CAPÍTULO 8
Sakura caminó por el goqn y se volvió para enfrentar el metal pulido sostenido contra la pared. Se había sorprendido cuando habían traído a su cámara un espejo. Examinando cuidadosamente sus estudios de historia, recordó que los espejos estaban datados como muy antiguos, de los tiempos egipcios, quizás antes. Ella sabía que los romanos habían construido miles de sofisticados sistemas de alcantarillado hacía centenares de años, así que, ¿por qué debería sorprenderla un espejo nada más? Era una pena que no pudiera ayudarlos a redescubrir las tuberías, meditó. Frotó al hollín en el metal cortado hasta que le revelara su oscurecida imagen.
El vestido suave se aferró a sus caderas, tan lleno de estática que crujió. Se esforzó por un momento e intentó estirarlo encima de sus hombros, pero el vestido se había hecho para alguien considerablemente más pequeña que ella. Aunque estaba delgada, era alta y tenía pechos llenos; la mitad de ella no encajaba en el vestido. Suspirando, lo hizo resbalar por sus caderas y salió de él. Estaba acercándose a la cama para recuperar sus pantalones vaqueros cuando la puerta se abrió.
—Te traje...
Las palabras terminaron abruptamente.
La joven se volvió para encontrarse a Madara helado en la puerta, su mirada fija en ella, una capa doblada encima de su brazo. La prenda resbaló al suelo, abandonada.
Entonces caminó por el cuarto y dio un puntapié a la puerta para cerrarla detrás de él.
—¿Qué tipo de vestido te has puesto? —tronó. Sus ojos oscuros relucieron cuando se arrastraron por su cuerpo de la cabeza hasta los dedos de los pies. Él inspiró ásperamente.
Sakura se estremeció. Él tenía que ver justamente la única cosa frívola que poseía, un par de bragas de bikini de color lavanda y un sostén del mismo color con un lazo diminuto, que Karin le había dado para su cumpleaños. Y piel. Y un nerviosismo húmedo que ella atribuyó al temor.
Él se acercó silenciosamente a su lado y resbaló un dedo bajo el cordón delicado que perfilaba uno de los lados de su sostén.
—¿Qué es esto?
—Es... es... ¡Oh! —ella no podía formar una frase coherente. Sus dedos contra su piel pálida, y ella se magnetizó por el contraste de colores y texturas. Él tenía manos grandes, callosas y muy buenas en el uso de la espada, con dedos elegantes, uno de los cuales ahora descansaba contra la hinchazón del pecho de Sakura. Ella cerró sus ojos.
—Sostén —consiguió decir. Asiéndose a la formalidad, pretendió estar dando una lección de historia al revés, enseñándole lo que el futuro depararía—: Es una vestimenta diseñada p-para proteger a una mujer... tú sabes, y los g-guarda de... bien, tú sabes...
—No, pienso que no sé nada en absoluto —dijo él suavemente, sus labios a un suspiro de encontrarse con los suyos—. ¿Por qué no me iluminas, chica?
Su respiración se bloqueó en su garganta con una bocanada pequeña, un sonido puramente femenino, y ella lo maldijo silenciosamente. Simplemente un jadeo, ¿por qué no hacerlo?, se riñó. Estaban a unas pulgadas escasas, peligrosas, del contacto completo de sus cuerpos, su dedo arrastrándose suavemente por el reborde de su sostén. Ella era agudamente consciente de su casi desnudez, de sus pezones, bajo el tejido delgado, en una proximidad peligrosa de sus manos, y el hecho de que él no llevaba nada más de un plaid que podía fácilmente ser desechado. Sentía chispas de electricidad en todas las partes de su cuerpo donde su mirada se detenía. ¿Si él se sacaba el plaid y cubría su cuerpo con el suyo, tendría ella la fuerza para protestar? ¿Habría incluso querido hacerlo? ¿Cómo podría traicionarla su cuerpo ante un hombre que era su enemigo?
—El vestido era demasiado pequeño —consiguió decir.
—Ya lo veo. ¿Y tú concluiste astutamente que esto te cubriría más?
