CAPÍTULO 13
SUBIENDO...
¿Cuál es tu sustancia, dónde te hiciste, qué millones de sombras extrañas existen en ti?
Shakespeare, Soneto 53
El viaje desde Dunnottar a Inverness y de allí al Castillo Uchiha viviría mucho tiempo en la memoria de Sakura. Con desmayo, contó cada día de su jornada, sabiendo que cada día que permanecía allí lo estaba perdiendo en el futuro, y el pensamiento la hacía sentir miserable. Temía que mientras más lejos cabalgaran de Dunnottar, se hacían menores sus oportunidades de volver a casa. Sabía que probablemente no era verdad, porque si algo tenía el poder para regresarla era la botella, y sospechaba que Madara no permitiría que saliera de su vigilancia. Más aún, cada paso que daba internándose más profundamente en la tierra vigorosa, salvaje, la hacía sentir como si estuviera un paso más lejos de su propia vida, más dentro de un reino en el que ella no tenía ningún dominio y en el que podría perderse completamente.
Poco después de que Madara la hubiera dejado en su cuarto, o con más precisión la había dejado abandonada en el vestíbulo, había enviado a Shisui y a Obito para que la escoltaran fuera del torreón, y los tres habían salido cabalgando. Madara y el resto de su grupo se les habían unido horas después. Ella era agudamente consciente de que los caballeros la estudiaban de lejos, demasiado intensamente para su comodidad. No eran hombres que deseara tener alrededor, por lo que habló tan poco como fue posible y escogió sus palabras con gran cautela.
La primera noche que viajaron por Escocia, una luna casi llena colgaba sobre los oscuros riscos y valles, y el trueno de más de cien caballos que llevaban cofres y equipaje y hombres pesadamente musculosos era ensordecedor. La tierra temblaba cuando galopaban sobre las colinas. Congelada a pesar del grueso plaid que cubría su vestido, estaba apabullada por las millas de país intacto, abierto. Aunque el cuerpo le dolió después de montar sólo unas horas, habría montado toda la noche para saborear la salvaje visión.
Pensaba por completo distinto la siguiente mañana, sin embargo, y no habría montado en absoluto si hubiera podido decidir. Había pensado arrogantemente que estaba en buenas condiciones físicas, pero montar un caballo era bastante diferente del rappelling o las acrobacias, y comprendió rápidamente que sus habilidades atléticas la habían entrenado mejor para caerse del caballo que para permanecer sobre él con cierto grado de soltura.
La segunda cosa que permaneció en su mente fue Madara Uchiha, que montó a su lado todo el camino y sin hablar, pero mirando cada movimiento que ella hacía, cada expresión. Ella escondió bien su incomodidad, decidida a no revelar ninguna debilidad ante el guerrero infatigable. Desde que habían dejado Dunnottar, el hombre apenas le había dirigido dos palabras, y sólo la había tocado para ayudarla a apearse; ella podía imaginar que él estaba hirviendo en una sorda rabia. Sólo se marchaba de vez en cuando de su lado para hablar con sus hombres en voz baja.
En cada pueblo que atravesaron, notó que las personas trataban a Madara como si perteneciera a la realeza, y él se comportaba con reserva regia. Si parecía un poco apartado, a ninguno de los lugareños parecía importarle. Los niños lo miraban fijamente, con temor; los hombres viejos lo palmeaban en el hombro y sonreían orgullosamente; las miradas de guerreros jóvenes lo seguían con admiración. Estaba claro que el hombre era una leyenda en su propio tiempo. Pero con cada embelesada, coqueta mirada dedicada por una mujer bajo los párpados caídos, Sakura sentía una ola de irritación. En más de un pueblo, las mujeres encontraban siempre una razón para acercársele e intentar atraerlo para discutir "un asunto más en privado, milord". Se sintió satisfecha al ver que ninguna de ellas había tenido éxito. Sin embargo, no estaba segura si era porque él no estaba auténticamente interesado o porque estaban montando tan duro. Raramente dormían más de unas horas cada noche, pero ella estaba acostumbrada a un sueño inadecuado por trabajar en dos empleos.
