CAPÍTULO 3
—¿Retiramos el cuerpo, Madara? —preguntó Obito cuando Madara entró en la cocina.
Madara hizo una rápida aspiración.
—¿El cuerpo? —frotó su mandíbula ocultando una mueca de enojo tras su mano. Nada estaba saliendo como había pensado. Había salido de su recámara planeando encontrar un poco de sidra en la cocina, aclarar su cabeza en privado y tomar algunas decisiones, específicamente las que tenían que ver con la encantadora mujer que estaba obligado por honor a matar. Pero no le serían concedidos ninguno de esos beneficios. Obito y Shisui Ōtsutsuki, sus fieles amigos y consejeros, ocupaban una pequeña mesa en la cocina del torreón y lo miraban intensamente.
Puesto que tanto los ingleses como los escoceses habían destruido e incendiado Dunnottar cada vez que ésta cambiaba de manos, las ruinas apresuradamente remendadas del torreón estaban llenas de corrientes de aire, frías e inacabadas. Sólo acampaban en Dunnottar hasta que los hombres de Bruce los relevaran, algo que se esperaba sucediera cualquier día, para que las reparaciones empezaran a hacerse de manera continua. El gran hall se abría al cielo nocturno donde debería estar el tejado, por lo que la cocina había sido sustituida por el comedor. Esa noche, desgraciadamente, era también el lugar donde estaban reunidos.
—El portador de la botella —aclaró servicialmente Obito.
Madara frunció el ceño. Él había escondido la botella en su sporran y había esperado disponer de algún tiempo para convencerse a sí mismo de cumplir su juramento. Hacía varios años, había informado a los hermanos Ōtsutsuki sobre la maldición de ligamiento que había impuesto en el cofre y del voto que había hecho a Neji Hyūga. Se había sentido más cómodo sabiendo que cuando apareciera, si por alguna razón fuera incapaz de cumplir su juramento, lo haría su confiable par de amigos.
¿Pero qué hacer cuando un juramento estaba en directa oposición a otro? Le había jurado a Neji matar al portador de la botella. Hacía tiempo, en las rodillas de su madre, había jurado nunca dañar a una mujer por ningún motivo.
Obito se encogió de hombros ante el ceño de Madara y dijo:
—Le conté a Shisui que ella había llegado. Vi la botella en su mano. Hemos estado esperando a que volvieras. ¿Nos deshacemos del cuerpo?
—Eso podría ser un poco embarazoso; el cuerpo todavía está respirando —dijo Madara irritado.
—¿Por qué? —Shisui frunció el entrecejo.
—Porque no la he matado todavía.
Obito lo estudió un momento.
—Ella es encantadora, ¿no?
Madara no se inmutó por la acusación.
—¿He permitido yo alguna vez que el encanto corrompiera mi honor?
—No, y estoy seguro de que no empezarás ahora. Nunca has roto un juramento —el desafío de Obito era inequívoco.
Madara se hundió en una silla.
A los treinta, Obito era el segundo mayor de los cinco hermanos Ōtsutsuki. Alto y moreno, era un guerrero disciplinado que, como Madara, creía en el cumplimiento estricto de las reglas. Su idea de una buena batalla incluía meses de preparación cuidadosa, intenso estudio del enemigo y una estrategia detallada en la que no se vacilaría en el ataque una vez que éste empezara.
Shisui, el más joven de la familia, mantenía una actitud más indiferente. De seis pies de alto, era indecentemente guapo, siempre tenía la sombra de la barba de un día tan negra que hacía que su mandíbula pareciera azul, y su plaid normalmente estaba arrugado, apresuradamente anudado, como si estuviera a punto de resbalarse de él. Atraía a las mujeres como la miel a las moscas y correspondía sinceramente a la atracción que el bello sexo sentía por él. La idea de Shisui de una buena batalla dependía de la última joven con la que estuviera, y al último minuto saltaba de la cama, tomaba su plaid y una espada y se zambullía en la refriega riendo todo el tiempo. Shisui era un poco raro, pero todos los Ōtsutsuki estaban destinados a destacarse de una manera u otra. El hermano mayor, Indra, era el lugarteniente en jefe de Bruce y un estratega inteligente.
Obito y Shisui habían sido los leales consejeros de Madara durante años. Luchaban juntos, llevaban a cabo los ataques y contraataques bajo el estandarte de Robert Bruce, y entrenaban vigorosamente para la batalla final que esperaban liberaría a Escocia pronto del yugo inglés.
