Capítulo 11: ¿Ahora lo sabes?

Sokka sintió una especie de descarga eléctrica recorrer todo su cuerpo, seguida por una luz cegadora que lo forzó a cerrar los ojos. Durante esos segundos de desorientación, se dio cuenta de varias cosas. El sol rápidamente estaba calentando su piel, sus brazos estaban retenidos con fuerza y había unas manos ajenas sujetándolo por el cuello. Las puntas de sus pies apenas tocaban el suelo y escuchó voces desconocidas gritando. La persona que lo sujetaba empezó a murmurar algo, sonaba confundido. El agarre aflojó un poco. Sokka volvió a abrir los ojos, comprendió que estaba afuera de la biblioteca.

Escuchó a su hermana llamándolo a voz en cuello y el miedo en la voz de Aang gritando "¡Appa!" Confundido, Sokka hizo un intento por liberarse pero el movimiento sólo provocó que su captor lo retuviera con más fuerza. Mala idea. Decidió mejor concentrarse en determinar qué sucedía. Escuchó a Appa rugir miserablemente y al mirar hacia el animal descubrió que estaba enredado en cuerdas sujetadas por un grupo de nómadas. Aang comenzó a gritar y cientos de voces hicieron eco a sus palabras.

—¡No!

Un flechazo de luz y ráfagas de viento tan afiladas como cuchillas comenzaron a cortar las cuerdas que aprisionaban al bisonte. Appa, al sentir que las cuerdas se aflojaban, comenzó a elevarse en el aire con movimientos frenéticos. Escuchó los gritos aterrados de un grupo de personas que parecían estar envueltos en vendas y telas.

Aang aterrizó y sus ojos volvieron al habitual tono de gris. En ese momento, las manos que sujetaban a Sokka cedieron y pudo liberarse por completo.

—¡¿Cómo se atreven?! —decía Aang furioso. Appa aterrizó a salvo detrás de él. El monje dio un paso adelante y los nómadas del desierto se alejaron entre tropiezos—. ¿Porqué? ¿Porqué harían algo así?

—Nosotros, nosotros… —tartamudeaba uno de ellos pero el grito de alguien más opacó el resto de sus palabras.

—¡Zuko! ¿Estás bien? ¿Zuko…? ¿Dónde estás? —la voz de Toph se volvía cada vez más ansiosa porque nadie contestaba.

Sokka comprendió lo que había sucedido y sintió que las piernas le fallaban. Así que esto era a lo que se refería Wan Shi Tong: una vida por una vida.

La súbita inmersión en la oscuridad lo hizo sentir que la cabeza le daba vueltas. La penumbra no le permitía ver bien, pero eso debía significar que estaba en el interior. Cómo había sucedido, no tenía la más remota idea, pero adivinaba que debía ser algún truco de los espíritus. Ahora, qué querían los espíritus con él, esperaba averiguarlo pronto y salir de ahí.

Intentó levantarse, pero la limitada cantidad de agua que había recibido en los últimos días, junto con la pelea de hace un momento, lo hicieron marearse y caer de rodillas. Conocía la sensación y temió desmayarse. Se quedó inmóvil unos segundos. Todavía estaba esforzándose por no colapsar cuando una voz fría y cruel lo sacó de sus pensamientos, disparando una sensación de peligro que lo obligó a prestar inmediata atención y a ponerse de pie.

—Así que el príncipe desterrado ha llegado a mis dominios. Dime, ¿de verdad es tan sorprendente que después de ser abandonado por tu madre, tu padre y tu tío, tus nuevos compañeros hayan hecho lo mismo? —siseó la sombra.

Zuko inclinó la cabeza y se arrastró hasta adoptar una postura respetuosa. Por lo menos, esperaba que pareciera eso y no un intento por ocultar el dolor que esas palabras le produjeron.

—Supongo que no —respondió en tono neutral—. Perdón, gran espíritu, pero, ¿porqué estoy aquí abajo y no donde antes estaba?

Wan Shi Tong soltó un carcajada.

—¿Es que aparte de estar medio ciego, también eres sordo? Tu compañero, el chico de la Tribu Agua, te ofreció. Una vida por una vida. Y a mí me alegra tener tu vida, príncipe Zuko —cacareó el búho.

La idea que al gran espíritu del conocimiento le agradaba tener su vida fue suficiente para despertar de la confusión que la caída le había provocado. Una risotada comenzó a formarse en su garganta. Miró la figura del búho que se encorvaba sobre él como una sombra moteada.

—Mi vida, ¡ja! ¿Qué valor puede tener para ti? Como tú mismo dijiste, soy un desterrado, un marginado, jamás podré regresar a mi hogar. No tengo aliados, no soy bienvenido ni apreciado por nadie. Estoy solo. No soy nadie y no veo qué valor pueda aportar a tu colección. Así que dime, espíritu, ¿porqué te interesa tener mi vida?