La tercera cosa que pesaba en su mente era la botella que, sabía ahora, Madara tenía consigo, porque había alcanzado a vislumbrarla una noche cuando él buscaba algo en su baúl. Desgraciadamente el hombre tenía el sueño tan ligero que intentar conseguir la botella mientras estaba dormido sería un riesgo estúpido. Mejor esperar el momento correcto.
Sería la última noche de su viaje, sin embargo, la que viviría mucho tiempo en su memoria; la noche que se acercaron al perímetro del Castillo Uchiha. A lo largo de la jornada físicamente agotadora, Sakura se había preocupado por Tsunade y se había preguntado quién cuidaba de ella, llorando silenciosamente bajo el amparo de la oscuridad. Todo el tiempo Escocia invadía sus venas sutilmente, y a pesar de su miedo y sentimiento de impotencia, sabía que estaba enamorándose.
De un país.
Era demasiado temprano para la primavera en las Highlands, pero podía darse cuenta de la tierra dormida que esperaba estallar en flor. Aunque sabía que debía encontrar un camino a casa, parte de ella lamentaba no permanecer mucho tiempo en el pasado, lo bastante para vislumbrar los valles llenos de brezos, mirar las águilas doradas volando sobre las montañas, ver la alfombra de helechos y espinos lujuriosos brotar con la primavera.
La noche final de su jornada, el clima se caldeó ligeramente. Debido al agotamiento, sus emociones burbujeaban gravemente cerca de la superficie, y en las últimas horas ella había pasado de la euforia por la belleza de la noche de las Highlands al terror por lo que su futuro podría deparar. Sakura no sabía lo que había esperado del Castillo Uchiha, pero ciertamente no era la estructura elegante de piedra que había vislumbrado en la cima de las colinas distantes, cuando se había levantado en su silla de montar para ver tanto como fuera posible.
Descendieron a un valle, y el castillo estuvo de nuevo oculto a la vista. El silencio sólo era roto por el golpe de los cascos contra el césped y los suspiros ocasionales de hombres alegres por regresar a casa. El cielo era profundamente azul, a minutos de ponerse negro-anochecer, la palabra que describía para ella el crepúsculo. El camino que seguían subía por un desfiladero estirado hacia el horizonte, y más allá de él, la casa de Madara. Cuando subieron la cuesta, su mirada la encontró y ella suspiró a la vista que la saludaba.
El Castillo Uchiha era tan magnífico como el magnífico hombre que lo poseía. Brillantemente iluminado por antorchas, parecía de ensueño. Más allá de una verja arqueada que brillaba pálidamente a la luz de la luna, se alzaba una estructura de torres cuadradas y torreones, espirales altas y andadores bajos que se conectaban con las diversas alas. Una gran muralla abrazaba la propiedad, y con la verja cerrada, sería una fortaleza insuperable. Los guardias se acercaron furtivamente a los parapetos y rodearon el perímetro. Ella podía imaginar simplemente a docenas de sirvientes y sus familias dentro, andando de un lado para otro, la risa de sus niños llenando el aire. Seguros. A salvo y rodeados por su clan, gobernados por un guerrero que había comprometido su vida para protegerlos.
Sakura sintió una punzada de anhelo imposible. Qué vida era esa... Algún día él se casaría de verdad y llevaría a su casa a una esposa en ese lugar mágico. Éste era su mundo: ese castillo magnífico que brillaba pálidamente gris a la luz de la luna, estos hombres que lo rodeaban luchando bajo sus órdenes y entregando sus vidas por él. Era un mundo demasiado increíble para ser parte de él, pensó.
Se sentía dividida. Su necesidad de volver a casa batallaba con un deseo aplastante de pertenecer a un lugar así, estar rodeada por una familia.
Agotada más allá de la posibilidad de poder autoengañarse, Sakura confrontó una verdad que había estado intentando evitar desesperadamente.
