CAPÍTULO 38

WHERE ARE THE BABIES? PIKABOO!

POV BELLA

Los dolores son tan frecuentes, que siento que me partiré en dos. Puedo ver claramente, la cara de concentración de Edward frente a mí, mejor dicho entre mis piernas. Ha palpado dentro de mí, que soy incapaz de centrarme en su voz, menos en sus palabras.

Duele tanto, la sensación del movimiento en mi vientre es desesperante y la tormenta afuera, me pone aún más los nervios de punta.

Grito por el agudo punzar, abriendo paso por mi cavidad vaginal, flexionando las rodillas un poco mientras la frente se me perla en sudor. El pecho me quema, las manos son puños a mis costados, mis músculos sin olvidar ninguno, están tensados y mis hijos dentro, buscan la salida tan deprisa, que se me antoja imposible comenzar a pujar.

—Cariño, por favor, enfócate — logro captar apenas con los oídos más ocupados en el ritmo de mi corazón que en cualquier otro ruido.

—¿Ya puedo? — pregunto intentado respirar más oxígeno por cada bocanada que uso para hablar, aquello es una misión suicida.

Sostener una conversación me quita energía.

—Necesito que esperes un poco más, apenas se ha dilatado 6 centímetros.

—¡Duele! — echo la nuca hacia atrás, descubierta por una alta coleta improvisada.

De un momento a otro, lo tengo a mi lado, llenándome la mejilla de pequeños besitos y secándome la frente.

—Si quieres, vamos a un hospital. Lo del helicóptero, no era broma — murmura con gesto preocupado.

—¿Tú crees que sea buena idea? ¿Lo lograríamos? ¿No sería peligroso?

—No — miente.

Miro su cara con el ceño fruncido.

—Tienes que ser honesto conmigo.

Jadea, girando la mirada.

—Podría ser inútil. En cuanto llegasen, probablemente estarías a mitad de labor de parto.

Grito de nuevo, la contracción me dura tal vez unos treinta y cinco segundos, tan dolorosos e infinitos, que mi única ancla a la realidad, es su mano, que no se mueve ni un milímetro, luego de ejercer fuerza sobre ella.

—Por favor — paso saliva a medias —, ¿Podrías darme un poco de hielo picado?

Sin siquiera pasar tanto tiempo, asiente y me deposita pequeños cubitos en la boca, para aliviar mi sed. Tengo la garganta seca y destrozada. Los dientes me duelen, así como toda la mandíbula. Pero el dolor es una tontería, si lo comparo con lo que siento entre mis piernas. El abrirse paso, les está costando y eso, me preocupa. Sé que para ellos, puede a llegar a ser una experiencia mala, sino tienen los cuidados necesarios, pero intento enfocarme en ayudarlos para que los cuatro podamos descansar por fin.

—Gracias — le digo cuando el agua moja mi lengua sedienta —¿Qué hacemos ahora? —jadeo.

Me quita los mechones mojados de la frente y suspira.

—Esperar un poquito más, podemos hacer tiempo.

—¿Haciendo qué? — exhalo con dificultad —. ¿No estarás pensando en llevarme a una cita ahora?

Con gran nerviosismo, se ríe apenas.

—Podemos... Conversar.

Aquí viene otra, Dios santo.

Las piernas las arqueo, suelto su mano y las coloco en ambas rodillas, doblándome instintivamente pero sin pujar. Siento su palma acariciar mi espalda y rendida, tras los lastimosos treinta y tantos segundos, me recargo completamente relajando ligeramente las piernas.

—No soy buen charladora ahora, mejor te escucho — echo el aire caliente de entre mis labios —. Cuéntame algo, tú. Por favor.

Mira a todos lados con mucha desesperación y de pronto sus ojos se miran a los tuyos.

—Hablemos de cuándo y cómo nos casaremos.

Bien, no lo hemos hecho es un tema muy bueno. Asiento sin decir demasiado.

—Te escucho, mi amor.

—Quiero que nos casemos en un mes, por lo civil y ante la iglesia el mismo día.

Enarco una ceja con sorpresa.

—¿Por qué?

—No quiero esperar una fecha de la otra para que seas mi esposa.

Ahora el dolor es más frecuente, intento aguantarme pero fallo y otro quejido doloroso siseo sin control.

—Y...y... — se acerca a mi costado, casi abrazándome — quiero que uses un bonito vestido blanco. No sé si esponjoso, o entallado. Quizá tu hermana te ayude a escogerlo. Me encantaría que nuestras niñas vayan vestidos con pequeños vestidos de colores pastel y Charlie use un frac mini color negro.

