CAPÍTULO 7
Madara golpeó el muslo de Shisui con la punta de su espada.
—Presta atención, Ōtsutsuki —gruñó—. La distracción puede matar a un hombre en una batalla.
Shisui agitó la cabeza y frunció el entrecejo al alejarse unos cinco pasos y enfrentarse a Madara.
—Lo siento, pero creí ver a un niño lanzar un cubo detrás del torreón.
—Lo más probable es que sea esa sirvienta joven, Floria, que está tendiendo la ropa —dijo Madara—. Sabes que no se permite ningún niño en Dunnottar.
—Si es así, es una pequeña muchacha sanguinaria —Shisui elevó su espada con un suave golpecito de su musculoso antebrazo—. Y aunque Obito y tú piensan que me gustan todas, no me gusta esa joven.
Sus espadas se encontraron en un ruido de acero que envió una lluvia de chispas en la niebla matutina que cubría Dunnottar. Apenas visible más allá de las oscuras nubes húmedas, el sol brilló débilmente sobre el horizonte del océano, y la niebla que había nacido con la marea nocturna empezó a evaporarse despacio.
—Vamos, Ōtsutsuki, lucha —lo estimuló Madara. Shisui había entrenado con Madara desde la juventud y era uno de los pocos hombres que podían sostenerse en una batalla contra él durante un tiempo corto, por lo menos; hasta que la fuerza superior de Madara y su paciencia se terminaran.
Parada y empujón, ficción y giro. Los dos realizaron el baile de los antiguos guerreros alrededor del patio, hasta que de repente Shisui penetró la posición de protección de Madara, la punta de su hoja descansando en la garganta del laird.
El círculo de caballeros retrocedió colectivamente cuando Madara se quedó inmóvil, su mirada fija no en la espada de Shisui sino en lo alto de la cara oriental del torreón.
—Va a causar una desgracia. La chica no tiene ni pizca de sentido común, lo juro —dijo Madara. Soltó una retahíla de maldiciones que causaron que Shisui también levantara la mirada.
Todos los ojos se volvieron al este, donde una mujer delgada se aferraba a la pared de piedra, cincuenta pies sobre la tierra. Las sábanas de lino anudadas se batieron en la brisa y la hicieron balancear en el aire a unos cincuenta pies de altura. Era obvio lo que ella estaba haciendo, tratando de dejarse caer hacia la ventana doce pies abajo de la suya, preparándose para entrar en ella.
—¿Por qué no usa la puerta simplemente, milord? —preguntó uno de los Templarios.
—La cerré con llave —murmuró Madara.
Shisui bajó su espada y maldijo.
—Debí haber sabido que no te vencí justamente.
—¿Quién es ella? —preguntó otro caballero—. ¿Y por qué está vestida de esa manera? Es como si no llevara nada encima. Puedes ver las curvas separadas de su... er...
—Sí, ¿quién es ella, milord? —una media docena de caballeros se hicieron eco.
Los ojos de Madara nunca se desviaron de la figura delgada que descendía por la pared sin el menor grado de sutileza. Vestida con esos pantalones extraños, uno podría ver cada pulgada de su derrière bien formado, tanto como sus piernas largas estiradas para encontrar un lugar donde apoyar los pies. Él había estado conteniendo la respiración desde el momento en que el parpadeo del lino había atrapado su mirada. Ahora lo expelió en un suspiro borrascoso.
—No se suponía que fuera a revelarlo —mintió rápidamente y se encontró con la mirada de Shisui en una advertencia silenciosa. Se espantó momentáneamente de la facilidad con que la mentira había saltado a sus labios. ¿Ves?, se riñó, rompes una regla y todas las demás se van al infierno—. Ella es prima de Bruce y me han confiado su custodia. Debemos protegerla como lo haríamos con el propio Robert. Al parecer ella desea muy poco estar segura. Supongo que podríamos ayudarla en su salida del torreón.
Con esas palabras, él metió la espada en su vaina y se acercó rápidamente a las ruinas.
