CAPÍTULO 37

Trece de septiembre

POV BELLA

Para la mañana del siete de septiembre, Edward se encuentra dándole vueltas a la casa por lo menos dos horas al teléfono. Yo me entretengo leyendo un poco, cosas en libros y de vez en cuando en Internet. Mi adorado casi marido, me ha advertido que no busque información que podrían hacerme entrar en pánico, como imágenes de todo lo que podría salir mal o algo de ése estilo. No estoy completamente segura de que me haya instalado control parental en el teléfono, pero no soy tonta, tampoco me arriesgo.

—Había hecho la reserva desde hace un mes, lo sé —explica al receptor mientras se hace puños su cabello —. ¿Y eso qué quiere decir? — pregunta cerrando los ojos.

Me meto a la boca media almendra y la mastico despacio. Los últimos días he estado comiendo más ligero, ya que no quiero que ocurran accidentes al momento de pujar, esto es más por mí, que por el personal médico. Por fuera, puedo notar que hay una fresca brisa que se hace más fuerte conforme pasa los minutos.

—¡Yo no quiero el depósito de vuelta! — grita y aquella frase, me hace saltar de mi lugar —. ¡Me importa una mierda! Necesito el sitio para mañana... ¿Hola? ¡Hable! — se exaspera y bloquea su móvil, al ver que le han colgado. Puedo notar la frustración, casi saliendo con chispas desde el tope de su cabeza hasta sus pies.

—Cariño, ¿Todo bien?

Camina lentamente hasta mi lado y se echa, con la cabeza hasta atrás y sin abrir los ojos.

—Lo han rentado.

—¿El qué?

—El lugar donde nos quedaríamos.

Paso un trago de saliva grande.

—Bueno, no importa. Podemos ver otras opciones.

—Estas cosas no deberían pasar — dice en tono molesto —, tenemos que pensar siempre en que no estamos hablando de uno, son tres.

Bajo la cabeza para mirar mis dedos.

—Lo siento — murmuro — sé que debí haberlo dicho desde antes.

Levanta la cabeza y me obliga a verlo.

—No es culpa tuya, amor. Lo siento por explotar, no debí comportarme así.

—No hiciste nada que no hubiese hecho yo — suspiro.

Enarca una ceja y luego ríe.

—Tú jamás podrías enojarte conmigo, ¡No puedes! — suelta con ironía.

Me río por su broma.

—¡Vamos! He sido buena los últimos días.

De un solo movimiento, lo tengo cerca, abrazándome.

—Sí, lo he visto. Haz comido mejor y te he visto muy estudiosa.

—No quiero que nada me tome por sorpresa.

—Recuerda que tener un bebé no es como armar un mueble de Ikea. No siempre es como lo dicen.

—Lo sé, pero he estado haciendo lo posible porque sea un parto rápido y seguro. Ya sabes, si es necesario untarles mantequilla para que salgan rápido, diles que lo hagan.

Edward ríe.

—Estás tomándote muy en serio la broma de Emmet.

—No son bollos — pongo los ojos en blanco —, pero haré lo posible para conocerlos pronto.

Palmea mi rodilla con suavidad.

—¿Estás emocionada?

—Mucho, ¿Y tú?

Exhala, viendo hacia la nada.

—Nunca creí que me estuviese muriendo de ansiedad.

Enarco una ceja.

—Parece que eres adicto a la adrenalina, ¿Eh?

Cuando está a punto de contestarme, la puerta suena suavemente. Ambos nos miramos, sabiendo quién es y qué trae.

—Llegó.

Asiento, sabiendo la ola de mimos que me esperan tras la puerta.

—No traje salvavidas, Cullen. Sálvame si es necesario— lo nalgueo en cuanto se levanta y va a abrir.

Al par que termino mi frase, unos delgados pero muy fuertes brazos, me envuelven.

—¡Hola, hermosa! — me llena la cara de besos Alice mientras tres niños, se me acercan a las piernas. ¡Oh por Dios! ¡Judith está caminando!

—Siento que hemos pasado años sin vernos — respondo apenas me da un respiro.

—¡Tía Belly! — gritan los gemelos aferrándose con ternura a mis piernas y bastante delicadeza a mí.

—¡Hola, preciosos! — los beso a cada uno y luego cargo a mi sonriente sobrina, quien tan pronto me ve, me da los brazos —. Miren nada más quién ya puede agregarla la habilidad de caminar a su currículo. ¡Mi niña grande Lilith!

Jasper se pasa y me saluda también con un beso.

—Ya está hablando también, ¿eso también irá?

Alice ríe.

—Eso da puntos extras, quizá consiga un buen puesto en el restaurante, ¿Qué dices amor?

—Puede ser gerente — apunta Edward recargado en el sofá.

Judith se carcajea, como si comprendiera completamente la broma.

—¿Cómo estás cuñada? — me pregunta el rubio, ahora cargando a su hija, quien insiste en bajar al piso.

Yo exhalo.

—A nada de explotar — me palmeo la panza.

—Te ves increíble, Bella — me toma la mano mi hermana —. Teníamos muchas ganas de verlos — mira a mi hermoso hombre —. Y los niños estaban inquietos preguntando por ti.

—Me sorprendió que entraron tan tranquilos — apunto.

—Les advertimos que debían ser buenos contigo, porque usualmente no miden su fuerza y no queremos que les pase algo a sus primos. Lo comprendieron de inmediato — señala Al.

Jasper asiente con orgullo.

—Preguntan que cuando jugarán con ellos — comenta él.