Supo que no tenía ningún futuro parecido allí, ni en ningún otro lugar o tiempo.
Madara siguió a Shisui y Obito a los establos del Castillo Uchiha. Los acorraló contra una pared con la pura fuerza de su voz.
—Te oí reír, Shisui —acusó, un músculo palpitando bruscamente en su mandíbula. Madara parecía haber estado cociéndose a fuego lento durante la última semana, viendo la luz divertida en los ojos de Shisui, oyendo su risa, e incapaz de regañarlo delante de los Templarios. Ya sus Templarios habían dirigido miradas curiosas en su dirección, confundidos por su genio malhumorado en el viaje.
Shisui era la imagen de la inocencia.
—Si te refieres al viaje hasta aquí, Obito y yo simplemente estábamos recitando poemas obscenos, nada más.
—¿Obito? —resopló Madara, incrédulo—. Obito no podría recitar un poema obsceno aunque el resultado de una batalla dependiera de eso.
—Claro que puedo —protestó Obito—. Realmente no soy tan malo como piensas.
—¿Comprendes que estoy absolutamente comprometido? ¿Comprendes que hice un juramento a Neji para matarla y a Robert para casarme con ella? —exclamó Madara irritado.
La diversión de Shisui no disminuyó ni una pizca.
—Considerando que a Neji no se le permite visitarte sin invitación como parte del trato, si me preguntas, lo mejor que puedes hacer es casarte con la muchacha. Ella podría llevar mucho tiempo muerta para cuando Neji regresara a molestarte de nuevo. Dijiste que a veces pasan cincuenta años sin que te preocupes por él.
Madara se quedó rígido. Ella podría llevar muerta... no le gustó pensarla muerta, por su mano o por causas naturales. Aun cuando nunca cumpliera su juramento, ella moriría mucho tiempo antes que él. Como todos los demás, muriendo ante sus ojos. Habría un día en que enterraría a Shisui, cuyo pelo encanecería, sus huesos se volverían débiles, y sus ojos se nublarían por el tiempo. Él lloraría la pérdida de tal irreverente y apasionada vida, por un corazón tan lleno de alegría. Y enterraría a Obito, y a Robert y a sus sirvientes y sirvientas. Y a sus caballos, y a cualquier animal doméstico que fuera lo bastante tonto como para amar. Por esa razón, habían pasado siglos desde que se había permitido dormir con un sabueso favorito al pie de su cama.
Al contrario del tiempo mortal que la mayoría de los hombres vivían, Madara no encontrarían la muerte en una docena de veces, ni en mil, convirtiéndolo en el mayor estúpido si se preocupara por algo. Quizás por eso era por lo que Neji Hyūga estaba tan aislado; después de mil muertes, él dejaba simplemente de preocuparse.
Madara se volvió sin otra palabra y dejó a sus fieles consejeros boquiabiertos tras de sí.
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Sakura estaba de pie en el medio del patio, embelesada con la vista. Después de un gruñón "no te muevas", Madara se había ido y había salido tras Shisui y Obito en el momento que pasaron por la verja. Ella había estado absolutamente satisfecha de no moverse, porque significaba que podría dirigir toda su admirada atención al castillo. Los caballeros surgieron alrededor de ella en olas, atendiendo los caballos y desempaquetando los cofres, mientras ella examinaba las líneas elegantes del castillo medieval.
La propiedad rectangular estaba rodeada por una poderosa pared de piedra. En la esquina noreste, una capilla se situaba en medio de un bosquecillo pequeño de árboles. En la esquina noroeste, cerca de la pared principal en la que se alzaba la verja, había una serie de dependencias bajas que ella asumió eran las barracas de los soldados. No podía ver más allá del castillo, que se alzaba en casi toda la anchura de la propiedad amurallada. La pared del perímetro seguía las contorsiones de las cuestas y valles y se extendía hasta donde ella podía ver, intermitentemente flanqueada con torreones cada cincuenta yardas o algo así.
