CAPÍTULO 12

Sakura se heló. Era su culpa, se lamentó. Madara Uchiha le podría haber permitido vivir, pero su curiosidad la había entregado simplemente al golpe fatal. Primero, su curiosidad la había llevado a intentar conseguir un trabajo en el museo, para que pudiera aprender cosas. Entonces la había compelido a abrir el cofre y tocar la botella; y finalmente, la había sacado de su cuarto, en medio de una situación mortal. Estaba condenada.

Retrocedió cuando Raidō Namiashi tomó su mano y la dobló sobre su codo. Sus hombros cayeron derrotados, su barbilla resbaló hasta la nuez. Nunca permitas a nadie quitarte tu dignidad, Sakura, susurró Tsunade en su mente. A veces es todo lo que uno tiene.

Su barbilla se levantó. Si iba hacia su muerte, por Dios que lo haría orgullosamente. Durante todo su sufrimiento, su madre nunca había abandonado su dignidad, y Sakura no haría menos. Inclinando su cabeza, acomodó su vestido y enderezó la espalda.

Parecía eterno descender las pocas docenas de escalones. El vestíbulo estaba lleno de Templarios y los cansados hombres de Bruce, y casi cien guerreros la miraron curiosamente, incluyendo la intensa furia de cierto señor de la guerra que definitivamente parecía quererla muerta, y la mirada inquisitiva del rey de Escocia.

Pegó una sonrisa desafiante en sus labios. Cuando alcanzaron el fondo, el moreno rey se separó de la muchedumbre. Se acercó a ella, y sus brazos se extendieron.

—Sakura —exclamó él—. Qué encantador es verte de nuevo. Has florecido bajo el cuidado de Madara, como sospeché que lo harías.

Él la envolvió en un abrazo feroz, y su rostro se enterró en una barba espesa que olía a humo de madera, a país libre. Ella devolvió el abrazo y ocultó la aturdida expresión en su mejilla. Madara debe haberlo encontrado primero, comprendió. La apretó tan estrechamente, que ella casi rechinó. Pero cuando dio tiernos golpecitos a su trasero, Sakura gimió e intentó retroceder. Él le estaba sonriendo abiertamente.

Cerca de su oreja, susurró:

—No temas, muchachita. Madara me dijo todo. Estoy contento de que él haya escogido una esposa.

¿Esposa? Ella gimió de nuevo, con las rodillas debilitadas. Ciertamente ese sobrecrecido, ceñudo bárbaro no pensaría que ella se casaría con él sólo para permanecer viva, ¿verdad? Echó una mirada por encima del hombro de Bruce y vio a Madara unos cinco pasos detrás, mirándola con una luz intensa que le decía sin palabras: Obedece. Compórtate.

Pensándolo dos veces...

—¿Le dijo eso? Me prometió que no lo anunciaría todavía —mintió ahogadamente. Si eso era lo que Madara había dicho y la mantenía viva, ella estaría de acuerdo por el momento. Habría mucho tiempo para enmendar las cosas después.

—No, muchacha, él no lo dijo. Sus ojos lo hicieron.

¿Los ojos de quién había mirado?, se preguntó, porque los únicos ojos que ella había visto llevaban la intención de asesinato en sus profundidades.

Bruce sonrió ampliamente.

—Espero que seas tan fecunda como una liebre. Necesitamos docenas de sus hijos en esta tierra.

Él se rió y dio golpecitos a su abdomen.

Sakura se ruborizó, interesada en que pudiera dar golpecitos a sus pechos e inquirir sobre sus habilidades para la lactancia. Había recibido golpecitos más que familiares del rey de Escocia, lo que la había emocionado más que el contacto de cualquier otro hombre, excepto Madara.

—¿No tiene tu clan buena semilla?

—Uh... sí —dijo ella brillantemente, con otro rubor.

Bruce alargó un brazo por detrás de él e hizo acercarse a Madara, abrazándolos juntos. Por un momento, su pómulo se quebró contra el pecho de Madara. Después de unos instantes del más incómodo abrazo en grupo, fue alejada de nuevo y Bruce echó su cabeza hacia atrás y gritó:

—¡Les presento a mi prima, Sakura MacRobertson!