—Si las cosas van como creemos, eso será en dos días.

—¿Cómo te has sentido? ¿Has verificado tu presión arterial? ¿Te ha dolido algo? — inquiere con apuro mi sobreprotectora hermana, mientras intercambia su mirada a veces conmigo, a veces con Edward.

—He estado pendiente de eso, no te preocupes — le sonríe el cobrizo y ella parece más tranquila.

—Lo sé, me tranquiliza tanto que seas médico.

—No para de acosarme — expreso con fingido cansancio mientras me toco la frente con dramática exageración.

El aludido enarca una ceja y se ríe de medio lado.

—¿Quieres que les diga quien no deja de saltarle encima a quién?

Jasper instintivamente, le cubre los oídos a su niña. Mientras los gemelos giran rápidamente la cabeza, para prestar atención.

—¡Chicos! Aquí no — dictamina el rubio mientras los demás se ríen y yo siento que me quema la cara.

¡Me las pagarás, Cullen!

La tarde transcurre con una comida y luego, mi hermana y yo pasamos a la habitación para conversar. Los chicos y los niños, se han quedado en la planta baja, mirando la enorme televisión mientras Jasper y Edward conversan banalmente mientras beben jugo de manzana en caja. Ordenes de mamá Osa.

Nada de cerveza frente a los pequeños.

Ya debía aprenderlo desde ahora el futuro papá, a palabras de ella.

Cuando estamos solas, me masajea los pies y yo descanso completamente relajada sobre la cama.

—¿Has sabido algo de mamá?

—Me llamó hace dos días, me dijo que intentará llegar mañana con Phil. Quiere ir a la clínica también — sonrío cuando aprieta mi pie y me siento descansada de él.

—Me alegra que te haya contactado, quizá se quede en tu cumpleaños.

—Sabes que ella no hace eso. Le ponía un poco mal que Charlie y yo cumpliéramos el mismo día. Siento que de los ocho en adelante, ya era obligación casi. Recuerda que solía hacerlo un día antes o uno después.

El duende hace un puchero.

—No creo que esta vez lo haga de nuevo.

—Tendré bajas expectativas, por lo pronto si llega el nueve, estaré más que satisfecha.

—Y yo. Cuando nacieron los pingos, Jasper se tuvo que salir del área de maternidad porque se había perdido en el estacionamiento.

Me río.

—Mamá tan despistada como siempre. Cuando comenzaron a hablar, les decía que no le dijeran "abuelita".

—¿Te vas tan lejos en recuerdos? El mismo día, quería pedirle el número a uno de los enfermeros — se cubre la cara con vergüenza de solo recordarlo.

—Alice, no me tienes que recordarme. Me mandó a mi — me toco la frente.

Mi hermana se carcajea.

—Al menos esta vez ya está casada. No tendré que pasar por ello.

Yo la miro con recelo.

—Suertuda.

Alza los hombros con suficiencia.

—Ganar, es parte de mi guardarropa — me guiñe un ojo y yo río por su comentario.

….

Cuando la tarde claudica, Alice y Jasper se despiden con tres niños dormidos y cansados. Edward había estado jugando en la sala, usando los muebles como fuerte y jugando a los vaqueros. Jasper por supuesto no se quedó atrás, intentando integrar a su pequeña niña, a quien también intercalaba la responsabilidad de su tío.

Los tres pequeños, descansaban en las sillas del coche tan serenos, que parecía que de verdad no les había quedado nada de energía.

Edward me abraza por la espalda, mientras Jasper cierra la puerta del auto.

—Eres bueno con los niños —presume mi hermana —, nunca logro que duerman tan pronto.

—Soy divertido — se jacta —, además de que tu esposo ayudó.

El rubio sonríe con suficiencia.

—Deberíamos irnos pronto. Casi nunca tenemos la noche libre — rodea con los brazos a su delgada esposa.

Alice se abochorna.

—¡Withlock!

—¿A qué no lo había pensado, esposa mía?

Yo hago un puchero.

—Fuera de aquí, han traído a flote traumas de cuando los oía y eran novios.

Los esposos se miran y no hay siquiera una pizca de vergüenza en sus rostros, parece que les ha traído buenos recuerdos.

—¡Si tanto insistes! — se apresura mi hermana mayor y me da tremendos besos en las mejillas para luego tomarme las manos —. Estaré contigo en cuando nos llamen, ¿Ok? No importa la hora que sea, ya estamos preparados. La madre de Jazz ha accedido a recogerlos así sea tarde, para ir a verte al hospital.

—Gracias, duende — la abrazo —. Es muy importante para mí.

—Te amo, Bells — me corresponde.

—Y yo a ti.

Su esposo me abraza enseguida, luego de despedirse de Edward y que Alice también lo abrasase.

—No te preocupes por nada, cuñadita. Todo saldrá super bien, ya verás — dice con tanta tranquilidad que siento que es capaz de controlar hasta las emociones, casi como un don. De verdad me da serenidad.

—Gracias, Jasper.

Los esposos se suben al coche y veo prisa en sus pasos.

—¡Corran, cochinos! — grito apenas.

El rubio mira directamente a mi prometido.

—¡Te debo unas cervezas! — celebra por su noche libre.

Edward asiente y se despide. Puedo notar la cara de emoción de mi hermana al pensar lo que les espera.

Cuando se marchan, aún me quedo afuera hasta que ya no son visibles.

—¿Qué piensas? — me pregunta mi amor.

Jadeo.

