CAPÍTULO 2

Dunnottar, Escocia, 1314.

El agua salpicó las piernas del pantalón vaquero de Sakura por segunda vez ese día cuando el hombre salió de la tina. Él se irguió por encima de ella, sus labios estirados sobre sus dientes en un gruñido.

Sakura parpadeó incrédulamente. Una vez. Dos veces. Y una tercera vez muy despacio, dando tiempo a la aparición para evaporarse.

No lo hizo.

El gigante desnudo permanecía allí, su expresión feroz y firme, sus ojos entrecerrados. ¿Qué demonios le había pasado a la oficina de Orochimaru? Él no la despediría, ya que si la encontrara con un hombre desnudo ¡directamente iban a arrestarla!

Sakura cerró los ojos y movió sus pies, determinando cautamente que el mundo era de nuevo sólido bajo sus botas. Sólo cuando se convenció firmemente de que estaba de pie en la oficina de Orochimaru sosteniendo una botella medieval, volvió a abrirlos.

No estaba en la oficina de Orochimaru.

Contuvo la respiración tras una gran exhalación de asombro cuando miró —realmente miró— al hombre. Las gotas de agua brillaban en su piel. Las llamas brincaban en el hogar tras él, bronceando y ensombreciendo las ondulaciones de sus músculos. Era el hombre más alto que ella hubiera visto nunca, pero su tamaño no se limitaba a su altura impresionante. Sus hombros eran macizos, y su pecho ancho se adelgazaba hacia la cintura, el abdomen musculoso, las caderas firmes y las piernas largas y poderosas.

Y estaba desnudo.

Ella expelió un suspiro de protesta. No podía ser real. Y porque no podía ser real, no hacía daño dejando vagar su mirada para dar rápida cuenta de su perfección. Un hombre enteramente proporcionado, que realmente no existía, estaba de pie, desnudo ante ella. ¿No miraría cualquier saludable mujer de veintitrés años? Y ella miró.

Eso lo confirmó definitivamente. Él no podría ser real. Con las mejillas ardiendo, apartó la mirada y vaciló, dando un paso hacia atrás.

Él rugió algo en un idioma que ella no entendió.

Dirigiendo una mirada a su cara, la muchacha se encogió de hombros desvalidamente, incapaz de comprender y dar sentido a esa situación.

Él bramó de nuevo y gesticuló enojadamente. Habló en un arroyo de palabras durante varios minutos, agitando sus brazos y mirándola ceñudo.

Ella lo miró, boquiabierta, su confusión ahondándose. No ayudaba que el hombre pareciera haber olvidado el desconcertante hecho de estar gloriosamente desnudo. La joven encontró su lengua y, con algunas dificultades, pudo empezar a moverla.

—Lo siento, pero no lo entiendo. No tengo ni la menor idea de lo que está diciendo.

Él retrocedió como si ella lo hubiera golpeado; sus ojos oscuros se entrecerraron aún más y frunció el ceño. Si ella pensaba que él estaba enfadado antes, era sólo porque no lo había visto aún verdaderamente furioso.

—¡Eres inglesa! —le espetó él, cambiando rápidamente al inglés, aunque con un acento espeso, cerrado.

Sakura extendió las manos como diciendo ¿Y con eso qué? ¿Cuál era su punto, y por qué estaba tan enfadado con ella?

—¡No te muevas! —rugió él.

Ella permaneció inmóvil, catalogándolo como si fuera una de las recientes adquisiciones del museo, absorbiendo la increíble longitud y anchura de su cuerpo. El hombre desprendía tal intensa sexualidad que las fantasías de un guerrero salvaje, no reconocidas jamás como propias, se estremecieron a través de su memoria. El peligro que emanaba de él era temible y seductor a la vez. Estás soñando, ¿recuerdas? Te dormiste y sólo soñaste que despertabas y Orochimaru llegaba. Pero todavía estás dormida y nada de esto realmente está pasando.

Apenas lo notó cuando el hombre alcanzó el arma apoyada contra la tina. Su mente registró con oscura diversión que la invención de su imaginación se completaba con una espada vengadora. Hasta que, con un movimiento elegante de su muñeca, él apuntó el arma mortal hacia ella.