—¿De verdad no lo sabes? —se burló el pájaro y una sonrisa socarrona se formó en sus facciones—. Tú, cuya sangre desató esta guerra. Tu padre, quien ha conquistado muchas tierras, no sin también desgarrar las tuyas propias; y su padre, quien intentó exterminar a los maestros agua, siguiendo los pasos de su propio padre, quien, en fin, no necesitó más que un día y una noche para desaparecer por completo a una raza entera. Y aún así, todavía hubo otro más que causó la guerra: el Avatar del Fuego, quien se quedó de brazos cruzados mientras su antiguo amigo destrozaba el mundo, apenas haciendo un patético esfuerzo por frenar las ambiciones de aquel que alguna vez llamó hermano.

Zuko, que había bajado la cabeza al comenzar a escuchar con vergüenza los crímenes de su familia, la levantó con sorpresa cuando Wan Shi Tong mencionó al anterior Avatar. No entendía porqué.

—Tuvo hijos —continuó el búho, su sonrisa ensanchándose cada vez más en una mueca cruel y sus ojos helados mirando a Zuko desde arriba—. Aquellos que vivieron en Hira'a y no movieron un dedo frente a las atrocidades de los Monarcas del Fuego. Es más, decidieron que su descendencia debía unirse a la estirpe real. Es cierto que ella se casó sin ambiciones de poder, pero tampoco es que tuviera oportunidad. Sí, así fue, hasta el día en que el muro cayó, cuando el dragón perdió su fuego, su hijo y su trono. Todo en una semana. Y esta aparición maldita, heredera del Avatar, puso el último clavo. Y todo por sus preciosos vástagos, según dicen mis mensajeros. Por la segunda flama, azul como el espíritu del cielo, la Princesa, y también por el primero, esta pequeña chispa que ahora se encoge de miedo frente a mí. Ahora sabes, príncipe Zuko, quién eres en realidad. No sólo Zuko, hijo de Ozai, hijo de Azulon, hijo de Sozin, sino también Zuko, hijo de Ursa, hija de Jinzuk, hijo de RO-KU.

Las últimas sílabas fueron acompañadas por violentos picotazos. Las rodillas de Zuko se doblaron y el conocimiento que ahora poseía era como una pesada roca que amenazaba con hundirlo. Se preguntó brevemente qué estaría pasando arriba y cómo podría salir de esta situación, pero sus pensamientos fueron interrumpidos por los feroces aleteos del búho, hundiendo la biblioteca más y más.

—¡Suficiente! —gritó Toph. Todos se quedaron inmóviles, y no sólo por la ira que expresaba su voz, sino también porque la arena a sus pies se endureció hasta adoptar la textura de una roca.

—Toph, ¿qué estás haciendo? —preguntó Katara entre las protestas de los areneros.

—¿Dónde está? —continuó la maestra tierra. Sus ojos lechosos ni siquiera se detuvieron en Katara y fueron directo a su hermano—. Estaba aquí hace un segundo, ¿qué le hiciste?

Sokka tragó saliva sintiéndose culpable pero no dijo nada. Vio a que Aang ahora volaba cerca de ellos, vigilando la escena desde las alturas, buscando a Zuko. Katara también había comenzado a mirar a su alrededor frenéticamente. Toph le dio la espalda y avanzó unos pasos hacia el culpable.

—Sokka, tú estás parado justo donde él estaba hace un momento. Y no te sentí pasar por esa ventana. ¿Dónde está? Sé que tienes algo que ver con esto y quiero que me expliques qué pasó. ¡Ahora! —gritó descargando un puñetazo en la arena y Sokka pudo jurar que la biblioteca saltó unos centímetros.

—Um… —su garganta se había cerrado, pero al no ver otra salida, se esforzó por hablar—. Wan Shi Tong… lo quería. Zuko… es posible que esté… ahí abajo.

—¡¿Qué?! —su voz subió más de una octava. Hizo una pausa y continuó con su tono normal, pero cada palabra era como una pedrada en el estómago—. ¿Cómo? ¿Porqué? ¡Maldita sea, habla!

—No me dejaba ir. Quería un pago por el conocimiento que según él, había sido destruido para siempre por acciones humanas. Yo le dije que no tenía nada más que mi vida y él… entonces… propuso tomarla. Añadirla a su colección. Y yo… sugerí que… que tomara la de Zuko. A ese horrendo pajarraco le pareció justo, "una vida por una vida" dijo. Y de pronto sentí como un extraño jalón en el estómago y aparecí aquí afuera.

—Sacrificaste a Zuko —dijo Aang secamente con una expresión de incredulidad.

—¡Estaba desesperado y no sabía qué hacer! Lo lamento. No sabía que iba a pasar. ¡No tenía idea de que podía hacer algo así, cambiarnos! Sólo estaba intentando ganar tiempo para encontrar una salida —terminó en voz baja y los miró suplicante. Sintió que la arena en sus pies apretaba y trepaba a sus tobillos.