—En que quizá esta noche me hagan otro sobrino — lo palmeo en el estómago.

Se carcajea.

—Parece que esta familia está queriendo abrir su propio kínder.

—Tres de Alice, dos de Rose y tres míos... O será Kínder o equipo de algo.

—Si nos apresuramos, podemos hacer más.

Yo enarco una ceja.

—Le tendré que amarrar las manos, señor.

—Bien — me palmea el trasero luego de abrirme la puerta —, aun así puedes subirte y montarme —me besa la mejilla. Y avanza hacia la cocina.

Me quedo boquiabierta ante su comentario.

Cuando sabe que no he avanzado, me guiñe un ojo.

—¿No te gustaría intentarlo?

Yo levanto mi puño en su dirección.

—Estás jugando con fuego.

Camina en mi dirección y me acaricia tan seductoramente la cara y luego el cabello, me mojo los labios y cierro los ojos.

Los abro lentamente para recibir el beso que espero me dé, y en su lugar, me mete un chocolate a la boca.

Abro los ojos por la sorpresa pero mastico de buena gana.

—Tramposo —susurro, mientras se da la vuelta y se mofa de mi expresión, para volver a la cocina.

8 DE SEPTIEMBRE, POR LA MAÑANA.

Tengo a la familia Cullen completa en casa.

Esme, Carlisle y mi cuñado, están de visita antes del gran día. Me siento un poco abrumada por la atención.

—Querida, déjame decirte que luces espectacular —me besa las mejillas mi adorado suegro.

—Si lo dices con tanto ahínco, lo creo.

Los enormes brazos de un fornido Riley casi me levantan del suelo, no recordaba que fuera tan alto. ¿Qué pasa con los chicos de ahora? ¡Crecen kilómetros! Es tan parecido a Emmet, aunque no tanto, sólo un poco más que su hermano.

—¡Bella! — me saluda con mucha alegría —. Tanto tiempo sin verte — me deposita en el suelo.

Me sostengo la frente por el pequeño mareo.

—Lo mismo digo, ¿sabías que los anabólicos hacen daño?

Ríe.

—Eso pasa porque no nos hemos visto, quizá por eso notas tan agresivamente el cambio.

Edward me rodea la cintura.

—Conoció a una chica y va al mismo gimnasio que ella —se burla.

Parpadeo atónita. Mi cuñado parece apenado.

—Bien, no querrás que hable de lo que tú hiciste.

Frunzo el ceño sin entender.

—No me digas que tu hermano acosó a alguna chica.

Puedo notar la mirada asesina del mayor de los Cullen hacia su joven pupilo.

—¿Bromeas? La llevó a dormir a su misma habitación de hotel, cuando no tuvo la oportunidad de siquiera preguntarle su nombre porque salió corriendo, comenzó a averiguar quién era la chica gritona "Mamacita Libertad" — se burla con descaro —. ¿Te imaginas qué pasó cuando llegó a su casa? ¡Dios! Fue como levantarle el castigo a un adolescente.

Miro a mi hombre, quien cierra los ojos con frustración.

—¿Eso es cierto? — pregunto a media risita.

—Bah... Algunas cosas no fueron tal cual...

—Está minimizando todo — se cruza de brazos Riley —, creo que solo intentaba saber tu nombre y dirección para hacerte llegar un anillo de compromiso.

La cara de Edward es roja, no sé si por la impertinencia de su pequeño hermano, o porque está haciendo un esfuerzo sobre humano por no matarlo por boca floja.

—Deja en paz a Edward — lo regañan Esme —, vinimos a ver a Bella antes del gran día.

—¡Claro que sí, cuñada! — me abraza con ambas extremidades, separándome con fuerza de su consanguíneo —, no sabes lo feliz que estoy de que seré tío. ¡Y que se vayan a casar! Todos saben que yo estaba a punto de hacer penitencia para que esto se lograse — pone los ojos en blanco y luego exhala.

—No creí que fueras religioso.

—No lo soy — advierte —, pero ver tan completo a mi hermano mayor, parece milagro.

Sonrío ante tal comentario, la mayoría de las personas cercanas a él, dicen lo mismo. Que desde hacía mucho era una persona demasiado cerrada, hasta con su familia y algo en mí, lo había cambiado. Para bien.

—De cualquier forma, estamos emocionados primero que nada porque mañana será el gran día —Apunta mi suegro, palmeando suavemente el hombro de su primogénito —, tu suegra no se aguantaba las ganas de venir desde ayer. Pero le dije que tu hermana y su familia estarían aquí. No queríamos presionarte con tantas personas alrededor.

—No me molesta — respondo con toda sinceridad —, mi familia es pequeña. Solo fuimos mamá, Alice y yo por mucho tiempo. Luego Jasper, más tarde los niños y ahora ustedes, junto con Rose y Emmet. No puedo creer que conforme pasa el tiempo se vuelve más grande esta familia.

—Yo siempre te vi como alguien especial —comenta Esme —, desde el día en que te conocí. Sentía tus verdaderas ganas de formar algo especial con tu bebé, y bueno... Premio triple.

Le sostengo la mano.

—Jamás terminaré de agradecerte por todo lo que has hecho por mí — murmuro con el corazón en la mano.

—No fue nada — me guiña un ojo.

Riley enarca una ceja y me mira.

—¿Cómo elegiste al padre? — inquiere sin una pizca de pena.

Carlisle carraspea.

—Riley...

El aludido por primera vez, se siente avergonzado por su pregunta tan directa.

