Injusto.

Después de más de siete años, Senku finalmente fue libre de la petrificación una vez más, todo gracias a Suika.

Aunque a la pequeña niña le había tomado años lograr hacer la fórmula de despetrificación y ahora era una adolescente, y Senku de verdad se sentía mal porque ella haya tenido que pasar por tanto, pero también estaba muy orgulloso, debía decir. Si fuera un poco más sentimental, abrazaría mucho más a Suika, pero tenían trabajo por hacer.

Y además… ya habría alguien que se encargaría de suministrar todas las cantidades de afecto que su salvadora merecía.

Mientras trabaja en hacer ácido nítrico en lo que esperaban que el alcohol fermentara, Senku no podía dejar de sonreír al ver a Suika preparar un vestido para Kohaku, emocionada porque sin duda ella era su persona más cercana. Hasta podría apostar que la habría revivido a ella primero si hubiera logrado hacer más de un frasco con líquido despetrificador, pero claramente era una chica lista y fue por las prioridades al tener solo uno.

Hicieron dieciséis frascos con líquido despetrificador, los justos y necesarios para cada miembro del reino científico en esa zona. Y claro que Senku no dudo en darle el frasco con el número 1 a Suika, mirando con una sonrisa a la estatua de Kohaku.

Ya era hora de que se reunieran.

Él caminó lejos de Suika al ver su sonrisa temblorosa mientras se aproximaba a Kohaku con el frasco, sentándose en la construcción de la torre que Suika había usado como vivienda, mirando con ojos suaves como el líquido despetrificador caía sobre Kohaku, librándola rápidamente de su prisión de piedra.

Pero… algo salió mal.

El cuerpo de Kohaku, que no había estado en una posición completamente recostada, cayó como peso muerto en el suelo. Sus manos cayeron a los costados y sus ojos permanecieron entrecerrados.

Senku se puso en pie de inmediato, mientras que Suika observaba confundida a Kohaku. Ya no estaba convertida en una estatua, pero no se movía.

Senku repasó rápidamente todas las resurrecciones que había presenciado hasta el momento. La mayoría de personas reaccionaba al instante, Yuzuriha había permanecido con los ojos cerrados un momento, pero solo unos pocos segundos. En la isla del tesoro solo fue cuestión de un par de parpadeos y todos estaban de nuevo conscientes. La reacción era casi instantánea.

Y Kohaku no estaba reaccionando.

Suika parpadeó confundida, llevando una mano al hombro de Kohaku, sacudiéndolo levemente.

—¿Kohaku?... —La sacudió un poco más y la cabeza de Kohaku se sacudió un poco, antes de caer en un ángulo tan antinatural que Suika se apartó de golpe, jadeando horrorizada, con lágrimas en los ojos.

Senku corrió hacia Kohaku de inmediato, arrodillándose a su lado y comprobando sus signos vitales.

Nada.

No respiraba. No tenía pulso. Sus ojos no miraban a nada a pesar de estar abiertos. Ella… estaba muerta.

El aliento se le atoró en la garganta y fue incapaz de moverse ni decir nada.

—¿Senku? —Suika, al verlo tan pasmado y pálido, sintió su corazón llenarse de temor—. ¿Qué está pasando?... ¿Por qué Kohaku no responde? —Las lágrimas se acumularon en sus ojos.

Ella ya debía saberlo, pero aún tenía la esperanza de que él le dijera lo contrario, de que él tuviera una forma de arreglarlo, como siempre había podido hacerlo antes con su ciencia.

Pero no tenía ninguna forma… Dependía completamente del arma petrificadora de su enemigo para resolver este tipo de cosas… y hasta eso falló.

No lo había pensado hasta que Gen se lo dijo, siete años atrás, que el ataque de Stanley y sus hombres significaba que obviamente Hyoga, Tsukasa y Kohaku habían sido derrotados y probablemente hasta asesinados. Pero incluso aunque la idea lo shockeó por un momento, no se dejó llevar por las emociones y rápidamente formuló un nuevo plan, lo apostó todo al plan que creyó que los salvaría a todos.

Y el plan fracasó.

