Capítulo 30

"¡Bienvenidos! ¡Sean todos bienvenidos a esta histórica reunión de la Corte Real de Camelot!" saludó Arturo a los cortesanos que lo escuchaban atentamente, y que a juzgar por las miradas de curiosidad que le enviaban algunos, no habían pasado por alto el calificativo de 'histórico'.

"Como bien saben, hemos estado viviendo tiempos de paz y prosperidad después de los últimos atentados que ha sufrido nuestro reino. Atentados que nos recuerdan como la paz puede ser frágil y efímera, y que súbitamente, todo puede cambiar" continuó diciendo Arturo, cautivando la atención de los cortesanos.

"Hoy estamos en buenos términos con los otros reinos de Albión, si no es que en paz con ellos. Los tratos y pactos de comercio entre nuestros aliados se mantienen en pie, alzando nuestra economía y alimentando a nuestra gente" dijo el rey reconociendo los beneficios y grandes logros de este último año.

"Sin embargo, todavía permanece en nuestra tierra la incertidumbre y la amenaza de viejos conflictos" continuó Arturo su discurso, tomando un tono más sombrío. "Conflictos nacidos por la ignorancia e intolerancia, y es esta incertidumbre la que pone en riesgo a todo Camelot, así como a la paz y prosperidad que estamos viviendo. Si queremos preservar la paz y prosperidad de nuestra tierra, nosotros mismos tenemos que cambiar, y trabajar para lograrlo.

"Así que hoy, ante toda la Corte Real, ante ustedes, distinguida nobleza de Camelot, pongo esta situación a debate y discusión, ya que las consecuencias de nuestra inactividad y reticencia al cambio, así como las que deriven de esta reunión, serán de gran trascendencia y de tal importancia como para que se sometan únicamente a decisión mía y del Consejo" terminó Arturo su discurso, dejando que sus palabras se asentaran en la mente de los aprensivos cortesanos.

Pronto la corte estalló en murmullos. Los nobles se preguntaban los unos a los otros en voz baja si sabían de lo que estaba hablando el rey, o si habían entendido lo que podría estar insinuando, ya que nunca antes, él había hecho algo como esto.

Entre el mar de rostros que era su corte, Arturo y Guinevere notaron atisbos de auténtica curiosidad y preocupación por los aspectos oscuros en el discurso del rey, pero también había destellos de avaricia y egoísmo ante la oportunidad que se les presentaba a los nobles para participar e influir activamente en la política del reino.

"Majestad" llamó uno de los cortesanos después de armarse de valor para hablarle a su rey "Sus palabras auguran grandes conflictos, ¿quién es el enemigo que nos amenaza?"

"El enemigo que amenaza a nuestro reino es uno, que hace años, nosotros mismos hemos creado y alentado al permitir gobernarnos con miedo y odio, y como lo veo, el único camino es dejar las viejas rencillas atrás, y estar dispuestos a construir un futuro donde todos juntos podamos coexistir" respondió Arturo, planteando nuevas dudas a la corte.

"¿Enemigo que nosotros hemos creado?" preguntó otro de los nobles "¿De qué está hablando, majestad?"

Arturo respiró profundamente. 'Es ahora o nunca'. "Estoy hablando de aquellos que practican la Antigua Religión o que cuentan con dones mágicos" respondió el rey, sorprendiendo a todos los presentes, quienes no se esperaban esa respuesta. Finalmente, el caos se desató en la corte.

"¿Cómo se atreve?"

"¡Esto es un escándalo!"

"¿Qué está insinuando?"

"¡Hechicería! ¡Deberían todos ellos arder!"

Esa y muchas otras cosas exclamaron los cortesanos para expresar su indignación y molestia ante la introducción del tema de la magia y la acusación del monarca. ¿Cómo se atrevía a sugerir que ellos eran culpables de los males que la hechicería traía a Camelot?

"¡Silencio!" gritó Arturo después de darles un tiempo a los nobles para que se desahogaran "¡Si van a hablar, lo harán ordenadamente, no como comerciantes del bazar!" dijo el rey mirando con severidad a los reunidos en la Sala del Trono.

Sorprendidos, y avergonzados por la reprimenda, los cortesanos callaron mirándose indecisos sobre quién sería el valiente que hablara.