Me río a medio dolor.

—¿Usarán zapatos? — alcanzo a preguntar.

Edward niega a media sonrisa.

—No, irán descalzos, los bebés tienen unos pies tan lindos que se robaran la atención de la noche.

Asiento, mientras una lágrima se me resbala.

—No me cansaré de besarlos.

—Y... Me gustaría llevarte a una playa, al menos unos tres días. Sé que querrás volver pronto para poder verlos de nuevo. No quiero que nos separemos tanto de ellos, aunque si tendremos una bien merecida luna de miel.

De nuevo me flexiono por el dolor.

—¿Quieres llevarme a la playa para embarazarme de nuevo?

Se ríe a medias.

—No, no tendremos bebés tan pronto.

—¿Tendremos más bebés? — chillo a media punzada que me parte desde el cráneo hasta la punta de los pies.

—Solo si tú quieres, amor —casi se disculpa.

Asiento.

—Siempre quise... Una enorme... Familia...

—La casa tiene muchas habitaciones — planea y yo lo miro con sorpresa.

—De verdad quieres más hijos...

—Contigo lo quiero todo, siempre y cuando tú también.

—Te amo.

Edward se acerca y me planta un beso a mitad de la frente.

—Yo también te amo, Bella. Vamos a revisar, ¿de acuerdo?

Afirmo con fuerza, pasando de estar a mi lado, a estar frente a mí. Me alza las piernas con delicadeza, se pone los guantes y palpa con cuidado. Ahora mismo, su tacto es lo de menos.

Se levanta y me sonríe.

—Es tiempo, bonita.

Casi se me sale llanto de felicidad y acomodo mejor la columna, para poder pujar.

—¿Necesitas algo, amor? — pregunta cuando me detengo.

Lo miro a la cara y suspiro.

—¿Puedo hacerlo de rodillas en la bañera?

Me mira expectante y asiente.

—Pensé que ya querías comenzar.

—Creo que será más fácil que aquí.

—De acuerdo, como tú te sientas más cómoda. Vuelvo enseguida, llenaré la bañera y pondré agua tibia. No me tardo — promete.

Desaparece de mi vista, mientras lentamente intento poner ambos pies en el piso, pero el peso de mi barriga está tan bajo, que me siento incluso un poco mareada por el movimiento. Me sostengo de la cabecera, intento hacer apoyo en mis rodillas pero muy apenas logro sentarme en la cama.

Suspiro, como si estuviese descansando de subir muchos escalones y me encorvo por el dolor.

—Por favor, aguanten un poquito. Ya pronto estaremos todos juntos.

De nuevo intento levantarme y fallo.

Dos brazos me sostienen por la cintura y su cabello un poco largo, me hace cosquillas en la mejilla.

—Que señorita tan impaciente — me roba un beso y me carga de una.

Camina con cuidado, yo sin oponerme a ello lo sujeto por el cuello, porque no puedo siquiera ordenarle a mi cerebro que formule una sentencia.

—Gracias — murmuro, poniendo ambas rodillas acolchonadas sobre sábanas mullidas, especialmente colocadas para mí.

El agua es tibia, es agradable. Afuera el viento furioso sigue golpeando las ventanas de mi casa. Me recargo sobre el borde de la bonita bañera de detalles dorados, colocando ambos brazos y poniendo la mandíbula encima de ellos. Mirándolo a la cara, recarga su frente a la mía y me besa.

—Te quiero pedir algo — comento sacando el aire de mis mejillas con fuerza, como si estuviese apagando unas velas a un pastel.

—Lo que quieras — promete.

—Cuídalos, por favor. Concéntrate en ellos, por lo que más quieras. Yo estaré bien. Solo... No dejes que se caigan, o si algo pasa, sácalos de aquí.

—Bella... Bella... — acaricia mi rostro y mi cabello sin rumbo ordenado —. Daré todo lo que esté a mi alcance para que los cuatro estén bien. No me va a faltar nadie. Lo prometo.

Asiento y me besa.

Lo poco que puedo leerle en los labios, es un callado te amo y acto seguido se descalza, se sube los pantalones a la altura de las rodillas y desaparece de mi vista, para colocarse atrás de mí.

Edward coloca ambas manos en mis caderas y yo me posiciono en cuatro puntos, echando la espalda hacia abajo y el trasero. Ya no traigo ropa interior, solo la blusa holgada de maternidad que había traído puesta antes de dormir.

—Muy bien amor, puedes comenzar... Respira.