—No estoy seguro de qué daño esta mujer podría hacer a nuestra causa —Madara habló con sigilo y calibrando cautamente la reacción a sus palabras. Silenciosamente, estaba calibrando su propia reacción también. Normalmente sus amigos lo confortaban, le daban un sentido de propósito y una dirección, pero cada onza de su conciencia se rebelaba ante el pensamiento de matar a esa mujer deliciosa. Empezó a considerar las posibles repercusiones de permitirle vivir, además de la de destruir su propio honor.
Obito entrelazó los dedos y estudió sus callos mientras hablaba.
—Pienso que eso importa poco. Hiciste el juramento a Neji Hyūga de que ibas a eliminar al portador de la botella. Aunque puedo comprender que una mujer podría provocar simpatía, no sabes quién es ella realmente. Está vestida de manera extraña. ¿Podría ser descendiente de Druidas?
—No lo creo. No percibí magia en ella.
—¿Es inglesa? Me sorprendió oírle hablar esa lengua. Hemos estado hablando inglés desde que los Templarios llegaron, pero ¿por qué lo hace ella?
—Hablar inglés no es un crimen —dijo Madara secamente. Era verdad que desde que llegaran los Templarios, habían estado conversando más a menudo en inglés que en cualquier otra lengua. La mayoría de los hombres de Madara no hablaba francés, y la mayoría de los Templarios no hablaban gaélico, pero casi todos ellos habían aprendido algo de inglés, debido a las fronteras de largo alcance de Inglaterra. Madara encontraba frustrante el no poder usar el gaélico, un idioma que sentía era bello más allá de toda comparación, pero aceptaba que los tiempos estaban cambiando y que cuando hombres de muchos países diferentes estaban juntos, el inglés era la lengua normalmente más conocida. Lo mortificaba hablar el idioma de su enemigo.
—La mayoría de nuestros Templarios no habla gaélico. Eso no los hace espías.
—¿Ella no habla nada de gaélico? —presionó Obito.
Madara suspiró.
—No —dijo—. No entendió nuestra lengua, pero eso no es suficiente para condenarla. Quizás creció en Inglaterra; sabes que muchos de nuestros clanes se asientan a ambos lados de la frontera. Además, es el inglés más extraño que he oído alguna vez.
—Mientras más razones para ser sospechosa, más razones para disponer rápidamente de ella —dijo Obito.
—Como con cualquier otra amenaza potencial, uno debe estudiarla primero y evaluar la magnitud de la amenaza —razonó Madara.
—Tu juramento, Madara, reemplaza todo el resto. Tu mente debe preocuparse en sostener Dunnottar y abrir el camino de Bruce a un trono seguro y una Escocia libre, no en alguna mujer que debería estar muerta mientras nosotros hablamos —le recordó Obito.
—¿He faltado a mis deberes alguna vez en mi vida? —Madara sostuvo la mirada de Obito.
—No —admitió Obito—. Todavía —agregó.
—No —dijo Shisui rápidamente.
—¿Entonces por qué me cuestionan ahora? ¿No tengo mucha más experiencia con la gente, con las guerras, y privilegios que cualquiera de ustedes?
Obito asintió con la cabeza irónicamente.
—Pero si rompes tu juramento, ¿cómo se lo explicarías a Neji?
Madara se quedó rígido. Las palabras 'rompes tu juramento' rondaron incómodamente en su mente y tejieron una promesa de fracaso, de derrota, y potencialmente de corrupción. Era vital que él se adhiriera a sus reglas.
—Deja que yo maneje a Neji como siempre lo hago —dijo él fríamente.
Obito agitó su cabeza.
—A los hombres no les gustará esto, si lo averiguan. Sabes que los Templarios son una casta feroz y particularmente cautos con las mujeres.
—Porque no pueden tener ninguna —interrumpió Shisui—. Buscan cualquier razón para desconfiar de las mujeres en su esfuerzo de resistir sus pensamientos lujuriosos. Un voto de celibato no es natural para los hombres; los hace bastardos fríos e irritables. Yo, por otro lado, siempre estoy relajado, simpático y hasta amable —dedicó una sonrisa agradable a ambos, como para demostrar la validez de su teoría.
