CAPÍTULO 11

Madara montó como un hombre poseído o quizás, pensó, afligido, o —con más precisión— obsesionado con una imprevisible y alta mujer, para interceptar a Bruce antes de que él pudiera alcanzar el torreón. Mientras cabalgaba, se maravilló de cómo su pequeña decisión de no matarla todavía había creado a su vez docenas de problemas. Cada vez que intentaba arreglar uno de esos inconvenientes, sólo creaba un nuevo juego de complicaciones. Ya comprometido así, no podía retroceder. No se atrevió a dejar de perpetuar las mentiras que él mismo había empezado sin arriesgarse a exponerla.

Robert levantó su mano saludando y rápidamente se apartó de sus tropas, sus guardias personales unos pasos atrás, pero no alejados de su lado. Dirigiendo el volumen de sus hombres hacia el torreón, azuzó a su caballo a iniciar un galope.

La mirada de Madara se detuvo en la guardia del rey. Instintivamente, dejó caer su barbilla, mirando por debajo de sus cejas. Ni un asomo de sonrisa tocó su rostro. En el idioma de los guerreros, la cabeza baja, la mirada fija eran un desafío. Madara asumió la postura inconscientemente, su sangre respondiendo a los dos hombres que flanqueaban a su rey. Era el instinto simple y eterno de un lobo cuando se confrontaba con otro lobo poderoso que se acercaba furtivamente al mismo territorio. Nada personal, sólo una necesidad de reafirmar su masculinidad y superioridad, pensó con una mueca interior.

Cuando Madara había visto a Robert por última vez, el rey no había tenido a esos dos hombres con él. Su presencia significaba que los clanes más profundos de las Highlands tomaban ahora la vanguardia de la guerra. Madara estaba contento de que su rey mereciera que dos de los guerreros más legendarios lo protegieran. Eran hombres macizos con ojos sobrenaturalmente azules que los identificaban como Berserkers.

—Madara —Robert lo saludó con una sonrisa—. Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que nos vimos. Veo que Dunnottar todavía es la ruina de la que salí el otoño pasado —Su mirada vagó por el paisaje anormalmente crecido, los montones de piedras, las rocas teñidas de negro del torreón.

—Bienvenido, milord. Espero que hayas venido a decirnos que es tiempo de juntar fuerzas con tus hombres —dijo Madara significativamente—. Desde que Jacques de Molay fue quemado en la hoguera hace quince días, mis Templarios están hirviendo por la necesidad de batallar. No sé cuánto tiempo más podré aplacarlos con misiones menores.

Robert agitó su cabeza, una sonrisa torcida encorvando su boca.

—Eres tan impaciente como siempre, Madara. Estoy seguro de que sabrás guiar a tus Templarios, como siempre lo haces. Me sirven mejor en sus misiones furtivas que en el frente por ahora. La docena que he introducido en mis tropas ha hecho cosas notables. Confío en que mantendrás el resto listo para mi comando —él gesticuló a su guardia—. Creo que conoces a Kakashi y Gai Namikaze.

Madara inclinó su cabeza. Cuando su mirada se movió sobre los hermanos Namikaze, sonrió con anticipación. Un movimiento de cualquiera de ellos y él estaría pegado a sus cabalgaduras y a sus gargantas. Admitía que la reyerta acabaría en risa, pero cada vez que veía a esos dos hombres reaccionaba de la misma manera. Eran los guerreros más fuertes con los que él entrenara en la vida, y luchar con ellos era tan estimulante como fútil: él no podía vencer a un Berserker más de lo que un Berserker podía vencerlo a él. Sus luchas acababan en empate cada vez. Por supuesto, combatían de uno en uno; Madara no tenía ninguna duda de que si alguna vez los dos combinaran fuerzas, lo derrumbarían con un pequeño esfuerzo a menos que usara magia.

—Uchiha —dijo Gai con una inclinación.

—Quizás tengamos tiempo para un juego de espadas antes de que vuelvas a Uchiha —ofreció Kakashi—. Creo que podrías aprender otra lección —provocó.

—¿Y piensas que puedes enseñarme alguna? —nada le gustaría más que encauzar su frustración en el desafío de una lucha, pero su mente estaba consumida por el problema que tenía entre manos—. Quizás después —los sacó de sus pensamientos y se volvió hacia Robert—. ¿Podríamos hablar en privado, milord?