Lo obedezco, haciendo fuerza primero desde mis hombros para luego transportar la intensidad hasta mi estómago. Esto me hace desfallecer casi a la primera, ya que no estoy apoyándome como me habían enseñado en la clase de maternidad.

Jadeo sin ganas ya, relajando mi cuerpo por completo. Tras de mí, hay absoluto silencio y me desespera.

—¿Está todo bien?

—Si, puja otra vez. Pero toma aire...

Inhalo profundamente, resguardando el oxígeno en mis pulmones y ejerciendo fuerza por cada vez que lo voy soltando. Aquello duele tanto, pero logro sentir el descender del primer bebé con facilidad. El aire se acaba y a la par, el bebé se retrae un poco. Las piernas me comienzan a temblar.

—¡Oh!

—De nuevo, mi amor. Vas muy bien, lo estás haciendo excelente — me acaricia la espalda con su mano libre.

Repito el ejercicio, apoyándome completamente en su voz y pujo con más fuerza, alternando la fuerza en mis pulmones, como en mis caderas.

—¡Eso! Lo estás haciendo bien, puedo verlo. Ya viene.

Aquella frase me da un atisbo de fuerza para poder completar mi tarea y poder duplicar mi esfuerzo. Los dedos los aferro al borde de la bañera y me balanceo levemente para poder agilizar el descenso. Edward sostiene mi estómago, pero también percibo la mano entre mis piernas. La cabeza del primer bebé, la puedo sentir en todo su esplendor. La sensación es tan inverosímil. Nunca en mi vida, hubiese imaginado que una sensación así, se pudiese describir.

—Puedo ver su cabeza, cariño. Hazlo una vez más... Y tendremos nuestro primer hijo mayor o hija.

Grito arduamente cuando mi interior se expande ahora con más potencia. Puedo observar cómo sale de mi interior, porque he doblado completamente mi espalda y logro mirar entre mis piernas. La visión de su torso saliendo de mí, luego su pequeña barriguita y por último los deditos de sus pies, me saca una exhalación profunda y refrescante, a la par del primer llanto en la habitación.

Siento los hombros cansados, los ojos llorosos y de alguna extraña manera secos también, cuando saboreo el alivio momentáneo del primer alumbramiento. Edward lo toma entre sus brazos, corta el lazo que nos mantuvo unidos por más de nueve meses y lo enreda en una cobijita.

La cara del cobrizo es de pura fascinación, cuando lo arrulla entre sus brazos. Nunca había visto a Edward con ese semblante, a mí me había mirado de una y mil formas que pudiesen significar tanto. Amor, adoración, felicidad, incredulidad, podía sentirse de todo.

Lo acerca a mí con cuidado y rapidez y por primera vez lo veo.

—Charlie, conoce a mamá.

Las pestañas, ahora mojadas entre mi sudor y mi llanto, admiran a mi pequeño hijo, el cual incontrolable, no deja de llorar. No puedo cargarlo aún, mis manos son mi único soporte para no irme de frente o de espalda. Cualquier movimiento en falso, fácilmente causaría un accidente.

Acerco mi cara a la suya, tan pequeñita y arrugada. Edward me ayuda mientras yo tallo mi mejilla a la suya. Charlie deja de llorar fuertemente para solamente ahora soltar un pequeño murmullo de hipeo, cuando siente mi calor. Su manita sostiene mi cara y un pequeño jadeo, como si tuviera frío, ahora solo puede escucharse.

—Eres tan perfecto, mi amor. Te amo, mi bebito. Mi bebé mayor.

La cara de Edward es de pura ternura.

—Que valiente es. Llegó primero.

Río a medio dolor, sintiendo las contracciones del segundo bebé.

—Será tan protector, ha venido antes que sus hermanas — jadeo —. Quería asegurarse que todo estaba bien para ellas.

Mi hermoso hombre asiente y me mira.

—¿Estás bien?

Afirmo.

—Aquí viene una — me doblo una vez más, sintiendo el descender de la bebé.

Camina con premura, envolviendo al bebé bien en su cobija. Sale de la habitación y deposita al recién nacido en una de las cunas de metal que han sido regalo de su abuela. Siempre a la vista de nosotros.

Tan pronto como lo acerca a la habitación del baño para asegurarse de que está a salvo, vuelve a su posición original tras mi espalda.

El bebé número dos, comienza a moverse con rapidez hacia abajo. Siento la presión con igual intensidad mientras la sensación se vuelve más insoportable.

—¡Dios! —lanzo el alarido al cielo mientras cierro los ojos con fuerza.

Las manos me tiemblan al aferrarme apenas al borde la enorme tina y por instinto, entrecierro las rodillas, para que las manos de Edward segundos después, intenten abrirlas.