—¡¿Cómo pudiste?! —gritó Toph—. ¿Cómo pudiste hacer algo así? Pensé que estaban comenzando a llevarse mejor. Puede que no coincidamos con él en muchas cosas, pero no es malo. Es un ser humano, igual que nosotros. ¡Pensé que empezabas a darte cuenta de eso! Y ahora se ha ido. ¿Porqué? Porque tú lo consideraste prescindible. Valoraste tu propia vida por encima de la suya. ¡Él ha sido quien nos ha mantenido vivos últimamente! ¿Sí te das cuenta de eso, verdad? Fue él quien encontró una forma de conseguir agua aquí en el desierto. Y tú ni siquiera lo valoras como persona. Te pareció muy fácil regalárselo a un espíritu malvado para que forme parte de su "colección" —dijo escupiendo las palabras.

—Lo siento, de verdad lo lamento. No estaba pensando con claridad —dijo Sokka rápidamente, pero se interrumpió cuando la arena endurecida como roca comenzó a trepar por su pierna.

—Toph, cálmate, por favor. Esto no nos llevará a ningún lado —Katara, alarmada que la situación escalara rápidamente y puso una mano firme pero gentil sobre el hombro de la niña.

—¡No me quiero calmar! —Toph se soltó de Katara con una violenta sacudida y se giró hacia la torre con los puños apretados. Lanzó una bola de arena contra la torre y colocó su mano sobre la pared de roca, buscando algún rastro de actividad. Algo que le confirmara que Zuko de verdad estaba ahí abajo y que su corazón seguía latiendo. Si era demasiado tarde…

—Sokka —dijo Aang mirándolo fijamente—, estás mintiendo, ¿verdad? Tú no harías algo así. No lo harías. Tú no eres así.

—Puedo sentirlo —dijo Toph súbitamente y Aang se sobresaltó.

—¿Está ahí?

—Sokka dice la verdad. Zuko está con ese pájaro raro y está vivo. ¡Necesitamos sacarlo de ahí!

La biblioteca comenzó a tambalearse una vez más y Toph sujetó la roca del muro con fuerza, ahora que sabía que Zuko estaba ahí adentro, no podía soltarla y dejar que desapareciera.

—Aang, tienes que traerlo. La biblioteca sigue hundiéndose, yo no me puedo mover de aquí—dijo. La estructura interna de la biblioteca se sentía cada vez más frágil.

Aang miró a Sokka, quien había caído de rodillas.

—Hablaremos luego —dijo el maestro aire. Sus ojos grises lanzaron una mirada furibunda a los maestros arena, descubriendo a uno que intentaba escapar —. ¡Y tú! No creas que he terminado contigo. Te quedarás aquí o…

Se escuchó un fuerte crujido. Aang se dio la vuelta y se encontró con un agujero donde antes había estado la torres. El minarete ahora no era más que un cúmulo de rocas y arena. Toph jadeaba exhausta.

—Resiste, Zuko. Pies Ligeros va en camino —dijo mareada justo antes de que sus rodillas cedieran y sus ojos se cerraran. Katara alcanzó a atraparla antes de que cayera al suelo, inconsciente.

La amenazante mirada del Espíritu del conocimiento se cernía sobre él, pero la determinación de Zuko crecía. El suave ámbar de su mirada se endureció en un fuego implacable. No se rendiría. No ahora, no así. La persona que se levantó del suelo ya no era el joven destrozado que había sido forzado en los dominios del espíritu, no, era el Príncipe Heredero, la chispa que el Señor del Fuego había intentado extinguir.

—Acepto la culpa que me atribuyes, espíritu —dijo Zuko aprovechando que se había puesto fuera del alcance del búho por un momento. Tenía que pensar en algo para distraer a su enemigo—. Reconozco que tengo una responsabilidad en esta guerra. Pero estoy aquí y aunque comencé mi exilio persiguiendo a al Avatar, ahora él y sus amigos son mis compañeros. ¿Puedes tú decir lo mismo, cuando arriesgas el desequilibrio del mundo por pura vanidad? Eres cruel, rencoroso y arrogante. No me importa que Sokka me haya abandonado aquí con la intención de dejarme morir. Él ya había dejado claro que me desprecia, varias veces, y si uno tiene la oportunidad de escoger sus propias batallas, Sokka de la Tribu Agua no es una pelea que yo elija. Pero sí estoy dispuesto a enfrentarte a ti, Wan Shi Tong, El que sabe miles de cosas. ¿Qué me dices, pelearás conmigo, aún con el conocimiento que tienes sobre mis ancestros?

Zuko intentaba mostrarse fuerte y decidido frente al espíritu, pero en secreto esperaba que su farsa no fuera demasiado evidente. El búho volvió a atacar y apenas lo evadió . La pelea contra los areneros lo había dejado exhausto, sus extremidades se sentían pesadas cada vez que tenía que esquivar los feroces picotazos. También sabía que si el búho decidía utilizar algún truco espiritual, no tendría oportunidad.

