Capítulo 10: La biblioteca
Con sorprendente rapidez, los ojos de todos se ajustaron a la oscuridad del interior de la biblioteca; la luz que pasaba por la ventana del alminar fue suficiente para que sin muchas dificultades pudieran mirar a su alrededor mientras descendían por la cuerda. Habían atado un extremo al pilar central y Sokka lideraba la bajada, seguido por Katara mientras Aang volaba junto a ellos en su planeador. Mientras bajaban, a Sokka se le ocurrió que era una suerte que la cuerda fuera lo suficientemente larga, pero esos pensamientos fueron interrumpidos cuando pudo ver el magnífico interior del domo que había estado oculto por la arena.
Cuando Toph había dicho que la biblioteca era grande, Sokka se había imaginado un edificio del tamaño del palacio de la Tribu Agua del Norte más o menos, pero esto no tenía comparación. Los diseños que decoraban los muros eran tan elaborados con motivos bizarros y estrigiformes que, por su peculiaridad y su inmenso tamaño, parecían ser de otro mundo: era algo que nunca habría podido imaginar, era fascinante. Katara se sentía igualmente conmovida por la belleza del lugar, pero su garganta seca le recordó la razón por la que habían entrado y por la que tenían que apresurarse. Suprimió otra tos seca.
—¿Porqué los diseños de búho? —se preguntó Aang en voz alta mientras llegaba al piso y miraba el majestuoso espacio que los rodeaba. Incluso él, que antes de la guerra había tenido la oportunidad de explorar el mundo con Gyatso y Kuzon, pensó que el estilo de la Biblioteca no se parecía a nada que hubiera visto antes. Le impresionó que el tema principal de toda la decoración eran búhos, hasta que cayó en la cuenta de que el búho era el símbolo de la sabiduría, por lo que tenía bastante sentido encontrarlo en una biblioteca. Aun así, la fría roca de los muros y del piso le parecía escalofriante y de alguna manera, le producía la sensación de que algo, algo perverso, lo observaba a sus espaldas.
—Ahora lo más importante es encontrar agua —dijo Katara cansinamente, pero ella también percibía esa inquietante sensación de ser observada—. Nos preocuparemos por esas lechuzas después.
Pero Sokka ni siquiera se dio cuenta de las preocupaciones de sus compañeros y fijó sus ojos en la vasta colección de pergaminos que había a su alrededor. Y esto era sólo el atrio; no se imaginaba qué otras cosas contendría la biblioteca. Echó a andar, seguido por los demás y se dio cuenta de que todo estaba demasiado callado, demasiado solitario. Semejante lugar debía ser utilizado de vez en cuando, tenía que serlo, pero no había rastro de ningún ser humano. En realidad, muchas de las estanterías eran bastante más altas para que un hombre las pudiera alcanzar, por más alto que fuera. ¡Eran más grandes que la estatua de Kyoshi que había visto en su isla! Claramente, esto había sido construido para algo más grande, algo más…
Una voz arrastrada y lenta resonó a sus espaldas:
—¿Quiénes son ustedes?
Todos saltaron extremadamente alarmados y al darse la vuelta, se encontraron frente a frente con un gigantesco búho de color blanco y negro que, con unos terribles ojos azabache, los miraba expectante.
—Soy Aang, soy el Avatar. Vengo del Templo Aire del Este —gorjeó Aang jovialmente, tal vez ignorante del peligro que los demás percibían—, y estos son mis amigos: Katara y Sokka de la Tribu Agua del Sur. ¿Quién es usted?
El pájaro arrugó la nariz con un gesto de desagrado y respondió con voz pausada y condescendiente.
—Yo soy Wan Shi Tong, el que sabe miles de cosas y tú, joven Avatar, has entrado sin permiso en mi biblioteca y ahora abusas de mi tiempo. Le diste la espalda al mundo, no supiste qué hacer y aún así, aquí estás.
Aang se estremeció, su actitud afable desapareció y guardó silencio. Katara fue rápida en responder algo: —¿Cómo te atreves? ¡Aang lleva ese peso encima desde…!
Pero el pájaro descargó su mirada inflexible sobre Katara, obligándola a callar.
—Ah, y tú, Katara —continuó con el mismo tono denigrante— la última maestra agua en libertad de la Tribu del Sur, llorando por una madre que sacrificó su vida, y si aún conservas la tuya, es sólo gracias a una mentira. Dime, ¿te hace sentir poderosa, importante, estar aquí ayudando al Avatar? ¿Te parece que tu madre se sentiría orgullosa? —en este punto, Sokka estuvo apunto de interrumpir, pero antes de que pudiera abrir la boca, los ojos severos del espíritu se posaron sobre él—. Y tú, Sokka, hijo de Hakoda. El pequeño niño que juega a ser soldado, haciendo lo posible para demostrarle a su padre que es un guerrero valioso para la tribu y así, ganar su aprobación. Patéticos, todos ustedes lo son. No veo porqué debería desperdiciar mi tiempo con unos marginados y fracasados como ustedes. Y no crean que no sé que el Príncipe Desterrado y la Bandida Ciega están aquí, invadiendo mis dominios. No son más que un montón de niños en fuga, tratando de lograr algo que está fuera de su alcance.
Aang, que había estado silencioso desde que el Búho lo interrumpiera, encontró el coraje para volver a hablar. Sus ojos brillaron de color blanco por un segundo y sus palabras sólo salieron respaldadas por miles de voces:
—¿Te atreves a desafiar mi derecho y mis decisiones sobre este mundo, espíritu? Yosoy el puente que une el mundo espiritual y el mundo terrenal y en este momento, me vas a escuchar. Hemos venido a hacer uso de la biblioteca y eso haremos, así que vete ahora o enfrente nuestra ira.