—No, Bella. Ya está coronando — me ordena, sin más.

Ante su urgente dictamen, apremio la fuerza que no sé de dónde obtengo y de nuevo hincho los pulmones para poder pujar. Mi corazón late desbocado, esta bebé trae consigo una fuerza insuperable que me mantiene al borde. Me muerdo los labios, el sabor férreo inunda mi lengua. Pujo, una, dos, tres veces más hasta casi perder el aliento. Tengo miedo, puesto que estoy agotada. No sé cuantos minutos han transcurrido mientras la voz tranquilizadora pero demandante de Edward me pide que puje.

Dios, necesito un minuto. Un poco de agua, tal vez. Relamo mi boca y siento los labios partidos, los dedos de mis manos entumecidos y las piernas podrían fallarme aun cuando no hay mucha distancia entre el suelo de la tina y yo.

—Cariño, no puedo — niego apoyando la frente en el filo dorado.

—Escúchame, Bella. Sé que estás dando tu mejor esfuerzo. Pero tienes que ayudarla. No puede hacerlo sin ti. Es nuestra bebé. Te necesita, amor.

—Es que estoy cansada — respondo como suplica.

—No te voy a dejar sola — se coloca tan cerca de mi espalda que siento su calor al borde mi coxis, pone una mano cerca de mi hombro derecho y me endereza un poco la espalda. Yo encuentro alivio en su caricia, mientras me concentro en el ir y venir de sus dedos entorno a la piel de mi pecho. Está intentando calmarme, como cuando estamos abrazados. Como cuando me relajo y me quedo dormida en su pecho porque escucho su corazón.

Aquello, me da un respiro, la suficiente fuerza nace en mi diafragma. Inhalo pesadamente, como si hubiese salido de nadar durante más de tres minutos y comienzo a pujar con fuerza y determinación.

—¡Eso! — celebra cuando la siento salir de mi interior y yo lloro por el dolor —. Pero que hermosa carita tiene— murmura cuando suelto el último resquicio de aire de golpe, por mi boca —. Un poco más, amor. Ya casi nace nuestra niña — me anima.

Hago el último esfuerzo, gimo con fuerza y alivio mezclados cuando la siento nacer. Cae húmeda en los brazos de su padre y el llanto, es un alivio para mi alma, cuando el esfuerzo ha rendido frutos. Mi niña nació. Mi primera niña.

La bebé llora desconsoladamente, cuando el primer hombre que la amará con locura e incondicionalmente, le corta la única unión más cercana que hemos tenido desde el principio. Edward la limpia presurosamente y la enjuaga con agua limpia y tibia como hizo primero con su hermano. La envuelve en una mullida cobija color lila y me la acerca tan pronto como acaba.

Muevo las pupilas de un lado a otro, admirada, fascinada y conmovida. Mi hija tiene poco cabello, unos mechones oscuros y mojados adornan su pequeña cabeza, quien al contrario de Charlie, este apenas presenta cabello alguno.

Su piel rosada y suave, se acentúa al par de su imparable llanto. Su padre me la acerca lentamente mientras repito lo que hice la primera vez.

La bebé inquieta, mueve los brazos retorciéndose un poco violento para sus escasos minutos de vida.

Yo sonrío de alegría, mientras la reconozco fácilmente.

—Haz llegado por fin, mi bailarina.

La mirada de Edward, se centra en mi cara, mientras que con una mano hago casi una maniobra por tocarla y no caerme.

—Ella — murmura él mientras le besa los pies.

Asiento con convencimiento.

—Llegó como siempre se ha comportado... Dando batalla y con mucho ímpetu.

—Quizá tenía muchas ganas de conocerte — comenta maravillado al observar con mucho detenimiento a su niña.

—¿Quién lo diría? — pregunto con los ojos ya casi cerrados por el cansancio —. Tendremos que meterla a clases de ballet este verano que viene — intento medio reír por la broma, pero estoy agotada.

Agotada es poco, ya no puedo sostenerme ni siquiera sobre mis rodillas.

Al sentirlo, me siento sobre mis piernas y Edward alarmado, toma a la bebé y la acuesta junto a su hermano.

Estoy cayendo en una espiral de casi inconsciencia. Tengo sueño, mucho sueño. No puedo más.

—¡Bella! — grita, tomándome por la espalda, abriendo mis brazos lánguidamente y recargando mi cabeza en su pecho.

—Edward... Estoy agotada.

—Mi cielo, mírame... Todavía falta Faith. No podemos dejarla dentro, tenemos que ayudarla.