Creyó que su teoría era cierta, que tal vez el arma petrificadora podría desafiar incluso a la muerte, basado en que curó su cuello, a Tsukasa después de meses congelado y con un pulmón perforado, a Ginro apuñalado y también algo como la muerte cerebral de Mirai… pero aparentemente tenía límites. ¿Tal vez la pérdida de sangre? ¿Tal vez si ya llevaban muertos demasiado tiempo?

No podía estar seguro, y honestamente ahora mismo le importaba una mierda.

Sus ojos estaban fijos en el cuerpo de Kohaku, en su cadáver. Parecía ileso, no había sangre ni ningún tipo de herida, como si el arma hubiera hecho el intento de curarla y hubiera fracasado.

Y si el arma petrificadora no logró salvarla… entonces nada lo haría.

Kohaku se había ido… para siempre.

Bajó la cabeza, apretando los puños sobre sus rodillas.

—Suika… Lo siento.

Ella entendió al instante el significado de sus palabras, y gruesas lágrimas bajaron por sus mejillas antes de que se lanzara a abrazar a Kohaku con un grito desgarrador que lo hizo apretar aún más sus puños.

Ella ya había sufrido lo suficiente y ahora también perdió a la persona que más quería… Era tan injusto que le quitaría las ganas de continuar a cualquiera.

Y aún así debían seguir. El mundo debía ser salvado.

Senku se puso en pie, incapaz de mirar a Suika abrazando el cadáver de Kohaku, y caminó hacia el bosque, hasta un claro rodeado de arbustos con pequeñas flores por doquier.

Vio con ojos inexpresivos las rocas que rodeaban el lugar hasta reconocer una que le serviría. De inmediato comenzó a tallarla para darle forma, la ató firmemente a una rama cortada de un árbol y la utilizó como pala para comenzar a cavar una tumba.

Era un trabajo infernal para él, pero el cansancio mantenía su mente distraída, y no dejó de cavar por horas hasta que literalmente ya no pudo más y se sentó a descansar.

Intentó pensar en las propiedades del arma petrificadora, y la forma de averiguar mejor su funcionamiento, pero su mente comenzó a llenarse de recuerdos de Kohaku, y mientras más intentaba alejar esos recuerdos más parecían llegar y no dejar de llegar, uno tras otro, hasta que sintió sus ojos arder demasiado y sus dientes crujir hasta llegar al punto que le dolía y se puso en pie de golpe, tomando aire y llevando un mano a cubrir sus ojos.

No tenía sentido llorar ahora. No tenía sentido lamentar que jamás escucharía su voz otra vez, o que jamás la vería sonreír o que Kohaku jamás lo abrazaría de nuevo… Porque ella era la primera en tener fe en que él lograría traer la civilización de regreso y salvar a la humanidad, y es lo que haría, de una forma u otra. Sin importar todo lo que había perdido para lograrlo.

Terminó de cavar la tumba y construyó un ataúd de madera aún luchando contra los recuerdos, aún intentando bloquear sus emociones, y luego de horas, casi al atardecer, volvió a donde estaba Suika, encontrandola dormida junto al cuerpo de Kohaku, que ahora tenía los ojos cerrados y estaba rodeada de flores, haciéndola lucir de una forma casi angelical.

Sonrió con tristeza y se inclinó para tomar a Kohaku en sus brazos, apartándola de Suika, que se despertó pero no se movió de su sitio.

Ella entendía que Senku también necesitaba despedirse de Kohaku a solas.

Senku no sintió el cansancio de llevar a Kohaku a cuestas a pesar de que había estado horas y horas cavando, no dejó de mirar su rostro en el camino, yendo a paso muy lento, intentando ignorar lo fría que ella se sentía en sus brazos.

La dejó en la tumba, en el ataúd, y volvió a acomodar las flores lentamente. Trajo más para dejar un ramo entre sus manos, y colocó más junto a su rostro, hasta que sus manos rozaron sus mejillas y él volvió a sentir lo fría que estaba.

Ella solía ser tan cálida… él pudo sentirlo cada vez que se sentaban lado a lado, cuando tocaba su hombro o se inclinaba sobre él para mirar con curiosidad a sus experimentos científicos, cuando tomaba su mano para ayudarlo a resistir largas caminatas, cuando fingieron un beso, cuando se pararon lado a lado para contemplar el amanecer y cuando lo abrazó… Y él quería más de esa sensación… siempre había querido más, muy en el fondo de su subconsciente, pero nunca se permitió pensar en eso.

