CAPÍTULO 5

Sakura estaba sentada en la cama esperando ansiosamente su contestación. Encontraba difícil mirarlo, en parte porque la asustaba y en parte porque era condenadamente hermoso. ¿Cómo se suponía que ella pensara en él como en el enemigo cuando su cuerpo, sin consultar a su mente ni un instante, ya había decidido que le gustaba? Nunca había sentido semejante atracción visceral, instantánea. Aplastada debajo de su cuerpo, se había inundado de un frenético deseo sexual que había atribuido al temor de morir; había leído en alguna parte que eso a veces sucedía.

Se obligó a permanecer inmóvil para no traicionar el pánico que sentía ni su inaceptable fascinación hacia él. En los últimos minutos, se había transportado desde el miedo y la rabia porque su vida podría acabar tan miserablemente, hasta el asombro cuando él la había besado. Ahora ella permanecía en cauta quietud.

Comprendió que el hombre tenía un intimidante idioma corporal, asegurando que estaba completamente al mando, y a menos que pudiera tomarlo desprevenido no tenía ninguna oportunidad de escapar. Ya había desperdiciado su mejor ocasión de tomarlo con la guardia baja cuando lo había emboscado en la puerta. Él estaba muy por encima de los seis pies y medio de alto, más macizo que cualquier jugador de fútbol profesional que alguna vez hubiera visto, y no se habría sorprendido de que pesara más de trescientas libras de músculo sólido. Este hombre no podía negar algo; era un predador natural y un guerrero, y estudiaba cada movimiento y expresión. Imaginó que podría oler sus emociones. ¿No atacaban los animales cuando olfateaban el miedo?

—Ya veo que debo acercarme a esto desde un ángulo diferente, muchacha. ¿De cuándo eres tú?

Ella se obligó a mirarlo. Él se había sentado en el suelo y se apoyaba contra la puerta, sus piernas desnudas y poderosas extendidas delante de él. El mango enjoyado de su cuchillo se destacaba en su bota. Había una gota de sangre descendiendo de su sien y su labio inferior estaba hinchado. Cuando se lo limpió ausentemente con el reverso de la mano, los tendones y músculos ondearon en su antebrazo.

—Estás sangrando.

El comentario trivial salió de su boca. Y llevaba un tartán, se maravilló ella. Un plaid de verdad, tejido en rojo y negro, descansaba sobre su cuerpo y revelaba descuidadamente mucho más de lo que ocultaba.

La esquina de su labio se curvó.

—Imagínate —se mofó él—. Fui emboscado por una rencorosa banshee y ahora estoy sangrando. Me tropecé, me aplastaron la cabeza a golpes, rodé encima de objetos rotos, me dieron cabezazos, me patearon en el...

—Lo siento.

—Deberías hacerlo.

—Estabas intentando matarme —se defendió Sakura—. ¿Cómo te atreves a enfadarte conmigo cuando yo debería estar enfadada primero? Tú empezaste.

Él pasó una mano impaciente a través de su pelo.

—Sí, y ahora lo estoy terminando. Te dije que he decidido no matarte por el momento, pero quiero información de ti. Tengo cincuenta hombres fuera de esta puerta —él señaló por encima de su hombro con el dedo pulgar— que necesitarán razones para confiar en ti y permitirte vivir. Aunque soy el laird aquí, no puedo guardarte en una caja fuerte todo el tiempo si no les das razones creíbles a mis hombres de que no eres una amenaza.

—¿Por qué alguien querría matarme en primer lugar? ¿Qué he hecho?

—Yo estoy a cargo de las preguntas, muchacha.

Con deliberada calma, él cruzó los brazos sobre el pecho.

Sakura no tenía ninguna duda de que él había ensayado esa pose para marcarse un punto. Hacía que todos los músculos de sus brazos se juntaran y le recordaran cuán pequeña era ella en comparación, incluso con sus cinco pies y diez pulgadas. También aprendió otra lección: él podría ser amable, incluso demostrar sentido del humor, pero siempre era mortífero, siempre estaba al mando.

—Claro —dijo ella secamente—, pero podría ayudar que yo entendiera por qué me consideras una amenaza, para empezar.

—Por lo que está en la botella.

—¿Qué hay en ella? —preguntó; entonces se reprendió por su incesante curiosidad. Su descarriada curiosidad la había metido en esa situación.

—Si no lo sabes, tu inocencia te protegerá. No me preguntes de nuevo.