—No puedo, amor. Ya no tengo fuerza... — murmuro.

—Bella, amor. No te duermas, por favor. Te sacaré de aquí, ya no necesitas estar así para que la bebé nazca. Podemos hacerlo en la cama.

No respondo, genuinamente ya no puedo.

Siento como todo mi peso, es elevado entre sus brazos. Me coloca de nuevo en el mismo lugar donde todo comenzó para poder rodearme de mullidas almohadas. Escucho a lo lejos el llanto de mis hijos mientras el agotamiento me hace presa de sus garras.

—Cariño — escucho su murmullo cerca pero no abro los ojos —, no te puedes quedar dormida.

—Lo sé, lo estoy intentando...

—Bella — palmea suavemente mi rostro —, nena. Faith y yo te necesitamos. Hazlo por ella.

Asiento con firmeza, estando insegura de lo que prometo.

—Te amo — repite como u rezo —, cuando termines te prometo que podrás dormir dos días seguidos si así lo necesitas. Llamaré a Esme para que me ayude a cuidarla y Alice también podrá venir a echarnos una mano.

Sonrío a medias y asiento.

—Mucha gente...

—Así es, amor. Pero necesito que me ayudes ahora, por nuestra pequeña. ¿Puedes hacerlo?

Suspiro y me acomodo muy pesadamente. Palpo mi estómago, ahora casi vacío y desacostumbrado a estarlo, que me siento extraña.

Flexiono las rodillas con fuerza, Edward como el ángel que es, me ayuda de nuevo a posicionarme. Se acomoda ahora frente a mí y yo lo miro asentir.

Pujo. Vamos mi niña, vamos.

—Un poco más — me pide casi al borde de la desesperación, pero mantiene firme su calma.

Lo intento de nuevo, sintiendo flaquear la fuerza de mis muslos y la de mi estómago. Me siento tan sensible que el dolor es casi una mezcla entumecida y sensible al rojo vivo. Dios, como duele.

—¡Ah, Dios! — chillo ahora apretando la mandíbula. Se ha ido al carajo mis clases de respiración y maternidad. No puedo más apoyarme en ellas, mis dos primeros bebés se han llevado la fuerza más básica, ahora prácticamente me estoy forzando.

Suelto el aire de golpe, como si me hubiesen dado una patada en la boca del estómago y el oxígeno se me acabase de la nada.

—Bien amor, te está costando salir. Pero no te preocupes, papá está aquí — habla Edward como si Faith fuese capaz de comprenderlo completamente —, te prometo que si ayudas a mami, te voy a consentir muchísimo. Vamos a ir al parque todos, comeremos helado. A mami le gustaba la de vainilla con chispas de chocolate cuando estaban todos dentro, ¿Recuerdas?

Lloro escuchando sus palabras, momentáneamente nos miramos a la cara. Edward me da una de sus más hermosas sonrisas y yo asiento, con convencimiento.

—Bella, lo estás haciendo formidablemente. Me siento muy orgulloso de ti, amor.

Lloro de pura felicidad.

—¿Vamos a ir a ese club? —hipeo en llanto.

—¿Cuál club?

—Ese donde nos conocimos, donde me golpee la cabeza por gritar que era "Mamacita libertad" — me carcajeo.

—¿Quieres ir?

Gimo de dolor.

—¿Bromeas? Me voy a tomar una cerveza apenas pueda, iremos a citas ahí, visitaremos ese hotel donde dormimos aquella noche y haremos el amor hasta el día siguiente — me carcajeo apenas.

Mi hombre extrañado pero sonriente, afirma con mucha alegría.

—¿Por qué quieres ir?

—Nos vamos a casar, ¿No es así?

Edward asiente con mucha fuerza.

—¿No se te hace extraño que nunca hayamos ido a un bar a una cita? Todo fue de conocernos, enterarnos que tendríamos bebés y planear casarnos. Que el romance no muera, cariño. Necesito que hagamos el amor ebrios.

—Haremos lo que tú quieras, mi vida.

Y eso es lo último que alguien en la habitación dice, antes del ansiado momento.

Pujo con fuerza, demasiada fuerza y me apoyo completamente en mi propio peso para hacerla salir. Mientras miro el techo, busco en la habitación un punto de enfoque que me ayude a concentrarme en hacer fuerza y dar mi mayor esfuerzo.

Giro la cabeza de vez en cuando y en la mesita de noche, apenas serás la tres y veinticinco de la madrugada. Es la única forma en la que estoy consciente de cuánto tiempo ha transcurrido.