Bruce asintió con la cabeza a Kakashi y Gai.

—Vayan adelante. Estaré bien custodiado con Uchiha. Me uniré a ustedes enseguida.

Madara lo rodeó con su caballo y Robert y él montaron en silencio hasta el borde del precipicio. Robert observó el mar y respiró profundamente el frío, salado aire. Las olas chocaban contra las piedras debajo y levantaban espuma color de plata que rociaba los precipicios.

—Amo este lugar. Es salvaje y lleno de poder. Cada vez que visito Dunnottar lo siento colarse en mis venas, renovándome.

—Este acantilado tiene ese efecto —Madara estaba de acuerdo.

—Pero quizás lo que percibo no es nada más que los fantasmas de los muchos hombres valientes que han muerto y defendido esta codiciada roca —Robert permaneció callado un momento, y Madara supo que estaba reflexionando sobre el número de escoceses que habían caído y continuarían cayendo antes de ver a su país libre.

Esperó hasta que Robert se despegara de sus pensamientos.

—Aún así no se compara con el Castillo Uchiha, ¿verdad? Debes estar ansioso por volver.

—Más ansioso por unirme en la batalla —dijo Madara rápidamente. Cansado de defender los sitios críticos, cansado de proteger y de mantenerse sólo en medio de la corriente de mensajes; necesitaba enterrar su frustración en el calor de la batalla, que todo lo consumía.

—Sabes que te necesito en otros lugares, Madara. También sabes que los Templarios son cazados por el precio de sus cabezas. Aunque les he dado santuario, manteniéndolos fuera de la fuerza, eso invitaría a un ataque antes de que esté listo. Los míos han afeitado sus barbas y dejado sus túnicas y se han hecho pasar por escoceses. ¿Se aferran los tuyos todavía a sus costumbres?

—Sí, hace mucho tiempo que rompieron algunas de sus reglas. Pero yo podría persuadirlos, si pensaran que con eso se les permitiría emprender la guerra. Podríamos ayudar a recuperar algunos de los castillos —señaló Madara irritado.

—Me ayudas mejor precisamente donde estás. Convocaré tus fuerzas privadas a batallar cuando esté listo y ni un momento antes. Pero no deseo discutir, Madara. Dime lo que está pesando tan gravemente en tu mente que has salido a caballo para saludarme con un semblante extraordinariamente austero, incluso para ti.

—Necesito pedirle un favor, milord.

Robert arqueó las cejas.

—¿Formalidad entre nosotros en privado, Madara? ¿Con nuestro pasado?

Madara sonrió débilmente.

—Robert, necesito preguntarte si puedes concederme un don, y que no me cuestiones, sino que simplemente lo concedas.

Robert anguló su caballo más cerca de Madara y puso una mano en su hombro.

—¿Quieres decir otorgar mi confianza como cuando tú confiaste en mí hace tantos años, aún cuando yo había luchado para Longshanks contra mi propia patria? ¿Quieres decir depositar mi fe tan firmemente como tú me concediste la tuya cuando no tenías ninguna razón para creer que yo no cruzaría las líneas y regresaría de nuevo a Inglaterra? —la boca de Robert se encorvó en una sonrisa amarga—. Madara, no hace demasiado tiempo me diste una razón para creer en mí mismo. Cuando viniste a mis convocatorias no sabía nada de ti, pero se rumoreaba que eras el guerrero más feroz de todas las Highlands. Creí que contigo apoyándome, podría recobrar la libertad de Escocia. Viniste a mí, y me diste tu lealtad cuando no lo merecía. No tenías ninguna razón para confiar en mí todavía, y en la fuerza de tu fe yo redescubrí la mía propia. Desde ese día creo que he ganado un lugar de nuevo en esta tierra. Pregunta. Pregunta y será tuyo.

Las palabras de Robert tenían el impacto de un puño en los intestinos de Madara. Su rey le daba su fe y su confianza, y estaba esperando que Madara le pidiera que lo ayudara a romper un juramento y perpetuar una mentira. ¿Qué diría Robert si averiguaba la verdad?

Madara suspiró.

—Es una mujer —dijo finalmente—. Necesito que la presentes como tu prima, y cuando te la encuentres, pretender que es la renovación de un viejo conocimiento mutuo. Primo de sangre de Sakura MacRobertson.

Robert rió. Sus ojos chispearon y silbó.