Una vez hecha la amenaza, los espíritus dejaron a Aang y el joven monje se tambaleó y tuvo que apoyarse sobre Katara: el Estado Avatar lo había dejado exhausto. Levantó la cabeza y sus ojos, aunque nublados, supieron mantener la mirada sorprendida del pájaro.
—Muy bien, así sea —dijo sin molestarse en ocultar su disgusto y desapareció en las sombras.
Aang se levantó y les aseguró a Katara y Sokka que estaba bien. Así, Aang guiando la marcha, comenzaron a explorar la biblioteca y pronto se perdieron entre las muchas y muy altas estanterías que contenían una gran variedad de viejos y polvorientos volúmenes. Cada librero tenía tallado un símbolo único; algunos familiares pero otros eran totalmente desconocidos.
—
Toph se sentó a la sombra de la torre dejándose caer con fuerza; Zuko se sentó junto a ella, pero él se deslizó lentamente contra el muro con un poco más de gracia. Appa estaba frente a ellos, su enorme cara delatando somnolencia después del largo viaje.
—Entonces… Zuko, ¿qué te parece volar? —Zuko volvió el rostro hacia ella.
—Está bien —dijo encogiéndose de hombros.
—Yo lo odio. No puedo sentir nada cuando estoy ahí. Aunque ahora mismo, con esta arena tan suelta y volátil, es casi igual. Para mí no hay mucha diferencia entre estar aquí en el suelo o sobre Appa.
—Me imagino —dijo con el mismo tono indiferente de antes.
—¡Vamos, Zuko! No es divertido hablar así. ¿Y tú qué me dices?
—¿A qué te refieres?
—Que cómo estás. Apenas dices nada y por culpa de la arena no puedo usar mi Tierra control para saber cómo te encuentras —dijo y tomó un puñado de arena para dejarla caer entre sus dedos.
—Estoy bien. Un poco sediento, pero no es tan malo —contestó encogiéndose de hombros, sin recordar que Toph no lo podía ver—. Sí, eso. ¿Y qué hay de ti? ¿Te sientes mejor que ayer?
—Un poco… ¿Me lo imaginé o ayer en la tarde Katara dio más agua que los otros días? ¿En serio obtuvimos tanta del cactus?
—No lo creo, a mí me pareció la cantidad normal —dijo Zuko, intentando mantener una voz controlada para ocultar su mentira. No quería que Toph supiera que le había dicho a Katara que le diera su ración de agua.
—Entonces, ¿te gustan las bibliotecas? Por que a mí no, para nada. En todas en las que he estado, siempre hay esta regla de no hablar, así que nadie puede leerme nada. ¡Es tan aburrido! Y si la mayoría de los libros son como aquel tomo polvoso que mi maestro de geografía usaba para intentar enseñarme, entonces estoy muy bien sin ellos —agitó una mano frente a su cara como para demostrar su argumento.
—No me parecen mal las bibliotecas —dijo Zuko y se dio cuenta de que Toph no se había dado cuenta de su pequeña mentira—. El ambiente tranquilo es agradable y leer puede ser una buena manera de pasar el tiempo y aprender algo. Aunque si tu primera experiencia fue aquel libro de geografía, entiendo que no te gusten. Pero… —hizo una pausa para pensar en cómo describirlo pero no se le ocurrió nada—. No es fácil de explicar verbalmente.
—Pues mi maestro lo intentó. 5 días al norte de Gaoling está esta fortaleza, y son 10 días de Ba Sing Se a este pueblo. Pero no tenía mucho sentido porque nunca me dejaron caminar la distancia, así que ni siquiera entendía cuánto era un día de viaje… Y norte y sur, ¿Cómo se supone que voy a saberlo cuando no estoy en mi casa, donde me habían dicho que este muro mira hacia el sur y así…
—También hay libros de cuentos. Si consigo uno, te lo puedo leer, si quieres.
—¡Eso estaría muy bien! Sería una buena distracción mientras volamos.
—Bueno, pero primero necesitamos un libro.
—Tal vez los otros traigan algunos —aventuró Toph.
—Si lo hacen, dudo que sea uno de cuentos. Además, están buscando agua, por lo menos eso es lo que Katara dijo… ¿Sabes qué tan grande es esta biblioteca? ¿Cómo es? ¿La puedes describir? —dijo y la curiosidad inundó su voz.
Toph apoyó su mano sobre el muro de arena y frunció el entrecejo en un gesto de concentración. Después de un momento, se detuvo y abrió los ojos con sorpresa: su primera impresión de la biblioteca había sido nada comparada con esto.
—Es enorme. Tan grande que no puedo sentir los lugares más lejanos. Esta torre está encima de un domo gigantesco y también hay otros domos más pequeños con sus propias torres. Tiene varios pisos, cada uno es tan alto como Appa, y están repletos de armarios y estanterías con lo que supongo son pergaminos y libros… Hay largos corredores, varios salones y cuartos extraños… La forma en que está organizada la biblioteca es… extraña.
—¿Y los demás? ¿Los puedes sentir?
—Mmm, no están muy lejos. En realidad, están por ahí abajo —señaló vagamente un punto a su derecha—. También siento animales moviéndose… Oh, se están separando… y ahora Aang ha dejado de caminar.
—Espero que sepan lo que hacen —murmuró Zuko.