Era su sueño, se recordó la muchacha. Simplemente ignoraría la espada. Los sueños eran zonas sin restricciones. Si no podía tener un novio en la vida real, por lo menos podría saborear esa experiencia virtual. Sonriendo, la joven extendió una mano para tocar su abdomen —ciertamente esculpido por entero del material con que se hacen los sueños— y la punta de la espada rozó su mandíbula y obligó a sus ojos a encontrarse con los de él. Una muchacha debería usar un cuello ortopédico después de mirar esa altura mucho tiempo, decidió.

—No pienses en distraerme de mi propósito —gruñó él.

—¿Qué propósito? —preguntó ella y se sintió contener la respiración.

En ese momento, la puerta se abrió con estrépito. Un segundo hombre, de cabello oscuro y vestido con una envoltura extraña de tela, entró abruptamente en el cuarto.

—¡Cualquier cosa que sea, no tengo tiempo ahora para eso, Obito! —dijo al hombre que sostenía la hoja en su cuello.

El otro hombre parecía pasmado ante la visión de Sakura.

—Te oímos rugir desde la cocina, Tsumi.

—¿Pecado? —Sakura hizo eco de su nombre con incredulidad. Oh sí, él era definitivamente un pecado. Cualquier hombre como ese debía ser puro pecado.

—¡Sal de aquí! —tronó Madara.

Obito dudó un momento; entonces, con renuencia, se retiró del cuarto y cerró la puerta.

Cuando la mirada de Sakura se volvió hacia Pecado, ella miraba de nuevo hacia abajo, hacia su tan improbable dotación.

—¡Deja de mirar allí, mujer!

Sus ojos se alzaron hacia los suyos.

—Nadie puede ser como tú. Y nadie habla como tú, excepto quizá Sean Connery en "Highlander". ¿Ves? Es la prueba definitiva de que estoy soñando. Eres una invención de mi stress, de mi insomnio, de mi mente traumatizada —ella asintió firmemente con la cabeza.

—Te lo aseguro, ciertamente no soy un sueño.

—Oh, por favor —ella rodó sus ojos. Los cerró. Los abrió. Él todavía seguía allí—. ¿Estaba yo en el museo y ahora estoy en una alcoba con un hombre desnudo llamado Pecado? ¿Cuán tonta piensas que soy?

—Madara. Ma-da-ra — él repitió—. Sólo mis guerreros más cercanos me llaman Tsumi.

—No puedes ser real.

Él tenía unos perezosos, borrascosos ojos, tan oscuros que parecían realzados por kohl. Su nariz era fuerte, arrogante. Sus dientes —y Dios sabía que ella les estaba echando una buena mirada con todos los gruñidos que él estaba dando— eran rectos y lo bastante blancos como para hacer a su dentista llorar de envidia. Su frente era alta, y una melena de pelo del color de la medianoche caía sobre sus hombros. Aunque ninguno de sus rasgos era material para los modelos actuales, salvo sus labios sensuales, el efecto global era de un rostro salvajemente bello. Un Señor de la Guerra eran las palabras que acudían a su lengua.

La punta de la espada raspó la suave la parte inferior de su barbilla. Cuando sintió una gota de humedad en el cuello, se asombró por la verosimilitud de su sueño. Pasó los dedos encima de la mancha, y entonces miró fijamente y con asombro la gota de sangre.

—¿Sangra uno en un sueño? Yo nunca he sangrado en un sueño antes —murmuró.

Él dio un pequeño golpe a la gorra de béisbol, sacándola tan rápidamente de su cabeza que la asustó. Ella no había vislumbrado el movimiento de su mano siquiera. El pelo le cayó encima de los hombros, y ella trató de atrapar la gorra, sólo para encontrarse con que era demasiado baja para alcanzar la punta de la espada. Su cabeza alcanzaba apenas su pecho.

—Dame mi gorra —exigió—. Mi padre me la dio.

Él lo consideró en silencio.

—¡Es todo lo que tengo de él, y él está muerto! —dijo ella acaloradamente.

¿Había habido un parpadeo de compasión en sus ojos oscuros?

Él le devolvió la gorra sin una palabra.