Pienso internamente en cuanto ansío en que esto acabe y empleo más fuerza, haciendo puños las sábanas para que sostenerme.

Vamos linda, vamos. Hazlo por mami, por favor, pienso internamente.

Grito demandantemente cuando la siento salir rápidamente de mi interior y tiemblo de manera incontrolable cuando Edward la recibe en sus manos.

—Hey, bebé. Ya estás aquí. Shh, shh — la arrulla a la par que le limpia la cara y le corta el cordón. Edward se esmera tanto en arroparla, Faith no para de llorar y manotea levemente cuando su padre intenta sostenerla cerca de él.

La última bebé Cullen, luce más pequeña que el resto de sus hermanos, pero no es una desproporción preocupante. Suspiro agradecida y me recargo triunfalmente en las almohadas mojadas por mi sudor.

Cierro las piernas suavemente, y coloco ambas manos ahora sobre vientre extrañamente vacío. El sentimiento es abrumador pero liberador. Los tres recién nacidos lloran a la par. Mi hermoso hombre me acerca a una pequeña bebé... ¿Rubia? Mis ojos parpadean con sorpresa ante tal revelación.

La sostengo de la mano, incapaz de siquiera acunarla sobre mi pecho porque mis fuerzas están extintas. Faith, está más tranquila, encontrando consuelo chupando uno de sus manos y recargando la cabeza contra su padre. Este, no deja de murmurarle palabras dulces y la mece tan ágilmente que parece un experto en el tema.

—Mira mi amor, aquí esta tu mami —me la presenta y yo sonrío tocando su rubia cabellera. Bueno, el poco cabello que tiene.

La niña como desde un principio ha sido, muestra una temprana preferencia por su hermoso padre. Me hace sentir un poco ansiosa pensar en lo unidos que serán.

—Es hermosa, como sus hermanos.

—Es tiempo de que estemos todos juntos — dictamina el hombre frente a mí.

Asiento suavemente.

Edward la coloca con el resto de sus hermanos por un momento. Me ayuda cambiar las sábanas debajo de mí, me pone ropa cómoda y comienza un ligero aseo en la habitación, para evitar contacto con los bebés. Del closet, sacar una almohada especial para acostarlos a los tres juntos, ya había pensado en esta idea desde que Alice había traído a los gemelos consigo y nos dimos a la tarea de buscar una para tres.

Mi hermoso prometido, lo hace solo todo. Les pone un pañal — porque los tres estaban desnudos —, les coloca ropa, me ayuda a mí a asearme, me pone ropa cómoda y limpia. Me proporciona agua y fruta picada, cosa que le agradezco bastante, pero que sencillamente no acepto tanto porque me urge más calmar la sed que otra cosa.

Me pongo la almohada sobre los muslos flexionados y a los tres pequeños me los acomoda perfectamente en mi regazo. Ahora los tres, calientitos y callados, dormitan a la par que su padre sube y baja las escaleras con bolsas, sabanas sucias y toallas hacia el sótano donde escucho que coloca todo en el cesto de la ropa sucia.

Charlie se estira un poco, y así puedo verlo con más detenimiento. Si, sí que tiene un poco de cabello, aún menos que sus hermanas. Apenas hay una pelusa negra como el tono de mi padre, pero no podría asegurarlo quizá hasta después de unos meses.

Ella por primera vez, está tranquila, quizá cansando de dar guerra desde antes de su nacimiento. Le quito el gorro de su pequeña cabecita y admiro que al igual que Charlie, tiene más cabello y también oscuro. Faith es la que más curiosidad me da. La estudio tan detenidamente, como si fuese imposible aquello y confirmo que mi hija es rubia.

¿Rubia? Intento retroceder a una parte muy específica de mi memoria, para recordar si el donante tenía antecedentes rubios. O quizá debió sacarlo de mi abuela materna. No tengo memoria de si la madre de Renee tenía o no los cabellos claros.

Pero no importa, no es como que me hayan cambiado a los bebés. Son míos y de Edward. No hay verdad más absoluta que eso.

Cuando pasan algunos minutos, Edward sube a mi lado y se recuesta. Yo lo invito a cargar a uno y éste acepta emocionado. Bajo sus ojos, puedo ver enormes manchas purpuras de cansancio que no opacan ni un poco su belleza. Esta destruido pero sigue tan sonriente que no le quita mérito.

Charlie se retuerce en sus brazos y bosteza. El cobrizo le acaricia el rostro y el bebé hace por mamar, pero no haya alivio.

—Tiene hambre.

Parpadeo sorprendida.

—Solo puedo hacerlo dos a la vez.