Eso estaba pensando cuando vio venir demasiado tarde un golpe. No alcanzaría a esquivarlo. Pero justo antes de que hiciera contacto, fue como si el cuerpo de Zuko perdiera nitidez y una especie de aura azul emergiera de su propia piel, bloqueando el golpe. Wan Shi Tong continuó atacando y pero ahora cada golpe del búho era detenido por un espíritu azul. ¿Sería posible que, mientras Wan Shi Tong arrastraba la biblioteca de vuelta al mundo de los espíritus y abría el puente entre ambos mundos, el mismísimo Espíritu Azul hubiera aparecido para ayudarlo en este momento de necesidad? ¿O estaba imaginando cosas?

El búho se detuvo al percatarse de la inutilidad de sus tácticas. Zuko también se quedó inmóvil, aprovechando la pausa para recuperar el aliento.

—Vaya, vaya. Así que te escondes entre tretas y sombras. Qué listo te has vuelto… —dijo condescendiente. A Zuko le recordaba a Azula, cada vez que ella sabía algo que él no, las palabras dulcemente susurradas a su oído que contenían nada más que mentiras y veneno. Le puso los pelos de punta—. Sí, muy listo, pero no lo suficientemente. Ahora, tu madre, ella sí que pensaba lo que hacía, repartiendo rumores y venenos a unos y a otros. Casi derribó a toda una dinastía, oh sí. Pero al final hasta ella se pinchó con la espina de su propio plan. Para salvarte, cedió su libertad, perdió su posición, fue alejada de su esposo y de sus hijos. Se la llevó el viento, ¡ja! Y ahora está perdida para todos.

Zuko no podía creer lo que oía, no quería creerlo porque no se atrevía a aferrarse a lo que aquellas palabras implicaban, que su madre podía estar… ¿viva?

—Dime, príncipe —continuaron palabras envenenadas—, si te viera ahora ¿estaría ella orgullosa de ti?

Justo cuando estaban a punto de continuar la batalla, un haz de luz inundó la estancia y se escuchó el grito de Toph, pidiéndole que resistiera. Iba a hacer más que eso. El rayo de sol que había entrado, aunque era poco debido a la interminable cascada de arena, era vida y reponía su desgastado Chi. La oleada de energía que sintió fue directo a su flama interna y una gran llamarada de fuego salió de la punta de sus dedos y se estrelló contra la figura negra del espíritu. Pero el fuego no era del tono amarillo al que estaba acostumbrado, sino blanco y hasta con matices azules.

El pájaro tuvo que retroceder unos pasos pero no dejó de atacar. Intentaba golpear al príncipe con las garras pero las llamaradas fuego no le permitían acercarse lo suficiente, al contrario: se veía obligado a retroceder más y más, hasta que se encontró con los talones sobresaliendo por la orilla del puente. La siguiente bola de fuego lo hizo pisar en el vacío; movió frenéticamente las alas pero más fuego salió disparado hacia él y cayó al abismo con un chillido terrible.

Unos segundos después, se hizo el silencio absoluto. Zuko observó el diminuto haz de luz que todavía alcanzaba a pasar por lo que quedaba de la alta ventana casi completamente cubierta de arena. Pero antes de que pudiera pensar en cómo saldría de ahí, su cuerpo reconoció que el peligro inmediato había pasado. Sintió físicamente cómo sus niveles de adrenalina se desplomaban y la oscuridad lo envolvió por completo.

Aang se deslizó por la ventana de la torre. No tuvo que volar mucho antes de ver fuego un par de pisos más abajo. Cuando se dio cuenta de que Zuko era el que estaba lanzando aquellas llamas cegadoras, se detuvo en shock. Nunca había visto a Zuko hacer fuego control así y en realidad, hacía tiempo que no lo veía hacer nada de fuego control. Desde su posición, pudo observarlo todo: cómo los grandes esfuerzos de Zuko hacían que el espíritu retrocediera paso a paso hasta que no tuvo más en qué pisar y cayó del puente.

El grito del animal lo dejó aturdido por un momento y en cuanto volvió a mirar, alcanzó a ver a Zuko de pie justo antes de que cayera al suelo. Eso lo tomó completamente por sorpresa y al ver que no se levantaba, se acercó a toda velocidad.

—¿Zuko? —dijo sacudiéndolo por los hombros. No hubo respuesta; el joven se había desvanecido. Aang probó cargarlo y se sorprendió al comprobar que era bastante más liviano de lo que pensaba. Aún así, no podía volar y sujetar a una persona inconsciente al mismo tiempo. Echó un vistazo a la punta del domo y le pareció que quedaba muy alta.

Miró a su alrededor en busca de ideas pero lo único que vio fue la arena cayendo por cada pequeño agujero y poro de la pared. Tenía que darse prisa. Entre toda la arena, alcanzó a distinguir la cuerda que sus compañeros habían usado para bajar. Sin embargo, era demasiado corta y no llegaba hasta el punto donde se encontraban ellos. Le tomaría años cargar a Zuko varios pisos hacia arriba. Necesitaba más cuerda. No quería dejar a Zuko solo pero no veía otra mejor opción.