Cuando Madara la tomó por el codo, unos momentos después, ella se sobresaltó.
—Ven —dijo él quedamente.
Ella lo miró asombrada. En lugar de parecer enfadado, como había estado durante toda la semana de viaje, ahora él parecía triste. Y la molestó que él pareciera triste. Podía enfrentarse al enfado con el suyo propio, pero la tristeza sacaba sus instintos maternales y la tentaba a atraerlo a su lado, acunar su rostro suavemente, y preguntarle lo que estaba mal. Lograr conocerlo. Aliviarlo.
Ella agitó su cabeza ante su propia idiotez. Ése era un hombre que claramente no necesitaba su ternura y compasión.
Entraron en la puerta principal del castillo y él se marchó de su lado de nuevo, en medio de los sirvientes, dando órdenes quedamente. Sakura estaba de pie en el gran hall dando vueltas sobre sí misma despacio, boquiabierta. Wow. Durante la última semana, había empezado a asimilar algunas de sus expresiones arcaicas, pero en algunas circunstancias, sólo un "wow" completamente moderno podía interpretar sus emociones. Dunnottar había sido una ruina; el Castillo Uchiha era el más fino castillo medieval. El gran hall era inmenso, con un techo alto y cinco hogares en cada una de las dos paredes, este y oeste, del cuarto, y un hogar central que parecía haber estado mucho tiempo inactivo. De las paredes colgaban tapices enormes, y una mesa larga, ornamentalmente tallada con docenas de sillas, ocupaba el frente de uno de los hogares.
Ella miró hacia abajo, ansiosa de ver un suelo cubierto de paja de primera mano, pero se sintió defraudada al descubrir que el suelo era de fregada piedra gris pálida. Había abundancia de luz en el cuarto, y reconoció los "rushlights", velas de cera y sebo empalados en púas verticales, en un candelero de hierro con una base en forma de trípode. En el Museo de Cincinnati, habían tenido dos rushlights auténticos. Aquí, muchos se apoyaban en los anaqueles de la pared, mientras otros descansaban en las mesas esparcidas a través del vestíbulo. Había otros más, fijos en lazadas de hierro, llevadas sobre los brazos de los sirvientes.
—Tu boca está abierta —dijo Madara en su oreja.
Ella pestañeó.
—La tuya también lo estaría si te encontraras de repente en mi casa —él habría estado pasmado ciertamente con la televisión, la radio e Internet.
—¿Está a tu gusto? —preguntó él rígidamente.
—Es encantador —suspiró ella.
Madara se permitió una pequeña sonrisa.
—Vamos, han preparado una cámara para ti.
—¿Durante los últimos dos minutos? —¿qué tan eficaz era su personal?
—Envié una tropa exploradora primero, muchacha, y desde que esperan que tú seas mi esposa —él hizo una mueca— deben haber hecho un soberano alboroto. No te equivoques con mis actos. Difícilmente podría negar a mis sirvientes su... entusiasmo. La tropa les debe haber informado con placer que estoy comprometido en handfasted —murmuró secamente.
Sin pensar, ella puso una mano en su antebrazo, llena de curiosidad, su animosidad temporalmente olvidada.
—¿Por qué no te casaste antes de ahora?
Él echó una mirada a la mano femenina en su brazo. Su contemplación se demoró largamente en sus dedos.
—¿Qué? ¿Te has interesado de repente en mí? —preguntó, con el movimiento burlón de una ceja oscura.
—Supongo que cuando te vi en Dunnottar, vi simplemente a un guerrero, pero aquí te veo...
—¿Como a un hombre? —él terminó por ella, en un tono peligroso—. Qué intrigante —murmuró—. Tonto, pero intrigante.
—¿Por qué es tonto? Eres un hombre. Ésta es tu casa —dijo ella—. Tus hombres te dan su confianza y lealtad, tus sirvientes están contentos de verte volver. Éste es un enorme castillo, y debes tener por lo menos treinta o treinta y cinco años. ¿Cuántos años tienes? —su frente se arrugó cuando comprendió que ella sabía muy poco de ese hombre.