—Quizá podamos darle fórmula a uno, y alternar el turno, ¿Estás de acuerdo? No quiero que esperen demasiado el uno con el otro y alguien pase hambre.

Asiento convencida.

—¿Me puedes ayudar?

—Claro — dice de inmediato.

Se levanta con niño en brazos y muy hábilmente, comienza a preparar un biberón. Yo admiro la agilidad que tiene por moverse tan a prisa, mientras acomodo a las niñas a cada lado de mi brazo y me levanto la blusa. Intento guiarlas, pero Ella comienza de inmediato a comer, parece tan despierta, mientras que su hermana, batalla un poco. Yo me relajo, pero estoy pendiente de el movimiento de sus labios, cierro los ojos y dejo que coman. Edward se sienta a mi lado, mientras el niño comer lentamente.

—Cierra los ojos — me pide — debes estar muerta de cansancio.

—No dormiré, tengo que cuidar no dejar de hacer fuerza en los brazos. No quiero dejarlas caer.

—No pasará nada, estaré pendiente de ustedes.

Niego.

—Tú debes estar igual de cansado, amor.

Sonríe y me besa la mejilla.

—Estoy aliviado, contento, lleno de vitalidad.

Hago una mueca incrédula.

—Pero con la batería muy baja.

—Un poco — suspira hondamente y mira a Charlie adormilado, bebiendo su leche tibia.

—Tiene el cabello casi negro — señalo con la vista el tope de su cabeza.

—El tuyo es castaño, casi chocolate.

—Lo sé, no recuerdo mucho sobre la descripción del donante. No es que me importe ahora, pero, me sorprendió Faith...

—Es rubia — completa por mí.

—Pensé que deliraba.

—Ella tiene tu tono de cabello — confirma —, pero aún no podremos decir nada. Hay que esperar que crezcan los bebés. Ahora no podemos decir demasiado.

—No importa, son perfectos.

—Mañana en cuanto amanezca, iremos al hospital a pesarlos y medirlos. Luego pasarán un rato en cuneros para que los observen, pero no te preocupes, es solo un procedimiento de rutina. Ninguno estuvo en peligro realmente, además desde que hicimos los ultrasonidos no tenían ningún problema.

Sonrío.

—Gracias, cariño. Por todo, de verdad.

—No hay nada que no haría por ti.

Jadeo.

—Que alumbramiento más dramático.

Edward ríe sin ganas.

—No fue tan malo.

Enarco una ceja con incredulidad.

—Lo dudo, la próxima vez tenlos tú.

Se ríe de buena gana ahora.

—Si fuese posible no dudes que lo haría por ti.

—Tramposo — entrecierro los ojos.

Me besa de nuevo y talla su nariz en mi hombro.

—Gracias, Bella.

Lo miro sin entender demasiado.

—¿Por qué?

—Por darme una maravillosa familia.

A la mañana siguiente, el clima en la ciudad parece habernos dado tregua. Tras casi cuatro días de intensa lluvia, hoy podemos vislumbrar el cielo claro y limpio por vez primera. Edward y yo, hemos dormido por turnos, aunque siendo honesta, he dormido más yo gracias a él. Apenas y pudimos tener comunicación. Nuestra familia nos ha llamado para preguntarnos cómo estábamos.

Pasé cerca de dos horas platicando con mi hermana, luego con mi madre y Edward con la suya. Y por supuesto, no podría faltar la llamada de la familia McCarthy.

Decidimos que como aún las carreteras estaban inestables, lo mejor es que todos nos reuniéramos en la clínica para la revisión de los trillizos. Yo ya puedo por fin doblarme para poder recoger mi "desastre especial" y aquel logro, me llena de orgullo.

Edward me mira desde la puerta, recargado y de brazos cruzados mientras yo termino casi poniéndome a bailar.

Me sonrojo al verlo.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—Luces sexi — enarca una ceja.

—Vamos, no juegues conmigo — me cruzo de brazos.

Camina hacia mi costado y me abraza.

—Te amo.

—Yo te amo.

—¿Estás lista? Los bebés ya están en sus sillitas.

—Lo estoy — sonrío —, será un día largo. Siento que no hace mucho, aún no podía siquiera agacharme.

—Ayer — sonríe.

—Ayer — repito.

—¿Tú madre vendrá?

—Ya está en la ciudad desde ayer — comento con sorpresa también —, llego desde días atrás para poder verme pero con la tormenta, no se pudo.

Mi hombre suspira.

—Se oía preocupada cuando te marcó.

—Ya está tranquila — acaricio sus brazos.