Decidido, tomó su planeador y despegó.

Katara colocó delicadamente en el suelo a una desmayada Toph. Le tocó la frente y decidió que simplemente estaba exhausta y deshidratada. Abrió su saco de agua y con agua control se aseguró de que la tragara correctamente. Echó un vistazo a su alrededor y vio que otro de los areneros intentaba huir.

—¡Hey! ¿A dónde crees que vas? Tú no te vas de aquí, no querrás hacer que el Avatar se enfade todavía más, ¿o sí?

Todos los maestros arena se quedaron congelados ante sus palabras.

—¿El niño es el Avatar? —dijo un incrédulo.

—Pues claro, tú lo viste, ¿o no? ¿Qué pensaste que era, volando por todas partes y haciendo aire control? Ahora, todos ustedes siéntense y no se atrevan a moverse más.

Justo en ese momento, Aang apareció por la ventana de la torre y aterrizó junto a ella.

—Necesito cuerda. Se desmayó y no puedo sacarlo volando. Necesitamos… —dijo agitadamente mirando a su alrededor. Sus ojos se detuvieron sobre la cuerda que un maestro arena todavía tenía en la mano—. ¡Tú! ¡Dame eso! —dijo y en dos pasos se la arrebató—. A mi señal, comiencen a tirar de la cuerda.

Todos asintieron rápidamente, con miedo de provocar la ira de aquel niño que ahora sabían que era el Avatar. Aang se echó la cuerda la hombro y desapareció por el agujero del domo.

Aang vio a Zuko exactamente igual que como lo había dejado, pero esta vez fue más difícil llegar hasta él porque las montañas de arena por todas partes habían crecido. Ató un extremo de la cuerda alrededor del pecho de Zuko, debajo de sus brazos. Revisó el nudo y se aseguró de que fuera resistente; lo último que quería era que Zuko se cayera a la mitad del trayecto.

—¡Listo! —gritó amplificando su voz con un truco de aire control—. ¡Comiencen a jalar!

El proceso era lento. Aang vigilaba desde abajo, listo para atrapar a Zuko en caso de que cayera. Su nerviosismo crecía al ver la velocidad a la que la arena inundaba la biblioteca y no dejaba de pensar que la estructura se podía colapsar en cualquier momento y si eso sucedía…

Pero Zuko finalmente llegó a salvo a la ventana, donde Katara lo recibió. Ella y otro par de manos ayudaron a sacarlo con cuidado. Lo recostaron junto a Toph y Katara inmediatamente se arrodilló a su lado, apoyando la cabeza del maestro fuego sobre su regazo. Aang aterrizó junto a ella un segundo después.

—¿Estará bien?

—Eso creo. Sólo está exhausto, como todos. Necesitamos salir de aquí.

—¡Oigan, ustedes! —les gritó Aang a los areneros que ya comenzaban a pensar en cómo escabullirse—. Necesitamos salir del desierto. Ustedes conocen la ruta, ¿no es así?

—Uh, sólo tienen que seguir hacia el norte. Encontrarán un bosque que bordea el Río Kengulan y cuando vean eso, pueden llegar hasta la Ciudad Impenetrable o ir a Agua Salta. Por favor, déjenos ir.

Aang le creyó y los dejó irse. Luego se volvió hacia Katara, que continuaba sentada junto a sus dos pacientes.

—Tenemos que irnos ya —dijo y volteó a ver a Sokka. El joven estaba de pie un poco separado de ellos y miraba fijamente un par de espadas en el suelo frente a él—. Sokka, ayuda a subirlos en Appa.

Sokka levantó la mirada. Parecía confuso.

—Sokka, ¡rápido!

Finalmente, se movió y comenzó a caminar con pesadez hacia ellos. En ese momento, escucharon la voz preocupada de Katara.

—¿Zuko? ¡Zuko! ¿Estás bien? Ten, bebe.

De un salto, Aang llegó junto a ellos. Zuko acababa de despertar y estaba intentando sentarse. Katara lo ayudó y le acercó su saco de agua a los labios. Zuko bebió demasiado rápido y terminó atragantándose. Cuando terminó de toser, miró a su alrededor. Lucía agotado.

—Los areneros se han ido. Te sacamos. Estás a salvo —dijo Katara. Zuko asintió débilmente, todavía con aspecto desorientado—. Vamos, te ayudaré a subir a Appa. Ya sabemos cómo salir de aquí.

Lentamente, Zuko logró pararse y se quedó un momento quieto, esperando a que su vista se aclarara. Dio un paso e inmediatamente se sujetó la cabeza como para contener una ola de mareo. Todavía quiso seguir avanzando pero antes de dar tres pasos, cayó en la arena y no se movió más. Katara, que había estado sujetándolo, también cayó con él. Rápidamente se incorporó y lo revisó. Había vuelto a perder la consciencia. Se dio cuenta de que ni siquiera le habían quitado la cuerda y se apresuró a removerla. Estaba bastante apretada, esperaba que no hubiera estado cortándole la respiración.