Arturo y Guinevere no se perdieron las miradas cautelosas que se dirigían los cortesanos. El temor y la inseguridad eran completamente visibles entre los ojos de los nobles, después de todo, cuando se trataba del castigo a la magia, nadie estaba a salvo. Hablar fuera de la línea de la ley anti magia era una sentencia de muerte por alta traición.

¿Qué estaba pensando el rey cuando sacó el tema a colación? ¿Estaría él preparando una nueva purga como su padre? Algunos de los cortesanos tenían brillos acerados, llenos de emoción ante la posibilidad de una nueva limpieza del reino. Otros sólo temían que su rey pudiera haberse sometido finalmente a la sombra y legado de su padre.

Arturo y Guinevere miraron expectantes a los nobles, esperando que alguien se atreviera a hablar. Impacientándose, Arturo estaba listo para continuar, cuando de entre la multitud salió lord Loeter, uno de los miembros del Consejo.

"Si me permite, majestad" comenzó el hombre con su voz lenta y grave, esperando el permiso de su rey para hablar.

"Adelante, lord Loeter" respondió Arturo asintiendo a su consejero.

"Gracias, señor. Debo decir que sus palabras me desconciertan, ya que en el pasado ha demostrado…" Loeter calló momentáneamente mientras busca las palabras adecuadas "… cierta flexibilidad hacia los hechiceros, ¿está usted buscando reanudar la guerra contra la magia?"

Arturo apretó la mandíbula con molestia al escuchar la sospecha de su concejal. "Todo lo contrario. Después de meditarlo y hablarlo, la reina y yo, hemos decidido terminar con la persecución mágica" respondió el rey con toda seguridad, para gran sorpresa de todos los reunidos.

No había nadie en la habitación que no mirara a sus monarcas con incredulidad. Sirvientes, nobles, guardias y caballeros parecían incapaces de terminar de procesar la declaración del rey.

"¡Esto es un atropello!" gritó Morcant rompiendo finalmente el incómodo silencio que había caído en la habitación "¿Cómo se atreve a decir semejantes tonterías?"

"Vigile sus palabras, lord Morcant" dijo Arturo con una frialdad que logró hacer estremecer a más de uno de los presentes "Está hablando con su rey, y no permitiré faltas de respeto en esta corte".

Ante la advertencia del rey, los caballeros dieron un paso adelante, colocando sus manos sobre sus empuñadoras, respaldando las palabras de Arturo, listos para actuar en caso de que el lord continuara faltándole el respeto a su señor.

"Mis disculpas" replicó Morcant luciendo bastante colorado ante la amenaza de Arturo "Disculpe mi arrebato anterior, señor. Me sorprendió totalmente su declaración. Una que en cualquier otro momento podría considerarse traición".

Manteniendo su postura impasible, Arturo se obligó a gobernar su temperamento antes de arremeter contra Morcant. "Por supuesto" respondió el rey cordialmente "Sin embargo, es hora de hablar sobre si en el futuro este tipo de conversaciones podría seguir considerándose traición, y la pena máxima de castigo".

"¿Qué es lo que quiere decir?" preguntó Morcant palideciendo ante la insinuación del rey.

"Quiero decir que aquí, ante todos ustedes, pongo a discusión el cese a la persecución mágica, el futuro de la prohibición y la legalización de la magia en todo Camelot" respondió Arturo mirando fijamente a todos sus cortesanos, así como a sus incrédulos caballeros.

"Usted no… no puede…" farfulló Morcant incapaz de construir una oración coherente para gran satisfacción de Arturo y Guinevere. 'Finalmente logré dejarlo sin palabras'.

"¡Mi señor!" se quejó lord Andrew avanzando hacia el frente pidiendo la palabra "¿Está usted hablando en serio? ¿Tiene idea de lo que significaría levantar la prohibición mágica? ¡Hechiceros vagando libremente para pervertir y destruir todo lo que hemos trabajado por construir!"

"Soy consciente de los riesgos que significaría tener hechiceros haciendo lo que quieran con su magia sin una ley que la regule" respondió Arturo con seriedad "Pero también soy consciente de lo que significaría mantener una ley que convierte a todo aquel que posea talentos mágicos en parias y enemigos" terminó diciendo el rey, sorprendiendo a su concejal con su respuesta.