En la puerta, Madara lanzó por encima de su hombro a Shisui otra mirada de advertencia que amenazó con graves repercusiones si no apoyaba su historia y protegía a la chica. La mirada en la cara de Shisui lo hizo sentir como si midiera dos pulgadas de alto. Su fiel amigo y consejero lo estaba mirando con asombro, como si un extraño hubiera tomado el cuerpo del laird de Uchiha. Shisui agitó su cabeza y su expresión dijo claramente, ¿Qué demonios estás haciendo? ¿Has perdido el juicio?
Cuando Madara entró en la torre y subió los escalones de a dos en un momento, decidió que muy posiblemente así era.
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Sakura impulsó los pies y suavemente se giró en la ventana, exhalando un suspiro de alivio. Ella había tomado clases extracurriculares de escalada, o rappelling, con el estímulo de su padre en la escuela primaria y secundaria. Aunque esta escalada no había parecido demasiado difícil, había sentido miedo al balancearse en el aire, justamente sobre el patio, orando porque los nudos la sostuvieran. Había esperado que la niebla tardara mucho más tiempo en evaporarse, y cuando el sol había empezado a despejar las nieblas espesas se había dado prisa, consciente de que los luchadores de abajo tendrían una vista clara en cualquier momento si observaban con atención.
Pero Sakura contaba con el hecho de que las personas raramente observaban de verdad; la inmensa mayoría mantenía la mirada fija en el suelo o en algún punto inexistente en el mar de personas que se movían en las aceras de la ciudad. Sólo Sakura y algunos vagabundos examinaban el cielo y miraban las nubes abrirse y despejarse. Soñadora, le había dicho su padre. Sólo los soñadores miran el cielo. Eres una romántica, Sakura. ¿Estás esperando por un caballo alado que atraviese las nubes llevando a tu príncipe encantado en la espalda?
Después de que Eirren había salido, había esperado en su cuarto la llegada de Madara Uchiha, pero cuando él no había aparecido su inquietud había ido en aumento. Necesitaba encontrar la botella, y con el cerrojo echado en la puerta no tenía muchas opciones. Se había asomado fuera de la ventana y había descubierto otra a unos doce pies debajo de ella, y decidió echar un rápido vistazo mientras fuera posible.
¿Y si él la descubriera? No importaba. El señor del castillo debía saber que ella no era el tipo de mujer que se sentaría a esperar sus decisiones y se sometería a su control. Había considerado su situación completamente, y sí, parecía que estaba de verdad en el siglo XIV. Y sí, tenía una madre que estaba agonizando en el siglo XXI. Tal vez no pudiera escapar del castillo, pero necesitaba afirmarse como una mujer inocente a la que se le debía un mínimo de respeto, y a quien Madara debía ayudar a retornar a su tiempo. No hacer nada simplemente no era una opción. La única manera en que vencía las dificultades de su vida era encontrárselas de frente, los ojos abiertos, la mente trabajando para lograr una solución.
Empujó el tapiz a un lado y brincó hacia el alféizar. Sus botas se pegaron al suelo con un golpe suave justo cuando él estalló a través de la puerta.
—¡Qué cosa idiota, obtusa y tonta has hecho!
—No es tonta —espetó ella, albergando un odio especial por esa palabra—. Era una perfectamente calculada y sólida idea. Ni siquiera he empezado. Si no me hubieras encerrado con llave, no me habrías obligado a hacerlo.
Él cruzó el cuarto rápidamente y la agarró.
—¿Comprendes que podrías haber caído? —rugió.
Ella se irguió todo lo que podía, su espalda perfectamente recta.
—Por supuesto que sí. Es por eso que anudé las sábanas de lino. Por todos los cielos, eran sólo una docena de pies.
—Y el viento podría haberte empujado en cualquier momento. Mientras que puede ser sólo una docena de pies de ventana a ventana, es una caída de cincuenta pies hasta la tierra. Ni siquiera mis hombres harían algo tan tonto.
—No es tonto —repitió ella rígidamente—. Era un inteligente ejercicio de mis habilidades. En donde yo vengo lo había hecho antes, y además, no tenía ninguna manera de saber si planeabas alimentarme hoy o hablar conmigo o escuchar el hecho de que necesito volver a casa desesperadamente. Y ya que hablamos del asunto de la idiotez, ¿estar arremetiendo unos contra otros con espadas afiladas es menos tonto? Vi lo que hacías allí abajo.