—Me aseguraré de echarles un vistazo de vez en cuando, o una mano —dijo y rió de su propia broma, mientras de daba golpecitos a la roca con la mano abierta. Zuko, sin embargo, no compartió su diversión y el silencio volvió. Con cierta aprensión, miró el paisaje desértico frente a ellos y luego a Appa, que tenía un aspecto bastante cansado. Suspiró de manera imperceptible. Él mismo estaba exhausto y a pesar de lo que le había dicho a Toph, la sed era cada vez más difícil de ignorar. En verdad esperaba que encontraran agua pronto.
—¿Podrías contarme una historia, mientras esperamos? Alguna que hayas leído —dijo Toph de pronto.
—Eh… No, creo que no.
—¡Oh, vamos! —insistió Toph.
—No.
—¿Porqué no?
—No se me ocurre ninguna.
—Estás mintiendo —acusó Toph con un tono juguetón.
—Sólo se me viene a la mente una obra de teatro que era la favorita de mi madre.
—¡Pues esa!
—Es una historia de amor, no creo que te vaya a gustar.
—Sólo cuéntala —exigió con voz autoritaria.
—No —dijo Zuko zanjando el asunto. Toph levantó las manos con irritación.
—¡Entonces encuentra algo más de qué hablar!
—Déjame pensar —dijo y se obligó a no dejar que su irritación se mostrara en su voz. Se recargó contra la torre y volvió a mirar el cielo. En verdad era muy bueno que estuvieran en la sombra y pudieran descansar un poco del calor agobiante del sol porque alrededor de ellos, todo estaba muy caliente y a lo lejos, era posible ver espejismos sobre la arena. Zuko cerró los ojos e intentó percibir el calor de las cosas con su fuego control.
El calor penetraba en la arena y desaparecía de manera gradual conforme aumentaba la profundidad. En la superficie, podía sentir el calor moverse, como si fueran flamas invisibles. El aire brillante… En verdad, era la misma sensación que tenía con el fuego. Y también podía sentir a Toph junto a él, una fuente diferente de calor que parecía estar camuflada entre el calor del ambiente. Recordó que una vez, ella le había preguntado si podía "ver" las cosas con fuego.
—Sí, tenías razón. Puedo sentir con fuego control. Pero necesito estar meditando o por lo menos, concentrado y en calma —dijo, terminando con un tono un poco desalentado.
—Eso es genial. ¿Cómo se siente? —preguntó Toph con interés.
—Es… Es difícil de explicar pero se siente… ¿vivo? Creo que ahora entiendo a qué te referías cuando decías que sólo podías obtener una imagen confusa por la arena. El calor del sol calienta demasiado, más que en otros lugares y no puedo distinguir las cosas a menos que haya una clara diferencia de temperatura y pueda estar cerca de la fuente de calor. Aquí, todo está… cubierto por el calor de la arena. Y también tengo puntos ciegos cuando algo se interpone en el camino…
—Justo como funciona la vista normal, me imagino. Bueno, tal vez mejores si practicas a sentir más allá de los obstáculos. Estoy segura que depende de qué tan grandes son las cosas, así me pasa a mí.
—Puede ser. Quién sabe qué tan lejos puede llegar esta especie de visión. Es la primera vez en mi vida que me doy cuenta de esto. Tú usas tierra control como una segunda naturaleza, un sentido completamente desarrollado para compensar que eres ciega. Estoy seguro de que la mayoría de la gente no se da cuenta de que es posible percibir el mundo de esta manera. Hasta hace poco, yo era uno de ellos hasta que… estuve en una situación donde no podía hacer nada más…
Toph asintió y sonrió.
—Pienso que lo lograrás.
—Si puedo usarlo en otros momentos aparte de cuando estoy meditando, puede volverse útil. Pero hasta ahora, no lo he conseguido —suspiró y volvió a adoptar un aire lúgubre.
Se dio cuenta de que el tiempo seguía pasando y los demás no parecían tener prisa por volver. Una vez más, posó su mirada sobre el paisaje y creyó detectar movimiento en una de las dunas. Achinó los ojos, intentando distinguir de qué se trataba. Definitivamente había algo, pero era del mismo color de la arena y demasiado pequeño; sólo pudo ver que se trataba de un animal y que venía directamente hacia ellos.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se dio cuenta de que era una especie de zorro con un pergamino en su boca. Ágilmente, la criatura saltó hasta la ventana de la torre y desapareció en el interior de la biblioteca. Ahora que lo pensaba, Zuko recordó que en algún lado había leído sobre este lugar, alguna leyenda que había encontrado mientras investigaba sobre el Avatar. En aquel momento, lo había tomado como un cuento de hadas, pero ahora pensaba que si la parte sobre animales mensajeros era real, tal vez el espíritu también lo fuera… Ojalá que no lo hicieran enojar. Ya había tenido suficiente de espíritus en el Polo Norte.
—¿Qué fue eso? —preguntó Toph. Probablemente había sentido al animal caer en el interior de la biblioteca.
—Un zorro. Creo que es un ayudante de Wa Shi Tong, si recuerdo bien la historia. Al parecer, sí hay algo de verdad tras la leyenda.
—¿Sabes de este lugar?
—Leí sobre la biblioteca una o dos veces, hace mucho. Pensé que sólo eran historias del folclor, fantasía.
—¿Y qué decían?
—Bueno, se supone que… —las palabras murieron en su garganta cuando vio que Appa había levantado la cabeza y miraba fijamente en una dirección. Zuko se quedó inmóvil, preguntándose qué podría haber llamado la atención del bisonte en medio del desierto. Después de un momento tenso, ambos lo oyeron y Toph empezó a sentir algo que se acercaba rápidamente. Se pusieron de pie de un salto.