—No, no me molesta — miro al cobrizo que me sonríe en respuesta —. Sé que necesité un donante para lograrlo — miro mi vientre —, pero para mí, el verdadero padre de mis hijos es tu hermano — clamo con orgullo.

—Deja las boberías, Ry — lo regañan su madre —. Si luego tienes dudas, te explico.

—Lo siento — dice inaudible.

—Está bien, solo para que dejes de incomodar a tu mamá te lo diré. Me dieron una catalogo con las características físicas del donante, el historial médico, número de hermanos y antecedentes clínicos de los padres de éste.

Mi cuñado se toca la nuca, mirando a todos lados.

—No tenías que responderme sino querías — murmura.

Me cruzo de brazos con suficiencia.

—Me la tenías que pagar, luego de haberme llamado "Chica tampones".

Riley explota en carcajadas junto con su hermano, mientras veo como mis suegros se cubren la boca, intentando disimular una sonrisa.

A solas en nuestra habitación, tengo una muy seria doctora Platt verificando cuanto puede y más sobre mi salud. Me revisa mi presión arterial — a pesar de haberle dejado en claro que ya su hijo lo había hecho —, mis latidos de corazón, mi respiración, ha llevado incluso pruebas rápidas de glucosa, ha revisado pupilas, oídos, reflejos, temperatura corporal, hasta la oxigenación de mi sangre.

Cuando culmina, me mira con una expresión de satisfacción en la cara.

—Estás en perfecto estado.

—Me alegro que ya me creas —me río.

Pone los ojos en blanco.

—Eres mi nuera, la madre de mis nietos y voy a poner especial atención en ustedes. Recuérdalo.

—Lo sé — le tomo la mano —, los bebés y yo estamos muy agradecidos.

Ella guarda todo en su maletín y suspira.

—¿Cómo te sientes?

—Nerviosa.

—Es normal. Mañana debería comenzar los dolores de parto. Por favor, ten la mayor comunicación posible con Edward, Bella. No te reprimas nada, si necesitas algo hazlo saber de inmediato.

—Lo haré — trago saliva ruidosamente.

—¿Cómo están viendo lo de moverse?

—Con lo del departamento fuera de nuestra alcance, pensamos en movernos a un hotel.

—De preferencia pidan una habitación cerca de la recepción. No quiero que bajes escaleras o entres en elevadores — mira hacia la ventana y observa que la pequeña brisa fuerte de ayer, parece más bien tormenta eléctrica. Bien, vivir cerca del agua, no me parece tan genial ahora —. Me daría un susto de muerte si se queden atascados ahí por falta de luz.

—Se lo diré a Edward. Tranquila.

Asiente al ver que le pongo atención.

—Otra cosa, necesito que lleven las pañaleras de los bebés de una vez al auto y que ya estén instaladas las sillas para cuando vuelvan del hospital.

—Ya están instaladas —respondo con orgullo —. Edward incluso iba con ellas al trabajo, las colocó desde hace semanas.

—Qué hombre tan ansioso — se cubre la boca.

—Quería que nada saliera fuera de lo planeado para el gran día. Está preocupado por mí. Lo puedo notar.

Alza ambas cejas.

—¿Te ha visto decaída?

—No. Él no quiere que la pase mal. Sé que ha visto mujeres en labor de parto, y me da miedo preguntarle a qué me atengo, por qué sé que razones hay para estar ansioso por mí.

Esme lo piensa un momento y me sostiene la mano con ternura.

—Querida, tener un bebé no es un proceso sencillo. Es decir, no te voy a engañar, será algo que puede variar en tiempo hasta que tu cuerpo esté listo para parir. Si tu alivio es gritar, hazlo. No te sientas culpable por expresar lo que sientes. Te vamos a estar apoyando cuanto lo necesites, yo estaré ahí también, te lo prometo.

—Gracias — digo honestamente.

—De nada, eres parte de esta familia. Y la familia se apoya.

—Me alegro de que estén aquí.

Carraspea un poco y apunta a su espalda, mirando el pequeño desorden en cajas que tengo. Se levanta delicadamente y toma una.

—¿Necesitas una mano?

Niego, con pena.

—No, gracias. Le había dicho a Edward que yo lo quería hacer en cuanto pudiese. Me es difícil agacharme para hacerlo, pero será mi primer logro en cuanto ya no tenga mi tanque de guerra entra las caderas.

—Ya veo. ¿Y qué hay en ellas?

Suspiro.

—Mi álbum de fotos, algunos documentos personales y los de la clínica. Todo lo que se generó desde la inseminación. Tu hijo me dijo que los separó en tres grupos.

Se cruzade brazos.

—Aquí solo hay dos cajas — señala.

Yo me levanto con premura.

—¿Qué?

—Mira —me enseña.

¡Oh!

—Emmet debió llevarse la tercera cuando vino. Estaba tan distraído por la noticia que no debió darse cuenta. Después los llamaré.

—No te preocupes, seguro están en buenas manos tus cosas.

—No lo dudo, solo espero no haya sido mis documentos personales. Los necesitaré para el ingreso.

—¿Quieres que revise por ti?

—Por favor.

Mi suegra afirma y se agacha para hacerlo.

—Mmm, aquí está tu número de seguro social, acta de nacimiento y pasaporte. Y en esta otra hay fotos.

—Se ha llevado lo del tratamiento de fertilidad — exhalo con alivio.

—Bien, entonces no hay tanto apuro.

—Al menos.

—Mañana les llamo.