—Gracias —dijo ella sobriamente, doblándola y guardándola en el bolsillo de la parte de atrás de sus pantalones vaqueros. Su mirada bajó al suelo mientras ponderaba la espada en su garganta. Si fuera un sueño, ella podía hacer que las cosas pasaran. O no pasaran. Apretando sus ojos cerrados, deseó que la espada desapareciera, pero al tragar apretadamente sintió cómo el metal frío mordía su cuello. Luego, deseó que el hombre desapareciera; se concedió cortésmente que no lo hicieran ni la tina ni el fuego.

Abriendo los ojos, la joven encontró al hombre todavía alzándose por encima de ella.

—Dame la botella, chica.

Las cejas de Sakura se alzaron.

—¿La botella? ¿Esto es parte del sueño? ¿Ves eso?

—¡Por supuesto que lo hago! ¡Estoy deslumbrado por tu belleza, pero no soy estúpido!

¿Deslumbrado por mi belleza? Asombrada, ella le entregó la botella.

—¿Quién eres? —demandó él.

Sakura buscó refugio en la formalidad; le había servido bien en el pasado, como una brújula a través de territorio desconocido, y ese sueño ciertamente podría ser calificado como territorio desconocido. Nunca antes había soñado tan lúcidamente que los elementos de su sueño estaban fuera de su control, ni su subconsciente había conjurado antes a un hombre como ese. Hubiera querido saber de qué esquina prehistórica de su alma había llegado ese leviatán.

—¿Te molestaría vestirte? Tu... er... estado de, uh... desnudez no conduce a una discusión seria. Si te pusieras un poco de ropa y soltaras tu espada, estoy segura de que podríamos poner las cosas en orden —deseó que él encontrara persuasiva la nota de optimismo en su voz.

Él frunció el ceño cuando se miró a sí mismo. Sakura podría jurar que el color en su cara se acentuaba cuando comprobó su estado de excitación.

—¿Qué esperas de mí cuando estás vestida de esa manera? —respondió él—. Soy un hombre.

Como si yo tuviera alguna duda de eso, pensó la joven irónicamente. Un sueño de hombre, nada menos.

Tomando una manta tejida de rojo y negro, él se la echó por encima de los hombros para cubrir con ropa el frente de su cuerpo. Agarró una bolsa pequeña, guardó en ella la botella, y finalmente bajó su espada.

Sakura se relajó y avanzó unos pasos, pero al hacerlo la gorra cayó del bolsillo; se dio la vuelta y se inclinó para recuperarla. Volviéndose para enfrentarlo, encontró su mirada fija en el lugar donde su trasero, ajustado firmemente dentro del pantalón vaquero, había estado sólo un momento antes. Enmudecida por la prueba de que había estado mirando su derrière, ella echó una mirada a la tela con la que él se había envuelto, y entonces cautamente a su cara. Sus ojos oscuros ardían sin llama. Ella tuvo el súbito presentimiento de que dondequiera que estuviera, las mujeres normalmente no llevaban pantalones vaqueros. Quizás incluso ni siquiera llevaran pantalones.

Su mandíbula se tensó y su respiración se agitó notoriamente. Él miró cada pulgada de ella, como un ave rapaz que se balanceara en la vigilancia que precede a la muerte desde las alturas.

—¡Es todo lo que tengo! —dijo ella defensivamente.

Él levantó sus manos en un gesto conciliatorio.

—No deseo discutirlo, chica. No ahora. Quizás nunca.

Se miraron, midiéndose en silencio. Entonces, por alguna razón que ella no podría definir, atraída por una fuerza más allá de su posibilidad de resistirse, se encontró acercándose a él. Fue él quien caminó esta vez hacia atrás. Con un veloz movimiento de músculos, salió del cuarto.

En el momento que la puerta se cerró, las piernas de Sakura cedieron y ella se derrumbó sobre sus rodillas, su corazón golpeando dolorosamente en el pecho. El sonido familiar de metal que venía de la puerta le dijo que se encontraba encerrada con llave una vez más. Santo Dios, ella tenía que despertarse.

Pero en alguna parte de su corazón había empezado a sospechar que no estaba soñando.