—Nosotros entrenamos —dijo él, y bajó su voz con obvio esfuerzo—. Nos preparamos para la guerra.
Si el hombre apretara sus dientes un poco más, su mandíbula iba a romperse, decidió ella.
—Y la guerra es una ventura particularmente inteligente, ¿verdad? Yo simplemente estoy luchando por mis derechos y estoy intentando volver a casa. Tengo una vida, ¿sabes? Tengo responsabilidades en casa.
Él abrió la boca, entonces la cerró y lo consideró por un momento.
—¿Cuáles exactamente son esas responsabilidades? —preguntó al final, muy suavemente.
El muy suavemente de ese hombre la ponía nerviosa, como lo hacían sus manos en su cintura, como lo hacía su cara tan cerca que su respiración abanicaba su rostro cuando ella lo miraba fijamente. Se sentía atontada de repente. Condenado hombre por tener semejante impacto. Ella no iba a estrellar su corazón contra ese guerrero de piedra.
Respiró profundamente y se ordenó tranquilizarse.
—Sé que ésta no es la mejor situación para ti, pero no lo es para mí tampoco. ¿Cómo te sentirías si te arrebataran de repente de tu tiempo, te arrojaran en alguna otra parte y te mantuvieran cautivo? ¿No harías tú todo lo que estuviera en tu poder para volver a tu mundo? ¿Volver a tu patria y ganar tu batalla por la libertad?
Su mandíbula se relajó cuando él ponderó sus palabras.
—Te comportas como un guerrero —dijo él de mala gana—. Sí, haría todo lo que estuviera en mi poder para volver.
—Entonces no puedes culparme por haberlo intentado. O por estar aquí, o por complicar tu vida. Yo soy a quien desarreglaron la vida. Por lo menos tú todavía sabes de dónde eres. Todavía tienes a tus amigos y tu familia. Todavía tienes seguridad. Todo lo que yo sé es que debo volver casa.
Él estuvo callado por lo que pareció un tiempo interminable mirándola a los ojos. Ella podía sentir la tensión que emanaba de su cuerpo mientras la estudiaba, y comprendió que ese guerrero del sigo XIV estaba esforzándose tan duro como ella para deducir qué hacer luego.
—Me asustaste, muchacha. Pensé que ibas a caerte. No subas de nuevo mis paredes, ¿eh? Encontraré una manera de darte un poco de libertad dentro del torreón. Confío en que no estabas intentando escapar de aquí; eres evidentemente lo bastante inteligente para ver que no tienes ningún lugar donde ir. Pero no subas por mis paredes —repitió. Entonces frotó su mandíbula y pareció repentinamente cansado—. No soy capaz de enviarte de nuevo a casa, muchacha, anoche te dije la verdad sobre eso. Hay algo más que también deberías saber. La conversación que oíste por casualidad antes de que me atacaras anoche era correcta: juré matar a quienquiera llegara con mi botella.
Sakura tragó, su boca repentinamente seca. Él había ido a matarla la noche anterior. ¿Se habría deslizado furtivamente en la habitación y le habría cortado la garganta si ella no hubiera estado despierta y lo hubiera emboscado primero?
Él miraba directamente sus ojos.
—Pero he tomado la decisión de abstenerme temporalmente de cumplir mi juramento. Ésa no es una cosa fácil de hacer para un guerrero. Nuestros juramentos son sagrados.
—Oh, qué cortés eres —dijo ella secamente—. Así que no planeas matarme hoy, pero simplemente podrías decidir hacerlo mañana. ¿Se supone que encontraré eso tranquilizante?
—Hay razones válidas por las que hice mi juramento. Y sí, debes agradecer que esté permitiéndote vivir por ahora.
Ella tomaría lo que pudiera conseguir. No era tampoco que tuviera mucho con qué negociar.
