CAPÍTULO 4

Era tarde en la noche cuando Madara abrió la puerta de la recámara quedamente, apenas unas pulgadas. Asomándose a través de la estrecha abertura, vio que el cuarto estaba a oscuras. Sólo una débil línea de luz de luna caía desde detrás del tapiz. Ella debe estar durmiendo, decidió, lo que le daría la ventaja de la sorpresa. Podría terminar con eso rápidamente.

Abrió la puerta, caminó a través del cuarto con veloz serenidad, y rápidamente perdió el equilibrio. Cuando cayó al suelo de su recámara, maldijo; el piso estaba hábilmente cubierto con afilados pedazos de algunos objetos de barro rotos. Apenas tuvo tiempo para comprender que había tropezado con un cordón, tenso y diestramente atado, cuando fue golpeado en la nuca por una vasija de barro.

—¡Por Dagda, chica! —rugió, rodando hacia un lado y sosteniéndose la cabeza—. ¿Estás intentando matarme?

—¡Por supuesto que sí! —siseó ella.

Madara no podía distinguir nada más que un movimiento borroso en la oscuridad cuando, para su asombro y dolor, ella le dio un puntapié en la parte más sensible de su cuerpo, una parte que la mayoría de las mujeres tocaba con reverencia. Cuando se dobló por el sufrimiento, sus manos rozaron más de los fragmentos dentados en el suelo, e hizo una mueca de dolor. Ella brincó por encima de su cuerpo como una gama asustada, dirigiéndose a la puerta abierta.

Aunque atontado por el dolor, él se movió rápidamente. Su mano saltó y la apresó por el tobillo.

—Deja este cuarto y estarás muerta —dijo rotundamente—. Mis hombres te matarán en el momento en que te vean.

—¿Y cuál es la diferencia? ¡También tú quieres hacerlo! —gritó la joven—. ¡Déjame marchar! —dio inútiles puntapiés a la mano atenazada alrededor de su tobillo.

Él gruñó y golpeó la puerta, cerrándola con su pie. Entonces, tirando de su tobillo, la hizo perder el equilibrio y la atrajo, haciendo que cayera encima de él. Había intentado volverla hacia él cuando cayera para impedir que se golpeara con cualquiera de los objetos de barro que ella misma tan tortuosamente había esparcido, pero la muchacha se resistió y lo golpeó, escapándose de su lado. Se sucedió un forcejeo y ella luchó con una cantidad sorprendente de valor y fuerza. Consciente de su fuerza muscular superior, él enfocó sus esfuerzos en dominarla sin herirla o permitirle que se dañara a sí misma. Si alguien iba a dañarla, ese sería él.

Lucharon en silencio, salvo sus gruñidos cuando ella lanzó un golpe particularmente doloroso y sus resuellos cuando él finalmente capturó sus manos y las sostuvo sobre su cabeza, estirándola sobre su espalda en el suelo. Su apretón casi perdió fuerza cuando su mano se cerró alrededor de una banda de metal en su muñeca. Cuando él contuvo sus brazos enérgicamente, le quitó el objeto y lo puso en su sporran para inspeccionarlo más tarde, ya que podría aportar pistas sobre su identidad. Él permitió deliberadamente que el peso total de su cuerpo le cayera encima, sabiendo que ella no podría respirar. Sométete, pidió silenciosamente cuando la muchacha se opuso a él e intentó liberarse.

—Soy más fuerte que tú, chica. Ríndete. No seas tonta.

—¿Y permitir que me mates? ¡Nunca! Oí a tus hombres —ella jadeó e intentó llevar aire a sus pulmones mientras se sentía aplastada bajo su peso.

Madara frunció el ceño. Así que por eso ella había puesto una trampa para él. Debía de haber oído por casualidad a Obito y Shisui cuando se habían retirado a sus cuartos; obviamente habrían dicho algo sobre matarla. Tendría que hablar con esos dos sobre lo que era la discreción, quizás ordenarles que hablaran en gaélico mientras estuvieran dentro de las paredes del torreón. Se distrajo momentáneamente en su concentración mientras admiraba sus recursos, y ella lo aprovechó aplastando de golpe su frente en su barbilla, y lastimándolo. Él la sacudió enérgicamente y se sorprendió cuando la mujer no solamente no se rindió, sino que intentó golpearlo con la cabeza de nuevo.