Aang ayudó a Katara a llevar a Zuko hasta Appa. Sokka los observó pasmado y finalmente se puso en movimiento y ayudó a subirlo a la silla del bisonte. También ayudó a traer y a subir a Toph, pero todavía se sentía… lejos de sí mismo. Con cuidado, Katara acomodó a las dos personas inconscientes y se sentó junto a ellas. Finalmente, Sokka se atrevió a hablar.

—Los areneros dejaron varias espadas y cuchillos, deberíamos tomarlos.

—Bueno, entonces apresúrate —dijo Aang impaciente por ponerse en marcha. Sokka, todavía con las piernas temblorosas, fue corriendo a recoger las armas y las colocó cuidadosamente en la silla junto a él, envolviéndolas en una tela ajustada para que no corrieran el riesgo de cortar a alguien. Despegaron y se dirigieron al norte.

Después de un rato, Toph despertó y preguntó qué había pasado. Katara rápidamente la puso al corriente y Toph fue a colocarse junto a Zuko, quien continuaba inconsciente. Pasó más tiempo y Katara comenzó a preocuparse, pero se tranquilizó Zuko comenzó a mostrar los signos típicos de estar dormido: su respiración lenta y profunda, y a menudo movía los ojos debajo de los párpados y fruncía el ceño, como si estuviera soñando. Pero no despertaba y si eso continuaba por mucho tiempo, sería síntoma de algo más grave.

Sokka permanecía en silencio. Intentaba no llamar la atención hacia sí mismo tanto como le fuera posible. Sabía que la tensa atmósfera estallaría en algún punto y que si todavía no lo había hecho, era porque por el momento todos estaban demasiado preocupados por Zuko. Él también lo estaba.

Aún así, la hora de la confrontación llegó demasiado pronto. Zuko seguía sin despertar pero ahora que habían transcurrido cerca de dos horas y la atención de grupo comenzaba a recaer sobre el Sokka.

—Entonces, Sokka —comenzó Katara y suspiró con aire resignado. Ni siquiera se molestó en voltear a verlo—, creo que nos debes una explicación.

—Ah… Pues creo que… tal vez hice enojar a Wan Shi Tong.

—¿Y qué pudiste haber hecho para hacerlo enojar? —inquirió Toph. Al despertar, Toph se había sentido confusa, pero ahora sus ojos ciegos tenían una expresión más despierta y afilada que nunca, y estaban fijos en Sokka.

—Encontré la sección de la Nación del Fuego y… —Sokka dudó, de pronto le faltaban las palabras.

—¿Y qué? —dijo Toph impaciente. Sokka tomó aire y continuó.

—Estaba quemada. Sólo había restos de pergaminos y papeles chamuscados. Explorando, encontré uno que hablaba de "el día más oscuro en la historia de la Nación del Fuego" —le lanzó una mirada nerviosa a Zuko que seguía durmiendo un sueño intranquilo—. Pensé que podía ser algo útil para nosotros, así que busqué más sobre eso.

Katara reconoció la culpa en el rostro de su hermano pero descubrió que no le apetecía en lo más mínimo mostrarse indulgente. Un miembro del grupo casi había muerto. Un compañero. Se sorprendió a sí misma al darse cuenta de que ahora no podía evitar pensar en Zuko como parte del grupo.

—¿Y qué pasó? ¿Qué hiciste?

—Wan Shi Tong me encontró, me acusó de "darle mal uso a la biblioteca" y de que usaría el conocimiento para "fines malévolos." Luego dijo que había abusado de la confianza de mis amigos… Miren, ya sé que estábamos buscando agua…

—¿Tenía razón?

—Yo iba…

—¿Tenía razón?

—Era una oportunidad que no podía dejar pasar.

—¡¿Oportunidad para qué?! —dijo Katara afiladamente. Sokka hacía movimientos nerviosos y tenía la misma expresión que cuando se había encajado esos anzuelos en el pulgar.

—La oportunidad de por fin tener algo contra la Nación del Fuego. Es la guerra, Katara, nadie juega limpio y ellos menos que nadie. Ahora, ya sé que perderán su fuego control durante un eclipse y que eso sucederá muy pronto. ¡Es una gran oportunidad! No ha habido un eclipse así como en dos mil años —miró a cada uno de sus compañeros en busca de comprensión pero al ver el rostro de Katara, inmediatamente supo que no era el momento para contar sus descubrimientos.

—Ósea que sí tenía razón, ese horrible búho. ¿Y todo esto qué tiene que ver con Zuko? ¿Cómo terminó en la biblioteca con Wan Shi Tong? —de repente, había agua en las manos de Katara y el cielo, antes perfectamente claro y despejado, empezaba a nublarse.