A pesar de sus problemas, la boca de Madara se estiró. Shisui tenía tendencia a comportarse provocativamente, y mientras más irreverente era, más se irritaba Obito. Obito nunca parecía comprender que su hermano más joven lo hacía a propósito, y que todo el tiempo que actuaba como un joven irresponsable, su astuta mente no se perdía de nada que sucediera a su alrededor.
—La falta de disciplina no hace a un guerrero, hermano pequeño —dijo Obito rígidamente—. Tú eres un extremo y los Templarios son el otro.
—Retozar con las muchachas no disminuye ni una pizca de mis proezas en las batallas y lo sabes —dijo Shisui y se sentó más recto en su silla, sus ojos chispeando en anticipación del argumento que vendría.
—Ya es bastante —interrumpió Madara—. Estábamos discutiendo mi juramento y el hecho que no me inclino por matar a una mujer inocente.
—No sabes si ella es inocente— protestó Obito.
—No sé si no lo es —dijo Madara—. Hasta que no tenga alguna indicación de culpa o inocencia, yo. .. —Se interrumpió y suspiró pesadamente. Encontró casi imposible decir las siguientes palabras.
—¿Tú qué? —preguntó Shisui y lo miró con fascinación. Cuando Madara no contestó, él presionó—. ¿Te niegas a matarla? ¿Romperás un juramento sagrado? —la incredulidad de Shisui se grabó en su apuesto rostro.
—Yo no dije eso —espetó Madara.
—No lo dijiste —dijo Obito cautelosamente—. Pero apreciaría que aclararas tus intenciones. ¿Planeas matarla o no?
Madara frotó su mandíbula de nuevo. Se aclaró la garganta e intentó formar las palabras que su conciencia exigía que dijera, pero el guerrero en él se resistía. Los ojos de Shisui se entrecerraron cuando vio a Madara tan pensativo. Después de un momento, echó una mirada a su hermano.
—Sabemos cómo es Neji, Obito. Su estilo es la devastación veloz, innecesaria, y se han tomado bastantes vidas inocentes en la lucha por afianzar el trono. Propongo que Madara se tome un tiempo para descubrir quién es la mujer y de dónde viene antes de dar el siguiente paso. No puedo hablar por ti, Obito, pero yo no deseo la sangre de otro inocente en mis manos, y si lo instamos a que la mate, el hecho se volverá nuestro también. Además, recuerda que, aunque Madara juró matar al portador de la botella, nada en su juramento hablaba de un límite de tiempo. Él podría esperar veinte años para matarla sin romper su juramento.
Madara escuchó las últimas palabras de Shisui, sorprendido. No había considerado esa posibilidad. En verdad, su juramento no había contenido una palabra que especificara qué tan rápidamente debía matar al portador de la botella, no era ilícito ni una violación de su voto tomarse un tiempo para estudiar a la persona. Uno incluso podría sostener que eso era sabio, decidió. Te cortas el pelo con un hacha de batalla. Las palabras de Neji, de hacía seis años, aparecieron en la mente de Madara para burlarse de él.
—Pero tienes que ser consciente —advirtió Obito— de que si no la matas y cualquiera de los Templarios descubre quién es y la naturaleza del juramento que hiciste, los caballeros perderán la fe en tu habilidad de mando. Verán un juramento roto como una debilidad imperdonable. La única razón por la que estaban de acuerdo en luchar para nuestro país es debido a ti: a veces pienso que ellos te seguirían hasta el infierno. Sabes que son fanáticos de sus creencias; para ellos, no hay ninguna justificación para romper un juramento. Ninguna.
—Entonces no les diremos quién es o lo que yo juré —dijo Madara suavemente y sabía que los hermanos apoyarían su decisión, estuvieran de acuerdo con ella o no. Los Ōtsutsuki siempre estaban junto al laird y thane de Uchiha, desde que un antiguo juramento de sangre había unido los dos clanes hacía muchísimo tiempo.
Los hermanos lo estudiaron, y después asintieron con la cabeza.
—Permanecerá entre nosotros hasta que tomes una decisión.
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Respirando profundamente del aire erizado y fresco, Madara recorría el patio mientras la mujer esperaba en sus cámaras por una misericordia que no estaba en sus manos conceder. Se esforzaba en endurecerse contra ella. Había vivido tan largo tiempo con las reglas, que casi no había oído su conciencia gritar cuando había llevado la espada a su cuello. Mientras las reglas de un guerrero habrían insistido en que honrara el juramento, algo que había creído muerto en él había minado su resolución.