Bruce caminó hacia atrás y los tocó con el codo para acercarlos más: tomó la mano de Sakura y curvó sus dedos sobre la palma, convirtiéndola un puño. Ignorando su mirada de confusión, puso el puño en la mano grande de Madara. La mirada de Sakura voló al rostro del guerrero y ella vio furia allí, aunque el rey parecía haberlo olvidado.

—Con gran placer doy a esta muchacha, mi querida prima, mano en puño, a mi laird favorito y caballero en nuestra causa bendita, Madara Uchiha, junto con cuatro feudos adicionales vecinos a su demesne. La boda será en Uchiha cuando nos encontremos allí dentro de tres meses. ¡Aclamen a la futura señora de Uchiha! —rugió Robert y sonrió a ambos.

La mano de Madara se cerró alrededor de su puño. Cuando el vestíbulo explotó en un alboroto, la mirada que él le dedicó era mortífera.

—¡No te atrevas a mirarme así! Yo no le dije que... —siseó ella—. Tú eres quien le dijo que...

Madara aprovechó el caos momentáneo y la estrechó en sus brazos. Con la boca enterrada en su pelo, él gruñó en un tono ronco por el enojo:

—Yo no le dije eso. El rey lo decidió, totalmente independiente de mí, por lo que, muchacha, si puedes salir de este siglo de verdad, sugiero que te pongas a imaginar cómo hacerlo antes de la tercera luna. O te encontrarás a ti misma casándote conmigo, y yo te prometo, muchacha, que no es algo que desees hacer.

—¡Un beso para sellarlo, Uchiha! —gritó Bruce.

Sólo Sakura vio la mirada feroz en su rostro antes de que él la besara castigadoramente.

Obito encontró a Shisui tirado en el piso de las cocinas, sosteniéndose sus costados. Cada pocos segundos hacía una profunda, jadeante respiración, tartamudeaba, y entonces se perdía de nuevo en olas de risa.

Obito lo miró repetir la sucesión ridícula varias veces más antes de tocarlo en el codo con la punta de su bota.

—Podrías detenerte —dijo irritado.

Shisui abrió la boca y golpeteó su pecho con el puño, entonces se derrumbó de nuevo en estrepitosas carcajadas.

—¿Ha-has jajajajaja visto su c-cara? —rugió Shisui sosteniendo su estómago.

Los labios de Obito se estiraron bruscamente, y se mordió uno para permanecer serio.

—Este es un problema, Shisui —regañó Obito—. Ahora él está casi comprometido con la jovencita.

Shisui sólo contestó con otro rugido de risa.

—¿C-casi? ¡Él lo es-está!

—No sé que encuentras divertido en esto. Madara va a estar furioso.

—¡Pero él es-está a-atrapado! —hipó Shisui entre sollozos de risa. Entonces se levantó, tomó varias grandes bocanadas de aire, y finalmente intentó dominar su risa por el momento, las esquinas de su boca estiradas brusca, furiosamente.

—¿No ves lo que debe haber pasado, Obito? Madara debe haber pedido a Bruce que la reconociera, y el rey, conociendo a Madara como un descendiente Brude, asumió por supuesto que Madara deseaba que fuera de linaje real para que pudiera casarse con ella. Entonces, Robert fue un poco más allá, con el amable pensamiento de que estaba allanando el camino para que la mujer pudiera ser aceptada como su esposa. Pensaba que estaba dándole exactamente lo que quería a Madara.

—Oh, ¿realmente? —dijo una voz suave.

Shisui y Obito se serenaron inmediatamente.

—Milord —ellos inclinaron la cabeza respetuosamente.

—Me infravaloras —dijo suavemente Robert Bruce.

—¿Dónde está Madara? —preguntó Obito, mirando cautelosamente detrás del rey.

—Dejé a Madara en el gran hall aceptando felicitaciones con su nueva señora del brazo —dijo Robert llanamente—. ¿Piensas que no sé que el hombre ha tomado uno de sus ridículos juramentos de no casarse?

Shisui miró admirado al rey.

—Eres un bastardo listo.

—¡Shisui! —rugió Obito—. ¡No te dirijas así al rey!

Robert levantó su mano y sonrió abiertamente.