—Muy bien, señorita casi señora Cullen. A descansar que mañana será un día ocupado — me arropa completamente y me da un beso en la frente.

No me opongo, de verdad tengo sueño.

—¡Oh, no! Lo olvidaba, debo bajar para despedir a los chicos.

—Deja de preocuparte por los demás, querida. Nos despedimos de Edward y te dejemos dormir. Además mi marido y Riley, no querrán perturbarte con más abrazos.

Me río.

—De acuerdo, despídelos por mí. Por favor.

—Lo haré, cariño. Descansa, nos iremos pronto para que puedas platicar un poco con mi hijo antes de dormir.

—Gracias.

Me manda un beso desde la puerta y la cierra suavemente.

Me acomodo un poco, indecisa de cómo dormiré.

—Bien, mis niños. Mañana nos conoceremos. ¿Están emocionados?

Mi barriga se mueve en una sola dirección, que es generalmente hacia abajo. Río ante su evidente respuesta.

—Ya veo, se quieren comer al mundo. Lograrán muchas cosas, ya lo verán. Les voy a enseñar lo más que pueda a salir adelante. Y no solo yo, su papá también lo hará. Ya lo conocen, ¿No es así, chiquitos? — mi Faith se estira arduamente —. Sobre todo tú, ¿verdad preciosa? — suspiro —. Bueno, aquí hay mucha gente que los espera con ansias. Está su tía Alice y su tío Jasper. No se espanten por lo ruidosa que es. Es muy... Efusiva. Quizá intente vestirlos de manera graciosa pero si los molesta, solo tiren de su cabello. Aunque creo que su tío Jazz intentará controlarla. Cuando vayan a su casa, podrán jugar con Jasper y James. Son muy activos, creo que harás buena tercia con ellos, Ella — apunto con seguridad —. También está mi Ju, tan tierna. Creo que es igual de tranquila que Charlie y Faith. Cuando se hagan los equipos, tal vez vayan juntos.

Los bebés se mueven al sonar de mi voz.

—También está sus abuelos. Creo que van a reconocer a Esme — río —, así es. La señora guapa que los metió en mí — lo pienso un poco —, creo que será raro explicarle eso, pero espero tener la inteligencia para lograrlo. Bien, pues su abuela tiene un muy amable esposo, llamado Carlisle. Él es abogado, como su tío Riley. ¡Ay, Dios! El hermano de su padre es un poco hacer bromas, espero no les enseñe algunas. Pero es divertido, seguramente los hará reír a carcajadas —recuerdo —. Y claro, también van a conocer a la "no abuela" Renee y su esposo... — Carraspeo —. Creo que esto será más complicado que explicarles de dónde vienen, pero ella consiguió un nuevo chico — intento explicar sin éxito —. No sé, aún se me complica entenderlo a mí también. Pero claro que también les enseñaré fotos del abuelo Charlie — sonrío acariciando lo alto de mi panza —, el mejor papá del mundo y posiblemente el más consentidor de todos. Creo que le haría competencia a Esme.

Siento mi piel tensarse un poco.

—Así es, mi amor. Te llamarás como tu abuelo, ¿eh? Tu papá dice que te dará emoción contarte que fue policía. ¿Lo imaginas? Les contaré todas las historias que vivimos juntos, una vez me llevó en su patrulla junto con su tía Alice, y prendió la torreta porque yo quería llegar rápido a las hamburguesas y había mucho tráfico — recuerdo con una sonrisa —. Él y yo, compartíamos el cumpleaños.

La puerta se abre despacio, cuando veo un par de ojos verdes, verme con cuidado.

—Pensé que ya dormías.

Niego sonriendo.

—Estaba conversando con los bebés — palmeo mi vientre.

—¿Qué les decías? — se recuesta a mi lado.

—Que muchas personas aquí desean conocerlos y que yo estoy más que emocionada por abrazarlos.

Una mueca de ternura se dibuja en su rostro.

—¿Les hablaste de mí?

—Todo el tiempo — le acaricio la cara.

Me besa dulcemente.

—Te amo.

—Yo también te amo, mi amor...

Al momento de terminarla frase, el cielo se parte en dos con un estruendo que nos deja sin luz. Salto en mi lugar por la caída de agua que se siente pesada sobre el tejado y el golpe de las ramas de los árboles contra las ventanas de todo nuestro hogar. Tomo fuertemente la mano de mi prometido y respiro fuertemente cuando escucho un sinfín de truenos afuera.

—¿Edward?

—Tranquila, se ha ido la luz — me sujeta por los dedos —. No pensé que llovería tan fuerte.

—No parece lluvia solamente — murmuro nerviosa.

—¿No crees?

—Parece un huracán. Además estamos cerca del agua.

—Cariño, no creo que así sea — intenta tranquilizarme —. Para mañana estará todo bien, ¿Por qué no intentas dormir un poco?

Yo asiento, aunque sé que no es capaz de verme.

—Tal vez deberías sacar la lámpara de gas por si se necesita y las cosas del sótano.

—¿Las de emergencia?

—Si.

—¿No crees que es demasiado?

—Me hará sentir más tranquila. Además, no preparamos las ventanas ni con cinta. No sabía que se vendría una tormenta de esta magnitud.

Un rayo truena de nuevo y con él, yo salto.

—De acuerdo, bajaré a asegurar la puerta principal y cerraré lo demás. La casa cuenta con protección. Te pido que te relajes, de acuerdo. No quiero que entres aún en labor de parto por un susto. Vuelvo enseguida — me suelta la mano.