—¿Qué posible amenaza podría ser para ti? ¿Por qué harías un juramento de matar a una persona que ni siquiera conoces? —pero mientras preguntaba, supo la respuesta a su pregunta: que cualquiera fuera la cosa que estaba en el frasco, era inmensamente valiosa. Quizás era una herramienta para viajar a través de tiempo; eso explicaría ciertamente por qué las personas lanzaban maldiciones sobre él y mataban por él. ¿No se lo había quitado a ella desde el momento en que había llegado?
—Mis razones no te conciernen.
—Pienso que me involucran, cuando tus razones determinan si vivo o muero —ella suponía que los juramentos eran sagrados para los caballeros como él. Madara no tenía nada que perder matándola. Ella era una mujer perdida en el tiempo; nadie la extrañaría. Mantenerla viva creaba una obligación para él, ¿y qué le impediría cambiar de idea de repente y honrar su juramento? Ella no podría resistir vivir día tras día preguntándose que si ése era el día en que la mataría. Necesitaba comprender cómo pensaba ese guerrero, para que pudiera planear a una defensa—. ¿Por qué decidiste romper tu juramento?
—Temporalmente —corrigió él rígidamente—. No rompí el juramento, simplemente no lo he cumplido. Todavía.
—Temporalmente —concedió ella. Un asesino cruel no se habría molestado en tener esa conversación con ella, lo que quería decir que él tenía reservas sobre matarla. Una vez ella supiera cuáles eran, los aprovecharía en su ventaja—. Aún así, ¿por qué? ¿Es porque soy una mujer? —si ese era el caso, resolvió, sería tan femenina como fuera posible a partir de ese momento. Destilaría vulnerabilidad, movería sus pestañas, y rezumaría impotencia mientras hacía todo lo que estuviera en su poder para robar la botella y usarla.
—Eso es lo que pensé al principio, pero no, es porque no sé si eres o no culpable de algo. No tengo ningún problema en matar a un traidor, pero aún no he segado una vida inocente y no deseo empezar ahora. Pero, Sakura, si descubro que eres culpable de algo, no importa cuán pequeña sea la trasgresión... —él no terminó, pero su punto estaba absolutamente claro.
Sakura cerró los ojos. Entonces, él pensaba observarla, estudiarla, antes de decidir si la mataría o no. Pero ella no tenía tiempo para ser estudiada y evaluada. Su madre la necesitaba ahora. El tiempo era esencial, y si no encontraba pronto una manera de regresar, podría perder a Tsunade sin poder decirle adiós, y había mucho que necesitaba todavía decir a su madre. Se había obsesionado tanto con ganar bastante dinero para pagar las cuentas, y en mantener una sonrisa alegre en su cara para sostener el espíritu de su madre, que de algún modo habían dejado de hablar. Madre e hija se habían refugiado en las bromas cautas porque la realidad era demasiado dolorosa. Pero Sakura siempre había pensado que habría tiempo, unas horas especiales, quizá una semana en la que ella dejara de ir a trabajar aunque cayera en más deudas, y estar en casa con Tsunade cuando más la necesitara, sosteniendo su mano y hablando hasta el mismo fin.
Agitó su cabeza, turbada y un poco más enfadada con lo que la vida le había deparado. ¿Cómo se atrevía su vida a empeorar? Enderezó la espalda y sus ojos se abrieron enormes.
—Debo volver a casa —insistió.
—Es imposible, muchacha. Regresarte no está en mi poder.
—¿Sabes de alguien que pueda? —apremió ella—. Debes reconocer que sería la mejor solución. Todos nuestros problemas se resolverían si simplemente me enviaras de regreso.
—No. No sé de nadie que tenga tal poder.
¿Dudó él brevemente? ¿O su necesidad desesperada de aferrarse a una esperanza la hacía ilusionar en vano?
—¿Y la botella? —dijo Sakura rápidamente—. ¿Y si yo la tocara...?
—Olvídate de la botella —gritó él, enderezándose en toda su altura—. Me pertenece a mí, y ya te he dicho que no puede devolverte a tu tiempo. La botella es de mi propiedad. Harías bien en olvidar todo pensamiento sobre ella y nunca volver a mencionármelo.
—Me niego a creer que no haya ninguna manera de volver.