Ella no mostró ninguna señal de dejar la lucha, y él comprendió que lo seguiría golpeando hasta que se desmayara por la falta de respiración. Como la única parte de sus cuerpos que tenían libres eran sus cabezas, hizo la única cosa que pudo pensar: la besó. Sería imposible para ella cabecear con sus labios presionados contra los suyos, y él había aprendido hacía tiempo que la mejor manera de controlar una lucha era entrar en el espacio de su enemigo tan lejos como fuera posible. Usó los nervios de acero que necesitaba para controlar los seis pies y siete pulgadas de duro Uchiha en apenas un latido de corazón.

Pero mientras se felicitaba por la estrategia inventada que había empleado para impedirle que siguiera pegándole con la única parte de su cuerpo que podría mover, él reconoció su propio autoengaño. Había querido besarla desde el momento en que ella se había materializado frente a su baño: otra violación de sus cuidadosas reglas. Sabía que la intimidad física con esa mujer podría sesgar su imparcialidad. Pero su escaramuza lo había puesto en contacto con cada pulgada de su cuerpo, sus curvas se apretaban contra toda su dura longitud como si estuvieran desnudos, y con su emboscada feroz e inteligente lo había atraído aún más que con su belleza.

Él tenía el olor de ella en sus orificios nasales: miedo y mujer y furia. Lo hizo endurecer como una roca.

Madara buscó dominarla con su beso, hacerle entender su supremacía completa, pero la compresión de sus senos bajo su pecho lo incitó, y él se encontró zambullendo su lengua entre sus labios con la intención de seducir en lugar de conquistar. Se dio cuenta del momento en que sus besos dejaron de ser una manera de controlarla y se volvieron un deseo salvaje de complacer su apetito por esa mujer. Todo él necesitaba hacer a un lado su plaid, sacarle sus extraños pantalones, y empujarse dentro de ella. La tentación era exquisita.

Su respiración se agitó, sonando áspera en sus propios oídos. Había pasado demasiado tiempo desde que había estado con una mujer, y su cuerpo se sentía rígidamente confinado. Doblándose sobre sí mismo, se retiró lo suficiente como para detener la dolorosa presión de su excitación contra la cuna de sus caderas.

Cuando ella se quedó inmóvil bajo él, obtuvo lo que quería. Renuente a perderse la plenitud de su labio inferior, lo chupó antes de apartarse. La miró fijamente, tendida bajo él; sus ojos cerrados, sus onduladas pestañas contra sus mejillas.

—¿Vas a matarme ahora? —susurró la muchacha.

Madara la miró estupefacto, debatiéndose en conflictivos pensamientos que batallaban dentro de él. Durante el forcejeo, él había sacado su dirk, y ahora lo había puesto contra su garganta. Un hundimiento veloz y todo habría terminado. Conciso, misericordioso, simple. Su juramento se cumpliría, y no sería necesario nada más para sacarse a la chica de encima, silenciar su corazón para siempre y poder volver a su mundo cuidadosamente orquestado. Los ojos de la joven se ensancharon con alarma cuando sintió la fría hoja de metal contra su piel.

Él cometió el error de mirarlos fijamente. Cerró los ojos y endureció su mandíbula. Hazlo, se ordenó a sí mismo, pero sus dedos no obedecieron, tensándose alrededor del asa del cuchillo corto. ¡Hazlo!, se regañó. Perversamente, su cuerpo se endureció contra ella, y sintió una súbita ola de deseo, de dejar caer el cuchillo y besarla de nuevo.

¡Mátala ahora!, se exigió a sí mismo.

Ni uno solo de sus dedos se movió. El cuchillo parecía inútil contra su piel.

—No puedo morir ahora —susurró ella—. Ni siquiera he vivido todavía.

Los músculos de su brazo reconocieron la derrota antes de que lo hiciera su mente. Ninguna otra palabra que ella hubiera dicho podría haberlo desanimado más. Ni siquiera he vivido todavía. Una súplica elocuente para saborear lo que vida tenía para ofrecerle, y, si ella lo comprendía o no, revelaba mucho. Le decía mucho sobre ella.