Compasión. Simpatía. Y una pequeña voz insidiosa dentro de él, suave pero implacablemente, cuestionó la sagacidad de sus reglas. Había reconocido esa voz; sin duda algo que no había sufrido hacía una eternidad.
Juro matar al portador de la botella, había prometido hacía años.
Los juramentos de un guerrero eran su sangre vital, un código irrompible por el que vivía y moría. Las reglas de Madara Uchiha eran las únicas cosas que lo separaban de un descenso veloz al caos y la corrupción. ¿Cuál era la solución?
Ella debía morir.
Ella.
Por Dagda, ¿por qué debía ser una mujer? A Madara le gustaban las mujeres; había adorado a su madre y había tratado a todas las mujeres con la misma deferencia y cortesía. Sentía que las mujeres exhibían algunas de las características más buenas de la humanidad. Madara era Brude, cuya línea de sucesión real era matrilineal. Hacía años, cuando había hecho su juramento a Neji Hyūga, no había considerado ni una vez que la botella podría ser encontrada por una mujer, y Neji seguramente se divertiría con eso. Cuando él había quitado el extraño sombrero de su cabeza, el espeso cabello rosado de la joven había caído en forma de cascada casi hasta su cintura, como un otoño de cobre y destellos de rosas. Sus ojos verdes, rasgados en las comisuras, se habían ensanchado con miedo, y entonces rápidamente se habían entrecerrado con irritación cuando había dicho que era un regalo de su padre. Exigía solamente que devolviera la herencia familiar, no importaba cuán fea fuera.
Extraordinariamente alta para ser una mujer, y elástica, sus pechos eran llenos y firmes, y él había vislumbrado la presión de sus pezones contra el tejido delgado de su extraña vestimenta. Sus piernas eran generosamente largas, lo bastante para envolverlas alrededor de su cintura y permitirle cruzar los tobillos cómodamente mientras él se enterraba entre ellas. Cuando se había inclinado para recuperar su gorra, casi había alargado un brazo alrededor de su cintura para apretarla contra él y permitir que su naturaleza exigente fuera liberada. ¿Y entonces cortarle la garganta cuando su deseo estuviera saciado?
Ella. ¿Sospechaba Neji que el portador de la botella podría ser una hembra? ¿Podría haberlo visto en el futuro, con su visión de hada, y aún ahora podría estar riéndose de su dilema? Más aún, si él no hubiera usado una maldición de ligamiento en primer lugar, la vida de la mujer no estaría en ese momento en peligro. Era su torpe maldición la que la había llevado allí, y ahora se suponía que él debía matar a un alma incauta. A menos que encontrara alguna prueba de duplicidad de su parte, su muerte sería sangre inocente en sus manos, que lo perseguiría por el resto de su vida.
Madara se endureció y admitió que la mejor solución era matarla. Él cumpliría su juramento; entonces, al llegar la mañana, la vida sería de nuevo normal. Aseguraría la botella en el lugar secreto con las otras reliquias y continuaría su guerra. Volvería a su régimen ordenado y encontraría solaz sabiendo que nunca se convertiría en la abominación que temía podía llegar a ser.
La primer meta de Madara Uchiha era ver a Bruce afianzado en el trono de Escocia.
Después de la muerte del rey inglés Longshanks, su hijo Edward II había continuado la guerra de su padre y había cercenado implacablemente la herencia de Escocia. Pronto, nada de su cultura única sobreviviría. Serían britanos: débiles y obedientes, contribuyendo a la inanición y la sumisión. Su mayor esperanza contra el cruel rey de Inglaterra eran los renegados Templarios, que habían buscado santuario en el Castillo Uchiha.
Madara apagó un suspiro de frustración. La persecución de los Templarios lo afligía y enfurecía. Él había considerado unirse a la renombrada Orden de monjes-guerreros una vez, pero algunas de sus reglas realmente no habían sido de su agrado. Se había conformado en cambio con trabajar estrechamente con los caballeros religiosos, por lo que ambos, él y la Orden, protegían benditas reliquias de inmenso valor y poder. Madara respetaba la Orden en muchas causas, y conocía su historia como cualquier otro Templario.
La Orden se había fundado en 1118 cuando un grupo de nueve caballeros, predominantemente franceses, había ido a Jerusalén y había solicitado al Rey Baudouin permitirles vivir en las antiguas ruinas del Templo de Salomón. A cambio, los nueve caballeros habían ofrecido sus servicios para proteger a los peregrinos que viajaban a Tierra Santa de los ladrones y asesinos a lo largo de las carreteras públicas que llevaban a Jerusalén. En 1128, el Papa había dado su aprobación oficial a la Orden.