Sakura contuvo un suspiro nervioso.

—¿De cuándo eres tú? —preguntó el hombre suavemente, volviendo a su pregunta inicial.

—Del siglo XXI.

Él pestañeó y sacudió la cabeza.

—¿Esperas que crea que eres de un tiempo setecientos años en el futuro?

—¿Esperas que yo crea que estoy en el siglo XIV? —replicó ella, incapaz de ocultar una nota de terquedad en su voz. ¿Por qué esperaría él que esa locura fuera más fácil de comprender para ella?

Una rápida sonrisa se encendió en la cara del hombre, y ella respiró más fácilmente, pero entonces la sonrisa desapareció y él de nuevo se convirtió en el remoto salvaje de antes.

—Esta conversación no es sobre ti, muchacha, lo que piensas o lo que crees. Es sobre mí, y si puedo encontrar una razón para confiar en ti y permitirte vivir. Tu llegada del futuro y tus sentimientos sobre estar aquí no me dicen nada. Es irrelevante de dónde o cuándo eres tú. El hecho es que estás ahora aquí y te has vuelto mi problema. Y no me gustan los problemas.

—Entonces envíame a casa —dijo ella con una voz pequeña—; eso debería resolver la cuestión.

La joven retrocedió cuando su intensa mirada se fijó en su cara. Sus ojos oscuros miraron a través de los suyos y por un inconmensurable espacio de tiempo, no pudo apartar la mirada.

—Si eres del futuro, ¿quién es el rey de Escocia? —preguntó él sedosamente.

Ella lanzó un suspiro cauto.

—Lo siento pero no lo sé; nunca he seguido la política —mintió. Ciertamente no iba a decirle a un guerrero que estaba luchando contra reyes y países que setecientos años después, Escocia todavía no tenía un rey reconocido. Podría no tener un título universitario, pero no era una completa estúpida.

Sus ojos se entrecerraron y ella tuvo la misteriosa sensación de que él estaba calibrando mucho más que sus expresiones faciales. Finalmente el hombre dijo:

—Acepto eso. Pocas mujeres siguen la política. ¿Pero quizás sabes su historia? —la animó suavemente.

—¿Sabes tú cosas de hace setecientos años? —Sakura se evadió e intuyó rápidamente hacia dónde se dirigía. Él querría saber quién ganó qué batalla y quién luchó dónde, y lo siguiente que comprendió era que todo se enredaría y modificaría el futuro. Si realmente estaba en el pasado, no iba a participar instigando caos mundiales.

—Muchas —dijo él arrogantemente.

—Bien, yo no. Soy simplemente una mujer —respondió ella con tanta candidez como pudo.

Él lo consideró, y la esquina de su labio se alzó en una semisonrisa.

—Ah, muchacha, decididamente, tú no eres "simplemente" una mujer. Sospecho que sería un inmenso error juzgarte tan superfluamente. ¿Tienes un clan?

—¿Qué?

—¿A qué clan perteneces? —cuando ella no contestó, él dijo—. ¿Tienen clanes en Cincinnati?

—No —dijo Sakura sucintamente. Él no tenía que preocuparse porque alguien intentara rescatarla; apenas tenía familia. El suyo era un clan de dos, y uno estaba muriendo.

Él hizo un gesto impaciente con sus manos.

—El nombre de tu clan, muchacha. Eso es todos que pregunto. ¿Sakura que más?

—¡Oh, quieres saber mi apellido! Iwa. Sakura Iwa.

Sus ojos se ensancharon con incredulidad.

—¿Como piedra? ¿O canto rodado? —ninguna semisonrisa esta vez: una mueca completa encorvó sus labios, y el impacto fue devastador.

Sus dedos ardían por tocarlo. Es el enemigo, se recordó.

—¡No! Como Sharon Stone. La famosa actriz —agregó ella ante su mirada desconcertada.

Sus ojos se entrecerraron.

—¿Desciendes de una línea de actrices? —demandó él.

¿Qué demonios habría dicho de equivocado?

—No —suspiró—. Era un intento de chiste, pero no es cómico porque no sabes qué quise decir. Mi apellido es Iwa, aunque...

—¿Cuán tonto piensas que soy? —él hizo eco de las palabras exactas que ella le había dicho hacía sólo unas horas sobre su nombre—. ¿Sakura Rock? Eso no es posible. Apenas podría presentarte a mis hombres, si es que lo decido, como Sakura Iwa. Lo mismo podría decirles que eres Sakura Mud o Sakura Straw. ¿Por qué tomarían tus ancestros el nombre de una piedra?