—Pero ése es el primer hecho que debes aceptar. Hasta que reconozcas que no puedes volver a casa, no tendrás ninguna esperanza de sobrevivir aquí. Una de las primeras lecciones que aprende un guerrero es que rechazar las propias circunstancias sólo lo hace fracasar en reconocer el peligro real. Y te aseguro, Sakura Iwa, que hay peligro infinito en tu situación presente.
—No me asustas —dijo ella insolentemente.
Él se acercó tanto que su cuerpo acarició el suyo, pero ella se negó a retroceder ni una pulgada. Para todos los propósitos, él podría tener poder sobre ella, pero Sakura no cedería terreno; tenía el presentimiento de que ceder terreno no era algo que una persona inteligente hiciera frente a Madara Uchiha. Le devolvió su intensa mirada.
—Debes tener miedo de mí, chica. Eres una estúpida si no me temes.
—Entonces soy una estúpida. Si me sucedió una vez, puede pasar de nuevo.
—Ojalá pudiera, porque haría mi vida ciertamente más fácil. Entonces no me encontraría en este dilema. Pero no sé hacer que suceda. Cree eso, por lo menos.
Sakura se encontró estudiando su rostro de la misma manera en que él había escrutado su mirada hacía unos momentos, buscando alguna forma de calibrar si estaba diciéndole la verdad. Pero era lo bastante inteligente para reconocer que estaba en una posición defensiva y él en una ofensiva maciza e invencible. Sería sabio no empujarlo demasiado lejos.
—¿Tregua temporal? —ofreció ella por fin, no confiando en la palabra de él, pero resolviendo encontrar la botella a la menor oportunidad y luchar contra él de cualquier manera posible.
—¿Te abstendrás de subir mis paredes?
—¿Prometes que no intentarás matarme sin decírmelo primero, para que pueda tener algo de tiempo para aceptarlo? Unos días, por lo menos —replicó la joven, posponiendo la posibilidad de la muerte de cualquier manera que pudiera.
—¿Fingirás ser prima de Bruce, como les dije a mis hombres? —dijo él gravemente.
—¿Prometerás que si hay una manera de volver casa, me permitirás irme? Viva —agregó y enfatizó la palabra.
—Di sí primero, chica —exigió él.
Sakura contuvo la respiración por un momento y lo miró. Tenía una pequeña posibilidad para pactar esa bizarra tregua con él. Si ella intentara echarse atrás ahora, sospechaba que empezarían a luchar de nuevo en unos momentos.
—Sí —ella imitó su acento.
Él la estudió, como si midiera la profundidad de la honestidad y compromiso de sus palabras.
—Entonces sí, chica. Si puede encontrarse una manera para regresarte, te ayudaré a hacerlo —la esquina de su boca se estiró bruscamente en una sonrisa extrañamente amarga—. Te llevarás al infierno mi vida y también mi integridad —agregó suavemente, más para sí mismo que para ella.
—Tregua —ella aceptó. Integridad, apuntó en su archivo mental de hechos significativos sobre Madara Uchiha. Era importante para él. Experimentó una llamarada de esperanza: las precisas características caballerescas que podrían llevarlo a cumplir su juramento incluían la integridad, honor, protección de los más débiles y el respeto; la misma caballerosidad hacia las mujeres también podría prevalecer para impedirle hacerlo. Matar a una mujer desvalida no sería ciertamente fácil para él. Supo que sellar un acuerdo no era de importancia menor para un caballero, por lo que ella extendió su mano para un apretón y no comprendió lo completamente moderno que era el gesto.
Él la miró por un momento, y le tomó la mano; entonces la apretó contra sus labios y la besó.
Sakura retiró la mano con un ceño. El calor quemaba donde sus labios habían acariciado su piel.
—Tú la ofreciste —espetó él.
—Eso no era lo que yo... oh, olvídate de eso —Sakura se debatió, entonces explicó—: Nosotros no besamos las manos en mi tiempo.