Madara la observó indiferente. Con impaciencia, ella siguió acorralándolo.
—¿No has estado nunca casado? ¿Piensas hacerlo algún día, o no? ¿No quieres niños? ¿Tienes hermanos y hermanas, o eres tan solitario como pareces ser?
Sus ojos se entrecerraron.
—Muchacha, estoy cansado del viaje. Imagina tus propias respuestas para que te agraden. Por ahora, permíteme llevarte a tu cámara, para que pueda seguir con mis otros deberes. Si te gusta concentrar tu mente en un enigma, piensa una manera de evitar una boda formal en menos de tres lunas.
—Supongo que eso significa que no puedes matarme, ¿no es verdad? —dijo ella, medio en broma.
Él frunció el ceño.
—Correcto —entonces, cerca de su oreja para que nadie pudiera oírlo por casualidad, él dijo—: ¿Cómo podría matar a una prima del rey? ¿Cómo podría disponer de ti cuando me has sido dada en handfasted por Bruce? Estamos comprometidos ahora. Es una situación tan seria como estar casados. Matarte ahora me causaría más problemas que no cumplir mi juramento.
—Así que tu juramento...
—Está completa y verdaderamente roto —él terminó amargamente.
—¿Es por eso que has estado tan enfadado?
—¡Deja de hacer preguntas! —tronó él.
—Lo siento —dijo Sakura defensivamente.
Él la guió hacia la escalera tomándola por el codo y la depositó a la entrada a su cámara, en el ala oeste.
—Te enviaré agua caliente para que puedas refrescarte. Quédate en tu cuarto mientras dure la noche, muchacha, o puedo tener que matarte de todas maneras.
Sakura agitó su cabeza y empezó a volverse hacia la puerta.
—Dame tus manos, chica.
Ella se volvió hacia él.
—¿Qué?
Él extendió sus manos.
—Pon tus manos en las mías —no era un pedido.
Sakura ofreció sus manos cautelosamente.
Madara las rodeó con las suyas y entrelazó su mirada con la de ella. Usó su cuerpo, con una inclinación sutil, con un ligero cambio y una dominación tácita, para apretar su espalda contra la pared de piedra al lado de la puerta, sosteniendo su mirada. Fascinada, ella no podía apartar sus ojos de él.
Cuando él estiró sus manos sobre su cabeza, ella aspiró en un jadeo atormentado.
Él se movió tan despacio que, apaciguada por un sentido falso de seguridad, Sakura no profirió una palabra. Suavemente, le acarició los labios con los suyos. Era increíblemente íntimo, besarse tan despacio y tiernamente. Si él la hubiera besado con ardor, no habría sido tan devastador.
Con lentitud insoportable, la besó tan despacio que ella pudo oír una docena de sus propios latidos entre cada alteración ligera en la caricia de sus labios. Sakura dejó caer su cabeza atrás contra la pared y cerró los ojos, perdida en la fricción de los labios que acariciaban los suyos como si tuviera todo el tiempo del mundo. El castillo parecía de repente engañosamente callado, su respiración excepcionalmente ruidosa. Si fue durante cinco minutos o quince que él la besó de esa manera, ella no podría saberlo. Habría sostenido que había sido para siempre.
Él capturó sus muñecas con una mano y, con la otra, delineó el contorno de su pómulo. Su corazón se hundió cuando comprendió cuán cerca estaba ella de ser seducida absolutamente por su tentador, lento y delicioso toque.
Sus dedos apretaron una esquina de su boca y de sus labios partió un suspiro de placer. Él continuó besándola, pero no ofreció su lengua, controlando su impaciencia. Despacio. Suavemente. Con intimidad prolongada que la hizo consciente de cada matiz de lo que él estaba haciendo. Madara se retiró hacia atrás, su mirada oscura, y paseó su dedo por su labio inferior. Instintivamente, ella tocó el dedo con la lengua.