Los caballeros habían sido pagados generosamente por sus servicios, y la Orden había aumentado dramáticamente en número y riqueza, y se había fortalecido a través de los siglos XII y XIII. Hacia el siglo XIV, la Orden poseía más de nueve mil feudos y castillos por Europa. Independientes del control real o episcopal, las ganancias de la Orden estaban libres de impuestos y contribuciones. La Orden cultivaba muchas propiedades, produciendo réditos que habían servido como base para el sistema de financiación más grande de Europa. En los siglos XIII y XIV, la Orden Parisiense de Templarios funcionaba virtualmente como la Tesorería Real francesa y prestaba grandes sumas a la realeza europea y a nobles particulares. Sin embargo, a medida que la riqueza de los Templarios y su poder aumentaban, despertaron la sospecha y los celos entre algunos miembros de la nobleza.
Madara no se había sorprendido cuando el éxito de la Orden se había vuelto la misma razón de su caída. Él lo había anticipado, aunque no había podido prevenirlos; la política del Papa y el rey era demasiado poderosa incluso para un hombre de sus influencias.
Recordaba bien cómo, casi doce años atrás, las riquezas de los Templarios habían incitado la atención mortal del rey francés, Philippe the Fair, que estaba desesperado por llenar sus cofres. En 1305, Philippe difamó a la Orden y convenció al Papa Clemente V de que los Templarios no eran santos defensores de la fe católica, sino que buscaban destruirla.
Philippe hizo una exhaustiva campaña contra los caballeros, y acusó a los Templarios de actos odiosos de herejía y sacrilegio. En 1307, el Papa dio la orden que había estado esperando el rey: el derecho para arrestar a todos los Templarios en Francia, confiscar sus propiedades, y dirigir una inquisición. Tal infame, sangriento, y retorcido juicio a los Templarios había empezado.
Madara se pasó una mano a través del pelo y frunció el ceño. Se había arrestado a los caballeros, se los había encarcelado y se habían valido de la tortura para que confesaran los pecados que Philippe había escogido. Más aún habían sido quemados en la hoguera. En el juicio, no se les había permitido a los caballeros ningún abogado defensor; no les habían permitido siquiera saber los nombres de sus acusadores y se había dado testimonio contra ellos. El llamado "juicio" había sido una caza de brujas, tortuosamente orquestada para despojar a los Templarios de sus fabulosas riquezas.
Agregando un insulto a tales injurias, el Papa había emitido un edicto papal que había suprimido la Orden y negaba su reconocimiento. Los pocos caballeros que habían intentado escapar del encarcelamiento o la muerte se habían vuelto proscritos, sin país ni hogar.
Cuando Madara había comprendido que la caída de los caballeros era inevitable, se había apresurado a encontrarse con Robert Bruce y, con la aprobación de éste, había enviado su palabra a la Orden de que se les daría la bienvenida a Escocia. Robert les había ofrecido protección, y a cambio, los poderosos monjes-guerreros habían vuelto sus habilidades combativas contra Inglaterra.
Los Templarios eran guerreros formidables, entrenados en armamento y estrategia, y eran esenciales en la causa de Escocia. Durante los últimos años, Madara había estado introduciéndolos furtivamente en las tropas de Bruce como comandantes, con el consentimiento de éste. Ya los escoceses guerreaban mejor y llevaban a cabo estrategias más hábiles, ganando batallas menores.
Madara sabía que si vacilaba en ese momento, si empezaba a romper juramentos o hacía algo que arriesgara la lealtad de los Templarios, habría desperdiciado los últimos diez años de su vida, junto con su amor por su tierra natal también.
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Sakura no tenía ninguna idea de cuánto tiempo había pasado desde que se había sentado en el suelo. Pero había sido el suficiente para comprender que el tiempo no pasaba de semejante manera en los sueños. Si uno se sentaba en un sueño y no hacía nada, el sueño acababa o continuaba con alguna nueva e increíble aventura coloreada por las sombras del absurdo. Absurdo como las proporciones del cuerpo de ese hombre, pensó irritada.
Levantándose del suelo con sus manos, hizo una pausa al agacharse y observó las piedras anchas y llanas bajo sus palmas. Frescas. Duras. Secas, con el desprendimiento de polvo normal de las piedras. Completamente tangible. Demasiado.