—Pero no estamos en tu tiempo. Estás ahora en mi tiempo, chica. No puedo enfatizar lo bastante cuán importante es para ti recordarlo en todo momento —su voz era baja, sus palabras medidas, como si estuviera irritado por su contestación—. Y para que no haya ningún malentendido entre nosotros, lo explicaré: si me ofreces alguna parte de tu cuerpo, chica, yo lo besaré. Eso es lo que los hombres de mi siglo hacen —su sonrisa era burlona, implicando un desafío no demasiado sutil.
Sakura escondió sus manos detrás de la espalda.
—Entiendo —dijo y bajó su mirada al suelo de una manera ilusoriamente sumisa.
Él esperó un momento, como si realmente no confiara en su aquiescencia, pero cuando ella no levantó sus ojos de nuevo, se volvió hacia la puerta.
—Bueno. Ahora necesitamos encontrarte ropa decente y enseñarte cómo ser una chica apropiada del siglo XIV. Mientras mejor te desenvuelvas, menos riesgos enfrentarás, y harás menos arriesgada tu presencia para mí.
—Yo no vaciaré las vasijas de las recámaras —dijo ella firmemente.
Él la miró como si hubiera perdido el juicio.
Madara devolvió a Sakura a sus cámaras, mandando a buscar agua caliente para que se lavara, y entonces fue en busca de vestidos para ella. Vasijas de las recámaras, había dicho. ¿Pensaba ella que eran tan bárbaros que no tenían garderobes? Sólo se usaban las vasijas para las emergencias nocturnas, principalmente para los niños y los enfermos, y en su opinión no había ninguna razón por la que alguien no pudiera guiarla y bajar al vestíbulo, a menos que estuvieran poseídos de pereza y extrema falta de disciplina.
Él resopló y enfocó su mente en la tarea que tenía entre manos. No podía salir del torreón hasta que hubiera encontrado la manera de esconder algunas de esas curvas y largas piernas bajo el vestido más feo que pudiera encontrar. Sus hombres no necesitaban distracciones. Juntó a las sirvientas y les dijo que procuraran un vestido, todo el rato pensando en lo que tenía que ver con ella.
Cuando había interrogado a Sakura la noche anterior, casi había empezado a creer que era inocente. Tenía un aire desamparado, una actitud de sinceridad. Él se había relajado un poco, incluso vislumbró un humor retorcido en su conversación. Entonces ella había admitido que era del futuro, y él había comprendido que su maldición la había llevado inadvertidamente a través de tiempo.
Aunque lo había aturdido, tenía sentido: su inglés extraño, su ropa singular, su mención de países de los que él nunca había oído hablar, todo se explicaba por venir del futuro. Ciertamente él podía entender a sus antepasados que habían huido de Inglaterra, pensó irónicamente ¿quién no querría hacerlo? No lo sorprendía que en el futuro, Inglaterra estuviera intentando todavía controlar a todos.
Se rió suavemente y pensó que ella no sabía cuán afortunada era de que la hubiera traído a él y no a algún otro señor medieval. Madara aceptaba su viaje por el tiempo, pero él era una excepción extrema. Cualquier otro laird la habría quemado por bruja. Pero entonces de nuevo, pensó secamente, ningún otro laird habría tenido poder para maldecir la condenada botella, para empezar.
Era debido a Neji Hyūga que él estaba familiarizado con el arte de viajar en el tiempo. Neji frecuentemente lo hacía, había hablado a menudo de otros siglos, y le había traído regalos extraordinarios a Madara en algunos de sus esfuerzos por comprar la lealtad del laird y su obediencia. Eran regalos que Madara se había negado a aceptar, pero como Neji no los quería de regreso, los había cerrado firmemente con llave en un cuarto privado fuera de sus cámaras, no confiando en sus poderes. Suponía que Neji estaba intentando tentarlo, esperando lograr hacerlo como él, aunque Madara se destruiría a sí mismo antes de permitir que una cosa así pasara.
La chica había estado llevando uno de esos regalos extraños atados sobre su muñeca, antes de que Madara se la hubiera quitado la noche anterior de su brazo en el forcejeo. Él lo había inspeccionado después; era lo que Neji había llamado un "reloj" una vez. Neji lo había encontrado persistentemente divertido y le había dicho cómo los mortales contaban sus patéticos instantes de vida. Su reloj parecía confirmar la historia.