Con un grave gemido, él acunó su cabeza en sus manos, cerrado su boca encima de sus labios, y deslizó una caricia aterciopeladamente larga de su lengua contra la suya. En el momento en que la joven se fundió contra él, Madara se retiró atrás nuevamente, giró sobre sus talones, y se alejó en silencio.
Sus labios ardían, y ella tocó su boca con la punta de sus dedos cuando él se dirigió al corredor. Al final del vestíbulo, Madara echó una mirada por encima de su hombro, y cuando la vio de pie allí, con sus dedos presionando su boca, le dedicó una sonrisa de satisfacción masculina. Él sabía el efecto que había causado en ella.
La joven caminó a su cámara y cerró de golpe la puerta.
Algo había cambiado entre ellos, comprendió Sakura, durante el viaje desde Dunnottar a Uchiha. O quizás poco después de que hubieran llegado, cuando él se había marchado de su lado pareciendo tan enfadado, y al regresar tan triste. Él parecía más... humano, menos salvaje. ¿O estaba empezando a confiar en él, inducida por la noción de que no tenía a nadie más a quién acudir?
Bostezando y ansiosa de recostarse en algo además que la tierra dura, echó una mirada a la cámara. Era bonita: de las paredes colgaban paños de seda y tapices que parecían haber sido robados de Inglaterra. El pensamiento la divirtió mucho; que Madara decorara su castillo con géneros ingleses robados. Su cama, adoselada con cortinas de puro color marfil y cubierta con docenas de almohadas, era tan ancha que podría acostarse atravesada sin que sus piernas salieran del borde. La cabecera de la cama era una maravilla de dibujos y altorrelieves, y las sirvientas habían salpicado los rincones y grietas con hierbas y habían secado flores.
Por supuesto, lo habían hecho para hacerla sentir bienvenida en su cámara, y porque pensaban que ella iba a ser la señora de ese castillo, pero Sakura sabía mejor que nadie que no sería así. No había ninguna manera de que ella todavía estuviera en el siglo XIV dentro de tres meses. Simplemente no era una opción. Lo veremos mañana, resolvió soñolientamente, calmada por el vino que había bebido y el fuego ardiendo suavemente; encontraría la botella y volvería a su propio tiempo. Flotó hacia el sueño y se durmió.
Sakura estaba corriendo tan rápido como podía, buscando a su madre a través de los pasillos del hospital. ¡Podría alcanzarla si los doctores dejaran de empujar tan rápidamente su cama! ¿No entendían que Tsunade la necesitaba?
Pero si lo sabían, los tenía sin cuidado. Ellos recorrieron un vestíbulo y el siguiente, doblaron a la derecha y después al revés, casi como si estuvieran intentando eludirla deliberadamente. Todas las veces que parecía alcanzarlos, su madre se esforzaba en sentarse, ofreciendo su mano implorantemente. Varias veces Sakura estuvo a punto de asir esa mano frágil, sólo para perderla cuando los doctores se alejaban en un estallido súbito de velocidad.
Finalmente los alcanzó cerca del escritorio de recepción. El escritorio estaba situado en una esquina, con un pasillo alrededor de él, pero había sólo un pasillo abierto a la izquierda. No había ninguna manera de que pudieran escaparse. Ella los interceptaría yendo por la izquierda, y tomaría a Tsunade (¡pesaba tan poco ahora!) y la llevaría a casa, donde ella quería estar.
Pero cuando corrió hacia allí y bloqueó el vestíbulo, un ascensor apareció en la pared previamente sólida, y los doctores se apresuraron a entrar allí a su madre, ante la reprobatoria mirada de Sakura.
—¡Sakura! —gritó Tsunade cuando las puertas empezaron a cerrarse.
Sakura corrió hacia ella, luchando contra el aire de repente espeso que le impedía moverse. Miró con horror cómo la puerta del ascensor se cerraba y su madre se perdía para siempre.