—Cariño — paso saliva de nuevo —, no tardes mucho, por favor.

—Será rápido — me promete.

Enciende la lámpara de su celular y baja con agilidad las escaleras. Puedo escuchar perfectamente el movimiento en la planta baja, mientras me cubro bien los pies, casi hasta el pecho con el edredón mullido. Ni una pizca de la fuerte temperatura de hace unos días atrás.

Afuera, parece que Thor está enojado.

Me sostengo la barriga cuando siento a los niños tan inquietos, quizá producto de mi propio nerviosismo.

—Ya está, ya está... Su papá ya volverá pronto — prometo más para mí que para ellos.

Cuento los segundos, de forma mecánica, intenta agudizar el oído para poder localizar a Edward, pero sencillamente no puedo.

Estoy teniendo verdadero miedo, no es definitivamente cualquier tormenta.

—¿Edward? ¿Ya vienes, amor?

Pero no hay respuesta. Camino por el frío piso, intentando hacerlo lentamente para abrir la puerta que da hacia el corredor. La abro y no hay señal de él.

—¿Edward?

Y nada.

Apresuro el paso hasta la segunda planta y miro con desesperación hacia todos lados con la luz que se da en los rayos.

—¿Bella? — pregunta haciéndome saltar. Me sostengo el pecho cuando lo veo entrar completamente empapado y con una mochila a prueba de agua.

—¡Cariño! — corro a sus brazos y me sostengo —. ¿Qué ocurrió?

—Intenté encender el generador de emergencia pero es imposible salir — apunta —. El patio trasero es un mar, y saqué las cosas en caso de que las necesitemos. Esto está inundado, amor.

—No salgas, por favor. No quiero que te ocurra nada, no importa que no tengamos luz.

—¿Cómo haremos mañana?

Abro los ojos atónita.

—Yo...

—No puedo acceder a la cochera — dictamina aun goteando completamente la alfombra de nuestra sala — y ni loco te voy a exponer a que salgas con el agua más arriba de tu cintura. No te voy a exponer de ese modo.

—¿Tenemos forma de llamar a tus padres?

Niega. Enseñándome la pantalla de su celular.

—No hay señal.

—Estoy preocupada. Necesitamos ir al hospital mañana — empiezo a hiperventilar.

—Amor, amor. Mírame, mírame, por favor — me toma por la cara —. No va a suceder nada. ¿De acuerdo? No voy a permitir que nada les ocurra. Si es necesario sacarte en helicóptero de aquí, así será.

Yo me río.

—¿Es en serio?

—Haría lo que fuese por ustedes.

Lo tomo por la cara.

—Eres mi ancla, Edward.

—En las buenas y en las malas — promete.

—Aún no estamos casados.

—Tú eres mi mujer, con o sin boda. Y estos bebés, son mis hijos. Haré lo que sea necesario para mantenerlos a salvo. Ustedes son mi vida ahora.

Me aferro a él, como salvavidas en mar abierto.

—Intentemos dormir, ¿Te parece?

—Bien.

—Si mañana comienzan tus dolores de parto, lo resolveremos. ¿De acuerdo?

—No sé...

—Amor, soy médico. ¿Lo olvidas?

Niego.

—Lo sé, pero las tormentas me dan miedo, me pone nerviosa que nazcan con esta tempestad.

—Te tomaré la mano en todo momento, ¿sí?

—¿Lo prometes?

—Con mi vida.

Subo de su mano, intentado tranquilizarme. Afuera, los rayos no deja de caer y pido internamente que deje de llover, para poder ir al hospital.

Diez de septiembre.

Dos días después, no ha parado de llover y yo, no tengo señas siquiera de poder tener dolores de parto.

La vigilancia de Edward ha crecido potencialmente hasta un trescientos por ciento. Los bebés tienen un movimiento normal, un pulso estable y bendito el cielo, comida no nos ha hecho falta.

Sin comunicación con el exterior, pensamos que los demás deben estar volviéndose locos, pero tampoco podemos hacer demasiado.

Por mi parte, yo estoy incómoda, sofocada y con mucho mal humor. El peso en mi ingle se está volviendo insoportable.

—Edward, dime por favor que si empiezo a pujar, van a salir.

—Cariño, no funciona así. No tengo medicamente aquí para inducirte, y si lo haces solo te cansarás, pero no estás dilatada para expulsarlos.

—Ya no soporto, Edward. Ayúdame — rechino los dientes —. Es demasiado peso.

Me toma la mano con nerviosismo.

—Lo siento, Bella.

—¿Qué podemos hacer?

—Por favor, cálmate...

—¡No me digas que calme!

—Bella...

—Los amo, pero me duele...

—¿Son contracciones?

—No — respiro con la frente perlada en sudor —, mi cuerpo se está venciendo en fuerza.

—Son tres bebés, es normal que estés llegando a tu límite de fuerza. No eres de acero, amor.

—Vamos — apuño los ojos —, debe haber un modo natural de hacerlos venir.

Suspira.

—Los hay, pero es tardado de igual modo — se toca la nuca con frustración.

—Dilo — lo jalo por la camisa por fuerza.

Parpadea por mi arrebato.

—Bien, bien — carraspea alzando las manos —. Podemos caminar por la casa, eso ayudará a que bajen más rápi...

Antes de que siquiera termine la frase, yo me levanto con la ayuda de su mano.

—Andando.

Edward es guía en todo momento, me sostengo de su mano con fuerza, recorriendo la planta baja con lentitud, puesto que la ingle se me atiranta por el peso de mi vientre. Casi con los pies a rastras y casi hinchados, ya no puedo más.