—Estaba a punto de volver a ponerme mis p-pantalones vaqueros —ella informó a su pecho.
—No creo. No hasta que me digas para qué sirve esto —él tocó ligeramente la correa— que cubre tu 'tú sabes'.
¿Estaba fastidiándola a propósito? Ella se obligó a encontrar su mirada y al instante deseó no haberlo hecho. Sus ojos oscuros eran intensamente sexuales, sus labios entreabiertos en una sonrisa débil.
—Se caen cuando envejeces —las palabras se le escaparon en un susurro rápido.
Él echó su cabeza hacia atrás y rió. Cuando bajó su cabeza ella vio la intensidad enervante de sus ojos, y comprendió que estaba excitado. Por ella. El conocimiento la pasmó. Ya había decidido que su beso de la noche anterior y sus indirectas de ese día simplemente habían sido parte de su estrategia, pero ahora, mirándolo, entendió que él sentía una feroz reacción física hacia ella, posiblemente tan dolorosa como su atracción hacia él. Era, simultáneamente, un sentimiento temerario y aterrador. Tuvo la premonición súbita de que si le diera la indicación más ligera de su interés, él descendería sobre ella con la fuerza de un siroco sahariano, caliente y devastador. Hambrienta de él, dolorida por su inexperiencia y curiosidad, hubiera querido descubrir desesperadamente lo que un hombre como Madara Uchiha podría hacer a una mujer.
Pero se no se atrevió a explorar ese deseo. Sería como un cordero de sacrificio. Nunca había estado enamorada, y el laird de Uchiha podría seducir a un santo, pensó. Aunque había querido que él fuera consciente de ella como mujer y había pensado que podría hacerlo sentir más protector, tenía un terrible presentimiento de que se extraviaría completamente si la besaba de nuevo. Él simplemente estaba agobiado también. Ella tenía que acabar con la difusa química sexual entre ellos, y la manera mejor de hacer eso era volver a ponerse su ropa.
Se dejó caer de rodillas buscando el vestido amontonado a sus pies, pero él había quizá tenido la misma idea, y ella terminó arrodillándose nariz a nariz con él, que estaba sosteniendo su vestido.
Se miraron fijamente mientras ella contaba sus latidos de corazón; había alcanzado el número veinte antes de que él le dedicara una lenta sonrisa. La tensión crujió en el aire entre ellos.
—Eres una belleza, chica —él ahuecó la mano sobre su mejilla y depositó un beso ligero en sus labios antes de que ella pudiera protestar—. Piernas largas, hermoso cabello —él resbaló su mano en ellos y permitió que los hilos de seda rosa resbalaran a través de sus dedos— y fuego en tus ojos. He visto muchas chicas bonitas en mi vida, pero no creo haber encontrado realmente una como tú. Me haces pensar que podría descubrir partes de mí mismo que no sabía que existían. ¿Qué haré contigo? —él esperó, sus labios a pulgadas de los suyos.
—Permite que me vista —suspiró ella.
Él observó intensamente su rostro. Contuvo la respiración entonces, aterrada de que si abría la boca gritara: ¡Sí! ¡Tócame, siénteme, ámame, condenado, porque no sé que más hacer para olvidar que me siento herida y que mi madre está muriendo!
A menudo, durante la enfermedad de su madre, Sakura se había encontrado anhelando un novio, un amante, alguien que pudiera tomar su corazón y protegerlo, aún cuando sólo fuera una hora, con la ilusión de seguridad, de calidez y amor. Ahora, medio aterrada, en vez de preocuparse solamente por su madre agonizante, tenía un impulso perverso de buscar resguardo en los brazos del mismo hombre que había jurado matarla.
No intentes calmar tu corazón solamente con vendas, Sakura, le habría recordado Tsunade si hubiera estado allí. Cualquier sentido de seguridad o intimidad con él sería nada más que una ilusión. Necesitaba mantenerlo claro en su mente, no llenarse de imaginaciones románticas sobre un laird de las Highlands medievales que podría decidir matarla al día siguiente.