Escucharon gritos, seguidos por un extraño silbido. Una especie de balsa apareció frente a ellos, a bordo de la cual varios hombres hacían arena control para crear viento.
—¿Qué es? —preguntó Toph al escuchar los gritos de los hombres.
—¡Ahí está! ¡Manos a la obra!
Dejaron de hacer arena control y bajaron del deslizador con cuerdas en las manos. No les tomó más que unos segundos rodear al bisonte.
—¿Quién está ahí? —preguntó Toph en voz alta pero Zuko ya había echado a correr hacia el primer hombre que había lanzado una cuerda sobre Appa.
—¡Quieren llevarse a Appa! —gritó.
Toph no podía seguir sus movimientos por la arena, sus pasos se volvían más confusos conforme más se alejaba de ella. Había una gran conmoción y el mar de arena sólo empeoraba las cosas.
Lanzó arena a lo que asumió serían maestros areneros. Escuchó el sonido del fuego de Zuko y los gritos de los hombres al darse cuenta de que se enfrentaban a un maestro fuego. Necesitaba acercarse más. Intentó correr pero sus pies se hundían en la arena, quitándole fuerza y velocidad. En ese momento se sintió más frustrada que nunca pero cuando por fin logró acercarse, pudo golpearlos con ráfagas de arena de manera más eficiente… Aunque una o dos veces, le pareció que también había alcanzado a Zuko, a juzgar por las protestas del maestro fuego.
—Uy —pensó, un poco culpable, pero no podía hacer otra cosa más que intentar ayudar de alguna forma.
—
Katara casi gritó cuando reconoció el símbolo de la Tribu agua en una de las estanterías. Sokka intentó arrastrarla lejos de ahí, sin éxito: Katara no se iba a mover, era increíblemente tentador tener la oportunidad de por fin conocer algo sobre su historia. Resignados, Aang y Sokka se encogieron de hombros y la dejaron ahí para seguir explorando la biblioteca. Poco tiempo después, encontraron la sorprendentemente bien conservada sección sobre los Nómadas Aire y Aang miró a Sokka con sus más poderosos ojos de cachorrito. Como toda respuesta, Sokka emitió un gruñido e inmediatamente, Aang se sumergió entre los libreros.
Sokka se quedó solo pero por suerte, resultó que junto a la información a cerca del pueblo de Aang, estaba la sección sobre la Nación del Fuego y eso era lo que Sokka tenía más curiosidad por explorar.
Lamentablemente, todo lo que encontró fueron cenizas y escombros.
Mientras manipulaba las páginas carbonizadas con extremo cuidado, Sokka no dejaba de preguntarse qué había sucedido. Levantó una hoja que resultó ser una carta de alguien felicitando al Avatar Roku por el nacimiento de su más reciente nieta. Había otro trozo de papel que hablaba de una especie de un espíritu maligno del agua. Comenzaba a pensar que su búsqueda sería en vano hasta que encontró un pequeño trozo de pergamino, no más grande que del tamaño de su mano, el cual leía "…y así, sucedió el día más oscuro en la historia de la Nación del Fuego." Buscó frenéticamente cerca del mismo lugar donde lo había encontrado, eso no podía ser todo. Después de mucho buscar, vio la orilla de un pergamino cuya letra encajaba con la del trozo de papel. El documento era apenas n poco más grande, y mostraba que había sido escrito por el Sabio del Fuego Tasogare, bajo el comando de Lord Leshige en el 7829 AHC, el día 19 del Séptimo Mes. El pedazo de papel revelaba que, lo que sea que "día más oscuro" hubiera sido, era algo inusual en el ciclo natural de las cosas, pero que volvería a ocurrir dentro 667 años, según Tasogare. Sokka intentó hacer los cálculos pero se quedó corto. Lo volvió a intentar y descubrió que, si había contado bien, era este año.
En ese momento, sintió algo acariciar sus pies y al voltear a ver, encontró a una especie de zorro que lo miraba con brillantes ojos azules de manera expectante, como pidiéndole que lo siguiera. Y eso hizo.
—
Zuko lanzaba bolas de fuego a los maestros areneros y se dio cuenta de que, de manera inconsciente, su mente se había puesto en modo de batalla asombrosamente rápido. En vez de pensar si estaba muy débil o no para producir fuego, sólo lo hizo y fue tan fácil como antes. La sorpresa inicial de los hombres al descubrir que enfrentaban a un maestro fuego le permitió asestarles varios golpes antes de que pensaran en cómo contraatacar y había logrado que varias de las cuerdas con las que intentaban apresar a Appa se comenzaran a incendiar. Los hombres lanzaron arena, primero sobre las cuerdas para apagar las flamas y después hacia Zuko. Appa empezó a agitar la cola, levantando mucho polvo.
Zuko se acercó más hacia los areneros y lanzó más fuego para mantenerlos lejos de bisonte. Sabía que a la larga, no podría ganarles; no estaba en su mejor forma física y ellos eran demasiados, pero estaba determinado a por lo menos entretenerlos un rato hasta que los demás regresaran.
Uno de los ataques de Toph lo alcanzó en una ocasión y sintió la arena caliente ardiéndole sobre la piel desprotegida del cuello. Sin embargo, fue una suerte que no le diera en la cara porque habría tenido arena en los ojos y definitivamente no habría podido ver nada. Ya era difícil ver con la nube de polvo que se había levantado por la pelea.