Su brazo se relajó, y él quitó el cuchillo de su garganta con mucha más facilidad de lo que lo había puesto. Murmuró una maldición cuando echó una mirada por el cuarto y hundió el dirk en la puerta con un sonido satisfecho.

—No, chica, no te mataré —No esta noche, añadió silenciosamente. La interrogaría, la estudiaría, determinaría su conducta. La juzgaría: culpable o inocente. Si encontrara evidencias de algún subterfugio o de una personalidad poco profunda o ambiciosa, su cuchillo encontraría fácilmente el camino, se aseguró a sí mismo—. Necesito hacerte algunas preguntas. Si te libero, ¿te sentarás quedamente en la cama y me contestarás?

—Sí. Ya no puedo respirar —agregó ella—. De prisa.

Madara cambió el peso de su cuerpo para que no descansara totalmente sobre ella. Él le permitió recobrar su libertad lentamente, para que ella entendiera que era él quien se lo permitía. No era una libertad que hubiera ganado ni que podría esperar siempre. Él concedía sus movimientos, permitía sus acciones. Era imperativo que entendiera que su dominio sobre ella era absoluto.

La obligó a mantener un contacto íntimo a pesar de su incómodo estado de excitación, cuando ella deslizó su cuerpo de debajo del suyo. Era una muestra completamente masculina de dominación. Le dio poco espacio para que ella se arrodillara; se echó hacia atrás lentamente para forzarla a vacilar sobre sus pies y asirse a sus hombros, lo que puso sus labios apenas a un suspiro de los suyos. Él estaría encima de ella hasta que obedeciera sus órdenes.

Ella mantuvo su mirada desafiantemente apartada y se negó a mirarlo mientras se apoyaba en él para levantarse. Si hubieras encontrado mi mirada, chica, te habría empujado más lejos, pensó él, pero si ella hubiera tenido el suficiente atrevimiento para hacerlo, él habría provocado su sumisión de alguna otra manera. Se levantó junto con ella para que sus cuerpos se tocaran en muchos puntos de contacto, y no le extrañó oírla contener súbitamente la respiración cuando él se movió deliberadamente para que sus pechos acariciaran su abdomen. La condujo hacia la cama y, con un blando empujón la sentó en ella.

Entonces le dio la espalda como si ella no fuera nada, no constituyera ninguna amenaza, insignificante. Otra lección que debía aprender era que él no tenía nada que temer de ella: podía darle la espalda con impunidad. Su movimiento tenía como segunda intención la de darse tiempo para sofocar su deseo. El hombre hizo varias respiraciones profundas, echó el cerrojo a la puerta desde el interior, sacó su dirk de la madera y lo limpió en su bota. Se dedicó a afilarlo antes de volver a enfrentarla. Para entonces ya respiraba uniformemente y su plaid estaba cuidadosamente cerrado al frente. Ella no necesitaba saber que su forzoso abrazo había tenido su efecto en él.

La joven había enterrado la cara entre sus manos y su pelo rosado resbalaba como un otoño luminoso hasta sus rodillas. Madara se recordó no mirar las largas piernas que esos pantalones revelaban. Escasamente ocultas por el tejido azul pálido, un hombre podría seguir la línea delgada de sus tobillos bajo las torneadas pantorrillas y los muslos bien formados hasta la femenina y privada V entre ellos. Esos pantalones podrían seducir hasta a un Gran Maestro Templario.

—¿Quién eres? —empezó él quedamente. Utilizaría una voz afable hasta que ella demostrara algún tipo de resistencia. Entonces podría gritarle. Con cierta diversión, concedió la probabilidad de que la muchacha le gritaría a su vez.

—Mi nombre es Sakura —murmuró la joven detrás de sus palmas. Una buena respuesta, obediente y veloz.

—Sakura, yo soy Madara Uchiha. Habría deseado que nos hubiéramos encontrado bajo circunstancias diferentes, pero no lo hemos hecho, y debemos hacer lo mejor que podamos. ¿Dónde encontraste mi botella?

—En el museo donde trabajo —dijo ella monótonamente.

—¿Qué es un museo?

—Un lugar donde se exhiben tesoros y artefactos.

—¿Estaba mi botella en una exhibición? ¿Para que las personas la vieran? —preguntó él indignado. ¿No había funcionado la maldición?