Él dejó caer su mano de su pelo, delineó su clavícula y encorvó los dedos encima del festón de encaje de su sostén. Estudió el tejido con fascinación, su mirada acariciando las curvas rotundas de sus pechos, la sombra más profunda de su hendidura.
—Mírame, muchacha —susurró. Sakura levantó sus ojos y se preguntó lo que él veía en ellos. ¿Vacilación? ¿Curiosidad? ¿Deseos que ella no podía esconder?
Cualquier cosa que él viera en sus ojos, no era un Sí, y ese hombre era orgulloso.
Él deslizó un dedo en la hondonada entre sus pechos y la sonrisa que le dedicó contenía una tristeza que no podía comprender.
—Enviaré a alguien a traerte otro vestido, muchacha —dijo. Entonces dejó el cuarto.
Sakura se hundió en el suelo y asió el vestido. Santo Cielo, pensó, ¿qué voy a hacer?
Madara salió de su cuarto, su humor empeorando a cada momento. El cuerpo le dolía desde la cabeza a los pies por el esfuerzo de ser gentil con la muchacha. Su rostro se sentía tieso de sonreír suavemente; sus dedos abriéndose y cerrándose por tocar la suave plenitud de sus pechos. ¡Su cuerpo se rebelaba contra su retirada cortés, honorable, gentil de su cuarto, y el hombre dentro de él que había nacido hacía quinientos años rugió que la mujer era suya, por Dagda! ¡Condenada gentileza! En el siglo IX, un hombre no habría preguntado: ¡un hombre habría tomado! En el siglo IX una mujer habría sido dócil, agradecida de poder encontrar semejante protector feroz y un proveedor capaz.
Madara se rió suave, amargamente. Había estado demasiado tiempo sin una mujer para soportar tal tormento. Cuando había caminado en el cuarto y había llevado una capa lo suficientemente grande como para ahogarla en sus pliegues, su mente se había enfocado solamente en cubrirla tanto como fuera posible, para encontrarla vestida con nada más que dos brumosos, tenues pedazos de tejido. ¡Con pequeños lazos! Por Dagda, una cinta de raso diminuta había juntado gallardamente sus pechos, y había otra al frente del tejido sedoso que había entre sus piernas. Como un regalo, pensó. Desata mis lazos y mira lo que tengo para darte...
Él hubiera deseado permanecer lejos. Poder volverse sobre sus talones y dejar el cuarto y negarse al placer de ver ese cuerpo encantador. Se recordó severamente la regla número cuatro: ninguna intimidad física. Pero no le hacía ningún bien. La regla número cuatro parecía no ponerse nunca de acuerdo con la regla número uno: nunca romper un juramento, y estaba muy ligada a la número dos: no mentir. Sus reglas rotas estaban volviéndose interminables.
Verla vestida de semejante manera había sido peor que si la hubiera encontrado desnuda por completo. Desnuda, sus ojos hambrientos podrían haberse regocijado en cada hendidura y hondonada de su cuerpo; pero se habían diseñado esos pedazos de tejido hábilmente para torturar a un hombre con la promesa de las hendiduras y declives privados, mientras no concedía ninguno de ellos. Los secretos estaban bajo ese tejido. ¿Eran sus pezones redondas monedas oscuras o brotes de coral arrugados? ¿Era su vello rosado allí también? Si se hubiera dejado caer en el suelo a sus pies, cerrado las manos alrededor de sus tobillos y besado el camino de sus piernas largas, encantadoras, ¿habría gemido ella suavemente, o estaría callada cuando le hiciera el amor? No, decidió abruptamente, Sakura Iwa parecería una leona apareándose cuando él la tomara. Bueno. Le gustaba eso en una mujer.