—¡Toph, no me ataques a mí! —le gritó.
Volteó a ver a la niña para ver cómo estaba y fue en ese momento cuando alguien lo vio directamente a la cara.
—
Mientras tanto, Katara miraba los estantes de la sección sobre la Tribu Agua. Era verdaderamente impresionante, había tanta información. Había títulos como "La batalla de Katyaaq: Conflictos entre los Nunataaġmiut y los Taġiuġmiut", o también "¿Trópico o ártico? Siguiendo los pasos de la nutria-koala". Como mínimo, era abrumador, especialmente porque Katara había creído que la cultura de su gente se había perdido en las invasiones de la Nación del Fuego. Con el rabillo del ojo, vio un centelleo proveniente de las profundidades del librero y se acercó.
Al sentir una suave superficie, Katara lo tomó con la mano. Resultó ser una pequeña caja con el símbolo de su propia tribu hábilmente grabado en oro. Dio un grito ahogado y la levantó con cuidado hasta ponerla sobre su regazo. Adentro, había lo que parecía ser un libro deshojado y deteriorado por el tiempo. A pesar de esto, Katara podía sentir la suavidad del sello sobre la cubierta de piel, en el cual pudo distinguir débilmente el destello dorado de un nombre: Angnuk, junto al símbolo de su tribu, otra vez. Conmovida, parpadeó para ahuyentar las lágrimas que amenazaban con caer sobre el libro que detallaba aspectos de su cultura que había creído perdidos para siempre.
Pero en el fondo de la caja, estaba el verdadero tesoro: tres pergaminos firmemente enrollados, parecidos al que había tomado de los piratas. Pero a diferencia de aquel pergamino robado, estos describían un arte de Agua Control más afilado, definido y ágil que el que había aprendido. En ese momento se dio cuento de que debía tratarse del estilo del Sur, no del Norte que ella había estudiado. Casi saltó de la emoción y se tomó un minuto para empaparse de su hallazgo, hasta que recordó porqué estaba aquí. Lo contempló todo unos minutos más y con un estremecimiento, puso todo de vuelta en la caja y cerró la ornamentada tapa.
Cerrarla se sintió como confinar una preciosa parte de sí misma y las lágrimas finalmente cayeron mientras echaba a andar hacia el final del pasillo. Cargando la pequeña caja en su brazo, por fin encontró lo que había venido a buscar: una fuente. Demasiado cansada para hacer Agua control, simplemente llenó a mano las cantimploras de todos y el saco donde guardaba sus propias reservas para pelear. Mientras disfrutaba la vista de la borboteante y alegre agua de la fuente que calmaba su afligido corazón, en aquella sección de la biblioteca que contenía la herencia de su tribu, sólo deseó que Sokka estuviera ahí para compartir ese momento con ella.
—
—Tiene una cicatriz en el ojo, ¡tal como en el afiche de se busca!
Los que pudieron, le lanzaron una mirada, observándolo con más atención.
—La cabeza de ese tipo vale mucho, incluso más que esta cosa peluda. Deberíamos llevarlo mejor a él. Más fácil y dinero seguro.
—¡Ese era un poster de la Nación del Fuego, imbécil!
—¿A quién le importa? Dinero es dinero y si ellos mismos se ocupan de los suyos, mejor. Además, este niño es el príncipe, por lo menos eso decía el poster.
—Ya tengo un comprador para la bestia, pagará mucho por un animal tan exótico. Nos concentraremos en eso —dijo una voz autoritaria.
—¡Ja! ¿Y cuándo crees que pag…? —no terminó porque Toph lo golpeó en la cara.
Ya fuera que la idea se había plantado en sus cabezas o porque era él quien estaba defendiendo a Appa, los hombres empezaron a atacar a Zuko en vez de al bisonte. Era mucho más difícil defenderse con tres hombres concentrados sólo en él, pero estaba determinado a no dejarlos ganar. Dos veces ya había esquivado por muy poco la cuerda, cuando vio que uno de los hombres llevaba unas Dao gemelas en la espalda.
Appa, mientras tanto, peleaba con fiereza pero la sed lo había debilitado, así que no era tan rápido como de costumbre… Cada vez se iba enredando más y más en las cuerdas. Toph intentaba ayudar y aunque su puntería estaba mejorando, todavía no era lo suficientemente buena. Guiándose con el sonido de las voces, les lanzó una ráfaga de arena. Al oír del grito de "¡Hay que llevarnos a los dos!", comprendió que Zuko estaría bastante ocupado defendiéndose a sí mismo. Intentó golpear al hombre con arena pero al no oír ningún grito de indignación, supo que había fallado.
Zuko, después de zafarse de los tres hombres que lo atacaban, finalmente logró llegar hasta el hombre que tenía las espadas; lo noqueó y rápidamente tomó las armas. Saltó y lanzó otra onda de fuego para mantener a los maestros arena alejados mientras empezaba a cortar las cuerdas que sujetaban a Appa. Pero aunque ponía fuerza y el bisonte cooperaba, el cuchillo no cortaba lo suficientemente profundo. Miró la hoja de una espada y gruñó internamente: el filo no parecía haber recibido ningún cuidado recientemente.
Deseó poder prender fuego a las cuerdas, pero no sería buena idea mientras estuvieran tan cerca de Appa. El animal entraría en pánico y había tantas cuerdas que no podría quitarlas todas antes de que el fuego alcanzara el pelaje.