—Tu hermano me ha llamado peores cosas cuando lo tengo aturdido con whisky y jovencitas. Él y yo nos entendemos bien, Obito. De hecho, fue mientras estábamos en una situación parecida en Edimburgo que discutimos esta misma preocupación. Pero ya no será ninguna larga preocupación, ¿verdad? Arreglé lo que la mayor parte de tu clan no ha podido arreglar durante años —Robert parecía enormemente satisfecho de sí mismo.

Obito observó a Shisui.

—¿Ahí era donde fuiste cuando dijiste que estabas consiguiendo suministros? ¿Con mujeres y bebiendo con el rey? ¿No tienes ningún sentido de responsabilidad?

Shisui sonrió inocentemente.

—Robert necesitaba aliviar un poco de tensión, y no conozco ninguna manera mejor. Y mientras nos entreteníamos grandiosamente con unas muchachas, discutimos el hecho de que Madara no estaba muy dispuesto a hacer hijos para Escocia. Como Robert señaló, ha podido arreglar lo que ninguno de nosotros pudo. Yo, por mi parte, estoy agradecido.

Obito agitó su cabeza.

—Madara nos matarían a todos si sospechara que ésta no es una inmensa equivocación.

—Pero nunca lo sabrá, ¿no es cierto? —replicó Robert serenamente.

Shisui estalló en risas de nuevo, y después de una perpleja, sobresaltada mirada, Obito se le unió.

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—No me casaré contigo —retumbó Madara detrás de una enorme sonrisa.

—Yo no te lo pedí —siseó Sakura a su vez, con una sonrisa vitrificada arqueando sus labios.

Con un despliegue brillante de dientes, se sonrieron uno al otro, mientras aceptaban felicitaciones de varios hombres que estaban de pie en el vestíbulo. Cada vez que tenían un momento apartados, o apretaban sus bocas, uno de ellos siseaba al otro. En el enorme cuarto, parecían una pareja susurrando alegremente.

—No pienses que esto cambia las cosas —espetó él, los labios estirados tensamente encima de sus dientes.

—No fui yo la que le dijo una mentira —replicó Sakura, casi gruñendo. Sonrió con esfuerzo.

—Felicitaciones, milord —Raidō Namiashi palmeó el hombro de Madara.

—Gracias —dijo Madara y lo imitó, golpeando a Raidō enérgicamente en el hombro.

Las cejas de Raidō se juntaron.

—¿Por qué no nos lo dijo esta mañana, Madara, cuando nos dijo quién era ella?

Madara ni siquiera hizo una pausa antes de contar otra mentira. Och, le llegaban rápida y furiosamente, con facilidad chocante. Intentó esbozar una medio sonrisa.

—No estaba seguro de que el rey deseara anunciarlo, pero parece que estaba ansioso.

—Milady —Raidō se inclinó encima de su mano y la besó—. Estamos contentos de que Madara haya escogido establecerse y empezar una familia. Aunque los de nuestra orden no se casan, creemos que si un hombre no va a tomar un juramento de celibato, debe tomar una esposa. Lo mantiene humilde y lo inclina hacia la sobriedad.

Sakura sonrió brillantemente a Raidō. Lo mantiene humilde, pensó. No había un solo hueso humilde en el cuerpo de Madara Uchiha. Aunque, detestaba admitirlo, no se había molestado en buscar uno.

—¿Dónde fue él? —gruñó Madara en el momento en que Raidō se fundió en la muchedumbre.

—¿Raidō? —preguntó Sakura inexpresivamente—. Está allí —ella apuntó hacia atrás.

—¡Rrroberrrt! Ese traidor bastardo —su gruñido era tan grave al pronunciar el nombre que las erres eran al final un gruñido débil convertido en t.

—¿Cómo podría saber dónde está el rey? —Sakura rodó sus ojos—. Soy la última persona que sabe qué está pasando aquí.

—¡Esta complicación entera es por desobedecer y dejar tu cámara! ¿No te dije que permanecieras en la cámara? ¿Cuántas veces te dije que debías permanecer en tu cámara? ¿No te dije por lo menos una docena de veces en los últimos dos días que no dejaras tu cámara?

—Repetir la misma pregunta tres veces, de maneras ligeramente diferentes, no me hace inclinarme más a contestarte. No me hables como si fuera una niña. Y ni siquiera pienses en culparme de esto a mí —Sakura levantó la nariz y apartó su rostro—. Ciertamente nunca le dije a nadie que quería casarme contigo. Dejar mi cámara no nos convirtió en novios. Tú lo hiciste por ti mismo.