"Si me permite, señor" dijo lord Thomas acercándose para pedir la palabra "Con el perdón de usted, traer este tema a discusión, es simple necedad. Usted no estuvo aquí en aquellos días cuando la magia vagaba libremente por el reino sin ningún control. Todo era caos y desorden. Crímenes a diestra y siniestra. No estuvo aquí cuando esa hechicera Nimueh rondaba la corte aterrorizando a Camelot".

"Curioso" comentó Arturo con una pequeña sonrisa de suficiencia que logró confundir y preocupar a Thomas "Nimueh en esa época era la Hechicera de la Corte, y uno de los miembros de confianza de mis padres, ¿no es cierto?" preguntó el rey conmocionando a Thomas, que retrocedió incapaz de negar sus palabras.

Ante su respuesta, la corte comenzó a murmurar nuevamente. Los más viejos habían conocido a la hechicera y sabían de su puesto en la corte, mientras que para los más jóvenes, ésta era una revelación completamente nueva, y que comenzaba a romper su realidad. ¿Camelot tuvo un hechicero al servicio del rey?

"Eeeh… Es cierto" respondió Thomas después de salir de su asombro "Pero la hechicera se vio incapaz de hacer su trabajo, y pronto ella misma traicionó a sus padres y a todo Camelot. No se puede confiar en la magia, especialmente cuando es una fuerza incontrolable".

"¿Y si se pudiera?" preguntó Arturo sorprendiendo a los cortesanos "Si pudiera controlarse, ¿estarías dispuesto a aceptarla?"

"Yo… yo… no sé… ¿Qué?" balbuceó Thomas incapaz de encontrar una respuesta ante la fuerza y confianza que despedía el rey.

"Como dije antes, soy consciente de los riesgos de dejar que la magia vague sin ningún control" repitió Arturo desviando su mirada del nervioso lord para volver a dirigirse a todos los presentes "Y es por eso que para asegurar que esto no ocurra, traigo ante ustedes una serie de leyes y normas con las que se regule su uso. En esencia, aquellos que usen la magia para hurtos, asesinatos, traiciones y otros crímenes serán sancionados de acuerdo a la gravedad de su falta. Aquellos que decidan usar magia para sanar, curar, construir, sembrar o cualquier otra actividad benévola o benigna, serán bien recibidos en Camelot".

"Usted no… usted no puede hacer esto" balbuceó Morcant poniéndose de color morado, indignado y enfurecido por el atrevimiento de su rey "Su padre jamás hubiera…"

"¡Yo no soy mi padre!" tronó Arturo elevando la voz, sonando por primera vez muy enojado "¡Y harías bien en recordarlo, Morcant!"

Atemorizado por la explosiva reacción del rey, el concejal retrocedió bruscamente, chocando contra lord Thomas, quien también miraba aterrado a su soberano.

"La-la-la prohibición mágica nos protege" tartamudeó lord Thomas tomando la palabra nuevamente "Camelot hubiera sido destruido si su padre no hubiera asegurado el control sobre los hechiceros y sus simpatizantes".

"¿Control?" preguntó Guinevere levantándose de su trono y posicionándose junto a su esposo "¿Llama a eso control? ¡Eso fue persecución! ¡Intolerancia! ¡Paranoia!"

"Con todo respeto, majestad" replicó Thomas con un tono lleno de condescendencia que comenzaba a alterar a Arturo "Usted no estuvo en esos días. No sabe lo que ocurría en ese entonces. El rey Uther hizo lo que tenía que hacer para mantener el control del reino. Tomó decisiones que sólo unos cuantos…" Thomas guardó silencio en una clara pausa dramática antes de continuar "… bueno, son capaces de llevar a cabo".

Arturo entrecerró los ojos, furioso ante el tono condescendiente de su concejal y el insulto velado hacia Guinevere. ¿Cómo se atreve a hablarle así a su esposa? ¿A su reina? Tratarla como si no tuviera idea de lo que estaba diciendo o haciendo en la Corte Real.

"Por supuesto, lord Thomas" respondió Guinevere con una fría sonrisa "¿Perseguir a curanderos, sanadores y herbolarios? ¿Ejecutar a personas que estuvieron en el lugar y momentos equivocados? Desde el primer día en que trabajé en la Casa de Gannis, y después en la Casa Real de Camelot como doncella de Morgana, todo lo que escuché eran discursos de odio y estados perpetuos de terror, especialmente en el Pueblo Bajo. ¿Sabía usted que circulaban historias de actos mezquinos en el que para deshacerse de rivales se les acusaba de poseer magia?"