Estas espadas tenían un balance ligeramente diferente a las suyas, pero era suficiente para hacerlo cometer errores. Además, por lo menos uno de los oponentes que estaban concentrados en él era un verdadero maestro de la Arena control. Las ráfagas de arena habían atravesado su guardia ya varias veces porque era incapaz de detener todos los granos. En realidad, cuando no había fuego que los interceptara, los granos de arena pasaban su espada y llegaban a su cuerpo con mucha facilidad.
Una sola espada simplemente no era suficiente contra un maestro arena, mucho menos contra uno hábil y experto. Oyó a Appa rugir. Lo único que podía hacer era retrasar lo inevitable y esperar que los otros regresaran antes de que fuera demasiado tarde. No se atrevía ni siquiera a pensar en volver a ser capturado. No, en vez de eso, se concentró en la pelea.
Más maestros arena comenzaron a lanzarle cuerdas a él. Las evadió por poco y les lanzó bolas de fuego. Consiguió hacer que una cuerda se incendiara y que la persona que la sujetaba echara a correr hacia uno de los deslizadores… seguramente para buscar otra. Y aquel maestro arena particularmente habilidoso evitaba que sus ataques llegaran con toda la fuerza inicial, protegiendo a sus compañeros de la espada y de la arena. Pero dentro de todo, lo estaba logrando, estaba manteniéndolos a raya y a veces hasta conseguía acercarse lo suficiente para distraer a uno de los que estaban atacando a Appa.
Fue entonces cuando la biblioteca comenzó a hundirse.
—
El zorro se movía terriblemente rápido, se dio cuenta mientras lo seguía, adentrándose más y más en la biblioteca. De verdad esperaba que no fuera una trampa. Estaba claro que ellos no le agradaban a aquella lechuza y lo que menos quería, era darle más motivos para hacerla enojar. Sí, sentía que en su vida, ya había tenido suficiente de las travesuras de los espíritus. Eso pensaba cuando llegó a una puerta de madera finamente tallada con los símbolos de Tui y La, circulando eternamente. Arriba de los peces, había un simple círculo de dorado en medio de una especie de flor. Se encogió de hombros y sin prestar más atención a la decoración, abrió la puerta.
Ahora, sin embargo, no pudo evitar mirar con admiración lo que apareció ante sus ojos. El zorro paseaba alrededor de una mesa redonda de piedra, sobre la cual estaba pintado un mapa del mundo, rodeado por un canal que contenía un líquido reluciente. Se acercó y notó que el mapa no estaba pintado con los colores de cada nación, pero se sintió aliviado al darse cuenta de que era posible distinguir con gran detalle cada valle y montaña desde su hogar hasta la Tribu Agua del Norte. Miró hacia arriba y vio que el techo de cielo se dividía en dos partes: una mitad era de un tono azul pálido, mientras que la otra estaba cubierta de muchos puntos plateados sobre un fondo negro; ambas separadas por un disco resplandeciente de metal. A pesar de la fascinación que capturó su mirada, volvió a observar la plataforma del centro de la habitación en penumbra y encontró al zorro mirándolo con ojos parpadeantes. Al acercarse más a la mesa circular, vio que tenía varios anillos de metal, cada uno marcando años, meses, días e incluso horas y minutos.
Después de echar una mirada más a su alrededor, giró la rueda que correspondía a las horas. El zorro lo miró con curiosidad y presionó una palanca que Sokka no había visto antes. Un fuerte ruido metálico sorprendió a Sokka, pero su asombro fue mayor cuando vio que el cielo a su alrededor se volvió completamente oscuro: el día se había convertido en noche. Volvió a mover la rueda de las horas y esta vez se aseguró de bajar la palanca para activar el mecanismo, haciendo que la noche se convirtiera otra vez en día. Satisfecho de sí mismo, sacó y alisó el arrugado trozo de papel.
—Bien, mover esta, esta otra a la izquierda y aquella a la derecha… Sólo un poco más, un poco más… ¡Ahí! Eso debe ser —murmuró para sí. Presionó la palanca y esperó a ver a qué se refería aquel Sabio del Fuego cuando habló del día más oscuro en la historia de la Nación del Fuego.
Los días y las noches pasaron rápidamente ante los ojos maravillados de Sokka; en algún punto bajaron la velocidad hasta que se detuvieron por completo. La brillante luz del cielo se opacó y fue como si estuviera anocheciendo. Miró a su alrededor en busca del sol pero no lo encontró. Volvió a buscarlo y sólo después de un momento se dio cuenta de que estaba detrás de la luna. Así que esto era de lo que el Sabio del Fuego hablaba: un eclipse solar. Era increíble, incluso podía ver que la Nación del Fuego del mapa aparecía más oscura que el resto del mundo. Recordó cuando en el Polo Norte, Tui fue removido del Oasis de los Espíritus y asesinado por Zhao, provocando que los maestros agua perdieran sus poderes. Lo mismo debía sucederles a los maestros fuego durante un eclipse solar.
Volvió a guardar el papel y recordó las leyendas de Gran-Gran sobre algo parecido que coincidía con la fecha de Tasogore, mientras con la ayuda del zorro, intentaba regresar la fecha al año presente. Cuando todos los anillos del artefacto acomodados, jaló la palanca pero nada se movió. Se quedó inmóvil, pensando que había roto el aparato al moverlo demasiado rápido por lo que debían ser unos dos mil años de historia, pero entonces, el zorro aulló con entusiasmo y se dio cuenta de que el planetario no estaba roto, sino que en la nueva fecha, en el año presente, se repetía el mismo fenómeno.