—No. Sólo había sido hallada y todavía estaba en el cofre. No había sido puesta todavía en exhibición —ella no levantó su cabeza de entre sus manos.

—Ah, porque el cofre no había sido abierto. Fuiste la primera en tocarla.

—No, dos hombres la tocaron antes de que yo lo hiciera.

—¿Los viste tocar de verdad la botella? —ella permaneció callada un largo momento.

—¡Oh, mi Dios, las pinzas! —exclamó después. Levantó la cabeza y lo miró fijamente con una expresión de horror—. No. No los vi tocarlo realmente. Pero había un par de pinzas que quedaron al lado del cofre. ¡Podría apostar que Orochimaru y su compañero no tocaron el cofre o la botella en absoluto! ¿Qué fue lo que me hizo tocar la botella? Sabía que no debía haberme metido en asuntos que no fueran los míos.

—Esto es muy importante, muchacha. Debes contestarme con la verdad. ¿Sabes lo que contiene la botella?

Ella le devolvió una mirada de inocencia absoluta. O era una actriz consumada o estaba diciendo la verdad.

—No. ¿Qué?

¿Actriz o inocente? Se frotó la mandíbula mientras la estudiaba.

—¿De dónde eres, muchacha? ¿De Inglaterra?

—No. De Cincinnati.

—¿Dónde queda eso?

—En los Estados Unidos.

—Pero hablas inglés.

—Nuestros antepasados huyeron hace varios cientos de años de Inglaterra. Una vez, mis compatriotas fueron ingleses. Ahora nosotros nos llamamos americanos.

Madara lo meditó inexpresivamente. Una mirada de súbita revelación cruzó por el rostro femenino, y él se preguntó a qué se debería.

—Tonta de mí. Por supuesto, posiblemente no puedes entenderlo. Los Estados Unidos están lejos, atravesando el mar de Escocia —dijo ella—. No nos gustaba Inglaterra, por lo que puedo simpatizar contigo —dijo tranquilamente—. Probablemente nunca hayas oído de mi país, pero estoy muy lejos de él y es indispensable que regrese. Pronto.

Cuando él agitó su cabeza, negando, la mandíbula de la muchacha se contrajo, y Madara sintió una llamarada de admiración; era una luchadora hasta el final. Sospechaba que si hubiera intentado matarla, no habría habido ninguna súplica de sus labios, pero sí juramentos de venganza en el amargo final.

—Temo que no puedo enviarte de nuevo justamente ahora.

—¿Pero puedes regresarme en algún momento? ¿Sabes cómo? —ella contuvo la respiración y esperó la respuesta.

—Estoy seguro de que podremos disponerlo —dijo él evasivamente. Si ella fuera de una tierra al otro lado del mar, y si él pudiera encontrar una manera de aceptar que no debía asesinarla, podría encontrar un barco donde instalarla, si decidía soltarla. El hecho de que ella estuviera lejos podría hacer más fácil para él el liberarla, porque era dudoso que su patria tuviera algún interés en Escocia; y una vez que se hubiera ido, quizás podría obligarse a sí mismo a olvidar que había roto una regla. Fuera de la vista, fuera de su mente. Su aparición en el torreón podría ser de verdad un inmenso error. ¿Pero cómo habría llegado el cofre hasta una tierra tan lejana?

—¿Cómo obtuvo su museo mi cofre?

—Ellos envían personas para buscar raros tesoros.

—¿Quiénes son "ellos"? —preguntó él rápidamente. Tal vez ella era inocente, pero quizás los hombres que había mencionado no lo fueran.

—Mis patrones —su mirada fluctuó hacia la suya, entonces la apartó.

Él estrechó sus ojos y la estudió pensativamente. ¿Por qué había apartado ella su mirada? Parecía estar haciendo un genuino esfuerzo para comunicarse con él. Aunque no vio ningún signo sinceramente decepcionante, se dio cuenta de sus fuertes emociones; había cosas que ella no estaba diciéndole. Mientras ponderaba la dirección de sus preguntas, ella lo desconcertó al preguntarle a su vez:

—¿Así es como me enviaste a través del tiempo? ¿Es magia?

Madara soltó un suave silbido. Por Dagda, ¿de cuán lejos había venido esa muchacha?