Lo había hecho sentirse como un animal hambriento, enjaulado por sus propias reglas y todo lo que era más peligroso para él. Por unos momentos, la lujuria había surgido tan furiosamente que había temido arrastrarla bajo su cuerpo, sin preocuparse de si ella lo deseaba. En cambio, había llevado sus manos temblorosas detrás de su espalda, había dejado caer la capa al suelo y había pensado en su madre, Morganna, que lo habría repudiado incluso por pensar en tomar por la fuerza lo que debía ser un regalo. Nunca se había sentido tan cercano a la violencia a causa del deseo. Ella había despertado sentimientos profundos, primitivos en él: posesividad, celos de que otro hombre pudiera verla así, una necesidad de oírla decir su nombre y mirarlo con aprobación y deseo.
Madara hizo una respiración profunda, la sostuvo en su pecho un momento, y después la soltó. Ahora que él sabía lo que había bajo su ropa, no importaba qué vestido la hiciera llevar, ¿cómo podría mirarla de nuevo sin ver en su mente la extensión interminable de piel de seda? Las curvas suaves de sus pechos, el elevamiento de los pezones firmes contra la gasa, el montecillo ligero entre sus muslos...
El deseo frustrado se tradujo en rabia. Bajó los escalones hacia la cocina, determinado a encontrar a Alesone o Floria y asegurarse de que la muchacha fuera ataviada con propiedad. Entonces enviaría a uno de los hermanos Ōtsutsuki a enseñarle algo acerca de su tiempo, algo que él debía haber hecho, pero sencillamente no podía confiar en sí mismo estando cerca de ella por el momento. Iría de nuevo con sus hombres y soltaría algo de su frustración en la pura, limpia alegría del balanceo de una espada pesada, gruñendo y maldiciendo. Y no tendría un pensamiento erótico el resto del día.
Agitando la cabeza, entró en la cocina. Le tomó sólo un momento comprender que ninguno de sus planes durante el día iba a salir bien. De hecho, el día parecía haberse convertido en una persona diabólica, determinada a burlarse de él.
Él se detuvo abruptamente y apartó apresurado la mirada de la vista del redondeado y desnudo trasero sostenido en las manos de Shisui Ōtsutsuki. Alesone tenía una larga pierna envuelta alrededor de la cintura de Shisui, sus brazos aferrados alrededor de su cuello y sus faldas echadas sobre sus hombros. El pie que permanecía en el suelo estaba arqueado sobre las puntas de los dedos, mientras las manos de Shisui la guiaban contra él en un ritmo firme e intenso. Los sonidos bajos, sensuales de pasión llenaban el cuarto: suaves aspiraciones de aire, murmullos roncos de placer, y demonios si Shisui no estaba emitiendo un profundamente satisfecho murmullo con cada empujón.
—¡Oh, por Cristo! —rugió Madara, mirando al techo, a las paredes, al suelo; en cualquier parte menos al derrière bien formado de Alesone—. ¡Shisui! ¡Alesone! ¡Salgan de la cocina! ¡Suban a alguno de los cuartos! Saben que tengo reglas.
—Ah, sí, las reglas del legendario Uchiha —dijo Shisui secamente. Dejó de mecer a la sirvienta contra él con más lentitud de la que Madara apreciaría—. Que incluye entre ellos: Cuando los caballeros están en la residencia, nada de hacerlo en la cocina.
Alesone hizo un sonido suave de protesta al interrumpirse.
—¡Yo como aquí! —tronó Madara, sintiéndose completamente fuera de lugar.
—Así se hace Shisui —ronroneó Alesone sugestivamente. Resbaló su pierna despacio desde la cintura de Shisui, echándole una buena, larga mirada a Madara. Con una sonrisa modesta, ella dejó caer la tapa de la olla de miel en la mesa cerca de Shisui.
Madara no quería saber lo que ellos habían estado haciendo con la miel, y su expresión debía haberlo dicho claramente, porque Shisui estalló en risas.
—Excúsanos, Tsumi —él sonrió abiertamente cuando dejó caer las faldas de Alesone con una mano, la giró en sus brazos, y la sacó de la cocina.
Las imágenes del trasero desnudo, redondeado, de una persona en particular lo asaltaron.
Madara dio un puntapié a una silla, dejó caer su cabeza en la mesa, y evaluó matar a la muchacha sólo para salir de su miseria.