—Hay que concedérselo a esos espíritus: sin duda me odian, pero aman a ese niño —dijo en voz alta: ¿cuáles eran las probabilidades de que Aang hubiera despertado del iceberg a menos de un año del siguiente eclipse solar, su mejor oportunidad para ganar esta guerra? Tomó nota de los símbolos y no se dio cuenta de que el zorro había desaparecido, ni de que mientras escribía el último dato, una sombra negra caía sobre él.
—¿Y para qué estarías usando mi planetario, joven guerrero? —entonó el gran espíritu del conocimiento Wan Shi Tong, sus ojos negros y muertos como carbones miraban fijamente a Sokka y su voz reverberaba en la amplia estancia.
—Ummm, observando, esto es… Algo muy impresionante que tienes aquí, quiero decir, nunca había visto algo como esto y eso que he estado en muchas partes, en la Tribu Agua del Norte, en la Isla Creciente, en… —divagó nerviosamente.
—Estás haciendo mal uso de mi biblioteca y abusas de la confianza de tus amigos. Utilizarás este conocimiento para fines malvados —siseó Wan Shi Tong, produciendo un sonido que cortó la mente de Sokka y le hizo sentir escalofríos.
—No, me malentiendes, yo… —intentó razonar con el espíritu.
—¿Crees que eres el primero en venir a mi biblioteca? ¿Crees que tus acciones tienen justificación? Muchos otros han venido antes que tú, buscando armas, estrategias y debilidades para atacar a sus enemigos. ¡Ya no más! ¡Pagarás por haber roto mi confianza! —chilló Wan Shi Tong, estirándose hasta que su cuello se volvió monstruosamente largo y la lechuza tomó una forma parecida a una aterradora víbora. Sokka corrió, esquivando por meros segundos el pico que lo acosaba sin parar.
—¡Detente, ladrón! —graznó el la criatura mitad pájaro mitad serpiente en que Wan Shi Tong se había convertido.
—No gracias —gritó Sokka por encima de su hombro mientras corría hacia sus amigos.
—
Toph no sabía qué estaba pasando. Un momento la biblioteca era tan estable como siempre y al siguiente, comenzaba a hundirse en la arena, forzándola a abandonar la pelea para sostener el edificio con su Tierra control. A Appa no le estaba yendo bien, a Zuko, no sabía. Estaba en silencio y Toph percibía mejor el sonido del fuego que sus movimientos. De un grito de advertencia de uno de los hombres, dedujo que Zuko había logrado apoderarse de algún arma.
—¡Vamos, Zuko! ¡Tú puedes! —gritó, el esfuerzo de estar sosteniendo la enorme biblioteca notorio en su voz.
Appa volvió a rugir y sonó más débil que antes. Para nada alentador. Intentó sentir algún movimiento adentro de la biblioteca; pudo percibir a Katara corriendo y supuso que Aang estaría volando porque no lo sentía, pero lo que la preocupaba era Sokka. Estaba de pie, inmóvil frente a una criatura grande y extraña que definitivamente no se sentía humana.
Volvió a concentrarse en su alrededor cuando Appa volvió a gruñir. Los sonidos de la batalla todavía estaban presentes y también oyó un par de gritos de voces desconocidas; los esfuerzos de Zuko estaban funcionando. Notó que Appa no se movía de manera normal, seguramente alguna de las cosas que habían estado lanzando lo habían alcanzado… Sólo podía esperar que los demás aparecieran pronto. Sentía la gran fuerza que jalaba la biblioteca hacia abajo y tenía miedo de lo que pasaría si no podía sostenerla más. Endureció el suelo debajo de sí misma para tener un mejor apoyo.
Escuchó a Zuko toser y después un gemido de dolor, pero pronto volvió a estar en acción, a juzgar por los ruidos de la batalla. Ya ni siquiera podía usar su tierra control para averiguar qué estaba pasando, sólo concentrándose en sostener la biblioteca y en nada más. Lo único que podía indicarle cómo iba Zuko era su oído, pero no le daba para nada una idea clara de lo que sucedía. Si sólo hubiera suelo sólido…
Más sonidos de esfuerzo y dolor. Escuchó que varios hombres respiraban pesadamente.
—Ríndete, te tenemos —dijo una voz burlona a lo lejos. Toph gritó el nombre de Zuko y se dio la vuelta para lanzar arena a donde pensaba estarían los areneros, pero falló. La biblioteca inmediatamente comenzó a hundirse con rapidez y no tuvo más remedio de volver a sostenerla.
Vamos, chicos, rápido, pensó al darse cuenta de que Zuko ya no estaba peleando. Podía sentir a Katara cerca pero, ¿sería suficiente?
De pronto, escuchó un grito de confusión, seguido por varios murmullos en el mismo tono y escuchó una voz que no podía estar ahí, que no debía estar ahí. ¿Qué estaba pasando?
—
—¡Oh, oh, aquí hay otro! —dijo Aang con gran entusiasmo. En la basta colección, había encontrado un pergamino escrito por el Gran Monje Namdol, predecesor de Gyatso en el Consejo de los Ancianos. El documento contenía nada más y nada menos que un compendio de chistes y anécdotas chuscas, pues de acuerdo con Gyatso, el hombre también había sido uno de los mejores bromistas en toda la historia del templo.
—Cuando un hombre escupe al aire, el aire escupe de vuelta —Aang soltó una carcajada mientras Katara parecía ligeramente divertida pero de ninguna manera cerca del entusiasmo de Aang—. Es… es… —dijo Aang intentando dejar de reír—es sobre cómo todo siempre regresa. Hay que ser respetuosos.