Estoy agotada.

—¿Qué sientes?

—No hay diferencia — hago un puchero triste.

Suspira.

—Descansa, solo te estás cansando innecesariamente.

—No — lloro —, dime qué más podemos hacer. Por favor.

—Bella — murmura con gesto triste —, lo siento.

—¿Por qué?

—Quiero ayudarte, me pone los nervios de punta no poder hacerlo. Comprendo o más bien intento hacerlo — me acaricia el cabello acuclillas mientras me mira a la cara.

—Lo siento por ser ruda, amor — hipeo.

—No, shhh. No llores, es normal. ¿Quieres que te revise? Debes haberte dilatado aunque sea un poco.

—¿Harías eso?

Asiento como niño pequeño.

—Bien, amor. Hazlo.

Se apresura rápidamente a buscar su botiquín y de él, saca un par de guantes esterilizados.

Con todo el profesionalismo del mundo, me quita la ropa interior y me recuesto en el sofá que también se hace cama. Intento respirar lentamente mientras miro al techo de la sala.

Siento como entra en mi con mucho cuidado, intentando no lastimarme, mis manos se aferran al forro del sillón y expulso el aire con fuerza por la boca.

—¿Está todo bien?

Se levanta y suspira.

—Ni siquiera has roto aguas amor.

—¡Nooo!

—Tranquila, por favor.

—Edward, tienes que ayudarme. No quiero que les ocurra nada por estar tiempo de más dentro.

—Eso no va a pasar — se retira los guantes y los deshecha —. Están en tiempo. El día siempre es un aproximado, por tu último día de periodo menstrual. Ellos están bien, Bella. Necesito que confíes en mí. ¿Crees que voy a dejar que les ocurra algo?

Yo me limpio de la cara las lágrimas.

Tiene razón, él nunca permitiría algo así.

—Estoy asustada, no podemos salir de aquí. No hemos tenido contacto con nadie más — hiperventilo nerviosa.

—Aquí estoy —me mira a la cara con tanta seguridad, que mi cuerpo deja de temblar.

—¿Siempre?

—Tanto como duren nuestras vidas.

Oficialmente, estamos en el ojo del huracán. Tres días después de incansable lluvia, los caminos a nuestra paraje con destino al paraíso, está cerrado. Se han recobrado las comunicaciones, pero sigue sin haber paso para poder llegar al hospital más cercano.

¿Y yo? No me he dilato siquiera un centímetro. Con toda la calma del mundo, Edward ha estado conmigo en todo momento caminando por toda la casa. Ya ni siquiera me da temor parir a mitad de las escaleras porque a este punto, me parece algo imposible.

Los bebés parecen haber sido soldados a mi matriz con remaches extras para que no se suelten.

Echada, con los pies colgando, miro la corriente de agua que hay en brecha afuera de mi jardín.

Mi hombre descansa por ratos, en lo que termina de calentar un poco de comida y toma siestas.

He enviado mensajes de textos a todos los destinatarios posibles:

Estamos bien, no hay indicios de parto. Edward me cuida en todo momento, si algo llega a suceder, confíen. Estoy en buenas manos, los quiero.

—¿Sabes qué podemos intentar además?

Su voz media adormilada, me sobresalta.

—Pensé que dormías.

—No puedo, he estado pensando qué podemos hacer.

—Edward... Debes estar agotado. Descansa, por favor.

Se sienta y me mira.

—En mis primeras clases con mi madre — se sonríe —. Más bien, cuando empecé a trabajar con ella, escuché de algunas formas para acelerar el parto. La que estudió ginecología es mi madre, ya sabes...

—¿Y bien? — pregunto ansiosa.

Suspira.

—Además de caminar como locos, podemos intentar con picante...

—¿Comiendo picante?

—Y teniendo sexo.

Abro la boca por la sorpresa.

—Sexo —repito.

—Sé que no estás con el mejor humor y la mejor disposición así que... Podríamos comer... Comida mexicana — carraspea.

Yo me río por vez primera, en mucho tiempo.

—¿Crees que no quiero hacer el amor contigo?

Se toca la nuca.

—No creo que no quieras, creo que te hará sentir poco cómoda. No me sentiría tampoco bien sabiendo que no quieres hacerlo, necesariamente...

—Cariño — lo sostengo por la mano —, te amo. Te agradezco todo lo que aportas para que esto pueda lograrse.

Suspira con alivio, quizá con alivio ante mi comentario. Diablos, después de esto, le debo una enorme disculpa por mi mal humor.

—¿Quieres comer?

Asiento. Miro el reloj de la cocina, serán casi las nueve de la noche.

— Bien, si esto no funciona. Definitivamente, haremos algo. Te sacaré de aquí e iremos al hospital más cercano, ¿De acuerdo? Pero solo para que conste, esto es solamente porque quiero que te tranquilices, de ser necesario veremos a Esme.

—De acuerdo, cariño.

Me besa la frente y se va a la cocina. Unos minutos más tarde, me trae una charola con enchilada humeantes y picantes que yo había preparado hace unos días y había dejado en el congelador. A Edward no le habían apetecido porque era demasiado para él, así que me las había reservado solo para mí.

Con un cucharón para cada uno, coloca la charola frente a mí y comienza a picar.

—Pensé que no querías, bueno que no soportabas tanto picante.

—No te voy a dejar sola — me guiñe un ojo y comienza a comer.

La cara se le pone roja y comienza a sudar a mares.