—Es que… bueno, como ya saben, yo corrí. Y el enorme pajarraco me persiguió como un poseído, destruyendo media la biblioteca. Por eso empezó a hundirse. Aang, Katara, ¿ustedes vieron eso, verdad? —dijo suplicante, pero no encontró ninguna calidez en los ojos de los demás. Le pareció que viento soplaba más frío—. Bueno, entonces los pasé a ustedes y supongo que me perdí porque llegué a un pasillo sin salida. Ya no los veía a ustedes y Wan Shi Tong me acorraló. Me preguntó lo mismo que antes: ¿qué podía ofrecer a la biblioteca? Yo insistí. Nada, no tenía nada que darle y él… Por favor, chicos, de verdad no quiero continuar.

—¡Sokka! —presionó Katara y sus ojos parecían tan sombríos y fríos como el cielo nublado a su alrededor.

—Me miró y fue como… mirar a la nada. No había vida. No había movimiento, nada, sólo vacío. Era todavía más oscuro y helado que las noches de invierno en el Polo Sur, Katara, tienes que entender… Y luego, el pájaro comenzó a reír y me hizo una pregunta. Después de eso, ya no pude negarme —sintió escalofríos y se abrazó las rodillas.

—¿Qué te preguntó? —exclamó Katara y un relámpago hizo eco a sus palabras. Appa rugió y Aang reaccionó inmediatamente para conducir al bisonte lejos de la tormenta que al parecer, Katara había provocado. Aterrizaron apresuradamente y buscaron un refugio, sin éxito. El sol se había ocultado en el horizonte.

Aang y Katara comenzaron a discutir qué hacer ahora, ambos con los nervios a flor de piel por toda la situación; Aang quería continuar porque creía haber visto árboles a lo lejos, pero Katara insistía en que debían parar y aclarar inmediatamente qué había hecho Sokka. Toph, mientras tanto, bajó también a la arena y con unos secos movimientos, endureció un puñado de arena hasta formar una roca sólida y afilada, que dirigió hacia el cuello de Sokka.

—Sugiero que termines lo que estabas diciendo. Y que sea ahora mismo Sokka, o al igual que Katara, yo también puedo empezar a perder el control con mis poderes.

—Me pidió una vida —dijo Sokka alarmado ante la roca que tocaba su cuello—. Por supuesto, yo no quería morir así que cuando sugirió "una vida por una vida"… ¿Cómo rayos iba yo a saber que tomaría a Zuko? Sólo quería salir de ahí y pensé que decirle que sí me compraría tiempo. ¡Agh, Toph! ¡Por favor, detente!

Después de un momento, la maestra tierra dejó que la roca que comenzaba a trepar por su garganta se rompiera y cayera. Sokka estaba a punto de agradecerle cuando se vio frente a un muro de roca que lo separaba de sus amigos, a quienes no les había pasado desapercibido que sus palabras implicaban que había estado dispuesto a cambiar las vidas de cualquiera de ellos por salvarse a sí mismo.

—No, todavía no es suficiente. No quiero excusas. Quiero que te disculpes con Zuko y también con nosotros. Mientras no lo hagas, no permitiré que te nos acerques. ¡Mantente lejos de nosotros! —gritó con la rabia.

Y así, Sokka se encontró recluido en la orilla del campamento, lleno de remordimientos. ¿Cómo había llegado a esta situación? Le había dolido que Toph dijera que no querían estar cerca de él. Cómo desearía poder cambiarlo todo. No soportaba que los demás lo apartaran y estuvieran enojados con él. Se ahogaba en la impotencia de no poder hacer nada para arreglar todo inmediatamente. ¿Cómo era posible estar así? ¿Cómo podía alguien soportar ese sentimiento abrumador de rechazo y soledad?

Y de pronto se le ocurrió si no era así como Zuko se había sentido todo este tiempo. Dirigió su mirada al adolescente que yacía inconsciente en la arena y sintió una punzada de culpa al recordar aquellas primeras noches, cuando recién había llegado con ellos, débil y herido, y él, Sokka, no había hecho otra cosa que acusarlo por todo y tratar de hacerlo pagar por cosas que ya no tenían remedio o que estaban fuera de su control. Ni siquiera le había dado una oportunidad para redimirse, ¿qué tan frustrante debía ser eso? Por lo menos Toph acababa de decir que si Sokka se disculpaba podrían perdonarlo, pero él nunca le había dado esa oportunidad a Zuko. Desde luego, no podía confiar en él después de todo lo que había hecho y la seguridad de sus amigos siempre sería la prioridad, pero por primera vez, se preguntó si la manera en que había actuado no había sido demasiado cruel.

—¿Zuko? Zuko, despierta —un rostro que pese a estar muy cerca de su cara, sus ojos somnolientos no lograban enfocar—. Zuko, por favor, tienes que escucharme. Todo lo que he hecho, ha sido para protegerte —pero justo cuando sus ojos se enfocaron, el rostro se disolvió en la oscuridad.

La misma oscuridad, aunque en un tiempo diferente, de la que surgía un pájaro enorme con una sonrisa despiadada, burlándose: ¿De verdad no lo sabes?