Madara la estudió a través de los ojos contraídos, entonces bajó su cabeza amenazadoramente cerca de la suya.

—Quizás me casaré contigo, muchacha. ¿Sabes que una esposa debe obedecer a su marido en todas las cosas? —ronroneó contra su oreja. Dejó de fruncir el ceño abruptamente—. ¡Asuma! —palmeó a otro Templario en el hombro y sonrió dolorosamente.

—Estamos contentos, milord —dijo Asuma Sarutobi formalmente.

—Gracias —contestó Madara—. Si me excusas, Asuma, mi novia se siente un poco extenuada. Está muy nerviosa —con una inclinación a Asuma, llevó a Sakura lejos de la muchedumbre y la empujó hacia una esquina del vestíbulo, sin preocuparse de lo que los demás pensaran. De momento, estaban tan solos como podían estar en un cuarto atestado.

—No estoy nerviosa. Soy la imagen de la calma, considerando todo lo que he pasado. Y no quiero casarme contigo —dijo ella insolentemente.

Su contestación enfrió su sangre:

—En el lapso de tres meses, muchacha, ninguno de nosotros tendrá ninguna opción. Ahora te escoltaré a tu cuarto, y permanecerás en él esta vez.

Informando desahogadamente hacia el vestíbulo que su futura esposa estaba sobreexcitada por la emoción, una mentirijilla que Sakura resintió porque la hizo parecer frágil, Madara la guió escaleras arriba, su mano como una acerada tenaza apresando su brazo. Él se detuvo en su puerta y le informó que si dejaba el cuarto, se aseguraría de que ella tuviera una buena razón para lamentarlo.

Sakura abrió la puerta, y empezó a entrar, cuando él la haló de repente hacia sus brazos.

Sin una palabra, cerró su boca brutalmente encima de la suya.

Demasiado sorprendida como para resistirse, Sakura permaneció inmóvil, sus labios abriéndose ante la insistencia de su lengua. Él se lanzó entre sus labios en una imitación escandalosa del acto sexual, sondeando firmemente, retrocediendo, sólo para empujar de nuevo. Ella inclinó su cabeza hacia atrás, su cuerpo chispeando de vida. Él estaba enfadado, podía sentirlo en la violencia con que magullaba sus labios, y eso alimentó su propio enojo.

Entonces se le ocurrió que besar era una manera útil y fascinante de expresar el enfado, por lo que se concentró en derramar toda su irritación y disgusto en su respuesta. Mordió, pellizcó, luchó contra su lengua con la suya. Cuando su lengua se retiró, ella la siguió y la chupó de nuevo en su boca, orgullosa de sí misma por haber ganado esa batalla. Cuando la besó tan profundamente que no podía respirar, dejó caer sus manos a su cintura, entonces las bajó aún más, sólo para demostrarle que ella estaba completamente al mando. Era un firme, musculoso trasero; el pensamiento fue acompañado por una ola de excitación cuando imaginó sus caderas poderosas que se tensaban en un ritmo eterno.

Cuando sus dientes tocaron los suyos, un gemido floreció en su garganta. Ella levantó sus manos, las sumergió en su pelo y resbaló sus dedos a través de la seda negra. Sus dedos bajaron hasta la nuca, entonces envolvió sus brazos alrededor de él y lo besó de nuevo tan desinhibidamente que él se paralizó abruptamente, caminó hacia atrás, y la miró con fijeza, con una expresión sobresaltada.

Por un instante, pareció complacido, entonces sus ojos se entrecerraron rápidamente.

—No me gustas, y no toleraré que compliques mi vida.

—Puedes decirlo de nuevo —dijo ella a través de los labios hinchados.

—Entonces nos entendemos —dijo él.

—Mm-hmm —respondió ella—. Perfectamente.

—Bien.

Se miraron fijamente. Ella notó que los labios de él estaban ligeramente más llenos. Ella había hecho eso. Sus propios labios se sentían hormigueantes, calientes, y ciertamente no terminaron de expresar su enojo.

—No te olvides de quién está al mando en este castillo, chica —gruñó él antes de irse silenciosamente hacia el vestíbulo.

Si así era como él afirmaba su mando, ella podría tener que desafiar más a menudo su autoridad.