo, inmensamente. En seis día estaremos todos juntos, amor. Por fin. Juntos de una vez.

Me acomoda perfectamente a su lado y comienzo a dormitar.

—Como debe ser, bonita. Tú, mis bebés y yo. Elegí mi vida —me besa la frente antes de caer en la inconsciencia —, ya quiero vivirla.