—Papá va a matarte. En serio, lo hará —decía la voz melosa y envenenada de una niña pequeña que se pavoneaba como un pavorreal. Pero esto ya lo conocía y no volvería a caer: negó con la cabeza. Azula siempre miente.

Los jardines del palacio y las noticias de la muerte, oscuras palabras acompañadas por un negro aleteo. Hay una máscara sobre su cara y su espalda está recargada contra el muro para mantenerse oculto entre las sombras. Pero en realidad, su espalda está presionada contra un poste de azotar y el dolor en su cuerpo es apenas un eco porque él está afuera, observando lo que le están haciendo sin poder hacer nada. No quiere ver más así que se va y abandona al joven encadenado.

Es un día soleado en el Reino Tierra y el hombre borroso dice:

—Él no tiene que decir quién es si no quiere hacerlo, Sela —y el fuego formó un muro protector a su alrededor.

—Mi nombre es Zuko. Hijo de Ursa y del Señor del Fuego Ozai. Príncipe de la Nación del Fuego y heredero del trono. No tengo aliados. No soy bienvenido ni apreciado por nadie. Estoy solo.

—Ah, Zuko —una mano consoladora se apoyó sobre su hombro—. Es como reaccionan las madres. Si molestas a sus bebés, ellas te atacarán.

—Estoy solo.

—¿Estaría ella orgullosa de ti, príncipe Zuko? —se burló desde el vacío.

Una noche tormentosa en un barco, hace mucho tiempo:

—Sólo se preocupa por sí mismo y no conoce el respeto. ¿Qué me podría enseñar un príncipe malcriado?

—El dragón perdió su fuego, su hijo y su trono. Todo en una sola semana. Y esta aparición maldita, heredera del Avatar, puso el último clavo—en la cara ensombrecida de la lechuza sobresalía su pico como esculpido en oro.

—¿El Avatar? —preguntó un niño.

—Déjenlo ir. Debemos poner este barco a salvo primero —el fantasma de una caricia se le escapó como polvo entre los dedos.

—Tú lealtad es primero con la Nación del Fuego. Cualquier otra cosa te convierte en traidor —el resplandor de una corona en la oscuridad.

—Si hubiera sido más decisivo, si hubiera actuado antes, habría detenido la guerra antes de que empezara —un anciano giraba su rostro para darle la espalda.

—Tú, cuya sangre provocó esta guerra. quien ha conquistado muchas tierras, no sin también desgarrar las tuyas propias; y su padre, quien intentó exterminar a los maestros agua, siguiendo los pasos de su propio padre, quien, en fin, no necesitó más que un día y una noche para desaparecer por completo a una raza entera—dijo desde la oscuridad una voz cruel.

—Pero tú, ¡apenas comienzas a sufrir tu castigo! —rugió el dragón y el calor sofocaba el aire.

— Y aún así, todavía hubo otro más que causó la guerra: el Avatar del Fuego, quien se quedó de brazos cruzados mientras su antiguo amigo destrozaba el mundo, apenas haciendo un patético esfuerzo por frenar las ambiciones de aquel que alguna vez llamó hermano —la voz escalofriante no se callaba. ¿Porqué no se callaba? ¿No podía terminar de una vez por todas?

—Aprenderás a respetar y tu maestro será el sufrimiento —el fuego rugía alrededor de él, consumiéndolo, devorándolo, hasta que se desvaneció entre destellos cegadores.

¿Ahora sabes, príncipe Zuko, quién eres en realidad?

Voló por los aires, solo, perdido para el mundo.

Cayó de espaldas, cayó, siguió cayendo.

Y de pronto, se detuvo.

Inexistencia.

Silencio.

Vacío.

Nada.

—Notas—

Muchas gracias a todas las personas que han comentado, en especial le agradezco muchísimo a Asphodelus Black que ha comentado en prácticamente todos los capítulos desde que empezó la historia. Los comentarios siempre me animan a continuar y a sentirme más motivada para seguir con este proyecto, así por favor comenten y díganme qué les pareció este capítulo.

Voy a empezar a traducir la prequela, la cual aborda el tiempo que Zuko pasó en la Plaza del mercado y cómo llegó al estado en que se encuentra al principio de esta historia. Sin embargo, como se podrán imaginar, ese tipo de contenido no está permitido en este sitio así que la publicaré en Archive Of Our Own (tampoco es nada muy explícito, pero por si acaso prefiero publicarla allá).

Tengo una cuenta en Ao3 con el nombre Rene_dHerblay_1572 y el primer capítulo está casi listo, pienso publicarlo antes de que termine la semana, alrededor del 10 de septiembre pueden darse una vuelta por allá :) Como esta plataforma no deja poner links, espero que dejárselos así funcione (sólo recuerden quitar los espacios)

https (dos puntos, barra, barra) archiveofourown (punto) org /users/ Rene_dHerblay_1572

De verdad espero que les guste, ¡a mí me encanta la precuela!

NOTICIAS: El primer capítulo de la precuela ha sido publicado en Ao3 :D (11/11/21)