—Bien, pues vamos andando ya — me palmea el trasero —, que Esme está brincando por verlos desde que supo que nacieron.

Yo me río.

—Eso es imposible — comento con sarcasmo.

Edward me besa los labios y subimos al auto.

Los trillizos van dormidos, después de su primera noche. Excepto Faith, que se ha negado a dormir a menos que su padre esté cerca, por lo demás, no hemos tenido problema.

Mi futuro marido, conduce con cuidado y mucha precaución.

Pronto llegamos a la clínica, desplegamos una carriola para trillizos e ingresamos a la clínica.

Podría describir puntualmente qué sucedió en cuanto llegamos. Mi hermana, cuñado, mi madre, su esposo, Carlisle, Riley y Esme, nos reciben con júbilo a los cinco apenas las puertas se abren. Yo soy abrazada y casi cargada por cada uno de los mencionados. Apenas piso el consultorio, me sientan en una silla de rueda, mientras Edward ingresa conmigo y la doctora Esme para poder dar la hora exacta de cada alumbramiento.

Son medidos, pesados y revisados con exagerada premura por ser nietos de la doctora Platt.

Yo en cambio, soy llevada a una sala privada para una revisión rápida, aunque Edward había dejado en claro que no necesitaba ningún tipo de cuidado especial, pues no había sido necesario cortarme o hacerme ningún tipo de procedimiento.

—Oh, querida. Estamos tan orgullosos de ti y de Edward —me abraza mi suegra cuando me han traído de regreso a los bebés —. Estábamos tan angustiados.

—Tu hijo lo hizo muy bien.

—Tú lo hiciste mejor — me guiñe el ojo el aludido.

—No me cabe duda de que hicieron el mejor equipo —toma a Charlie entre sus brazos y lo besa, luego mira a las niñas y sonríe casi a media lágrima —. Ay, por Dios Bella. Me has hecho la abuela más feliz del mundo.

—Y a mí también — apunta Carlisle cargando a Ella.

Edward me rodea por la cintura, mientras yo meso a la más pequeña.

—Gracias por estar tan pendiente de nosotros — sonrío con gratitud — ¿Por qué no vienes aquí, Riley?

—¿Yo?

—Ven, hermano. Ya es tiempo de que conozcas a tu sobrina.

—No sé cómo cargar a un bebé.

Lo animo.

—Tienes que aprender a hacerlo, después de todo son tus sobrinos.

—Vamos, hijo — casi lo obliga Esme.

El menor de los Cullen, avanza con torpeza y acuna a la pequeña entre sus brazos. Apenas ella se mueve, él se nota nervioso pero firme.

—Qué pequeñita — la mira con ternura, dejando que la bebé lo tome por el dedo pulgar.

Asiento con alivio, recargándome en mi futuro esposo.

—Luces bien con un bebé, deberías tener uno — codeo al cobrizo.

—Oh, si Riley. A mamá le encantaría tener nietos por ti.

El aludido carraspea y pronto devuelve a la pequeña rubia.

—Quizá mejor debería devolverla para tomarles la dichosa foto.

—¿Foto? — pregunto incrédula.

—Si — sonríe Esme entregando al niño a mi regazo y luego Carlisle la otra niña a Edward — es tradición que tengamos fotos de los papás con sus bebés al salir del hospital. Una irá a mi escritorio y otra para el recuerdo.

Carraspeo.

—Me veo fatal.

—Mentira — taja el cobrizo.

—Júntense más, por favor.

Me acomodo con ambos bebés en brazos mientras Edward me aprieta a su lado y carga muy firme a Ella.

Sonreíamos para la foto y la cámara hace clic dos veces. Mi suegra me muéstrala foto y me parece adorable. De verdad parecemos una enorme familia ahora, aquello me da mucha felicidad. Edward la mira por encima de mi hombro.

—Es perfecta — sollozo.

—Solo falta algo — me mira a la cara y yo lo miro sin entender.

—¿Qué cosa?

—Que se case conmigo ya, futura señora Cullen.

Sonrío de buena gana y asiento firmemente.

—Usted ponga la fecha, señor.

—Si por mi fuera, sería esta misma tarde. Podremos festejar tu cumpleaños, el nacimiento de los bebés y nuestra boda.

—Oh, cariño. ¿Hoy? Ni siquiera tengo vestido.

—Lo sé — acaricia mi brazo —, tampoco has dormido. Solo que no aguanto las ganas de que seas mía.

—Ya lo soy — lo beso en los labios y él me corresponde.

Y el flash de la cámara nos deslumbra, haciendo eterno ese beso en una foto.