Y ahora ya era demasiado tarde.

Rió suavemente, llevando las dos manos al rostro helado de Kohaku, cuyas mejillas estaban empapadas de lágrimas… lágrimas que casi parecían suyas. Pero los muertos no lloraban, los vivos sí.

Se inclinó sobre el ataúd, tocando su frente con la suya, rozando su nariz con la de ella, dejándole un frío beso de despedida que terminó de romper su compostura, haciéndolo mostrar todo su dolor aunque sea unos segundos, hasta que finalmente se alejó de ella, respirando con dificultad y secándose el rostro con fuerza.

No tenía sentido llorar ahora, se dijo una vez más.

Sonrió con suavidad, mirándola un largo rato, antes de tapar el ataúd.

Ya no volvería a verla, pero estaba bien con eso…

Bueno, realmente no, pero lo estaría.

Estaría bien… algún día.

Y entonces, cuando salvará a la humanidad, podría llorar todo lo que quisiera.

Sepultó la tumba solo, y luego preparó una lápida, cosa que le llevó toda la noche ya que hizo una grande y bien pulida, escribiendo su nombre y dejando espacio para que los demás pudieran agregar cosas. Kokuyo y Ruri probablemente querrían escribir algo cuando tuvieran la oportunidad de devolverla a Japón.

A la mañana siguiente, Suika vino a llenar la tumba con flores, aún con lágrimas bajando por su rostro.

—¿Qué pasará con todos los demás?... —preguntó con la voz rota y una mirada desolada que decía que había sufrido más en las últimas horas que todos esos años sola—. Todos fueron heridos… ¿ellos tampoco regresarán?

—Tendremos que intentarlo. Aunque con muchas precauciones.

—¿Qué quieres decir?...

—A mí también me dispararon y sin embargo volví. Debemos ver el nivel de daño de las estatuas y cuántos realmente murieron, aparte de cuánto tiempo llevaban muertos. No me arriesgaré a revivir a Tsukasa y Hyoga por el momento… puede que después de estudiar más la petrificación encontremos una forma de salvarlos. Pero lo mejor sería intentarlo con todos los demás, ya que no había pasado tanto tiempo desde que nos atacaron… —Tristemente lo más probable era que Tsukasa y Hyoga tampoco despertarían, pero quizás si los mantenían como estatuas aún pudieran salvarlos…

Desgraciadamente, sin posibilidad de obtener una nueva arma petrificadora hasta que fueran a Estados Unidos y utilizaran las habilidades de Joel, era obvio que ya era tarde para salvar a Kohaku. Y teniendo en cuenta que el arma petrificadora ya falló al salvarla entonces no había garantía de que pudieran salvar a Tsukasa y Hyoga. Pero aún así lo intentaría.

Suika simplemente asintió y siguió mirando a la tumba, aún secando las lágrimas que parecían no querer dejar de salir.

Senku se quedó a su lado, también observando la lápida.

Qué injusto… después de todo lo que tuvieron que sufrir, soledad y un gran peso sobre sus hombros… ambos perdieron a la persona que más querían.

Pero ambos tenían mucho trabajo que hacer, así que se pusieron en pie luego de unas horas y volvieron a donde las estatuas de los demás los esperaban, listos para luchar juntos por salvar a la humanidad.

Fin.

Holaaaaaaaaaaa :D

Antes de que me maten... este fic fue por el pedido de una lectora, yo no tengo la culpa de que sea masoquista x'D

Pero encontré interesante la idea y decidí aplicarla a ver qué tal me salía xP

Claramente esto es imposible porq ya sabemos q el arma petrificadora podría dar inmortalidad pero bueno, es un fic :P

Esto es un "What if...?" o sea un "¿Qué pasaría si...?" y aquí claramente es un ¿Qué pasaría si Kohaku hubiera muerto y el arma petrificadora no pudiera revivir?

Ojalá me haya quedado bien uwu Y ojalá no quieran matarme por tanto fic sad, pronto subiré algo feliz, lo prometo! XD

Me despido!

CELESTE kaomy fueraaaaaaaaaaaaaaaaa!