Erguida sobre sus pies, empezó a examinar lo que la rodeaba.
La cámara era grande, iluminada por grasosas y gordas velas. En las paredes, formadas de macizos bloques de piedra, colgaban tapices puestos al azar. Una cama grande ocupaba el centro del cuarto, y varios cofres estaban esparcidos, con telas pulcramente plegadas amontonadas encima de ellos. El cuarto era espartano, ordenado. El hogar era la única concesión a la atmósfera; no había ni un solo toque femenino en él. Haciendo una pausa junto a la bañera, metió la mano en el agua; tibia. Otra sensación demasiado tangible para negarla.
Se acercó al hogar y retrocedió ante la inconfundible sensación de calor. Estudió las llamas un momento y se maravilló de que el resto del cuarto fuera tan frío cuando el hogar despedía semejantes llamas. Como si el fuego fuera la única fuente de calor, pensó. Golpeada por esa noción, paseó por el perímetro del cuarto rápidamente. Su sospecha fue inmediatamente confirmada: no había una sola estufa en la cámara entera. Ningún radiador en las esquinas juntando polvo. Ningún pequeño metal sobresaliendo en los suelos. Ninguna cañería o, ya que estaba en esa línea, una sola toma de corriente eléctrica. Ningún teléfono. Ningún armario. La puerta estaba hecha de lo que parecía roble sólido; ninguna chapa.
Hizo una respiración profunda, tranquilizándose, y se aseguró que debía de haber pasado por alto algo, por lo menos en términos de calefacción. Rodeando el cuarto una segunda vez, inspeccionó cada rincón y grieta arrastrando su mano a lo largo de las paredes; otra manera de comprobar la solidez de su prisión. Las yemas de sus dedos acariciaron un tapiz espeso que encontró bajo ellos y parecía más frío que las piedras. El tejido áspero se estremeció bajo su palma como si el viento lo estuviera moviendo del otro lado. Atraída por ese enigma, lo corrió hacia un lado.
Perdió la respiración ante un súbito golpe de aire. La vista de la ventana la sacudió tan intensamente como un martillazo inesperado en el estómago.
Ella miró fijamente hacia afuera, hacia una noche neblinosa de la antigua historia.
Sakura, a cincuenta pies de altura, se hallaba en un castillo de piedra sobre un promontorio, en una isla rodeada por un mar de trueno. Las olas se lanzaban sobre los riscos rocosos, rompiéndose en espuma y envolviéndose con la neblina que se arremolinaba sobre la superficie negra del océano. En un camino empedrado con guijarros, hombres que llevan antorchas se movían silenciosamente entre el castillo y las dependencias pequeñas. El lamento distante de un lobo competía con los sonidos débiles de las gaitas. El cielo nocturno era de un purpúreo negriazul, teñido donde se encontraba con el agua y bailando con miles de estrellas y la guadaña delgada de la luna. Nunca había visto tantas constelaciones en Cincinnati; el humo y el halo de smog de la ciudad brillantemente iluminada oscurecían tal belleza. La vista desde la ventana era impresionantemente severa, majestuosa. Un viento amargo aullaba sobre el mar y el promontorio, ondeando el tapiz en su mano.
Ella lo dejó caer como si la hubiera quemado y éste cayó sobre la ventana, sellando benditamente la inexplicable vista del exterior. Desgraciadamente, cuando sus ojos enfocaron el tapiz, descubrió un nuevo horror. Estaba brillantemente tejido y también extraordinariamente detallado: un guerrero que montaba un caballo en la batalla mientras un ejército de hombres vestidos con telas escocesas ensangrentadas lo seguía. Al fondo del tapiz, bordado en rojo, había cuatro números que le robaron el buen juicio: 1314.
Sakura anduvo hasta la cama y se hundió blandamente en ella, su energía vital agotada por los sustos sucesivos. Miró la cama fija e inexpresivamente por un momento; entonces su mano se movió y golpeó frenéticamente el colchón al comprobar otra parte de su ambiente. No hay un solo resorte aquí, Sakura. Llevada por una sensación creciente de pánico, tiró de las mantas apretadamente envueltas y se distrajo momentáneamente por la fragancia aferrada al lino. Tenían su olor: especies picantes, peligro... y hombre.