—Con placer. Hace mucho tiempo que deberías haber tomado una esposa y tenido hijos para continuar tu estirpe. Esta tierra necesita tu sangre para luchar por nuestra libertad.

—No es ese tipo de...

—¡Por favor! —Robert levantó sus manos—. Veo en tus ojos qué tipo de situación es. Veo la pasión que sólo he visto en la batalla. También veo incomodidad, lo que me dice que tienes sentimientos profundos en este asunto. Y ya que no he visto esos sentimientos en ti por demasiado tiempo, estoy satisfecho. Está hecho. Estoy ansioso por reencontrarme con mi 'prima'.

Sentimientos profundos, de hecho, pensó Madara de mal humor, profundamente disgustado conmigo mismo. Pero si Robert necesitaba creer que había un interés matrimonial en el pedido de reconocerla, que así fuera. El resultado final era lo que importaba. En unas horas, él, sus hombres y Sakura estarían en camino a Uchiha, y Robert no se vería envuelto en el problema. La mujer nunca necesitaría saber que él había asegurado la cooperación del rey llevándolo a creer que la quería.

Madara permanecía callado, atormentándose en su culpa, avergonzado de que su rey hubiera confiado en él tan prontamente.

—¿Recuerdas cuando estábamos en las cuevas del valle de North Esk? —preguntó Robert, su mirada en el horizonte.

—Sí.

—Era la hora más negra de mi vida. Yo había guerreado contra mi propia tierra natal para obtener riqueza, tierras y la promesa de Longshanks de que protegería a mi clan. No sé si por compartir demasiado whisky contigo, o inspirado por un momento de claridad divina, me vi a mí mismo como un traidor ante mis propios antepasados. ¿Recuerdas la araña?

Madara sonrió. ¿Recordaba la araña? Él la había obligado, compelido a realizar su labor ante los ojos de Robert mientras sanaba de las heridas de una batalla, y mirando a la araña tejer su tela palmo a palmo a pesar de que se rompía una y otra vez; así, Robert había recordado su propia fuerza y determinación. Cuando la araña había tenido éxito en la séptima prueba, Robert Bruce había arrastrado su cuerpo y su alma golpeados de la tierra húmeda de la cueva y había agitado su puño hacia el cielo, y la batalla para liberar a Escocia había empezado en serio.

Robert lo consideró intencionadamente.

—Nunca he visto una araña de ese tipo, antes o después de eso. Uno casi se preguntaría si fue un hecho natural. Pero yo no cuestiono algunas cosas, Madara. Ahora tráeme a tu mujer.

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Después de que Shisui dejara su cámara, Sakura esperó tres minutos y golpeteó con su pie, impaciente; entonces se aventuró en el vestíbulo, decidida a encontrar la botella. No había hecho más de medio camino por el corredor, cuando Shisui regresó y la llevó de nuevo hacia los escalones.

—Pensé que te habías ido —exclamó ella.

—Y lo hice. Entonces miré fuera de la ventana. Tenemos un problema y sugiero que empaques.

—¿Empacar qué? ¡No tengo nada!

—Las cosas de Madara. Ponlas en los cofres y los hombres los cargarán. Nos iremos a caballo muy pronto. Posiblemente tan pronto como podamos. En cuanto yo pueda sacarte furtivamente del castillo —murmuró él, respirando nerviosamente.

—¿A dónde? —exclamó ella—. ¿Qué sucede?

Shisui se acercó discretamente a su lado, la tomó con no demasiada suavidad del brazo, y la dirigió hacia el vestíbulo y las cámaras de Madara.

—No voy a preguntarte lo que estabas haciendo fuera de tu cuarto. Presiento que lo mejor es no saberlo. Pero, muchacha, cuando eché una mirada fuera de la ventana vi a tu 'primo' que llegaba para relevarnos en Dunnottar. A menos que desees encontrártelo y hablar de cosas pasadas y de viejos tiempos que nunca sucedieron, sugiero que te quedes fuera de la vista y hagas cuanto yo te diga. ¿Me complacerías por favor ahora y me brindarías obediencia ciega? Puede mantenerte viva.

—¿Intentaría alguien realmente dañarme si supieran que soy del futuro?

La expresión de Shisui era malhumorada.