Ante esta revelación de la reina, los cortesanos palidecieron, algunos nada sorprendidos por este hecho. "Yo misma fui acusada más de una vez de tener magia, y estuve al borde de la ejecución. Eso… no era paz. Eso era vivir con una sentencia de muerte inmediata sobre nuestras cabezas".

"La Reina Guinevere tiene razón" declaró Arturo tomando la mano de su esposa, mostrando su apoyo "Háganse todos una simple pregunta: ¿a qué le temen más? ¿A la magia y a un hechicero? ¿O a la ley que ordena la ejecución por el simple hecho de haber hablado con un usuario de magia?" Arturo guardó silencio. Podía ver a sus cortesanos meditar la pregunta, al igual que el personal del castillo. No había duda de que esto pronto se extendería al resto de los sirvientes, y eventualmente, al Pueblo Bajo.

"¡No hay necesidad de preguntarse eso!" exclamó el conde de Daobeth "¡La magia es malvada y debe de erradicarse! ¡Y sólo la ley nos protege de ella!"

Arturo suspiró un poco, obligándose a no rodar los ojos. Estaba harto de escuchar la misma afirmación de toda la vida: la magia es malvada. "No negaré que la ley anti magia nos protegió durante un tiempo, pero también fue la causa de que los ataques contra Camelot se incrementaran considerablemente en los últimos años.

"Sí, hemos sobrevivido, pero eso es también porque teníamos conocimiento sobre temas mágicos, lo que nos ayudó a preparar nuestras defensas, pero también nos ha aislado de aquellos que usan la magia para bien".

"¿Magia para bien?" preguntó uno de los condes con incredulidad "¡No existe la buena magia! ¡Todo lo que la magia hace es destruir y pervertir todo lo que toca!"

"¡Ja! ¿Te sorprende que nunca hayas visto a un hechicero bueno?" preguntó Lowell en voz alta, acercándose hacia su compañero, mirándolo con arrogancia "Esa ley nos obliga a ejecutarlos por el simple hecho de tener magia, sin importar las intenciones del usuario".

"¿Nos obliga?" se burló Morcant mirando con desprecio a Lowell "¡Cómo si alguna vez hubieras ejecutado a un hechicero!"

"¡Sólo a aquellos que lo merecieran!" replicó Lowell mirando con desdén a Morcant "Sin embargo, eso no es el tema a tratar aquí" dijo volteándose hacia su rey "Su propuesta es… admirable, señor" comentó el marqués con genuino interés. "Lamentablemente, hay mucho rencor entre la comunidad mágica y Camelot. ¿Cómo planea asegurar la paz?"

"Me alegra que lo pregunte, lord Lowell" comentó Arturo complacido de que el señor de Stonedown mostrara interés "Para empezar, traeremos de vuelta un viejo puesto de la Corte y del Consejo: el Hechicero de la Corte" dijo sorprendiendo a todos, incluyendo a Lowell.

"¿Y se lo darás a quién?" preguntó Morcant sin ocultar la burla y desdén por la idea de Arturo "¿Te arriesgarás con cualquier hechicero que se te presente?".

"Por supuesto que no" respondió Arturo con una sonrisa que sólo lograba alterar más al iracundo concejal "El Hechicero de la Corte debe de ser alguien en quien se pueda confiar. Una persona con un código de honor justo e intachable. Debe de tener los mejores intereses de Camelot en su mente, y que no esté dispuesto a dejarse llevar por el poder".

"Admirable descripción" comentó lord Alfred, el conde de Powys, manteniendo un tono neutral "¿Conoce a alguien que cumpla con esos requisitos, majestad?"

"Desde luego" respondió Arturo asintiendo a Sir León, quien salió inmediatamente de la habitación por una de las puertas laterales, regresando en poco tiempo junto a Sir Gwaine, escoltando a un hombre alto y delgado, cubierto con una capa de color azul oscuro.

El invitado se detuvo frente a los monarcas inclinándose respetuosamente ante ellos, para finalmente retirarse la capucha y enfrentar a la Corte de Camelot, ganándose una serie de jadeos y murmullos al reconocer al hechicero.

"Supongo que todos ustedes recuerdan a mi antiguo sirviente, Merlín" comentó Arturo mirando con satisfacción a su corte, cuyos integrantes parecían haber visto a un fantasma.