—Es un nombre absolutamente respetable —dijo ella rígidamente—. Siempre lo he pensado como un nombre fuerte, como yo: capaz de resistir las calamidades, enérgico y diestro. Las piedras tienen una cierta majestad y misterio. Tú debes saberlo, siendo de Escocia. ¿No son tus piedras sagradas?

Él ponderó sus palabras un momento y asintió con la cabeza.

—Es cierto. No lo había considerado de esa manera, pero sí, nuestras piedras son hermosas y valorizan los monumentos de nuestra herencia. Así que es Sakura Iwa. ¿Dijo tu museo dónde encontraron mi cofre? —él reasumió su inquisición fríamente.

Sakura reflexionó e intentó recordar la discusión que había oído por casualidad cuando se había escondido bajo el escritorio de Orochimaru.

—Enterrado bajo algunas piedras cerca de una ribera en Escocia.

—Ah, empieza a tener sentido —murmuró él—. No se me ocurrió al maldecirlo que si mi cofre no fuera descubierto durante siglos, la persona que lo tocara tendría que viajar a través del tiempo y el espacio —él agitó su cabeza—. Tengo poca paciencia para este asunto de las maldiciones.

—También parece que tienes pocas aptitudes para él —las palabras salieron de su boca antes de que ella pudiera detenerlas.

—Funcionó, ¿o no? —replicó él rígidamente.

Cállate, Sakura, se advirtió a sí misma, pero su lengua no le prestó atención.

—Bueno, sí, pero no puedes juzgar algo simplemente por su resultado. El fin no necesariamente justifica los medios.

Él sonrió débilmente.

—Mi madre solía decir eso.

Madre.

Sakura cerró los ojos. Dios, cómo deseaba mantenerlos cerrados y quizá haría que todo se desvaneciera. No importaba cuán fascinante, cuán magnífico era él, tenía que salir de allí. Mientras hablaban, en alguna parte en el futuro, la enfermera nocturna estaba siendo relevada por la enfermera de día, y su madre la estaría esperando desde hacía horas en casa. ¿Quién verificaría que sus medicinas eran correctamente suministradas por las enfermeras, que fuera la dosis correcta? ¿Quién sostendría su mano mientras dormía para que, si se marchaba, no muriera sola? ¿Quién cocinaría sus comidas favoritas para tentar su apetito?

—Maldíceme de nuevo —rogó ella.

Él consideró la intensidad con que había hablado y ella tuvo de nuevo la sensación de ser examinada en un nivel aún más profundo. Su mirada tenía una presión casi tangible. Después de un largo silencio, él dijo:

—Muchacha, no puedo enviarte de regreso. No sé cómo hacerlo.

—¿Quiere decir que tú... que no sabes cómo? —exclamó ella—. ¿No tendría que tocar la botella?

Él sacudió su cabeza en un gesto cortante de negación.

—Ese no es el poder de la botella. Viajaste a través del tiempo porque era una parte incidental de la maldición. No sé enviarte de regreso a casa. Cuando dijiste que eras del otro lado del mar, pensé que podría ponerte en un barco y navegar hasta casa, pero tu casa está a setecientos años.

—¡Maldice algo más para enviarme de regreso! —sollozó ella.

—Chica, no funciona así. Las maldiciones son unas pequeñas criaturas taimadas y nadie puede dominar el tiempo.

—¿Entonces qué vas a hacer conmigo? —preguntó ella débilmente.

Él se levantó, su cara desprovista de expresión, y fue una vez más el señor guerrero, helado y remoto.

—Te lo diré cuando lo decida, muchacha.

Ella dejó caer su cabeza entre sus manos y no necesitó mirar para saber que él había dejado el cuarto y estaba encerrándola de nuevo con llave. La ofendió que tuviera tanto control sobre ella, y sintió una necesidad aplastante de tener la última palabra, aunque fuera un impulso infantil. Decidió que haciendo pequeñas demandas desde el principio podría fortalecer su posición.

—Bien, ¿vas a matarme de hambre? —gritó a la puerta cerrada. También había aprendido hacía años que mostrarse desafiante impedía que las lágrimas cayeran. A veces el enojo era la única defensa que uno tenía.

Ella no estaba segura si había oído el retumbar de una risa o si lo había imaginado