Katara sonrió y justo en ese momento oyó un fuerte golpe a lo lejos, seguido por un "¡Ja!" y un chillido inhumano. Vio un destello azul que gritó "¡Corran!" antes de desaparecer. Pero fue otro golpe, esta vez más cerca, lo que los hizo salir corriendo. El suelo debajo de ellos se movió, haciendo que Katara perdiera el equilibrio y Aang saltara por los aires. Tan pronto como llegaron al pasillo principal, vieron a Sokka corriendo delante de ellos y a una gran sombra que apareció en medio del corredor, haciendo que libros y pergaminos volaran en todas direcciones.
Todo el edificio comenzó a vibrar, las rocas caían del techo y la arena caía de todas partes en forma de cascada. Era como un terremoto y hacía que correr fuera muy difícil. Más de una vez, Katara chocó con un librero y tuvo que sujetarse de él para no caer hasta el suelo de mármol; cualquier resbalón podía significar la muerte, pues los aullidos ferales se escuchaban más cerca. En algún momento, Aang la tomó de la mano, pero se dio cuenta de que habían perdido de vista la espalda de Sokka. A veces, el edificio incluso parecía saltar, haciendo desaparecer las ventanas que permitían la entrada del aire en la biblioteca.
La mano de Aang le dio equilibrio cuando con una sacudida, la biblioteca finalmente cesó de ir hacia abajo. Los muros todavía temblaban y se estremecían pero el suelo fijo ya no la hacía dar pasos en falso…
Apenas unos minutos después, volvió a suceder, pero ya habían llegado hasta el puente debajo del domo por donde entrado. Sin perder un segundo, corrieron hacia la cuerda que habían dejado colgando. La arena les impedía ver bien, pero tenían que esforzarse por mantener los ojos abiertos para evitar ser aplastados por los escombros que no dejaban de caer por todos lados.
—
Zuko vio la cuerda venir y saltó para evitarla, pero otra también venía por ese lado. Mientras estaba en el aire, se dio cuenta, con pánico creciente, de que una cuerda más ya estaba en el suelo formando un nudo corredizo justo donde sus pies iban a aterrizar. Intentó esquivarlo pero fue demasiado tarde: la trampa ya se había cerrado alrededor de su pierna y el maestro arenero jaló con fuerza de la cuerda. Lanzó una llamarada de fuego para quemarla, pero el daño ya había sido hecho. Aterrizó sin equilibrio y entre tropezones. El hombre que se encontraba más cerca aprovechó esto y lo empujó.
En un movimiento desesperado, blandió sus espadas ciegamente hacia el hombre, pero no vio el puño que aterrizó en su estómago. Tosiendo y con una mueca de dolor, saltó hacia atrás para recuperarse pero el maestro arena atacó una vez más. La arena lo golpeó de lleno en la cara y siseó. Sus ojos comenzaron a lagrimear. Ya no podía ver bien y fue en ese momento de desorientación cuando finalmente sucedió:
El olor de varios días sin lavarse lo tomó por sorpresa. Alguien se le había acercado por detrás y ahora, aprisionando sus brazos, los forzó hacia arriba mientras que con la otra mano enviaba su cuello hacia abajo, inmovolizándolo. Zuko se resistió e intentó zafarse pero la otra persona era más grande y más fuerte; intentó lanzar sus piernas con fuerza hacia atrás para hacerlo perder el equilibrio, pero tampoco funcionó.
En su campo de visión entraron unos pies, grandes y masculinos que se acercaban. De pronto, estuvo hiperconsciente de su posición y levantó la mirada, los ojos como platos en puro terror. El hombre estaba sonriendo y ya estaba levantando una mano hacia él. Zuko no se movió. No pudo. Se congeló. Recordaba esto. No importaba cuánto peleara, nunca había podido evitarlo, mucho menos cuando ya estaba atado e inmovilizado. Podía ver los labios del hombre moverse pero no distinguía las palabras, era como si todo se alejara. Sentía su propio pecho moviéndose arriba y abajo muy rápido. Esto no podía estar pasando, no otra vez. Quiso gritar pero no encontraba propia su voz. Recordó que antes lo habían amordazado cuando había intentado gritar.
No quería saber más, no quería ver más. Cerró los ojos con fuerza. No, esto no podía estar pasando. Jadeaba, estaba respirando demasiado profundo. En algún lugar de su mente, se dio cuenta de que estaba entrando en pánico pero sentía que no le importaba. No le importaba mientras no significara estar ahí otra vez.
De pronto, sintió un extraño tirón en todo su cuerpo y cayó hacia delante, apenas consciente de que las cuerdas habían desaparecido repentinamente. Intentó incorporarse en sus rodillas y no fue hasta varios segundos después que se dio cuenta de que la luz cegadora del sol se había convertido en sombra y oscuridad.
Notas:
Ahora hay un servidor de Discord para hablar de esta historia, por si a alguien le interesa. Está inglés, pero con un poco de inglés que sepan pueden entender algo de las conversaciones y a veces también compartimos música y fotos de paisajes, o si hay varias personas interesadas podemos hacer una sección en español :) Lamentablemente ffnet no me deja poner links, pero pueden encontrar el enlace para unirse a Discord en Ao3, donde la historia en inglés está publicada. La historia se llama "Becoming Zuko: a prince's demise", escrita por ystv y ML8991. (El link está en las notas finales del capítulo 6)
También me encantaría recibir reviews y comentarios aquí, díganme qué piensan del nuevo capítulo, qué creen que va a suceder :)