Si él creyera su versión de los eventos, su cofre había arrastrado río abajo y había aparecido en alguna área remota. No había sido encontrado, y, con el tiempo, la naturaleza lo había enterrado. Cientos de años habían pasado antes de que se hubiera excavado, y cuando ella lo había tocado, había sido traída hasta él.
¿Era posible que en el futuro los hombres buscaran todavía las sagradas reliquias y el secreto de la botella tan ambiciosamente como lo hacían en su siglo? ¿Era posible que ella hubiera ido para descubrir los tesoros del Tuatha de Danaan y los Templarios allí? Podría haber sospechado de la mano de Neji en eso, si no fuera por dos razones: no había en las intenciones de Neji alguna razón para traerle una mujer a la que él estaba obligado a matar, y además Neji no manipulaba los eventos a menos que hubiera una cosa muy específica que deseara obtener con sus retorcidas maquinaciones. Madara no podía ver en ese enredo alguna posible cosa que Neji deseara. La botella y las santas reliquias habían pertenecido a la raza de Neji; Madara era simplemente su guardián. Neji ya había adiestrado a Madara cuanto deseaba, así que no había nada más que podría esperar cambiar —posiblemente— sobre el laird de Uchiha. No, meditó Madara, no había nada de Neji en eso. Pero la chica podría estar en complot con los "patrones" que había mencionado; bien podría venir de un futuro traicionero para buscar sus secretos.
Él tendría que observarla, estudiarla, mantenerla cerca. Se tomaría su tiempo, y tiempo era un lujo que apenas podía permitirse en el transcurso de una guerra continua. Además, reflexionó, cualquier tiempo invertido en la presencia de la chica era una lenta tortura. Aunque renuente a admitirlo, era susceptible a todo lo que a ella concernía. Estupenda, orgullosa, sensual e inteligente, la muchacha sería una enemiga formidable o una valiosa aliada. No había encontrado a una mujer como ella en siglos.
Maldíceme para volver a casa, había dicho ella. Madara resopló, recordando su súplica. La única persona que podría enviarla a casa era la persona que la mataría al instante si supiera que estaba allí: Neji. Él no podría llamar justamente a Neji y pedirle que enviara a casa a la mujer, ni podía arriesgarse a encontrárselo al recabar pistas acerca de si él estaba de algún modo envuelto. El duende más negro era de lejos demasiado diestro para ser sondeado, incluso por Madara.
El laird estaba actuando contra todo por lo que había vivido, todas sus reglas cuidadosamente diseñadas para mantenerlo humano; estaba quebrando un juramento, defendiendo a una persona que podría ser una espía y mintiendo a sus hombres. Estaba tomando un gran riesgo permitiéndole vivir, y si estuviera equivocado...
Suspirando, terminó de dar órdenes y se dirigió hacia la cocina para preparar a sus hombres para la presentación de Sakura MacRobertson, prima de Robert the Bruce.
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Neji Hyūga no se molestó en materializarse. Permanecía invisible: como un rastro de aire bochornoso ligeramente oliendo a jazmín y sándalo, seguía los pasos de Madara, consumido por la curiosidad. Ese parangón perfecto de hombre, Madara Uchiha, que nunca había roto una regla, que nunca había sido traicionado por la debilidad, que ni una vez vacilara en los duros dilemas de la moralidad, estaba rompiendo un juramento sagrado y engañando a sus hombres deliberadamente. Fascinado, Neji se maravilló. Él había pensado que los deseos del laird de Uchiha no tenían ninguna fisura, y había desesperado casi de encontrar el catalizador apropiado de su vida.
Se dio cuenta de que Madara no creía que Neji estuviera envuelto en su presente problema, porque no había encontrado ni una punta de alfiler que pudiera traicionar su presencia. Neji sonrió débilmente. Madara odiaba ser manipulado. Era mejor que el laird de Uchiha permaneciera felizmente ignorante de que Neji había orquestado cuidadosamente cada movimiento en ese juego, y estaba jugando con los palillos más altos de todos.