—Los Templarios no confían en las mujeres, no quieren magia druida, y sienten que nunca hay una razón valedera para romper un juramento. Si descubren que Madara mintió sobre ti, perderán su fe en él, y si lo hacen, no estará en posición de protegerte. Para no mencionar el hecho que Bruce también se preguntará quién eres. Entonces sabrá que eres del futuro, y och, que no deseo pensar siquiera en eso. Debemos esconderte.

—Empacaré —ofreció ella apresuradamente.

—Buena chica —Shisui giró y corrió abajo hacia el corredor.

Sakura terminó de empacar en quince minutos, después de haber simplemente tirado todo lo que no era demasiado pesado en los muchos cofres esparcidos en el cuarto. Después, caminó entre la puerta y la ventana durante otros diez minutos, intentando convencerse de que no debía, bajo ninguna circunstancia, dejar el cuarto.

No estaba funcionando. En el torreón justo debajo de su cuarto, había leyendas caminando y hablando, planeando... Incapaz de resistirse al señuelo de las voces de la historia, se deslizó fuera de la cámara y siguió el ruido al balcón que rodeaba el gran hall. Sin el tejado, el vestíbulo estaba helado, pero los hombres no parecían notarlo, y ninguno de ellos miró hacia arriba, mientras se ponían al día en los planes de batalla.

Ella acechó desde la cima de las escaleras mirando ocultamente desde detrás de la balaustrada y preparada para agacharse y esconderse en cualquier momento. Sabía que Shisui la estrangularía si tuviera la más mínima idea del riesgo que estaba tomando, pero el señuelo era irresistible: ¿cuántas mujeres del siglo XXI podrían declarar haber visto a Robert Bruce planeando la derrota de Inglaterra, batalla por batalla? No era que fueran a creerla, pero allí estaba él, de pie debajo de ella, caminando, inclinándose sobre mapas y gesticulando enojadamente, orando, respirando, inspirando. Su voz, rica y fuerte, era persuasiva y llena de pasión. ¡Dios del cielo, estaba mirando a Robert Bruce planeando vencer a Inglaterra! Los escalofríos recorrieron su columna vertebral.

—Milady, ¿le gustaría reencontrarse con su primo? —dijo un hombre detrás de ella.

Sakura hizo una mueca de fastidio. No había considerado que alguien podría aventurarse arriba, o estuviera arriba antes de que ella saliera. Había estado tan angustiada pensando que alguien abajo podría buscarla que no había prestado atención a los escalones. Ese hombre debía haberse deslizado mientras su mirada fascinada se había enfocado en el rey. Con el corazón martilleando, se volvió despacio para ver quién la había descubierto espiando y esperando que quienquiera que fuera pudiera ser persuadido de no decirle nada a Shisui o a alguien más.

Era uno de los caballeros que ella había vislumbrado en el patio más temprano, cuando los había visto entrenar. Él hundió rápidamente una rodilla.

—Milady —murmuró—. Soy Raidō Namiashi, un caballero al servicio de su protector. ¿Puedo escoltarla escaleras abajo?

El caballero se levantó y ella notó que aunque eran idénticos en altura, su cuello y hombros eran tan gruesos como los de un jugador de fútbol. Su pelo castaño era muy corto; sus ojos negros eran serios e inteligentes. Una barba espesa cubría su mandíbula, y ella vislumbró la llamarada de una cruz carmesí bajo sus múltiples túnicas.

—No... er... no, tengo la certeza de que él está demasiado ocupado para mí.

—Robert Bruce nunca está demasiado ocupado para el clan —dijo él—. Es una de las muchas cosas que admiro de él. Venga. —Él extendió su mano—. Yo la llevaré a él.

—¡No! —exclamó ella, y entonces agregó más suavemente—. Madara me aconsejó que me quedara en mi cuarto y se perturbará si descubre que lo he desobedecido. Él dijo que vería si yo tenía tiempo para hablar después con mi primo.

—Él no se perturbará con usted. Nunca tema, milady. Venga. Bruce estará ansioso por verla de nuevo, y alegre por el placer del rey, el laird de Uchiha perdonará su trasgresión. Es natural que estuviera alborozada por ver a su primo de nuevo. Venga.

Él apoyó una mano alrededor de su muñeca y se apoyó en la balaustrada.

—¡Milord! —gritó hacia abajo, al gran hall—. ¡Le traigo a su prima!

Robert Bruce los miraba, con una expresión curiosa en su rostro.