Yo mastico lentamente, de verdad que si pica, pero es soportable.

Se bebe medio litro de agua y sigue comiendo. Yo muerdo un chile junto con mi comida y aquello me parece sabroso.

La cara de mi acompañantes en un borgoña que asustaría a cualquiera.

—Edward, deja de comer. No comas sino quieres.

—Estoy bien — saca la lengua y se echa aire con la mano —. Está... Delicioso. Me... Encanta la comida con picante en el picante.

A mí me comienza a dar un poco de gracia.

—Dios santo, cuanto debes amarme.

Me mira, sin poder dejar de bebes agua.

—¿Hasta ahora lo notas?

—Ven aquí — le robo un beso.

Lanza un chillido por el ardor en los labios y se levanta corriendo al baño, donde puedo escuchar perfectamente el grifo del baño abriéndose, luego el ruido del lavabo para después escuchar un chapuceo sonoro.

Minutos más tarde, sale con el torso mojado y el cabello goteando.

—Me rindo...

Yo muerdo otro chile y niego.

—Débil — me burlo y sigo comiendo.

Miro mi barriga subir y bajar, a causa de mi respiración. Oficialmente, no funcionó.

Edward me observa con detenimiento y suspira, mientras nos recostamos en la cama.

—Eres una chica difícil — exhala.

—¿Crees que soy yo la que no quiero?

Se ríe.

—Bien, desde ahora noto que serán testarudos. Tendré mucha consideración, recordando lo que nos están haciendo pasar.

Jadeo.

—Al menos sé que tendrán tu humor — me muerdo la lengua.

—¿Mi humor? Aquí la única terca eres tú.

—Bueno, bueno. No es competencia — suspiro a media risa —. De cualquier modo, nada funcionó.

Edward levanta una ceja con suspicacia.

—Aún nos falta una cosa.

Pongo toda mi atención en él.

—¿De qué hablas? — pregunto casi olvidando sus propuestas.

—Pues tendré que golpearlos un poco en la cabeza, sino hay más remedio.

Me río sin entender.

—¿De qué hablas?

Se comienza a quitar la camisa, quedándose solamente en su ceñido pantalón. Abro los labios, comprendiéndolo todo.

Sus labios comienzan a tararear Careless Whisper, mientras los colores se me van y vienen a la cara.

—¿Qué harás? —parpadeo admirando su hermosa figura frente a mí.

—Voy a hacerte el amor tan duro que te vas a dilatar tan bien — murmura de forma seductora.

Trago saliva ruidosamente, mientras veo que a gatas avanza sobre la cama.

—¿Lo haremos?

—¿No quieres?

¿Quiero?

—Yo...

—Podemos hacer lo que tú quieras — me besa el cuello y yo cierro los ojos por la caricia. Oh Dios, de verdad me estoy comenzando a excitar.

—Yo si quiero — murmuro fervientemente.

Lo jalo por el cuello y por la fuerza, se sorprende, pero de buena gana, me corresponde el beso.

Edward masajea mis pechos de buena gana y yo aprieto las piernas, me gusta. Baja la mano hacia mi sexo y cuando estoy dispuesta a recibir su estimulación, se detiene. Abro los ojos y veo los suyos que miran mi entrepierna.

—¿Te mojaste tan rápida?

—¿Qué?

Miro las sábanas de la cama y parece mucho más que solo excitación.

—¿Te orinaste?

Niego y paso un trago fuerte de saliva.

—Edward, se me rompió la fuente...

Se levanta rápidamente y mira con sorpresa la escena.

—¡Mierda!

—¿Qué ocurre? —pregunto exaltada por su reacción.

—¡Soy buenísimo! ¡Lo logre! ¡Te pude inducir al parto! — celebra con emoción.

Abro los ojos tan enormes, que mi cara parece demasiado pequeña para ellos.

—Ya van a nacer... Los bebés.

Es como si apenas fuese consciente de ello.

—¿Ahora?

—¡Ahora! — grito sintiendo una contracción golpeando mi útero.

Edward corre escaleras abajo, sin decirme a dónde va. Yo respiro agitadamente, intentando acompasar mi pulso, alzando las piernas por instinto.

—Ya, ya van a nacer mis niños... — me río a media contracción, que se hace más frecuente, miro la puerta sin ver de nuevo a Edward —. Y ojalá que papá no se haya desmayado de la emoción, bajando las escaleras.

Pero a los minutos, él sube con agua limpia, toallas y su maletín. Lleva una playera delgada y sonríe como un tonto.

—¿Cómo estás? — pregunta mientras me mira desde el piso, acomodando todas las cosas en orden. Dios santo, me va asistir.

—Feliz — lloro, sintiendo las contracciones más cercanas la una de la otra.

—Yo también — se levanta rápidamente y me da un beso lento en la frente —. Te amo, Bella. Te amo, vas a estar bien. Te lo prometo.

Un desgarrador grito sale de mi garganta cuando siento descender una ola de movimiento duro hacia mi entrada.

—Respira, cariño.

—Duele — lloro.

—Lo sé, preciosa. Te prometo que valdrá completamente el esfuerzo.

Asiento sin más con la frente bañada en sudor.

Y comienzo a pujar primero lento y después con más fuerza.

Con la vista nublada, miro la mesita de noche al lado de mi cama. Son las doce y diez de la madrugada. Es oficialmente, trece de septiembre y hoy nacerán mis bebés.

Otro grito sale de mi garganta. Feliz cumpleaños para mí.