Ignorando el deseo de enterrar su nariz en las sábanas, arrastró el colchón, que era poco más que unas delgadas placas acomodadas entre sí y hechas en un tejido cerdoso. Una plancha de cerdas secas como de cepillo... el siguiente parecía lleno de un material lanudo aterronado, y tenía la impresión de que encima había suaves plumas. Durante los siguientes veinte minutos, Sakura escrutó la habitación, sintiendo aumentar su desesperación. Las piedras se sentían frescas, el fuego se sentía caliente. El líquido en la taza cerca de la cama tenía un gusto horrible. Oía las gaitas. Cada sentido que poseía estaba alertado por esas pruebas. Distraídamente, alzó la mano para masajearse la nuca, y cuando lo hizo, una única gota de roja sangre brilló en su piel.
Comprendió con certeza súbita que nunca debía de haber tocado esa botella. Aunque desafiaba cualquier explicación racional, no estaba en Cincinnati ni en el siglo XXI. Sintió que su última esperanza de estar soñando pendía de un tenue hilo. Conocía bien los sueños. Pero eso era demasiado real para ser un sueño, detallado más allá de lo que la habilidad de su mente podía lograr.
Dame la botella, había exigido él.
¿Ve usted esto? ¿Esto es parte del sueño? Ella había estado sorprendida.
Pero ahora, reflexionando en ello, comprendió que él la había visto porque no era parte de un sueño. Era parte de la realidad, su realidad, una realidad que ella compartía ahora. Que esa era la botella que ella simplemente había tocado, antes de que hubiera empezado a sentirse como si cayera, y la misma botella que él había exigido, parecía ser una conexión demasiado lógica para existir dentro de un sueño. ¿La había llevado la botella de algún modo hacia un hombre que tenía derechos de propiedad directos o indirectos sobre ella? ¿Y estaba ella de verdad, en ese caso, en el siglo XIV?
Con horror creciente, vio otros signos aterradores: su extraña manera de vestir, la mirada hacia su ropa, como si nunca hubiera visto algo así antes, la tina de madera primitiva situada ante el fuego, el idioma extraño en que él había hablado, el tapiz en la pared. Todo indicaba lo imposible.
Desesperada, echó una mirada alrededor del cuarto, revisándolo desde una perspectiva diferente. Comprendió que su empleo en el museo la había llevado creer que parecía una cámara medieval.
Y todas las rarezas tuvieron su perfecto sentido.
La lógica insistía en que estaba en un castillo medieval de piedra, y según el tapiz colgado de la pared, en algún punto del siglo XIV, a pesar de lo improbable que fuera.
Sakura contuvo la respiración en un esfuerzo frenético por tranquilizarse. No podía estar en alguna otra parte del tiempo, porque si ésta fuera Escocia medieval, Tsunade estaría sola, unos setecientos años en el futuro. Su madre la necesitaba desesperadamente y no tenía a nadie más en quién confiar. Eso era inaceptable. Cuando se trataba de un sueño extraño, lo había relegado como un problema menor, pero ahora era verdad. Un sueño habría sido fácil manejar; en el futuro ella habría despertado, sin importar las cosas horribles que hubieran sucedido mientras dormía. Si ella realmente estuviera en el pasado, como insistían todos sus sentidos, tenía que volver casa.
¿Pero cómo?
¿Debería tocar la botella de nuevo? Mientras ponderaba esa posibilidad, oyó pasos en el corredor, fuera de la habitación. Fue rápidamente hacia la puerta, debatiéndose sobre si debía esconderse detrás, pero en cambio presionó su oreja contra ella. Sería inteligente descubrir todo lo que pudiera sobre su ambiente.
—¿Piensas que lo hará? —una voz hizo eco en el vestíbulo.
Hubo un silencio largo; después un suspiro tan ruidoso que atravesó la gruesa madera.
—Eso creo. Él no toma sus juramentos a la ligera y sabe que la mujer debe morir. Nada debe interferir en nuestra causa, Shisui. Dunnottar debe sostenerse, el bastardo de Edward debe ser derrotado, y deben honrarse los juramentos sagrados. Él la matará.
Cuando los pasos se alejaron por el corredor, Sakura se apoyó blandamente contra la puerta. No había ninguna duda en su mente sobre a qué mujer se referían.
¿Dunnottar? ¿Edward? ¡Santo Dios! ¡Ella no había viajado simplemente a través del tiempo; había caído de lleno en la continuación de Braveheart!
